Al golpe de vuestras pisadas

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde el 26 de junio de 1975, la Cripta donde descansa el cuerpo del Padre es visitada sin interrupción: en ese pequeño rincón romano rezan hombres y mujeres, personas de edad madura, jóvenes y niños, que acuden a su intercesión ante Dios. Algunos llegan desde países lejanos para poner, en la orilla de su tumba, las inquietudes del alma, las preocupaciones familiares, las peticiones de salud… En muchos casos, para agradecer favores recibidos por la intercesión del Fundador del Opus Dei. Y envían flores desde todos los puntos cardinales del mundo para testimoniar la presencia del amor junto a su sepultura.

Es frecuente que personas procedentes de tierras muy distantes, depositen sobre la lápida que cubre sus restos rosarios y crucifijos, recuerdos familiares. O que dejen en la Cripta un ramo de flores que simboliza el calor de su cariño, de su recuerdo y de su oración.

En la Cripta han rezado muchos Cardenales y eclesiásticos en los días que precedieron a los dos últimos Cónclaves de 1978 para pedir, por la intercesión del Padre, gracia y luz. Es habitual que se presenten también religiosos, encomendándole el aumento de vocaciones para las respectivas Ordenes y Congregaciones.

Cada año, las Misas que se celebran en el aniversario de su fallecimiento, en todos los países del mundo, requieren un templo más amplio porque la afluencia de fieles aumenta como testimonio universal de su fama de santidad.

En Ciudad de México, en 1978, fueron dos mil personas las que asistieron a la Misa en la iglesia de la Santa Veracruz; en 1979, más de diez mil llenaron la nueva Basílica de la Señora de Guadalupe.

En Guatemala, tres mil fieles ocuparon el templo de La Recolección en 1979. Un sacerdote de la diócesis comentó: «los próximos años esta Misa sólo se podrá celebrar en espacio abierto».

En la Holy Family Cathedral de Nairobi, la iglesia más grande de la Archidiócesis, el 2 de julio de 1975 asistieron mil personas. A lo largo de estos años, el número se ha ido multiplicando.

En Buenos Aires han recurrido a la Basílica de la Merced, una de las más amplias de la capital argentina. A pesar de ello, desde el comienzo de la Misa, la gente invadía ya todos los espacios disponibles.

Su intercesión se ha extendido como una ráfaga de confianza por los caminos de la tierra. Es demostrativa la frase que había escrito un conductor de autobús bonaerense, bajo la estampa editada para la devoción privada al Fundador del Opus Dei:

«Pídeselo -¡escucha siempre!».

Cardenales, Arzobispos, Obispos, Superiores de diversas Ordenes y Congregaciones, sacerdotes, religiosos, exponentes de asociaciones de Apostolado; y en la esfera civil, jefes de Estado y de Gobierno, ministros, senadores, diputados, así como entidades de todo tipo, personas de los más variados países y niveles sociales, han elevado sus ruegos al Santo Padre, para que se introduzca la Causa de Beatificación y Canonización de Monseñor Escrivá de Balaguer, de la que esperan un gran bien para toda la Iglesia.

En 1978, el Cardenal Albino Luciani, que ocupará la Silla de Pedro con el nombre de Juan Pablo 1, escribía refiriéndose al Fundador del Opus Dei:

«Fe y trabajo realizado con competencia, para Escrivá van del brazo; son las dos alas de la santidad» (12).

Ante estas realidades, Monseñor Alvaro del Portillo, nombró Postulador de la Causa de Beatificación y Canonización de Monseñor Escrivá de Balaguer al Rev. don Flavio Capucci. Con fecha 15 de marzo de 1980, se dirige a la Sede Apostólica la instancia de concesión del Nihil obstat para introducir la Causa. El Santo Padre Juan Pablo II, el 5 de febrero de 1981, ratifica y confirma lo que ya era decisión afirmativa de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, y el 19 de febrero el Cardenal Poletti, Vicario de Roma, da el Decreto para la introducción de la Causa.

En el número de marzo-abril de 1981, la «Rivista Diocesana di Roma» publica este decreto que contiene una síntesis breve de la vida del Fundador del Opus Dei, de su espiritualidad y de las fases preliminares del Proceso.

El 12 de mayo de 1981 comienza en Roma el Proceso de virtudes para la Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, con la primera sesión del Tribunal constituido por disposición del Cardenal Vicario de Roma.

En Madrid, el 18 de mayo, tiene su primera sesión el Tribunal constituido por el Cardenal Enrique y Tarancón que, por disposición de la Santa Sede, recibirá también las declaraciones de los testigos de lengua española.

Tres años más tarde, Monseñor Angel Suquía, Arzobispo de Madrid, clausura, el día 26 de junio de 1984, este Proceso.

El 8 de noviembre de 1986, en la sala de la Conciliazione del Vicariato de Roma, en el Palacio Letrán, tiene lugar la sesión de clausura del Proceso llevado a cabo en la Curia Romana. El Cardenal Ugo Poletti preside la ceremonia como juez ordinario. En lugar preferente, asiste Monseñor Alvaro del Portillo, junto a los miembros del Consejo General y de la Asesoría Central de la Obra. Y más de seiscientas personas entre las que se encuentran numerosas personalidades eclesiásticas: los Cardenales Poupard y Bafile; los Obispos Auxiliares Ragonesi, Marra y Giannini; el Secretario de la Pontificia Comisión para la interpretación auténtica del Derecho Canónico, Monseñor Julián Herranz; y los Embajadores ante la Santa Sede de España.

Se concluye así, a los once años de su muerte, la Instrucción de la Causa de Beatificación del Fundador del Opus Dei, cuya apertura habían solicitado 69 Cardenales y 1.300 Arzobispos y Obispos. Más de un tercio del Episcopado mundial.

En 1985, Monseñor Alvaro del Portillo hacía unas declaraciones a la prensa:

«Nosotros no somos nada, pero con nosotros, que queremos ser miembros vivos de la Iglesia, está la eficacia redentora de Cristo, la omnipotencia suplicante de María, la intercesión de nuestro Fundador, que desde el Cielo vela sobre la Obra que Dios le inspiró el 2 de octubre de 1928. Con este poder llevamos a cabo el fin de la Prelatura Opus Dei»(13).

Desde ese infinito de Dios, que ya no mide el tiempo, el Padre sabe que su espíritu intacto sigue y seguirá vigente en los caminos abiertos al golpe de sus pisadas.

8. Rasgos de vida interior

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

En el punto 107 de Forja el Fundador escribió: El que deja de luchar causa un mal a la Iglesia, a su empresa sobrenatural, a sus hermanos, a todas las almas.

–Examínate: ¿no puedes poner más vibración de amor de Dios, en tu pelea espiritual? –Yo rezo por ti… y por todos. Haz tú lo mismo.

Si el Beato Josemaría nunca daba consejos que antes no hubiese puesto personalmente en práctica, ¿podría decirnos algunas cosas sobre su lucha ascética, sobre su examen de conciencia?

–El último día de 1971 el Padre anotó en su agenda una frase que después repetiría con frecuencia: Este es nuestro destino en la tierra: luchar por amor hasta el último instante. Deo gratias! Son palabras que llevó a la práctica toda la vida, para arrancar cuanto pudiese alejarle de Dios. Y para que no olvidásemos esta enseñanza, quiso que se grabara esta frase en la última piedra de Cavabianca, la nueva sede del Colegio Romano de la Santa Cruz. Sólo después de su muerte fue posible realizar aquel deseo suyo.

Se esforzó incansablemente en ser un instrumento cada vez más dócil a la misión que Dios le había confiado, templando su propio carácter y ejercitándose en la práctica de las virtudes.

A lo largo de su vida, mediante un examen de conciencia delicado, profundo y sincero, fue descubriendo nuevos puntos en los que mejorar. Se proponía metas exigentes para secundar las mociones recibidas de Dios, y su “táctica” consistía en luchar en cosas pequeñas, pues estaba convencido de que la santidad “grande” está en cumplir los “deberes pequeños” de cada instante (Camino, n. 817).

Afortunadamente conservamos algunas anotaciones suyas de 1932, que son un fiel reflejo de su lucha interior:

– No hacer preguntas de curiosidad.

– No quejarme de nada nunca con nadie, como no sea por buscar dirección.

– No alabar, no criticar.

Y, aunque era de carácter abierto y afable, resulta significativo que apuntase también el siguiente propósito:

– Ser amable y hablador en casa.

En 1956 me indicó las preguntas que debía hacerse con frecuencia un alma contemplativa, pues los miembros del Opus Dei somos contemplativos en medio del mundo. El Padre se examinaba personalmente sobre estos puntos:

–¿Busco el trato con Jesús en el Sagrario?

–¿Manifiesto con hechos mi espíritu de proselitismo?

–¿Acudo a la Virgen y a San José, para aprender a tratar a Dios, como Patronos de la Obra?

–¿Cumplo y vivo con cariño las Normas y Costumbres de la Obra?

–¿Saludo constantemente a mi Madre Santa María?

–¿Son mis amigos, mi Angel Custodio y los Custodios de los demás?

–¿Soy generoso en las pequeñas mortificaciones diarias, constantes?

–¿Sé elegir, cuando tengo libertad, lo más desagradable?

–¿Vivo el espíritu de penitencia?

–¿Doy tono sobrenatural a mis conversaciones?

–¿Procuro no discutir, y sé atender las razones de los demás?

–¿Busco mi alabanza o que agradezcan mis servicios?

–¿Pueden encargarme lo que sea, con la confianza de que lo llevaré a cabo y daré cuenta sincera, sin disculpa, de cómo lo he cumplido?

–¿Vivo la caridad, el cariño, también en los ratos de descanso?

–¿Mortifica mi palabra a los demás, por ser cargante o hiriente?

–¿Procuro no dar un trato extraordinario a alguno sólo por motivo de simpatía, haciendo acepción de personas?

–¿Olvido que mi santidad está en la rectificación del deber de cada instante?

–¿Me preparo debidamente para recibir los Santos Sacramentos?

–¿Hago con sinceridad y con valentía mi examen de conciencia a mediodía y por la noche?

–¿Hago también, en la forma debida, el examen particular de conciencia?

Como se ve, casi todas estas preguntas se dirigen a mantener o mejorar la intimidad con Dios.

Con sus palabras y su ejemplo el Fundador del Opus Dei enseñó a no fiarse del propio criterio y a acudir siempre a una prudente dirección espiritual, también en la confesión. ¿Quiénes fueron sus directores espirituales y sus confesores?

–Cuando, entre finales de diciembre del 1917 y comienzos de enero de 1918, en Logroño, el joven Josemaría descubrió aquellas huellas de unos pies descalzos en la nieve, se despertó en su alma una profunda inquietud y la seguridad plena de que el Señor quería algo (eran los barruntos del Amor). Acudió entonces a la dirección espiritual del Padre José Miguel, el carmelita que había dejado aquellas huellas.

Este santo religioso, al observar las excelentes disposiciones interiores del joven, y comprendiendo que, efectivamente, el Señor le llamaba, le sugirió hacerse carmelita descalzo. Esta posibilidad ni le atraía ni le desagradaba; pero, tras haberlo meditado con calma en la oración, también por lo que afectaba a sus deberes familiares, comprendió claramente que no era eso lo que el Señor le pedía, e intuyó que si el Señor quería algo de él, el mejor modo de estar disponible era hacerse sacerdote.

Interrumpió entonces la dirección espiritual con el Padre José Miguel, aunque conservó siempre una sincera gratitud por su trato, así como un afecto muy grande hacia los carmelitas. Veneraba especialmente a Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y Santa Teresita del Niño Jesús: fue asiduo lector de sus obras y en la predicación evocaba a menudo a estos grandes maestros de la espiritualidad y citaba sus escritos, aunque, cuando era necesario, hacía notar los puntos de divergencia con su propio modo de pensar y vivir las relaciones con Dios.

Cuando le contó a su padre la decisión que había tomado de hacerse sacerdote, don José Escrivá le puso en contacto con el Abad de la Colegiata, don Antolín Oñate, para que le orientase convenientemente, y buscó a otro amigo sacerdote que le preparase, tanto desde el punto de vista espiritual como científico; se dirigió a don Albino Pajares, sacerdote castrense, muy piadoso.

Para la dirección espiritual propiamente dicha y la confesión, Josemaría acudió a don Ciriaco Garrido Lázaro, canónigo capitular de la Colegiata y coadjutor de la parroquia de Santa María de la Rotonda, la iglesia a la que solía ir a rezar. En aquel momento este buen sacerdote debía tener en torno a los cuarenta y cinco años. Familiarmente le llamaban “don Ciriaquito”, no sólo por su pequeña estatura, sino sobre todo porque era muy querido en Logroño, tanto, que después de su muerte, en 1949, le dedicaron una calle de la ciudad.

En el Seminario de Zaragoza, donde no había un director espiritual específico, le ayudó sobre todo el Rector, don José López Sierra. Recibió consejos también del propio Cardenal Soldevila, de Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, y de don Antonio Moreno. Después de su ordenación, fue don José Pou de Foxá quien más le orientó en los primeros pasos de su ministerio, en calidad de amigo leal y noble y bueno, como lo describía el Padre.

En Madrid, nuestro Fundador recurrió a la dirección espiritual del Padre Valentín Sánchez S.J., a quien confió la guía de su alma en el verano de 1930.

Tuvo que interrumpirla cuando el gobierno republicano decretó el 24 de enero de 1932 la expulsión de los jesuitas. En aquellas dificilísimas circunstancias, el Padre acudió al confesonario del Padre Postius, un religioso claretiano. Sin embargo, pese a la expulsión de la Compañía, muchos jesuitas se quedaron en España; así que, en cuanto estuvo disponible el Padre Sánchez, nuestro Fundador volvió a confesarse con él.

Con el estallido de la guerra civil y el inicio de la cruenta persecución religiosa que obligó a los sacerdotes a huir o esconderse para no sufrir martirio, le resultó muy difícil tener un confesor fijo. Mientras estuvo refugiado en la Legación de Honduras, acudió –habitualmente cada semana– al Padre Recaredo Ventosa, que había sido Provincial de la Congregación del Sagrado Corazón y estaba también refugiado en aquel lugar. Después, se confesó también durante un cierto período con don Angel Sagarmínaga.

Cuando logró pasarse a la llamada “zona nacional” y fijó su residencia en Burgos, nuestro Fundador pudo nuevamente tener un confesor fijo; al principio se dirigió con don Saturnino Martínez, un sacerdote muy piadoso, pero de salud frágil; por eso, al poco tiempo, acudió al P. Francisco de B. López Pérez, claretiano.

Después, al regresar a Madrid al término de la guerra civil española, volvió a su antiguo confesor, el P. Valentín Sánchez, hasta 1940, en que se vio obligado a dejarlo.

¿Qué había sucedido? Puedo decirlo con toda exactitud, porque estuve presente en las dos últimas conversaciones de nuestro Fundador con su director espiritual. En 1940 el Padre, ante la insistencia del Obispo de Madrid, había preparado los documentos para la aprobación diocesana de la Obra. Como en la parte relativa al espíritu del Opus Dei no hacía sino exponer el camino ascético que el Señor le hacía recorrer, es decir, su propia vida interior, le pareció oportuno enseñar también estos documentos al P. Sánchez. El Padre siempre distinguió entre lo que se refería a la fundación del Opus Dei –materia que no competía a sus directores espirituales– y lo que se refería a su vida espiritual; por tanto, su intención no era la de pedir una opinión al P. Sánchez sobre el Opus Dei, sino sobre su propia vida interior. Me parece recordar que la entrevista, en la que le entregó estos documentos, tuvo lugar en septiembre de 1940.

Unas semanas después acompañé nuevamente a nuestro Fundador a visitar a su director espiritual. Esta vez, el Padre Sánchez, que hasta entonces siempre le había animado a ser fiel al carisma fundacional, le dijo, con un tono bastante alterado, que la Santa Sede no aprobaría nunca la Obra, y le citó los números de algunos cánones para probar esta afirmación. Le devolvió los documentos y le despidió.

El Padre sufrió de manera indecible en aquella entrevista, pero no perdió la paz. Reafirmó su confianza en que, como la Obra era de Dios, el Señor se encargaría de conducirla a buen puerto. Añadió también, con mansedumbre y claridad, que no podía seguir confesándose con él, porque ya no le inspiraba confianza.

Me parece evidente que el P. Sánchez se sentía fuertemente condicionado, casi coartado, por otros; de otro modo, no se puede explicar un cambio tan radical y repentino. Eran los tiempos en los que se desataba una violenta persecución contra la Obra.

Yo tomé nota de los números de los cánones que el Padre Sánchez había citado. Nada más llegar a casa comprobé con el Padre que los había citado al azar, y no tenían nada que ver con el problema.

Es un suceso muy grave y muy triste, pero que no debe escandalizar, pues muchos santos han sufrido dificultades e incomprensiones de sus confesores. Basta recordar cuánto sufrió Santa Teresa.

El Padre, a pesar de todo, conservó siempre un profundo agradecimiento al P. Sánchez, por el bien que había hecho a su alma. Cuando murió este jesuita, en 1963, nuestro Fundador recordaba, en una carta dirigida al Vicario de la Obra en España, que el P. Sánchez se había alegrado mucho cuando, pasado el tiempo, fue a verle y le informó de que la Santa Sede había concedido a la Obra el decretum laudis.

¿Y a quién acudió, entonces, el Fundador para la dirección espiritual?

Escogió a don José María García Lahiguera, al que siempre consideró un amigo fraterno, y que entonces era director espiritual del Seminario de Madrid; más tarde fue Obispo auxiliar de esta diócesis y, después, Arzobispo de Valencia. Su Causa de canonización se abrirá en cuanto sea posible.

Nuestro Fundador expresó desde el primer momento a su nuevo confesor su intención de dirigirse con un sacerdote de la Obra en cuanto se ordenasen sus primeros hijos. A don José María García Lahiguera le pareció muy lógico. El 26 de junio de 1944, al día siguiente de mi ordenación sacerdotal, el Padre llegó al Centro de la calle Villanueva donde yo vivía. Me preguntó si había escuchado ya alguna confesión; le respondí que no, y exclamó: Pues vas a oír la mía, porque quiero hacer confesión general contigo. Y nos fuimos al oratorio del Centro. Lo menciono porque él mismo lo contó muchas veces en público, incluso con estas mismas palabras. Desde entonces, exactamente durante treinta y un años –murió el 26 de junio de 1975–, confesé habitualmente a nuestro Fundador.

Ya aquella primera vez me dijo que renunciaba al sigilo sacramental que yo debía vivir respecto de sus confesiones, porque quería dejarme las manos libres para ayudarle espiritualmente en cualquier momento, también fuera de la confesión. Por mi parte, gracias a Dios, nunca hice uso de esta facultad, por el amor hacia ese sacramento, que precisamente nuestro Padre me inculcó con tanta intensidad. Me impresionó siempre la humildad con que nuestro Fundador se puso desde entonces en mis manos; yo era un sacerdote recién ordenado y había recibido de él toda la formación espiritual.

Aprovecho la ocasión para señalar que todo lo que estoy contando en esta entrevista, como lo que cuento de nuestro Fundador en otros lugares, se refiere exclusivamente al fuero externo; he evitado y evitaré siempre toda referencia, incluso marginal o indirecta, al sigilo sacramental.

No necesitaba esta precisión, porque ni se me había ocurrido pensar lo contrario, pero se la agradezco, porque ataja cualquier escrúpulo o duda en lectores quizá menos informados.

Le rogaría ahora que abordase algún aspecto de la vida de oración del Fundador.

–Puedo atestiguar que su unión con Dios aumentó año tras año, en un “crescendo” maravilloso, hasta el fin de su vida. Ya en 1935, cuando acababa de conocerlo, vi claramente que sólo pensaba en el Señor y en cómo servirle. Ponía los cinco sentidos en todo lo que hacía; pero, al mismo tiempo, estaba completamente metido en Dios. Vivía lo que solía aconsejar: tener los pies en la tierra, y la cabeza en el cielo; es decir, poner en juego todas nuestras facultades para cumplir los deberes de cada día, en el trabajo profesional, en el ministerio sacerdotal, pero siempre con el pensamiento en el Señor.

Su unión con Dios era tan profunda que, incluso, cuando sufría por la falta de camino jurídico para la Obra, o, sobre todo en los últimos años, por la situación de confusión y desobediencia en que se encontraba la Iglesia, no perdía nunca la alegría, como no la había perdido tampoco ante las numerosas contrariedades por las que hubo de pasar en los años precedentes. Su unión con Dios se alimentaba con tiempos específicos dedicados a la oración mental: habitualmente, media hora por la mañana y media hora por la tarde; estableció esta norma también para todos sus hijos.

En enero de 1973 hizo este comentario: No es bastante que se esté en oración todo el día, como por la gracia de Dios procuramos hacer todos buscando la presencia del Señor en todo momento. No es suficiente, como tampoco sería suficiente que en cada habitación de la casa hubiera los elementos de la calefacción, porque además de éstos se necesita una caldera: y la caldera está constituida para nosotros por las dos medias horas de oración mental.

Por lo demás, las dos homilías tituladas Vida de oración y Hacia la santidad, incluidas en el libro Amigos de Dios, son paradigma elocuente de cómo rezaba. De hecho, las propuso como “falsilla” de la vida de oración de sus hijos.

Precisamente en la homilía Hacia la santidad, el Fundador, después de haber trazado un itinerario de oración que, partiendo de oraciones vocales, pasa por la meditación de la Humanidad Santísima de Cristo, afirma: El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como el de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales! (Amigos de Dios, num. 306). Evidentemente, hablaba desde su experiencia personal.

–No dudo en afirmar que Dios le dio con creces el don de la contemplación infusa. He recordado cómo, muy frecuentemente, durante el desayuno, mientras ambos hojeábamos los periódicos, apenas nuestro Padre empezaba a leer, se quedaba absorto, inmerso en Dios; apoyaba su frente en la palma de la mano y dejaba de leer el periódico para hacer oración. Grande fue mi emoción cuando, después de su muerte, leí en sus Apuntes íntimos esta anotación de 1934, en que plasma con extrema sencillez su diálogo con el Señor: Oración: aunque yo no te la doy (…), me la haces sentir a deshora y, a veces, leyendo el periódico, he debido decirte: ¡déjame leer! –¡Qué bueno es mi Jesús! Y, en cambio, yo…

Llevaría mucho tiempo describir la riqueza de su vida interior, en la que el Espíritu Santo le condujo hacia las altas cimas de la unión mística en medio de la vida ordinaria, atravesando también durísimas purificaciones de los sentidos y del espíritu.

Como les sucede a todas las almas de oración, el Señor permitió que, en algunas épocas de su vida, nuestro Fundador experimentase la aridez. En 1968, por ejemplo, nos confiaba: Ayer por la tarde me encontraba muy cansado y me fui al oratorio a hacer la oración. Me estuve allí, y le dije al Señor: Aquí estoy, como el perro fiel a los pies de su amo; no tengo fuerzas ni siquiera para decirte que te quiero, ¡Tú ya lo ves! Otras veces, a lo largo de mi vida, he dicho a Nuestro Señor: Aquí estoy, como el centinela en la garita, vigilante, para darte todo.

Estos periodos de aridez, más o menos largos, fueron circunstanciales. Se comprueba en las meditaciones publicadas hasta ahora –hay otras inéditas–, que eran oración personal de nuestro Fundador.

Nos enseñó a practicar lo que vivía: a perseverar en la oración mental también cuando estamos cansados, cuando el Señor nos concede consuelos y cuando nos los niega, cuando recibimos luces y cuando nos encontramos en la aridez más completa.

El 17 de mayo de 1970 decía: Vamos a ser piadosos, a enseñar a los demás con nuestras vidas a rezar, a convencer a la gente que hay que rezar. Nosotros debemos llevar todas las cosas a Dios en una continua oración. Ésta fue, en síntesis, su vida: rezar constantemente, reconducir todo al Señor, logrando la plenitud de la contemplación en medio del mundo. Rezó hasta el último momento, hasta que el Señor le llamó a su lado.

El Pensionato

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Viale Bruno Buozzi, 73. La calle es tranquila y residencial, situada en el Parioli romano. Fue la duquesa Virginia Sforza-Cesarini quien hizo saber al Padre y a don Álvaro la existencia de esta casa grande, bonita -estilo “quattrocento” florentino-, rodeada de jardín y con espacio para construir nuevas edificaciones. El dueño, amigo de su familia, vendía la casa.

Hace tiempo que el Fundador y sus hijos recorren Roma en todas direcciones buscando un inmueble para instalar la Sede Central del Opus Dei. En el Vaticano le han aconsejado que determine de modo permanente su residencia en la Ciudad de los Papas.

«El Cardenal Tardini me empujaba: conviene que dispongáis de una casa grande cuanto antes (…). Hubo un momento en que pensamos adquirir lo que ahora es embajada de Irlanda ante la Santa Sede; por fortuna, un amigo nos dijo equivocadamente que ya estaba vendida. Por fin encontramos esta casa, mucho mayor y más barata»(1).

El Padre consulta también con Monseñor Montini, que le anima a comprar lo antes posible pues se trata de una gran casa y las condiciones de venta excepcionales. El Santo Padre, que la conoce muy bien porque fue a visitarla cuando era Secretario de Estado y existía la Legación de Hungría ante la Santa Sede, se alegrará al saber que la han adquirido(2).

La gestión tiene un inconveniente inicial: la casa ha sido Legación de Hungría ante la Santa Sede hasta 1947; a partir de esta fecha el gobierno de este país no mantiene relaciones con el Vaticano. Sin embargo, algunos húngaros la siguen ocupando sin pretexto alguno que justifique su estancia. Es una de tantas situaciones anómalas creadas por la última Guerra Mundial, difícil de resolver.

El dueño de los terrenos y del edificio es un noble italiano que desea el pago de la posible adquisición en efectivo y en francos suizos. Habrá varias entrevistas entre don Alvaro del Portillo y el propietario; todas, en la mayor cordialidad. Pero el Opus Dei no tiene moneda alguna de valor adquisitivo. El propio don Alvaro recordará así aquella situación:

«Logramos reducir mucho la cantidad que había fijado, hasta tal punto que parecía un regalo: dos o tres años más tarde hubiera valido treinta o cuarenta veces más. Pero ni siquiera disponíamos de esa pequeña cantidad. Tuvimos que fiarnos en todo de la misericordia de Dios, al mismo tiempo que poníamos los medios humanos a nuestro alcance. Aparte de usar el sable pidiendo dinero a todos los que podían dar, pensamos hipotecar el edificio. Para esto, había que tenerlo en propiedad, y antes era necesario pagar al menos una parte y no teníamos nada»(3).

También años después, el Fundador trae a la memoria aquellas laboriosas gestiones:

«El problema era el de siempre: que no teníamos dinero. Pero don Alvaro, que tiene tanta capacidad para convencer a la gente, fue a ver al propietario de la Villa. Recuerdo que le estuve esperando hasta las tantas de la mañana, rezando, para saber si había logrado convencerle de que le pagaríamos un adelanto con unas monedas de oro, y el resto en el plazo de uno o dos meses. Aceptó. ¡Y pagamos! No poseíamos nada, pero pagamos, porque teníamos una fe inmensa»(4).

Parecía un imposible. Los ahorros y privaciones económicas de los miembros de la Obra, que estaba comenzando su labor en diversos lugares, y la ayuda de otras personas, no alcanzaban a cubrir ni la primera parte del crédito. Contaban, sin embargo, con un valor cuyo precio en metálico resulta incalculable: la oración constante por esta empresa sobrenatural en la que se habían embarcado sin vacilación alguna. Si Dios necesitaba este lugar para su Obra, ordenaría las circunstancias para dárselo. Y así fue. Don Alvaro intentó la última gestión: no tenía la cantidad estipulada, pero le pedía que aceptase como crédito un pequeño montón de monedas de oro.

Increíblemente, el propietario aceptó. Tal era la confianza que le inspiraba este grupo de hombres a los que veía exclusivamente impulsados por miras sobrenaturales. Durante años, las obras y deudas de la Sede Central del Opus Dei exigirán la entrega generosa, la donación económica de las gentes más variadas de todos los lugares del mundo donde la Obra lleve la verdad de Jesucristo.

El dueño solamente insiste en una condición reiterativa: habrán de pagarle en francos suizos al cabo de dos meses. Al comentárselo al Fundador, dirá con su buen humor habitual: «No nos importa nada, porque nosotros no tenemos ni liras ni francos, y al Señor le es igual una moneda que otra»(5).

Hasta que los húngaros desalojen el edificio principal, en 1949, los miembros de la Obra en Roma habrán de adaptarse a las escasas dimensiones de lo que había sido antes vivienda de los porteros de la Legación. A pesar de la pobreza y escasez que ofrecen los locales, todos sienten la moral muy alta. Y verán, en un futuro muy próximo, el comienzo de las obras de la Sede Central. No es posible regatear un sacrificio.

El Pensionato -como llaman desde el principio a la antigua portería- adquirirá pronto limpieza, orden y ambiente de hogar. Cada detalle del día es oración, creación humana gozosa, que se ofrenda como un regalo permanente a Dios. Todo servicio resulta alegre, deseado.

Este es un aspecto del espíritu de la Obra en el que el Fundador insistirá siempre: el trabajo acabado, perfecto, hasta sus últimos detalles, con esa dedicación que sólo puede mediatizar el amor. El deseo de ofrecer a Dios, en el hacer de cada día, algo cabal que convierte la prosa diaria en «endecasílabo, verso heroico». Por otro lado, la vida de los miembros del Opus Dei tiene lugar en los mismos ambientes que los de sus conciudadanos, con un ambiente externo que corresponde a su condición y situación en el ámbito social. Su pobreza nunca está inscrita en un marco de pobretonería ni desaliño. Existen y han existido circunstancias de rigurosas carencias materiales. Pero lo ordinario es que, en una situación normal, cada uno viva desprendido de todo y dispuesto a dejar y a cambiar según lo aconsejen las tareas y empresas apostólicas de la Obra.

El cuidado de los Centros corre a cargo de personas que dedican a ello su entero quehacer, en el que se forman de modo rigurosamente profesional.

No obstante, sobre todo este planteamiento humano y secular, que exige la práctica de grandes virtudes humanas, sobrevuela el último fin de la Obra, que son las virtudes sobrenaturales: el encuentro con Dios, libre de ataduras, en el transcurso de todas las tareas cotidianas.

Y la casa cambiará tanto, y en tan poco tiempo, que cuando el dueño tiene que volver para ultimar una gestión se fija en el suelo, reluciente, y dice en voz alta:

-«¡Habéis cambiado el pavimento!».

Y don Salvador Canals, que es hoy su interlocutor, no tiene más remedio que aclarar:

-«No. Es el mismo, pero limpio»(6).

El Pensionato es realmente exiguo; tiene dos plantas y, en algunos momentos del día, da la impresión de emular a un autobús en la hora punta… No hay más remedio que recurrir al pluriempleo de las habitaciones que, de día, sirven para estudiar, recibir un invitado, charlar con un amigo…, y de noche se convierten en dormitorios al extender colchonetas y camas plegables. El Fundador comenta -en broma- que viven como San Alejo, debajo de la escalera.

Desde el pequeño reducto del Pensionato el Padre impulsa la constante formación de sus hijos, da a conocer la fisonomía jurídica del Opus Dei, tiene trato asiduo con personas de la Curia Romana, dirige una labor apostólica sin pausa y planifica la expansión de la Obra por el mundo.

Algunos de los que tuvieron ocasión de compartir aquellos años han descrito su vida junto al Padre. En 1947 le conoce, en el Pensionato, Mario Lantini. Una de las primeras vocaciones italianas. Acompañará al Fundador en viajes, trabajos y avatares durante estos años romanos; y no puede olvidar su inalterable alegría en el esfuerzo, la contradicción, la penuria. Alegría que desborda los silencios y se convierte, con frecuencia, en canciones.

«El Padre cantaba muchas veces (…). Cantaba al mundo, al que amaba de modo verdaderamente apasionado, como Cristo lo amó (…). Nos enseñó siempre que con las canciones de amor humano podíamos hacer oración cantando al Amor divino»(7).

Recuerda también Mario Lantini -hoy Vicario Regional del Opus Dei en Italia-, una de las tertulias en 1948. Les habían prestado un magnetófono que, entonces, era un invento absolutamente innovador. El Padre fue pasando el micrófono uno a uno. Quería recoger las voces alegres de sus hijos italianos y enviar la cinta grabada a los de España. Se sentía feliz al hacerles compartir así un intercambio de afecto, de expansión y universalidad dentro de la Obra.

El 29 de junio de 1948 erige el Padre el Colegio Romano de la Santa Cruz. El mismo definirá las características de esta Institución Internacional:

-«¿Sabéis qué quiere decir Colegio Romano de la Santa Cruz? Colegio (…) es una reunión de corazones que forman -consummati in unum- un solo corazón, que vibra con el mismo amor. Es una reunión de voluntades, que constituyen un único querer, para servir a Dios. Es una reunión de entendimientos, que están abiertos para acoger todas las verdades que iluminan nuestra común vocación divina.

Romano, porque nosotros, por nuestra alma, por nuestro espíritu, somos muy romanos. Porque en Roma reside el Santo Padre, el Vice-Cristo, el dulce Cristo que pasa por la tierra.

De la Santa Cruz, porque el Señor quiso coronar la Obra con la Cruz, como se rematan los edificios, un 14 de febrero… Y porque la Cruz de Cristo está inscrita en la vida del Opus Dei desde su mismo origen, como lo está en la vida de cada uno de mis hijos…

Aquí venís (…) para seguir estudios teológicos de altura universitaria. Después, para convivir con vuestros hermanos de distintos países, y para que veáis que en las demás naciones hay muchas cosas admirables, dignas de ser alabadas e imitadas (…). Habéis venido a llenar de Sabiduría el vaso de vuestra alma, poniendo mucho empeño en que no se rompa. Si no mejorárais en vuestra vida interior, en la piedad y en la doctrina, habríamos perdido el tiempo»(8).

En este primer año de 1948, y en el corto espacio que ofrece el Pensionato, un número reducido de alumnos se instalan para convivir y estudiar. Comparten el espacio con los italianos que ya son del Opus Dei y participan de su vida familiar. El Padre pasa con ellos muchas horas del día.

En octubre de 1950 llegan quince o veinte alumnos más, y la situación exige un nuevo Centro en Roma que sirva de apoyo para continuar la expansión de la Obra en Italia. El Padre «amenaza» cariñosamente a sus hijos italianos con irse a vivir bajo uno de los puentes del Tíber -cosa que no empeoraría mucho su situación en el Pensionato- si no encuentran otra casa.

Durante diez años el Fundador seguirá palmo a palmo la construcción de la Sede Central; varias veces al día, escala los pisos de andamios y dirige los trazados, la ornamentación, los remates. Tiene una sotana vieja y remendada como uniforme de trabajo «a pie de obra». Lleva a sus hijos por entre los cordajes y maderos, explicándoles hasta el último detalle; esta casa ha de ser el corazón del Opus Dei, el motor que mantendrá en el mundo entero el ritmo, la identidad de una misma sangre de familia.

Según se van habilitando nuevos espacios, llegarán a vivir más de doscientas personas en los edificios de Bruno Buozzi que han recibido ya el nombre de “Villa Tevere”.

Proceden de los primeros países a los que ha llegado la Obra. Son vocaciones que vienen a Roma desde muy lejanos puntos cardinales del mundo. Han de convertirse en semilla para esparcirse y arraigar en los cinco continentes.

Los alumnos del Colegio Romano que cursan sus estudios en las Universidades Pontificias tendrán que cubrir a pie las distancias: no siempre hay dinero para transportes. Y lo hacen a base de madrugar, ya que los recorridos son largos. En la casa, la amanecida es precoz. El Padre solicita con frecuencia, sin perder el buen humor, que recen por el buen éxito de las gestiones económicas, que realiza frecuentemente don Alvaro.

Con pocos textos se estudian las asignaturas. Los libros se van pasando de uno a otro, en perfecta colaboración. A lo largo de estos años un buen número de miembros de la Obra obtiene el Doctorado en Teología, en Derecho Canónico o en Filosofía escolástica, en una de las Universidades romanas, y contribuirán de modo determinante a la solidez y profundidad de la formación de los demás miembros de la Obra en todo el mundo. Bastantes recibirán, además, la ordenación sacerdotal, para servir con su ministerio al creciente número de vocaciones y de personas que se acercan al Opus Dei.

A todos, el Padre les conoce personalmente. Sabe de sus dificultades y habla con ellos por un pasillo, por el jardín, en cualquier ocasión. Hasta el punto de que podrán decir que, lejos de recordar a lo largo del tiempo lo que eran privaciones de vivienda o de comodidades elementales, la vida al lado del Fundador, con su ejemplo y su doctrina, fue y sigue siendo la etapa más maravillosa de su vida.

En medio de este tráfago, la oración contemplativa del Padre permanece incólume. Reza y hace rezar. Cuando celebra Misa pregunta al que va a ayudarle si tiene prisa. La respuesta siempre es negativa y entonces dice el Santo Sacrificio como siempre, paladeando las palabras una a una(9).

Después del almuerzo o de la cena pasa un rato de tertulia con sus hijos. Es una conversación familiar en la que intervienen unos y otros. A veces, para hacerle descansar, despliegan sus «habilidades» con la guitarra, la caricatura, las canciones… Pero, con frecuencia, es el Padre quien lleva la reunión con su palabra.

Se preocupa de las familias de los miembros de la Obra. De que envíen noticias, de que les entusiasmen -por distantes que puedan sentirse- con el horizonte de la Obra. Con la elección que Dios ha hecho, llamando a sus hijos al Opus Dei.

Mientras tanto, las contradicciones externas no cesan, pero, como dice el Padre, no le importan demasiado:

-«¿Sabéis lo que me hace sufrir? Cualquier cosica vuestra me hace sufrir… Por lo demás, que me echen cargas de basura»(10).

El espíritu del Opus Dei es nuevo en sus planteamientos y no siempre encuentra la comprensión inmediata de personas incluso muy cercanas a la Curia Romana. Son frecuentes las interpretaciones y juicios que hacen sufrir al Padre.

Es a estas situaciones a las que se refiere cuando habla, en una ocasión, con Francesco Angelicchio, uno de sus primeros hijos italianos. Le dice que en Roma ha perdido la ingenuidad. Idea que vuelve a repetirse en ocasiones sucesivas: «Nunca pude imaginarme que llegaría a sentirme extranjero en Roma»(11).

Debe sufrir mucho para hacer este comentario, ya que suele insistir en que se siente muy romano. Una vez, Francesco le oirá decir:

-« ¡Soy más romano que tú! » (12).

También Ignacio Sallent cuenta que, hacia la primavera de 1950, tiene la oportunidad de acompañar al Padre y a don Alvaro del Portillo al patio de las Congregaciones en San Calixto en Trastevere. Van a visitar a una persona a quien el Fundador ha apreciado y demostrado especial confianza, y que ahora tiene un papel decisivo en las contradicciones surgidas en torno al Opus Dei. Don Alvaro sube solo a la casa; se quedan en el coche el Padre e Ignacio.

«Como es lógico, yo respetaba su silencio y encomendaba. De pronto el Padre se echó a llorar con el rostro entre las manos, con un llanto que se notaba que era de hondo dolor del corazón. Yo me quedé en un silencio respetuoso de su sufrimiento. Poco después, el Padre me pidió perdón con una delicadeza conmovedora»(13).

Pero jamás se entrega a su dolor, que es por el Opus Dei. Quiere dejar, más bien, la impronta de su gozo inconmovible ante los acontecimientos adversos. En el verano de 1951, en el jardín de Villa Tevere(14), le dice a Cormac Burke, su primer hijo irlandés:

«Nosotros tenemos que ser hombres que sepan plantar árboles de modo que den sombra a los que vendrán detrás »(15).

Y también aprovecha, constantemente, la cercanía de sus hijos que le brinda la vida en familia, para perfilar el espíritu de la Obra en lo cotidiano, en lo habitual, sin perder el pulso de las cosas pequeñas, de los encuentros habituales con Dios, por otros grandes acontecimientos, ya sean favorables o adversos.

En ocasiones, cuando está disfrutando de una reunión grata, pregunta si ha transcurrido el tiempo previsto y deben terminar. Si la respuesta es afirmativa, se levanta en el acto, coge la silla en la que ha estado sentado y la coloca en su sitio, junto a la pared. Y dice:

-«La santidad está sobre todo en esto», y señala el reloj, «y en esto», e indica la perfecta colocación de la silla(16).

Y entonces, se marcha. Lección viva de puntualidad y orden que había dejado escrita en el punto 79 de «Camino»:

«¿Virtud sin orden? -¡Rara virtud!».

Junto a la comprensión y buen humor, muestra también una exigencia total.

En el Colegio Romano tiene lugar una meditación dirigida por el Padre, un día en que los obreros martillean su trabajo en los tabiques vecinos. Tras dos minutos de haber empezado a hablar, entra uno con retraso en el oratorio. Se interrumpe y hace la siguiente afirmación:

-«Los golpes de martillo de los obreros no me perturban porque están haciendo lo que deben. Pero c1ue mis hijos lleguen tarde no lo puedo y no lo quiero soportar» (17).

No es la meticulosidad horaria, sino el amor que ha de informar la puntualidad. Vivir el «minuto heroico» a la hora de iniciar el día es sobreponerse al frío, al calor, al cansancio, por Aquel que espera un gesto de entrega. En modo alguno esta exigencia irá desprovista del más ancho y profundo cariño a sus hijos.

Muchas veces, aprovechando una pausa en el trabajo, se sentará en el Arco dei Venti, una zona del jardín, para charlar con alguno que ha encontrado de camino: para conocerle más, animarle, para manifestar con los que tiene más cerca el afecto que siente por todos.

Un día de 1960 llama a un alumno del Colegio Romano por el teléfono interior de la casa, y tiene una larga conversación con él:

«¡Cómo te quiero, hijo mío! ¡Cómo os quiero! (…). Os quiero con toda mi alma (…).

Séme fiel, hijo mío. Acuérdate a la vuelta de unos años, cuando el Señor me haya llamado a mí. Tú seguirás aquí, y entonces acuérdate de esto que te decía el Padre: ¡sé fiel, hijo mío! (…).

Este cariño que os tengo -que no es caridad oficial, seca, sino amor humano porque os quiero con toda el alma- es mi tesoro. Cuando seas viejo di siempre que el Padre os quería así. Os quiero porque sois hijos de Dios (…); os quiero porque sois muy majos y muy fieles (…).

Dios te bendiga, hijo mío. Pero no lo olvides: sé fiel. Y reza mucho por el Padre (…). Sé humano, que es la única forma de ser divino. Y sé fiel»(18).

No es extraño que sus hijos respondan a esta solicitud con la medida de su mejor lealtad. Años más tarde, don Alvaro del Portillo mandará esculpir una lápida con la imagen del Buen Pastor tal y como se venera en una catacumba de Roma. Grabados al pie irán los versos de Juan del Enzina:

«Tan buen ganadico, y más en tal valle, placer es guardalle… ».

Es un símbolo de los desvelos del Padre por los miembros de la Obra. Pero dicho con aire lírico, de almas en paz, que saben cantar por encima de todas las dificultades. Y el Fundador se conmueve y apoya su entrega en las últimas líneas de la canción-poema:

«y tengo jurado de nunca dejalle, mas siempre guardalle».

Los que trabajan junto a él en el gobierno interno de la Obra notan su influjo constante: una gran seguridad, una certeza especial. No es la impresión que puede captarse cerca de una fuerte personalidad humana -que evidentemente el Padre tiene-, sino algo superior, derivado de una realidad sobrenatural. Este sentimiento irradia paz aun en los momentos que pueden parecer más difíciles y lleva a pensar, profundamente, en la santidad personal del Fundador.

Begoña Alvarez recuerda con claridad las palabras del Padre al definir -en una ocasión- las medidas que han de tomar aquellos que tienen la misión de gobernar:

«Es rezar por todos, preocuparse por todo, decir las cosas de modo que nos entiendan, tener caridad con todos y con cada uno» (19).

La claridad en los fines, el sacrificio en los medios y el amor como una avalancha que inunda de espíritu la letra, van configurando el orden interno en la Obra. El Padre permanecerá muchos años en Roma, dedicado a un trabajo con el que describirá, sin fisuras, la acabada imagen que Dios le hizo ver el 2 de octubre de 1928.

Camino de Sonsoles

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Un día de primavera de 1935, Ricardo Fernández Vallespín recuerda el propósito que hiciera, el último año de carrera, de visitar a la Virgen de la ermita de Sonsoles. El Padre se ofrece a acompañarle, y se unen también José María González Barredo, químico, y Manuel Sáinz de los Terreros, ingeniero de Caminos. Salen los cuatro de Madrid a Avila en tren. Desde allí, hasta la Virgen, irán a pie rezando el Rosario(29).

La estación de ferrocarril de Avila se encuentra fuera de la ciudad amurallada. En este punto, desciende una empinada cuesta hasta el convento de Santo Tomás, de los dominicos. El Santuario de Sonsoles dista unos cuatro kilómetros. El camino es llano y polvoriento y, al principio, serpea entre trigales y barbechos. La ermita está situada sobre una colina que rompe levemente la horizontal de la meseta castellana.

Al contemplar aquellas mieses -dirá el Padre-, «vino entonces a mi memoria un texto del Evangelio, unas palabras que el Señor dirigió al grupo de sus discípulos: “ ¿No decís vosotros: ea, dentro de cuatro meses estaremos ya en la siega? Pues ahora yo os digo: alzad vuestros ojos, tended la vista por los campos y ved ya las mieses blancas y a punto de segarse” (lo IV, 35). Pensé una vez más que el Señor quería meter en nuestros corazones el mismo afán, el mismo fuego que dominaba el suyo»(30)

A partir de este año, los miembros del Opus Dei, en grupos o en solitario, frecuentan, durante el mes de mayo, senderos abiertos en los cinco continentes, en romería, para encontrar una imagen de Nuestra Señora a la que piropear con Avemarías del Rosario.

Desde diciembre de 1933 a septiembre de 1934, el Padre acuerda con los PP. Redentoristas -que tienen en una calle cercana la iglesia del Perpetuo Socorro- la posibilidad de organizar un retiro mensual con los chicos de la Obra. Y en las meditaciones que predica, va desplegando el Fundador las características y el modo que Dios ha grabado en su corazón como perfil definitivo del Opus Dei.

La actividad sacerdotal del Padre, su experiencia ascética y mística, el conocimiento del dolor, de la pobreza, de la soledad y de la muerte, y también de la alegría, del orgullo de saberse hijo de Dios, así como el descubrimiento de la vocación a que Dios le ha llamado, impulsan al Fundador a reunir un buen número de notas que titula con el nombre de «Consideraciones Espirituales». En ellas se vuelcan ratos, antiguos o recientes, de intimidad con Dios, de trato continuo con los Angeles Custodios, de fe y de esperanza; diálogos breves y entrañables con aquellos que le siguen, experiencias junto a la entrega y el amor de los enfermos, gozo y desprendimiento. Todo ello se agrupará en una pequeña publicación que sirve para dar a conocer el talante interior de la Obra, a los que acuden a participar de su espíritu.

«Consideraciones Espirituales» se imprime por primera vez en la Imprenta Moderna de Cuenca, el 3 de mayo de 1934. Lleva el “Nihil obstat” de don Sebastián Cirac y el “Imprimatur” del Obispo don Cruz Laplana.

El Padre había reunido, desde 1930, unas breves oraciones litúrgicas de la Iglesia en un conjunto de preces que rezarán los miembros de la Obra cada día: peticiones y acciones de gracias que eleva a la Santísima Trinidad, a la Virgen, a San José, a los Angeles Custodios. Ruegos por el Papa, por la Iglesia, por la unidad de los apostolados. Por cuantos pertenecen y ayudan a la Obra de Dios. Por los que han muerto y los que viven en la esperanza de Jesucristo. Invoca a los santos y arcángeles: San Pablo, San Pedro, San Juan, San Miguel, San Rafael y San Gabriel. Y termina con aquel saludo que los primeros cristianos repetían de continuo al encontrarse, con el deseo de lo más ancho y hondo que puede traer el conocimiento de Cristo: la paz.

En este año de 1933, el Padre lleva a cabo unos días de retiro en la Residencia de los Redentoristas. Empieza a escribir un documento acerca del espíritu sobrenatural de la Obra en unas cuartillas apaisadas, de las que luego se harán copias a máquina en la Academia “DYA”. Es como una declaración total de la vocación transcendente a la que ha sido invitado, del mensaje que Dios le dio a conocer el 2 de octubre de 1928. Es la herencia, el certificado sobrenatural, que testimonia un hombre acerca de la Obra de Dios en el mundo.

Sin embargo, cada uno de los pasos de esta convicción sobrenatural, lleva aparejadas pruebas que ha de resolver a golpe de fe.

La primera de ellas tiene lugar en Madrid, el jueves 22 de junio de 1933, víspera de la fiesta del Sagrado Corazón. La nota manuscrita en la que el propio Fundador va a referir su experiencia transmite, por su inmediatez, el escalofrío de la verdad: «A solas, en una tribuna de esta iglesia del Perpetuo Socorro, trataba de hacer oración ante Jesús Sacramentado expuesto en la Custodia, cuando, por un instante y sin llegar a concretarse razón alguna -no las hay-, vino a mi consideración este pensamiento amarguísimo: “¿Y si todo es mentira, ilusión tuya, y pierdes el tiempo…, y -lo que es peor- lo haces perder a tantos?”.

Fue cosa de segundos, pero ¡cómo se padece! Entonces, hablé a Jesús, diciéndole: “Señor, si la Obra no es tuya, destrúyela; si es, confírmame”.

Inmediatamente no sólo me sentí confirmado en la verdad de su voluntad sobre su Obra, sino que vi con claridad un punto de la organización»(31).

Terminará de redactar este escrito el 19 de marzo de 1934. Lo leerán, unos y otros. Muchos años más tarde recuerdan que, después de meditarlo, se levantó en sus almas un mayor deseo de santidad.

En medio del mundo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En buena parte de los tratados de espiritualidad de los últimos siglos, tener vocación implicaba el abandono de unos estratos para sumergirse, de acuerdo con distintas reglas, en la búsqueda exclusiva de Dios al margen de las líneas de lo temporal. El mundo se consideraba casi ajeno a cualquier intento de aproximación vital a las verdades teologales. Pero el Evangelio ha dado a los hombres, además, otra significación: “sicut me misisti in mundum, et ego misi eos in mundum”(8): Igual que Tú me enviaste al mundo, Yo les envío a ellos….

Cuando Monseñor Escrivá de Balaguer proclama que la llamada a la santidad para la mayoría de los cristianos tiene lugar en medio del mundo, que es el lugar de encuentro con Dios, el recuerdo imborrable de la Encarnación de Cristo, y que el trabajo cabal, costoso y creador es un medio idóneo para buscar la santidad, va a encontrar incomprensión y resistencia a este mensaje, en amplios sectores de opinión.

Se entiende mejor esta incomprensión si se tiene en cuenta que el valor trascendente del trabajo como eje de la vida humana no se mide por la mayor o menor importancia que le otorga la sociedad, sino por el amor a Dios y el radical espíritu de servicio con que se lleve a cabo. Se destruyen así todos los estamentos de clases y elitismo, definiéndose la categoría de las tareas en función del amor con que se realizan.

«Para mí es tan importante la vocación al Opus Dei de un mozo de estación como la de un dirigente de empresa. La vocación la da Dios, y en las obras de Dios no caben discriminaciones» (9).

Esta actitud de amor al mundo, como salido de las manos de Dios, y a sus nobles realidades, la acogida a toda dedicación humana y la libertad y responsabilidad, exclusivamente personales, consecuencia de la dignidad del hombre, producirán conmoción. Sin embargo, tal doctrina es idéntica a la testimoniada por la vida de los primeros cristianos dispersos en un quehacer universal, unidos por el único nexo capaz de aunar sin anular, de transformar sin destruir, de elevar sin segregar: el amor y la fidelidad, en la medida de las propias fuerzas y limitaciones, al mensaje de Jesucristo.

« Sueño -y el sueño se ha hecho realidad- con muchedumbres de hijos de Dios, santificándose en su vida de ciudadanos corrientes, compartiendo afanes, ilusiones y esfuerzos con las demás criaturas. Necesito gritarles esta verdad divina: si permanecéis en medio del mundo, no es porque Dios se haya olvidado de vosotros, no es porque el Señor no os haya llamado. Os ha invitado a que continuéis en las actividades y en las ansiedades de la tierra, porque os ha hecho saber que vuestra vocación humana, vuestra profesión, vuestras cualidades, no sólo no son ajenas a sus designios divinos, sino que El las ha santificado como ofrenda gratísima al Padre» (10).

