La vocación

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

Leí en ese libro que viniera a mis manos y ahora se hacía vivo: “No lo dudes: tu vocación es la gracia mayor que el Señor ha podido hacerte. Agradécesela.”A estos pensamientos, venían sobre mí otros del mismo libro que hablaban de locura, de fuego, de sal, de apostolado…Pero Señor, ¿tú sabes quien soy yo? ¿Es a mí a quien hablas? Yo sólo soy un pecador, y lo sabes perfectamente, un siervo inútil incapaz de hacer nada a derechas, todo en mi es un mal tejido, un telar deshilachado, una voluntad sin fuerza y, sin embargo, me hablas de “sal de la tierra”, mi sal desvirtuada, mi nula voluntad…¡Si todo lo tienes que poner Tú! ¡Siempre te ha tocado ponerlo todo en mi vida! ¿Acaso hay algo bueno en mí que no sea tuyo? Tú mismo, por caminos torcidos, por sendas tenebrosas, me trajiste al Opus Dei, tu llamada. Aquí estoy Señor para hacer lo que me pidas, pero bien sabes que soy un siervo inútil… ¡Bien lo sabes! Todo en mi vida ha sido un sembrado estéril, un campo sin verdor…

Salimos del Centro (al que nuestro hijo nos llevó), la tarde caída ya, aturdidos, sin comprender qué nos pasaba, tiempo de silencio que duraría meses, mientras leíamos las obras de San Josemaría empapándonos de sus palabras, su experiencia espiritual, su lucha interior, indicándonos la ruta de nuestra nueva vida…No sé cómo, porque ninguno de los dos nos atrevíamos, una tarde nos pusimos a rezar el santo rosario, venablo fino, y María salió a nuestro encuentro, y como Juan, la introducimos en nuestra casa, le hicimos un lugar en nuestra vida. No se hizo rogar, se adelantó a nuestras súplicas, mujer al fin cariñosa, nos tranquilizó con sus sonrisas maternales, nos habló con amor de su Hijo, nuestro Hermano, dijo, porque, como dice san Josemaría, si buscáis a María, encontraréis a Jesús. Y aprenderéis a entender un poco lo que hay en ese corazón de Dios que se anonada…”. Conoce nuestras necesidades. Porque también somos hijos suyos. Fue así como comenzó nuestro trato con Ella, su imagen ocupa desde entonces nuestro centro familiar, es el canto cotidiano de Adela desde su enfermedad, la Virgen y el Niño, canción que en su boca se hace gemido de amor que traspasa el cielo… A través de ella encontramos a Jesús, así lo buscamos en nuestro viaje a Tierra Santa: Muéstranos a tu Hijo, le pedíamos. Y nos lo mostró en Belén, como a los pastores… ¡Miradlo! ¡Ved cuan hermoso es! Ella es nuestro modelo, dulce nombre en nuestros labios, como no podía ser de otra manera, vino para rehacer nuestro vida espiritual, abrir la puerta tanto tiempo cerrada de nuestro corazón prisionero, elaborando dulcemente con sus sonrisas y palabras, la más humilde de las mujeres, ¡la que creyó!, las rosas de nuestro regreso al amor de Dios, lo más grande que pudo sucedernos, “¿de qué, que venga a nosotros la Madre de Dios? ¡Bendita tú que has creído lo que se te dijo de parte del Señor!… ¡Todas las generaciones te llamarán bienaventurada!”

¡Que Dios Padre misericordioso nos esperara en la puerta de su Casa, a nosotros, hijos de su memoria, pródigos perdidos, y nos atrajera al abrazo de su Amor feliz con lágrimas de sus ojos y besos de su boca…! Todo eso se nos anunciaba con barruntos de esperanza, de vida interior, el cielo nimbado de fulgores, que no eran otra cosa que ángeles anunciándonos la alegría del cielo y de la navidad… Empezamos a entender, estrenábamos traje nuevo, nuestros harapos quedaban en el suelo arrastrados por la escoba…Eso ocurriría aquel 15 de octubre de 1985, día de Santa Teresa de Jesús, nuestra intercesora. Ese día, Josemaría Escrivá se dio a conocer como Padre nuestro, con muestras visibles de padre cariñoso, nosotros fruto de su oración…

Fue así, como sucedieron las cosas. Cómo nuestra vida perdida fue encontrada, cómo nuestros labios se hicieron ardientes, la palabra de Dios era un licor precioso, bebida de ángeles, y nuestro tapiz recobró su hechura y color, señal inequívoca de nuestra vocación que durante meses se barruntaba en nuestro horizonte con nubes clamorosas cuyo sentido no terminábamos de entender. ¿Qué era lo que se nos anunciaba? ¿Qué significaban esos cirros color de rosa en el cielo azul, luminosas formas, ángeles o pastores, como si Dios con su mano se entretuviera dibujando nuestros nombres, fácilmente legibles, en las estrellas? Fue un presentimiento que cada día se hacía más nítido pese a desgracias familiares, pese a malas noticias, una voz cariñosa, nos decía: Pasad, no os quedéis en la puerta, todos los días, ¡toda la vida!, os esperaba…la mesa está puesta, yo mismo os serviré…

Volvía el consejo insistente: “Mirad: lo que hemos de pretender es ir al cielo. Si no, nada vale la pena”. Fue la frase que vino a señalarnos la ruta. Así, para siempre. Y todo por la gracia de Dios…

Argentina: suelo fértil

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La terraza del aeropuerto internacional de Ezeiza está materialmente llena de un público heterogéneo. Todos los que se han citado en estas horas del mediodía otean el horizonte tratando de descubrir la proximidad de un avión. El tema de conversación es uniforme: el Padre está a punto de llegar, por primera vez, a la Argentina. Hace veinticuatro años, en marzo de 1950, que los primeros miembros de la Obra trajeron a esta tierra su espíritu. Desde entonces, miles de personas se han acercado a la amistad del Opus Dei. Muchos centenares de vocaciones subrayan la protección de la Virgen sobre las tareas emprendidas a este lado del Atlántico.

A la una de la tarde del 7 de junio de 1974, un pequeño punto blanco empieza a precisarse sobre el cielo. Es el esperado Jet en el que viaja el Fundador. El avión rueda por una pista lejana y se acerca lentamente a la zona central del aeropuerto.

Tres semanas durará la estancia de Monseñor Escrivá de Balaguer en Argentina. Durante este tiempo hablará con multitud de personas. El Centro de Congresos General San Martín, el Colegio de Escribanos y el Teatro Coliseo serán el escenario de encuentros -tertulias- muy numerosos. La Chacra, La Ciudadela, Los Arrayanes y Los Aleros ofrecerán un ambiente más íntimo para las reuniones sucesivas y continuas con otros pequeños grupos de Cooperadores y amigos del Opus Dei.

« ¡Estoy en Buenos Aires y no me lo creo! Sois iguales que vuestros hermanos de todos los países, aunque el color y la lengua sea distinta… Pero tienen vuestra mirada, la alegría que se refleja en vuestra cara, la limpieza; este no sé qué, que yo sé lo que es: el Amor de Dios, que se manifiesta en obras» ..(20).

En La Chacra volcará un profundo cariño sobre sus hijos: los que no le ven desde hace años y aquellos que acaban de conocerle.

«Os recordaremos muchas veces, cuando estemos con vuestros hermanos por ahí. Y sentiremos esa Comunión de los Santos (…). Es una bendita cosa: esparcidos por todo el mundo con un solo corazón y una sola alma, queriéndonos como los primeros fieles. Porque es verdad: pueden decir de nosotros como de los primeros cristianos: ¡ved cómo se aman! Y los que hay alrededor de la Obra, también: ¡cómo se quieren!… »(21).

Les hablará repetidamente de la sobrenaturalidad de la Obra, de su profunda humanidad, del milagro de esta multiplicación a través de todo el mundo, de la felicidad de la vocación a la que han sido llamados como lo fue él desde su juventud.

«He tenido vuestra edad. Fui a la Universidad. Antes hice el bachillerato -el Instituto, se decía en mi tiempo-, la segunda enseñanza. Bien. Pues a veces me encuentro por ahí a mis compañeros de clase -pocos ya, porque van desapareciendo- y nunca he visto a ninguno que haya sido más feliz que yo. ¡Nunca! »(22).

El 12 de junio suena el mejor repique de campanas en el carrillón de Luján. El Padre acude al Santuario de la Patrona de Argentina, Paraguay y Uruguay. El coche ha hecho con rapidez los sesenta kilómetros que le separan de Buenos Aires.

Monseñor Escrivá de Balaguer, don Alvaro y don Javier se arrodillan para rezar el Santo Rosario. Desde las naves, centenares de personas contestan a una sola voz. Se han reunido hoy los que desde la primera hora vinieron a esta siembra de trabajo y esperanza; también, los que han respondido a la llamada de Cristo a través del espíritu de la Obra en Argentina. Y muchos amigos que les acompañan en esta visita a la Señora de Luján.

Después de firmar en el libro de visitantes de honor, pasan al camarín de la Virgen por detrás del Altar Mayor. También está repleto de gente. Un sacerdote de la Basílica se aproxima al Padre. Se pone a su disposición para cualquier cosa que desee. No tiene más que pedir.

El Fundador le da un abrazo y, mirando hacia arriba, donde está la imagen de la Virgen, expresa su única petición: -«Dígale que la quiere mucho» (23).

En Buenos Aires, todos esperan poder ver y oír al Padre en alguna de las grandes reuniones que se han concertado. No resultó fácil encontrar locales adecuados. Gentes de toda condición desbordaron los cálculos previstos: profesores, cirujanos, amas de casa, empleados, futbolistas, artistas, repartidores de periódicos, empleadas del hogar, estudiantes… Cada uno preguntará, desde su lugar de oficio, las cuestiones cruciales del cristianismo en la sociedad actual. Nadie escuchará una respuesta complicada o teórica. Todos reciben ese aliento de vida cotidiano, de simplicidad maestra, que el Padre sabe impartir.

«Quiero comenzar diciéndoos que sois muy oportunos. Habéis traído a Escrivá de Balaguer a hablar a la sede de los escribanos».

El Padre hace un juego de palabras con su apellido -Escriváy el nombre de la Sala donde habla hoy, el Colegio de Escribanos.

«Y yo aprovecho para recordaros que cada uno de vosotros -yo también- hemos de levantar un acta. Un acta sobre algo que los cristianos debíamos saber, y practicar, y tener en cuenta constantemente, y que olvidamos: que Dios Nuestro Señor no está lejos de nosotros; está junto a nosotros y en nosotros» (24).

El sábado 15 de junio comienzan las reuniones generales en el Centro Cultural San Martín:

-«Cuando usted se vaya, Padre, ¿qué quiere dejarnos en el corazón a todos sus hijos sudamericanos?».

-«Que sembréis la paz y la alegría por todos lados; que no digáis ninguna palabra molesta para nadie; que sepáis ir del brazo de los que no piensan como vosotros. Que no os maltratéis jamás; que seáis hermanos de todas las criaturas, sembradores de paz y alegría, y que les deis esta inquietud de acción de gracias que tú me has dado con tus palabras»(25).

El domingo 16 dirige la segunda tertulia:

«¡Llenad de Amor esta tierra! ¡Que los argentinos se quieran. ¡Que no haya nunca odios! ¡Que se comprendan, que sean generosos unos con otros! Que esta nación tan grande y abundante (…) que abre los brazos y el pecho, como una madre que tiene muchos hijos, ¡que no sufra ya! Y eso depende en parte de vosotros y de mí; de que le pidamos a Nuestra Madre de Luján que bendiga a Argentina»(26).

En estos momentos, Argentina está pasando por un momento político delicado, con cambios de gobierno y una tensión que inquieta a todos los estamentos sociales del país.

Otra vez, de nuevo en el Colegio de Escribanos, a un grupo que impulsa las tareas de la Obra, les deja unas palabras de agradecimiento que son, también, acción de gracias a Dios:

Con el Fundador del Opus Dei en el Teatro Coliseo de Buenos Aires. Argentina, 19741

«Gracias a todos vosotros que hacéis posible que la Obra de Dios haga su Obra de Dios: con vuestra oración, con vuestra simpatía, con vuestros pequeños o grandes sacrificios, con el calor de vuestro cariño, con vuestra piedad, con vuestro trabajo (…) y con vuestras aportaciones. ¡Que Dios os bendiga! Sin vosotros, no podríamos hacer nada. Sois los que dais empuje, eficacia; los que hacéis realidad esta labor apostólica en el ambiente de todas las clases sociales. Por eso os doy las gracias»(27).

Más tarde, reunido con sus hijos en La Chacra -Casa de Retiros cerca de Buenos Aires-, les hará notar la realidad sobrenatural de esta afluencia de las gentes hacia el espíritu del Opus Dei:

«No es razonable. La reacción de la gente en todos los sitios -porque no es sólo en Buenos Aires- no es lógica. La reacción natural de la gente debería ser: ¿y este cura, a qué viene aquí? (…). ¿Por qué? Porque está Dios. Y lo pasan bien, y sacan propósitos de ser mejores. También yo los hago, oyéndoles a ellos. ¡Está Dios en medio de nosotros! Ha estado tantas veces de otras maneras; pero, de manera ordinaria, se encuentra constantemente… »(28).

Y reitera el propósito total de su viaje por estas tierras de América:

«Toda la Obra es una gran catequesis y ¿qué intenta la catequesis? Dar a conocer a Dios, para que se practique la religión verdadera. Religión viene de religare o relígere, que significa ligar el alma con Dios, o elegir Dios a las almas para que le traten a,El. Nosotros intentamos llevar a las almas a Dios, pero no como de cumplido, como una visita que se hace una vez al año, sino con intimidad. Queremos llegar al trato con el Señor, con su Madre, con San José -a quien no separo nunca de Jesús y de María-. Y si hablamos de Jesús, hablamos del Padre, y del Espíritu Santo, porque no hay más que un Dios. Es inefable, no hay palabras para explicar el misterio de la Trinidad, en el que creemos firmemente » (29).

A lo largo de estos días, también Argentina será foco para multitud de temas que surgen en diálogo espontáneo y familiar, lo mismo en pequeñas reuniones que en los llenos impresionantes del Centro de Congresos General San Martín.

En un momento dado habla de la pobreza y sobriedad de la vida en el Opus Dei, que no se ve, no se pregona, pero se practica.

«Tú sabes que nuestro servicio es servicio sobrenatural a Dios y a las criaturas; trabajamos con hombres y con mujeres, no trabajamos con ángeles, y por lo tanto necesitamos medios también humanos, no sólo los medios sobrenaturales de la oración, del sacrificio y de la mortificación; necesitamos de la ciencia, del estudio, del trabajo de las manos»(30).

En el Centro de Congresos General San Martín, que la gente ha llenado a oleadas, habla de la doctrina católica intangible:

« ¡No la toca nadie, no puede tocarla nadie! Hoy es la misma que explicaba, por tierras de Galilea, Jesucristo Señor Nuestro; y dentro de veinte siglos será la misma»(31)

Un clima afectuoso recorre la sala cuando, confiada y familiarmente, surgen preguntas sobre vocación, problemas de trabajo, dolor, alegría y muerte. Todas las coordenadas de la existencia humana a través de la fe.

En el Colegio de Escribanos, el 21 de junio, vuelven a salir los temas esenciales: Sacramentos, ambiente laicista, dificultades para el apostolado. De pronto, una intervención femenina, clara, se hace portavoz del mundo del arte escénico. La respuesta del Padre es inmediata:

«Si os empeñáis unos cuantos, con los medios de los cristianos -y tú eres cristiana y cristiana de punta-, rezando, negándote a lo que no puede hacer, ni decir, ni representar un cristiano, saldréis adelante, estoy seguro. Además te miran todos con simpatía. ¿Por qué no decís esto a voz en grito en la prensa, o desde el mismo teatro? ¿Por qué no buscáis autores que lo repitan?; de modo que, con los medios de tu oficio, estás haciendo un servicio a Dios y una oración»(32).

La última gran reunión en Argentina. De nuevo las preguntas cruzan la sala en todas las direcciones. Desde la enfermedad, hasta el apostolado de un vendedor de revistas; el trabajo del hogar y su repercusión social; la llamada universal a la santidad en el trabajo cotidiano; y el agradecimiento a Dios por esta gran respuesta al espíritu de la Obra en todo el mundo. La Comunión de los Santos que les mantendrá unidos, incluso después de su marcha, por encima de distancias y fronteras.

Argentina recibe su mejor deseo, su más honda bendición este 26 de junio en el Teatro Coliseo:

«Para toda la tierra argentina, para aquellos bosques maravillosos del Paraguay, para aquella tierra del otro lado del Plata, para vuestros hogares, para vuestros hijos, para las guitarras de vuestros hijos, y para la alegría de vuestros corazones: la bendición de Dios Omnipotente, la protección de la Madre del Cielo, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (33)

El viernes 28 de junio, a las 12,14 de la mañana, el Padre toma el avión con rumbo a Chile. La siembra de su cariño, de su fe entusiasta, está echada. Ahora, sobre su palabra, el trabajo y la esperanza de sus hijos.

12. Fama de santidad

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

En la Presentación de Amigos de Dios, la primera obra póstuma del Fundador del Opus Dei (1977), usted escribió que el Padre “no pretendió jamás ser un autor, a pesar de que figura entre los maestros de la espiritualidad cristiana”. Esto refleja un aspecto de su humildad, que explica su resistencia a publicar libros, aunque (y quizá precisamente por esto) Camino era ya conocido en todo el mundo varias décadas antes. Hablemos ahora de los libros del Fundador, que recapitulo a continuación, con el orgullo de haber preparado sus ediciones italianas. Por orden de composición, el primero es Santo Rosario, escrito en 1931 aunque no se publicaría hasta 1934; Consideraciones espirituales, publicado a ciclostil en 1932, impreso en 1934, y que se amplió y editó con el título definitivo de Camino en 1939; la colección de entrevistas concedidas a la prensa internacional, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, es de 1968; el primer volumen de homilías, Es Cristo que pasa, apareció en 1973. Se han publicado póstumamente Amigos de Dios (1977), Via Crucis (1981), y los otros dos libros de meditación que forman con Camino una trilogía, Surco (1986) y Forja (1987). De carácter científico es el estudio teológico–jurídico La Abadesa de las Huelgas (1944): el Fundador, atento al encuadramiento canónico de la Obra, se interesó por la figura extraordinaria de jurisdicción cuasi–episcopal, de que gozó antiguamente la abadesa de ese monasterio de Burgos.

–Sin duda, las obras de espiritualidad de nuestro Fundador han contribuido decisivamente al nacimiento y difusión de su fama de santidad. Sin embargo, como no buscaba la popularidad, sino el bien de las almas, deseo subrayar que su fama de santidad surgía como consecuencia de los frutos espirituales que obtenían los lectores por la meditación de sus escritos. Disponemos de infinidad de testimonios unánimes en este sentido.

Ya he mencionado el aprecio de Pablo VI hacia Camino, que el Papa utilizaba para su meditación personal. Ese aprecio venía de mucho tiempo atrás, pues uno de los primeros miembros de la Obra que llegaron a Italia, el profesor José Orlandis, entregó en 1945 un ejemplar de Camino al entonces Mons. Montini, quien se lo agradeció con una carta, fechada el 2 de febrero de ese año, en la que decía, entre otras cosas: “Sus páginas son una sentida y poderosa llamada al generoso corazón de la juventud, a la que, descubriéndole elevados ideales, enseñan la senda de la reflexión y seriedad de criterio, que la dispone a vivir plenamente la vida sobrenatural (…). Ofrece ya la consoladora realidad de sus copiosos frutos en el ambiente universitario español. Yo celebro inmensamente que el libro haya tenido tan halagüeño resultado y pido al Señor que siga bendiciéndolo y difundiéndolo, para el bien de muchas almas”.

Son innumerables las personas de toda condición que declaran haber recibido luz y fuerza con la lectura de las páginas de nuestro Fundador. El cardenal Maurice Otunga, Arzobispo de Nairobi, escribió: “Yo no conocí a Mons. Escrivá personalmente, pero he leído muchísimos escritos suyos. Cada vez que he meditado uno de sus libros, he sentido que se hacía posible lo que me parecía imposible: que también yo puedo ser santo”.

Una religiosa española que vive en México, ha referido una historia edificante que tuvo lugar en los años cuarenta. En aquella época, recibió la indicación de trasladarse de España a México, y se dirigió a la Policía para tramitar su pasaporte; surgieron algunos problemas burocráticos y, además, la religiosa se enteró de que el funcionario hacía profesión de ateísmo. No se le ocurrió otra cosa que regalarle un ejemplar de Camino. Consiguió al fin el pasaporte, junto con otra religiosa de su Orden que se marchaba a Colombia. En 1980 regresó a España. Un domingo fue a Misa a la catedral, y a la salida le paró un señor que le dijo: “¡La culpa es suya, la culpa es suya!”. Se quedó sorprendida, y no sabía qué responderle, hasta que el hombre le explicó: “Usted me regaló un ejemplar de Camino antes de marcharse a México, y yo, gracias a aquel libro, me convertí”.

El prestigio del que gozó el Fundador del Opus Dei entre los que le trataron se funde con su fama de santidad. Le pediría que evocase algún testimonio.

–Un capítulo especialmente significativo lo constituyen las declaraciones de muchos seminaristas, sacerdotes y religiosos que, entre los años 1938 y 1945, participaron en alguna de las numerosas tandas de ejercicios espirituales que el Fundador de la Obra predicó por toda España. Me parece interesante recordar el origen de esos testimonios: en aquellos años, como ya he apuntado, se había desencadenado una auténtica campaña de calumnias increíbles contra nuestro Fundador, que fue acusado de hereje, de masón, de embaucar a las almas y ejercitar sobre ellas una influencia nefasta. A pesar de todo esto, muchos obispos diocesanos, que le conocían personalmente y lo consideraban un santo, seguían invitándole a predicar los ejercicios a su clero. De este modo, muchos sacerdotes tuvieron la oportunidad de escucharle, y se sintieron en el deber de defenderle como podían de aquellas acusaciones. Y la manera más sencilla de hacerlo era escribirme a mí: se trata, pues, de testimonios muy próximos cronológicamente a los hechos que describen; en aquellas circunstancias, tienen el gran valor de ser palabras muy sentidas y espontáneas.

Por ejemplo, Mons. Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona, me escribió el 22 de noviembre de 1941: “Muy querido Alvaro: Mi queridísimo amigo Don José María, ese tan buen Padre que Dios os ha dado, ha dictado Ejercicios Espirituales a todos los nuevos párrocos de esta bendita Diócesis de Pamplona, cuyo Clero es ejemplarísimo. Digo a todos, porque aunque nos falta la última Tanda, esperamos que sea también él el que la dicte (…). Que Dios nos lo conserve muchos años, muchos años, para gran gloria de Su santa Iglesia. Vosotros cuidad bien ese tesoro”.

Y el actual Cardenal Ángel Suquía, Arzobispo de Madrid, escribió en 1942, refiriéndose a un curso de ejercicios en el que había participado como seminarista a finales de 1938: “Recuerdo aquel amor a Cristo que respiraban todas sus frases. Conservo imborrable recuerdo de aquellas palabras: Amar a Cristo con locura, con enamoramiento, como un avaro su oro, como un negociante su negocio, como un amante a su amada, como un pobre desgraciado sus placeres sensuales“.

Ya he mencionado que, del 3 al 11 de octubre de 1944, nuestro Fundador predicó los ejercicios a los Agustinos del Monasterio de El Escorial, con su salud muy maltrecha: tenía un antrax enorme en el cuello, y una fiebre altísima. Fue entonces cuando le diagnosticaron la diabetes; sin embargo, cumplió su compromiso de predicarles. El Provincial de los Agustinos, Padre Carlos Vicuña, me escribió el 26 de octubre: “voy a darle una breve impresión de los ejercicios espirituales dados por don José María Escrivá a los religiosos agustinos del Real Monasterio de El Escorial en este mes de octubre. Todos coinciden en que superó todas las esperanzas y satisfizo plenamente los deseos de los Superiores; ahora esperamos de Dios que el fruto sea muy abundante. Todos sin excepción (Padres, teólogos, filósofos, hermanos y aspirantes) estaban pendientes de sus labios sin respirar, como suele decirse; sus conferencias de 30 y 35 minutos les parecían de sólo diez, cautivados por aquel torrente de fervor, entusiasmo, sinceridad y efusión de corazón. ‘Le sale de dentro, habla así porque tiene vida y fuego interior’; ‘es un santo, un apóstol; si le sobrevivimos muchos de nosotros le hemos de ver en los altares…’, son las expresiones que he escuchado de los oyentes. Es muy de notar la rara unanimidad en los elogios, sobre todo tratándose de un auditorio de intelectuales y especialistas en gran proporción. No se ha oído una sola voz menos favorable. Es verdad que venía precedido de una aureola de santo, pero no es menos cierto que, lejos de defraudarla, la ha confirmado”.

Expresiones semejantes utilizan numerosos sacerdotes que escucharon a nuestro Fundador, tanto en Roma como en distintos países europeos a partir de 1946, o durante sus viajes a América en los años 1970, 1974 y 1975.

Ya he recordado el aprecio que le tenían Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI. Añadiré que Pablo VI, durante la audiencia que me concedió el 5 de marzo de 1976, afirmó que consideraba al Fundador del Opus Dei “como uno de los hombres que han recibido más carismas en la historia de la Iglesia, y que han correspondido con mayor generosidad a los dones de Dios”; me repitió estas ideas en otra audiencia del 19 de junio de 1978, en la que agregó que había podido advertir, desde el día que lo conoció en 1946, el carácter excepcional de su figura en la historia de la Iglesia.

Deseo evocar también al Cardenal Ildefonso Schuster, Arzobispo de Milán: con profunda convicción, aseguraba a los miembros de la Obra que estaban comenzando las actividades apostólicas en la capital lombarda, que nuestro Fundador era uno de esos santos que la Providencia divina suscita de tarde en tarde, a distancia de siglos, para renovar a la Iglesia. Y lo parangonaba con los grandes fundadores: San Bernardo, San Francisco… También a mí me expresó el Cardenal Schuster su admiración por el Padre con palabras semejantes.

El conocido escritor Mons. Hubert Jedin ha declarado: “Como historiador de la Iglesia puedo afirmar que una influencia tan profunda y universal en la Iglesia de Dios sólo puede generarla un hombre cuando éste se ha puesto por completo a disposición de Dios, convirtiéndose en un instrumento para la santificación de los demás y para la realización del Reino de Dios sobre la tierra. La fecundidad del Fundador del Opus Dei no habría sido posible si no hubiese sido santo”.

Una anécdota más entre las numerosas que se podrían citar. Durante la breve estancia de nuestro Fundador en Guatemala, con ocasión de su viaje a América Latina, en 1975, el Cardenal Casariego, Arzobispo de la Ciudad de Guatemala, manifestó muchas veces el deseo de recibir su bendición. La misma tarde en que llegó, cenaron juntos, y al final, el Cardenal se arrodilló y le pidió que le bendijera; entonces nuestro Fundador se puso de rodillas y le replicó: Yo no doy la bendición a un Cardenal. Ante la insistencia del purpurado, se limitó a hacerle la señal de la cruz en la frente, ganándose su amable protesta: “No me ha dado la bendición hoy, pero no le dejaré marcharse de Guatemala sin que lo haya hecho”. El día de la partida, el Cardenal Casariego vino a buscarlo al Centro de la Obra donde estábamos alojados; entraron juntos en el oratorio y estuvieron unos momentos rezando. Al terminar, mientras el Padre se levantaba para salir, el Cardenal se interpuso y exclamó: “En la presencia de Jesús Sacramentado y delante de estos hijos suyos, ¡no me muevo de aquí, si no me da la bendición!”. Mario, usted obtiene de mí lo que nadie consigue, respondió nuestro Fundador, que se vio obligado a ceder. Después el Cardenal declaró: “¡No podía perderme la bendición de un santo!”.

Durante aquella estancia en Guatemala, sufrió graves molestias físicas y tuvo que renunciar a tener tertulias con muchas personas a las que deseaba hacer llegar su predicación. A pesar de todo, el día en que nos fuimos, millares y millares de personas acudieron al aeropuerto, solamente para verle, aun de lejos, y recibir su bendición.

En su corazón, los miembros de la Obra consideraban un santo a su Fundador, aunque no lo mostrasen externamente, para no provocar sus protestas. Deseaban tener una fotografía suya, y los que consiguieron alguna, con palabras de su puño y letra, la conservaron como una joya que con el tiempo sería una reliquia. Usted, que ha estado a su lado durante cuarenta años, conservará seguramente algunos recuerdos muy personales.

–Desde 1950 el Padre tuvo que acudir al dentista con frecuencia: iba a la consulta de un buen amigo mío, el doctor Hruska. Le pedí que me entregase a escondidas, después de cada sesión, las piezas dentales extraídas, porque quería conservarlas. Aunque intentamos que no se diese cuenta, el Padre acabó enterándose. Y un día de 1961, mientras estaba yo ingresado en una clínica de Roma para someterme a una intervención quirúrgica, el Padre pidió a don Javier Echevarría que le ayudase a descubrir dónde las había guardado: estaba firmemente decidido a tirarlas, porque no quería que conservásemos ningún recuerdo de su persona: Vamos a buscar estas porquerías, le dijo.

En la vida del Fundador se han verificado algunos sucesos extraordinarios, intervenciones sobrenaturales, especialmente ligadas a la fundación de la Obra. Le rogaría que hablase un poco de este aspecto de la vida de un santo.

–No veo posible abordar este tema de un modo exhaustivo y detallado. Su humildad y su prudencia le llevaban a silenciar este tipo de sucesos, aunque no negase que se habían dado en su vida, más de una vez, intervenciones extraordinarias de Dios. De acuerdo con las indicaciones expresas de la Santa Sede, nos hablaba de estos temas pensando en el bien de nuestras almas, pero contando lo mínimo indispensable.

Además, estoy persuadido de que, así como quemó el primero de sus cuadernos de apuntes espirituales, porque reflejaban numerosos hechos sobrenaturales, es muy probable que nunca nos haya revelado muchos otros, sólo conocidos por Dios. Quería evitar, a toda costa, que leyendo aquellos apuntes, alguno pudiese pensar que era un santo.

Por otro lado, no conviene olvidar que el núcleo del espíritu que el Señor confió al Fundador del Opus Dei consiste en esforzarse por encontrar a Dios en la vida ordinaria y a través de las ocupaciones habituales: nada más opuesto, por tanto, a resaltar los fenómenos extraordinarios. Nuestro Fundador repetía con frecuencia: A mí me bastan los milagros del Evangelio; y, en efecto, su conducta y su predicación se distinguieron por la exaltación del valor de las situaciones más normales, y el empeño por imitar la vida oculta de Jesús.

Recuerdo que el 2 de octubre de 1968 el Padre pasó el quadragésimo aniversario de la fundación de la Obra en Pozoalbero, una casa de retiros en Jerez de la Frontera. También le acompañaba yo. Durante una tertulia familiar, agradeció a los que estaban allí que ninguno le hubiera preguntado sobre la fundación del Opus Dei: seguramente –añadió–, se le habría escapado alguna confidencia íntima. Entonces le preguntamos con insistencia cómo había intervenido el Señor en el nacimiento de la Obra, pero el Padre, con habilidad, eludió las preguntas; después nos dijo en tono serio: Hijos míos: intencionadamente no he querido contaros nada. Yo os mentiría si os dijera que el Señor no ha tenido conmigo intervenciones extraordinarias. Las ha tenido siempre que han sido necesarias para la marcha de la Obra. (…) Pero, muy especialmente en un día como hoy, no he querido contaros nada de eso, para que se os quede muy grabado, y lo repitáis en el futuro a vuestros hermanos, que el camino nuestro es lo ordinario: santificar las acciones vulgares y corrientes de cada día, hacer endecasílabos –poesía heroica– de la prosa diaria.

No obstante, deseo recordar algunos sucesos extraordinarios de los que he tenido conocimiento. Ya me he referido a que las locuciones interiores fueron uno de los modos elegidos por el Señor para modelar el alma de nuestro Padre: eran, como solía explicar, locuciones intelectuales, sin ruido de palabras, pero que permanecían como grabadas a fuego en mi alma. Algunas, especialmente importantes, se han dado a conocer ya en las biografías del Padre publicadas: hablaré de otras, a título de ejemplo.

Con frecuencia, aquellas inspiraciones consistían en una comprensión singularmente profunda de algún texto de la Sagrada Escritura. Sucedía así: de pronto, le afloraba a los labios con insistencia un versículo de un salmo o algún otro texto que no se había detenido a meditar hasta entonces con particular atención; después, también de modo repentino e irresistible, sin que la hubiese buscado, se le manifestaba una interpretación espiritual absolutamente nueva, que hacía más elevada aún su contemplación: el Espíritu Santo le tomaba por sorpresa y le mostraba, sin lugar a dudas, que todo era obra del Señor. En sus apuntes íntimos figuran muchos ejemplos.

El Padre me contó que, en medio de las grandes dificultades de los comienzos, el Señor le hacía ver toda su impotencia, pero no dejaba de sostenerle con la serena certeza de la ayuda divina. Así, el 12 de diciembre de 1931, imprimió en su alma, con fuerza inusitada, estas palabras: Inter medium montium pertransibunt aquae (Ps. 103, 10; cfr. Camino n. 12), a pesar de los obstáculos, la Obra se extenderá por todas partes.

Dando un salto en el tiempo, me detendré ahora en algunas locuciones del Señor que tuvieron lugar en época más reciente. Si toda su existencia estuvo sellada por la Cruz, los últimos años parecen quizá más dolorosos: la razón de su profundo sufrimiento fueron los malos tratos inferidos a la Iglesia por tantos que deberían haberla amado y defendido. Errores doctrinales, desórdenes morales y disciplinares, abiertas desobediencias en materia litúrgica, una sangría casi imparable de vocaciones sacerdotales y religiosas, junto a la confusión difundida dentro del Pueblo de Dios, le hicieron padecer un prolongado y agudísimo calvario. Y, en medio de aquella turbación, el Señor intervino: el 8 de mayo de 1970 hizo resonar en su alma, enriqueciéndola con luces nuevas, las palabras: Si Deus nobiscum, quis contra nos? (cfr Rom 8,31). Reafirmado en su fe, tuvo la clara confirmación de que el Esposo no había abandonado a su Iglesia y que la llevaría indefectiblemente a buen puerto después de la tempestad; al mismo tiempo, se consolidó en su alma la conciencia de su responsabilidad y de la de todo el Opus Dei en la tarea de confirmar y propagar la recta doctrina.

La esperanza no atenuó la intensidad de su dolor. Aunque estaba agradecido a Dios por haber ahorrado al Opus Dei tantas tribulaciones, le acuciaba el pensamiento de la tristísima situación que atravesaba la Iglesia. El 6 de agosto de 1970, el Señor hizo resonar en su mente con gran ímpetu las palabras de Isaías: Clama, ne cesses! (Is. 58, 1), y comprendió que Dios le pedía no sólo multiplicar su oración y su penitencia, sino también hacer llegar lo más lejos posible, a través de una predicación enérgica e insistente, la exhortación a la más rigurosa lealtad a la Iglesia. Ésa fue la razón de que el 4 de octubre de 1972 saliera hacia la Península Ibérica, y regresase a Roma el 30 de noviembre, después de haber recorrido España y Portugal: fueron dos meses de infatigable catequesis, en los que su ardiente mensaje de fidelidad llegó a cientos de miles de almas. Más adelante, concretamente del 22 de mayo al 31 de agosto de 1974, y después en febrero de 1975, ya pocos meses antes de su muerte, realizó dos viajes a América Latina: recorrió siete países, desarrollando por todas partes una vasta e intensa catequesis en encuentros con millares de personas que acudían a escucharle. Deseo añadir que estas locuciones interiores, descritas brevemente, además de constituir un nuevo estímulo a la heroica abnegación con que nuestro Fundador gastaba sus energías en servicio de la Iglesia, alimentaron también su certeza en la futura solución del problema de la configuración jurídica definitiva del Opus Dei.

Así, pues, no faltaron en la vida del Padre los dones extraordinarios.

–Soy testigo de cómo sabía dar respuesta precisa a problemas de los que ni siquiera le habían hablado, y de cómo “veía” sucesos que estaban ocurriendo en sitios lejanos, o que tendrían lugar en el futuro. Contaré un hecho, del que fui protagonista en 1939. Al terminar la guerra civil, nuestro Fundador regresó a Madrid. Durante algunos meses no pude estar a su lado, porque el ejército me destinó a un batallón en Olot (Gerona), cerca de la frontera con Francia; tenía el mando de la primera Compañía. Allí conocí a Fernando Delapuente, un teniente muy simpático con el que comencé a hacer apostolado. Un día recibí una carta de nuestro Fundador en la que me decía, más o menos: “Dile a tu compañero Delapuente, que lo que le ha pasado hoy se debe a esto y a esto otro”. Me quedé asombrado: yo no había hablado al Padre ni siquiera de la existencia de aquel amigo mío; además, en la inmediata posguerra, por el pésimo estado en que se encontraban las vías de comunicación, trasladarse de Olot a Madrid era una empresa que llevaba varios días y Fernando no había estado en Madrid, ni conocía al Fundador. Decidí invitar a mi amigo a dar un paseo a caballo fuera de la ciudad, donde podríamos estar más tranquilos. Así le pude contar todo con calma. Fue tal su sorpresa que se cayó de la silla. Me dijo que había pasado un momento verdaderamente difícil y me explicó las razones, añadiendo que hasta entonces no se lo había contado a nadie. Naturalmente, siguió encantado los consejos del Padre.

También por aquella época, sucedió que unas chicas insidiaban a un miembro de la Obra. Pronto supimos que precisamente el día en que intentaban ponerle en un compromiso, nuestro Fundador se encontraba con unos hijos suyos y de repente exclamó: En este momento un hermano vuestro necesita mucha ayuda. Vamos a rezar un Memorare por él. Debo precisar que la persona interesada no había tenido tiempo de informarle de nada. El peligro se desvaneció al instante. Así nació entre los miembros del Opus Dei la costumbre de rezar, por lo menos una vez al día, esta oración que el Padre llamaba oratio saxum, porque la consideraba un apoyo seguro para aquel miembro de la Obra que le hiciera más falta en aquel momento.

En 1948, durante un viaje a Sicilia, nuestro Fundador conoció a don Francesco Ricceri, un sacerdote que desarrollaba su ministerio en Catania; le habló sobre el espíritu y los apostolados del Opus Dei. Yo estaba presente, pero prefiero describir la escena con las propias palabras de su protagonista, que tomo textualmente de la relación que hizo, el 21 de febrero de 1978, cuando era Obispo de Trapani: “Fascinado por la hermosura de esta institución, pedí insistentemente al Padre que abriese una residencia del Opus Dei en Catania, donde yo le habría ayudado con todas mis fuerzas, ya que era el párroco de una parroquia muy bien situada, y Consiliario de la FUCI (Federación Universitaria Católica Italiana). El Padre me fue dando largas hasta que, ante mi insistencia, respondió: “Si usted se quedase en Catania, me animaría a abrir con su ayuda la residencia, pero usted se irá. ¿Cómo podrá ayudarme?”. Yo repuse que no tenía ninguna intención de alejarme de Catania y el Padre, mirándome fijamente con sus ojos penetrantes, añadió: “Sepa que dentro de unos años le harán obispo y deberá dejar Catania”. Yo tomé esas palabras como una salida ingeniosa, pero los hechos confirmaron, en 1957, que habían sido proféticas”. En la tarjeta que Mons. Ricceri envió a nuestro Fundador el 24 de abril de 1957 para comunicarle su inminente consagración episcopal, afirmaba que no podía “poner en duda el espíritu profético” del Padre.

En Burgos, en 1938, un alto cargo de la administración pública amenazó con poner una denuncia calumniosa contra un miembro de la Obra, Pedro Casciaro. Sobre la base de un hecho real –la colaboración del padre de Pedro con el gobierno republicano–, este señor pretendía acusarle de ser masón y comunista y le atribuía la responsabilidad de numerosos asesinatos de gentes de derecha en Albacete. Afirmaba, además, que el propio Pedro Casciaro era comunista, y que había propagado esta ideología en Albacete, con ocasión de las elecciones de febrero de 1936, en las que triunfó el Frente Popular; concluía de todo esto que era un infiltrado en la “zona nacional”, con la misión de actuar como espía en el ejército de Franco y, más concretamente, en el cuartel del general Orgaz.

La acusación era absolutamente falsa, aunque se basaba en una verdad parcial, y en aquellas dramáticas circunstancias una denuncia de este tipo resultaba gravísima; Pedro corría el peligro de ser condenado a muerte, en un momento en que los procesos militares eran a menudo sumarísimos, sin todas las garantías necesarias para probar la verdad.

Nuestro Fundador intentó disuadir al acusador, para que no cometiera una injusticia tan grave: fue a verle, acompañado por el profesor José María Albareda. La conversación fue tremendamente dura. Aquel señor mantenía una postura fría e insolente. Nuestro Fundador defendió a Pedro con la serenidad más completa y con todo el cariño paterno de que era capaz. Al principio con dulzura y, después, con gran energía, trató de hacer comprender al interesado que iba a cometer una injusticia: arrancar a la madre de Pedro, de un solo golpe, al hijo y al marido. Le invitó a pensar en su propia mujer.

Pero el hombre replicó que, como en aquel momento era imposible detener y castigar al padre, el hijo tenía que pagar por él, aunque fuese inocente; además –observó–, muchos inocentes morían en el frente o en las prisiones de la “zona roja”. Con una fortaleza que impresionó mucho a José María Albareda, nuestro Fundador le explicó que semejante postura era inconcebible en un cristiano que sabe que deberá dar cuenta a Dios de sus acciones. Añadió que no le gustaría estar en su lugar y presentarse al juicio divino con un rencor tan injusto en el alma. Le exhortó a pensar que el Señor podría llamarle aquel mismo día a responder de lo que iba a hacer o, incluso, castigarle en sus propios hijos. Pero ni las súplicas llenas de caridad, ni la fortaleza del Padre lograron ablandar el corazón de aquel infeliz, que repetía obstinadamente: “¡Lo tienen que pagar, el padre o el hijo!”.

Nuestro Fundador salió entristecido y en silencio del despacho del funcionario. José María Albareda estaba impresionado tanto por el modo en que había defendido a Pedro, como por la dureza y hostilidad demostrada por su interlocutor hasta el último momento. El Padre bajó las escaleras con la mirada baja, y como pensando en voz alta, dijo: Mañana o pasado, entierro.

Aquel mismo día, por la tarde, nuestro Fundador salió de casa en compañía de otro hijo suyo para hacer unas gestiones: también a él le contó lo sucedido y con voz dolorida repitió, aludiendo a la familia del que acusaba a Pedro: Mañana o pasado, entierro. Poco después, el que le acompañaba se paró de repente, y palideció: acababa de leer el anuncio de la muerte repentina de aquel funcionario. Como era costumbre en Burgos, la esquela estaba colocada en los escaparates de los comercios y en los muros de las casas. Nuestro Fundador rezó un responso y dijo que había “interpretado” mal: al oír interiormente las palabras “mañana o pasado, entierro”, había pensado que iba a morir un hijo de aquel hombre, que era de la misma edad que Pedro Casciaro, y en aquel momento se encontraba en el frente.

La noticia afectó tanto al pobre Pedro que se puso enfermo y tuvo que meterse en cama. Nuestro Fundador procuró serenarlo, y le animó a dar gracias a Dios por el modo en que le había protegido a él y a su padre. Le dijo que no se preocupara por la suerte de aquel pobre hombre: aunque el hecho era verdaderamente muy doloroso, tenía la certeza moral de que el Señor se había compadecido de él, y le había concedido la gracia del arrepentimiento final. Le confió que, desde que había salido del despacho, no había dejado de rezar por él y por sus hijos.

Son sucesos impresionantes que ponen de manifiesto su grado de intimidad con Dios. He oído hablar también de la “Virgen de los Besos”, una imagen que el Padre besaba siempre antes de salir de casa.

–Como disponemos de algunos de sus apuntes íntimos, en el quinto cuaderno hemos encontrado esta anotación, que refleja, a un tiempo, los favores divinos de que nuestro Fundador fue objeto, su humildad y su obediencia:

Octava del patrocinio de S. José, 20–IV–32: Después, si tengo tiempo, tomaré muchas otras notas retrasadas. Ahora quiero anotar algo, que pone ¡una vez más! de manifiesto la bondad de mi Madre Inmaculada y la miseria mía. Anoche, como de costumbre, me humillé, la frente pegada al suelo, antes de acostarme, pidiendo a mi Padre y Señor San José y a las Animas del purgatorio que me despertaran a la hora oportuna. (…) Como siempre que lo pido humildemente, sea una u otra hora la de acostarme, desde un sueño profundo, igual que si me llamaran, me desperté segurísimo de que había llegado el momento de levantarme. (…) Me levanté y, lleno de humillación, me postré en tierra (…) y comencé mi meditación. Pues bien: entre seis y media y siete menos cuarto vi, durante bastante tiempo, cómo el rostro de mi Virgen de los Besos se llenaba de alegría, de gozo. Me fijé bien: creí que sonreía, porque me hacía ese efecto, pero no se movían los labios. Muy tranquilo, le he dicho a mi Madre muchos piropos.

Esto, que acabo de contar de intento con tantos y tan nimios detalles, me había sucedido otras veces. No le di importancia, no atreviéndome casi a creerlo. Llegué a hacer pruebas, por si era sugestión mía, porque no admito fácilmente cosas extraordinarias. Inútilmente: la cara de mi Virgen de los Besos, cuando yo positivamente, tratando de sugestionarme, quería que sonriera, seguía con la seriedad hierática que tiene la pobre escultura. En fin, que mi Señora Santa María, en la octava de San José, ha hecho un mimo a su niño. ¡Bendita sea su pureza!

Día de S. Marcos, 25–IV–32: Esta mañana estuve con mi padre Sánchez. Tenía decidido contarle lo del día 20: sentí cierta repugnancia o vergüenza. Me costó, pero se lo dije.

¿Se han dado también intervenciones extraordinarias a través de otras personas?

–Curiosa pregunta. Me viene a la cabeza lo que sucedió en 1935, cuando el Fundador instaló el primer oratorio de un Centro de la Obra, la Residencia de la calle de Ferraz. Era una época de gran estrechez económica, y al Padre le costó trabajo reunir muchos de los objetos litúrgicos y los ornamentos necesarios, pobres pero dignos. Para el Sagrario –lo he mencionado ya–, se dirigió a la Madre Muratori, una religiosa Reparadora que le apreciaba mucho. Esta buena monja le prestó uno de madera; pero parecía imposible conseguir las cosas que faltaban, o el dinero para comprarlas. Entonces el Padre se acordó de la frase de la Sagrada Escritura Ite ad Ioseph, con la que el Faraón respondía a los egipcios cuando le pedían pan. Y empezó a invocar al santo Patriarca, San José, y a pedirle lo necesario para poder tener en casa el Pan eucarístico. Un buen día –él mismo me lo contó–, se presentó un señor en la portería del edificio de la residencia y dejó un paquete. Cuando el Padre lo abrió, vio que contenía, exactamente, los objetos que faltaban para poder empezar el culto.

¿Se dieron casos de favores obtenidos por su intercesión cuando aún vivía?

–En el archivo de la Postulación del Opus Dei se conservan algunos testimonios sobre curaciones obtenidas por la intercesión de nuestro Fundador cuando aún estaba entre nosotros, atribuidas a los méritos de su vida santa; a veces, se trata de favores realmente importantes; otras, de pequeñas gracias obtenidas repentinamente y de un modo humanamente inexplicable.

Estos sucesos muestran que ya durante la vida de nuestro Fundador se le atribuía un particular poder de intercesión delante de Dios: quienes le conocían estaban convencidos de su profunda unión con el Señor, y se sentían impulsados a confiarle las penas y dolores que tenían. Conocí casos, al inicio de los años cuarenta, en que los interesados invocaban a nuestro Fundador en sus oraciones, y presentaban al Señor los méritos de sus virtudes para mover a la misericordia divina a conceder las gracias que pedían. Con significativa naturalidad, estas personas se anticiparon a lo que hacen hoy decenas de miles de fieles en todo el mundo: invocar al Fundador del Opus Dei confiándole sus necesidades.

Por otra parte, más que las intervenciones prodigiosas de nuestro Fundador durante su vida –que no faltaron, desde luego–, me parece más importante, como prueba de su fama de santidad, este hábito de invocarlo privadamente cuando aún vivía, y la gran confianza con que encomendaban a su oración las más graves necesidades. Nuestro Fundador, tuvo fama de que conseguía “favores”, cuando aún estaba en esta tierra.

Recuerdo el siguiente. Por trabajar constantemente a su lado, le he acompañado en la lectura de muchísimas cartas de personas que le contaban sus sufrimientos y se confiaban a su oración; soy testigo de cómo asumía estos problemas y de la fuerza con que los encomendaba al Señor, casi sintiéndose responsable de “arrancar” de las manos de Dios esas gracias. Especialmente recuerdo la impresión que me producía en tantas ocasiones en que quedaba recogido unos momentos después de la lectura de una carta y adoptaba luego un gesto de absoluta tranquilidad, que traslucía la certidumbre de que el asunto se había resuelto. En este sentido me impresionó singularmente el caso de un niño, Octavio Sitjar de Togores, que tenía la boca y el paladar completamente quemados y deformados a causa de un accidente. Cuando el padre de Octavio le contó los sufrimientos del niño, nuestro Fundador le dijo que estaba seguro de su curación, como si tuviese certeza de que el Señor había escuchado su súplica, como realmente sucedió. Recuerdo la misma confianza en el caso de un obrero que, durante la construcción de Cavabianca, sufrió un accidente de trabajo y se cortó la mano derecha y parte del antebrazo: durante varios días el Padre rezó intensamente por su curación, hasta que dejó de preocuparse, con la convicción de que aquel hombre se recuperaría y volvería al trabajo, como sucedió.

Infancia espiritual.

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En Escrivá, el sentido de la filiación divina, el fundamento del espíritu del Opus Dei, estaba estrechamente unido con una actitud espiritual de saberse un niño pequeño a los ojos de Dios. Había leído la “Historia de un alma”, de Santa Teresa de Lisieux, conocida como la “Florecilla”. Además, Mercedes Reyna, una de las Damas Apostólicas, le había dado a conocer aspectos del espíritu de la “Florecilla”, como la idea de “ocultarse y desaparecer” para dar toda la gloria a Dios. Con todo, Escrivá fechaba su descubrimiento del camino de infancia espiritual en el tercer aniversario de la fundación del Opus Dei, el 2 de octubre de 1931, fiesta de los Santos Ángeles Custodios y víspera de la fiesta de la “Florecilla”.

Aquel día, en palabras de Escrivá, “me tomó Teresita y me llevó, con Mercedes, por María, mi Madre y Señora, al Amor de Jesús”[1]. Sus notas sobre la naturaleza exacta de la experiencia son muy parcas, pero nos dan una idea de su esencia: “Le eché piropos y le dije que me enseñe a amar a Jesús, siquiera, siquiera, como le ama él. Indudablemente Santa Teresita (…) quiso anticiparme algo por su fiesta y logró de mi Ángel Custodio que me enseñara hoy a hacer oración de infancia. ¡Qué cosas más pueriles le dije a mi Señor! Con la confiada confianza de un niño que habla al Amigo Grande, de cuyo amor está seguro: Que yo viva sólo para tu Obra —le pedí—, que yo viva sólo para tu Gloria, que yo viva sólo para tu Amor (…). Recordé y reconocí lealmente que todo lo hago mal: eso, Jesús mío, no puede llamarte la atención: es imposible que yo haga nada a derechas. Ayúdame Tú, hazlo Tú por mí y verás qué bien sale. Luego, audazmente y sin apartarme de la verdad, te digo: empápame, emborráchame de tu Espíritu y así haré tu Voluntad. Quiero hacerla. Si no la hago es… que no me ayudas”[2].

Poco después vio una imagen de Jesús Niño, como un pequeño con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos medio cerrados. Se sintió profundamente conmovido por la imagen y la besó tanto que decía, “me lo he comido a besos y … de buena gana lo hubiera robado”[3]. En las siguientes semanas, su devoción a Jesús Niño creció con brincos: “El Niño Jesús, !cómo me ha entrado esta devoción, desde que vi al ‘grandísimo Ladrón’, que mis monjas guardan en la portería de su clausura! Jesús Niño, Jesús-adolescente: me gusta verte así, Señor, porque… me atrevo a más. Me gusta verte chiquitín, como desamparado, para hacerme la ilusión de que me necesitas”[4].

Un elemento importante en la vida de infancia de Escrivá era la participación en las escenas del Evangelio que él contemplaba, al rezar el Rosario o meditar pasajes del Evangelio. Un día de la novena a la Inmaculada Concepción del año 1931, después de la Misa, escribió de un tirón una serie de consideraciones sobre los misterios del Rosario que más tarde sería publicado con el título “Santo Rosario.” En la introducción explicaba que su objetivo era revelar a aquellos que querían servir a Dios de verdad el “secreto que puede muy bien ser el comienzo de ese camino por donde Cristo quiere que anden”:

“Amigo mío: si tienes deseos de ser grande, hazte pequeño.

Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños…, rezar como rezan los niños.

Y todo esto junto es preciso para llevar a la práctica lo que voy a descubrirte en estas líneas:

El principio del camino que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima.

–¿Quieres amar a la Virgen? –Pues, ¡trátala! ¿Cómo? –Rezando bien el Rosario de nuestra Señora.

Pero, en el Rosario… ¡decimos siempre lo mismo! –¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se aman?… ¿Acaso no habrá monotonía en tu Rosario, porque en lugar de pronunciar palabras como hombre, emites sonidos como animal, estando tu pensamiento muy lejos de Dios? –Además, mira: antes de cada decena, se indica el misterio que se va a contemplar –Tú… ¿has contemplado alguna vez estos misterios?

Hazte pequeño. Ven conmigo y –este es el nervio de mi confidencia– viviremos la vida de Jesús, María y José.

Cada día les prestaremos un nuevo servicio. Oiremos sus pláticas de familia. Veremos crecer al Mesías. Admiraremos sus treinta años de oscuridad… Asistiremos a su Pasión y Muerte… Nos pasmaremos ante la gloria de su Resurrección… En una palabra: contemplaremos, locos de Amor (no hay más amor que el Amor), todos y cada uno de los instantes de Cristo Jesús”[5].

Un ejemplo de esta vida de infancia espiritual se encuentra en las anotaciones que hizo durante su oración el 28 de diciembre de 1931. Ese día era la fiesta de los Santos Inocentes. Cuando visitó el convento de Santa Isabel se enteró de que aquel día las monjas acostumbraban a que una novicia hiciera de priora y la monja más joven de subpriora y dieran órdenes a las monjas mayores. Pensando en ello Escrivá apuntó:

“Niño: tú eres el último burro, digo el último gato de los amadores de Jesús. A ti te toca, por derecho propio, mandar en el Cielo. Suelta esa imaginación, deja que tu corazón se desate también… Yo quiero que Jesús me indulte… del todo. Que todas las ánimas benditas del purgatorio, purificadas en menos de un segundo, suban a gozar de nuestro Dios…, porque hoy hago yo sus veces. Quiero… reñir a unos Ángeles Custodios que yo sé —de broma, ¿eh?, aunque también un poco de veras— y les mando que obedezcan, así, que obedezcan al borrico de Jesús en cosas que son para toda la gloria de nuestro Rey‑Cristo. Y después de mandar mucho, mucho, le diría a mi Madre Santa María: Señora, ni por juego quiero que dejes de ser la Dueña y Emperadora de todo lo creado. Entonces Ella me besaría en la frente, quedándome, por señal de tal merced, un gran lucero encima de los ojos. Y, con esta nueva luz, vería a todos los hijos de Dios que serán hasta el fin del mundo, peleando las peleas del Señor, siempre vencedores con Él… y oiría una voz más que celestial, como rumor de muchas aguas y estampido de un gran trueno, suave, a pesar de su intensidad, como el sonar de muchas cítaras tocadas acordemente por un número de músicos infinito, diciendo: ¡queremos que reine! ¡para Dios toda la gloria! ¡Todos, con Pedro, a Jesús por María!…

Y antes de que este día asombroso llegue al final, ¡oh, Jesús —le diré— quiero ser una hoguera de locura de Amor! Quiero que mi presencia sola sea bastante para encender al mundo, en muchos kilómetros a la redonda, con incendio inextinguible. Quiero saber que soy tuyo. Después, venga Cruz: nunca tendré miedo a la expiación… Sufrir y amar. Amar y sufrir. ¡Magnífico camino! Sufrir, amar y creer: fe y amor. Fe de Pedro. Amor de Juan. Celo de Pablo. Aún quedan al borrico tres minutos de endiosamiento, buen Jesús, y manda… que le des más Celo que a Pablo, más Amor que a Juan, más Fe que a Pedro: El último deseo: Jesús, que nunca me falte la Santa Cruz”[6].

Escrivá sacó gran provecho de la práctica de la infancia espiritual. A comienzos de 1932 empezó a leer atentamente los libros que tuvieran este enfoque, especialmente la “Historia de un alma”, de Santa Teresa de Lisieux. Pero, al contrario que el sentido de la filiación divina, no consideró que la infancia espiritual fuera un camino necesario para todos los miembros del Opus Dei. Dirigirse a Dios como niños pequeños es un modo maravilloso de tratarlo, pero no es el único modo posible. A comienzos de 1932 Escrivá se dio cuenta de que los miembros de la Obra podían familiarizarse con el camino de infancia espiritual, pero que no todos tenían que seguirlo.

[1] Ibid. p. 415, nota 206

[2] Ibid. p. 405

[3] Ibid. p. 406

[4] Ibid. p. 407

[5] Josemaría Escrivá de Balaguer. SANTO ROSARIO. Ediciones Rialp. Madrid, 2001. Introducción

[6] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 413-414

Un hombre que habló sólo de Dios

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Mons. Alvaro del Portillo, muy cercano siempre a Mons. Escrivá de Balaguer desde sus tiempos de estudiante en la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid, escribía en vida del Fundador del Opus Dei en la presentación de la primera edición de Es Cristo que pasa:

«Desde 1925, Mons. Escrivá de Balaguer realiza una intensa labor pastoral: primero –por poco tiempo– en parroquias rurales; más tarde, en Madrid, especialmente en los barrios pobres y en los hospitales; durante los años treinta, en toda España; desde 1946, cuando fija su residencia en Roma, con personas de todo el mundo.

»Hablar de Dios, acercar los hombres al Señor: así lo he visto desde que lo conocí, en 1934. Catequesis, días y cursos de retiro espiritual, dirección de almas, cartas breves e incisivas, que llevaban en los trazos –rápidos y definidos– la paz a muchas conciencias. En los primeros meses de 1936 llegó a enfermar; los médicos diagnosticaron sólo cansancio. Predicaba, a veces, hasta diez horas diarias. El clero de casi todas las diócesis españolas recibió su predicación; lo llamaban los Obispos y él recorría el país, a sus propias expensas –en aquellos trenes de entonces–, sin más pago que la amorosa obligación de hablar de Dios (…).

»Autor de libros de espiritualidad difundidos en todo el mundo –como Camino y Santo Rosario– y de finos estudios jurídicos y teológicos –como La Abadesa de las Huelgas–, ha escrito sobre todo numerosas y extensas cartas, Instrucciones, Glosas, etc., dirigidas a los miembros del Opus Dei, tratando exclusivamente de temas espirituales. Reacio a cualquier forma de propaganda, ha accedido sólo rara vez a las numerosas y constantes peticiones de entrevistas por parte de la prensa, radio y televisión de muchos países. Con las pocas entrevistas que han sido la excepción se publicó el libro Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, traducido también a las principales lenguas (…)

»…En un texto no es posible darse cuenta plenamente de algunas cualidades de la predicación del Fundador del Opus Dei. Su humanidad, su sinceridad inmediata, que cautiva. Su entrega a los que le escuchan, su insistente repetir que cada uno debe hacer –al oír esas palabras– una oración personal con Dios, “con gritos callados”. Y ese realismo cordial, nada ingenuo y, a la vez, nada pragmático. Un sentido común poco común. El buen humor que aflora siempre, una alegría contagiosa, la de un hijo de Dios.

»Pero son ya muchos miles las personas que han oído directamente la predicación de Mons. Escrivá de Balaguer: Porque, si no ama la propaganda y la publicidad, no tiene en cambio inconveniente en responder a cuantos le preguntan sobre cosas de Dios. En un viaje, en 1972, por España y Portugal, iniciado en Francia, pudieron oírle, en grupos pequeños o grandes, más de ciento cincuenta mil personas; en 1970, en México, estuvo con unas cuarenta mil personas de ese país, de los Estados Unidos y de otras muchas naciones americanas; y–en Roma son muchos miles los que, procedentes de Europa y de otras partes, tienen ocasión de oírle:..»(Posteriormente a la redacción de estas líneas el Fundador del Opus Dei realizó dos largos viajes más por diversos países de América Haciendo llegar su gran «catequesis –como él denominaba a estos viajes– a muchos miles de personas).

«…Otros rasgos entrañables de la labor pastoral de Mons. Escrivá de Balaguer: la viva conciencia de ser sólo un instrumentó en las manos del Señor; la convicción sobrenatural de que las flaquezas y miserias personales –que tendremos mientras vivamos, recuerda él siempre– no pueden ser un obstáculo para alejarnos de Cristo, sino un estímulo para estrecharnos más a Él. En una de las homilías aún inéditas dice: “Yo no le soporto nada al Señor; es Él quien me aguanta y me ayuda y me empuja y me espera”. Y, dirigiéndose a los que le escuchaban: “¡Cómo no voy a comprender vuestras miserias, si estoy lleno de ellas!”.

» Y, por todas partes, como en contrapunto, aparece un motivo de fondo: el amor a la libertad personal. “Soy muy amigo de la libertad… El espíritu del Opus Dei que he procurado practicar y enseñar desde hace más de treinta y cinco años –decía en 1963–, me ha hecho comprender y amar la libertad personal. Cuando Dios Nuestro Señor concede a los hombres su gracia, cuando les llama con una vocación específica, es como si les tendiera una mano paternal llena de fortaleza, repleta sobre todo de amor, porque nos busca uno a uno, como a hijas e hijos suyos, y porque conoce nuestra debilidad. Espera el Señor que hagamos el esfuerzo de coger su mano, esa mano que Él nos acerca: Dios nos pide un esfuerzo, prueba de nuestra libertad”.

»Si Dios respeta nuestra libertad personal, ¿cómo no vamos a respetar la libertad de los demás?… “No hay dogmas en las cosas temporales. No va de acuerdo con la dignidad de los hombres el intentar fijar unas verdades absolutas, en cuestiones donde por fuerza cada uno ha de contemplar las cosas desde su punto de vista, según sus intereses particulares, sus preferencias culturales y su propia experiencia peculiar. Pretcnder imponer dogmas en lo temporal conduce, inevitablemente, a forzar las conciencias de los demás, a no respetar al prójimo”».

Este amplio testimonio, tan entrañable y tan cercano, escrito por Mons. Álvaro del Portillo, confirma en toda la línea lo que Mons. Escrivá de Balaguer había dicho en tantas ocasiones: «Yo soy un sacerdote que no habla nada más que de Dios ».

Pasión

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho de parte de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser muerto y resucitar al tercer día (Mt, 16-21) .

“Habla Pilatos: Vosotros tenéis costumbre de que os suelte a uno por Pascua. ¿A quién dejamos libre, a Barrabás —ladrón, preso con otros por un homicidio—o a Jesús? (Math., XXVII,17.) —Haz morir a éste y suelta a Barrabás, clama el pueblo incitado por sus príncipes. (Luc., XXIII, 18.) Habla Pilatos de nuevo: Entonces ¿qué haré de Jesús que se llama el Cristo? (Math., XXVII, 22.)

¡Crucifige eum! —¡Crucifícale! (Marc., XV, 14.)

Pilatos, por tercera vez, les dice: Pues ¿qué mal ha hecho? Yo no hallo en él causa alguna de muerte. (Luc., XXIII, 22.)

Aumentaba el clamor de la muchedumbre: ¡crucifícale, crucifícale! (Marc., XV, 14.)

Y Pilatos, deseando contentar al pueblo, les suelta a Barrabás y ordena que azoten a Jesús.

Atado a la columna. Lleno de llagas.

Suena el golpear de las correas sobre su carne rota, sobre su carne sin mancilla, que padece por tu carne pecadora. –Más golpes. Más saña. Más aún… Es el colmo de la humana crueldad.

Al cabo, rendidos, desatan a Jesús. –Y el cuerpo de Cristo se rinde también al dolor y cae, como un gusano, tronchado y medio muerto.

Tú y yo no podemos hablar. –No hacen falta palabras. –Míralo, míralo… despacio.

Después… ¿serás capaz de tener miedo a la expiación?”

Misterios dolorosos. Santo Rosario

“¡Satisfecha queda el ansia de sufrir de nuestro Rey! –Llevan a mi Señor al patio del pretorio, y allí convocan a toda la cohorte. (Marc., XV, 16) —Los soldadotes brutales han desnudado sus carnes purísimas. —Con un trapo de púrpura, viejo y sucio, cubren a Jesús. —Una caña, por cetro, en su mano derecha…

La corona de espinas, hincada a martillazos, le hace Rey de burlas… Ave Rex judeorum! —Dios te salve, Rey de los judíos. (Marc., XV, 18.) Y, a golpes, hieren su cabeza. Y le abofetean… y le escupen.

Coronado de espinas y vestido con andrajos de púrpura, Jesús es mostrado al pueblo judío: Ecce homo! —Ved aquí al hombre. Y de nuevo los pontífices y sus ministros alzaron el grito diciendo: ¡crucifícale, crucifícale! (Joann., XVIII, 5 y 6.)

—Tú y yo, ¿no le habremos vuelto a coronar de espinas, y a abofetear, y a escupir?

Ya no más, Jesús, ya no más… ”

Misterios dolorosos. Santo Rosario

“Con su Cruz a cuestas marcha hacia el Calvario, lugar que en hebreo se llama Gólgota. (Joann., XIX, 17.) –Y echan mano de un tal Simón, natural de Cirene, que viene de una granja, y le cargan la Cruz para que la lleve en pos de Jesús. (Luc., XXIII, 26.)

Se ha cumplido aquello de Isaías (LIII, 12): cum sceleratis reputatus est fue contado entre los malhechores: porque llevaron para hacerlos morir con El a otros dos, que eran ladrones. (Luc., XXIII, 32.)

Si alguno quiere venir tras de mí… Niño amigo: estamos tristes, viviendo la Pasión de Nuestro Señor Jesús. –Mira con qué amor se abraza a la Cruz. –Aprende de El. –Jesús lleva Cruz por ti: tú, llévala por Jesús.

Pero no lleves la Cruz arrastrando… Llévala a plomo, porque tu Cruz, así llevada, no será una Cruz cualquiera: será… la Santa Cruz. No te resignes con la Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la quieras, tu Cruz será… una Cruz, sin Cruz.

Y de seguro, como El, encontrarás a María en el camino.”

Misterios dolorosos, Santo Rosario

Pasión

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho de parte de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser muerto y resucitar al tercer día (Mt, 16-21) .

“Habla Pilatos: Vosotros tenéis costumbre de que os suelte a uno por Pascua. ¿A quién dejamos libre, a Barrabás —ladrón, preso con otros por un homicidio—o a Jesús? (Math., XXVII,17.) —Haz morir a éste y suelta a Barrabás, clama el pueblo incitado por sus príncipes. (Luc., XXIII, 18.) Habla Pilatos de nuevo: Entonces ¿qué haré de Jesús que se llama el Cristo? (Math., XXVII, 22.)

¡Crucifige eum! —¡Crucifícale! (Marc., XV, 14.)

Pilatos, por tercera vez, les dice: Pues ¿qué mal ha hecho? Yo no hallo en él causa alguna de muerte. (Luc., XXIII, 22.)

Aumentaba el clamor de la muchedumbre: ¡crucifícale, crucifícale! (Marc., XV, 14.)

Y Pilatos, deseando contentar al pueblo, les suelta a Barrabás y ordena que azoten a Jesús.

Atado a la columna. Lleno de llagas.

Suena el golpear de las correas sobre su carne rota, sobre su carne sin mancilla, que padece por tu carne pecadora. –Más golpes. Más saña. Más aún… Es el colmo de la humana crueldad.

Al cabo, rendidos, desatan a Jesús. –Y el cuerpo de Cristo se rinde también al dolor y cae, como un gusano, tronchado y medio muerto.

Tú y yo no podemos hablar. –No hacen falta palabras. –Míralo, míralo… despacio.

Después… ¿serás capaz de tener miedo a la expiación?”

Misterios dolorosos. Santo Rosario

“¡Satisfecha queda el ansia de sufrir de nuestro Rey! –Llevan a mi Señor al patio del pretorio, y allí convocan a toda la cohorte. (Marc., XV, 16) —Los soldadotes brutales han desnudado sus carnes purísimas. —Con un trapo de púrpura, viejo y sucio, cubren a Jesús. —Una caña, por cetro, en su mano derecha…

La corona de espinas, hincada a martillazos, le hace Rey de burlas… Ave Rex judeorum! —Dios te salve, Rey de los judíos. (Marc., XV, 18.) Y, a golpes, hieren su cabeza. Y le abofetean… y le escupen.

Coronado de espinas y vestido con andrajos de púrpura, Jesús es mostrado al pueblo judío: Ecce homo! —Ved aquí al hombre. Y de nuevo los pontífices y sus ministros alzaron el grito diciendo: ¡crucifícale, crucifícale! (Joann., XVIII, 5 y 6.)

—Tú y yo, ¿no le habremos vuelto a coronar de espinas, y a abofetear, y a escupir?

Ya no más, Jesús, ya no más… ”

Misterios dolorosos. Santo Rosario

“Con su Cruz a cuestas marcha hacia el Calvario, lugar que en hebreo se llama Gólgota. (Joann., XIX, 17.) –Y echan mano de un tal Simón, natural de Cirene, que viene de una granja, y le cargan la Cruz para que la lleve en pos de Jesús. (Luc., XXIII, 26.)

Se ha cumplido aquello de Isaías (LIII, 12): cum sceleratis reputatus est fue contado entre los malhechores: porque llevaron para hacerlos morir con El a otros dos, que eran ladrones. (Luc., XXIII, 32.)

Si alguno quiere venir tras de mí… Niño amigo: estamos tristes, viviendo la Pasión de Nuestro Señor Jesús. –Mira con qué amor se abraza a la Cruz. –Aprende de El. –Jesús lleva Cruz por ti: tú, llévala por Jesús.

Pero no lleves la Cruz arrastrando… Llévala a plomo, porque tu Cruz, así llevada, no será una Cruz cualquiera: será… la Santa Cruz. No te resignes con la Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la quieras, tu Cruz será… una Cruz, sin Cruz.

Y de seguro, como El, encontrarás a María en el camino.”

Misterios dolorosos, Santo Rosario

Iglesia de Santa Isabel

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Recorrido histórico de los lugares relacionados con la fundación del Opus Dei en Madrid.

Opus Dei -

Contigua al Convento, está la iglesia de Santa Isabel, construida en 1565. Este templo albergó numerosas obras de arte. Muchas fueron destruidas en 1936. Sobre la puerta de la iglesia hay un escudo en piedra que recuerda el Patronazgo real de estos edificios.

San Josemaría celebró Misa por primera vez en esta iglesia el 21 de septiembre de 1931. Escribió en sus Apuntes:

Día de San Mateo— 1931: He celebrado por vez primera la Santa Misa en Santa Isabel. Para toda la gloria de Dios.

El 16 de febrero de 1932 san Josemaría anotó un hecho que tuvo particular resonancia en su vida espiritual: “Después de dar la sagrada Comunión a las monjas, antes de la Santa Misa, le dije a Jesús [...] “te amo más que éstas”. Inmediatamente entendí sin palabras: “obras son amores y no buenas razones”.

Opus Dei -

Escribe Vázquez de Prada:

“Y una mañana, después de decir misa, al terminar la acción de gracias, escribió de una sentada, junto al presbiterio, en la sacristía de Santa Isabel, el Santo Rosario. No sabemos con certeza qué día de la novena; pero sí que la víspera de la fiesta de la Inmaculada, 7 de diciembre, estaba leyendo en Santa Isabel a dos jóvenes el modo de rezar el rosario, pues esa fue la intención con que lo escribió: ayudar a otros a rezarlo.

Más tarde, cuando hizo el prólogo, cuenta al lector el secreto de ese camino de infancia espiritual:

Opus Dei -

Amigo mío: si tienes deseos de ser grande, hazte pequeño.

Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños…, rezar como rezan los niños.

[...] Hazte pequeño. Ven conmigo y —éste es el nervio de mi confidencia— viviremos la vida de Jesús, María y José

Así, suavemente, se introduce al lector en escena:

No olvides, amigo mío, que somos niños. La Señora del dulce nombre, María, está recogida en oración.

Tú eres, en aquella casa, lo que quieras ser: un amigo, un criado, un curioso, un vecino… —Yo ahora no me atrevo a ser nada. Me escondo detrás de ti y, pasmado, contemplo la escena:

El Arcángel dice su embajada.

De la presentación de “Santo Rosario” son también estas líneas:

El principio del camino, que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima.”

Juan, el lechero

Opus Dei -

En las gradas de esta iglesia de Santa Isabel solía saludar, llevando en la mano las últimas cántaras de leche que había vendido (como las de la fotografía) todas las mañanas un hombre joven, coherente en su vida cristiana. Era “Juan, el lechero”, al que san Josemaría evocó en algunos de sus escritos.

Este repartidor de leche era un hombre despierto, de gran piedad eucarística, muy querido en el barrio, muy simpático, con una pequeña trabazón a la hora de hablar, que venía desde el Puente de Vallecas y saludaba todos los días al Señor desde este lugar diciéndole: “Jesús, aquí está Juan el lechero”.

En 1932 este hombre -del que se desconocen más datos, salvo que falleció hacia 1941- estaba soltero y rondaba los treinta años. La gente del barrio le recordaba como un hombre de buen carácter, que piropeaba a las chicas y aguantaba con paciencia las bromas de la chiquillería. A veces les regalaba a los niños unos huevos pequeños, que llamaban de “gallina enana”,

Juan v enía todos los días desde el Puente de Vallecas, con su mulo cargado con dos cántaras de leche y una manta para la lluvia. Recorría, vendiendo leche a las parroquianas -como recuerda una de ellas, Francisca Amelia- las calles de El Salitre, La Fe, Esperanza, Tres Peces, Torrecilla del Leal y la Magdalena. Allí dejaba su mulo, en el pasaje Doré, y en la Plazuela de Antón Martín entraba a rezar a la Virgen de la Milagrosa en la iglesia de El Salvador y San Nicolás.

Terminaba su recorrido bajando por la calle de Santa Isabel. Se acercaba al convento y dejaba en el torno del convento una cantarilla pequeña de leche de tres o cuatro litros. Le devolvían la cantarilla del día anterior, vacía. De vuelta, saludaba al Señor en el Sagrario, desde la puerta, con sus cántaras vacias, con el estruendo consiguiente, que escuchaba san Josemaría desde el confesonario, que estaba muy cercano a la puerta.

Escalinatas de la iglesia de Santa Isabel.

Aunque el interior de la iglesia se haya reconstruido,
esta imagen muestra la proximidad
del confesonario a la puerta de entrada

Cuenta Ana Sastre:

“Durante varios días, y mientras ocupa el confesonario de Santa Isabel, oye la puerta de la iglesia que se abre con estrépito y un ruido como de cántaros metálicos.

Por fin, decide averiguar la causa. Se sitúa junto a la puerta, por dentro de la iglesia. Al oír el primer golpe sale y encuentra un lechero que viene con sus cántaros.

-«Pero, tú, ¿qué haces?»

-«Yo, Padre…, vengo cada mañana, abro -no entro con más delicadeza porque no sé; por eso meto este ruido-, y le saludo: Jesús, aquí está Juan el lechero».

Y le parece una oración tan formidable que pasa el día repitiéndola como una jaculatoria: «Señor, aquí está este desgraciado, que no te sabe amar como Juan el lechero».

Santa Isabel en los años de la preguerra y de la contienda

Esta iglesia de Santa Isabel sufrió mucho con los avatares de la preguerra y de la guerra civil española.

“Siguen los incendios —escribió el Fundador el 11 de marzo de 1936— Esta mañana, mientras celebraba la Santa Misa en Santa Isabel, de orden superior les recogieron las carabinas a los guardias…Yo, de acuerdo con las religiosas, consumí un copón casi lleno de formas. –No sé si pasará algo. Señor: basta de sacrilegios”. (Vázquez de Prada, 579)

Seguía anotando, días después, el 25 de marzo de 1936 en sus Apuntes íntimos:

El día 13 intentaron asaltar Santa Isabel. Destrozaron unas puertas. De modo providencial, se quedó la chusma sin gasolina, y no pudieron incendiar más que un poco la puerta exterior de la iglesia, porque huyeron ante una pareja de guardias. (Vázquez de Prada, 579)

A comienzos de la guerra civil, en julio de 1936, el templo de Santa Isabel fue incendiado. El día anteriro Francisca Amelia presenció como saqueaban los objetos litúrgicos y los cuadros. El clima que se respiraba era muy anticristiano. De hecho, algunas chicas del barrio le decían a Juan el Lechero: “cuidado Juanito, que te ven entrar y salir de las iglesias y te van a matar”. “No me importa” -respondía. “No tenía miedo -comenta Francisca Amelia-. Tenía fe”.

Palabras de un santo (en 2009)

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Miles de personas se sirven hoy de los textos del Fundador del Opus Dei para intentar mejorar su vida cristiana y profundizar en las raíces de su fe.

Opus Dei -

Durante 2009 se han publicado en el mundo, en más de 30 ediciones, unos 50.000 ejemplares de los libros de San Josemaría Escrivá de Balaguer. Desde Venezuela, Colombia, México o Argentina hasta Indonesia, India y China pasando por Italia, Francia, Eslovenia o España. Culturas y lenguas muy diferentes, pero unidas en el sentido de lo trascendente común a hombres y mujeres de todo el mundo.

Camino, Surco, Forja, los libros de homilías Amigos de Dios y Es Cristo que pasa, Santo Rosario, Via Crucis, y el libro de entrevistas Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer siguen siendo best sellers de la literatura espiritual con millones de ejemplares vendidos.

Miles de personas se sirven hoy de los textos del Fundador del Opus Dei para intentar mejorar su vida cristiana y profundizar en las raíces de su fe. De todos los libros emana una rica experiencia pastoral en el cuidado de las almas.

12. Fama de santidad

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

02 de diciembre de 2008

En la Presentación de Amigos de Dios, la primera obra póstuma del Fundador del Opus Dei (1977), usted escribió que el Padre “no pretendió jamás ser un autor, a pesar de que figura entre los maestros de la espiritualidad cristiana”. Esto refleja un aspecto de su humildad, que explica su resistencia a publicar libros, aunque (y quizá precisamente por esto) Camino era ya conocido en todo el mundo varias décadas antes. Hablemos ahora de los libros del Fundador, que recapitulo a continuación, con el orgullo de haber preparado sus ediciones italianas. Por orden de composición, el primero es Santo Rosario, escrito en 1931 aunque no se publicaría hasta 1934; Consideraciones espirituales, publicado a ciclostil en 1932, impreso en 1934, y que se amplió y editó con el título definitivo de Camino en 1939; la colección de entrevistas concedidas a la prensa internacional, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, es de 1968; el primer volumen de homilías, Es Cristo que pasa, apareció en 1973. Se han publicado póstumamente Amigos de Dios (1977), Via Crucis (1981), y los otros dos libros de meditación que forman con Camino una trilogía, Surco (1986) y Forja (1987). De carácter científico es el estudio teológico–jurídico La Abadesa de las Huelgas (1944): el Fundador, atento al encuadramiento canónico de la Obra, se interesó por la figura extraordinaria de jurisdicción cuasi–episcopal, de que gozó antiguamente la abadesa de ese monasterio de Burgos.

–Sin duda, las obras de espiritualidad de nuestro Fundador han contribuido decisivamente al nacimiento y difusión de su fama de santidad. Sin embargo, como no buscaba la popularidad, sino el bien de las almas, deseo subrayar que su fama de santidad surgía como consecuencia de los frutos espirituales que obtenían los lectores por la meditación de sus escritos. Disponemos de infinidad de testimonios unánimes en este sentido.

Ya he mencionado el aprecio de Pablo VI hacia Camino, que el Papa utilizaba para su meditación personal. Ese aprecio venía de mucho tiempo atrás, pues uno de los primeros miembros de la Obra que llegaron a Italia, el profesor José Orlandis, entregó en 1945 un ejemplar de Camino al entonces Mons. Montini, quien se lo agradeció con una carta, fechada el 2 de febrero de ese año, en la que decía, entre otras cosas: “Sus páginas son una sentida y poderosa llamada al generoso corazón de la juventud, a la que, descubriéndole elevados ideales, enseñan la senda de la reflexión y seriedad de criterio, que la dispone a vivir plenamente la vida sobrenatural (…). Ofrece ya la consoladora realidad de sus copiosos frutos en el ambiente universitario español. Yo celebro inmensamente que el libro haya tenido tan halagüeño resultado y pido al Señor que siga bendiciéndolo y difundiéndolo, para el bien de muchas almas”.

Son innumerables las personas de toda condición que declaran haber recibido luz y fuerza con la lectura de las páginas de nuestro Fundador. El cardenal Maurice Otunga, Arzobispo de Nairobi, escribió: “Yo no conocí a Mons. Escrivá personalmente, pero he leído muchísimos escritos suyos. Cada vez que he meditado uno de sus libros, he sentido que se hacía posible lo que me parecía imposible: que también yo puedo ser santo”.

Una religiosa española que vive en México, ha referido una historia edificante que tuvo lugar en los años cuarenta. En aquella época, recibió la indicación de trasladarse de España a México, y se dirigió a la Policía para tramitar su pasaporte; surgieron algunos problemas burocráticos y, además, la religiosa se enteró de que el funcionario hacía profesión de ateísmo. No se le ocurrió otra cosa que regalarle un ejemplar de Camino. Consiguió al fin el pasaporte, junto con otra religiosa de su Orden que se marchaba a Colombia. En 1980 regresó a España. Un domingo fue a Misa a la catedral, y a la salida le paró un señor que le dijo: “¡La culpa es suya, la culpa es suya!”. Se quedó sorprendida, y no sabía qué responderle, hasta que el hombre le explicó: “Usted me regaló un ejemplar de Camino antes de marcharse a México, y yo, gracias a aquel libro, me convertí”.

El prestigio del que gozó el Fundador del Opus Dei entre los que le trataron se funde con su fama de santidad. Le pediría que evocase algún testimonio.

–Un capítulo especialmente significativo lo constituyen las declaraciones de muchos seminaristas, sacerdotes y religiosos que, entre los años 1938 y 1945, participaron en alguna de las numerosas tandas de ejercicios espirituales que el Fundador de la Obra predicó por toda España. Me parece interesante recordar el origen de esos testimonios: en aquellos años, como ya he apuntado, se había desencadenado una auténtica campaña de calumnias increíbles contra nuestro Fundador, que fue acusado de hereje, de masón, de embaucar a las almas y ejercitar sobre ellas una influencia nefasta. A pesar de todo esto, muchos obispos diocesanos, que le conocían personalmente y lo consideraban un santo, seguían invitándole a predicar los ejercicios a su clero. De este modo, muchos sacerdotes tuvieron la oportunidad de escucharle, y se sintieron en el deber de defenderle como podían de aquellas acusaciones. Y la manera más sencilla de hacerlo era escribirme a mí: se trata, pues, de testimonios muy próximos cronológicamente a los hechos que describen; en aquellas circunstancias, tienen el gran valor de ser palabras muy sentidas y espontáneas.

Por ejemplo, Mons. Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona, me escribió el 22 de noviembre de 1941: “Muy querido Alvaro: Mi queridísimo amigo Don José María, ese tan buen Padre que Dios os ha dado, ha dictado Ejercicios Espirituales a todos los nuevos párrocos de esta bendita Diócesis de Pamplona, cuyo Clero es ejemplarísimo. Digo a todos, porque aunque nos falta la última Tanda, esperamos que sea también él el que la dicte (…). Que Dios nos lo conserve muchos años, muchos años, para gran gloria de Su santa Iglesia. Vosotros cuidad bien ese tesoro”.

Y el actual Cardenal Ángel Suquía, Arzobispo de Madrid, escribió en 1942, refiriéndose a un curso de ejercicios en el que había participado como seminarista a finales de 1938: “Recuerdo aquel amor a Cristo que respiraban todas sus frases. Conservo imborrable recuerdo de aquellas palabras: Amar a Cristo con locura, con enamoramiento, como un avaro su oro, como un negociante su negocio, como un amante a su amada, como un pobre desgraciado sus placeres sensuales“.

Ya he mencionado que, del 3 al 11 de octubre de 1944, nuestro Fundador predicó los ejercicios a los Agustinos del Monasterio de El Escorial, con su salud muy maltrecha: tenía un antrax enorme en el cuello, y una fiebre altísima. Fue entonces cuando le diagnosticaron la diabetes; sin embargo, cumplió su compromiso de predicarles. El Provincial de los Agustinos, Padre Carlos Vicuña, me escribió el 26 de octubre: “voy a darle una breve impresión de los ejercicios espirituales dados por don José María Escrivá a los religiosos agustinos del Real Monasterio de El Escorial en este mes de octubre. Todos coinciden en que superó todas las esperanzas y satisfizo plenamente los deseos de los Superiores; ahora esperamos de Dios que el fruto sea muy abundante. Todos sin excepción (Padres, teólogos, filósofos, hermanos y aspirantes) estaban pendientes de sus labios sin respirar, como suele decirse; sus conferencias de 30 y 35 minutos les parecían de sólo diez, cautivados por aquel torrente de fervor, entusiasmo, sinceridad y efusión de corazón. ‘Le sale de dentro, habla así porque tiene vida y fuego interior’; ‘es un santo, un apóstol; si le sobrevivimos muchos de nosotros le hemos de ver en los altares…’, son las expresiones que he escuchado de los oyentes. Es muy de notar la rara unanimidad en los elogios, sobre todo tratándose de un auditorio de intelectuales y especialistas en gran proporción. No se ha oído una sola voz menos favorable. Es verdad que venía precedido de una aureola de santo, pero no es menos cierto que, lejos de defraudarla, la ha confirmado”.

Expresiones semejantes utilizan numerosos sacerdotes que escucharon a nuestro Fundador, tanto en Roma como en distintos países europeos a partir de 1946, o durante sus viajes a América en los años 1970, 1974 y 1975.

Ya he recordado el aprecio que le tenían Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI. Añadiré que Pablo VI, durante la audiencia que me concedió el 5 de marzo de 1976, afirmó que consideraba al Fundador del Opus Dei “como uno de los hombres que han recibido más carismas en la historia de la Iglesia, y que han correspondido con mayor generosidad a los dones de Dios”; me repitió estas ideas en otra audiencia del 19 de junio de 1978, en la que agregó que había podido advertir, desde el día que lo conoció en 1946, el carácter excepcional de su figura en la historia de la Iglesia.

Deseo evocar también al Cardenal Ildefonso Schuster, Arzobispo de Milán: con profunda convicción, aseguraba a los miembros de la Obra que estaban comenzando las actividades apostólicas en la capital lombarda, que nuestro Fundador era uno de esos santos que la Providencia divina suscita de tarde en tarde, a distancia de siglos, para renovar a la Iglesia. Y lo parangonaba con los grandes fundadores: San Bernardo, San Francisco… También a mí me expresó el Cardenal Schuster su admiración por el Padre con palabras semejantes.

El conocido escritor Mons. Hubert Jedin ha declarado: “Como historiador de la Iglesia puedo afirmar que una influencia tan profunda y universal en la Iglesia de Dios sólo puede generarla un hombre cuando éste se ha puesto por completo a disposición de Dios, convirtiéndose en un instrumento para la santificación de los demás y para la realización del Reino de Dios sobre la tierra. La fecundidad del Fundador del Opus Dei no habría sido posible si no hubiese sido santo”.

Una anécdota más entre las numerosas que se podrían citar. Durante la breve estancia de nuestro Fundador en Guatemala, con ocasión de su viaje a América Latina, en 1975, el Cardenal Casariego, Arzobispo de la Ciudad de Guatemala, manifestó muchas veces el deseo de recibir su bendición. La misma tarde en que llegó, cenaron juntos, y al final, el Cardenal se arrodilló y le pidió que le bendijera; entonces nuestro Fundador se puso de rodillas y le replicó: Yo no doy la bendición a un Cardenal. Ante la insistencia del purpurado, se limitó a hacerle la señal de la cruz en la frente, ganándose su amable protesta: “No me ha dado la bendición hoy, pero no le dejaré marcharse de Guatemala sin que lo haya hecho”. El día de la partida, el Cardenal Casariego vino a buscarlo al Centro de la Obra donde estábamos alojados; entraron juntos en el oratorio y estuvieron unos momentos rezando. Al terminar, mientras el Padre se levantaba para salir, el Cardenal se interpuso y exclamó: “En la presencia de Jesús Sacramentado y delante de estos hijos suyos, ¡no me muevo de aquí, si no me da la bendición!”. Mario, usted obtiene de mí lo que nadie consigue, respondió nuestro Fundador, que se vio obligado a ceder. Después el Cardenal declaró: “¡No podía perderme la bendición de un santo!”.

Durante aquella estancia en Guatemala, sufrió graves molestias físicas y tuvo que renunciar a tener tertulias con muchas personas a las que deseaba hacer llegar su predicación. A pesar de todo, el día en que nos fuimos, millares y millares de personas acudieron al aeropuerto, solamente para verle, aun de lejos, y recibir su bendición.

En su corazón, los miembros de la Obra consideraban un santo a su Fundador, aunque no lo mostrasen externamente, para no provocar sus protestas. Deseaban tener una fotografía suya, y los que consiguieron alguna, con palabras de su puño y letra, la conservaron como una joya que con el tiempo sería una reliquia. Usted, que ha estado a su lado durante cuarenta años, conservará seguramente algunos recuerdos muy personales.

–Desde 1950 el Padre tuvo que acudir al dentista con frecuencia: iba a la consulta de un buen amigo mío, el doctor Hruska. Le pedí que me entregase a escondidas, después de cada sesión, las piezas dentales extraídas, porque quería conservarlas. Aunque intentamos que no se diese cuenta, el Padre acabó enterándose. Y un día de 1961, mientras estaba yo ingresado en una clínica de Roma para someterme a una intervención quirúrgica, el Padre pidió a don Javier Echevarría que le ayudase a descubrir dónde las había guardado: estaba firmemente decidido a tirarlas, porque no quería que conservásemos ningún recuerdo de su persona: Vamos a buscar estas porquerías, le dijo.

En la vida del Fundador se han verificado algunos sucesos extraordinarios, intervenciones sobrenaturales, especialmente ligadas a la fundación de la Obra. Le rogaría que hablase un poco de este aspecto de la vida de un santo.

–No veo posible abordar este tema de un modo exhaustivo y detallado. Su humildad y su prudencia le llevaban a silenciar este tipo de sucesos, aunque no negase que se habían dado en su vida, más de una vez, intervenciones extraordinarias de Dios. De acuerdo con las indicaciones expresas de la Santa Sede, nos hablaba de estos temas pensando en el bien de nuestras almas, pero contando lo mínimo indispensable.

Además, estoy persuadido de que, así como quemó el primero de sus cuadernos de apuntes espirituales, porque reflejaban numerosos hechos sobrenaturales, es muy probable que nunca nos haya revelado muchos otros, sólo conocidos por Dios. Quería evitar, a toda costa, que leyendo aquellos apuntes, alguno pudiese pensar que era un santo.

Por otro lado, no conviene olvidar que el núcleo del espíritu que el Señor confió al Fundador del Opus Dei consiste en esforzarse por encontrar a Dios en la vida ordinaria y a través de las ocupaciones habituales: nada más opuesto, por tanto, a resaltar los fenómenos extraordinarios. Nuestro Fundador repetía con frecuencia: A mí me bastan los milagros del Evangelio; y, en efecto, su conducta y su predicación se distinguieron por la exaltación del valor de las situaciones más normales, y el empeño por imitar la vida oculta de Jesús.

Recuerdo que el 2 de octubre de 1968 el Padre pasó el quadragésimo aniversario de la fundación de la Obra en Pozoalbero, una casa de retiros en Jerez de la Frontera. También le acompañaba yo. Durante una tertulia familiar, agradeció a los que estaban allí que ninguno le hubiera preguntado sobre la fundación del Opus Dei: seguramente –añadió–, se le habría escapado alguna confidencia íntima. Entonces le preguntamos con insistencia cómo había intervenido el Señor en el nacimiento de la Obra, pero el Padre, con habilidad, eludió las preguntas; después nos dijo en tono serio: Hijos míos: intencionadamente no he querido contaros nada. Yo os mentiría si os dijera que el Señor no ha tenido conmigo intervenciones extraordinarias. Las ha tenido siempre que han sido necesarias para la marcha de la Obra. (…) Pero, muy especialmente en un día como hoy, no he querido contaros nada de eso, para que se os quede muy grabado, y lo repitáis en el futuro a vuestros hermanos, que el camino nuestro es lo ordinario: santificar las acciones vulgares y corrientes de cada día, hacer endecasílabos –poesía heroica– de la prosa diaria.

No obstante, deseo recordar algunos sucesos extraordinarios de los que he tenido conocimiento. Ya me he referido a que las locuciones interiores fueron uno de los modos elegidos por el Señor para modelar el alma de nuestro Padre: eran, como solía explicar, locuciones intelectuales, sin ruido de palabras, pero que permanecían como grabadas a fuego en mi alma. Algunas, especialmente importantes, se han dado a conocer ya en las biografías del Padre publicadas: hablaré de otras, a título de ejemplo.

Con frecuencia, aquellas inspiraciones consistían en una comprensión singularmente profunda de algún texto de la Sagrada Escritura. Sucedía así: de pronto, le afloraba a los labios con insistencia un versículo de un salmo o algún otro texto que no se había detenido a meditar hasta entonces con particular atención; después, también de modo repentino e irresistible, sin que la hubiese buscado, se le manifestaba una interpretación espiritual absolutamente nueva, que hacía más elevada aún su contemplación: el Espíritu Santo le tomaba por sorpresa y le mostraba, sin lugar a dudas, que todo era obra del Señor. En sus apuntes íntimos figuran muchos ejemplos.

El Padre me contó que, en medio de las grandes dificultades de los comienzos, el Señor le hacía ver toda su impotencia, pero no dejaba de sostenerle con la serena certeza de la ayuda divina. Así, el 12 de diciembre de 1931, imprimió en su alma, con fuerza inusitada, estas palabras: Inter medium montium pertransibunt aquae (Ps. 103, 10; cfr. Camino n. 12), a pesar de los obstáculos, la Obra se extenderá por todas partes.

Dando un salto en el tiempo, me detendré ahora en algunas locuciones del Señor que tuvieron lugar en época más reciente. Si toda su existencia estuvo sellada por la Cruz, los últimos años parecen quizá más dolorosos: la razón de su profundo sufrimiento fueron los malos tratos inferidos a la Iglesia por tantos que deberían haberla amado y defendido. Errores doctrinales, desórdenes morales y disciplinares, abiertas desobediencias en materia litúrgica, una sangría casi imparable de vocaciones sacerdotales y religiosas, junto a la confusión difundida dentro del Pueblo de Dios, le hicieron padecer un prolongado y agudísimo calvario. Y, en medio de aquella turbación, el Señor intervino: el 8 de mayo de 1970 hizo resonar en su alma, enriqueciéndola con luces nuevas, las palabras: Si Deus nobiscum, quis contra nos? (cfr Rom 8,31). Reafirmado en su fe, tuvo la clara confirmación de que el Esposo no había abandonado a su Iglesia y que la llevaría indefectiblemente a buen puerto después de la tempestad; al mismo tiempo, se consolidó en su alma la conciencia de su responsabilidad y de la de todo el Opus Dei en la tarea de confirmar y propagar la recta doctrina.

La esperanza no atenuó la intensidad de su dolor. Aunque estaba agradecido a Dios por haber ahorrado al Opus Dei tantas tribulaciones, le acuciaba el pensamiento de la tristísima situación que atravesaba la Iglesia. El 6 de agosto de 1970, el Señor hizo resonar en su mente con gran ímpetu las palabras de Isaías: Clama, ne cesses! (Is. 58, 1), y comprendió que Dios le pedía no sólo multiplicar su oración y su penitencia, sino también hacer llegar lo más lejos posible, a través de una predicación enérgica e insistente, la exhortación a la más rigurosa lealtad a la Iglesia. Ésa fue la razón de que el 4 de octubre de 1972 saliera hacia la Península Ibérica, y regresase a Roma el 30 de noviembre, después de haber recorrido España y Portugal: fueron dos meses de infatigable catequesis, en los que su ardiente mensaje de fidelidad llegó a cientos de miles de almas. Más adelante, concretamente del 22 de mayo al 31 de agosto de 1974, y después en febrero de 1975, ya pocos meses antes de su muerte, realizó dos viajes a América Latina: recorrió siete países, desarrollando por todas partes una vasta e intensa catequesis en encuentros con millares de personas que acudían a escucharle. Deseo añadir que estas locuciones interiores, descritas brevemente, además de constituir un nuevo estímulo a la heroica abnegación con que nuestro Fundador gastaba sus energías en servicio de la Iglesia, alimentaron también su certeza en la futura solución del problema de la configuración jurídica definitiva del Opus Dei.

Así, pues, no faltaron en la vida del Padre los dones extraordinarios.

–Soy testigo de cómo sabía dar respuesta precisa a problemas de los que ni siquiera le habían hablado, y de cómo “veía” sucesos que estaban ocurriendo en sitios lejanos, o que tendrían lugar en el futuro. Contaré un hecho, del que fui protagonista en 1939. Al terminar la guerra civil, nuestro Fundador regresó a Madrid. Durante algunos meses no pude estar a su lado, porque el ejército me destinó a un batallón en Olot (Gerona), cerca de la frontera con Francia; tenía el mando de la primera Compañía. Allí conocí a Fernando Delapuente, un teniente muy simpático con el que comencé a hacer apostolado. Un día recibí una carta de nuestro Fundador en la que me decía, más o menos: “Dile a tu compañero Delapuente, que lo que le ha pasado hoy se debe a esto y a esto otro”. Me quedé asombrado: yo no había hablado al Padre ni siquiera de la existencia de aquel amigo mío; además, en la inmediata posguerra, por el pésimo estado en que se encontraban las vías de comunicación, trasladarse de Olot a Madrid era una empresa que llevaba varios días y Fernando no había estado en Madrid, ni conocía al Fundador. Decidí invitar a mi amigo a dar un paseo a caballo fuera de la ciudad, donde podríamos estar más tranquilos. Así le pude contar todo con calma. Fue tal su sorpresa que se cayó de la silla. Me dijo que había pasado un momento verdaderamente difícil y me explicó las razones, añadiendo que hasta entonces no se lo había contado a nadie. Naturalmente, siguió encantado los consejos del Padre.

También por aquella época, sucedió que unas chicas insidiaban a un miembro de la Obra. Pronto supimos que precisamente el día en que intentaban ponerle en un compromiso, nuestro Fundador se encontraba con unos hijos suyos y de repente exclamó: En este momento un hermano vuestro necesita mucha ayuda. Vamos a rezar un Memorare por él. Debo precisar que la persona interesada no había tenido tiempo de informarle de nada. El peligro se desvaneció al instante. Así nació entre los miembros del Opus Dei la costumbre de rezar, por lo menos una vez al día, esta oración que el Padre llamaba oratio saxum, porque la consideraba un apoyo seguro para aquel miembro de la Obra que le hiciera más falta en aquel momento.

En 1948, durante un viaje a Sicilia, nuestro Fundador conoció a don Francesco Ricceri, un sacerdote que desarrollaba su ministerio en Catania; le habló sobre el espíritu y los apostolados del Opus Dei. Yo estaba presente, pero prefiero describir la escena con las propias palabras de su protagonista, que tomo textualmente de la relación que hizo, el 21 de febrero de 1978, cuando era Obispo de Trapani: “Fascinado por la hermosura de esta institución, pedí insistentemente al Padre que abriese una residencia del Opus Dei en Catania, donde yo le habría ayudado con todas mis fuerzas, ya que era el párroco de una parroquia muy bien situada, y Consiliario de la FUCI (Federación Universitaria Católica Italiana). El Padre me fue dando largas hasta que, ante mi insistencia, respondió: “Si usted se quedase en Catania, me animaría a abrir con su ayuda la residencia, pero usted se irá. ¿Cómo podrá ayudarme?”. Yo repuse que no tenía ninguna intención de alejarme de Catania y el Padre, mirándome fijamente con sus ojos penetrantes, añadió: “Sepa que dentro de unos años le harán obispo y deberá dejar Catania”. Yo tomé esas palabras como una salida ingeniosa, pero los hechos confirmaron, en 1957, que habían sido proféticas”. En la tarjeta que Mons. Ricceri envió a nuestro Fundador el 24 de abril de 1957 para comunicarle su inminente consagración episcopal, afirmaba que no podía “poner en duda el espíritu profético” del Padre.

En Burgos, en 1938, un alto cargo de la administración pública amenazó con poner una denuncia calumniosa contra un miembro de la Obra, Pedro Casciaro. Sobre la base de un hecho real –la colaboración del padre de Pedro con el gobierno republicano–, este señor pretendía acusarle de ser masón y comunista y le atribuía la responsabilidad de numerosos asesinatos de gentes de derecha en Albacete. Afirmaba, además, que el propio Pedro Casciaro era comunista, y que había propagado esta ideología en Albacete, con ocasión de las elecciones de febrero de 1936, en las que triunfó el Frente Popular; concluía de todo esto que era un infiltrado en la “zona nacional”, con la misión de actuar como espía en el ejército de Franco y, más concretamente, en el cuartel del general Orgaz.

La acusación era absolutamente falsa, aunque se basaba en una verdad parcial, y en aquellas dramáticas circunstancias una denuncia de este tipo resultaba gravísima; Pedro corría el peligro de ser condenado a muerte, en un momento en que los procesos militares eran a menudo sumarísimos, sin todas las garantías necesarias para probar la verdad.

Nuestro Fundador intentó disuadir al acusador, para que no cometiera una injusticia tan grave: fue a verle, acompañado por el profesor José María Albareda. La conversación fue tremendamente dura. Aquel señor mantenía una postura fría e insolente. Nuestro Fundador defendió a Pedro con la serenidad más completa y con todo el cariño paterno de que era capaz. Al principio con dulzura y, después, con gran energía, trató de hacer comprender al interesado que iba a cometer una injusticia: arrancar a la madre de Pedro, de un solo golpe, al hijo y al marido. Le invitó a pensar en su propia mujer.

Pero el hombre replicó que, como en aquel momento era imposible detener y castigar al padre, el hijo tenía que pagar por él, aunque fuese inocente; además –observó–, muchos inocentes morían en el frente o en las prisiones de la “zona roja”. Con una fortaleza que impresionó mucho a José María Albareda, nuestro Fundador le explicó que semejante postura era inconcebible en un cristiano que sabe que deberá dar cuenta a Dios de sus acciones. Añadió que no le gustaría estar en su lugar y presentarse al juicio divino con un rencor tan injusto en el alma. Le exhortó a pensar que el Señor podría llamarle aquel mismo día a responder de lo que iba a hacer o, incluso, castigarle en sus propios hijos. Pero ni las súplicas llenas de caridad, ni la fortaleza del Padre lograron ablandar el corazón de aquel infeliz, que repetía obstinadamente: “¡Lo tienen que pagar, el padre o el hijo!”.

Nuestro Fundador salió entristecido y en silencio del despacho del funcionario. José María Albareda estaba impresionado tanto por el modo en que había defendido a Pedro, como por la dureza y hostilidad demostrada por su interlocutor hasta el último momento. El Padre bajó las escaleras con la mirada baja, y como pensando en voz alta, dijo: Mañana o pasado, entierro.

Aquel mismo día, por la tarde, nuestro Fundador salió de casa en compañía de otro hijo suyo para hacer unas gestiones: también a él le contó lo sucedido y con voz dolorida repitió, aludiendo a la familia del que acusaba a Pedro: Mañana o pasado, entierro. Poco después, el que le acompañaba se paró de repente, y palideció: acababa de leer el anuncio de la muerte repentina de aquel funcionario. Como era costumbre en Burgos, la esquela estaba colocada en los escaparates de los comercios y en los muros de las casas. Nuestro Fundador rezó un responso y dijo que había “interpretado” mal: al oír interiormente las palabras “mañana o pasado, entierro”, había pensado que iba a morir un hijo de aquel hombre, que era de la misma edad que Pedro Casciaro, y en aquel momento se encontraba en el frente.

La noticia afectó tanto al pobre Pedro que se puso enfermo y tuvo que meterse en cama. Nuestro Fundador procuró serenarlo, y le animó a dar gracias a Dios por el modo en que le había protegido a él y a su padre. Le dijo que no se preocupara por la suerte de aquel pobre hombre: aunque el hecho era verdaderamente muy doloroso, tenía la certeza moral de que el Señor se había compadecido de él, y le había concedido la gracia del arrepentimiento final. Le confió que, desde que había salido del despacho, no había dejado de rezar por él y por sus hijos.

Son sucesos impresionantes que ponen de manifiesto su grado de intimidad con Dios. He oído hablar también de la “Virgen de los Besos”, una imagen que el Padre besaba siempre antes de salir de casa.

–Como disponemos de algunos de sus apuntes íntimos, en el quinto cuaderno hemos encontrado esta anotación, que refleja, a un tiempo, los favores divinos de que nuestro Fundador fue objeto, su humildad y su obediencia:

Octava del patrocinio de S. José, 20–IV–32: Después, si tengo tiempo, tomaré muchas otras notas retrasadas. Ahora quiero anotar algo, que pone ¡una vez más! de manifiesto la bondad de mi Madre Inmaculada y la miseria mía. Anoche, como de costumbre, me humillé, la frente pegada al suelo, antes de acostarme, pidiendo a mi Padre y Señor San José y a las Animas del purgatorio que me despertaran a la hora oportuna. (…) Como siempre que lo pido humildemente, sea una u otra hora la de acostarme, desde un sueño profundo, igual que si me llamaran, me desperté segurísimo de que había llegado el momento de levantarme. (…) Me levanté y, lleno de humillación, me postré en tierra (…) y comencé mi meditación. Pues bien: entre seis y media y siete menos cuarto vi, durante bastante tiempo, cómo el rostro de mi Virgen de los Besos se llenaba de alegría, de gozo. Me fijé bien: creí que sonreía, porque me hacía ese efecto, pero no se movían los labios. Muy tranquilo, le he dicho a mi Madre muchos piropos.

Esto, que acabo de contar de intento con tantos y tan nimios detalles, me había sucedido otras veces. No le di importancia, no atreviéndome casi a creerlo. Llegué a hacer pruebas, por si era sugestión mía, porque no admito fácilmente cosas extraordinarias. Inútilmente: la cara de mi Virgen de los Besos, cuando yo positivamente, tratando de sugestionarme, quería que sonriera, seguía con la seriedad hierática que tiene la pobre escultura. En fin, que mi Señora Santa María, en la octava de San José, ha hecho un mimo a su niño. ¡Bendita sea su pureza!

Día de S. Marcos, 25–IV–32: Esta mañana estuve con mi padre Sánchez. Tenía decidido contarle lo del día 20: sentí cierta repugnancia o vergüenza. Me costó, pero se lo dije.

¿Se han dado también intervenciones extraordinarias a través de otras personas?

–Curiosa pregunta. Me viene a la cabeza lo que sucedió en 1935, cuando el Fundador instaló el primer oratorio de un Centro de la Obra, la Residencia de la calle de Ferraz. Era una época de gran estrechez económica, y al Padre le costó trabajo reunir muchos de los objetos litúrgicos y los ornamentos necesarios, pobres pero dignos. Para el Sagrario –lo he mencionado ya–, se dirigió a la Madre Muratori, una religiosa Reparadora que le apreciaba mucho. Esta buena monja le prestó uno de madera; pero parecía imposible conseguir las cosas que faltaban, o el dinero para comprarlas. Entonces el Padre se acordó de la frase de la Sagrada Escritura Ite ad Ioseph, con la que el Faraón respondía a los egipcios cuando le pedían pan. Y empezó a invocar al santo Patriarca, San José, y a pedirle lo necesario para poder tener en casa el Pan eucarístico. Un buen día –él mismo me lo contó–, se presentó un señor en la portería del edificio de la residencia y dejó un paquete. Cuando el Padre lo abrió, vio que contenía, exactamente, los objetos que faltaban para poder empezar el culto.

¿Se dieron casos de favores obtenidos por su intercesión cuando aún vivía?

–En el archivo de la Postulación del Opus Dei se conservan algunos testimonios sobre curaciones obtenidas por la intercesión de nuestro Fundador cuando aún estaba entre nosotros, atribuidas a los méritos de su vida santa; a veces, se trata de favores realmente importantes; otras, de pequeñas gracias obtenidas repentinamente y de un modo humanamente inexplicable.

Estos sucesos muestran que ya durante la vida de nuestro Fundador se le atribuía un particular poder de intercesión delante de Dios: quienes le conocían estaban convencidos de su profunda unión con el Señor, y se sentían impulsados a confiarle las penas y dolores que tenían. Conocí casos, al inicio de los años cuarenta, en que los interesados invocaban a nuestro Fundador en sus oraciones, y presentaban al Señor los méritos de sus virtudes para mover a la misericordia divina a conceder las gracias que pedían. Con significativa naturalidad, estas personas se anticiparon a lo que hacen hoy decenas de miles de fieles en todo el mundo: invocar al Fundador del Opus Dei confiándole sus necesidades.

Por otra parte, más que las intervenciones prodigiosas de nuestro Fundador durante su vida –que no faltaron, desde luego–, me parece más importante, como prueba de su fama de santidad, este hábito de invocarlo privadamente cuando aún vivía, y la gran confianza con que encomendaban a su oración las más graves necesidades. Nuestro Fundador, tuvo fama de que conseguía “favores”, cuando aún estaba en esta tierra.

Recuerdo el siguiente. Por trabajar constantemente a su lado, le he acompañado en la lectura de muchísimas cartas de personas que le contaban sus sufrimientos y se confiaban a su oración; soy testigo de cómo asumía estos problemas y de la fuerza con que los encomendaba al Señor, casi sintiéndose responsable de “arrancar” de las manos de Dios esas gracias. Especialmente recuerdo la impresión que me producía en tantas ocasiones en que quedaba recogido unos momentos después de la lectura de una carta y adoptaba luego un gesto de absoluta tranquilidad, que traslucía la certidumbre de que el asunto se había resuelto. En este sentido me impresionó singularmente el caso de un niño, Octavio Sitjar de Togores, que tenía la boca y el paladar completamente quemados y deformados a causa de un accidente. Cuando el padre de Octavio le contó los sufrimientos del niño, nuestro Fundador le dijo que estaba seguro de su curación, como si tuviese certeza de que el Señor había escuchado su súplica, como realmente sucedió. Recuerdo la misma confianza en el caso de un obrero que, durante la construcción de Cavabianca, sufrió un accidente de trabajo y se cortó la mano derecha y parte del antebrazo: durante varios días el Padre rezó intensamente por su curación, hasta que dejó de preocuparse, con la convicción de que aquel hombre se recuperaría y volvería al trabajo, como sucedió.


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