26 de junio de 1975

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Durante su estancia en México se reunió con un grupo numeroso de sacerdotes diocesanos de Guadalajara, con los que sostuvo un encuentro largo y animado. Pero el calor era agobiante y acabó extenuado.

Se retiró para descansar. Observó entonces que frente a su cama había un cuadro de la Virgen de Guadalupe. Representaba a la Señora ofreciendo una rosa al indio santo, Juan Diego. La contempló con detenimiento.

—Así quisiera morir, musitó: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor…

“El 26 de junio de 1975 —escribía un periodista, de la Real Academia Española— el cielo estaba azul y yo estaba en mi casa del Pincio, viendo desde el balcón, en la lejanía, la cúpula de San Pedro sobre el Monte Vaticano, el Monte de los Vaticinios. Sonó el teléfono. Me dieron la noticia escuetamente: ´Ha muerto Mons. Escrivá de Balaguer´. Ni una sílaba más, porque ante lo decisivo sólo el silencio es grande; el resto, debilidad.

Pero salí a preguntarle a sus amigos. No se encontraba enfermo. En cualquier caso no le había comunicado a nadie inquietudes acerca de su salud. El 26 de junio había madrugado, como siempre. La del alba sería cuando salió a tener una plática con unas hijas suyas en Castelgandolfo. Como Santa Teresa de Jesús, este hombre de virtudes heroicas podía decir: `Hijas, cosas son éstas para entretener la espera´ ”.

En contra de lo que suponía el académico, había pasado ya la hora del alba cuando Josemaría Escrivá se reunió con un grupo de mujeres del Opus Dei. Aquella mañana había celebrado, en Roma, a las ocho, la Misa votiva de la Virgen. A las nueve y media de la mañana salió hacia Castelgandolfo y durante el camino rezó los misterios gozosos del Rosario. Al entrar en la sala de estar de la casa vio, en uno de los muros, una imagen de la Virgen que le resultaba particularmente entrañable: esa imagen había recogido la última mirada de su madre antes de morir.

Vosotras, por ser cristianas —dijo—, tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Podéis y debéis ayudar con ese alma sacerdotal, y con la gracia de Dios, al ministerio sacerdotal de nosotros, los sacerdotes. Entre todos haremos una labor eficaz. Sacad motivo de todo para tratar a Dios y a su Madre Bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio a su Iglesia y al Santo Padre.

Se sintió indispuesto y se retiró. Regresó a Roma, y poco después, hacia las doce de la mañana, falleció de un paro cardíaco en la habitación donde solía trabajar.

En aquel cuarto estaba una imagen de la Virgen de Guadalupe a la que saludaba con la mirada siempre que entraba en la habitación. Ella se llevó su último saludo de amor. Dios le concedió morir como había pedido: mirando una imagen de la Señora.

El día siguiente, 27 de junio, fue sepultado en la Cripta del entonces oratorio de Santa María de la Paz. En la losa de mármol se colocó, bajo el sello de la Obra, esta inscripción, que era su biografía en dos palabras:

EL PADRE

y abajo, las fechas de su nacimiento: 9.I.1902, y de su muerte: 26.VI.1975

El cuerpo de Josemaría Escrivá reposa en la actualidad en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, en la Sede Central de la Prelatura del Opus Dei, en Roma, continuamente acompañado por miles de peregrinos que acuden a rezar junto a su tumba. Allí continúa intercediendo ante Dios, y prosigue, desde el Cielo, su siembra de paz.

Tras su fallecimiento la fama de santidad del Fundador del Opus Dei era patente: y las alrededor de 6.000 cartas postulatorias que enviaron a la Santa Sede personas de más de 100 países del mundo demostraban el interés con el que aguardaban amplios sectores de la sociedad eclesial y civil la apertura de la Causa.

Se dirigieron en este mismo sentido al Santo Padre, 69 cardenales, 241 arzobispos, 987 obispos (más de un tercio del episcopado mundial) y 41 superiores de órdenes y congregaciones religiosas.

En 1981 se introdujo su Causa de Canonización y el 9 de abril de 1990 se promulgó el Decreto sobre el ejercicio heroico de las virtudes del Siervo de Dios

Un año después, el 7 de julio de 1991, la Santa Sede dio lectura al decreto de un milagro realizado por intercesión del Venerable Josemaría Escrivá.

Se trató de la curación repentina de Sor Concepción Boullón Rubio, una carmelita de la Caridad de 70 años que residía en el Convento del Escorial, cerca de Madrid. Cuando se encontraba al borde de la muerte como consecuencia de las diversas enfermedades que padecía, una noche de junio de 1976 quedó completamente curada.

El 17 de mayo de 1992 Juan Pablo II beatificó a Josemaría Escrivá en la Plaza de San Pedro, en Roma, ante miles de peregrinos. Diez años más tarde, después de aprobar el 20 de diciembre de 2001 un decreto de la Congregación para las Causas de los Santos sobre un nuevo milagro atribuido a su intercesión y de oír a los Cardenales, Arzobispos y Obispos reunidos en el Consistorio el 26 de febrero de 2002, el Santo Padre Juan Pablo II decidió que el Beato Josemaría fuera canonizado el 6 de octubre de 2002, en el año del centenario de su nacimiento.

A partir de ese día, este sacerdote que sólo buscó cumplir con la misión que Dios le había encomendado —difundir el mensaje de la santidad en medio del mundo, mediante la santificación del trabajo, sembrar la paz entre los hombres—, será venerado en la Iglesia como San Josemaría.

Zaragoza 1939

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Zaragoza era otro lugar natural de expansión del Opus Dei: tenía una importante universidad y Escrivá conocía a gente desde sus días de seminario. Además, había reanudado viejas amistades en sus visitas a la ciudad durante la Guerra Civil. Albareda procedía de Caspe, localidad cercana a Zaragoza, y su hermano mayor, Manuel, era muy conocido en la ciudad.

A finales de noviembre de 1939, Albareda viajó a Zaragoza. Pasó por la Basílica del del Pilar para poner en manos de la Virgen el futuro del apostolado del Opus Dei en la ciudad y explicó a su hermano lo que la Obra quería hacer. Como el Opus Dei siempre desarrollaba sus actividades con la bendición del obispo local, también le pidió a su hermano que solicitara al arzobispo la autorización necesaria para empezar la labor apostólica en Zaragoza. En este primer viaje, Albareda se puso en contacto con varios estudiantes y les explicó brevemente los objetivos e ideales del Opus Dei.

Animados por los resultados de este primer viaje, Escrivá, del Portillo y Albareda salieron en coche hacia Zaragoza el 26 de diciembe de 1939. A pocos kilómetros de Madrid, el coche se averió y tuvo que ser remolcado. Escrivá, que tenía fiebre, volvió a Madrid con del Portillo, mientras que Albareda cogía un tren para Zaragoza. Dos días después, aunque Escrivá no estaba repuesto del todo, él y del Portillo también viajaron. Albareda, su hermano Manuel y Alvira, que había acompañado a Escrivá en el paso de los Pirineos, los recogieron en la estación y los llevaron a casa de Manuel.