«El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación (…). No sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora»(11).

En este tiempo, el seglar, el hombre de la calle, con sus inquietudes y avatares personales, entendía frecuentemente el apostolado exclusivamente como colaboración en actividades emanadas de la jerarquía eclesiástica. La situación histórica de España favoreció, además, un cierto carácter combativo de muchas actividades del apostolado seglar.

Estos datos ayudan a comprender lo sorprendente de una institución con las características del Opus Dei. El clima de secularidad e iniciativa personal en que se mueve llevará a su Fundador a ser calificado de progresista, hereje y loco. Porque conocía perfectamente el momento eclesial e intelectual en que esta realidad de Dios venía al mundo, supo hasta qué punto habría de defenderla. Llevó su verdad como el que se siente responsable ante Dios y ante la Iglesia, con la certeza de quien se sabe elegido como acequia y arcaduz de un mensaje incambiable.

«Menos aún podrán detenernos, o disminuir la firmeza de nuestro paso -vamos al paso de Dios-, las dificultades de comprensión que nuestro camino encuentre, porque nadie puede frenar una impaciencia santa, divina, por servir a la Iglesia y a las almas.

Acrecentad, pues, vuestra fe y confianza en Dios. Y tened también un poco de fe y de confianza en vuestro Padre, que os asegura que procedéis en la verdad, obedeciendo a la Voluntad de Nuestro Señor, y no a la débil voluntad de un pobre sacerdote… “que no quería”, que no pensó ni deseó nunca hacer una fundación» (12).

Siempre obró en plena conformidad y obediencia a la jerarquía eclesiástica competente; desde el primer momento contó con la bendición y cariño del entonces Obispo de Madrid, don Leopoldo Fijo y Garay.

Durante más de cuarenta años ha tenido que mostrar, en unos países con mayor insistencia que en otros, el verdadero rostro sobrenatural de la misión que Dios le confió aquel 2 de octubre de 1928 y que él ha transferido intacto a sus hijos de todo el mundo. Jamás le arredrarán las dificultades humanas, las habladurías o vejaciones de cualquier género que haya podido soportar, atemperadas siempre, eso sí, por su respeto imperturbable hacia los protagonistas y el buen humor resistente a las contradicciones. Como escribía el Cardenal Primado de España en 1975:

«Sumergido para siempre en la vivencia cálida del misterio de la Iglesia, más que enfrentarse con las dificultades, lo que hacía era incorporarlas y asimilarlas hasta hacerlas correr dentro de su sangre como un alimento más de su vida de fe. De ahí que lo que parecía optimismo temperamental era más bien realismo cristiano, que ni se arredra ni huye por muy oscuro que se presente el horizonte. Era la Iglesia de Cristo la que invitaba a trabajar así, porque así tienen que ser siempre las cosas para los seguidores del que llevó la cruz»(13).

Con su tenacidad sonriente seguirá diciendo, durante cuarenta y siete años, que «hemos de amar al mundo porque es el ámbito de nuestra vida, porque es nuestro lugar de trabajo, porque es el campo de batalla -hermosa batalla de amor y de paz-, porque es donde nos hemos de santificar y hemos de santificar a los demás»(14).

De este modo y con una gozosa sencillez, volverá a colocar la invitación de Cristo al alcance de todos los fieles de la tierra. Sin perder nada de su exigencia, la santidad adoptará, además, la forma específica y circunstancial de cada hombre o mujer, de cada situación, de cada ruta en la multiforme elección de los seres humanos. Ha metido el concepto de la perfección cristiana dentro del bolsillo de lo cotidiano, de lo habitual, como un amigo de palabra sonriente y conciliadora.

Ante el asombro que causa esta espiritualidad netamente evangélica, escribirá en «Camino».

«Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. -¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores…Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos»(15).

Años más tarde confiaba a miles de personas las inspiraciones divinas de aquel día ya lejano, en el que vio el horizonte de la Obra:

«Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria… » (16)

Las primeras mujeres del Opus Dei

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El apostolado del Opus Dei con las mujeres debía superar grandes dificultades. Escrivá vio que el Opus Dei estaba destinado tanto a solteros como a casados de toda condición social y cultural. También vio que en los comienzos debía buscar gente que se comprometiera a vivir en celibato apostólico y estuviera más disponible para formarse y formar a otros. Por esta razón, tras los esfuerzos iniciales por conseguir vocaciones entre obreros y empleados, decidió centrar su apostolado, temporalmente, en estudiantes universitarios y recién graduados que pudieran responder a esa llamada al celibato apostólico en medio del mundo. Sin embargo, en el caso de las mujeres no sería práctico centrarse en estudiantes universitarias o recién licenciadas ya que, aunque el porcentaje de mujeres en las universidades españoles se había más que duplicado en la última década, seguía habiendo muy pocas que hicieran estudios superiores.

Además, estaba convencido de que las primeras mujeres del Opus Dei debían ser célibes, y eso también planteaba problemas. Las españolas solteras tenían poca independencia en los años treinta; se esperaba que vivieran con sus padres o con algún hermano o hermana casado, dedicando sus afanes, principalmente, al hogar.

Por otra parte las actividades de Escrivá no le facilitaban más que unos contactos muy limitados con mujeres que pudieran entender el Opus Dei y responder a una llamada. El confesonario, donde pasaba muchas horas confesando e impartiendo dirección espiritual, o simplemente rezando y leyendo mientras esperaba penitentes, fue su principal fuente para conocer a gente. Allí acudió la primera mujer que pidió la admisión al Opus Dei. Se llamaba Carmen Cuervo, y tenía una posición de responsabilidad en el Ministerio del Trabajo, algo poco habitual en una mujer en esa época. En cuanto Escrivá la conoció, en noviembre de 1931, escribió a Zorzano: “¿Sabes que creo que el Rey me ha mandado un alma para comenzar la rama femenina?”[1]. Unos pocos meses después, precisamente el 14 de febrero de 1932, segundo aniversario de la fundación de la sección de mujeres, Cuervo pidió la admisión al Opus Dei.

Mientras tanto, Escobar ofrecía su grave enfermedad por la intención que Somoano le había pedido que encomendara. Sus sufrimientos se intensificaban, tenía frecuentes subidas de fiebre y fuertes dolores de estómago. Pocas veces podía levantarse. Un día le dijo a Somoano: “D. José María, pienso que su intención tiene que valer mucho porque desde que V. me indicó que pidiera y ofreciera, Jesús se está portando muy espléndido conmigo. -De noche, cuando los dolores no me dejan dormir, me entretengo en recordarle su intención repetidas veces a Nuestro Señor”[2].

Pocas semanas después, Somoano habló del Opus Dei a Escobar y le preguntó si querría formar parte. Ella aceptó con alegría. Físicamente, su situación era lamentable. Los médicos habían abandonado toda esperanza de curación. Le aguardaba una muerte lenta y dolorosa. Pero con la luz del espíritu del Opus Dei, su enfermedad y sufrimientos cobraban un nuevo significado. No era una cruz que debiera llevar a contrapelo, sino el trabajo que Dios le había preparado, el sendero que la llevaría a Dios y le permitiría desarrollar un apostolado fecundo. La suya era, como diría Escrivá, una vocación de expiación. Tras ella vendrían miles de mujeres que trabajarían en una gran variedad de profesiones y empleos. Recostada en una cama de hospital, ayudaría a poner los cimientos del Opus Dei y a preparar el camino para las que llegarían después.

Al hablar con ella, Somoano insistía en la importancia de la santidad: “No queremos número, eso… ¡nunca!, le decía el capellán. Almas santas… almas de íntima unión con Jesús… almas abrasadas en el fuego del amor Divino ¡almas grandes! ¿Me entiende?”.

En el manuscrito de la enferma se leen, a continuación, otras palabras del capellán sobre el mismo asunto: “Nada, nada: hay que cimentarla bien. Para ello procuremos que estos cimientos sean de piedra de granito (…). Los cimientos ante todo, luego vendrá lo demás”[3].

Pocos días después de que Escobar pidiera entrar en el Opus Dei, Cuervo fue a verla al hospital. Era la primera vez que dos mujeres del Opus Dei estaban juntas. En la siguiente Conferencia del Lunes, Escrivá propuso rezar el solemne himno de acción de gracias de la Iglesia, el Te Deum.

El apostolado del Opus Dei entre mujeres había dado sus primeros pasos, pero el camino que quedaba por recorrer sería duro. Además de la dificultad de encontrar mujeres que pudieran entender su visión y fueran lo bastante generosas para seguirla, Escrivá se topó con el problema de transmitirles el espíritu del Opus Dei. Era un sacerdote muy joven y, lógicamente, reacio a pasar horas trabajando estrechamente con mujeres jóvenes para formarlas. Así que decidió confiar esta tarea a don Norberto, que era mucho mayor. El tiempo probaría, sin embargo, que don Norberto no había entendido la naturaleza secular del espíritu del Opus Dei y acabó por transmitir a las pocas mujeres que Escrivá confió a su cuidado algo más parecido al espíritu de una orden religiosa.

Nuevos ataques del gobierno a la Iglesia

Las actividades del Opus Dei con mujeres estaban en sus comienzos cuando el gobierno dictó leyes y reglamentos para cumplir las medidas antirreligiosas de la Constitución. En enero de 1932, disolvió la Compañía de Jesús y confiscó sus propiedades. En febrero, introdujo el matrimonio civil y el divorcio y quitó los crucifijos de las aulas en las escuelas públicas. Pronto suprimió las capellanías de los hospitales públicos. Otro decreto disponía que cualquier persona que no hubiera declarado expresamente en acta notarial que deseaba un entierro religioso recibiera únicamente exequias civiles.

De modo muy particular en localidades pequeñas, algunos funcionarios furiosamente anticlericales disfrutaron prohibiendo procesiones, el toque de campanas de la iglesia y otras manifestaciones de religiosidad popular. Tales medidas no pasaban de ser molestias relativamente pequeñas, pero muchos cristianos, para quienes dichas ceremonias formaban parte del modo de vivir, se sintieron insultados; las medidas radicales, como la declaración de que España había dejado de ser un país católico, podían olvidarse rápidamente; pero los intentos de limitar la religión a la esfera privada llevaron a muchos católicos a alejarse definitivamente de la República.

[1] Ibid. p. 457

[2] José Miguel Cejas. Ob. cit. p. 146

[3] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 445

«Las ilusiones humanas se armonizan muy bien con el deseo de servir a Dios»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Elvira acaba de guardar su bata blanca. La última consulta de la mañana ha terminado. Tiene aspecto juvenil pero hace ya unos años que dejó la Universidad. Desde entonces han cambiado unas cuantas cosas en su vida: se casó con un médico, ha tenido nueve hijos y ha ido perfilando su dedicación profesional dentro del campo de la medicina.

Al preguntarle por algún acontecimiento decisivo en estos años, me comenta con rapidez que ha sido su vocación al Opus Dei lo que ha dado un relieve nuevo a ese entramado de acontecimientos que han ido configurando su vida profesional y familiar.

–¿Cómo conoció usted el Opus Dei?

–Conocí la Obra cuando comenzaba mis estudios en la Universidad. Al encontrarme en un ambiente diferente al del Colegio, me di cuenta de que debía reforzar mi formación espiritual de un modo semejante a como procuraba ir mejorando mi formación humana. A través de una amiga se me presentó la oportunidad de asistir a unas clases de Teología en un Centro del Opus Dei.

–¿Y de qué modo ha influido en su vida el Opus Dei?

–A través de la formación espiritual que recibo, he ido descubriendo que es posible tener una gran intimidad con Dios, aunque se esté metida de lleno en el trabajo profesional; y que las ilusiones humanas se armonizan muy bien con el deseo de servir a Dios. Cuando conocí mejor la Obra, yo estrenaba una familia, comenzaron a llegar mis primeros hijos. Me di cuenta de que debía vivir la vida ordinaria abnegadamente, cara a Dios. En mi caso, eso se traduce en esforzarme por sacar adelante una familia numerosa como la que Dios me ha dado. Gracias a las enseñanzas del Fundador del Opus Dei he descubierto la grandeza que encierra la vida matrimonial, y la trascendencia humana y sobrenatural que supone tener hijos y educarlos. Sé que a veces no es fácil. Mis hijos han nacido, uno tras otro, sin darme tiempo a pensar en otros proyectos profesionales que tenía. Pero del espíritu del Opus Dei he aprendido que la grandeza de un quehacer, lo que permite a una persona alcanzar su plenitud humana, es, con la gracia de Dios, lo mismo que le hace alcanzar la santidad: el convertir su vida en un servicio gustoso a Dios y a los demás.

–El Fundador del Opus Dei insiste mucho en la obligación que tienen los cristianos de preocuparse por acercar a Dios a sus colegas y amigos. ¿Le queda a usted tiempo para eso.
–Efectivamente, el espíritu de la Obra enseña que es deber de un buen cristiano no sólo encontrar a Dios a través de un trabajo honesto y bien hecho, sino preocuparse de acercar la gente a Dios. Pero ésa no es una labor al margen de la vida familiar y de la vida profesional. Se trata de compartir con los familiares, con los amigos, lo mejor que uno tiene: la formación cristiana. Mis hijos me brindan con frecuencia oportunidades estupendas de ayudar a la gente. Ellos son un tema fácil de conversación cuando me encuentro con las madres de sus amigos, en la puerta del colegio. Algunas personas se asombran al saber que tengo nueve hijos. Entonces procuro transmitir a esas amigas mías consideraciones que las animen también a descubrir la grandeza del matrimonio y a vivir conforme a los planes de Dios, con una lógica diferente a la que encierran a veces los planteamientos que nos hacemos de tejas abajo.

También en mi consulta surgen ocasiones de ayudar a las personas. A la vez que un consejo médico, cuántas veces puedo darles un consejo amistoso que les ayude a enfrentarse con una situación difícil, con más esperanza. Pero todo eso gracias a Dios.

–Usted conoció al Fundador del Opus Dei. ¿Recuerda algún rasgo de la personalidad de Monseñor Escrivá de Balaguer que le llamara especialmente la atención?

–Me llamó la atención su alegría. Advertí con gran claridad que era un sacerdote que estaba muy cerca de Dios, que era un hombre santo. La fuerza y el cariño con que hablaba de Dios, la esperanza que transmitía con sus comentarios removían el alma. Vi conmoverse a las personas que estaban a mi alrededor, en aquella reunión tan numerosa –en Tajamar–, donde el Padre hablaba como si estuviera a solas con cada uño. Le aseguro que me sentí removida interiormente y con un gran deseo de esforzarme en ser mejor. Al mismo tiempo, recuerdo que me inspiró–una gran confiañza. Desde que el Padre falleció me encomiendo a su intercesión con mucha frecuencia y le pido ayuda en tantas cosas. Sé que Monseñor Escrivá es un eficaz intercesor delante de Dios.

No es cosa para privilegiados

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

«Hemos venido a decir –escribía el Fundador del Opus Dei en 1930– con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa, pero con la fe de quien se deja guiar de la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su profesión, su estado o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad… ya que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo».

De hecho, si hablas en cualquier país con alguien del Opus Dei descubres siempre las mismas cosas: ganas de vivir la vida a fondo, amor del bueno a las personas, pasión por la libertad, espíritu de aventura sin salir del propio sitio… No hace falta más que esto –te dicen– para empezar a andar en el Opus Dei. Después se descubre, como un nuevo Mediterráneo, la alegría en la lucha, en el trabajo, en el dolor. Se hace amor y aventura de todo. Y se adquiere una gran riqueza de buen humor al comprobar todos los días que «no Somos nadie», que Dios sigue construyendo ahora con la misma arcilla del Génesis, y que cuanto más profundo y lejano llegas a mirar, más amplio te parece el horizonte y más diminuto y pobre el foco de donde sale la mirada. Vale la pena comprometcrse con Dios…

Según los datos más recientes, los miembros del Opus Dei pasan de 73.000, pertenecen a 87 nacionalidades y viven en los cinco continentes, comprometiéndose con Dios y complicándose la existencia para apurar alegremente y al máximo los talentos naturales de que disponen. Es lógico entonces que la labor apostólica de los miembros del Opus Dei sea noticia todos los días en algún lugar del mundo, como de hecho sucede. Unas veces es un reportaje sobre un centro de formación profesional para obreros o campesinos, sobre una actividad social en un país cualquiera, sobre una iniciativa universitaria de fondo, sobre una convención internacional de intelectuales o de profesionales, sobre una convivencia de estudio de Teología, etcétera. Otras, puede ser un artículo que trata de explicar la realidad del Opus Dei en tal o cual país o en el mundo entero. Las más, simples sueltos que refieren hechos, con interpretación o escuetamente. Y como en la prensa, puede suceder también en las televisiones privadas o estatales, en las emisoras de radio o en las simples reuniones familiares o de sociedad, en el sentido más general de la palabra.

Sin embargo, la verdadera noticia del Opus Dei sigue siendo, desde 1928, la que se produce, ya a nivel planetario, en el fondo de muchos corazones sin llegar a los periódicos, ni a la televisión, ni a la radio, ni al cine, ni a las conversaciones, de acuerdo con el estilo que caracteriza desde siempre a la acción de Dios, que es la de exigir un pequeño esfuerzo, personal e intransferible, para descubrirle en todo, incluso en lo que menos importancia aparente tiene para los hombres.

El panorama es inmenso, sin duda alguna, como la propia vida, y se realiza bajo cualquier cielo, en todos los idiomas, a cualquier hora del día y de la noche. Las combinaciones pueden resultar, por tanto, apasionantes, y lo resultan de hecho. Todas las profesiones honradas, absolutamente todas, incluso las más inverosímiles…, todas las edades del hombre y de la mujer, sin ningún paréntesis…, todas las situaciones imaginables, individuales o de grupo…, sirven para que un común mortal conecte, directamente con Dios y dé un sentido a su existencia que le vuelva loco de alegría y le haga «correr la bola» por amor a Dios y a los hombres. Naturalmente ese común mortal sigue siendo de barro, con defectos y debilidades –lúcida seguridad que le acompañará durante toda su vida–, pero se sabe en manos de Dios, que lo puede todo.

El cardenal Karol Wojtyla, actualmente Su Santidad Juan Pablo 11, en una conferencia pronunciada en 1974 sobre La evangelización y el hombre interior, recordaba un aspecto de las enseñanzas del Fundador del Opus Dei: «¿De qué manera, en definitiva, dominando la faz de la tierra, podrá el hombre plasmar en ella su rostro espiritual? Podremos responder a esta pregunta con la expresión tan feliz y tan familiar a gentes de todo el mundo que Mons. Escrivá de Balaguer ha difundido desde hace tantos años: santificando cada uno el propio trabajo, sano ficándose en el trabajo y santificando a los otros con el trabajo».

«Lo que he enseñado siempre –ha dicho el Fundador del Opus Dei– es que todo trabajo honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible: con perfección humana (competcncia.  profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales –a manifestar su dimensión divina– y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios, operatio Dei, opus Dei».

Esta verdad tan sencilla aclara las cosas y la conclusión parece obvia. Si hay personas en el mundo dispuestas a participar por libre en esa gran empresa de Dios con plaza para todos y a luchar, en silencio y con paz; por esos ideales, resulta tan inevitable que acabe por hablarse de algunas de ellas, como que sean muchísimas, verdaderamente muchísimas más, las que no alcancen notoriedad, aun haciéndolo todo igual o mejor que las anteriores. Esto sucede en la vida corriente y tiene que suceder lógicamente en la vida de las personas del Opus Dei, que es normal y ordinaria, revolucionada por dentro. Pero hay más..

El uso de las Escrituras en los escritos de S. Josemaría.

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1 Scott Hahn, Ph.D.

El mundo conoce a Josemaría Escrivá (1902-1975) como fundador del Opus Dei y de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Los fieles de la Iglesia Católica lo conocen sobre todo por su santidad y su poder de intercesión, y por eso el 6 de octubre de 2002 el Papa Juan Pablo II lo canonizó, declarándolo así merecedor de pública veneración e imitación.

En cierto sentido, sólo podremos comprender plenamente los méritos de San Josemaría, o las gracias que recibió, si comprendemos el uso que hizo de las Escrituras. De hecho desarrolló, con el Opus Dei, una espiritualidad estrictamente bíblica, y él mismo advertía que la institución por él fundada estaba firmemente asentada sobre el fundamento de las Escrituras. En la exposición tal vez más poderosa de su espíritu, la homilía “Amar al mundo apasionadamente”, San Josemaría repetidamente proclama la Biblia como su principal fuente de autoridad: “Esta doctrina de la Sagrada Escritura (…) se encuentra –como sabéis– en el núcleo mismo del espíritu del Opus Dei” (Conversaciones, n. 116); “Lo he enseñado constantemente con palabras de la Escritura Santa” (n. 114).

Yo diría, incluso, que la Biblia fue siempre para San Josemaría el lenguaje referencial primario. Estaba familiarizado con las enseñanzas de los Padres y Doctores de la Iglesia, dominaba la teología escolástica y se mantuvo al corriente de las tendencias de la teología contemporánea, pero es a las Escrituras donde volvía una y otra vez en su predicación y en sus escritos y hacia donde dirigía a sus hijos espirituales del Opus Dei.

San Josemaría tenía una clara conciencia de la unidad entre los dos testamentos, el Antiguo y el Nuevo. Para él, los oráculos del Antiguo Testamento no han perdido relevancia por el hecho de que encuentren su plenitud en el Nuevo. Al revés, resplandecen con una luz nueva y más brillante. Por eso no dudaba en tomar las enseñanzas de los profetas y patriarcas de Israel como modelos espirituales para los cristianos de hoy:

“Cuando recibas al Señor en la Eucaristía, agradécele con todas las veras de tu alma esa bondad de estar contigo.

¿No te has detenido a considerar que pasaron siglos y siglos , para que viniera el Mesías? Los patriarcas y los profetas pidiendo, con todo el pueblo de Israel: ¡Que la tierra tiene sed, Señor, que vengas!

Ojalá sea así tu espera de amor.” (Forja, n. 991)

Citaba con frecuencia textos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, pero especialmente de los Evangelios, a los que la Tradición ha asignado un lugar preeminente (cfr. Dei Verbum, 18). Posiblemente, las frases más repetidas en su predicación son las que invocan el texto sagrado: “como el Evangelio nos dice…”, “la Sagrada Escritura nos dice…”, “relatan los Evangelios…”, “recuerda aquella escena del Evangelio…”.

Afirma Monseñor Álvaro del Portillo, el hijo más fiel de San Josemaría, su confesor y su sucesor al frente del Opus Dei: “Me admiraba la facilidad con que citaba de memoria y con exactitud frases de la Sagrada Escritura. Hasta en sus conversaciones familiares traía a colación textos sagrados para mover a los presentes a una oración más honda”. (1)

Las Escrituras como referencia

La fundación del Opus Dei tuvo lugar el 2 de octubre de 1928, cuando San Josemaría “vio” la Obra de Dios (todavía sin nombre) como un camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano.

¿A qué se parecía el Opus Dei en ese momento? No conocemos los detalles exactos, pero podemos vislumbrar la Obra encarnada en los posteriores escritos del fundador. En ellos habla de las Escrituras como de la referencia segura de su estilo de vida, que era “viejo como el Evangelio, pero como el Evangelio nuevo” (Amar a la Iglesia, n. 26). Al comienzo de su obra fundamental, Camino, escribió: “Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo” (Camino, n. 2). Y en cambio, al hablar de quienes no vivían la caridad cristiana, San Josemaría decía que “parece que no han leído el Evangelio” (Surco, n. 26).

Su lectura del Evangelio, y de las Escrituras en general, estaba iluminada por su particular carisma fundacional, que le llevaba a desarrollar algunas ideas que habían pasado desapercibidas a la teología anterior. Es notable su renovado énfasis en ciertos conceptos de las Escrituras: la llamada universal a la santidad, por ejemplo, y la santificación de la vida ordinaria. Se sentía atraído a contemplar una y otra vez los Evangelios, y aludía repetidamente a los treinta años de vida oculta de Jesús. En ese relativo silencio encontraba un modelo para la “vida oculta” de la gente corriente que vive en el mundo.

Así, el estudio de las Escrituras fue esencial para su personal espiritualidad y para el programa que desarrolló para los miembros del Opus Dei. Afirmaba que las Escrituras no sólo permitían a los lectores conocer la vida de Jesús, sino que también los empujaba a imitarlo. “Hemos de reproducir, en la nuestra, la vida de Cristo, conociendo a Cristo: a fuerza de leer la Sagrada Escritura y de meditarla, a fuerza de hacer oración” (Es Cristo que pasa, n. 14).

El método

San Josemaría practicó y predicó un camino particular de aproximación a las Escrituras en la oración. Se trata de un camino intensivo, más que exhaustivo. Monseñor Del Portillo subrayaba que el fundador del Opus Dei “dio pruebas constantes de un respeto extraordinario hacia la Sagrada Escritura que, junto con la Tradición de la Iglesia, es la fuente de la que se nutría ininterrumpidamente para su oración personal y para su predicación. Leía a diario unas páginas –un capítulo– de la Escritura, en particular del Nuevo Testamento”. (2)

Esta práctica del estudio diario del Nuevo Testamento –alrededor de cinco minutos– fue prescrita por San Josemaría para todos aquellos a los que dirigía. Les urgía a que, cuando leyeran el Evangelio, entraran con la imaginación en las escenas, asumiendo el papel de alguno de los personajes. “Esos minutos diarios de lectura del Nuevo Testamento, que te aconsejé –metiéndote y participando en el contenido de cada escena, como un protagonista más–, son para que encarnes, para que “cumplas” el Evangelio en tu vida…, y para “hacerlo cumplir” (Surco, n. 672; vid. también Amigos de Dios, n. 222).

En otro pasaje de sus enseñanzas desarrolló aún más esta idea, de nuevo enfatizando el uso de la imaginación con una experiencia casi sensorial:

“Mezclaos con frecuencia entre los personajes del Nuevo Testamento. Saboread aquellas escenas conmovedoras en las que el Maestro actúa con gestos divinos y humanos, o relata con giros divinos y humanos la historia sublime del perdón, la de su Amor ininterrumpido por sus hijos. Esos trasuntos del Cielo se renuevan también ahora, en la perennidad actual del Evangelio: se palpa, se nota, cabe afirmar que se toca con las manos la protección divina” (Amigos de Dios, n. 216).

El poder de transformarse

Aunque en realidad su lectura del Evangelio sólo le tomaba cinco minutos diarios, no podemos confinar la meditación de las Escrituras por parte de San Josemaría a esos breves momentos. Rezaba también con las Escrituras en su Misa diaria y en su recitación del Oficio Divino. Con frecuencia usaba comentarios bíblicos de Padres de la Iglesia para su lectura espiritual. Efectivamente, insistía en que la meditación personal de las Escrituras debía alimentar la oración mental del cristiano, además de las oraciones espontáneas que llenaran su día. “Porque hace falta que la conozcamos bien, que la tengamos toda entera en la cabeza y en el corazón, de modo que, en cualquier momento, sin necesidad de ningún libro, cerrando los ojos, podamos contemplarla como en una película; de forma que, en las diversas situaciones de nuestra conducta, acudan a la memoria las palabras y los hechos del Señor” (Es Cristo que pasa, n. 107).

A través de la lectura de las Escrituras llegará la gracia de la transformación, de la conversión. Leer la Biblia no es un acto pasivo, sino que comporta una activa búsqueda y el posterior encuentro. “Si obramos así, si no ponemos obstáculos, las palabras de Cristo entrarán hasta los pliegues del alma y del espíritu, hasta el fondo del alma y nos transformarán. Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que espada de dos filos, y se introduce hasta las junturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Heb 4:12)” (Es Cristo que pasa, n. 107).

Filiación divina y Palabra Revelada

En el corazón del Opus Dei hay una idea muy sencilla. Decía San Josemaría: “La filiación divina es el fundamento del espíritu del Opus Dei. Todos los hombres son hijos de Dios” (Es Cristo que Pasa, n. 64). San Josemaría experimentó personalmente esta filiación de una forma mística, un día de 1931, mientras estaba en un tranvía en Madrid. En aquel momento sintió “el alcance de aquella asombrosa realidad” de ser hijo de Dios, y bajó del tranvía balbuceando “Abba, Pater! Abba, Pater!” (cf. Gal 4:6) (3) .

Muchos Padres de la Iglesia, especialmente San Juan Crisóstomo, hablaron de la Revelación en términos de “acomodación” y “condescendencia”, que el Crisóstomo interpretaba como acciones paternales. Para revelarse, Dios se acomoda al hombre, como un padre humano que se para a contemplar a su hijo. Del mismo modo que un padre humano recurre a veces a hablar “como el hijo”, Dios con frecuencia se comunica condescendientemente –esto es, habla como una persona humana hablaría, con su mismo lenguaje, como si tuviera sus mismas pasiones y debilidades. Así, leemos en las Escrituras que Dios “se arrepiente” de sus decisiones, cuando con seguridad Dios nunca tiene necesidad de arrepentimiento.

De todos modos, los padres humanos no sólo se ponen al nivel de sus hijos. También intentan elevar a sus hijos para que se comporten como adultos. De forma similar, Dios también a veces se comunica por elevación –esto es, eleva a los hijos a un nivel divino, dotando las simples palabras humanas de su poder divino (como en el caso de los profetas).

San Josemaría creía en las Escrituras como creería en las palabras de su padre. Su confianza filial es un ejemplo de la constante fe de los cristianos en que son “santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor (…). Pues, como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios, para nuestra salvación, quiso consignar en las Letras Sagradas.” (Dei Verbum, 11).

Monseñor Del Portillo insistía en que San Josemaría mostraba su fe en el origen divino de las Escrituras no sólo en su predicación y en sus escritos, sino también en su conversación diaria. “Como prueba de su veneración hacia la Sagrada Escritura, a menudo introducía sus citas con las palabras: ‘Dice el Espíritu Santo…’. No era un simple modo de decir, sino un auténtico acto de fe, que ayudaba a sopesar el valor eterno y toda la verdad que tienen palabras a las que podemos acabar por acostumbrarnos.” (4)

Sentido literal y espiritual

San Josemaría ponía un gran énfasis en la imaginación para captar todos los detalles, hasta los más pequeños, de la narrativa evangélica. Para él ninguna palabra era superflua, ningún detalle era insignificante: el Espíritu Santo no desperdiciaba palabras.

Pero este cuidado por el sentido literal e histórico no le cegaba a la hora de captar el sentido espiritual de las Escrituras. La Iglesia ha interpretado tradicionalmente los textos bíblicos a la vez como literalmente verdaderos y como signos espirituales de Cristo, del cielo o de las verdades morales (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 115-117). Efectivamente, aunque San Josemaría nunca empleó expresamente los términos “exégesis literal” o “exégesis espiritual”, fue uno de los grandes exégetas de su tiempo. Estoy de acuerdo con el Cardenal Parente cuando observa que los comentarios de San Josemaría sobre la Sagrada Escritura reflejan “una profundidad e inmediatez muchas veces superiores incluso a las obras de los Santos Padres” (5) .

Sobre esto pueden ponerse un gran número de ejemplos. Consideremos esta enseñanza de Camino: “Como los hijos buenos de Noé, cubre con la capa de la caridad las miserias que veas en tu padre, el Sacerdote” (n. 75). De la escena de la vergonzosa embriaguez de Noé (Gen 9:20-23), San Josemaría saca una apabullante enseñanza moral para la vida contemporánea en la Iglesia. Esto es exégesis espiritual, concisa e incisiva. Con una sola frase aprendemos de nuestros antepasados del Antiguo Testamento por qué no debemos nunca extender el escándalo contra el sacerdote, a quien desde el punto de vista de la fe llamamos “Padre”.

Observamos otra asombrosa exégesis espiritual cuando compara los pecados de los cristianos con la acción de Esaú, quien cambia sus derechos de primogénito por un plato de lentejas (Gen 25:29-34). Por un momento de placer, muchos cristianos están dispuestos a enemistarse con Dios y con ello a renunciar a la vida eterna. (San Josemaría utiliza la imagen de Esaú en diversos escritos. Ver, por ejemplo, Amigos de Dios, n. 13).

San Josemaría, en definitiva, no dudó en actualizar el texto bíblico aplicándolo a la vida contemporánea, colocándose así en la línea de los grandes exégetas desde San Agustín y San Juan Crisóstomo hasta San Antonio de Padua y Jacques Bossuet. Los expertos califican esta interpretación extensiva como la “acomodación del sentido espiritual”.

Sin embargo, ninguna de estas interpretaciones pone en duda la verdad histórico-literal del texto bíblico, que San Josemaría reverenciaba. En palabras de Santo Tomás de Aquino, “todos los demás sentidos de la Sagrada Escritura están basados en el literal” (6) .

Así, para asentar firmemente las bases, San Josemaría realizó detallados estudios sobre qué tenía que decir la ciencia bíblica acerca de la cultura milenaria del antiguo Israel y del Imperio Romano en los tiempos de Jesús. Su predicación de la Pasión de Cristo, por ejemplo, muestra cómo estaba familiarizado con las afirmaciones históricas del método de crucifixión de los romanos. Sus homilías sobre San José muestran un profundo interés no sólo en la filología, sino también en las antiguas tradiciones de los judíos en la vida familiar y en el trabajo.

De forma ocasional, San Josemaría recibía iluminaciones divinas extraordinarias que le revelaban un particular sentido del texto bíblico. Contaba, por ejemplo, que en la fiesta de la Transfiguración de 1931, al celebrar la Misa, “mientras alzaba la Hostia, hubo otra voz sin ruido de palabras. Una voz, como siempre, perfecta, clara: Et ego si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad me ipsum! [“Y yo, cuando sea levantado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí” (Jn, 12:32)] Y el concepto preciso: no es en el sentido en que lo dice la Escritura; te lo digo en el sentido de que me pongáis en lo alto de todas las actividades humanas; que, en todos los lugares del mundo, haya cristianos con una dedicación personal y libérrima, que sean otros Cristos.” (7)

Esta repentina iluminación ha tenido una profunda influencia en el subsiguiente desarrollo del Opus Dei. Con seguridad, ha venido de Dios. Pero, hoy como siempre, la gracia se añade a la naturaleza y la perfecciona. Lo que San Josemaría describe es claramente un ejemplo de contemplación infusa, firmemente basada, eso sí, en una constante y disciplinada vida de meditación de las Escrituras.

Podrían mencionarse varias anécdotas que ilustran perfectamente un principio resumido por la Comisión Bíblica Pontificia en su documento, publicado en 1993, La interpretación de la Biblia en la Iglesia: “es sobre todo a través de la liturgia donde los cristianos entran en contacto con las Escrituras. (…) Principalmente la liturgia, y especialmente la liturgia sacramental, cuya cumbre se alcanza en la celebración de la Eucaristía, realiza la más perfecta actualización de los textos bíblicos. (…) Cristo está entonces ‘presente en su palabra, porque es él mismo quien habla cuando se lee la Sagrada Escritura en la Iglesia’ (Sacrosanctum Concilium, 7). Así, la letra escrita se convierte en palabra viva” (8) .

Texto y contexto

San Josemaría estudió muy seriamente las Escrituras. Sabía que la Biblia es un texto que no se entiende ni se interpreta de modo evidente y automático. Y, a pesar de que Dios a veces le concedía luces sobrenaturales, era consciente de que estos fenómenos eran algo extraordinario y no el modo usual de llegar a comprender el sentido de un texto.

Si no podía confiar en sus propias luces, ni depender exclusivamente de fenómenos místicos, ¿hacia dónde apuntaba en sus estudios ordinarios de la Biblia? Acudía a la Iglesia, a su tradición viva, para la que los antiguos Padres son “testigos perennes” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 688). Un rápido vistazo a sus volúmenes de homilías nos revela su íntima familiaridad con las obras de San Jerónimo, San Basilio, San Agustín o Santo Tomás de Aquino.

San Josemaría contrastó todas sus reflexiones acerca de las Escrituras –incluso las que recibió por inspiración divina– con el testimonio de los Padres y del Magisterio papal y conciliar. Conocía bien los peligros que se escondían en la continua dependencia de la personal interpretación de las Escrituras, también porque encontraba una clara advertencia sobre ello… ¡en las mismas páginas de la Sagrada Escritura! El primer domingo de Cuaresma de 1952 reflexiona sobre las sutiles formas con las que el demonio tienta a Jesús en el desierto:

“Vale la pena considerar este modo, que Satanás ha utilizado con Jesucristo Señor Nuestro: argumenta con textos de los libros sagrados, torciendo, desfigurando de modo blasfemo su sentido. Jesús no se deja engañar: bien conoce el Verbo hecho carne la Palabra divina, escrita para salvación de los hombres, y no para confusión y condena. Quien está unido a Jesucristo por el Amor, podemos concluir, no se dejará nunca engañar por un manejo fraudulento de la Escritura Santa, porque sabe que es típica obra del diablo tratar de confundir la conciencia cristiana, discurriendo dolosamente con los mismos términos empleados por la eterna Sabiduría, intentando hacer –de la luz– tinieblas” (Es Cristo que pasa, n. 63).

De la actual Babel de interpretaciones bíblicas conflictivas podemos deducir que el método de Satanás no ha cambiado mucho a lo largo de los siglos. En medio de tanta confusión, San Josemaría se nos presenta como un modelo de fe tan inteligente como rendida. Mientras tantos exégetas cristianos pasaban por el siglo veinte con los pobres ropajes del agnosticismo y la irrelevancia, San Josemaría se enriquecía con una completa confianza en la Biblia; y en la Iglesia como su intérprete infalible.

Podemos ver, tocar y estudiar su legado en la Biblia de Navarra, un proyecto que él impulsó. Iniciado a principios de los años 70 en la Universidad de Navarra, en España, la Biblia de Navarra ofrece una fidedigna y hermosa traducción de las Escrituras, a las que se añade numerosas citas de concilios eclesiales, Padres y Doctores. Esta magna empresa ha permitido a los que no son ni teólogos ni eclesiásticos disfrutar y enriquecerse de la Biblia de un modo semejante al de San Josemaría.

El lugar de la Biblia

Los encuentros más profundos de San Josemaría con la Sagrada Escritura no tuvieron lugar en su estudio ni en su predicación oral, sino en la liturgia. Al igual que los Padres y que el Concilio Vaticano II, veía la Misa como el encuentro por excelencia con Cristo Jesús en “el pan y la palabra” (ver, por ejemplo, Es Cristo que pasa, nn. 116, 118, 122; Forja, n. 437). La Santa Misa, dentro de la cual encontramos la Liturgia de la Palabra, es, para San Josemaría, “el centro y raíz” de la vida interior.

Sus homilías –repletas de citas y alusiones a ambos Testamentos– están siempre enfocadas al tiempo litúrgico, y especialmente en las lecturas del día. Efectivamente, veía la Misa como el hábitat sobrenatural de sus homilías: “Acabáis de escuchar la lectura solemne de los dos textos de la Sagrada Escritura, correspondientes a la Misa del domingo XXI después de Pentecostés. Haber oído la Palabra de Dios os sitúa ya en el ámbito en el que quieren moverse estas palabras mías que ahora os dirijo: palabras de sacerdote, pronunciadas ante una gran familia de hijos de Dios en su Iglesia Santa. Palabras, pues, que desean ser sobrenaturales, pregoneras de la grandeza de Dios y de sus misericordias con los hombres: palabras que os dispongan a la impresionante Eucaristía que hoy celebramos” (Conversaciones, n. 113).

Como los Padres de la Iglesia y los Padres del Concilio Vaticano II, San Josemaría veía en la Misa un momento de particular gracia para recibir la Palabra de Dios. Las inspiraciones recibidas en la Liturgia de la Palabra debían ser profundas y duraderas: ímos ahora la Palabra de la Escritura, la Epístola y el Evangelio, luces del Paráclito, que habla con voces humanas para que nuestra inteligencia sepa y contemple, para que la voluntad se robustezca y la acción se cumpla” (Es Cristo que pasa, n. 89).

El intérprete virtuoso

Al canonizar a Josemaría Escrivá, la Iglesia lo ha presentado como merecedor de imitación. No puede haber duda de que dicha imitación debe incluir un detallado estudio de las Escrituras, una lectura meditada de las Escrituras y un disciplinado rezo de las Escrituras. Su propio horario de cada día da fe de esto. Las “normas de piedad” que vivía –y que estableció para sus hijos en el Opus Dei– están saturadas de matices bíblicos.

No obstante, lo que era claramente crucial para San Josemaría es el encuentro con Jesucristo, el ser “ipse Christus”, el mismo Cristo. Esta meta debe ser alcanzada a través de ciertos medios, entre ellos la lectura meditada de los Evangelios. Así, no se puede entender o vivir la vocación al Opus Dei sin al menos aspirar a un alto grado de conocimiento de la Biblia.

A pesar de haber transcurrido la mayor parte de su vida antes del Concilio Vaticano II, San Josemaría anticipó muchas de sus enseñanzas –como su énfasis al proclamar la llamada universal a la santidad y al apostolado, que había sido como el carácter distintivo del Opus Dei desde 1928. Creo, sin embargo, que San Josemaría, sobre todo, estuvo en sintonía con la doctrina sobre la Sagrada Escritura –su verdad, autoridad, inspiración e infalibilidad–, que encontraría una más robusta expresión en la Constitución Dogmática sobre la Revelación Divina, Dei Verbum.

Igual que muchos hombres tienden a ver en sus mujeres las mejores cualidades descritas en el libro de los Proverbios, 31 (“la mujer virtuosa”), a mí me gusta ver en San Josemaría, mi padre espiritual, el cumplimiento de las palabras de la Dei Verbum, 25. En ellas, los Padres Conciliares ofrecen una visión del sacerdote ideal. Como conclusión, querría ser lo suficientemente atrevido como para adaptar estas palabras a San Josemaría y a muchos de los sacerdotes que le han seguido en el Opus Dei y en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Se sumergen en las Escrituras “con asidua lectura y con estudio diligente”.

Velan “para que ninguno de ellos resulte ‘predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios que no la escucha en su interior’ (San Agustín, Serm. 179, I)”.

Comunican a los fieles que les están confiados, “sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas riquezas de la palabra divina”.

Aprenden “el sublime conocimiento de Jesucristo (Flp 3, 8) con la lectura frecuente de las divinas Escrituras”.

Se allegan gustosamente “al mismo sagrado texto, ya por la Sagrada Liturgia, llena del lenguaje de Dios, ya por la lectura espiritual, ya por instituciones aptas para ello, y por otros medios”.

Y no olvidan que “debe acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque ‘a Él hablamos cuando oramos, y a Él oímos cuando leemos las palabras divinas’ (San Ambrosio, De officiis ministerium I, 20, 88)”.

(1) À. DEL PORTILLO, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, realizada por Cesare Cavalleri, Rialp, Madrid, 1993, p. 150.

(2) Ibid., pp. 147-148.

(3) ANDRÉS VÁZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, Volumen I: ¡Señor, que vea!, Rialp, Madrid, 1997, p.390.

(4) À. DEL PORTILLO, p. 150.

(5) Ibid., p. 149.

(6)SANTO TOMÁS DE AQUINO, S. Th. I,1,10 ad. 1; cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 116.

(7) Carta, 27-XII-1947, citada en VÁZQUEZ DE PRADA, p. 380

(8) Comisión Bíblica Pontificia, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, IV.c.1.

Algunos testimonios sobre Josemaría Escrivá

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Se conservan miles de testimonios sobre Josemaría Escrivá escritos por personas de los más diversos países y ambientes sociales. Se recogen aquí los recuerdos de algunas personas que se encuentran en proceso de Canonización, y que tuvieron especial amistad y trato con el Fundador del Opus Dei.

Sierva de Dios Madre Esperanza, religiosa, fundadora

La Madre Esperanza de Jesús Alhama Valero, la popular “Madre Esperanza”, nació el 30.IX.1893 en Santomera, Murcia. Fundó en 1930 en Madrid la Congregación de las Esclavas del Amor Misericordioso. En esa ciudad conoció a Josemaría Escrivá. Una religiosa de su Congregación, Sor Presentación de Jesús, recordaba que “Nuestra Congregación pasaba entonces por un momento de grandes dificultades y de incomprensión: hasta se le achacaba a nuestra Madre Esperanza de Jesús Alhama el haber fundado sin permiso del Ordinario del lugar y durante algún tiempo se la tuvo incomunicada. (….). Las entrevistas con don Josemaría le dejaban a nuestra Fundadora una gran paz. Como siempre sucede entre los santos, había entre ellos una gran corriente de comprensión y de aceptación plena de lo que el Señor les estaba pidiendo”.

Falleció con fama de santidad el 8.II.1983. Su Causa de Canonización comenzó en 1990.

Siervo de Dios José María García Lahiguera, obispo y fundador.

Este Siervo de Dios nació en Fitero, Navarra, el 9.III.1903. Estudió en el Seminario de Madrid, del que fue nombrado, en julio de 1936, Director Espiritual. Durante la guerra civil española fundó, junto con María del Carmen Hidalgo de Caviedes, una obra contemplativa femenina, las Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote.

Estos dos fundadores se conocieron en Madrid en febrero de 1932. Josemaría Escrivá le explicó el Opus Dei. “Yo estaba firmemente conmovido con lo que iba oyendo —recuerda García Lahiguera— y comprendí enseguida que aquel sacerdote estaba iniciando algo verdaderamente trascendental, de Dios. Era un panorama de apostolado y de servicio a la Iglesia que atraía, maravilloso… (…) Ese fue el comienzo de una amistad que ha durado tanto como nuestras vidas”.

El Fundador del Opus Dei le pidió en octubre de 1940 que fuese su director espiritual. García Lahiguera aceptó y dirigió su alma hasta el 25 de junio de 1944, fecha en que se ordenaron los primeros sacerdotes del Opus Dei. Fue Obispo Auxiliar de Madrid en 1950; Obispo de Huelva en 1964, y en 1969 de Valencia. Falleció con fama de santidad el 14 de julio de 1989. Se ha abierto su Causa de Canonización.

Beato Manuel González García, obispo y fundador.

Nació en Sevilla el 25.II.1877. Obispo de Málaga desde 1915. Promovió la Obra de las Tres Marías que se difundió extensamente por España y Sudamérica. Fundó en 1921 la Congregación de las Hermanas Eucarísticas de Nazaret.

Josemaría Escrivá tenía en gran estima a este Prelado, como se pone de manifiesto en la carta que escribió a Isidoro Zorzano, residente en Málaga, el 3 de marzo de 1931. Se conocieron en mayo de 1933 en Madrid. “El Santo Prelado —anotó Escrivá en sus Apuntes Intimos, el 26 de mayo— fue cordialísimo. Puesta su mano sobre mi cabeza, por dos veces me dijo: ad robur, ad robur... Me prometió orar por mí y me dio, al marcharme, un abrazo muy apretado” (Ad robur: fortaleza). Manuel González falleció santamente, siendo Obispo de Palencia, el 4.I.1940. Fue beatificado por Juan Pablo II en el año 2001.

Beato Pedro Poveda, sacerdote y fundador. Mártir.

El Fundador de la Institución Teresiana nació en Linares (Andalucía) el 3.XII.1874. Se ordenó sacerdote en 1897 y fue profesor en el seminario de Guadix (Granada). En 1906 fue trasladado a Asturias donde desarrolló una intensa actividad pedagógica. Era gran amigo de Josemaría Escrivá. El Padre Poveda fue detenido el 27 de julio y asesinado por odio a la Religión en la madrugada del 28.VII.1936. Juan Pablo II le beatificó el 10 de octubre de 1993.

Sierva de Dios Josefa Segovia, maestra, cofundadora de la Institución Teresiana.

Nació en Jaén el 10.X.1981. Fue cofundadora de la Institución Teresiana junto con el Beato Pedro Poveda. Por la íntima amistad de don Josemaría Escrivá con con Pedro Poveda, llegaron a conocerse y se conserva un breve epistolario que pone de manifiesto su estima mutua. Está abierta su Causa de Canonización.

Sierva de Dios Luz Rodríguez Casanova, religiosa y fundadora.

Nació en Avilés el 28 de agosto de 1873. Fundó la Congregación religiosa de las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón de Jesús (9.V.1924). En 1907 fundó el Patronato de Enfermos. Asunción Muñoz recuerda el afecto de esta Fundadora por Josemaría Escrivá, que fue Capellán de ese Patronato: “Desde el primer momento se compenetró admirablemente con doña Luz Rodríguez Casanova, nuestra Fundadora, porque ella también poseía una gran sencillez y porque le preocupaban las mismas cosas. Comprendió muy bien nuestro espíritu aun cuando luego él fundara el Opus Dei, con un modo de buscar la santidad muy diverso. Habiéndole conocido, esto se explica con facilidad ya que él acataba todo lo bueno, todo lo grande, todo lo santo… Tenía un espíritu muy universal. Quería todo cuanto fuera para la Gloria de Dios. Y por eso nos conoció muy bien y nos ayudó muchísimo y nos tuvo un gran afecto”.

“Nuestra madre Fundadora —prosigue— le tenía gran cariño. Se le notaba y nos lo decía abiertamente: porque el fervor de don Josemaría era admirable y tenía un atractivo especial. Contagiaba su piedad y era de una llaneza y una claridad abiertas a toda confianza”.Luz Rodríguez Casanova falleció santamente en Madrid el 8.I.1949. El 25 de enero de 1958 se abrió su Causa de Canonización.

Sierva de Dios Mercedes Reyna O´Farril, religiosa.

Esta religiosa, Dama Apostólica del Sagrado Corazón, trabajaba en el Patronato de Enfermos. Había nacido en la Habana, y se dirigía con el Beato José María Rubio, S. J.

Josemaría Escrivá, que la conoció en vida, tuvo tras su muerte gran veneración por ella y se acogía a su intercesión. “Le dio los últimos Sacramentos”, recuerda una de las primeras Damas Apostólicas, Asunción Muñoz, “a pesar de que él, por su cargo de capellán del Patronato, no tenía que ver con la atención espiritual de la comunidad de Damas Apostólicas. Posiblemente D. Josemaría haría una excepción con Mercedes Reyna atendiendo a sus circunstancias personales. Me contaron que no se apartó, prácticamente, del pasillo al que se abría la puerta de su habitación durante todo el tiempo que duró la agonía. Paseaba, rezando, dispuesto a entrar en cuanto lo necesitara; escuchaba, con la piedad de quien asiste a la muerte de un santo, las palabras entrecortadas de Mercedes. Asistió, con absoluta devoción, a los últimos momentos de aquella mujer cuya entrega total al sufrimiento y al amor de Dios no dudó ni un instante”. Mercedes Reyna falleció santamente el 23 de enero de 1929.

Anotó Josemaría Escrivá: Recuerdo, a veces con cierto temor por si fue tentar a Dios u orgullo, que, estando moribunda Mercedes Reyna [...], sin haberlo pensado de antemano, me ocurrió pedirle, como lo hice, lo siguiente: Mercedes, pida al Señor, desde el cielo, que si no he de ser un sacerdote, no bueno, ¡santo!, se me lleve joven, cuanto antes.

Beato Alfredo Schuster, monje benedictino, Arzobispo de Milán.

Nació en Roma el 18.I.1880, hijo de un zuavo pontificio. Ingreso joven en la Orden benedictina. El 26.VI.1929 Pío XI le nombró Arzobispo de Milán; y el 15.VII.1929, cardenal.

Conoció a Josemaría Escrivá el 18 de enero de 1948 y alentó los comienzos del Opus Dei en Milán ayudando con generosidad en los primeros pasos de la labor apostólica en su diócesis. Escribía Álvaro del Portillo que el Cardenal decía “a los miembros de la Obra que estaban comenzando las actividades apostólicas en la capital lombarda, que nuestro Fundador era uno de esos santos que la Providencia divina suscita de tarde en tarde, a distancia de siglos, para renovar a la Iglesia. Y lo parangonaba con los grandes fundadores: San Bernardo, San Francisco… También a mí me expresó el Cardenal Schuster su admiración por el Padre con palabras semejantes”. Schuster tuvo una intervención altamente decisiva en la historia del Opus Dei. Fue beatificado por Juan Pablo II.

Siervo de Dios Manuel Aparici, sacerdote, Consiliario de la Juventud de Acción Católica. Manuel Aparici Navarro (1902-1963), nació en Madrid. Se confesaba con Josemaría Escrivá desde antes de la guerra civil y continuó haciéndolo en Burgos y después. Fue Presidente de la Juventud de Acción Católica en los difíciles años en torno al conflicto bélico. Fue ordenado sacerdote en 1947 y nombrado Consiliario de la JAC. Murió en olor de santidad y está en marcha su Causa de Canonización.


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