Honoris Causa de Comunicación en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz

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Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei y Gran Canciller de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz ha concedido el doctorado “Honoris Causa” al Cardenal Camillo Ruini y al profesor Alfonso Nieto

Opus Dei - El Aula  Magna de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma) escucha al  Cardenal Ruini.

El Aula Magna de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma) escucha al Cardenal Ruini.

Tras el desfile académico, en el que participaron profesores de las cuatro licenciaturas de la Universidad y profesores de otras universidades, Mons. Javier Echevarría abrió el acto con un discurso sobre la comunicación.

Opus Dei - El  Prelado del Opus Dei presidió el acto y concedió los Honoris Causa.

El Prelado del Opus Dei presidió el acto y concedió los Honoris Causa.

Señaló que “San Josemaría sostenía que los hijos de Dios tienen que estar presentes, con profesionalidad, identidad cristiana y amor a la Verdad, en los lugares donde se forma la opinión pública”.

“Es difícil –añadió citando un texto del santo- que haya verdadera convivencia donde falta verdadera información; y la información verdadera es aquella que no tiene miedo a la verdad y que no se deja llevar por motivos de medro, de falso prestigio, o de ventajas económicas”.

El Prelado ha invitado a todos los profesionales creyentes del mundo de la información “a conjugar el don gratuito de la fe con el esfuerzo cotidiano en el estudio racional de todos los saberes implicados en la comunicación”. A continuación se ha entregado el primer doctorado Honoris Causa.

LAS CINCO REGLAS DEL CARDENAL RUINI

Opus Dei - Saludo  del Cardenal Ruini y el Prelado.

Saludo del Cardenal Ruini y el Prelado.

El cardenal Camillo Ruini ha sido durante muchos años el presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, y actualmente es el vicario del Santo Padre al frente de la diócesis de Roma. El doctorado le ha sido concedido, entre otros motivos, por el exitoso “Proyecto Cultural” que el cardenal propuso en 1994 a la Iglesia italiana. El proyecto, que ha dado numerosos frutos, se propuso enriquecer de nuevo la cultura italiana con la identidad cristiana.

Tras recibir de manos de Mons. Echevarría el anillo, la medalla, el diploma y el birrete de doctor, el cardenal Camillo Ruini ha dicho en su discurso –llamado en estas ocasiones “Lectio Magistralis”- que “la comunicación social es un elemento cada vez más importante para la evangelización y transmisión de la fe. Pero, al mismo tiempo, ni basta ni es el factor más eficaz. Sí lo son, en cambio, los contactos y las relaciones directos, personales, de la comunidad creyente”.

El Cardenal ha señalado que “es necesario advertir los profundos movimientos que están agitando actualmente la sociedad y la cultura, para introducir en ella nuestro mensaje, mejorando y atrayendo al bien las energías que en esa sociedad se producen”.

Opus Dei - La  concesión del birrete.

La concesión del birrete.

En estos años de diario diálogo con los medios de comunicación, el Cardenal ha aprendido “cinco reglas: uno, no bastan los medios de comunicación para transmitir el Evangelio; dos, hay que hablar claro; tres, es necesario expresarse con simpatía; cuatro, ser profesionales; y cinco, aspirar a la santidad”. Mons. Ruini ha desarrollado estas cinco ideas en un profundo y divertido discurso lleno de anécdotas.

Ruini fue presentado por el profesor Norberto Gonzalez Gaitano, de la Facultad de Comunicación Institucional de la Universidad. El profesor subrayó la “extraordinaria sensibilidad comunicativa, que revela un sincero respeto por la opinión pública” del nuevo doctor Honoris Causa. “Tal sensibilidad nace de la compresión de la relación que hay entre cultura y comunicación”.

ALFONSO NIETO, PIONERO EN LA EDUCACIÓN PERIODÍSTICA

Opus Dei - El  profesor Alfonso Nieto muestra el diploma que le acredita como Doctor  Honoris Causa por la Universidad romana.

El profesor Alfonso Nieto muestra el diploma que le acredita como Doctor Honoris Causa por la Universidad romana.

También recibió el doctorado Honoris Causa el profesor Alfonso Nieto, principal impulsor y pionero de los estudios universitarios de Periodismo en España, y rector de la Universidad de Navarra en la década de los 80. En su discurso, el nuevo doctor ha analizado el mercado actual de la comunicación. En él, dijo, la nueva moneda ya no es el euro o el dólar, sino “el tiempo. En algunos casos, escasea; en otros, abunda; no admite devoluciones; si se pierde, no se puede recuperar; algunos creen que lo poseen, pero se equivocan…”.

Opus Dei - Abrazo  entre el Prelado y el prof. Nieto.

Abrazo entre el Prelado y el prof. Nieto.

Nieto ha hablado también sobre la “apariencia” con la que juegan todos los medios de comunicación. “Desde los periódicos hasta Internet, abunda lo que es aparente, verosímil, lo que parecer ser pero en realidad no es. Por ejemplo, un programa de televisión parece ser gratis, pero en realidad no. Estamos pagando con nuestro tiempo”.

El profesor ha sugerido que, para mejorar los medios de comunicación, es necesario llenarlos de “realismo, veracidad, solidaridad y, sobre todo, buen humor”. El doctor Honoris Causa ha invitado a “abrir espacios y tiempos que susciten la sonrisa en todas o en la mayor parte de las páginas del periódico, de las revistas, de los periódicos o la publicidad”.

“Son los ciudadanos quienes lo piden, quizá no de un modo explícito, quizá porque no han tenido la experiencia. Por este camino, sin dejar de ver los problemas, se encontrarán soluciones mejores y nos daremos cuenta de que una de las cosas más importantes de la vida es sonreír y saber reírnos de nosotros mismos”.

Opus Dei - De  izquierda a derecha: Norberto González Gaitano, el cardenal Ruini,  Alfonso Nieto y José María La Porte.

De izquierda a derecha: Norberto González Gaitano, el cardenal Ruini, Alfonso Nieto y José María La Porte.

La laudatio a Alfonso Nieto la ha realizado el profesor José María La Porte, vicedecano de la Facultad de Comunicación. La Porte incidió en “el amor del profesor Nieto por la libertad, que se manifestó en su lucha porque los estudios de periodismo y comunicación obtuvieran reconocimiento universitario en España, entre 1969 y 1975, en un momento en que la libertad de prensa en aquel país estaba sometida a serias limitaciones”.

Brasil: Tierra de la Santa Cruz

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La historia del cristianismo en Brasil se remonta al año 1549. Un sacerdote portugués celebró la primera Misa el 3 de mayo, fiesta entonces de la Invención de la Santa Cruz y, por eso, este trozo del Nuevo Mundo se llamó Tierra de la Santa Cruz. Más tarde, la abundancia de madera de color rojizo que daba a su fisonomía un aspecto casi ardiente, transformó su nombre en el de Brasil.

El 19 de marzo de 1957, llegaron a Brasil los primeros miembros del Opus Dei. Por equipaje traían la bendición del Fundador; como meta, un país inmenso. Ahora, mayo de 1974, la noticia de que el Padre viene ha corrido como la pólvora. Este segundo viaje a América tiene por objeto confirmar a todos sus hijos en el espíritu de la Obra, y encaminar a otras muchas personas hacia Cristo mediante una siembra continua y generosa de su oración y su doctrina.

«Vamos a América porque me mandan mis hijos -dirá antes de partir-; y a través de mis hijos, mi Padre Dios. Yo no quería ir, de modo que por lo pronto no es un capricho (…).

Digite a me!, aprended de Mí, ha dicho el Señor. Yo deseo aprender, en todos los sitios, un poquito. Porque no acabo de hacerlo, no acabo. Tengo ansias de ver a Jesucristo, de conocer su rostro. Tengo hambre de encontrarme con mi Dios» (1).

Cuando el avión en que viajan se aproxima a Río de Janeiro, el sol se pone sobre la bahía de Guanábana, iluminando toda la ciudad. En esta época -está terminando mayo- el crepúsculo es corto, y llega precipitadamente la oscuridad de la noche. De pronto, en el aeropuerto Galeáo, los altavoces anuncian la llegada del vuelo. Un pequeño grupo de personas espera al Padre junto a la pista. El avión desciende con todas las luces encendidas sobre las aguas de la bahía, hasta enfilar la superficie de aterrizaje. Los relojes marcan las seis y dieciocho minutos del 22 de mayo. Son muchos años anhelando este momento, el abrazo, el cariño y la presencia del -Fundador en esta tierra de promisión.

El comandante indica, desde lo alto de la escalerilla, a los que esperan, que pueden subir al encuentro de Monseñor Escrivá de Balaguer. Lo hace don Javier Ayala -que es aragonés-, Consiliario del Opus Dei en Brasil, en primer lugar, y se encuentra con los brazos del Padre, que le dice en broma:

-« ¡Baturro! ¡Te has salido con la tuya!».

Parte de la tripulación del aparato se agrupa en el pasillo de salida para despedirle.

-«¡Que Dios os bendiga! ¡Gracias! ¡Muchas gracias!»(2).

En un coche, el funcionario de la compañía aérea traslada al Padre, y a don Álvaro del Portillo, hasta un avión brasileño: el Bandeirantes. Este aparato les conducirá hasta Sáo Paulo. El nombre del pequeño aparato recuerda la gesta de los pioneros que, enarbolando sus banderas, abrieron las primeras sendas desde la costa hasta el interior del Brasil. La torre de control envía sus señales, despega suavemente y se eleva sobre Río, dejando atrás la imagen del Cristo del Corcovado. A la derecha, la espuma juega con las playas de Copacabana, Ipanema, Leblón…

En una hora larga, sobrevuelan Santos, Serra do Mar y Sáo Paulo. Cuando se detienen los motores en la pista de aterrizaje, son las ocho y veinticuatro minutos de la noche. Algunas personas conocen la noticia y aguardan en los portones de salida. Al pasar el coche, entregan una camelia al Fundador: el saludo inicial de bienvenida, la primera flor en esta ciudad de cemento: «Padre, muchas gracias por haber venido al Brasil»(3).

A partir de este momento, el Padre iniciará otra etapa agotadora y entrañable. Se multiplica en afecto y dedicación para dejar a sus hijos, éstos que han crecido a la sombra de su espíritu pero que acaban de conocerle, la seguridad de su camino, la certeza de haber respondido a una llamada de Cristo, a un designio sobrenatural que está por encima de las fuerzas de los hombres. Llega a lo más hondo de su intimidad: les habla de su vida de sacerdote, de los barruntos de su amor, de las etapas históricas de la Obra marcadas por la mano de Dios. Escribe para ellos un capítulo vivo, arrollador, como si presintiera que está cerrando el último documento. Tiene en su horizonte el mundo cuando mira a esta multitud de razas, de situaciones y culturas que se han dado cita entre los hombres y mujeres de la Obra.

Desde el 22 de mayo al 7 de junio habla sin descanso en tertulias de pequeño número y en grandes reuniones. En unos casos los Centros de la Obra como Sumaré, Casa Nova, Río Claro, Aroeira, Casa de Moinho y Centro Social de Morro Velho, acondicionan sus locales para estas tertulias; en otros, los asistentes desbordan la capacidad de aforo y es preciso habilitar grandes salas oficiales, como los Palacios de Convenciones de Sáo Paulo, Anhembí y Mauá. Estos lugares abren sus puertas a una multitud que desea conocerle, oír la palabra de este sacerdote que no habla más que de Dios. Que predica la teología del encuentro con Cristo a través del trabajo de cada día; que sólo expone una revolución: la de proyectar los hechos de la vida ordinaria hasta las alturas de la Gracia. Que invita al proyecto de «hacer, de la prosa pequeña de cada día, endecaslabos, verso heroico»(4). «He venido al Brasil a aprender. Vienen del Viejo Mundo y dicen que vienen a enseñar. ¡No! Yo he venido a aprender. Llevo cuarenta y ocho horas y ya he aprendido mucho.

He aprendido que este país es un país maravilloso, que hay almas encendidas, que hay gente que vale un tesoro delante de Dios Nuestro Señor; que sabéis trabajar y moveros; que sabéis formar familias numerosas, recibiendo los hijos como lo que son: un don de Dios (…).

¡Tanta tierra, y tan feraz, tan hermosa! Yo creo que vuestras almas son como esta tierra: aquí todo es generoso, todo es abundante (…).

Y después tenéis los brazos abiertos a todo el mundo: aquí no hay distinciones. Podríamos repetir palabras de la Escritura: gentes de todos los pueblos encuentran la Patria (…). Yo ya me siento brasileiro. Si no tuviera la obligación de residir en Roma, residiría en el Brasil»(5).

Cuando el número de asistentes se multiplica, procura que sus palabras se acomoden al auditorio:

«Hablaré despacio; nunca ha sido un muro muy recio la diferencia de lengua entre el brasileiro y el castellano (…).

Pero, además, es que siento el latir de vuestro corazón. Con los corazones nos entenderemos. Y entiendo con la mirada que allá, dentro de la cabeza, tenéis muchas cosas nobles, grandes, limpias, sacrificadas. Yo las querría tener también; de modo que coincidimos»(6).

El 6 de junio, víspera de su marcha del Brasil, les dirá:

«Quiero que me habléis vosotros a mí, quiero marcharme con el regusto de vuestras voces en mis oídos (…): porque sentiré las voces vuestras en lo más hondo de mi alma, en los momentos de vida que el Señor me deje, como una gran bendición de Dios. Y diré: ¡en el Brasil y desde el Brasil!… Es la voz de aquellas almas, de aquellos hijos y de aquellas hijas: vuestras voces»(7).

Se refiere el Padre al espíritu apostólico que debe empujar a los brasileiros. Ya que son una confluencia racial, tienen la posibilidad de recibir la doctrina, la vocación de Dios y llevarlas luego a otros países con los que tienen amplios lazos de fraternidad. Además, la vitalidad de estos hombres y estas tierras, les convierte en una gran promesa para el futuro.

« “Ut eatis”!, no sólo al gran continente brasileño. Ut eatis!, al Japón; ut eatis!, a Africa, que es un continente que nos espera con los brazos abiertos» (8).

Ya en 1928 sabía, porque Dios lo había decidido así, que el Opus Dei habría de arrastrar a gentes de todos los pueblos… negros, amarillos, blancos… en una llamada vocacional nueva y vieja como el Evangelio. Y el Cielo envió la noble ambición de este sueño a un sacerdote que sólo tenía veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor. Ahora, el sueño se ha hecho realidad.

En la primera tertulia, que tiene lugar en Casa Nova, está rodeado de brasileiras que proceden de muchas y diversas razas: aquí se ven los rasgos orientales de unas, la tez oscura de otras… La representación de Siria, Turquía, Italia, Portugal, Alemania, Austria… y de tantos lugares de Brasil, desde el Amazonas hasta Santa Catarina. A esta mezcla de etnias se referirá más tarde, en una de sus charlas: -«Esta mañana celebraba la Santa Misa, rodeado de un grupo grande de personas, en las que se veían caras de todos los continentes, y me emocioné. Les decía -porque es verdad- que muchos hijos míos de Japón, de China, de varios sitios de Africa -concretamente, más que en ningún otro, en Nigeria y en Kenia-, y de Filipinas, están rezando ahora mismo por la buena labor que hagamos aquí, en esta gran nación brasileña»(9).

Y continúa:

«En Brasil hay mucho que hacer, porque hay gente necesitada de lo más elemental. No sólo de instrucción religiosa -hay tantos sin bautizar-, sino también de elementos de cultura corrientes. Los hemos de promover de tal manera que no haya nadie sin trabajo, que no haya un anciano que se preocupe porque está mal asistido, que no haya un enfermo que se encuentre abandonado, que no haya nadie con hambre y sed de justicia, y que no sepa el valor del sufrimiento».

Luego les impulsa a extenderse por todo el país:

«Tenéis que correr por este gran continente (…), y quiero empujaros a que no dejéis ningún rincón de este país maravilloso sin el calor de un hogar nuestro. Para que desde aquí, después…¡al mundo entero!»(10)

En el Parque Anhembí, junto al río Tieté, se alza el Palacio de las Convenciones. Es un edificio nuevo, de bóveda elíptica, destinado a congresos y exposiciones. Tiene una cabida normal de cuatro mil personas. El 1 de junio, víspera de Pentecostés, se llenará a rebosar.

«No podéis defraudar a Dios. Este país grande, grande, grande en todos los terrenos -también geográficamente-, tiene ambiente de sobra para todos los hijos de todas las grandes familias: en número y en calidad. De modo que ¡ánimo! (…).

El otro día di a mis hijos una bendición que parecía la de los Profetas y los Patriarcas. Que el Señor os multiplique, les decía, y os digo ahora a los brasileiros: como las arenas de vuestras playas, como los árboles de vuestros bosques, como las flores de vuestros jardines, como el gorjeo de vuestros pájaros…

Necesitáis mucha gente aquí. ¡No tengáis miedo! Recibid los hijos con amor, que siempre son una bendición de Dios. Y bendición especial para el Brasil que necesita muchos brasileiros cristianos y con virtudes humanas como las vuestras»(11)

Les habla con lenguaje de pioneros que entienden, porque éste es un país grande, de caracteres firmes, capaces de entrar, por entre la selva, para erigir Brasilia, la más increíble ciudad de la tierra. Como reza el lema del escudo de Sáo Paulo: «No me dejo arrastrar, arrastro». Y lo subraya el brazo guerrero que sustenta el estandarte de la Cruz.

El 2 de junio, día de Pentecostés, se llenará igualmente el Palacio de Mauá. El Padre habla despacio, y sus palabras se traducen con los gestos, con el afecto y con la buena voluntad de muchos que, entre el público, siguen y facilitan el contenido de sus palabras a los que tienen más cerca.

En esta gran reunión se tocarán multitud de temas. Y el Padre irá engastando, en cada uno, junto a la dimensión humana, el espíritu de la Obra que anima toda su voz.

En un momento dado, rompe una lanza por la familia y sus valores cristianos, especialmente por la fuerza moral de la mujer.

«Junto a la Cruz están unas mujeres y un chico joven. Los hombres se han acobardado, y han huido. ¡Da vergüenza! Ellas son más valientes que nosotros, más enteras. Dan la cara por Cristo » (12).

Ha encendido la pasión por salir a los caminos con el fuego apostólico de los primeros cristianos, y le preguntan cómo multiplicar el número de cristianos en este enorme país americano:

«Para lograr toda esa multiplicación de almas que se ocupen de los demás, que sean una siembra de paz, de alegría, de trabajo, de cariño, de comprensión, de convivencia, de fraternidad cristiana; para esto, debes rezar al Señor. Pedirás al Espíritu Santo que venga a las almas de todos»(13).

De pronto se pone en pie un adolescente con el pelo largo, un representante joven de los que rompen moldes y modos anteriores:

-«Padre, ¿qué nos dice a los melenudos?».

-«Oye, hijo mío, a los del pelo largo os digo que me encantáis lo mismo que los del pelo corto. Pelo largo o corto no tiene importancia. Lo que importa es voluntad recia o voluntad floja, vida limpia o vida… sporca, como dicen los italianos. Lo que tiene

importancia es ojos limpios u ojos que no se pueden mirar» (14) Habla a los padres para que tengan una gran generosidad a la hora de entregar sus hijos a Dios si les llama por el camino de una entrega total a los demás.

Se detiene en un tema esencial en el Opus Dei, como la alegría, la teología del Omnia in bonum, todo para bien, cuando se descansa en la filiación divina. En el amor de Dios Padre que mueve los acontecimientos de cada vida.

«Se lee en uno de los Salmos que las montañas se deshacen como si fuesen de cera, si tenemos sentido sobrenatural. No te preocupes nunca por nada (…). ¡Alegre! Porque, después, viene la felicidad verdadera: el Amor sin traiciones y para siempre»(15).

No sabe cómo decir adiós a esta multitud de gentes que llenan la sala y que han venido a conocerle y a oír, a través de sus palabras, el espíritu del Opus Dei.

«Bendigo vuestros corazones, bendigo vuestra sonrisa, bendigo vuestro trabajo, bendigo vuestras guitarras» (16) Cuando llegue a Argentina lo recordará ante sus hijos:

«Hay de todas las clases de colores habidos y por haber. Justamente he estado allí el día de Pentecostés, y era como otra Pentecostés: Partos… Medos… Elamitas»(17).

Cuatro días antes quiso hacer una romería en la Aparecida, la Virgen más venerada del Brasil. Unas rosas son la materialización del regalo que vienen a traer a la Virgen. El Padre se arrodilla en el suelo del presbiterio; a su lado, don Alvaro y don Javier. Se empieza a rezar, en portugués, el Rosario. Con la mirada fija en la pequeña imagen, el Padre responde en voz baja a las oraciones. Pausadamente, al unísono, reza toda la iglesia en voz alta. Cuando termina, el Padre se levanta y rodea el altar por el lado derecho, para subir hasta el camarín de Nuestra Señora Aparecida. Mira unos instantes a la Virgen y besa el escudo. Las rosas se quedan a los pies de la imagen. Al día siguiente, comenta:

-«¡Con qué alegría fui a la Aparecida! ¡Con qué fe rezabais todos! Yo le decía a la Madre de Dios, que es Madre vuestra y mía: Madre mía, Madre nuestra, yo rezo con toda esta fe de mis hijos. Te queremos mucho, mucho… Y me parecía escuchar, en

el fondo del corazón: ¡con obras!» (18).

Se acerca el 7 de junio, último día de estancia en Brasil, y todos guardan los recuerdos en el mejor rincón del alma. Todavía no ha partido y ya empiezan a sentir nostalgia. Saudades, como se dice en portugués.

-«Os quedáis muy pensativos. Es que es el último día… Pero os ponéis solemnes y nosotros no tenemos solemnidades…

La nostalgia -sonríe el Padre-. Incomincia la nostalgia. Pero no quiero hablar más de esto, porque os quedáis serios, y también yo me pongo serio sin darme cuenta. Además, no me voy a marchar de aquí. Me quedo. De verdad, me quedo: el corazón os lo dejo muy a gusto. Además, os necesito a cada uno de vosotros: porque os necesita Dios, aunque no necesita de nadie (…).

Me acordaré de cada uno, os pasaré revista; y me ayudaréis a ser mejor con el recuerdo, con el pensamiento… ¡Esto es humano! Hay una especie de canción popular española que dice: la ausencia es aire que apaga el fuego chico y enciende el grande. De modo que cuando me marche os querré, si cabe, aún más; y estaré aquí más que ahora… ».

Y así llega la tertulia de la noche, la última:

«Consummatí in unum! No hay un afecto de uno que los demás no lo tengamos, no lo sintamos, no lo amemos …»(19).

El día 7 de junio amanece lloviendo. Un coche que cruza Sáo Paulo se lleva al Padre. En el aeropuerto internacional de Viracopos despega el avión para transportarle a la inmensa pampa argentina.

Perenne juventud de la Iglesia

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.



Es lógico que esta realidad viva, que enlaza directamente con la de los primeros cristianos, haya contado desde su fundación con el apoyo y el aliento de la Jerarquía episcopal y haya recibido, desde 1943, todas las aprobaciones de la Santa Sede, que han culminado en la erección de la Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei, el 28 de noviembre de 1982, en los mismos términos que había solicitado su Fundador.

En una carta manuscrita dirigida a Mons. Escrivá de Balaguer, Pablo VI escribía que el Opus Dei «ha surgido, en este tiempo nuestro, como viva expresión de la perenne juventud de la Iglesia, plenamente abierta a las exigencias de un apostolado moderno, cada vez más activo, capilar y organizado». Y añadía: «Colocados por la voluntad del Señor al timón de la nave de Pedro, desde la que escrutamos con vigilante solicitud los signos anticipadores de los tiempos, el ansia de las almas que esperan la llegada de los operarios del Señor, las necesidades antiguas y siempre renovadas que entraña la difusión del Evangelio de Cristo, consideramos con paterna satisfacción cuanto el Opus Dei ha realizado y realiza por el Reino de Dios, el deseo de hacer el bien, que lo distingue; el celo ardiente por las almas, que lo empuja hacia los arduos y difíciles caminos del apostolado de presencia y testimonio en todos los sectores de la vida contemporánea».

Juan Pablo II, en la homilía de la Misa que celebró en Castelgandolfo el 19 de agosto de 1979, se dirigía –según recoge L’Osservatore Romano– en los siguientes términos a un grupo de profesores y estudiantes universitarios del Opus Dei: «Vuestra institución tiene como finalidad la santificación de la vida permaneciendo en el mundo, en el propio puesto de trabajo y de profesión: vivir el Evangelio en el mundo, viviendo ciertamente inmersos en el mundo, pero para transformarlo y redimirlo con el propio amor a Cristo. Realmente es un gran ideal el vuestro, que desde los comienzos se ha anticipado a la teología del laicado, que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del postconcilio.

»Tal es el mensaje y la espiritualidad del Opus Dei: vivir unidos a Dios en medio del mundo, en cualquier situación, cada uno luchando para ser mejor con la ayuda de la gracia, y dando a conocer a Jesucristo con el testimonio de la propia vida.

»¿Hay algo más bello y más apasionante que este ideal? Vosotros, insertos y mezclados en esta humanidad alegre y dolorosa, queréis amarla, iluminarla, salvarla: ¡benditos seáis y siempre animosos en este vuestro intento! »,

V. LA GENTE DEL OPUS DEI

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

02 de diciembre de 2008

Los miembros del Opus Dei son, como se puede ver, personas corrientes que desean llevar una vida plenamente cristiana, buscando la santidad y ejerciendo el apostolado, en su propio estado y en su propio trabajo en medio de la sociedad civil.

En el fondo la cosa no puede ser más sencilla. Cada persona del Opus Dei se compromete en concreto a practicar las virtudes cristianas propias de su condición en el mundo, y a ejercer el apostolado en la medida de sus posibilidades y según su situación personal. Como es lógico, esa diversidad de situaciones personales trae consigo una variedad de participación en las labores apostólicas según que puedan dedicar más o menos tiempo, según que puedan desarrollar una u otra actividad, etc. La mayoría de los miembros de la Obra son personas casadas, que procuran vivir seriamente el cristianismo en el seno de su hogar. Otros, en cambio, deciden permanecer célibes, con el fin de dedicar más tiempo a las tareas de formación de los demás miembros y a las diversas actividades apostólicas. Y en correspondencia a esa dedicación de sus miembros, la Obra se compromete a su vez a darles ayuda espiritual y orientación para sostener e incrementar su vida interior, al mismo tiempo que les estimula para que en su acción apostólica puedan servir a todas las almas. Por tratarse de cristianos corrientes, en el Opus Dei se da la misma variedad de personas que en cualquier sociedad: hombres y mujeres, ,jóvenes y viejos, solteros y casados, sanos y enfermos; y hay en, la Obra personas de cualquier condición social y de cualquier profesión. «Para formar parte del Opus Dei –ha escrito Mons. Escrivá de Balaguer– se necesita sólo la buena voluntad de corresponder a la vocación divina, que invita a buscar la perfección cristiana en el propio estado y en el ejercicio de la propia profesión u oficio en el mundo, según el espíritu del Opus Dei. Precisamente por eso pertenecen a la Obra hombres y mujeres de las más diversas condiciones: porque la vocación la da Dios y… porque para Dios no hay acepción de personas».

A esa multiplicidad de situaciones personales corresponde precisamente una forma personalísima de actuar la misma vocación que cada uno ha recibido, porque, como me decía uno de ellos, «en el Opus Dei cada uno se organiza como le da la gana». Unos pocos residen en centros de la Obra con el fin de estar más disponibles para trabajar en la dirección espiritual y doctrinal de las tareas de formación, pero la mayoría viven con su familia o en aquellos lugares donde los lleva a permanecer el desempeño de su labor profesional.

Del Opus Dei forman parte además sacerdotes, que se ordenan cuando ya pertenecen a la Prelatura y se dedican principalmente –aunque no de manera exclusiva– a la atención espiritual de los demás miembros de la Obra y son, por vocación, sacerdotes seculares en cualquier diócesis donde se encuentren.

Otros, después de haber recibido las sagradas órdenes, se asocian, para mejorar su vida espiritual, en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, Asociación inseparablemente unida a la Prelatura, sin que esto disminuya –lógicamente– en modo alguno su condición de sacerdotes diocesanos ni su plena dependencia del propio Ordinario, como ya hemos visto.

En resumen, pues, se puede decir que en el Opus Dei hay laicos y sacerdotes seculares; que entre los laicos, hay personas casadas y otras que permanecen célibes; y que, tanto entre los casados como entre los célibes, hay personas de todas las profesiones y ambientes sociales.

Y existen también Cooperadores –muchos de ellos no católicos– que, sin ser propiamente miembros de la Obra, colaboran en las actividades apostólicas con su oración, sus limosnas o su trabajo.

Homilía del Prelado en la catedral de Oviedo

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Queridos hermanos y hermanas.

Agradezco al Sr. Arzobispo, don Carlos Osoro, su invitación a celebrar el Santo Sacrificio en esta Catedral, durante el Año de la Cruz, con el que Astu rias conmemora dos aniversarios muy significativos: la entrega de la Cruz de los Ángeles y la Cruz de la Victoria, custodiadas desde hace siglos en la Cá mara Santa de la capital del Principado.

Tengo, con este motivo, un recuerdo muy hondo de cómo San Josemaría Escrivá de Balaguer amaba y adoraba la Santa Cruz; y cómo predicaba, entre otros muchos puntos, que hemos de venerar la Cruz del Señor e incrustarla en nuestras vidas, también para dar a conocer al mundo el amor infinito de Dios a cada mujer, a cada hombre; pues en ese Madero santo Jesucristo entregó su Vida por nosotros.

Recordaremos, Señor, los dones de tu amor, en medio de tu templo. Que todos los hombres de la tierra te conozcan y alaben, porque es infinita tu justicia. Es la invitación de la antífona de entrada de la Misa de hoy: que agradezcamos a Dios los dones recibidos, procurando al mismo tiempo que otras personas los reconozcan :y le den gloria. ¿Y qué don más grande que el de la Redención obrada por Jesucristo en el Calvario? La Iglesia lo proclama cada año, al comienzo del Triduo Pascual, cuando nos recuerda:que sea nuestro único orgullo la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, porque en El tenemos la salvación, la vida y la resurrección.

La Santa Cruz es signo y garantía de victoria en la lucha por la santidad. Al norte de Roma, está el lugar que recuerda la aparición del signo de la Cruz, en el año 313 de la Era Cristiana. Refiere una antigua tradición que Constanti no, en la vigilia de una gran batalla, tuvo una visión de la Cruz con la siguien te inscripción: In hoc signo vinces, ¡con este signo vencerás! Esa victoria trajo consigo el fin de las sangrientas persecuciones contra los cristianos de los tres primeros siglos.

También las cruces custodiadas en la Cámara Santa de Oviedo transmiten un recuerdo análogo. Al convocar este Año Santo, el Señor Arzobispo os invi taba: «Entremos agradecidos en las raíces de nuestro pasado y reflexionemos sobre el significado de las Cruces de los Ángeles y de la Victoria para los hombres y mujeres que vivían en estas tierras en aquellos siglos». El consejo es muy actual, aunque las circunstancias históricas sean tan distintas. Pero hay algo común entre aquellos acontecimientos de hace más de mil años y nuestra época: el deber de defender la fe cristiana.

Desde el comienzo de su pontificado, Benedicto XVI ha denunciado la ten­tación del relativismo, que lleva a considerar el Evangelio como una doctrina entre otras, y a Jesucristo como un personaje más en la compleja historia de los hombres. Pero Jesús de Nazaret no es simplemente un gran sabio o un gran maestro; ni siquiera es un gran revolucionario que ha cambiado el curso de la humanidad con sus enseñanzas. El Papa afirma que «el cristianismo no traía un mensaje socio-revolucionario (…), Jesús (…) no era un combatiente por una liberación política (.l.).’ Lo que Jesús había traído, habiendo muerto Él mismo en la cruz, era algo totalmente diverso: el encuentro con el Señor de todos los señores, el encuentro con el Dios vivo y, así, el encuentro con una esperanza más fuerte que los sufrimientos de la esclavitud, y que por ello transforma des de dentro la vida y el mundo».

Los cristianos somos los grandes defensores de la libertad, contra toda cla se de esclavitudes y totalitarismos, antiguos y nuevos. La fuerza para mantener viva esa santa rebeldía la encontramos, no en la violencia física o moral -que rechazamos, siguiendo las enseñanzas del Evangelio-, sino en la fe, la espe ranza y el amor: las tres virtudes teologales, infundidas por Dios en nuestras almas; verdaderas fuerzas que actúan en la historia, aunque en muchas ocasio nes los hombres no las reconozcan.

En el leño de la Cruz, Cristo nos alcanzó la victoria definitiva. El Señor borróel pliego de cargos que nos era adverso (…) clavándolo en la cruz, lee mos en la epístola a los Colosenses. Habiendo despojado a los principados y potestades, los exhibió en público llevándolos en su cortejo triunfal.Nosotros hemos de unirnos a ese triunfo suyo, con una fe viva, con una esperanza segu ra, con una caridad ardiente.

Apliquemos esta doctrina perenne a las circunstancias que a cada uno nos toca vivir: en la propia familia, en la ciudad donde residimos, en la nación a la que pertenecemos. No perdamos nunca la esperanza, aunque la situación per sonal o social parezca difícil. Alimentémosla en la oración y en los sacramen tos. ¡Qué magnífica oportunidad se nos ofrece en este Año Santo de la Cruz para recibir con más fruto el sacramento de la Penitencia, donde el Señor per dona nuestros pecados, y para acercamos con mayor devoción a la Sagrada Eucaristía, donde Él mismo se nos entrega como alimento del alma!

Es lógico que cada uno cultive proyectos concretos en el ámbito de la fami­lia, de la profesión, de los intereses que le mueven, siempre abiertos a las ne cesidades ajenas, pues el espíritu solidario -la preocupación por los demás  forma parte de la naturaleza humana y constituye, además, una componente esencial del mensaje cristiano. «Más aún -afirma Benedicto XVI-, nosotros necesitamos tener esperanzas -más grandes o más pequeñas- que cada día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todas las demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros solos no podemos alcanzar»

Con la fe y la esperanza de los hijos de Dios, podremos combatir las peleas del Señor. Primero en nuestra propia alma, para dejar que Cristo reine en no sotros; y luego en la gran batalla de amor y de paz, que todos hemos de librar -cada uno a su manera, de acuerdo con sus posibilidades- para que la socie dad civil redescubra las raíces cristianas que han forjado la historia de España, de Europa y de muchas otras naciones. Tengamos el deseo de hablar con quienes conozcamos, para que ellas y ellos hablen a su vez con otros; pensemos en el apostolado ejemplar de los primeros cristianos, que poco a poco, con perseverancia, logró la conversión del mundo pagano.

Acabamos de comenzar un año paulino, con motivo del bimilenario del na­cimiento de San Pablo. La predicación del Apóstol se centraba en Cristo cruci ficado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los lla mados, judíos y griegos, predicamos a Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Cristo sale a nuestro encuentro también con ocasión de las dificultades -grandes y pequeñas- con las que todos nos enfrentamos en la vida. Pidamos la gracia de saber encontrar precisamente ahí una participación en la Cruz de Jesús. Es don de Dios, que hemos de suplicar con hu mildad, como nos recuerda hoy el Evangelio de la Misa: Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera .

Si recibimos la Cruz con amor, si sabemos descubrir en sus brazos una ocasión de unirnos estrechamente al Señor, en la Cruz encontraremos el resplandor de la  verdad, el descanso en la fatiga, la alegría en nuestro caminar. Y no sólo luego, en la bienaventuranza eterna, sino ya ahora, en el momento presente. Como afirmaba San Josemaría: lejos de desalentarnos, las contrariedades han de ser un acicate para crecer como cristianos: en esa pelea nos santificamos, y nuestra labor apostólica adquiere mayor eficacia . No lo dudemos: vida cristiana equivale a vida apostólica llena de alegría.

Acudamos a la Virgen, venerada popularmente en Asturias bajo la advoca­ción de la Santina. Conozco -porque se lo oí referir- que San Josemaría rezó no pocas veces en Covadonga. Mis recuerdos van además a S. E. Mons. Ál varo del Portillo, que también acudió a ese lugar en varias ocasiones. En una de esas visitas dirigía a nuestra Madre con filial confianza, utilizando unas pa labras que -antes de concluir- os invito a hacer vuestras.

«Te pedimos por la Iglesia Santa, por el Papa, por los pastores, por el pue­blo fiel; y te pedimos también por los distintos países del mundo -especialmente por España-, para que haya paz, y el mal no entre en los co­razones de las gentes» 

Que Dios Todopoderoso nos escuche por intercesión de Nuestra Señora de Covadonga. Así sea.

Misal Romano, Domingo XIV del Tiempo Ordinario, Antífona de entrada(Sal 47, 10-11).
Misal Romano, Jueves Santo, Misa in Cena Domini, antífona de entrada (cfr. Gal 6, 14).
Mons. Carlos Osoro, Convocatoria del Año Santo de la Cruz.
Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30-XI-2007, n. 4
Col 2, 14-15.
Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30-XI-2007, n. 31
Cor 1, 23-25
‘Misal Romano, Domingo XVI del Tiempo Ordinario (A) M(_t 11, 28-30).
‘San Josemaría, Amigos de Dios, n. 216.
Mons. Alvaro del Portillo, Oración personal ante la Virgen de Covadonga, 17-VIII-1977

El párroco del pueblo más joven de España

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D. José Ignacio de Andrés pertenece a la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara y es socio de la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz

Una de las curiosidades del censo realizado en toda España en 2001 es el “título” de municipio más joven de España, que desde entonces ostenta Villanueva de la Torre, gracias a la edad media de 28,9 años de sus habitantes.

Hablamos con el cura del pueblo, que nació hace 49 años en Valfermoso de Tajuña y decidió marchar al seminario cuando estudiaba bachillerato en Azuqueca. Se licenció en Derecho Canónico en Roma y actualmente es también Vicario Judicial de Guadalajara. Su primer destino sacerdotal fue “en Prados Redondos y siete pueblos más; luego tuve que ir a Cáceres para hacer la mili; pero eso no fue un problema, porque los curas tenemos trabajo donde hay gente “. Al enumerar sus diferentes destinos habla también de su trabajo de profesor de Instituto, y de los dos años en que fue capellán del Hospital General Universitario de Guadalajara. “La Iglesia siempre ha salido al paso de las necesidades de la gente, y en un municipio como éste, con tanta gente que trabaja fuera y vive en medio de prisas y preocupaciones, no sólo ofrecemos los sacramentos -hay unos cien bautizos al año- y las catequesis correspondientes, sino también un espacio de tranquilidad”. De eso es de lo que nos habla el párroco del pueblo más joven de España:

“Me llamo José Ignacio y soy el sacerdote de Villanueva de la Torre, que es un pueblo de Guadalajara que limita con Madrid, está en el corredor del Henares. Y aquí es donde yo desarrollo mi trabajo desde hace ocho años.

Lo que a mí me gustaría resaltar del trabajo de un sacerdote en un pueblo como éstos es la peculiaridad que puede tener una parroquia que ha sufrido un incremento muy notable de gente, porque ha pasado de tener, hace 15 años, treinta personas a ser ahora, en la actualidad, más o menos siete mil personas, siete mil habitantes. Con todo lo que eso conlleva de gente que viene, que no se conoce, que viene a un lugar, en principio, que le resulta extraño. Y eso para un sacerdote y para una parroquia ofrece unos retos que son muy interesantes.

Yo creo que es el mismo Espíritu Santo el que va configurando y trayendo las cosas de diversas formas. Hace no mucho tiempo vino una familia -la portavoz, como en casi todos los casos, era la madre- diciendo: Venimos aquí porque nuestra hija quiere… -la hija tiene cinco o seis años-, nuestra hija quiere bautizarsePorque en el colegio va a clase de religión y le han dicho que, para pertenecer al Reino de Dios (con estas palabras) hay que bautizarse. Y entonces ella ha preguntado si estaba bautizada, le hemos dicho que no, y ha dicho que ella quiere pertenecer al Reino de Dios y, por tanto, se quiere bautizar. Y no solamente eso –dijo la madre– sino que el hermano pequeño…, dice ‘el hermano pequeño ¿también está sin bautizar? Pues yo quiero que mi hermano pertenezca al Reino de Dios’. Por tanto, dijo la madre, venimos para ver qué tenemos que hacer para bautizar a estos dos pequeños. Meses antes, habían estado los propios padres en la catequesis matrimonial.

Bueno, esto es un ejemplo de las distintas situaciones que se pueden presentar en esta parroquia.

Me parece de estricta justicia, citar y referirme a San Josemaría como un referente actual, importante para mí, para afrontar el trabajo que se puede desarrollar en esta parroquia. Y, además, haciéndolo con eso, con ánimo, con esperanza. Sabiendo que cada día es una oportunidad para llegar, fundamentalmente, a las familias. Transmitirles el mensaje genuinamente cristiano que significa que la gente abra, que las familias abran, su corazón a Dios que es el que en definitiva integra todo en nuestra vida.

“Dios hace la página web de cada uno”

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Don Arturo tiene 69 años y es párroco de San Pedro y San Pablo, en Coslada, una de las poblaciones más importantes del cinturón industrial madrileño.

Como si tuviera prisa por detenerse en el presente y el futuro de la parroquia en la que pronto cumplirá 16 años de servicio, este madrileño nacido en San Fernando (Cádiz) resume con rapidez que procede de una familia numerosa, que es hijo de Marino, que estudió el bachillerato en el CHA y que un buen sacerdote le aconsejó ir al Seminario, que se ordenó sacerdote y desde entonces ha estado “en Miraflores de la Sierra, Robledillo de la Jara, Berzosa de la Sierra, la presa de Atazar -con 2.500 obreros que atender-, Parla, Algete… y ahora Coslada. De aquí para allá o sin moverte de acá: Dios hace la página web de cada uno.”

Su parroquia ha crecido mucho en los últimos años, “tenemos Metro, M-40, tren de cercanías y unos precios en las viviendas casi como los de Madrid”, y también el trabajo de los sacerdotes: “te puedes imaginar que no sólo tenemos que atender las seis Misas dominicales -una de ellas el sábado por la tarde-: este año hemos tenido unos 120 bautizos y unas 160 primeras comuniones, con sus respectivas catequesis -un resultado formidable por cierto el de la catequesis para adultos-, y adoración nocturna, y ropa los jueves, y alimentos mensualmente para más de 500 familias… y hay quehacer en el Instituto, en el tanatorio, en el hospital y hasta en la prisión de Alcalá-Meco”.

Los datos son tantos que dejamos la libreta y sacamos la cámara:

Yo pertenezco a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, donde me enseñaron que la voluntad de Dios es lo primero y aquí estoy encantado. Va a hacer dieciséis años que llevo aquí destinado, y si Dios quiere el 26 de septiembre hará esos dieciséis años.

Y la verdad es que uno se encuentra la mar de a gusto entre tanta gente buena como hay y yo además diría que los sacerdotes que pertenecemos a este arciprestazgo estamos tremendamente unidos, tenemos muchas cosas en común, por ejemplo los cursillos prematrimoniales, los damos en distintas parroquias pero vale para todo el arciprestazgo como es lógico. Tenemos la vigilia de la Inmaculada que ya es una tradición importante, tenemos también otras cosas para jóvenes, a través del Apostolado que hacen los chavales de la Delegación de Juventud de la propia diócesis.

Estamos en un sitio que es muy obrero. Yo abro la parroquia normalmente a las siete y cuarto de la mañana y raro es el día que no entra gente a rezar, a hacer un ratito de oración, a echar una limosnilla o a confesar incluso sabiendo que hay un sacerdote que ahí está.

Como veis el título de la parroquia en que nos encontramos es San Pedro y San Pablo. En el arciprestazgo nuestro hay tres parroquias que tienen a San Pablo como titular. Una es la nuestra, San Pedro y San Pablo, otra está un barrio un poquito más abajo que es Ciudad Setenta: San Pablo apóstol de las gentes y otra está en San Fernando de Henares: Santos Juan y Pablo.

Pues bien, don Jesús, nuestro obispo anterior, concedió en que en estas tres parroquias se pudiera alcanzar ese jubileo, esa indulgencia plenaria todos los días, lo cual yo creo que hay que explicarlo para que la gente lucre esas maravillas de lo que es la indulgencia plenaria.

San Pablo siempre será un personaje… y yo diría que en estos tiempos que corren es un verdadero ejemplo para nosotros los sacerdotes y para cualquier cristiano que vaya por la calle, valiente, leal, sincero y enamorado de ese amor de Jesucristo.”


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