<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Opus Dei Testimonios &#187; santificación</title>
	<atom:link href="http://opusdeit.org/tag/santificacion/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://opusdeit.org</link>
	<description>Testimonios sobre el Opus Dei y la vida cristiana</description>
	<lastBuildDate>Wed, 08 Sep 2010 14:49:42 +0000</lastBuildDate>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
	<generator>http://wordpress.org/?v=3.0</generator>
		<item>
		<title>Tal como son, con sus defectos</title>
		<link>http://opusdeit.org/2010/07/tal-como-son-con-sus-defectos/</link>
		<comments>http://opusdeit.org/2010/07/tal-como-son-con-sus-defectos/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 02 Jul 2010 09:10:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
				<category><![CDATA[iglesia]]></category>
		<category><![CDATA[dirección espiritual]]></category>
		<category><![CDATA[herencia]]></category>
		<category><![CDATA[matices humanos]]></category>
		<category><![CDATA[opus dei]]></category>
		<category><![CDATA[Redentor]]></category>
		<category><![CDATA[santificación]]></category>
		<category><![CDATA[vocación]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://opusdeit.org/?p=5070</guid>
		<description><![CDATA[“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco. –¿Qué le proporciona a usted el Opus Dei? –Quien responde ahora es el catedrático de Derecho Romano, Alvaro D&#8217;Ors Pérez–Peix. –La Obra proporciona a sus miembros la dirección espiritual que da sentido a la propia existencia como hijos de Dios. Cada uno contribuye [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis  Ignacio Seco.</h2>
<p>–¿Qué le proporciona a usted el Opus Dei? –Quien responde ahora es el  catedrático de Derecho Romano, Alvaro D&#8217;Ors Pérez–Peix.</p>
<p>–La Obra proporciona a sus miembros la dirección espiritual que da  sentido a la propia existencia como hijos de Dios. Cada uno contribuye  al Opus Dei sobre todo con el hecho de su misma vocación: supone un  enriquecimiento de matices humanos en un único fin de santificación. Las  mismas imperfecciones de cada uno sirven para cumplir esa plenitud que  continúa la obra del Redentor. Por eso siempre dice el Fundador que  quiere a sus hijos tal como son, con sus defectos: no porque falte la  voluntad ascética de superarlos, sino porque la realidad humana se pone,  en último término, como medio de dar a Dios más gloria. En esto está el  secreto del Opus Dei: en la seguridad de que en cualquier punto y  momento de nuestra existencia, sin cambios aparentes pero con una  permanente conversión interior, puede empezar y debe proseguir la lucha  divina por la santificación de todos.</p>
<p>–¿Cómo ve la aportación del Opus Dei a la Iglesia?</p>
<p>–Es difícil de medir, pero fácil de ver. Diría que la voluntad concreta  de Dios al poner su Obra en el mundo no es indiferente a la situación de  nuestra Santa Madre Iglesia. Pero sus designios son inescrutables. En  todo caso, «por sus frutos los conoceréis», y me atrevería a decir que  los frutos del Opus Dei al servicio de la Iglesia son frutos de  bendición; como decía un prelado hace años, «es efectivamente de Dios».<a></a></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://opusdeit.org/2010/07/tal-como-son-con-sus-defectos/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>TEMA 28. La gracia y las virtudes</title>
		<link>http://opusdeit.org/2010/05/tema-28-la-gracia-y-las-virtudes-2/</link>
		<comments>http://opusdeit.org/2010/05/tema-28-la-gracia-y-las-virtudes-2/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 02 May 2010 16:57:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
				<category><![CDATA[firmes en la fe]]></category>
		<category><![CDATA[don gratuito]]></category>
		<category><![CDATA[Espíritu Santo]]></category>
		<category><![CDATA[La Gracia]]></category>
		<category><![CDATA[participación divina]]></category>
		<category><![CDATA[santificación]]></category>
		<category><![CDATA[vida sobrenatural]]></category>
		<category><![CDATA[virtudes teologales]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://opusdeit.org/?p=3678</guid>
		<description><![CDATA[La gracia es la fuente de la obra de santificación; sana y eleva la naturaleza haciéndonos capaces de obrar como hijos de Dios. 1. La gracia Dios ha llamado al hombre a participar de la vida de la Santísima Trinidad. «Esta vocación a la vida eterna es sobrenatural» (Catecismo, 1998). Para conducirnos a este fin [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">La gracia es la fuente de la obra de santificación; sana y eleva la naturaleza haciéndonos capaces de obrar como hijos de Dios.</h2>
<div>
<div><img src="http://www.opusdei.es/img/sp.gif" alt="" width="1" height="1" /></div>
</div>
<p><strong>1. La gracia</strong></p>
<p>Dios ha llamado al hombre a participar de la vida de la Santísima Trinidad. «Esta vocación a la vida eterna es <em>sobrenatural</em>» (<em>Catecismo</em>, 1998). Para conducirnos a este fin último sobrenatural, nos concede ya en esta tierra un inicio de esa participación que será plena en el cielo. Este don es la gracia santificante, que consiste en una «incoación de la gloria». Por tanto, la <em>gracia santificante</em>:</p>
<p>— «es el don gratuito que Dios nos hace de su vida, infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma, para sanarla del pecado y santificarla» (<em>Catecismo</em>, 1999);</p>
<p>— «es una <em>participación en la vida de Dios</em>» (<em>Catecismo</em>, 1997; cfr. 2<em> P</em> 1, 4), que nos diviniza (cfr. <em>Catecismo</em>, 1999);</p>
<p>— es, por tanto, una <em>nueva vida</em>, sobrenatural; como un nuevo nacimiento por el que somos constituidos en hijos de Dios por adopción, partícipes de la filiación natural del Hijo: «hijos en el Hijo&#8221;;</p>
<p>— nos introduce así en la intimidad de la vida trinitaria. Como hijos adoptivos, podemos llamar «Padre» a Dios, en unión con el Hijo único (cfr. <em>Catecismo</em>, 1997);</p>
<p>— es «gracia de Cristo», porque en la situación presente —es decir, después del pecado y de la Redención obrada por Jesucristo— la gracia nos llega como participación de la gracia de Cristo (<em>Catecismo</em>, 1997): «De su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia» (<em>Jn</em> 1, 16). La gracia nos configura con Cristo (cfr. <em>Rm</em> 8, 29);</p>
<p>— es «gracia del Espíritu Santo», porque es infundida en el alma por el Espíritu Santo.</p>
<p>La gracia santificante se llama también <em>gracia habitual</em> porque es una disposición estable que perfecciona al alma por la infusión de virtudes, para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor (cfr. <em>Catecismo</em>, 2000).</p>
<p><strong>2. La justificación</strong></p>
<p>La primera obra de la gracia en nosotros es la justificación (cfr. <em>Catecismo</em>, 1989). Se llama justificación al paso del estado de pecado al estado gracia (o “de justicia”, porque la gracia nos hace “justos”). Ésta tiene lugar en el Bautismo, y cada vez que Dios perdona los pecados mortales e infunde la gracia santificante (ordinariamente en el sacramento de la penitencia). La justificación «es la obra más excelente del amor de Dios» (<em>Catecismo</em>, 1994; cfr. <em>Ef</em> 2, 4-5).</p>
<p><strong>3. La santificación</strong></p>
<p>Dios no niega a nadie su gracia, porque quiere que todos los hombres se salven (1<em> Tm</em> 2, 4): todos están llamados a la santidad (cfr. <em>Mt</em> 5, 48).  La gracia «es en nosotros la fuente de la obra de santificación» (<em>Catecismo</em>, 1999); sana y eleva nuestra naturaleza haciéndonos capaces de obrar como hijos de Dios,  y de reproducir la imagen de Cristo (cfr. <em>Rm</em> 8,29): es decir, de ser, cada uno, <em>alter Christus</em>, otro Cristo. Esta semejanza con Cristo se manifiesta en las virtudes.</p>
<p>La santificación es el progreso en santidad; consiste en la unión cada vez más íntima con Dios (cfr. <em>Catecismo</em>, 2014), hasta llegar a ser no sólo otro Cristo sino <em>ipse Christus</em>, el mismo Cristo: es decir, una sola cosa con Cristo, como miembro suyo (cfr. 1<em> Co</em> 12, 27). Para crecer en santidad es necesario cooperar libremente con la gracia, y esto requiere esfuerzo, lucha, a causa del desorden introducido por el pecado (el <em>fomes peccati</em>). «No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual» (<em>Catecismo</em>, 2015).</p>
<p>En consecuencia, para vencer en la lucha ascética, ante todo hay que pedir a Dios la gracia mediante la oración y la mortificación —«la oración de los sentidos&#8221;-  y recibirla en los sacramentos.</p>
<p>La unión con Cristo sólo será definitiva en el Cielo. Hay que pedir a Dios la gracia de la perseverancia final: es decir, el don de morir en gracia de Dios (cfr. <em>Catecismo</em>, 2016 y 2849).</p>
<p><strong>4. Las virtudes teologales</strong></p>
<p><em>La virtud</em>, en general, «es una disposición habitual y firme a hacer el bien» (<em>Catecismo</em>, 1803). «Las <em>virtudes teologales</em> se refieren directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad» (<em>Catecismo</em>, 1812). «Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos de Dios» (<em>Catecismo</em>, 1813)<a name="_ftnref15" href="http://www.opusdei.es/art.php?p=31881#_ftn15" rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow'></a>. Las virtudes teologales son tres: fe, esperanza y caridad (cfr. 1<em> Co</em> 13, 13).</p>
<p><em>La fe</em> «es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone» (<em>Catecismo</em>, 1814). Por la fe «el hombre se entrega entera y libremente a Dios», y se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios: «El justo vive de la fe» (<em>Rm</em> 1,17).</p>
<p>— «El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla» (<em>Catecismo</em>, 1816; cfr. <em>Mt</em> 10,32-33).</p>
<p><em>La esperanza</em> «es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo» (<em>Catecismo</em>, 1817)<a name="_ftnref18" href="http://www.opusdei.es/art.php?p=31881#_ftn18" rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow'></a>.</p>
<p><em>La caridad</em> «es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios» (<em>Catecismo</em>, 1822). Este es el <em>mandamiento nuevo</em> de Jesucristo: «que os améis unos a otros como yo os he amado» (<em>Jn</em> 15,12)<a name="_ftnref19" href="http://www.opusdei.es/art.php?p=31881#_ftn19" rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow'></a>.</p>
<p><strong>5. Las virtudes humanas</strong></p>
<p>«Las <em>virtudes humanas</em> son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena» (<em>Catecismo</em>, 1804). Éstas «se adquieren mediante las fuerzas humanas; son los frutos y los gérmenes de los actos moralmente buenos» (<em>Catecismo</em>, 1804)<a name="_ftnref20" href="http://www.opusdei.es/art.php?p=31881#_ftn20" rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow' rel='nofollow'></a>.</p>
<p>Entre las virtudes humanas hay cuatro llamadas <em>cardinales</em> porque todas las demás se agrupan en torno a ellas. Son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza (cfr. <em>Catecismo</em>, 1805).</p>
<p>— La <em>prudencia</em> «es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo» (<em>Catecismo</em>, 1806). Es la «regla recta de la acción».</p>
<p>— La <em>justicia</em> «es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido» (<em>Catecismo</em> 1807).</p>
