Benedicto XVI: “Dios no nos deja solos”

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El Papa celebró la solemnidad del Corpus Christi recordando que “la Eucaristía es el sacramento de Dios que no nos deja solos en el camino sino que se coloca a nuestro lado y nos indica la dirección”

“La Eucaristía es el sacramento de Dios que no nos deja solos”


Opus Dei -

En Roma, la solemnidad del Corpus Christi  se celebró el pasado jueves 22 en la explanada de la basílica de San Juan de Letrán. Después de la Santa Misa tuvo lugar la procesión eucarística hasta la basílica de Santa María la Mayor.

En la homilía, el Papa habló del significado de esa solemnidad a través de los tres gestos fundamentales de la celebración. El primero es la reunión “alrededor del altar del Señor para estar juntos en su presencia; en segundo lugar, la procesión, “caminar con el Señor”, y por último, “arrodillarse ante el Señor, la adoración”.

Para explicar el primer gesto, el Santo Padre citó la epístola de San Pablo a los Gálatas, donde está escrito: “Ya no hay ni judío, ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús”. “En estas palabras -dijo el Papa- se siente la verdad y la fuerza de la revolución cristiana, la revolución más profunda de la historia humana, que se experimenta en torno a la Eucaristía: aquí se reúnen en presencia del Señor personas diversas, por edad, sexo, condición social, ideas políticas. La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado. (…) La Eucaristía es un culto público, no tiene nada de esotérico o exclusivo. (…) Estamos unidos más allá de nuestras diferencias, (…) nos abrimos unos a otros para convertirnos en una cosa sola a través de Él”.

Tocando el segundo aspecto, “caminar con el Señor”, Benedicto XVI afirmó que “con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús (…) hace que nos levantemos (…) y nos pone en camino con la fuerza de este Pan de vida. (…) La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía quiere liberarnos de todo desaliento y desánimo (…) para que podamos reanudar el camino con la fuerza que Dios nos da mediante Jesucristo”.

“Sin el Dios con nosotros, el Dios cercano ¿cómo podemos sostener la peregrinación de la existencia, sea como personas que como sociedad y familia de los pueblos? La Eucaristía es el sacramento de Dios que no nos deja solos en el camino sino que se coloca a nuestro lado y nos indica la dirección. Efectivamente no basta ir adelante, sino ver hacia donde se va. No basta el progreso si no hay criterios de referencia”.

Por último, el tercer elemento del Corpus Christi, “arrodillarse en adoración frente al Señor” es “el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy, (…) es profesión de libertad: el que se inclina ante Jesús no puede ni debe postrarse ante algún poder terrenal, por fuerte que sea”.

Los cristianos, concluyó el Santo Padre, “nos inclinamos ante un Dios que fue el primero en inclinarse hacia el ser humano (…) para socorrerlo y darle vida, que se arrodilló ante nosotros para lavarnos los pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo significa creer que en ese trozo de pan, está realmente Cristo, que da sentido a nuestra vida, al universo inmenso y a la criatura más pequeña, a toda la historia humana y a la existencia más breve”.

“Se hizo pan para ser compartido; se hizo alimento para darnos la vida”

La Eucaristía fue el tema de reflexión de Benedicto XVI antes de rezar el Ángelus el pasado domingo 25 de mayo con los miles de personas reunidas en la Plaza de San Pedro.

“El creador y señor de todas las cosas -dijo el Papa- se hizo grano de trigo para ser sembrado en nuestra tierra, en los surcos de nuestra historia; se hizo pan para ser (…) compartido; se hizo alimento para darnos la vida, su misma vida divina”.

“La Eucaristía es escuela de caridad y solidaridad -recalcó el Santo Padre-. Los que se nutren con el Pan de Cristo no pueden ser indiferentes ante aquellos que, también en nuestra época, carecen del pan diario. Hay tantos padres y madres que a duras penas consiguen ganarlo para sí mismos y para sus hijos. Es un problema cada vez más grave que la comunidad internacional no consigue solucionar. La Iglesia no solamente reza diciendo “danos hoy el pan de cada día”: siguiendo el ejemplo de su Señor se empeña en todas las maneras en “multiplicar los cinco panes y los dos peces”, con innumerables iniciativas de promoción humana y de división, para que a nadie le falte lo necesario para vivir”.

“¡Qué la fiesta del Corpus Christi sea una ocasión para crecer en esta atención concreta a nuestros hermanos, sobre todo a los más pobres!”, exclamó Benedicto XVI, pidiendo a María, “de la cual el Hijo de Dios tomó la carne y la sangre”, que intercediera para que fuera así.

Santidad sacerdotal y caridad pastoral

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Sería superfluo detenerme a considerar que el ministerio exige que el sacerdote sea también un hombre de acción, pues su evidencia salta a los ojos con fuerza de claridad meridiana. Desde el punto de vista de la fe, podemos considerar igualmente evidente que el motor de la actividad pastoral del sacerdote radica exclusivamente en la caridad de Cristo: caritas Christi urget nos 40 , afirma San Pablo. Un amor sobrenatural que brota como fruto de la Cruz, por ser —con palabras de Santo Tomás de Aquino— «una cierta participación de la Caridad infinita, que es el Espíritu Santo» 41. En efecto, sólo la caridad, que sabe mostrarse paciente y benigna, que todo lo excusa, todo lo cree y todo lo soporta 42, puede dar razón no ya del cumplimiento más o menos preciso de unos determinados deberes pastorales, sino de una entrega total al ministerio que se concrete en una incesante actividad por el bien de las almas, más allá de lo que la estricta justicia pudiera exigir del sacerdote con los fieles confiados a su atención pastoral.

También en este aspecto, no puedo menos que evocar la figura entrañable de nuestro Fundador. Para su dedicación incansable al ministerio, nunca fueron excusa la fatiga, la enfermedad o las circunstancias adversas. Esta caridad pastoral, que conduce a una entrega sin condiciones al servicio de las almas 43 , informa necesariamente, con especiales matices, la fraternidad sacerdotal, que es elemento integrante de la comunión, entendida como la unidad afectiva y efectiva procedente de la común participación en los mismos bienes. Una fraternidad sacerdotal que no confunde la unidad con la uniformidad, que respeta la legítima libertad de todos, también en el amplio ámbito de la espiritualidad sacerdotal.

Mucho podría hablar del amor y del servicio, verdaderamente heroicos, del Fundador del Opus Dei hacia sus hermanos los sacerdotes. Recuerdo, por ejemplo, que entre los numerosísmos cursos de retiro que, por encargo de muchos Obispos, predicó a sacerdotes por toda España hasta que marchó a Roma, fue también a dirigir en octubre de 1944 los ejercicios espirituales a la comunidad de Agustinos de El Escorial. El día anterior se puso enfermo: la fiebre le subió a treinta y nueve grados, pero no se detuvo ante ese obstáculo. Yo le acompañé. A pesar de esa fuerte calentura, que al día siguiente había subido a cuarenta grados, predicó completos esos ejercicios, procurando —y consiguiendo— que quienes le escuchaban no advirtiesen su enfermedad.

Necesidad de sacerdotes santos

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Contra la nueva evangelización, se yerguen dificultades numerosas y, en su conjunto, imponentes. Ante esa ola que pretende ser arrolladora, el cristiano —y quizá de modo especial el sacerdote— experimenta, en ocasiones de modo particularmente agudo, la radical insuficiencia de las propias fuerzas humanas.

Esta realidad evoca en mí, con gran viveza, la eximia figura sacerdotal del Fundador del Opus Dei, de quien —alzo mi corazón en acción de gracias a la Trinidad Santísima, por intercesión de Santa María, muy unido a millones de almas que hacen lo mismo en los cinco continentes— el Santo Padre ha querido dar el Decreto de las virtudes heroicas, el pasado día 9 de este mes. A los veintiséis años, recibió de Dios una misión evangelizadora de imponentes proporciones: la misión de difundir por todo el mundo, entre las personas de todos los ambientes sociales, una toma de conciencia, teórica y práctica, hecha vida, de la llamada universal a la santidad. Así escribía en 1930: «Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa —homo peccator sum (Luc. V, 8), decimos con Pedro—, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad: (…) todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo» 21 . Las dificultades que nuestro Fundador encontró a lo largo de toda su vida también fueron gigantescas; sin embargo, la eficacia de la gracia de Dios en esa vida suya, una vida gastada gustosamente —a veces con grande dolor— en correspondencia heroica al don de Dios, fue asombrosa.

