Llegada a Madrid

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En 1927 Madrid es ya una gran ciudad. En ella se dan cita las innovaciones técnicas, ideológicas y culturales de estos años de la historia española. Tres acontecimientos previos canalizan su expansión local: el ferrocarril de Aranjuez inaugurado en 1850, la traída y aprovechamiento urbano del agua del Lozoya en 1858, y la puesta en marcha del Metropolitano en octubre de 1919. Es una ciudad de carácter abigarrado, al que contribuye la llegada constante de gentes que proceden de España entera; y conjuga la difícil armonía de lo monumental con lo popular, de lo castizo con lo moderno. Acogedor y extenso, es el punto geográfico en que confluyen las más variadas posibilidades del país.

Cuando don Josemaría llega a la capital, España se encuentra gobernada por la Dictadura de don Miguel Primo de Rivera; se dan en Madrid sucesos tan heterogéneos como la inauguración del teléfono automático, los comentarios acerca del Plus Ultra y de su increíble salto sobre el Atlántico, la celebración de las bodas de plata del reinado de Alfonso XIII, el comienzo de la futura Ciudad Universitaria, que será exponente arquitectónico y cultural de la nueva época.

Sin embargo, ningún hecho social ha sido el motor capaz de desplazar hasta la capital de España a este joven sacerdote. Solicita permiso del Arzobispo de Zaragoza para trasladarse a Madrid y obtener el doctorado en Derecho, grado que en esta época solamente se cursa en la Universidad Central (1). Es una ciudad grande en la que tiene pocos amigos; en un ambiente inquieto en el que viene a ser sacerdote de Dios sin otro apelativo. La transición con Zaragoza es evidente; pero, lejos de distraerle el movimiento continuo de las calles o la prisa de los peatones, va cada vez más absorto en su propósito y en su petición: «¡Señor, que vea!…». Lo pide, lo grita por dentro, lo canta alegremente mientras empieza a caminar los trayectos madrileños, aún desconocidos, pero que se le harán muy pronto familiares en su constante actividad.

Es, por tanto, un sacerdote de veinticinco años, alejado temporalmente de su diócesis y que frecuenta las aulas de la Facultad de Derecho para asistir a las clases del doctorado (2). En el mes de septiembre de 1928 habrá seguido cursos monográficos de Historia del Derecho Internacional y Filosofía del Derecho. Para subvenir a los gastos que ocasiona su estancia en la capital ha de entregarse a tareas docentes durante varias horas semanales. Forma parte del cuadro de profesores de la Academia Cicuéndez. Se trata de un Centro situado en la calle de San Bernardo, esquina a Pez. frente al Palacio de justicia (3). Ha sido creada por un sacerdote, don José Cicuéndez, y se dedica exclusivamente a la preparación de asignaturas de la licenciatura de Derecho. También hay en la Academia posibilidad de residencia en régimen de internado para unos ocho estudiantes. En el año 1927 la dirige el mismo José Cicuéndez, quien anuncia a los alumnos que un sacerdote joven, don Josemaría, se encargará de las clases de Derecho Romano y Derecho Canónico.

Algunos de sus alumnos, entre los que se encuentran Julián Cortés Cavanillas, Manuel Gómez Alonso, Jesús Manuel Sanchiz Granero…, tienen un gran recuerdo de este profesor ameno, riguroso y concreto en la exposición, siempre de buen humor. Humano y simpático, que prolonga su amistad con los universitarios más allá de los límites de una clase obligatoria. Le acompañan muchas veces, por las tardes, y pasean por Recoletos charlando de las mil inquietudes y proyectos de su juventud. Algunos días hacen escala en El Sotanillo, una chocolatería situada en Alcalá, y meriendan en perfecta cordialidad. Cuando les llega la noticia de que don Josemaría dedica gran parte de su tiempo a recorrer las chabolas de los suburbios madrileños, para llevar atención humana y espiritual a pobres y enfermos, alguno llega a ponerlo en duda. Unos cuantos deciden seguirle a la salida de clase. Y durante varias jornadas comprueban su agotadora dedicación a los pobres de Vallecas y Tetuán.

El primer domicilio que tiene en la capital está en la calle de Farmacia, número 2. Se trata de una pensión familiar, bien situada, en un lugar céntrico, a caballo entre Fuencarral y Hortaleza, muy cerca del convento de San Antón.

En esta casa permanece pocas semanas, hasta que se traslada a la Residencia Sacerdotal que las Damas Apostólicas han edificado en el número 3 de la calle de Larra. Arranca esta vía de la de Beneficencia, para terminar en el bulevar de Sagasta. No es un lugar importante, pero sí muy céntrico. La Residencia Sacerdotal es una de las obras apostólicas que patrocina la Fundación de doña Luz Rodríguez Casanova, Fundadora de las Damas Apostólicas.

Por un precio módico, los sacerdotes pueden encontrar un ambiente digno y una atención adecuada de la que carecerían en una pensión corriente, de las múltiples que se reparten por la capital.

A través de la Residencia de la calle de Larra, don Josemaría establece su primer contacto con la Fundadora de las Damas Apostólicas, que acierta a ver en este sacerdote joven, piadoso y abnegado, el capellán que necesita para atender la iglesia del Patronato de Enfermos. En 1927 es nombrado para ese cargo (4).

Este título lleva consigo, solamente, la atención del culto en la capilla: celebrar la Santa Misa cada día, exponer el Santísimo Sacramento y dirigir el rezo del Rosario por las tardes. Pero acercará a don Josemaría a un ambiente en el que podrá desplegar una enorme y generosa actividad sacerdotal con los niños, los pobres y los enfermos. Su dedicación exhaustiva a los más abandonados de los barrios extremos se prolongará durante largo tiempo. Desde marzo de 1927 tiene cartas comendaticias y permiso de residencia en Madrid para dos años. Pero este plazo irá ampliándose hasta llegar a la incardinación definitiva en la diócesis de la capital de España.

Nuevos centros y actividades de formación

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El Opus Dei pronto dejó pequeña la residencia de la calle Jenner. Algunos que ya habían terminado sus estudios y empezado a trabajar se trasladaron en otoño de 1940 a un nuevo centro en la calle Martínez Campos. Entre ellos se contaban Jiménez Vargas, Fernández Vallespín, Botella, Rodríguez Casado y Múzquiz. El piso sirvió de base para actividades con jóvenes profesionales, muchos de los cuales se habían casado hacía poco. También era la sede de la Sociedad de Cooperación Intelectual (SOCOIN) que patrocinaba las actividades culturales y educativas que se organizaban

Por esa misma época, un grupo de miembros de la Obra se trasladó a una elegante casa con un pequeño jardín en la esquina de las calles de Lagasca y Diego de León, en el barrio de Salamanca. Este nuevo local serviría de sede central de la Obra y de centro de formación para las vocaciones recientes. La primera ola de residentes se redujo a Escrivá y su familia, del Portillo, Zorzano y José Orlandis, joven historiador que pidió la admisión al Opus Dei en Valencia al término de la la Guerra Civil. Escrivá celebró la primera Misa en Lagasca, como llamaron al nuevo centro, en la Nochebuena de 1940. Pocos meses después el obispo de Vitoria, Javier Lauzurica, dejó reservado por primera vez el Santísimo Sacramento en el sagrario del oratorio.

Los jóvenes que por entonces habían pedido la admisión a la Obra en Valencia, Zaragoza y Valladolid pasaron en Madrid unos días de formación más intensa en la primavera de 1941. Aprovecharon que los residentes habían salido de Madrid para pasar la Semana Santa con sus familias y habían dejado sitio en Jenner. A diario, Escrivá predicaba una meditación antes de la Misa. En las tertulias de después de las comidas, se mezclaban la conversación sobre acontecimientos del día, anécdotas de las actividades apostólicas en Madrid y otros lugares, comentarios sobre el espíritu del Opus Dei, canciones y bromas. Los “mayores” de la Obra (del Portillo, Zorzano, Jiménez Vargas, Casciaro y Botella), que tenían alrededor de treinta años, daban las clases sobre el espíritu y el apostolado de la Obra. En los tiempos entre clases, los participantes solían estudiar los textos mecanografiados de las “Instrucciones” que Escrivá había redactado antes de la Guerra Civil. Cada tarde, salían unas horas a hacer deporte o dar una vuelta por Madrid. Esta primera Semana de Estudio –así se llamó– fue precursora de futuros cursos en los que los fieles de la Obra estudiarían Teología y el espíritu del Opus Dei en un ambiente de familia.

Los miembros del Opus Dei estudian Filosofía, Teología y doctrina católica durante toda la vida. Para acelerar su formación, los numerarios normalmente pasan varios años en un centro de estudios donde se dedican más intensamente a esas materias, sin abandonar sus actividades profesionales o los estudios civiles. En otoño de 1941, el Opus Dei abrió su primer centro de estudios en el piso superior de Lagasca, en la parte de la casa que los antiguos propietarios habían reservado para el personal de servicio. Casciaro fue el primer director. Escrivá consiguió que prestigiosos profesores se ocuparan de las clases de Filosofía y Teología. La formación en el espíritu del Opus Dei la impartió el propio Escrivá, ayudado por Casciaro y los demás mayores. Para entonces, el centro de Martínez Campos se trasladó a una nueva sede y se abrió otro para la gente que ya había terminado los estudios universitarios, con lo que en octubre de 1941 el Opus Dei ya contaba con cuatro casas en Madrid.

Escrivá y Jiménez Vargas dejan la legación.

