Roma. 26 de junio de 1975

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

Relato del cardenal Julián Herranz sobre la marcha al cielo de San Josemaría el 26 de junio de 1975

Opus Dei - Cardenal Herranz

Cardenal Herranz

El 26 de junio regresé a Villa Tevere desde el Vaticano a la hora habitual: poco antes de la una y media del mediodía. Nada más llegar me avisaron desde la Secretaría general:

-Suba enseguida. El Padre está muriéndose.

Me dio un vuelco el corazón y, rezando, subí rápidamente. Cuando llegué al segundo piso de la Villa Vecchia, don Álvaro, que en ese momento se hallaba en el dintel de la puerta de su cuarto de trabajo, donde yacía el Padre, me dijo:

—Ven, ven, porque tú también eres médico.

Entré inmediatamente y encontré al Padre en sotana, tendido en el suelo, con el rostro sereno, aunque sin respiración.

José Luis Soria, sacerdote y médico, estaba efectuándole la respiración artificial desde un rato antes. Fuimos alternándonos: unos segundos él y otros yo. Continuamos practicándole también el masaje cardíaco.

Yo no sabía lo que había sucedido, aunque supuse, como luego me informaron, que el Padre había sufrido un shock cardíaco. Acepté la Voluntad de Dios, pero le pedía que no se lo llevase tan pronto. De rodillas como estaba, le pedí con toda mi alma al Señor que aceptase un cambio: mi vida por la suya. La mía vale poco, le dije. La suya nos es necesaria a todos: a sus hijos, a la Iglesia, a la humanidad.

Y así estuvimos José Luis y yo, durante largo rato: una vez y otra, y otra… en silencio, con lágrimas en los ojos, hasta que nos dimos cuenta de que era inútil seguir. Todos los signos clínicos eran de muerte. Don Álvaro y Javier Echevarría, que en todo momento habían acompañado y atendido amorosamente al Padre, comunicaron formalmente la tristísima noticia a los miembros del Consejo General que estaban reunidos en una habitación contigua. También, por teléfono, a las mujeres de la Asesoría Central. En ambos casos, dándoles a la vez los oportunos consejos de piedad filial y de gobierno.

Opus Dei -

Trasladamos enseguida el cuerpo del Padre al oratorio de Santa María de la Paz. Horas después, mientras rezaba ante su cadáver, revestido con ornamentos sacerdotales, vino a mi mente, entre otros muchos entrañables recuerdos, la confidencia que el Padre nos hizo un lejano día de Navidad de 1953, junto al fuego de la chimenea de la sala de estar.

Nos dijo que quería escribir un libro sobre el borrico, ese animal bíblico con el que tanto le gustaba identificarse, porque había dado calor a Jesús en Belén y lo había llevado en triunfo a Jerusalén. Un animal que los hombres no suelen estimar pero que el Padre nos ponía como ejemplo: de humildad, de reciedumbre en el trabajo y de fidelidad en esa guerra de paz y de amor que sus hijos del Opus Dei y todos los cristianos están llamados a propagar en el mundo. Si llegaba a tener tiempo para escribir ese libro —nos dijo— lo titularía Vida y ventura de un borrico de noria.

Dios se lo llevó antes de que pudiera completarlo. Pero se conservan pasajes recogidos de sus conversaciones, de los que algunos, corregidos de su puño y letra, glosan las misericordias del oratorio de Pentecostés que él quiso ornamentar con escenas de borricos. Esos textos –recogidos en Crónica, una revista interna- son un símbolo de su vida. Entre otras maravillas de la “teología del borrico”, se lee:

«Al borrico le hubiese gustado llegar a la Navidad; calentar otra vez, con su aliento, al Niño. Pero estuvo de algún modo presente, en la blanca alegría de aquella noche, porque vinieron los ángeles e hicieron de su piel panderos y zambombas.

»La historia del borrico termina bien; muere trabajando. Y que lo destrocen después, que lo despellejen y hagan tambores para la guerra y zambombas para cantar al Niño Dios».

Así murió el Padre.

Un viraje de espiritualidad

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

Testimonio del Cardenal Sebastiano Baggio Prefecto de la S. Congregación para los Obispos
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El 26 de junio moría en Roma el fundador del Opus Dei, Mon­señor Josemaría Escrivá de Balaguer, a los setenta y tres años de edad. En Roma vivía desde 1946, y en Roma ha sido enterrado, en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz, en la sede central de la Asociación, calle Bruno Buozzi, 75. Había hecho de Roma el centro del Opus Dei porque quería subrayar el carácter univer­sal, católico y romano de esta Asociación católica internacional, y el sentido de responsable y amorosa fidelidad a la Cátedra de Pedro. En menos de medio siglo, el Opus Dei se encuentra en plena vitalidad y expansión y aparece definitivamente marcado con el carácter que Monseñor Escrivá de Balaguer quiso y supo imprimirle.

Precisamente en aquel año de 1946 tuve la fortuna de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer y de trabar con él una permanente amistad, respetuosa y discreta, pero no por esto menos afectuosa y profunda. Me había impresionado que la sede de la ya entonces importante Asociación no tuviese nada en común con las construcciones eclesiásticas del tipo convencional: eran habitaciones y ofi­cinas comunicados entre si, distintos unos de otros, como cualquier apartamento o casa del barrio del Parioli, sin placas ni símbolos vistosos, con plantas y flores, decorados con buen gusto y con algu­na exuberancia debida a la proveniencia familiar de sus ocupantes y al amoroso esfuerzo de arquitectos y artistas, socios del Opus Dei, que habían volcado allí su talento.

El amabilísimo anfitrión me explicaba que también aquel estilo, para mi insólito, formaba parte de la espiritualidad laical del Opus Dei: la santificación de la vida ordinaria y de la propia condición social, llevada hasta el heroísmo, pero sin alterar para nada sus tra­zos comunes y, sobre todo, sin alimentar la veleidad de salirse de ese ambiente o el sentimiento de querer ser otra cosa distinta de la que se es. En una homilía dirigida a los universitarios, Monseñor Escrivá de Balaguer desenmascaró esta tentación a la que llamó mística ojalatera, la mística del «ojalá».

A pesar de lo mucho que se ha escrito sobre el Opus Dei y sobre su fundador –o quizá por eso mismo–, prevalentemente en clave polémica por no decir fantástica, nosotros, sus contemporáneos, no tenemos la necesaria perspectiva para valorar el alcance histó­rico de la enseñanza (en tantos aspectos auténticamente revolucio­naria y anticipadora) y de la acción pastoral (de una eficacia y una irradiación sin equivalentes) de este insigne hombre de Iglesia. Pero es evidente desde ahora que la vida, la obra y el mensaje del fun­dador del Opus Dei constituyen un viraje o, más exactamente, un capítulo nuevo y original en la historia de la espiritualidad cristiana, si la consideramos –y así debe ser–– como un camino rectilíneo bajo la guía del Espíritu Santo.

Monseñor Escrivá de Balaguer era hombre sencillo y modesto que rehuía la publicidad y los gestos clamorosos; no iba de un lado para otro para dar conferencias, aunque era generalísimo e incan­sable en el ministerio sacerdotal y paterno de la palabra; sólo concedía entrevistas a la prensa cuando ya no era posible evitarías. En su elogio fúnebre fueron recordadas oportunamente las palabras que escribió a los socios del Opus Dei en una ocasión tan clásica como sus bodas de oro sacerdotales: «No quiero que se prepare ninguna solemnidad, porque deseo pasar este jubileo de acuerdo con la norma ordinaria de mi conducta de siempre: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca».

Sin embargo, era conocidísimo. El Opus Dei, la Asociación internacional fundada por él en 1928, cuenta hoy con unos sesenta mil socios de todas las naciones del mundo, de todas las profesiones y clases sociales. Hay que tener en cuenta, además, que millones de personas han encontrado una guía para la oración y para la san­tificación del trabajo cotidiano en los escritos espirituales y pastorales de Monseñor Escrivá de Balaguer. De uno de ellos, Camino que alguien ha llamado «la imitación de Cristo de los tiempos modernos» y que otros tendían a minusvalorar, no entendiendo el valor de la extrema sobriedad de su escritura–, han sido publicadas hasta ahora 120 ediciones en 30 idiomas, con una tirada total que roza los dos millones y medio de ejemplares. Su obra más reciente, Es Cristo que pasa, recoge 18 homilías sobre los principales momen­tos del año litúrgico.

SANTIDAD PARA EL HOMBRE DE LA CALLE

Desde los comienzos del Opus Dei su fundador proclamó que la santidad no es un ideal para privilegiados, sino para todos aque­llos que se esfuerzan en vivir el Evangelio hasta sus últimas con­secuencias, cualquiera que sea su situación en la vida, y siempre atentos al Magisterio de la Iglesia. A muchos parecía eso una herejía (aunque hubiese bastado recordar la Introducción a la vida devota de San Francisco de Sales); después del Concilio Ecuménico Vati­cano II esta tesis se ha convertido en un principio indiscutible. Pero lo que continúa siendo revolucionario en el mensaje espiritual de Monseñor Escrivá de Balaguer es la manera práctica de orientar hacia la santidad cristiana a hombres y mujeres de toda condición, en una palabra: al hombre de la calle.

El modo de concretar, en la práctica, este mensaje se basa en tres novedades características de la espiritualidad del Opus Dei:

1) Ante todo, los seglares no deben abandonar ni despreciar el mun­do, sino quedarse dentro, amando y compartiendo la vida de sus conciudadanos; 2) quedándose en el mundo, los seglares deben saber descubrir el valor sobrenatural de todas las normales circuns­tancias de su vida, incluidas las más prosaicas y materiales; 3) en consecuencia, el trabajo cotidiano es decir, el que ocupa la mayor parte del tiempo y caracteriza la personalidad de la mayoría de las personas– es lo primero que hay que santificar y el primer instru­mento de apostolado.

Para ilustrar estas tres ideas fundamentales, nada más breve y eficaz que las palabras del mismo fundador del Opus Dei. Las toma­ré de una de sus homilías, pronunciada en 1967, y que ha sido luego publicada con el significativo título de Amar al mundo apasiona­damente, en el volumen Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer.

LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD DE LOS LAICOS

Respecto al primer concepto –que teológicamente puede desig­narse como carácter laical y secular–, Monseñor Escrivá de Bala­guer ha enseñado siempre a situarse idealmente junto a los primeros cristianos, en aquella época en la que los fieles se esforzaban por vivir el Evangelio quedándose en el mundo y participando plena­mente en todas las actividades honestas de la sociedad en que vivían. Y así como los primeros cristianos hombres y mujeres, jóvenes y viejos, patricios, plebeyos y esclavos– se santificaron en la vida corriente y consiguieron convertir el mundo pagano, igualmente los cristianos de hoy, si no tienen una vocación al estado religioso, están llamados a santificar el mundo desde dentro. «Tendré que volver a afirmar –decía en aquella ocasión– que los hombres y mujeres que quieren servir a Jesucristo en la Obra de Dios son sen­cillamente ciudadanos iguales a los demás, que se esfuerzan por vivir con seria responsabilidad –hasta las últimas consecuencias– su vocación cristiana. Nada distingue a mis hijos de sus conciu­dadanos».

No escapaban a Monseñor Escrivá de Balaguer las consecuen­cias prácticas de una espiritualidad verdaderamente laical. «Son muchos los aspectos del ambiente secular, en el que os movéis, que se iluminan a partir de estas verdades. Pensad, por ejemplo, en vues­tra actuación como ciudadanos en la vida civil. Un hombre sabedor de que el mundo –y no sólo el templo es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena prepara­ción intelectual y profesional, va formando –con plena libertad–sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desen­vuelve, y toma, en consecuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida». Y he aquí, en este punto, la característica aversión de Monseñor Escrivá de Balaguer por todo tipo de clericalismo: «Pero a ese cristiano jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para repre­sentar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas. Esto no puede ser, hijos míos. Esto sería cle­ricalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas».

Esta pasión por la libertad que brotaba en él por su vital inser­ción en la unidad orgánica del Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia, y que se proyectaba en la madurez de los seglares formados en su escuela, es una herencia rica y fecunda que el fundador del Opus Dei deja confiada a los socios y a todos los cristianos conscientes; de ese modo puede darse vida a un legítimo y prudente pluralismo, tal como lo ha deseado el Concilio Ecuménico. Escribía a los socios:

«Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentalidad laica que ha de llevar a tres conclusiones: a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal; a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen en materias opinables– soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene, y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de Nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas».

Estas ideas explican el por qué los hijos y alumnos espirituales de Monseñor Escrivá de Balaguer son unánimes y solidarios en los ideales de santidad y apostolado, mientras adoptan las más diversas posiciones en el campo político e ideológico, manifestando así por tanto un amplio pluralismo de opciones humanas. El secreto está en que, como dice el fundador, en las cosas temporales «están de acuerdo en no estar de acuerdo», coincidiendo solamente en la común fe cristiana y en la búsqueda de la santidad en medio del mundo.

EL «MATERIALISMO» CRISTIANO

El segundo concepto –el valor cristiano de la vida ordinaria es expresado así en la homilía programática de 1967: «Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mi por los años treinta (observemos aquí que faltaban otros tantos años y más para la Constitución pastoral Gaudium et Spes) que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas».

« ¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésta es la que tiene que ser –en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.»

E insistía, consciente de la novedad de ese planteamiento: «El auténtico sentido cristiano –que profesa la resurrección de toda carne– se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los mate­rialismos cerrados al espíritu».

Con la originalidad y la ortodoxia de este programa de profesión cristiana y de santidad, Monseñor Escrivá de Balaguer neutralizaba con anticipación las diversas teologías reductoras de las realidades temporales que han pululado como parásitos en torno del árbol frondoso de la Gaudium et Spes.

SANTIFICACIÓN DEL TRABAJO

La tercera novedad espiritual a la que antes aludía es la impor­tancia teológica que se da al trabajo profesional, a las ocupaciones cotidianas de los cristianos que viven en medio del mundo. El tra­bajo, en la enseñanza del fundador del Opus Dei, es la materia prima que hay que santificar, el instrumento de la santificación propia y de la santificación de los demás. Así la vida del cristiano no se hace con idealismos descarnados, sino que es un esfuerzo concreto de colaboración en la construcción de una sociedad más justa, un esfuerzo que ennoblece todas las actividades humanas, desde las más vistosas a las más humildes e inadvertidas. Después de haber citado párrafos de las epístolas de San Pablo («Todas las cosas son vuestras; vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios», «Ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios».) Monseñor Escrivá decía: «Esta doctrina de la Sagrada Escritura, que se encuentra –como sabéis– en el núcleo mismo del espíritu del Opus Dei, os ha de llevar a realizar vuestro trabajo con perfección, a amar a Dios y a los hombres al poner amor en las cosas pequeñas de vuestra jornada habitual, descubriendo ese algo divino que en los detalles se encierra».

En otra de las conversaciones espirituales del fundador con los socios del Opus Dei, una homilía que lleva por título Hacia la santidad, escribe: «Cuando la fe vibra en el alma, se descubre, en cam­bio, que los pasos del cristiano no se separan de la misma vida huma­na corriente y habitual. Y que esta santidad grande, que Dios nos reclama, se encierra aquí y ahora, en las cosas pequeñas de cada jornada».

«Me gusta hablar de camino, porque somos viadores, nos diri­gimos a la casa del Cielo, a nuestra Patria. Pero mirad que un cami­no, aunque puede presentar trechos de especiales dificultades, aun­que nos haga vadear alguna vez un río cruzar un pequeño bosque casi impenetrable, habitualmente es algo corriente, sin sorpresas. El peligro es la rutina: imaginar que en esto, en lo de cada instante, no está Dios, porque es tan sencillo, tan ordinario».

SANTA CRUZ Y OPUS DEI

¿Quiénes son, por tanto, los socios del Opus Dei, esos que encar­nan este mensaje nuevo –y sin embargo, tan sencillo y natural – de la santificación del trabajo ordinario? Encontramos la respuesta en otra homilía: «Quienes han seguido a Jesucristo conmigo pobre pecador– son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo… y la gran muchedumbre formada por hombres y mujeres de diversas nacio­nes, de diversas lenguas, de diversas razas– que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más huma­na y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad –repito–, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las reali­dades más vulgares».

Entre tantos millares de personas que han seguido el ejemplo y la enseñanza de Monseñor Escrivá de Balaguer, dos están en cami­no de ser elevados a los altares: se trata de un ingeniero argentino, Isidoro Zorzano, y de una joven española, Montserrat Grases, de los cuales se me ha dicho que se encuentra en fase avanzada el proceso de beatificación.

26 de junio de 1975

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Un sol ardiente se abate sobre las calles de Roma. Faltan pocos minutos para las ocho de la mañana y el Padre está celebrando la Santa Misa en el oratorio de la Santísima Trinidad. Le ayuda don Javier Echevarría. Salve Sancta Parens… Salve Santa Madre… se oyen espaciosas las palabras que la Iglesia dedica a la Virgen. El día tiene la nitidez propia de un cuadro de Fra Angelico. Pocas fechas antes, el Fundador ha comentado a los alumnos del Colegio Romano:

«Tengo la devoción de celebrar frecuentemente -cuando lo permite la liturgia- la Misa de la Santísima Virgen; me parece que os lo he dicho alguna vez. Y hay una vieja oración, en la que el sacerdote pide la salud mentis et corporis, y después la alegría de vivir. ¡Qué bonito!»(22).

A las nueve y media sale de Villa Tevere el coche que conduce a Monseñor Escrivá de Balaguer, don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría, a Castelgandolfo. Falta poco para que el Padre emprenda un viaje a España y quiere, antes de salir de Roma, despedirse de sus hijas en la Residencia Internacional Villa delle Rose. Nada más abordar la carretera empiezan a recitar los misterios gozosos del Rosario. El saludo de Gabriel; el brío de María cruzando la montaña ante la Buena Nueva; la Palabra de Dios ha plantado su tienda entre los hombres… Se acompasan las Avemarías con el sonido del motor. Allá queda Via Salaria, desde donde se alcanza a ver Cavabianca: «Podríamos ir esta tarde… »(23), dice el Padre. La autopista de circunvalación y, por fin, la Via Appia. A las diez treinta, llegan al Colegio Romano de Santa María. El lago de Albano tiene hoy una calma inmóvil. Esperan a la puerta del garaje algunas profesoras, que le saludan al descender del coche. Trae unos regalos para las alumnas: un pequeño adorno para la casa y unos dulces. Antes de seguir pasa por el oratorio, se arrodilla pausadamente en el presbiterio y saluda al Señor de la casa. Sube hacia el «soggiorno» hablando, de camino, a cuantas alumnas encuentra: Agatha, vestida con el traje nacional de Kenya, Liz, de Estados Unidos, y una que ha llegado de Filipinas. Este año viven en Villa delle Rose personas de los cinco Continentes.

Un cuadro preside el cuarto de estar: es la Virgen con el Niño que perteneció a doña Dolores Albás y fue testigo de sus últimas horas. El Padre le envía una mirada afectuosa: es un recuerdo de muchos años. Una imagen dulce y sonriente que ha acompañado una buena parte de la historia del Opus Dei. Después se sienta junto a la chimenea y espera que se acomoden todas.

«Tenía muchas ganas de venir. Estamos terminando estas últimas horas de estancia en Roma para acabar unas cosas que tenemos pendientes; de modo que ya, para los demás no estoy sólo para vosotras»(24).

Les habla del aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, que han celebrado el día anterior; y de los cincuenta y cuatro que van a recibir este año el sacerdocio.

«Cincuenta y cuatro: parecen muchos (…). Sin embargo, son muy pocos: enseguida desaparecen. Como os digo siempre, esta agua de Dios que es el sacerdocio, la tierra de la Obra la bebe corriendo: desaparecen enseguida». (25)

Y entonces, les pide que ayuden también ellas desde su condición laical pero con alma sacerdotal. Metidas en el tráfago temporal como cosa propia, pero santificando, elevando las realidades temporales al orden de la gracia. Este es un sacerdocio real, distinto del ministerial, mediante el que los no ordenados pueden cristianizar el mundo.

Habla durante veinte minutos y siente tener que marcharse pronto, pero se encuentra un poco mareado; tal vez, porque el calor ha pegado fuerte sobre la carretera al venir desde Roma. Bromea sobre ello y pasa unos minutos a un despacho para recuperarse. No pide más que un vaso de agua. Tras esta brevísima pausa, baja hacia el coche y sigue poniendo la nota de buen humor por la casa. Se despide del Señor en el oratorio y entra en el coche. Todavía tiene tiempo de excusarse por no haber prolongado más su visita:

«Perdonadme, hijas, por la lata que os he dado (…). Hijas mías, adiós»(26).

El coche rueda por la carretera a las once y veinte de la mañana. Durante el regreso se le nota cansado, pero sereno y contento. Sigue la conversación con toda normalidad y, a punto de dar las doce, entran en Villa Tevere. Desciende con rapidez y saluda a los que están abriendo las puertas. Al entrar en la casa, va hacia el oratorio y saluda con genuflexión pausada y sin palabras. Quizá dirá interiormente y del modo habitual: Adoro te, devote, laten deitas…. «Te adoro, divinidad escondida… ».

Sube en el ascensor hasta el segundo piso, donde se encuentra el despacho de don Álvaro, que es también el cuarto donde suele trabajar el Padre. Monseñor Escrivá de Balaguer camina hacia la puerta, se apoya en el quicio: un cuadro de la Virgen de Guadalupe aparece colgado sobre la pared de la izquierda. Apenas una mirada breve, como suele hacer siempre… Y llama con voz débil a don Javier, que está todavía cerrando las puertas del ascensor. Después se desploma en el suelo.

Don Álvaro, que ha llegado inmediatamente, le sostiene con sus brazos. Todavía respira, pero es evidente la gravedad, y se oye la voz de este hijo mayor que recita, entrecortadamente, las palabras de la Absolución y de la Extremaunción.

Han transcurrido sólo unos segundos cuando llegan los médicos. Durante una hora y media larga pondrán en juego todos los medios humanos para retener la vida en ese cuerpo que no responde a ningún estímulo: oxígeno, masaje cardíaco, medicamentos. Todos rodean la escena estremecidos. El Fundador yace, exánime, en el suelo de esta habitación donde ha consumido su vida de trabajo. Sobre una librería corrida, que ocupa la mitad de la pared, un Crucifijo preside la escena. En la mente de todos hay un ofrecimiento implícito: la vida a cambio de los latidos de este corazón que acaba de romperse para siempre.

Mientras esperan contra toda esperanza, a las doce cuarenta y cinco, don Álvaro llama a las personas que forman el Gobierno Central de la Sección de mujeres y pide que recen con mucha intensidad por algo muy urgente. En los oratorios, sin saber cuál es el motivo, se reza intensamente en silencio.

Poco después, a las dos menos cuarto, vuelve a llamar para decir que el Padre acaba de morir. La noticia, como un reguero de hielo, cruza la casa. Inmediatamente se informa a la Secretaría de Estado de la Santa Sede, para ponerlo cuanto antes en conocimiento del Romano Pontífice, y, unos minutos más tarde, se transmite a los Centros de Italia y de todo el mundo. El estupor es absoluto. Nadie hubiera podido imaginar que una actividad tan grande podía encontrarse tan pronto con la muerte. Porque el Padre caminaba por sus setenta y tres años con el vigor de la juventud, aunque muchas veces le acechase el cansancio. Pero volvía a la carga, con la misma jovial intensidad. La mayor parte de sus hijos le han conocido personalmente; han recibido de sus labios una palabra de cariño, de estímulo, de claridad. Todos se apoyan en la fortaleza de su espíritu, de su buen humor imbatible. Y este hecho inesperado ha tenido lugar en unos minutos. En el despacho de don Alvaro, un grupo de hombres llora serenamente sin apartar los ojos de esa figura tendida que viste su traje sacerdotal. Una paz inefable modela sus rasgos. Recuerdan que la Virgen de Guadalupe recibió, allá en Jaltepec, junto a la laguna de Chapala, el deseo apasionado del Padre: «Quisiera morir así: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase unaflor… »(27).

Apenas le ha enviado un saludo, nublado por la muerte, y el alma de Monseñor Escrivá de Balaguer cruza el umbral de la eternidad.

Hoy precisamente, se cumplen treinta y un años del día en que don Alvaro le impartiera la primera absolución después de ser ordenado sacerdote. También las manos consagradas de este hijo suyo han firmado el perdón, en este 26 de junio de 1975.

A excepción de las pocas personas que han permanecido en el despacho, ayudando las indicaciones de los médicos, el resto se encuentra repartido por los oratorios o en una sala próxima a la habitación donde se ha intentado reanimar al Padre. Cuando todo ha terminado, don Alvaro sale, sereno pero destrozado por el dolor, y les invita a entrar para que puedan rezar ante los restos del Fundador. Uno a uno, van acercándose. Después, colocan el cuerpo sobre una tabla cubierta con una colcha blanca. Los hombres que forman parte del Consejo General de la Obra en Roma, alzan este sencillo catafalco en sus brazos, para transportarlo con infinito cuidado por los pasillos de Villa Tevere hasta el oratorio de Santa María de la Paz, donde se instalará la capilla ardiente. La casa está invadida de un silencio impresionante. Pasillos, escaleras, «cortili»… hasta las paredes parecen escoltar el cortejo en este repentino adiós. Cuántas veces el Padre ha repetido: «Estos muros parecen de piedra, pero están hechos de amor»(28). Por el esfuerzo, la fe y la esperanza que ha costado levantarlos. Va tendido con la sotana negra. Los pies calzados. Las manos cruzadas sobre el pecho. El gesto en una entrega de total serenidad.

Sobre un paño negro, cubierto también por una sábana blanca, se deposita el cuerpo al llegar al oratorio. Inmediatamente después, le revisten con los ornamentos sacerdotales: alba de encaje, casulla roja con el sello de la Obra. En las manos, el crucifijo que sostuvo San Pío X a la hora de la muerte.

Don Álvaro del Portillo celebra la primera Misa de corpore insepulto. Se preparan los mejores ornamentos y vasos sagrados que hay en la casa. A pesar del intenso dolor, todos sienten la seguridad de que Monseñor Escrivá de Balaguer ha llegado a los brazos de Dios. El cáliz es el que conmemoró los cuarenta años de la Fundación de la Sección de mujeres de la Obra; la palia, con el dibujo del Buen Pastor, regalo al Padre en sus Bodas de Oro sacerdotales. A partir de este momento, se sucederán los sacerdotes celebrando ininterrumpidamente Misas de Requiem. Las palabras de la liturgia suenan consoladoras y serenas: «Dales Señor el descanso eterno, y brille sobre ellos la luz perpetua». «Bienaventurados los que mueren cerca del Señor, porque sus obras les acompañan… ». El oratorio de Santa María de la Paz brilla como un ascua. Al fondo, la Virgen sostiene al Niño en actitud tranquila. Y allí, en el suelo, la quietud del Padre que estrecha en el dolor esta fraterna unidad de corazones…

Empiezan a llegar personalidades eclesiásticas y civiles. Monseñor Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, es portador del afecto y sentimiento del Papa. Cardenales, Obispos, sacerdotes, embajadores, profesionales, obreros y un sin fin de miembros de la Obra, Cooperadores y amigos. La prensa hace su aparición en grupos sucesivos. Don Álvaro los recibe a todos. A pesar de la intensidad de los acontecimientos, atiende a todo el mundo. Siempre encuentra una palabra de afecto. Santiago Escrivá de Balaguer y su mujer, acompañados por los hermanos de don Álvaro del Portillo, llegarán hacia las once y media de la noche. Durante toda la noche los miembros del Opus Dei velarán al Padre. Todos dejarán, entre sus manos, el más hondo y entrañable propósito de fidelidad.

Un periodista que hasta hoy no ha comprendido muy bien la Obra, escribe:

«Permanecimos unos momentos contemplando la escena solemne, sobrecogedora, cargada de emoción. En los reclinatorios, dispuestos perpendicularmente respecto al altar, los residentes en la casa y algunos llegados de fuera, seguían el Santo Sacrificio con las miradas clavadas en el rostro pálido, extraordinariamente sereno, del Fundador. Algunos hacían un esfuerzo visible para contener las lágrimas. No había ataúd, y el cuerpo estaba tendido, sencillamente, sobre un lienzo blanco: more nobilium, como se dice en Roma: o sea, a la usanza de los nobles que, enaltecidos en vida, se humillan ante la muerte y renuncian a catafalcos»(29).

El día 27 de junio, hacia las doce, don Álvaro del Portillo, en uno de los breves ratos que le permite su atención a cuantos reclaman su consejo, se aproxima al Padre. Toma tres rosas rojas de las que rodean el cuerpo, y las deposita a los pies del Padre mientras los besa y recita en latín las palabras de San Pablo: «¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el bien!»(30).

La hora de la Misa exequial solemne está fijada para las seis de la tarde. El entierro será en la Cripta de Santa María de la Paz, dentro de la Sede Central del Opus Dei. El coro del Colegio Romano de la Santa Cruz interpreta la antífona In paradisum y el Himno de Zacarías. Don Álvaro preside el cortejo, y el féretro se carga a hombros de seis miembros de la Obra.

«Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre» (31).

Se accede a la Cripta descendiendo una empinada escalera que se abre en el oratorio de Santa María, junto al presbiterio. A la entrada de la Cripta, en la pared de la derecha, hay una lápida escrita en latín que el Padre hizo colocar:

«Esta Cripta fue construida en perpetua memoria de todos los difuntos del Opus Dei, para que los que en ella duermen en el Señor -sin que por esto hayan de considerarse distinguidos por un privilegio especial- muevan suavemente nuestro espíritu al santo y saludable recuerdo de nuestros hermanos de las dos Secciones que, en espera de la resurrección, reposan por todas las regiones de la tierra; y nos induzcan a elevar a Dios fervientes oraciones para que, revestidos de cuerpo inmortal, nos alegremos juntamente con ellos en el Cielo; y, consumados en la unidad, nos deleitemos con goces sempiternos; teniendo siempre presente que nadie será coronado si no hubiere combatido con valor. Rogad, pues, por todos nuestros difuntos. Salud para siempre en Cristo»(32).

La arquitectura románica del recinto hace sonreír a sus imágenes desde la ingenuidad de la piedra. En el centro, elevada a pocos centímetros del suelo, la losa de mármol verde oscuro que hoy se ha retirado para dejar paso a los restos de Monseñor Escrivá de Balaguer. El techo de la antecripta muestra un artesonado lleno de luceros.

Unas cuerdas gruesas dejan caer lentamente el ataúd. Van a cerrar la tumba obreros que han construido Villa Tevere, Cavabianca y Villa delle Rose. Están emocionados, llorando. Cuando acaban su trabajo, la losa cubre, definitivamente, la sepultura del Padre. El sello de la Obra y dos fechas: 9-1-1902 y 26-VI-1975, delimitan el tiempo de una vida que no tuvo límites para el amor de Dios y del mundo. Con letras de bronce queda escrito, sobre la lápida, su mejor título: EL PADRE. En la intimidad de las mujeres y de los hombres del Opus Dei empieza a desbordarse la ayuda espiritual del Fundador, que ahora tiene -por su intercesión ante Dios-, más que nunca, audiencia libre en todos y cada uno de sus hijos.

Mientras tanto, la noticia ha cruzado la tierra. Se ha intentado comunicar por teléfono, en los primeros momentos, con los miembros de cada país. Pero las demoras imponen la expedición de telegramas.

En Australia se conoce el hecho durante la madrugada del 27 de junio. En Alemania, Francia y Austria el teléfono suena a las cinco de la tarde del día 26. La primera zona de Sudamérica que recibe la notificación es Ecuador, a las 3,45 de la tarde, cuando en Roma apuntarían las diez de la noche. En algunos casos, unos países se hacen cargo de comunicar con los más inmediatos. Así, Montreal puede hablar con Nueva York antes de que llegue la noticia de Roma. Lo mismo ocurre con Suiza. En Japón, no podrán enterarse hasta la mañana del día 27. Argentina, Paraguay y Uruguay lo saben casi al mismo tiempo. Dublín también sufre retraso hasta el día 27. Y Londres se entera a través de una llamada particular que ha llegado de España. Bruselas, Portugal y Brasil conocen la muerte del Padre el mismo día veintiséis. Las respuestas serán inmediatas. Así es la de Kenya:

«Ahora nos vamos a descansar, pero con el corazón vigilante en Roma, velando con vosotros a nuestro Padre. Y nos hacemos miles de preguntas que tendrán que esperar unos días a saber la respuesta: ¿a qué hora murió?, ¿qué dijo?, ¿estaba enfermo?, ¿qué pasó? (…). Inmediatamente empezarán las Misas por el eterno descanso de su alma. ¡Día de gran fiesta en el Cielo!»(33).

Una vez que Radio Vaticano se hace eco del fallecimiento, el mismo día 26, la noticia es ya oficial y del dominio público. Las cartas de personalidades de las letras, de las artes, de las ciencias y de multitud de gentes sencillas, se amontonarán en Villa Tevere.

El sábado 28 de junio a las once de la mañana tendrá lugar el Funeral solemne en la Basílica de San Eugenio de Roma. Unas horas antes, ha llegado a Bruno Buozzi un nuevo telegrama del Santo Padre Pablo VI, reiterando su oración por el Fundador de la Obra, con la persuasión de que era un alma especialmente elegida y amada por Dios. También don Álvaro del Portillo recibe una carta personal del Vaticano escrita en nombre de Su Santidad.

Desde las diez de la mañana, empieza a llenarse la Basílica de San Eugenio. En la presidencia, don Álvaro del Portillo. Asisten Monseñor Benelli en representación del Papa y también los Cardenales Violardo, Ottaviani, Fürstemberg, Baggio, Palazzini, Mozzoni, Aponte y Casariego. Obispos, sacerdotes y superiores de Ordenes y Congregaciones religiosas.

Los bancos y espacios libres de la iglesia se encuentran repletos. Todos cuantos han conocido el espíritu del Padre acuden a esta despedida oficial. El público reza, sigue la liturgia con piedad, paladea despacio las oraciones de la Misa de Requiem que la Iglesia Católica eleva por los que han llegado ante el juicio de Dios. Durante algunos momentos, el organista pulsa notas de canciones que el Padre ha lanzado al viento por muchos caminos. Canciones con sabor de Navidad en las laderas del Somontano; canciones de amor humano a lo divino; notas que hablan de soles y trigos, de nieves y amaneceres; de paz y coraje. No existe el protocolo para este recuerdo que es, fundamentalmente, entrañable. Por eso suenan, en su Funeral, las alegrías que ha llevado en el alma y que ha dejado, como mejor testamento, a sus hijos.

Cuando don Mario Lantini, Consiliario del Opus Dei en Italia, tiene que pronunciar unas palabras, incoa su homilía con esta afirmación de recia esperanza que el Padre repetía en la Pascua de Resurrección:

«Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte (…), del dolor y de la angustia» (34)

Y así es. También hoy, por encima del dolor, brilla el espíritu de la resurrección. Por eso, cuando termina la ceremonia, esta multitud que llena sus naves sale al sol romano sin angustia, con la alegría de una buena nueva; algunos con una rosa roja que han recogido del altar donde se han pronunciado las palabras litúrgicas: «la luz que brilla para siempre».

Mientras, en la Cripta de Santa María de la Paz ha empezado un desfile de visitantes que ya no cesará en los años venideros. Muchos envían rosas a la tumba de un hombre que sólo ha deseado una cosa: hablar de Dios, hacer la santidad asequible, desligarla de imposibles y meterla en las incidencias cotidianas de los cristianos. Y clamar por la exigencia grande y maravillosa de la llamada de Cristo a los hombres. Esta es, en silencio, su última catequesis.

La prensa publica, pocas fechas después de su muerte, multitud de artículos sobre el perfil humano y sobrenatural del Fundador, sobre las dimensiones y finalidades del Opus Dei.

Así, las palabras del Cardenal Ugo Poletti, Vicario General de Roma: «La Diócesis de Roma debe mucho a tantos Fundadores de Institutos Religiosos, Asociaciones y actividades apostólicas que se han desarrollado en la Urbe. Monseñor Escrivá de Balaguer, personalidad de una inagotable riqueza espiritual, se suma a esta admirable serie de hombres de Dios»(35)

Y las del Cardenal primado de España, Marcelo González Martín, Arzobispo de Toledo:

«Me he preguntado cuál sería el secreto de este gran sacerdote del Reino de Cristo en la Iglesia de nuestro tiempo. Y he aquí la reflexión que hago a raíz de su muerte, que hirió su corazón con un movimiento brusco y suave a la vez, como eran los suyos propios. ¡Cuánto ardimiento en aquel hombre excepcional que se pasó la vida sin conocer el sosiego, ni siquiera el que proporciona a tantos otros la última enfermedad! »(36)

Y las frases del periodista español Manuel Aznar:

«No recuerdo a nadie que, con tanta espontaneidad, con naturalidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobrenatural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empresa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cumplía en el Fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá»(37).

Y Raffaello Cortesini, Catedrático de Cirugía Experimental de la Universidad de Roma:

«Al recordar el limpio ejemplo de coherencia humana y de virtudes sacerdotales del Fundador del Opus Dei, creo un deber subrayar -precisamente cuando la sociedad civil y la eclesiástica están sometidas a todo tipo de tensiones- cómo Monseñor Escrivá de Balaguer ayudó a cuantos le conocían a descubrir que el camino de la verdadera libertad y del respeto a la legítima autonomía de cada persona es una premisa indispensable para el encuentro con Cristo, para reconocer a Jesús que pasa a nuestro lado »(38).

Y el Cardenal Sebastiano Baggio:

«El quiso que este camino trazado para sus hijos espirituales, en una síntesis fascinante, sin fracturas y sin diafragmas, de lo que es ser hombre y de lo que es ser cristiano, se titulase “De la Santa Cruz y del Opus Dei”. “El Señor -confiaba a los suyos en una de sus homilías- se nos manifiesta cada vez más exigente, nos pide reparación y penitencia, hasta empujarnos a experimentar el ferviente anhelo de querer vivir para Dios, clavado en la Cruz juntamente con Cristo”. En medio de dificultades, de contradicciones, de incomprensiones y de hostilidades, era este ferviente anhelo lo que alimentaba la contagiosa serenidad y el inquebrantable optimismo de Monseñor Escrivá de Balaguer»(39).

Y el Cardenal Sergio Pignedoli:

«Por eso lo siento muy próximo, como alguien de la familia. Me vienen a la memoria las palabras de San Juan Crisóstomo ante la muerte de un amigo queridísimo: “Te amamos y te pedimos. Tú ya no estás donde estabas, pero estás en cualquier sitio en donde nosotros estemos”» (49).

Las basílicas, iglesias y catedrales del mundo, acogen estos días una multitud. La misma que había acudido a verle y escucharle otras veces. Ahora vienen a rezar por este sacerdote que pertenece ya al acervo del Catolicismo. A la raza -como él repetía-, única raza, de los hijos de Dios.

LA PRELATURA DEL OPUS DEI

fundador  Tagged , , , , , , , No Comments »

Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El Opus Dei es una prelatura personal de la Iglesia Católica, erigida por Juan Pablo II el 28 de noviembre de 1982 mediante la Constitución apostólica “Ut Sit”. En la actualidad forman parte de esta prelatura más de 80.000 personas de los cinco continentes. La sede central del Opus Dei —con la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz— se encuentra en Roma. El primer prelado del Opus Dei fue Mons. Álvaro del Portillo (1975-1994). Le sucedió en 1994 Mons. Javier Echevarría.

La finalidad del Opus Dei es contribuir a la misión evangelizadora de la Iglesia, promoviendo entre los fieles cristianos una vida coherente con la fe en las circunstancias ordinarias, a través de la santificación del trabajo.

Santificar el trabajo” significa trabajar según el espíritu de Jesucristo: realizar la propia tarea con perfección, para dar gloria a Dios y para servir a los demás, haciendo presente el espíritu del Evangelio en todas las realidades temporales.

Para alcanzar ese fin, el Opus Dei proporciona formación espiritual y atención pastoral a sus fieles y a las personas que se acercan a sus apostolados, estimulándolas a llevar a la práctica las enseñanzas del Evangelio, mediante un trabajo realizado con perfección, cara a Dios, y el ejercicio de las virtudes cristianas: lealtad, laboriosidad, alegría, etc.

Los fieles del Opus Dei

Forman parte de esta realidad eclesial numerosos hombres y mujeres, que han elegido vivir el celibato por razones apostólicas. La gran mayoría de los fieles —un setenta por ciento del total— están casados, y para ellos la santificación de los deberes familiares forma parte primordial de su vida cristiana.

Hay numerosos sacerdotes diocesanos que buscan la santidad en el ejercicio de su ministerio según el carisma del Opus Dei. La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz —asociación de clérigos intrínsecamente unida al Opus Dei— les proporciona aliento apostólico y acompañamiento espiritual. Los sacerdotes de esta Sociedad Sacerdotal dependen de su obispo diocesano a todos los efectos.

Medios de formación

Escrivá definió el Opus Dei como una gran catequesis. Con esta expresión caracterizaba la tarea evangelizadora del Opus Dei: dar una profunda formación cristiana a los fieles de la Prelatura y a las personas que se acercan a sus apostolados.

El medio habitual de esa catequesis es el apostolado que cada fiel realiza en su entorno familiar y en el círculo de sus amistades y conocidos.

La formación que da esta Prelatura —ya sea de carácter doctrinal, ascético, apostólico, humano o profesional— se imparte de modo personalizado, según las circunstancias de las personas a quienes se dirija, con variedad de formulaciones y acentos específicos, según el lugar y situación de cada uno. En unos casos serán unas lecciones de teología en el colegio de los hijos o unas clases de doctrina cristiana en un Centro del Opus Dei; en otros, unos retiros espirituales en la parroquia o unos coloquios sobre ética profesional en el domicilio de uno de los promotores. El apostolado —decía Josemaría Escrivá— es un mar sin orillas.

Información

Para más información sobre el Opus Dei, se puede consultar Romana, boletín oficial de esta prelatura, de periodicidad semestral, que informa con amplitud de la situación del Opus Dei en todo el mundo: nombramientos para los órganos de gobierno, apertura de nuevos centros, actividades de las labores apostólicas, etc.

Romana se publica en italiano, inglés y castellano, y se distribuye por suscripción, que puede solicitarse a

En castellano. Romana. Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, Vitruvio 3, 28006, Madrid (España). E-mail: romana-es@opusdei.org

En inglés. Romana. Bulletin of the Prelature of the Holy Cross and Opus Dei, 524 North Avenue, suite 200, New Rochelle, NY 10801 (USA). E-mail: romana-usa@opusdei.org

En italiano. Bollettino della Prelatura della Santa Croce e Opus Dei, San´t Agostino 5 A, Roma (Italia). E-mail: romana-it@opusdei.org

Oficina de información de la Prelatura del Opus Dei en España

C/ Vitruvio, 3. 28006 Madrid.

Tel. 915 634 782

Fax: 914 117 426

E-mail: info@opusdei.es

www.opusdei.es

Nacimiento: Barbastro, 9 de enero de 1902
Ordenación sacerdotal: Zaragoza, 28 de marzo de 1925
Fundación del Opus Dei: Madrid, 2 de octubre de 1928
Fallecimiento: Roma, 26 de junio de 1975
Beatificación: Roma, 17 de mayo de 1992
Canonización: Roma, 6 de octubre de 2002

26 de junio de 1975

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Un sol ardiente se abate sobre las calles de Roma. Faltan pocos minutos para las ocho de la mañana y el Padre está celebrando la Santa Misa en el oratorio de la Santísima Trinidad. Le ayuda don Javier Echevarría. Salve Sancta Parens… Salve Santa Madre… se oyen espaciosas las palabras que la Iglesia dedica a la Virgen. El día tiene la nitidez propia de un cuadro de Fra Angelico. Pocas fechas antes, el Fundador ha comentado a los alumnos del Colegio Romano:

«Tengo la devoción de celebrar frecuentemente -cuando lo permite la liturgia- la Misa de la Santísima Virgen; me parece que os lo he dicho alguna vez. Y hay una vieja oración, en la que el sacerdote pide la salud mentis et corporis, y después la alegría de vivir. ¡Qué bonito!»(22).

A las nueve y media sale de Villa Tevere el coche que conduce a Monseñor Escrivá de Balaguer, don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría, a Castelgandolfo. Falta poco para que el Padre emprenda un viaje a España y quiere, antes de salir de Roma, despedirse de sus hijas en la Residencia Internacional Villa delle Rose. Nada más abordar la carretera empiezan a recitar los misterios gozosos del Rosario. El saludo de Gabriel; el brío de María cruzando la montaña ante la Buena Nueva; la Palabra de Dios ha plantado su tienda entre los hombres… Se acompasan las Avemarías con el sonido del motor. Allá queda Via Salaria, desde donde se alcanza a ver Cavabianca: «Podríamos ir esta tarde… »(23), dice el Padre. La autopista de circunvalación y, por fin, la Via Appia. A las diez treinta, llegan al Colegio Romano de Santa María. El lago de Albano tiene hoy una calma inmóvil. Esperan a la puerta del garaje algunas profesoras, que le saludan al descender del coche. Trae unos regalos para las alumnas: un pequeño adorno para la casa y unos dulces. Antes de seguir pasa por el oratorio, se arrodilla pausadamente en el presbiterio y saluda al Señor de la casa. Sube hacia el «soggiorno» hablando, de camino, a cuantas alumnas encuentra: Agatha, vestida con el traje nacional de Kenya, Liz, de Estados Unidos, y una que ha llegado de Filipinas. Este año viven en Villa delle Rose personas de los cinco Continentes.

Un cuadro preside el cuarto de estar: es la Virgen con el Niño que perteneció a doña Dolores Albás y fue testigo de sus últimas horas. El Padre le envía una mirada afectuosa: es un recuerdo de muchos años. Una imagen dulce y sonriente que ha acompañado una buena parte de la historia del Opus Dei. Después se sienta junto a la chimenea y espera que se acomoden todas.

«Tenía muchas ganas de venir. Estamos terminando estas últimas horas de estancia en Roma para acabar unas cosas que tenemos pendientes; de modo que ya, para los demás no estoy sólo para vosotras»(24).

Les habla del aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, que han celebrado el día anterior; y de los cincuenta y cuatro que van a recibir este año el sacerdocio.

«Cincuenta y cuatro: parecen muchos (…). Sin embargo, son muy pocos: enseguida desaparecen. Como os digo siempre, esta agua de Dios que es el sacerdocio, la tierra de la Obra la bebe corriendo: desaparecen enseguida». (25)

Y entonces, les pide que ayuden también ellas desde su condición laical pero con alma sacerdotal. Metidas en el tráfago temporal como cosa propia, pero santificando, elevando las realidades temporales al orden de la gracia. Este es un sacerdocio real, distinto del ministerial, mediante el que los no ordenados pueden cristianizar el mundo.

Habla durante veinte minutos y siente tener que marcharse pronto, pero se encuentra un poco mareado; tal vez, porque el calor ha pegado fuerte sobre la carretera al venir desde Roma. Bromea sobre ello y pasa unos minutos a un despacho para recuperarse. No pide más que un vaso de agua. Tras esta brevísima pausa, baja hacia el coche y sigue poniendo la nota de buen humor por la casa. Se despide del Señor en el oratorio y entra en el coche. Todavía tiene tiempo de excusarse por no haber prolongado más su visita:

«Perdonadme, hijas, por la lata que os he dado (…). Hijas mías, adiós»(26).

El coche rueda por la carretera a las once y veinte de la mañana. Durante el regreso se le nota cansado, pero sereno y contento. Sigue la conversación con toda normalidad y, a punto de dar las doce, entran en Villa Tevere. Desciende con rapidez y saluda a los que están abriendo las puertas. Al entrar en la casa, va hacia el oratorio y saluda con genuflexión pausada y sin palabras. Quizá dirá interiormente y del modo habitual: Adoro te, devote, laten deitas…. «Te adoro, divinidad escondida… ».

Sube en el ascensor hasta el segundo piso, donde se encuentra el despacho de don Álvaro, que es también el cuarto donde suele trabajar el Padre. Monseñor Escrivá de Balaguer camina hacia la puerta, se apoya en el quicio: un cuadro de la Virgen de Guadalupe aparece colgado sobre la pared de la izquierda. Apenas una mirada breve, como suele hacer siempre… Y llama con voz débil a don Javier, que está todavía cerrando las puertas del ascensor. Después se desploma en el suelo.

Don Álvaro, que ha llegado inmediatamente, le sostiene con sus brazos. Todavía respira, pero es evidente la gravedad, y se oye la voz de este hijo mayor que recita, entrecortadamente, las palabras de la Absolución y de la Extremaunción.

Han transcurrido sólo unos segundos cuando llegan los médicos. Durante una hora y media larga pondrán en juego todos los medios humanos para retener la vida en ese cuerpo que no responde a ningún estímulo: oxígeno, masaje cardíaco, medicamentos. Todos rodean la escena estremecidos. El Fundador yace, exánime, en el suelo de esta habitación donde ha consumido su vida de trabajo. Sobre una librería corrida, que ocupa la mitad de la pared, un Crucifijo preside la escena. En la mente de todos hay un ofrecimiento implícito: la vida a cambio de los latidos de este corazón que acaba de romperse para siempre.

Mientras esperan contra toda esperanza, a las doce cuarenta y cinco, don Álvaro llama a las personas que forman el Gobierno Central de la Sección de mujeres y pide que recen con mucha intensidad por algo muy urgente. En los oratorios, sin saber cuál es el motivo, se reza intensamente en silencio.

Poco después, a las dos menos cuarto, vuelve a llamar para decir que el Padre acaba de morir. La noticia, como un reguero de hielo, cruza la casa. Inmediatamente se informa a la Secretaría de Estado de la Santa Sede, para ponerlo cuanto antes en conocimiento del Romano Pontífice, y, unos minutos más tarde, se transmite a los Centros de Italia y de todo el mundo. El estupor es absoluto. Nadie hubiera podido imaginar que una actividad tan grande podía encontrarse tan pronto con la muerte. Porque el Padre caminaba por sus setenta y tres años con el vigor de la juventud, aunque muchas veces le acechase el cansancio. Pero volvía a la carga, con la misma jovial intensidad. La mayor parte de sus hijos le han conocido personalmente; han recibido de sus labios una palabra de cariño, de estímulo, de claridad. Todos se apoyan en la fortaleza de su espíritu, de su buen humor imbatible. Y este hecho inesperado ha tenido lugar en unos minutos. En el despacho de don Alvaro, un grupo de hombres llora serenamente sin apartar los ojos de esa figura tendida que viste su traje sacerdotal. Una paz inefable modela sus rasgos. Recuerdan que la Virgen de Guadalupe recibió, allá en Jaltepec, junto a la laguna de Chapala, el deseo apasionado del Padre: «Quisiera morir así: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor… »(27).

Apenas le ha enviado un saludo, nublado por la muerte, y el alma de Monseñor Escrivá de Balaguer cruza el umbral de la eternidad.

Hoy precisamente, se cumplen treinta y un años del día en que don Alvaro le impartiera la primera absolución después de ser ordenado sacerdote. También las manos consagradas de este hijo suyo han firmado el perdón, en este 26 de junio de 1975.

A excepción de las pocas personas que han permanecido en el despacho, ayudando las indicaciones de los médicos, el resto se encuentra repartido por los oratorios o en una sala próxima a la habitación donde se ha intentado reanimar al Padre. Cuando todo ha terminado, don Alvaro sale, sereno pero destrozado por el dolor, y les invita a entrar para que puedan rezar ante los restos del Fundador. Uno a uno, van acercándose. Después, colocan el cuerpo sobre una tabla cubierta con una colcha blanca. Los hombres que forman parte del Consejo General de la Obra en Roma, alzan este sencillo catafalco en sus brazos, para transportarlo con infinito cuidado por los pasillos de Villa Tevere hasta el oratorio de Santa María de la Paz, donde se instalará la capilla ardiente. La casa está invadida de un silencio impresionante. Pasillos, escaleras, «cortili»… hasta las paredes parecen escoltar el cortejo en este repentino adiós. Cuántas veces el Padre ha repetido: «Estos muros parecen de piedra, pero están hechos de amor»(28). Por el esfuerzo, la fe y la esperanza que ha costado levantarlos. Va tendido con la sotana negra. Los pies calzados. Las manos cruzadas sobre el pecho. El gesto en una entrega de total serenidad.

Sobre un paño negro, cubierto también por una sábana blanca, se deposita el cuerpo al llegar al oratorio. Inmediatamente después, le revisten con los ornamentos sacerdotales: alba de encaje, casulla roja con el sello de la Obra. En las manos, el crucifijo que sostuvo San Pío X a la hora de la muerte.

Don Álvaro del Portillo celebra la primera Misa de corpore insepulto. Se preparan los mejores ornamentos y vasos sagrados que hay en la casa. A pesar del intenso dolor, todos sienten la seguridad de que Monseñor Escrivá de Balaguer ha llegado a los brazos de Dios. El cáliz es el que conmemoró los cuarenta años de la Fundación de la Sección de mujeres de la Obra; la palia, con el dibujo del Buen Pastor, regalo al Padre en sus Bodas de Oro sacerdotales. A partir de este momento, se sucederán los sacerdotes celebrando ininterrumpidamente Misas de Requiem. Las palabras de la liturgia suenan consoladoras y serenas: «Dales Señor el descanso eterno, y brille sobre ellos la luz perpetua». «Bienaventurados los que mueren cerca del Señor, porque sus obras les acompañan… ». El oratorio de Santa María de la Paz brilla como un ascua. Al fondo, la Virgen sostiene al Niño en actitud tranquila. Y allí, en el suelo, la quietud del Padre que estrecha en el dolor esta fraterna unidad de corazones…

Empiezan a llegar personalidades eclesiásticas y civiles. Monseñor Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, es portador del afecto y sentimiento del Papa. Cardenales, Obispos, sacerdotes, embajadores, profesionales, obreros y un sin fin de miembros de la Obra, Cooperadores y amigos. La prensa hace su aparición en grupos sucesivos. Don Álvaro los recibe a todos. A pesar de la intensidad de los acontecimientos, atiende a todo el mundo. Siempre encuentra una palabra de afecto. Santiago Escrivá de Balaguer y su mujer, acompañados por los hermanos de don Álvaro del Portillo, llegarán hacia las once y media de la noche. Durante toda la noche los miembros del Opus Dei velarán al Padre. Todos dejarán, entre sus manos, el más hondo y entrañable propósito de fidelidad.

Un periodista que hasta hoy no ha comprendido muy bien la Obra, escribe:

«Permanecimos unos momentos contemplando la escena solemne, sobrecogedora, cargada de emoción. En los reclinatorios, dispuestos perpendicularmente respecto al altar, los residentes en la casa y algunos llegados de fuera, seguían el Santo Sacrificio con las miradas clavadas en el rostro pálido, extraordinariamente sereno, del Fundador. Algunos hacían un esfuerzo visible para contener las lágrimas. No había ataúd, y el cuerpo estaba tendido, sencillamente, sobre un lienzo blanco: more nobilium, como se dice en Roma: o sea, a la usanza de los nobles que, enaltecidos en vida, se humillan ante la muerte y renuncian a catafalcos»(29).

El día 27 de junio, hacia las doce, don Álvaro del Portillo, en uno de los breves ratos que le permite su atención a cuantos reclaman su consejo, se aproxima al Padre. Toma tres rosas rojas de las que rodean el cuerpo, y las deposita a los pies del Padre mientras los besa y recita en latín las palabras de San Pablo: «¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el bien!»(30).

La hora de la Misa exequial solemne está fijada para las seis de la tarde. El entierro será en la Cripta de Santa María de la Paz, dentro de la Sede Central del Opus Dei. El coro del Colegio Romano de la Santa Cruz interpreta la antífona In paradisum y el Himno de Zacarías. Don Álvaro preside el cortejo, y el féretro se carga a hombros de seis miembros de la Obra.

«Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre» (31).

Se accede a la Cripta descendiendo una empinada escalera que se abre en el oratorio de Santa María, junto al presbiterio. A la entrada de la Cripta, en la pared de la derecha, hay una lápida escrita en latín que el Padre hizo colocar:

«Esta Cripta fue construida en perpetua memoria de todos los difuntos del Opus Dei, para que los que en ella duermen en el Señor -sin que por esto hayan de considerarse distinguidos por un privilegio especial- muevan suavemente nuestro espíritu al santo y saludable recuerdo de nuestros hermanos de las dos Secciones que, en espera de la resurrección, reposan por todas las regiones de la tierra; y nos induzcan a elevar a Dios fervientes oraciones para que, revestidos de cuerpo inmortal, nos alegremos juntamente con ellos en el Cielo; y, consumados en la unidad, nos deleitemos con goces sempiternos; teniendo siempre presente que nadie será coronado si no hubiere combatido con valor. Rogad, pues, por todos nuestros difuntos. Salud para siempre en Cristo»(32).

La arquitectura románica del recinto hace sonreír a sus imágenes desde la ingenuidad de la piedra. En el centro, elevada a pocos centímetros del suelo, la losa de mármol verde oscuro que hoy se ha retirado para dejar paso a los restos de Monseñor Escrivá de Balaguer. El techo de la antecripta muestra un artesonado lleno de luceros.

Unas cuerdas gruesas dejan caer lentamente el ataúd. Van a cerrar la tumba obreros que han construido Villa Tevere, Cavabianca y Villa delle Rose. Están emocionados, llorando. Cuando acaban su trabajo, la losa cubre, definitivamente, la sepultura del Padre. El sello de la Obra y dos fechas: 9-1-1902 y 26-VI-1975, delimitan el tiempo de una vida que no tuvo límites para el amor de Dios y del mundo. Con letras de bronce queda escrito, sobre la lápida, su mejor título: EL PADRE. En la intimidad de las mujeres y de los hombres del Opus Dei empieza a desbordarse la ayuda espiritual del Fundador, que ahora tiene -por su intercesión ante Dios-, más que nunca, audiencia libre en todos y cada uno de sus hijos.

Mientras tanto, la noticia ha cruzado la tierra. Se ha intentado comunicar por teléfono, en los primeros momentos, con los miembros de cada país. Pero las demoras imponen la expedición de telegramas.

En Australia se conoce el hecho durante la madrugada del 27 de junio. En Alemania, Francia y Austria el teléfono suena a las cinco de la tarde del día 26. La primera zona de Sudamérica que recibe la notificación es Ecuador, a las 3,45 de la tarde, cuando en Roma apuntarían las diez de la noche. En algunos casos, unos países se hacen cargo de comunicar con los más inmediatos. Así, Montreal puede hablar con Nueva York antes de que llegue la noticia de Roma. Lo mismo ocurre con Suiza. En Japón, no podrán enterarse hasta la mañana del día 27. Argentina, Paraguay y Uruguay lo saben casi al mismo tiempo. Dublín también sufre retraso hasta el día 27. Y Londres se entera a través de una llamada particular que ha llegado de España. Bruselas, Portugal y Brasil conocen la muerte del Padre el mismo día veintiséis. Las respuestas serán inmediatas. Así es la de Kenya:

«Ahora nos vamos a descansar, pero con el corazón vigilante en Roma, velando con vosotros a nuestro Padre. Y nos hacemos miles de preguntas que tendrán que esperar unos días a saber la respuesta: ¿a qué hora murió?, ¿qué dijo?, ¿estaba enfermo?, ¿qué pasó? (…). Inmediatamente empezarán las Misas por el eterno descanso de su alma. ¡Día de gran fiesta en el Cielo!»(33).

Una vez que Radio Vaticano se hace eco del fallecimiento, el mismo día 26, la noticia es ya oficial y del dominio público. Las cartas de personalidades de las letras, de las artes, de las ciencias y de multitud de gentes sencillas, se amontonarán en Villa Tevere.

El sábado 28 de junio a las once de la mañana tendrá lugar el Funeral solemne en la Basílica de San Eugenio de Roma. Unas horas antes, ha llegado a Bruno Buozzi un nuevo telegrama del Santo Padre Pablo VI, reiterando su oración por el Fundador de la Obra, con la persuasión de que era un alma especialmente elegida y amada por Dios. También don Álvaro del Portillo recibe una carta personal del Vaticano escrita en nombre de Su Santidad.

Desde las diez de la mañana, empieza a llenarse la Basílica de San Eugenio. En la presidencia, don Álvaro del Portillo. Asisten Monseñor Benelli en representación del Papa y también los Cardenales Violardo, Ottaviani, Fürstemberg, Baggio, Palazzini, Mozzoni, Aponte y Casariego. Obispos, sacerdotes y superiores de Ordenes y Congregaciones religiosas.

Los bancos y espacios libres de la iglesia se encuentran repletos. Todos cuantos han conocido el espíritu del Padre acuden a esta despedida oficial. El público reza, sigue la liturgia con piedad, paladea despacio las oraciones de la Misa de Requiem que la Iglesia Católica eleva por los que han llegado ante el juicio de Dios. Durante algunos momentos, el organista pulsa notas de canciones que el Padre ha lanzado al viento por muchos caminos. Canciones con sabor de Navidad en las laderas del Somontano; canciones de amor humano a lo divino; notas que hablan de soles y trigos, de nieves y amaneceres; de paz y coraje. No existe el protocolo para este recuerdo que es, fundamentalmente, entrañable. Por eso suenan, en su Funeral, las alegrías que ha llevado en el alma y que ha dejado, como mejor testamento, a sus hijos.

Cuando don Mario Lantini, Consiliario del Opus Dei en Italia, tiene que pronunciar unas palabras, incoa su homilía con esta afirmación de recia esperanza que el Padre repetía en la Pascua de Resurrección:

«Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte (…), del dolor y de la angustia» (34)

Y así es. También hoy, por encima del dolor, brilla el espíritu de la resurrección. Por eso, cuando termina la ceremonia, esta multitud que llena sus naves sale al sol romano sin angustia, con la alegría de una buena nueva; algunos con una rosa roja que han recogido del altar donde se han pronunciado las palabras litúrgicas: «la luz que brilla para siempre».

Mientras, en la Cripta de Santa María de la Paz ha empezado un desfile de visitantes que ya no cesará en los años venideros. Muchos envían rosas a la tumba de un hombre que sólo ha deseado una cosa: hablar de Dios, hacer la santidad asequible, desligarla de imposibles y meterla en las incidencias cotidianas de los cristianos. Y clamar por la exigencia grande y maravillosa de la llamada de Cristo a los hombres. Esta es, en silencio, su última catequesis.

La prensa publica, pocas fechas después de su muerte, multitud de artículos sobre el perfil humano y sobrenatural del Fundador, sobre las dimensiones y finalidades del Opus Dei.

Así, las palabras del Cardenal Ugo Poletti, Vicario General de Roma: «La Diócesis de Roma debe mucho a tantos Fundadores de Institutos Religiosos, Asociaciones y actividades apostólicas que se han desarrollado en la Urbe. Monseñor Escrivá de Balaguer, personalidad de una inagotable riqueza espiritual, se suma a esta admirable serie de hombres de Dios»(35)

Y las del Cardenal primado de España, Marcelo González Martín, Arzobispo de Toledo:

«Me he preguntado cuál sería el secreto de este gran sacerdote del Reino de Cristo en la Iglesia de nuestro tiempo. Y he aquí la reflexión que hago a raíz de su muerte, que hirió su corazón con un movimiento brusco y suave a la vez, como eran los suyos propios. ¡Cuánto ardimiento en aquel hombre excepcional que se pasó la vida sin conocer el sosiego, ni siquiera el que proporciona a tantos otros la última enfermedad! »(36)

Y las frases del periodista español Manuel Aznar:

«No recuerdo a nadie que, con tanta espontaneidad, con naturalidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobrenatural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empresa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cumplía en el Fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá»(37).

Y Raffaello Cortesini, Catedrático de Cirugía Experimental de la Universidad de Roma:

«Al recordar el limpio ejemplo de coherencia humana y de virtudes sacerdotales del Fundador del Opus Dei, creo un deber subrayar -precisamente cuando la sociedad civil y la eclesiástica están sometidas a todo tipo de tensiones- cómo Monseñor Escrivá de Balaguer ayudó a cuantos le conocían a descubrir que el camino de la verdadera libertad y del respeto a la legítima autonomía de cada persona es una premisa indispensable para el encuentro con Cristo, para reconocer a Jesús que pasa a nuestro lado »(38).

Y el Cardenal Sebastiano Baggio:

«El quiso que este camino trazado para sus hijos espirituales, en una síntesis fascinante, sin fracturas y sin diafragmas, de lo que es ser hombre y de lo que es ser cristiano, se titulase “De la Santa Cruz y del Opus Dei”. “El Señor -confiaba a los suyos en una de sus homilías- se nos manifiesta cada vez más exigente, nos pide reparación y penitencia, hasta empujarnos a experimentar el ferviente anhelo de querer vivir para Dios, clavado en la Cruz juntamente con Cristo”. En medio de dificultades, de contradicciones, de incomprensiones y de hostilidades, era este ferviente anhelo lo que alimentaba la contagiosa serenidad y el inquebrantable optimismo de Monseñor Escrivá de Balaguer»(39).

Y el Cardenal Sergio Pignedoli:

«Por eso lo siento muy próximo, como alguien de la familia. Me vienen a la memoria las palabras de San Juan Crisóstomo ante la muerte de un amigo queridísimo: “Te amamos y te pedimos. Tú ya no estás donde estabas, pero estás en cualquier sitio en donde nosotros estemos”» (49).

Las basílicas, iglesias y catedrales del mundo, acogen estos días una multitud. La misma que había acudido a verle y escucharle otras veces. Ahora vienen a rezar por este sacerdote que pertenece ya al acervo del Catolicismo. A la raza -como él repetía-, única raza, de los hijos de Dios.


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder