«La alegría no nace sola»

testimonio  Tagged , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Margarita es una madre de familia que vive en San Fernando (España). Conoció el Opus Dei en 1952 a través de su novio, que hoy es su marido y trabaja en una fábrica.

–¿Le resulta fácil eso de santificar el trabajo?

–A mí me parece que buscar la santidad no es una tarea fácil. Es verdad que en el Opus Dei te ayudan continuamente en el terreno espiritual, y por eso no te encuentras sola, sin fuerzas… Ahora mismo tengo problemas con los hijos, con distintas enfermedades, y además problemas económicos. Lo importante es que he aprendido a darme cuenta de que Dios me busca ahí, en esas circunstancias concretas. Y me proporciona una enorme serenidad y alegría saber que Dios me busca en ese momento y que no estoy nunca sola… A veces no comprendo cómo puedo resistir tanto, pero esto no nos debía extrañar, porque es Dios quien nos da las fuerzas. Y así sale todo adelante, la casa, los niños, el matrimonio.

–Me tengo que quebrar bastante la cabeza para salir adelante… La verdad es que vivimos con bastantes dificultades. A fin de mes tengo que hacer auténticos milagritos… y me las veo y me las deseo para estar a la altura de la situación. Tengo cuatro hijos y un sobrino que vive siempre con nosotros. A veces, cuando veo los equilibrios que hay que hacer con el dinero, me entran ganas de buscarme un trabajo, lo que sea… Pero mi marido me dice: «Vamos a ver: piensa lo que tú ganas si te quedas en casa; mira todo lo que ahorramos… ». Y tiene razón. Poco a poco vamos prescindiendo hasta de lo imprescindible. Incluso del peluquero, porque ahora les corto yo el pelo a todos… Parece una tontería, pero a la larga vas ahorrando bastante. La pobreza tiene que ser algo muy personal, vivido en pequeños detalles. Los niños ayudan mucho en este aspecto…, lo aprovechan todo al máximo.

–¿Qué virtud de las que le aconsejan en el Opus Dei le parece más característica?

–Creo que una de las más características es la alegría. Esos siete años en que mi Rafa estuvo entre la vida y la muerte constantemente fueron muy penosos… Los dos estábamos destrozados y el sacerdote nos repetía que no podíamos perder la alegría… Esto no lo podía entender… Hasta que poco a poco lo fui entendiendo… Cuando mi marido regresaba de la fábrica, yo me arreglaba, le contaba todas las cosas graciosas que se me ocurrían para evitar que me hablara todo el tiempo del niño… Con la enfermedad de Rafa fuimos aprendiendo los dos a conservar la alegría en las dificultades. Los médicos no nos daban ninguna esperanza de vida… Durante años estuvimos esperando el final de un momento a otro. Y creo que puedo decir que incluso en esos momentos se puede ser cordial y tener serenidad… Nosotros tuvimos que estar años y años sin salir ni un solo día. En casa, desde luego, nos falta de todo, pero nos sobra el buen humor a toda la familia… Claro que la alegría no nace sola, ni es algo espontáneo… Pienso que es fruto de la oración personal. Es lo único que te puede mantener cuando llegan momentos en los que no se puede más. Para una persona que quiera acercarse a Dios me parece fundamental la vida de oración… ¡Fundamental!… Porque nada tendría sentido sin oración… ni el trabajo, ni nada. Además, la oración es necesaria para todo. Incluso para educar a nuestros hijos hace falta mucha oración. Llega un momento en que los niños empiezan a tener problemas, y no se les entiende… Pero si se reza por ellos y se ofrecen a Dios las mortificaciones y dificultades de cada día, ¿por qué tener miedo? Muchas veces pienso que nuestros hijos tienen derecho, sobre todo, a nuestra oración y a nuestra mortificación… Si rezáramos más y nos preocupáramos más de ellos, no pasaría lo que pasa a veces. Hay que conocer el ambiente en el que se desenvuelven, conocer sus amistades…

Cada cual vive su propia vida

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

La pregunta va dirigida a Mons. del Portillo: ¿Cómo funciona la relación entre el Opus Dei como institución y cada uno de sus miembros?

«Los miembros del Opus Dei se comprometcn a procurar alcanzar la santidad y a difundirla desde el lugar que cada uno ocupa en el mundo, por medio de su trabajo profesional y de sus ocupaciones cotidianas. Para cumplir este compromiso, tienen el derecho de que la Prelatura les ayude a través de una continua y exigente asistencia espiritual. Esta formación se recibe personalmente, o en grupos reducidos, por medio de clases, charlas, retiros espirituales, etc.».

»Cada uno vive –añadía después– donde Su situación familiar, laboral, etc., le aconseje. Y se organiza libremente su existencia y su propio trabajo profesional, en el que los Directores de la Obra no intervienen ni interfieren».

Al  preguntar al Prelado del Opus Dei si los miembros de la Prelatura reciben detcrminadas orientaciones o ayudas de orden político, económico, social, etc., la respuesta es rápida, inmediata: «No, eso ya lo sabe todo el mundo y lo hemos repetido mil veces. Cada uno elige el trabajo que desea y lo desempeña con absoluta libertad. (…) Por lo que se refiere a apoyos, ayudas, etc., le aseguro tajantemente que no se han dado ni se darán. Si alguno intentara servirse de la Prelatura para medrar, el organismo del Opus Dei detcctaría ese cuerpo extraño y lo expulsaría enseguida, sin mayores miramientos».

A la vez que insiste en la plena libertad de cada miembro del Opus Dei, y en la finalidad exclusivamente espiritual de la Prelatura, Mons. del Portillo subraya también el contenido ético, moral, del trabajo que cada uno desarrolla: «Para venir a la Prelatura se debe ejercitar un trabajo honrado; y la formación doctrinal y ascética que se recibe en el Opus Dei ayuda a realizar esa tarea cada vez con mayor lealtad a la sociedad, con deseos y realidades de servicio a los demás, dejando de lado todo egoísmo, cualquier injusticia. Sin esas bases, sería ingenuo o hipócrita hablar de santificar el trabajo y santificarse en el trabajo».

Una batería de preguntas

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Con técnica periodística, Covadonga O’Shea compuso hace unos años una batería de preguntas y respuestas breves, ciñéndose en todo momento a las palabras de Mons. Escrivá de Balaguer, quien, como decía mi amigo el periodista andaluz, ha contestado ya, con luz y taquígrafos, a todo lo que se quiera saber sobre la Obra.

–¿Qué se propone el Opus Dei?

« El Opus Dei se propone promover entre personas de todas las clases de la sociedad el deseo de la perfección cristiana en medio del mundo. Es decir, el Opus Dei pretcnde ayudar a todas las personas que viven en el mundo –al hombre corriente, al hombre de la calle–, a llevar una vida plenamente cristiana, sin modificar su modo normal de vida, ni su trabajo ordinario, ni sus ilusiones y afanes».

–Si tuviera que resumir en pocas palabras la doctrina del Opus Dei, ¿qué diría?

«Que desde 1928 mi predicación ha sido que la santidad no es cosa para privilegiados, que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, porque el quicio de la espiritualidad específica del Opus Dei es la santificación del trabajo ordinario».

–¿Podría explicarnos qué entiende usted por santificar el trabajo?

«Al recordar a los cristianos las palabras maravillosas del Génesis –que Dios creó al hombre para que trabajara–, nos hemos fijado en el ejemplo de Cristo, que pasó la casi totalidad de su vida terrena trabajando como un artesano en una aldea. Amamos ese trabajo humano que Él abrazó como condición de vida, cultivó y santificó. Vemos en el trabajo –en la noble fatiga creadora de los hombres– no sólo uno de los más altos valores humanos, medio imprescindible para el progreso de la sociedad y el ordenamiento cada vez más justo de las relaciones entre los hombres, sino también un signo del amor de Dios a sus criaturas y del amor de los hombres entre sí y a Dios: un medio de perfección, un camino de santidad».

–¿De qué ambientes provienen los miembros del Opus Dei?

«Pertenecen de hecho al Opus Dei, en España y en todo el mundo, personas de todas las condiciones sociales: hombres y mujeres, viejos y jóvenes, obreros, industriales, empleados, campesinos, personas que ejercen profesiones liberales, etc. La vocación la da Dios, y para Dios no hay acepción de personas».

–¿Qué da el Opus Dei a sus miembros?

«La actividad principal del Opus Dei consiste en dar a sus miembros, y a las personas que lo deseen, los medios espirituales necesarios para vivir como buenos cristianos en medio del mundo. Les hace conocer la doctrina de Cristo, las enseñanzas de la Iglesia; les proporciona un espíritu que mueve a trabajar bien por amor de Dios y en servicio de todos los hombres. Se trata, en una palabra, de comportarse como cristianos: conviviendo con todos, respetando la legítima libertad de todos y haciendo que este mundo nuestro sea más justo».

–¿A qué se dedican las personas que se incorporan al Opus Dei?

«Cada uno de los miembros se gana la vida y sirve a la sociedad con la profesión que tenía antes de venir al Opus Dei, y que ejercería si no perteneciese a la Obra. Así, unos son mineros, otros enseñan en Escuelas o Universidades, otros son comerciantes, amas de casa, secretarias, campesinos. No hay ninguna actividad humana noble que no pueda ejercer un miembro del Opus Dei ».

–¿Qué intervención tiene el Opus Dei en su trabajo?

«Toda la actuación de los Directores del Opus Dei se basa en un exquisito respeto de la libertad profesional de los miembros: éste es un punto de importancia capital, del cual depende la existencia misma de la Obra, y que, por tanto, se vive con fidelidad absoluta».

–Aunque exista esta libertad, ¿el pertenecer al Opus Dei no influirá, aunque sea indirectamente, en las decisiones profesionales de los miembros de la Obra? Nos referimos especialmente a los que ocupan puestos destacados en la economía, en la vida cultural o en la política de sus respectivos países.

«En modo alguno. El Opus Dei no interviene para nada en política; es absolutamente ajeno a cualquier tendencia, grupo o régimen político, económico, cultural o ideológico. Sus fines –repito– son exclusivamente espirituales y apostólicos. De sus miembros exige sólo que vivan en cristiano.

»El respeto de la libertad de sus miembros es condición esencial de la vida misma del Opus Dei. Sin él no vendría nadie a la Obra. Es más. Si se diera alguna vez –no ha sucedido, no sucede y, con la ayuda de Dios, no sucederá jamás– una intromisión del Opus Dei en la política o en algún otro campo de las actividades humanas, el primer enemigo de la Obra seria yo ».

–¿Por qué no se dan a conocer públicamente los miembros de la Obra?

«Porque son fieles corrientes, iguales a los demás: al adscribirse al Opus Dei no cambian de estado. Les repugnaría llevar un cartel en la espalda que diga: “Que conste que estoy dedicado al servicio de Dios”. Esto no sería laical ni secular. Pero quienes tratan y conocen a los miembros del Opus Dei saben que forman parte de la Obra, aunque no lo pregonen, porque tampoco lo ocultan».

Podríamos terminar aquí el capítulo, pero vale la pena completarlo con unas palabras del Cardenal Luciani –escritas poco antes de ser elegido Papa– y con tres testimonios vivos que confirman, cada uno a su modo, todo lo que venimos diciendo.

Nuevos miembros

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Vargas no se limitó a asistir a los círculos; pronto solicitó pertenecer al Opus Dei. Le siguió Jenaro Lázaro, artista que se ganaba la vida trabajando para los ferrocarriles, a quién Escrivá había conocido a través de los Filipenses. Unas semanas más tarde José María González Barredo también pasó a formar parte del Opus Dei. Escrivá se había fijado en Barredo en 1931 cuando celebraba Misa en la iglesia del Patronato de Enfermos. Le había pedido que rezara por una intención suya. La intención era que Dios concediera a Barredo la vocación a la Obra. Cuando se conocieron, Barredo ya había terminado los estudios de Química y hacía el doctorado en la Universidad. Poco después aceptó un puesto de profesor de ciencias en un colegio de la provincia de Jaén, y Escrivá le perdió la pista.

En febrero de 1933 Barredo regresó a Madrid para trabajar en su tesis doctoral en el Rockefeller Institute. Un día vio a Escrivá por la calle e intentó evitar el encuentro; temía que le pidiera que participara en alguna actividad parroquial o algo no relacionado con su trabajo profesional. Él quería servir a Dios, pero deseaba también seguir con su profesión. Escrivá se acercó a saludarle e insistió en que debían hablar. Cuando se reunieron para charlar, esa misma tarde, Barredo se dio cuenta de que lo que Escrivá le decía sobre el Opus Dei, tal y como lo describía, era lo que él había estado buscando sin saberlo.

El joven químico se sintió fuertemente atraído por el Opus Dei, pero no quería tomar una decisión tan importante para su vida sin aconsejarse convenientemente, así que propuso consultar a un religioso que conocía; Escrivá aceptó de buen grado. Aquel buen sacerdote intentó disuadirle de formar parte de algo que apenas se estaba poniendo en marcha. “Después de todo”, le dijo, “es mejor trabajar en una biblioteca ya instalada que en una que acaba de abrirse”. Barredo ponderó el comentario y le pareció que no era una objeción de peso. Lo esencial era que la Obra fuera lo que Dios quería para él. También desde un punto de vista puramente humano, al organizar “la biblioteca” uno contribuía a la tarea de muchos que llegarían más tarde. Barredo volvió a visitar a Escrivá el 11 de febrero de 1933, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes y pidió la admisión al Opus Dei.

En otoño de 1933 llegó otra vocación. Escrivá conoció a Ricardo Fernández Vallespín el 14 de mayo de 1933. Vallespín, brillante estudiante de Arquitectura, daba clases particulares a José Romeo en su casa un día en que Escrivá pasó a visitarle. Aunque aquel primer encuentro fue breve, dejó una profunda impresión en Vallespín, quien escribió en su diario: “hoy he conocido un sacerdote, muy joven, entusiasta y lleno de amor de Dios, que –no se por qué- pienso que va a tener una influencia grande en mi vida”[1].

Escrivá y Vallespín se volvieron a ver unas pocas semanas después. Dos de los hermanos de Vallespín estaban encarcelados por delitos políticos, así que le llamó la atención el hecho de que Escrivá hablara de “cosas del espíritu” y no de política. Antes de marcharse Escrivá le regaló un libro sobre la Pasión del Señor. En la página en blanco al comienzo del libro, escribió la dedicatoria: “Madrid. 29-V-33. Que busques a Cristo. Que encuentres a Cristo. Que ames a Cristo”[2]. Aquel verano apenas pudieron verse ya que Vallespín estaba muy ocupado con otras cosas.

Hacia el final del verano Vallespín tuvo que guardar cama por un severo ataque de reuma. En cuanto se recuperó habló varias veces con Escrivá. El 4 de octubre Escrivá le explicó el Opus Dei, destacando su origen divino y el hecho de que no era una respuesta a la difícil situación de la Iglesia en España, sino algo llamado a cumplir una misión por todo el mundo y que duraría a través de los siglos. Para desempeñar esta misión, Escrivá insistía en que el Opus Dei necesitaba gente enamorada de Cristo que santificara su trabajo y se clavara en la cruz de Cristo en medio del mundo.

Vallespín era católico practicante, aunque no particularmente piadoso. En ningún momento de su vida había recibido la Sagrada Comunión tres días seguidos. Sin embargo, las palabras de Escrivá le afectaron profundamente. Hasta entonces nunca había pensado en entregarse del todo a Dios, pero ahora, como recordaría años después, se limitó a decir “yo quiero ser de eso”[3], ya que no recordaba el nombre de “Obra de Dios.” Vargas, Barredo y Vallespín perseveraron en el Opus Dei, y fueron -junto con Zorzano y el propio Escrivá- el núcleo inicial de la Obra en los años siguientes.

[1] AGP P01 1977 p. 731

[2] Ana Sastre. Ob. cit. p. 152

[3] Ibid. p. 155

Somoano y las conferencias de los lunes

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El 2 de enero de 1932 don Lino Vea Murguía llevó a Escrivá a conocer a un amigo suyo, don José María Somoano, joven capellán del Hospital del Rey. Para preparar la visita, Escrivá pidió a varias personas que rezaran y ofrecieran sacrificios por una intención suya. En cuanto le explicó el Opus Dei Somoano pidió ser admitido. Somoano escribió en su diario un breve resumen del encuentro: “Me entusiasmó. Le prometí ‘enchufes’ –enfermos orantes- para la Obra de Dios. Yo, entusiasmado. Dispuesto a todo”[1]. Somoano confió a uno de los enfermos que se había sentido tan feliz que no pudo dormir aquella noche.

Inmediatamente, Somoano empezó a pedir a los pacientes del hospital que rezaran y ofrecieran sus sufrimientos por una intención muy especial. Una joven llamada María Ignacia García Escobar, enferma de tuberculosis, se sintió tan impresionada por la alegría y entusiasmo de Somoano que anotó en su diario lo que le había dicho: “María: hay que pedir mucho por una intención, que es para bien de todos. Esta petición no es de días; es un bien universal que necesita oraciones y sacrificios, ahora, mañana, y siempre. Pida sin descanso le digo, es muy hermoso”[2].

Antes de que terminara la semana, Somoano descubrió una nueva vocación para el Opus Dei, su amigo Jose María Vegas, un sacerdote dinámico y optimista de la dioceses de Madrid, de treinta años de edad. Al igual que Somoano, en cuanto descubrió el Opus Dei pidió ser admitido.

El lunes 22 de febrero de 1932 se reunieron por primera vez lo seis sacerdotes que pertenecían al Opus Dei. Estos encuentros periódicos serían llamados por Escrivá las Conferencias de los Lunes. En estas reuniones les explicaba con más detalle la naturaleza de la vocación a la Obra y estrechaba relaciones entre los participantes. Solían hablar de futuras empresas apostólicas y soñaban con el día en el que el Opus Dei empezaría su actividad externa. Escrivá creía que ese día no estaba muy lejos. En febrero de 1932 escribió en sus cuadernos: “Jesús, veo que tu Obra puede comenzar pronto”[3].

A pesar de lo reducido del grupo, de su falta de actividad externa, e incluso de una sede propia, las Conferencias de los Lunes eran vibrantes y entusiastas. Los participantes salían de ellas cargados con la fe de Escrivá en el futuro de la Obra. María Ignacia Escobar observó que cuando Somoano “volvía los lunes de asistir a las reuniones espirituales de nuestra Obra, solamente al mirarle se le notaba lo contento y satisfecho que venía, y el cuadernito donde conservaba los apuntes de las meditaciones y demás cositas de ésta, era su joya más preciada”[4]. Sin embargo, a la mayoría de los participantes no les resultaba fácil entender lo que Escrivá les explicaba. Aunque estaban entusiasmados, no entendían del todo el mensaje.

[1] José Miguel Cejas. JOSÉ MARÍA SOMOANO. EN LOS COMIENZOS DEL OPUS DEI. Ediciones Rialp 1996. p. 130

[2] Ibid. p. 134

[3] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 445

[4] Ibid. p. 455

Artículo del cardenal Albino Luciani

fundador  Tagged , , , , , No Comments »

“Buscar a Dios en el trabajo cotidiano”. Artículo del Cardenal Albino Luciani. (“Gazzettino di Venezia”, 25-VII-1978). El Cardenal Luciani, futuro Papa Juan Pablo I, escribe sobre el espíritu que difundió san Josemaría: santificar el trabajo, responder a la llamada universal a la santidad de todo cristiano.

Gazzettino di Venezia, 25-VII-1978

En 1941 el español Víctor García Hoz, después de confesarse, escuchó que le decían: “Dios te llama por caminos, de contemplación”. Se quedó pasmado. Siempre había escuchado decir que la “contemplación” era una cosa para santos encaminados a la vida mística, cumbre asequible sólo a unos pocos elegidos, gente en la mayoría de los casos retirada del mundo. “Yo, en cambio —escribe Hoz— en aquellos años estaba casado, con dos o tres hijos entonces y esperando, como ocurrió en realidad, la llegada de más hijos, teniendo que trabajar para sacar adelante la familia”.

¿Quién era entonces aquel confesor revolucionario, que dejaba de lado las barreras tradicionales, señalando metas místicas incluso a los casados? Era Josemaría Escrivá de Balaguer, un sacerdote español fallecido en Roma en 1975 a los setenta y tres años. Conocido sobre todo por ser el fundador del Opus Dei, asociación difundida en todo el mundo de la cual los diarios se ocuparon a menudo, pero con muchas imprecisiones. ¿Qué hacen realmente, quiénes son, los miembros del Opus Dei? El mismo fundador lo ha dicho: ‘Somos —ha declarado en 1967— un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión, un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo; y la gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas, que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares”.

En palabras más modestas las “realidades más vulgares” el trabajo que nos toca hacer cada día; los “brillos divinos que reverberan” son la vida santa que hemos de sacar adelante. Escrivá de Balaguer, con el Evangelio, decía continuamente: “Cristo no nos pide un poco de bondad, sino mucha bondad. Pero quiere que lleguemos a ella no a través de acciones extraordinarias, sino con acciones comunes, aunque el modo de ejecutar tales acciones no debe ser común”.

Allí nel bel mezzo della strada, en la oficina, en la fábrica, nos hacemos santos a poco que hagamos el propio deber con competencia, por amor de Dios, y alegremente, de manera que el trabajo cotidiano se convierta no en una “tragedia cotidiana”, sino en la “sonrisa cotidiana”.

Cosas parecidas había enseñado más de trescientos años atrás San Francisco de Sales. Desde el púlpito un predicador había quemado públicamente el libro en el cual el santo explicaba que, con ciertas condiciones, el baile podía ser lícito y, hasta contenía un capítulo entero dedicado a “la honestidad del lecho matrimonial”. Escrivá de Balaguer supera en muchos aspectos a Francisco de Sales. Este, también propugna la santidad para todos, pero parece enseñar solamente una “espiritualidad de los laicos” mientras Escrivá quiere una “espiritualidad laical”. Es decir, Francisco sugiere casi siempre a los laicos los mismos medios practicados por los religiosos con las adaptaciones oportunas. Escrivá es más radical: habla directamente de “materializar” —en buen sentido— la santificación. Para él, es el mismo trabajo material, lo que debe transformarse en oración y santidad.

El legendario Barón de Münchausen narraba la leyenda de una liebre monstruosa, que tenía dos series de patas: cuatro debajo del vientre, cuatro sobre la espalda. Perseguidos por los cazadores, y sintiéndose casi alcanzado, se daba vuelta, continuando la carrera con las patas frescas. Para el fundador del Opus Dei es monstruosa la vida de los cristianos que desean una doble serie de acciones: una hecha de oraciones a Dios, la otra de trabajo, de diversiones, de vida familiar para sí mismos. No, dice Escrivá, la vida es única, debe ser santificada por entero. Por eso habla de espiritualidad “materializada”.

Y habla también de un justo y necesario “anticlericalismo” en el sentido de que los laicos no deben apropiarse de los métodos y oficios de los sacerdotes y de los frailes, y viceversa. Creo que él había heredado este “anticlericalismo” de sus progenitores, especialmente de su padre, un caballero a toda prueba, trabajador, cristiano ferviente, enamoradísimo de su mujer y siempre sonriente. “Lo recuerdo siempre sereno —escribió su hijo— a él le debo la vocación… Por eso soy “paternalista”. Otro impulso “anticlerical” le vino probablemente de las investigaciones hechas para su tesis doctoral en derecho canónico sobre el monasterio femenino cisterciense de Las Huelgas, cerca de Burgos. Allí, la abadesa era al mismo tiempo señora, superiora, prelado, gobernador temporal del monasterio, del hospital, de los conventos, iglesias y aldeas dependientes con jurisdicción y poderes reales y cuasi episcopales. Un monstrum también por los múltiples encargos contrapuestos y sobrepuestos. Así acumulados, estos trabajos no eran adecuados para hacer —como quería Escrivá— trabajos de Dios. Porque —decía— ¿como puede ser un trabajo “de Dios” si está mal hecho, de prisa y sin competencia? Un albañil, un arquitecto, un médico, un profesor, ¿cómo puede ser santo si no es también, en lo que de él depende, un buen albañil, un buen arquitecto, un buen médico, un buen profesor? En la misma línea escribía Gilson en 1949: “Nos dicen que ha sido la fe la que construyó las catedrales en la Edad Media; de acuerdo… pero también la geometría tiene su parte”. Fe y geometría, fe y trabajo hecho con competencia para Escrivá caminan tomados del brazo: son las dos alas de la santidad.

Francisco de Sales confió sus teorías a los libros. Escrivá hizo otro tanto pero utilizando sólo fragmentos de tiempo. Si le venia de improviso una idea o frase significativa, sin interrumpir la conversación, sacaba del bolsillo una pequeña agenda y escribía rápidamente una palabra, media línea, que más tarde utilizaría para el libro.

A la propagación de su gran proyecto de espiritualidad, además de sus muy difundidos libros, dedicó una actividad tenacísima y organizó la asociación Opus Dei. “Dad un clavo a un aragonés —dice el proverbio— y lo clavará con su cabeza”. Pues bien “yo soy aragonés —escribió— es necesario ser tenaces”. No perdía un minuto de tiempo. En España, antes, durante y después de la Guerra Civil, pasaba de las lecciones dadas a los universitarios a cocinar, a limpiar los pisos, a hacer las camas, a atender a los enfermos. “Yo tengo sobre mi conciencia —y con orgullo lo digo— el haber dedicado muchos, muchos millares de horas a confesar niños en las barriadas pobres de Madrid. Venían con los moquitos hasta la boca. Había que empezar limpiándoles la nariz antes de limpiarles un poco aquellas pobres almas”. Así ha escrito, demostrando que “la sonrisa diaria” la vivía de verdad. Ha escrito también “me iba a la cama muerto de cansancio. Al levantarme, todavía cansado, por la mañana, me decía: ‘Josemaria, antes de almorzar dormirás un poco’. Y cuando salía a la calle, añadía contemplando el panorama de trabajo que se me echaba encima aquel día: ‘Josemaría te he engañado otra vez’ “.

Pero su gran trabajo, fue fundar y continuar el Opus Dei. El nombre vino por casualidad. “Es necesario trabajar duro: ésta es una obra de Dios”, le dijo uno. “Este es el nombre justo —pensó—, obra no mía, sino de Dios, Opus Dei”. Esta obra creció bajo sus ojos hasta extenderse a todos los continentes: empezó entonces el trabajo de sus viajes intercontinentales para las nuevas fundaciones y para las conferencias. La extensión, el número y la calidad de los miembros del Opus Dei han hecho pensar en alguna mira de poder, en la férrea obediencia de los gregarios. Lo contrario es lo verdadero: existe sólo el deseo de hacer santos, pero con alegría, con espíritu de servicio y con gran libertad.

“Somos ecuménicos Santo Padre, pero no hemos aprendido el ecumenismo de su Santidad”, se permitió un día decir Escrivá al Papa Juan. Este sonrió: sabía que desde 1950 el Opus Dei tenía el permiso de Pío XII de recibir, como cooperadores asociados a los no católicos y a los no cristianos.

Escrivá fumaba siendo estudiante. Al ingresar al seminario, le regaló las pipas y el tabaco al portero y no fumó nunca más. Pero el día en que fueron ordenados los tres primeros sacerdotes del Opus Dei dijo: “Yo no fumo; vosotros tres tampoco; —y dirigiéndose a Don Álvaro— tienes que fumar tú, porque, si no, vuestros hermanos podrían pensar que no está bien el tabaco, y quiero que los demás no se sientan coaccionados en esto y fumen si les da la gana”. Sucede alguna vez que alguno de los miembros —a quienes el Opus Dei únicamente ayuda a tomar responsablemente opciones libres— asciende a algún cargo importante, Esto es asunto suyo, no del Opus Dei. Cuando en 1957 una alta personalidad envió a Escrivá sus felicitaciones porque un socio habla sido nombrado ministro en España, obtuvo esta respuesta más bien seca: “Qué me importa a mí que sea ministro o barrendero? Lo que me importa es que se santifique con su trabajo”.

En esta respuesta está todo Escrivá y el espíritu del Opus Dei: que uno se santifique con su trabajo; aunque sea de ministro.., si ha sido puesto en ese cargo, que se santifique de verdad. El resto importa poco.

El trabajo en CAMINO.

Camino  Tagged , , , , , , No Comments »

12 Rafael Alvira

He leído Camino desde mi niñez. Fue el primer escrito que conocí del Fundador del Opus Dei, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. Luego, he tenido ocasión de leer otros muchos textos suyos, de muy diferentes estilos, y tuve también la oportunidad de escucharle múltiples veces. La doctrina del Siervo de Dios Mons. Escrivá de Balaguer acerca del trabajo, tan profunda y universal, aparece ya —en lo esencial— condensada a lo largo de las páginas de ese libro, hoy ya un clásico.

Si para entender a cualquier autor —y cualquier texto— es preciso vibrar al menos mínimamente con él —la simpatía— y encuadrar cada afirmación en el conjunto de su doctrina —el arte interpretativo—, esto se aplica particularmente con Camino, por ser su forma de dirigirse al lector muy directa y sus desarrollos explicativos breves. La obra pretende suscitar acciones y hábitos que enraícen profundamente, mediante el método de incitar a un inmediato examen de conciencia y a un no menos inmediato encuentro con Dios. Por ello, no despliega sistemáticamente una doctrina, pero la presupone. En concreto, y como ya he apuntado, es de una gran riqueza en lo referente al trabajo, tema al que dedico estas breves consideraciones.

La particular insistencia de Mons. Escrivá de Balaguer en el valor del trabajo tiene una profunda relación con su apasionado amor al mundo y con la consiguiente afirmación de la necesidad de santificarlo.

¿Qué significa amar al mundo? Si es común en los clásicos decir que en el hombre anida un desiderium Dei, un deseo de Dios, ello se debe a que aún no se ha identificado con El. Se desea lo que no se tiene. Desear es señal de distancia. Esa distancia, desde el punto de vista de la acción, significa que ha de realizar un trabajo, una acción prolongada para alcanzar el fin. La acción prolongada hacia algo se mide por un tiempo. Hay una conexión entre el deseo y el tiempo, que se realiza a través del trabajo. Un deseo que no fuese eficaz, que no llevase a cabo acciones, o que las llevase a cabo en forma que no alcanzase el fin, sería en cuanto tal intemporal o, mejor, habría «matado el tiempo».

El deseo quiere la unión. El deseo de Dios, la unión con Él. El deseo del mundo, la unión con el mundo. Así como es característico de los religiosos el fomentar el deseo de Dios, y el negar el deseo del mundo —aunque vivan en él—, es lo característico de la doctrina de Mons. Escrivá de Balaguer el aceptar ambos deseos. Como consecuencia, acepta los trabajos y los tiempos correspondientes. De ahí que cuando se refiera a la santificación del trabajo, añada muchas veces el adjetivo ordinario —trabajo ordinario—, pues se trata del trabajo relativo a las cosas de este mundo. Y de ahí también la importancia —cualitativa y cuantitativa— concedida al tiempo de trabajo ordinario.

Si el mundo es sólo lo que me distrae de Dios, desearlo sería pecado, y Dios lo habría creado sólo para que el hombre se endureciese en la renuncia. Si no es así, si el mundo puede ser deseado, esto se puede interpretar al menos de dos maneras. Una consiste en sostener que lo puedo desear mientras no ofenda a Dios. Desde esta perspectiva se desarrolla una moral del «hasta dónde puedo llegar», moral casuística y probabilística, que con facilidad abre el paso al laxismo o a los escrúpulos. Otra, que es la sostenida por Mons. Escrivá, consiste en afirmar que —puesto que es de Dios y para nuestro bien lo ha creado— el mundo ha de ser plenamente deseado y amado con el amor de Dios. Esto último me parece la clave, pues es la esencia de la santificación (es el amor de Dios lo que santifica) de la vida ordinaria, «leit motiv» de la predicación de Mons. Escrivá.

Como es sabido, lo paradójico del amor está en que para poseer hay que renunciar. Sólo el que no quiere dominar tiene un amigo. El más alto amor —que trae la más alta felicidad y la más alta unión— presupone la más alta renuncia. Es el sentido de la cruz: la renuncia total nos unió con Dios. Pues bien, aplicando esto al mundo, resulta que, si queremos poseer de verdad al mundo, hemos de renunciar no a él, sino a poseerlo. Ése es el sentido característico de la pobreza esencial, otra de las claves de la predicación de Mons. Escrivá de Balaguer (cfr. Camino, nn. 631 y 636). El resultado de esa pobreza —he ahí la paradoja— es la posesión verdadera, el ser —y no sólo el estar— en el mundo, sin ser mundanos (el mundano es el que no renuncia). Al poseer correctamente el mundo, se verifica lo que indica San Pablo: «todas las cosas son vuestras, vosotros de Cristo y Cristo de Dios». El deseo del mundo se perfecciona, pues, en amar al mundo, y ese amar, al ser puro ejercicio de amar, es inmediatamente amor de Dios, es hacer presente a Dios en el deseo del mundo. Hacer presente, hacer aparecer, eso es lo que los clásicos llamaban glorificar. Y a este punto quería llegar.

Si he dicho al principio que hay una conexión básica entre el deseo, el trabajo y el tiempo, ahora se ve bien por qué para Mons. Escrivá de Balaguer el tiempo no es primariamente una duración en la que deseamos a Dios mientras esperamos la unión definitiva, ni tampoco es dinero —«time is money»—, sino que «el tiempo es gloria» (Camino, n. 355). Precisamente por ello, no sólo es impensable perder el tiempo, sino que, además, el tiempo ha de ser «exprimido», «vivido con intensidad», pues es lo propio del amor el intensificar y el intensificar cada instante. Cada instante es para el amor un encuentro. Este punto tiene también una gran importancia. La unión amorosa no es una mera unión, identidad, sino que es más bien un encuentro, un diálogo. Si lo propio de este mundo es el esfuerzo —trabajo— por la unión con lo que deseamos, el trabajo es lo que nos facilita esa unión, ese diálogo: más aún, él mismo es diálogo. Trabajar —actuar con esfuerzo amoroso— continuamente en lo ordinario —en la profesión, en la familia, en la vida social— es, de este modo, dialogar continuamente con Dios («sine intermissione orate») en y a través de esas acciones cotidianas. Por eso, es característico de Mons. Escrivá el afirmar la indistinción entre trabajo y oración (cfr. Camino, nn. 335, 359, etc.). Esto no ha de ser entendido como una invitación a no desarrollar una oración en forma de «rezo», como si, al ser el trabajo ordinario oración, ya no hiciera falta rezar. No. El recto deseo del mundo va unido al deseo de Dios, y eso significa que se busca igualmente un tiempo —con el trabajo esforzado correspondiente— para hablar «inmediatamente» con Dios. No se trata, en resumen, de convertir la oración en trabajo —dejando así de rezar—, sino —justamente al contrario— de convertir el trabajo en oración. Lo primero es materialismo, recubierto con la etiqueta de «progresismo social». Lo segundo es consagración del mundo.

El sentido del mundo tiene una unión muy profunda con el sentido de la humanidad. Porque el mundo no es sólo para el hombre, en general, sino para la humanidad. Mientras dura el mundo, hay un tiempo para que la humanidad crezca, cualitativa y cuantitativamente, y dirija todo lo creado al Creador. Por eso, la parte principal del amar al mundo apasionadamente(1) va dirigida al amor a los hombres. El deseo de unión con ellos, convertido en amor de Dios, se transforma en la anticipación de la comunión de los santos. Si, repito de nuevo, el cumplimiento de todo deseo conlleva un trabajo, «hacer sociedad» es un trabajo. Y efectivamente lo es. Hacer sociedad cuesta un esfuerzo y, primariamente, el de superar el propio egoísmo. Son muchos los textos de Camino en que se ve cómo superar el egoísmo es un paso fundamental (cfr. nn. 31, 32, 784, 788, 789) cuyo resultado es la citada anticipación en este mundo de la comunión de los santos (cfr. n. 545). Si este mundo no es todo lo bello y bueno que debería ser —dado que ha salido de las manos de Dios—, se debe a 9ue no hacemos aparecer en él una verdadera sociedad —comunión de los santos—, que es la manera más propia de hacer presente a Dios —donde están dos o tres reunidos en mi nombre… (Mt 18, 20)—, y precisamente por eso «estas crisis mundiales son crisis de santos» (cfr. n. 301).

