Una historia de “negocios”

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Un joven empresario catalán, Martín Frígola, afincado desde hace veinte años en Costa de Marfil, habla de los diversos negocios que ha emprendido en su vida

Opus Dei -

Palau-sator, Gerona, años setenta

Soy de Palau-Sator, un pueblo de Girona que data de la época romana. Si uno busca en Google cuántos habitantes tiene el municipio, se encuentra con pocas variaciones: según una web, 283; y según otra, 284. El pueblo –que no llegará a los doscientos habitantes- conserva su aspecto feudal, con su recinto amurallado y la torre del antiguo castillo medieval que sobresale, imponente, sobre los tejados.

Allí pasé mi infancia, ayudando a mis padres –y pasándomelo en grande, todo hay que decirlo- en el negocio familiar: en aquel tiempo tenían diversos cultivos de cereales, hortalizas y frutales, junto con una granja de cerdos.

Doy gracias a Dios por aquella infancia rural en los años setenta, cuando tantos niños europeos sólo conocían las cabras gracias a la televisión. Yo pasé muchas horas de mi infancia y de mi adolescencia rodeado de animales y regando melocotoneros. Realicé mis primeras experiencias comerciales en el mercado de Palafrugell, donde vendía frutas y tomates, y disfrutaba de lo lindo.

Pero sobre todo le agradezco a Dios haber nacido en una familia cristiana –mi padre es supernumerario del Opus Dei- y haber conocido la Obra en Bell-lloc del Pla, un colegio de Girona donde estudié el Bachillerato a partir de los doce años. En Girona descubrí mi vocación y pedí la admisión en el Opus Dei como numerario. Poco después me fui a Valencia, donde estudié algo previsible por mis antecedentes familiares: soy ingeniero agrónomo.

Un cambio inesperado

Opus Dei - Palau-Sator

Palau-Sator

En 1987, al acabar la carrera, empecé a trabajar en una empresa de proyectos agrícolas. Hasta aquí, nada de singular. Es el currículum habitual de tantas personas de mi generación. Lo novedoso fue cuando los directores del Opus Dei me preguntaron si estaría dispuesto a ejercer mi profesión y ayudar en la labor apostólica en Costa de Marfil, que estaba en sus comienzos.

¡Costa de Marfil! No tenía la menor idea de dónde se encontraba. Lo localicé en el mapa y acepté la propuesta sin dudar, aunque el contacto más cercano que había tenido con el trópico habían sido las palmeras tinerfeñas de mi servicio militar…

Empecé a buscar medios para ganarme la vida en el que iba a ser, dentro de muy poco, mi nuevo país. Pedí información en la Cámara de Comercio de Valencia sobre las empresas que mantenían relaciones comerciales con Costa de Marfil, y comencé a hacer entrevistas. Hice un curso de francés de pocas semanas en París. porque dudaba que con mi nivel de Octavo de Básica pudiera mantener una conversación inteligible, y al final encontré una posible línea de negocio: la exportación de pieles de cabra y oveja para la fabricación de bolsos y zapatos. Y comenzó la aventura.

Una aventura humana, profesional y espiritual. Al bajar de la escalerilla del avión, tras el trayecto Madrid-Abidján con escala en Lagos, me encontré ante un país y un ambiente tan desconocido como fascinante.

Hacía tanto calor cuando llegué, que pensé que no habían parado los motores del avión; pero no; así era –es- el clima de este país: un calor húmedo, denso, mezclado con el olor inconfundible de la selva. Luego vino el encuentro con la cama con mosquitera, y al día siguiente, el saludo de los pájaros tropicales al despertarme, con unos sonidos agudísimos que yo sólo conocía por las películas de safaris…

Nuevas experiencias

Opus Dei -

La aventura profesional no tenía nada que envidiar a la humana. Había hecho en España una serie de contactos; pero eran sólo eso: una serie de contactos. Afortunadamente, en la Oficina Comercial de la Embajada española me dejaban enviar un télex de vez en cuando. Fui tanteando el terreno y al fin me planteé la posibilidad de montar un negocio de cemento; pero aquello se quedó en nada. Hablando con unos y con otros, me lancé a comprar pieles en la vecina Mali.

Fueron unos años en los que tuve que ingeniármelas por mi cuenta, porque en la carrera no me habían enseñado nada sobre los agentes de aduanas y las compañías marítimas. Pero a caminar se aprende andando y empecé a exportar las primeras pieles de cabra desde Costa de Marfil y Mali. Y vinieron las experiencias, unas buenas y otras malas, porque en unos negocios saqué lo comido por lo servido; en otros me fue bastante bien; y en otros… me estafaron.

Pascal

Al principio estaba solo, hasta que en 1992 conocí a Pascal, un joven despierto que trabajaba de albañil. Vi que era un hombre honrado y valioso, de gran inteligencia práctica, y le propuse un pequeño negocio de materiales de construcción: yo los traería de Europa y él se encargaría de venderlos en el país. El negocio cuajó, aunque luego lo dejamos, porque no tenía expectativas de futuro.

Lo bueno es que Pascal se convirtió en un colaborador cada vez más eficaz: aprendió informática y viajó a Vic para adquirir experiencia. Dio el salto de albañil a pequeño empresario.

Yo también tuve que dar mi propio salto y hacer una transformación profesional, ya que como fruto de las importaciones de material de construcción que hice, me fui convirtiendo poco a poco en un constructor. Y luego, he ido poniendo en marcha diversos negocios –exportación de aceites esenciales, de hierbas medicinales, de colorantes alimentarios, etc.- junto con algunos amigos africanos, con el deseo de ayudar al progreso de este joven país.

Opus Dei - Costa de Marfil

Costa de Marfil

Un país joven en la fe

Costa de Marfil es un país joven en muchos aspectos, también en lo que se refiere a la fe cristiana: cuenta sólo con poco más de un doce por ciento de católicos. Y si la aventura resulta apasionante desde el punto de vista humano y profesional, lo es mucho más desde el punto de vista espiritual. Costa de Marfil ha celebrado recientemente su primer siglo de cristianismo y se encuentra en una situación de gran desarrollo apostólico.

Cuando llegué, hace casi veinte años, era difícil encontrar una Misa entre semana en la capital, Abidján. Ahora hay misas todos los días en todas las parroquias, y están abarrotadas de fieles, con muchos jóvenes. Se multiplican las conversiones; y también se multiplica, como es lógico, el trabajo de formación en la fe.

La familia

Un campo importante de esa formación es la familia, porque hay todavía pocas familias cristianas que sirvan como punto de referencia a los matrimonios cristianos jóvenes de Costa de Marfil. Aunque las leyes prohíban formalmente la poligamia, muchos marfileños han nacido -y siguen naciendo- en el seno de unas familias con relaciones poligámicas, de carácter matriarcal, donde la autoridad del tío materno es, con frecuencia, mucho más importante que la del padre. Esto explica que con frecuencia los padres no se sientan responsables de la educación de sus hijos.

En el pasado era el clan el encargado de educarlos, en un sentido muy amplio; pero en la actualidad, con la progresiva desaparición de los clanes, los padres de familia cristianos necesitan ejemplos para imitar: ejemplos de padres y madres que se ocupen de sus hijos y velen por su educación humana, profesional, cristiana, moral….

Eso me llevó a impulsar, junto con varios amigos africanos, unos cursos de orientación familiar, que están viniendo como agua de mayo.

Los colegios

Opus Dei -

Pero las necesidades no se quedan ahí. Se necesitan colegios. Hasta 1990 el país contaba con instalaciones suficientes de carácter educativo, pero con la crisis económica dejaron de construirse edificios con fines docentes y a causa del conflicto armado del 2002 se destruyeron bastantes colegios y hubo un gran movimiento de la población hacia el Sur.

Las carencias en este campo son enormes y la necesidad de poner en marcha nuevos proyectos educativos es tan urgente como evidente.

He colaborado con varias familias en el primer “granito de arena” en este campo: un parvulario que abrió sus puertas el 13 de noviembre de 2006 y que desea ser el germen de una serie de colegios en el país, donde muchas familias encuentren una ayuda valiosa para la educación de sus hijos.

Contamos para este proyecto, además, con la ayuda y el aliento espiritual del Opus Dei. Cuando escribo estas líneas me encuentro en España, donde he venido para asesorarme en la puesta en marcha de este tipo de empresas educativas. En octubre de 2007 comenzará la andadura del primer colegio.

Para la formación de directivos

Las necesidades formativas del país abarcan diversos sectores. Un sector decisivo es la formación de directivos y de empresarios, que deben ser los motores económicos de Costa de Marfil.

Esto me parece un punto vital para el desarrollo de una sociedad como la nuestra, que sufre tantas carencias, y que soporta desde hace tantos años unos conflictos armados. Por esa razón, un grupo de empresarios y directivos de diversas empresas nos hemos unido para prestar este servicio a la sociedad, con el afán de poner en marcha una institución de formación continua de empresarios sin ánimo de lucro.

Ya hemos organizado varios seminarios, asesorados por entidades españolas como el IESE, con gran éxito. Por el seminario de Ética en los negocios ya han pasado 250 ejecutivos.

Opus Dei -

Este tipo de formación empresarial es muy importante, porque la corrupción y la estafa –que yo he sufrido en mis propias carnes- son grandes obstáculos para el desarrollo de cualquier país.

Como las selvas africanas

Durante estos casi veinte años muchos de mis amigos africanos se han ido acercando al Opus Dei, y Dios les ha concedido a algunos la gracia de la vocación.

También, gracias al apostolado personal, el espíritu de la Obra va empapando el ambiente de numerosas personas y sus familias, y va vivificando muchas vidas y costumbres, del mismo modo que el agua vivifica estas impresionantes selvas africanas.

Recibo muchas lecciones de los africanos, y procuro –como enseñaba san Josemaría- aprender cada día algo de ellos: tienen una gran vitalidad, grandes deseos de progreso y de mejora espiritual; y algunos son muy buenos comerciantes.

El mejor negocio

A estos amigos míos les hago partícipes del mensaje del Opus Dei: la empresa más importante de nuestra vida es la propia santificación. Afortunadamente, en ese negocio, el negocio de la santidad personal, contamos con un Socio que nunca nos falla y que nos da toda su gracia; pero al mismo tiempo espera nuestro trabajo y  nuestra correspondencia.

Los hombres de negocios que son padres de familia entienden muy bien algo que recordó muchas veces san Josemaría: el mejor negocio para unos padres es darles a sus hijos una buena educación humana, profesional y cristiana.

Luego están los otros negocios humanos, que hay que santificar y donde podemos encontrar a Dios, realizándolos con la máxima perfección humana y espiritual que podamos.
El objeto de esos negocios puede ser muy variado: desde la exportación de pieles de cabra, ladrillos y colorantes, hasta los tomates de huerta, que me recuerdan tanto mi primera y decisiva escuela de negocios: el mercado de Palafrugell.

4. Amor a la libertad

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El pensamiento racionalista manifiesta paradojas constitutivas, como la paradoja de la libertad. De un lado, defiende justamente la libertad. Pero, de otro, la mayor parte de los pensadores herederos del racionalismo acaban negando que el hombre sea realmente libre. En esta difícil encrucijada cultural, se muestra la fuerza del perfil del Beato Josemaría. Porque –sin temor a las cautelas antitéticas de quienes desconfían de una abierta proclamación de libertad– cifra en la capacidad humana de libre decisión, la manifestación más clara de una dignidad que permite responder voluntariamente a los requerimientos divinos, y facilitar un diálogo confiado con Dios y con los hombres, sin discriminación de raza, de idiosincrasia, de cultura.

Sobre esta sólida base antropológica, reconoce la realidad de una liberación incomparablemente más radical que la soñada por utopías ideológicas, porque es la libertad para la que Cristo nos ha liberado[1]: liberación alcanzada por Cristo en la Cruz.

Como en los demás aspectos de su vida, el Fundador del Opus Dei trasladó con naturalidad esta profunda convicción a su estilo de convivencia y de gobierno. Confiaba plenamente en la libre responsabilidad de los fieles en la Obra, de modo que prefería correr el riesgo de que alguno se equivocara, a ejercitar un control sofocante sobre ellos. Le agradaba que los miembros del Opus Dei fueran muy distintos entre sí, aunque en todos se percibiera «el bullir limpio y sobrenatural de la Sangre de Cristo, de la sangre de familia». Siendo respetuoso con las formas, huía de las manifestaciones protocolarias. Su trabajo diario se desarrollaba con la sencillez de la vida ordinaria en una familia corriente, donde sobran los tratamientos honoríficos: sólo aceptaba que le llamáramos Padre, como muestra de cariño y confianza, y como manifestación de una paternidad espiritual que todos experimentábamos en su conducta. Concedía una autonomía grande a cuantos ocupaban cargos o funciones de gobierno y formación en el Opus Dei, que, precisamente por esa autonomía, procuraban en todo sentire cum Patre, que daba indicaciones prácticas y sencillas, alejadas de casuísticas interminables. No interfería para nada en la actuación profesional y social –en las legítimas opciones políticas o intelectuales– de sus hijos, que gozaban y gozan –como todos los fieles cristianos– de la más completa libertad en sus actividades públicas y privadas, siempre con fidelidad a la fe y a la moral de la Iglesia.

Se podría temer que esta afirmación de la libertad fuera incompatible con la entrega a Dios de los cristianos corrientes. Pero el Beato Josemaría no sólo evitó caer en esa dialéctica falaz, sino que formuló una audaz propuesta, según la cual la propia libertad posibilita la entrega: «Nada más falso –afirma– que oponer la libertad a la entrega, porque la entrega viene como consecuencia de la libertad»[2]. Aquí aparece una articulación clave de su pensamiento, con la que se sitúa más allá de las aporías modernas de la libertad, derivadas precisamente de la ceguera ante este decisivo engarce. Su postura nada tiene de timorata reserva ante la recta autonomía del comportamiento humano; coloca a la capacidad de autodeterminación en la raíz misma de esa máxima muestra de libertad por la que, liberándose de las ataduras del egoísmo, una persona se entrega confiadamente en manos de su Padre Dios. El regalo de la libertad que el Señor concede en la creación, y restaura y potencia en la Redención, se hace a su vez don que la criatura ofrece a su Creador y Redentor como ofrenda de un hijo a su Padre, aceptable justamente por su carácter libre. El Beato Josemaría proclamó una conclusión, atrevidamente paradójica, pero llena de densidad real: la razón sobrenatural de nuestra elección es servir porque me da la gana.

Cornelio Fabro ha destacado la innovación de esta postura tanto respecto del pensamiento moderno como de la reflexión tradicional: «Hombre nuevo para los tiempos nuevos de la Iglesia del futuro, Josemaría Escrivá de Balaguer ha aferrado por una especie de connaturalidad –y también, sin duda, por luz sobrenatural– la noción originaria de libertad cristiana. Inmerso en el anuncio evangélico de la libertad entendida como liberación de la esclavitud del pecado, confía en el creyente en Cristo y, después de siglos de espiritualidades cristianas basadas en la prioridad de la obediencia, invierte la situación y hace de la obediencia una actitud y consecuencia de la libertad, como un fruto de su flor o, más profundamente, de su raíz»[3].

Dios corre el riesgo y la aventura de nuestra libertad, proclamó siempre el Fundador del Opus Dei. No quiere que la existencia terrena sea una ficción compuesta de antemano, como si este mundo fuera un «gran teatro», en el que sombras sin autonomía jugaran a ser libres. Su sentido realista y positivo le conduce al convencimiento de que la historia de todos los días es una historia verdadera, tejida de oportunidades y coyunturas difíciles, de aciertos y fracasos, siempre bajo la protección amorosa de la Providencia divina, que no suprime la libertad, sino que la fundamenta, y ayuda a potenciarla para llegar a alcanzar una vida acabada. Esto implica un margen de encuentros imprevistos, de ensayo y de rectificación: la exigencia profundamente humana de moverse entre la seguridad de la omnipotencia del Señor y la incertidumbre de la debilidad del hombre. El cristiano es un aristócrata de la elección libérrima, un poseedor de la auténtica libertad.

Esta primacía del albedrío está en la base de la grandeza y relevancia de la existencia ordinaria, que describe uno de los rasgos más típicos del mensaje del Opus Dei. Las decisiones que cada uno toma a diario, en ocupaciones corrientes o extraordinarias, rebosan trascendencia humana y sobrenatural. A través de esa trama se juega la espléndida partida de la santidad personal y de la eficacia apostólica. En esas vicisitudes, que a veces consideramos irrelevantes, y no lo son, se alternan la alegría y el dolor, el éxito aparente y la no menos aparente derrota. Pero, si el hijo de Dios las resuelve con rectitud sobrenatural y perfección humana, está contribuyendo al bien de sus semejantes y a esa nueva evangelización a la que empuja sin tregua el Santo Padre Juan Pablo II. La fe no se queda en tema para hablar, ni siquiera sólo para proclamar y confesar: es virtud que el cristiano ha de ejercitar cotidianamente en el cumplimiento de sus deberes ordinarios. Los fieles corrientes serán así –repetía el Fundador del Opus Dei– «como una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad». Serán «el consuelo de Dios» y –en un mundo cansado– aportarán razones para la esperanza.

«Algunos de los que me escucháis –aseguraba en 1970– me conocéis desde muchos años atrás. Podéis atestiguar que llevo toda mi vida predicando la libertad personal, con personal responsabilidad. La he buscado y la busco, por toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la amo más, la amo sobre todas las cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante»[4]. No es fácil, efectivamente, encontrar realizaciones de la verdadera libertad, en este mundo nuestro. Con no poca frecuencia, círculos cerrados de poder dictan la opinión. La cultura se mantiene en cenáculos para iniciados. Muchos –jóvenes y no tan jóvenes– se estragan en la fiebre consumista y en la disipación de diversiones sin sustancia. Por eso, el Beato Josemaría concede tanta importancia a una educación que facilite el despliegue armónico y completo de la persona en su dimensión humana y sobrenatural. Su pedagogía de la libertad se encamina a formar «cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad»[5]. Toda institución formativa debería ser una escuela de libertad responsable, que consolidase a sus alumnos en el amor a la libertad: para que cada uno de ellos aprenda a usarla dignamente, y la promueva en los más diversos ámbitos de la sociedad.

La verdadera libertad es resorte radical para el mejoramiento humano de todo el entramado civil, que se empobrece y agosta si aquélla falta. Sucede entonces –cuando se suprime la libertad– que la sociedad entera se anquilosa, y la autoridad –que debería facilitar su ejercicio y difusión– se ve tentada por el autoritarismo. Claras y fuertes son, al respecto, estas palabras de Surco: «Si la autoridad se convierte en autoritarismo dictatorial y esta situación se prolonga en el tiempo, se pierde la continuidad histórica, mueren o envejecen los hombres de gobierno, llegan a la edad madura personas sin experiencia para dirigir, y la juventud –inexperta y excitada– quiere tomar las riendas: ¡cuántos males!, ¡y cuántas ofensas a Dios –propias y ajenas– recaen sobre quien usa tan mal de la autoridad!»[6].

Se puede asegurar que las diversas formas de autoritarismo –desbordado hasta los terribles totalitarismos del siglo XX– proceden a veces en buena parte de la irresponsabilidad ciudadana. Si no se está dispuesto a pechar con las propias obligaciones cívicas, a participar activamente –según las posibilidades personales– en alguno de los niveles de la cosa pública, difícilmente se justifica la posterior queja de que no se han respetado los derechos o de que no se han tenido en cuenta las personales opiniones. El Beato Josemaría concedía gran importancia a la obligación que tienen los católicos de estar presentes –cada uno según sus convicciones– en los lugares donde la convivencia se condensa y se constituyen los focos de opinión pública. Con esto no se refería solamente –ni quizá principalmente– a la actividad política profesional, sino a la gran variedad de asociaciones y comunidades que estructuran el tejido social, desde una agrupación deportiva hasta los organismos internacionales. Con su participación activa y libre en estos foros, el cristiano defiende la dignidad del hombre, como persona e hijo de Dios; la vida humana desde su comienzo hasta su declinar natural, la justicia, los derechos de la persona y de las familias, las grandes causas de la humanidad…

Una de las consecuencias palpables de la libertad es el pluralismo. Si el individuo y los grupos sociales proponen el valor de sus convicciones, es natural que aparezcan opciones diversas, entre las que se establece un diálogo abierto, con respeto de las opiniones contrarias, pero sin ceder en aquellos puntos intangibles, derivados de la propia naturaleza humana, que pertenecen a los fundamentos primarios del ser o de la sociedad. Se evita así el error de confundir el pluralismo con el relativismo, la libertad con la espontaneidad irracional, la democracia con la falta de puntos firmes de referencia.

El auténtico pluralismo no se puede fundamentar en el relativismo, porque entonces las convicciones se tratarían como meras convenciones, con el peligro de acabar no respetando la diversidad: actitudes que se suponen minoritarias (aunque frecuentemente no lo sean) se ven avasalladas por quienes dominan los resortes de la opinión pública, el poder económico o la burocracia oficial. Y esto se aplica hoy especialmente a la investigación científica, con particular incidencia en las cuestiones biotecnológicas. Las decisivas connotaciones éticas que tienen algunas de las indagaciones en curso han de incitar a los científicos de buena voluntad, y en primer lugar a los cristianos, a tomar posturas netas en defensa de la vida humana. Porque –como afirmaba el Beato Josemaría en un discurso académico del año 1974– «la necesaria objetividad científica rechaza justamente toda neutralidad ideológica, toda ambigüedad, todo conformismo, toda cobardía: el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico, y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones incómodas, porque a esa rectitud comprometida no corresponde siempre una imagen favorable en la opinión pública»[7].

Con estas precisiones, se reafirma el carácter positivo del pluralismo en una sociedad libre. El Beato Josemaría se ocupó de aclarar que los fieles del Opus Dei pueden defender, y de hecho defienden, posturas diversas, e incluso opuestas, en todo lo que es opinable en la vida social de cada país. Lo formulaba de un modo netamente positivo y con alcance universal: «Como consecuencia del fin exclusivamente divino de la Obra, su espíritu es un espíritu de libertad, de amor a la libertad personal de todos los hombres. Y como ese amor a la libertad es sincero y no un mero enunciado teórico, nosotros amamos la necesaria consecuencia de la libertad: es decir, el pluralismo. En el Opus Dei el pluralismo es querido y amado, no sencillamente tolerado y en modo alguno dificultado»[8]. Cualquier persona, con un mínimo conocimiento de la Prelatura del Opus Dei, ha podido comprobar esta realidad en todos los países donde desarrolla su labor.

De esta forma, se contribuye a difundir en la sociedad un talante positivo de diálogo y apertura, y a evitar que el juego de las presiones contrapuestas convierta en endémico el empecinamiento de los que siempre quieren tener razón y tratan abusivamente de imponer sus criterios a los demás. Por eso el Beato Josemaría impulsó sin descanso a «difundir por todas partes una verdadera mentalidad laical que ha de llevar a tres conclusiones:

– a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal;

– a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen –en materias opinables– soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene;

– y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas»[9].

La libertad resulta esencial para el hacer cristiano. Sólo así, disfrutando de ese albedrío inseparable de la dignidad de hombres y mujeres creados a imagen y semejanza de Dios, se puede entender a fondo el programa central del Beato Josemaría: vivir santamente la vida ordinaria.

[1] Cfr. Gal 4, 31.

[2] Amigos de Dios, n. 30.

[3] FABRO, C., «El primado existencial de la libertad», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, EUNSA, 2ª edic., Pamplona 1985, p. 350.

[4] Es Cristo que pasa, n. 184.

[5] Ibid., n. 28.

[6] Surco, n. 397.

[7] Josemaría Escrivá de Balaguer y la Universidad, edic. cit., pp. 106-107.

[8] Conversaciones…, n. 67.

[9] Conversaciones…, n. 117.

Una historia de “negocios”

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Un joven empresario catalán, Martín Frígola, afincado desde hace veinte años en Costa de Marfil, habla de los diversos negocios que ha emprendido en su vida

Palau-sator, Gerona, años setenta

Soy de Palau-Sator, un pueblo de Girona que data de la época romana. Si uno busca en Google cuántos habitantes tiene el municipio, se encuentra con pocas variaciones: según una web, 283; y según otra, 284. El pueblo –que no llegará a los doscientos habitantes- conserva su aspecto feudal, con su recinto amurallado y la torre del antiguo castillo medieval que sobresale, imponente, sobre los tejados.

Allí pasé mi infancia, ayudando a mis padres –y pasándomelo en grande, todo hay que decirlo- en el negocio familiar: en aquel tiempo tenían diversos cultivos de cereales, hortalizas y frutales, junto con una granja de cerdos.

Doy gracias a Dios por aquella infancia rural en los años setenta, cuando tantos niños europeos sólo conocían las cabras gracias a la televisión. Yo pasé muchas horas de mi infancia y de mi adolescencia rodeado de animales y regando melocotoneros. Realicé mis primeras experiencias comerciales en el mercado de Palafrugell, donde vendía frutas y tomates, y disfrutaba de lo lindo.

Pero sobre todo le agradezco a Dios haber nacido en una familia cristiana –mi padre es supernumerario del Opus Dei- y haber conocido la Obra en Bell-lloc del Pla, un colegio de Girona donde estudié el Bachillerato a partir de los doce años. En Girona descubrí mi vocación y pedí la admisión en el Opus Dei como numerario. Poco después me fui a Valencia, donde estudié algo previsible por mis antecedentes familiares: soy ingeniero agrónomo.

Un cambio inesperado

Palau-Sator

En 1987, al acabar la carrera, empecé a trabajar en una empresa de proyectos agrícolas. Hasta aquí, nada de singular. Es el currículum habitual de tantas personas de mi generación. Lo novedoso fue cuando los directores del Opus Dei me preguntaron si estaría dispuesto a ejercer mi profesión y ayudar en la labor apostólica en Costa de Marfil, que estaba en sus comienzos.

¡Costa de Marfil! No tenía la menor idea de dónde se encontraba. Lo localicé en el mapa y acepté la propuesta sin dudar, aunque el contacto más cercano que había tenido con el trópico habían sido las palmeras tinerfeñas de mi servicio militar…

Empecé a buscar medios para ganarme la vida en el que iba a ser, dentro de muy poco, mi nuevo país. Pedí información en la Cámara de Comercio de Valencia sobre las empresas que mantenían relaciones comerciales con Costa de Marfil, y comencé a hacer entrevistas. Hice un curso de francés de pocas semanas en París. porque dudaba que con mi nivel de Octavo de Básica pudiera mantener una conversación inteligible, y al final encontré una posible línea de negocio: la exportación de pieles de cabra y oveja para la fabricación de bolsos y zapatos. Y comenzó la aventura.

Una aventura humana, profesional y espiritual. Al bajar de la escalerilla del avión, tras el trayecto Madrid-Abidján con escala en Lagos, me encontré ante un país y un ambiente tan desconocido como fascinante.

Hacía tanto calor cuando llegué, que pensé que no habían parado los motores del avión; pero no; así era –es- el clima de este país: un calor húmedo, denso, mezclado con el olor inconfundible de la selva. Luego vino el encuentro con la cama con mosquitera, y al día siguiente, el saludo de los pájaros tropicales al despertarme, con unos sonidos agudísimos que yo sólo conocía por las películas de safaris…

Nuevas experiencias

La aventura profesional no tenía nada que envidiar a la humana. Había hecho en España una serie de contactos; pero eran sólo eso: una serie de contactos. Afortunadamente, en la Oficina Comercial de la Embajada española me dejaban enviar un télex de vez en cuando. Fui tanteando el terreno y al fin me planteé la posibilidad de montar un negocio de cemento; pero aquello se quedó en nada. Hablando con unos y con otros, me lancé a comprar pieles en la vecina Mali.

Fueron unos años en los que tuve que ingeniármelas por mi cuenta, porque en la carrera no me habían enseñado nada sobre los agentes de aduanas y las compañías marítimas. Pero a caminar se aprende andando y empecé a exportar las primeras pieles de cabra desde Costa de Marfil y Mali. Y vinieron las experiencias, unas buenas y otras malas, porque en unos negocios saqué lo comido por lo servido; en otros me fue bastante bien; y en otros… me estafaron.

Pascal

Al principio estaba solo, hasta que en 1992 conocí a Pascal, un joven despierto que trabajaba de albañil. Vi que era un hombre honrado y valioso, de gran inteligencia práctica, y le propuse un pequeño negocio de materiales de construcción: yo los traería de Europa y él se encargaría de venderlos en el país. El negocio cuajó, aunque luego lo dejamos, porque no tenía expectativas de futuro.

Lo bueno es que Pascal se convirtió en un colaborador cada vez más eficaz: aprendió informática y viajó a Vic para adquirir experiencia. Dio el salto de albañil a pequeño empresario.

Yo también tuve que dar mi propio salto y hacer una transformación profesional, ya que como fruto de las importaciones de material de construcción que hice, me fui convirtiendo poco a poco en un constructor. Y luego, he ido poniendo en marcha diversos negocios –exportación de aceites esenciales, de hierbas medicinales, de colorantes alimentarios, etc.- junto con algunos amigos africanos, con el deseo de ayudar al progreso de este joven país.

Costa de Marfil

Un país joven en la fe

Costa de Marfil es un país joven en muchos aspectos, también en lo que se refiere a la fe cristiana: cuenta sólo con poco más de un doce por ciento de católicos. Y si la aventura resulta apasionante desde el punto de vista humano y profesional, lo es mucho más desde el punto de vista espiritual. Costa de Marfil ha celebrado recientemente su primer siglo de cristianismo y se encuentra en una situación de gran desarrollo apostólico.

Cuando llegué, hace casi veinte años, era difícil encontrar una Misa entre semana en la capital, Abidján. Ahora hay misas todos los días en todas las parroquias, y están abarrotadas de fieles, con muchos jóvenes. Se multiplican las conversiones; y también se multiplica, como es lógico, el trabajo de formación en la fe.

La familia

Un campo importante de esa formación es la familia, porque hay todavía pocas familias cristianas que sirvan como punto de referencia a los matrimonios cristianos jóvenes de Costa de Marfil. Aunque las leyes prohíban formalmente la poligamia, muchos marfileños han nacido -y siguen naciendo- en el seno de unas familias con relaciones poligámicas, de carácter matriarcal, donde la autoridad del tío materno es, con frecuencia, mucho más importante que la del padre. Esto explica que con frecuencia los padres no se sientan responsables de la educación de sus hijos.

En el pasado era el clan el encargado de educarlos, en un sentido muy amplio; pero en la actualidad, con la progresiva desaparición de los clanes, los padres de familia cristianos necesitan ejemplos para imitar: ejemplos de padres y madres que se ocupen de sus hijos y velen por su educación humana, profesional, cristiana, moral….

Eso me llevó a impulsar, junto con varios amigos africanos, unos cursos de orientación familiar, que están viniendo como agua de mayo.

Los colegios

Pero las necesidades no se quedan ahí. Se necesitan colegios. Hasta 1990 el país contaba con instalaciones suficientes de carácter educativo, pero con la crisis económica dejaron de construirse edificios con fines docentes y a causa del conflicto armado del 2002 se destruyeron bastantes colegios y hubo un gran movimiento de la población hacia el Sur.

Las carencias en este campo son enormes y la necesidad de poner en marcha nuevos proyectos educativos es tan urgente como evidente.

He colaborado con varias familias en el primer “granito de arena” en este campo: un parvulario que abrió sus puertas el 13 de noviembre de 2006 y que desea ser el germen de una serie de colegios en el país, donde muchas familias encuentren una ayuda valiosa para la educación de sus hijos.

Contamos para este proyecto, además, con la ayuda y el aliento espiritual del Opus Dei. Cuando escribo estas líneas me encuentro en España, donde he venido para asesorarme en la puesta en marcha de este tipo de empresas educativas. En octubre de 2007 comenzará la andadura del primer colegio.

Para la formación de directivos

Las necesidades formativas del país abarcan diversos sectores. Un sector decisivo es la formación de directivos y de empresarios, que deben ser los motores económicos de Costa de Marfil.

Esto me parece un punto vital para el desarrollo de una sociedad como la nuestra, que sufre tantas carencias, y que soporta desde hace tantos años unos conflictos armados. Por esa razón, un grupo de empresarios y directivos de diversas empresas nos hemos unido para prestar este servicio a la sociedad, con el afán de poner en marcha una institución de formación continua de empresarios sin ánimo de lucro.

Ya hemos organizado varios seminarios, asesorados por entidades españolas como el IESE, con gran éxito. Por el seminario de Ética en los negocios ya han pasado 250 ejecutivos.

Este tipo de formación empresarial es muy importante, porque la corrupción y la estafa –que yo he sufrido en mis propias carnes- son grandes obstáculos para el desarrollo de cualquier país.

Como las selvas africanas

Durante estos casi veinte años muchos de mis amigos africanos se han ido acercando al Opus Dei, y Dios les ha concedido a algunos la gracia de la vocación.

También, gracias al apostolado personal, el espíritu de la Obra va empapando el ambiente de numerosas personas y sus familias, y va vivificando muchas vidas y costumbres, del mismo modo que el agua vivifica estas impresionantes selvas africanas.

Recibo muchas lecciones de los africanos, y procuro –como enseñaba san Josemaría- aprender cada día algo de ellos: tienen una gran vitalidad, grandes deseos de progreso y de mejora espiritual; y algunos son muy buenos comerciantes.

El mejor negocio

A estos amigos míos les hago partícipes del mensaje del Opus Dei: la empresa más importante de nuestra vida es la propia santificación. Afortunadamente, en ese negocio, el negocio de la santidad personal, contamos con un Socio que nunca nos falla y que nos da toda su gracia; pero al mismo tiempo espera nuestro trabajo y  nuestra correspondencia.

Los hombres de negocios que son padres de familia entienden muy bien algo que recordó muchas veces san Josemaría: el mejor negocio para unos padres es darles a sus hijos una buena educación humana, profesional y cristiana.

Luego están los otros negocios humanos, que hay que santificar y donde podemos encontrar a Dios, realizándolos con la máxima perfección humana y espiritual que podamos.
El objeto de esos negocios puede ser muy variado: desde la exportación de pieles de cabra, ladrillos y colorantes, hasta los tomates de huerta, que me recuerdan tanto mi primera y decisiva escuela de negocios: el mercado de Palafrugell.


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