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Cuando Escrivá y los demás se refugiaron en la legación, parecía que el cónsul podría evacuar a todos los refugiados. Pasado algún tiempo, se frustraron esas esperanzas. Por ejemplo, cuando a comienzos de junio el cónsul viajó a Valencia para hacer gestiones, Zorzano escribió en su diario: «Quizás saldrán la semana próxima. Esta vez creo que es la definitiva». Sin embargo, el cónsul regresó de Valencia con las manos vacías, tal y como había sucedido ya varias veces antes.

Mientras tanto, Zorzano hacía gestiones similares en otras embajadas a pesar del riesgo personal que entrañaba. Estuvo en las de Checoslovaquia, Chile, Panamá y Turquía, pero todo sin resultados.

A mitad del verano de 1937, parecía claro que no se llegaría a un rápido final del conflicto. Escrivá estaba deseoso de dejar la legación y buscar una situación de libertad para ejercer su ministerio sacerdotal y desarrollar el Opus Dei. Los miembros de la Obra le urgían para que dejase Madrid y la zona controlada por la República, donde había persecución religiosa, y cruzase al territorio controlado por los nacionales. Escrivá comprendía la conveniencia de pasar a la zona nacional, pero le pesaba mucho dejar a su familia y a miembros de la Obra en Madrid. En cualquier caso, en aquel momento no había posibilidades reales de cruzar a la zona nacional, aunque lo quisiera hacer.

Por otro lado, las noticias que le llegaban, sugerían que a lo mejor era posible sacar adelante su ministerio sacerdotal y el apostolado del Opus Dei en Madrid, sin estar exento de peligro. Lo peor de la persecución religiosa en la zona Republicana parecía haber pasado ya. Las iglesias seguían cerradas y la actividad religiosa estaba todavía prohibida, pero, al menos, el gobierno republicano había parado parcialmente a los elementos incontrolados, responsables de la mayor parte de los asesinatos de sacerdotes en los primeros meses de la guerra. Desde luego, no podía actuar públicamente como sacerdote, pero, con la debida precaución, sería posible ejercer su ministerio secretamente a favor de mucha gente de Madrid que llevaba un año privada de los sacramentos.

Al comenzar el verano de 1937, Escrivá empezó a salir a la calle para hacerse las fotografías necesarias para los documentos de identidad –falsos, por supuesto–, investigar vías de escape de la zona republicana y ejercer, de un modo limitado, su ministerio sacerdotal. Mientras tanto, Zorzano arregló las cosas para que el hermano menor de Escrivá, Santiago, pudiese reunirse con su madre.

A final de agosto, el cónsul de Honduras entregó a Escrivá unos documentos que le acreditaban como empleado de la legación y una pequeña bandera del país para que la llevara sujeta en la solapa. Pertrechado con estos documentos, que él describió como «más falsos que Judas», abandonó el consulado el 31 de agosto de 1937 y se trasladó a una pensión. Pocos días después, el 4 de septiembre, recomendado por el cónsul de Honduras, Jimenez Vargas consiguió unos documentos similares del consulado de Panamá y se reunió con Escrivá en la pensión. En caso de ser arrestados e interrogados, de poco les servirían los documentos, pero sí ayudarían a salir del paso en caso de que les pararan por la calle.

Del Portillo, Alastrué y González Barredo permanecieron en la legación porque, en cualquier caso, corrían mucho peligro en Madrid. González Barredo era bien conocido como un profesor católico y del Portillo y Alastrué eran buscados por prófugos.

Escrivá y Jiménez Vargas de vez en cuando cenaban con Zorzano, y después tenían una larga tertulia. En ocasiones se les unían otros. Por ejemplo, Calvo Serer, que se alistó en el ejército republicano durante el verano de 1937 y había sido asignado a las Brigadas Internacionales, estuvo en Madrid dos días a final de agosto o principio de septiembre. Hernández de Garnica, que había sido liberado de la prisión en Valencia, también pasó algún tiempo en Madrid antes de ser llamado a filas por el ejército republicano y destinado a Andalucía. Zorzano describe la conversación en una de aquellas tertulias. “Empezamos a soñar —escribe Isidoro— lo que serán realidades dentro de un par de años; pasamos revista a las principales universidades del mundo y dejamos volar un poco la imaginación”[1]. Incluso se reían sobre lo delgados que estaban. Ninguno pasaba de los 45 kilos.

Mientras buscaban la forma de pasar a la zona nacional, Escrivá se movía por Madrid, vestía traje y corbata y llevaba la bandera de Honduras cuidadosamente prendida en su solapa. A menudo oía confesiones en la calle, caminando arriba y abajo por la acera. Decía la Misa y predicaba meditaciones a pequeños grupos en casas de amigos. Llevaba el Santísimo Sacramento consigo, dentro de una pitillera que guardaba en una pequeña bolsa con la bandera y el sello del Consulado de Honduras, para distribuir la Sagrada Comunión a más gente.

A pesar de que lo peor de la persecución ya había pasado, administrar los sacramentos y ejercer el ministerio sacerdotal en Madrid seguía siendo muy peligroso. Un día en que Escrivá llegaba a un edificio donde planeaba decir la Misa, una señora le saludó en alta voz:

“ -¡Qué alegría verte!

Luego, apartándose de aquel lugar, le explicó en voz baja:

-Perdón, don Josemaría, pero ¿va a decir Misa allá?

-Sí

-Pues en este momento están registrando todo. Si va usted, le cogen y le matan”[2].

Escrivá tomó todas las precauciones que pudo para evitar ser detenido. Un día, por ejemplo, un amigo le pidió que bautizase a la hija de un vecino. Quedaron a las 7 de la tarde en la clínica, donde madre e hija estaban todavía recuperándose. Sin pensar en el riesgo que se corría reuniendo a un grupo de gente, el padre de la niña invitó a sus suegros y a varios amigos a asistir al bautismo, pero Escrivá llegó a las 5 de la tarde, bautizó a la niña y se fue antes de que llegasen los invitados.

Además, Escrivá atendió espiritualmente a miembros de órdenes religiosas que estaban ocultos en Madrid. La hermana Ascensión Quiroga y otras monjas vivían en una pensión. Para evitar ser reconocidas como religiosas, habían comenzado a maquillarse. Llegó un momento en que, según relata la hermana Asunción, habían caído en un estado de miedo y de tibieza espiritual. Recuerda una charla que Escrivá les dio: “Me llamó poderosamente la atención cómo don Josemaría empleaba el plural, poniéndose siempre por delante. Decía: ‘Somos cobardes, nos da miedo dar la cara por Dios’. Me impresionó el modo de dirigir la plática: no era una predicación, se trataba de la oración personal de un santo, hecha en voz alta. Creo que todas –pero al menos yo- salimos de esa meditación confirmadas en la vocación, con hambre de entrega”[3].

Hacia el final de septiembre de 1937, Escrivá predicó un retiro en Madrid a un pequeño grupo. Entre los asistentes, además de Zorzano, estaban Albareda, un profesor de instituto de Madrid, a quien Zorzano visitaba regularmente y que se había unido al Opus Dei poco antes, y Tomás Alvira, a quien Escrivá conoció en el piso de Albareda en el mes de julio durante una de sus breves escapadas a la ciudad desde la legación. Alvira describe así el retiro: “La reunión prolongada de un grupo de personas podía infundir sospechas (…). En Madrid, cada casa tenía su correspondiente control. Por eso, íbamos por separado al lugar de reunión, allí acudía el Padre, que nos daba una meditación y salíamos, también por separado. Por la calle, seguíamos meditando, rezando el Rosario, etc.

Después no reuníamos en otra casa, en la cual vivía otro del grupo, y teníamos la siguiente meditación. Los Ejercicios duraron tres días, y se comprende que durante ellos hubo una gran exposición. El último día celebro el Padre el Santo Sacrificio en la casa donde yo vivía (…), sobre una mesa, con un vaso y sin ornamentos”[4].

La disminución de la persecución religiosa en la zona republicana hizo que mejoraran las desesperadas condiciones del año anterior, pero era todavía imposible cualquier manifestación pública de religiosidad. Incluso, hacer apostolado personal implicaba grandes riesgos. Sacar adelante el apostolado de la Obra sería mucho más fácil en la zona nacional. Cruzar de una zona a otra era una empresa peligrosa, pero Escrivá y los demás miembros de la Obra asumirían el riesgo si había una razonable esperanza de éxito.

Albareda supo que su hermano y su cuñada habían conseguido llegar a Francia desde Barcelona, cruzando los Pirineos. Fueron ayudados por gente que conocía bien los montes, ya que eran contrabandistas en tiempos de paz y en la guerra se ganaban la vida conduciendo a fugitivos al otro lado de la frontera. Una vez en Francia no tuvieron dificultad para entrar en la zona nacional por Irún. Albareda pasó esta información a Zorzano, quien, a pesar de los malogrados intentos anteriores, se entusiasmó con esta nueva posibilidad. Así se abrió un nuevo capítulo de la historia del Opus Dei, un capítulo marcado por grandes peligros y privaciones.

[1] Ibid. pág. p. 229

[2] AGP P03 1981 p. 370

[3] Ibid. p. 372-373

[4] Ibid. p. 375-376

En la Legación de Honduras (marzo – octubre 1937)

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En enero de 1937, González Barredo encontró asilo en la Legación de Honduras, gracias a un amigo del yerno del cónsul. La legación ocupaba dos pisos que habían sido la residencia del representante del Cónsul General de Honduras, que gozaba de una limitada inmunidad diplomática. Teniendo en cuenta que en diciembre de 1936 se habían invadido algunas embajadas, una simple legación, encabezada por el cónsul de un pequeño país, podía ser mucho menos respetada. En cualquier caso, ofrecía mayor seguridad que la clínica.

Al principio, las gestiones de González Barredo para que otros miembros de la Obra pudiesen reunirse con él fueron infructuosas. El cónsul estaba bien dispuesto, pero la casa estaba ya llena de refugiados. Por fin, el 13 de marzo, del Portillo fue admitido en la legación. Al día siguiente, Zorzano fue con un coche de la legación a recoger a Escrivá y a su hermano Santiago. En el camino de regreso, les detuvieron tres patrullas diferentes, pero no hubo problemas para seguir su camino. A los pocos días se les unió Eduardo Alastrué.

Vallespín, que servía en el ejército republicano, aprovechó un breve permiso en marzo de 1937 para ir a Madrid. Con barba y un uniforme de la milicia, fue a ver a Zorzano, quien le llevó inmediatamente a visitar a Escrivá y a los demás en la legación. Vallespín consideró la posibilidad de quedarse allí, pensando que podía ser evacuado por canales diplomáticos, pero decidió volver a su unidad y buscar una oportunidad de cruzar el frente. Dos meses más tarde, en mayo de 1937, lo consiguió.

Jiménez Vargas se unió al grupo de la legación el 7 de abril de 1937. Con la convicción de que Escrivá y los demás le necesitaban en Madrid, había desertado de la milicia en la que había estado alistado y volvió a la capital. A pesar del peligro que representaba dar asilo a un desertor, Zorzano le acogió inmediatamente y fue corriendo a casa de Jiménez Vargas para llevarle ropas civiles. Después de arreglar que Jiménez Vargas pudiera quedarse con los demás miembros de la Obra en la Legación de Honduras, Zorzano volvió a su casa y quemó su uniforme.

Aunque lejos de ser completamente segura, la legación reunía bastantes ventajas. Tenía menos riesgos que la clínica. Además permitía a unos cuantos miembros de la Obra estar juntos. Y, lo más importante, había una cierta posibilidad de que el cónsul consiguiera evacuar de España a todos los refugiados de la legación a través de canales diplomáticos.

La legación estaba abarrotada con casi cien refugiados, la mayor parte hombres, unas pocas mujeres y un niño. La mayoría eran médicos, abogados e ingenieros, pero había también sacerdotes, profesores, oficiales del Ejército y un artista. Lógicamente, la legación era completamente inadecuada para albergar a tanta gente. En el piso donde se alojaban Escrivá y su grupo había sólo un cuarto de baño para treinta personas. La comida era muy escasa: básicamente algarrobas, a menudo infestadas de insectos.

La mayor parte de los refugiados no hacían más que esperar el fin de la guerra, preocupados por la posibilidad de que en cualquier momento los milicianos invadieran la legación y se los llevaran. Sobre todo se dedicaban a lamentarse por lo que habían perdido. Uno de los miembros de la Obra escribe: “Tras de la larga noche en el camastro, había que esperar turno para pasar al cuarto de baño, cuyo uso estaba minuciosamente reglamentado. No recuerdo que, seguidamente, se distribuyese desayuno de ninguna clase; la mañana aparecía entonces (para los demás) como un camino sin objeto que se recorría lentamente, charlando, soñando o durmiendo de nuevo, pues muy pocos eran los que leían o estudiaban. Después de una mísera comida, que se servía a mediodía en la destartalada mesa del salón, comenzaba la inacabable tarde que llenaban con mismas tediosas tareas de la mañana. La cena, tan pobre como el almuerzo, se distribuía a última hora del día y tras de ella se retiraban los refugiados en espera de una jornada tan gris y vacía como la pasada”[1].

Los nervios estaban al límite y las discusiones estallaban frecuentemente. Alastrué recuerda: “Algunos pasaban el tiempo rumiando en silencio su desaliento y su desdicha; otros se desahogaban comentando con amargura las desventuras presentes y pasadas; otros lamentaban sin descanso sus desventuras familiares, su carrera o su negocio perdidos, o su futuro incierto y amenazado. A estos sentimientos se mezclaba el miedo despertado por los sufrimientos y persecuciones pasadas, miedo que hacía considerar el mundo exterior a nuestro asilo como un ambiente inhabitable. En algunos casos, se asociaba a este miedo el odio hacia los adversarios, odio impotente por el momento, pero que esperaba satisfacerse algún día en la revancha”[2].

Al principio, Escrivá y su grupo estaban dispersos por la legación, pero pronto el cónsul les dio una habitación para los seis.. Medía alrededor de 10 metros cuadrados. Su única ventana daba a una chimenea de ventilación, que proporcionaba escaso aire y tan poca luz, que la mayor parte del día había que mantener encendida la desnuda bombilla que colgaba del techo. Los muebles no eran más que cinco largas y delgadas colchonetas que, enrolladas y apiladas junto a la pared durante el día, servían de asientos. Por la noche desenrollaban cuatro de las colchonetas, y con ellas cubrían totalmente el suelo donde dormían.

Debido a los miedos de los demás refugiados, la mayor parte de los sacerdotes escondidos en la legación raramente decía Misa, pero Escrivá no se dejó intimidar. Al principio, la celebraba en el vestíbulo y reservaba el Santísimo Sacramento en una caja de plata que se guardaba bajo llave en un un armario. Sin embargo, otros refugiados protestaron porque lo consideraban peligroso y el cónsul indicó a Escrivá que dejase de hacerlo. Desde entonces, dijo la Misa en su pequeña habitación. Unas maletas apiladas sobre cajas de cartón vacías hacían de altar, y una copa de cristal servía como cáliz. El Santísimo Sacramento quedaba reservado en una cartera que custodiaban por turnos.

[1] AGP P03 1981 p. 246

[2] Ibid. p. 247

El primer oratorio del Opus Dei

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A pesar de las dificultades financieras, Escrivá y los miembros de la Obra seguían con los planes para instalar el oratorio de la residencia. Pasarían meses antes de que consiguieran reunir el dinero necesario para un altar, un sagrario y demás objetos litúrgicos, sin los cuales no podrían obtener el permiso de reservar al Santísimo Sacramento. En un primer momento, la habitación destinada al futuro oratorio sólo tenía una mesa con un crucifijo y dos candeleros, un par de bancos y una imagen de la Virgen, obra del joven escultor Jenaro Lázaro. Los pocos residentes que había se reunían ahí para rezar el Rosario, asistir a una meditación o simplemente para hacer un rato de oración personal.

En febrero o marzo de 1935 adquirieron un altar de madera y un cuadro de Jesús con los discípulos de Emaus. La madre Muratori, religiosa de las Hermanas Reparadoras, les prestó un sagrario de madera. Escrivá estaba ansioso por tener a Jesucristo en la casa, reservado en el sagrario, lo antes posible. “Jesús”, rezaba, “¿vendrás pronto a tu Casa del Ángel Custodio, al Sagrario? ¡Te deseamos!”[1].

El 13 de marzo de 1935 Escrivá envió una petición al obispo de Madrid, en la que explicaba las actividades formativas de la residencia y solicitaba la autorización necesaria para la instalación de un oratorio semipúblico donde se pudiera celebrar Misa y tener reservado al Santísimo. Esperaba celebrar Misa en el oratorio de DYA por primera vez el domingo 31 de marzo de 1935, pero todavía carecían de algunos objetos imprescindibles. Hacia final de mes un hombre barbado de aire distinguido, que llevaba una capa española pasada de moda, entregó, de forma anónima, un paquete que contenía todo lo que necesitaban. Escrivá comentó que el benefactor podría ser un amigo suyo, Alejandro Guzmán, pero los residentes dijeron, medio en broma medio en serio, que debían de haber sido san Nicolás o san José. Mencionaron a san José porque el Padre les había pedido que le rezaran continuamente pidiéndole el don del pan Eucarístico, prefigurado en el Antiguo Testamento por el pan que José distribuyó a los egipcios, a las órdenes del faraón.

El 31 de marzo de 1935, Escrivá celebró la Misa en la residencia. Por primera vez Jesús se quedaba en el sagrario de un centro del Opus Dei. Aunque a Escrivá le entristecía la pobreza del sagrario y de los vasos sagrados, estaba lleno de alegría por tener a Jesucristo en el centro. Animaba a los miembros de la Obra, a los residentes y a los alumnos que acudían a las clases de la academia a hacer compañía a Jesús: “El Señor jamás deberá sentirse aquí solo y olvidado; si en algunas iglesias a veces lo está, en esta casa donde viven tantos estudiantes y que frecuenta tanta gente joven, se sentirá contento rodeado por la piedad de todos, acompañado por todos. Tú, ayúdame a hacerle compañía”[2].

Unas semanas después escribía al vicario general de Madrid: “Desde que tenemos a Jesús en el Sagrario de esta casa, se nota extraordinariamente: venir Él, y aumentar la extensión y la intensidad de nuestro trabajo”[3].

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 544

[2] AGP P01 1985 p. 292-293

[3] AGP P01 1985 p. 296

Zaragoza

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Su padre le animó a compaginar los estudios sacerdotales con una licenciatura en Derecho, aunque no sabemos exactamente el porqué de ese consejo. Quizás previó la posibilidad de que su hijo mayor tuviera que contribuir en el futuro al sostenimiento de la economía familiar. Sea como fuere, Josemaría convino en que la idea era buena, pero no era posible estudiar esa carrera ni en Logroño ni en Calahorra, donde los seminaristas completaban el último ciclo de estudios eclesiásticos. La Facultad de Derecho más próxima se encontraba en Zaragoza. Tenía también la ventaja de que allí podría obtener el doctorado en Teología, algo prácticamente imposible si permanecía en Logroño. Escrivá, por tanto, solicitó y obtuvo el permiso oportuno para trasladarse a Zaragoza y recibir las órdenes sagradas en aquella diócesis.

Zaragoza era una de las más importantes y populosas ciudades del país. Tenía una universidad estatal con Facultad de Derecho, otra Universidad Pontificia y dos seminarios. Tras la Primera Guerra Mundial, la ciudad atravesaba un período difícil y turbulento. Se habían producido recientemente hechos sangrientos: asesinatos e insurrecciones anarquistas y diversos brotes de pistolerismo que provocaron la declaración del estado de guerra y la supresión de las libertades cívicas. Entre 1917 y 1923 la violencia política se cobró veintitrés vidas en aquella ciudad.

En el otoño de 1920, Escrivá ingresó en el Seminario de San Carlos, donde los alumnos vivían y recibían su formación espiritual; para las clases de teología tenían que trasladarse a la cercana Universidad Pontificia. Ésta es por tanto la primera vez que Escrivá vive –de hecho– en un seminario. Como el resto de sus compañeros, dispone de una pequeña habitación parcamente amueblada, sin cuarto de baño ni luz eléctrica. En todo el edificio no había ni una sola ducha o bañera; cada seminarista tenía una jofaina que podía llenar de agua fría en una pila ubicada al final del pasillo. La mayoría se contentaba con lavarse la manos y la cara puesto que el seminario no tenía calefacción, ni siquiera en los más crudos días del invierno. Los estudiantes se sorprendían de que Escrivá hiciera tantos viajes a la pila para conseguir el agua necesaria para lavarse de los pies a la cabeza. Algunos incluso llegaron a tildarle de melindroso y comentaban que tanta atención a la higiene personal no era lo más adecuado para un sacerdote. En una ocasión, un seminarista especialmente ordinario y que olía muy mal llegó a frotarle la cara con la manga empapada de sudor diciendo: “¡Hay que oler a hombre!”[1]. El joven Escrivá, que de naturaleza era bastante impulsivo, a duras penas pudo controlarse y se limitó a contestar: “No se es más hombre por ser más sucio”[2]

Pero no era sólo la pulcritud lo que motivaba que sus propios compañeros le tacharan de “señorito”[3]. Uno de los seminaristas que compartió sus años de alumno en el San Carlos recordaba más tarde: “Era Josemaría un señor de pies a cabeza, en todo su comportamiento: en la manera de saludar, en la forma de tratar a las personas, en cómo vestía, en la educación con que comía; sin proponérselo, representaba un fuerte contraste con lo que parecía costumbre entonces”[4].

La piedad de Escrivá también llamaba la atención. El régimen de vida del seminario incluía Misa, meditación, Rosario, lectura de un libro espiritual, visita al Santísimo Sacramento y examen de conciencia por la noche. Lo normal era que hasta los más piadosos se contentaran con cumplir estas observancias y demás actos de piedad establecidos; sin embargo, Josemaría hacía frecuentes visitas a la capilla del seminario durante el tiempo libre. Ahí, delante del Santísimo Sacramento, abría su corazón al Señor, a veces durante horas enteras y en ocasiones toda la noche, llenando el tiempo con actos de adoración a Cristo en la Eucaristía e implorando luces para ver la voluntad de Dios y obtener la gracia para llevarla a cabo. También adquirió la costumbre de acudir todos los días a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar. En cierta ocasión, Escrivá consiguió el permiso necesario para permanecer en el interior del templo una vez cerrado al público y besar la imagen de la Virgen que ahí se venera, privilegio reservado sólo a los niños que se acercan a honrar a la Madre de Dios durante el tiempo en que la basílica mantiene sus puertas abiertas. En su habitación del seminario guardaba una pequeña reproducción en yeso de la Virgen del Pilar y en la base escribió con un clavo la jaculatoria, que tantas veces había formado parte de su oración habitual, “Domina, ut sit!” (Señora, ¡que sea!).

En esa ciudad aragonesa, la devoción a la Virgen que Escrivá aprendió de sus padres creció aún más en profundidad y fervor. Una y otra vez acudía a Ella suplicando su ayuda maternal y pidiéndole estar siempre cerca de su Hijo. “A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María”[5], escribió en 1934 como fruto de su propia experiencia.

Trató de ser discreto en lo referente a su piedad personal pero en vano. Era de esperar que Escrivá encontrara piedad en el lugar más lógico para eso: el seminario. Pero sus compañeros no tardaron mucho en hacer mofa de su devoción adjudicándole los motes de “Rosa Mística” y “Soñador”.

Motivado en parte por la postura recelosa de sus compañeros, el rector del seminario no miraba con buenos ojos a Escrivá. En la hoja de evaluación al final del primer curso le puso un “bien” en el apartado de piedad, pero sólo “aceptable” en diligencia y disciplina, a pesar de que Josemaría había alcanzado unas notas excelentes y resultó ser uno de los pocos alumnos que no fue castigado en todo el año. Describía el carácter de Escrivá como “inconstante y altivo, pero educado y atento”[6]. Y lo más curioso es que debajo del apartado “vocación” escribió como de mala gana “parece tenerla”[7]. De algunos comentarios de Escrivá se desprende que, muy al principio de su estancia en el seminario, el rector trató incluso de disuadirle de su deseo de ser sacerdote. En el segundo año, el rector solicitó a su homólogo del Seminario de Logroño un informe sobre las cualidades personales de Escrivá y su posible vocación. El informe favorable que recibió y un trato más personal y asiduo con el joven seminarista le hicieron cambiar de opinión y llegó a ser uno de los más fieles defensores de Escrivá.

En algún momento en el transcurso de su estancia en Zaragoza, parece que Escrivá sufrió una dura prueba o crisis. En sus apuntes de principios de los años 30 y dirigiéndose a Cristo dice: “Si no hubieras estorbado mi salida del Seminario de Zaragoza, cuando creí haberme equivocado de camino— estaría alborotando en las Cortes españolas, como otros compañeros míos de Universidad lo están…, y no a tu lado, precisamente, porque [...] hubo momento en que me sentí profundamente anticlerical, ¡yo que amo tanto a mis hermanos en el sacerdocio!”[8]

Aunque la crisis puede haberse exacerbado por la dificultad de Escrivá en adaptarse al seminario y al trato un tanto difícil con alguno de los seminaristas, la nota nos sugiere que la raíz del asunto no está en eso, sino en lo que él describe como su “anticlericalismo”. Aquí hay que aclarar que en la España de los años 20, los políticos anticlericales pretendían eliminar la influencia de la Iglesia en la vida civil. Querían reducir la práctica de la religión al ámbito de lo privado como algo meramente personal, y borrar de la vida pública cualquier vestigio de religiosidad. El anticlericalismo de Escrivá era algo diametralmente distinto; se asentaba en el convencimiento de que el sacerdote está llamado a amar apasionadamente a Dios y a vivir una vida de servicio desinteresado como si fuera “otro Cristo, el mismo Cristo”. En este contexto, no hay, por consiguiente, hueco para que el sacerdote se involucre en el mundo de la política, o trate de manipular o controlar a los fieles con vistas a alcanzar sus propios objetivos. Con el paso del tiempo, Escrivá no tuvo sino palabras de elogio para los compañeros de seminario, la inmensa mayoría de los cuales trabajaron como buenos ministros de Cristo en sus parroquias y no pocos murieron mártires durante la Guerra Civil española. En los primeros años del seminario, sin embargo, le dolía la postura de algunos que pensaban que ser sacerdote era una forma de ganarse el sustento y prosperar en la vida. La idea de forjarse una carrera eclesiástica y la postura de sus compañeros que defendían el hecho de ordenarse sacerdotes porque no tenían otra forma mejor de ganarse la vida hicieron que llegara a preguntarse si no se habría equivocado, al pensar que el sacerdocio iba a satisfacer el deseo de amor que había llenado su corazón el mismo día en que vio aquellas pisadas sobre la nieve.

Las anotaciones de Escrivá no arrojan mucha luz ni sobre la duración de esa crisis ni el modo en que la superó. Lo más probable es que la respuesta a sus dudas y anhelos la encontrara en la oración, meditando en la presencia de Dios distintos pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento y dialogando con Jesús, María y José sobre la vida y acontecimientos de la “Trinidad de la Tierra” y su propia vida. Un punto de “Camino” describe el estilo personal de su oración: “Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” -¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”[9].

Su oración era una conversación íntima, personal, incluso apasionada. Le decía a Jesús: “Me hubiese gustado ser tuyo desde el primer momento: desde el primer latido de mi corazón, desde el primer instante en el que la razón mía comenzó a ejercitarse. No soy digno de ser –y sin tu ayuda no llegaré a serlo nunca- tu hermano, tu hijo y tu amor. Tú sí que eres mi hermano y mi amor, y también soy tu hijo”[10].

En ocasiones la oración no fluía tan fácilmente y entonces se aplicaba a sí mismo el consejo que luego daría a otros en “Camino”: “-Y, en mi meditación, se enciende el fuego. -A eso vas a la oración: a hacerte una hoguera, lumbre viva, que dé calor y luz. Por eso cuando no sepas ir adelante, cuando sientas que te apagas, si no puedes echar en el fuego troncos olorosos, echa las ramas y la hojarasca de pequeñas oraciones vocales, de jaculatorias, que sigan alimentando la hoguera”[11].

En otros momentos era Dios quien tomaba la iniciativa y le llenaba de instantes de auténtica oración mística. Apenas sabemos nada de esas experiencias porque Escrivá quemó la libreta en que apuntaba todos esos detalles que el Señor había tenido con él, por temor, sobre todo, a que cualquiera que leyese la historia de las gracias extraordinarias recibidas en la oración pensara que era un santo cuando él se consideraba a sí mismo “un pecador que ama con locura a Jesucristo”[12]. Álvaro del Portillo, uno de los primeros miembros del Opus Dei que siempre estuvo a su lado y llegaría a ser su primer sucesor al frente de la Obra, comentaba al referirse a los años de Escrivá en Zaragoza: “Dios le ayudaba con muchas mociones, con muchas locuciones (…); el Señor habla, sin ruido de palabras, y sus frases quedan grabadas en el alma como si fuese a fuego”[13]. El propio Josemaría habló en alguna ocasión de las gracias especiales recibidas durante su estancia en la ciudad del Ebro: “Yo, no sabiendo cómo llamarlas, las llamaba gracias operativas, porque me ayudaban a trabajar, aunque fuese a contrapelo, sin que me costase esfuerzo alguno”[14]. Tras estudiar todas las pruebas existentes, el religioso dominico encargado por la Santa Sede para dirigir la causa de beatificación de Escrivá, resume sus conclusiones con las siguientes palabras: “El Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían ‘sentir’, en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético”[15].

[1] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 133

[2] ibid. p. 133

[3] ibid. p. 133

[4] ibid. p. 132

[5] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 495

[6] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 137

[7] ibid. p. 137

[8] ibid. p. 136

[9] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 91

[10] AGP, P09 p. 117

[11] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 92

[12] José Orlandis. AÑOS DE JUVENTUD EN EL OPUS DEI. Ediciones Rialp. Madrid 1994. p. 178

[13] AGP, P01 1978 p. 1064

[14] ibid. p. 1064

[15] José Miguel Cejas. VIDA DEL BEATO JOSEMARÍA. Ediciones Rialp. Madrid 1993. p. 37-38

Jardín de la Avenida Ciudad de Barcelona

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

Opus Dei - Jardín junto a la Basílica, junto a la Avda. Ciudad de Barcelona

Jardín junto a la Basílica, junto a la Avda. Ciudad de Barcelona

Después de cruzar hasta la acera opuesta al templo en la Avenida Ciudad de Barcelona, si el paseante sube varias manzanas en dirección a la Estación de Atocha, podrá ver que al otro lado de la avenida hay un jardín de forma triangular, formado por la confluencia de la Avenida Ciudad de Barcelona y el Paseo de la Infanta Isabel. La base de este triángulo imaginario sería la fachada del Colegio Virgen de Atocha.

El paseante puede observar el monumento al General Vara del Rey y Héroes del Caney, obra de González Pola, que se alza en ese jardín. Este monumento evoca la gesta militar del general en el poblado antillano de Caney en 1898.

Esta zona que ocupa el jardín, vecina al Paseo de Atocha, fue durante siglos el escenario de las romerías marianas de miles de madrileños y el lugar favorito de las fastuosas comitivas que se reunían todos los sábados, desde el siglo XVII hasta mediados del XIX, para rezar la Salve en el Santuario.

Álvaro del Portillo e Isidoro Zorzano: celebración del décimo aniversario del Opus Dei

Opus Dei -

En el lugar que ocupa el jardín —aunque en esa época la zona ajardinada tenía una configuración distinta de la actual— estuvo el 2 de octubre de 1938, décimo aniversario de la fundación del Opus Dei, Álvaro del Portillo que había viajado a Madrid, con permiso de sus superiores militares. Le acompañaba Isidoro Zorzano, uno de los primeros miembros del Opus Dei. Zorzano llevaba consigo el Santísimo Sacramento, a causa de las circunstancias excepcionales de la guerra, y Álvaro del Portillo le pidió unas Formas Consagradas para llevárselas a Fontanar y poder comulgar durante los días siguientes.

Aquel mismo día Zorzano le comunicó una certeza que había recibido del Señor: el próximo 12 de octubre, fiesta de la Virgen del Pilar, del Portillo estaría en libertad, como efectivamente sucedió.

Zorzano y del Portillo celebraron el décimo aniversario de la Fundación del Opus Dei con los pocos medios que tenían a su alcance (el rancho de un cuartel cercano a esta zona), sentados al aire libre en el entorno que ocupa actualmente este jardín.

Legación de Honduras

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

Bajando por el Paseo, hacia la derecha, en dirección a la Estación de Atocha, en el actual nº 45, se encuentra el lugar donde estuvo la Legación de Honduras.

Este edificio está cercano a la Plaza de Castelar.

En este lugar estuvo refugiado el Fundador del Opus Dei desde el 14 de marzo 1937 hasta finales de agosto de aquel año.

«Al llegar a la Legación -recuerda Santiago Escrivá- estábamos, además de los otros refugiados, sólo José María González Barredo, que dormía en el hall, debajo de un bargueño; y mi hermano Josemaría y yo, que dormíamos debajo de la mesa del comedor, cuando los demás refugiados se retiraban a sus habitaciones.

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Al cabo de un mes o más, ya tuvimos la habitación que había junto a la carbonera, al lado de la puerta de servicio. Allí extendíamos los seis colchones durante la noche y los recogíamos durante el día”.

“Comíamos muy poco -cuenta el hermano del Fundador-. Josemaría menos que los demás porque había días que no comía nada o muy poca cosa, como mortificación, para ofrecerlo a Dios».

Pronto reflejó el rostro del Fundador tantas penalidades y sufrimientos. Perdió treinta kilos en aquellos meses; y adelgazó hasta el punto que, cuando su madre pudo ir a verle al Consulado —no le había visto desde hacía mucho tiempo— no le reconoció; se dio cuenta de que era su hijo sólo por la voz.

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Pitillera en que el Fundador llevaba algunas partículas del Santísimo Sacramento, después de abandonar el Consulado de Honduras. Eso le permitía dar la Comunión a personas que no habían podido recibir al Señor desde el comienzo de la guerra.

Las atendía, con grave riesgo para su vida, en las calles de Madrid, de forma disceta. El pequeño corporal que aparece debajo lo confeccionó su hermana Carmen con este objeto. La bolsa de tela, con la bandera de Honduras y el sello del Consulado, servía para guardar la pitillera.

TEMA 21. La Eucaristía (3)

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La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ha llevado a la Iglesia a tributar culto de latría al Santísimo Sacramento, tanto durante la liturgia de la Misa, como fuera de su celebración.

1. La presencia real eucarística

En la celebración de la Eucaristía se hace presente la Persona de Cristo —el Verbo encarnado, que fue crucificado, murió y ha resucitado por la salvación del mundo—, con una modalidad de presencia mistérica, sobrenatural, única. El fundamento de esta doctrina lo encontramos en la misma institución de la Eucaristía, cuando Jesús identificó los dones que ofrecía, con su Cuerpo y con su Sangre («esto es mi Cuerpo … esta es mi Sangre…»), es decir, con su corporeidad inseparablemente unida al Verbo y, por tanto, con su entera Persona.

Ciertamente, Cristo Jesús está presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de los fieles (cfr. Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los encarcelados (cfr. Mt 25,31-46), en los sacramentos y especialmente en la persona del ministro sacerdote. Pero, sobre todo, está presente bajo las especies eucarísticas (cfr. Catecismo, 1373).

La singularidad de la presencia eucarística de Cristo está en el hecho de que el Santísimo Sacramento contiene verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, Dios verdadero y Hombre perfecto, el mismo que nació de la Virgen, murió en la Cruz y ahora está sentado en los cielos a la diestra del Padre. «Esta presencia se denomina “real”, no a título exclusivo, como si los otras presencias non fuesen “reales”, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente» (Catecismo, 1374).

El término substancial trata de indicar la consistencia de la presencia personal de Cristo en la Eucaristía: ésta no es simplemente una “figura”, capaz de “significar” y de estimular a la mente a pensar en Cristo, presente en realidad en otro lugar, en el Cielo; ni es un simple “signo”, a través del cual se nos ofrece la “virtud salvadora” —la gracia—, que proviene de Cristo. La Eucaristía es, en cambio, presencia objetiva, del ser-en-sí (la substancia) del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, es decir, de su entera Humanidad —inseparablemente unida a la Divinidad por la unión hipostática—, aunque velada por las “especies” o apariencias del pan y del vino.

Por tanto, la presencia del verdadero Cuerpo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento «no se conoce por los sentidos, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios» (Catecismo, 1381). Esto lo expresa muy bien la siguiente estrofa del Adoro te devote: Visus, tactus, gustus, in te fallitur / Sed auditu solo tuto creditur / Credo quidquid dixit Dei Filius: / Nil hoc verbo Veritatis verius (Al juzgar de ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto / pero basta con el oído para creer con firmeza / creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios / nada es más verdadero que esta palabra de verdad).

2. La transubstanciación

La presencia verdadera, real y substancial de Cristo en la Eucaristía supone una conversión extraordinaria, sobrenatural, única. Tal conversión tiene su fundamento en las mismas palabras del Señor: «Tomad y comed: esto es mi Cuerpo… bebed todos de él, porque ésta es mi Sangre de la nueva alianza…» (Mt 26,26-28). En efecto, estas palabras se hacen realidad sólo si el pan y el vino cesan de ser pan y vino y se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, porque es imposible que una misma cosa pueda ser simultáneamente dos seres diversos: pan y Cuerpo de Cristo; vino y Sangre de Cristo.

Sobre este punto el Catecismo de la Iglesia Católica recuerda: «El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia Católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación”» (Catecismo, 1376). Sin embargo permanecen inalteradas las apariencias del pan y del vino, es decir, las “especies eucarísticas”.

Aunque los sentidos capten verdaderamente las apariencias del pan y del vino, la luz de la fe nos da a conocer que lo que realmente se contiene bajo el velo de las especies eucarísticas es la substancia del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Gracias a la permanencia de las especies sacramentales del pan, podemos afirmar que el Cuerpo de Cristo —su entera Persona— está realmente presente en el altar, o en el copón, o en el Sagrario.

3. Propiedades de la presencia eucarística

El modo de la presencia de Cristo en la Eucaristía es un misterio admirable. Según la fe católica Jesucristo está presente todo entero, con su corporeidad glorificada, bajo cada una de las especies eucarísticas, y todo entero en cada una de las partes resultantes de la división de las especies, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (cfr. Catecismo, 1377). Se trata de una modalidad de presencia singular, porque es invisible e intangible, y, además, es permanente, en el sentido de que, una vez realizada la consagración, dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas.

4. El culto a la Eucaristía

La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ha llevado a la Iglesia a tributar culto de latría (es decir, de adoración), al Santísimo Sacramento, tanto durante la liturgia de la Misa (por esto ha indicado que nos arrodillemos o nos inclinemos profundamente ante las especies consagradas), como fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas en el Sagrario (o Tabernáculo), presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión, etc. (cfr. Catecismo, 1378).

Se conserva la Sagrada Eucaristía en el Sagrario:

— principalmente para poder dar la Sagrada Comunión a los enfermos y a otros fieles imposibilitados de participar en la Santa Misa;

— además, para que la Iglesia pueda dar culto de adoración a Dios Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento (de modo especial durante Exposición de la Santísima Eucaristía, en la Bendición con el Santísimo; en la Procesión con el Santísimo Sacramento en la Solemnidad de Cuerpo y Sangre de Cristo, etc.);

— y para que los fieles puedan siempre adorar al Señor Sacramentado con frecuentes visitas. En este sentido afirma Juan Pablo II: «La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este Sacramento del Amor. No ahorremos nuestro tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y pronta a reparar las grandes culpas y delitos del mundo. No cese jamás nuestra adoración» ;

Hay dos grandes fiestas (solemnidades) litúrgicas en las que se celebra de modo especial este Sagrado Misterio: el Jueves Santo (se conmemora la institución de la Eucaristía y del Orden Sagrado) y la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo (destinada especialmente a la adoración y a la contemplación del Señor en la Eucaristía).

5. La Eucaristía, Banquete Pascual de la Iglesia

5.1. ¿Por qué la Eucaristía es el Banquete Pascual de la Iglesia?

«La Eucaristía es el Banquete Pascual porque Cristo, realizando sacramentalmente su Pascua [el paso de este mundo al Padre a través de su pasión, muerte, resurrección y ascensión gloriosa, nos entrega su Cuerpo y su Sangre, ofrecidos como comida y bebida, y nos une con Él y entre nosotros en su sacrificio» (Compendio, 287).

5.2. Celebración de la Eucaristía y Comunión con Cristo

«La Misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros» (Catecismo, 1382).

La Santa Comunión, ordenada por Cristo («tomad y comed… bebed todos de él…»: Mt 26,26-28; cfr. Mc 14,22-24; Lc 22,14-20; 1 Co 11,23-26), forma parte de la estructura fundamental de la celebración de la Eucaristía. Sólo cuando Cristo es recibido por los fieles como alimento de vida eterna alcanza plenitud de sentido su hacerse alimento para los hombres, y se cumple el memorial por Él instituido. Por esto la Iglesia recomienda vivamente la comunión sacramental a todos aquellos que participen en la celebración eucarística y posean las debidas disposiciones para recibir dignamente el Santísimo Sacramento.

5.3. Necesidad de la Sagrada Comunión

Cuando Jesús prometió la Eucaristía afirmó que este alimento no es sólo útil, sino necesario: es una condición de vida para sus discípulos. «En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53).

Comer es una necesidad para el hombre. Y, como el alimento natural mantiene al hombre en vida y le da fuerzas para caminar en este mundo, de modo semejante la Eucaristía mantiene en el cristiano la vida en Cristo, recibida con el bautismo, y le da fuerzas para ser fiel al Señor en esta tierra, hasta la llegada a la Casa del Padre. Los Padres de la Iglesia han entendido el pan y el agua que el Ángel ofreció al profeta Elías como tipo de la Eucaristía (cfr. 1 Re 19, 1-8): después de recibir el don, el que estaba agotado recupera su vigor y es capaz de cumplir la misión de Dios.

La Comunión, por tanto, no es un elemento que puede ser añadido arbitrariamente a la vida cristiana; no es necesaria sólo para algunos fieles especialmente comprometidos en la misión de la Iglesia, sino que es una necesidad vital para todos: puede vivir en Cristo y difundir su Evangelio sólo quien se nutre de la vida misma de Cristo.

El deseo de recibir la Santa Comunión debería estar siempre presente en los cristianos, como permanente debe ser la voluntad de alcanzar el fin último de nuestra vida. Este deseo de recibir la Comunión, explícito o al menos implícito, es necesario para alcanzar la salvación.

Además, la recepción de hecho de la Comunión es necesaria, con necesidad de precepto eclesiástico, para todos los cristianos que tienen uso de razón: «La Iglesia obliga a los fieles (…) a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, si es posible en tiempo pascual preparados por el sacramento de la Reconciliación» (Catecismo, 1389). Este precepto eclesiástico no es más que un mínimo, que no siempre será suficiente para desarrollar una auténtica vida cristiana. Por eso la misma Iglesia «recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días» (Catecismo, 1389).

5.4. Ministro de la Sagrada Comunión

El ministro ordinario de la Santa Comunión es el obispo, el presbítero y el diacono. Ministro extraordinario permanente es el acólito. Pueden ser ministros extraordinarios de la comunión otros fieles a los que el Ordinario del lugar haya dado la facultad de distribuir la Eucaristía, cuando se juzgue necesario para la utilidad pastoral de los fieles y no estén presentes un sacerdote, un diácono o un acólito disponibles.

«No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado “por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano”». A propósito de esta norma es oportuno considerar que la Comunión tiene valor de signo sagrado; este signo debe manifestar que la Eucaristía es un don de Dios al hombre; por esto, en condiciones normales, se deberá distinguir, en la distribución de la Eucaristía, entre el ministro que dispensa el Don, ofrecido por el mismo Cristo, y el sujeto que lo acoge con gratitud, en la fe y en el amor.

5.5. Disposiciones para recibir la Sagrada Comunión

Disposiciones del alma

Para comulgar dignamente es necesario estar en gracia de Dios. «Quien come el Pan y bebe el Cáliz del Señor indignamente —proclama san Pablo—, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues el hombre a sí mismo; y entonces coma del Pan y beba del Cáliz; pues el que sin discernir come y bebe el Cuerpo del Señor, se come y bebe su propia condenación» (1 Co 11,27-29). Por tanto, nadie debe acercarse a la Sagrada Eucaristía con conciencia de pecado mortal por muy contrito que le parezca estar, sin preceder la confesión sacramental (cfr. Catecismo, 1385).

Para comulgar fructuosamente se requiere, además de estar en gracia de Dios, un serio empeño por recibir al Señor con la mayor devoción actual posible: preparación (remota y próxima); recogimiento; actos de amor y de reparación, de adoración, de humildad, de acción de gracias, etc.

Disposiciones del cuerpo

La reverencia interior ante la Sagrada Eucaristía se debe reflejar también en las disposiciones del cuerpo. La Iglesia prescribe el ayuno. Para los fieles de rito latino el ayuno consiste en abstenerse de todo alimento o bebida (excepto el agua o medicinas) una hora antes de comulgar. También se debe procurar la limpieza del cuerpo, el modo de vestir adecuado, los gestos de veneración que manifiestan el respeto y el amor al Señor, presente en el Santísimo Sacramento, etc. (cfr. Catecismo, 1387).

El modo tradicional de recibir la Sagrada Comunión en el rito latino —fruto de la fe, del amor y de la piedad plurisecular de la Iglesia— es de rodillas y en la boca. Los motivos que dieron lugar a esta piadosa y antiquísima costumbre, siguen siendo plenamente válidos. También se puede comulgar de pie y, en algunas diócesis del mundo, está permitido — nunca impuesto— recibir la comunión en la mano.

5.6. Edad y preparación para recibir la primera Comunión

El precepto de la comunión sacramental obliga a partir del uso de razón. Conviene preparar muy bien y no retrasar la Primera Comunión de los niños: «Dejad que los niños se acerquen a Mí y no se lo impidáis, porque de éstos es el Reino de Dios» (Mc 10,14).

Para poder recibir la primera Comunión, se requiere que el niño tenga conocimiento, según su capacidad, de los principales misterios de la fe, y que sepa distinguir el Pan eucarístico del pan común. «Los padres en primer lugar, y quienes hacen sus veces, así como también el párroco, tienen obligación de procurar que los niños que han llegado al uso de razón se preparen convenientemente y se nutran cuanto antes, previa confesión sacramental, con este alimento divino».

5.7. Efectos de la Sagrada Comunión

Lo que el alimento produce en el cuerpo para el bien de la vida física, lo produce en el alma la Eucaristía, de un modo infinitamente más sublime, en bien de la vida espiritual. Pero mientras el alimento se convierte en nuestra substancia corporal, al recibir la Sagrada Comunión, somos nosotros los que nos convertimos en Cristo: «No me convertirás tú en ti, como la comida en tu carne, sino que tú te cambiarás en Mí». Mediante la Eucaristía la nueva vida en Cristo, iniciada en el creyente con el bautismo (cfr. Rm 6,3-4; Gal 3,27-28), puede consolidarse y desarrollarse hasta alcanzar su plenitud (cfr. Ef 4,13), permitiendo al cristiano llevar a término el ideal enunciado por san Pablo: «Vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

Por tanto, la Eucaristía nos configura con Cristo, nos hace partícipes del ser y de la misión del Hijo, nos identifica con sus intenciones y sentimientos, nos da la fuerza para amar como Cristo nos pide (cfr. Jn 13,34-35), para encender a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo con el fuego del amor divino que Él vino a traer a la tierra (cfr. Lc 12,49). Todo esto debe manifestarse efectivamente en nuestra vida: «Si hemos sido renovados con la recepción del cuerpo del Señor, hemos de manifestarlo con obras. Que nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios. Que nuestras acciones sean coherentes, eficaces, acertadas: que tengan ese bonus odor Christi (2 Co 2,15), el buen olor de Cristo, porque recuerden su modo de comportarse y de vivir».

Dios, por la Sagrada Comunión, acrecienta la gracia y las virtudes, perdona los pecados veniales y la pena temporal, preserva de los pecados mortales y concede perseverancia en el bien: en una palabra, estrecha los lazos de unión con Él (cfr. Catecismo, 1394-1395). Pero la Eucaristía no ha sido instituida para el perdón de los pecados mortales; esto es lo propio del sacramento de la Confesión (cfr. Catecismo, 1395).

La Eucaristía causa la unidad de todos los fieles cristianos en el Señor, es decir, la unidad de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo (cfr. Catecismo, 1396).

La Eucaristía es prenda o garantía de la gloria futura, es decir, de la resurrección y de la vida eterna y feliz junto a Dios, Uno y Trino, a los Ángeles y a todos los santos: «Cristo, que pasó de este mundo al Padre, nos da en la Eucaristía la prenda de la gloria que tendremos junto a Él: la participación en el Santo Sacrificio nos identifica con su Corazón, sostiene nuestras fuerzas a lo largo del peregrinar de esta vida, nos hace desear la Vida eterna y nos une ya desde ahora a la Iglesia del cielo, a la Santísima Virgen María y a todos los santos» (Catecismo, 1419).

Ángel García Ibáñez

TEMA 21. La Eucaristía (3)

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La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ha llevado a la Iglesia a tributar culto de latría al Santísimo Sacramento, tanto durante la liturgia de la Misa, como fuera de su celebración.

1. La presencia real eucarística

En la celebración de la Eucaristía se hace presente la Persona de Cristo —el Verbo encarnado, que fue crucificado, murió y ha resucitado por la salvación del mundo—, con una modalidad de presencia mistérica, sobrenatural, única. El fundamento de esta doctrina lo encontramos en la misma institución de la Eucaristía, cuando Jesús identificó los dones que ofrecía, con su Cuerpo y con su Sangre («esto es mi Cuerpo … esta es mi Sangre…»), es decir, con su corporeidad inseparablemente unida al Verbo y, por tanto, con su entera Persona.

Ciertamente, Cristo Jesús está presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de los fieles (cfr. Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los encarcelados (cfr. Mt 25,31-46), en los sacramentos y especialmente en la persona del ministro sacerdote. Pero, sobre todo, está presente bajo las especies eucarísticas (cfr. Catecismo, 1373).

La singularidad de la presencia eucarística de Cristo está en el hecho de que el Santísimo Sacramento contiene verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, Dios verdadero y Hombre perfecto, el mismo que nació de la Virgen, murió en la Cruz y ahora está sentado en los cielos a la diestra del Padre. «Esta presencia se denomina “real”, no a título exclusivo, como si los otras presencias non fuesen “reales”, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente» (Catecismo, 1374).

El término substancial trata de indicar la consistencia de la presencia personal de Cristo en la Eucaristía: ésta no es simplemente una “figura”, capaz de “significar” y de estimular a la mente a pensar en Cristo, presente en realidad en otro lugar, en el Cielo; ni es un simple “signo”, a través del cual se nos ofrece la “virtud salvadora” —la gracia—, que proviene de Cristo. La Eucaristía es, en cambio, presencia objetiva, del ser-en-sí (la substancia) del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, es decir, de su entera Humanidad —inseparablemente unida a la Divinidad por la unión hipostática—, aunque velada por las “especies” o apariencias del pan y del vino.

Por tanto, la presencia del verdadero Cuerpo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento «no se conoce por los sentidos, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios» (Catecismo, 1381). Esto lo expresa muy bien la siguiente estrofa del Adoro te devote: Visus, tactus, gustus, in te fallitur / Sed auditu solo tuto creditur / Credo quidquid dixit Dei Filius: / Nil hoc verbo Veritatis verius (Al juzgar de ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto / pero basta con el oído para creer con firmeza / creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios / nada es más verdadero que esta palabra de verdad).

2. La transubstanciación

La presencia verdadera, real y substancial de Cristo en la Eucaristía supone una conversión extraordinaria, sobrenatural, única. Tal conversión tiene su fundamento en las mismas palabras del Señor: «Tomad y comed: esto es mi Cuerpo… bebed todos de él, porque ésta es mi Sangre de la nueva alianza…» (Mt 26,26-28). En efecto, estas palabras se hacen realidad sólo si el pan y el vino cesan de ser pan y vino y se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, porque es imposible que una misma cosa pueda ser simultáneamente dos seres diversos: pan y Cuerpo de Cristo; vino y Sangre de Cristo.

Sobre este punto el Catecismo de la Iglesia Católica recuerda: «El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia Católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación”» (Catecismo, 1376). Sin embargo permanecen inalteradas las apariencias del pan y del vino, es decir, las “especies eucarísticas”.

Aunque los sentidos capten verdaderamente las apariencias del pan y del vino, la luz de la fe nos da a conocer que lo que realmente se contiene bajo el velo de las especies eucarísticas es la substancia del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Gracias a la permanencia de las especies sacramentales del pan, podemos afirmar que el Cuerpo de Cristo —su entera Persona— está realmente presente en el altar, o en el copón, o en el Sagrario.

3. Propiedades de la presencia eucarística

El modo de la presencia de Cristo en la Eucaristía es un misterio admirable. Según la fe católica Jesucristo está presente todo entero, con su corporeidad glorificada, bajo cada una de las especies eucarísticas, y todo entero en cada una de las partes resultantes de la división de las especies, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (cfr. Catecismo, 1377). Se trata de una modalidad de presencia singular, porque es invisible e intangible, y, además, es permanente, en el sentido de que, una vez realizada la consagración, dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas.

4. El culto a la Eucaristía

La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ha llevado a la Iglesia a tributar culto de latría (es decir, de adoración), al Santísimo Sacramento, tanto durante la liturgia de la Misa (por esto ha indicado que nos arrodillemos o nos inclinemos profundamente ante las especies consagradas), como fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas en el Sagrario (o Tabernáculo), presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión, etc. (cfr. Catecismo, 1378).

Se conserva la Sagrada Eucaristía en el Sagrario:

— principalmente para poder dar la Sagrada Comunión a los enfermos y a otros fieles imposibilitados de participar en la Santa Misa;

— además, para que la Iglesia pueda dar culto de adoración a Dios Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento (de modo especial durante Exposición de la Santísima Eucaristía, en la Bendición con el Santísimo; en la Procesión con el Santísimo Sacramento en la Solemnidad de Cuerpo y Sangre de Cristo, etc.);

— y para que los fieles puedan siempre adorar al Señor Sacramentado con frecuentes visitas. En este sentido afirma Juan Pablo II: «La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este Sacramento del Amor. No ahorremos nuestro tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y pronta a reparar las grandes culpas y delitos del mundo. No cese jamás nuestra adoración»;

Hay dos grandes fiestas (solemnidades) litúrgicas en las que se celebra de modo especial este Sagrado Misterio: el Jueves Santo (se conmemora la institución de la Eucaristía y del Orden Sagrado) y la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo (destinada especialmente a la adoración y a la contemplación del Señor en la Eucaristía).

5. La Eucaristía, Banquete Pascual de la Iglesia

5.1. ¿Por qué la Eucaristía es el Banquete Pascual de la Iglesia?

«La Eucaristía es el Banquete Pascual porque Cristo, realizando sacramentalmente su Pascua [el paso de este mundo al Padre a través de su pasión, muerte, resurrección y ascensión gloriosa, nos entrega su Cuerpo y su Sangre, ofrecidos como comida y bebida, y nos une con Él y entre nosotros en su sacrificio» (Compendio, 287).

5.2. Celebración de la Eucaristía y Comunión con Cristo

«La Misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros» (Catecismo, 1382).