<p>— La <em>fortaleza</em> «es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa» (<em>Catecismo</em>, 1808).</p>
<p>— La <em>templanza</em> «es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos» (<em>Catecismo</em>, 1809). La persona templada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles, y no se deja arrastrar por las pasiones (cfr. <em>Sir</em> 18, 30). En el Nuevo Testamento es llamada &#8220;moderación &#8221; o &#8220;sobriedad&#8221; (cfr. <em>Catecismo</em>, 1809).</p>
<p>Con respecto a las virtudes morales, se afirma que <em>in medio virtus</em>. Esto significa que la virtud moral consiste en un medio entre un defecto y un exceso.  <em>In medio virtus</em> no es una llamada a la mediocridad. La virtud no es el término medio entre dos o más vicios, sino la rectitud de la voluntad que —como una cumbre— se opone a todos los abismos que son los vicios.</p>
<p><strong>6. Las virtudes y la gracia. Las virtudes cristianas</strong></p>
<p>Las heridas dejadas por el pecado original en la naturaleza humana dificultan la adquisición y el ejercicio de las virtudes humanas (cfr. <em>Catecismo</em>, 1811).  Para adquirirlas y practicarlas, el cristiano cuenta con la gracia de Dios que sana la naturaleza humana.</p>
<p>La gracia, además, al elevar la naturaleza humana a participar de la naturaleza divina, eleva esas virtudes al plano sobrenatural (cfr. <em>Catecismo</em>, 1810), llevando a la persona humana a actuar según la recta razón iluminada por la fe: en una palabra, a imitar a Cristo. De este modo, las virtudes humanas llegan a ser <em>virtudes cristianas</em>.</p>
<p><strong>7. Los dones y frutos del Espíritu Santo</strong></p>
<p>«La vida moral de los cristianos está sostenida por los <em>dones del Espíritu Santo</em>. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo» (<em>Catecismo</em>, 1830).  Los dones del Espíritu Santo son (cfr. <em>Catecismo</em>, 1831):</p>
<p>1º don de sabiduría: para comprender y juzgar con acierto acerca de los designios divinos;</p>
<p>2º don de entendimiento: para la penetración en la verdad sobre Dios;</p>
<p>3º don de consejo: para juzgar y secundar en las acciones singulares los designios divinos;</p>
<p>4º don de fortaleza: para acometer las dificultades en la vida cristiana;</p>
<p>5º don de ciencia: para conocer la ordenación de las cosas creadas a Dios;</p>
<p>6º don de piedad: para comportarnos como hijos de Dios y como hermanos de nuestros hermanos los hombres, siendo otros Cristos;</p>
<p>7º don de temor de Dios: para rechazar todo lo que pueda ofender a Dios, como un hijo rechaza, por amor, lo que puede ofender a su padre.</p>
<p><em>Los frutos del Espíritu Santo</em> «son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna» (<em>Catecismo</em>, 1832). Son actos que la acción del Espíritu Santo produce habitualmente en el alma. La tradición de la Iglesia enumera doce: «caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad» (<em>Ga</em> 5, 22-23).</p>
<p><strong>8. Influencia de las pasiones en la vida moral</strong></p>
<p>Por la unión sustancial del alma y del cuerpo, nuestra vida espiritual —el conocimiento intelectual y el libre querer de la voluntad— se encuentra bajo el influjo (para bien o para mal) de la sensibilidad. Este influjo se manifiesta en las <em>pasiones</em> que son «impulsos de la sensibilidad que inclinan a obrar o a no obrar en razón de lo que es sentido o imaginado como bueno o como malo» (<em>Catecismo</em>, 1763). Las pasiones son movimientos del <em>apetito sensible</em> (irascible y concupiscible). Se pueden llamar también, en sentido amplio, “sentimientos” o “emociones”.</p>
<p>Son pasiones, por ejemplo, el amor, la ira, el temor, etc. «La más fundamental es <em>el amor</em> despertado por la atracción del bien. El amor causa el deseo del bien ausente y la esperanza de obtenerlo. Este movimiento culmina en el placer y el gozo del bien poseído. La aprehensión del mal causa el odio, la aversión y el temor ante el mal que puede sobrevenir. Este movimiento culmina en la tristeza a causa del mal presente o en la ira que se opone a él» (<em>Catecismo</em>, 1765).</p>
<p>Las pasiones influyen mucho en la vida moral. «En sí mismas, no son buenas ni malas» (<em>Catecismo</em>, 1767). «Son moralmente buenas cuando contribuyen a una acción buena, y malas en el caso contrario» (<em>Catecismo</em>, 1768). Pertenece a la perfección humana el que las pasiones estén reguladas por la razón y dominadas por la voluntad.  Después del pecado original, las pasiones no se encuentran sometidas al imperio de la razón, y con frecuencia inclinan a realizar lo que no es bueno. Para encauzarlas habitualmente al bien se necesita la ayuda de la gracia, que sana las heridas del pecado, y la lucha ascética.</p>
<p>La voluntad, si es buena, utiliza las pasiones ordenándolas al bien.  En cambio, la mala voluntad, que sigue al egoísmo, sucumbe a las pasiones desordenadas o las usa para el mal (cfr. <em>Catecismo</em>, 1768).</p>
<p><em>Paul O’Callaghan<br />
</em></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://opusdeit.org/2010/05/tema-28-la-gracia-y-las-virtudes-2/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Homilía en la Basílica de los Doce Apóstoles</title>
		<link>http://opusdeit.org/2010/03/homilia-en-la-basilica-de-los-doce-apostoles/</link>
		<comments>http://opusdeit.org/2010/03/homilia-en-la-basilica-de-los-doce-apostoles/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 30 Mar 2010 07:51:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
				<category><![CDATA[movimiento Opus Dei]]></category>
		<category><![CDATA[Basílica de los Doce Apóstoles]]></category>
		<category><![CDATA[Benedicto XVI]]></category>
		<category><![CDATA[fe]]></category>
		<category><![CDATA[opus dei]]></category>