Como el amor es, por esencia, inventivo, se deja a la libertad personal de cada uno el desarrollar el trabajo de hacer sociedad de la manera concreta que le parezca mejor. Por eso Camino no es un código particular de doctrina social, ni lo pretende ser. En la aceptación incondicional del magisterio de la Iglesia, más aún, en el amor a ella que Mons. Escrivá pide (cfr. nn. 576, 582, 518, 519, 573) va implícito el cumplimiento de los principios básicos de la doctrina social católica. Pero no se ofrece un modo concreto particular de plantear el orden social porque ello iría contra la citada libertad. Los que identifican el amor al prójimo con un proyecto sociopolítico particular concreto rebajan la doctrina eterna de la Iglesia a ser una doctrina culturalmente útil en un momento y un lugar histórico determinados y, lo que es más grave, la rebajan a ser una opinión (la de los que la sustentan).

Un posible deslizamiento desde considerarse alguien «la voz oficial de la Iglesia» hasta enfrentarse con la jerarquía, para pasar a ser agitador político, es el que se evita en Camino mediante la clara insistencia en la libertad y responsabilidad personales, en el amor y obediencia a la Jerarquía y al Magisterio, y en el amor, en fin, a todos los seres humanos.

Para un cristiano corriente, en la doctrina de Mons. Escrivá de Balaguer, importa, pues, sobre todo, hacer todo aquello a lo que se siente inclinado y llamado, con la más plena vitalidad, pues el amor es vida y se trata siempre de amor de Dios. El amor es vital, pero no ruidoso. El amor es libertad, pero precisamente por ello, oído atento —obediencia— a la persona que me da esa libertad. Por ello, la imagen del cristiano corriente es la de aquel que en todos los sectores de su vida —familia, profesión (cfr. n. 359), relaciones sociales, etc.— trabaja al tiempo con plena vitalidad y con plena sencillez (cfr. n. 379), con alegría (cfr. nn. 657-666) y sin ruido (cfr. n. 835), con libertad y con obediencia. Cada uno procura encontrar sus papeles en la vida, y ve en ellos la voluntad de Dios, que le dio unas inclinaciones y le deparó unas circunstancias.

Aceptar el propio lugar en la vida corriente (cfr. nn. 799, 832) (ser hombre o mujer, casado o soltero, médico o mecanógrafo, etc.) es aceptar la voluntad concreta de Dios, y, por tanto, ha de acogerse humildemente. No trabajar con alegría y con intensidad en el propio papel, supondría un menosprecio a la oferta de Dios.

No sabemos por qué se le hace a cada uno esta o aquella oferta, ni cuál será el premio en la otra vida para cada cual. Sabemos que todas son voluntad infinitamente amable de Dios. Da igual ser futbolista o torero, del Estado Mayor o de la tropa: lo único que importa y que hay que hacer es seguir la propia vocación, la voluntad de Dios.

No entender esta idea tan clara es no entender tampoco que, sin distinción de funciones, el trabajo no podría ser servicio y que una buena sociedad —civil o eclesiástica— es un sistema de servicios mutuos. Tanto sirve el que manda como el que obedece. Esta idea se ha retenido siempre en la Iglesia, contra los igualitarismos utópicos —y antiserviciales— hoy de nuevo en boga. Mons. Escrivá de Balaguer veía muy profundamente en este punto y lo mostraba desde la atalaya de su identificación del trabajo con el sacrificio y el diálogo amoroso. Amar es servir, trabajar es servir. El trabajo hecho por amor de Dios, hecho, pues, amor de Dios, transfunde ese amor en todo aquello y en todos aquellos para los que ese trabajo va dedicado. Cada pieza hecha, cada acción materializada, es una parte de mi espíritu que en ella queda transfundido. Cada acción hecha para otro, entra en ese ser, con tal de que él no se resista a aceptarlo. Pues bien, si ese trabajo está hecho por amor de Dios, es el amor mismo de Dios el que en esa acción se transfunde y a esa persona llega. Por eso también el trabajo ofrecido es sangre arterial que llega a los demás (cfr. nn. 544, 545).

Santa Teresa decía a sus monjas que no tenía que animarlas a quererse, pues esperaba en ellas la virtud, y la virtud es inmediatamente amable. Algo parecido podría decir Mons. Escrivá en lo que se refiere a la buena organización social. Alguien que ha predicado una doctrina del trabajo como la suya espera que las consecuencias sociales —en el modo concreto que la libertad prodiga— sean una auténtica explosión de mejora en todos los niveles y aspectos de la sociedad.

La alegría es lo propio de la fiesta. Para estar alegres es preciso despreocuparse de sí mismo y aceptar la vida como me ha sido dada, ver en cada detalle de ella todo el amor de Dios que oculamente me espera. Sólo en la respuesta eficaz a ese amor aparece la alegría. Si Mons. Escrivá de Balaguer vio el trabajo cotidiano como un amoroso diálogo, supo ver por ello cómo podría convertirse en fiesta cada minuto de una existencia que, desde fuera, un crítico llamaría prosaica.

(1) Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 113.

Testimonios de un clásico de la literatura espiritual.

Camino  Tagged , , , , , , No Comments »

5 José Miguel Cejas

Un sacerdote joven1934. Un joven sacerdote contempla las notas personales que ha ido escribiendo en los últimos años: apuntes íntimos, anécdotas, consideraciones espirituales inflamadas de afán apostólico, algunas ya reproducidas en multicopista. Luego recoge algunos puntos de las cartas que dirige a sus amigos. Y así, al filo de la vida diaria, va elaborando un libro —Consideraciones Espirituales— que aparecerá ese año y recogerá su experiencica sacerdotal. Cinco años más tarde, a finales de junio de 1939, ese libro saldrá de nuevo a la luz, bajo un nuevo título, y sensiblemente ampliado, en una modesta imprenta valenciana, Gráficas Turia. «No sospeché —diría su autor— que treinta años después alcanzaría una difusión tan amplia —millones de ejemplares— en tantos idiomas»(1). Ese libro ha contribuido a iluminar la vida cotidiana con una nueva luz y se llama Camino: un clásico de la literatura espiritual.

Una obra imperecedera

Camino aporta, con respecto a otras obras de la espiritualidad católica, como el De imitatione Christi, o la Filotea de San Francisco de Sales, una novedad de gran trascendencia; muestra al hombre de la calle una perspectiva nueva, de honda entraña evangélica: la llamada universal a la santidad y el valor santificante del trabajo profesional ordinario. Muestra un camino de encuentro con Dios asequible a todos, andadero por los que viven en medio del mundo. Ese camino de santidad se traza en el primer punto del libro: «Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón.»

Una fuerte sacudida espiritual

Camino es una obra sencilla: asombrosamente profunda en su sencillez. Son 999 breves puntos de meditación, que han dejado huellas indelebles en millares de vidas. Su lectura produce una fuerte sacudida interior. Peter Berglar narra su primer encuentro con sus páginas: «poco a poco —dice el historiador alemán— fui comprendiendo el secreto de este libro: los 999 puntos, a primera vista, pueden parecer prudentes reglas de vida o cuidados aforismos; además al principio se piensa: bueno, esta frase y aquella otra son especialmente acertadas, esta otra no me incumbe, aquella sólo en parte… Por eso, tanto una mente sencilla como una cabeza complicada, una inteligencia poco culta y otra superfilosófica se pueden “interesar” por él; hasta que por fin se ven fascinados y acaban reconociendo —cada cual por su cuenta y a su manera—que cada uno de los 999 puntos se asemeja a un profundo aljibe que nuestro reflexionar casi nunca llega a sondear totalmente»(2).

Camino trata de algo tan íntimo y tan complejo como el encuentro del hombre con Dios en medio del mundo. Se lee en el n. 301: «Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después… “pax Christi in regno Christi” —la paz de Cristo en el reino de Cristo.» «No se le pide al cristiano que se retire del mundo —comentaba Informations Catholiques Internationales en 1957— sino, por el contrario, que permanezca en el mundo y muy activo»(3). El influjo de esa palabra ha movido almas; ha cambiado vidas; ha producido una fuerte sacudida espiritual en personas de los cinco continentes de nuestro siglo y ha tenido una honda repercusión social.

Cada punto, una historia

Camino guarda un singularísimo calor humano y espiritual. No es un libro de análisis, ni el fruto de una especulación fría sobre el hecho religioso. Es el reflejo de una vida enamorada de Dios que ha servido para que se enamoren de Dios muchas vidas. La mayoría de sus puntos tienen una historia concreta, como recuerda José María Casciaro: «no surgieron de la pluma como fruto del ingenio literario, sino de la práctica de las virtudes, de la experiencia pastoral, intensa y fina, y de las extraordinarias gracias fundacionales que Dios daba a quien había constituido en instrumento fiel para promover el fenómeno pastoral del Opus Dei. De ahí, sin duda, la fuerza de Camino, el impacto que causa su lectura, máxime quizá en quienes escucharon de viva voz a su autor»(4).

Sus páginas alientan al olvido de sí y a la entrega generosa a los demás. Llevan a edificar la vida sobre el cimiento firme de la filiación divina y el trato íntimo con Dios. Sólo así la vida puede mantener, renovadamente, su juventud: una juventud que, como señala Leonardo Polo(5), no la detiene en la inmadurez sino que la lanza adelante. El filósofo español evoca el punto n. 30 de Camino: «Eres calculador. —No me digas que eres joven. La juventud da todo lo que puede: se da ella misma sin tasa». Porque sólo sobre ese cimiento puede construirse una sólida vida de piedad cristiana, como recuerda el arzobispo filipino, Mons. Oscar Cruz: «El Fundador del Opus Dei —escribe– siempre hacía especial hincapié en la renovación interior, en el encuentro personal con Cristo a través de la oración y de los sacramentos: “Persevera en la oración. —Persevera, aunque tu labor parezca estéril. —La oración es siempre fecunda” (Camino, n. 101)»(6).

Palabras de sacerdote

Como escribe Mons. Escrivá de Balaguer en el prólogo, los puntos de Camino son palabras de sacerdote, confidencias «de amigo, de hermano, de padre», susurradas al oído de personas corrientes, empeñadas en vivir el Evangelio en medio del mundo con toda su plenitud. «El espíritu de Dios aletea en cada una de sus frases», se lee en Scrinium(7). Y se descubre en sus páginas, a pesar de los pudorosos celajes que el autor ha tendido sobre las anécdotas de carácter personal, la intensa relación con Dios de aquella alma egregia. Illanes evoca algunos puntos de Camino que permiten entrever de algún modo los sentimientos que llenaron el corazón del autor, desde que Dios le eligió como Fundador del Opus Dei(8), como el n. 427: «Señor: que tenga peso y medida en todo… menos en el Amor.»

Para todos

Es una obra para todos: casados, solteros, jóvenes, ancianos, intelectuales, personas sin formación cultural específica… No acota terrenos de santidad espiritual: abre todas las vedas. Frente a los falsos antagonismos, alza la señal de la cruz, la señal de la exigencia —más—, el signo de la suma, en definitiva. No formula disyuntivas falsas para el hombre de la calle: o mundo o santidad; oración o trabajo; entrega o matrimonio. Lo supera, con la fuerza del evangelio, con la esperanzadora —y comprometedora— capacidad del y: mundo y santidad en medio del mundo; oración y trabajo convertido en oración; entrega a Dios y matrimonio como camino de santidad para esa entrega.

Tampoco establece tensiones ficticias: matrimonio o celibato. Recuerda que lo decisivo es seguir la Voluntad de Dios para cada uno. Por eso, alaba el celibato, siguiendo la enseñanza del mismo Jesús y la doctrina de la Iglesia, y recuerda a los casados una verdad de entraña evangélica: que el matrimonio es un camino de santidad. Este mensaje ha producido ya frutos de santidad en todo el mundo, y miles de matrimonios han descubierto esta llamada a la plenitud de la vida cristiana en su propio estado gracias a las enseñanzas del autor de Camino; desde la perspectiva de este fin de siglo, resulta aún más ridícula la torcida interpretación que algunos quisieron hacer del punto 28, en el que afirmaba: «El matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo (…).» Esas malinterpretaciones forzaban —con un sentido negativo que el autor jamás le dio— el sentido de la imagen «clase de tropa (matrimonio)-estado mayor de Cristo (celibato)». En ese punto se advierte, precisamente, su amor por el celibato y su amor por el matrimonio: cada estado sirve eficazmente en la batalla por la santidad. Lo importante es que cada uno responda generosamente a la llamada de Dios en aquel en el que Dios le ha colocado.

Mons. Escrivá de Balaguer da sugerencias concretas para tratar íntimamente a Dios en el estado que Él ha querido para cada uno. El Obispo de la diócesis portuguesa de Leiria-Fátima, al comentar el punto n. 8 de Camino («Serenidad. —¿Por qué has de enfadarte si enfadándote ofendes a Dios, molestas al prójimo, pasas tú mismo un mal rato… y te has de desenfadar al fin?»), recordaba las enseñanzas del Fundador del Opus Dei a los casados, para que no dramatizaran «los pequeños contrastes y divergencias, las diferencias temperamentales o ideológicas, fijándose cada vez más en las cualidades y no en los defectos del otro. Si no se obra así se corre el riesgo de matar el amor»(9).

El tiempo es gloria

Aunque su lectura es enriquecedora para todos, el marco natural del lector de Camino es la calle, con los afanes habituales del mundo y del trabajo. Cuando apareció el libro, sus enseñanzas sobre estas realidades humanas fueron desconcertantes para muchos, como evoca el Marqués de Lozoya: «”Los que andan en negocios humanos nos dicen —escribió en Camino— que el tiempo es oro. Me parece poco: para los que andamos en negocios de almas el tiempo es gloria.” Entiendo muy bien —porque lo he vivido— que este modo de hablar apareciera —en los comienzos de su predicación, en torno a los años treinta— como una novedad imponente. Lo que abundaba en esos momentos era pensar —por un arrastre de siglos— que el trabajo, sobre todo el manual, era algo vil, un castigo inherente al pecado o un estorbo para la santificación de los hombres»(10).

La realidad del trabajo se aborda en sus páginas desde diversos aspectos, pero parte siempre desde esta afirmación central: el trabajo, hecho con perfección humana y sobrenatural, es medio de santidad y ocasión de apostolado para el hombre al que Dios llama a la santidad en medio del mundo. Un catedrático de la Universidad Libre de Berlín, Jordi Cervós, comentaba, a propósito del punto 816 («Has errado el camino si desprecias las cosas pequeñas»), el constante prevenir del autor de Camino «contra una sutil tentación, más frecuente y por ello más peligrosa que el burdo rechazo del trabajo como algo indigno o desagradable: el desprecio del detalle, el trabajo mal acabado»(11).

Pero, aunque sea un libro dirigido al hombre de la calle, las personas a las que Dios pide la separación del mundo pueden —como de hecho ha sucedido— sacar también un formidable provecho espiritual de su lectura. Existen numerosos testimonios de religiosos que agradecen el bien espiritual que esas páginas han hecho a su alma. Un testimonio entre muchos: la Superiora General de las Hermanas Franciscanas del Sagrado Corazón de Jesús y de María escribía así al Santo Padre en la carta en la que postulaba la apertura del proceso de beatificación y canonización de Mons. Escrivá de Balaguer: «Hemos profundizado en su doctrina a través de algunos escritos como Camino (…) y estamos seguras de que el Señor ha manifestado su infinita bondad a través de la persona del fundador del Opus Dei. La lectura de sus obras nos ha ayudado de modo eficacísimo a estar más cerca de Dios y a vivir nuestra vocación con mayor profundidad»(12).

Un modo de mirar a Dios

Camino es la antítesis del libro de laboratorio, de la visión extraña, de repulsa a lo real, del alejamiento de la realidad cotidiana. En su estudio sobre esta obra(13) Pedro Rodríguez escribe que «nada más lejano que Camino a un libro de gabinete, fruto de una elucubración raciocinante. La poderosa inspiración doctrinal que recorre todo el libro —el tiempo mostraría su carácter de adelantado de los tiempos— refleja un modo de mirar a Dios, la Iglesia y el mundo que no se explica sólo a partir de las “lecciones teológicas” que escuchara Mons. Escrivá de Balaguer en los centros eclesiásticos españoles de los años 20 —¡y el alumno era una inteligencia egregia!—, sino por una claridad de ideas, por una luz nueva (…) que han de ponerse necesariamente en relación con la fundación del Opus Dei el 2 de octubre de 1928».

Es un libro para el hombre que vive en el mundo —sin ser mundano— y muestra la gran tarea de los laicos: la santificación ab intra de las realidades terrenas, tal como enseñó la Constitución Dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, del cual el Fundador del Opus Dei es en este tema uno de los grandes pioneros. «Camino —escribía Casas Manrique en El Siglo de Bogotá— asume una actitud positiva y optimista frente a las realidades terrenas: realidades queridas por Dios; no se lamenta de la época que nos ha tocado vivir; nos invita a amarla y a santificarla con nuestra acción para extender el reinado de Cristo por todos los caminos de la tierra siendo sembradores de paz y de alegría»(14). Es un libro, como señala Mons. Briva, estimulante y alegre: «En sus escritos, en su predicación, el Evangelio aparece con su sentido genuino de “buena noticia”, de novedad que ahuyenta la tristeza. Vivía lo que enseñaba: que “la verdadera virtud no es triste y antipática, sino amablemente alegre” (Camino, n. 657)»(15).

Un libro comprometedor

Es también un libro comprometedor: pide una intensa coherencia entre lo que se cree y lo que se hace, una profunda unidad de vida entre la fe y las obras: «je has molestado —se lee en el punto n. 353 de Camino— en meditar lo absurdo que es dejar de ser católico, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?». Al comentar este punto de Camino, recuerda el Cardenal González Martín el amor a la libertad que presidía las enseñanzas de Mons. Escrivá de Balaguer. Un amor a la libertad que vibra con fuerza en muchos puntos del libro y que no fue siempre bien entendido: «Cualquier conocedor de la reciente historia de España sabe bien —escribe el Cardenal—que este punto de la libertad en cuestiones temporales ha sido un aspecto del mensaje y de la praxis del Opus Dei que, en algunos ambientes, ha provocado incomprensiones. Quizá por ello sea también uno de los temas que el Fundador del Opus Dei ha expuesto con fórmulas más claras»(16). Aludiendo a ese mismo punto n. 353, afirma Celaya que esa unidad no significa confusión de ningún tipo en el pensamiento del autor; y precisa que «informar con la doctrina cristiana todas las actuaciones no significa negar la legítima autonomía de lo temporal, ni pretender que la fe determine una única “solución católica” a los problemas sociales, políticos, etc. En esto la unidad de vida a lo que lleva es precisamente a unir la propia libertad con la propia responsabilidad»(17).

Más de tres millones de ejemplares

A pesar de todo lo expuesto, y considerando el panorama editorial mundial, surge la interrogante: ¿Un libro así puede convertirse, en los albores del año 2000, en un best-seller? La Prensa de Lima manifestaba su extrañeza: «En una época en la que tiene extraordinario éxito la literatura morbosa, que en nombre del arte no hace sino halagar bajos instintos, resulta desconcertante que tenga amplia acogida un libro que trata justamente de lo contrario: de la santidad»(18). Pero sí; las cifras son sorprendentes y a veces sobrecogedoras, si no se olvida un hecho: habitualmente las obras de esta índole alcanzan, con muchas dificultades, los diez, los veinte mil ejemplares. Camino ha rebasado ya sobradamente los tres millones, cuenta con más de doscientas ediciones, y se ha traducido a 36 idiomas. Castelli recuerda un detalle significativo: «Camino ha tenido el privilegio, hasta ahora reservado a pocas obras fundamentales, de ser traducido y editado en alfabeto “braille”»(19). Es, como afirma Torelló, «un libre de poche de los caminantes en esta tierra, de los trabajadores de la ciudad terrestre, cualquiera que sea su función social. (…) Lleva en su seno una clara laicidad, que explica su eficacia y su amplísima difusión»(20).

Un libro que hay que haber leído

Estas cifras confirman a Camino, tras casi medio siglo, como un libro de audiencia mundial y de fortísima incidencia popular. Su edición en formato pequeño ha permitido que millones de personas lo lleven siempre consigo. Se ha convertido en un libro de consulta, de cabecera, de cita frecuente y casi obligada.

Esta realidad testimonia la universalidad del mensaje cristiano y del espíritu del Opus Dei, presente en Camino. Millones de personas lo leen diariamente. Se puede citar como ejemplo a Pablo VI, que manifestó que lo leía habitualmente desde hacía muchos años. En este mismo sentido, escribía el entonces Nuncio Apostólico en Italia Mons. Romolo Carboni: «Como libro de lectura y de meditación, de retiro y de ejercicio espiritual llevo siempre conmigo el Nuevo Testamento, el Concilio Ecuménico Vaticano II y Camino de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, don preciosísimo. Mons. Josemaría Escrivá me ilumina, me guía, me inspira, me edifica, me hace un bien inmenso para el tiempo y la eternidad. Todos los días le invoco para que me ayude en todas las situaciones y en mis necesidades espirituales y materiales, y para que me ayude a cumplir sola y plenamente la Voluntad de Dios. Sé que me ayuda»(21).

Tras su lectura, una persona la recomienda efusivamente a otra, y se convierte en un libro que «hay que haber leído» para estar en sintonía espiritual con el propio mundo. Muchas personas lo difunden —el bien es difusivo— por el impacto que les ha producido su lectura; otras lo hacen movidas por un afán directamente apostólico. Evoca un benedictino, Manuel Garrido Boñano, un recuerdo personal de los años 40, que se ha multiplicado con rasgos parecidos en los lugares más diversos del planeta. «Fue entonces —escribe— cuando leí por vez primera Camino en una edición voluminosa que creo fue la primera con ese título. El ejemplar no me pertenecía y estaba dedicado por su mismo autor. Desde entonces lo he leído multitud de veces y lo considero como un libro clásico en la vida espiritual. He repartido docenas de ejemplares entre los estudiantes y he podido comprobar el bien inmenso que les ha proporcionado su lectura»(22).

Amigo a amigo

El lector contemporáneo está acostumbrado a la tramoya publicitaria de los best-seller, que se ofrecen con todos los reclamos del consumismo literario —con frecuencia torpes y bajos—y gracias a los resortes de influencia en la opinión pública de un amplio aparato editorial. Camino ha recorrido el camino inverso. Su primera edición —2.000 ejemplares— apareció en 1939. Los ejemplares se vendieron lentamente; la segunda, de 5.000, se realizó en 1944, en tiempos de una penosa posguerra. Fue una edición cuidada, pero modesta. No hubo «lanzamiento» editorial de ningún tipo. Fue difundiéndose por todo el mundo lectura a lectura. Amigo a amigo.

No es fruto de un marketing hábilmente programado; por el contrario, en muchos casos han sobrado las dificultades. En algunas latitudes sigue publicándose en las circunstancias más adversas. La Vanguardia recogía el 3-11-83 la noticia de la edición de Camino en polaco, la primera que se realiza en un país del bloque soviético. La tirada fue de 20.000 ejemplares, «cantidad muy considerable teniendo en cuenta las dificultades económicas por las que atraviesa el país y en especial la gran carestía de papel». A pesar de ello, el portavoz de la editorial consideraba la edición «agotada el mismo día de su puesta en venta».