Recuerdo un episodio sucedido en agosto de 1958. El Fundador del Opus Dei caminaba un día por la City de Londres y, al pasar ante las sedes centrales de famosos bancos y grandes empresas comerciales e industriales, ante el panorama de un mundo humanamente poderoso pero indiferente e incluso hostil hacia las cosas de Dios, sintió con especial viveza toda su debilidad, su incapacidad para realizar aquella misión que había recibido, treinta años antes, de informar con el espíritu del Evangelio todas las realidades humanas, de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades de los hombres. Pero, inmediatamente, sintió claramente en su interior una locución divina: «Tú no puedes, pero Yo sí».

Era una nueva confirmación de lo que siempre había sido en su alma, en su conducta, una plena certeza sobrenatural: la fe segura, cierta, en que es el mismo Jesucristo —verdadero y eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, establecida definitivamente en su Sangre— el único que realiza la amorosa comunión de Dios con los hombres, de la que nace la comunión de los hombres entre sí; la fe, por tanto, en que su trabajo sacerdotal, como toda acción sacerdotal en la Iglesia, es eficaz precisamente porque se realiza per Christum et cum Christo et in Christo 22 .

Si la nueva evangelización, como la primera, como la de toda la historia, y como toda labor verdaderamente sobrenatural, es imposible para nuestras fuerzas humanas —las de cada uno y las de todos juntos en la Iglesia—, es sin embargo posible para Dios, es posible para Cristo: resulta, por eso mismo, posible para nosotros, para todos y para cada uno, en la medida en que todos y cada uno seamos —pienso que es necesaria esta insistencia, que siempre será actual— «no ya alter Christus, sino ipse Christus, ¡el mismo Cristo!» 23 . Aquí está la honda razón teológica de la necesidad de la santidad personal, para toda obra apostólica concreta y para la recristianización del mundo en su totalidad. En efecto, la identificación con Cristo es don, pero es también tarea. Todo cristiano y, de modo peculiar y propio, el sacerdote es ipse Christus «inmediatamente, de forma sacramental» 24 . No podemos —¡no debemos!— olvidar que esta identificación constituye también la meta definitiva, el objeto de una tarea, una responsabilidad personal por hacer realidad en cada uno de nosotros aquello de San Pablo: Para mí, vivir es Cristo 25 ; no soy yo el que vive, sino que es Cristo quien vive en mí 26 ; de modo que levantemos bien alto este programa para el hombre y para la mujer del mundo de hoy y de todos los tiempos, con el fin de que también ellos lo asuman en plenitud.

En consecuencia, hoy como ayer y como siempre, ante los desafíos de cada época, la pregunta ¿qué clase de sacerdotes necesitan hoy la Iglesia y el mundo? , tiene una respuesta que comienza necesariamente así: la Iglesia y el mundo necesitan sacerdotes santos, es decir, sacerdotes que, conocedores de su propia limitación y miseria, se esfuerzan decididamente por recorrer los caminos de la santidad, de la perfección de la caridad, de la identificación con Jesucristo, en correspondencia fiel a la gracia divina. No es una respuesta nueva, pero es una respuesta siempre actual, siempre necesaria, siempre decisiva. El Concilio Vaticano II lo afirmó con palabras claras: «Los sacerdotes están obligados a adquirir esa perfección con especial motivo, puesto que, consagrados a Dios de un nuevo modo por la recepción del Orden, se convierten en instrumentos vivos de Cristo Eterno Sacerdote, para proseguir a través del tiempo su admirable obra» 27 .

La identificación con Jesucristo exige una vida de oración y de penitencia; y esto, no como “asunto privado” del sacerdote, sino como condición de su eficacia pastoral, precisamente porque el sacerdote, por sí mismo, no puede, pero precisamente también porque en la medida en que es Cristo, sí puede.

En este contexto, viene también a mi memoria una anotación que Mons. Escrivá de Balaguer escribió en 1932. Pienso que son de justicia estas referencias, si consideramos que el Venerable Siervo de Dios, impulsado por la acción divina, ha llevado al altar millares de sacerdotes, incardinados en tantas diócesis y en la Prelatura del Opus Dei. Al contemplar una vez más en su oración la magnitud de la misión que Dios le había confiado, escribía: «siento que aunque me quedara solo en la empresa, por permisión de Dios, aunque me encuentre deshonrado y pobre —más que lo soy ahora— y enfermo… ¡no dudaré ni de la divinidad de la Obra, ni de su realización! Y ratifico mi convencimiento de que los medios seguros de llevar a cabo la Voluntad de Jesús, antes que actuar y moverse, son: orar, orar y orar: expiar, expiar y expiar» 28.

Sacerdocio común y sacerdocio ministerial

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Ni como hombre ni como fiel cristiano el sacerdote es más que el seglar. Por eso es muy conveniente que el sacerdote profese una profunda humildad, para entender cómo en su caso también de modo especial se cumplen plenamente aquellas palabras de San Pablo: ¿qué tienes que no hayas recibido (1 Cor IV, 7). Lo recibido… ¡es Dios! Lo recibido es poder celebrar la Sagrada Eucaristía, la Santa Misa –fin principal de la ordenación sacerdotal–, perdonar los pecados, administrar otros Sacramentos y predicar con autoridad la Palabra de Dios, dirigiendo a los demás fieles en las cosas que se refieren al Reino de los Cielos.

El sacerdocio de los presbíteros, si bien presupone los Sacramentos de la iniciación cristiana, se confiere mediante un Sacramento particular, por el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, son sellados con un carácter especial y se configuran con Cristo Sacerdote de tal modo que pueden actuar en la persona de Cristo Cabeza (Cfr. Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum Ordinis n. 2). La Iglesia es así, no por capricho de los hombres, sino por expresa voluntad de Jesucristo, su Fundador. El sacrificio y el sacerdocio están tan unidos por ordenación de Dios, que en toda ley la Antigua y la Nueva Alianza, han existido los dos. Habiendo, pues, recibido la Iglesia Católica en el Nuevo Testamento, por institución del Señor, el Sacrifico visible de la Eucaristía, se debe también confesar que hay en Ella un nuevo sacerdocio, visible y externo, en el que fue trasladado el antiguo (Concilio de Trento, Doctrina sobre el Sacramento del Orden cap. I (Denzinger–Schön. 1764 (957)).

En los ordenados, este sacerdocio ministerial se suma al sacerdocio común de todos los fieles. Por tanto, aunque sería un error defender que un sacerdote es más fiel cristiano que cualquier otro fiel, puede, en cambio, afirmarse que es más sacerdote: pertenece, como todos los cristianos, a ese pueblo sacerdotal redimido por Cristo y está, además, marcado cn el carácter del sacerdocio ministerial, que se diferencia esencialmente, y no sólo en grado (Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen Gentium n. 10) del sacerdocio común de los fieles.

No comprendo los afanes de algunos sacerdotes por confundirse con los demás cristianos, olvidando o descuidando su específica misión en la Iglesia, aquella para la que han sido ordenados. Piensan que los cristianos desean ver, en el sacerdote, un hombre más. No es verdad. En el sacerdote, quieren admirar las virtudes propias de cualquier cristiano, y aún de cualquier hombre honrado: la comprensión, la justicia, la vida de trabajo –labor sacerdotal en este caso–, la caridad, la educación, la delicadeza en el trato.

Pero, junto a eso, los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal: esperan que el sacerdote rece, que no se niegue a administrar los Sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante de banderías humanas, sean del tipo que sean (Cfr. Ibidem, Decreto Presbyterorum Ordinis n. 6). que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que –aunque conociese perfectamente– no sería la ciencia que salva y lleva a la vida eterna; que tenga consejo y caridad con los necesitados.

En una palabra: se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión sacramental auricular y secreta, perdona los pecados. La administración de estos dos Sacramentos es tan capital en la misión del sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor. Otras tareas sacerdotales –la predicación y la instrucción en la fe– carecerían de base, si no estuvieran dirigidas a enseñar a tratar a Cristo, a encontrarse con El en el tribunal amoroso de la Penitencia y en la renovación incruenta del Sacrificio del Calvario, en la Santa Misa.

Dejad que me detenga, todavía un poco, en la consideración del Santo Sacrificio: porque, si –para nosotros– es el centro y la raíz de la vida del cristiano, lo debe ser de modo especial de la vida del sacerdote. Un sacerdote que, culpablemente, no celebrase a diario el Santo Sacrificio del Altar (Cfr. Ibidem), demostraría poco amor de Dios; sería como echar en cara a Cristo que no comparte su afán de Redención, que no comprende su impaciencia por entregarse, inerme, como alimento del alma.

Inspector del Seminario

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En el San Carlos, dos inspectores elegidos de entre los alumnos se encargaban de velar por el cumplimiento de las normas del seminario. Normalmente uno era diácono y el otro un seminarista con, al menos, alguna de las órdenes menores. Mantener la disciplina entre sus propios colegas, por muy facultado que se estuviera por la autoridad eclesiástica, no era tarea fácil. Así las cosas, el arzobispo de Zaragoza, cardenal Soldevilla, decidió hacer a Escrivá inspector del seminario en el verano de 1922.

El nombramiento puso a Escrivá en una tesitura un tanto curiosa ya que tan sólo tenía veinte años, vestía de laico, pues no había recibido ninguna de las órdenes menores, y tampoco llevaba tonsura, señal externa de pertenecer al estado clerical. El cardenal salvó este pequeño escollo confiriendo a Josemaría la tonsura en una ceremonia privada el primer día del año académico, e inmediatamente después le nombró primer inspector.

Escrivá se tomó en serio su papel de inspector, pero sin ser cargante. Sobre su mesa puso una cartulina roja en la que, con letras doradas, aparecían las primeras palabras del himno a la caridad de san Pablo: “La caridad es paciente”.

No contento con mantener la disciplina externa, Escrivá trabajó con denuedo para ayudar a los otros seminaristas a tener más caridad entre sí y a fomentar la piedad en su trato con Dios y la Virgen María, estableciendo, entre otras, la costumbre de acudir a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar los sábados por la tarde para honrar a la Virgen.

Durante los dos años de inspector, Escrivá pudo sentir los cambios que se iban obrando en los seminaristas. Se vivía mejor la caridad y aumentaba el fervor de los alumnos. No era el único que se daba cuenta de las mejoras producidas; según testimonio del inspector que le sustituyó, el rector tenía tanta confianza en él que “dejó el seminario prácticamente en manos de Josemaría”[1]. Tiempo después, al recordar esa época, el rector subrayaba que Escrivá era una persona que “formaba auténticos sacerdotes”.

De todas maneras, sus últimos años allí no fueron un camino de rosas. Don Elías Ger, sacerdote y profesor de Derecho Canónico, comenzó un día la clase contando una historia que a primera vista no tenía mucha relación con la asignatura. “Érase un comerciante de canela. Compraba el producto en rama y, gracias a un molino de bolas, lo reducía a finísimo polvo. Un día el molino dejó de funcionar. Las bolas se habían desgastado y era preciso importar otras de Alemania. Pasó el tiempo. El repuesto no llegaba y la canela estaba por moler. Un amigo, viéndole triste, aconsejó al comerciante que se fuese a un torrente a buscar unos cantos rodados del tamaño de las bolas inservibles, que las encajase en el molino y que, durante varios días, las hiciese girar y girar sin echar aún la canela. Así lo hizo y, al cabo de quince días, comprobó que los cantos, de tanto rozar y chocar unos con otros, se habían pulimentado, quedando tan lisos como las bolas de Alemania. Hizo una breve pausa el profesor y, dirigiéndose a Josemaría, añadió: Así trata Dios a los que quiere. ¿Me entiendes, Escrivá?[2]”.

Don Elías Ger no se refería sólo a los pequeños inconvenientes que surgen cada día y que Dios emplea para pulir las aristas del carácter, sino a un incidente concreto acaecido poco tiempo antes: una pelea en la catedral entre Escrivá y otro seminarista algo más mayor. Según el rector del seminario, que presenció el suceso, el alumno mayor incitó a Josemaría con insultos groseros y fue el primero en golpear. No obstante, Escrivá había perdido los nervios y el rector se preocupó hasta el punto de pedir consejo por carta al antiguo director espiritual del seminario riojano.

Este lance y otros propios de la vida en el seminario proporcionaron a Escrivá la oportunidad de dominar su genio. No sería extraño pensar que tuviera esos años en mente al escribir: “Chocas con el carácter de aquel o del otro… Necesariamente ha de ser así: no eres una moneda de cinco duros que a todos gusta. Además, sin esos choques que se producen al tratar al prójimo, ¿cómo irías perdiendo las puntas, aristas y salientes -imperfecciones, defectos- de tu genio para adquirir la forma reglada, bruñida y reciamente suave de la caridad, de la perfección? Si tu carácter y los caracteres de quienes contigo conviven fueran dulzones y tiernos como merengues, no te santificarías”[3].

Las responsabilidades que Escrivá hubo de asumir como inspector le ayudaron en no poca medida a madurar y mejorar personalmente. Las necesidades de los otros seminaristas le animaron a rezar aún más por ellos y aprendió lecciones muy valiosas en el campo de la dirección espiritual, el ejercicio de la autoridad y el arte del gobierno. Pero, sobre todo, el empeño por vivir personalmente las virtudes que trataba de inculcar a los demás le ayudó mucho a crecer en caridad y comprensión.

[1] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 162

[2] ibid. p. 171

[3] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 20

Edición Crítico-Histórica de CAMINO.

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1 Ignacio Arellano

Cuando nuestro Vicerrector, Dr. Manuel Casado, me ofreció la oportunidad de presentar en este acto la edición de Camino hecha por don Pedro Rodríguez lo consideré un privilegio, sin pensar que sería también una cura de humildad crítico textual. Después de haber editado unos cuarenta autos de Calderón y haber dedicado muchas páginas a tareas de edición, la que ahora presentamos me ha enseñado, entre otras cosas, que se podía trabajar mucho mejor, como ha trabajado el editor de Camino.

¿Qué significa una edición crítica de Camino, después de decenas de ediciones y cinco millones de ejemplares en manos de sus lectores de todo el mundo? En el sentido estricto del término, si entendemos por edición crítica aquella que reconstruye el arquetipo perdido, el texto original del cual proceden todas las versiones o traslaciones existentes, tal edición no es necesaria para Camino, pues disponemos de lo que en crítica textual se llama versión de última mano, controlada y decidida por el autor. Bastaba reproducir ese texto, que no ofrece problemas, lo que hace don Pedro Rodríguez controlando su fijación textual, a mi juicio definitiva, con algunas ediciones principales y otros materiales de la transmisión. Aunque esta labor no plantee apenas dificultades en nuestro caso, todo editor conoce los requisitos de meticulosidad que exige cuando se hace bien, meticulosidad que permite al editor subsanar, por ejemplo, la errata del punto 980 que había logrado sobrevivir en las sucesivas ediciones. El contexto seguramente aclaraba el sentido, pero el hecho es que una errata en la puntuación dejaba confuso cuál es el texto de San Pablo al que se refiere la frase «Esto dice San Pablo en su primera epístola a los Corintios». En esta edición termina la historia de la errata.

Lo que de verdad convenía era precisamente esta edición crítico-histórica, que va mucho más allá de la sola tarea textual. Este tipo de edición es muy útil para cualquier obra que merezca semejante esfuerzo, pero en el caso de Camino, resultaba de importancia capital, por las razones que el mismo don Pedro Rodríguez apunta a propósito del género y la génesis del libro. En efecto, el editor se ha enfrentado al reto que supone editar, no un texto, sino 999 textos, que forman una unidad orgánica, ciertamente, pero que tiene cada uno su historia, sus fuentes, su especial imbricación en el conjunto, su proceso de adaptación al plan último de la obra desde versiones o apuntes de etapas y niveles diversos: como escribe el editor: «cada una de sus 999 unidades tiene vida propia y contextos y circunstancias muy diversos; una vida espiritual, pastoral y literaria que el texto mismo muestra anterior al texto y mucho más rica que lo que la mera crítica textual puede poner de manifiesto». Lo que nos ofrece este admirable trabajo, tan rico en precisiones, detalles y documentación sobre el conjunto y sobre cada uno de los puntos de Camino es el mismo desarrollo vital del texto en su hacerse, en su caminar, diríamos. ¿Qué mejor método para transitar por este camino que levantar el plano de su construcción, colocar las señales indicadoras para el lector que desee penetrar en su contexto vital e histórico como ayuda para la comprensión de su enseñanza?

Pocas veces se hallará, en este sentido, una edición crítica con un aparato tan completo y tan eficazmente ceñido al servicio del texto que ilustra. El lector halla abundante información sobre los capítulos y los puntos concretos de Camino, su proceso de ordenación, las variantes o modificaciones y cualquier categoría de incidencia textual, las fuentes, las referencias que explican la génesis de algunos puntos… y todo en una dispositio textus de modélica claridad y sencillez, lo que no era fácil si tenemos en cuenta la variedad de informaciones recogidas.

En realidad el lector encuentra la historia completa del texto, iluminada con las glosas del editor. Como es habitual, algunas de las incidencias reflejadas en este exhaustivo aparato son de menor calado (leves correcciones de puntuación, sustituciones de vocablos sinónimos para evitar repeticiones causadas en la reordenación de ciertos puntos…). En otras ocasiones, sin embargo, la variante consignada permite asomarse al taller de Camino e incluso intuir ciertas dimensiones estilísticas que no suelen ser meramente exornativas, sino que se integran en el marco espiritual del libro. En el punto séptimo, por ejemplo, que comienza «No tengas espíritu pueblerino. Agranda tu corazón hasta que sea universal, católico», observamos gracias a las notas del editor que el párrafo «No vueles como un ave de corral, cuando puedes subir como las águilas» había sido redactado primero «No vueles como un ave casera». La redacción definitiva no solo apela a una expresión más clásica, la de ave de corral, sino que introduce la sugerencia de un cercado minúsculo (ausente en «ave casera»), un corral que bien poco espacio deja para ningún vuelo. El punto primero ya nos ofrecía un ejemplo especialmente interesante de estas reelaboraciones que efectúa el beato Josemaría Escrivá, y que podemos examinar gracias a las informaciones del aparato crítico de esta edición. En una primera redacción del punto se lee «Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los caracoles impuros y llenos de odio», lectura que se convierte en la definitiva: «Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio». Es posible que en la sorprendente imagen de los caracoles haya un eco de un texto de Pérez Galdós, como se señala en la nota 4 de la página 215, pero me parece que se explica mejor desde dentro del mismo texto de Camino. El narrador galdosiano proclama su deseo de dejar algún rastro de su existencia al pasar por el mundo, y a Galdós, que en cuestión de léxico y metáforas era bastante chabacano, se le ocurre usar la imagen de la huella babosa para expresar una idea positiva, lo que resulta un tanto grotesco. El punto de Camino tiene un marco completamente distinto. De la idea de una señal sucia se genera la imagen del caracol, en un contexto de referencias negativas a los «llenos de odio». La imagen es aquí perfectamente coherente, a diferencia de lo que sucedía en Galdós. Pero sin duda, sigue siendo una imagen quizá demasiado chocante, capaz de atraer en exceso la atención del lector sobre ella misma.

Al sustituirla por «sembradores del odio» se evita este matiz, pero sobre todo se enriquecen de manera extraordinaria las resonancias del texto. En efecto, mientras la imagen del caracol es negativa en sí misma, la del sembrador en la tradición es por el contrario positiva: como explica la parábola de la cizaña, por ejemplo, «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre». El beato Josemaría Escrivá regresa a la imagen del sembrador varias veces en Camino: en los puntos 794 y 795 por ejemplo, «Sembrar. Salió el sembrador» y «Con el buen ejemplo se siembra buena semilla», o en la nota a la vigesimoprimera edición donde se refiere a los «sembradores de paz y de alegría en el mundo». El texto definitivo de «sembradores impuros del odio» viene a resultar, pues, si se inserta en sus ecos evangélicos y patrísticos, un ejemplo de lo que llamaba Gracián agudeza de improporción, una contrariedad muy llamativa: el impacto causado en el lector no estriba ahora en una imagen concreta sino en la disonancia que se siente entre lo que debiera ser la misión del sembrador y lo que en verdad hacen los que siembran odio; hasta tal punto el odio pervierte y esteriliza. Añádase que ahora la esterilidad que se menciona al principio del punto («Que tu vida no sea una vida estéril») corresponde precisamente a una simiente pervertida que niega la misión de toda simiente que es precisamente no ser estéril.

Me he permitido extenderme un poco en este ejemplo porque me parece que muestra excelentemente aspectos significativos del cuidado con el que Camino está elaborado, y de la utilidad que el aparato crítico de la edición de don Pedro Rodríguez evidencia para ahondar en esos aspectos. Otros datos aportados permiten examinar la adaptación de un texto de origen más personal al nivel propicio para un receptor universal; o permiten observar la jerarquía de las fuentes que inspiran ciertos motivos, y el predominio en este sentido de los Evangelios, los Salmos y San Pablo, lo que resulta bien significativo, lo mismo que la presencia de autores clásicos como Santa Teresa o San Juan de Ávila.

La identificación de estas fuentes o la comparación con lugares pertinentes de la tradición facilita al lector la meditación sobre el sentido de sus adaptaciones en el punto correspondiente de Camino, como sucede con la paradoja de la valentía del huir en el punto 132, que Don Pedro Rodríguez en-marca en una rica serie de referencias de la espiritualidad católica, en que no falta, por cierto, una cita espléndida de Calderón.

Los comentarios del aparato desarrollan, por otro lado, algunos aspectos fundamentales que se han tratado más sistemáticamente en la introducción, como el género, la estructura o el estilo. Todos estos capítulos introductorios, muy luminosos, son de particular importancia: baste remitir al comentario sobre la comparación que se ha hecho habitual de Camino con el Kempis, donde se advierte que el verdadero paralelo se produce más en la «imitatio Christi» que en el «Contemptus mundi» («todo es bueno» dirá el punto 268; «Sed hombres y mujeres del mundo» escribirá en el 939: no «mundanos», claro).

En lo que se refiere a la propia tarea de la edición debo mencionar especialmente las páginas dedicadas a la historia de la redacción y al examen de los testimonios y el proceso de construcción de Camino desde los apuntes y papeletas varias a las Consideraciones espirituales de 1932 y 1933, o la edición de 1934 de Cuenca, y a la preparación del original definitivo que será impreso en la edición príncipe de 1939.

Normalmente este tipo de capítulos «técnicos» se hacen solo para los especialistas de la crítica textual. Ya sabemos al editar una obra que casi ningún lector se va a interesar mucho por ellos. Son imprescindibles para justificar la fijación del texto y garantizar la tarea ecdótica, pero generalmente resultan de árida condición, llenos de datos de la transmisión textual, comentario de variantes, criterios de edición, etc. Todo esto hay en el prólogo de don Pedro Rodríguez, y sin embargo, resulta ameno, interesante en sí mismo, y se lee de seguido. La inserción de los detalles ecdóticos en la historia del proceso vivo de la escritura de Camino, la evocación de esa «manera tan característica que el libro tiene de arrancar de la vida y de apuntar a la vida» en palabras de su editor, hace que estas páginas, en otras ediciones tan fatigosas, se constituyan en una apasionante reconstrucción que solo podía hacer alguien que comprende admirablemente el texto sobre el que trabaja, que lo ha asimilado y amado, y que añade a este aprecio por la obra una competencia erudita del más alto rango.

Y que además de todo esto escribe magníficamente.

Creo, en suma, que pocas veces un texto puede tener un editor tan a la altura de la obra editada, y que haya hecho un trabajo con el cuidado y los excelentes resultados como el que tantos lectores, a buen seguro, podrán apreciar en la edición que hoy presentamos que es, a mi juicio, una edición sencillamente insuperable.

Ignacio Arellano

Facultad de Filosofía y Letras

Universidad de Navarra

PAMPLONA

Amigo de la libertad

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Testimonio de Manuel Aznar, periodista
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

¡Hace ya tantos años! Apenas alboreaba la Segunda República cuando conocí a don Josemaría Escrivá de Balaguer. Él iría a cum­plir entonces los treinta años de edad. El Opus Dei era algo así como una criatura en la cuna. Acababa de ser fundado. Mi amistad con el fundador vino a través de la familia del Portillo, emparentada con la de un amigo burgalés de mucha distinción Luis García Lozano, ¡larga vida le dé Dios! y con la del inolvidable doctor José María Pardo Urdapilleta. Los Portillo que yo conocí fueron tres: un médico, un capitán de la Legión y un ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Este último se llama Alvaro. Es, desde hace muchos años, sacerdote, doctor en Derecho Canónico, doctor en Filosofía y Letras, agudo y penetrante en sabidurías eclesiásticas, secretario general del Opus Dei, colaborador de Monseñor Escrivá de Balaguer, desde el primer día.

Ya en aquel tiempo que ahora rememoro, el joven sacerdote aragonés no soñaba sino con el apasionado servicio de Dios y con el cuidado de las almas. Andando los años, esos dos anhelos supre­mos, Dios como última razón de nuestro ser, de nuestro existir, y la limpia dignidad del alma humana como ideal que todos debía­mos servir íntegramente a lo largo de nuestra vida, fueron, sin un minuto de interrupción, su porte, su fe, su esperanza y su caridad.

Un día le dije: «Aun en las fundaciones religiosas más egregias suelen correr los fundadores el peligro de caer en pecado de sober­bia. Y en las hagiografías leemos que tienen que librar luchas enco­nadas contra esa tentación. Tú pareces libre de tan airado sentimiento ».

Me contestó: « ¿Yo? ¿Cómo quieres que me tiente el orgullo? ¿Por qué? Soy un pobre cura; casi un cura de pueblo; un sacerdote de la Iglesia de Dios, siervo de todos los demás; y mi refugio de salvación, mi deber más inmediato, debe ser la humildad. No quiero sino ayudar por los caminos del espíritu a la libertad y a la dignidad del hombre. Ese es mi sueño».

Pasaron varios lustros. Fuimos un día Ramón Matoses y yo a verle y a escucharle en su residencia romana de la Vía Bruno Buozzi, 73 y 75. Ramón Matoses, nuestro gran agregado comercial en Roma, le trataba y le quena como a un hermano.

–Ha pasado mucho tiempo –le comenté yo– desde que comen­tábamos en mi casa de Madrid tu entonces reciente fundación del Opus Dei. ¿Te acuerdas de lo que dijimos apropósito del pecado de soberbia que acecha a los fundadores? Ahora que tu obra es una realidad poderosa, y hablas desde Roma a miles y miles de dis­cípulos, ¿sigues viéndote a ti mismo como un cura de pueblo, como un pobre sacerdote que no quiere sino trabajar fraternalmente por la libertad y la dignidad del hombre al servicio de Dios?

Me dijo: «Dios es tan generoso conmigo que me libra constan­temente de la terrible tentación de la soberbia. Mira todo lo que ves alrededor de nosotros: fotografías de mis padres, algún recuerdo familiar, ecos primarios de mi niñez y de mi juventud, intimidad sin ningún propósito de resplandor, memorias de algunos colabo­radores de las horas iniciales; ya ves, nada; infancia; imágenes de mi tierra natal. Nada más. Este es el mundo de mi pequeñez per­sonal. Y sobre este no ser nada, sino una fuerte voluntad, levanto cada día mis esfuerzos, mis esperanzadas empresas espirituales, mi lucha por un mundo de hombres libres en la libertad de Dios».

Ramón Matoses y yo le escuchábamos con atención sostenida. Una sentencia latina subrayó la explicación: «In superbia initium sumpsit omnis perditio». («En la soberbia tiene su comienzo toda perdición»).

Jamás, en nuestro largo trato de amigos, me pidió, ni siquiera me indicó, ni aun me sugirió con alguna alusión lejana, que me incorporase a la Obra. Hablábamos de todo, menos de eso y de política. En los años de la República, no recuerdo que sacase a cola­ción en nuestros diálogos el tema de las muchas conturbaciones que se abatían sobre el país, para aflicción incluso y para duelo de muchos republicanos. Si yo me refería en algún instante a los azares y sobresaltos de la vida nacional, él escuchaba; pero, tan pronto como le era posible, tornaba a sus preocupaciones, y recaíamos nue­vamente en esclarecimientos del orden espiritual.

Sólo una vez –lo recuerdo muy bien– quiso saber mi opinión acerca del interés que pudiese tener la creación de determinados órganos de expresión periodística. ¿Valía la pena lanzarse a ello? ¿Era aconsejable? ¿No serían mayores los dañosos inconvenientes que los posibles provechos?

No tuve más remedio que responderle: «Mi contestación y mi consejo –si consejo solicitares de mí– carecerían de sentido mien­tras no me expliques seriamente qué es lo que quieres decirle al pueblo español, cuál es el contenido real de tu mensaje…»

Me interrumpió sin tardanza: «No se trata del pueblo español, únicamente. No he fundado una Obra española y para españoles, sino una asociación internacional, o si prefieres, universal, que se difundirá mundo adelante y dará sus frutos en todos los Con­tinentes…».

Yo insistí: –Mi observación es válida para lo español y para lo universal. ¿Fundar revistas? ¿Diarios? Y ¿para qué? ¿Qué te pro pones hacer con éstos y con aquéllas? ¿Qué voz deseas hacer llegar, y qué doctrina, a los posibles lectores? Contar con órganos de infor­mación por el mero gusto de poseerlos, o por externas razones de vanidad, o por afán de conquistar pequeñas posiciones triviales e interesadas, según acontece con la generalidad de los politicantes profesionales, no tiene la menor importancia; no cumple ninguna finalidad seria, no es cosa de monta suficiente como para que te entregues a ello; no pasaría de ser una triste frivolidad. Esforzarse en las tareas de un periodismo muy acendrado, hondo, alto, limpio, sacrificado, para servir un pensamiento libertador, para apoyar una misión trascendente, según dices que es tu propósito esencial, puede equivaler a un designio interesante. Pero avanza con tiento. El periodismo puede ser, y de hecho es, algo así como un campo de minas.

–No quiero nada –comentó- que no ayude a proclamar como ideal primero la libertad de la persona humana en las tres virtudes teologales.

–Entonces –terminé– date a ti mismo la segundad de lo que deseas hacer; y cuando lo hayas definido sin vacilación posible, cuando tengas la certidumbre de lo que quieres decir, piensa en la aventura, siempre rodeada de peligros y de equívocos, del periodismo como instrumento de comunicación.

El apostilló: Sé lo que quiero decir y hacer. Y todos lo sabrán pronto igual que yo». (Era en los años iniciales de la fundación.)

Otra vez (también se hallaba presente el querido Ramón Matoses en esta conversación) como me invitara a decirle mi leal parecer sobre las actividades del Opus Dei, me permití exponerle:

-Creo que eres un personaje casi desconocido. Probablemente hay discípulos tuyos que no han llegado todavía a interpretar bien tu pensamiento y tu voluntad. Según declaras, no debe el hombre evadir ninguna de las honestas realidades diarias, porque en medio de las actividades vulgares de cada día y de cada hora se puede cumplir la voluntad de Dios. Algo de esto sostenía Santa Teresa de Jesús, y luego se quejaba de que no todas sus monjas la habían entendido bien. Se trataba de criaturas sujetas a soledad, cilicio y disciplina clausural… Imagina los problemas que a tu obrase le han de presentar tratándose de discípulos que viven en el Centro de las pasiones del mundo, y son como arboladuras sacudidas por la tor­menta. ¡La santidad, o el anhelo de santidad en el libre juego y rejue­go de las tempestuosas luchas humanas…! ¡Es extraordinario lo que propones a quienes te siguen!

–Pues así ha de ser; y no de otro modo.

–Por eso corres el riesgo de parecer ahora mismo, y continuar pareciendo durante mucho tiempo, una personalidad desconocida, un ignorado por deformación ajena, un enigma, un ser un poco misterioso.

–Eso no importa, mientras avancemos en la promoción de la libertad humana y en la buena concertación de lo natural y lo sobrenatural.

* * *

Así solía hablar don Josemaría Escrivá de Balaguer. Ese era su ámbito de vida, de amor y de esperanza. ¡Esperanza! Creo que he dado con una de las palabras clave para comprender al fundador del Opus Dei. No se sabe por qué, de las tres virtudes teologales

–Fe, Esperanza y Caridad o Amor– suele insistir se habitualmente en la Fe y en la Caridad. Olvidamos, en cierto modo, la Esperanza. Se toma muy al pie de la letra la inmortal admonición paulina a los Corintios acerca de la caridad: «Si hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles, mas no tuviese caridad, no soy sino un bronce resonante o un címbalo estruendoso. Y si poseyere el don de profecía y conociere todos los misterios y toda la ciencia; y si tuviere toda la fe y trasladare montañas, mas no tuviese caridad, nada soy». En la propia maravilla de las cartas de San Pablo consta que la salvación llega por los caminos de la esperanza. Este pen­samiento aparecía y sobresalía en casi todas las conversaciones con el padre Escrivá. No sé qué don carismático poseía que le permitía promover esperanza, ensanchar horizontes, vencer pesimismos, comunicar la seguridad de un futuro resplandeciente, calmar desa­sosiegos, iluminar dudas, sentirse, ante todo y sobre todo, sacerdote de Dios, y en calidad de tal, predicar y pedir una viva permanencia en la fe, una ardorosa caridad, pero también una luminosa espe­ranza. Supongo que era un gran meditativo de San Pablo. Sin duda por su condición de hombre esperanzador.

Acabó nuestra última conversación en Vía Bruno Buozzi decla­rándole Ramón Matoses, su amigo y mi amigo fraterno, y decla­rándole yo:

–Padre Escrivá: Aquí tienes a dos personas que, probablemen­te, no se sienten con la fuerza necesaria para seguirte, para obe­decerte, para rendirse a tu disciplina; pero los dos quisiéramos tenerte a nuestro lado a la hora de la muerte; porque tú nos enseñas que «no debemos sentir miedo de la muerte; que importa aceptarla generosamente; cuando Dios lo disponga; como Dios quiera, donde Dios desee. Vendrá –no lo dudéis– en la hora, en el lugar y en la circunstancia oportuna; como un envío de Dios, el Padre. ¡Sea bienvenida nuestra hermana la muerte!».

Entre bromas y veras nos despedimos. Ramón Matoses no pudo ver cumplidos sus sueños de tener a don Josemaría junto a su lecho en el último trance. Yo no lo tendré, tampoco, porque a él le ha llegado la «hermana» de pronto, sin anunciarse, igual que un rayo del cielo.

* * *

No recuerdo a nadie que, con tanta espontaneidad, con natu­ralidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobre­natural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empre­sa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cumplía en el fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá. Ignoro cuáles fueron los caminos que le llevaron a una tan perfecta unión de los dos mundos. Entien­do que para él no había tales «dos mundos», sino uno sólo. A mí me recordaba influencias teresianas en el servicio de Dios; con la particularidad de que al padre Escrivá le gustaba llevar su ensueño religioso a la «hermosa mitad de la calle», según palabras suyas. La empresa estaba y está erizada de obstáculos y corre los peligros que «la mitad de la calle» supone.

Unicamente a un hombre de excepción se le podría ocurrir, como la cosa más natural, que el fracaso de cualquiera de nuestros empeños no es sino espuela de la voluntad, y que, en resumen, hasta puede haber cierto gozo en el fracasar, porque así aprendemos a reiterar los bríos de la obra iniciada, y nos aleccionamos con la humildad necesaria para alzarnos hacia lo sobrenatural en pos de nuevas fuerzas.

Sigo pensando que don Josemaría Escrivá de Balaguer fue siem­pre, y aún es, un gran desconocido. Como descendió a la calle en busca de santidad, la calle ha sido, más de una vez, implacable con él y con su ardoroso desafío. Los suyos le conocieron; pero no todos. Hay discípulos que, sencillamente, le adivinaron. «Yo no quiero ser más que un buen sacerdote. ¿Sabéis lo que eso supone? ¡Un buen sacerdote de Dios! Lo demás me importa poco. Y en todo caso, se me dará por añadidura», nos decía, al despedirnos, en puerta de su despacho íntimo; de aquel despacho en que las nos­talgias infantiles de su Barbastro natal, su iniciación en la carrera del sacerdocio, la sonrisa de su madre, la emoción de las primeras oraciones. Las dudas y también las fortalezas de los días de su fun­dación, componían un ámbito de por sí muy especial, mitad evo­cación, mitad reflejo de una celda. Y siempre, celda u hogar, obser­vatorio de la lucha por la santidad en medio de los rumores y de las embestidas de la calle.

¡Et lux perpetua luceat ei!

Artículo publicado en LA VANGUARDIA

2. “Sin miedo a la muerte”

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Todo es para bien, cuando se ama a Dios. Omnia in bonum! Es una síntesis rápida de lo que escribió San Pablo: “Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman” (Rom., VIII, 28). Y es una jaculatoria, un pensamiento dirigido a Dios, en el que Mons. Escrivá de Balaguer encontraba el sosiego y la confianza de los que se saben hijos de Dios, la serenidad que difundía por todas partes.

A1 Monasterio de Agustinas Recoletas de Santa Isabel se ofreció como Capellán, en momentos azarosos de la vida española, después de la quema de conventos de 1931. Sor María del Buen Consejo, religiosa de aquella comunidad, siempre lo vio como “un sacerdote ejemplar, muy fervoroso, con grandísimo recogimiento, que hacía compatible con la naturalidad y la alegría”. Tiene grabada “su manera de reírse, quitando impor­tancia a las cosas, serenando el ambiente”.

Era también la época en que acudía asiduamente al Hospital del Rey. Sor Isabel Martín formaba parte de la comunidad de Hijas de la Caridad que trabajaba en aquel hospital de infeccio­sos. No ha olvidado el gozo que emanaba de su persona: “estábamos deseando que llegara, en aquella etapa de inseguri­dad y de probable y próxima persecución”. No era nada grato el ambiente en que se desarrollaba la labor de aquellas monjas. Ni siquiera podían tener oficialmente capellán. Para sor Isabel, “hacía falta ser muy valiente para ejercer el ministerio sacerdotal. Pero don Josemaría Escrivá no tenía respeto humano de nadie ni de nada. Era hombre con suficiente fe sobrenatural y suficiente valor humano”.

Su alegría, en medio de las más tremendas dificultades, tendría especial relieve ‑por contraste‑ cuando llegó la guerra de España. Se ha aludido ya a esa etapa de su vida en algunas páginas, y podrán verse más detalles en el capítulo próximo. Baste ahora apuntar que, tampoco entonces, dejó de abandonar­se en las manos de Dios.

Cuando estalló la guerra, en julio de 1936, don Ricardo Fernández Vallespín estaba en Valencia. Acababa de llegar, para decidir los detalles del alquiler de una casa, con destino a residencia de estudiantes. Las comunicaciones entre Madrid y Valencia quedaron cortadas. Supo, sin embargo, que el 20 de julio la lucha más violenta en Madrid había tenido lugar en el Cuartel de la Montaña, situado justamente enfrente de la residencia del Opus Dei, en la calle de Ferraz, 16: “La formación que habíamos recibido nos había preparado para enfrentarnos sin desánimo ante esta terrible situación. Estábamos convencidos de que la Obra saldría adelante de esta tormenta, pero éramos humanos y no podíamos menos de sufrir pensando en los peligros que corrían en Madrid el Padre y los demás”. Hasta el mes de abril de 1937 no pudo ir a la capital de España. Por aquellos días, el Fundador de la Obra estaba refugiado en un piso, bajo la protección diplomática de Honduras. Cuando Fernández Valles­pín fue a verle, acompañado por Isidoro Zorzano, le impresiona­ron dos cosas: una, su delgadez; otra, ver cómo, con el espíritu de siempre, le animaba por encima de todo a perseverar en el cumplimiento de las normas de piedad que había recomendado a los socios del Opus Dei. En medio de las dificultades, no perdía el norte, y seguía enderezando las almas hacia Dios.

Fue una actitud constante en su vida, que se compendia en la idea que hizo meditar en muchas ocasiones:

‑Nunca pasa nada, aunque se mueva el pavimento; sólo la infidelidad, romper la unión con Dios, es lo grave.

“He tenido la fortuna ‑asegura don Antonio Rodilla‑ de conversar con él muchas y detenidas veces: no recuerdo ni una sola en que la conversación no fuera un continuado acto de fe”. Su alegre esperanza “estaba paradójicamente estimulada por la pena de sentirse pecador”. Esa actitud le recordaba a don Antonio la reacción de euforia que se produce en el que sale con vida de un accidente mortal. Cualquier pena le empujaba a la oración: en ella se afirmaba su paz y su gozo. El Fundador de la Obra era campeón en la fe.

No le faltaron penas en sus 73 años de vida. Aunque sólo muy de tarde en tarde se le escapaba alguna palabra sobre éstas. Como aquel 28 de marzo de 1950, fecha de sus bodas de plata sacerdo­tales en que manifestaba a unas asociadas de la Obra en Roma:

‑Ha sido un día plenamente feliz, cosa no corriente en las fechas destacadas de mi vida, en las que el Señor siempre ha querido mandarme alguna contrariedad.

Y como para quitar importancia a estas últimas palabras, agregaba con una sonrisa:

‑Hasta en el día de mi Primera Comunión, al peinarme el peluquero, me hizo una quemadura con la tenacilla. No era una cosa grave, pero para un niño de aquella edad, era bastante.

Monseñor Escrivá de Balaguer supo mucho de dolores Porque no esquivó el bulto. Y, aunque eran anchas sus espaldas, a veces le abrumaba el peso de su tarea en servicio a toda la Iglesia y a las almas. Hasta sentirse giboso… En junio de 1974, se refería a un cuadro que hay en la sede central de la Obra, en Roma, sobre la puerta que da a un oratorio dedicado a la Sagrada Familia.

Es de un pintor de cuarta o quinta fila ‑se llama Del Arco‑, del tiempo de Velázquez, más o menos: representa un Cristo coronado de espinas, que está giboso, ;giboso!… ;gibo­so!… Como yo me he visto giboso muchas veces, cansado, reventado, llegando al atardecer de esa manera, me consuela mucho pensar en la imagen de Cristo Jesús, tal como viene en ese cuadro. Él era la hermosura, la fortaleza, la sabiduría…, y allí ‑atado a la Columna‑ estaba así. De modo que si alguna vez pesa, y os sentís gibosos, acordaos de Jesús. Jesús, reventado. Jesús que tiene hambre. Jesús que tiene sed. Jesús que se cansa. Jesús que llora. Jesús que sabe ser amigo de sus amigos… Y, sobre todo, Jesús con María y José: es ya el colmo. ;Id ahí, id ahí! ;Aprended! Y entonces andaremos bien.

No es difícil imaginar la vibración de su voz pausada en esos momentos, como para grabar en las almas la imagen del Señor en cada uno de esos instantes de su vida terrena. Seguir los pasos de Jesús era ‑y será‑ la solución de todos los problemas y dificultades. El Fundador del Opus Dei podía hablar por experiencia propia, cuando añadía:

‑No os hagáis ilusiones. Sólo con medios humanos, iremos al fracaso en todo. En cambio, con medios sobrenaturales, saldre­mos adelante siempre. Porque dificultades habrá, tiene que haberlas. No estamos…, desgraciadamente, en la gloria: estamos en la tierra, y tenemos defectos.

Se expresaba con el realismo del que conoce la clave para encontrar gozo en el dolor: saberse hijo de Dios y vivir como tal. La alegría tiene sus raíces en forma de cruz, enseñó. Y durante muchos años, apuntaba al comienzo de su epacta ‑el calenda­rio litúrgico que usan los sacerdotes para saber qué Misa deben o pueden celebrar, y qué partes del Oficio Divino han de leer­ jaculatoria expresiva: in laetitia, nulla dies sine cruce! (¡con alegría, ningún día sin Cruz!).

Había escrito en Camino, 217: Te quiero feliz en la tierra. ‑No lo serás si no pierdes ese miedo al dolor. Porque, mientras “caminamos”, en el dolor está precisamente la felicidad. Fue feliz en medio de infinidad de dolores físicos y morales. No era fácil advertirlos, porque no le hacían perder el buen humor, porque vivía lo que enseñaba: que muchas veces, la mejor mortificación era una sonrisa. Y resulta especialmente difícil sonreír cuando el cuerpo está rendido. Muy probablemente, esa idea ascética ‑la sonrisa como la mejor de las mortificaciones­ la aprendió Mons. Escrivá de Balaguer de su padre, don José, al que nunca había visto triste, aunque fue tratado por el Señor como el Santo Job.

Que estén tristes los que no saben que son hijos de Dios. En la vida del cristiano no puede caber la tristeza, el miedo, la queja, porque sus tesoros son justamente: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel… (cfr. Camino, 194). A su lado muchos aprendieron a no tener miedo a nada ni a nadie, ni a Dios ‑subrayaba‑ que es nuestro Padre y nos quiere más que todos los padres y las madres juntos de la tierra. Y, por eso, llevó fortaleza cristiana a cien­tos de enfermos, a los que ayudó a morir santamente, con la alegría del que sabe por la fe que morir es ir al encuentro del Padre divino. De sus años en el Hospital del. Rey, sor Isabel Martín describe “a enfermas jóvenes, tuberculosas, que recupe­raban incluso la alegría humana aunque fuesen conscientes ¿le que iban a morir. Pero aceptaban la muerte sin tragedia, con naturalidad, con esperanza. Incluso cuidando su aspecto perso­nal para tener la paz de no entristecer a los de alrededor y presentarse con gozo ante Dios.

El Fundador del Opus Dei mostró con su ejemplo que quienes se deciden a seguir las huellas de Jesucristo, no tienen miedo a la vida, ni miedo a la muerte. Y es que quien vive de veras cono hijo de Dios no puede temer la muerte. Recientemente, abriendo el corazón a unos socios de la Obra, en Roma, les decía:

Era muy joven cuando escribí ‑y lo repetiré ahora, con paladeo de miel‑ que Jesús no será mi Juez ni el vuestro: será Jesús, un Dios que perdona.

Le gustaba una canción italiana de los años cincuenu, porque le hacía pensar en su futuro paso al Cielo:

Aprite le finestre al nuovo sole, é primavera, é primavera. Aprite le finestre al nuovo sole, é primavera, é festa dell’Amor.

Muchos conocieron un deseo que manifestó más de una vez: que después de recibir la Extremaunción ‑si el Señor tiene misericordia de mí‑, me canten esa canción. Me llevará perfectamente dispuesto a ir al encuentro de Dios. Me ayuda a hacer oración.

En aquellos años cincuenta, ya en Roma, se agudizó la diabetes que padecía. En 1974 lo detallaba:

Hice que colocaran un timbre en mi habitación, al alcance de la mano. Dije: por lo menos, sueno; y, al oír el escándalo, os venís a darme la Extremaunción. Aquel timbre, una vez puesto en movimiento, tienen que ir lejos a pararlo.

Llegaba la noche, y pensaba: Señor, no sé si me levantaré mañana; te doy gracias por la vida que me concedas, y estoy contento de morir en tus brazos. Espero en tu misericordia. Por la mañana, al despertarme, el primer pensamiento era el mismo.

La situación era muy difícil. Los análisis daban cada semana idénticos y graves resultados, a pesar del riguroso régimen alimenticio y de la alta dosis de insulina que se le aplicaba. El 27 de abril de 1954, poco antes de la una de la tarde, estaba con don Álvaro del Portillo. Acababan de inyectarle insulina retardada: era la hora habitual y se sentía bien. De repente, a poco de recibir la inyección, sufrió un shock anafiláctico. Antes de perder el sentido, en segundos, exclamó, dirigiéndose a don Álvaro:

‑La absolución, la absolución.

Todo sucedió con tal rapidez, sin ningún síntoma previo que pudiera hacer sospechar un desenlace tan grave, que don Álvaro del Portillo no le entendió. ‑¿Qué solución?, le preguntó. Y Mons. Escrivá de Balaguer, como para urgirle, respondió con las primeras palabras de la fórmula: ‑Ego te absolvo… Segun­dos después, quedó inconsciente.

Don Álvaro del Portillo intentó luego reanimarlo. Pidió azúcar ‑pensando que podía ser un coma hipoglucémico‑, y trató de hacerle tragar un poco, sin conseguirlo, por la rigidez de la mandíbula. Entretanto se había producido tal cambio de color en el rostro de Mons. Escrivá de Balaguer que, aunque avisó inmediatamente podría hacer.

Dios quiso que volviese en sí al cabo de unos quince minutos, antes de llegar el médico. Esa misma tarde, cuando recuperó la vista ‑la había perdido durante varias horas‑,llamó a las tres asociadas de la Obra que habían sabido por don Álvaro del gravísimo percance y seguían alarmadas. Quería tranquilizarlas y, para alejar todas sus preocupaciones, se puso a hacer un trabajo en el que necesitaba su colaboración.

Aquellas personas no han olvidado esta lección de serenidad y de abandono en los brazos de Dios.

Es de interés hacer notar que, desde aquel día, Mons. Es­crivá de Balaguer no sufrió más a causa de la diabetes, enfer­medad que, sin embargo, está considerada clínicamente como irreversible.

“La gran familia de los hijos de Dios”

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Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado que Benedicto XVI encomendó a la figura de San Pablo, “emigrante y apóstol de las gentes”

Vatican Information Service

Opus Dei -

A San Pablo, “gran misionero itinerante del Evangelio”, como afirmó el Papa, está dedicada este año la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado. “Cuando de perseguidor de los cristianos se convirtió en apóstol del Evangelio, Pablo -dijo el Santo Padre- se transformó en “embajador de Cristo” resucitado para que todos lo conocieran, convencido de que en Él todos los pueblos están llamados a formar la gran familia de los hijos de Dios”.

“Ésta es también la misión de la Iglesia, más que nunca en esta época de globalización. Como cristianos no podemos dejar de (…) transmitir el mensaje de amor de Jesús, especialmente a los que no lo conocen o se encuentran en situaciones difíciles y dolorosas. Hoy pienso en particular en los inmigrantes. (…) Me gustaría asegurar que la comunidad cristiana piensa en cada persona y en cada familia y pide a San Pablo la fuerza de un impulso nuevo para favorecer en todas las partes del mundo la convivencia pacífica entre hombres y mujeres de etnias, culturas y religiones diversas”.

“Cada uno de nosotros -prosiguió- (…) está llamado a dar testimonio del Evangelio, con un interés todavía más grande por aquellos hermanos y hermanas que vienen a vivir entre nosotros, por diversos motivos y procedentes de diferentes países, valorizando así el fenómeno de las migraciones como motivo de encuentro entre civilizaciones. Recemos y actuemos para que sea siempre así, de forma pacífica y constructiva, con respeto y diálogo, previniendo cualquier tentación de conflicto o atropello”.

Benedicto XVI mencionó también a los pescadores y a los marinos que “desde hace tiempo soportan más inconvenientes. Además de las dificultades habituales, están sometidos a restricciones para bajar a tierra y acoger a bordo a los capellanes, afrontan el peligro de la piratería y los perjuicios de la pesca ilegal. Les manifiesto mi cercanía y espero que su generosidad se recompense con más consideración”.

Al final, el Papa se refirió al Encuentro Mundial de las Familias que se clausura hoy en México, mientras también hoy se abre la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

San Pablo, abierto a las culturas, apasionado por el Evangelio

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El apóstol San Pablo ha sido el gran protagonista de las 44 Jornadas de Cuestiones Pastorales, organizadas por el Centro Sacerdotal Montalegre en Castelldaura (Premià de Dalt). Cerca de un centenar de personas, mayoritariamente sacerdotes de los obispados con sede en Cataluña, han participado en las sesiones.

Opus Dei - Mn. Albert Barceló

Mn. Albert Barceló

Coincidiendo con el Año Paulino establecido por Benedicto XVI, cerca de un centenar de personas –mayoritariamente sacerdotes de los obispados con sede en Cataluña- han reflexionado durante dos días sobre el pensamiento y la acción de san Pablo en el cristianismo primitivo: su tarea evangelizadora, su visión del mundo, sus habilidades como comunicador o su teología, entre otros aspectos.

Las jornadas se han clausurado con la intervención del arzobispo de Tarragona y primado, Mons. Jaume Pujol, que ha destacado la centralidad de Cristo en la vida y la misión de san Pablo.

Mons. Pujol ha recomendado a los asistentes la lectura del nuevo documento de los Obispos con sede en Cataluña “Pablo, apóstol de nuestro pueblo” y su utilización en la pastoral de las parroquias. Por otro lado, ha dado la bienvenida al nuevo obispo auxiliar de Barcelona nombrado hoy por el Santo Padre, Benedicto XVI. Se trata del menorquín mn. Sebastià Taltavull. Por último, ha agradecido la labor que realiza la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz al servicio de la Iglesia, invitando a los asistentes a trabajar para animar nuevas vocaciones sacerdotales

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PABLO, GIGANTE DE LA COMUNICACIÓN

En su intervención, el escritor José Ramón Ayllón, ha definido al Apóstol de los gentiles como “un gigante de la comunicación”. “Pero ser un comunicador excepcional no es suficiente para cambiar el mundo como lo hizo él: necesitó la concurrencia de una circunstancia también excepcional: el hecho de ser el primero en anunciar a los cuatro vientos un mensaje tan revolucionario como increíble y verdadero: que Dios es uno y uno también es el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, que se entregó a si mismo como rescate para todos”, ha añadido. En opinión del escritor, el mensaje de san Pablo se caracteriza, formalmente, por “la calidad literaria, la condensación sintética, el tono magisterial y la adecuación al público receptor”.

Las Jornadas han centrado buena parte de la atención en la teología y el mensaje de San Pablo, desde una perspectiva académica. Esta tarea ha corrido a cargo del profesor de Teología Dogmática de la Universidad de Navarra Mons. Pedro Rodríguez; el profesor de Nuevo Testamento de la Pontifica Universidad de la Santa Cruz de Roma, Bernardo Estrada, y de la colaboración del Dr. Jordi Sànchez Bosch, profesor de la Facultad de Teología de Cataluña y miembro de la Pontificia Comisión Bíblica.

Por su parte, el Dr. Armand Puig, decano de la Facultad de Teología de Cataluña, ha expuesto el estado de la búsqueda sobre las probabilidades de una misión de San Pablo en Tarragona. “Hay razones suficientes para afirmar la plausibilidad e, incluso, la alta probabilidad que haya tenido lugar una misión de Pablo en Tarragona, en condiciones de gran dificultad provocadas por la condición de exiliado del apóstol”, ha asegurado.

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SOBRE LAS JORNADAS DE CUESTIONES PASTORALES

Estas jornadas nacieron el año 1965. Desde entonces cerca de cuatro mil personas y centenares de personalidades del mundo civil y eclesiástico han participado en esta actividad de actualización teológica y pastoral que promueve el Centro Sacerdotal Montalegre de Barcelona, de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, asociación sacerdotal inseparablemente unida a la Prelatura del Opus Dei.

Esta iniciativa nació, en palabras de mn. Albert Barceló, director del Centro, “a sabiendas de la importancia capital que tiene la formación permanente del clero; de hecho este es el único objetivo que nos mueve cada año a organizar este encuentro”. Las Jornadas de Cuestiones Pastorales quieren ser, pues, “además de una oportunidad de mejorar la propia formación sacerdotal, una ocasión para poner en común las propias experiencias pastorales y unas horas de verdadera comunión y fraternidad sacerdotal”.

Desde sus inicios, se han tratado cuestiones como la erradicación de la pobreza, laicismo y laicidad cristiana, el papel de la familia, la comunicación o los retos de la bioética en la acción pastoral. A menudo la temática ha coincidido con la celebración de algún año internacional convocado por Naciones Unidas. En las dos últimas ediciones se trató de ecumenismo, a propósito de la III Asamblea Ecuménica Europea organizada por la Iglesia católica y las comunidades cristianas de Europa, y de Jesús de Nazaret, con motivo de la aparición del libro homónimo de Benedicto XVI. Este año ha coincidido con una iniciativa también del Santo Padre, como es el Año Paulino.


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