		<category><![CDATA[San Josemaría]]></category>
		<category><![CDATA[santificación]]></category>
		<category><![CDATA[voluntad de Dios]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://opusdeit.org/?p=3231</guid>
		<description><![CDATA[Homilía durante la Sta. Misa en acción de gracias por la beatificación del fundador del Opus Dei 19 de mayo de 1992 Se identificó con la Voluntad de Dios El Apocalipsis de San Juan, que nos habla de tantos acontecimientos atroces del pasado y del futuro de nuestra historia, abre no obstante el cielo sobre [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Homilía durante la Sta. Misa en acción de gracias por la beatificación del fundador del Opus Dei</p>
<p>19 de mayo de 1992</h2>
<p><strong>Se identificó con la Voluntad de Dios<br />
</strong><br />
El Apocalipsis de San Juan, que nos habla de tantos acontecimientos atroces del pasado y del futuro de nuestra historia, abre no obstante el cielo sobre la tierra y nos enseña que Dios no deja el mundo de su mano. Por mucho mal que pueda haber, al final está su victoria. De en medio de las miserias de la tierra surge la alabanza. El trono de Dios está rodeado de un coro siempre creciente de almas salvadas, cuyas vidas se han convertido en un movimiento de alegría y de gloria, olvidados de sí mismos. Este coro no sólo canta en el más allá, sino que se va preparando en medio de la historia y ya está presente en ella de forma oculta.</p>
<p>Esto se manifiesta claramente en la voz que proviene del trono, es decir del Dios oculto: «Alabad a nuestro Dios todos sus siervos y cuantos le teméis, pequeños y grandes» (Apc 19, 5). Esto es una llamada a nuestro mundo para que nos dediquemos a lo único importante y pertenecer así, ya ahora, a la liturgia de la eternidad.</p>
<p>La beatificación de Josemaría Escrivá nos dice que este sacerdote de nuestro siglo se encuentra en el coro de los que alaban a Dios y que en él se hacen realidad las palabras de la lectura de hoy: «A los que predestinó (&#8230;) a esos también los glorificó» (Rom 8, 30). La glorificación no pertenece al futuro, sino que ya ha tenido lugar: nos lo recuerdan las beatificaciones. «Alabad a nuestro Dios (&#8230;), pequeños y grandes»: Josemaría Escrivá oyó esta voz y la entendió como la vocación de su vida, pero no la aplicó solamente a sí mismo y a su propia vida. Consideró como misión suya transmitir la voz que sale del trono, hacerla oír en nuestro siglo. Ha invitado a los grandes y a los pequeños a alabar a Dios, y precisamente por esto él mismo ha glorificado a Dios.</p>
<p>Josemaría Escrivá se dio cuenta muy pronto de que Dios tenía un plan con él, de que quería algo de él. Pero no sabía qué era. ¿Cómo podría encontrar la respuesta, dónde debía buscarla? Se puso a buscar, sobre todo escuchando la palabra de Dios, la Sagrada Escritura. Leía la Biblia no como un libro del pasado, ni como un libro de problemas sobre los que discutimos, sino como una palabra del presente, que nos habla hoy: una palabra en la que cada uno de nosotros somos protagonistas y debemos buscar nuestro sitio, para encontrar nuestro camino. En esta búsqueda le movió especialmente la historia del ciego Bartimeo que, sentado a la vera del camino de Jericó, oyó que pasaba Jesús e imploró a gritos su misericordia (Cfr Mc 10, 46-52). Mientras los discípulos intentaban hacer callar al mendigo ciego, Jesús se dirigió a él y le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?» Bartimeo le respondió: «¡Señor, que vea!» Josemaría se reconocía a sí mismo en Bartimeo: ¡Señor, que vea! era su constante clamor: ¡Señor, hazme ver tu voluntad!</p>
<p>El hombre empieza a ver verdaderamente, cuando aprende a ver a Dios. Y comienza a ver a Dios, cuando ve su voluntad y está dispuesto a hacerla suya. El deseo de ver la voluntad de Dios y de identificar la propia voluntad con la suya fue siempre el verdadero móvil de la vida de Escrivá «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.» Ese deseo y esa incesante súplica le fueron preparando para responder, en el momento de la iluminación, como Pedro: «Señor, en tu nombre echaré la red» (Lc 5, 5). Su sí no era menos aventurado que aquel sí en el lago de Genesaret después de una noche infructuosa: España se encontraba revuelta por el odio a la Iglesia, a Cristo, a Dios. Intentaban arrancar del país a la Iglesia, cuando recibió el encargo de echar la red para Dios. Desde entonces y a lo largo de toda su vida, como pescador de Dios, fue echando la red divina sin cansancio en las aguas de nuestra historia, para atraer a la luz a grandes y pequeños, para devolverles la vista.</p>
<p>La voluntad de Dios. San Pablo dice sobre esto a los Tesalonicenses: «Ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación» (Thes 4, 3). La voluntad de Dios es, en último término, muy sencilla, y en su núcleo siempre la misma: la santidad. Y santidad significa, como nos dice la Lectura de hoy, llegar a ser semejantes a Cristo (Cfr Rom 8, 29). Josemaría Escrivá consideró esta llamada no sólo dirigida a sí mismo, sino sobre todo como un encargo para transmitir a los demás: animar a la santidad y congregar para Cristo una comunidad de hermanos y hermanas.</p>
<p>El significado de la palabra «santo» ha experimentado a lo largo de los tiempos un estrechamiento peligroso, que sin duda sigue influyendo aún hoy. Nos hace pensar en los santos que vemos representados en los altares, en milagros y virtudes heroicas, y nos sugiere que la santidad es para unos pocos elegidos, entre los que no nos podemos incluir. Entonces dejamos la santidad para esos pocos, cuyo número desconocemos, y nos conformamos simplemente con ser como somos.</p>