Las primeras actividades en Zaragoza fueron similares a las de Valladolid: ponerse en contacto con estudiantes y jóvenes profesionales, amigos de otros amigos ya conocidos, y explicarles el ideal de santidad y apostolado en medio del mundo, mediante la santificación del trabajo y de las demás actividades cotidianas. También hablaron de abrir pronto una residencia en Zaragoza.

Hasta mediados de febrero de 1940, no se hicieron nuevos viajes a Zaragoza. Desde entonces hasta el final del año escolar, Múzquiz, del Portillo, Botella y Rodríguez Casado pasaban allí muchos fines de semana. Ni la casa de Manuel Albareda, donde se alojaron en algunas ocasiones, ni las habitaciones de un hotel les proporcionaban un sitio adecuado para mantener una conversación personal. A menudo se iban a pasear por la ciudad para hablar en privado.

Múzquiz, por ejemplo, explicó el Opus Dei a un joven estudiante de Navarra, José Javier López Jacoíste, mientras daban vueltas y más vueltas a la plaza principal de la ciudad. Era una tarde agradable y la plaza estaba llena de cadetes de la academia militar, soldados destinados en Zaragoza, familias y niñeras con críos que habían salido a pasear. Cuando Múzquiz terminó su explicación y mencionó que Jesús Arellano, otro estudiante navarro, había decidido entregar su vida a Dios en el Opus Dei, López Jacoíste respondió sobre la marcha, sin esperar ni siquiera a regresar al hotel, “yo también”. A Arellano y López Jacoíste se les unieron en los meses siguientes Javier Ayala y José Ramón Madurga.

Escrivá no pudo ir a Zaragoza en muchas ocasiones, ya que debía atender también la labor de Madrid, Valencia, Valladolid y Barcelona, y además predicar numerosos ejercicios espirituales a sacerdotes diocesanos. Cuando podía viajar a Zaragoza, les hablaba en grupo y también personalmente con cada uno. Uno de estos jóvenes recuerda su conversación con Escrivá: “¿Serás capaz de saltar el parapeto? La metáfora, expresada con enorme fuerza y vibración sobrenatural, estaba cargada de sentido. Aún estraba reciente la Guerra de España, en la que dar el asalto final a las trincheras enemigas –expresión de arrojo y bizarría—constituía el colofón de toda batalla.

El planteamiento de nuestro Padre, además del atractivo humano, tenía una irresistible fuerza sobrenatural. Se trataba de superar con la ayuda de Dios todas las dificultades –saltárselas mediante el impulso divino-, para llevar vida de enamoramiento al servicio del Señor, afrontando el trabajo y el estudio cotidianos con denuedo sobrenatural a fin de situar al Señor, mediante el esfuerzo constante, en la cima de todas las actividades humanas”[1].

El 16 de marzo de 1940 Escrivá predicó a los miembros de la Obra una meditación que tenía por tema el texto del Evangelio “No me elegistéis a mí, sino que yo os he elgido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca” (Juan 15:16). Más tarde, ese mismo mes, se reunió con ellos en un café. Como solía suceder en las reuniones informales que los miembros del Opus Dei designaban con el término genérico de tertulias, la conversación de Escrivá fluía con soltura y sin rupturas de una anécdota cómica a sucesos recientes y preguntas sobre los estudios de unos y otros y asuntos de vida interior y apostolado. En esta ocasión, uno de los participantes recuerda: “Nos habló de presencia de Dios, de múltiples industrias humanas para vivirla con estilo enamorado e intensidad siempre creciente. Muchas temporadas habría de constituir la materia del examen particular. De esta manera viviríamos vida de Fe, lo cual es vivir vida sobrenatural (…). Sólo así podríamos marchar adelante y ser contemplativos en medio de los absorbentes trabajos o del bullicio que pueda rodearnos a lo largo de la vida.

Seguidamente se refirió a la sinceridad. Nos pedía una sencillez total. Era el medio para vivir defendidos frente a toda insinuación del maligno. Particularmente esa sencillez es todavía más inexcusable en estas tres vertientes: fe, pureza, camino (…).

La explicación referente a los Ángeles Custodios fue profunda y especialmente atrayente: ‘Os harán mil servicios, os sacarán de muchas dificultades, viviréis siempre seguros con su protección y su continua asistencia’”[2].

A principios del curso 1940-1941 el apostolado del Opus Dei en Zaragoza estaba bien asentado. Durante los dos años siguientes se continuarían los viajes desde Madrid. El primer centro se abrió en 1942 y se llamó Baltasar Gracián, que era el nombre de la calle donde estaba situado.

[1] Ibid. p. 241

[2] Ibid. p. 346

El nombre Opus Dei

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En diciembre de 1930, Escrivá compuso, con oraciones sacadas de la liturgia y de la Sagrada Escritura, unas preces para que las rezaran los miembros del Opus Dei. Cuando aquel puñado de personas que pertenecía al Opus Dei se reunió por primera vez fue para rezar esas oraciones. Escrivá anotó en sus cuadernos personales: “Se ve que el Señor, porque así ha de ser en la entraña su Obra, ha querido que comience por la oración. Orar va a ser el primer acto oficial de los sujetos de la Obra de Dios. Por ahora la labor es personal: sólo nos reunimos para hacer la oración”[1].

Cuando escribió esa nota ya utilizaba el nombre “Obra de Dios”, tanto en español como en latín, para referirse a la empresa que Dios le había encomendado el 2 de octubre de 1928. A principios de 1930 había utilizado esas palabras, pero como en sentido descriptivo, no como nombre propio y sin una referencia especial a la santificación del trabajo. Decidió adoptarlo tras una conversación con el padre Valentín Sánchez que le preguntó: “¿cómo va esa Obra de Dios?”. Ya en la calle, comencé a pensar: “Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio…, trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!” Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei”[2].

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p.368

[2] Ibid. p. 333

En movimiento

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Un día, la multitud tomó por Escrivá a un hombre que se le parecía y lo ahorcó en una farola situada frente a la casa de la familia. Claramente, el piso había dejado de ser un escondite seguro. Mucha gente del vecindario sabía que era sacerdote. Sin embargo, no era fácil encontrar un lugar mejor. En aquellos momentos, hasta los amigos eran remisos a acoger a un sacerdote, ya que, si eran descubiertos, podía significar su propia muerte.

El 8 de agosto las cosas llegaron al límite. El portero de la casa avisó a los Escrivá de que los milicianos se habían enterado de que había gente escondida en algunos pisos del edificio. Vestido de seglar y con el anillo de casado de su padre, Escrivá salió por las escaleras de atrás y consiguió llegar a la pensión donde se alojaba Albareda. Al día siguiente fue al piso de Manuel Sainz de los Terreros, joven ingeniero de caminos que participaba en las actividades de DYA desde 1933. La familia estaba de vacaciones y Sainz, que en ese momento estaba solo en la casa con una criada de setenta años, pudo acoger a Escrivá. Pronto se les unieron Jiménez Vargas y un primo de Sainz, Juan Manuel.

Poco después de la llegada de Escrivá, fue registrado el piso de debajo. Después, vinieron unos días de mayor tranquilidad, mezclados con las tristes noticias de la muerte de amigos y conocidos, muchos de ellos sacerdotes y religiosos que murieron como mártires. También hubo algunas buenas noticias, como la carta de Vallespín a Zorzano, en la que contaba que los fieles de la Obra que habían quedado en la zona de Valencia estaban todos a salvo.

A final de mes, el ejército sublevado se había abierto camino hasta pocos kilómetros de la capital. El 27 de agosto la aviación nacional bombardeó la ciudad por primera vez. Esta circunstancia desencadenó más represión y endureció la vigilancia. El día 30, un grupo de milicianos entró en el edificio donde se escondían Escrivá y los otros y comenzó un registro sistemático de todas las casas. Cuando llegaron al piso de Sainz, la sirvienta, simulando una fuerte sordera, les entretuvo en la puerta principal para dar tiempo a que Escrivá, Jiménez Vargas y Juan Manuel subieran por la escalera trasera a un ático que se usaba como carbonera. Cuando comenzó el registro, Sainz estaba trabajando. Al llegar, fue arrestado inmediatamente.

En la carbonera hacía un calor sofocante. Los fugitivos oían cómo se acercaba el grupo de milicianos. Entonces, Jiménez Vargas preguntó a Escrivá qué pasaría si eran detenidos y asesinados. “Pues que nos vamos al cielo, hijo”[1], respondió Escrivá. Jiménez Vargas se tumbó sobre el suelo cubierto por el polvo del carbón y se durmió profundamente.

Al fin, los milicianos llegaron al ático contiguo. Escrivá susurró a Juan Manuel: “Soy sacerdote; estamos en momentos difíciles; si quieres, haz un acto de contrición y yo te doy la absolución”[2]. Juan Manuel comentó más tarde: “Supuso mucha valentía decirme que era sacerdote ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo”[3]. Afortunadamente, los milicianos se fueron sin registrar su escondite.

En vista del arresto de Sainz, no era prudente volver a su casa. Los tres buscaron refugio temporal en otro piso del mismo edificio, que pertenecía al conde de Leyva. Aunque el conde había sido detenido días antes, su mujer e hijas les dieron la bienvenida.

El gobierno de la República quería descubrir a los partidarios de la sublevación en Madrid. Entre otras cosas, ordenó que se dejasen abiertas las ventanas y encendidas las luces de todas las casas para poder controlar desde la calle a los ocupantes. Esto obligó a los tres refugiados a pasar dos días en el comedor, la única habitación que no tenía ventanas exteriores. Uno de los niños de la familia recuerda: “A ratos pasábamos mucho miedo, pero don Josemaría conservaba su hondo sentido sobrenatural y el buen humor, haciéndonos reír, aunque estaba lógicamente muy preocupado por todos los suyos. A pesar de las circunstancias, no perdió ni un instante su alegría sobrenatural y humana, interesándose por todos”[4].

Al comenzar septiembre, Escrivá y Jiménez Vargas dejaron la casa de los Leyva para buscar un lugar más seguro. Los intentos fracasaron y Escrivá se vio obligado a buscar cada noche un asilo diferente, en casas de amigos que querían ayudarle, pero que temían las consecuencias si les sorprendían. Un día fue al piso de González Barredo: estaba tan débil por el hambre y la falta de descanso que apenas se mantenía en pie. La familia le acogió momentáneamente, ya que temían ser denunciados por el portero del edificio, afiliado a un partido de extrema izquierda.

Del Portillo permaneció en la casa de sus padres hasta el 13 de agosto. Aquel día los milicianos registraron un piso vecino, que pertenecía al hijo de un general. Después fueron a la casa de los del Portillo. Cuando entraron en su habitación, del Portillo comenzó a masticar un trozo de papel que contenía una lista de sus amigos con sus direcciones y teléfonos. Cuando un miliciano le preguntó qué masticaba, contestó con calma: “Un trozo de papel”. No le arrestaron, aunque sí a su hermano y al hijo del general. Este último fue juzgado por un tribunal popular y ejecutado ese mismo día. Puesto que con sus padres ya no tenía un lugar seguro, del Portillo buscó refugio en una casa de la calle Serrano, propiedad de unos amigos de su familia.

El mismo día en que Escrivá llegó a casa de González Barredo, del Portillo se acercó al organismo donde trabajaba antes del estallido de la guerra para intentar cobrar su paga. Lo consiguió y para celebrarlo, en el camino de vuelta, se paró en una terraza a tomar una cerveza, sin reparar en que las patrullas de milicianos registraban con frecuencia bares y restaurantes y detenían a quienes careciesen -como era su caso- del certificado de apoyo a la República, expedido por algún comité revolucionario local. Mientras disfrutaba de la cerveza en la terraza, llegó corriendo el padre de González Barredo y le dijo que tenía escondido a Escrivá, pero que se encontraba en peligro. Del Portillo se llevó a Escrivá a la casa donde estaba. Allí permanecieron con un hermano de del Portillo y Jiménez Vargas durante la segunda quincena de septiembre.

Escrivá, del Portillo y su hermano, y Jiménez Vargas intentaron hacer una vida lo más normal posible durante las semanas que pasaron en la casa de Serrano. Procuraron aprovechar bien el tiempo, ya que la santificación del trabajo y de las actividades ordinarias es esencial en el Opus Dei. No disponían de libros para estudiar, pero sí pudieron dedicarse a otras actividades y a lecturas afines a sus carreras. Escrivá solía predicarles meditaciones. También fijaron en su horario momentos para otras prácticas de piedad. Este modo de comportarse fue el habitual durante toda la guerra. Siempre que se reunía un grupo de miembros del Opus Dei se elaboraba un horario para facilitar el aprovechamiento del tiempo.

Desde 1928, en cada 2 de octubre, aniversario de la fundación del Opus Dei, Escrivá se había acostumbrado a recibir algún favor de Dios, quizá una vocación o una inspiración de algún tipo. El 1 de octubre de 1936, mientras se preguntaba qué le tendría preparado Dios para el día siguiente, recibió la noticia de que los milicianos estaban registrando las propiedades de la familia en cuya casa estaban escondidos y de que habían matado a varias personas que habían encontrado. Escrivá dio la bendición a sus compañeros. Y a la vez que sintió alegría ante la posibilidad del martirio, experimentó un profundo miedo que hizo que temblasen las piernas sin control. Pensó en que este miedo contenía el mensaje de que toda la fortaleza es prestada y que sin Dios no se puede hacer nada. Esta convicción, concluyó, era el regalo que Dios había preparado para él en la víspera del octavo aniversario de la fundación del Opus Dei.

