Galería de fotos sobre don Álvaro

D. Álvaro  Tagged , , , , , , No Comments »

Bajo las fotos, recogemos algunos recuerdos acerca de su persona.

Cuando Mons. Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid-Alcalá, supo que Álvaro iba a recibir la ordenación sacerdotal, le preguntó: “-Álvaro, ¿te das cuenta de que vas a perder la personalidad? Ahora eres un ingeniero prestigioso, y después vas a ser un cura más”. A don Leopoldo le conmovió la respuesta: “-Señor Obispo, la personalidad hace muchos años que se la he regalado a Jesucristo”. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, p. 84).

Recuerdo que, cuando nos preparábamos para recibir la ordenación los tres primeros sacerdotes de la Obra, el Padre nos aconsejó a José María Hernández de Garnica, a José Luis Múzquiz y a mí, que dedicáramos más tiempo que antes -la lectura meditada de la Sagrada Escritura es una práctica de piedad vivida por todos los miembros de la Obra- a leer y meditar atentamente la Escritura; nos recomendaba con insistencia que nos acercásemos a ella con mucha fe, porque sólo así, sólo llevando el alma al dulce encuentro con Cristo, podríamos contagiar a los demás el amor y el deseo de identificarse con Él. (Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, Ed. Rialp, p. 150).

“Yo quiero trabajar junto al Padre, con todas mis fuerzas, hasta el fin de mi vida”. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, p. 108).

No dejó un solo momento de animar aquella conversación tan agradable y edificante. Una de las presentes le habló de los frutos apostólicos de una catequesis realizada en un país de América del Sur, y el Padre precisó: “Ten en cuenta que no era fruto vuestro: era fruto de la Pasión del Señor, del dolor del Señor; de los trabajos y de las penas llevadas con tanto amor por la Madre de Dios; de la oración de todos vuestros hermanos; de la santidad de la Iglesia. Se manifestaba en apariencia como fruto de vuestro trabajo, pero no tengáis el orgullo de pensar que es así”. (Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, Ed. Rialp, p. 235).

El Papa necesita toda nuestra lealtad, todo nuestro cariño, toda nuestra piedad y nuestra devoción, todo nuestro deseo de ser santos, aunque seamos pobres pecadores. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, p. 116).

Sus dotes humanas y espirituales, que constituyen como un compendio de las virtudes que deseamos encontrar en el sacerdote, ministro de Cristo y servidor de las almas: inteligencia humilde, piedad sencilla, entrega plena a los demás, solicitud y misericordia por los débiles y necesitados, fortaleza de padre, paz contagiosa. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, p. 94).

Pedid al Espíritu Santo abundantes luces para el Papa y los Padres sinodales, a fin de que la profundización teológica y espiritual sobre la Iglesia, que se realice en esos días, traiga consigo un fuerte impulso de santidad y de apostolado que se difunda por todos los rincones de la tierra. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, p. 131).

Hemos de continuar, como hasta ahora, bien unidos al Papa: a Juan Pablo II como a los anteriores y a los que vendrán después, porque el Papa es Cristo en la tierra. Nos dirán quizá que eso es papolatría… No nos importa nada. Tenemos el orgullo de sabernos hijos de Dios y también hijos del Papa, que es el Padre Común de los cristianos. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, pp. 255-256).

La paternidad espiritual, encarnada por nuestro queridísimo Fundador de modo inigualable, pasó a este pobre hombre que ahora es vuestro Padre. Verdaderamente cor nostrum dilatatum est (II Cor. VI, 11): mi corazón se dilató para quereros, a todos, a cada una y a cada uno, con cariño de padre y de madre, como nuestro Padre había pedido para sus sucesores. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, p. 157).

Rezad por mí para que cuando me presente al Señor -cuando Él quiera: hoy mismo o dentro de veinte años- pueda ofrecerle las perlas, los brillantes, las esmeraldas, las amatistas: la fidelidad de mis hijas y de mis hijos que yo, con la gracia divina, habré ayudado a conservar. Que me seáis fieles: no dejéis que me presente al Señor con las manos vacías. (Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo. Ed. Rialp, pp. 291-292).

2 de Octubre de 1928

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Todo sucedió de una forma sencilla. El 2 de octubre de 1928 don Josemaría se encontraba en la Casa Central de los Paúles de Madrid, participando en unos ejercicios espirituales con otros sacerdotes de la diócesis. Era la fiesta de los Angeles Custodios. Bendecid al Señor, Ángeles del Señor —había rezado, por la mañana, al celebrar la Eucaristía— cantadle un himno y exaltadle por los siglos de los siglos.

Se retiró a su habitación; y cuando releía las notas en las que había recogido las mociones que había recibido de Dios en los últimos diez años, vio la misión que Dios le confiaba: difundir por toda la tierra el mensaje evangélico de la llamada universal a la santidad, mediante la santificación del trabajo y la vida cotidiana.

En aquel instante supo, con certeza plena, que debía dedicar su vida entera a esa misión, a esa tarea. “Eso” era por lo que venía rezando desde su adolescencia: lo había vistover fue el verbo que empleó siempre para designar aquel momento decisivo— mientras repicaban las campanas de la cercana iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles. Aquel voltear jubiloso, comentaba años después, nunca ha dejado de sonar en mis oídos

Y él… ¿qué era? Un sacerdote joven, sin medios económicos, recién llegado a Madrid, con una familia a su cargo… Tenía yo veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor: nada más. Perono se desanimó. Se hizo este planteamiento sobrenatural: así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso.

Desde aquella mañana de octubre de 1928 la Obra de Dios, el Opus Dei, fue una realidad, aunque sólo contase con una persona: la del fundador.

Su mensaje chocó con la mentalidad de la época. Muchos se asombraban al escuchar de sus labios que todos estamos llamadas a la santidad. ¿Cómo? ¿No estaba reservada la santidad a unos cuantos privilegiados? Simples cristianos —enseñaba don Josemaría—. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!

1936. La persecución religiosa

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Junto con la guerra civil (1936-1939) tuvo lugar en España una de las persecuciones religiosas más sangrientas que ha conocido la historia de la Iglesia. Murieron 6.832 personas; 4.184 del clero secular —entre los que se incluyen doce obispos y numerosos seminaristas—; 2.365 religiosos y 283 religiosas. Es incalculable el número de laicos que padecieron martirio a causa de la Fe.

Como tantos sacerdotes de su tiempo, don Josemaría pasó mil penalidades por su condición sacerdotal. Tuvo que refugiarse en distintos domicilios particulares, en los que sólo podía estar durante algunas horas o días, porque amparar a un sacerdote, en aquellas circunstancias, equivalía a firmar la propia sentencia de muerte.

No podía transitar por la calle: podía detenerle cualquier control callejero, y acabar, como tantos otros, fusilado junto al paredón del cementerio. No tenía dinero para sobrevivir: únicamente Isidoro Zorzano, ya establecido en Madrid, seguía cobrando su sueldo. Y le llegaban rumores de detenciones arbitrarias, registros y torturas.

El 30 de agosto se encontraba refugiado con otros perseguidos en una vivienda de la calle Sagasta. Juan Manuel Sáinz de los Terreros, uno de ellos —que no sabía quién era don Josemaría—, cuenta que los milicianos se presentaron de improviso para hacer un registro en el edificio. Comenzaron revisando los sótanos, y prosiguieron, planta por planta… Al darse cuenta, don Josemaría subió por una escalera interior hasta la buhardilla con Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel. Aquello era un cuchitril lleno “de polvo de carbón y de trastos, como todas las buhardillas, y en las que no nos podíamos poner de pie porque llegá­bamos con la cabeza al techo… Hacía un calor insoportable. En un momento oímos cómo entraban en la buhardilla de al lado para hacer el registro…

Estando en esta situación se me acerca don Josemaría y me dice:

Soy sacerdote; estamos en momentos difíciles; si quieres, haz un acto de contrición y yo te doy la absolución.

Inexplicablemente, después de haber registrado toda la casa, los milicianos no entraron en aquella buhardilla.

Afirma Juan Manuel que “supuso mucha valentía decirme que era sacerdote ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo”.

Durante aquella temporada, don Josemaría sufría especialmente por no poder celebrar la Santa Misa habitualmente, por carecer de materia para la consagración. En su lugar recitaba de memoria las oraciones litúrgicas, omitiendo la fórmula de la Consagración y haciendo una comunión espiritual al llegar a la Comunión.

Al fin, en marzo de 1937, encontró un asilo relativamente estable en la Legación de Honduras. Allí, recuerda su hermano menor, Santiago Escrivá, “comíamos muy poco. Josema­ría menos que los demás porque había días que no comía nada o muy poca cosa, como mortificación, para ofrecerlo a Dios”. Se quedó tan delgado —perdió treinta kilos— que, cuando su madre pudo ir a verle, no le reconoció; se dio cuenta de que era su hijo Josemaría sólo por la voz.

Muchos refugiados de la Legación pasaban las horas rumiando en silencio su desdicha; otros se desahogaban comentando sus desgracias presentes y pasadas… En medio de aquel clima de pesimismo, don Josemaría ayudaba a los que le rodeaban a no perder la esperanza, a aprovechar el tiempo, y a crecer para adentro mediante la oración por todos, con un profundo sentido de la Comunión de los Santos.

Por la Comunión de los Santos —decía el 8 de abril— nunca podemos sentirnos solos, pues constantemente nos llegan alientos espirituales de las cárceles, de las trincheras, de dondequiera se encuentre alguno de vuestros hermanos. La consideración de esta realidad nos impulsa a un detenido examen de nuestra conducta en este lugar, que es como una prisión para nosotros. Porque aquí, en esta aparente inactividad, contamos con la posibilidad de trabajar mucho por dentro, y acompañar a cada uno de vuestros hermanos en peligro, y velar por ellos.

Su espíritu atravesó durante aquella época lo que San Juan de la Cruz llamaba la “noche oscura del alma”, con la que Dios suele purificar a las almas santas. Pero esto no se reflejaba en el exterior: su predicación era, como de costumbre, optimista y vibrante, aunque el Señor le hacía participar, de modo particularmente intenso, de la Cruz.

Algunos sacerdotes conocidos suyos habían muerto mártires. Le apenó especialmente el fallecimiento de su gran amigo, Pedro Poveda. El fundador de la Institución Teresiana había sido asesinado en julio de 1936. Comentaba un año después: Recuerdo con gran consuelo una conversación que mantuve con un gran santo; lo asesinaron en julio del año pasado, cuando se hallaba sazonado, preparado para ir al encuentro del Amor, pues había escrito todo el libro de su vida, desde el principio hasta el fin, con letras de oro…

Hablábamos de la posibilidad de sufrir martirio. Le dije que no me asusta la muerte: que la aceptaría gustoso cuándo, dónde y como quisiera el Señor mandármela, pero que sentiría abandonaros. Y continué afirmando, mientas él asentía, que los afectos santos de la tierra se conservan en el Cielo: allí podremos pedir por las personas a las que quisimos aquí abajo.

A finales del mes de agosto de 1937 pudo salir de la Legación con una precaria documentación que le facilitó el Cónsul de Honduras. Todas las iglesias de Madrid se encontraban cerradas, muchas destinadas a otros usos o completamente destruidas, con las imágenes profanadas o mutiladas. En esas circunstancias, don Josemaría arriesgó su vida cuando fue necesario para el bien de las almas: bautizaba a escondidas, confesaba dando un paseo por los bulevares o atendía espiritualmente a religiosas refugiadas en casas particulares.

Llevaba siempre consigo al Señor Sacramentado en una pitillera envuelta, por precaución, en una funda con la bandera y el sello de la Legación. Muchas veces dormía sin quitarme la ropa —recordaba—, con la Sagrada Forma encima, abrazando al Señor.

El 7 de octubre pudo abandonar Madrid. Se dirigió a Barcelona, por Valencia, y el 19 de noviembre salió hacia el Pirineo, donde emprendió una larga marcha que le llevó hasta Andorra. Llegó al Principado el 2 de diciembre, acompañado por un pequeño grupo de personas. Poco después, pasó la frontera francesa y se estableció en Burgos.

Dios es un padre amoroso

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Los temas de su predicación se adecuaban a las circunstancias de los oyentes: padres y madres de familia, sacerdotes, profesores de diversas universidades sudamericanas, empleados, jóvenes estudiantes, empleadas del hogar, agricultores indígenas de las cordilleras andinas…

Les recordaba, con don de lenguas, la llamada universal a la santidad, con un profundo sentido de la filiación divina que lleva a saberse hijo de Dios, y a luchar por identificarse con Cristo. Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado.

Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando. (…) Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos.

Algunos escritos de Josemaría Escrivá

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Un aspecto importante de la siembra de santidad de Josemaría Escrivá en los cinco continentes es el de sus escritos. Su obra más popular es Camino, gracias a la cual se han acercado al Señor miles de almas. En el año 2002 se habían editado cerca de cuatro millones y medio de ejemplares de este libro en 43 idiomas.

Dios le concedió lo que había pedido en su oración años atrás: escribir libros de fuego: A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad…, sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey.

Camino

Se considera este libro un clásico de la espiritualidad cristiana de nuestro tiempo. Consta de 999 puntos para la meditación personal. En 2002 apareció un documentado estudio crítico-histórica de este libro, a cargo de Pedro Rodríguez.

Santo Rosario

Josemaría Escrivá compuso este libro para facilitar el rezo del Rosario y la contemplación de los misterios, a la luz de la vida de infancia espiritual. Concluyó con unos breves comentarios sobre las letanías a la Virgen. Lo redactó en la iglesia de Santa Isabel de Madrid, durante la acción de gracias tras la Comunión, un día de la novena de la Inmaculada de 1931.

Es Cristo que pasa

Es una recopilación de 18 homilías pronunciadas por Josemaría Escrivá entre 1951 y 1971, ordenadas conforme al año litúrgico.

Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer

Este libro recoge siete entrevistas con periodistas de importantes diarios y revistas de la prensa internacional, concedidas por Josemaría Escrivá durante los años 1966-1968. Se abordan en estas entrevistas cuestiones muy diversas: desde las libertades individuales al puesto de la mujer en la sociedad

Se incluye la homilía que pronunció en el Campus de la Universidad de Navarra, en 1967, titulada: Amar al mundo apasionadamente.

Amigos de Dios

Colección de 18 homilías, pronunciadas entre 1941 y 1968, que abarcan diversos aspectos de la vida cristiana. Fue la primera obra póstuma aparecida tras el fallecimiento de Josemaría Escrivá.

Vía Crucis

Esta obra, nacida de la oración personal de Josemaría Escrivá, consta de textos y puntos de meditación sobre las catorce Estaciones. Sigue muy de cerca el relato evangélico de la Pasión de Cristo. Fue la segunda obra póstuma que salió a la luz.

Surco

Este libro, de estructura similar a Camino, consta de 1000 máximas de meditación espiritual, que Josemaría Escrivá había dejado ordenadas en 32 capítulos antes de fallecer.

Forja

Esta obra consta 1055 puntos de meditación espiritual, con una estructura similar a Camino.

Amar a la Iglesia

Josemaría Escrivá hace en esta obra profundas y hermosas reflexiones sobre la Iglesia y el sacerdocio. El libro recoge tres homilías pronunciadas por el Autor entre 1972 y 1973: “El fin sobrenatural de la Iglesia”; “Lealtad a la Iglesia”; “Sacerdote para la eternidad”.

Roma, 28 de enero de 1949

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Pío XII ha alzado la cabeza y, en su mirada penetrante, tras las gafas redondas de metal, el Fundador del Opus Dei percibe su sorpresa.

-Sí, Santidad -le confirma-, los libros y folletos que tenéis a la vista han sido escritos por algunos de mis hijos …

El Padre, en esta tercera audiencia del Papa, a la que ha ido acompañado por don Álvaro del Portillo, ha querido presentar al Sumo Pontífice un testimonio de lo que pueden suponer las distintas formas de hacer apostolado en la Obra. Se trata, en este caso, de una selección de libros y de artículos científicos publicados por algunos de sus hijos e hijas.

Ni que decir tiene que la Obra no se atribuye los méritos de las actividades profesionales ejercidas por sus miembros, que son de exclusiva responsabilidad suya; pero, en esta ocasión, el Fundador ha querido escoger un ejemplo expresivo para mostrar que el apostolado de sus hijos se realiza con un espíritu plenamente secular, inmerso en todas las realidades humanas, desde las más humildes a las más relevantes.

En efecto; desde los comienzos de la Obra, no ha dejado de procurar que esa llamada específica a la santidad que proclama llegue a personas de todas las clases sociales. Por eso, se siente muy contento porque, desde 1946, han ido surgiendo vocaciones entre mujeres cuya profesión consiste en “servir”, en llevar a cabo las tareas domésticas. Son ellas quienes -sin mezclarse para nada en las actividades de los varones- contribuyen a hacer acogedoras y agradables las casas en que viven algunos miembros de la Obra. Para el Padre, es éste un signo de la vitalidad del Opus Dei, así como otros muchos que se ponen de manifiesto en la expansión que se ha producido desde la última aprobación pontificia.

Londres, Dublín, París, México, Estados Unidos…

En los tres años transcurridos desde entonces, la Obra ha ido echando raíces en países muy distintos y los frutos son esperanzadores.

El 17 de diciembre de 1946, el Santísimo ha quedado reservado en el Sagrario del oratorio de la residencia de Coimbra, la primera de Portugal, y el 24 de junio de 1947 sus hijos, en Londres, se han instalado en el primer Centro de la Obra en Inglaterra. En octubre de ese mismo año, con unos quince días de intervalo, el Padre ha dado su bendición a José Ramón Madurga, que partía para Dublín, y a dos jóvenes diplomados que se iban a París: Julián Urbistondo y Álvaro Calleja. A estos últimos les ha entregado un trocito del sudario de Isidoro, cuyo proceso de beatificación está a punto de iniciarse.

El 25 de julio de 1947, un mexicano, Guillermo Porras, ha pedido la admisión en la Obra. Y al regresar a Roma, el Padre ha tenido la dicha de abrazar al primer italiano que, el 9 de noviembre de 1947, había hecho lo mismo: Francesco Angelicchio; pronto, en los primeros meses de 1948, otros le han seguido.

En ese año, aquellos de sus hijos que han comenzado a extender la semilla de la Obra en diversos países continúan dándole buenas noticias. El 9 de enero le anuncian telegráficamente que se ha producido la primera vocación en Irlanda. En abril, don Pedro Casciaro y otros miembros de la Obra han emprendido un largo periplo por los Estados Unidos y por diversos países de Hispanoamérica. El Padre les ha encargado que estudien las particularidades de cada uno y que establezcan contactos preliminares con vistas a un próximo establecimiento de la Obra. En los Estados Unidos, don Pedro ha estado con José María González Barredo, que se encontraba allí desde hacía tiempo realizando trabajos de investigación científica. Juntos, han visitado algunas de las principales ciudades del Canadá y de los Estados Unidos.

En México, adonde había llegado a mediados de mayo, ha permanecido dos meses. A su regreso a España, el Padre ha decidido empezar la labor enseguida en México y en los Estados Unidos.

A finales de 1948, en Molinoviejo, el Padre ha dado su bendición a don Pedro Casciaro, que ha partido para México a comienzos del siguiente año, acompañado por otros tres miembros de la Obra. Don José Luis Múzquiz, por su parte, se ha trasladado a los Estados Unidos en el mes de febrero…

Se encuentren donde se encuentren y sean cuales sean sus circunstancias, estos primeros miembros de la Obra enviados por el Padre a distintos países suelen proceder de la misma manera a la hora de emprender su “labor apostólica”. Porque, en el espíritu del Opus Dei, esa labor es inseparable de su trabajo profesional, de sus tareas ordinarias. Así, procuran suscitar vocaciones entre sus compañeros de trabajo, mediante un apostolado de amistad y confidencia, que el Fundador ha recomendado siempre y que no es otra cosa que la superabundancia, de su vida interior: práctica sacramental, oración, mortificación -en especial la aceptación alegre de los numerosos sacrificios, grandes o pequeños, inherentes a las dificultades de los comienzos-, dominio continuo del carácter y de los sentidos… Tal es el tesoro que se esfuerzan en comunicar a los demás, en especial a aquellos cuyas virtudes humanas -generosidad, lealtad, sinceridad, etc.- pueden predisponerles a entregarse al Señor.

Los sacerdotes de la Obra, siempre muy pocos en relación con los seglares, y por tanto absorbidos por el desempeño de su ministerio, están siempre a disposición de quienes se acercan a ellos y desean avanzar por esa vía de santificación en medio del mundo que el Opus Dei les ofrece, reciban o no la vocación a la Obra.

En cuanto a las circunstancias materiales, suelen ser también muy similares. Nada más llegar a un país, buscan una casa, como el Padre había hecho en Madrid en los años treinta, donde procuran que haya cuanto antes un sagrario contando siempre con la venia del Ordinario del lugar. Allí se instalan algunos miembros de la Obra, para, desde ella, impulsar la labor apostólica y de formación de los nuevos miembros. Pero como la mayor parte de los miembros -especialmente los casados- viven con sus familias, es en ese ambiente familiar y en su entorno profesional donde ejercen su apostolado.

El Padre, mientras tanto, sigue impulsando desde Roma el desarrollo de la Obra. Anima a todos con su oración, con sus cartas, con sus iniciativas. Y, cuando puede, viaja para impulsar la labor apostólica allí donde hace falta.

En octubre de 1948, con ocasión de un viaje a España, se traslada por cuarta vez a Portugal para visitar a sus hijos en Coimbra y en Oporto, donde acaban de abrir la residencia Boavista. Son momentos de alegría para él y para los que vuelve a ver o abrazar por primera vez, a los cuales ha animado siempre a aceptar con buen humor las consecuencias de una pobreza heroica que en Portugal, como en todas partes, ha acompañado los comienzos de la labor apostólica.

Cada vez que ha visto a sus hijos partir hacia un nuevo país, ha sido como volver a sus veintiséis años, cuando, desprovisto de medios, tenía que abrir todos los caminos divinos de la tierra.

A los dos que se preparaban para reunirse en París con Fernando Maycas, les había hecho esta reflexión en voz alta: Siempre hemos empezado con medios desproporcionados.

La vocación a la santidad dentro del matrimonio

Su estancia en España le había permitido, también, realizar algo que llevaba en el corazón desde el principio y que iba a marcar un nuevo hito en el desarrollo de la Obra.

Lo que había visto el 2 de octubre de 1928 incluía, entre aquellos que habrían de responder a la llamada divina a la santificación en medio del mundo, una mayoría de personas casadas que servirían a la Iglesia y a las almas en todas las situaciones humanas imaginables, santificando su vida de familia y haciendo de sus casas unos hogares luminosos y alegres.

Su vocación era idéntica a la de los demás miembros célibes de la Obra, aunque las circunstancias en las cuales vivieran fuesen muy diferentes, porque el Opus Dei no tenía más que un solo puchero, del cual cada uno tomaría lo que necesitase para cubrir sus necesidades, con arreglo a su disponibilidad.

Entre el 25 y el 30 de septiembre de 1948, el Padre, en Molinoviejo, había dirigido un curso de retiro a quince hombres que estaban dispuestos a ser de la Obra, entre ellos Tomás Alvira y otros que había conocido antes o durante la guerra.

El Fundador les había comentado unas cuartillas que había comenzado a escribir en 1935 y que, por entonces, estaba completando. El documento era una instrucción, un programa en torno a la inmensa tarea apostólica que iría penetrando todas las capas de la sociedad a lo largo de los siglos; apostolados cada vez más amplios que, hacía ya tiempo, cerca de allí, en Segovia, el Padre había puesto bajo el patronato del Arcángel San Gabriel: Yo veo esta gran selección actuante: hombres y mujeres de empresa y obreros, mentes claras de la universidad, inteligencias cumbres de la investigación, mineros y campesinos… todos, cada uno sabiéndose escogido por Dios para lograr su santidad personal en medio del mundo, precisamente en el lugar que en el mundo ocupa, con una piedad sólida e ilustrada, de cara al cumplimiento gustoso -aunque cueste- del deber de cada momento.

La llamada a la que respondían algunos de los que le escuchaban había ido madurando en su alma desde hacía meses o desde hacía años. Otros habían conservado en su memoria el recuerdo de lo que el Padre les había dicho hacía ya mucho tiempo: que tenían vocación matrimonial: ¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”? Pues la tienes: así, vocación.

Esta afirmación, que el Padre había recogido en Camino, era chocante entonces y había sido uno de los motivos de la incomprensión que la Obra había encontrado en ciertos medios eclesiásticos. Sin embargo, enseguida, en 1950, la Santa Sede daría la razón a Mons. Escrivá, admitiendo que personas casadas pudiesen formar parte del Opus Dei en respuesta a una llamada específica a la santidad dentro de su estado.

La batalla de la formación

Hacía falta, pues, empezar enseguida a dar un denominador común, el de la doctrina cristiana y el espíritu de la Obra, a todos estos hombres y mujeres, célibes o casados, que tan diferentes eran por su origen, su raza, su profesión, su formación y su lugar en la sociedad. La misma diversidad y espontaneidad de los apostolados lo exigía, si se querían garantizar la unidad y la eficacia apostólica del Opus Dei a lo largo de los siglos. Dicho de otra manera: convenía librar -en palabras del Fundador- “la gran batalla de la formación” de los miembros de la Obra.

Esta formación la recibirían habitualmente “en el tajo”, allí donde hubiera miembros del Opus Dei, y les acompañaría siempre, de alguna manera, al sitio donde su vida profesional o familiar les llevara. Los miembros que permanecían célibes, sin embargo, podrían recibirla de forma intensiva, en períodos más prolongados, dada su mayor disponibilidad.

El Padre tenía en mente el que algunos de éstos pasasen un período largo en la capital de la Cristiandad, con objeto de adquirir un espíritu universal, católico, y empaparse al mismo tiempo del espíritu de la Obra, viviendo cerca del Fundador. En consecuencia, se hacía necesario disponer de una casa lo suficientemente amplia.

Por aquel entonces, Mons. Escrivá estaba preparando la Sede Central del Opus Dei en Roma, pues la Obra iba teniendo cada día una extensión más universal. Y la solución provisional para aquel Centro de formación, que en 1948 se veía necesario, la encontró ahí: una parte de la Sede Central se destinaría a ese Centro de carácter internacional -el Colegio Romano de la Santa Cruz-, hasta que encontrara su sede definitiva.

Tras varios meses de búsqueda, se había localizado, en febrero de 1947, una villa romana situada en el barrio del Parioli, al norte de Villa Borghese. La casa, que había sido residencia del embajador de Hungría ante el Vaticano, era bastante amplia, sobre todo teniendo en cuenta el jardín que la rodeaba, donde se podrían construir nuevos edificios. Desgraciadamente, todavía estaba habitada por un antiguo funcionario de la embajada y su familia, quienes la ocupaban sin derecho alguno, ya que las relaciones entre Hungría y la Santa Sede habían quedado rotas con la llegada al poder de los comunistas. Tal era la causa de que el propietario pidiese un precio razonable, aunque resultase elevadísimo para las posibilidades con que contaba don Josemaría. Además, había que pagar en francos suizos…

Don Álvaro se lo comentó al Padre, que, con buen humor, respondió: No nos importa nada, porque nosotros no tenemos ni liras, ni francos, y al Señor le es igual una moneda que otra.

Lo más importante era tener la seguridad de poder desalojar a los ocupantes de la Villa. Los abogados decían que se conseguiría, pero que sería preciso tener calma…

Este dictamen, unido a las palabras de aliento de Mons. Montini, habían terminado por decidir al Padre.

-No dejen de comprarla -había dicho el sustituto de la Secretaría de Estado-. Está muy bien y las condiciones financieras son favorables. El Santo Padre conoce la casa, porque, cuando era Secretario de Estado, estuvo allí; se alegrará al saber que la han adquirido ustedes…

Y es que, antes de la guerra, el entonces Cardenal Pacelli se había entrevistado allí con el Regente Horthy, de Hungría.

En Villa Tévere

Como los ocupantes de la Villa se demoraban en desalojarla, el Fundador decidió abandonar el apartamento de la plaza Città Leonina y establecerse provisionalmente, con algunos de sus hijos, en la casita del portero, situada en la esquina de las calles Bruno Buozzi y Villa Sacchetti.

Aquello era de lo más inhóspito. El Padre había tenido que dormir varías noches en el santo suelo, sobre una tabla, utilizando un libro como almohada. El intenso frío le había ocasionado una parálisis facial que le dificultaba todo el movimiento de la parte izquierda de la cara. Con todo, aquella portería había permitido acoger, además de los que vivían en el piso de Città Leonina, los primeros miembros italianos de la Obra. Éstos habían empezado a llevar allí a sus amigos, y don Álvaro del Portillo les predicaba y atendía espiritualmente.

El Padre, sin embargo, pensaba ya en los que vendrían a Roma para formarse y regresar luego a su país de origen. El 29 de junio de 1948, había firmado un documento por el que erigía un centro internacional destinado a impartir esa formación, el cual en espera de una sede definitiva, se instalaría en Villa Tévere y llevaría el nombre de Colegio Romano de la Santa Cruz.

“Colegio”, había explicado, porque es una reunión de corazones que forman -consummati in unum- un solo corazón, que vibra con el mismo amor ; “Romano”, porque nosotros, por nuestra alma, por nuestro espíritu, somos muy romanos. Porque en Roma reside el Santo Padre, el Vice-Cristo, el dulce Cristo que pasa por la tierra. De la “Santa Cruz”, porque el Señor quiso coronar la Obra con la Cruz, como se rematan los edificios, un 14 de febrero… Y porque la Cruz de Cristo está inscrita en la vida del Opus Dei desde su mismo origen, como lo está en la vida de cada uno de sus hijos. Y también porque la Cruz es el trono de la realeza del Señor, y hemos de ponerla bien alto, en la cima de todas las actividades humanas.

El 5 de febrero de 1949, los ocupantes húngaros desalojan por fin la villa. El Padre y los demás se instalan allí. Ya pueden comenzar las obras de reforma, que serán largas sin duda, dada la amplitud del proyecto y el esfuerzo que será preciso hacer para reunir los fondos necesarios.

A partir del 11 de febrero, durante una estancia del Padre en España y Portugal que durará dos meses y medio, el Fundador pide a sus hijos e hijas que recen intensamente por el éxito de esta nueva iniciativa, tan desproporcionada a los medios con que se cuenta, pero indispensable para garantizar el futuro de la Obra, su unidad y la permanencia de su espíritu en todos los países.

Como es tradicional en los centros del Opus Dei, se da prioridad a los oratorios y luego a los edificios, totalmente independientes, destinados a las mujeres que habrán de encargarse de la Administración de la sede.

La labor apostólica en Italia

Por entonces, la Obra empieza a extenderse por Italia. En 1948, el Fundador había realizado un viaje a Milán y otro al Sur, pasando por Nápoles y llegando hasta Catania, en Sicilia.

En los primeros meses de 1949, sus hijos recorren las principales ciudades de Italia, con objeto de establecer los primeros contactos y poner los fundamentos de una labor apostólica estable: Bari, Génova, Turín, Milán, Bolonia, Pisa, Padua, Nápoles, Palermo, Catania… El terreno, preparado por la oración y el sacrificio, parece apto y empiezan a surgir algunas vocaciones.

A mediados de agosto, unos treinta jóvenes que han pedido recientemente la admisión en la Obra se reúnen, para recibir una formación intensiva durante unas semanas, en una villa situada en Castelgandolfo, dominando el lago Albano, muy cerca de donde veranea el Papa. La finca, muy abandonada, pertenece a la Santa Sede y Pío XII pronto la cederá en usufructo a la Obra.

El Padre les habla de oración, de trabajo, de humildad, de perseverancia, de la necesidad de imitar a Cristo, “obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz”. Ello supone para todos un nuevo impulso que les ayudará a progresar en su vida interior y les animará a reanudar, con renovado vigor, su trabajo profesional y su labor apostólica.

El 28 de octubre, en Roma, se dirige de nuevo a algunos miembros italianos de la Obra, exhortándoles a ser sembradores de paz y de alegría, “quasi fluvium pacis” (Is. LXVI, 12): como un gran río de paz en una sociedad encenagada por el pecado. El Señor os quiere presentes -les dice- por todos los caminos de la tierra…, echando la semilla de la comprensión, de la disculpa, del perdón, de la convivencia, de la caridad, de la paz: “in hoc pulcherrimo caritatis bello”. Esta “lucha pacífica” deberán librarla sus hijos en todos los países del mundo… sin descanso, en medio de las incomprensiones y de las críticas inevitables -pues siempre han estado presentes en el camino de los cristianos coherentes con su fe-, pero también con mucha alegría.

Roturando el terreno

El Padre sigue paso a paso el desarrollo de la Obra en otros países. En las cartas que escribe a sus hijos repartidos por casi todo el mundo, les aconseja roturar el terreno, prepararlo para la siembra con su oración y su sacrificio y con el empeño que ponen para suscitar la llamada divina en las almas.

Aquí y allá van surgiendo las primeras vocaciones, pronto seguidas por otras.

En la primavera, un irlandés y un portugués piden ser admitidos en la Obra. En el mes de agosto, una joven francesa, Catherine Bardinet, conoce el Opus Dei gracias a una amiga española a 1a que ha invitado a pasar una temporada en su casa de Burdeos. Comienza a traducir Camino al francés y, el 15 de agosto, decide jugárselo todo por Dios y pide ser admitida en la Obra. Es la primera vocación en Francia.

Ni que decir tiene que la Obra encuentra también obstáculos en algunos países. Pero, como le gusta decir al Fundador, ¿qué sería de un cuadro si todo fuera luz y no tuviera sombras? ¡No habría cuadro!. Así pues, aconseja a sus hijos e hijas que se atengan a la regla de conducta que él siempre ha adoptado: rezar, callar, trabajar, sonreír.

Al Padre le gusta contribuir a roturar el terreno con la oración, mientras recorre los países y regiones donde sus hijos ya trabajan o irán pronto a sembrar el espíritu del Opus Dei. Así, el 22 de noviembre de 1949, junto con don Álvaro y otro miembro de la Obra, visita Génova, Como y Milán. En esta última ciudad, unos pocos hijos suyos esperan, en una pensión, encontrar un lugar en el que instalarse. El Padre les aconseja que invoquen con frecuencia a la Madonnina que corona la catedral de Milán; les habla también de vida interior, de esa santidad que deben buscar incansablemente en su vida ordinaria, como, por ejemplo, en las difíciles circunstancias que atraviesan. El resto vendrá por añadidura, si son fieles, gracias a su empeño.

Desde Milán, sigue viaje por Turín y el norte de Italia, hasta Bolzano, en el Alto Adigio. Luego, el 29 de noviembre, cruza la frontera de Austria.

Antes de partir de Milán, ha escrito a sus hijos de Portugal: Encomendad de firme las cosas para que el Señor no mire nuestras miserias, sino nuestra fe, y podamos pronto emprender definitivamente la labor en el centro de Europa.

Pasan por Innsbrück, llegan hasta Münich -capital de Baviera-, en el sur de Alemania, vuelven a pasar por Innsbrück y regresan a Italia por la región de Venecia.

Durante la última etapa del viaje, el Padre no ha hecho más que rezar: ha invocado a la Virgen en todas las iglesias, de muros blancos y dorados, y ha recitado infinidad de rosarios en el coche. Hemos llenado de avemarías y canciones los caminos del centro de Europa, comentará al regreso.

Le parece estar viviendo una novela, una maravillosa novela de amor y de aventuras.

Pensando en las maravillas que el Señor le ha descubierto, en aquellas que ya se han convertido en realidad y en las que se convertirán pronto, tiene la sensación, a veces, de que todo lo que está sucediendo supera su capacidad de imaginación y terminará por hacerle estallar el corazón y la cabeza.

Antes, más, mejor: Prima, più, meglio! Estas tres palabras serán en adelante uno de los lemas que utilizará para pedirle a Dios, en un diálogo lleno de confianza, que acelere el desarrollo de la Obra. Con ellas trata de expresar que, con la fidelidad de todos, se harían más cosas, antes y mejor de lo que con visión humana se podría pensar.

Un corazón que late en Roma

El día de Navidad de 1949, el Papa Pío XII inaugura el año jubilar golpeando por tres veces, con un martillo de plata, la Puerta Santa, situada a la derecha del peristilo de la basílica de San Pedro. Millares de peregrinos han llegado a Roma para asistir al acto.

El 1.° de enero de 1950, Mons. Escrivá de Balaguer, acompañado por don Álvaro del Portillo y otros dos de sus hijos, se dirige a San Pedro para ganar las indulgencias del Año Santo, siguiendo la antigua tradición cristiana. Para el Opus Dei, va a ser un año de mayor esfuerzo y, si Dios quiere, de gracia. El Fundador tiene que hacer, además, dos importantes peticiones: que prosiga la expansión de la Obra en muchos países y que llegue pronto la aprobación definitiva de la Santa Sede, aunque sabe que esto será sólo un paso para llegar a la configuración jurídica propia del Opus Dei.

En Villa Tévere, mientras tanto, las obras avanzan. La estructura fundamental del edificio que da a la calle de Villa Sacchetti está concluida. En cuanto a la Villa central, se estudian las obras necesarias para añadir dos plantas.

Poco a poco, se ha ido instalando la parte habitable de la portería, que se llena de personas que la visitan para recibir dirección espiritual, estudiar, rezar o hablar con algún amigo. En Castelgandolfo, por otra parte, se organizan cursos de retiro y convivencias.

Los miembros de la Obra que visitan Roma van a ver al Padre. Ver a sus hijos, le causa una gran alegría. Padece muchas molestias por la grave diabetes que le aqueja, pero él ofrece por quienes le visitan, por todos sus hijos dispersos por el mundo y por los apostolados que tan generosamente hacen, su fatiga, la sed debida a la enfermedad y el hambre que el régimen a que está sometido le causa. Y también, desde luego, las largas horas de trabajo que constituyen el núcleo fundamental de sus jornadas.

Sigue en el cumplimiento exacto de las obligaciones de ahora. -Ese trabajo -humilde, monótono, pequeño- es oración cuajada en obras que te dispone a recibir la gracia de la otra labor -grande, ancha y honda- con que sueñas: poner a Cristo en la cumbre y en la entraña de todas las actividades de los hombres.

Durante largos meses, el Padre no sale de Roma, excepto para hacer breves visitas a sus hijos en Castelgandolfo, especialmente en verano y por las tardes.

Desde finales de 1949, viene trabajando, con ayuda de don Álvaro del Portillo, en la preparación de la definitiva aprobación pontificia, que vendrá a completar y perfilar el “decreto de alabanza” de 1947. La documentación que hay que presentar en la Santa Sede es importante y llega a ocupar tres mesas de su despacho. Con frecuencia, velan hasta muy tarde.

El Padre no se olvida, por eso, de seguir de cerca los progresos de los apostolados de la Obra en el mundo.

El 4 de marzo, un pequeño grupo de mujeres del Opus Dei viajarán hacia México. Otras preparan la marcha a los Estados Unidos y tratan de resolver los problemas administrativos previos.

El 12 de marzo, dos profesores universitarios, Francisco Ponz Piedrafita e Ismael Sánchez Bella, llegan a Buenos Aires con don Ricardo Fernández Vallespín, ordenado ya sacerdote. Van a dar una serie de conferencias sobre sus respectivas especialidades: fisiología animal, historia del derecho y arquitectura moderna. La acogida es tan cordial que, tras escribir a Roma para consultar, el Padre decide que se queden allí.

A don Adolfo Rodríguez Vidal, que poco antes ha llegado a Chile, el Padre le escribe en los siguientes términos el 13 de marzo de 1950: Hace un momento ha llegado a mis manos tu primera carta escrita desde Santiago de Chile. No imaginas con qué cariño y con qué ilusión la he leído. ¡Dios te bendiga, hijo! Dios te bendiga y te haga el corazón cada día más grande, y la cabeza cada día más clara, para que sepas amar y comprender a ese país magnífico, donde el Señor te ha puesto para que trabajes en su viña del Opus Dei (…) Hijo mío: que estés contento: que hagas alguna visita, de mi parte, a nuestra Madre del Cielo; en ese Santuario del Carmen: que estés seguro de que todo irá adelante, aunque en alguna ocasión puedan surgir dificultades (…) La bendición y un cariñoso abrazo de tu Padre.

Una agencia para el espíritu

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Recobremos aliento, después de tantas consideraciones teológicas y espirituales: estas páginas pretenden ser de información, no deformación. Para esto último la Prelatura dispone de publicaciones de gran valor y eficacia: a ellas remito al lector, en el caso de que no le baste las explicaciones que he dado y que daré a continuación acerca del fin teológico-pastoral-espiritual del Opus Dei.

A propósito del «fin», me permito destacar que, a la vista de lo anterior, tenía yo razón cuando anticipé que en el origen de todo sólo hay motivaciones radicalmente religiosas: siempre es gratificante confirmar que uno tenía razón. De ahí la dificultad de entender la Obra cuando no se emplean categorías religiosas, cuando no se mira desde el punto de vista de quien se mueve por el deseo de emplear su vida -de cara a la eternidad, por si fuera poco- de acuerdo con preocupaciones e intereses que nacen de la fe, no del deseo de ganar dinero y de ascender.

Tampoco estaba equivocado cuando les advertí de que las cosas son mucho más sencillas de lo que aparentan o de lo que muchos creen; incluso -como bien saben- de lo que creen muchos de dentro de la Iglesia.

«Original» es, según la etimología, «lo que vuelve a los orígenes». Eso es lo que buscó Escrivá, en esto reside su «originalidad»: en regresar a las raíces. Por eso, decía que «el modo más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos».

A la postre, todo se reduce a un planteamiento de este tipo: «¿Has recibido el bautismo? Pues sé consciente de lo que significa y esfuérzate por ser consecuente, vive conforme a lo que te propone la Iglesia, que al administrarte ese sacramento te ha introducido en ese Cuerpo cuya Cabeza es Cristo. Hazte santo (puedes; todos pueden, si tienen confianza en la ayuda de Dios que no puede faltar, puesto que la “perfección” de todo hombre, de toda mujer, es una voluntad explícita suya), en el mismo sitio en el que estás y, aparentemente, sin que nada cambie. Sigue en tu trabajo, continúa con tus compromisos profesionales y personales. Recuerda que, en un planteamiento de fe, todas las ocupaciones tienen gran valor, por insignificantes que sean a los ojos de los hombres; todas son de gran importancia, aunque objetivamente sean modestas, porque su importancia depende del amor a Dios y a los demás que ponen en ellas los que las realizan. Salvo vocaciones especiales, Dios no pide singularismos, cosas raras, actos clamorosos de heroísmo: tú también estás llamado al heroísmo, ciertamente, pero dentro de ti, en un contexto íntimo, privado, de “normalidad”. Reza mucho, más aún: reza en todo momento, pero sin agobios ni exhibicionismos, transformando tu trabajo en oración, sea cual sea, ofreciéndolo por una intención sobrenatural, y cumpliéndolo del mejor modo posible por amor de Dios y a los demás».

De la búsqueda de la «santidad» deriva la necesidad -mucho más que un deber- del «apostolado». Un apostolado normal, discreto, espontáneo, «tranquilo», como es el estilo de vida cristiana del cual procede.

«Los miembros del Opus Dei ejercitan el anuncio del evangelio a sus hermanos, sobre todo por medio del ejemplo que dan a los que les rodean, a sus colegas y compañeros de trabajo, en la vida familiar, social y profesional, esforzándose siempre y en todo lugar por ser mejores». Así decía en 1950 el primer decreto eclesial de aprobación solemne de la Obra (según la figura jurídica canónica de «instituto secular», aceptada a falta de otra mejor).

Las últimas palabras de ese Decreto que he puesto en cursiva merecen una explicación. Así las comenta Dominique Le Tourneau: «El trabajo bien hecho siempre es ejemplar. El cristiano debe realizarlo con toda la perfección de que sea capaz en el plano humano (competencia profesional) y en el divino (por amor de Dios y para servir a las almas), mostrándose así como una obra bien hecha. Difícilmente se puede santificar el trabajo si no se hace bien, con la mayor perfección posible. Será casi imposible lograr el indispensable prestigio profesional, calificado por Mons. Escrivá de “cátedra desde la cual se enseña a los demás a santificar ese trabajo y a acomodar la vida a las exigencias de la fe cristiana”. De aquí la necesidad de una formación profesional constante, con objeto de adquirir toda la ciencia humana de que se sea capaz. Para arrastrar a los demás, cada cual deberá empeñarse en cumplir su tarea como el mejor y, de ser posible, mejor que el mejor».

Comienza a vislumbrarse el origen de las habladurías sobre el «poder» de los miembros del Opus Dei. Si ponen todo el esfuerzo posible en su trabajo, no es extraño que muchos acaben por destacar. Pero esta excelencia profesional es para ellos «el medio para poder ayudar a los demás». A condición, claro está, de que actúen de buena fe. Pero, ¿hay alguna razón para dudar a priori de esa buena fe? ¿Quién les obligaría a tanto esfuerzo? ¿Acaso no hay logias y clubes donde se obtiene mucho más con un coste personal mucho menor?

Hay una pregunta que, antes o después, se escucha a propósito de los miembros del Opus Dei: «¿cuál es la fuerza que les impulsa a trabajar tanto, a estar siempre al día, a ser tan buenos profesionales?».

La estrategia y el estilo de este compromiso apostólico son tan «familiares» y discretos como extraordinariamente eficaces (los resultados son elocuentes, aunque el fondo de

los corazones escapa a cualquier estadística. Así lo confirma el propio Escrivá: «Trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de tu estado, acabar bien la labor de tu profesión o de tu oficio, creciéndote, mejorando cada jornada. Sé leal, comprensivo con los demás, y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ese será tu apostolado. Y sin que tú encuentres motivos, por tu pobre miseria, los que te rodean vendrán a ti, y con una conversación natural, sencilla -a la salida del trabajo, en una reunión de familia, en el autobús, en un paseo, en cualquier parte…-». Es, como ya sabemos, el «apostolado de amistad y de confidencia», sin púlpitos, prédicas, retórica ni teologías abstrusas (aunque siempre dentro de la ortodoxia católica: se proporciona una continua formación específica para lograrlo); en el coloquio téte-á-téte entre dos personas; y principalmente de colega a colega, pues no en vano el trabajo es el núcleo central.

Por decirlo con una cita del beato: «Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo…».

Ese es el «fin», esa es la estrategia que el Opus Dei propone a los católicos, con todas las bendiciones de la Iglesia, tanto universal como local.

Buen programa -¿quién podría negarlo?- para un creyente.

Pero también podría parecer fascinante a personas alejadas del sérail católico, ya que el porcentaje de «conversos» en edad adulta es considerable.

Y también porque, junto a la Obra, se encuentra el numeroso grupo de los «cooperadores», que -como dice una autorizada fuente- podrían definirse como: «personas que, sin ser miembros del Opus Dei, ayudan a la Prelatura con su oración -si son creyentes-, con su trabajo o con su ayuda económica. Constituyen una asociación propia e inseparable de la Obra». Y atención a lo que sigue: «pueden ser cooperadores hombres y mujeres no católicos, no cristianos e incluso no creyentes, sin confesión religiosa alguna. El Opus Dei es la primera institución de la Iglesia que llama a colaborar en modo orgánico a no católicos, no cristianos, agnósticos, ateos».

He llamado la atención sobre este último punto porque es otro de esos casos donde la realidad no corresponde en modo alguno con la imagen consolidada que tiene la Obra en la opinión pública, sospechosos de ser una especie de secta impenetrable de fanáticos katólicor (con la k incluida), defensores recalcitrantes de los decretos dogmáticos y los anatemas del concilio de Trento y del Vaticano I, intolerantes y cerrados a cualquier apertura ecuménica. Por contraste, se descubre que es «la primera institución de la Iglesia» que, entre sus «cooperadores», concede un lugar a los que hemos mencionado.

Un buen programa, repito, el del Opus Dei: desde el punto de vista religioso y también en una perspectiva humana. Pensándolo bien: ¿quién no querría tener como compañero de trabajo a un colega que se esfuerce por vivir en serio un ideal semejante? ¿Qué propietario de un coche, comprado a plazos con tanto sacrificio, si tiene una avería grave, no desearía toparse con un mecánico (o con un chapista) miembro del Opus Dei, para poder estar seguro de que le hará una reparación impecable, facturada como es debido y a un precio justo? Pero no gratis, y probablemente sin descuento. Presten atención al pragmatismo del punto 979 de Cansino: «Es condición humana tener en poco lo que poco cuesta. Esa es la razón de que te aconseje el “apostolado de no dar”. Nunca dejes de cobrar lo que sea equitativo y razonable por el ejercicio de tu profesión, si tu profesión es el instrumento de tu apostolado».

Verdaderamente, es un buen programa. Si les convence, si piensan que podría ser lo suyo, ¿qué habría que hacer para ponerlo en práctica? Les responderán que es la cosa más sencilla del mundo: basta con dirigirse a la «Prestigiosa agencia de servicios espirituales» fundada en Madrid en 1928, que desde 1947 tiene su sede central en Roma y cuenta con filiales en todo el mundo. Pónganse en contacto con la agencia y -además del impulso misterioso y gratuito que les ha movido a tomar esa resolución: la «vocación»- apliquen su buena voluntad, su disponibilidad. De lo demás se ocupará la agencia en cuestión.

No se trata de una broma: tras haber leído, visto, indagado e interrogado, mi opinión es que así son las cosas. Si esta opinión fuera correcta, se aclararían también algunas facetas de la Prelatura que suscitan sorpresa y desconfianza.

El joven sacerdote contempló dos cosas en aquella famosa «visión»: 1) la posibilidad -más aún, la necesidad- de que todos los bautizados se santifiquen a través de su trabajo, cualquiera que sea, y de su vida ordinaria; y en consecuencia, la posibilidad -que también aquí es necesidad- de ser misioneros de su fe, «apóstoles»; 2) que a ese sacerdote español se le confió no sólo anunciar ese mensaje, antiguo y nuevo como el evangelio, sino también la tarea de crear una institución, una estructura eclesial para que los llamados a ella puedan realizar ese programa.

Por eso la comparo a una «agencia», a un «ente» -una authority, dirían los ingleses- para pasar de la potencia al acto, para traducir en realidad ese «sueño» cristiano. En el fondo, a lo largo de su vida el fundador no trabajó en otra cosa que en la puesta a punto de esta estructura, para hacerla lo más eficaz posible para el fin previsto.

Pippo Corigliano, ingeniero napolitano, numerario, director de la Oficina de información de la Prelatura en Roma, en esos fax que ha de enviar casi todos los días para desmentir el último bulo, suele usar con frecuencia una comparación. «El Opus Dei es como una gasolinera espiritual: quien quiere viene y llena el depósito, y vuelve cuando necesita más carburante o precisa una revisión de su vida interior». Así se expresa el eficiente y amable Corigliano, que ha sido mi guía en este viaje para conocer su familia, y al que he torturado hasta el punto que prefería usar el cilicio antes que estar conmigo.

La imagen de «agencia de servicios espirituales» no me parece muy distinta, en sustancia, de la de «gasolinera de almas». Y no es por presumir de saber más que el ingeniero portavoz de la Obra (¡sólo faltaría eso!), pero a veces las cosas se ven mejor «desde fuera» -como en mi caso-, y la imagen de la agencia, con los límites de cualquier metáfora, se acerca más a la realidad que la de la gasolinera. De hecho, hay gente que acude a la primera gasolinera que se encuentra, y no vuelve más; ni se debe un agradecimiento especial al distribuidor; ni el usuario puede elegir, porque todas las gasolinas son iguales…

No sucede lo mismo en el Opus Dei, donde para marcharse las puertas están abiertas (según una clara y repetida frase del fundador, al que le gustaba añadir: «en el Opus Dei está quien le da la gana, que es la más sobrenatural de las razones…»), pero hay que llamar a la puerta para entrar, y demostrar que lo que se busca en la agencia es disfrutar de esos «servicios»: es decir, que a uno le empuja esa fuerza enigmática que la teología cristiana llama «vocación».

Esto no es una proclama hipócrita; lo que hemos señalado en las páginas anteriores parece demostrar que sucede de veras. «La confirmación de que se necesita una específica vocación divina está en el hecho de que hay millares de cooperadores que conocen el Opus Dei desde hace diez, veinte o treinta años y contribuyen con generosidad a sus apostolados, pero no solicitan entrar en él. Y no porque no sean dignos ni capaces de santidad: simplemente, porque su camino es otro».

Ya hemos visto que el Opus Dei no es un partido: a sus miembros le están permitido militar en cualquier corriente sociopolítica, siempre que esté dentro de los límites «católicos», que son mucho más amplios de lo que se creía hasta hace poquísimo tiempo, en particular en la Iglesia italiana, condicionada por una situación histórica singular. No es tampoco un club, y por eso no se «inscribe» uno porque esté convencido por el programa, o por otras razones «humanas». Se puede solicitar la entrada sólo si se siente haber recibido una llamada.

La vocación realiza una selección misteriosa, que debe ser probada con cautela y prudencia no sólo al principio, sino también con la limitación en el tiempo de los compromisos, que han de ser renovados cada año hasta que se llega, si es el caso, al compromiso definitivo. Esta realidad impide a la Obra caer en la tentación del exclusivimo, del «imperialismo», de creer que todos los católicos, para serlo de verdad, debieran alistarse tras los discípulos del beato Josemaría Escrivá de Balaguer y Albas.

La insistencia en el hecho de que en el Opus Dei se entra y se permanece (pudiendo ser hijos ejemplares de la Catholica y hacerse santos y apóstoles de otros muchos modos) en virtud de una elección subjetivamente libre pero objetivamente «guiada» por Dios, es precisamente lo que mantiene la debida conciencia de que el pluralismo espiritual en la Iglesia es una riqueza que debe conservarse.

Quiero hacer notar, de paso, una diferencia radical respecto al protestantismo. En éste, quien tiene un «modo distinto» de leer la Biblia, o incluso sólo una sensibilidad diferente, funda su propia iglesia o secta, que se pone en abierto contraste -casi siempre agresivo: «il faut s’opposer pour se poser», dicen los franceses para indicar una ley sociológica constante- con las miríadas de otros grupos cristianos. De ese modo, lo que nació de la Reforma, desde hace siglos tiende a fraccionarse, cada vez más, hasta llegar a las dos mil «denominaciones» existentes hoy en Estados Unidos, que proceden de las cuatro o cinco confesiones iniciales.

No sucede lo mismo en el catolicismo, donde los centenares, o los millares de «sensibilidades», de «espiritualidades» distintas no se convirtieron -ni se convierten- en iglesitas litigiosas, sino en las órdenes, congregaciones, institutos, movimientos, familias, todos ellos reconocidos por la Iglesia -después de las oportunas comprobaciones-, como si fueran teselas de ese mosaico policromo que es la Iglesia. Una sola «vocación», pero infinitos modos de vivirla.

Monseñor Escrivá de Balaguer y el Opus Dei

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Testimonio de Mons. Antonio Quarracino, Obispo de Avellaneda. Secretario General del Celam
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

No tuve oportunidad de conocer personalmente a Monseñor Escrivá de Balaguer, ni me he detenido en profundizar sus escritos. Hace muchos años leí Camino, y no hace tanto algunas de sus plá­ticas y homilías. Debo decir ante todo que me llamó la atención su facilidad de presentar como «a la mano» -encarnado, dicen hoy– el llamado universal a la santidad.

Tampoco mis contactos con el Opus Dei han sido tales que jus­tifiquen una exposición detallada de su espíritu y apostolado. He tratado a algunos de sus miembros; y debo decir que me han pare­cido todos excelentes. Me han atendido afectuosamente en sus cen­tros e informado de sus labores en los diversos ambientes del pueblo de Dios.

Afirmaría que mi conocimiento de esta Obra y de su fundador es un conocimiento «al revés», esto es por sus detractores, los cuales a la verdad, me causan una sensación extraña, mezcla de pena y de gracia. Algunos ataques y testimonios muchas veces son una expresión de mal gusto, por decir lo menos… es una institución de la Iglesia que ha recibido golpes muy furibundos, que recuerdan la desfachatez diabólica. Y por cierto que no todos vienen de afuera…

Pienso entonces en aquello de que las obras de Dios son pro­badas por la adversidad y la persecución… Recuerdo lo que San Lucas relata en el capítulo 5 de «Los Hechos» acerca del prudente Gamaliel: «Si este asunto es cosa de los hombres… pero si es cosa de Dios… no se vayan a encontrar luchando contra Dios». Como creo que estas palabras conservan su validez, por una parte me asal­ta cierta especie de pena porque, naturalmente, no me agrada que se golpee a una institución de la Iglesia; y también cierta gracia entre socarrona y lastimera porque me parece ver a los que golpean, in contrario sensu, como instrumentos de la comprobación de que una obra es de Dios. Algo parecido a los «abogados del diablo». Considero muy útil y necesario el papel que deben desempeñar esos abogados; ¡pero me parece tan antipático!

No sé si Monseñor Escrivá será canonizado. ¡Qué extensa es la lista de grandes figuras de la Iglesia que no lo han sido! Pero cuando personas serias, ponderadas y prudentes, que conocen el sentido de las palabras, tanto lo exaltan y de santo lo califican, me digo que por algo debe ser. Es un hecho sin precedentes contar con la petición de 69 cardenales y 1.300 obispos -entre ellas la mía– dirigidas al Santo Padre solicitando la apertura del proceso. Y como me quedo pensando que si me pidieran el nombre de un pastor -obispo o sacerdote– que yo hubiera conocido personal­mente en mi vida, y a quien considerara digno de que su causa fuera introducida, daría el de uno solo, y con algunas advertencias pre­vias, se me ocurre que tampoco tantas personas piensen y hablen apresuradamente.

Por otra parte, hay algunos hechos que muchos podrán juzgar irrelevantes, pero que yo considero significativos si se los mira desapasionadamente.

El caso de Camino, por ejemplo, que ese libro tan sencillo, algu­nos de cuyos pensamientos han sido criticados con ridícula ligereza, haya tenido tiradas millonarias y traducciones en más de treinta lenguas, ¿no llama la atención? Ya escucho a algunos: «es que la institución…», «Sí, ya sé, interrumpo yo: ¡los de la Obra son tan geniales que lo editan y luego queman los ejemplares, o los venden como papel viejo!, pese a la pequeñez de su tamaño. ¡Muy inte­resante su explicación!».

Otro hecho; cuando murió Monseñor Escrivá, el Opus Dei, así tengo entendido, contaba con mil sacerdotes, más o menos. Estimo que ningún fundador dejó al morir una heredad semejante a la Iglesia.

El tercero: es conocida la amplísima gama de profesionales y estudiosos que pertenecen a la Obra. Se trata, pues, de gente que naturalmente no dejó enmohecer su materia gris. Soy lógico si pien­so que se trata de personas cuya asociación al Opus Dei no ha sido hecha a tontas y a locas, o como llevada por la nariz, o engañadas como niños, o por medio de un espeluznante lavado de cerebro, o después de pasar una temporada en un hospital psiquiátrico del Este…

«¿Ladran, Sancho? Señal es que cabalgamos». (De un libro vie­jo, pero siempre actual.)

Homenaje al Fundador del Opus Dei

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Testimonio de Cardenal Humberto Medeiros, Arzobispo de Boston
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Al poco de ser nombrado Arzobispo de Boston, fui a visitar Elmbrook,  un Centro para estudiantes universitarios, situado a corta distancia de la Facultad de Derecho en la Universidad de Harvard, en Cambridge. Elmbrook es uno de los muchos centros universi­tarios dirigidos por el Opus Dei, la Asociación internacional para seglares y sacerdotes, cuyo fin es fomentar la búsqueda de la san­tidad en la vida secular ordinaria. Yo deseaba conocer, más a fondo, esta asociación porque me preocupaba la profunda insatisfacción espiritual de la inmensa mayoría de estudiantes que pedían a gritos una palabra mágica y el amor a Jesucristo.

VIVIR EN LA FE

En Elmbrook encontré a 50 jóvenes que se sentían tan alegres y felices que la conversación fluía con facilidad. La mayoría de lo que me contaron me dejó impresionado. Uno de los muchachos comentó sus esfuerzos para conseguir que algunos de sus compa­ñeros de clase le acompañaran en peregrinación a una ermita de Nuestra Señora. Pregunté a otro sobre la oración, y me contó cómo a través del Opus Dei había aprendido a vivir en la fe con Jesús, María y José, pero no como si fueran abstracciones o algo lejano, sino como personas reales, cercanas, a las que poder llegar de forma sencilla y confiada, como un niño. Otros hablaron de su vocación de fomentar el deseo de vida interior y de servir a otros a través de la actividad profesional de cada uno. La tarde se fue agotando, y yo me olvidé, por completo, de lo cansado que estaba después de todo un día de trabajo, y cuando me despedí me sentí rebosante de optimismo.

En las siguientes semanas, con motivo de mis visitas a otras parroquias de la archidiócesis, pude conocer a otros miembros del Opus Dei; amas de casa y profesionales, que me hablaron de su apostolado personal en el seno de sus familias y comunidades. Cuan­do me comentaron sus esfuerzos por ser almas contemplativas en su medio secular, me surgieron deseos de conocer al sacerdote que había inspirado este deseo de santidad.

NO BUSCABA LA PUBLICIDAD

Algunos meses más tarde conocí, en su residencia de Roma, a Monseñor Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei. Su libro de máximas ascéticas Camino ha vendido casi tres millones de copias pero realmente él no era hombre que buscaba la publi­cidad. Su único deseo era pasar inadvertido para que Dios se mani­festara. Era extraordinariamente franco, tan humilde y modesto, tan calido y cordial, tan entusiasta con la Iglesia y la misión de ésta, que tuve la impresión de conocerle de toda la vida y, por tanto, con derecho a llamarle «padre» como lo hacían más de 60.000 hom­bres y mujeres, que por entonces se esforzaban, en todo el planeta, en lograr su santificación dentro del Opus Dei a través de sus ocu­paciones diarias, siguiendo la espiritualidad laica que él les había enseñado.

Él tenía setenta años cuando tuvimos la primera y, desgracia­damente, última charla, pero su vitalidad era sorprendente. Reco­nocí en él a alguien que está muy cerca de Dios, una auténtica roca de fe. «Eso es lo que necesitamos», me dije después de despedirnos. «Un hombre de oración, un hombre que confiesa abiertamente su gran devoción a Nuestra Señora y su amor a la Iglesia y al Santo Padre».

Me contaron que el 26 de junio de 1975, dirigiéndose a un grupo de sus hijas, en un centro del Opus Dei en la residencia de mujeres de Castelgandolfo, dijo: «Debemos amar a la Iglesia y al Santo Padre, sea quien fuere, y pedir a Dios que nuestro servicio a la Igle­sia y al Santo Padre sea eficaz». Éstas fueron, prácticamente, sus últimas palabras, ya que una hora más tarde, de forma rápida e inesperada, murió en Roma, tras una mañana de intenso trabajo pastoral.

COMPASIÓN Y HUMOR

Después de su muerte he continuado «viendo» a Monseñor Escrivá de Balaguer gracias a las maravillas de la tecnología moder­na. He podido contemplarle en películas, que le muestran de pie en salones, abarrotados, de toda Europa y América, derrochando compasión y humor, afirmando en sus respuestas que la Iglesia, la Esposa de Cristo, será por siempre el pilar de la verdad. El camino de santidad, dice dirigiéndose a su audiencia, así como el método para alcanzar una vida interior plena, es el de siempre; los sacra­mentos, la oración y el sacrificio, la santificación del trabajo diario y el cumplimiento de las obligaciones cristianas en el mundo.

En realidad Monseñor Escrivá de Balaguer había estado pre­dicando la llamada universal a la santidad desde 1928; la santifi­cación a través y en las realidades de la vida cotidiana en la tierra. Estos aspectos de espiritualidad laica fueron incorporados, años más tarde, a los documentos del Concilio Vaticano II.

EL PADRE

Igualmente he continuado «viéndole» en Roma, donde a menudo visitó la casa donde nos encontramos aquella primera vez. Allí, en una preciosa cripta, una losa de mármol verde con la ins­cripción «El Padre», señala el lugar donde descansan sus restos. Ami alrededor hay jóvenes que besan la tumba con devoción. Tam­bién hay amas de casa y trabajadores que visitan la cripta, y en silencio le confían sus necesidades. Y con ellos yo también pido al Padre que rece por mí y por todas las almas que me han sido confiadas, y que continúe avivando esos caminos de santidad en la vida secular que comenzó en 1928, hará cincuenta años, el próxi­mo 2 de octubre.

Así le vieron

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