Una revolución silenciosa

El hecho de que el mensaje espiritual del Fundador del Opus Dei, trazado a grandes líneas en los puntos de Camino, sea hoy vivido por millones de personas y aprobado de modo solemne por el Concilio Vaticano II, no debe hacer olvidar el profundo impacto —y a veces desconcierto— que producía en los lectores de Camino de los años treinta, cuarenta y cincuenta. Luis Alonso(23) recuerda que esa doctrina constituía algo revolucionario, hasta tal punto que el Fundador del Opus Dei «hubo de sufrir el ser tratado como un soñador, fuera de la realidad. (…) La novedad de las enseñanzas de Mons. Escrivá de Balaguer no consistía sólo en nuevos “modos” de llevar a la práctica una tarea apostólica más o menos similar a lo que se vivía en aquellos tiempos dentro de la Iglesia. Era una auténtica revolución en el concepto y práctica del apostolado. Paradójicamente se fundaba esta doctrina en el Evangelio y era la vida propia de los primeros cristianos. (…) En 1939 Mons. Escrivá de Balaguer hablaba así a personas que viviendo en medio del mundo sentían a fondo su vocación cristiana: «Quieres ser mártir. —Yo te pondré un martirio al alcance de la mano: ser apóstol y no llamarte apóstol, ser misionero —con misión— y no llamarte misionero, ser hombre de Dios y parecer hombre de mundo: ¡pasar oculto!» (Camino, n. 848).

Para ese lector acostumbrado a libros de devoción que le dibujaban un panorama de la vida cristiana que era, en muchos casos, una «acomodación» forzada de diversas espiritualidades religiosas, extrañas a las costumbres del hombre de la calle, y desenraizadas de la tierra concreta de su existencia cotidiana, las páginas de Camino representaban una novedad casi —y sin casiescandalosa. Le chocaban especialmente, como recuerda María Mercedes Otero, algunos puntos (por ej., nn. 832, 837) que enseñaban a saber estar en el propio sitio, «sin dejarse deslumbrar por el brillo de tareas ajenas al querer de Dios para cada uno; la incapacidad para saber ocupar el propio puesto origina desquiciamientos de diversos matices, dando lugar, por ejemplo, al triste espectáculo del laico clerical o del sacerdote representando el papel de laico, caricaturas que no entrañan ninguna eficacia para la vida real»(24).

A pesar de esa incomprensión inicial, Camino ha tenido una fuerte influencia dentro y fuera de la Iglesia. Esta obra expresa, según Guillemé Brûlon, «el carácter eterno de la Iglesia, al mismo tiempo que sus insondables capacidades de renovación»(25). Es un libro que ha nacido del amor a la Iglesia y en el que se enseña a amar a la Iglesia y a servirla opere et veritate, con obras y de verdad. En su estudio sobre el amor a la Iglesia y al Papa del autor de Camino, Cormac Burke(26) afirma que «para Mons. Escrivá de Balaguer era inconcebible que un cristiano no amase a la Iglesia. Sería no amar a Cristo. Evidentemente sabía que si muchos cristianos no aman a Cristo como deberían, tantas veces es porque desconocen su verdadero rostro amable». Y recuerda el punto n. 212 de Camino: «Ese Cristo que tú ves no es Jesús. —Será, en todo caso, la triste imagen que puedan formar tus ojos turbios… —Purifícate. Clarifica tu mirada con la humildad y la penitencia. Luego… no te faltarán las limpias luces del Amor. Y tendrás una visión perfecta. Tu imagen será realmente la suya: ¡Él!». Concluye Burke con una breve exposición del pensamiento de Mons. Escrivá de Balaguer: «Y si muchos cristianos no aman a la Iglesia será por idéntica razón: poseer una imagen pobre de lo que es la Esposa de Cristo y su Cuerpo Místico. El gran afán de su vida era ayudarles a clarificar su mirada, para que —con las limpias luces del Amor— tuviesen una visión perfecta y su imagen de la Iglesia fuese realmente la de Cristo.»

Quizá en esta última frase se encuentra la clave decisiva para la comprensión de Camino. Es una lectura que ayuda decisivamente a encontrar a Dios, que se clava en medio de la propia biografía como un aluvión poderoso de fe, que busca remover los recuerdos «para que se alce algún pensamiento que te hiera: y así mejores tu vida y te metas por caminos de oración y de Amor»(27). Mons. Vicuña, Arzobispo de Puerto Montt (Chile), ofrecía uno de esos testimonios que muestran cómo la lectura de Camino se ha entretejido en miles de vidas: «el ejemplar que yo conservo —escribe— con un valor afectivo sumamente especial, es el que mi madre tuvo a su lado hasta el momento de morir, después de haberlo usado y gastado por años, con mucho aprovechamiento espiritual, en su lectura y oración personal. Y ya no sabría decir la cantidad de personas que conozco, cuyo descubrimiento de Jesucristo ha seguido los pasos de ese bien llamado Camino»(28).

Para la multitud, para la intimidad

Es un libro para la multitud y, paradójicamente, para la intimidad. Lo expresa gráficamente el Cardenal Rosales, Arzobispo de Cebú, cuando afirma que Camino habla al oído de millones de personas(29). Su lectura inaugura con frecuencia fechas en el alma, antes y después particularmente decisivos. Escribía un diario holandés: «De Weg está tan cerca de nosotros que no podemos decir nunca: “Sí, pero esto sólo vale para los privilegiados”. Más bien tendremos que reconocer sinceramente muchas veces: “¡esto es lo que yo necesitaba!”»(30).

Diálogo con Dios

Es un libro de diálogo: de diálogo con Dios, de diálogo con el autor. Un libro de diálogo con Dios, al que se llega también de la mano del autor, que escribe en el prólogo: «Lee despacio estos consejos. Son cosas que te digo al oído, en confidencia de amigo, de hermano, de padre. Y estas confidencias las escucha Dios.» Camino propicia la oración serena, el encuentro cordial con Dios, la confrontación de la propia vida con el querer divino. «Es un libro que se puede meditar incansablemente durante toda una vida», afirma L’Homme Nouveau(31) . Sus páginas nacieron de la oración y sólo se entienden plenamente en la oración: por eso, nadie lo lee con plenitud si no convierte su lectura en diálogo con Dios.

Y es un libro de diálogo con el autor. Mons. Vallebuona lo evoca así: «Corría el año 1950. La Iglesia miraba y peregrinaba a Roma: era el Año Santo. Yo, joven salesiano estudiante de Filosofía, también peregriné. Alguien me hace un regalo: un libro pequeño, muy buscado y que pronto se agotaba. Camino. Tengo la sexta edición. (…) Ya desde su primera página sentí una particular atracción. (…) Había topado casualmente con un Maestro de Espiritualidad. Pasan los años: otro Año Santo: 1975. Estaba en Roma ese 26 de junio, cuando discretamente parte para el encuentro definitivo con Dios Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Sentí otra vez su cercanía. “Por sus frutos los conoceréis”: criterio evangélico incontrastable. Lo voy certificando en profundidad. Mi actividad y servicio pastoral específico, la educación, me hace percibir selectivamente un legado, un mensaje educacional riquísimo en este hombre de Dios. He visto concretar este proyecto educativo y pastoral en la concorde y ordenada laboriosidad de sus hijos: la Universidad de Piura y Valle Grande de Cañete. Allí hay una escuela evangelizada y evangelizadora, donde el desarrollo personal es seguido con respeto y cariño, la dimensión religiosa ocupa su justo lugar y el muchacho puede con alegría encontrar a Dios, conocer y amar a Jesucristo, y recorrer el camino de la fe hasta la santidad. Hay preocupación por hacer crecer a cada uno según el proyecto de Dios, ayudando a madurar los gérmenes de vocaciones laicales, religiosas y sacerdotales que Dios siembra en tantos corazones. Esto lo he apreciado personalmente, de cerca»(32).

Hemos transcrito esta extensa cita porque retrata un iter habitual, que comienza con la lectura de Camino, encuentra luego el poderoso atractivo de la personalidad del autor y de su mensaje, y descubre por último la concreción humana de ese mensaje: la lucha de miles de personas por encarnar ese espíritu —el Opus Dei—. Esa lucha se traduce, en la vida de tantos hombres y mujeres, en obras de apostolado en todo el mundo y en gozosos frutos de santidad. Pero habitualmente, ese itinerario comienza en las páginas comprometedoras de este libro. «Leyéndolo —escribía Ivo Cisar en Humanitas— se encuentra uno asido por una mano fuerte que lo proyecta en un momento hacia lo sobrenatural»(33). «Advertí en su libro Camino —relata el Arzobispo de Guayaquil— que detrás de esos puntos de reflexión no había un hombre teórico, ensimismado en la elaboración de unas frases gráficas al margen de la vida real, sino un sacerdote que llegaba a la situación concreta del cristiano: todo era directo, incisivo, sacudía el alma con una exigencia de compromiso»(34).

Los testimonios de esa llamada al compromiso son numerosos y provienen de los cinco continentes. Recuerda Mons. Albert Kanene, Obispo de Awka (Nigeria), que la lectura de este libro le llevó a tener «un gran interés por la espiritualidad del Opus Dei ya una profunda admiración y devoción hacia su Fundador»(35). En otro extremo de la tierra, un Obispo filipino, Mons. Reyes, hace la misma afirmación: «He leído con frecuencia su libro Camino. Y estoy convencido que Mons. Escrivá de Balaguer debe ser un hombre muy santo y digno de ser venerado en los altares»(36). Los 999 puntos revelan pronto su entraña autobiográfica, la santidad de vida de su autor, aunque intentara velar pudorosamente, humildemente, las anécdotas vividas bajo un «me contaron que».

Las personalidades más diversas del ámbito civil han subrayado también el bien que ha hecho a su alma ese encuentro, por medio de Camino, con la poderosa personalidad del Fundador del Opus Dei, aunque muchos de ellos partan de presupuestos culturales y religiosos muy diversos Escribía un judío, Stuart Idelson: «Tuve el privilegio de conocer a Mons. Escrivá durante una visita a Roma en 1963, cuando estaba traduciendo su libro Camino del español al hebreo. Mons. Escrivá me produjo una gran impresión: era un hombre de gran corazón empeñado en la búsqueda de la paz entre las naciones y con un gran amor a toda la humanidad»(37).

Una dimensión nueva

En la actualidad la Iglesia ha abierto el proceso de Beatificación y de Canonización del autor de Camino, y su fama de santidad se extiende por todo el mundo. Y ese diálogo lector-autor ha adquirido una dimensión nueva: se ha convertido en devoción privada y se pasa, de modo natural y espontáneo, de la lectura a la oración, y la oración se vuelve petición confiada en la intercesión del autor. Escribía en 1975 el Obispo de Tarazona: «Las palabras escritas hace casi cuarenta años por Mons. Lauzurica en el prólogo de Camino reflejan con exactitud mi pensamiento: “En estas páginas aletea el espíritu de Dios. Detrás de cada una de sus sentencias hay un santo que ve tu intención y aguarda tus decisiones”»(38).

El amor, la muerte, Dios

Todos estos rasgos consagran a este libro como un clásico de la literatura espiritual. Las grandes obras clásicas giran en torno a tres temas centrales: el amor, la muerte, Dios: Romeo y Julieta, La Vida es Sueño, La Divina Comedia… Camino gira fundamentalmente «en torno de Dios, antiquísima torre», como escribía Rilke(39), y en esa tensión ascensional queda arrebatado el amor y superada, comprendida en su misterio, la muerte. Mons. Escrivá de Balaguer da un espléndido resumen de la vida del cristiano, marco del amor a Dios y a los demás, antesala de ese encuentro definitivo con el Creador llamado muerte: «Portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios.» El amor, la caridad fraterna, está anclada en ese ser y saberse hijos de Dios. Y comenta Ocáriz(40): «este fundamento sobrenatural confiere a las manifestaciones de la fraternidad entre los cristianos unas exigencias también de respeto —que no es frialdad, ni oficiosidad—, que le han de dar un tono de delicadeza humana: amor y respeto a los demás, que sea amor y respeto a la imagen de Cristo, a Cristo mismo, en ellos. Entendemos así el profundo contenido sobrenatural de aquel consejo del Padre: “Tú, hijo predilecto de Dios, siente y vive la fraternidad, pero sin familiaridades” (Camino, n. 948)».

Recorre medularmente el libro ese sentido de filiación divina, de cercanía con Dios, presente siempre en la génesis de cada uno de los puntos: Camino busca, fundamentalmente, hacer cercano a Dios. A un Dios que espera, como escribe Cornelio Fabro(41), que nos abandonemos en sus brazos paternales. Ese abandono es, entonces, «la cadena más potente y más dulce para someter nuestra voluntad a la voluntad de Dios, en una unión de corazón, plena de confidencia y de afectuosa intimidad. Además, el abandono posee por excelencia el secreto de asegurar la libertad del alma, pues —como afirma Mons. Escrivá de Balaguer— “nada hay mejor que saberse, por Amor, esclavos de Dios. Porque en ese momento perdemos la situación de esclavos, para convertirnos en amigos, en hijos” (Amigos de Dios, n. 35). Y, a la vez, “El abandono en la Voluntad de Dios es el secreto para ser feliz en la tierra” (Camino, n. 766); para asegurar la paz y la alegría del corazón (cfr. Ibídem, nn. 659, 768)».

Un clásico

En ese sentido, y con las características propias de los libros de espiritualidad, puede considerarse a Camino un «clásico» dentro de los libros de su género. Camino hunde sus raíces en la Sagrada Escritura; expone vivísimamente las verdades cristianas; se hace eco de las enseñanzas de los grandes maestros de espiritualidad a lo largo de las diversas épocas; y plantea un nuevo panorama, de entraña evangélica, desconcertante aún para muchos: la llamada universal a la santidad. Una llamada que el Concilio Vaticano II ha proclamado a los cuatro vientos. Aquí se encuentra una de las claves de su permanente novedad, y es la razón por la que su lectura se convierte frecuentemente en un «descubrimiento».

El libro goza de la madurez de la lengua y el lenguaje guarda una sorprendente concisión: expresiones fugaces; ráfagas de imágenes; consideraciones vivísimas. La expresión se tensa en un esfuerzo máximo de fuerza y dinamismo. Siempre, con exigente economía expresiva, se perfila la palabra hasta la quintaesencia, sin crisparla, buscando —y encontrando— el anillo verbal justo. Se lee en Cittá Nuova: «El estilo es incisivo, brillante: refleja generosidad y frescor de ideales»(42). Pero no es un código: como señalaba Times(43), «no es un libro de reglas ni un metódico libro de texto. Sus mil menos una sentencias no tratan de imponer ninguna reglamentación: desean llevar a la reflexión personal, al juicio y a la iniciativa». Y todo con amenidad y elegancia, que son «las características de esta obra que muy bien podemos definir como el Kempis del siglo xx», según afirmaba Scrinium(44). Y proseguía Luigi Castiglione(45): «Simple, humanísimo, lleno de mordiente, rico de razones fuertes, para la mente y el corazón, para el vivir y el obrar, para la alegría y el dolor.»

T. S. Eliot hablaba de algunas cualidades propias de los libros clásicos: madurez de espíritu, que exige historia y conciencia de la historia; madurez de costumbres, que convierte la obra en reflejo de una sociedad madura y que se expresa en un código universal, no localista; amplitud, que es la cualidad de los clásicos de encontrar un eco en todo tipo de hombres en su propia lengua (lo que Eliot denomina «clásicos relativos»); y universalidad, que se cumple cuando una obra literaria tiene, además de esa amplitud en su propia lengua, la misma significación con respecto a literaturas extranjeras («clásicos absolutos»). Eliot aludía también al código universal propio de las obras clásicas. Muchas de esas cualidades se cumplen en Camino, que, a pesar de que la plenitud de su fuerza expresiva se da en castellano, no se diluye al traducirse a otras lenguas. El mensaje espiritual conserva su fuerza viva y enriquecedora en tamil, swahili, amharico, ucraniano, tagalog, esloveno, noruego, gaélico, chino o vascuence. El comentarista de la edición vascuence «Bidea» recordaba cómo «ha sido comentado una y otra vez como una de las más notables aportaciones que se han hecho en la historia de la Iglesia a la espiritualidad de los laicos»(46).

Un eco en todo tipo de hombres

Otros teóricos de la literatura consideran que el verdadero clásico es aquel que enriquece decisivamente el espíritu humano, que «habla a todos en un estilo propio en el que hay algo de cada uno; en un estilo nuevo sin neologismos —nuevo y antiguo a la

vez— fácilmente contemporáneo de todas las edades, de todos los tiempos» (Sante Beuve). Un historiador alemán, Peter Berglar, escribía en este sentido que «Camino tiene en común con las grandes obras de la literatura y del arte su adecuación plena a cualquier capacidad intelectual: «al que “no le diga absolutamente nada” seguramente es porque él no se dice nada a sí mismo»(47). Un articulista peruano corrobora esta idea: «Camino llega de un modo sorprendente a las más variadas mentalidades: lo conocen el obrero y el artista; el hombre de negocios y el asceta; lo lleva en el bolsillo el catedrático universitario (…). Hay quien lo lee de un respiro y quien (…) lo tira al fondo de un cajón donde continuará siendo una amenaza para cada seguridad mediocre»(48).

Todo esto forma parte de la historia cotidiana de Camino. Personas con culturas e ideologías diversas, incluso no cristianos, de naciones y razas diferentes, encuentran en sus páginas respuestas a sus interrogantes. En este mismo sentido escribían Sir John Biggs-Davison, miembro del Parlamento de Gran Bretaña(49), o Giulio Andreotti, destacado político italiano: «Vivimos en un tiempo del cual se puede decir lo que él escribía hace ya muchos años en su libro Camino, que tanto bien ha hecho a millones de almas: “estas crisis mundiales son crisis de santos”»(50).

Historia de una conversión

Escribía Paulina Lo Celso en 1972: «Camino es un libro de lectura para protestantes, musulmanes, judíos… Sin duda en el alma china (siempre sensible a la presencia de Dios en el mundo) las palabras de Camino (“Lu”) encontrarán inmediata sintonía…»(51). Cada encuentro, cada lectura, marca habitualmente una historia. Podrá suscitar el rechazo —es un libro de fe— o la admiración, pero no la indiferencia. Y con frecuencia Dios se sirve de esas páginas para lograr milagros del espíritu: «Nací en el seno de una familia protestante de las Antillas Británicas —escribía Patricia Anderson, una profesora inglesa—. Tengo cinco hermanas y un hermano. A los catorce años fuimos a vivir a Jamaica. Mi padre era pastor de la iglesia metodista y fui educada en una escuela católica de las mercedarias. Aunque no tenía ningún interés de tipo religioso, asistía a veces a las clases de religión (…). Leía y meditaba Camino, el libro de Mons. Escrivá de Balaguer. Poco a poco Dios me iba dando su gracia y me iba confirmando en el deseo cada vez más fuerte de conocer a fondo el catolicismo y convertirme. Estoy segura que las palabras del Fundador del Opus Dei fueron las que me removieron y las que avivaron esta inquietud, esta necesidad de verdad. Siempre he pensado que mi conversión se la debo a él»(52).

(1) Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 36.

(2) PETER BERGLAR, «Mi encuentro con Josemaría Escrivá de Balaguer», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Ed. Universidad de Navarra, Pamplona, 1985.

(3) Informations Catholiques Internationales, París, 15. VI. 1957.

(4) JOSÉ MARÍA CASCIARO, «La santificación del trabajo en medio del mundo», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(5) LEONARDO POLO BARRENA, «El concepto de vida en Mons. Escrivá de Balaguer», en Anuario Filosófico, Ed. Universidad de Navarra, vol. XVIII, n. 2, Pamplona, 1985.

(6) MONS. OSCAR CRUZ, «Mons. Escrivá de Balaguer», en Hoja del Lunes, Ciudad Real, 25. VI. 79.

(7) Scrinium. Elenchus bibliograficus universalis (Pax Romana), Friburgo, Suiza, mayo, 1952.

(8) JOSÉ Luis ILLANES, «Dos de octubre de 1928», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(9) MONS. ALBERTO COSME DO AMARAL, «Em defesa da familia», Familia cristá, Lisboa, IV, 79.

(10) Marqués de Lozoya «Un trabajador de Dios», Pueblo, Madrid, 26.VI.1976.

(11) JORDI CERVÓS, «Trabajar cara a Dios», La Vanguardia, Barcelona, 6.VI.79.

(12) SOR ÁNGELES FERNÁNDEZ COFRECES, Superiora General de las Hermanas Franciscanas del Sagrado Corazón de Jesús y de María, Carta al Santo Padre, Valladolid, IX. 1975.

(13) PEDRO RODRÍGUEZ, «”Camino” y la espiritualidad del Opus Dei», Teología Espiritual, 9, pág. 213, 1965.

(14) FRANCISCO CASAS MANRIQUE, «Camino, un libro de espiritualidad para los laicos», El Siglo, Bogotá, Colombia, 21.VI.64.

(15) ANTONIO BRIVA, «Sembrador de paz y de alegría», en La Hora Leonesa, León, 25.VI.78.

(16) ABC, 24. VIII. 75.

(17) IGNACIO DE CELAYA, «Unidad de vida y plenitud cristiana», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. ch.

(18) La Prensa, Lima, Perú, 10.IX.62.

(19) PIETRO CASTELLI, «Cammino»., en La Rocca, Asís, Italia, 15.VII.60.

(20) JUAN BAUTISTA TORELLÓ, «La espiritualidad de los laicos», en La vocación cristiana, Palabra, Madrid, 1975.

(21) Mons. ROMOLO CARBONI, Carta al Santo Padre, Frascati (Roma) IX.1978.

(22) MANUEL GARRIDO BOÑANO, «Evocación a los cincuenta años de la Fundación del Opus Dei», en la Hoja del Lunes, Las Palmas de Gran Canaria, 2.X.78.

(23) Luis ALONSO, «La vocación apostólica del cristiano», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(24) MARÍA MERCEDES OTERO, «El “alma sacerdotal” del cristiano», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(25) JACQUES GUILLEMÉ BRÚLON, Le Figaro, París, 24.111.64.

(26) CORMAC BURKE, «El Amor a la Iglesia y al Papa», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(27) Camino, Introducción.

(28) MONS. ELADIO VICUÑA, «Mons. Escrivá de Balaguer», en El Mercurio, Valparaíso, Chile, 22.X.1980.

(29) CARDENAL JULIO ROSALES, «Un sacerdote cien por cien», Santa Cruz de Tenerife, 10.11.82.

(30) «Waarheid en Leven», Amsterdam, 12.XII.1974.

(31) «Mgr. Escrivá de Balaguer», en L’Homme Nouveau, París, 20.VII.75.

(32) MONS. EMILIO VALLEBUONA MEREA, «Año jubilar del Opus Dei», en El Tiempo, Piura, Perú, 4.XII.78.

(33) IVO CISAR, Humanitas, Brescia, Italia, mayo 1960.

(34) MONS. BERNARDINO ECHEVARRÍA RUIZ, «José María Escrivá: santidad cristiana en la vida ordinaria», en El Telégrafo, Guayaquil, 26.VI.76.

(35) MONS. ALBERT KANENE, «Opus Dei: What is it all about?», en The Leader, Owerri (Nigeria), 23.IX.1979.

(36) MONS. VICENTE P. REYES, Carta al Santo Padre. Cabanatuan City (Filipinas), 4.IX.1975.

(37) STUART IDELSON, Carta al Santo Padre, Wetsmount (Canadá), 14.VIII.75.

(38) MONS. FRANCISCO ALVAREZ MARTÍNEZ, Obispo de Tarazona, Carta al Santo Padre, Tarazona, 24.VII.75.

(39) RAINER MARÍA RILKE, El Poeta, II.

(40) FERNANDO OCARIZ, «El sentido de la filiación divina», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(41) CORNELIO FABRO, «El primado existencial de la libertad», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(42) Città Nuova, Roma, 30.VIII.1960.

(43) Times, 20.VIII.59.

(44) Scrinium, op. cit.

(45) LUIGI CASTIGLIONE, «Un Best-seller cattolico», Il Popolo, Roma, 12.VI.62.

(46) Diario de Navarra, 1.IX.64.

(47) PETER BERGLAR, «Mi encuentro con Josemaría Escrivá de Balaguer», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. ch.

(48) Orientación, Lima, Perú, VII-VIII. 1960.

(49) Sir J OHN BIGGS-DAVISON, Carta al Santo Padre, Londres, 31X.1975.

(50) GIULIO ANDREOTTI, Carta al Santo Padre, Roma, 31.X.1975.

(51) PAULINA Lo CELSO, Esquiú (Buenos Aires), 6.VIII.72.

(52) PATRICIA ANDERSON, Carta al Santo Padre, Madrid, 25.11.1976.

¡Todos llamados a la santidad!

compromiso  Tagged , , , , , , No Comments »

Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

En Brasil una persona le preguntó si alguna vez le habían llamado loco. ¿Te parece poca locura —le contestó don Josemaría— decir que en medio de la calle se puede y se debe ser santo? ¿Que puede y debe ser santo el que vende helados en un carrito y la empleada que pasa el día en la cocina, y el director de una empresa bancaria, y el profesor de universidad y el que trabaja en el campo, y el que carga sobre las espaldas las maletas…? ¡Todos llamados a la santidad! Ahora esto lo ha recogido el último Concilio, pero en aquella época —1928—, no le cabía en la cabeza a nadie. De modo que… era lógico que pensaran que estaba loco.

Muchas personas, incluso no creyentes, encuentran en las enseñanzas de Josemaría Escrivá un estímulo y un aliento para mejorar en su vida cotidiana. Con razón se le ha llamado, —además de “el santo del trabajo”—, “el santo de la vida cotidiana”. Su mensaje ha revitalizado la vida cristiana en muy diversos ambientes, y acuden a su intercesión todo tipo de personas, con los más diversos carismas. En la actualidad, por ejemplo, hay jóvenes religiosos que han elegido Josemaría como su nombre en religión

Josemaría Escrivá hizo en el mundo —y sigue haciendo— una gran siembra de santidad y paz. Se ofrecen a continuación los perfiles de varios hombres y mujeres, que lucharon por identificarse con Cristo siguiendo su carisma y sus enseñanzas. Algunas de estas personas se encuentran en camino de canonización.

Alvaro del Portillo, obispo. Prelado del Opus Dei (Madrid, 11.III.1914 — Roma, 23.III.1994). Fue el más estrecho y fiel colaborador de Josemaría Escrivá. Pertenecía al Opus Dei desde 1935, fue ordenado sacerdote el 25.VI.1944. El 15.IX.1975, el Congreso General electivo del Opus Dei lo escogió para llevar el gobierno de esta porción de la Iglesia, tras el fallecimiento de su Fundador. El 28.XI.1982 Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal y le nombró Prelado del Opus Dei. El 6.I.1991 fue ordenado obispo. Falleció santamente en Roma en 1994, a la vuelta de una peregrinación a Jerusalén. El Santo Padre acudió a rezar ante sus restos mortales en la Sede Central del Opus Dei.

Isidoro Zorzano, ingeniero de RENFE (Buenos Aires, 13.IX.1902 — Madrid, 15.VII.1943). Es uno de los primeros fieles del Opus Dei. Nacido en Argentina, en el seno de una familia de emigrantes, Isidoro Zorzano conoció a Josemaría Escrivá hacia 1915, cuando —tras el regreso a España— estudiaba el Bachillerato en Logroño. Durante la persecución religiosa en España dio pruebas de caridad y valentía heroica. Tuvo un gran afán por mejorar la situación laboral de los trabajadores de la empresa de Ferrocarriles en la que trabajaba. Sobrellevó cristianamente una enfermedad larga y dolorosa, y falleció santamente en la víspera de la fiesta de la Virgen del Carmen de 1943. Uno de los que le acompañaban escribió estas notas, que sintetizan su vida: “Pasó inadvertido. Cumplió con su deber. Amó mucho. Estuvo en los detalles. Y se sacrificó siempre”. Su Causa de Canonización se abrió en Madrid el 11 de octubre de 1948.

Luis Gordon Picardo, empresario cervecero (Cádiz, 20.VIII.1898 — Madrid, 5.XI.1932). Nació en Jerez de la Frontera, en el seno de una familia profundamente cristiana de dieciséis hijos, de los que muchos eligieron el camino del sacerdocio o de la vida religiosa. Estudió Ingeniería cervecera en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Nancy. Dirigió una empresa familiar —una pequeña fábrica de cerveza— en Ciempozuelos. Fue uno de los primeros del Opus Dei, al que se incorporó en 1932. Falleció santamente en Madrid el 5 de noviembre de aquel año, atendido por el Fundador, tras una vida de abnegación y sacrificio. Se preocupó hondamente por los obreros de su fábrica y los enfermos de los hospitales.

María Ignacia García Escobar. (Hornachuelos, Córdoba, 1896 — Madrid, 13.IX.1933). Fue una de las primeras mujeres del Opus Dei. Falleció con fama de santidad tras una larga y dolorosa enfermedad, en el Hospital del Rey de Madrid, atendida por el Fundador. Desarrolló un profundo apostolado, lleno de alegría y sentido de reparación y desagravio, con las personas que la rodeaban.

José María Somoano Berdasco, sacerdote diocesano (Arriondas, Asturias, 5.II.1902 — Madrid, 16.VI.1932). Fue el hijo mayor de una familia asturiana, muy cristiana, con doce hijos. Se ordenó sacerdote en Madrid en 1927. Fue capellán de la Enfermería del Hospital del Rey y estuvo junto a Josemaría Escrivá en los comienzos del Opus Dei, vinculándose estrechamente con los afanes del fundador. Dedicó sus mejores esfuerzos apostólicos a los niños abandonados de Madrid y a los enfermos de tuberculosis del Hospital del Rey. Falleció santamente, posiblemente envenenado por los enemigos de la Fe, en la fiesta de la Virgen del Carmen, a la que tenía gran devoción.

Montse Grases, estudiante de Escuela Profesional (Barcelona, 10.VII.1941 — 26.III.1959). Esta joven barcelonesa, nacida en el seno de una familia numerosa y profundamente cristiana, era alegre y emprendedora, muy deportista y con gran afán de almas. Estudió en la Escuela Profesional para la Mujer de la Diputación de Barcelona, y se incorporó al Opus Dei en plena juventud, el 24.XII.1957. Pocos meses después se le diagnosticó un cáncer de huesos, enfermedad que llevó con gran sentido sobrenatural, fortaleza, y abandono en Dios. Falleció en olor de santidad el 26 de Marzo de 1959, Jueves Santo. Está abierta su Causa de Canonización.

Eduardo Ortiz de Landázuri, médico (Segovia, 31.X.1910 — Pamplona, 20.V.1985).Nació en Segovia, en el seno de una familia cristiana, y estudió Medicina en Madrid. Tras el fusilamiento de su padre, el 8.IX.1936,durante la guerra, sufrió una crisis espiritual que le llevó del alejamiento práctico de la Iglesia a una vida intensamente cristiana. Casado, padre de siete hijos. El 1.VI.1952 pidió la admisión en el Opus Dei. Se incorporó en 1958 a la naciente Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, en cuya Facultad —y Clínica Universitaria— trabajó hasta su jubilación, desviviéndose por sus enfermos.Falleció santamente en la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra, en Pamplona, el 20.V.1985. Su Causa de Canonización se abrió en Pamplona el 11.XII.1998.

Ernesto Cofiño, pediatra (Ciudad de Guatemala, 5.VI.1899 — 17.X.1991). El “doctor Cofiño” —como le llamaban miles de indígenas guatemaltecos— nació en el seno de una familia numerosa de Guatemala. Casado, padre de cinco hijos. Pidió la admisión en el Opus Dei el 6.XII.1956. Es el pionero de la Pediatría en Guatemala y en Centroamérica, donde ejerció la docencia universitaria y promovió numerosas obras sociales en beneficio de la infancia. Se ocupó muy especialmente de las necesidades del mundo indígena. Impulsó la creación de escuelas para campesinos, para obreros, para universitarios, junto con numerosas iniciativas a favor de las personas más pobres de Centroamérica, siguiendo las enseñanzas sociales de la Iglesia. Falleció con fama de santidad el 17 de octubre de 1991 a causa de un cáncer, enfermedad que sobrellevó cristianamente. Su Causa de Canonización se abrió en la Ciudad de Guatemala en el año 2001.

Alexia González-Barros, estudiante de Bachillerato (Madrid 7.III.1971 — Pamplona, 5.XII.1985) Esta adolescente madrileña nació en el seno de una familia numerosa. Estudió los primeros cursos de Bachillerato en el Colegio Jesús Maestro, dirigido por las religiosas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús. Por deseo de sus padres, que tenían gran devoción al Fundador del Opus Dei, hizo la primera Comunión el 8 de mayo de 1979, en la Cripta del Oratorio de Santa María de la Paz, donde estaba enterrado Josemaría Escrivá. “¿Te das cuenta, Alexia —le preguntó Monseñor Álvaro del Portillo—, de que vas a ser la primera niña que haga la Primera Comunión a los pies de nuestro Padre?” Alexia contestó ilusionada: “Sí”.

Al día siguiente, asistió vestida de Primera Comunión a la Audiencia General en la Plaza de San Pedro, y entregó una carta a Juan Pablo II. El Pontífice le hizo entonces el signo de la cruz sobre la frente. “La cruz sobre Alexia”, intuyó su madre. Esa intuición se hizo pronto realidad: en enero de 1985 comenzó a sentir fuertes dolores de cabeza y el 4.II.1985 se declaró su grave enfermedad. Comenzó a sufrir diversas intervenciones quirúrgicas, que llevó con gran fortaleza, afán de almas y sentido sobrenatural. Murió con la ilusión de poder entregarse en el Opus Dei, a cuyo fundador tenía gran devoción. Falleció santamente el 5.XII.1985. Pronto se expandió su fama de santidad en numerosos países. El 11.V.2000 el Postulador de su Causa, Flavio Capucci, entregó en Roma la Positiosobre la heroicidad de su vida y virtudes.

Toni Zweifel, directivo de una ONG de Ayuda al Desarrollo (Verona, Italia, 15.II.1938 — Zürich, Suiza, 24.XI.1989). Este suizo, nacido en Verona, estudió ingeniería industrial en Zürich. Trabajó como colaborador científico en un Instituto de Termodinámica. En 1962 pidió la admisión en el Opus Dei, y diez años después creó una Fundación para la Ayuda al Desarrollo, que llevó a cabo cientos de proyectos de promoción humana y solidaridad en más de treinta países de cuatro continentes. Miles de personas se beneficiaron de su amor de Dios y solicitud por todos, especialmente por los más necesitados. Vivió con heroísmo las virtudes cristianas en la normalidad de una vida corriente. Falleció con fama de santidad en Zürich el 24 de noviembre de 1989, donde se abrió su Causa de Canonización.

Guadalupe Ortiz de Landázuri, química (Madrid, 12.XII.1916 — 16.VII.1975). Nació en Madrid el día de la fiesta de la Virgen de Guadalupe. Estudió Ciencias Químicas en la Universidad Central y pidió la admisión en el Opus Dei en 1944. El 5 de marzo de 1950 se trasladó a México, donde comenzó la labor apostólica con mujeres del Opus Dei de diversos ambientes sociales. Permaneció en México hasta 1956. En los años siguientes, obtuvo el doctorado y se dedicó a la docencia, mientras realizaba un intenso apostolado. Tras una vida de intensa oración, mortificación y búsqueda de la identificación con Cristo mediante la santificación de su trabajo, falleció santamente el día de la Virgen del Carmen de 1975. Su Causa de Canonización se abrió en 2001 en Madrid

Santificar el trabajo

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Un padre de familia le preguntaba cómo acercar a la Iglesia a los alejados de la fe; una mujer paralítica, en silla de ruedas desde hacía muchos años, le pedía sugerencias para influir cristianamente en la sociedad; un entrenador de fútbol juvenil, le manifestaba su preocupación por ayudar a los jóvenes de su equipo; un quiosquero le pedía consejo para hacer una sociedad más limpia.

Con ejemplos asequibles y plásticos, adecuados a las diversas mentalidades y culturas, hablaba de la necesidad de santificar el trabajo. Santificarlo significa realizarlo cara a Dios, con perfección humana y sobrenatural, con sentido de servicio a los demás

Escribía: Lo que he enseñado siempre —desde hace cuarenta años— es que todo trabajo humano honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales –—manifestar su dimensión divina— y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la redención del mundo”.


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder