Mensaje del Papa para la Cuaresma 2008

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El Santo Padre invita a redescubrir en este tiempo “el valor de ser cristianos” y reflexiona sobre la limosna.

Opus Dei -

¡Queridos hermanos y hermanas!

1. Cada año, la Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos. En el tiempo cuaresmal la Iglesia se preocupa de proponer algunos compromisos específicos que acompañen concretamente a los fieles en este proceso de renovación interior: son la oración, el ayuno y la limosna. Este año, en mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, deseo detenerme a reflexionar sobre la práctica de la limosna, que representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales. Cuán fuerte es la seducción de las riquezas materiales y cuán tajante tiene que ser nuestra decisión de no idolatrarlas, lo afirma Jesús de manera perentoria: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13).

La limosna nos ayuda a vencer esta constante tentación, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. Las colectas especiales en favor de los pobres, que en Cuaresma se realizan en muchas partes del mundo, tienen esta finalidad. De este modo, a la purificación interior se añade un gesto de comunión eclesial, al igual que sucedía en la Iglesia primitiva. San Pablo habla de ello en sus cartas acerca de la colecta en favor de la comunidad de Jerusalén (cf. 2Cor 8,9; Rm 15,25-27 ).

2. Según las enseñanzas evangélicas, no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un medio de su providencia hacia el prójimo. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, los bienes materiales tienen un valor social, según el principio de su destino universal (cf. nº 2404).

En el Evangelio es clara la amonestación de Jesús hacia los que poseen las riquezas terrenas y las utilizan solo para sí mismos. Frente a la muchedumbre que, carente de todo, sufre el hambre, adquieren el tono de un fuerte reproche las palabras de San Juan: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1Jn 3,17). La llamada a compartir los bienes resuena con mayor elocuencia en los países en los que la mayoría de la población es cristiana, puesto que su responsabilidad frente a la multitud que sufre en la indigencia y en el abandono es aún más grave. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.

“La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos”.

3. El Evangelio indica una característica típica de la limosna cristiana: tiene que ser en secreto. “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha”, dice Jesús, “así tu limosna quedará en secreto” (Mt 6,3-4). Y poco antes había afirmado que no hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr el riesgo de quedarse sin la recompensa de los cielos (cf. Mt 6,1-2). La preocupación del discípulo es que todo vaya a mayor gloria de Dios. Jesús nos enseña: “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestra buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16). Por tanto, hay que hacerlo todo para la gloria de Dios y no para la nuestra.

Queridos hermanos y hermanas, que esta conciencia acompañe cada gesto de ayuda al prójimo, evitando que se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien de nuestros hermanos, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, nos situamos fuera de la óptica evangélica. En la sociedad moderna de la imagen hay que estar muy atentos, ya que esta tentación se plantea continuamente. La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. ¿Cómo no dar gracias a Dios por tantas personas que en el silencio, lejos de los reflectores de la sociedad mediática, llevan a cabo con este espíritu acciones generosas de sostén al prójimo necesitado? Sirve de bien poco dar los propios bienes a los demás si el corazón se hincha de vanagloria por ello. Por este motivo, quien sabe que “Dios ve en el secreto” y en el secreto recompensará no busca un reconocimiento humano por las obras de misericordia que realiza.

4. Invitándonos a considerar la limosna con una mirada más profunda, que trascienda la dimensión puramente material, la Escritura nos enseña que hay mayor felicidad en dar que en recibir (Hch 20,35). Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y para los hermanos (cf. 2Cor 5,15). Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría. Y hay más: San Pedro cita entre los frutos espirituales de la limosna el perdón de los pecados. “La caridad –escribe– cubre multitud de pecados” (1P 4,8). Como a menudo repite la liturgia cuaresmal, Dios nos ofrece, a los pecadores, la posibilidad de ser perdonados. El hecho de compartir con los pobres lo que poseemos nos dispone a recibir ese don. En este momento pienso en los que sienten el peso del mal que han hecho y, precisamente por eso, se sienten lejos de Dios, temerosos y casi incapaces de recurrir a él. La limosna, acercándonos a los demás, nos acerca a Dios y puede convertirse en un instrumento de auténtica conversión y reconciliación con él y con los hermanos.

5. La limosna educa a la generosidad del amor. San José Benito Cottolengo solía recomendar: “Nunca contéis las monedas que dais, porque yo digo siempre: si cuando damos limosna la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, tampoco la derecha tiene que saberlo” (Detti e pensieri, Edilibri, n. 201). Al respecto es significativo el episodio evangélico de la viuda que, en su miseria, echa en el tesoro del templo “todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,44). Su pequeña e insignificante moneda se convierte en un símbolo elocuente: esta viuda no da a Dios lo que le sobra, no da lo que posee sino lo que es. Toda su persona.

Este episodio conmovedor se encuentra dentro de la descripción de los días inmediatamente precedentes a la pasión y muerte de Jesús, el cual, como señala San Pablo, se ha hecho pobre a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8,9); se ha entregado a sí mismo por nosotros. La Cuaresma nos empuja a seguir su ejemplo, también a través de la práctica de la limosna. Siguiendo sus enseñanzas podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándole conseguimos estar dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos. ¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno.

6. Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma nos invita a “entrenarnos” espiritualmente, también mediante la práctica de la limosna, para crecer en la caridad y reconocer en los pobres a Cristo mismo. Los Hechos de los Apóstoles cuentan que el Apóstol San Pedro dijo al hombre tullido que le pidió una limosna en la entrada del templo: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar” (Hch 3,6). Con la limosna regalamos algo material, signo del don más grande que podemos ofrecer a los demás con el anuncio y el testimonio de Cristo, en cuyo nombre está la vida verdadera. Por tanto, que este tiempo esté caracterizado por un esfuerzo personal y comunitario de adhesión a Cristo para ser testigos de su amor. María, Madre y Sierva fiel del Señor, ayude a los creyentes a llevar adelante la “batalla espiritual” de la Cuaresma armados con la oración, el ayuno y la práctica de la limosna, para llegar a las celebraciones de las fiestas de Pascua renovados en el espíritu. Con este deseo, os imparto a todos una especial Bendición Apostólica.

Vaticano, 30 de octubre de 2007

BENEDICTUS PP. XVI

“Que nuestra mano sea instrumento de la mano unificadora de Dios”

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Audiencia general del Santo Padre en la Semana de oración por la unidad de los cristianos

Opus Dei - San Pablo Extramuros

San Pablo Extramuros

Queridos hermanos y hermanas:

El domingo pasado comenzó la “Semana de oración por la unidad de los cristianos”, que concluirá el domingo próximo, fiesta de la Conversión del apóstol san Pablo. Se trata de una iniciativa espiritual preciosa, que se está difundiendo cada vez más entre los cristianos, en sintonía y, podríamos decir, en respuesta a la apremiante invocación que Jesús dirigió al Padre en el Cenáculo, antes de su Pasión: “Que sean una sola cosa, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21).

Durante esta oración sacerdotal, el Señor, en cuatro ocasiones, pide a sus discípulos que sean “una sola cosa”, según la imagen de la unidad entre el Padre y el Hijo. Se trata de una unidad que sólo puede crecer siguiendo el ejemplo de la entrega del Hijo al Padre, es decir, saliendo de sí y uniéndose a Cristo. Además, por dos veces, en esta oración Jesús añade como fin de esta unidad: para que el mundo crea. Por tanto, la unidad plena está conectada con la vida y la misión misma de la Iglesia en el mundo. La Iglesia debe vivir una unidad que sólo puede derivar de su unidad con Cristo, con su trascendencia, como signo de que Cristo es la verdad. Esta es nuestra responsabilidad: que sea visible en el mundo el don de una unidad en virtud de la cual se haga creíble nuestra fe. Por esto es importante que cada comunidad cristiana tome conciencia de la urgencia de trabajar de todas las formas posibles para llegar a este gran objetivo. Al mismo tiempo, es importante implorarla con oración constante y confiada, sabiendo que la unidad es ante todo “don” del Señor. Sólo saliendo de nosotros mismos y yendo hacia Cristo, sólo en la relación con él podemos llegar a estar realmente unidos entre nosotros. Esta es la invitación que, con la presente “Semana”, se nos dirige a los creyentes en Cristo de toda Iglesia y Comunidad eclesial. Queridos hermanos y hermanas, respondamos a esta invitación con generosidad diligente.

Este año la “Semana de oración por la unidad” propone a nuestra meditación y oración estas palabras tomadas del libro del profeta Ezequiel: “Que formen una sola cosa en tu mano” (37, 17). El tema ha sido elegido por un grupo ecuménico de Corea, y revisado después para su divulgación internacional por el Comité mixto de oración, formado por representantes del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos y por el Consejo mundial de Iglesias de Ginebra. El mismo proceso de preparación ha sido un estimulante y fecundo ejercicio de auténtico ecumenismo.

En el pasaje del libro del profeta Ezequiel del que se ha sacado el tema, el Señor ordena al profeta que tome dos maderas, una como símbolo de Judá y sus tribus y la otra como símbolo de José y de toda la casa de Israel unida a él, y les pide que las “acerque”, de modo que formen una sola madera, “una sola cosa” en su mano. Es transparente la parábola de la unidad. A los “hijos del pueblo”, que pedirán explicación, Ezequiel, iluminado desde lo Alto, dirá que el Señor mismo toma las dos maderas y las acerca, de forma que los dos reinos con sus tribus respectivas, divididas entre sí, lleguen a ser “una sola cosa en su mano”. La mano del profeta, que acerca los dos leños, se considera como la mano misma de Dios que reúne y unifica a su pueblo y, finalmente, a la humanidad entera. Las palabras del profeta las podemos aplicar a los cristianos como una exhortación a rezar, a trabajar haciendo todo lo posible para que se realice la unidad de todos los discípulos de Cristo; a trabajar para que nuestra mano sea instrumento de la mano unificadora de Dios.

Esta exhortación resulta particularmente conmovedora y apremiante en las palabras de Jesús después de la última Cena. El Señor desea que todo su pueblo camine —y ve en él a la Iglesia del futuro, de los siglos futuros— con paciencia y perseverancia hacia la realización de la unidad plena. Este empeño que comporta la adhesión humilde y obediencia dócil al mandato del Señor, que lo bendice y lo hace fecundo. El profeta Ezequiel nos asegura que será precisamente él, nuestro único Señor, el único Dios, quien nos tome en “su mano”.

En la segunda parte de la lectura bíblica se profundizan el significado y las condiciones de la unidad de las distintas tribus en un solo reino. En la dispersión entre los gentiles, los israelitas habían conocido cultos erróneos, habían asimilado concepciones de vida equivocadas, habían asumido costumbres ajenas a la ley divina. Ahora el Señor declara que ya no se contaminarán más con los ídolos de los pueblos paganos, con sus abominaciones, con todas sus iniquidades (cf. Ez 37, 23). Reclama la necesidad de liberarlos del pecado, de purificar su corazón. “Los libraré de todas sus rebeldías —afirma—, los purificaré”. Y así “serán mi pueblo y yo seré su Dios” (Ez37, 23). En esta condición de renovación interior, ellos “seguirán mis mandamientos, observarán mis leyes y las pondrán en práctica”. Y el texto profético se concluye con la promesa definitiva y plenamente salvífica: “Haré con ellos una alianza de paz… pondré mi santuario, es decir, mi presencia, en medio de ellos” (Ez 37, 26).

La visión de Ezequiel es particularmente elocuente para todo el movimiento ecuménico, porque pone en claro la exigencia imprescindible de una renovación interior auténtica en todos los componentes del pueblo de Dios que sólo el Señor puede realizar. A esta renovación debemos estar abiertos también nosotros, porque también nosotros, desperdigados entre los pueblos del mundo, hemos aprendido costumbres muy alejadas de la Palabra de Dios. “Así como hoy la renovación de la Iglesia —se lee en el decreto sobre el ecumenismo del concilio Vaticano II— consiste esencialmente en el crecimiento de la fidelidad a su vocación, esta es sin duda la razón del movimiento hacia la unidad” (Unitatis redintegratio, 6), es decir, la mayor fidelidad a la vocación de Dios. El decreto subraya también la dimensión interior de la conversión del corazón. “El ecumenismo verdadero —añade— no existe sin la conversión interior, porque el deseo de la unidad nace y madura de la renovación de la mente, de la abnegación de sí mismo y del ejercicio pleno de la caridad (ib., 7). La “Semana de oración por la unidad” se convierte, de esta forma, para todos nosotros en estímulo a una conversión sincera y a una escucha cada vez más dócil a la Palabra de Dios, a una fe cada vez más profunda.

La “Semana” es también una ocasión propicia para agradecer al Señor por cuanto nos ha concedido hacer hasta ahora “para acercar” unos a otros, los cristianos divididos, y las propias Iglesias y Comunidades eclesiales. Este espíritu ha animado a la Iglesia católica, la cual, durante el año pasado, ha proseguido, con firme convicción y segura esperanza, manteniendo relaciones fraternas y respetuosas con todas las Iglesias y Comunidades eclesiales de Oriente y Occidente. En la variedad de las situaciones, a veces más positivas y a veces con más dificultades, se ha esforzado por no decaer nunca en el empeño de realizar todos los esfuerzos para la recomposición de la unidad plena.

Las relaciones entre las Iglesias y los diálogos teológicos han seguido dando signos de convergencias espirituales alentadoras. Yo mismo he tenido la alegría de encontrar, aquí en el Vaticano y en el curso de mis viajes apostólicos, a cristianos procedentes de todos los horizontes. Con gran alegría acogí en tres ocasiones al Patriarca ecuménico Su Santidad Bartolomé I y, como acontecimiento extraordinario, le oímos tomar la palabra, con calor eclesial fraterno y con confianza convencida en el porvenir, durante la reciente Asamblea del Sínodo de los obispos. Tuve el placer de recibir a los dos Catholicós de la Iglesia apostólica armenia: Su Santidad Karekin II de Etchmiadzin y Su Santidad Aram Ide Antelias. Y, finalmente, he compartido el dolor del Patriarcado de Moscú por la partida del amado hermano en Cristo, el Patriarca Su Santidad Alexis II, y continúo permaneciendo en comunión de oración con estos hermanos nuestros que se preparan para elegir al nuevo Patriarca de la venerada y gran Iglesia ortodoxa. Igualmente, tuve ocasión de encontrar a representantes de las diversas Comuniones cristianas de Occidente, con los que prosigue el diálogo sobre el importante testimonio que los cristianos deben dar hoy de forma concorde, en un mundo cada vez más dividido y que se encuentra ante numerosos desafíos de carácter cultural, social, económico y ético. De esto y de tantos otros encuentros, diálogos y gestos de fraternidad que el Señor nos ha permitido poder realizar, démosle gracias juntos con alegría.

Queridos hermanos y hermanas, aprovechemos la oportunidad que la “Semana de oración por la unidad de los cristianos” nos ofrece para pedir al Señor que prosigan y, si es posible, se intensifiquen el compromiso y el diálogo ecuménico. En el contexto del Año paulino, que conmemora el bimilenario del nacimiento de san Pablo, no podemos no referirnos también a cuanto el apóstol san Pablo nos dejó escrito a propósito de la unidad de la Iglesia. Cada miércoles voy dedicando mi reflexión a sus cartas y a su preciosa enseñanza. Retomo aquí sencillamente cuanto escribió dirigiéndose a la comunidad de Éfeso: “Un solo cuerpo y un solo espíritu, como una sola es la esperanza a la que habéis sido llamados, la de vuestra vocación. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo” (Ef 4, 4-5). Hagamos nuestro el anhelo de san Pablo, que consumó enteramente su vida por el único Señor y por la unidad de su Cuerpo místico, la Iglesia, dando, con el martirio, un testimonio supremo de fidelidad y de amor a Cristo.

Que cada comunidad, siguiendo su ejemplo y contando con su intercesión, crezca en el empeño de la unidad, gracias a las diversas iniciativas espirituales y pastorales y a las asambleas de oración común, que suelen hacerse más numerosas e intensas en esta “Semana”, haciéndonos ya pregustar, en cierto modo, el día de la unidad plena. Oremos para que entre las Iglesias y las Comunidades eclesiales continúe el diálogo de la verdad, indispensable para dirimir las divergencias, y el de la caridad, que condiciona el diálogo teológico mismo y ayuda a vivir unidos para un testimonio común. El deseo que habita en nuestros corazones es que llegue pronto el día de la comunión plena, cuando todos los discípulos del único Señor nuestro podrán finalmente celebrar juntos la Eucaristía, el sacrificio divino para la vida y la salvación del mundo. Invocamos la intercesión maternal de María para que ayude a todos los cristianos a cultivar una escucha más atenta de la Palabra de Dios y una oración más intensa por la unidad.

Fotos UNIV 2009

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Galería de fotos de los participantes en el foro UNIV 2009. Autores: Juan María San Millán y Alberto García Marcos.

Dios sí que tiene tiempo

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“Nosotros tenemos siempre poco tiempo, especialmente para el Señor, a veces no sabemos o no queremos encontrarlo. En cambio, ¡Dios tiene tiempo para nosotros!”. Benedicto XVI ha pronunciado estas palabras en los primeros días del Adviento

Opus Dei -

Domingo. 30 de noviembre de 2008

Conformar nuestra propia vida a la del Señor

Hablando en la homilía del Adviento, el Santo Padre explicó que “significa recordar la primera venida del Señor en la carne, pensando ya en su regreso definitivo, y al mismo tiempo, reconocer que Cristo presente entre nosotros se convierte en nuestro compañero de viaje en la vida de la Iglesia que celebra su misterio”.

Benedicto XVI dijo que “en esta perspectiva, el Adviento es para todos los cristianos un tiempo de espera y de esperanza, un tiempo privilegiado de escucha y de reflexión, siempre que nos dejemos guiar por la liturgia que invita a ir al encuentro del Señor que viene”.

“Ven Señor Jesús”: esta ardiente invocación de la comunidad cristiana de los inicios debe ser también nuestra aspiración constante, la aspiración de la Iglesia en todas las épocas, que anhela y se prepara para el encuentro de su Señor: “¡Ven hoy Señor -exclamó el Papa-, ayúdanos, ilumínanos, danos la paz, ayúdanos a vencer la violencia, ven Señor rezamos precisamente en estas semanas, Señor haz resplandecer tu rostro y nos salvaremos”.

Refiriéndose posteriormente a san Lorenzo, el Papa puso de relieve que “su solicitud por los pobres, el servicio generoso a la Iglesia de Roma en el sector de la asistencia y de la caridad, la fidelidad al Papa, que le llevó a seguirle hasta la prueba suprema del martirio y el testimonio heroico de la sangre, pocos días más tarde, son hechos universalmente conocidos”.

Benedicto XVI recordó “un evento particularmente dramático en la historia de esta basílica, cuando durante la segunda guerra mundial, exactamente el 19 de julio de 1943, un violento bombardeo causó daños gravísimos al edificio y a todo el barrio, sembrando muerte y destrucción. Nunca se podrá borrar de la memoria de la historia el gesto generoso realizado en aquella ocasión por mi venerado predecesor, el Papa Pío XII, que fue inmediatamente a socorrer y a consolar a la población duramente golpeada, entre los escombros que todavía ardían”.

“No olvido -continuó- que esta misma basílica acoge las urnas de otras don grandes personalidades”, la del beato Pío IX y la tumba de Alcide De Gasperi, “guía sabio y equilibrado para Italia en los difíciles años de la reconstrucción de la posguerra, y al mismo tiempo, insigne estadista capaz de mirar Europa con una amplia visión cristiana”.

Tras recordar la invitación del Evangelio de hoy a “velar”, el Santo Padre afirmó que esto significa “seguir al Señor, elegir lo que El ha elegido, amar lo que ha amado, conformar la propia vida a la suya; velar comporta transcurrir cada momento de nuestro tiempo en el horizonte de su amor sin dejarnos abatir por las inevitables dificultades y problemas cotidianos. Así hizo san Lorenzo -terminó- y así tenemos que hacer nosotros y pedimos al Señor que nos dé su gracia para que el Adviento estimule a todos a caminar en esta dirección”.

Dios nos da su tiempo

Mensaje del Ángelus

El Adviento que abre el nuevo año litúrgico “nos invita a reflexionar sobre la dimensión del tiempo”, dijo el Papa, recordando que en nuestra época todos decimos “nos falta tiempo” porque el ritmo de la vida cotidiana se ha vuelto frenético. Pero sobre esta cuestión, la Iglesia tiene una “buena noticia”: Dios nos da su tiempo. Nosotros tenemos siempre poco tiempo, especialmente para el Señor,  a veces no  sabemos o no queremos encontrarlo. En cambio, ¡Dios tiene tiempo para nosotros! (…) Nos da su tiempo porque ha entrado en la historia con su palabra y sus obras de salvación, para abrirla a la eternidad y hacerla historia de la alianza”.

“Ante esta perspectiva, el tiempo es ya en sí mismo un signo fundamental del amor de Dios: un regalo que el ser humano (…) puede valorar, o por el contrario, estropear;  acoger su significado, o descuidar con superficialidad”.

El Santo Padre habló después de los tres puntos cardinales del tiempo que jalonan la historia de la salvación: la creación, la encarnación-redención y la parusía que comprende el juicio universal. “Pero estos tres momentos -explicó- no pueden entenderse como una simple sucesión cronológica. La creación es el origen de todo, pero es continua y se lleva a cabo en el arco del devenir cósmico, hasta el final de los tiempos. Del mismo modo, la encarnación-redención, que tuvo lugar en un tiempo histórico determinado que fue el paso de Jesús por la tierra, extiende su radio de acción a todo el tiempo precedente y a todo el siguiente. A su vez, la última venida y el juicio final, anticipados en  la Cruz de Cristo, ejercen su influjo en la conducta de los seres humanos en todas las épocas”.

“El Señor viene continuamente a nuestra vida (…) y este primer domingo nos vuelve a proponer el llamamiento de Jesús: ¡Velad!”, porque “en la hora que sólo Dios conoce seremos llamados a dar cuentas de nuestra existencia”. “Esto conlleva -concluyó el Papa- un despego de los bienes terrenales, un arrepentimiento sincero de los propios errores, una caridad efectiva hacia el prójimo y, sobre todo, un confiarse (…) a las manos de Dios, nuestro Padre tierno y misericordioso”.

Adviento: Grito de esperanza

Sábado 29 de noviembre de 2008

“El Adviento -dijo el Papa en su homilía- es por excelencia la estación espiritual de la esperanza y durante él la Iglesia entera está llamada a convertirse en esperanza, para ella misma y para el mundo. (…) Todo el pueblo de Dios se pone en marcha atraído por este misterio: nuestro Dios es el “Dios que llega” y nos llama a salirle al encuentro, (…) ante todo con esa forma universal de esperanza y de la espera que es la oración”.

El Santo Padre recordó que la expresión más alta de la plegaria son los salmos, y citando el salmo 141, “Señor, a ti clamo, ven en mi ayuda”, dijo: “Es el grito de una persona que se siente en grave peligro, pero es también el grito de la Iglesia entre las múltiples asechanzas que la circundan, que amenazan su santidad, la integridad irreprensible de la que habla el apóstol Pablo, que debe en cambio conservarse para la llegada del Señor”.

“En esta invocación resuena también el grito de todos los justos, de los que quieren resistir al mal, a la seducción de un bienestar inicuo, de placeres ofensivos de la dignidad humana y de la condición de los pobres. Al principio del Adviento la liturgia de la Iglesia hace suyo de nuevo este grito y lo eleva a Dios como “incienso” que es “efectivamente el símbolo de la oración, de los corazones levantados al Señor”.

“En el grito del Cuerpo místico -prosiguió- reconocemos la voz misma de nuestro Señor: el Hijo de Dios que tomó sobre sí nuestras pruebas y tentaciones para darnos la gracia de su victoria.  (…) La Iglesia revive siempre la gracia de esta compasión, de esta “venida” del Hijo de Dios en la angustia humana hasta tocar el fondo. El grito de esperanza del Adviento expresa desde el principio y con fuerza toda la gravedad de nuestro estado, nuestra necesidad extrema de salvación. Esperamos al Señor no como un adorno para el mundo que ya está salvado, sino como único camino para la liberación de un peligro mortal”.

Refiriéndose de nuevo a los salmos 141 y 142, utilizados en la liturgia de hoy, Benedicto XVI subrayó que “nos alertan de cualquier tentación de evasión y de fuga de la realidad: nos defienden de una falsa esperanza, que quizá quisiera entrar en el Adviento y encaminarse hacia Navidad, olvidando el dramatismo de nuestra experiencia personal y colectiva”.

“Efectivamente una esperanza confiada y no engañosa -concluyó- no puede por menos que ser una esperanza “pascual”, como nos recuerda (…) el cántico de la Carta a los Filipenses, con el que alabamos a Cristo encarnado, crucificado, resucitado y Señor universal”.

Europa debe mantener viva su herencia cristiana

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Bienvenida al Santo Padre en el Castillo Hradcany

El presidente de la República Checa, Václav Klaus, dio esta tarde a las 16,30 la bienvenida al Santo Padre en el Castillo Hradcany, construido en el siglo IX y antigua sede del los emperadores del Sacro Imperio Romano, de reyes y gobernantes. Desde 1918 el Castillo, una ciudadela fortificada que engloba diversos monumentos y museos, es sede de la Presidencia de la República y constituye el símbolo cultural e histórico por excelencia de Bohemia.

Benedicto XVI departió en privado con el presidente Klaus para encontrarse después con el primer ministro, Jan Fischer y los presidentes del Senado y de la Cámara de Diputados, respectivamente Premysl Sobotka y Miroslav Vlcek. A continuación, acompañado del presidente Klaus y de su esposa, el Papa asistió en la Sala Española a una breve ejecución musical de la Orquesta Filarmónica Checa, después de la cual tuvo lugar el encuentro del Santo Padre con las autoridades políticas y administrativas de la nación, el cuerpo diplomático, los rectores de los ateneos y diversas personalidades del mundo de la sociedad civil, de la empresa y la cultura checas.

En el discurso que dirigió a los presentes, el Papa recordó que su viaje coincidía “con el vigésimo aniversario de la caída de los regímenes totalitarios en Europa Central y Oriental, de la “Revolución de Terciopelo”, que restauró la democracia en esta nación. La euforia que la acogió se expresaba en términos de libertad. A dos décadas de distancia de los profundos cambios políticos que transformaron este continente el proceso de saneamiento y reconstrucción prosigue, ahora dentro de un contexto más amplio de la unificación europea y de un mundo cada vez más globalizado”.

“La aspiración de los ciudadanos y las expectativas depositadas en los gobiernos – rememoró el Santo Padre- reclamaban nuevos modelos en la vida pública y de solidaridad entre las naciones y pueblos, sin los cuales el futuro de justicia, de paz y prosperidad, tan esperado, no habría tenido respuesta. Esos deseos siguen evolucionando. Hoy, sobre todo entre los jóvenes, se plantea de nuevo la pregunta sobre la naturaleza de la libertad conquistada”.

“Cada generación tiene la tarea de comprometerse en la ardua búsqueda de cómo ordenar rectamente la realidad humana, esforzándose en comprender el uso correcto de la libertad. (…) La verdadera libertad presupone la búsqueda de la verdad, del bien verdadero, y por tanto encuentra su cumplimiento en el discernimiento de lo que es recto y justo. En otras palabras, la verdad, es la norma guía para la libertad y la bondad es su perfección”.

“En verdad la alta responsabilidad de agudizar la sensibilidad por lo verdadero y lo bueno recae sobre los que ejercen el papel de guía: en campo religioso, político o cultural”, subrayó. “Para los cristianos, la verdad tiene un nombre: Dios. Y el bien tiene un rostro: Jesucristo. La fe cristiana desde los tiempos de los santos Cirilo y Metodio y de los primeros misioneros ha jugado un papel decisivo para plasmar la herencia cultural y espiritual de este país. Debe seguir siendo así en el presente y en el futuro. El rico patrimonio de valores espirituales y culturales que se expresan unos a través de otros, no ha dado forma solamente a la identidad de esta nación, sino que la ha dotado también de la perspectiva necesaria para ejercer un papel de cohesión en el corazón de Europa”.

La nación checa, “como bien sabemos -dijo el Papa-, ha atravesado capítulos dolorosos y lleva en sí las cicatrices de trágicos sucesos causados por la incomprensión, la guerra y la persecución. Y sin embargo, también es verdad que sus raíces cristianas han favorecido el crecimiento de un considerable espíritu de perdón, de reconciliación y colaboración, que ha hecho a la gente de esta tierra capaz de reencontrar la libertad y de inaugurar una nueva era, (…) una nueva esperanza. Este es el espíritu que necesita la Europa de hoy”.

Europa “es más que un continente. Es una casa. (…) Respetando plenamente la distinción entre la esfera política y la religiosa -que garantiza la libertad de los ciudadanos para expresar su propio credo religioso y de vivir en sintonía con él- quiero subrayar el papel insustituible del cristianismo para la formación de la conciencia de cada generación y para la promoción de un consenso ético de fondo, al servicio de todos los que llaman casa a este continente”.

El Papa afirmó que su presencia en la capital conocida como “corazón de Europa” llevaba a interrogarse sobre en que consistía ese nombre. “Un indicio -dijo- nos lo dan, sin duda las joyas arquitectónicas de esta ciudad. (…) Su belleza expresa fe: son epifanías de Dios que nos hacen ver las grandes maravillas a las que podemos aspirar cuando damos cabida a nuestra dimensión estética y cognoscitiva de nuestro ser más profundo. (…) El encuentro creativo de la tradición clásica y del Evangelio ha dado vida a una visión del ser humano y de la sociedad sensible a la presencia de Dios en nosotros”.

“En el contexto de la encrucijada de civilizaciones, caracterizado tan a menudo por una alarmante escisión de la unidad de bondad, verdad y belleza y por la consiguiente dificultad de encontrar un consenso sobre valores humanos, todo esfuerzo por el progreso humano debe inspirarse en esa herencia viva. Europa, fiel a sus raíces cristianas, tiene una vocación particular para sostener esta visión trascendental en sus nuevas iniciativas al servicio del bien común y de los individuos”.

Acabado su discurso el Santo Padre se trasladó a la catedral de los santos Vito, Venceslao y Adalberto para celebrar las vísperas.

Saludo del Prelado al Papa en el UNIV 2006

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Breve discurso que Mons. Javier Echevarría ha dirigido a Benedicto XVI en la audiencia que el Santo Padre ha concedido a los participantes en el UNIV 2006.

Deseo agradecer a Su Santidad por haber querido recibir esta mañana a los participantes en el Congreso Internacional UNIV, que el Instituto para la Cooperación Universitaria organiza cada año en Roma desde 1968. El objetivo de este encuentro es sensibilizar a los estudiantes universitarios de los más diversos países sobre los retos que presenta la sociedad actual; ayudarles a que –cada uno y cada una desde su propio lugar de estudio o trabajo- lleven a Jesucristo a todos los ambientes, para que muchas personas –que lo están ya esperando sin quizá saberlo y que lo necesitan- puedan encontrarse con Él y conocerle.

Desde los años 30, san Josemaría Escrivá se dedicó con pasión a la Universidad. Invitaba a los universitarios, uno a uno, personalmente, a “difundir bondad, luz, entusiasmo, generosidad, espíritu de sacrificio, constancia en el trabajo, profundidad en el estudio”.

Tener un encuentro con el Santo Padre es siempre, para cualquier hijo de la Iglesia, un motivo de alegría profunda. Y es un motivo de responsabilidad, una confirmación de la misión que la Iglesia da a todos: ser “apóstoles enraizados en la palabra de Cristo, capaces de responder a los retos de nuestro tiempo” (Mensaje para la XXI Jornada Mundial de la Juventud). El Romano Pontífice propone esta meta especialmente a los jóvenes, que se unen de todo corazón a sus oraciones por esta intención; como Su Santidad nos ha sugerido, abandonamos el trabajo de estos días en las manos de María, para estar así más cercanos a la Cruz de Cristo.

Ahora dejo la palabra al presidente de este UNIV 2006. ¡Gracias de nuevo, Santo Padre!

Catequesis con el prelado del Opus Dei en Colonia

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En el marco de las actividades de la Jornada Mundial de la Juventud, a pocas horas de la llegada del Santo Padre a Alemania, Mons. Javier Echevarría ha impartido una catequesis en la Iglesia de San Nicolás en Bergisch-Gladbach (Colonia).

Opus Dei -

Colonia, 17 de Agosto de 2005
El miércoles comenzaron en Colonia las catequesis que, hasta el próximo viernes, dirigirán obispos y cardenales de todo el mundo a los jóvenes congregados en Colonia para participar en las Jornadas Mundiales de la Juventud.

En la catequesis pronunciada por el prelado del Opus Dei han participado alrededor de 500 peregrinos provenientes de Venezuela, Méjico, Honduras, Guatemala y Uruguay, así como de las Diócesis de Huesca y Barbastro en Aragón (al norte de la Península Ibérica), ciudad natal del fundador del Opus Dei, san Josemaría Escrivá de Balaguer.

El Obispo Javier Echevarría subrayó la acción del Espíritu Santo, la alegría de participar en la vida de Cristo y el seguimiento de sus pasos como respuesta a la llamada divina. Para alcanzar una personalidad de una pieza aconsejó el obispo a los jóvenes insistentemente vivir buscando su modelo en Jesucristo y para ello examinar una y otra vez la propia conducta.

Al mismo tiempo tuvieron lugar en otros lugares del Arzobispado de Colonia múltiples catequesis de obispos en diferentes lenguas, que vienen a ser el centro de las actividades de los primeros días de la Jornada. Junto a las
palabras de los obispos tienen lugar testimonios personales así como preguntas formuladas por los participantes y momentos de meditación, dándose ocasión para recibir el Sacramento de la Penitencia. El punto final lo marca la concelebración de la Santa Misa.

“De los jóvenes dependen muchas cosas grandes”

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Publicamos la entrevista concecida por Monseñor Javier Echevarría a la agencia de noticias Zenit, en la que el prelado del Opus Dei hace un balance de la Jornada Mundial de la Juventud de Colonia.

Por ser prelado del Opus Dei usted conoce a gente de todo el mundo, pues su «diócesis» no está limitada territorialmente. ¿Tienen todos ellos la misma «hambre de Dios» de la que ha hablado el cardenal Joachim Meisner, arzobispo de Colonia, o son, por el contrario, los hombres del sur, por su mentalidad, más cercanos a Dios que los alemanes o que los del norte en general?


En primer lugar deseo aclarar que el Opus Dei es una prelatura personal y, por tanto, forma parte de la estructura jerárquica de la Iglesia, pero no es una diócesis. Ciertamente el Opus Dei está extendido por el mundo entero. Los fieles de la Prelatura pertenecen a muy diferentes nacionalidades, pero todos tienen como común denominador, la seguridad de que somos hijos de Dios con «hambre de trato con Dios», que procuran aumentar cada día. Es un hecho real a la vista de cualquiera que las personas somos diferentes: las del norte y las del sur, las del este y las del oeste, pero todos luchan con alegría para vivir cerca de Dios. No excluyo, al contrario, pienso que en Alemania existe un rico tesoro de gente que desea acercarse a Dios; muchas personas -con su mentalidad alemana- transcurren sus jornadas en trato con el Señor -en la familia, en el trabajo, en el tráfico de los traslados, en la diversión-, y con el afán de acercar a este gran ideal del hombre -su cercanía con Dios- a otras muchas personas.

¿Qué ha habido de especial en estos días en Colonia, para el mundo y especialmente para Alemania?


Para mí, lo especial de esta visita pastoral es que viene el sucesor de Pedro y, alrededor del sucesor de Pedro -por la comunión de los santos- toda la Iglesia procura unirse a las intenciones del padre común, del Papa. Por tanto, lo que está sucediendo estos días en Colonia tiene mucha importancia para Alemania y para el mundo, porque hace notar que la Iglesia está viva, que la Iglesia es joven, con una juventud que es también de las personas ancianas, de las personas maduras, de los enfermos y de las personas sumidas en la pobreza; ya que lo que importa es la juventud del alma y todas estas personas tienen una gran juventud, para poder ofrecer Dios a los otros, precisamente porque es lo que les falta.

¿Supondrá la visita del Santo Padre Benedicto XVI el inicio de una primavera espiritual de la Iglesia en su patria?


Naturalmente: en la Iglesia siempre estaremos en una situación de crecimiento. Aunque aparentemente pueda haber momentos en los que se experimenta una especie de parón, ese parón no existe, porque aquí –en este país estupendo que es Alemania- se cuenta ahora con la gran riqueza de la oración de muchas mujeres y hombres desconocidos. La Iglesia no se hace solamente con lo que se ve exteriormente, sino también con la riqueza de la santidad de muchas personas. Es seguro que aquí en Alemania hay mucha gente santa, que agradece al Señor pertenecer a la Iglesia católica y que desea amar a todos los ciudadanos de Alemania, y a los del mundo, con el amor de Cristo.

El Santo Padre quisiera mostrar que el ser cristiano proporciona alegría. ¿Qué tipo de alegría es esta?


El Santo Padre ha insistido recientemente en que, lejos de lo que algunas personas quieren hacer creer, el cristianismo no es un peso; antes bien, el conjunto de preceptos son esas alas de las que ha hablado Benedicto XVI, que nos ayudan a volar hacia el Creador, hacia Dios, que nos sigue a cada uno muy de cerca. Por tanto, la alegría consiste en saber que, en todas las circunstancias en que nos encontremos, tenemos un Padre que no nos abandona nunca y que se ocupa de nosotros en todas esas situaciones. En la vida humana no falta el dolor, el sacrificio, como no faltó en quien es modelo para todos los cristianos -nuestro Señor Jesucristo- y en la persona que ha estado más de cerca de Jesucristo, la Virgen María. Esto no significa masoquismo, sino que se debe al amor, porque -hasta en lo más humano- no existe amor, entrega, sin sacrificio, que consiste en gastarse gustosamente por los demás.

Su antecesor, San Josemaría, fundó el Opus Dei para enseñar a todas las gentes que pueden ser santos, sin hacer cosas extraordinarias. ¿Qué es por tanto la santidad?, ¿cómo se hace uno santo?


San Josemaría ha recogido las enseñanzas y la predicación de Jesucristo, que «coepit facere et docere», que empezó primero a hacer, y predicó después; al comienzo, con su nacimiento humilde, pobre, en una gruta, rodeado por el amor de María y de José y de los pastores -hombres pobres, pero con gran capacidad de amar-, y luego también por los Magos que acudieron a adorarle. Aunque estos últimos eran hombres con posibilidades humanas, en ese momento de búsqueda del rey de los judíos, nos dejan ver que tenían la misma necesidad o más que los pastores. La santidad es procurar encontrar a Dios en lo que nos ocupa en cada momento, identificarse con Cristo sin que sea preciso recurrir a cosas extraordinarias; no son imprescindibles las grandes abnegaciones, aunque no hay excluirlas si llegan, o buscarlas libre y voluntariamente si nos las pide el Señor.

Por eso, lo importante es cumplir la voluntad de Dios en cada momento, llevando a cabo heroicamente el deber de cada instante, sin quitar el hombro ante la sugerencia de fidelidad que precisamente nos hace Cristo, en lo agradable y en lo desagradable.

¿Qué ayuda proporciona el Opus Dei en ese camino hacia la santidad?


El Opus Dei ha venido a recordar a todo el mundo que la santidad no es cosa de privilegiados, es decir que todos podemos acercarnos a Dios ahí donde nos encontramos. A los hombres, a cada uno, ha dicho Jesucristo: «Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto». El Opus Dei recuerda la necesidad de transformar todas las actividades, también las aparentemente más banales, en un diálogo con Dios, e igualmente recuerda la necesidad de la vida sacramental, pues sin los sacramentos no puede aumentar esa vida de la gracia, ya que los sacramentos son los medios que nos ha dejado Nuestro Señor Jesucristo, para renovarnos y para identificarnos con Él.

El lema de estas Jornadas de la Juventud reza: «Hemos venido a adorarle» (Mateo 2, 2). Hoy vivimos un tiempo radicalmente cambiante en el que con facilidad se pierde de vista lo esencial y el recogimiento, el silencio, se considera a menudo insoportable. ¿Cómo llegar a esta actitud de adoración? ¿En qué consiste? ¿Cómo se puede hablar con Dios?


Antes de responder a esta pregunta, querría decirle algo que es fundamental en la vida del cristiano, en la vida de un hijo de Dios: el optimismo. No podemos enfocar las cosas o las situaciones con el pesimismo que, en ocasiones, pueda dominar el ambiente. El hijo de Dios se sabe con capacidad de transformar en alegría todas las circunstancias, también aquellas que otros puedan ver como una contradicción. Desde luego, el silencio y el recogimiento resultan esenciales para que exista un diálogo con Dios. Esto no puede considerarse insoportable, como nunca se considerará insoportable un diálogo —o estar— con la persona a la que se ama. Y todos los hombres somos los amados, los predilectos de Dios, como Él mismo ha dicho: en la Biblia se nos revela que sus delicias son estar con los hijos de los hombres. Si secundamos ese diálogo, seremos mujeres y hombres que participan en esa felicidad, en esa complacencia que Dios tiene puesta en cada uno. ¿Cómo se puede hablar con Dios? Con sencillez, con naturalidad, como se habla con el amigo, con el hermano. San Josemaría Escrivá aconsejaba que tratásemos con Dios de nuestra vida, porque hacer oración es hablar de nuestra alma, de nuestras luchas pequeñas o grandes; y Él nos acoge, nos escucha como el Padre más interesado, con un gran cariño y con el deseo de ayudarnos en todo lo que necesitemos, aunque a veces -como todo buen padre- permite la prueba o la contradicción, precisamente para que maduremos y contemos más con la ayuda de su Gracia.

El Santo Padre ha concedido a todos los participantes en estas jornadas una indulgencia plenaria. ¿Qué papel desempeñan las indulgencias en la vida de la Iglesia? ¿Cómo se relacionan con el sacramento de la penitencia?


Las indulgencias desempeñan un papel vital, porque son la aplicación al alma de los méritos infinitos de la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Nos hacen participar en esa Vida gloriosa a la que estamos todos llamados; por tanto, las indulgencias nos facilitan el que podamos acercarnos a Dios, perdonándonos los restos de pena merecida por los pecados ya perdonados y poniéndonos así en la disposición de acudir en adelante con más docilidad y con más facilidad a recibir la gracia en el sacramento de la confesión. Es en este sacramento donde Cristo perdona de raíz los pecados mortales, porque otro medio —fuera de circunstancias extraordinarias— no existe, aunque la Iglesia enseña que una contricción perfecta remite los pecados, también los mortales. Sin embargo, ¿quién puede estar seguro de que su contrición es perfecta? El hombre necesita la certeza del perdón de ese Dios que nos escucha, que nos atiende y nos quita también la tristeza por el fracaso, precisamente en el sacramento de la confesión.

¿Qué mensaje deja san Josemaría a los jóvenes del mundo que han estado estos días en Colonia?


El mensaje de san Josemaría lo resumiría en unas pocas palabras, que escribió cuando era un sacerdote muy joven. Nos ha dicho a todos, no sólo a los jóvenes, sino también a las personas maduras y a las personas ancianas -porque toda edad es tiempo de encuentro con Dios-, pero a la juventud les señalaría, si hoy viviera, lo que escribió en aquellos años de los comienzos del Opus Dei, cuando se vio rodeado de no pocas dificultades. Precisó: «De que tú y yo nos comportemos como Dios quiere -no lo olvides- dependen muchas cosas grandes». De que se porten muy bien los que se encuentran estos días en Colonia, esta juventud que nos rodea, dependen muchas cosas grandes: para su alma y para las almas que tratan, y también para sus países y para las almas del mundo entero.


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