Era urgente encontrar otro escondite. Escrivá habló por teléfono con González Barredo, quien aseguró que podría encontrarles un lugar. Poco después se reunieron González Barredo y Escrivá, pero éste rechazó el escondite que le ofrecía. Escrivá tiró la llave por una alcantarilla cuando supo que la única persona en la casa era una joven sirvienta: “Hijo mío, ¿no te das cuenta de que soy sacerdote y de que, con la guerra y la persecución, está todo el mundo con los nervios rotos? No quiero ni puedo quedarme encerrado con una mujer joven, día y noche. Tengo un compromiso con Dios, que está por encima de todo. Preferiría morir antes que ofender a Dios, antes que faltar a este compromiso de Amor”[5].

Escrivá regresó a la casa de la calle Serrano por un día. Allí se enteró del asesinato de dos íntimos amigos sacerdotes, don Lino Vea-Murguía, uno del grupo de sacerdotes que habían estado con él desde el comienzo de la década de 1930, y don Pedro Poveda, fundador de la Institución Teresiana, a quien había acudido en bastantes ocasiones para pedir consejo.

Escrivá, del Portillo y Jiménez Vargas se echaron de nuevo a la calle, sin papeles y sin un lugar donde ir. La policía y los milicianos intensificaron la vigilancia para evitar que los partidarios de los insurrectos pudieran organizar un levantamiento en Madrid y apoyar así al ejército nacional, que ya se encontraba a las puertas de la capital. Muchos días, los miembros de la Obra vagaban por las calles de la mañana a la noche, ya que era más seguro moverse que estar fijos en un sitio. Algunos amigos, como el profesor Sellés o el doctor Herrero Fontana, les alojaron durante unos pocos días porque no podían ofrecerles un escondite permanente.

Los recuerdos del profesor Sellés de los pocos días que Escrivá y los otros de la Obra pasaron en su casa son similares a los de la familia Leyva: “Se pasaba prácticamente todo el día en mi cuarto de estudio; allí le instalamos su dormitorio. Apenas salían de la habitación, por temor a que se les pudiese oír, si alguno venía a casa. A pesar de las circunstancias, las comidas (…) se llenaban siempre de la simpatía e interés que él ponía siempre en sus conversaciones. Resaltaba ante mí la confianza que tenía puesta en Dios, que hacía que se comportara con abandono absoluto en el Señor sin ninguna tensión, como si no pasara nada especial, cuando la verdad es que las circunstancias en que se encontraban eran muy comprometidas (…).

Lo que mejor recuerdo fue el Rosario que (…) rezábamos, dirigido por él, por la noche, de rodillas a los pies de una Sagrada Familia que teníamos en nuestro dormitorio. Con esto que digo, basta, porque ya se sabe lo que el Rosario significaba para el Padre y cómo hablaba con el corazón cuando rezaba”[6].

[1] AGP P01 1977 p. 1149

[2] AGP P03 1981 p. 132

[3] Ibid. p. 132

[4] AGP P01 1977 p. 1149

[5] AGP P03 1981 p. 136

[6] Ibid. p. 137-138

Santificación del trabajo

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El Cardenal Luciani, en uno de sus habituales artículos en 11 Gazzettino de Venecia, trazó unas líneas maestras sobre la espiritualidad de Mons. Escrivá de Balaguer. Juan Pablo 1, el Papa sonriente, como le llamarían pocas semanas más tarde muchísimas personas, describía así el mensaje del Fundador del Opus Dei:

«Escrivá de Balaguer, con el Evangelio, dijo continuamente: Cristo no nos pide un poco de santidad, sino mucha santidad. Quiere, sin embargo, que la alcancemos, no con acciones extraordinarias, sino a través de las acciones corrientes; es el modo de realizarlas el que no debe ser común. En medio de la calle, en la oficina, en la fábrica, nos santificamos, con tal de que desarrollemos con competcncia nuestros deberes, por amor a Dios y con alegría, de modo que el trabajo de cada día no sea la “tragedia cotidiana”, sino casi la “sonrisa cotidiana”.

»Cosas similares –continúa el Cardenal Lucianihabía enseñado trescientos años antes San Francisco de Sales (…). Escrivá de Balaguer, sin embargo, le supera en muchos aspectos. También San Francisco de Sales propugna la santidad para todos, pero parece enseñar sólo una “espiritualidad para los laicos”, mientras que Mons. Escrivá quiere una “espiritualidad laical”. Francisco sugiere casi siempre a los laicos los mismos medios practicados por los religiosos con las adaptaciones oportunas. Escrivá de Balaguer es más radical: habla incluso de materializar –en el buen sentido– la santificación. Para él es el mismo trabajo material el que debe transformarse en oración y santidad».

Declaraciones de San Josemaría

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Capítulo del documento “Textos y referencias bibliográficas de San Josemaría sobre el nazismo, el fascismo y el pensamiento totalitario”

No hay otra doctrina que la que enseña la Iglesia para todos los fieles
“En el Opus Dei, procuramos siempre y en todas las cosas sentir con la Iglesia de Cristo: no tenemos otra doctrina que la que enseña la Iglesia para todos los fieles. Lo único peculiar que tenemos es un espíritu propio, ca­racterístico del Opus Dei, es decir, un modo concreto de vivir el Evangelio, santificándonos en el mundo y haciendo apostolado con la profesión”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 75.

Los fines del Opus Dei son exclusivamente espirituales y apostólicos.
“El Opus Dei no interviene para nada en política; es absolutamente ajeno a cualquier tendencia, grupo o régimen político, económico, cultural o ideológico. Sus fines -repito- son exclusivamente espirituales y apostólicos. De sus miembros exige sólo que vivan en cristiano, que se esfuercen por ajustar sus vidas al ideal del Evangelio. No se inmiscuye, pues, de ningún modo en las cuestiones temporales.

“Si alguno no entiende esto se deberá quizá a que no entiende la libertad personal o a que no acierta a distinguir entre los fines exclusiva­mente espirituales para los que se asocian los miembros de la Obra y el amplísimo campo de las actividades humanas -la economía, la política, la cultura, el arte, la filosofía, etc.- en las que los miembros del Opus Dei gozan de plena libertad y trabajan bajo su propia responsabilidad”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, págs. 73-74.

Nadie puede pretender imponer dogmas en cuestiones temporales.
“Nadie puede pretender en cuestiones temporales imponer dogmas, que no existen. Ante un problema concreto, sea cual sea, la solución es: estudiarlo bien y, después, actuar en conciencia, con libertad personal y con responsabilidad también personal”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 161.

No he preguntado ni preguntaré jamás a ningún miembro de la Obra de qué partido es o qué doctrina política sostiene
“No he preguntado ni preguntaré jamás a ningún miembro de la Obra de qué partido es o qué doctrina política sostiene, porque me parecería un atentado a su legítima libertad. Y lo mismo hacen los directores del Opus Dei en todo el mundo”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 104.

He defendido siempre la libertad de las conciencias
“En cuanto a la libertad religiosa, el Opus Dei, desde que se fundó, no ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son sólo palabras; nuestra Obra es la primera or­ganización católica que, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las conciencias.

No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad. Comprenderá que siendo ése el espíritu que desde el primer momento hemos vivido, sólo alegría puede producirme las enseñanzas que sobre este tema ha promulgado el Concilio”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 98.

Ni a la derecha ni a la izquierda, ni al centro.

