“El respeto del derecho a la libertad religiosa constituye el fundamento del respeto de cualquier otro derecho”

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Mons. Mamberti, secretario de la Santa Sede para las relaciones con los estados, habló en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (Roma) sobre el derecho a la libertad religiosa.

Respetar la libertad religiosa en el mundo quiere decir hoy combatir «la cristianofobia, la islamofobia y el antisemitismo», explicó Mons. Mamberti en un encuentro celebrado en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en Roma.

Opus Dei - Mons.  Mamberti y el profesor Navarro.

Mons. Mamberti y el profesor Navarro.

Monseñor Dominique Mamberti es el secretario de la Santa Sede para las relaciones con los estados, figura similar al «ministro» de exteriores en otros países.

Según el prelado, la «cristianofobia» «es un conjunto de comportamientos que se derivan de la falta de educación o de la mala información, de la intolerancia y de la persecución».

El prelado dio una conferencia sobre «Protección del derecho de libertad religiosa en la acción actual de la Santa Sede». Ilustrando la posición de la Iglesia, explicó que «el respeto del derecho a la libertad religiosa constituye el fundamento del respeto de cualquier otro derecho, pues cuando la libertad religiosa está en peligro, todos los demás derechos vacilan».

La libertad religiosa, «derecho que no puede suprimirse», tiene «una dimensión privada, pública e institucional».

El secretario de la Santa Sede se refirió a San Josemaría Escrivá de Balaguer, como “apasionado y valiente defensor de la ‘aventura de la libertad humana’, como a él le gustaba repetir, refiriéndose, sobre todo, a la correcta autonomía y responsabilidad de los fieles laicos a la hora de cumplir su misión en el mundo”.

Opus Dei - El  público que asistió a la conferencia en el Aula 'Álvaro del Portillo' de  la Universidad romana.

El público que asistió a la conferencia en el Aula ‘Álvaro del Portillo’ de la Universidad romana.

Mons. Mamberti subrayó además que «la libertad religiosa no es sólo uno de los derechos humanos fundamentales, sino que es el derecho preeminente, pues como recordaba Juan Pablo II su defensa constituye el test para verificar el respeto de todos los demás derechos».

Por lo que se refiere al diálogo interreligioso y entre las culturas, aclaró que «es posible sólo si no se renuncia a la verdad».

Molinoviejo, mayo de 1951

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

El 28 de abril de 1951, Mons. Escrivá abandona Roma para pasar unos días en España. Se instala en Molinoviejo, cerca de Segovia, lugar que evoca en él multitud de recuerdos.

El motivo de su viaje es el Congreso General de la Sección de varones del Opus Dei, que se va a celebrar allí.

Con la aprobación definitiva de la Obra, hace apenas un año, la Santa Sede ha confirmado su organización y su forma de gobierno. El dinamismo apostólico del Fundador y su profunda formación jurídica se ponen de manifiesto tanto en la manera como ha querido que la Obra esté gobernada como en su estructura interna, que él mismo describirá a un periodista francés como una organización desorganizada.

En cuanto a la estructura, es de lo más sencilla: en cada una de las Secciones -de hombres y de mujeres-, que funcionan separadamente, siempre con el mismo espíritu, un Consejo, formado por sacerdotes y por seglares, asesora y asiste al Presidente General (desde el 28-XI-82, Prelado, que da y asegura la unidad fundamental de espíritu y de jurisdicción entre las dos Secciones) -que en esta etapa fundacional es el Fundador mismo- en el gobierno de cada una de las Secciones. En cada país o región, un Consiliario (actualmente. Vicario Regional) preside órganos similares.

De arriba abajo, cada escalón de gobierno se limita a estimular el apostolado de todos los miembros y mantener el espíritu propio de la Obra. Porque la actividad esencial del Opus Dei -su razón de ser- no es otra que garantizar la formación de sus miembros y ayudarles a perseverar en el camino al que Dios les ha llamado. En cuanto a sus iniciativas apostólicas, pueden revestir las formas más variadas, ya que la diversidad de situaciones en que cada cual se encuentra es prácticamente inagotable. En consecuencia, la autonomía de los miembros es total no sólo en lo que concierne a sus actividades familiares, profesionales y sociales, sino también en la manera concreta en que se esfuerzan en acercar a Dios a quienes les rodean. A la Obra sólo le interesa que el espíritu sobrenatural que la anima se transmita íntegramente.

De todo ello se deriva una forma de gobierno basada en la descentralización, la delegación de responsabilidades e iniciativas y la colegialidad, lo cual, por otra parte, responde adecuadamente al carácter secular del espíritu del Opus Dei. El Padre confía plenamente en que cada uno de sus hijos sabrá cumplir con su deber y enseña a éstos a hacer lo mismo con los que dependen de ellos en sus tareas de gobierno. Por eso suele decir que tiene más confianza en la afirmación de uno de sus hijos que en la de mil notarios juntos y unánimes.

Una de las normas aprobadas por la Santa Sede prevé que cada Sección organice, periódicamente y por separado, un Congreso General, en el que participarán determinados miembros de la Obra. Tales Congresos darán ocasión a revisar la situación apostólica en cada país o región, formular iniciativas y designar el Consejo general de la Sección de varones o, en su caso, la Asesoría Central de la Sección de mujeres.

El que va a celebrarse, presidido por el Fundador, será el primero de estos Congresos.

“Consummati in unum”

Nada más llegar a Molinoviejo, el Padre tiene la alegría de volver a ver a algunos de sus hijos mayores.

Les habla de Roma, de los apostolados en Italia, del curso de las obras en Villa Tévere… Con la fe y el tono vibrante que le caracterizan, evoca también la expansión futura de la Obra.

Durante los ratos de charla con los miembros del Congreso, y en las meditaciones que les dirige, comenta aquellas palabras del Señor: Consummati in unum… “Para que sean consumados en la unidad y conozca el mundo que Tú me has enviado y los has amado como me amaste a mí” (loh., XVII, 23). Unidad de todos los miembros de la Obra, repartidos ya por un número creciente de países. Unidad profunda de sentimientos y de doctrina, que garantiza la espontaneidad de las iniciativas apostólicas. Unión con la cabeza visible de la Iglesia, el Papa…

Para responder a los testimonios de afecto que le ha enviado el Fundador, Pío XII, por mediación de Mons. Montini, ha enviado el siguiente telegrama: “Soberano Pontífice, vivamente conmovido testimonio filial adhesión Congreso General del Opus Dei, desea luces, gracias divinas sobre trabajos para seguro, eficaz servicio Iglesia, otorgando de todo corazón Vuestra Señoría, congresistas, implorada bendición apostólica”.

Nueva campaña denigratoria

El 12 de mayo de 1951, al regresar a Roma, el Fundador del Opus Dei se encuentra con una mala noticia: a pesar de las aprobaciones de la Santa Sede, las antiguas calumnias vuelven a levantar cabeza, ahora en Italia. Como en España durante los años cuarenta, alguien se ha tomado la molestia de calentar los cascos a las familias de los primeros miembros italianos de la Obra. Confundidos por informaciones engañosas, un puñado de personas han dirigido una carta al Papa acusando al Opus Dei de haber desviado a sus hijos del camino recto… Algo que puede tener graves consecuencias en un momento en el que la Obra acaba de recibir el definitivo respaldo de la Santa Sede.

La injuria es particularmente penosa para el Padre, que siempre ha procurado que sus hijos se muestren llenos de delicadeza y afecto con su familia de sangre. Tanto, que, cuando habla del cuarto mandamiento de la Ley de Dios -”honrar padre y madre”- lo llama el dulcísimo precepto del Decálogo.

Antes de iniciar gestión alguna para contrarrestar las calumnias, escribe en una nota: Roma, 14 mayo 1951. Poner bajo el patrocinio de la Sagrada Familia, Jesús, María y José, a las familias de los nuestros: para que logren participar del “gaudium cum pace” de la Obra y obtengan del Señor el cariño para el Opus Dei.

Unas horas más tarde, mientras visita las obras de Villa Tévere, el Padre cumple su promesa: se detiene en una sala rectangular, destinada a oratorio, y allí, entre aquellos muros todavía encofrados, pone en manos de la Sagrada Familia de Nazaret la solución del problema concreto, y también, de forma más amplia, las familias de todos los miembros de la Obra, actuales y futuros.

Al cabo de unos días, las personas que, de buena fe, habían firmado aquella carta van retirando sus firmas, una a una. Había bastado con explicarles los fines de la Obra y hacerles ver claramente que las informaciones que les habían dado eran falsas.

Una vez terminado aquel oratorio, dedicado a la Sagrada Familia, el Padre mandará colocar, encima del altar, un cuadro de un pintor italiano que representa a la Sagrada Familia de Nazaret y, sobre un muro lateral, una placa en mármol con el texto de la consagración escrita por el Fundador, texto que se leerá todos los años, en la festividad de la Sagrada Familia, en todos los Centros de la Obra:

… Oh Jesús, amabilísimo Redentor nuestro, que al venir a iluminar el mundo, con el ejemplo y con la doctrina, quisiste pasar la mayor parte de tu vida sujeto a María y a José en la humilde casa de Nazaret, santificando la Familia que todos los hogares cristianos debían imitar: acoge benignamente la consagración de las familias de tus hijos en el Opus Dei, que ahora te hacemos (..). Tómalas bajo tu protección y custodia, y haz que se acomoden al divino modelo de tu Sagrada Familia.

Una peregrinación de penitencia

Calmados ya los ánimos, el Fundador del Opus Dei sigue consagrando todas sus energías a la formación de sus hijos e hijas y a sus tareas como Presidente General. Piensa, entre otras cosas, en los que pronto irán a Colombia y en la instalación de una amplia residencia de estudiantes en Londres, la cual podrá ser un foco de irradiación cristiana en toda Inglaterra y en aquellos países que conservan las huellas de la influencia británica. También da vueltas a otros proyectos, como la posible creación de una Universidad en España…

Con todo, sin que nada lo justifique en apariencia, tiene como un extraño presentimiento. Algo así como lo que les sucede a las madres, que tienen como un sexto sentido que les hace adivinar los problemas de sus hijos, aunque se encuentren lejos… Está pasando algo; no sé lo que es, pero algo está sucediendo…

La inquietud del Padre es tanto más viva en cuanto que la falta de elementos objetivos le impide acudir a alguien para defenderse o pedir explicaciones.

En tales circunstancias, su único recurso está en la Madre de Dios. Así, próximo ya el 15 de agosto de 1951, en Castelgandolfo, a donde va con frecuencia, anuncia a sus hijos su propósito de honrar a la Virgen en la fiesta de la Asunción haciendo una peregrinación a Loreto para consagrar toda la Obra a la Señora.

-El día 15 pondré en las manos de María, en Loreto, la Obra entera; colocaré vuestros corazones en la patena y se los ofreceré al Señor. También le ofreceré, por medio de María, a todos los demás hombres y a todos los países del mundo, porque siempre que se trata del Señor soy muy ambicioso. Haremos un viaje rápido, como mortificación.

El 14, en las primeras horas de la tarde, parte en coche hacia Loreto, acompañado por don Álvaro del Portillo y otros dos miembros de la Obra. Hace un calor bochornoso, propio del ferragosto, como dicen los italianos. En esta ocasión, el Padre no habla, ni tampoco canta, como suele hacer cuando viaja. Sus acompañantes respetan su silencio y su recogimiento, asociándose mentalmente a su oración, conscientes de estar viviendo un momento de excepcional importancia.

Cuando, a la caída de la tarde, llegan por fin a Loreto, numerosos peregrinos se dirigen al Santuario. Nada más descender del automóvil, el Padre se encamina hacia la basílica a tal velocidad que los que le acompañan le pierden de vista. Inmediatamente, entra en la Casita de Nazaret, enclavada en el templo (la cual, según la tradición, fue transportada a Loreto milagrosamente) y reza allí fervorosamente, después de leer una y otra vez, con intensa emoción, la inscripción grabada encima del altar de la capilla: “Hic Verbum caro factum est”. Aquí, en una casa construida por la mano de los hombres, en un pedazo de la tierra en que vivimos, habitó Dios.

Al día siguiente, a las nueve de la mañana, celebra la Santa Misa en ese mismo altar de la capilla, pero el ajetreo de la multitud de peregrinos en ese día de la Asunción es tal que le resulta difícil recogerse. Cada vez que, según prescriben las rúbricas, besa el altar, tres o cuatro campesinas lo besan también.

Durante la acción de gracias, prosigue el ajetreo, hasta tal punto que, para evitar los empujones, tiene que refugiarse en un estrecho pasillo situado tras el altar. Pero los peregrinos lo invaden también, a empujón limpio…

El Padre ofrece esas molestias -fruto de la devoción de aquellas gentes- y se concentra en lo que le ha llevado allí: depositar su inquietud en manos de la Virgen; consagrar al Inmaculado Corazón de María el Opus Dei y todos sus miembros: nuestros cuerpos, nuestros corazones y nuestras almas; tuyos somos nosotros y nuestros apostolados; pedirle que mantenga firme y seguro el camino de la Obra…

Pronto, le invade una paz profunda, de tal forma que, cuando abandona el Santuario de Loreto, abriga la convicción de que, si la Obra está amenazada, como confusamente presiente, no hay nada que temer: la Madre de Dios, a la que acaba de consagrar la Obra entera en la “Santa Casa”, velará por ella.

Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum! Corazón dulcísimo de María, prepáranos un camino seguro… ¡Allana las dificultades! ¡Ábrenos el camino!

En Italia, en España, en Portugal

Durante las siguientes semanas, el Padre visita otros Santuarios marianos: Nuestra Señora de Pompeya, cerca de Nápoles; Lourdes, el 6 de octubre de 1951, camino de España, donde va a asistir al primer Congreso General de la Sección de mujeres de la Obra; el Pilar en Zaragoza… En todos ellos, renueva la consagración que ha hecho en Loreto y repite la misma jaculatoria: Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum!

A sus hijas, reunidas en Los Rosales, una casa situada en las proximidades de Madrid, les habla de la expansión de la Obra en el mundo, de la maravillosa aventura que van a vivir si permanecen fieles a los medios sobrenaturales de siempre: oración, mortificación, Sacramentos…

Unos días antes, un joven ingeniero, Bartolomé Roig, ha ido a establecerse en Venezuela y el 11 de octubre, durante su estancia en España, el Padre bendice a don Teodoro Ruiz Jusué, a punto de partir hacia Colombia. Luego, con amoroso impulso, descuelga un crucifijo de mármol que pende sobre su cama y se lo entrega, con dos tomos encuadernados de las obras de San Agustín y un cuadrito con una imagen de la Virgen pintada sobre cobre, regalo de su hermana Carmen. Son los únicos “tesoros” que le puede dar…

El 19 de octubre, procedente de Coimbra, se detiene una vez más en Fátima antes de seguir viaje a Lisboa. Reza intensamente en la capilla de las apariciones y vuelve a consagrar la Obra al Inmaculado Corazón de María.

Fin de una amenaza

El 24 de octubre ya está de nuevo en Villa Tévere, en Roma. Allí le informan de que va a haber que prescindir de los servicios de la empresa constructora, porque no cumple el contrato. Por otra parte, son tales las dificultades financieras que hay que restringir los gastos al máximo. Los alumnos del Colegio Romano dejan prácticamente de fumar y se dirigen a pie a la Universidad o a su lugar de trabajo.

Don Álvaro del Portillo se esfuerza por hacer frente, no sin dificultades, a los vencimientos de los créditos y pide ayuda a diestro y siniestro…

Nadie piensa en reducir, o en renunciar a concluir, los edificios de la sede central de la Obra, porque no es ése el espíritu del Opus Dei, tal y como el Padre se lo ha transmitido a sus hijos: Las obras de Dios no fracasan nunca por falta de medios materiales; si fracasan es por falta de buen espíritu.

Así pues, las obras de Villa Tévere no se interrumpen. A finales de año, el Fundador puede bendecir un oratorio y consagrar el altar de Villa Sacchetti, edificio independiente reservado a las mujeres de la Obra, cuyo oratorio dedica al Corazón Inmaculado de María en recuerdo de la Consagración hecha el 15 de agosto. Porque aquel presentimiento de un peligro que amenaza a la Obra le sigue atosigando, aunque no sabe cuál es…

Hasta que una carta de sus hijos de Milán viene a arrojar un poco de luz: el 18 de febrero de 1952, dos miembros de la Obra -un sacerdote y un laico- habían ido a visitar al Cardenal arzobispo, como solían hacer periódicamente, para tenerle al tanto de sus labores apostólicas. Nada más llegar, el Cardenal Schuster les había preguntado por el Padre.

-¿No tiene ahora una especial contradicción, una Cruz muy fuerte?

Los dos miembros de la Obra le habían respondido que no sabían nada, pero que si era así estaría muy contento, porque siempre había enseñado a sus hijos que cuando se está cerca de la Cruz, se está muy cerca de Jesús…

-No, no -había insistido el Cardenal-. Decidle que recuerde a su paisano San José de Calasanz y… que se mueva.

A1 recibir la carta de sus hijos, lo comprende todo. Conoce bien la historia del Fundador de las escuelas Pías. No en vano había sido en Barbastro alumno de una de ellas, sin olvidar que San José de Calasanz era aragonés y estaba emparentado con su familia…

Aquel santo de su tierra había fundado en Roma una congregación religiosa para instruir y educar a niños de familias humildes, pero, al final de su vida -tenía ya más de ochenta años- había sido víctima de incalificables intrigas, urdidas por uno de sus hijos, el Padre Mario. Éste, engañando al Papa, le había denunciado al Santo Oficio, logrando usurpar su cargo de Superior y que se le expulsara de la congregación que había fundado…

No tarda en recibir datos más concretos: existe, en efecto, un proyecto de desmantelamiento de la Obra que, a diferencia del caso de San José de Calasanz, procede de fuera. Un plan verdaderamente diabólico: se trata de escindir las dos secciones del Opus Dei -masculina y femenina- y de obligar al Fundador no sólo a renunciar a su cargo de Presidente General, sino a apartarse de la Obra.

El proyecto, al parecer, está ya en manos de altas jerarquías del Vaticano. Aprobarlo es tanto como destruir la Obra, porque la unidad de espíritu entre las dos Secciones y la unidad de gobierno, garantizadas por la persona del Presidente General, es algo esencial, que forma parte del carisma fundacional.

El segundo objetivo -la expulsión del Fundador- le hace decir, con lágrimas en los ojos: Si me echan, me matan; si me echan, me asesinan. Se siente como aplastado entre dos planchas de hierro. Si su corazón no estalla es por su ilimitada confianza en Dios y por la seguridad que le proporcionan sus recientes peregrinaciones a los Santuarios de la Virgen.

Se da cuenta, también, de que hay que actuar, debe “moverse”, como le ha aconsejado afectuosamente, por mediación de sus dos hijos de Milán, el Cardenal Schuster.

Oficialmente, sin embargo, el Presidente General del Opus Dei sigue sin saber nada. Además, no puede presentar un recurso contra una decisión que todavía no se ha tomado. Queda la posibilidad de dirigirse personalmente al Papa, haciéndole saber que está al corriente de lo que se trama…

La carta es filialmente, dolorosamente directa. Mons. Escrivá no pide nada para él. Lo único que pide es que, por amor a la justicia, se le hagan conocer abiertamente las acusaciones. El Fundador abre su conciencia de sacerdote enamorado de la Iglesia: no tiene ningún miedo a la verdad. Bien sabe el Padre que se trata de una campaña de calumnias y falsas acusaciones: una inexplicable celotipia ha hecho que, una vez más, se propalen falsedades, con el fin de levantar un clima de sospecha y desconfianza en contra de la Obra. No le importa por su persona; lo que no puede tolerar es la ofensa a Dios y la injusticia que eso supone para con todas sus hijas e hijos, que sirven a la Iglesia con plena fidelidad al espíritu y a las normas expresamente aprobadas por la Santa Sede.

Cuando el Fundador da a leer la carta a don Álvaro del Portillo, éste pide al Padre que le deje firmarla también.

Unos días más tarde, el 18 de marzo de 1952, el Cardenal Tedeschini, encargado de presentar a la Santa Sede los asuntos relacionados con el Opus Dei, lee la carta a Pío XII. Aunque el procedimiento ha sido realmente muy poco usual, el Papa, emocionado sin duda por la excepcional franqueza de Mons. Escrivá y la sinceridad que emana de su misiva, le responde inmediatamente que no es cuestión de que tales propuestas sean aceptadas.

Una vez más, un intento de destruir el Opus Dei ha sido desbaratado.

Para don Josemaría, como para el puñado de miembros de la Obra que saben lo que ha pasado, ha sido la Madre de Dios, ardientemente invocada en Loreto y en otros santuarios marianos, quien ha obtenido esta gracia extraordinaria.

En junio de 1952, el Fundador completa el acto de entrega a la Virgen María del año anterior con una nueva consagración de la Obra, en este caso al Sagrado Corazón de Jesús.

Finalmente, el 26 de octubre, festividad de Cristo Rey, en un pequeño oratorio de la sede central, todavía sin terminar, el Padre pide al Señor que otorgue la paz a la Obra, al mundo, a todos los hombres de buena voluntad: Oh, dulcísimo Jesús (…), al consagrarte nuestra Obra, con todas sus labores apostólicas, te consagramos también nuestras almas con todas sus facultades; nuestros sentidos; nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones; nuestros trabajos y nuestras alegrías. Especialmente te consagramos nuestro pobres corazones, para que no tengamos otra libertad que la de amarte a Ti, Señor.

Es Dios quien lo hace todo…

A pesar de ser muy graves, estos acontecimientos no han obstaculizado en absoluto el desarrollo de los apostolados de la Obra.

A Roma llegan, cada vez en mayor número, estudiantes y jóvenes licenciados que van a profundizar su formación. A comienzos del verano de 1952, el Padre ruega a su hermana Carmen que se traslade a Salto di Fondi -un pueblo situado entre Roma y Nápoles- para atender al cuidado material de una casa de campo, situada junto al mar, donde pasarán una temporada; en tandas sucesivas, grupos de alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz.

En julio, ocho miembros del Opus Dei reciben las sagradas órdenes en una iglesia de Madrid. Poco antes, se ha instalado en Pamplona una escuela de Derecho, semilla de una futura Universidad. Se trata de un antiguo sueño del Padre, para cuya realización ha rezado y trabajado años y años. Para él es claro que si bien el apostolado de los miembros reviste un carácter personal, de amistad y confidencia, en todos los ambientes, será también necesario promover en todos los países algunas actividades orientadas a la educación y a la promoción social. La iniciativa corresponderá a sus hijos o a sus hijas, en colaboración con otras personas. La Obra se limitará a insuflar su espíritu en esas realizaciones, cuya misión consistirá en contribuir a resolver problemas concretos de un país, una región o un sector de la sociedad, constituyendo, al mismo tiempo, instrumentos aptos para difundir la doctrina cristiana y marco propicio al apostolado personal de los miembros de la Obra que en ellas ejerzan su trabajo profesional.

Tal era la finalidad de la Academia DYA, abierta en Madrid en 1933, y de las distintas residencias de estudiantes instaladas desde entonces. Sin embargo, el proyecto actual es más ambicioso, y el Padre espera mucho de él: una Universidad digna de ese nombre, cuya influencia se extenderá no sólo a toda España, sino también a otras naciones.

Poco a poco, buenas noticias empiezan a llegar a Roma, procedentes de los países y ciudades a donde se ha ido en los últimos años.

A comienzos del mes de julio de 1952, algunos de los que habían iniciado la labor en Argentina, tomando como base la ciudad de Rosario, se instalan en Buenos Aires. En agosto, comunican al Padre que se ha producido la primera vocación femenina en aquel país. El 30 de ese mismo mes, un sacerdote parte para Venezuela, y un ecuatoriano que acaba de concluir sus estudios en Roma regresa a su país. Otros dos miembros de la Obra se establecen en Bonn, capital de la Alemania Federal.

En 1953 prosigue la expansión apostólica: se abre en Dublín una Residencia de estudiantes y dos miembros del Opus Dei van a trabajar profesionalmente en Perú y en Guatemala. Finalmente, en París -objetivo del Fundador desde los años treinta- dos miembros de la Sección de varones alquilan un pisito en la calle del Doctor Blanch. En el verano, se les une Fernando Maycas, el joven jurista que ya había residido en París varios años y que ha sido ordenado sacerdote en España. Su instalación definitiva en París marca el comienzo de una labor estable y continuada en Francia.

El Padre realiza un nuevo viaje a España para pasar en Molinoviejo, cerca de Segovia, el 2 de octubre de 1953, fecha en la que se cumple el veinticinco aniversario de la fundación del Opus Dei. En ruta, se detiene en Lourdes para rezar a la Virgen en el mismo lugar donde lo había hecho el 11 de diciembre de 1937, en plena guerra civil, tras el largo y agotador paso de los Pirineos.

Antes de abandonar Roma, ha recibido una bendición especial del Santo Padre mediante una carta del Cardenal Tedeschini, confirmada días más tarde por un telegrama de Mons. Montini, pro-secretario de Estado para los asuntos ordinarios.

En Madrid le esperan sus hijos, para celebrar el aniversario. Porque, en efecto, ha transcurrido un cuarto de siglo desde que vio la Obra por primera vez, mientras repicaban las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles… Ahora, ya puede contemplarla como el Señor la quería, proyectada en el tiempo -siglos- y haciendo en la historia de la humanidad -humilde y silenciosamente- un surco hondo y ancho, luminoso y fecundo.

Al acercarse este aniversario, había recomendado a sus hijos y a sus hijas que realizasen con mayor empeño su trabaja en ese día, intensificando su oración. Sed -en esta tierra tan llena de rencores- sembradores de alegría y de paz: porque este heroísmo sin ruido de vuestra vida ordinaria será la manera más normal, según nuestro espíritu, de solemnizar las Bodas de Plata de nuestra Madre.

Antes de regresar a Roma, el Padre se acerca a Portugal y luego, pasando por Bilbao, llega hasta París, donde sorprende a sus hijos con su visita, el 24 de octubre. Desciende hacia Italia y pasa por Milán y Loreto.

La expansión de la Obra, que no ha hecho más que empezar, le demuestra, una vez más, que Dios la ha querido. ¡No puedo!, ¡no valgo!, ¡no sé!, ¡no tengo!, ¡no soy nada! repite sin cesar, como en los primerísimos comienzos, durante los días que preceden y siguen al aniversario. Y concluye con el complemento lógico de este acto de fe: Pero Tú lo eres todo.

Este 2 de octubre debe ser para sus hijos un nuevo punto de partida, una ocasión de ampliar el horizonte de su apostolado hasta los últimos rincones del planeta.

Vuestra caridad ha de ser amplia, universal: habéis de vivir de cara a la humanidad entera, pensando en todas las almas de todo el mundo. Esa actividad os llevará a rezar por todos, y, en la medida de vuestras posibilidades, a ayudar a todos.

¿Quién, entre los más antiguos, no rememora, al oír estas palabras, aquel mapamundi de la Residencia de Jenner y aquella cruz que el Padre dibujaba, con sus cuatro brazos en forma de flecha, orientados hacia los cuatro puntos cardinales?

1. Hijo de la Iglesia

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El decreto sobre la heroicidad de las virtudes vividas por Mons. Josemaría Escrivá, promulgado el 9 de abril de 1990 por Juan Pablo II, sitúa la figura del Fundador del Opus Dei en un preciso contexto eclesial: la llamada a la santidad de todos los bautizados que es, según Pablo VI, “el elemento más característico del Magisterio conciliar, y por así decir, su fin último”. Mons. Escrivá, desde el 2 de octubre de 1928, dedicó todas sus energías a difundir esa vocación universal a la santidad, “en coincidencia profética con el Concilio Vaticano II”.

Como es bien sabido, el amor a la Iglesia y la voluntad de servirla penetran todos los escritos, la predicación y la vida del Fundador. Me gustaría conocer detalles de cómo manifestaba personalmente, Mons. Escrivá, su profunda convicción de hijo de la Iglesia.

–Conservo el recuerdo imborrable de su llegada a Roma. Era el 23 de junio de 1946. El Padre tenía 44 años. Yo estaba en Roma desde febrero de aquel año, porque el Fundador me había encomendado diversas gestiones para la aprobación pontificia de la Obra. Como las características propias del Opus Dei representaban una novedad absoluta en el Derecho canónico vigente, yo trabajaba en la medida de mis posibilidades, siguiendo las indicaciones precisas del Fundador. Pero me dijeron, entre otras muchas cosas, que no era posible aún obtener la aprobación del Opus Dei: habíamos nacido –ésta fue la expresión literal– con un siglo de anticipación. Las dificultades eran tan grandes, aparentemente insuperables, que decidí escribir al Padre para manifestarle la necesidad de su presencia en Roma.

Aunque en aquel momento padecía una diabetes gravísima –hasta el punto de que el médico que entonces le atendía, el Dr. Rof Carballo, había declinado toda responsabilidad sobre su vida si emprendía aquel viaje–, el 21 de junio el Padre se embarcó en el viejo J. J. Sister, en Barcelona. Antes había pedido su parecer a los miembros del Consejo General del Opus Dei, y se había abandonado en manos de la Virgen de la Merced.

Después de una dura travesía, a causa de una tempestad absolutamente insólita en el Mediterráneo, la nave atracó en el puerto de Génova el 22 de junio, poco antes de la medianoche. Yo había ido a esperarle desde Roma junto con Salvador Canals, otro miembro del Opus Dei. Pasamos antes por un modesto hotel para reservar las habitaciones. Recuerdo que allí Salvador y yo cenamos muy frugalmente: estábamos en plena posguerra, y como postre nos sirvieron un trozo de parmesano. Yo no conocía este tipo de queso, lo probé y me pareció tan bueno que lo guardé para nuestro Fundador. No podía imaginar que sería su primer alimento después de cuarenta y ocho horas. El Padre me tomó siempre el pelo afectuosamente por aquello.

Al día siguiente celebró su primera misa en tierra italiana, en una iglesia muy dañada por los bombardeos. El viaje hasta Roma, en un pequeño coche alquilado, por aquellas carreteras destrozadas tras la guerra, fue interminable e incomodísimo. Pero el Padre rebosaba alegría, sin una queja: le emocionaba pensar que al fin iba a cumplirse una de sus más grandes aspiraciones: videre Petrum. Durante todo el recorrido rezó muchísimo por el Papa.

Llegamos a Roma al atardecer del 23 de junio. Cuando divisó por vez primera la cúpula de S. Pedro desde la Via Aurelia, rezó muy conmovido un Credo. Habíamos subarrendado algunas habitaciones de un apartamento en el último piso de un edificio de la plaza de Città Leonina, nº 9, que tenía una terraza desde la que se veía la Basílica de San Pedro y el Palacio pontificio. Al asomarse a esta terraza y contemplar las habitaciones que ocupaba el Vicario de Cristo, el Padre expresó su deseo de quedarse allí un rato, recogido en oración, mientras los demás, cansados de un viaje tan accidentado, se retiraban a descansar. Llevado por su amor al Papa, y emocionado por estar tan cerca de sus habitaciones, el Padre permaneció en la terraza toda la noche, rezando, sin dar importancia al cansancio del viaje ni a su falta de salud, ni a la tremenda sed que le producía su enfermedad, ni a los contratiempos del viaje en barco.

Este episodio puede dar una idea de la intensidad con que el Fundador amaba a la Iglesia y al Papa. Y, aún más, a pesar del gran deseo –ansia incluso– de acercarse a rezar ante la tumba de San Pedro, el Padre esperó varios días antes de entrar en el Templo de la Cristiandad; tan grande era su espíritu de mortificación.

A finales de aquel mes, exactamente el 30 de junio, el Padre pudo escribir a sus hijos del Consejo General del Opus Dei, que tenía entonces su sede en España: Tengo un autógrafo del Santo Padre para “el Fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei”. ¡Qué alegrón! Lo besé mil veces. Vivimos a la sombra de San Pedro, junto a la columnata.

El 31 de agosto pudo regresar a Madrid, con un documento de la Santa Sede llamado De alabanza de los fines, instrumento canónico que no se otorgaba desde hacía casi un siglo. Las dificultades comenzaban a superarse.

El 22 de octubre de 1946, Mons. Escrivá quiso volver a rezar ante la Virgen de la Merced; después, el 8 de noviembre, volvió desde Madrid definitivamente a Roma, ciudad que sería durante casi treinta años su residencia habitual, hasta el día en que Dios lo llamó a su Presencia.

Volvamos al tema. El Beato Josemaría fue favorablemente acogido en la Curia Romana, especialmente por el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Montini, pero no le faltaron dificultades por parte de algunos eclesiásticos. Algunas veces dijo que había perdido la inocencia al llegar a Roma…

–Pero sus reacciones se caracterizaron por una profunda visión sobrenatural. Por ejemplo, comenzó a ir con frecuencia a la Plaza de San Pedro para rezar el Credo delante de la tumba del Príncipe de los Apóstoles. Utilizaba la fórmula castellana que su madre le había enseñado de pequeño, y cuando llegaba a las palabras: Creo en la Santa Iglesia Católica, añadía el adjetivo romana y, a continuación, un paréntesis: a pesar de los pesares. Una vez, estando yo delante, se lo confió a Mons. Tardini –no recuerdo si ya había sido nombrado Cardenal Secretario de Estado–, y el prelado le preguntó: “¿Qué quiere decir con esto de ‘a pesar de los pesares’?”. El Padre respondió: A pesar de mis pecados y de los suyos. Lógicamente el Padre no quería ofender a Mons. Tardini. Si ningún hombre está exento de pecado, y el justo cae siete veces al día, nuestro Fundador subrayaba la necesidad de que los colaboradores del Papa fuesen muy santos y estuviesen llenos del Espíritu Santo, para que en toda la Iglesia hubiera más santidad.

No admitía ni justificaba la falsa humildad de algunos eclesiásticos, proclives a la “autocrítica” de la Iglesia: la Iglesia, repetía a menudo, no tiene manchas, porque es la Esposa de Cristo. Este meaculpismo, como solía llamarlo, le llenaba de dolor: no admitía que el reconocimiento de la debilidad de los hombres ofuscase la fe en la santidad objetiva de la Iglesia.

El Fundador conoció a tres Papas. ¿Cuáles fueron sus relaciones con el primero, Pío XII?

–El Santo Padre Pío XII le recibió en audiencia muchas veces, y demostró su estima personal por la Obra concediendo las dos primeras aprobaciones pontificias: el Decretum Laudis de 1947, y la aprobación definitiva en 1950. Para mostrar su afecto, nuestro Fundador llegaba incluso a ofrecer al Papa regalos muy sencillos. Por ejemplo, una vez le llevó unas naranjas que había recibido de España (en aquella época no teníamos dinero ni para comer). Otra vez, como sabía que al Santo Padre le gustaba un determinado vino español, consiguió unas botellas y se las regaló.

Hay un episodio significativo de este afecto del Padre por el Sumo Pontífice. Durante una audiencia, en un determinado momento, quiso besar los pies de Pío XII. El Papa le dejó besar uno, pero no quiso que le besara el otro. Entonces el Padre insistió filialmente expresando al Santo Padre que era aragonés y, como todos los aragoneses, tozudo.

Pío XII manifestó su aprecio por el Fundador del Opus Dei en muchas ocasiones. Al cardenal Gilroy y a su obispo auxiliar les confió: “Es un verdadero santo. Un hombre enviado por Dios para nuestros tiempos”. El auxiliar, Mons. Thomas Muldeon, después de la muerte del Padre, consignó este recuerdo en un testimonio escrito.

En una entrevista periodística (Conversaciones, num. 229), el Fundador recordó que, en cierta ocasión, animado por el carácter afable y paterno de Juan XXIII, le dijo: en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Su Santidad… Y el Papa se reía, emocionado, pues sabía que desde 1950 la Santa Sede había autorizado al Opus Dei para admitir como cooperadores a los no católicos e incluso a los no cristianos.

–Sucedió en la primera audiencia que Juan XXIII concedió al Fundador, el 5 de marzo de 1960. El Santo Padre era muy afable y sencillo, lo que facilitaba a sus interlocutores confidencias fuera de todo protocolo. Además, en aquellas audiencias papales, también cuando debía tratar de asuntos importantes, no dejaba de contarle hechos que pudieran alegrarle. Recuerdo que pocos días después de su llegada a Roma le recibió Mons. Montini, entonces Sustituto de la Secretaría de Estado. Nuestro Fundador le habló extensamente de la Obra, y le contó algunas anécdotas apostólicas. Mons. Montini aseguró que enseguida se las referiría al Santo Padre: “Aquí llegan solamente penas y dolores, y el Papa se alegrará mucho cuando conozca tantas cosas buenas que están haciendo ustedes”.

Al término de aquella primera audiencia, Juan XXIII le confió que las explicaciones del Padre sobre el espíritu de la Obra le habían abierto “insospechados horizontes de apostolado”.

A la audiencia privada concedida por Juan XXIII el 27 de julio de 1962, le acompañó don Javier Echevarría. Fue una conversación a solas, entre el Papa y el Fundador del Opus Dei. Sé que hablaron largamente sobre el espíritu y la actividad de la Obra en el mundo, y que pocos días después, el 12 de junio de 1962, el Padre escribió una carta a todos sus hijos del mundo entero pidiéndoles que se unieran al agradecimiento que en justicia sentía hacia Juan XXIII, por haberle ofrecido una vez más el honor y la gloria de ver a Pedro. Debo añadir que nuestro Fundador me habló muchas veces, con gran admiración, de las virtudes sacerdotales del Papa Roncalli.

Durante la dolorosa enfermedad de Juan XXIII, Mons. Angelo Dell’Acqua contó al Padre –le manifestó siempre gran confianza– algunos detalles de cómo cuidaba al Papa. Por ejemplo, mientras estaba junto a la cabecera de su lecho, el Papa le tomaba la mano, y cuando hacía gesto de irse y le soltaba, exclamaba: “Angelino, no me dejes”. El Padre se entristecía al pensar en la soledad en que se encontraba el Papa y daba las gracias de todo corazón a Mons. Dell’Acqua, que, con los más íntimos colaboradores de la casa pontificia, atendían con tanto cariño al Papa Juan XXIII durante sus últimos días.

Por detalles precedentes se intuye que la estima de Pablo VI al Opus Dei y a su Fundador eran anteriores a su elevación al Pontificado.

–Basta recordar que, una vez obtenida la aprobación pontificia del Opus Dei, me pareció oportuno pedir a la Santa Sede, en calidad de Procurador General y en nombre del Consejo General de la Obra, el nombramiento de Prelado doméstico para nuestro Fundador. El entonces monseñor Montini no sólo aprobó mi iniciativa, sino que la hizo suya. Estábamos al comienzo de 1947.

Como conocía bien la humildad del Padre, hice las gestiones sin informarle previamente. En la primavera de ese año llegó una carta de Mons. Montini con el nombramiento del Fundador del Opus Dei como Prelado doméstico. Estaba fechado el 22 de abril de 1947. Mons. Montini alababa al Opus Dei y a su Fundador, y añadía que la Obra era una esperanza para la Iglesia.

El Padre se sintió reconocido, pero me dijo que no quería aceptar y que, con toda su gratitud, pensaba devolver el documento de nombramiento a Mons. Montini explicándole que no deseaba ninguna distinción honorífica. Don Salvador Canals y yo le pedimos que no lo hiciera, y el argumento decisivo fue que con ese nombramiento se mostraba de modo aún más patente la secularidad del Opus Dei. Entonces cambió de parecer y escribió una carta al Sustituto de la Secretaría de Estado manifestando su gratitud por aquella prueba de afecto del Santo Padre y suya. Después nos enteramos de que Mons. Montini había tenido también la delicadeza de pagar de su bolsillo las tasas por el nombramiento.

Pude comprobar de modo particularísimo el afecto de Pablo VI al Padre cuando me recibió después de haber sido llamado a suceder al Fundador. Pablo VI me habló del Padre con admiración y dijo que estaba convencido de que había sido un santo. Me confirmó que desde muchos años antes leía Camino a diario y que le hacía un gran bien a su alma, y me preguntó a qué edad lo había publicado nuestro Fundador. Le respondí que lo había dado a la imprenta cuando tenía treinta y siete años, pero precisé que el núcleo del libro ya había aparecido con el título de Consideraciones espirituales en 1934, y lo había redactado un par de años antes, es decir, a la edad de treinta años. El Papa se quedó un momento pensativo y después observó: “Entonces lo escribió en la madurez de su juventud”.

Aún tengo fresco en mi memoria el recuerdo de aquella visita de Pablo VI al Centro Elis el 21 de noviembre de 1965, día de su inauguración. Los edificios que se levantan en el popular barrio romano del Tiburtino nacieron por iniciativa de Juan XXIII, quien decidió destinar la suma recogida entre católicos de todo el mundo con motivo del ochenta cumpleaños de Pío XII a la creación de una obra social en Roma, confiando el proyecto, la realización y la gestión al Opus Dei. De ahí surgió una estructura polivalente, compuesta por una residencia para estudiantes obreros, un centro de formación profesional con varios programas de especialización técnica y artesanal, una biblioteca, un centro deportivo y una escuela de hogar con todas las actividades necesarias para la promoción de la mujer. Junto al Elis está la iglesia parroquial de San Giovanni Battista al Collatino, confiada a sacerdotes del Opus Dei. El Papa se entretuvo en la visita bastante más tiempo del previsto. Celebró la Santa Misa, bendijo una imagen de la Virgen destinada a la Universidad de Navarra y visitó detenidamente los locales del centro. Al terminar abrazó al Fundador y visiblemente emocionado, exclamó. “Aquí todo es Opus Dei”. Fue un signo de gran consideración hacia la Obra y el Padre, sobre todo teniendo en cuenta que en aquel momento las visitas del Pontífice eran rarísimas; y Pablo VI quiso que la inauguración del Elis se fijase durante la fase final del Vaticano II, para facilitar así la participación de muchos Padres Conciliares en la ceremonia, como sucedió de hecho.

¿Cuál fue el último encuentro del Fundador con Pablo VI?

–Tuvo lugar el 25 de junio de 1973, con unas características singulares, inolvidables. El Padre habló al Papa de temas muy sobrenaturales, y le puso al día sobre el desarrollo de la Obra y los frutos que el Señor concedía en todo el mundo. Pablo VI se alegró mucho, y a veces le interrumpía dejándose llevar por algún elogio o simplemente exclamando: “Usted es un santo”. Lo sé porque, al terminar la audiencia, vi que el Padre tenía un aspecto más bien apesadumbrado, casi triste. Le pregunté el motivo, pero en un primer momento no quiso responderme. Después me contó que el Papa le había dicho aquellas palabras y se había llenado de vergüenza y de dolor por sus propios pecados hasta el punto de protestar filialmente al Papa: No, no. Vuestra Santidad no me conoce. Yo soy un pobre pecador. Pero el Papa le insistió: “No, no, usted es un santo”. Entonces el Fundador replicó lleno de emoción: En la tierra no hay más que un santo: el Santo Padre.

Por otra parte, Mons. Carlo Colombo, asesor teólogico y amigo personal de Pablo VI, ha testimoniado que el Santo Padre le animó a escribir la carta postulatoria para la apertura del proceso de beatificación del Fundador del Opus Dei. Estas son sus palabras: “En el curso de un encuentro con Pablo VI, donde se trataron varios temas, tuve la oportunidad de expresar al Pontífice mi intención de dirigir una carta postulatoria solicitando el inicio del proceso canónico que introdujese la causa de Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Sentí el deber de comunicar al Papa que pensaba dirigirle una carta postulatoria, que no habría escrito si personalmente no hubiera tenido serios motivos para hacerlo: no podía permitirme defraudar la íntima confianza que me tenía el Papa. Pablo VI me dio su pleno asentimiento y aprobación, por la gran estima que sentía por el Siervo de Dios, de quien conocía el gran deseo de hacer el bien que le movía, su amor ferviente a la Iglesia y a su Cabeza visible, y el celo ardiente por las almas”.

Estuve presente, con un grupo de miembros del Opus Dei de varios países, en la Misa que Juan Pablo II celebró para nosotros el 19 de agosto de 1979, donde pronunció la inolvidable homilía en la que dijo, entre otras cosas: “Gran ideal, verdaderamente, el vuestro, que desde sus comienzos ha anticipado aquella teología del laicado que caracterizaría después a la Iglesia del concilio y del postconcilio”. Escuchar directamente al Sucesor de Pedro este elogio de nuestra espiritualidad y de nuestro “ser Iglesia”, me conmovió, a mí y a todos los presentes, y nuestra mente se dirigió al Fundador, que no tuvo oportunidad de conocer al futuro Juan Pablo II, un Papa cuyo nombre está ligado a la historia de la Obra.

El Fundador del Opus Dei ha sido considerado, pues, un precursor del Concilio Vaticano II, aunque no participó personalmente en el Concilio.

–El Padre se alegró mucho por la convocatoria del Concilio Vaticano II y, apenas Juan XXIII la hizo pública, le envió inmediatamente una carta llena de gratitud. Entre otras cosas, preveía que el Concilio colmaría la laguna teológica sobre el papel de los laicos en la Iglesia, como de hecho sucedió.

Pensó que podían convocarle en calidad de presidente general de un Instituto Secular, pues ésa era entonces la configuración jurídica del Opus Dei. En ese caso debería participar como Padre Conciliar junto a otros superiores de Instituciones incluidas en el estado de perfección. Aunque deseaba muchísimo intervenir personalmente en las reuniones conciliares, no le pareció conveniente tomar parte a título de presidente de un Instituto Secular. De hecho podría significar, si no la aceptación de un estatus jurídico inadecuado a la naturaleza de la Obra, al menos un dato que constituiría un precedente poco favorable para la futura revisión del encuadramiento canónico del Opus Dei. Expuso a la Curia los motivos por los que no consideraba prudente participar en el Concilio, y su decisión fue bien comprendida.

Entonces Mons. Loris Capovilla le invitó a intervenir como perito del Concilio, trasladando el deseo del Santo Padre Juan XXIII. Nuestro Fundador reiteró una vez más su disponibilidad total e incondicionada, pero, después de haber agradecido la invitación, explicó las razones por las que preferiría no aceptar, sometiéndose, en todo caso, a la decisión del Papa. En resumen eran éstas: por un lado, no podría dedicar a esta misión todo el tiempo necesario; por otro, varios hijos suyos obispos eran Padres Conciliares, y resultaría chocante que interviniese como un simple perito: no se trataba ciertamente de una actitud de vanidad, sino del deseo de evitar malentendidos a la Santa Sede. Si el Fundador del Opus Dei hubiese aceptado el nombramiento de perito, tras haber rehusado el de Padre Conciliar, alguno podría pensar que lo que buscaba era moverse entre bastidores. En cambio, los que no estaban al corriente de la situación podrían pensar que al Opus Dei no se le concedía ninguna importancia eclesial.

Al mismo tiempo, nuestro Fundador ofreció a la autoridad eclesiástica competente la colaboración de toda la Obra y de sus miembros, muchos de los cuales, efectivamente, participaron en la preparación y desarrollo del Concilio.

Por lo a que mí se refiere, me exhortó a aceptar varios nombramientos de diversas Comisiones del Concilio y a poner todo mi empeño en esta tarea. Al comienzo de los trabajos fui nombrado perito conciliar, Secretario de la Comisión para la Disciplina del Clero y el Pueblo Cristiano, dentro de la cual tuve que intervenir muy activamente.

Es la Comisión que elaboró el decreto Presbyterorum Ordinis

–Exacto. Además fui nombrado consultor de otras tres comisiones conciliares (para los obispos y el régimen de las diócesis; para los religiosos; para la doctrina de la fe; también consultor de la comisión mixta para las asociaciones de fieles) y consultor de la comisión para la revisión del Código de Derecho Canónico. Concluidas las actividades de la Asamblea Ecuménica, recibí el nombramiento de consultor de la comisión postconciliar para los obispos y el gobierno de las diócesis.

Durante el desarrollo de las sesiones conciliares, junto a los resultados positivos y sugerentes, que se condensarían en los documentos definitivos, también hubo discrepancias y confusiones a menudo amplificadas por los periódicos. Esas tensiones hacían sufrir a Juan XXIII y a Pablo VI, como Mons. Dell’Acqua confiaba a nuestro Fundador. Es necesario aclarar que la confianza que este prelado manifestaba a nuestro Fundador, de la que es prueba evidente la abundante correspondencia de este periodo, no era simplemente fruto de la íntima amistad que les unía, sino que el propio Santo Padre animaba al Sustituto de la Secretaría de Estado en esa línea; de esta forma se estableció un canal de comunicación directo, siempre abierto, entre el Papa y nuestro Fundador.

En los tres años de Concilio, sin contar el período preparatorio, nuestro Fundador se entrevistó con muchos Padres Conciliares, peritos, etc. A veces, les invitaba a comer en nuestra sede central; otras, iba a buscarlos a las casas donde se alojaban, casi siempre para devolverles la visita. Hubo días en que recibió más de media docena de visitas, y no le resultaba nada fácil sacar, de sus ocupaciones de gobierno en la Obra, el tiempo necesario para acoger debidamente a esos cardenales, arzobispos, obispos, nuncios, teólogos, etc.

Yo estuve presente en muchas de estas entrevistas, y pude observar con qué sencillez y afabilidad trataba el Padre a quienes venían a verle. Por ejemplo, Mons. François Marty, entonces arzobispo de Reims, que luego sería Cardenal Arzobispo de París, escribió: “En la época del Concilio Vaticano II tuve ocasión de encontrarme varias veces con Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. De aquellas conversaciones tengo el recuerdo de un hombre que sólo hablaba de Dios. Un rato de charla con él era como un rato de oración. Esto era compatible con su buen humor, con su sentido sobrenatural, con su caridad llena de cariño”.

También Mons. Abilio del Campo, Obispo de Calahorra, ha dejado este testimonio: “Creo con sinceridad que Josemaría contribuyó decisivamente a clarificar doctrinalmente muchos puntos en los que las luces que había recibido de Dios y su extraordinaria experiencia pastoral en el mundo del trabajo eran casi insustituibles. Fueron muchos los Padres conciliares que, apoyándose de su amistad, pudieron recoger sus atinados consejos”.

Imagino que algunos de estos consejos procurarían también defender la ortodoxia católica en aquella época en que un malentendido “espíritu conciliar” sembraba cierta confusión

–Es significativo el testimonio de Mons. Giacomo Barabino, entonces Secretario del Cardenal Siri, y hoy obispo de Ventimiglia, que declaraba: “Su defensa de la ortodoxia no procedía de un espíritu conservador, de cerrazón mental o rigidez de carácter. Tenía una evidente preocupación por asegurar la ortodoxia y las estructuras vitales, divinas de la Iglesia; pero no era menos evidente su espíritu de apertura e innovación: me entusiasmaba oírle hablar de cómo era necesario secundar, cada uno desde su sitio, con fidelidad al propio carisma dentro de la Iglesia, la corriente santificadora que el Espíritu Santo derrama en el pueblo de Dios, en cada uno de los fieles, llamados a la plenitud de la vida cristiana. Dentro de su audaz apertura subrayaba la condición misionera de la Iglesia en todos los ambientes, incluso en los más difíciles. Se trataba de una realidad que vivía a diario: la coherencia con la idea fundamental de la que había partido, la vocación universal a la santidad, idea vigorosa que aplicaba continuamente con una elasticidad verdaderamente admirable a las exigencias de los tiempos y al desarrollo de la Iglesia entre los hombres”.

Debió de ser muy grande la emoción de Mons. Escrivá de Balaguer al ver confirmada por el Concilio y convertida en patrimonio de toda la Iglesia aquella intuición que el Señor le había confiado el 2 de octubre de 1928…

–Desde luego. Poco después de la clausura del Concilio solía repetir: Hijos míos, hemos de estar contentos al acabar este Concilio. Hace treinta años, a mí me acusaron algunos de hereje, por predicar cosas de nuestro espíritu, que ahora ha recogido el Concilio de modo solemne. Y en una entrevista concedida a L’Osservatore della Domenica en 1968 declararía: Una de mis mayores alegrías ha sido precisamente ver cómo el Concilio Vaticano II ha proclamado con gran claridad la vocación divina del laicado. Sin jactancia alguna, debo decir que, por lo que se refiere a nuestro espíritu, el Concilio no ha supuesto una invitación a cambiar, sino que, al contrario, ha confirmado lo que –por la gracia de Dios– veníamos viviendo y enseñando desde hace tantos años. La principal característica del Opus Dei no son unas técnicas o métodos de apostolado, ni unas estructuras determinadas, sino un espíritu que lleva precisamente a santificar el trabajo ordinario (Conversaciones, num.72).

Perú: tierra de misión

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

También el espíritu que el Fundador recibiera el 2 de octubre de 1928 en Madrid, ha llegado ya a las estribaciones andinas. Desde 1955 hay Centros del Opus Dei en Perú. Pero es en abril de 1957 cuando su Santidad Pío XII crea la Prelatura territorial de Yauyos, en el territorio desmembrado de la Archidiócesis de Lima, la confía a sacerdotes de la Obra y nombra Prelado a don Ignacio María de Orbegozo.

Estas Prelaturas, denominadas Nullius, son territorios con clero y pueblo, separados de toda diócesis, y en los que el Prelado ejerce una jurisdicción episcopal. Se trata de un encargo particular de la Santa Sede. El territorio de esta Prelatura comprende Yauyos y Huarochirí. Son las provincias de los Andes con mayor pobreza y peores comunicaciones. Con una extensión de 10.000 kilómetros cuadrados y unos 100.000 habitantes de mayoría católica, en 1957 la situación espiritual y material es mísera. Muchos pueblos no han tenido nunca sacerdote ni han sido visitados por un Obispo desde el siglo XVI.

El Padre comunica en Roma esta concesión de la Santa Sede. Y explica a sus hijos el motivo de que el Opus Dei acuda a ese lugar en la tierra del Perú.

«Cuando la Santa Sede llamó a don Álvaro del Portillo a elegir una zona del Perú para erigir una Prelatura que habíamos de llevar, contestó -porque tiene mi espíritu- que aquella que nadie quisiera. Porque la Obra no ha venido a servirse de la Iglesia, sino a servirla» (10)

En 1957, la Prelatura de Yauyos es un lugar de difícil acceso, en la sierra de Perú, y muy abandonado. Don Ignacio María de Orbegozo, y un pequeño grupo de sacerdotes, dará comienzo a la tarea, en silencio, venciendo los mil obstáculos que la situación, el clima y las circunstancias humanas del lugar han de plantear de modo inevitable.

El 2 de octubre de 1957 el nuevo Prelado toma posesión en Yauyos. El terreno es quebrado y montañoso, sembrado de cerros y punas. Hay que conocer muy bien los senderos para no despeñarse en cualquier desfiladero a 5.000 metros de altura. Pero ninguna dificultad ha impedido que los habitantes de la comarca se reúnan hoy en la plaza y en los caminos de acceso. Han traído flores de sus montañas y el suelo está cuidadosamente lleno de retamas: la planta típica de la región. Con el pueblo, las autoridades y el Nuncio de su Santidad. Estos indios son descendientes de los quechua (pueblo del valle cálido), cuyo idioma sobrevive a la cultura de los incas, una de las más importantes de América.

Ocupan completamente la iglesia de Yauyos mientras el Nuncio lee en voz alta la Bula de la Santa Sede. Después de oficiar la Santa Misa, todos los sacerdotes presentes cantan el Te Deum.

Monseñor Orbegozo se dirige por primera vez a sus fieles de Yauyos: con sencillez, con las manos abiertas a sus problemas humanos, a sus necesidades materiales y espirituales.

Les habla de su presencia allí. De lo que le ha llevado hasta Perú. Del Opus Dei, que ha nacido veintinueve años antes, en un 2 de octubre como éste. Les habla del Padre, y les pide que este día recen por el Fundador de la Obra.

Por la noche, un telegrama de Monseñor Escrivá de Balaguer llegará, desde Roma, para bendecir y ayudar este apostolado que comienza. Ha pasado el día unido a Yauyos y con la esperanza puesta en este rincón del mundo.

Durante los próximos años, don Ignacio y el grupo de sacerdotes que le acompañan, recorrerán a pie, o a lomos de un mulo, de día y de noche, toda la región hasta conocerla como la palma de la mano. Ni el soroche (mal de montaña) ni los peligros naturales de la zona conseguirán frenar su trabajo.

En la Navidad de 1959 escribe, recordando uno de sus viajes andinos:

«Los cerros recortaban sus crestas en el firmamento, y sus picos audaces estaban ya más altos que la luna. Y allá arriba, las estrellas (…). ¡Qué maravilla! Pensé en aquellas palabras del Evangelio de San Juan: Por El fueron hechas todas las cosas. Y seguí pensando, y cantando bajito un villancico y otro (…). Llegué a casa. Arrodillado junto al Sagrario, y a los pies de la Virgen, acabé esta correría, que me ha llevado una vez más al convencimiento de que también esta dura y difícil parcela andina será tierra de santos»(11) .

Los primeros sacerdotes que acompañaron a Monseñor Orbegozo tendrán que multiplicarse para llegar a los lugares donde se solicita su presencia. En menos de diez años las Comuniones pasarán de 300 a 4.000. Cerca de 30 sacerdotes ejercen su ministerio en la Prelatura territorial de Yauyos. Se han visitado 10.000 enfermos y se ha predicado en más de 60.000 ocasiones. Se han reparado 153 iglesias y 34 están levantándose de nueva planta.

En 1963 da comienzo un pre-seminario en el colegio Nuestra Señora del Valle. Como consecuencia del trabajo sacerdotal por los pueblos, llegan los primeros alumnos. En 1978 se ordenarán los primeros sacerdotes que, en 1982, ya son dieciocho.

En 1967 se inicia Valle Grande, una obra corporativa del Opus Dei destinada a la promoción de los campesinos, gracias a la puesta en marcha de Programas de Formación en Técnicas Agropecuarias. Con categoría de Instituto Rural, prestan servicios en esta obra de formación, ingenieros agrónomos, veterinarios y técnicos agrícolas. Valle Grande tiene su sede material en San Vicente de Cañete. Cañete fue añadida a la Prelatura de Yauyos en 1962. Desde sus comienzos, asumirá el reto de la promoción técnica, social y humana de los campesinos pobres. La formación espiritual está confiada al Opus Dei.

La prensa se hará eco de esta labor eficaz y silenciosa de los sacerdotes de la Obra. Quince años más tarde escribe un periódico:

«Los 40.000 habitantes del territorio reciben el cultivo de una pastoral intensa, en condiciones naturales difíciles, por parte de veintiún sacerdotes del clero diocesano (…).

Pueden estar contentos aquellos sacerdotes… En verdad, cuatro diáconos que tocan ya con sus manos el presbiterado, más de veinte alumnos -y bien escogidos y formados, por cierto- en el Seminario Mayor y un centenar largo de adolescentes cultivados con esmero hacia el sacerdocio; y todo ello en medio de unas parroquias trabajadas intensamente y con espíritu apostólico; son seguro presagio del futuro de una gran diócesis sacerdotal y misionera» (12).

Una de las actividades de Valle Grande adquiere pronto categoría de labor cultural de gran extensión, desafiando la altura de las montañas. «Radio Estrella del Sur» transmite para un territorio de 15.000 kilómetros cuadrados toda una serie educativa que les pueda ayudar a mejorar su oficio, su formación personal, su comunicación con el mundo. Algunos miembros y amigos del Opus Dei, colaboradores habituales del Instituto Rural, se encargan de montar los programas y de la atención a miles de personas que siguen, regularmente, las clases que llegan por el aire.

Un día el Fundador muestra en Roma a don Ignacio el modelado en barro que están haciendo para una imagen de la Virgen en cemento policromado, que resista todos los rigores del tiempo. Se la quiere regalar a la Prelatura territorial andina.

Don Ignacio escribe, entusiasmado, a los sacerdotes que ha dejado en aquel rincón de América:

«Envío una foto de la Santísima Virgen que por encargo -directísimo, personalísimo- del Padre están esculpiendo para nosotros: la foto es del negativo en barro y, en este momento, ya han hecho el molde en yeso. Enseguida harán el vaciado (…) para terminar dejando una maravilla. ¡Es preciosa!»(13)

En noviembre de 1965 será instalada solemnemente en la ermita que se ha construido para Ella en los terrenos del Seminario menor de la Prelatura. El césped y los árboles llegan hasta la verja. Siempre hay flores frescas en los jarrones de hierro. Las envuelve el contorno en un marco verde, apacible; el confín es el valle entero de Cañete.

Cittá Leonina

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Fundador regresa a España en agosto de 1946, para volver nuevamente a Roma el 8 de noviembre.

Un mes más tarde, en diciembre de 1946, tendrá lugar la segunda entrevista de Monseñor Escrivá de Balaguer con el Papa Pío XII. Todavía en Madrid, el Padre se ha despedido de sus hijas en el Centro de “Los Rosales” en Villaviciosa de Odón. Les ha vuelto a repetir que todo saldrá adelante si trabajan, si rezan, si son fieles a su vocación, si están alegres. Se interesa por el trabajo de cada una, por el descanso necesario, por los cuidados indispensables que deben prodigarse a pesar de la escasez en que viven durante estos años. Es una reunión entrañable. Aun cuando ninguna capte el sentido total de sus palabras, asisten a un momento histórico: el Padre se marcha para fijar definitivamente su residencia en la Ciudad Eterna. Desde ahora, Roma será el nudo central que aúne las vocaciones y oraciones de la Obra.

Una vez decidida su permanencia cerca de la Santa Sede, el Fundador llama a un puñado de sus hijas, muy pocas, para que vengan también al lugar donde pervive el corazón de la Iglesia de Jesucristo. Se ocuparán de administrar el Centro de la Obra que ya hay en Roma, en la Plaza de “Cittá Leonina”, y comenzarán su tarea apostólica con mujeres.

El 27 de diciembre de 1946 llegan, al aeropuerto de Ciampino, Encarnita Ortega, Dorita Calvo, Julia Bustillo, Dora del Hoyo y Rosalía López. Para alguna, es su primer vuelo en avión. No conocen el idioma ni el país. Allí, en el vestíbulo de llegada, reúnen el numeroso equipaje que han llevado a mano. Les han llenado los bolsos de dulces, turrón y pequeñas cosas capaces de hacer más amables las fiestas navideñas.

En el aeropuerto encuentran al Padre y don Alvaro. La alegría es formidable. El Padre les pregunta por cada una de las que han quedado en España; bromea acerca del vuelo y señala a don Alvaro la cantidad de peso que han traído a mano. La llegada a Cittá Leonina es emocionante: ¡el primer Centro de la Obra en Roma!… El Fundador está muy contento. Les habla de las futuras tareas que esperan en Italia, y ellas sienten crecer, con impaciencia, la firmeza de su vocación. «Cuando pasen los años -les dice- no os creeréis lo que habéis visto, os parecerá que habéis soñado (19).

Porque hoy, a pocas fechas del Año Nuevo romano, que se avecina frío, ante el futuro que Dios reserva a la Obra sobre el mundo, no encuentra palabras para dar gracias al Cielo. Pero, con el sentido práctico que le caracteriza, pasa a los detalles inmediatos de su instalación: aunque el piso es pequeño, dispondrán de una zona independiente; es ésta una norma que el Fundador establece, sin ninguna excepción, para todos los Centros de la Obra.

Descubre que ninguna ha comido en el avión. Traen algo de lo que les han servido durante el vuelo, pensando que podría ser más necesario a los que viven en la casa. La verdad es que en la despensa no hay casi nada. Ese mismo día todos han salido a trabajar y el Padre se ha encargado de preparar las cosas y recoger la vajilla. Así viven.

Se preocupa de que descansen y tomen algún alimento. Luego habla con ellas y les hace pasar un buen rato. Les muestra el Vaticano desde la terraza y les pide cariño y oración constante por el Papa.

Es la primera tarde en su nueva ciudad, asombrosa ciudad en la que alternan los obeliscos traídos de Egipto hasta la Roma Imperial, la belleza geométrica trazada por Miguel Angel y la graciosa anarquía de pinos, cipreses, encinas, olivos y huertas en el dintel de las vías urbanas, con las imágenes de Santa María y los sagrarios de las basílicas romanas. En días sucesivos, podrán compartir la emoción que sobrevive en la angostura de las Catacumbas. En las de San Sebastián podrán leer, sobre la pared, las invocaciones de los primeros cristianos a Pedro y a Pablo. Con la misma piedad ellas dejarán su oración, su entrega, al servicio de este navegar, frente a todo evento, de la barca de Pedro.

Empieza para ellas una nueva etapa de la aventura divina y humana, que exige abnegación y trabajo incesantes. Por las noches, habrán de salir a dormir a una residencia próxima. Italia ha encarecido a causa de una guerra todavía muy cercana. Tienen que discurrir lo indecible para estirar un dinero escaso a todas luces. Aprenden el idioma practicando por la calle.

Bajo el cuidado de todos, la casa adquiere un tono digno y acogedor. Nunca faltan unas flores naturales junto a la imagen de la Virgen, aunque se prescinda de otras cosas necesarias. Muchas personalidades, entre las que se encuentran Cardenales y Obispos, frecuentan la casa. El invierno es muy duro y el frío se hace sentir sobre este ático. No hay combustible para la calefacción. A pesar de todo, los que acuden a”Cittá Leonina” se van encantados de la cordialidad y alegría que hay en la casa. Es el Padre quien da siempre la pauta. Nunca dejará de poner sentido sobrenatural en los quehaceres cotidianos, elegancia humana y buen humor con el que sabe salpicar las situaciones más diversas. Se realiza el prodigio de encontrar una felicidad que camina por encima de las dificultades. Ese piso, perdido en la Ciudad Eterna, recoge mucho tiempo de oración, esfuerzo y ratos maravillosos de vida en familia. Aquí se siente la universalidad de la Obra, la profundidad de su espíritu y su gran amor a la Iglesia y al Papa.

Aprovechando la visita a Roma de Carmen Escrivá de Balaguer, se decide que Encarnita Ortega, acompañada por la hermana del Fundador, solicite una audiencia con el Romano Pontífice.

Don Alvaro gestionará la entrevista, con carácter privado, y él mismo las acompañará como introductor. Pasan ante las distintas guardias: la suiza, la palatina, la noble. En el salón inmediato al que utiliza el Santo Padre para la recepción hay un respetuoso silencio.

Al fin se abre la puerta y pueden besar la mano de Pío XII. Encarnita le explica que Carmen es hermana del Fundador y que ella es una de las que ha llegado a Roma para iniciar la labor en Italia. Se encomiendan a su oración, y especialmente le piden que rece por el Padre. El Papa les dice que lo viene haciendo todos los días, desde el año 1943, fecha en la que le visitó don Alvaro del Portillo: «Entonces no era sacerdote -añade- y venía con el uniforme de gala de ingenieros; en aquel encuentro, me encargó que pidiese por el Fundador del Opus Dei. Desde entonces lo hago todos los días, y tengo en mi mesilla el ejemplar de “Camino” que me regaló» (20).

Encarnita Ortega le habla del trabajo en todas sus facetas, como quicio de la santidad en la Obra; y de la secularidad de sus miembros, que son cristianos corrientes en medio del mundo.

Cuando concluye la entrevista, el Santo Padre bendice a las mujeres del Opus Dei, su trabajo, sus familias y las tareas que ocupan su esfuerzo y su corazón.

A pesar de las dificultades económicas que atraviesan, Encarnita es portadora de un sobre con un generoso donativo para cualquiera de las obras sociales a que el Pontífice quiera destinarlo.

Cae la tarde en el otoño romano, cuando el Fundador escucha, detalladamente, los incidentes del diálogo con Su Santidad, que ya ha recibido la visita y el afecto, también, de la Sección de mujeres de la Obra.

Primera aprobación del Opus Dei

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Primera aprobación del Opus Dei

Eijo y Garay se dio cuenta de que las declaraciones públicas de apoyo no eran suficientes para acabar con la campaña contra el Opus Dei, por lo que decidió concederle una aprobación oficial por escrito. Informó a Escrivá de su decisión en marzo de 1940 y le indicó que presentara una solicitud de aprobación y la documentación necesaria. Cualquier organización católica reciente se daría prisa para recibir esa aprobación escrita del obispo. No fue así en el caso del Opus Dei.

La razón del retraso en responder al ofrecimiento de Eijo y Garay se debía a que el obispo tendría que aprobar el Opus Dei dentro de alguna de las categorías existentes en el Derecho Canónico entonces vigente. Y el problema estaba en que ninguna de ellas encajaba bien con la realidad de la Obra, tal y como Escrivá la había visto el 2 de octubre de 1928 y en su desarrollo subsiguiente. Muchos podrían pensar qué más daría el molde jurídico en que meter al Opus Dei si lo que importaba realmente era que fuera aprobado. Escrivá, como buen hombre de leyes, sin embargo sabía que, aun no siendo la vida, si la ley no estaba en consonancia con la realidad que regula, acabaría por sofocarla y llevarla por cauces inadecuados.

Escrivá hubiera preferido esperar a recibir la aprobación de la Santa Sede bajo una forma jurídica nueva en la que encajara la Obra, pero era necesario acabar con las críticas y obedecer al obispo. Como no era posible otra cosa, había que elegir la alternativa menos mala. En aquel tiempo, el Código de Derecho Canónico contemplaba dos grandes categorías: las ordenes y congregaciones religiosas e instituciones similares, y las asociaciones de fieles.

Claramente, el Opus Dei no encajaba en la primera, la de las órdenes y congregaciones religiosas. El Código dividía las asociaciones de fieles en órdenes terceras, hermandades y cofradías, y pías uniones. La Obra no podía ser una tercera orden porque sus miembros deberían estar bajo la dirección de alguna orden y vivir según su espíritu. Tampoco se trataba de una cofradía o hermandad erigida para el engrandecimiento del culto público. Quedaba, pues, la figura de la pía unión, prevista para la práctica de ciertas obras de piedad y caridad[1].

Existían algunas pías uniones, como las Conferencias de San Vicente de Paúl, pero éstas no exigían una vocación divina ni un compromiso de vida. Tampoco tenían sacerdotes incardinados para su servicio. No tenían una espiritualidad bien definida ni ofrecían a sus miembros una formación integral en el campo espiritual y doctrinal. Sin embargo, a pesar de las profundas diferencias entre el Opus Dei y esas asociaciones, nada del carisma original de la Obra ni de su desarrollo subsiguiente era incompatible con la figura de la pía unión.

Escrivá estudió a conciencia el problema y consultó a expertos. Uno de la Obra cuenta la siguiente escena: “El Padre en su dormitorio de Diego de León y frente a él, en otro sillón, don José María Bueno Monreal, el futuro Cardenal Arzobispo de Sevilla, entonces experto oficial en Cánones de la diócesis de Madrid. Los dos tenían en la mano un Código de Derecho Canónico y discurrían sobre un posible ‘encaje’ de la Obra en el Código, aunque se tratara de una solución provisional y a corto plazo”[2].

Casi por eliminación, Escrivá se inclinó por la figura de la pía unión. Presentó la solicitud de aprobación el 14 de febrero de 1941 y el obispo Eijo y Garay la concedió pocas semanas más tarde, el 19 de marzo. La figura estaba lejos de ser perfecta, pero la aprobación era necesaria. Hubo que, en palabras de Escrivá, conceder sin ceder y con ánimo de recuperar más tarde lo que había de concederse momentáneamente.

Esta concesión no quería decir que el Opus Dei reclamara ser algo distinto de lo que actualmente es. Por el contrario, Escrivá pidió al obispo que no erigiera canónicamente la Obra, sino que únicamente la aprobara como pía unión para facilitar los cambios futuros cuando fuera posible.

Había una razón por la que Escrivá prefería la simple aprobación por encima de la erección canónica. El Código de 1917 contemplaba que cuando una asociación de fieles es erigida canónicamente, ésta adquiere personalidad jurídica, el derecho de posesión de su nombre y un título perpetuo. Por tanto, una asociación erigida tenía más entidad que la simplemente aprobada. Escrivá veía el Opus Dei como una familia dentro de la Iglesia, definida por un espíritu común, más que como un grupo o asociación. Ya en los primeros pasos de la Obra, Escrivá invitaba a los posibles miembros no a “pertenecer a algo”, sino a aceptar una vocación personal a la santidad y al apostolado que comprometiera toda la vida. Esto explica por qué al principio la Obra ni siquiera tenía nombre. Frecuentemente hablaba a quienes le seguían de proyectos de vida espiritual y apostolado, pero tenía problemas para recordar el nombre “Opus Dei”. Al no tener la Obra una erección canónica y aunque la Iglesia le exigiera encontrar un acomodo jurídico, Escrivá podía hacer hincapié en que lo importante no era tanto una organización con un determinado número de miembros, sino un espíritu que la gente trata de incorporar a su vida y extender a otras personas.

Para compensar la insuficiencia de una figura jurídica que no cuadraba del todo con la Obra, Escrivá tuvo buen cuidado de afirmar la verdadera naturaleza del Opus Dei en los estatutos y documentos que el obispo de Madrid aprobó. Por ejemplo, los estatutos preveían que los miembros del Opus Dei podían seguir estudios eclesiásticos y ser ordenados, aunque esto no estaba previsto en las pías uniones.

Esto fue una primera aproximación a lo que el fundador haría repetidamente en los años siguientes, cuando se vio obligado a elegir entre alguna de las formas canónicas existentes, sin que ninguna de ellas fuera enteramente válida. Para evitar cualquier confusión, cada vez que solicitaba una nueva aprobación para el Opus Dei, incluía los rasgos esenciales de la Obra en la ley particular que la Iglesia aprobaría para ella.

DECLARACIONES DE MONS. ALVARO DEL PORTILLO A «THE NEW YORK TIMES»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El 28 de noviembre de 1982, la Santa Sede otorgaba al Opus Dei su definitivo status jurídico como Prelatura personal, en la Constitución Apostólica «Ut sit».

En este año 1984 se han cumplido dos años desde aquella fecha. Con este motivo publicamos una entrevista hasta ahora inédita en castellano en la que su actual Prelado, Mons. Alvaro del Portillo, responde a las preguntas formuladas por el corresponsal en Roma del «New York Times».

–Todo organismo vivo se desarrolla. He leído lo que ha escrito Mons. Escrivá de Balaguer sobre el Opus Dei: ¿me puede decir cuál es el papel actual del Opus Dei en la Iglesia y también en la sociedad? Y en concreto: ¿a qué se deben las controversias sobre el Opus De¡?

–El Opus Dei, en efecto, crece y se extiende por todo el mundo, con la gracia de Dios. Su fin consiste en promover, entre personas de todos los ambientes de la sociedad, una toma de conciencia de la vocación a la santidad en el ejercicio del propio trabajo; es decir, de la llamada a vivir una existencia cristiana plena, en medio de las situaciones comunes de la vida.

No se trata sólo de difundir una idea, un mensaje, sino de fomentar la puesta en práctica de un cristianismo sin mediocridades, en el ejercicio del trabajo profesional. Contribuimos así a la misión salvífica de la Iglesia, en íntima unión con el Papa y la Jerarquía eclesiástica.

Con esta finalidad quiso Dios el Opus Dei, y con su ayuda seguirá por este camino, sin modificaciones. Por tanto, con el transcurso del tiempo, no será necesario ningún aggiornamento de su espíritu, ya que, mientras haya hombres sobre la tierra, habrá trabajo que santificar.

Me pregunta usted por las controversias en torno al Opus Dei. En primer lugar, es preciso valorar en su justa dimensión eso que usted llama controversia y que yo no dudo en calificar de murmullo: he de agradecer a Dios que el Opus Dei sea una de las más amadas instituciones de la Iglesia, como lo demuestran los cientos de miles de personas –católicas o noque acuden a recibir de la Obra aliento para su vida espiritual y que colaboran con sus apostolados.

Por otra parte, son corrientes las incomprensiones cuando los hombres se enfrentan con realidades de carácter espiritual, y no tienen mayor categoría cuando sólo se busca el cumplimiento de la voluntad de Dios: ¿no ocurrió algo semejante con los primeros cristianos? Podríamos hablar también de tantas figuras de la Iglesia que, con frecuencia, fueron maltratadas o ridiculizadas por sus contemporáneos, o de instituciones católicas que han padecido vejaciones, mediante el ofrecimiento a la opinión pública de una imagen deformada y antipática. Y no es necesario limitarse a los hechos de la vida religiosa: cualquier persona que quiera hacer algo de importancia chocará con la crítica y se arriesgará a las objeciones que otros le ponen: es ley de vida. Por esto, repito, no hay que exagerar la importancia de esas incomprensiones que, al fin y al cabo, nos estimulan a seguir más fielmente a Jesucristo, sirviendo a nuestros hermanos los hombres.

También pregunta usted por qué se producen esas controversias. El origen podría encontrarse en la acostumbrada intolerancia de algunos grupos y personas que se oponen a la Iglesia católica y a la difusión del Evangelio; en otras personas, seguramente bien intencionadas, que no nos entienden o conocen sólo la falsa imagen de una noticia sensacionalista, y en algunos pocos que intentan justificar y encubrir sus propias frustraciones.

Puedo asegurarle que esos enredos no nos quitan la paz ni un segundo. Mons. Escrivá de Balaguer rezaba todos los días por quienes con su oración, con su trabajo y sus limosnas cooperaban con el Opus Dei. Y rezaba con la misma caridad por quienes trataban de denigrarnos. También en esto queremos ahora seguir los pasos de nuestro Fundador, para imitar así a Jesucristo: que Él nos cuide a todos.

–Sé que el Opus Dei no tiene un papel político, pero la espiritualidad no es algo abstracto separado de la vida secular: ¿cuáles son los «peligros espirituales» que afectan hoy a la vida política, profesional, intelectual?

–Mire, la gran revolución de Mons. Escrivá de Balaguer ha sido ésta: llevar precisamente la espiritualidad cristiana a la vida secular, porque entendió claramente que nada de este mundo debe ser ajeno a Dios. Como ve, se trata de una revolución que, como afirmaba nuestro Fundador, «es vieja como el Evangelio, y como el Evangelio nueva». Los peligros a los que se ven expuestos todas las personas en este mundo son los mismos. Cualquiera los podría enumerar fácilmente: en primer lugar, el deseo desordenado de autoafirmación, el egoísmo, el afán de poder, el orgullo; detrás, la codicia, la sensualidad, hasta completar la lista de los siete pecados capitales.

Sin embargo, quiero subrayar que, a ¡ni .juicio, lo que usted llama «vida secular» –es decir, el ambiente en el que se desenvuelven las personas– no debe verse como un conjunto de peligros para la vida espiritual. Entre los aspectos del espíritu que Dios ha querido que practiquemos en el Opus Dei, está el convencimiento de que el mundo es el lugar donde cada cristiano tiene que santificarse, y que los quehaceres temporales honestos son la ocasión de un encuentro cotidiano con Cristo. Con una visión que desgaje la vida espiritual de la vida secular, que no han de estar separadas, parece que detrás de cada situación acechan peligros. Un cristiano no puede entenderlo así. Además, yo tengo plena confianza en mis hernianos los hombres, y me enamora la aventura cotidiana del quehacer humano.

Santificar el trabajo significa llenarlo de amor a Dios y de amor al prójimo. Estoy persuadido de que el mundo necesita con urgencia que las tareas terrenas se llenen de este espíritu, que hará más justo y humano todo el conjunto de las actividades seculares. Sería bien triste qúe los católicos se ausentaran de este quehacer, porque comporte unos riesgos. Lo importante es que los cristianos trabajen bien y se esfuercen por empapar con el espíritu de Jesucristo las propias ocupaciones profesionales. Esto, desde luego, implica una lucha interior, para no dejarse dominar por las pasiones personales o por los postulados del materialismo.

Para vencer en esta contienda, el cristiano se apoya en la gracia de Dios, y emplea los medios adecuados: la oración y los Sacramentos, especialmente la Penitencia y la Eucaristía. De esta manera, va desarrollando las virtudes humanas y sobrenaturales, a la vez que se esfuerza en realizar con perfección su trabajo cotidiano.

Como le gustaba repetir a nuestro Fundador, los miembros del Opus Dei viven con los pies bien firmes en la tierra –trabajando con intensidad en su oficio o profesión–, procuran hacer todo por amor a Dios y en servicio del prójimo, mantienen una constante unión con El durante la jornada y van felices por esta tierra del brazo de sus hermanos los hombres.

–El Papa denuncia frecuentemente el materialismo. El Opus Dei vive dentro del mundo material. ¿Cómo evitar los peligros del materialismo, y en qué medida afectan a la institución que usted dirige?

–Indudablemente, los hombres y mujeres del Opus Dei están presentes en todas las encrucijadas del mundo, de la misma manera que las demás personas, insisto, nuestros iguales. Contra todos acometc la presión asfixiante del materialismo; también, y con maneras brutales, el mundo pagano presionaba sobre los primeros seguidores de Cristo.

La actitud cristiana ha sido y será siempre un claro desafío, lleno de caridad, a los establishment que impongan como regla del juego la reducción del hombre a un número o a un ser sin un destino trascendente. Al «no os conforméis a este siglo» (Rom 12, 2), de San Pablo a los cristianos de la Roma pagana, hace eco hoy el clamor del Papa Juan Pablo II en defensa de la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.

La idea que Mons. Escrivá de Balaguer predicó incansablemente desde 1928 era que este enfrentamiento con el materialismo no puede llevar a los católicos a ausentarse de las tareas seculares, a no ser a los que Dios llama al retiro del claustro. Insistió siempre, sin miedo ni cansancio, en que los católicos deben esforzarse en impregnar de espíritu cristiano los respectivos ámbitos de la vida familiar y social.

Los peligros del ambiente materialista de que usted habla los supera el creyente, hoy como hace veinte siglos, con una intensa vida de oración; con una profunda penetración en la visión cristiana del hombre y del mundo; con el recto desempeño de los deberes y derechos profesionales, familiares y sociales, y con un constante recurso –esto es primordial, ya lo he dicho antes– a los Sacramentos.

La formación que facilita el Opus Dei va precisamente encaminada a preparar hombres y mujeres, para que, cada uno en su ambiente, dé testimonio y estimule a otros a vivir los valores que Cristo ha predicado. Este es el nivel de acción de la Prelatura en cuanto tal, mediante una continua ayuda doctrinal y pastoral a sus miembros y a cuantos participan en las iniciativas de carácter religioso, educativo o asistencial, que promueven los miembros del Opus Dei en unión con otras personas decididas a superar el conformismo materialista.

El esfuerzo por santificarse, en medio de los quehaceres más corrientes y normales, es lo que Mons. Escrivá de Balaguer tuvo la audacia de llamar materialismo cristiano, cuando afirmaba: «No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso, puedo deciros que necesita nuestra época devolver –ala materia y a las situaciones que parecen más vulgares– su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo. El auténtico sentido cristiano –que profesa la resurrección de toda carne– se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados del espíritu» (Conversaciones…, nn. 114–115).

–Alguno afirma que hay secreto en las actividades del Opus Dei. Le pregunto: ¿Es ver–dad esto? ¿Hay cosas secretas entre los miembros?

–Le acabo de manifestar mi opinión sobre el se dice, que tan desgraciadamente hoy se utiliza. No. No tenemos ningún secreto. Ni aunque quisiéramos –y j amas hemos querido– habríamos podido mantenerlo, ya que trabajamos a la luz del día, en estrecho contacto con todo tipo de hombres y mujeres, grupos e instituciones. Las sedes de nuestros Centros abren sus puertas a cualquier persona que desee frecuentarlos. Los miembros del Opus Dei son conocidos como tales en el ambiente familiar, social y profesional en el que se mueven, porque nada tienen que ocultar.

La Obra, además, insisto, anima por todo el mundo centenares de actividades educativas, sociales, de promoción humana bien conocidas. La finalidad de la Prelatura es proporcionar a sus miembros una sólida e intensa vida cristiana y apostólica, bien fundamentada en el conocimiento de la doctrina católica. En esta tarea de formación agota el Opus Dei todas sus energías. Una tarea que quizá no es vistosa y que no requiere acompañamiento publicitario, sino paciencia y humilde perseverancia. Nuestro Fundador nos animaba a trabajar por tres mil, pero a hacer el ruido de tres: en nuestra labor de apostolado detestamos los secretos: no buscamos el autobombo, los golpes de efecto, la primera página de los periódicos; nos interesa sólo el eficaz servicio a la Iglesia y a la humanidad.

Algunas personas, de cuando en cuando, han pretendido hacer «revelaciones» sobre presuntos secretos del Opus Dei, y, como no existen, los han inventado. En ocasiones, la técnica que han empleado ha sido la de presentar una información, amalgamando hechos y palabras sacadas de su propio contexto y puestos arbitrariamente bajo la luz que más convenía, para ofrecer una visión complicada y esotérica del Opus Dei; alargan o encogen a capricho los trazos del dibujo, y añaden además algún otro detalle ridículo y falso, que confiere al cuadro un aspecto grotesco. El resultado final es, por tanto, una caricatura irreal, contraria a la sencilla transparencia de la Obra, y que deja sin explicación los abundantes frutos espirituales que el Opus Dei produce en los ambientes en que trabaja y entre personas de todas las condiciones sociales. Digo esto último con agradecimiento al Señor, y estoy convencido de que la buena salud espiritual de que goza la Prelatura es un don gratuito, que Dios nos otorga por la mediación de la Santísima Virgen.

–Usted ha vivido durante cuarenta años junto al Fundador del Opus Dei, y es su sucesor. ¿Querría terminar esta conversación hablándonos de la figura de Mons. Escrivá de Balaguer?

–Me resulta imposible sintetizar en pocas palabras mis cuarenta años junto a nuestro Padre, como llamamos en el Opus Dei al Fundador. Tampoco podría resumir fácilmente todo lo que debo, en el terreno espiritual y en el humano, a Mons. Escrivá de Balaguer. Agradezco a Dios de todo corazón haber pasado la mayoría de mi vida al lado de tan gran maestro de santidad, que se sintió siempre muy mariano y muy romano.

Monseñor Escrivá de Balaguer fue un hombre ardientemente enamorado de Jesucristo. Irrumpió en la historia con vigor, recordando a los hombres de la calle, incluso a quienes quizá se interesaban muy poco en la práctica religiosa, que Cristo los llamaba para que le siguieran, sin que tuvieran que abandonar su estado y oficio.

Presentaba como ideal un cristianismo con sabor de primera hora, en el que las palabras, los hechos y los gestos de la vida de Cristo arrojaban de modo inmediato su luz sobre las mil menudas circunstancias de la vida diaria. Por esto, la vida y las obras del Fundador del Opus Dei –o, mejor dicho, lo que Dios obraba en su alma– tenía que ser para tantos signo de contradicción.

Aunque ya se ha escrito mucho sobre nuestro Fundador, es tan densa su historia, en servicio de la Iglesia y de las almas, que su estudio requerirá años de trabajo. Sin duda, seguirán apareciendo publicaciones que recogerán tantos aspectos de una biografía que no dudo en calificar de heroica.

Fue un hombre de fe robusta y contagiosa, que se apoyaba en la fortaleza de Dios, al tiempo que se consideraba nada y menos que nada y no dudaba en calificarse a sí mismo de instrumento inepto y sordo,– y, con esta confianza en Dios, promovió una inmensa movilización apostólica entre gentes de toda condición. Tan firmemente convencido estaba de la desproporción que existía entre lo que Dios le iba pidiendo y sus fuerzas humanas que no vacilaba en asegurar que la Obra era sólo de Dios.

Un rasgo característico de la personalidad de Mons. Escrivá de Balaguer fue su transparencia, la autenticidad de su vida: quien había experimentado tantos sufrimientos para sacar adelante lo que Dios le urgía, conjugaba una gran fortaleza de carácter con una sencillez y sinceridad que cautivaban. Y otra nota de su temple sobrenatural y humano fue el buen humor: no concebía un cristianismo de caras largas. Con su hacer cotidiano, inculcó en sus hijos y en los que le rodeaban el afán de ser sembradores de la paz y de la alegría propias de los hijos de Dios.

Su generosa entrega a todos y el ejemplo de sus virtudes cristianas explican cómo llevó a tantas almas a seguir a Jesucristo; y, después de su muerte, el creciente recurso a su intercesión, por parte de miles y miles de personas en el mundo entero.

Caben hasta los no católicos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me contaban hace poco el caso de un ingeniero de Boston que, al comienzo de los años 50, leyó un artículo sobre el Opus Dei en un periódico americano, se quedó un par de días reflexionando sobre el asunto en los ratos libres, recordó después que en el artículo en cuestión se decía que había sido fundado en nuestro país y escribió una carta pidiendo detalles a esta dirección: «Opus Dei–Iglesia Católica–Madrid–España». A las dos semanas y gracias al buen funcionamiento de los carteros, recibía la información solicitada y la invitación a dirigirse, para más detalles, a una residencia universitaria que estaba… a unos quinientos metros de su oficina. Yo no sé si este ingeniero era católico, protestante o ateo. Sé, en cambio, que ahora es ciertamente católico y del Opus Dei, y sé también que son muy numerosos los protestantes (entre ellos pastores y aun obispos de sus respectivas confesiones), ortodoxos, musulmanes, judíos e incluso no creyentes (es de esperar que por el momento) que colaboran activamente en todas las latitudes con la gente del Opus Dei y que son capaces de explicarlo, como el anglicano del avión, de corrido y sin que se les trabe la lengua.

La realidad supera siempre a la fantasía, del mismo modo que la naturaleza supera al arte. La gente del Opus Dei no vive en la luna, sino en el mundo y ve en cada persona alguien a quien hay que ayudar, alguien a quien hay que comprender y alguien con quien hay que convivir. Pero siempre desde el mismo plano, ni desde arriba ni desde abajo, y pensando que el mejor favor que se le puede hacer a cualquiera es sacarlo de sí mismo para que haga algo por los demás.

–¿Cuál es la posición del Opus Dei –le preguntaron al Fundador el 30 de noviembre de 1964 en el transcurso de un coloquio– en relación con los no católicos?

–«De amor, de apertura. Basta decir que, desde 1947, con permiso de la Santa Sede, tenemos junto a nosotros –no había precedentes en la Iglesia Romana– como Cooperadores a los no católicos y a los no cristianos. Merecen el respeto de su libertad, la libertad de las conciencias. Y merecen el calor de nuestro corazón. Entre ellos hay personas admirables: ¡Ya querría yo para mí las virtudes humanas que tienen muchos de ellos! ».

Fue este espíritu de universal comprensión el que hizo decir a un Cooperador anglicano del Opus Dei, en presencia de la reina madre de Inglaterra con motivo de la inauguración oficial de hIetherhall House, residencia internacional de universitarios, que «las obras bien hechas no tienen por qué ser confesionales ». Ese espíritu cristiano es el que había empujado desde mucho antes a Monseñor Escrivá de Balaguer a solicitar, durante el pontificado de Pío XII, la autorización para acoger en el Opus Dei, en calidad de Cooperadores, incluso a personas no católicas y no cristianas o carentes en absoluto de fe religiosa. La petición llevaba consigo un problema completamente nuevo y de nada fácil solución, porque venía a constituir el precedente de vincular a una institución católica –y de hacerlas también participar en lo posible de sus bienes espirituales– a personas no pertenecientes a la Iglesia Católica. Esto explica por qué fue necesario un estudio atento por parte de la Santa Sede, y un «filial forcejeo», por parte del Fundador del Opus Dei, como él mismo decía, a quien evidentemente correspondía un papel de pionero en este terrena. Se llegó así a 1950, año en que la petición fue definitivamente acogida por Pío XII.

Cuando en 1958 iniciaba su pontificado Juan XXIII, había ya entre los Cooperadores del Opus Dei en todo el mundo –de Italia a Inglaterra, de los Estados Unidos al Japón, a Kenya y a Australia– varios centenares de ortodoxos, protestantes, hebreos y musulmanes; por eso no es extraño que Mons. Escrivá de Balaguer le dijese sonriendo al Pontífice, en una de las frecuentes y cordiales audiencias, «que él no había aprendido el ecumenismo de Su Santidad», y que también el «Papa Giovanni» se riese emocionado en esa ocasión.

Epílogo

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La inspiración que recibió Escrivá el 14 de febrero de 1943 le ayudó a encontrar una solución temporal a la necesidad de tener sacerdotes al servicio del Opus Dei. Una parte de la Obra, compuesta por sacerdotes y laicos que se preparaban para la ordenación, formaría una sociedad de vida común sin votos que sería conocida como la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. El Opus Dei era algo bien distinto de lo que comúnmente se entendía por sociedades de vida común. Por un lado, una sociedad de vida común no tiene a la vez miembros varones y mujeres. En cualquier caso, el Código de Derecho Canónico establecía expresamente que los miembros de estas sociedades de vida común no eran religiosos. Por eso, el uso de esta vía para el objetivo concreto de ordenar sacerdotes no era incompatible con el carácter del Opus Dei ni con la llamada divina que recibían sus miembros.

En octubre de 1943, la Santa Sede concedió el nihil obstat a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, y el 8 de diciembre de ese mismo año la erigió el obispo de Madrid. Seis meses después, el 25 de junio de 1944, fueron ordenados los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Los tres eran ingenieros. Del Portillo continuó siendo el colaborador más estrecho de Escrivá y sería después su primer sucesor al frente de la Obra. Hernández de Garnica contribuyó decisivamente al desarrollo del Opus Dei en Alemania y Europa Central. Múzquiz fue el primer sacerdote de la Obra que marchó a los Estados Unidos de América. En 1946, otros seis fieles del Opus Dei fueron ordenados sacerdotes, y desde entonces se han sucedido las ordenaciones ininterrumpidamente. Actualmente, pertenecen a la Obra más de 80.000 personas, de las que alrededor de 1800 son sacerdotes. La ventaja de tener presbíteros que conocieran bien el espíritu del Opus Dei y lo incorporaran a sus vidas fue determinante para el desarrollo de la Obra. En 1946, había unos 250 hombres y 30 mujeres.

La Segunda Guerra Mundial retrasó la expansión a otros países. Sólo unos pocos miembros de la Obra estudiaron en Italia en los primeros años de la década de 1940. El fin de las hostilidades en Europa permitió que comenzara la largamente deseada expansión internacional. Además de en España, a final de 1946 ya había gente del Opus Dei en Portugal, Italia y Gran Bretaña. En 1947 se empezó en Irlanda y Francia.

El crecimiento de la Obra en España y en otras partes puso de manifiesto la insuficiencia de la figura de la pía unión, aprobada por el obispo de Madrid. Si el Opus Dei seguía en su desarrollo, era precisa una aprobación de la Santa Sede. Además, la experiencia dejaba clara la necesidad de una situación canónica más acorde con el carácter laical y secular de la Obra.

En 1945, Escrivá envió a del Portillo a Roma para solicitar esa aprobación. En 1946 fue el mismo Escrivá quien se trasladó y ya permaneció allí hasta su muerte en 1975. En 1947, el Papa Pío XII aprobó el Opus Dei como instituto secular, una nueva figura canónica en la Iglesia. Y tres años más tarde le dio la aprobación definitiva. Se trataba de un nuevo traje jurídico que todavía no encajaba a la medida, pero que por el momento servía.

El 2 de octubre de 1928 Escrivá también vio a los casados dentro del Opus Dei. Como poco desde 1940, a algunos hombres y mujeres casados les habló de que tenían vocación a la Obra, pero que debían esperar. Esta espera acabó cuando el Opus Dei recibió la aprobación de Pío XII. También esta aprobación hizo posible que los sacerdotes diocesanos pudieran formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en la que reciben ayuda para su vida espiritual sin dejar de pertenecer plenamente a su propia diócesis.

El nuevo estatus jurídico de la Obra como institución de derecho pontificio facilitó una nueva expansión internacional. En 1949 marcharon los primeros a Estados Unidos y México. Durante la década de 1950, el Opus Dei se estableció en Canadá y otros once países americanos, Alemania, Suiza, Austria, Holanda, Japón y Kenia.

En 1948 se erigió el Colegio Romano de la Santa Cruz, centro internacional de formación para los varones del Opus Dei. Y en 1952, el Colegio Romano de Santa María, para las mujeres. Estas dos instituciones permitieron que un buen número de miembros de la Obra recibieran formación espiritual y pastoral directamente de Escrivá, a la vez que obtenían la licenciatura o el doctorado en Filosofía, Teología, Derecho Canónico o Sagrada Escritura en alguna de las universidades pontificias de Roma. Muchos de los hombres y mujeres que empezarían la labor de la Obra por todo el mundo pasarían antes varios años en Roma. Y no sólo adquirirían allí un grado académico y un conocimiento más profundo del espíritu del Opus Dei, sino también la visión universal y el amor a la Iglesia y al Papa, que Escrivá deseaba para todos los miembros.

Desde 1950, fieles del Opus Dei en colaboración con otras personas pusieron en marcha una amplia gama de labores de apostolado corporativo que respondían a diversas necesidades generales o del lugar donde vivían. Estas iniciativas tienen un carácter muy variado y van desde una universidad a un centro de capacitación profesional para trabajadores del campo, desde una escuela secundaria a un dispensario médico en zonas deprimidas. A pesar de su diversidad, todas comparten algunos rasgos comunes: están abiertas a personas de todas las razas y religiones; les mueve el espíritu cristiano de servicio y de amor a la libertad; procuran educar en el trabajo bien hecho; y ofrecen a quienes lo desean la oportunidad de profundizar en su formación religiosa y espiritual.

Durante la década de 1960 la Obra continuó su expansión y se abrieron nuevos centros en Australia, Filipinas, Nigeria, Puerto Rico, Paraguay y Bélgica. Este crecimiento vino de la mano del Concilio Vaticano II, que eliminó cualquier duda sobre la ortodoxia del mensaje del Opus Dei. En la Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen gentium”, el Concilio hizo oficial en la Iglesia la doctrina sobre la llamada universal a la santidad, que muchos habían considerado sospechosa cuando Escrivá comenzó a predicarla en 1928.

El Concilio Vaticano II también abrió el camino para la creación de prelaturas personales, una nueva figura jurídica que se acomodaba perfectamente a las características pastorales del Opus Dei. En 1969, se reunió en Roma un congreso general especial para estudiar el cambio de estructura jurídica.

Escrivá falleció en Roma el 26 de junio de 1975. El congreso general electivo designó a del Portillo como su sucesor al frente del Opus Dei. Del Portillo aseguró a las 60.000 personas que formaban parte de la Obra en aquel momento que su labor como cabeza del Opus Dei era mantener la fidelidad al carisma fundacional y al espíritu entregado por Escrivá.

Del Portillo continuó con los trabajos del fundador para transformar al Opus Dei en prelatura personal. Los esfuerzos culminaron el 28 de noviembre de 1982, fecha en que el Papa Juan Pablo II erigió la Prelatura Personal de la Santa Cruz y Opus Dei y nombró prelado a del Portillo. En 1991 le ordenó obispo.

Un año más tarde, el 17 de mayo de 1992, Juan Pablo II beatificó a Escrivá en la plaza de San Pedro ante más de 300.000 personas. En su homilía afirmó: “Con sobrenatural intuición, el beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación. En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para la gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. ‘Todas las cosas de la tierra –enseñaba-, también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios’ (…).

La actualidad y trascendencia de su mensaje espiritual, profundamente enraizado en el Evangelio, son evidentes, como lo muestra también la fecundidad con la que Dios ha bendecido la vida y la obra de Josemaría Escrivá (…)”[1].

[1] Beatificación de Josemaría Escrivá. Crónica y homilías. Ediciones Palabra. Madrid, 1992. pág. 19-20

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