Barcelona, 19 de noviembre de 1937

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

A eso del mediodía, don Josemaría sube al autobús que va a Seo de Urgel. Le acompañan Juan Jiménez Vargas, Pedro Casciaro, Francisco Botella, José María Albareda -el joven doctor en farmacia y química que ha asistido unas semanas antes, en Madrid, a los ejercicios espirituales dados por el Padre, y que ha pedido enseguida formar parte del Opus Dei- y Miguel, un estudiante, antiguo alumno de la Academia DYA.

El Padre viste un pantalón bombacho de franela, un jersey azul de cuello alto y una boina negra. Sus compañeros van equipados, también, con prendas más o menos aptas para andar por el campo.

A medida que el autobús se va acercando a la región montañosa de los Pirineos, los controles se van haciendo cada vez más rigurosos. Por eso, Pedro, Francisco y Miguel, cuya documentación es dudosa, se bajan al llegar a Sanahuja, pueblo situado a unos veinte kilómetros del punto más peligroso, y siguen su camino a pie.

En el cruce de Peramola los demás bajan del autobús; un hombre de unos cuarenta años se aproxima e indica que le sigan. Al cabo de una hora llegan al pueblo y se refugian en una masía, para pasar allí la noche. Pero el Padre no puede dormir: no hace más que pensar en los que se quedaron en Sanahuja, que no llegan…

A la mañana siguiente, reemprenden la marcha, a pesar de todo. A medida que se adentran en el monte, aumenta su inquietud por los que faltan.

Al cabo de un buen rato, llegan a una masía. Nuevo alto. El Padre se da a conocer como sacerdote a algunas personas escondidas por allí y celebra la Santa Misa.

Pasan las horas. Pedro, Francisco y Miguel siguen sin aparecer… Hasta que, por fin, al día siguiente -21 de noviembre- llegan: el guía, extraviado, les había hecho dar mil rodeos.

Por fin, todos juntos, reemprenden la marcha hacia los Pirineos, que pretenden cruzar arriesgándolo todo. Si las cosas salen bien, llegarán a Andorra, y luego, por Francia, pasarán a la zona nacional.

Una difícil decisión

No sin vacilaciones, el Padre había decidido abandonar Madrid. Sus hijos le habían animado a dar ese paso, para salvar su vida. Él se había dejado convencer, pensando que en la otra zona podría proseguir haciendo el Opus Dei con libertad y establecer contacto con tantos estudiantes que luchaban en los frentes. En Madrid, permanecía Isidoro, que seguiría en contacto con los que se quedaban allí y con su familia. En cuanto a Vicente Rodríguez Casado, Álvaro del Portillo y José María González Barredo, continuaban refugiados en distintas sedes diplomáticas.

En Valencia, adonde había llegado el 8 de octubre con objeto de aguardar el momento propicio para trasladarse a Barcelona y desde allí ganar la frontera, el Padre había encontrado a Francisco Botella y Pedro Casciaro, encantados de volverle a ver tras un año largo de separación. Al día siguiente, había tomado el tren para la capital de Cataluña…

Todavía le parece verlos, despidiéndole en el andén de la estación, empequeñecidos por la distancia… A1 arrancar el tren, había introducido discretamente la mano bajo la solapa de la chaqueta y les había bendecido, diciendo mentalmente la fórmula de la bendición de viaje que había compuesto con palabras del libro de Tobías, precedidas de una invocación a la Virgen: “que por la intercesión de Santa Maria tengáis buen viaje. Que el Señor esté en vuestro camino y que sus Ángeles os acompañen”.

La preocupación por todos los que había dejado detrás le había atenazado durante las semanas pasadas en Barcelona…

Unos días más tarde, Juan Jiménez Vargas se había desplazado a Valencia para recoger a Pedro y Francisco. Previamente, habían ido a buscar a Miguel, oculto en Daimiel -provincia de Ciudad Real- desde el comienzo de la guerra.

Don Josemaría había aprovechado su corta estancia en Barcelona para administrar los Sacramentos a algunas personas conocidas que se habían enterado de que estaba allí.

El paso de los Pirineos era peligrosísimo. Un magistrado amigo suyo -lo había conocido en la Facultad de Derecho de Zaragoza- había tratado de disuadirle: “Cuando encuentran fugitivos, los carabineros no los apresan: disparan sobre ellos. Y si por casualidad los detienen, les condenan a muerte…” Y para convencerle, le había hecho asomarse a la sala de audiencias en el momento en que estaban juzgando a algunos. Pero, a pesar de eso, y de los ataques de reumatismo que le daban de vez en cuando, había perseverado en su proyecto…

Una respuesta maternal

El que hace de guía ahora, en este 21 de noviembre, les aconseja no pasar la noche donde están. Pasarán la noche en un horno de pan situado en una casa contigua.

Agotados, todos se duermen enseguida, pero el Padre no puede conciliar el sueño. ¿Ha hecho bien lanzándose a esta aventura y dejando atrás a los que quedan perseguidos? Partir, ¿no es abandonarlos…? Pero, por otra parte, ¿cómo continuar trabajando en lo que Dios quiere…? Una y otra vez, sin descanso, suplica al Señor que le haga ver cuál es su Voluntad. ¿Proseguir o dar marcha atrás…?

Por fin, invoca una vez más a la Virgen y le pide que le muestre el camino a seguir mediante una señal precisa que él mismo sugiere a la Señora.

Por la mañana, muy temprano, se levanta, sale del lugar donde han pasado la noche y, al cabo de un rato, regresa con la cara radiante y una rosa de madera estofada en oro en la mano.

Inmediatamente, pide a los que le acompañan que dispongan lo necesario para celebrar la Santa Misa.

Ante su cambio de actitud -le han oído sollozar por la noche- comprenden que ha sucedido algo extraordinario. Con todo, nadie pregunta nada.

Después de la Misa, reanudan la marcha hacia los Pirineos. El Padre, que lleva con él la rosa estofada, avanza con paso decidido.

Durante una hora larga, caminan por el bosque de Rialp, donde permanecerán escondidos esperando la ocasión propicia para emprender la ascensión. Allí, se unen a ellos otros dos amigos: Tomás Alvira y Manuel Sainz de los Terreros.

Al día siguiente, por la mañana, el Padre celebra Misa sobre un altar improvisado, formado con unas piedras grandes, y les dirige unas palabras.

Durante cinco días, se entrenan para aguantar la prueba que les aguarda: hacen ejercicios físicos, caminan por el bosque… Y para no olvidar sus actividades profesionales, dan charlas, por turno, sobre sus distintas especialidades.

El paso de los Pirineos

El 27 de noviembre -sábado- llega por fin el momento de reanudar la marcha. Han dormido en una cueva para el ganado, en espera de que llegue el nuevo día.

Antes de rayar el alba, un joven aparece. Tiene aspecto decidido y enérgico. Dice que le llamen Antonio y les invita a seguirle.

Al día siguiente, domingo, hacen alto al borde de un barranco y se disponen a pasar unas horas al abrigo del viento, antes de proseguir el camino. Se les han unido otros fugitivos. Don Josemaría anuncia que va a celebrar Misa. La dice de rodillas, utilizando como altar la piedra más plana que encuentra. Reina un recogimiento total. Muchos de los presentes no han podido pisar una iglesia desde julio del 36. Ese mismo día, un estudiante catalán escribe en su diario: “Nunca he oído una Misa como la de hoy. No sé si por las circunstancias o porque este sacerdote es santo”.

Después de distribuir la comunión, don Josemaría coloca unas cuantas Hostias consagradas en la pitillera que utilizaba en Madrid con el mismo fin.

En las primeras horas de la tarde, la expedición vuelve a ponerse en movimiento. Ahora, tienen que escalar una montaña. Todos avanzan en fila india. Juan se coloca detrás del Padre, para sostenerle si desfallece. Pero no es él, sino Tomás, el que sucumbe el primero y don Josemaría tiene que mediar para convencer al guía de que espere un poco… A1 llegar a lo alto, ya es noche cerrada. Algunos de los que forman parte de la caravana blasfeman cuando tropiezan y el Padre, dolorido, decide consumir las Sagradas Formas por respeto a Jesús Sacramentado.

E1 día siguiente lo pasan en el corral de una masía aislada en el monte. Al anochecer, reanudan la marcha, cargando con algunas provisiones para el resto del viaje, las últimas que han podido encontrar. De nuevo, una áspera subida y, al final, un rellano. Finalmente, luego de atravesar un río, emprenden la ascensión del Ares, de 1.500 metros de altitud. Con frecuencia, tienen que sostener al Padre y llevarlo casi en volandas.

Un alto, y de nuevo en camino, hasta que el guía les reúne y les ordena detenerse. Falta alguien y el guía teme que se trate de un confidente de los carabineros. No tardan en descubrir que se trataba de un rezagado, que el guía obliga a continuar a la fuerza, amenazándole con su pistola.

Ahora, ponerse de nuevo en marcha resulta todavía más duro. José María Albareda no puede más, y se tumba en el suelo… Sostenido por sus compañeros, sigue caminando como un autómata.

Todavía de noche, llegan a un corral, que les servirá de refugio durante el día. Cuando amanece, ven que es un sitio llano, con praderas, y que hay dos masías cercanas. El frío es muy intenso… Al anochecer de aquel día -martes 30 de noviembre- reemprenden la marcha. Es la cuarta etapa nocturna desde que salieron de los bosques de Rialp. De vez en cuando, se unen a ellos unos misteriosos individuos que van cargados de fardos… Contrabandistas, sin duda.

El terreno, ahora, es llano. El Padre anima a los suyos a no interrumpir el diálogo con el Señor, a pesar del extremo cansancio.

Con infinitas precauciones, cruzan la carretera que conduce a Noves de Segre y, algo más tarde, la comarcal de Seo de Urgel a Sort, junto al puente del río Arabell. Luego siguen caminando bastante tiempo por el mismo lecho del río. Cuando amanece, se ocultan entre piedras y matorrales, para que nadie les vea y, tras dormir un poco, reanudan la marcha, con objeto de cubrir la última etapa. Empiezan a caer unos copos de nieve.

Es la tarde de l.° de diciembre y va a empezar la última jornada nocturna, que les permitirá alcanzar la frontera; pero se trata del tramo más peligroso, porque los carabineros patrullan por esa zona.

Tras un nuevo ascenso, descienden por las laderas de la Sierra del Burbre. Tropiezan constantemente en las piedras y, cuando éstas ruedan, el guía se incomoda: ¡el silencio debe ser absoluto!

Todavía quedan varios puntos peligrosos: tienen que cruzar una carretera y atravesar un río.

De pronto, el guía ordena que todos se tumben en el suelo y que permanezcan ocultos entre árboles y arbustos mientras él localiza a los carabineros que vigilan la frontera. Cuando, por fin, pueden incorporarse, el Padre está tiritando. Juan le fricciona para que pueda ponerse en pie; luego, se pone en camino a trompicones. Sólo falta subir una ladera para alcanzar la frontera de Andorra; para no arriesgarse, esperan un rato antes de iniciar la ascensión.

Pasan la frontera por fin, pero el guía les ordena permanecer en silencio mientras sigan al alcance de las armas de los carabineros… De pronto, cuando se disponen a iniciar el descenso de una cima, resuenan unos disparos, pero ya están fuera de tiro. Minutos más tarde, el guía les indica el camino que les conducirá al primer pueblo andorrano.

La alegría estalla, incontenible. El Padre y los que le acompañan empiezan a rezar un Rosario. Un poco más allá, el guía y sus ayudantes han encendido un fuego en espera de que apunte el día. Terminan de rezar el Rosario y se acercan a la hoguera para calentarse un poco.

Transcurren unos minutos interminables antes de que las luces del alba empiecen a iluminar la aldea de Sant Julia de Loria. Don Josemaría entona, en voz alta, las primeras palabras de la Salve. Todos le siguen. Es la mañana del 2 de diciembre de 1937.

Llegados a la aldea, entran en la iglesia, la primera iglesia no profanada que visitan desde el comienzo de la guerra. Luego, tras haber repuesto fuerzas en un bar, se dirigen hacia Andorra la Vella.

En la capital del pequeño Principado, don Josemaría descubre un sacerdote y avanza hacia él, con los brazos abiertos. Al día siguiente, en una pequeña capilla que algunas monjas benedictinas de Montserrat habían instalado cerca del hotel donde se han alojado, el Padre, por vez primera después de muchos meses, celebra la Santa Misa en condiciones normales, aunque sus manos están tan hinchadas por las espinas que se le habían clavado al agarrarse a los matorrales, que, al regresar al hotel, Juan tiene que sacárselas una a una. La nevada que les habla amenazado en la última etapa del camino es ahora muy intensa.

En la Misa, el Padre ha dado gracias a Dios con toda su alma por haberles librado de tantos peligros y pide fervorosamente por los que han quedado en Madrid, por los que andan dispersos por las dos zonas de la dividida España (a algunos de los cuales espera ver muy pronto) y por el desarrollo futuro de la Obra de Dios, que el Señor ha querido ver frenado por algún tiempo. Pero no importa: también el agua, al estrellarse contra las rocas, se arremolina o se remansa antes de seguir adelante con renovado ímpetu…

Su fallecimiento

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

El 26 de junio de 1975 falleció en Roma Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Esa mañana ya no se encontraba bien, aunque realizó sus actividades con cierta normalidad. Dijo su misa temprano y visitó después, en Castelgandolfo, acompañado de don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría, a sus hijas del Colegio Romano de Santa María con las que conversó y les recordó “su alma sacerdotal”: “Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal y, con la gracia del Señor y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes de la Obra, haremos una labor eficaz…”

En esa visita se le hizo a don Josemaría su última fotografía. Poco después se sentiría indispuesto y tuvo que descansar. Enseguida decidió regresar a Roma. Contó don Álvaro del Portillo, a Cesare Cavalleri, esos últimos momentos del Fundador:

Llegados a Villa Tevere, “el Padre saludó al Señor en el oratorio de la Santísima Trinidad y, como solía, hizo una genuflexión pausada, devota, acompañada por un acto de amor. A continuación subimos hacia mi despacho, el cuarto donde habitualmente trabajaba y, pocos segundos después de pasar la puerta, llamó ¡Javi! Don Javier Echevarría se había quedado atrás, para cerrar la puerta del ascensor, y nuestro Fundador repitió con fuerza: ¡Javi!, y después, en voz más débil: No me encuentro bien. Inmediatamente el Padre se desplomaba en el suelo.

“Pusimos todos los medios posibles, espirituales y médicos. En cuanto advertí la gravedad de la situación, le impartí la absolución y la Unción de los enfermos, como deseaba ardientemente: respiraba aún. Nos había suplicado con fuerza, infinidad de veces, que no le privásemos de aquel tesoro. Fue una hora y media de lucha, llena de amor filial: respiración artificial, oxígeno, inyecciones, masajes cardiacos.

“Nos resistíamos a convencernos de que había fallecido… Nos resignamos cuando vimos que el electrocardiograma era plano…”

Revestido el cadáver con un alba y una casulla sobre la sotana que llevaba puesta en ese momento, se puso entre sus manos cruzadas el crucifijo que San Pío X tuvo entre las suyas a la hora de su muerte.

Pronto corrió por Roma la noticia de su fallecimiento y millares de personas acudieron a la Sede Central del Opus Dei a orar ante su cadáver. Su rostro infundía serena paz. Era su “dies natalis” en el Cielo. Sobre su sepulcro, en mármol, se colocó la inscripción, EL PADRE. Y la fecha de su nacimiento y óbito.

El 17 de mayo de 1992 sería beatificado y el 6 de octubre de 2002 canonizado por el Papa Juan Pablo II. En esta ocasión, entre otras cosas, dijo el Papa:

“Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior.”

TEXTO DE UNA HOMILÍA (2.XII.1951): “La oración se hace continua, como el latir del corazón, como el pulso. Sin esa presencia de Dios no hay vida contemplativa; y sin vida contemplativa de poco vale trabajar por Cristo, porque en vano se esfuerzan los que construyen, si Dios no sostiene la casa.” (“Vocación cristiana”).

Valencia: un bello recuerdo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Padre llega al aeropuerto de Manises el 14 de noviembre. Valencia está brillante, como en sus días de verano. Esta es una tierra que sonríe al mar, que se llena de azahares, que explota de alegría cada marzo y convierte sus barros en cosechas y cerámicas. Aquí llegó la Obra cuando los primeros miembros salieron de Madrid: Samaniego fue la primera Residencia universitaria, y El Cubil un pequeño piso en el que se forjaron las vocaciones levantinas. Aquí ha rezado mucho el Fundador, frente a las playas, en esta ciudad fecunda y trabajadora que se enclava en un circuito de naranjos.

«Con qué anhelo deseé -hace ya mucho, y durante largo tiempo- que el Opus Dei viniera a esta ciudad: hasta que el Señor concedió generosamente a su siervo que también aquí tuviera hijos e hijas; al regresar a Valencia, eran incontables las acciones de gracias a Dios que llenaban mi corazón de Padre feliz… »(39)

Estas frases de alegría forman parte del acta depositada en el altar del oratorio del Colegio Mayor Alameda, consagrado por el Padre durante estos días de 1972.

Una semana vivirá en La Lloma, una Casa de Retiros a muy pocos kilómetros de Valencia por la carretera de Sagunto. En este Centro recibirá a grupos de personas que acuden desde Albacete, Murcia, Alicante, Castellón y Teruel. Ha saludado, nada más llegar a la ciudad del Turia, a Nuestra Señora de los Desamparados; la voz de que el Padre acudirá a la Basílica ha cundido, y muchos de sus hijos esperan dentro de la iglesia. Son espectadores de la llegada y de su oración ante la Patrona de la ciudad.

También tiene una cita importante con un amigo ya fallecido, y el Fundador no puede faltar a ella. Acude a la catedral para hablar con Dios del que fue Arzobispo de la ciudad, don Marcelino Olaechea:

-«He querido con toda mi alma a vuestro arzobispo anterior (…), y él a mí. Tuvo mucho cuidado de que me avisaran, a mí y a dos parientes suyos, cuando se moría, y yo quiero corresponder, escaparme a la catedral, ponerme allí de rodillas donde está enterrado y rezarle con tanto cariño… Más que rezar por él, le rezaré a él, para que me bendiga y bendiga a este pueblo bendito de Valencia»(40).

Una multitud de jóvenes cruzará la llanura sobre la que se alza La Lloma para oír a Monseñor Escrivá de Balaguer durante sus días de estancia en Levante: miembros de los Clubs Collvert, Sorní, Azarba, Estay, Tetuán, Martí y Diemal.

Estos Centros, cuya dirección espiritual está confiada a miembros del Opus Dei, se ocupan de completar la educación de la juventud. Orientan sus métodos de estudio y la elección de sus futuras profesiones; organizan actividades culturales; estimulan la convivencia y el respeto en total libertad. Cuidan de que la dimensión transcendente, cristiana, de la persona, se cultive con conocimientos y prácticas desarrollados en paralelo a su formación profesional. En ellos comparten proyectos e inquietudes, miles de adolescentes en todos los países del mundo. Durante los períodos de vacaciones, este intercambio adquiere dimensiones internacionales.

Igualmente, acuden algunos centenares de sacerdotes de Valencia y diócesis vecinas. Residentes y adscritos del Colegio Mayor Alameda, y más de doscientas universitarias de la Residencia Saomar que van a tener, también, la oportunidad de escucharle.

¿De qué habla el Padre especialmente en esta tierra expansiva y apasionada? De uno de sus grandes amores, que comparte con los valencianos: San José. Un testigo sonriente de la pólvora que la ciudad quema cada año, en un alarde de fuego y música, para festejarle.

«Me habéis dado una alegría al poner en La Lloma esos azulejos con San José, a quien tanto quiero. Lo digo descaradamente, llamándole mi Padre y Señor (…). Le quiero mucho, con toda mi alma, porque es el que más ha amado a Santa María y el que más ha tratado a Dios, el que más le ha amado después de Nuestra Madre. San José era un hombre estupendo, un gran trabajador: estoy seguro de que no se quejó jamás a Nuestro Señor por tener que trabajar tan humildemente, para sostener aquella casa de Nazaret, ni por tener que correr de una parte a otra (…). Cuando me lo encontré allí, detrás de esa reja, me llevé una gran alegría, y le eché dos piropos» (41).

En las reuniones que se celebrarán en el Colegio Guadalaviar, promovido por padres de familia que han encomendado la dirección espiritual al Opus Dei, se contabilizan unas diez mil personas.

Ahora es un profesor de educación física quien aborda al Padre, pidiéndole unas palabras acerca de la deportividad en la lucha interior, y le responde con un recuerdo de las Olimpiadas:

«Veía cómo se acercaban aquellos mozos fuertes, con su pértiga dispuesta para saltar. Se concentraban en silencio hasta que ¡por fin! daba la impresión de que se decidían. Pero no: había pasado una mosca por allí, y se acabó la concentración. ¡Tienen más recogimiento que muchos cristianos a la hora de rezar!

Otras veces no se paraban, querían saltar, pero… no podían. Entonces bajaban la cabeza, se iban de nuevo al punto de partida (…). Luego se lanzaban y, quizá al cuarto o quinto intento, saltaban.

Tú debes decir a tus alumnos que en la vida ocurre eso. Diles que no son animales; que, en estos momentos de violencia, de sexualidad brutal, salvaje, tienen que ser rebeldes. Tú y yo somos rebeldes: no nos da la gana ser unas bestias. Queremos tratar a Dios (…). Para eso es muy bueno saber hacer una gimnasia espiritual, que es muy semejante -paralela por lo menos- a lagimnasia física».(41)

Alguien le pregunta qué han de hacer sus hijos en la Obra para que la pujanza y la frescura y el vigor de los primeros tiempos se mantenga durante siglos. Y el Fundador responde, en serio, pero con tono de broma:

«Que sean humildes (…). A nosotros no nos interesan ni la pujanza ni la frescura… Un poquito de frescura, sí.

Me preguntaba un niño de pocos años: oye, tú, ¿no te da vergüenza estar ahí arriba hablando a tanta gente? De modo que unpoco de frescura también tengo yo; esa frescura hace falta para poder hablar de Dios (…).

Hemos de ser humildes, y el Señor nos ha pedido la humildad colectiva, que algunos se empeñan en no entender. Desde el principio, miles de personas en todo el mundo la han entendido, y ahora, además, la practican, porque forman parte del Opus Dei y no se les va la fuerza por la boca, sino en obras de servicio a los demás, con manifestaciones de amor a las almas (…). Ser humildes no es ñoñería; es hablar con sinceridad, con naturalidad, y después pensar en aquellas palabras de San Pablo: a mí me importa muy poco el pensamiento de los hombres que me critican; me importa el juicio de Dios. ¿Está claro? Me importa el juicio de Dios: todo lo demás me sale por una friolera»(43)

Antes de partir de Valencia, se reúne en la Casa de Retiros La Lloma con un grupo de hijas e hijos suyos, Supernumerarios, que ayudaron a la Obra en Levante desde los primeros tiempos. Algunos hace más de veinte años que no han visto al Padre. La mayoría le conocieron cuando cursaban sus estudios universitarios; aprendieron a entender, a querer al Opus Dei; descubrieron su vocación de mensajeros y testigos de Cristo sin abandonar su profesión, sus ocupaciones, los deberes de su matrimonio, de su vida familiar. Hoy, ya, alguno tiene el pelo encanecido y el rostro surcado por las huellas del tiempo y del trabajo. La reunión es entrañable por los acontecimientos que encierra este gran paréntesis de tiempo, lleno de lealtad, de fe en la Obra de Dios y en el Padre.

«Me da mucha alegría comenzar dándoos las gracias, por varias razones: la primera, porque correspondéis mucho y bien a la gracia divina; la segunda, porque arrimáis el hombro, y eso es muy bueno para la gloria de Dios, para la felicidad vuestra y para el bien de las almas (…). Veis que todos los cristianos tenéis el derecho y el deber de ser santos. Por eso os doy las gracias: porque lo habéis comprendido y lo estáis practicando. Sin vosotros no se podría hacer nada, absolutamente nada; lo hacéis todo vosotros, con la ayuda del Señor»(44).

El Padre habla con ellos de sus hijos, de sus proyectos, de su vida de entrega a Dios… Todos coinciden en haber vivido, junto al Fundador, una jornada inolvidable.

Y para que no falte una expresión cabal del cariño, los valencianos ofrecerán al Padre un castillo de fuegos artificiales acompasados por la banda de música de Mislata.

En la casa de La Lloma, sobre un viejo arcón de madera arrimado a la pared del patio, hay un ejemplar de «Camino». Se apoya en un atril de metal. En la primera página el Padre ha escrito al llegar:

Electi mei non laborabunt frustra. Valentiae, 14-XI-1972 (45). Mis elegidos no trabajarán en vano. Queda como acción de gracias a Dios y a todos aquellos que iniciaron el trabajo del Opus Dei en la ciudad del Turia.

Días de guerra en España

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Frente de Madrid, junio de 1938. Desde un observatorio militar en Carabanchel Alto, con el anteojo de antenas de una batería, el Fundador del Opus Dei contempla destruida la casa de la calle Ferraz, 16, cuya puesta en marcha le costó tanto esfuerzo y tantas dificultades.

Significaba volver a empezar de la nada, pues la guerra había destrozado el trabajo material de varios años. Y una vez más, se aferra a la esperanza. En Vitoria ‑hacia 1938‑, Monseñor Beitia fue testigo presencial de la “alegría” del Fundador del Opus Dei, ante la ruina de su esfuerzo: Si es para su gloria, el Señor lo volverá a construir.

Fueron aquellos, de modo muy especial, tiempos de es­peranza.

Desde el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, se agravó la ya confusa situación de la vida pública española, y se recrudeció la persecución religiosa. Volvieron a producirse, en muchos puntos de España, quemas y saqueas de iglesias. Concentraciones de masas, atentados y represalias, falta de seguridad pública, propiciaban un ambiente que presagiaba la futura guerra civil.

Don Josemaría veía la gravedad del momento. Eran continuos sus actos de desagravio ante las manifestaciones contra la religión. Pero no perdía la serenidad ni se dejaba llevar por los pesimismos alarmistas. Consiguió que el ambiente enrarecido del país apenas perturbase el trabajo apostólico, la labor en la Residencia de Ferraz, la regularidad de las diversas actividades de formación espiritual.

El Fundador del Opus Dei se sabía hijo de Dios, hijo de Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, como la invocó a lo largo de los años. Éste era, como acabamos de ver, el fundamento de toda su vida:

Tenía una imagen de la Virgen, que me robaron los comunistas durante la guerra de España, y que llamaba la Vir­gen de los besos. No salía o entraba nunca, en la primera Re­sidencia que tuvimos, sin ir a la habitación del Director, don­de estaba aquella imagen, para besarla. Pienso que no lo hice nunca maquinalmente: era un beso humano, de un hijo que tenía miedo… Pero he dicho tantas veces que no tengo miedo a nadie ni a nada, que no vamos a decir miedo. Era un beso de hijo que tenía preocupación por su excesiva juventud, y que iba a buscar en Nuestra Señora toda la ternura de su cariño. Toda la fortaleza que necesitaba iba a buscarla en Dios a través de la Virgen.

Antiguos residentes de Ferraz, 50, no han olvidado su fortaleza contagiosa, que les inmunizaba contra el ambiente derrotista y les hacía seguir adelante en las labores apostólicas como si nada fuera a ocurrir.

El Fundador del Opus Dei vivió aquellos momentos con gran intensidad. No dejaba de presentar a todos los socios de la Obra la obligación que les incumbía de estar bien informados, bien metidos en la realidad ‑como correspondía a su deber de ciudadanos normales‑,evitando cuidadosamente que el ambien­te de serenidad pudiera ser malentendido y llevase a cualquier tipo de “aislamiento” o “evasión”. Aprovechó también aquella situación para formar bien a los que le rodeaban: les enseñó a confiar, por encima de todo, en la voluntad de Dios; les hizo ver que, por graves que fueran los asuntos, no podían dejarse llevar por un activismo desenfrenado que les hiciera olvidar la primacía de los medios sobrenaturales, de la vida de oración; les alertó contra los riesgos de la soberbia, del amor propio, en la actuación política; y, como sin darle importancia, les concretó modos prácticos de vivir la prudencia.

En los primeros meses de 1936, en medio de la creciente efervescencia social y política, seguía empeñado en encontrar una casa más grande, pues la residencia de Ferraz, 50, era ya insuficiente para el volumen de la labor, y en buscar a la vez los medios económicos necesarios. Trabajaba en presente, y pensaba en alguna casa grande unifamiliar: precisamente por la situación política, casas de este tipo se ponían a la venta, a bajo precio, por la casi nula demanda que había. Con la colaboración de los chicos que vivían o iban por la Residencia, se buscó por todo Madrid, aunque prefería el barrio de Argüelles, probablemente por su proximidad al caserón de San Bernardo, y a los nuevos edificios universitarios más allá de la Moncloa.

A1 fin se encontró una casa en la misma calle de Ferraz, en el número 16. Era propiedad del Conde del Real, que por entonces vivía en Francia. En seguida se llegó a un acuerdo con el administrador, y todo quedó listo para tomar posesión del inmueble el primero de julio de aquel 1936.

A la vez, pensaba en la nueva residencia de estudiantes de Valencia. Francisco Botella, natural de Alcoy, iría al terminar el año académico, con el encargo de buscar una casa que pudiera servir el curso siguiente. En cuanto viese algo adecuado, debía avisar a Madrid, para que Ricardo Fernández Vallespín fuese a Valencia, con el fin de firmar el contrato si la elección era acertada. El plan era que Fernández Vallespín fuese el director de ese centro, ayudado por el propio Francisco Botella, que continuaría allí la Licenciatura en Ciencias Exactas. Por su parte, Isidoro Zorzano se haría cargo en Madrid de la dirección de DYA ‑éste seguía siendo el nombre de la residencia y academia de Ferraz‑, después de pedir la excedencia en su puesto de Ingeniero Jefe de los talleres de los Ferrocarriles andaluces en Málaga. Efectivamente, también a finales de junio o principios de julio, Isidoro Zorzano viajó a Madrid, para quedarse definitivamente en la capital de España.

La situación política estaba al rojo vivo. Muchas familias precipitaban las vacaciones, pues el golpe de Estado se veía ya como inevitable por ambas partes. Abundaban los rumores, que corrían como la pólvora. El ambiente era muy tenso.

El 13 de julio ‑fecha crítica‑ fue asesinado Calvo Sotelo, jefe de la oposición conservadora de la Cámara legislativa. La inquietud se generalizó. Se vivía con la sensación de que “era cuestión de horas”. Pero el Fundador del Opus Dei continuaba impertérrito, poniendo en práctica los planes de expansión de la Obra, como si no ocurriera nada. “Para las gentes era una locura”, afirma el entonces director de Ferraz.

Vivía con esperanza, el hoy y ahora. Aceleró el traslado a Ferraz, 16, entre otras razones, para dejar de pagar cuanto antes el alquiler de Ferraz, 50. Se llevaron todos los muebles. La casa necesitaba un mínimo de obras de reparación y acondicio­namiento. Como no había dinero, trabajaron todos como podían. adecentando poco a poco la futura Residencia.

Este nuevo Centro estaba situado enfrente del Cuartel de la Montaña, punto neurálgico de la sublevación en Madrid. Desde sus balcones, durante el domingo 19 de julio, pudieron ver cómo los sublevados se iban concentrando en el Cuartel. Por la tarde, a primera hora, las calles de acceso estaban cortadas por guardias y milicianos, que pedían la documentación a todos los que pasaban. Sobre las ocho de la noche, salieron de la Residencia los estudiantes que vivían con sus padres. Don Josemaría les encareció, paternalmente, que le llamaran por teléfono para saber que habían conseguido llegar y estaban bien. Durante la noche comenzó el ataque. Las balas se incrustaban en las paredes y en los techos de la Residencia. Por la mañana, en el momento en que los milicianos, ebrios de victoria, entraban ya en el Cuartel de la Montaña, don Josemaría abandonó Ferraz con los pocos que habían pasado allí la noche. Le hicieron vestir un mono de los que utilizaban aquellos días para los arreglos de la casa. Aunque le iba mal de medidas, no había otra ropa de seglar. Cruzando entre las masas enfervorizadas, que iban a celebrar el triunfo, consiguieron llegar a la casa de su madre, en la calle del Doctor Cárceles (hoy, Rey Francisco).

El Cuartel de la Montaña había caído. La situación se hizo confusa, y en Madrid empezó a dominar el terror. Se sabía que habían fusilado a mucha gente, pues el 21 de julio los cadáveres llenaban el depósito judicial y los iban amontonando a la entrada. Estaba claro que todas las precauciones serían pocas.

Don Josemaría tuvo que quedarse en casa de su madre, sin poder salir, por ser conocida de todos, en la zona, su condición sacerdotal. Como para cualquier otro sacerdote de Madrid, en aquel momento, la única alternativa era esconderse, o exponerse a ser asesinado por cualquier patrulla callejera, aunque también escondido corría el riesgo de los frecuentes registros.

La guerra civil llegaba justamente cuando ya disponía de una base de personas bien formadas con las que emprender una expansión inmediata: ampliar la residencia de Madrid, poner en marcha la de Valencia, comenzar en Francia. Todo se venía abajo. Además, el Fundador sufría ‑como Padre‑ en aquellos momentos, pues, al estar interrumpidas las comunicaciones, no tenía la menor noticia de muchos de los socios del Opus Dei, ausentes de Madrid. Y, por si fuera poco, no podía celebrar la Santa Misa, ni hacer oración junto al Sagrario.

Empezó una larga pesadilla, de escondite en escondite, erizada de dificultades y peligros. Don Josemaría no pensaba en sí mismo, sino en las almas, en la Iglesia y en la Obra, en cada uno de sus socios, en su madre y sus hermanos. Se palpaba a su lado una fe inconmovible en el carácter sobrenatural de la Obra, una fortaleza esperanzada para enfrentarse con cualquier tipo de problemas. Sus continuas reacciones sobrenaturales ‑la re­petición incesante de una breve jaculatoria, fiat!, de abandono en manos de Dios‑ quedaron grabadas en quienes le rodearon aquellos meses. Se convencieron pronto de que, cualquiera que fuese el curso de los acontecimientos, todo sería para bien, omnia in bonum!

Un punto de Camino reflejará, en buena medida, estas disposiciones interiores de don Josemaría, aunque no tengo certeza de que lo escribiera en aquellos primeros días de la guerra civil:

¡La guerra! ‑La guerra tiene una finalidad sobrenatural ‑me dices‑ desconocida para el mundo: la guerra ha sido para nosotros…

‑La guerra es el obstáculo máximo del camino fácil. ‑Pero tendremos, al final, que amarla, como el religioso debe amar sus disciplinas (Camino, 311).

Su optimismo acusaba siempre una nota de grave objetividad. Cuando muchos pensaban que la guerra duraría poco o que su fin era inminente, hacia ver a los que le acompañaban que aquello no estaba claro, que debían prever una espera mucho más larga de la que se figuraban. Con el tiempo, algunos verían en este tipo de afirmaciones, que no se correspondían con los datos comunes a todos, una cierta inspiración que escapa a lo natural. Y comenta Juan Jiménez Vargas: “Sin poner en duda los aciertos que tantas veces a lo largo de su vida indicaban una auténtica inspiración divina, en este caso concreto, como en otras ocasiones ‑por ejemplo, cuando pasamos el Pirineo‑, me parece que lo que hay que destacar en el fondo de todo esto es auténtica virtud personal. Era una prudencia ante los aconteci­mientos que, en medio de sus preocupaciones abrumadoras, le hacía estar más en la realidad que nadie, y con más objetividad a la hora de actuar”.

Todos tenían la convicción de que al Fundador no le pasaría nada, puesto que tenía que hacer el Opus Dei. Sin embargo, no dejaron de poner ningún medio necesario para su seguridad personal.

Estuvo en casa de su madre hasta que alguien comunicó la sospecha de que en aquella casa había personas escondidas en varios pisos. Se marchó y efectivamente poco después hubo registros. Sucedió esto en torno al 9 de agosto de 1936.

Fueron días y meses de tremenda confusión. Abundaron los desmanes y los abusos. Se cometieron muchos crímenes, y entre las víctimas hubo un alto porcentaje de sacerdotes y religiosos. En su detenida y documentada Historia de la persecución religiosa en España, Antonio Montero, hoy obispo auxiliar de Sevilla, aporta las siguientes y escalofriantes cifras: a lo largo de toda la guerra murieron 4.184 sacerdotes seculares (el 13 por 100), 2.365 religiosos (el 23 por 100), y 283 religiosas.

Se explica que, cuando en los primeros momentos a algunas personas les llegó la falsa noticia del fallecimiento del Fundador del Opus Dei, la aceptasen. Más aún, si ‑como sucedió en algún caso‑ la información venía con toda clase de detalles.

Estuvo en casa de un amigo, en la calle de Sagasta, 29, hasta finales de agosto. Septiembre lo pasó en un piso de la calle de Serrano, que era de unos argentinos amigos de don Álvaro del Portillo. El 1 de octubre tuvo que abandonar ese refugio, y pasó luego varios días durmiendo donde y como podía. Poco después, consiguió escondite haciéndose pasar por enfermo men­tal, en un sanatorio psiquiátrico de la Ciudad Lineal ‑en Arturo Soria, 492‑, que dirigía el doctor Suils, conocido de don Josemaría de los tiempos de Logroño. Su estancia en el manico­mio ‑controlado oficialmente por la UGT‑ fue especialmente dura, también porque se agravó el reumatismo que padecía: llegó a pasar cerca de dos semanas sin poder moverse. La inmovilidad de las articulaciones fue tan importante que hasta le tenían que dar de comer.

Por aquella época se había estabilizado el frente de Madrid, y todo daba a entender que la guerra se prolongaría..Se imponía buscar un refugio más normal, y con más garantías. Después de diversas gestiones con embajadas, surgió la posibilidad de entrar en la legación de Honduras (en sentido estricto, era únicamen­te la casa del cónsul, pero tenía reconocimiento y protección oficial). Allí llegó en marzo de 1937.

Había sufrido tanto ‑también de hambre‑ que estaba increíblemente delgado, irreconocible. Durante su estancia en esta legación de Honduras, entre marzo y agosto de aquel año, fue a verlo un día su madre. Lo esperaba en el vestíbulo, junto a la puerta del piso. Cuando salió, vestido de paisano, demacrado y pálido, doña Dolores no pudo reconocerlo hasta que oyó su voz: ‑¡Qué alegría verte, mamá!

Aquí el panorama de don Josemaría cambió: por fin, pudo celebrar la Santa Misa y, además, lo acompañaban varios socios de la Obra. Meses después, comenzó a hacer salidas a la calle, mediante un documento del cónsul de Honduras que lo acredi­taba como empleado de la legación. Luego, el primer día de septiembre, se fue a vivir a un ático de la calle Ayala, n.° 73, y siguió desplegando una intensa actividad apostólica por Madrid: charlaba con gente, celebraba Misa, llevaba la comunión, daba meditaciones.

En estas circunstancias lo conoció, por ejemplo, Tomás Alvira, como relataba en un artículo publicado en septiembre de 1975: “Recuerdo con todo detalle la primera vez que hablé con Monseñor Escrivá de Balaguer: fue en Madrid, al atardecer. un día de julio del año 1937″. Le impresionó “la recia personalidad de aquel sacerdote joven; la visión sobrenatural que encerraba todo cuanto decía; su optimismo y alegría, no fáciles de tener en aquellos momentos tan graves, y que sólo eran comprensibles al verlos nacer de una fe profunda”.

A Tomás Alvira le sorprendió mucho la invitación que un día recibió para hacer ejercicios espirituales con otras pocas personas más. La sorpresa estaba justificada, porque entonces en Madrid los sacerdotes eran perseguidos, y no había ninguna iglesia abierta. Por eso, aquellos ejercicios, que duraron tres días, tuvieron lugar en casas distintas. Cada uno llegaba por separado, tenían una meditación, y se iban, también por separado, para no estar mucho tiempo reunidos. Por la calle, seguían meditando, rezaban el rosario, etc. Después tenían la siguiente meditación en otra casa. Una de ellas fue la de José María Albareda, en la calle de Menéndez y Pelayo; otra, la del propio Tomás Alvira, en General Pardiñas, 28, 1.° C.

A finales del verano de 1937 habían disminuido algo los asesinatos en Madrid, pero las condiciones de vida para un sacerdote seguían siendo imposibles. Aunque en aquellas circuns­tancias era muy necesaria la presencia del Fundador en la ciudad, se vio la conveniencia de que abandonase Madrid y pasara a la otra zona de España. Le costó mucho tomar esta decisión. No se hacía a la idea de salir de la ciudad, dejando a su madre y a sus hermanos, y a la mayoría de los socios del Opus Dei en Madrid. Pero venció las dudas, y se decidió, por la insistencia de todos, incluso de su propia madre. Una vez re­suelto el problema de la documentación, partió hacia Valencia en octubre.

Allí estaban Francisco Botella y Pedro Casciaro, que tenían ya noticias de que podía llegar en cualquier momento. Pedro Casciaro solía ir al atardecer a casa de los Botella. Un día, al entrar en una salita, vio a Juan Jiménez Vargas con otra persona que no reconoció. Era “un señor muy delgado, correctamente vestido de gris oscuro que, apenas me vio, me abrazó diciéndo­me: Perico, ¡qué alegría de volver a verte!”. Había cambios tan notables en la fisonomía del Fundador después de esos quince meses, que Pedro Casciaro sólo lo reconoció por la voz: lo mismo que le había ocurrido con su propia madre, doña Dolores, como ya hemos visto. “Había adelgazado más de cuarenta kilos ‑escribe Pedro Casciaro‑; siempre lo había visto hasta ese momento con sotana, con el pelo muy corto y con tonsura muy amplia ‑que solía cubrir con un solideo de paño negro‑, y con gafas de delgados aros completamente redondos. Ahora tenía las mejillas hundidas, destacándose más su amplia frente; los ojos eran más penetrantes; el pelo, relativamente largo, lo peinaba con raya a un lado; las gafas eran ovales y de montura más gruesa; me fijé especialmente en un detalle insignificante en sí, pero ‑quién sabe por qué‑ muy significativo para mí: el nudo de la corbata estaba muy bien hecho. Lo único que no había cambiado nada en él era el tono de la voz”.

Desde Valencia, siguió viaje a Barcelona, en un tren noctur­no. Ya en la Ciudad Condal, comenzó una tensa espera, pues era más difícil de lo que les había parecido desde Madrid conectar con las personas que se dedicaban a sacar clandestinamente gente de España. Volvían a asaltarle dudas sobre la conveniencia de este paso. Pero acababa convencido de que era voluntad de Dios.

Por fin, el 19 de noviembre salió de Barcelona en el autobús de la Seo de Urgel. Después de días difíciles, el 2 de diciembre de 1937 conseguían cruzar la frontera de Andorra y llegaban a Sant Juliá. Terminaba la pesadilla que empezó en octubre de 1937. El Fundador del Opus Dei lo había pasado muy mal: además de la atenazante preocupación por los que quedaban en Madrid y en los frentes, la fatiga física rozaba el agotamiento desde la primera noche en que habían comenzado a andar. No obstante, los que fueron con él coinciden en que conservó siempre la paz y la alegría. Don Juan Jiménez Vargas asegura que, hasta enton­ces, no había llegado a comprender bien lo que es la alegría del que se sabe hijo de Dios. Poco después, don Juan hizo una breve nota, resumen de su experiencia de aquellos meses, que dio origen al punto 659 de Camino:

La alegría que debes tener no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre‑Dios.

Con esta alegría, el Fundador del Opus Dei se puso de nuevo en marcha. Pasó por Lourdes antes de volver a España. Cruzó la frontera por Irún, y en Pamplona don Marcelino Olaechea, su buen amigo, lo alojó en el Palacio episcopal. Poco después se trasladó a Burgos, donde vivía el Obispo de Madrid, y desde donde le sería más fácil recuperar el contacto con diversas personas a las que venía tratando ya antes de la guerra y que estaban ahora desperdigadas por el país.

Pero las dificultades no cesaron. La mayor parte de los que le habían acompañado en el cruce de los Pirineos tuvieron que incorporarse a filas. Afortunadamente a Burgos acudían muchos otros, cuando conseguían permiso en sus destinos militares. Desde la capital castellana don Josemaría hizo un inmenso apostolado epistolar. Cuando era necesario, se trasladaba hasta donde hiciera falta, para atender a quien pasaba dificultades, para dirigir un curso de retiro, para visitar a algún obispo, para resolver los problemas que surgían. Tomás Alvira, uno de los que le acompañaron por los Pirineos, conserva una carta suya fechada en Burgos, el 4 de febrero de 1938:

Jesús te guarde.

Querido Tomás: ;Qué ganas tengo de darte un abrazo! Mientras, te pido que nos ayudes, con tus oraciones y tus trabajos.

Yo voy corriendo de un lado a otro: acabo de venir de Vitoria y Bilbao. Y antes: Palencia, Valladolid, Salamanca y Ávila. Ahora estoy curando un catarro que pesqué en el Norte. Después, voy a León y a Astorga.

Tomasico: ¿cuándo harás una escapada, para que nos veamos?

Muchos escribían a Burgos, preguntando dónde estaría el Padre en una fecha determinada, en la que tendrían permiso. No siempre se les podía contestar con precisión. A veces había que decir: “en el vagón del ferrocarril, o en algún coche desvencijado frente”. del Opus Dei le interesaban, por encima de todo, las personas: recuperar el contacto con los que participaban en las actividades apostólicas antes de la guerra, mantener su vida interior y su afán apostólico, hacer nuevos amigos. Su intenso apostolado epistolar cuajó también en una por esas carreteras, o.., en el En Burgos, al Fundador especie de carta colectiva, mediante la cual se daban a todos, noticias de todos. Esto no resultaba nuevo, porque ya mucho antes ‑al menos desde el verano de 1934‑ don Josemaría había hecho enviar este tipo de cartas de familia, llenas de vibración sobrenatural, y también de sentido del humor. Se conservan algunas de aquellas cuartillas mecanografiadas y reproducidas con un modestísimo velógrafo. En ellas se resumían brevemente las cartas que, durante el verano, iban llegando de unos y otros a la Academia DYA, para contar a los demás dónde estaban, qué hacían en el verano ‑deporte, arte, estudios, idiomas, activida­des de ayuda a médicos rurales, preocupaciones apostólicas‑, y al mismo tiempo, se les animaba a perseverar en la piedad y a mantener caldeado el afán de transmitir a otros sus ideales cristianos, con vistas al curso siguiente, para seguir “adelante…, con ¡Dios y audacia!”.

El mismo tono ‑aunque salpicado de anécdotas relacionadas con la guerra‑ tuvieron las Noticias de Burgos. Acusaban recibo con agradecimiento de las cartas que llegaban de los frentes y de los buques de la Armada, “con idéntica vibración, con preocupa­ciones comunes y con el mismo sobrenatural y alegre optimis­mo”. Daban noticia de los que habían pasado por allí, para estar un rato con el Fundador de la Obra.

En esas cartas bromas divertidas. estudiando ‑sobre “hace más el que abundaban los detalles pintorescos y las Era tenaz la insistencia en que siguieran todo idiomas‑ a pesar de las dificultades: quiere que el que puede”. Desde Burgos animaban a que les pidieran gramáticas, diccionarios, textos para hacer traducciones. Y les hablaban de la biblioteca que iban formando, con libros que les llegaban, incluso, desde fuera de España. Habían escrito, en ese sentido, a autoridades académi­cas de diversos países. En una carta de 1938 se lee: “¿Sabéis que pedimos libros ‑y en varias lenguas‑ para leerlos? Parece una perogrullada, pero es que… no siempre sucede así”.

Todos los meses salía la breve y rudimentaria edición, a veces con un “perdonad el laconismo de estas cuartillas: escasea el papel”. A veces también, con la noticia de la muerte de alguno en los campos de batalla: “¡un protector más!”. O con informa­ciones de quienes seguían en la otra España: “es ejemplar la fe y la continuidad con que trabajan”.

Las lacónicas misivas estaban sazonadas con múltiples refe­rencias sobrenaturales, llenas de naturalidad. En una aparece esta frase, toda una síntesis del espíritu de esos días: “Libro, idiomas, estudio: instrumentos de vuestro trabajo. Pero no olvidéis que el carácter sobrenatural de nuestra empresa nece­sita ORACION, SACRIFICIOS, FRECUENCIA DE SACRA­MENTOS”.

La ilusión apostólica llevó al Fundador del Opus Dei a pedir a todos que le ayudasen a localizar a los que no aparecían. Quería tener sus domicilios ‑seguros o probables‑ cuando terminase la guerra. Les animaba continuamente a hacer apostolado: entre tanto muchacho generoso, que tú conoces, ¿crees que no habrá uno, siquiera capaz de entendernos?

Al lado de don Josemaría, que no pensaba sólo en España, los horizontes se dilataban. Uno de los redactores de las noticias escribió: “La España futura es poco: al escribir estas cuartillas de familia, siente uno que el planeta se achica”.

Sin embargo, no abandonaba lo inmediato: la vuelta <: Madrid. El Fundador de la Obra iba preparando todo lo que podía, también en el orden material. Junto a los libros, fue reuniendo lo indispensable para el nuevo oratorio: un sagrario: candeleros… Encargó albas y ornamentos a la familia de Vicente Rodríguez Casado, que estaba en Burgos. A otros, que diseñasen y tratasen de hacer un cáliz… Esta preocupación quedó recogida también en una carta: “Con aquel espíritu anónimo de los primitivos talleres de arte, vamos construyendo los vasos sagra­dos, los ornamentos y los otros objetos litúrgicos para nuestro Oratorio. Os aseguramos que serán gratos a Dios por ese espíritu con que se van haciendo, y a vosotros, por la reciedumbre del material que se emplea, por el vigor y delicadeza de la forma, por la armonía del conjunto”. Muchos de estos objetos litúrgicos se guardaron en el palacio episcopal de Ávila. Su obispo se había ofrecido a tenerlos bajo su custodia hasta que llegara el momento de volver a Madrid.

Don Josemaría estaba en el “Hotel Sabadell”, en la calle de la Merced, número 32 (a finales de 1938 ó comienzos de 1939, se trasladaría a una casa todavía más modesta de la calle de la Concepción, número 9, 3.° izquierda). Seguía viajando siempre que era necesario. A veces, simplemente, para visitar a un herido.

Así se le presentó la ocasión de ir al frente de Madrid, porque el 7 de junio de 1938, a don Ricardo Fernández Vallespín, en un servicio de destrucción de bombas de mano defectuosas, le estalló una muy cerca. Desde el hospital de campaña hizo que telegra­fiaran, comunicándoselo. En cuanto pudo, acudió a verlo y pasó una noche en el puesto de mando de la batería, en Carabanchel Alto. Otro oficial lo llevó al observatorio que tenían instalado en la antigua Escuela de Automovilismo de Carabanchel. Allí contempló con el anteojo de antenas de la batería la casa de Ferraz, 16, semidestruida. Al ver esas ruinas, se echó a reír. Un oficial le preguntó el motivo. Con su fe indómita en la Providen­cia divina, contestó: porque estoy viendo lo poco que queda de mi casa. Dios arreglaría todo, pensaba, aunque no lo dijo. Natural­mente, el oficial se quedó desconcertado, sin entender nada.

El trágico paréntesis de la guerra, que para el Opus Dei se había abierto con esas ruinas, no tardaría en cerrarse. Y los meses de Burgos quedarían atrás, como etapa de cimentación, en la que se recuperaron contactos y se empezó a preparar el futuro: fue un tiempo de esperanza, de oración y de intensas mortifica­ciones del Fundador del Opus Dei.

Don Josemaría llegó a Madrid al mismo tiempo que la primera columna de aprovisionamiento. Tal era su impaciencia. Don Ricardo Fernández Vallespín le acompañó en la primera visita que hizo a los restos de Ferraz: “Al llegar a nuestra casa la vimos destruida, más de lo que pensábamos”. El edificio había sufrido daños durante el asalto al Cuartel de la Montaña. Luego fue incautado por las milicias populares. Por fin, al aproximarse el frente de Madrid, los bombardeos acabaron por destruirlo.

De momento, volvió a alojarse, como antes de la guerra, en la vivienda del Rector del Patronato de Santa Isabel. Desde allí continuó su trabajo apostólico, y empezó de nuevo a buscar un sitio apropiado para instalar la residencia de estudiantes. Quería que comenzase a funcionar en octubre de 1939. Así fue, en unos pisos alquilados en la calle Jenner, cerca del Paseo de la Castellana, de capacidad semejante a la antigua residencia de Ferraz, 50.

El Fundador del Opus Dei recomenzó, también esta vez, sin medios materiales, fiado en la idea clara de que Dios estaba empeñado en que su Obra se realizase. Ángel Galíndez, residente de Ferraz, y luego de Jenner, confesaría en 1975 en El Correo Español de Bilbao: “Muchas veces, a lo largo de estos casi cuarenta años, he reflexionado sobre la figura Dei Padre, rica de contenido insondable, audaz y apostólica… Sí, he pensado muchas veces en la fe inmensa y en la audacia incontenible y en el afán apostólico del Padre, que hicieron posible que aquella pequeña casa donde viví se transformara en la gigantesca Obra actual”.

Todo fue posible por su inquebrantable esperanza. Lo resaltó don Manuel Aznar, en La Vanguardia Española, de Barcelona: “No sé qué don carismático poseía que le permitía promover esperanza, ensanchar horizontes, vencer pesimismos, comunicar la seguridad de un futuro resplandeciente, calmar desasosiegos, iluminar dudas, sentirse, ante todo y sobre todo, sacerdote de Dios, y en calidad de tal, predicar y pedir una viva permanencia en la fe, una ardorosa caridad, pero también una luminosa esperanza. Supongo que era un gran meditativo de San Pablo. Sin duda por su condición de hombre esperanzador”.

El propio Fundador del Opus Dei detallaría en 1940:

La Obra está saliendo adelante a base de oración: de mi oración ‑y de mis miserias‑ que a los ojos de Dios fuerza lo que exige el cumplimiento de su Voluntad; y de la oración de tantas almas ‑sacerdotes y seglares, jóvenes y viejos, sanos y enfermos‑, a quienes yo recurro, seguro de que el Señor les escucha, para que recen por una determinada intención que, al principio, sólo sabía yo. Y, con la oración, la mortificación y el trabajo de los que vienen junto a mí: éstas han sido nuestras únicas y grandes armas para la lucha.

Así va ‑así irá‑ la Obra haciéndose, creciendo, en todos los

ambientes: en los hospitales y en la universidad; en las catequesis de los barrios más necesitados; en los hogares y en los lugares de reunión de los hombres; entre los pobres, los ricos y las gentes de la más diversa condición, para hacer llegar a todos el mensaje que Dios nos ha confiado.

Una misión que la Obra se ha lanzado a cumplir derecha­mente, con generosidad, sinceramente, sin subterfugios ni mece­nazgos humanos, sin recurrir ‑valga el ejemplo‑ al continuo salto en busca del sol que más calienta o de la flor más rica y vistosa: el sol está en nuestro interior y la labor se realiza ‑como ha de ser‑ en la calle, y se dirige a todos.

En estos años del comienzo, me lleno de profunda gratitud hacia Dios. Y al mismo tiempo pienso, hijos míos, en lo mucho que nos queda por recorrer hasta sembrar en todas las naciones, por toda la tierra, en todos los órdenes de la actividad humana, esta semilla católica y universal que ha venido a esparcir el Opus Dei.

Por eso, sigo apoyándome en la oración, en la mortificación, en el trabajo profesional y en la alegría de todos, mientras renuevo constantemente mi confianza en el Señor: universi, qui sustinent te, non confundentur (Ps., XXIV, 3); ninguno de los que ponen en Dios su esperanza será confundido.

Supo querer

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Uno de los secretos de Mons. Escrivá de Balaguer fue su gran cordialidad. A su lado era fácil sentirse comprendido, arropado, empujado hacia el amor de Dios. Su corazón desbordaba cariño: hacia Dios, hacia los hombres, hacia el mundo. Amar al mundo apasionadamente es el título de la homilía que predicó en 1967 en el campus de la Universidad de Navarra. Un título a la medida de su corazón. Pues en él cabían las penas y las alegrías, los cuerpos y las almas, lo grande y lo aparentemente trivial.

Ha asombrado a muchos la prodigiosa memoria del Fundador del Opus Dei. Ex abundantia enim cordis os loquitur: dice la Escritura que de la abundancia del corazón habla la boca (Mt., XII, 34). Mons. Escrivá de Balaguer, porque sabía querer, advertía ‑y recordaba‑ cientos de pequeños detalles que parecían no tener importancia.

La anécdota sucedió un día de 1974 en Brasil. Hacía trece años que Rafael Llano no le veía. El Fundador del Opus Dei respondió a su saludo con la melodía italiana ‑Tímida é la bocca tua‑ que solía entonarle amablemente en Roma, mucho tiempo atrás, haciendo alusión a las dimensiones no pequeñas de la boca de Rafael y de sus hermanos, casi todos socios de la Obra. Por la tarde, le comentaría:

‑Recuerdo que una vez había mucha gente. Vi a uno y le dije: tú eres fulanito. Y me contestó: sí; ¿en qué la boquita! ¿Te acuerdas?

Rafael respondió que sí, que a toda la familia les gustaba ser reconocidos por la boca, y por la canción. Al oírla por la mañana, se había echado a llorar.

La cordialidad del Fundador del Opus Dei era tan espontá­nea, que sorprendía incluso a los que convivían con él. Como sucedió en México, un día de 1970:

En una esquina del vestíbulo principal de ESDAI (Escuela Superior de Administración de Instituciones), obra apostólica promovida por la Sección de mujeres del Opus Dei en México, estaba Victoria, una asociada de la Obra, con su madre anciana, que quería, aunque sólo fuera, ver pasar al Padre. Cuando le dijeron a Mons. Escrivá de Balaguer que era la madre de dos auxiliares del hogar y dos obreros, los cuatro, socios de la Obra, se acercó para decirle que los acababa de ver en Montefalco. Sin dar tiempo a reaccionar a los que estaban a su alrededor, la señora se arrodilló con un gesto de agradecimiento y de respeto, y se empezó a inclinar para besarle los pies. ¡Eso no, hija mía, eso no! Inmediatamente, Mons. Escrivá de Balaguer se puso de rodillas. Somos iguales, hija mía, somos hijos de Dios, con la diferencia de que yo no soy más que un pobre pecador, por el que hay que rezar mucho. El gesto fue tan rápido, que nadie sabía qué hacer. Victoria intentaba levantar a su madre. Don Álvaro del Portillo esperaba poder ayudar a Mons. Escrivá de Balaguer a levantarse. Fue un minuto. Fue largo. Nadie hablaba… Nadie se movía. Sólo se escuchaba la voz afabilísima del Fundador del Opus Dei diciendo cosas a la anciana que, cubierta la cabeza con su rebozo, lloraba. Cuando se retiró, esa campesina decía con voz entrecortada por los sollozos: “Hoy ha sido el día más feliz de mi vida”.

Para don José Orlandis, Mons. Escrivá de Balaguer era “el más cordial, el más afectuoso, el más entrañable de los hombres: era, verdaderamente, el Padre. A nadie he conocido con mayor capacidad de amar, de amar a todos, teniendo para todos los brazos bien abiertos. Parece imposible que un mismo hombre pudiera ser a la vez tan de Dios y tan profundamente humano”.

“El secreto ‑explica Orlandis, repitiendo lo que había escuchado al propio Fundador del Opus Dei‑ estaba, sencilla­mente, en que amaba a Dios y a los hombres con el mismo corazón. Amaba al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y a Santa María, con el mismo corazón de carne con que había amado a su madre y con que amaba a sus hijos”.

En 1974, en Sáo Paulo, le preguntaron:

‑Cómo hacer para que todas las personas quepan dentro de nuestro corazón y que nuestro temperamento no nos estorbe con su sensibilidad?

‑¿Qué te crees? Que el corazón humano es pequeñito y cabe una familia, y no cabe más? Toda la familia nuestra ‑somos miles y miles de personas, de distintas razas, de distintas lenguas, de distintos continentes…‑, todos caben. Ya verás qué fácil es. Si no te apartas del trato de Jesús, María y losé; si procuras tener vida interior; si eres hombre de oración; si trabajas, porque si no, no hay vida interior…, entonces el corazón se agranda.

Esa pregunta me la hacía a mí mismo al principio (…). Señor, y cuando seamos muchos, qué sucederás Porque ahora los quiero tanto: pero, cuando seamos una multitud? Ahora somos muchos, muchos, muchos, y el corazón se ha hecho grande, grande: a la medida del Corazón de Cristo, en el que cabe toda la humanidad y mil mundos que hubiera…

Mons. Johannes Pohlschneider, obispo de Aquisgrán, escribió en el Deutsche Tagespost que el día 27 de junio de 1975 recibió, por teléfono, la noticia de la muerte totalmente inesperada del Fundador y Presidente General del Opus Dei. Se quedó profun­damente consternado, con la sensación como si, de repente, una estrella luminosísima se hubiese apagado en el cielo de la Iglesia: “Mucho más potentes aún que las fuerzas de su inteligencia eran los impulsos que su corazón irradiaba a su alrededor. Espontáneamente me viene a la cabeza lo que dice la Iglesia del gran apóstol de la juventud don Bosco, en el Introito de la Misa en la fiesta de este Santo: Dedit illi Deus sapientiam et prudentiam multam nimis, et latitudinem cordis quasi arenam quae est in littore maris. Esa latitudo cordis, en la que cabían todos y todo, pero muy especialmente el Amor de Dios y del prójimo, era la característica esencial de este sacerdote. Amaba, quería a los hombres en el sentido más verdadero de esta palabra, y se preocupaba y cuidaba de ellos”.

A Mons. Escrivá de Balaguer le hacían sufrir la ignorancia, la miseria, el hambre de pan o de cultura, la enfermedad, el desconsuelo, la soledad… Y vivía a fondo aquellas escenas del Evangelio que hablan de la misericordia de Jesús, ante el dolor y las necesidades de los hombres: Se compadece ‑puede leerse en una de sus homilías‑ de la viuda de Naím, llora por la muerte de Lázaro, se preocupa de las multitudes que le siguen y que no tienen qué comer, se compadece también sobre todo de los pecadores, de los que caminan por el mundo sin conocer la luz ni la verdad.

De ahí surgía un propósito claro: tratar filialmente a Santa María, porque, cuando somos de verdad hijos de María com­prendemos esa actitud del Señor, de modo que se agranda nuestro corazón y tenemos entrañas de misericordia. Nos duelen entonces los sufrimientos, las miserias, las equivocaciones, la soledad, la angustia, el dolor de los otros hombres nuestros hermanos. Y sentimos la urgencia de ayudarles en sus necesi­dades, y de hablarles de Dios para que sepan tratarle como hijos y puedan conocer las delicadezas maternales de María.

Su desvelo llegaba tanto a las grandes crisis de la humanidad, que afectan a las muchedumbres, como a los pequeños proble­mas que agobian a los que conviven cerca. Vivió y enseñó desde los comienzos de la Obra lo que reiteraba el 1 de octubre de 1967, en Tajamar: Se pasó el tiempo de dar perras gordas y ropa vieja. ;Hay que dar el corazón y la vida!

Darse al que está al lado, olvidarse completamente de uno mismo: era justamente una de las claves de su perenne alegría.

En el trato con los demás, subrayaba siempre los aspectos positivos de sucesos y personas. “No le he visto nunca pesimista, nunca, a pesar de todo; a pesar de las muchísimas con­trariedades, dificultades, y calumnias, que hubo de soportar. Siempre, abrazado a la fe en Cristo Jesús, navegó con se­renidad y caridad”, acredita don Joaquín Mestre Palacio, Prior de la Basílica de Nuestra Señora de los Desamparados de Valencia.

Unos veinte días antes de morir, el 7 de junio de 1975, en una conversación con más de un centenar de socios del Opus Dei, del enorme corazón de Mons. Escrivá de Balaguer surgió, improvi­sado, un cántico a la alegría de vivir:

Estáis comenzando la vida. Unos comienzan y otros acaban, pero todos somos la misma Vida de Cristo: ;y hay tanto que hacer en el mundo! Vamos a pedirle al Señor, siempre, que nos ayude a todos a ser fieles, a continuar la labor, a vivir esa Vida, con mayúscula, que es la única que merece la pena: la otra no vale la pena, la otra se va, como el agua entre las manos, se escapa. En cambio, ;esta otra Vida! (…)

¿Qué queréis que os diga? Ya os lo he dicho siempre: que habéis sido llamados por Dios para que seáis santos, para que seamos santos, como enseñaba San Pablo. Sed perfectos así como vuestro Padre celestial es perfecto: esas son las palabras de Cristo.

Ser santo es ser dichoso, también aquí en la tierra. Y me preguntaréis quizá: Padre, y usted ¿ha sido dichoso siempre? Yo, sin mentir, recordaba hace pocos días, no sé dónde fue, que no he tenido nunca una alegría completa; siempre, cuando viene una alegría, de esas que satisfacen el corazón, el Señor me ha hecho sentir la amargura de estar en la tierra, como un chispazo del Amor… Y, sin embargo, no he sido nunca infeliz, no recuerdo haber sido infeliz nunca. Me doy cuenta de que soy un gran pecador, un pecador que ama con toda su alma a Jesucristo. Así, que infeliz, nunca; alegría completa, nunca tampoco. ;Ay que lío me he hecho!

Ayudadme a ser santo; pedid por mí para que sea bueno y fiel. Pero que no se quede todo en palabras; poned también obras, que el ejemplo arrastra.

También ocurrió en Roma. Lo firmó Jesús Urteaga en Mundo Cristiano. El Fundador del Opus Dei había advertido en la cara de un estudiante un gesto de contrariedad. Le preguntó qué le pasaba. Y cuando le dijo que estaba cansado, le contestó sonriendo:

‑Hijo mío, yo llevo cincuenta años haciendo las cosas a contrapelo.

Pero no era fácil notarlo, porque, como solía enseñar, muchas veces la mejor mortificación es la sonrisa. Diez días antes de su muerte, el 15 de junio de 1975, decía en otra conversación con un numeroso grupo de socios de la Obra:

Yo tengo la devoción de celebrar frecuentemente ‑cuando lo permite la liturgia‑ la Misa de la Santísima Virgen; me paree que os lo he dicho alguna vez. Y hay una vieja oración, en la que el sacerdote pide la salud mentis et corporis, y después la alegría de vivir. ;Qué bonito! Creen por ahí que la alegría de vivir es cosa pagana, porque lo que buscan es la alegría de morir, de suici­darse neciamente, suicidarse con estiércol hasta por encima de los ojos. Seguir a Cristo, buscar la santidad es tener la alegría de vivir. Los santos no son tristes, ni melancólicos; tienen buen humor.

En esa alegría de vivir se fijó también el profesor Viktor 1 . Frankl, en sus encuentros romanos con el Fundador del Opus:

Dei, y la describe en términos precisos, técnicos: “Evidentemente Monseñor Escrivá vivía totalmente en el instante, se abría a .I completamente, y se entregaba a él del todo. En una palabra. para él debía poseer el instante todas las cualidades de lo decisivo (Kairos‑Qualitiiten)”.

Su buen humor era contagioso, porque respondía a una alegría verdadera, que surgía de la paz de su alma en gracia w tenía también raíces de dolor: el dolor normal que acompaña,,: necesariamente la vida de todo hombre sobre la tierra. Se había fijado en los campesinos de su tierra, que pinchan las brevas, para que el fruto sea más dulce, y así aceptaba contento las contrariedades de cada día, viendo en ellas los alfilerazos con los que el Señor haría que su jornada fuera más fecunda y esperan­zada.

El 27 de junio de 1975 El Noticiero de Zaragoza publicaba un artículo de José María Zaldívar, que refleja el clima cordial que el Fundador del Opus Dei creaba a su alrededor, como por ósmosis. Había ido en octubre de 1960 a Zaragoza, para recibir la investidura como doctor honoris causa de su Universidad. José María Zaldivar acudió al Paraninfo de la Facultad de Medicina, donde se celebraba el acto, aunque llevaba unos días sin poder acercarse a los micrófonos en su diaria emisión de la radio, porque la inesperada muerte de su hermano le tenía en un hundimiento total. Había ambiente de fiesta en aquel Paraninfo. Mons. Escrivá de Balaguer entró “sencillo, abstraído de toda vanidad humana; sonriendo, familiar. Comprendí al verle cruzar aquella vía académica, que él nos demostraba ‑autor de Camino‑ su propio camino y su peculiar forma de caminar. La sencillez, la que engendra la paz en diafanidad de criterios; la rigurosidad suave que se puede crucificar con sonrisas”. Tanto se conmovió José María Zaldívar que aquel mediodía volvió “a ser voz en la radio, a base de olvidar mis penas, contando la alegría del altoaragonés”.

La anécdota llegó a oídos de Mons. Escrivá de Balaguer, que quiso saludarle. Zaldívar acudió a la cita. En el periódico, quince años después, no recoge el diálogo. Sólo habla de un abrazo, de una bendición y de un regalo: un ejemplar de Camino, con una jaculatoria escrita por la mano del Fundador del Opus Dei: Omrria ira bonum! (“Todo es para bien”). Y concluye José María Zaidívar: “Me ha correspondido en la vida, como a todo mortal, sufrir desde 1960 tantas casas que pocos sabrán… Pero ahí estaban las lecciones.

Su sobrenatural y humana alegría de vivir aparece en toda su fuerza cuando se enfrenta con un dolor tremendo, con una enfermedad incurable, con el lento consumirse de una vida. El Diario de Burgos publicó el 13 de agosto de 1975, el testimonio impresionante de un hombre que quería hacer pública su “deuda con Monseñor Escrivá de Balaguer”. Así tituló su artículo Manuel Villanueva Vadillo: era un hombre joven cuando le diagnosticaron una parálisis progresiva, que le ha llevado a una palabras de Josemaría Escrivá de Balaguer, como silla de ruedas, sin ninguna esperanza de volver a andar. Allí aprendió, guiado por el Fundador del Opus Dei, el significado del dolor. Poco a poco fue descubriendo que el sufrimiento, aceptado y ofrecido por amor a Dios, le hacía corredentor con Cristo. Y comprendió el valor auténtico de aquellas palabras: los enfermos son el tesoro del Opus Dei.

Manuel Villanueva rememora cómo el Fundador de la Obra, cuando era un sacerdote joven fue a buscar los medios para hacer la Obra de Dios en los hospitales: “Eran gente desamparada enferma; algunos con una enfermedad entonces incurable, la tuberculosis. Su tesoro estaba allí: repartido entre los enfermos que ofrecían el gozo de su dolor, y entre aquellos que, de su mano, subieron a la presencia de Cristo. Yo formaba ‑y formo‑ parte de ese tesoro”.

Alguien escribió en la prensa, también a raíz de la muerte de Mons. Escrivá de Balaguer, que, de tanto querer, se le había roto el corazón. Y más de uno recordó aquello de morir inadvertido en una buena cama, como un burgués…, pero de mal de Amor (Camino, 743). Sólo que el Fundador de la Obra, en sus últimos años, más bien decía que de amor no se muere, de amor se vive. Como aquel 7 de enero de 1975 en La Lloma, cerca de Valencia. Hubo canciones; entre otras, aquella ‑Si vas para Chile‑ que le cantaron un año antes en Buenos Aires, la víspera de su salida hacia Santiago. Una canción suave, saturada de nostalgia, que habla de amor:

Si vas para Chile te ruego viajero le digas a ella que de amor me muero…

‑Bueno, eso de que se muere de amor… ‑comentó‑, De amor se vive. Quered mucho, quered con todo el corazón, que no os moriréis de amor. ;Hala, a poner el corazón en el Señor, a quererlo de verdad! Amad a su Madre, a San José, y vivid con ellos en Belén, en Nazaret, en Egipto… Que os enamoréis de verdad, y que viváis de amor: que de amor no se muere, no. Eso son cuentos: el amor da la vida; sin amor no se puede vivir. Por eso os quiero enamorados; porque, si lo estáis, no me da miedo nada. ¡Seréis fieles!

Y el Fundador del Opus Dei concluyó:

¡Vivid de amor, hijos míos, aunque digáis, mintiendo, que morís de amor!

Torreciudad: un Santuario mariano

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El cariño a Santa María, Madre de Dios y de los hombres, es una constante en la historia del Opus Dei, es decir, en la vida de Monseñor Escrivá de Balaguer y en la de cada uno de los miembros de la Obra, y es también el sello, más o menos apreciable a primera vista, de las labores apostólicas de los miembros del Opus Dei. En los cimientos de todas esas actividades aparece siempre la Virgen, cuyo toque firme y sereno de ternura presidirá las actividades humanas. El Fundador de la Obra había dicho en varias ocasiones de sí mismo que era «un pobre pecador que ama con locura a Jesucristo», y que en lo único que deseaba que le imitasen era en su amor a Santa María. Y el ejemplo se hizo realidad, en los miembros, desde los primeros días del Opus Dei.

Efectivamente era muy difícil ver o escuchar a Mons. Escrivá de Balaguer sin acusar en seguida su contagiosa y delicada devoción mariana. Como es difícil tratar con la gente del Opus Dei sin descubrir, en vivo, la misma devoción. El Angelus, el Santo Rosario, piropos a la Virgen, las jaculatorias, los detalles que se ven y esos otros, incontables, que permanecen en la intimidad de los corazones para asomar de continuo en una profunda devoción filial… Muchas oraciones y tradiciones marianas han sido heredadas celosamente, como un tesoro inapreciable, por el Opus Dei, que en la formación de sus miembros y en la base de su espiritualidad, ha puesto siempre a la Virgen en el lugar que le corresponde, es decir, inmediatamente después de Dios.

La ciudad de Barbastro ha quedado atrás. La carretcra recorre la orilla derecha del río Cinca; penetra en el Somontano y el paisaje se vuelve agreste. Más allá de la presa de El Grado se convierte el Cinca en lago cerrado por recios canchales que el agua no puede cubrir. En su orilla izquierda, sobre un peñasco, se encuentra la vieja ermita y, cerca, un torreón de señales medio derruido. Más elevado, el nuevo Santuario con los edificios en los que se realiza la labor espiritual con la que soñó el Fundador del Opus Dei. Al fondo se recorta en un limpio cielo azul la impresionante mole del Pirineo aragonés.

El silencio invita a la contemplación. Aquí sucedió algo que es parte de la historia del Opus Dei. Fue en 1904, cuando Mons. Escrivá de Balaguer contaba con dos años de edad. Contrajo una grave enfermedad y fue desahuciado por los médicos. Su madre rezó intensamente a la Virgen y, días más tarde, llevaba al niño, sorprendentemente curado, en peregrinación de acción de gracias a la ermita de Nuestra Señora de Torreciudad: «Me trajeron mis padres –recordaría muchas veces–. Mi madre me llevó en sus brazos a la Virgen. Iba sentada en la caballería, no a la inglesa, sino en silla, como entonces se hacía, y pasó miedo porque era un camino muy malo».

Torreciudad ha sido, desde tiempo inmemorial, punto de encuentro de piedad mariana para las gentes del Somontano aragonés. Cuenta la tradición, recogida por los historiadores, que ya en el siglo XI se inicia esa devoción popular. Millares de personas se han postrado a los pies de la Virgen de Torreciudad durante nueve siglos.

A esta larga historia se quiso sumar Mons. Escrivá de Balaguer y, bajo su impulso espiritual, se fueron poniendo los medios necesarios para levantar un Santuario en el que, de acuerdo con la aprobación de la autoridad eclesiástica competente, se colocara la imagen restaurada para que fuera lugar de conversión bajo el amparo de la Santísima Virgen.

«Me da mucha alegría –había dicho Mons. Escrivá de Balaguer– la devoción que se tiene a la Virgen en Fátima y en Lourdes; me llena de gozo que se honre con tanto amor a nuestra Madre del Cielo. También contribuiremos nosotros a que aumente este amor».

La radical gratitud del Opus Dei a Santa María encuentra en ese Santuario la expresión más adecuada. No fue necesario inventar nada. En torno a la Virgen de Torreciudad, que presidía el lugar, se agolparon los esfuerzos, la generosidad y el agradecimiento de todos los hombres y mujeres del Opus Dei y de millares de personas de todo el mundo –incluidos no católicos, por supuesto– para construir en pocos años un digno Santuario estrechamente unido a un Centro Social y Educativo. Y es bello pensar que en cada ladrillo aragonés, en cada grano de alabastro, en cada baldosa y en cada madero de los edificios que componen el conjunto, late el amor a Santa María expresado en todos los idiomas del universo.

Puesto en marcha por un Patronato, ideado para promover el culto a la Virgen, fomentar la labor educativa y social y facilitar la ayuda necesaria en la realización del proyecto, el Santuario de Torreciudad empezó a ser una realidad en cuanto se abrieron las primeras zanjas y se allanaron los primeros caminos. Su irradiación espiritual y cultural alcanza tanto al trabajo investigador del profesor como al trabajo de las mujeres campesinas, con sus clases de economía doméstica, pasando por los cursos de formación para profesionales, las reuniones de directivos de centros de enseñanza, cursos de retiro espiritual, congresos, cursos de formación cultural básica, programas de técnicas de estudio, cursos de formación de monitores de escuelas agrarias, cursos de iniciación universitaria, cursos para mejorar los cultivos…

En una entrevista publicada el 3 de mayo de 1969 en el semanario de Barbastro, El Cruzado Aragonés, Mons. Escrivá de Balaguer había dicho que «tenía una ilusión muy grande» en ver realizadas las obras., «en primer lugar porque supondrá un aumento de la devoción a la Virgen Santísima».

–¿Qué frutos espera de estas obras de Torreciudad?, –le preguntó entonces el periodista.

«Espero frutos espirituales: gracias que el Señor querrá dar a quienes acudan a venerar a su Madre Bendita en su Santuario. Estos son los milagros que yo deseo: la conversión y la paz para muchas almas.

»En Torreciudad –añadía– no habrá nada que, ni de, lejos, pueda parecer una tienda de objetos de piedad. Allí se irá a rezar, a honrar a la Virgen y a buscar los caminos de Dios; no a comprar baratijas. No me gusta que la casa ele Dios se convierta en un bazar».

En esa misma ocasión Mons. Escrivá de Balaguer manifestó también su deseo de que en el Santuario nuevo de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad hubiese muchos confesonarios, «para que las gentes se purifiquen en el Santo Sacramento de la Penitencia y –renovadas las almas– confirmen o renueven su vida cristiana, aprendan a santificar y amar el trabajo, llevando a sus hogares la paz y la alegría de Jesucristo… Así recibirán con agradecimiento los hijos que el cielo les mande, usando noblemente del amor matrimonial, que les hace partícipes del poder creador de Dios: y Dios no fracasará en esos hogares cuando El les honre escogiendo almas que se dediquen, con personal y libre dedicación, al servicio de –los intereses divinos. ¿Otros milagros? Por muchos y grandes que puedan ser, si el Señor quiere así honrar a su Madre Santísima, no me parecerán más grandes que los que acabo de indicar antes, que serán muchos, frecuentísimos, y pasarán escondidos sin que puedan hacerse estadísticas».

Y terminaba la entrevista diciendo: «Espero que un día no lejano podré acercarme, como peregrino, a rezar a mi Madre Santísima de Torreciudad».

Lo hizo, descalzo, cuando todavía no estaban terminadas las obras. Y volvió también a Torreciudad en mayo de 1975: recorrió todo el Santuario y su amor a la confesión frecuente le llevó a recibir, allí mismo, el Santo Sacramento de la Penitencia. Un mes más tarde, el 26 de junio, entregaba su alma al Señor. A los pocos días –el 7 de julio– el Santuario de Torreciudad se abría al culto con una Misa solemne celebrada en sufragio de su alma.

En 1984, el Santuario ha conmemorado el IX Centenario del hallazgo de la Virgen «morena» de Torreciudad, y del comienzo de la devoción a esta advocación mariana. Según la Oficina de Información del Santuario, más de ochocientas mil personas asistieron a los actos conmemorativos de este IX Centenario. Las peregrinaciones han sido muy numerosas, y fueron presididas, entre otros, por los Arzobispos de Valencia y Braga, el Vicario General Castrense de España, y los Obispos de Lérida, Jerez, Bragano;a, Guadalajara, Barbastro, Leiría, Tortosa y OrihuelaAlicante. Además, Mons. Suquía, Arzobispo de Madrid, ordenó sacerdotes en el Santuario a 22 profesionales, miembros de la Prelatura Opus Dei, que habían sido ordenados diáconos por Mons. Palenzuela, Obispo de Segovia, y Mons. Carles, Obispo de Tortosa.

En palabras del Rector del Santuario, don José Luis Saura, «dos mil grupos de 42 provincias españolas, y de 12 países, han contribuido así a honrar a la Virgen, incrementar su devoción, y a renovarse espiritualmente mediante la recepción personal del Sacramento de la Penitencia». El 13 de octubre, por ejemplo, Mons. Barrachina, rodeado de centenares de chicos y chicas de su diócesis y de toda España, decía: «No conocía Torreciudad y me ha emocionado. La capacidad de convocatoria de la Virgen es aquí una realidad gozosa que llena de ánimo. De Torreciudad sale uno robustecido en su amor a Cristo y a su Madre. Volveré».

Entre las peregrinaciones de otros países se pueden destacar las procedentes de Fátima, Kevelaer, Milán, Lovaina, Lourdes y Lisboa. Las IX Jornadas de la Juventud reunieron en Semana Santa a mil estudiantes y jóvenes trabajadores. Posteriormente, tuvo lugar una concentración nacional de universitarios, con cerca de diez mil asistentes. Los matrimonios que se casaron en Torreciudad y los trabajadores que participaron en los trabajos de construcción tuvieron también una jornada especial. Miles de adoradores se dieron cita en Torreciudad en la madrugada del 23 de septiembre, con ocasión de una vigilia nacional de la Adoración Nocturna Española. Y el 14 de octubre, la Virgen de los Desamparados salía por primera vez en el siglo XX de los límites de Valencia, en peregrinación de veinte mil personas presidida por el Arzobispo de Valencia, Mons. Roca.

En Torreciudad, como en tantos otros Santuarios marianos del mundo, cientos de miles de personas tienen oportunidad de seguir las enseñanzas del Concilio Vaticano II que, en la constitución «Lumen Gentium» (n. 67), impulsa «a todos los hijos de la Iglesia a que cultiven generosamente el culto a la Santísima Virgen, particularmente el litúrgico» y a «que estimen mucho las prácticas y ejercicios de piedad hacia Ella recomendadas en el curso de los siglos por el Magisterio

«Ahora noto más mis defectos»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

(ManuelArmesto Garcia falleció el 11–X–1979. Publico la entrevista tal como apareció en 1976.)

Manuel es ciego desde los 17 años y tiene ahora 46. Vendió cupones, se hizo profesor mercantil y trabaja en la Organización de Ciegos. Es miembro del Opus Dei desde hace seis años. Conoció la Obra por un sacerdote.

–Me acuerdo que me impresionó mucho cuando me dijeron: «La oración se hace aunque prenda fuego la casa». Era una manera de decir, claro… para que viera la importancia de tener todos los días un rato de relación y de hablar a solas con Dios. Me impresionaba la alegría y el observar en todos cómo se vive en la presencia de Dios… Se nota mucho que llevan una vida espiritual intensa y constante. Y las virtudes humanas, que se aprecian en todos ellos. No sé qué pasa, que sin darnos cuenta, las adquirimos. Yo, que soy un ceporro y creo que soy igual que era… resulta que la gente me hace notar que no.

–¿Y no ha cambiado?

–Tenía un genio tremendo, y ahora me lo aguanto. Me dicen que tengo buen carácter. El Opus Dei tiene que salir a pesar de nosotros. Y sale…

–¿Se considera mejor que los demás?

–¡No, hombre, no! Sigo con los mismos defectos que tenía, pero tengo la alegría de saber que no importa, si lucho por tratar de dominarlos, y que el Señor está contento si lucho contra ellos. Yo tenía mi soberbia, me lo tenía muy creído. Y ahora noto más mis defectos, porque me preocupo de examinarme. Soy muy bueno si me comparo y muy malo si me examino: he aprendido a no compararme y a examinarme.

–¿Qué le da el Opus Dei?

–En lo espiritual, no lo podría medir. En lo material, al Opus Dei hay que darle todo. El Opus Dei lo que hace es pedir y no dar.

–¿Qué le da usted al Opus Dei?

–Nada. Lo que le doy no tiene valor. Pienso, y creo que nos debe pasar a muchos… o a casi todos, que lo que hago es estorbar.

–He oída decir que los ciegos tienen más vida interior…

–Tonterías. No es verdad. Somos igual que antes, pues somos las mismas personas que antes. A las dos semanas eres igual que una semana antes de quedar ciego. Se adapta uno, y espiritualmente sigues siendo el mismo.

–¿Qué virtudes considera más importantes como miembro del Opus Dei?

–Aparte de la caridad, la humildad, la fe y la esperanza, que son básicas, considero muy importante la alegría, la reciedumbre, la laboriosidad, la lealtad, la sinceridad…

–¿Qué hace usted para conseguirlas?

–Pedir ayuda a1 Señor y a Santa María, porque yo, por mí mismo, no sería capaz nunca de conseguirlas.


Pentecostés

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cuentan los Hechos de los Apóstoles(44) que «al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar, y se produjo de repente un ruido del cielo, como de viento impetuoso que pasa, que llenó toda la casa donde estaban. Se les aparecieron como lenguas de fuego, que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les movía a expresarse».

Los idiomas de los hombres dejaron de ser extraños; se entendían con todos: partos, medos, elamitas, los que habitan en Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto y Asia, Frigia, Panfilia, Egipto y las partes de la Libia que están contra Cirene, y los forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, podían escuchar y traducir de sus labios las grandezas de Dios.

Y María está con ellos, porque los siente suyos: ha sido el último legado de Cristo. Y porque es orgullo de madre rodearse de hijos decididos, leales, afectuosos; pero también es de mujer recogerlos en los momentos del fracaso. Ser la viga maestra que impida la ruina en las situaciones de desaliento.

Durante muchos años, el Fundador del Opus Dei ha metido en su alma y en la de sus hijos la devoción filial a Santa María, junto a esta Presencia amable de la Trinidad Divina entre los hombres.

Ante las dificultades por las que el cristianismo cruza en nuestro momento histórico, el Padre sabe que, otra vez, hay que esperar la fortaleza y la claridad del Espíritu que ilumine las inteligencias y desborde los corazones. Le invoca, le llama con el amor que Pablo de Tarso recordaba a los primeros discípulos: «Y por ser hijos envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que grita: Abba!, ¡Padre!»(45)

Su fe inquebrantable en esta barca de Pedro que no puede hundirse en la mar, porque Cristo sigue eternamente a su lado, no impide el sufrimiento que le produce el desconcierto, la duda, la fragilidad y la visión humana de muchos que, dentro de ella, han dejado de esperar la verdadera fortaleza sobrenatural. La solución está en la santidad, en la entrega incondicional de la vida a esa transcendencia que el cristiano conoce a través de la Sabiduría del Espíritu Santo.

El Concilio Vaticano II fue un gran intento de poner las verdades de la fe al alcance y al modo de los hombres del siglo XX, sin cesión, de ninguna verdad esencial.

El Padre ha presenciado actitudes post-conciliares que nada tienen que ver con la doctrina establecida en los documentos aprobados. Por eso, sufre cuando ve intentos de menoscabar la autoridad del Romano Pontífice; cuando comprueba la crisis de disciplina y autoridad que sufre la Iglesia; el abandono en la práctica de los sacramentos y la supuesta creación de nuevas Teologías que intentan arrumbar los dogmas como productos de una decisión condicionada históricamente y que debe revisarse e interpretarse de un modo supuestamente «progresista».

Para hacer volver las aguas a su cauce, el Padre anima a la fe auténtica, al trabajo santificado y santificador, a la lealtad con la Iglesia y con la Obra:

«Vale la pena jugarse la vida, entregarse por entero, para corresponder al amor y a la confianza que Dios deposita en nosotros. Vale la pena, ante todo, que nos decidamos a tomar en serio nuestra fe cristiana. Al recitar el Credo, profesamos creer en Dios Padre Todopoderoso, en Su Hijo Jesucristo que murió y fue resucitado, en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida (…).

El mensaje divino de victoria, de alegría y de paz de la Pentecostés debe ser el fundamento inquebrantable en el modo de pensar, de reaccionar y de vivir de todo cristiano»(46)

En estos momentos difíciles para la Iglesia, el Padre quiere más que nunca que los miembros del Opus Dei busquen la santidad. Y con este noble empeño escribe una oración, conversación familiar con el Espíritu Santo, que la Obra entera repetirá cada año.

El 30 de mayo de 1971, a media mañana, se reúne con algunos hijos suyos en un oratorio de la Sede Central en Roma. Una vidriera de colores representa la escena de María y de los apóstoles el día en que descendió visiblemente sobre ellos el Espíritu Santo. Un color de fuego ilumina las figuras de este retablo transparente. Don Alvaro del Portillo lee la nueva Consagración de la Obra:

«Concede la paz a tu Iglesia para que todos los católicos, llenos del Espíritu Santo, den siempre a los hombres testimonio firme y verdadero de la fe, muestra efectiva de su amor y razón de su esperanza (…).

Ilumina nuestra inteligencia, purifica nuestro corazón, confirma nuestra voluntad. Haz que recibamos todas las cosas como venidas de tu mano, sabiendo que todo concurre al bien de los que aman a Dios (…).

Te consagramos el Opus Dei y nuestra vida entera. Te ofrecemos todo cuanto somos y podemos: nuestra inteligencia y nuestra voluntad, nuestro corazón, nuestros sentidos, nuestra alma y nuestro cuerpo (…).

De modo que, viviendo siempre en tu amor, lleguemos con María nuestra Madre a gozar de tu gloria sempiterna, unidos ya para siempre al Padre que con el Hijo vive y reina contigo por todos los siglos de los siglos»(47).

Desde su vidriera del oratorio romano de Pentecostés, la Virgen escucha estas palabras que muy pronto repetirán los miembros del Opus Dei repartidos por toda la tierra, mientras preside esta unidad de corazones y de almas.

“No hay que perder la esperanza en una civilización basada en el amor”

atentados de Madrid  Tagged , , , , , No Comments »

El Prelado del Opus Dei manifestó su dolor por los atentados ocurridos en Madrid y animó a “mantener la serenidad y a no perder la esperanza en una civilización basada en el amor y alejada de la violencia”.

Opus Dei -

El Prelado del Opus Dei manifestó su dolor por los atentados ocurridos en Madrid con estas palabras:
“Desde el primer momento, me he unido al inmenso dolor de las familias y del pueblo español, por todas y cada una de las víctimas. Hago sufragios por sus almas, y continuaré haciéndolos en las Misas que celebraré, con el deseo fraterno de hacer llegar a las familias y a los amigos de los fallecidos y de los heridos —con mi honda tristeza— mi afecto y mis oraciones. En particular, rezo a Santa María, Reina de la Paz, para que, en estos momentos, nos ayude a mantener la serenidad y a no perder la esperanza en una civilización basada en el amor y alejada de la violencia”.

“He nacido en Madrid, amo mi ciudad y sus gentes, y la noticia me ha afectado muy profundamente. Pido a Dios por todos los madrileños, por todos los españoles, y también por los culpables. Humanamente, puede resultar difícil rezar por los autores, pero —con el ejemplo que nos han dado el Papa y tantas familias cristianas de víctimas de otros atentados— pienso que es necesario obrar así también ahora”.

“Que el Señor nos ayude a transformar las heridas abiertas por este horrendo acto criminal, en un anhelo grande de fraternidad y de paz -que es consecuencia de la justicia-, un anhelo del que el mundo tiene tanta necesidad en estos tiempos que atravesamos.”

+ Javier Echevarría


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