<p>En medio de esta apatía espiritual, Josemaría Escrivá ha actuado como un despertador, clamando: No, la santidad no es lo extraordinario sino lo ordinario, lo normal para cada bautizado. La santidad no consiste en ciertos heroísmos imposibles de imitar, sino que tiene mil formas y puede hacerse realidad en cualquier sitio y profesión. Es lo normal y consiste en dirigir a Dios la vida ordinaria y penetrarla con el espíritu de la fe.</p>
<p>Consciente de este encargo, nuestro Beato viajó incansablemente por distintos continentes, hablando a las gentes para animarles a ser santos, a vivir la aventura de ser cristianos dondequiera que sea el sitio de cada uno en la vida. Así, llegó a ser el gran hombre de acción, que vivía de la voluntad de Dios y llamaba a otros hacia ella sin convertirse por eso en un «moralizador». Sabía que no podemos hacernos justos a nosotros mismos; igual que el amor presupone lo pasivo de ser amado, así la santidad va siempre unida a algo pasivo: aceptar el ser amado por Dios.</p>
<p>Su fundación se llama Opus Dei , no Opus nostrum. No quería crear su obra, la obra de Josemaría Escrivá: no pretendía hacerse un monumento a sí mismo. Mi obra no es mía, podía y quería decir en la línea de Cristo, en identificación con Él (Cfr Ioh 7, 16): no quería hacer lo suyo propio, sino dejar sitio a Dios, para que hiciera su Obra. Seguramente era consciente también de lo que Jesús nos dice en el Evangelio de San Juan: «La obra de Dios es que creáis» (Ioh 6, 29), es decir, entregarnos a Dios para que pueda actuar a través de nosotros.</p>
<p>De esta manera surge una nueva identificación con una palabra de la Escritura. La palabra de Pedro en el Evangelio de hoy llegó a ser su propia palabra: Homo peccator sum -soy un hombre pecador-. Cuando nuestro Beato reconoció la pesca abundante de su vida, se asustó como Pedro al ver su miseria en comparación con lo que Dios quería hacer en y a través de él. Se llamaba a sí mismo «fundador sin fundamento» e «instrumento inepto»: sabía y veía con claridad que todo eso no lo había hecho él, que no podía hacerlo, sino que Dios actuaba a través de un instrumento que parecía totalmente inepto. Y esto es lo que, en último término, quiere decir «virtud heroica»: se hace realidad lo que sólo Dios puede hacer.</p>
<p>Josemaría reconocía su miseria, pero se entregó a Dios sin preocuparse de sí mismo, sino manteniéndose disponible para la voluntad de Dios; prescindió de sí mismo y de todo interés personal. Una y otra vez hablaba de sus «locuras»: comenzar sin ningún medio, empezar en medio de lo imposible. Parecían locuras que debía arriesgarse a hacer, y se arriesgó. En este contexto vienen a la mente aquellas palabras de su gran compatriota Miguel de Unamuno: «Sólo los locos hacen lo sensato, los sabios no hacen más que tonterías». Se atrevía a ser algo así como un Don Quijote de Dios. ¿O acaso no parece «quijotesco» enseñar, en medio del mundo de hoy, la humildad, la obediencia, la castidad, el desprendimiento de las cosas materiales, el olvido de sí? La voluntad de Dios era para él lo verdaderamente razonable y así se mostró racional lo aparentemente irracional.</p>
<p>La voluntad de Dios. La voluntad divina tiene su lugar concreto y su forma concreta en este mundo: tiene un cuerpo. El Cuerpo de Cristo ha quedado en la Iglesia. Por eso no se puede separar la obediencia a la voluntad de Dios, de la obediencia a la Iglesia. Solamente si incluyo mi propia misión en la obediencia a la Iglesia, tengo la garantía de considerar mis propios ideales como la voluntad de Dios, de seguir realmente su llamada. Por eso, para Josemaría Escrivá el baremo básico de su misión fue siempre la obediencia a la Iglesia jerárquica y la unión con ella. En esto no hay nada de positivismo, de autoridad: la Iglesia no es un sistema de poder; no es una asociación para fines religiosos, sociales o morales, que va ideando el modo de alcanzar mejor esos fines; y, si fuera el caso, lo sustituye por otros más acordes con los tiempos actuales.</p>
<p>La Iglesia es un Sacramento. Esto significa que no se pertenece a sí misma. No realiza su propia obra, sino que debe estar disponible para la obra de Dios. Está vinculada a la voluntad de Dios. Los Sacramentos son la estructura de su vida, y el centro de los sacramentos es la Eucaristía, en la que tocamos del modo más inmediato esta presencia real de Jesucristo. Por eso, para nuestro Beato, eclesialidad significaba ante todo vivir desde el centro de la Iglesia, que es la Eucaristía. Amaba y proclamaba la Eucaristía en todas sus dimensiones: como adoración del Señor presente entre nosotros de modo oculto pero real; como don, en el que Él mismo se nos comunica una y otra vez; como sacrificio, conforme a aquellas palabras de la Escritura: «No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo» (Heb 10, 5, cfr Ps 40, 6-8). Cristo sólo se puede distribuir, porque se ha ofrecido, porque ha salido de sí mismo mediante el amor, porque se ha entregado y se entrega. Solamente llegaremos a ser conformes a la Imagen del Hijo, si entramos en ese movimiento del amor que se da, si nos convertimos en sacrificio: el amor no es posible sin el aspecto pasivo de la “passio” que nos transforma y abre.</p>
<p>Cuando a la edad de dos años Josemaría Escrivá había enfermado muy gravemente y estaba desahuciado por los médicos, su madre decidió dedicarlo a María. Con indecibles dificultades llevó a su hijo, por un camino áspero, a la Ermita de Nuestra Señora de Torreciudad y lo entregó allí a la Madre del Señor, para que fuese madre de él. Así Josemaría se supo toda su vida bajo el manto de la Virgen, que era su Madre. En su cuarto de trabajo, frente a la puerta, había un cuadro de Nuestra Señora de Guadalupe; esta imagen acogía su primera mirada cada vez que entraba. Recibió también su última mirada. A la hora de su muerte, apenas había entrado en la habitación y mirado a la imagen de la Madre, cayó al suelo. Mientras moría tocaban las campanas, el Ángelus, anunciando el “fiat” de María y la gracia de la Encarnación del Hijo, nuestro Salvador. En este signo, que estaba al principio de su vida y le señalaba la dirección, volvió a Dios.</p>
<p>Vamos a dar gracias ad Señor por este testigo de la fe en nuestro tiempo, por este incansable pregonero de su voluntad, y vamos a pedir: ¡Señor, que yo también vea! ¡Haz que reconozca tu voluntad y la haga! Amén.<a></a></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://opusdeit.org/2010/03/homilia-en-la-basilica-de-los-doce-apostoles/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>TEMA 28. La gracia y las virtudes</title>
		<link>http://opusdeit.org/2010/03/tema-28-la-gracia-y-las-virtudes/</link>
		<comments>http://opusdeit.org/2010/03/tema-28-la-gracia-y-las-virtudes/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 27 Mar 2010 23:38:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
				<category><![CDATA[compromiso]]></category>
		<category><![CDATA[Dios perdona]]></category>
		<category><![CDATA[gloria]]></category>
		<category><![CDATA[gracia]]></category>
		<category><![CDATA[hijos en el Hijo]]></category>
		<category><![CDATA[naturaleza humana]]></category>
		<category><![CDATA[santificación]]></category>
		<category><![CDATA[Santísima Trinidad]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://opusdeit.org/?p=3180</guid>
		<description><![CDATA[La gracia es la fuente de la obra de santificación; sana y eleva la naturaleza haciéndonos capaces de obrar como hijos de Dios. 1. La gracia Dios ha llamado al hombre a participar de la vida de la Santísima Trinidad. «Esta vocación a la vida eterna es sobrenatural» (Catecismo, 1998). Para conducirnos a este fin [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">La gracia es la fuente de la obra de santificación; sana y eleva la naturaleza haciéndonos capaces de obrar como hijos de Dios.</h2>
<div>
<div><img src="http://www.opusdei.es/img/sp.gif" alt="" width="1" height="1" /></div>
</div>
<p><strong>1. La gracia</strong></p>
<p>Dios ha llamado al hombre a participar de la vida de la Santísima Trinidad. «Esta vocación a la vida eterna es <em>sobrenatural</em>» (<em>Catecismo</em>, 1998). Para conducirnos a este fin último sobrenatural, nos concede ya en esta tierra un inicio de esa participación que será plena en el cielo. Este don es la gracia santificante, que consiste en una «incoación de la gloria». Por tanto, la <em>gracia santificante</em>:</p>
<p>— «es el don gratuito que Dios nos hace de su vida, infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma, para sanarla del pecado y santificarla» (<em>Catecismo</em>, 1999);</p>
<p>— «es una <em>participación en la vida de Dios</em>» (<em>Catecismo</em>, 1997; cfr. 2<em> P</em> 1, 4), que nos diviniza (cfr. <em>Catecismo</em>, 1999);</p>
<p>— es, por tanto, una <em>nueva vida</em>, sobrenatural; como un nuevo nacimiento por el que somos constituidos en hijos de Dios por adopción, partícipes de la filiación natural del Hijo: «hijos en el Hijo»;</p>
<p>— nos introduce así en la intimidad de la vida trinitaria. Como hijos adoptivos, podemos llamar «Padre» a Dios, en unión con el Hijo único (cfr. <em>Catecismo</em>, 1997);</p>
<p>— es «gracia de Cristo», porque en la situación presente —es decir, después del pecado y de la Redención obrada por Jesucristo— la gracia nos llega como participación de la gracia de Cristo (<em>Catecismo</em>, 1997): «De su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia» (<em>Jn</em> 1, 16). La gracia nos configura con Cristo (cfr. <em>Rm</em> 8, 29);</p>
<p>— es «gracia del Espíritu Santo», porque es infundida en el alma por el Espíritu Santo.</p>
<p>La gracia santificante se llama también <em>gracia habitual</em> porque es una disposición estable que perfecciona al alma por la infusión de virtudes, para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor (cfr. <em>Catecismo</em>, 2000).</p>
<p><strong>2. La justificación</strong></p>
<p>La primera obra de la gracia en nosotros es la justificación (cfr. <em>Catecismo</em>, 1989). Se llama justificación al paso del estado de pecado al estado gracia (o “de justicia”, porque la gracia nos hace “justos”). Ésta tiene lugar en el Bautismo, y cada vez que Dios perdona los pecados mortales e infunde la gracia santificante (ordinariamente en el sacramento de la penitencia). La justificación «es la obra más excelente del amor de Dios» (<em>Catecismo</em>, 1994; cfr. <em>Ef</em> 2, 4-5).</p>
<p><strong>3. La santificación</strong></p>
<p>Dios no niega a nadie su gracia, porque quiere que todos los hombres se salven (1<em> Tm</em> 2, 4): todos están llamados a la santidad (cfr. <em>Mt</em> 5, 48). La gracia «es en nosotros la fuente de la obra de santificación» (<em>Catecismo</em>, 1999); sana y eleva nuestra naturaleza haciéndonos capaces de obrar como hijos de Dios, y de reproducir la imagen de Cristo (cfr. <em>Rm</em> 8,29): es decir, de ser, cada uno, <em>alter Christus</em>, otro Cristo. Esta semejanza con Cristo se manifiesta en las virtudes.</p>
<address> La santificación es el progreso en santidad; consiste en la unión cada vez más íntima con Dios (cfr. <em>Catecismo</em>, 2014), hasta llegar a ser no sólo otro Cristo sino <em>ipse Christus</em>, el mismo Cristo: es decir, una sola cosa con Cristo, como miembro suyo (cfr. 1<em> Co</em> 12, 27). Para crecer en santidad es necesario cooperar libremente con la gracia, y esto requiere esfuerzo, lucha, a causa del desorden introducido por el pecado (el <em>fomes peccati</em>). «No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual» (<em>Catecismo</em>, 2015).</address>
<p>En consecuencia, para vencer en la lucha ascética, ante todo hay que pedir a Dios la gracia mediante la oración y la mortificación —«la oración de los sentidos»– y recibirla en los sacramentos.</p>
<p>La unión con Cristo sólo será definitiva en el Cielo. Hay que pedir a Dios la gracia de la perseverancia final: es decir, el don de morir en gracia de Dios (cfr. <em>Catecismo</em>, 2016 y 2849).</p>
<p><strong>4. Las virtudes teologales</strong></p>
<p><em>La virtud</em>, en general, «es una disposición habitual y firme a hacer el bien» (<em>Catecismo</em>, 1803). «Las <em>virtudes teologales</em> se refieren directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad» (<em>Catecismo</em>, 1812). «Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos de Dios» (<em>Catecismo</em>, 1813). Las virtudes teologales son tres: fe, esperanza y caridad (cfr. 1<em> Co</em> 13, 13).</p>
<p><em>La fe</em> «es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone» (<em>Catecismo</em>, 1814). Por la fe «el hombre se entrega entera y libremente a Dios», y se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios: «El justo vive de la fe» (<em>Rm</em> 1,17).</p>
<p>— «El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla» (<em>Catecismo</em>, 1816; cfr. <em>Mt</em> 10,32-33).</p>
<p><em>La esperanza</em> «es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo» (<em>Catecismo</em>, 1817).</p>
<p><em>La caridad</em> «es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios» (<em>Catecismo</em>, 1822). Este es el <em>mandamiento nuevo</em> de Jesucristo: «que os améis unos a otros como yo os he amado» (<em>Jn</em> 15,12).</p>
<p><strong>5. Las virtudes humanas</strong></p>
<p>«Las <em>virtudes humanas</em> son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena» (<em>Catecismo</em>, 1804). Éstas «se adquieren mediante las fuerzas humanas; son los frutos y los gérmenes de los actos moralmente buenos» (<em>Catecismo</em>, 1804).</p>
<p>Entre las virtudes humanas hay cuatro llamadas <em>cardinales</em> porque todas las demás se agrupan en torno a ellas. Son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza (cfr. <em>Catecismo</em>, 1805).</p>
<p>— La <em>prudencia</em> «es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo» (<em>Catecismo</em>, 1806). Es la «regla recta de la acción».</p>
<p>— La <em>justicia</em> «es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido» (<em>Catecismo</em> 1807).</p>
<p>— La <em>fortaleza</em> «es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa» (<em>Catecismo</em>, 1808).</p>
<p>— La <em>templanza</em> «es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos» (<em>Catecismo</em>, 1809). La persona templada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles, y no se deja arrastrar por las pasiones (cfr. <em>Sir</em> 18, 30). En el Nuevo Testamento es llamada &#8220;moderación &#8221; o &#8220;sobriedad&#8221; (cfr. <em>Catecismo</em>, 1809).</p>
<p>Con respecto a las virtudes morales, se afirma que <em>in medio virtus</em>. Esto significa que la virtud moral consiste en un medio entre un defecto y un exceso. <em>In medio virtus</em> no es una llamada a la mediocridad. La virtud no es el término medio entre dos o más vicios, sino la rectitud de la voluntad que —como una cumbre— se opone a todos los abismos que son los vicios.</p>
<p><strong>6. Las virtudes y la gracia. Las virtudes cristianas</strong></p>
<p>Las heridas dejadas por el pecado original en la naturaleza humana dificultan la adquisición y el ejercicio de las virtudes humanas (cfr. <em>Catecismo</em>, 1811). Para adquirirlas y practicarlas, el cristiano cuenta con la gracia de Dios que sana la naturaleza humana.</p>
<p>La gracia, además, al elevar la naturaleza humana a participar de la naturaleza divina, eleva esas virtudes al plano sobrenatural (cfr. <em>Catecismo</em>, 1810), llevando a la persona humana a actuar según la recta razón iluminada por la fe: en una palabra, a imitar a Cristo. De este modo, las virtudes humanas llegan a ser <em>virtudes cristianas</em>.</p>
<p><strong>7. Los dones y frutos del Espíritu Santo</strong></p>
<p>«La vida moral de los cristianos está sostenida por los <em>dones del Espíritu Santo</em>. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo» (<em>Catecismo</em>, 1830). Los dones del Espíritu Santo son (cfr. <em>Catecismo</em>, 1831):</p>
<p>1º don de sabiduría: para comprender y juzgar con acierto acerca de los designios divinos;</p>
<p>2º don de entendimiento: para la penetración en la verdad sobre Dios;</p>
<p>3º don de consejo: para juzgar y secundar en las acciones singulares los designios divinos;</p>
<p>4º don de fortaleza: para acometer las dificultades en la vida cristiana;</p>
<p>5º don de ciencia: para conocer la ordenación de las cosas creadas a Dios;</p>
<p>6º don de piedad: para comportarnos como hijos de Dios y como hermanos de nuestros hermanos los hombres, siendo otros Cristos;</p>
<p>7º don de temor de Dios: para rechazar todo lo que pueda ofender a Dios, como un hijo rechaza, por amor, lo que puede ofender a su padre.</p>
<p><em>Los frutos del Espíritu Santo</em> «son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna» (<em>Catecismo</em>, 1832). Son actos que la acción del Espíritu Santo produce habitualmente en el alma. La tradición de la Iglesia enumera doce: «caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad» (<em>Ga</em> 5, 22-23).</p>
<p><strong>8. Influencia de las pasiones en la vida moral</strong></p>
<p>Por la unión sustancial del alma y del cuerpo, nuestra vida espiritual —el conocimiento intelectual y el libre querer de la voluntad— se encuentra bajo el influjo (para bien o para mal) de la sensibilidad. Este influjo se manifiesta en las <em>pasiones</em> que son «impulsos de la sensibilidad que inclinan a obrar o a no obrar en razón de lo que es sentido o imaginado como bueno o como malo» (<em>Catecismo</em>, 1763). Las pasiones son movimientos del <em>apetito sensible</em> (irascible y concupiscible). Se pueden llamar también, en sentido amplio, “sentimientos” o “emociones”.</p>
<p>Son pasiones, por ejemplo, el amor, la ira, el temor, etc. «La más fundamental es <em>el amor</em> despertado por la atracción del bien. El amor causa el deseo del bien ausente y la esperanza de obtenerlo. Este movimiento culmina en el placer y el gozo del bien poseído. La aprehensión del mal causa el odio, la aversión y el temor ante el mal que puede sobrevenir. Este movimiento culmina en la tristeza a causa del mal presente o en la ira que se opone a él» (<em>Catecismo</em>, 1765).</p>
<p>Las pasiones influyen mucho en la vida moral. «En sí mismas, no son buenas ni malas» (<em>Catecismo</em>, 1767). «Son moralmente buenas cuando contribuyen a una acción buena, y malas en el caso contrario» (<em>Catecismo</em>, 1768). Pertenece a la perfección humana el que las pasiones estén reguladas por la razón y dominadas por la voluntad. Después del pecado original, las pasiones no se encuentran sometidas al imperio de la razón, y con frecuencia inclinan a realizar lo que no es bueno. Para encauzarlas habitualmente al bien se necesita la ayuda de la gracia, que sana las heridas del pecado, y la lucha ascética.</p>
<p>La voluntad, si es buena, utiliza las pasiones ordenándolas al bien. En cambio, la mala voluntad, que sigue al egoísmo, sucumbe a las pasiones desordenadas o las usa para el mal (cfr. <em>Catecismo</em>, 1768).</p>
<p><em>Paul O’Callaghan<br />
</em></p>
<p><span style="text-decoration: underline">Bibliografía básica</span></p>
<p><em>Catecismo de la Iglesia Católica</em>, 1762-1770, 1803-1832 y 1987-2005.</p>
<p><span style="text-decoration: underline">Lecturas recomendadas</span></p>
<p>San Josemaría, Homilía <em>Virtudes humanas</em>, en <em>Amigos de Dios</em>, 73-9</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://opusdeit.org/2010/03/tema-28-la-gracia-y-las-virtudes/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Setenta años del Opus Dei</title>
		<link>http://opusdeit.org/2010/01/setenta-anos-del-opus-dei/</link>
		<comments>http://opusdeit.org/2010/01/setenta-anos-del-opus-dei/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 31 Jan 2010 19:26:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
				<category><![CDATA[D. Álvaro]]></category>
		<category><![CDATA[cruz de Cristo]]></category>
		<category><![CDATA[exámen de conciencia]]></category>
		<category><![CDATA[oración]]></category>
		<category><![CDATA[prelatura del Opus Dei]]></category>
		<category><![CDATA[santificación]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://opusdeit.org/?p=2315</guid>
		<description><![CDATA[El dos de octubre de 1998 se cumplen setenta años de la fundación del Opus Dei. Setenta años son quizá pocos para realizar un balance provisional. Pero es tiempo más que suficiente para hacer examen de conciencia ante Dios. &#8220;Gracias por la ayuda que me has dado, perdona mi debilidad, ayúdame más&#8221;: Mons. Álvaro del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El dos de octubre de 1998 se cumplen setenta años de la fundación del Opus Dei. Setenta años son quizá pocos para realizar un balance provisional. Pero es tiempo más que suficiente para hacer examen de conciencia ante Dios. &#8220;Gracias por la ayuda que me has dado, perdona mi debilidad, ayúdame más&#8221;: Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor del Beato Josemaría al frente del Opus Dei, rezaba con esas palabras en fechas como ésta. Hoy yo quiero hacer mía aquella oración.</p>
<p>¿Qué perspectivas se abren en este momento a la Prelatura del Opus Dei? Las mismas que el Beato Josemaría vio el 2 de octubre de 1928. El trabajo es tarea y dignidad perpetua del hombre sobre la tierra. Siempre será preciso, por tanto, mostrar que el trabajo es, a la vez, lugar donde los hombres pueden encontrar a Cristo y materia misma de su santidad.</p>
<p>Deseo transcribir un fragmento de una carta del Beato Josemaría fechada en 1932. En ella, el Opus Dei es descrito en su núcleo esencial: &#8220;Al suscitar en estos años su Obra, el Señor ha querido que nunca más se desconozca o se olvide la verdad de que todos deben santificarse y de que a la mayoría de los cristianos les corresponde santificarse en el mundo, en el trabajo ordinario. Por eso, mientras haya hombres en la tierra, existirá la Obra. Siempre se producirá este fenómeno: que haya personas de todas las profesiones y oficios, que busquen la santidad en su estado, en esa profesión o en ese oficio suyo, siendo almas contemplativas en medio de la calle&#8221;.</p>
<p>No nos santificamos a pesar del mundo, sino en el mundo. El Beato Josemaría escribió en otra ocasión: &#8220;Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir&#8221;.</p>
<p>Ningún cristiano puede olvidar que el camino de la santidad pasa por la Cruz de Cristo. El esfuerzo por identificarse con Cristo en el trabajo cotidiano no puede quedar confinado en la esfera de las intenciones, sino que implica también fatiga, fortaleza en las contrariedades, dedicación, espíritu de servicio, lealtad probada.</p>
<p>Por eso pido al Señor que enseñe a todos los hombres a amar el sacrificio. Junto a la Cruz descubriremos que somos hijos queridísimos de Dios y experimentaremos la protección materna de María.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://opusdeit.org/2010/01/setenta-anos-del-opus-dei/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>