La Santa Comunión, ordenada por Cristo («tomad y comed… bebed todos de él…»: Mt 26,26-28; cfr. Mc 14,22-24; Lc 22,14-20; 1 Co 11,23-26), forma parte de la estructura fundamental de la celebración de la Eucaristía. Sólo cuando Cristo es recibido por los fieles como alimento de vida eterna alcanza plenitud de sentido su hacerse alimento para los hombres, y se cumple el memorial por Él instituido. Por esto la Iglesia recomienda vivamente la comunión sacramental a todos aquellos que participen en la celebración eucarística y posean las debidas disposiciones para recibir dignamente el Santísimo Sacramento.

5.3. Necesidad de la Sagrada Comunión

Cuando Jesús prometió la Eucaristía afirmó que este alimento no es sólo útil, sino necesario: es una condición de vida para sus discípulos. «En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53).

Comer es una necesidad para el hombre. Y, como el alimento natural mantiene al hombre en vida y le da fuerzas para caminar en este mundo, de modo semejante la Eucaristía mantiene en el cristiano la vida en Cristo, recibida con el bautismo, y le da fuerzas para ser fiel al Señor en esta tierra, hasta la llegada a la Casa del Padre. Los Padres de la Iglesia han entendido el pan y el agua que el Ángel ofreció al profeta Elías como tipo de la Eucaristía (cfr. 1 Re 19, 1-8): después de recibir el don, el que estaba agotado recupera su vigor y es capaz de cumplir la misión de Dios.

La Comunión, por tanto, no es un elemento que puede ser añadido arbitrariamente a la vida cristiana; no es necesaria sólo para algunos fieles especialmente comprometidos en la misión de la Iglesia, sino que es una necesidad vital para todos: puede vivir en Cristo y difundir su Evangelio sólo quien se nutre de la vida misma de Cristo.

El deseo de recibir la Santa Comunión debería estar siempre presente en los cristianos, como permanente debe ser la voluntad de alcanzar el fin último de nuestra vida. Este deseo de recibir la Comunión, explícito o al menos implícito, es necesario para alcanzar la salvación.

Además, la recepción de hecho de la Comunión es necesaria, con necesidad de precepto eclesiástico, para todos los cristianos que tienen uso de razón: «La Iglesia obliga a los fieles (…) a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, si es posible en tiempo pascual preparados por el sacramento de la Reconciliación» (Catecismo, 1389). Este precepto eclesiástico no es más que un mínimo, que no siempre será suficiente para desarrollar una auténtica vida cristiana. Por eso la misma Iglesia «recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días» (Catecismo, 1389).

5.4. Ministro de la Sagrada Comunión

El ministro ordinario de la Santa Comunión es el obispo, el presbítero y el diacono. Ministro extraordinario permanente es el acólito. Pueden ser ministros extraordinarios de la comunión otros fieles a los que el Ordinario del lugar haya dado la facultad de distribuir la Eucaristía, cuando se juzgue necesario para la utilidad pastoral de los fieles y no estén presentes un sacerdote, un diácono o un acólito disponibles.

«No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado “por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano”». A propósito de esta norma es oportuno considerar que la Comunión tiene valor de signo sagrado; este signo debe manifestar que la Eucaristía es un don de Dios al hombre; por esto, en condiciones normales, se deberá distinguir, en la distribución de la Eucaristía, entre el ministro que dispensa el Don, ofrecido por el mismo Cristo, y el sujeto que lo acoge con gratitud, en la fe y en el amor.

5.5. Disposiciones para recibir la Sagrada Comunión

Disposiciones del alma

Para comulgar dignamente es necesario estar en gracia de Dios. «Quien come el Pan y bebe el Cáliz del Señor indignamente —proclama san Pablo—, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues el hombre a sí mismo; y entonces coma del Pan y beba del Cáliz; pues el que sin discernir come y bebe el Cuerpo del Señor, se come y bebe su propia condenación» (1 Co 11,27-29). Por tanto, nadie debe acercarse a la Sagrada Eucaristía con conciencia de pecado mortal por muy contrito que le parezca estar, sin preceder la confesión sacramental (cfr. Catecismo, 1385).

Para comulgar fructuosamente se requiere, además de estar en gracia de Dios, un serio empeño por recibir al Señor con la mayor devoción actual posible: preparación (remota y próxima); recogimiento; actos de amor y de reparación, de adoración, de humildad, de acción de gracias, etc.

Disposiciones del cuerpo

La reverencia interior ante la Sagrada Eucaristía se debe reflejar también en las disposiciones del cuerpo. La Iglesia prescribe el ayuno. Para los fieles de rito latino el ayuno consiste en abstenerse de todo alimento o bebida (excepto el agua o medicinas) una hora antes de comulgar. También se debe procurar la limpieza del cuerpo, el modo de vestir adecuado, los gestos de veneración que manifiestan el respeto y el amor al Señor, presente en el Santísimo Sacramento, etc. (cfr. Catecismo, 1387).

El modo tradicional de recibir la Sagrada Comunión en el rito latino —fruto de la fe, del amor y de la piedad plurisecular de la Iglesia— es de rodillas y en la boca. Los motivos que dieron lugar a esta piadosa y antiquísima costumbre, siguen siendo plenamente válidos. También se puede comulgar de pie y, en algunas diócesis del mundo, está permitido — nunca impuesto— recibir la comunión en la mano.

5.6. Edad y preparación para recibir la primera Comunión

El precepto de la comunión sacramental obliga a partir del uso de razón. Conviene preparar muy bien y no retrasar la Primera Comunión de los niños: «Dejad que los niños se acerquen a Mí y no se lo impidáis, porque de éstos es el Reino de Dios» (Mc 10,14).

Para poder recibir la primera Comunión, se requiere que el niño tenga conocimiento, según su capacidad, de los principales misterios de la fe, y que sepa distinguir el Pan eucarístico del pan común. «Los padres en primer lugar, y quienes hacen sus veces, así como también el párroco, tienen obligación de procurar que los niños que han llegado al uso de razón se preparen convenientemente y se nutran cuanto antes, previa confesión sacramental, con este alimento divino».

5.7. Efectos de la Sagrada Comunión

Lo que el alimento produce en el cuerpo para el bien de la vida física, lo produce en el alma la Eucaristía, de un modo infinitamente más sublime, en bien de la vida espiritual. Pero mientras el alimento se convierte en nuestra substancia corporal, al recibir la Sagrada Comunión, somos nosotros los que nos convertimos en Cristo: «No me convertirás tú en ti, como la comida en tu carne, sino que tú te cambiarás en Mí». Mediante la Eucaristía la nueva vida en Cristo, iniciada en el creyente con el bautismo (cfr. Rm 6,3-4; Gal 3,27-28), puede consolidarse y desarrollarse hasta alcanzar su plenitud (cfr. Ef 4,13), permitiendo al cristiano llevar a término el ideal enunciado por san Pablo: «Vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

Por tanto, la Eucaristía nos configura con Cristo, nos hace partícipes del ser y de la misión del Hijo, nos identifica con sus intenciones y sentimientos, nos da la fuerza para amar como Cristo nos pide (cfr. Jn 13,34-35), para encender a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo con el fuego del amor divino que Él vino a traer a la tierra (cfr. Lc 12,49). Todo esto debe manifestarse efectivamente en nuestra vida: «Si hemos sido renovados con la recepción del cuerpo del Señor, hemos de manifestarlo con obras. Que nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios. Que nuestras acciones sean coherentes, eficaces, acertadas: que tengan ese bonus odor Christi (2 Co 2,15), el buen olor de Cristo, porque recuerden su modo de comportarse y de vivir».

Dios, por la Sagrada Comunión, acrecienta la gracia y las virtudes, perdona los pecados veniales y la pena temporal, preserva de los pecados mortales y concede perseverancia en el bien: en una palabra, estrecha los lazos de unión con Él (cfr. Catecismo, 1394-1395). Pero la Eucaristía no ha sido instituida para el perdón de los pecados mortales; esto es lo propio del sacramento de la Confesión (cfr. Catecismo, 1395).

La Eucaristía causa la unidad de todos los fieles cristianos en el Señor, es decir, la unidad de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo (cfr. Catecismo, 1396).

La Eucaristía es prenda o garantía de la gloria futura, es decir, de la resurrección y de la vida eterna y feliz junto a Dios, Uno y Trino, a los Ángeles y a todos los santos: «Cristo, que pasó de este mundo al Padre, nos da en la Eucaristía la prenda de la gloria que tendremos junto a Él: la participación en el Santo Sacrificio nos identifica con su Corazón, sostiene nuestras fuerzas a lo largo del peregrinar de esta vida, nos hace desear la Vida eterna y nos une ya desde ahora a la Iglesia del cielo, a la Santísima Virgen María y a todos los santos» (Catecismo, 1419).

Ángel García Ibáñez

Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 1373-1405.

Juan Pablo II, Enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003, 15; 21-25; 34-46.

Benedicto XVI, Ex. Ap. Sacramentum caritatis, 22-II-2007, 14-15; 30-32; 66-69.

Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis Sacramentum, 25-III-2004, 80-107; 129-145; 146-160.

Lecturas recomendadas

San Josemaría, Homilía En la fiesta del Corpus Christi, en Es Cristo que pasa, 150-161.

J. Ratzinger, La Eucaristía centro de la vida. Dios está cerca de nosotros, Edicep, Valencia 2003, pp. 11-27; 81-102; 103-128.

J. Echevarría, Eucaristía y vida cristiana, Rialp, Madrid 2005, pp. 17-47; 81-116; 117-151.

J.R. Villar – F.M. Arocena – L. Touze, Eucaristía, en C. Izquierdo (dir.), Diccionario de Teología, Eunsa, Pamplona 2006, pp. 360-361; 366-370.


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