“El Opus Dei no está ni a la derecha ni a la izquierda, ni al centro. Yo, como sacerdote, procuro estar con Cristo, que sobre la Cruz abrió los dos brazos y no sólo uno de ellos: tomo con libertad, de cada grupo, aquello que me convence, y que me hace tener el corazón y los brazos acogedores, para toda la humanidad; y cada uno de los miembros es libérrimo para escoger la opción que quiera, dentro de los términos de la fe cristiana”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 98.

Un caso concreto: ante el problema racial en Estados Unidos
“Pongamos un ejemplo. Ante el problema racial en Estados Unidos, cada uno de los miembros de la Obra tendrá en cuenta las enseñanzas claras de la doctrina cristiana sobre la igualdad de todos los hombres y sobre la injusticia de cualquier discriminación.

También conocerá y se sentirá urgido por las indicaciones concretas de los obispos americanos sobre este problema. Defenderá por tanto los legítimos derechos de todos los ciudadanos y se opondrá a cualquier situación o proyecto discriminatorio.

Tendrá en cuenta, además, que para un cristiano no basta con respetar los derechos de los demás hombres, sino que hay que ver, en todos, hermanos a los que debemos un amor sincero y un servicio desinteresado”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 76-77.

El Opus Dei no está anclado en una cultura determinada
“El Opus Dei no está anclado en una cultura determinada, ni en una concreta época de la historia. En el mundo anglosajón, el Opus Dei tiene, gracias a la ayuda de Dios y a la cooperación de muchas personas, obras apostólicas de diversos tipos: Netherhall House, en Londres, que presta especial atención a universitarios afroasiáticos; Hudson Center, en Montreal, para la formación humana e intelectual de chicas jóvenes; Nairana Cultural Center, que se dirige a los estudiantes de Sydney…

En Estados Unidos, donde el Opus Dei comenzó a trabajar en 1949, se pueden mencionar: Midtown, para obreros en un barrio del corazón de Chicago; Stonecrest Community Center, en Washington, destinado a la educación de mujeres que carecen de capacitación profesional; Trimount House, residencia universitaria en Boston, etcétera”.

—Cfr. Conversaciones, obra citada, pág. 96.

LA PRELATURA DEL OPUS DEI

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El Opus Dei es una prelatura personal de la Iglesia Católica, erigida por Juan Pablo II el 28 de noviembre de 1982 mediante la Constitución apostólica “Ut Sit”. En la actualidad forman parte de esta prelatura más de 80.000 personas de los cinco continentes. La sede central del Opus Dei —con la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz— se encuentra en Roma. El primer prelado del Opus Dei fue Mons. Álvaro del Portillo (1975-1994). Le sucedió en 1994 Mons. Javier Echevarría.

La finalidad del Opus Dei es contribuir a la misión evangelizadora de la Iglesia, promoviendo entre los fieles cristianos una vida coherente con la fe en las circunstancias ordinarias, a través de la santificación del trabajo.

Santificar el trabajo” significa trabajar según el espíritu de Jesucristo: realizar la propia tarea con perfección, para dar gloria a Dios y para servir a los demás, haciendo presente el espíritu del Evangelio en todas las realidades temporales.

Para alcanzar ese fin, el Opus Dei proporciona formación espiritual y atención pastoral a sus fieles y a las personas que se acercan a sus apostolados, estimulándolas a llevar a la práctica las enseñanzas del Evangelio, mediante un trabajo realizado con perfección, cara a Dios, y el ejercicio de las virtudes cristianas: lealtad, laboriosidad, alegría, etc.

Los fieles del Opus Dei

Forman parte de esta realidad eclesial numerosos hombres y mujeres, que han elegido vivir el celibato por razones apostólicas. La gran mayoría de los fieles —un setenta por ciento del total— están casados, y para ellos la santificación de los deberes familiares forma parte primordial de su vida cristiana.

Hay numerosos sacerdotes diocesanos que buscan la santidad en el ejercicio de su ministerio según el carisma del Opus Dei. La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz —asociación de clérigos intrínsecamente unida al Opus Dei— les proporciona aliento apostólico y acompañamiento espiritual. Los sacerdotes de esta Sociedad Sacerdotal dependen de su obispo diocesano a todos los efectos.

Medios de formación

Escrivá definió el Opus Dei como una gran catequesis. Con esta expresión caracterizaba la tarea evangelizadora del Opus Dei: dar una profunda formación cristiana a los fieles de la Prelatura y a las personas que se acercan a sus apostolados.

El medio habitual de esa catequesis es el apostolado que cada fiel realiza en su entorno familiar y en el círculo de sus amistades y conocidos.

La formación que da esta Prelatura —ya sea de carácter doctrinal, ascético, apostólico, humano o profesional— se imparte de modo personalizado, según las circunstancias de las personas a quienes se dirija, con variedad de formulaciones y acentos específicos, según el lugar y situación de cada uno. En unos casos serán unas lecciones de teología en el colegio de los hijos o unas clases de doctrina cristiana en un Centro del Opus Dei; en otros, unos retiros espirituales en la parroquia o unos coloquios sobre ética profesional en el domicilio de uno de los promotores. El apostolado —decía Josemaría Escrivá— es un mar sin orillas.

Información

Para más información sobre el Opus Dei, se puede consultar Romana, boletín oficial de esta prelatura, de periodicidad semestral, que informa con amplitud de la situación del Opus Dei en todo el mundo: nombramientos para los órganos de gobierno, apertura de nuevos centros, actividades de las labores apostólicas, etc.

Romana se publica en italiano, inglés y castellano, y se distribuye por suscripción, que puede solicitarse a

En castellano. Romana. Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, Vitruvio 3, 28006, Madrid (España). E-mail: romana-es@opusdei.org

En inglés. Romana. Bulletin of the Prelature of the Holy Cross and Opus Dei, 524 North Avenue, suite 200, New Rochelle, NY 10801 (USA). E-mail: romana-usa@opusdei.org

En italiano. Bollettino della Prelatura della Santa Croce e Opus Dei, San´t Agostino 5 A, Roma (Italia). E-mail: romana-it@opusdei.org

Oficina de información de la Prelatura del Opus Dei en España

C/ Vitruvio, 3. 28006 Madrid.

Tel. 915 634 782

Fax: 914 117 426

E-mail: info@opusdei.es

www.opusdei.es

Nacimiento: Barbastro, 9 de enero de 1902
Ordenación sacerdotal: Zaragoza, 28 de marzo de 1925
Fundación del Opus Dei: Madrid, 2 de octubre de 1928
Fallecimiento: Roma, 26 de junio de 1975
Beatificación: Roma, 17 de mayo de 1992
Canonización: Roma, 6 de octubre de 2002

26 de junio de 1975

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Durante su estancia en México se reunió con un grupo numeroso de sacerdotes diocesanos de Guadalajara, con los que sostuvo un encuentro largo y animado. Pero el calor era agobiante y acabó extenuado.

Se retiró para descansar. Observó entonces que frente a su cama había un cuadro de la Virgen de Guadalupe. Representaba a la Señora ofreciendo una rosa al indio santo, Juan Diego. La contempló con detenimiento.

—Así quisiera morir, musitó: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor…

“El 26 de junio de 1975 —escribía un periodista, de la Real Academia Española— el cielo estaba azul y yo estaba en mi casa del Pincio, viendo desde el balcón, en la lejanía, la cúpula de San Pedro sobre el Monte Vaticano, el Monte de los Vaticinios. Sonó el teléfono. Me dieron la noticia escuetamente: ´Ha muerto Mons. Escrivá de Balaguer´. Ni una sílaba más, porque ante lo decisivo sólo el silencio es grande; el resto, debilidad.

Pero salí a preguntarle a sus amigos. No se encontraba enfermo. En cualquier caso no le había comunicado a nadie inquietudes acerca de su salud. El 26 de junio había madrugado, como siempre. La del alba sería cuando salió a tener una plática con unas hijas suyas en Castelgandolfo. Como Santa Teresa de Jesús, este hombre de virtudes heroicas podía decir: `Hijas, cosas son éstas para entretener la espera´ ”.

En contra de lo que suponía el académico, había pasado ya la hora del alba cuando Josemaría Escrivá se reunió con un grupo de mujeres del Opus Dei. Aquella mañana había celebrado, en Roma, a las ocho, la Misa votiva de la Virgen. A las nueve y media de la mañana salió hacia Castelgandolfo y durante el camino rezó los misterios gozosos del Rosario. Al entrar en la sala de estar de la casa vio, en uno de los muros, una imagen de la Virgen que le resultaba particularmente entrañable: esa imagen había recogido la última mirada de su madre antes de morir.

Vosotras, por ser cristianas —dijo—, tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Podéis y debéis ayudar con ese alma sacerdotal, y con la gracia de Dios, al ministerio sacerdotal de nosotros, los sacerdotes. Entre todos haremos una labor eficaz. Sacad motivo de todo para tratar a Dios y a su Madre Bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio a su Iglesia y al Santo Padre.

Se sintió indispuesto y se retiró. Regresó a Roma, y poco después, hacia las doce de la mañana, falleció de un paro cardíaco en la habitación donde solía trabajar.

En aquel cuarto estaba una imagen de la Virgen de Guadalupe a la que saludaba con la mirada siempre que entraba en la habitación. Ella se llevó su último saludo de amor. Dios le concedió morir como había pedido: mirando una imagen de la Señora.

El día siguiente, 27 de junio, fue sepultado en la Cripta del entonces oratorio de Santa María de la Paz. En la losa de mármol se colocó, bajo el sello de la Obra, esta inscripción, que era su biografía en dos palabras:

EL PADRE

y abajo, las fechas de su nacimiento: 9.I.1902, y de su muerte: 26.VI.1975.

* * *

El cuerpo de Josemaría Escrivá reposa en la actualidad en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, en la Sede Central de la Prelatura del Opus Dei, en Roma, continuamente acompañado por miles de peregrinos que acuden a rezar junto a su tumba. Allí continúa intercediendo ante Dios, y prosigue, desde el Cielo, su siembra de paz.

Tras su fallecimiento la fama de santidad del Fundador del Opus Dei era patente: y las alrededor de 6.000 cartas postulatorias que enviaron a la Santa Sede personas de más de 100 países del mundo demostraban el interés con el que aguardaban amplios sectores de la sociedad eclesial y civil la apertura de la Causa.

Se dirigieron en este mismo sentido al Santo Padre, 69 cardenales, 241 arzobispos, 987 obispos (más de un tercio del episcopado mundial) y 41 superiores de órdenes y congregaciones religiosas.

En 1981 se introdujo su Causa de Canonización y el 9 de abril de 1990 se promulgó el Decreto sobre el ejercicio heroico de las virtudes del Siervo de Dios

Un año después, el 7 de julio de 1991, la Santa Sede dio lectura al decreto de un milagro realizado por intercesión del Venerable Josemaría Escrivá.

Se trató de la curación repentina de Sor Concepción Boullón Rubio, una carmelita de la Caridad de 70 años que residía en el Convento del Escorial, cerca de Madrid. Cuando se encontraba al borde de la muerte como consecuencia de las diversas enfermedades que padecía, una noche de junio de 1976 quedó completamente curada.

El 17 de mayo de 1992 Juan Pablo II beatificó a Josemaría Escrivá en la Plaza de San Pedro, en Roma, ante miles de peregrinos. Diez años más tarde, después de aprobar el 20 de diciembre de 2001 un decreto de la Congregación para las Causas de los Santos sobre un nuevo milagro atribuido a su intercesión y de oír a los Cardenales, Arzobispos y Obispos reunidos en el Consistorio el 26 de febrero de 2002, el Santo Padre Juan Pablo II decidió que el Beato Josemaría fuera canonizado el 6 de octubre de 2002, en el año del centenario de su nacimiento.

A partir de ese día, este sacerdote que sólo buscó cumplir con la misión que Dios le había encomendado —difundir el mensaje de la santidad en medio del mundo, mediante la santificación del trabajo, sembrar la paz entre los hombres—, será venerado en la Iglesia como San Josemaría.

2 de Octubre de 1928

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Todo sucedió de una forma sencilla. El 2 de octubre de 1928 don Josemaría se encontraba en la Casa Central de los Paúles de Madrid, participando en unos ejercicios espirituales con otros sacerdotes de la diócesis. Era la fiesta de los Angeles Custodios. Bendecid al Señor, Ángeles del Señor —había rezado, por la mañana, al celebrar la Eucaristía— cantadle un himno y exaltadle por los siglos de los siglos.

Se retiró a su habitación; y cuando releía las notas en las que había recogido las mociones que había recibido de Dios en los últimos diez años, vio la misión que Dios le confiaba: difundir por toda la tierra el mensaje evangélico de la llamada universal a la santidad, mediante la santificación del trabajo y la vida cotidiana.

En aquel instante supo, con certeza plena, que debía dedicar su vida entera a esa misión, a esa tarea. “Eso” era por lo que venía rezando desde su adolescencia: lo había vistover fue el verbo que empleó siempre para designar aquel momento decisivo— mientras repicaban las campanas de la cercana iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles. Aquel voltear jubiloso, comentaba años después, nunca ha dejado de sonar en mis oídos

Y él… ¿qué era? Un sacerdote joven, sin medios económicos, recién llegado a Madrid, con una familia a su cargo… Tenía yo veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor: nada más. Perono se desanimó. Se hizo este planteamiento sobrenatural: así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso.

Desde aquella mañana de octubre de 1928 la Obra de Dios, el Opus Dei, fue una realidad, aunque sólo contase con una persona: la del fundador.

Su mensaje chocó con la mentalidad de la época. Muchos se asombraban al escuchar de sus labios que todos estamos llamadas a la santidad. ¿Cómo? ¿No estaba reservada la santidad a unos cuantos privilegiados? Simples cristianos —enseñaba don Josemaría—. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!

3. La santificación del trabajo

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Aquel médico de Cádiz estaba siempre rabiando en la consulta de la Seguridad Social. En noviembre de 1972 escuchó a Mons. Escrivá de Balaguer en Pozoalbero. A la salida, razonaba con su mujer:

‑Desde ahora, a cada enfermo del Seguro lo voy a tratar como si yo fuera su propia madre.

Miles de anécdotas como ésta se han repetido desde el 2 de octubre de 1928. Al calor de las palabras del Fundador del Opus Dei, hombres y mujeres de todo el mundo hemos hecho el firme propósito de santificar el trabajo. Éste era el gran mensaje que tenía que difundir entre los hombres, haciendo vivo, actual, el designio divino.

Josef Ganglberger, también médico, profesor de la Universi­dad de Viena, escribe en septiembre de 1975 cómo gracias a Mons. Escrivá de Balaguer ha conocido el valor del trabajo como medio de santificación: “Como él mismo decía, cualquier trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales, a manifestar su dimensión divina, y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios”.

Y un suizo, Edwin Zobel, comenzó a tratar en 1949, por razones de trabajo, a algunas personas del Opus Dei: “En todos ellos admiraba el mismo espíritu de trabajo, trabajo serio hecho a conciencia. A mí ‑que he sido trabajador incansable durante toda mi vida‑ me sorprendía la capacidad de trabajo de aquellos chicos jóvenes”. Hasta que la fuerza del ejemplo de esas personas, que hacían los mayores sacrificios personales con una sonrisa en los labios, le movieron a orientar su vida por nuevos derroteros.

Un catedrático de Derecho del Trabajo mantenía, en el diario Informaciones de Madrid, que una de las más importantes innovaciones de Mons. Escrivá de Balaguer era precisamente su esfuerzo por unir vida cristiana y trabajo ordinario. Juan A. Sagardoy se fijaba en algunas posibles consecuencias sociales de ese espíritu: encontrar un sentido cristiano para el trabajo puede liberar y dignificar al que lo presta, en una época como la nuestra en que con tanta frecuencia sucede lo contrario, que el trabajo acaba con lo mejor del hombre.

Y Alejandro Corniero, comentarista en El Noticiero Universal de temas relacionados con el trabajo y la justicia, improvisaba estas línas el viernes 27 de junio de 1975: “Este hombre muerto ayer dedicó su existencia a ayudar a la gente a realizar su destino sobrenatural por la humana vía de ser más trabajadores y más justos. Enseñó que trabajar con autenticidad es amar el propio quehacer profesional y realizarlo con afán de obra bien hecha. Enseñó que una manera de hacer justicia con autenticidad es poner también aquel afán en el cumplimiento de toda clase de deberes: porque ‑fijémonos bien‑ en la raíz de toda injusticia se encuentra la negación ola limitación del derecho de otros y esta situación se produce cada vez que alguien, obligado frente ¿f ese otro o, genéricamente, frente a la sociedad, incumple ese deber. De tal forma, que si todos cumpliéramos nuestras obliga­ciones, la injusticia sería erradicada: así como suena”.

A Noel Zapico, conocido dirigente laboral español, le parece de justicia señalar “la decisiva aportación de Monseñor Escrivá de Balaguer para que los cristianos sepamos descubrir el sentido humano y sobrenatural del trabajo”.

De este convencimiento participan hoy miles de personas en todo el mundo, que por la predicación y el ejemplo del Fundador del Opus Dei han aprendido que sus desvelos en el trabajo o en la vida de familia pueden convertirse en verdadero servicio a Dios y a los demás. Como corrobora un trabajador madrileño, Juan Muñoz Batanero, vigilante de fincas urbanas, “nos ha hecho un gran bien a muchas personas que, como yo, se dedican a trabajos muy corrientes y pueden pensar que no sirven para casi nada”.

Pero está claro que este enfoque de la vida cristiana no se circunscribe a una época histórica. Es de suyo universal, porque, mientras haya hombres en la tierra, los hombres trabajarán. De manera que, con y desde el trabajo, se abre una vía de santi­ficación en la que caben todos los hombres, de todos los tiempos, de toda cultura. No es preciso cambiar de sitio para buscar la santidad.

Santificar el trabajo exige respetar el orden de la naturaleza de las cosas creadas, la autonomía legítima de lo temporal, porque ‑lejos de todo atisbo teocrático‑ el reino de Dios es una realidad en el corazón de los cristianos, que vivifican el alma de la sociedad entera ‑sin dogmas ni carriles de dirección única‑, cuando pug­nan porque Cristo reine en el centro de su vida ordinaria. El Fun­dador del Opus Dei esclareció muchas veces aquella luz que Dios le hizo ver en los primeros tiempos de la Obra:

Cuando un día, en la quietud de una iglesia madrileña, yo me sentía :nada! ‑no poca cosa, poca cosa hubiera sido aún algo‑, pensaba: ¿Tú quieres, Señor, que haga toda esta maravilla? Y alzaba la Sagrada Hostia, sin distracción, a lo divino… Y allá, en el fondo del alma, entendí con un sentido nuevo, pleno, aquellas palabras de la Escritura: Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (loann., XII, 32). Lo entendí perfectamente.

El Señor nos decía: ;si vosotros me ponéis en la entraña de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño…, entonces, omnia traham ad meipsum! ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!

El propio Fundador explicó esta idea central en infinidad de ocasiones con palabras precisas y atrayentes. He aquí algunas, entresacadas de varias de sus respuestas a diversos periodistas, que fueron publicadas en un libro con el título conocido de Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer:

El Señor suscitó el Opus Dei en 1928 para ayudar a recordar a los cristianos que, como cuenta el libro del Génesis, Dios creó al hombre para trabajar. Hemos venido a llamar de nuevo la atención sobre el ejemplo de Jesús que, durante treinta años, permaneció en Nazareth trabajando, desempeñando un oficio. En manos de Jesús el trabajo, y un trabajo profesional similar al que desarrollan millones de hombres en el mundo, se convierte en tarea divina, en labor redentora, en camino de salvación.

El espíritu del Opus Dei recoge la realidad hermosísima ‑olvidada durante siglos por muchos cristianos‑ de que cualquier trabajo digno y noble en lo humano, puede convertirse en un quehacer divino. En el servicio de Dios, no hay oficios de poca categoría: todos son de mucha importancia.

Para amar a Dios y servirle, no es necesario hacer cosas raras. A todos los hombres sin excepción, Cristo les pide que sean perfectos como su Padre celestial es perfecto (Mt., V, 48). Para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas.

Las condiciones de la sociedad contemporánea, que valora cada vez más el trabajo, facilitan evidentemente que los hombres de nuestro tiempo puedan comprender este aspecto del mensaje cristiano que el espíritu del Opus Dei ha venido a subrayar. Pero más importante aún es el influjo del Espíritu Santo, que en su acción vivificadora ha querido que nuestro tiempo sea testigo de un gran movimiento de renovación en todo el cristianismo. Leyendo los decretos del Concilio Vaticano II se ve claramente que parte importante de esa renovación ha sido precisamente la revaloración del trabajo ordinario y de la dignidad de la vocación del cristiano que vive y trabaja en el mundo.

Con el comienzo de la Obra en 1928, mi predicación ha sido que la santidad no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas. Las implicaciones de ese mensaje son muchas y la experiencia de la vida de la Obra me ha ayudado a conocerlas cada vez con más hondura y riqueza de matices. La Obra nació pequeña, y ha ido normalmente crecien­do luego de manera gradual y progresiva, como crece un orga­nismo vivo, como todo lo que se desarrolla en la historia.

Pero su objetivo y razón de ser no ha cambiado ni cambiará por mucho que pueda mudar la sociedad, porque el mensaje del Opus Dei es que se puede santificar cualquier trabajo honesto, sean cuales fueran las circunstancias en que se desarrolla.

Hoy forman parte de la Obra personas de todas las profesio­nes: no sólo médicos, abogados, ingenieros y artistas, sino también albañiles, mineros, campesinos; cualquier profesión: desde directores de cine y pilotos de reactores hasta peluqueras de alta moda. Para los socios del Opus Dei el estar al día, el comprender el mundo moderno, es algo natural e instintivo, porque son ellos ‑junto con los demás ciudadanos, iguales a ellos‑ los que hacen nacer ese mundo y le dan su modernidad.

En un extenso artículo, que publicó el diario Avvenire de Milán, el 26 de julio de 1975, el Cardenal Baggio subrayaba la idea: santidad para el hombre de la calle, no ideal para privi­legiados; lo que a muchos pareció herejía, después del Concilio Vaticano 11 se había convertido en principio indiscutible: “Lo que continúa siendo revolucionario en el mensaje espiritual de Mons. Escrivá de Balaguer es la manera práctica de orientar hacia la santidad cristiana a hombres y mujeres de toda condi­ción, en una palabra: al hombre de la calle.

“El modo de concretar, en la práctica, este mensaje se basa en tres novedades características de la espiritualidad del Opus Dei: 1) ante todo, los seglares no deben abandonar ni despreciar el mundo, sino quedarse dentro, amando y compartiendo la vida de sus conciudadanos; 2) quedándose en el mundo, los seglares deben saber descubrir el valor sobrenatural de todas las normales circunstancias de su vida, incluidas las más prosaicas y materia­les; 3) en consecuencia, el trabajo cotidiano ‑es decir, el que ocupa la mayor parte del tiempo y caracteriza la personalidad de la mayoría de las personas‑ es lo primero que hay que santificar y el primer instrumento de apostolado”.

Mons. Escrivá de Balaguer ha enseñado siempre que los laicos han de seguir el ejemplo de los primeros cristianos: en aquella época los fieles se esforzaban por vivir el Evangelio quedándose en el mundo, y participando plenamente en todas las actividades honestas de la sociedad. Y así como los primeros cristianos ‑hombres y mujeres, jóvenes y viejos, patricios, ple­beyos y esclavos‑ se santificaron en su vida cotidiana y convir­tieron el mundo pagano, igualmente los cristianos de hoy, si no tienen una vocación al estado religioso, están llamados a santifi­car el mundo desde dentro.

¿Tendré que volver a afirmar ‑aseguraba en 1967‑ que los hombres y las mujeres, que quieren servir a Jesucristo en la Obra de Dios, son sencillamente ciudadanos iguales a los demás, que se esfuerzan por vivir con seria responsabilidad ‑hasta las últi­mas conclusiones‑ su vocación cristiana? Nada distingue a mis hijos de sus conciudadanos.

No escapaban a Mons. Escrivá de Balaguer las consecuencias prácticas de una espiritualidad verdaderamente laical:

Son muchos los aspectos del ambiente secular, en el que os movéis, que se iluminan a partir de estas verdades. Pensad, por ejemplo, en vuestra actuación como ciudadanos en la vida civil. Un hombre sabedor de que el mundo ‑y no sólo el templo‑ es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena preparación intelectual y profesional, va formando ‑con plena libertad‑ sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desenvuelve; y toma, en conse­cuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida.

Y he aquí, en este punto, su acusada aversión a todo tipo de clericalismo: Pero a ese cristiano jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos proble­mas. ;Esto no puede ser, hijos míos! Esto seria clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas.

Esta pasión por la libertad es una herencia rica y fecunda que el Fundador del Opus Dei deja a los socios de la Obra y a todos los cristianos:

Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentali­dad laical, que ha de llevar a tres conclusiones:

a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal;

a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen ‑en materias opinables-soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene;

y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de Nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías hu­manas.

El valor cristiano de la vida ordinaria lo realza así en esa Homilía de 1967 en el campus de la Universidad de Navarra: Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta ‑y el Cardenal Baggio observa aquí que faltaban otros tantos años y más para la Cons­titución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano ll‑ que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartar­los así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser ‑en el alma y en el cuerpo‑ santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.

Y el Fundador del Opus Dei insistía, consciente de la novedad de ese planteamiento:

El auténtico sentido cristiano ‑que profesa la resurrección de toda carne‑ se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu.

El trabajo es, pues, la materia prima que hay que santificar, el instrumento de la santificación propia y de la santificación de los demás. La vida del cristiano no se construye con idealismos desencarnados, sino con esfuerzos concretos para la realización de una sociedad más justa, esfuerzos que ennoblecen todas las actividades humanas, desde las más vistosas a las más humildes e inadvertidas. Mons. Escrivá de Balaguer glosaba con frecuencia los conocidos textos de San Pablo: “Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios”… “Ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios”:

Esta doctrina de la Sagrada Escritura, que se encuentra ‑como sabéis‑ en el núcleo mismo del espíritu del Opus Dei, os ha de llevar a realizar vuestro trabajo con perfección, a amar a Dios y a los hombres al poner amor en las cosas pequeñas de vuestra jornada habitual, descubriendo ese algo divino que en los detalles se encierra.

En una Homilía titulada Hacia la santidad ampliaba: Cuando la fe vibra en el alma, se descubre, en cambio, que los pasos del cristiano no se separan de la misma vida humana corriente y habitual. Y que esta santidad grande, que Dios nos reclama, se encierra aquí y ahora, en las cosas pequeñas de cada jornada.

Me gusta hablar de camino, porque somos viadores, nos dirigimos a la casa del Cielo, a nuestra Patria. Pero mirad que un camino, aunque puede presentar trechos de especiales dificul­tades, aunque nos haga vadear alguna vez un río o cruzar un pequeño bosque casi impenetrable, habitualmente es algo co­rriente, sin sorpresas. El peligro es la rutina: imaginar que en esto, en lo de cada instante, no está Dios, porque ;es tan sencillo, tan ordinario!

Y hablando de los socios del Opus Dei, que procuran encarnar este mensaje nuevo ‑y sin embargo tan sencillo y natural‑ de la santificación del trabajo ordinario, el Fundador de la Obra especificaba en aquella Homilía de 1967:

Quienes han seguido a Jesucristo ‑conmigo, pobre peca­dor‑ son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo (…) y la gran muchedumbre formada por hombres y mujeres ‑de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas‑ que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad ‑repi­to‑, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fun­didos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares.


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