El UNIV estrena página web

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

El Congreso Universitario UNIV, que reunirá próximamente a 3.500 estudiantes de todo el mundo en Roma, estrena página web. Ofrece en 6 idiomas información para participar en este encuentro cultural, que fue impulsado en sus inicios por San Josemaría.

La nueva página web del UNIV (www.univforum.org) pretende ser una herramienta de trabajo para los universitarios que preparan su asistencia a este Forum Internacional que se celebra anualmente en Roma desde 1968.

Opus Dei -

Cada año, el debate universitario se centra en torno a una cuestión de actualidad. En 2008, entre el 15 y el 23 de marzo, se hablará sobre “Entretenimiento y felicidad en una sociedad multimedia”.

En 2008, asistirán al Forum UNIV universitarios de países como Rusia, Uganda, Japón, Suecia, EE.UU., Trinidad y Tobago, Sudáfrica, Francia o Ecuador.

El Forum ofrece a los universitarios diferentes escenarios en los que abordar el tema: un encuentro académico, conciertos, charlas con expertos, visitas culturales por la ciudad, y la audiencia con el Santo Padre en la Plaza de San Pedro.

www.univforum.org se ofrece en seis lenguas (inglés, español, italiano, francés, alemán, portugués) y permite conocer la historia de esta iniciativa universitaria, que tiene en sus orígenes a San Josemaría Escrivá de Balaguer , fundador del Opus Dei. El santo alentó a los universitarios a compartir sus ideas con sus colegas a través del diálogo y el intercambio cultural.

Opus Dei - El debate  universitario de 2008 tratará sobre
El debate universitario de 2008 tratará sobre “Entretenimiento y felicidad en la sociedad multimedia”. En la foto, una intervención en el Forum UNIV 2007.

El hecho de que este forum se celebre en Roma no es casual: pretende también que el paso por la Ciudad Eterna, el encuentro con el Santo Padre, y el conocimiento de la capital del cristianismo deje en los universitarios una huella del valor del humanismo cristiano.

“CULTURAL EXCHANGE”

El Forum UNIV consta de una sesión principal –impartida por un ponente de prestigio-, seguida por diversas reuniones de trabajo –llamadas “Cultural exchange”- en las que los universitarios pueden exponer sus ideas y opinar. Estas sesiones tienen lugar en distintos sitios de Roma, durante la permanencia de los estudiantes en la ciudad.

La internacionalidad de los asistentes facilita que los universitarios puedan compartir su parecer con el de compañeros de otros continentes y formación cultural diversa, con lo que se enriquece el debate.

Muchos de los participantes presentan además una breve ponencia o elaboran un póster que se expone durante el desarrollo del Forum.

Opus Dei - Muchos de  los participantes en el UNIV 2008 han desarrollado iniciativas de  solidaridad. En la foto, un estudiante de Singapur da clases a un niño  tailandés, en una zona azotada por la pobreza.
Muchos de los participantes en el UNIV 2008 han desarrollado iniciativas de solidaridad. En la foto, un estudiante de Singapur da clases a un niño tailandés, en una zona azotada por la pobreza.

Además, los universitarios comprometidos con alguna iniciativa social pueden participar en un concurso que premia a las actividades de solidaridad más valiosas.

Son millares los jóvenes del UNIV que, a lo largo de los años, han participado en alguna iniciativa de voluntariado internacional: por ejemplo, desde Suecia se han promovido acciones solidarias en Uganda; desde Australia, en Vietnam; desde Italia, en Nicaragua; desde España, en Kenya…

El nuevo website no sólo incluye noticias sobre la edición del 2008, sino que ofrece además documentación sobre UNIV ya celebrados.

El debate universitario que desde hace cuatro décadas se establece anualmente en Roma, ha dejado una herencia cultural de gran valor, que ahora Internet permite poner a disposición de todos y enriquecer las aportaciones futuras.

Opus Dei - Los  universitarios proceden de los cinco continentes. El UNIV les permite  entrar en contacto con la cultura clásica, que tuvo su foco principal de  expansión en Roma.
Los universitarios proceden de los cinco continentes. El UNIV les permite entrar en contacto con la cultura clásica, que tuvo su foco principal de expansión en Roma.

Además, a través de su sección “Cultura y mundo universitario”, la web pretende ser una fuente constante de artículos y material multimedia que oriente a los estudiantes y profesores sobre las tendencias culturales de vanguardia.

En 2007, Benedicto XVI alentó a los jóvenes del UNIV a aprovechar estas jornadas romanas y que “sean para todos una ocasión para una fuerte experiencia eclesial, de modo que podáis volver a casa animados por el deseo de servir con más generosidad a Cristo y a los hermanos”. En la web del UNIV pueden encontrarse todos los discursos dirigidos a universitarios por los Papas, desde Pablo VI hasta la actualidad.

San Josemaría, animaba a los estudiantes a adquirir durante este periodo de formación académica el ideal “del trabajo bien hecho, la preparación científica adecuada durante los años universitarios. Con esta base, hay miles de lugares en el mundo que necesitan brazos, que esperan una tarea personal, dura y sacrificada”.

Opus Dei - La  audiencia con el Santo Padre es uno de los momentos principales del  UNIV. En 2007, Benedicto XVI animó a los universitarios
La audiencia con el Santo Padre es uno de los momentos principales del UNIV. En 2007, Benedicto XVI animó a los universitarios “a aprender a servir”.

“La Universidad -continuó- no debe formar hombres que luego consuman egoístamente los beneficios alcanzados con sus estudios, debe prepararles para una tarea de generosa ayuda al prójimo, de fraternidad cristiana”.

San Josemaría Escrivá de Balaguer

fundador  Tagged , , , , , , 1 Comment »

Capítulo del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

Opus Dei -

Introducción
Confesión de un hijo de Dios

La llamada a la santidad
Lo que importa
La vocación
Beatificación y canonización de San Josemaría Escrivá
Josemaría Escrivá
2 de octubre de 1928
La filiación divina
Su fallecimiento

1. Como el grano de mostaza

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Más de sesenta mil personas le llamaban Padre: así tituló Il Giorno de Milán, el 26 de julio de 1975, el artículo de Giuseppe Corigliano sobre Mons. Escrivá de Balaguer, fallecido un mes antes en Roma. Se había producido un fenómeno sorprendente en la vida de la Iglesia: a la muerte de un Fundador, su Obra estaba extendida por los cinco continentes.

Ya he aludido en el capítulo quinto a la visión universal que desde el primer momento tuvo el Fundador del Opus Dei, y cómo desde 1935 abrigaba el proyecto de comenzar el trabajo apostó­lico en París. La guerra de España, y luego la mundial, retrasaron inevitablemente la extensión a otros países. A1 acabar el conflicto mundial, el Fundador tuvo que dedicar especiales esfuerzos para llegar a un reconocimiento jurídico de la Obra. La sede central de la Asociación, que estaba en Madrid, pasaría a Roma. Desde allí, en muy pocos años, se inició el apostolado en numerosos países.

No trato aquí de dar cuenta rendida de la expansión del Opus Dei por el mundo. Anotaré simplemente algunos momentos significativos. Lo que me interesa subrayar es el espíritu con que Mons. Escrivá de Balaguer vivió la difusión de su afán apostó­lico.

En 1940 se habían hecho los primeros viajes a Portugal, aunque hasta 1945 no puede hablarse en sentido estricto de un trabajo estable de la Asociación en aquel país. Algo semejante sucedió con Italia: en 1942 fueron a estudiar a Roma don José Orlandis y don Salvador Canals, pero el gran impulso se produjo en 1946, cuando fue nombrado Consiliario don Álvaro del Portillo y, poco después, el Fundador del Opus Dei fijó en Roma su residencia. Ese mismo año se inició la labor en Inglaterra, y en 1947, en Francia y en Irlanda. Para 1949 estaba previsto iniciar la tarea apostólica en un país de América, pero al final fueron dos: México y Estados Unidos. En 1950 se llegó a Argentina y a Chile…

Por estos años, parte del gobierno central del Opus Dei ‑Consejo general de la Sección de varones; Asesoría central de la Sección femenina‑ radicaba ya en Roma, donde poco a poco se habilitaron los edificios necesarios. De momento, en éstos se alojó también el Colegio Romano de la Santa Cruz (1948) y el Colegio Romano de Santa María (1953), que impulsaron, desde Roma, las actividades de formación de los socios y asociadas del Opus Dei cara a la expansión definitiva.

Necesariamente fue de España de donde salió la casi totalidad de personas que iniciaron el trabajo de la Asociación en tantos países. En 1951 llegaron los primeros a Venezuela y Colombia. En 1953, a Perú, Alemania y Guatemala. En 1954, al Ecuador. Poco antes, en 1952, Ismael Sánchez Bella volvió de Argentina, para poner en marcha la futura Universidad de Navarra.

Mons. Escrivá de Balaguer siguió desde Roma, con una ilimitada confianza en Dios, los pasos del Opus Dei por todo el mundo. Desde 1946 había viajado periódicamente a España y a Portugal, y visitó diversas ciudades italianas y de otros países europeos, haciendo la prehistoria de la tarea apostólica. En 1955 emprendió un nuevo largo viaje por Europa, para alentar a los que trabajaban ya en algunos países, y poner las bases de la futura labor en otros. Pasó por Alemania, Francia, Suiza, Holanda, Bélgica y Austria. Fue en Austria donde incorporó a su vida interior una nueva jaculatoria, Saneta María, Stella Orientis, filios tuos adiuva!, después de celebrar la Misa en el altar de Hl. Marie Pótsch, en la catedral de Viena, el 3 de diciembre de aquel año.

Después de la última aprobación pontificia de 1950, la Asociación tuvo un Congreso general en la casa de retiros de Molinoviejo (cerca de Segovia, España). En 1956 se celebró otro en Einsiedeln (Suiza). Y siguió la expansión: ese mismo 1956, a Uruguay; en 1957, a Brasil y Austria; y comenzaron las actividades apostólicas en Yauyos ‑Perú‑, cuya Prelatura nullius encomendó la Santa Sede al Opus Dei. Poco después, se inició el trabajo en África ‑Kenya, 1958‑ y en Asia ‑Japón, 1959‑. Luego en Australia (1963) y Filipinas (1964).

Ante la realidad de está expansión vino muchas veces a la mente y al corazón del Fundador del Opus Dei la parábola evangélica del grano de mostaza, esa semilla menuda que se hace árbol, donde vienen a posarse las aves del cielo:

Sólo yo sé cómo hemos comenzado. Sin nada humano. No había más que gracia de Dios. Pero una vez más se ha cumplido la parábola; y hemos de llenarnos de agradecimiento a Dios Nuestro Señor.

Había germinado la pequeña semilla que Dios sembrara el 2 de octubre de 1928. La planta recién nacida superó los obstáculos. En más de una ocasión, humildemente, olvidándose de sí mismo, el Fundador diría que la Obra se había hecho con la vida santa de los primeros socios: Con aquella sonrisa continua, con la oración, con el trabajo, con el silencio. Así se ha hecho el Opus Dei, que ha tenido su cruz y su resurrección, sin ruido, pero maravillosa.

El arbusto se convirtió en árbol grande, porque Dios fortaleció sus raíces y extendió sus ramas. A Él iría el agradecimiento de Mons. Escrivá de Balaguer, porque en el Opus Dei, como en una nueva Pentecostés, se oyen diversas lenguas, manifesta­ción del espíritu de Dios, de la catolicidad de nuestro espí­ritu.

Pero… ¿y los medios?, se preguntaba en 1934, en una de las Consideraciones Espirituales. La respuesta surgía inequívoca: ‑Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio. ‑¿Acaso te parecen pequeños?

Para dilatar el Reino de Dios, lo único necesario es confiar plenamente en la omnipotencia divina, vivir vida de fe, de esperanza y de amor. “No llevéis nada para el viaje, ni bastón, ni alforjas, ni pan, ni dinero; ni tengáis dos túnicas” (Lc., IX, 3). En una ocasión, Jesús envía así a los discípulos, sin nada, para que adviertan gráficamente que no son suyos los éxitos; que no se deben a sus cualidades personales las conversiones, ni los milagros, ni la aceptación de la doctrina.

También el Opus Dei comenzó sin medios humanos, con el apoyo exclusivo de los recursos sobrenaturales: porque en estos primeros tiempos ‑escribió su Fundador en 1941‑, de la misma manera que el Señor envió a sus discípulos, envío yo a mis hijos a abrir nuevas obras de apostolado: tan pobres como los primeros discípulos, con la bendición que el Señor les da desde el cielo y la que yo les doy en la tierra.

Así sería durante muchos años. Don José Luis Múzquiz y don Salvador Martínez Ferigle, por ejemplo, marcharon a Estados Unidos en 1949, con la bendición del Fundador, y con un cuadro de la Santísima Virgen que había estado en una de las casas en que él vivió en Burgos: ‑No os puedo dar otra cosa, hijos míos.

Cabe pensar que, para el Fundador del Opus Dei, más importante que ese no tener medios materiales ‑estaba acostum­brado desde 1928‑, era prescindir de la colaboración cercana de personas maduras en el espíritu de la Obra. Al filo de 1950, los que podían haber sido directos colaboradores suyos, marcharon a un país o a otro. Realmente Mons. Escrivá de Balaguer pudo comentar con justicia que se quedaba más solo que la una. Valla la pena. El Fundador del Opus Dei estaba convencido de que aquella siembra a voleo en medio mundo sería para mucha gloria de Dios. Don Álvaro del Portillo, su más estrecho colaborador desde 1939, ‑seguiría a su lado en Roma, donde estaba desde 1946, como Procurador General y primer Consiliario Regional de Italia.

Por estos años, cuando abandonaron España socios del Opus Dei de verdadera categoría humana y destacado curriculum profesional ‑no sería correcto citar nombres‑, uno que ya ha fallecido comentó: “Los que quedamos somos como desecho de tienta”. Si Florentino Pérez‑Embid, autor de la comparación, catedrático de Historia, escritor fecundo y brillante, bien conocido en la vida pública española, se consideraba desecho, no­table debía ser la calidad humana ‑y espiritual‑ de aquellos que el Fundador envió por el mundo.

Muchos eran jovencísimos, pero habían madurado al filo de contradicción de los buenos a que he hecho referencia en el capítulo anterior. En una carta a los socios del Opus Dei lo subrayaría Mons. Escrivá de Balaguer:

En mi tierra, pinchan la primera florada de higos, que se llenan así de dulzura y sazonan antes. Dios Nuestro Señor, para hacernos más eficaces, nos ha bendecido con la Cruz.

En 1971, insistía con otras palabras en la misma idea:

¿Sabéis por qué la Obra se ha desarrollado tanto? Porque han hecho con ella como con un saco de trigo: le han dado golpes, le han maltratado, pero la semilla es tan pequeña que no se ha roto; al contrario, se ha esparcido a los cuatro vientos, ha caído en todas las encrucijadas humanas donde hay corazones ham­brientos de Verdad, bien dispuestos, y ahora tenemos tantas vocaciones, y somos una familia numerosísima, y hay millones de almas que admiran y aman a la Obra, porque ven en ella una señal de la presencia de Dios entre los hombres, porque advierten esa misericordia divina que no se agota.

Las contrariedades habían hecho que sucediera lo que ocurre cuando se ponen obstáculos a la labor de Dios. Las aves del cielo y los insectos, en medio de los destrozos que ocasionan a las plantas con su voracidad, hacen una cosa fecunda: llevan la semilla lejos, lejos, pegada en sus patas. A donde quizá no hubié­ramos llegado nosotros tan pronto, hizo el Señor que llegáramos así, con el sufrimiento de la difamación: la semilla no se pierde.

sobrenatural de Mons. Escrivá de Bala­guer se acompasaba con su modo de ser en lo humano. Pero su amplia visión de los objetivos apostólicos no era fruto de su carácter, sino de la seguridad que tenía en la asistencia de Dios.

La Obra ha sido pobre desde sus comienzos, y lo será siem­pre, ya que el Señor no dejará nunca de pedirnos más labores apostólicas, más iniciativas, más gastos de dinero y de personas en su servicio. Nunca tendremos el dinero suficiente para dilatar la tarea con la rapidez que el Señor nos da a entender. ;Nos llaman de tantas partes, sin que por falta de medios eco­nómicos podamos ir enseguida! (…) Pero aprovecho la ocasión, que me proporciona lo que os acabo de decir, para dar gracias al Señor Dios Nuestro, porque la Obra será siempre pobre: siempre necesitará más de lo que tenga, si ha de cumplir sus fines apostólicos, por muy abundantes que parezcan nuestros me­dios a los extraños.

No le asustaron nunca las dificultades económicas. Ni en los comienzos, cuando puso en marcha aquella primera Academia en la calle Luchana, ni cuando ‑con los años‑ las obra apostólicas promovidas por el Opus Dei se multiplicaron por toda el mundo. Porque sólo le movía la gloria de Dios, no descansaba al disponer de un instrumento para el apostolado: enseguida pensaba en otro, que pudiera servir adecuadamente para esparcir la semilla del Evangelio. Lo manifestaba, medio en serio medie en broma, en diciembre de 1973:

‑¿Os acordáis de que, un día de éstos, hablábamos de que en la Obra siempre hay necesidades y realidades de pobreza? Os comentaba que siempre habrá Centros en donde lo estén pasando humanamente mal. Anteayer he recibido carta de un hijo mío que está en un país grande, donde es profesor ordinario de una universidad. Lleno de alegría, me cuenta que ya tienen casa en un sitio céntrico: es una casa de buen aspecto, pero sin un mueble, sin una cama. Dice que hacen camping dentro del piso, van a comer donde pueden, y están felices.

Le daba especial alegría comprobar que esas personas, en medio de las dificultades económicas, rezaban, trabajaban y hacían una intensa labor apostólica. Y como lo mismo sucedía en muchos sitios, aclaraba: es bueno que suceda.

Un capítulo decisivo de esta aventura humana y divina del Opus Dei lo constituye el Colegio Romano de la Santa Cruz. Merece la pena detenerse en él, en cuanto es modelo de cómo actuó el Fundador de la Obra para extenderla por la tierra.

El Colegio Romano fue erigido el 29 de junio de 1948. Comenzó en un viejo edificio del Parioli que había sido legación de Hungría ante la Santa Sede. Conseguir aquella casa fue autén­tica audacia, porque carecían de recursos económicos. Piden el importe en francos suizos ‑comentó Mons. Escrivá de Balaguer por aquellos días‑. Como no tenemos nada, ;qué más le da al Señor facilitarnos francos suizos que liras italianas! Y aparecie­ron las personas dispuestas a adquirir ese inmueble y a financiar las obras necesarias para instalar allí, no sólo el Colegio Romano ‑centro de formación para socios del Opus Dei de todo el mundo‑, sino la sede central de la Obra.

Don Álvaro del Portillo se ocupaba muy directamente de la marcha económica de todo aquello, y llevaba a cabo toda esa labor a pesar de encontrarse enfermo, con fiebres muy altas. Mons. Escrivá de Balaguer manifiesta con gracia que el mejor remedio para devolverle la salud sería ponerle un buen parche de muchos miles de dólares.

Fueron continuas las privaciones del Fundador del Opus Dei y de los que le rodeaban. Iban andando a las Universidades y Ateneos, porque no había dinero ni para el filobus o la circolare, y como no podían comprar ni el tabaco italiano más corriente muchos dejaron de fumar… Algunos años después, cuando dentro de la incomodidad persistente, habían pasado los más graves apuros, Mons. Escrivá de Balaguer ponderaría:

‑Aceptad estas circunstancias extraordinarias como un sa­crificio que podéis ofrecer a Nuestro Señor, y sabed que otras veces hemos estado mucho más incómodos de lo que podéis estar ahora vosotros. No tendréis de ningún modo las dificultades con que hemos vivido durante años (…). Al principio, hubo ocasiones en las que hacíamos una sola comida al día, y eso cuando era posible.

Y aquí, no había sitio para dormir: teníamos una sola cama, que era ocupada por el que se encontraba enfermo; los demás nos acostábamos donde podíamos, allá abajo, en aquella portería que ya ha desaparecido. Durante bastantes años, he estado su­biendo por los andamios, para dormir en una habitación como se podía. Nunca hemos estado bien.

Una anécdota refleja aquella estrechez económica. En 1951 se compró una Lambretta, para realizar las diversas y numerosas gestiones relacionadas con la marcha de las obras. Se usaba tanto, que muy pronto se hizo necesario sustituirla. La madre de uno de los alumnos proporcionó el dinero, pero hubo que utili­zarlo para pagar a los proveedores. La vieja Lambretta continuó corriendo por las calles de Roma cuatro años más.

A pesar de los agobios y de que en todas partes se necesitaban personas para llevar adelante los apostolados, estábamos siempre pensando ‑precisaba el Fundador de la Obra‑ en traer más gente al Colegio Romano, todos los posibles, porque convenía: para la gloria de Dios, para el servicio de la Iglesia, de las almas y de la Obra, para que ( …) aprendáis a amar a otras naciones, y a ver las cosas buenas y los defectos que hay en otras tierras como los hay en la de cada uno. Convenía, además, para recibir una formación recia, unitaria, en el buen espíritu de la Obra.

Al mismo tiempo, los alumnos del Colegio Romano estudia­ban en los Ateneos y Universidades pontificias para conseguir los títulos académicos que el Fundador había establecido. La primera tesis doctoral fue la de don Álvaro del Portillo. Con los años, serían centenares las tesis leídas por alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz: en teología, en derecho canónico, en filosofía.

Y con el trabajo intelectual, el manual. Los muros de aquellos edificios requerían una decoración adecuada. Entre las clases y la investigación, los alumnos del Colegio Romano dedicaron mu­chas horas a los botes de pintura, o a los sacos de cemento, alentados por Mons. Escrivá de Balaguer, que ‑como evoca uno de ellos‑ “corrige pequeños detalles, ve lo que nosotros muchas veces no vemos, nos habla y se nos van grabando sus palabras, que llevan además el vivo colorido del cariño y la oportunidad”.

Se entiende que, en una ocasión, aludiendo a esos muros, el Fundador del Opus Dei pudiera decir que parecen de piedra y son de amor. En medio de contradicciones, penuria económica e incomodidades sin cuento, soportadas con alegría, Mons. Escrivá de Balaguer vivía magnánimamente la falta de medios materiales: quería dejar a los que vinieran detrás un instrumento idóneo y duradero, en lo técnico y en lo estético. Las líneas constructivas enraizaban en los valores tradicionales de la arquitectura roma­na, para que tuvieran desde el primer momento sabor de madurez, y no corrieran el peligro de pasar de moda o de caer en el ridículo a los pocos años de su construcción. A la vez, el Fundador de la Obra y don Álvaro del Portillo aprovechaban todas las ocasiones para, a precios ridículos, en los puestos de

chamarileros, hacerse con mil cosas que servirían para dignificar la decoración de esas paredes: muebles, piedras viejas, fragmentos romanos antiguos, capiteles, molduras, bustos, pequeñas esculturas, cuadros, candeleros, lámparas, alfombras, arcones.

Mons. Escrivá de Balaguer recorría las obras con frecuencia, y los obreros se acostumbraron pronto a la presencia de Monsig­nore subiendo y bajando por los andamios y escaleras. En cuanto se terminaba una zona, entraban enseguida los alumnos del Colegio Romano, que remataban los detalles más minúsculos y

limpiaban todo a fondo. Fue ese cuidado por terminar bien las cosas hasta sus últimos detalles ‑especialmente vivido por las asociadas del Opus Dei que se iban ocupando de las tareas de administración doméstica‑, lo que hizo posible que en aquellos edificios, en que llegarían a alojarse cientos de personas, no se perdiese el carácter familiar, acogedor y alegre, propio del espíritu del Opus Dei.

La historia de la construcción del Colegio Romano encierra infinidad de lecciones prácticas para los socios de la Obra.

Tampoco pasaban inadvertidas a quienes iban a aquella casa, y se encontraban ‑como observó el Cardenal Baggio‑ con que aquello no tenía nada en común con los edificios eclesiásticos de tipo convencional. Era un edificio entonado con los demás del Parioli. Todo estaba limpio y cuidado. Aquel estilo ‑”para mí insólito”, reconoce el Cardenal‑ formaba parte de la espiritua­lidad laical del Opus Dei. Era novedad auténtica, que no dejaría de suscitar incomprensiones. Como en los viejos tiempos, el Fundador del Opus Dei tendría que explicar, con ocasión y sin ella, la radical diferencia que hay entre la falta de medios y la suciedad…

Era algo parecido a lo que le sucedió cuando quiso bendecir la última piedra de aquella casa. Todos sabían que él no era amigo de las primeras piedras, sino de las últimas, del trabajo acabado.

Cuando llegó el momento ‑el 9 de enero de 1960‑,fue a buscar en el Ritual la oración apropiada, y no encontró preces previstas para esa ocasión: Por lo tanto ‑decidió‑ vamos a hacer otra cosa. Comenzaré haciendo la señal de la Cruz, rezaremos el Te Deum, después la oración de acción de gracias, y luego la bendición signo crucis; y hemos terminado.

Por aquellos días de 1960 era ya una realidad gozosa el sueño que el Fundador del Opus Dei acariciaba desde finales de los años cuarenta:

De aquí, del Colegio Romano, saldrán centenares ‑milla­res‑ de sacerdotes y de laicos que extenderán la labor en los sitios en que se está trabajando; la comenzarán en otras muchas naciones que nos esperan; y pondrán en marcha Centros de formación, para hombres de todos los continentes y de todas las razas, en servicio de la Iglesia.

Sin embargo, el destino principal de aquellos edificios era servir como sede central de la Obra. Apenas terminados, el Fundador del Opus Dei pensó en abordar una nueva aventura: construir el Colegio Romano definitivo, en otro lugar de Roma. Dijo que sería la última locura de su vida:

En todo el mundo hemos comenzado a preparar instrumentos de trabajo sin dinero. Yo lo había hecho antes muchas veces; pero desde hace años tenía el propósito de no volver a obrar así. Sin embargo, pensando que el bien de la Iglesia y el bien de la Obra, para servicio de la Iglesia y de las almas, hace conveniente que muchos hijos míos pasen por Roma, hemos comenzado a construir con pocas liras. No quería repetir esa lo cura, pero ya la estamos haciendo.

Aquel planteamiento no había dejado de suscitar contradic­ciones. No faltaron personas ‑también eclesiásticos‑ que no lo entendían. Algunos se escandalizaban, como si fuese el Opus Dei la primera institución que en la historia de la Iglesia hubiera usado medios humanos lícitos para sus fines de apostolado:

Nadie puede extrañarse ‑había escrito el Fundador en 1954‑ de que el Opus Dei necesite medios materiales para su labor. Como realiza su tarea sobrenatural de santificación entre hombres y para hombres, ha de usar también ‑como las demás asociaciones sin excepción, sean del tipo que sean: artísticas, deportivas, culturales, religiosas, etc.‑ un mínimo de medios materiales.

En 1941 había previsto el problema, cuando decía: Natural­mente, cuanto más se extienda la Obra, más necesidad habrá de medios terrenos, que siempre trataremos de santificar. No hay en la tierra nadie que haga algo, y no emplee los medios humanos, por noble que sea el fin.

También Jesucristo, para cumplir su misión divina, se sirvió de cosas tan terrenas como los haberes de las pobres gentes que le seguían, unos cuantos panes y peces, un poca de barro… Le dejaron un borrico para entrar en Jerusalén. Y en una habitación también prestada celebró su última Pascua en la tierra.

Esa vida de Cristo es la que quiso imitar el Fundador del Opus Dei. Para sacar adelante sus proyectos apostólicos contó con el trabajo profesional de los socios de la Obra, pero tam­bién con la ayuda de muchas personas, conscientes de que esas tareas merecían su apoyo, porque contribuían al mejoramiento de los hombres.

En 1950, cuando se extendía la Asociación, y eran muchas las necesidades económicas que el crecimiento llevaba consigo, expresó que el Opus Dei y sus socios no necesitan dinero, porque trabajan, cada uno en su tarea profesional, y se sostienen sobradamente; pero, para nuestras obras corporativas, cuanto más nos ayuden, mejor serviremos a las almas.

Esta colaboración económica discurrió siempre por cauces civiles, lejos de todo confesionalismo. Ya se ha dicho que las obras apostólicas del Opus Dei son centros promovidos por ciudadanos corrientes, que ejercen en ellos libremente su actividad profesio­nal. No son, pues, labores católicas, ni menos eclesiásticas, aunque allí se siga con fidelidad la doctrina de la Iglesia. Se trata de tareas nacidas y dirigidas con mentalidad laical, dentro de las leyes de cada país, sin privilegio alguno, tampoco en lo económi­co. Resuelven sus problemas y responden de la gestión, en su caso, ante los organismos jurídicos establecidos en cada nación.

A veces, ante los propietarios de los edificios o instalaciones que los han cedido o alquilado y reciben su correspondiente retri­bución.

Este carácter laical ‑ni confesional, ni eclesiástico‑ de la,” iniciativas apostólicas del Opus Dei explica también la colabo­ración de los cooperadores no católicos a que se ha hecho referencia en el capítulo octavo. La experiencia de años muestra que, además, obtienen un inmenso beneficio espiritual, como encarecía el Fundador de la Obra: Solicitando de estas personas su ayuda económica y sus horas de trabajo profesional, en servicio de las empresas apostólicas que sostenemos ‑que siempre tienen, además, una eficacia humana‑, las colocamos en el corazón de nuestras labores, y les brindamos la posibilidad de ser brazo de Dios para realizar su Obra entre los hombres.

Un día de 1973, en Roma, un norteamericano contaba a Mons. Escrivá de Balaguer que habían regalado un piso en San Francisco, para organizar allí clases de formación cristiana. El Fundador del Opus Dei afirmó:

Nosotros no podríamos hacer nada sin la ayuda de tanta gente estupenda. Hay algunos, con un sentido sobrenatural tan maravilloso para ayudar en las cosas de Dios, que, cuando cooperan generosamente, ponen una sola condición: que no se sepa que han dado ni un céntimo. A veces son personas que no conozco.

En muchas ocasiones, citó emocionado el pasaje evangélico de la limosna de la viuda pobre, al pensar en las ayudas que el Opus Dei recibía de personas de escasos recursos:

Quizá ese esfuerzo constante es más desinteresado y liberal que el de todos los demás: seguramente no dan dé lo que les sobra, porque nada les sobra. Estoy cierto de que ante estas dádivas volverán a brillar, con cariño divino, los ojos del Señor.

En otra ocasión dibujaba los modos tan diversos de ayudar a las actividades apostólicas promovidas por la Asociación:

Me los ha enseñado a mí vuestra conducta generosa: desde aquella aristócrata, de la sangre y del espíritu, que supo ceder su propio palacio en épocas bien duras de calumnia y de persecu­ción, hasta los labriegos humildísimos, padres de una criadita, que venden su borriquillo y envían el dinero con alegría; desde aquel buen amigo americano del Sur, que tiene una de nuestras obras apostólicas, de acuerdo con su familia, como un socio más en los negocios ‑un socio que no está a las pérdidas‑, hasta los niños (…) que envían el dinero que recibieron como obsequio el día de su primera comunión; desde el que manda muebles, para poner una casa, hasta el que paga todos los gastos del pobre coche indispensable para la labor.

Pero nada es bastante cuando se trata de sostener lo iniciado y ampliar el horizonte apostólico para llegar a más almas. Por eso, el sentido de responsabilidad lleva a los socios del Opus Dei a trabajar muchas horas cada día, sintiendo ‑como han apren­dido de su Fundador‑ la urgencia de las necesidades, también económicas, de esta familia sobrenatural que formamos. Nadie se considera descargado de este deber, inseparable de la propia vocación:

El carácter plenamente secular de nuestra dedicación a Dios en el mundo hace que la labor profesional sea también el medio ordinario de conseguir los necesarios recursos, para el sosteni­miento de cada uno de nosotros y de las labores apostólicas de la Obra.

Mons. Escrivá de Balaguer confió en los medios sobrenatura­les: todo depende de Dios. Pero, al mismo tiempo, no perdonó ningún recurso humano licito ‑especialmente, el trabajo‑, porque, aclaraba, no podemos tentar a Dios, exigiéndole que haga milagros, cuando se puede y se debe emplear el trabajo profesional, noble y limpio, para obtener los medios económicos necesarios.

Con la oración, con el trabajo, y con la ayuda de muchas personas pudo emprenderse en los cinco continentes ese gran mosaico de iniciativas apostólicas. El afán de acercar más personas a Dios es justamente garantía del desprendimiento de los bienes materiales: Siempre seremos pobres. Nunca tendremos los suficientes medios económicos para atender a todas las obras, porque aunque trabajemos mucho, los apostolados aumentan siempre, gracias a Dios, en proporción mayor: y esto sucederá siempre.

El Fundador comparó la Obra con una familia numerosa y pobre. Cada uno de sus socios debía sentir en su propia carne los agobios económicos de esa familia grande, que nunca acaba de salir de dificultades, y no por eso deja de hacer lo que tiene que hacer, en beneficio de las almas. Para resolver los problemas de dinero, comenzó a invocar a San Nicolás de Bar¡ en los años treinta, cuando desempeñaba su ministerio sacerdotal en el Patronato de Santa Isabel:

Iba a celebrar la Misa, y tenía unos apuros económicos tremendos; dije: como San Nicolás es el santo de las dificultades económicas, y el santo de casar las incasables… ¡si me sacas de esto, te nombro Intercesor! Pero antes de subir al altar, me arrepentí y añadí: y si no me sacas, te nombro igual.

Lo relataba el Domingo de Ramos de 1968, y alguien se animó entonces a preguntar si aquel problema se había resuelto. Mons. Escrivá de Balaguer continuó:

‑¡Dónde estaríamos tú y yo, si no! ;Debajo de una tienda de campaña y de unos trozos de hojalata! Pero yo no pido milagrerías; primero pido que trabajemos, que nos sostengamos con el trabajo y, cuando no llegamos, pedimos a Dios para que lleguemos. No soy carismático; hay que poner los medios humanos y a la vez los sobrenaturales, que siempre van juntos.

Así salió adelante la Academia DYA, y luego las primeras residencias universitarias, y al cabo de los años, esos cientos de obras apostólicas promovidas por el Opus De¡, que tratan de prestar un servicio cristiano a la sociedad, de ser instrumentos para corredimir con Cristo.

1. De Barbastro a Logroño

fundador  Tagged , , , , , , , No Comments »

Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Al pie del Pirineo aragonés se sitúa la amplia franja del So­montano ‑con alturas de 500 a 600 metros‑, que enlaza la montaña con el llano, en rápido descenso hacia el Sur. Esta po­sición geográfica confirió al Somontano una gran importancia histórica, como paso obligado de las rutas comerciales y como centro de las luchas por el poder político.

Dentro del Somontano, Barbastro era ciudad ya muy cono­cida en el período de dominación romana. En 1100 fue recon­quistada a los musulmanes por Pedro I de Aragón, y se erigió en Roda una sede episcopal, que más tarde se trasladó a Barbastro. Esta ciudad no perdió su prestancia a lo largo de los siglos. Hacia 1900 contaba con unos 7.000 habitantes, seguía siendo sede epis­copal, tenía condición jurídica de cabeza de partido ‑con sus juzgados, su notaría, su registro de la propiedad, y toda su actividad administrativa‑, y destacaba como núcleo comercial de primera importancia, entre dos capitales de provincia, Huesca y Lérida.

Don José Escrivá y Corzán ‑padre del futuro Fundador del Opus Dei‑‑ se dedicaba en Barbastro al comercio. En 1894 era uno de los tres socios de “Sucesores de Cirilo Latorre”. La fa­milia provenía de Balaguer (Lérida), donde había nacido el abuelo paterno de don José. Algunos miembros de la familia se trasladaron a Peralta de la Sal, y luego a Fonz, villa situada en la margen izquierda del Cinca, a mitad de camino entre Peralta de la Sal y Barbastro. Don José Escrivá nació el 15 de octubre de 1867 en Fonz, y allí residieron también muchos años dos hermanos suyos: mosén Teodoro y Josefa.

El 19 de septiembre de 1898, don José se casó en Barbastro con María de los Dolores Albás y Blanc, que era la penúltima de trece hermanos. Los Albás, muy conocidos en Barbastro, ocupa­ban una casa grande, y la presencia de esta numerosa familia era tan notoria que se hablaba de aquel hogar como ala casa de los, chicos».

Martín Sambeat, que aún vive en Barbastro, recuerda a don José Escrivá como hombre lleno de bondad y rectitud, que vestía elegantemente al estilo de la época, con bombín, y todos los días cambiaba de bastón. El padre de Martín era también comercian­te y, con otros, solía reunirse los miércoles en la parte alta de su tienda. Más .de una vez envió a su hijo a avisar a don José para que acudiese a la tertulia. Allí charlaban, comentaban los suce­sos y jugaban al tresillo hasta última hora de la tarde. También se reunían a veces en el casino «La Amistad», en la Plaza del Ayuntamiento.

Don José trabajaba en el número 10 de la calle de Ricardos. En el sótano se fabricaba chocolate. Desde la tienda, por una escalera de caracol, se subía a una entreplanta, destinada a almacén de mercancías. En los dos pisos superiores vivía la familia de Juan José Esteban ‑notario de Barbastro hasta 1925‑, casado con una sobrina de don Cirilo Latorre, a quien había pertenecido el negocio. La tienda tenía el aspecto típico de los comercios de tejidos de la época: amplias estanterías de ma­dera, con cajones anchos al fondo; y un gran mostrador corrido, tablón de madera, con una ranura de hucha, en la que se iban echando las monedas a lo largo del día. No faltaban la báscula ni la balanza, en un rincón de la tienda. El negocio iba bien. Cuando en mayo de 1902 se disolvió la sociedad “Sucesores de Cirilo Latorre”, tenía un activo que hoy equivaldría a bastantes millones de pesetas. Con lo recibido de la liquidación, dos de los tres socios, Juan Juncosa y José Escrivá, continuaron el negocio con el nuevo nombre de “Juncosa y Escrivá”.

Unos meses antes, el 9 de enero de 1902, nació Josemaría en la casa que habitaban sus padres en la Plaza del Mercado, junto a la de los Argensola. Era el hijo segundo. En la pila bautismal de la catedral de Barbastro le impusieron el día 13 los nombres de José, María, Julián y Mariano. Su hermana mayor, Carmen, había nacido el 16 de julio de 1899. Luego vendrían María Asun­ción (1905), María de los Dolores (1907), María del Rosario (1909) y Santiago (1919).

La vida discurría con normalidad. Doña Dolores llevaba la casa, con la ayuda de una cocinera, María, de una doncella y, mientras fue necesario, de una niñera. Tenían, además, un cria­do, para los trabajos más duros.

Quienes la trataron entonces en Barbastro la describen como una gran mujer, muy guapa, elegante, sencilla, serena, afable, llena de sentido del humor. Los amigos de sus hijos iban a jugar a su casa, y ella les dejaba prendas para que se disfrazasen. Pre­fería que jugaran en “la leonera”. Cuando llegaba la hora de merendar les daba pan con chocolate y naranjas.

Con naturalidad y sentido del humor, doña Dolores aprove­chaba todas las ocasiones para enseñar la piedad cristiana a sus hijos. Algunas lecciones quedaron grabadas para siempre en el alma de Josemaría. Las repetiría luego a lo largo de los años. Contaría, por ejemplo, que en aquella época eran corrientes las visitas. Iban las familias y algunas amigas de la madre. Él tenia que saludarlas, porque era el niño de la casa, y cuando las amigas de su madre querían besarle, se defendía, sobre todo de una pariente lejana de su abuela, con auténtico bigote, que pin­chaba.

Ahora sois prudentes en arreglaros ‑decía con gracia una vez en Argentina ante un grupo numeroso de personas‑, según las circunstancias, porque no vais lo mismo a un sitio que a otro, para una visita de cumplido o para una fiesta…, y los productos de tocador han progresado. Pero en aquella época, o no se arre­glaban, o se ponían como oía comentar divertida a mi madre: Fulanita vendrá estucada ‑efectivamente, se había puesto es­tuco‑, y no la podemos hacer reír, porque se descascarilla.

A doña Dolores tampoco le agradaba la vergüenza infantil de su hijo, cuando tenía que estrenar trajes nuevos. Y volvía a la carga, como contó muchas veces. Me metía debajo de la cama y no quería salir a la calle, tozudo, cuando me vestía el traje nuevo… Y mi madre, con un bastón de los que usaba mi padre, daba unos ligeros golpes en el suelo, delicadamente, y entonces salía: salía por el bastón, no por otra cosa.

Luego, mi madre con cariño me decía: Josemaría: la vergüen­za, para pecar. Muchos años después me he dado cuenta de que había en aquellas palabras una razón muy profunda.

Su madre le enseñó a rezar y de ella aprendió, por ejemplo, esa oración de ofrecimiento, tan popular: Oh Señora mía, ola Madre mía, yo me ofrezco enteramente a Vos… En una homilía del 26 de noviembre de 1967 se refería a que todavía, por las mañanas y por las tardes, no un día, habitualmente, renuevo aquel ofrecimiento que me enseñaron mis padres. Y en 1974, en Buenos Aires, para ejemplificar cómo a veces son tonterías muy pequeñas las cosas que se oponen a una entrega total a Dios, recordó lo que le había contado una madre de familia, que también hacía rezar a su hijo esa oración ‑Oh Señora mía…‑ la misma que había aprendido siendo muy pequeño:

A aquel niño, ya harto de juguetes ‑porque era un chico de esos a quien no le negaban nada‑, un, amigo de su familia le regaló un conejo pequeñito, vivo; y él, con aquel gazapo ‑¿se llama gazapo también aquí?…‑ estaba entusiasmado, y cuando decía con su madre: y te ofrezco mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón, en una palabra, todo mi ser; le entró remordimiento y dijo: menos mi gazapito.

De la mano de su madre, fue prendiendo en el corazón de Josemaría una vida de piedad sencilla, normal. Lo evocaría el Fundador del Opus Dei cuando, un día de 1974 en Argentina, una madre cordobesa le contó la anécdota de su único hijo, de cinco años. Iban los dos en un colectivo, y el niño vio una imagen de la Virgen en el autobús. La saludó con la mano, y se puso luego a hablar con el conductor sobre el diálogo que podría tener con Ella mientras manejaba: el semáforo rojo. Y después: está el semáforo verde…

‑Virgen, tenemos que parar, está ‑Virgen, ahora seguimos, porque a1 oír esta anécdota, Mons. Escrivá de Balaguer se quedó un momento como pensativo. Y dijo enseguida a aquella madre: ‑Eso es vida contemplativa; cuando yo tenía esa edad era muy piadoso, pero no tenía vida contemplativa.

Muchas personas le recuerdan, en sus años de infancia, como uno más, alegre y travieso. Le gustaba mucho jugar con un caballo grande de cartón, con ruedas: paseaba con él a los más pequeños por la casa, tirando de una especie de ronzal. Tenía también soldaditos de plomo y birlas (palos con soldados pinta­dos que se colocaban a cierta distancia y se iban tirando con bolas).

Cuando llegaba el buen tiempo, se reunía en la Plaza con los demás para jugar a “civiles y ladrones”, o hacer carreras con aros. Otras veces iba a la casa de la calle Ricardos, donde estaba el comercio de su padre. Allí acudían los Esteban ‑hijos del notario‑ y otros amigos, como los Cajigós, los Sambeat y los Fantoba. Aún vive en Barbastro María Esteban Romero. Piensa ella que iban a jugar allí, sobre todo, la tarde de los jueves, que no tenían clases en el colegio. Uno de sus entretenimientos consistía en fabricar jabón. En aquella época la colada se hacía con ceniza, no con lejía, y en las casas había barriles de ceniza muy fina, que se empleaba para lavar. Los chicos la amasaban con agua y la cocían en cacharros de juguete para que se convirtiera en jabón. Algunas noches, después de cerrar la tienda, se quedaban ayudando a calcular el dinero que se había hecho ese día; les divertía mucho contar monedas, sentados en el mostra­dor. No obstante, María Esteban apenas coincidió con Josema­ría, porque normalmente los niños que iban a su casa jugaban con sus hermanos y las niñas quedaban aparte, aunque a veces asistían a los juegos de los chicos.

“Pero lo que más le gustaba cuando estaba con ellas ‑afirma Adriana Corrales‑ era sentarse en una mecedora del salón, y contarles cuentos ‑normalmente de miedo, para asustarlas que inventaba él mismo”. Debían efectivamente gustarle mucho los cuentos. El 16 de junio de 1974, mencionó ante miles de personas, en el Palacio de Congresos del General San Martín (Buenos Aires), que de pequeño se escapaba a la cocina, aunque le decían que no debía ir: pero había allí dos cosas estupendas:

una cocinera que se llamaba María, que era muy buena, que sabía siempre el mismo cuento, un cuento de ladrones simpá­ticos; y, además, había unas patatas fritas colosales. Las dos cosas las tenía yo vedadas: oír el cuento… Porque no le decía­mos: cuéntanos un cuento. No: oye, María, cuéntanos el cuento. Sabíamos que ella no conocía otro; pero lo decía tan bien, que siempre nos parecía nuevo.

En aquella casa de la plaza del Mercado había señorío, solera. El ambiente era sencillo y elegante, alegre y piadoso. También allí aprendió Josemaría a rezar el Rosario. Los sábados bajaban con otras familias amigas a San Bartolomé, una iglesia que ha desaparecido, y rezaban el Rosario y la Salve. (A esta iglesia iban también a veces a oír Misa los padres con sus hijos mayores, Carmen y Josemaría).

Fue doña Dolores quien preparó a su hijo para la primera confesión. Fijó la fecha con su confesor, el P. Enrique Labrador, un santo religioso escolapio. Cuando llegó el día, después eje hacer a Josemaría las últimas recomendaciones, lo llevó de ‘¡a mano hasta la iglesia. Lo narraba él mismo en 1972:

Cuando hice mi primera Confesión ‑tenía seis o siete años‑, me quedé muy contento, y siempre me da alegría recor­darlo. Me llevó mi madre a su confesor y… ¿sabéis lo que me puso de penitencia? Os lo digo, que os moriréis de risa. Aún estoy oyendo las carcajadas de mi padre, que era muy piadoso, pero no beato. No se le ocurrió al buen cura ‑era un frailecito muy majo‑ más que esto: dirás a mamá que te dé un huevo frito. Cuando se lo dije a mi madre, comentó: hijo mío, ese padre te podía haber dicho que te comieras un dulce, ;pero un huevo frito…! ;Se ve que le gustaban mucho los huevos fritos!

¿No es un encanto que venga al corazón del niño ‑que todavía no sabe nada de la vida, ni de las miserias de la vida‑ el confesor de la madre a decirle que le den un huevo frito? ; ES magnífico! ¡Aquel hombre valía un imperio!

Su madre le enseñó las oraciones de la mañana y de la noche y con su padre, siendo niño aún, rezó muchas veces las oraciones de la noche. Con doña Dolores aprendió el Catecismo de la doctrina cristiana, hasta que llegó el momento de hacer la Primera Comunión, el día de San Jorge ‑23 de abril de 1912‑, porque era tradición en el Alto Aragón hacerla ese día:

Tenía yo entonces diez años. En aquella época, a pesar de las disposiciones de Pío X, resultaba inaudito hacer la Primera Co­munión a esa edad. Ahora es corriente hacerla antes. Y me pre­paraba un viejo escolapio, hombre piadoso, sencillo y bueno. Él me enseñó la oración de la comunión espiritual.

Esta oración es hoy familiar a miles de personas en el mundo entero:

‑Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los Santos.

Cuando Josemaría hizo la Primera Comunión, en 1912, ya era alumno del Colegio de los Escolapios en Barbastro. En el Colegio no había muchos alumnos: a comienzos de siglo hacer el Bachi­llerato, al menos en Barbastro, era excepcional, según afirma Aurelio Español, farmacéutico de Jaca, que hizo allí todos sus estudios, también de Bachillerato, entre 1900 y 1912. El Colegio tenía prestigio. Lo atendían unos doce religiosos. No en vano San José de Calasanz había nacido en Peralta de la Sal y comenzó su apostolado sacerdotal junto al Obispo de Barbastro Felipe de Urríes, protector del Santo durante sus estudios.

Un fámulo, llamado Faustino, recogía cada mañana a los alumnos. Los niños llevaban abrigo azul marino con botones de metal. También era azul marino el color de la gorra de paño que llevaban, con la visera de charol. En el centro, y sobre la visera, iba el escudo del colegio. Se ponían al cuello, en forma de chalina, un pañuelo doblado, de color más claro. Dentro del colegio usaban un guardapolvos de rayas azules, abotonado por delante, con cinturón y cuello también azules.

Al principio, .para hacer oficialmente el Bachillerato, los alumnos de los Escolapios iban a examinarse al Instituto de Huesca, ordinariamente en tren (Barbastro‑Selgua‑Tardienta-Huesca). Luego cambiaron al Instituto de Lérida. El examen de ingreso del Bachillerato lo hizo Josemaría en Huesca, en 1912, es decir, cuando tenía diez años, según lo establecido en las normas entonces vigentes.

En el Colegio, según el propio Martín Sambeat, Josemaría se distinguía de los demás por su serenidad; no era revoltoso. Otro compañero de estudios, José María Muñoz, hijo del veterinario de Barbastro, hoy Padre Escolapio en Logroño, señala que era estudioso y reflexivo; ni bullicioso, ni hosco; bien educado: “se veía que los padres se habían preocupado del chico desde pequeño”. Según el P. Mur, que iba dos cursos por delante en aquel colegio, Josemaría destacaba ‑con Mariano Esteban, Leopoldo Puig y Ricardo Palá, también fallecidos‑ por su talento, por sus buenas calificaciones y por aquel Colegio, Leopoldo Puig talento, por sus buenas calificaciones y por condiscípulo, Miguel Cavero ‑que murió siendo un su piedad. Con otro con discípulo, Miguel Cavero –que murió siendo un ingeniero muy conocido‑, obtuvo premio en la asignatura “Nociones de Aritmética y Geometría”, en el Instituto de Lérida, el curso 1912‑1913, es decir, en su primer año del Bachillerato (así aparece en el semanario Juventud, Barbastro, 13 de marzo de 1914, que cita el P. Liborio Portolés Piquen Escolapio, en un artículo publicado en la revista de los antiguos alumnos del madrileño Colegio de San Antón).

También se examinó de segundo de Bachillerato en el Ins­tituto General y Técnico de Lérida. El semanario Juventud (Bar­bastro, 12 de junio de 1914) publica los resultados obtenidos por los alumnos de los Escolapios. En ese mismo número hay un artículo de J. Argente Llanas, expresivo del ambiente que enmar­caba aquellos exámenes en el Instituto. Argente describe cómo los alumnos van alegres, en tropel, hacia el Instituto, hasta que, de pronto, al fondo de una larga y estrecha calle, divisan la portada de lo que para ellos es cadalso: “Tras unos cuantos paseos por los severos claustros, suena el timbre. En sus rostros se acentúa todavía el abatimiento, se les apodera el temor, el pánico. Realizan sus exámenes ante tres señores que inspiran más que respeto y admiración, miedo. El alumno tiembla, su rostro se sonroja, su organismo parece no funcionar, sus sentidos se amortiguan, excepto el. oído, que ansioso espera las preguntas del señor del birrete…”

Había entonces tres modos distintos de seguir la segunda en­señanza: a) enseñanza oficial: los alumnos teman obligación de asistir a clases en los Institutos; b) enseñanza colegiada: los alumnos no iban al Instituto, sino a Colegios reconocidos, que presentaban a sus alumnos a examen en el Instituto, con una relación de las notas que cada uno merecía, según el Colegio; además, un profesor del propio Colegio formaba parte del tribunal examinador; y c) enseñanza libre: los alumnos no eran presentados por nadie.

De hecho, sin embargo, los alumnos libres solían pasar en ocasiones por el Instituto, para conocer a los profesores que los habían de examinar. De manera que quienes por lo común tenían más miedo al Instituto eran los alumnos de enseñanza colegiada, porque no iban al Centro oficial más que para exa­minarse.

En junio de 1914, Josemaría salió bien librado. Según la gacetilla del semanario Juventud, resulta el alumno de segundo curso con mejores calificaciones: notable en Geografía de España (ninguno ha llegado a sobresaliente); sobresaliente en Lengua Latina, Aritmética Demostrada y Religión. Como todos, ha aprobado la Gimnasia.

Pero mientras avanzaba en el Bachillerato, las desgracias se sucedían en su familia. Lo más doloroso fue el fallecimiento de las tres hermanas que le seguían: primero murió la más pequeña, Rosario, el 11 de julio de 1910, antes de cumplir el año; luego, Lolita, el 10 de julio de 1912, a los cinco años; y, por último, Asunción, a la que familiarmente llamaban Chon, el 6 de octubre de 1913, poco después de cumplir los ocho. Cuando ésta falleció, Josemaría era un niña de once años y su hermana mayor, Carmen, acababa de cumplir los trece. Los dos sufrieron mucho con estos golpes tan duros.

Lo apreciaron bien las amigas de la infancia. Entonces era costumbre que las niñas designadas por la familia asistieran al entierro, llevando las andas en que se colocaba el ataúd, o las cintas que colgaban de la caja, cuando el niño o la niña morían antes de hacer la Primera Comunión, como fue el caso de las tres hermanas de Josemaría. Adriana Corrales, por ejemplo, llevó la cinta de Rosario y Lolita; en cambio, cuando murió Chon, que ya tenía ocho años, llevó una de las andas. No se le ha olvidado lo mal que, por estas desgracias familiares, lo pasó Josemaría. Al morir Chon, como las hermanas habían ido falleciendo por edades ‑de menor a mayor‑, Josemaría decía que entonces le tocaba a él. Dejó de repetirlo cuando se dio cuenta de que a su madre le entristecía. Ella le aseguraba:

‑No te preocupes, que tú estás ofrecido a la Virgen de To­rreciudad.

Efectivamente, la familia tenía una devoción grande a esta advocación de la Virgen y, cuando Josemaría fue desahuciado por los médicos a la edad de dos años, le ofrecieron a Nuestra Señora si curaba de su enfermedad. Por eso, después, le llevaron en peregrinación a la ermita de Torreciudad.

La Baronesa de Valdeolivos vivió también aquella etapa: “No, puedo calcular cuánto tiempo después de la muerte de Dolores ‑debió de ser al verano siguiente‑ enfermó Chon. Parece que la estoy viendo ahora: era una niña rubia, muy mona”. Y expone que, estando una tarde en los porches, Josemaría le dijo que iba a subir a casa, para ver cómo se encontraba su hermana. Había muerto. Su madre le dijo que estaba muy bien, porque ya se había marchado al Cielo. Ante el desconsuelo de Josemaría, ella tuvo que insistir:

‑Hijo, no seas así. No llores. ¿No ves que Chon está ya en el Cielo?

La noticia también impresionó mucho a la Baronesa de Val­deolivos ‑entonces muy niña‑, porque se trataba de la tercer: hermana que se iba en muy poco tiempo, y eran amigas. Pero, a pesar de esta escena de dolor que se le quedó tan grabada, conserva la imagen de Josemaría como “un chico alegre, opti­mista, de muy buen corazón”.

Los Valdeolivos veían bastante a los Escrivá, pues aunque residían en Lérida, pasaban el verano en Fonz, y el mes de sep­tiembre iban a Barbastro a la casa de la abuela, que estaba en lo:, porches, muy cerca de la de los Escrivá. Allí, bajo los soportales o en su casa, pasaban muchos ratos jugando, a pesar de que Josemaría era cinco o seis años mayor que ella. Su recuerdo es el de “un chico bastante alto, fuerte, que llevaba medias altas: hasta la rodilla, y pantalón corto, como todos los de su edad en aquella época”. Él, más que jugar con la niña y con sus primo Joaquín Navasa y Julián Martí, se dedicaba a entretenerlos, porque eran más pequeños. Cuando iban a su casa, les sacaba sus juguetes, para divertirlos. Tenía muchos rompecabezas.

A ellas les gustaba hacer castillos con naipes. Una tarde ‑ha­bían muerto ya Rosario y Dolores‑, absortas en torno a la mesa, contenían la respiración al colocar la última carta de uno de aquellos castillos, cuando Josemaría ‑que no acostumbraba a hacer cosas así‑ se lo tiró con la mano. Se quedaron medio llorando, y Josemaría, muy serio, les dijo: ‑Eso mismo hace Dios con las personas: construyes un castillo y, cuando casi está terminado, Dios te lo tira.

Sus pequeños amigos no entendieron nada. Ahora, la Baro­nesa de Valdeolivos piensa que esta frase “podía ser fruto de la huella que iban dejando en su alma de adolescente tantos aconte­cimientos dolorosos como ocurrían en su familia, que le hacían sufrir”.

A estos trances tan amargos se unían las dificultades econó­micas ‑cada día más serias‑ que atravesaba la familia. A fina­les de 1913, el negocio paterno estaba al borde de la quiebra. La gente solía decir en Barbastro de don José Escrivá: “Es tan bueno, que le han jugado una mala pasada”.

El hogar de los Escrivá conoció entonces momentos difíciles. Prescindieron de la cocinera, de la doncella y del restante servicio doméstico: de la niñera habían prescindido ya, poco después de la muerte de Chon.

La Baronesa de Valdeolivos era entonces muy pequeña, pero se le iba grabando lo que oía. Por eso le extrañó ver una tarde a Josemaría merendando pan con jamón, y comentó a su madre:

‑¿Por qué dicen que los Escrivá están tan mal? Josemaría ha merendado hoy muy bien.

Su madre le hizo ver que tan mal tan mal, como para no poder merendar, no estaban.

Doña Dolores se las arregló, ayudada por su hija Carmen, para sacar adelante las faenas de la casa, aunque no estaba muy bien de salud. Amigos de la infancia de sus hijos la veían por las tardes casi siempre planchando, sentada en una silla, porque ‑pensaban‑ estaba mal del corazón. Les admiró siempre su permanente sonrisa: nunca se quejó, a pesar de los agobios eco­nómicos que pasaba.

Así, trabajando de la mañana a la noche, la encontrarían años más tarde los socios del Opus Dei. Uno de ellos, Pedro Casciaro, la conoció en Madrid en 1936. Fue a la casa rectoral del Patronato de Santa Isabel, donde ella vivía con su hijo ‑era el Rector‑, para ayudar, con Francisco Botella, al traslado de baúles, maletas y paquetes, a la que sería su nueva casa, en la calle del Rey Francisco. Era la primera vez que la veía. No sabía cómo llamarla. Optó por decirle «Señora». Y realmente, subraya, era muy señora: le impresionó su modo de hablar en un tono bajo y dulce.

Al despedirse, les dio las gracias, y Pedro Casciaro se quedó con el sentimiento de que “había un parentesco especial entre ella y nosotros. Quizá después de conocerla aquel día es cuando comencé a llamarla Abuela”. Con ella vivían también sus otros dos hijos, Carmen y Santiago, pero de aquel día de 1936, Pedro Casciaro sólo se acuerda de doña Dolores: “Su cara era todavía joven. Irradiaba serenidad y, al mismo tiempo, traslucía sufri­miento interior: me pareció que tenia los ojos llorosos”. El país atravesaba en 1936 momentos difíciles. Después de las elecciones de febrero, había crecido la inseguridad social y el anticlerica­lismo se acentuaba. Doña Dolores tenía que cambiar una vez más de casa, también en circunstancias humanamente difíciles. Pero se había acrecentado la alegría serena con que aceptó desde el principio aquel quebranto económico de Barbastro, más de veinte años atrás.

Don José lo había llevado también con idéntica fortaleza. Todos coinciden en que su negocio acabó marchando mal porque algunos se aprovecharon de su confianza, de su buena fe. El fue siempre un auténtico caballero en todo. Se explica que pronto consiguiera trabajo en otra ciudad, siguiendo en el comercio textil. A principios de 1915 marchó a Logroño, para empezar a trabajar, buscar casa para su familia, y disponerla antes de que se trasladasen todos.

Los dos hijos, Carmen y Josemaría, acabaron con normalidad el curso. Pasaron el verano en Fonz. Volvieron a primeros de septiembre a Barbastro, y unos días después, a primera hora de la mañana, tomaban la diligencia de Huesca, camino ya de Lo­groño.

En el alma joven de Josemaría quedó grabada para siempre la lección de fe y entereza de sus padres, en aquel difícil trance. Lo evocaría años después, en una carta fechada el 28 de marzo de 1971, que escribía al alcalde de Barbastro, don Manuel Gómez Padrós, para contestar su felicitación por San José, y para agra­decer las noticias que le enviaba sobre la promoción social de nuestro pueblo:

Déjame que te diga que mi madre y mi padre, aunque hubie­ron de salir de esa tierra, nos inculcaron, con la fe y la piedad, tanto cariño a las riberas del Vero y del Cinca. Recuerdo, con­cretamente de mi padre, cosas que me enorgullecen y que no se han borrado de mi memoria, a pesar de que me fui de ahí a los trece años: anécdotas de caridad genera y oculta, fe recia sin ostentaciones, abundante fortaleza a la hora de la prueba bien unido a mi madre y a sus hijos. Así preparó el Señor ni alma, con esos ejemplos empapados de dignidad cristiana y de heroís­mo escondido siempre subrayados por una sonrisa, para que más tarde le fuera pobre instrumento ‑con la gracia de Dios‑ en la realización de una Providencia suya, que no me aparta del pueblo mío queridísimo. Perdóname este desahogo. No te puedo ocultar que, esas evocaciones, me llenan de alegría.

En la calle del Mercado ‑hoy General Mola‑ de Logroño, tenía don Antonio Garrigosa y Borrell una tienda de tejidos llamada “La Gran Ciudad de Londres”. Con él llegó a un acuerdo don José Escrivá, para participar económicamente en el negocio, a la vez que trabajaba a diario atendiendo a los clientes. A don Manuel Ceniceros, ahijado de Garrigosa, que comenzó su oficio en la tienda en 1921, le impresionaba la elegancia y dig­nidad de todo su comportamiento, especialmente en la forma de llevar su cambio de fortuna. “Se veía que era un hombre feliz y extremadamente metódico y puntual. Muy pulcro en el vestir”. Aún le ve con su bombín y su bastón paseando los domingos por el centro de Logroño.

Era también un hombre verdaderamente religioso. No se avergonzaba de confesarlo delante de personas que presumían de anticlericales; iba con frecuencia a Misa, antes de llegar pun­tualmente a su trabajo; rezaba el Rosario en familia: su casa era un auténtico hogar cristiano. Don José, en la memoria de Manuel Ceniceros, llevaba esta vida con gran naturalidad, sin alardes, como uno más en el trabajo, lleno de cordialidad, dispuesto siempre a ayudar a todos. Nunca se quejó, ni tuvo un mal gesto con nadie, por el revés de su fortuna.

Cuando en junio de 1975 le entrevistó un periodista, don Manuel Ceniceros confirmó lo que, al parecer, había considerado muchas veces ante los compañeros de trabajo: “Si la santidad del hijo ha sido como la de su padre, estoy seguro que llegará a los altares”.

Los primeros meses en Logroño debieron ser especialmente duros para la familia Escrivá, porque apenas conocían a nadie en la ciudad. Vivían en la calle Sagasta, número 18 (hoy, 12), en un piso cuarto, de techos bajos, cubierto sólo en parte por una buhardilla: piso caluroso en verano y frío en invierno.

Aún vive en Logroño doña Paula Royo, cuyo padre trabajó en el comercio de Garrigosa. Ella ha referido cómo éste rogó a su padre que ayudara a los Escrivá para que se ambientasen en su nueva ciudad. Surgió así una buena amistad entre los Escrivá y los Royo. Muchos domingos salieron de paseo por la carretera de Laguardia, o la de Navarra, después de cruzar el puente de Hierro sobre el Ebro. Advirtió la alegría y el buen humor de Josemaría, guapo, alto y corpulento. Se parecía mucho a su padre, “una persona muy buena, dulce y cariñosa”. Su hermana Carmen era más parecida a la madre. Paula Royo la encontraba un poco más seria, “pero encantadora también”.

Algún tiempo después, los Escrivá se trasladaron a la calle de Canalejas, número 7, a otro cuarto piso. Allí les conoció Sofía de Miguel, hoy una anciana que, con más de ochenta años, conserva su carácter vivo y abierto, y que entonces vivía en el quinto piso. Un hijo suyo, Fernando, tenía unos dos años más que Santiago Escrivá, nacido el 28 de febrero de 1919, y jugaban juntos con frecuencia.

Aquel piso de Canalejas seguía siendo modesto. Cuando lle­gaba el cartero, y había correspondencia para los Escrivá, Sofía se prestaba siempre a subir las cartas: “No sabe con qué ama­bilidad me agradecía este servicio”, señala. “Me acuerdo ‑aña­de‑ que un día llegué cuando estaban comiendo y con qué detalle tenían puesta la mesa. ;Eran unos verdaderos señores! También a Santiaguito le llevaban siempre muy bien arreglado, y hay que ver lo bien educado que estaba este niño…” Después de tantos años, le parece estar viendo a doña Dolores: “Tenía unos ojos muy vivos, no muy grandes, pero rasgados; y se peinaba siempre con un moño alto”. Asimismo, alaba a don José como hombre muy penetrado ‑inteligente, cultivado‑, y no se explica por qué trabajaba en el comercio de Garrigosa: “no sé por qué sería…, muchas veces, las cosas se tercian mal…”

“Era una familia maravillosa ‑escribe otro amigo de aque­llos años‑, y puedo asegurar que, si algún matrimonio he visto unido en mi vida, ha sido aquél: el de los padres de Josemaría. El padre era verdaderamente un santo. Estaba enamoradísimo de su mujer. Tenía una gran paciencia y conformidad en todo: siempre se le veía alegre. La madre era también una gran señora. Recuerdo perfectamente ‑aunque pueda parecer un detalle de poca importancia‑ las meriendas que nos prepa­raba. Sabía hacerlo muy bien y lo preparaba todo con gran cuidado”.

Don José trabajaba con intensidad durante toda la jornada en el comercio de la calle del Mercado y, luego, al llegar a casa, a pesar de su cansancio, seguía trabajando. Era muy responsable. Y sabía vivir con la sobriedad que le imponían también las cir­cunstancias. Su merienda era un caramelo. Manuel Ceniceros no se ha olvidado de este detalle, pues muchas veces fue él a com­prarlos: daban diez a la perra gorda. Y fumaba poco: en una petaca de plata llevaba los seis cigarros que fumaba cada día y que, como era usual entonces, él mismo liaba.

Por aquel tiempo Josemaría había terminado el Bachillerato, en el Instituto de Logroño. Atrás quedaban el curso tercero (1914‑1915), y los exámenes en Lérida; el cuarto, que hizo como alumno no oficial ya en Logroño, en el Instituto; y quinto y sexto, cursados como alumno oficial. En las 14 asignaturas de estos tres años de Logroño, consiguió dos Sobresalientes con premio, ocho Sobresalientes y cuatro Notables. Los premios fueron en Pre­ceptiva y Composición, de cuarto, y en Ética y Rudimentos de Derecho, de sexto.

Entonces, muchos alumnos oficiales iban por la mañana al Instituto ‑por lo general, de 9 a 1‑, y después de comer, hasta las ocho, asistían a colegios, en los que tenían clases de repaso, horas de estudio y actividades de formación humana y religiosa. En Logroño había dos de estos colegios: el de los Hermanos Maristas, y el Colegio de San Antonio, llevado por laicos, aunque tenía también un director espiritual, que residía en el Colegio Josemaría fue alumno del San Antonio.

Compañeros suyos atestiguan que fue un chico igual a tantos otros, sensato, no alborotador, “de los que no se tuercen por nada” (Eloy Alonso Santamaría); alto, más bien grueso, son­riente y amable (Antonio Urarte); algo reservado, pero alegre (Julián Gamarra), que participaba como uno más en las tertulias del “casino”: así llamaban a la reunión en el patio del Colegio, antes de entrar a las clases.

La hija de Antonio Royo dice que, para su edad, Josemaría era alto, más bien fuerte, de buen parecer, con una risa contagio­sa. “Sin embargo ‑agrega‑, su alegría no era estruendosa: era íntima, de verdad, muy agradable, y la contagiaba”. Paula Royo insiste en que nunca hubo nada en su comportamiento, algo externo que hiciera pensar en su vocación sacerdotal. Cuando dijo que quería hacerse sacerdote, “sus padres lo comentaron a los míos asombrados, pero en ningún momento le pusieron difi­cultades. No nos esperábamos que quisiera ser sacerdote. Era un chico de muy buen carácter, con muchos detalles de delicade­za…, pero muy normal, vamos”.

Lo habitual era entonces ingresar en el Seminario siendo niño, más o menos de diez años. Agustín Pérez Tomás, condis­cípulo en Logroño, alude a que un compañero dijo alguna vez a Josemaría que podía ser sacerdote, y él respondió muy conven­cido: ‑Bah, tonterías…

Josemaría nunca pensó que el sacerdocio fuera para él. Pero supo cambiar de planes, ante los barruntos de lo que Dios le pedía. Cuando se decidió a emprender ese camino, habló con sus padres, que le dieron consejos propios de una familia honda­mente cristiana. Y en octubre de 1918 empezó a estudiar en el Seminario de Logroño, como alumno externo. Luego, en sep­tiembre de 1920 se trasladó a Zaragoza, donde, pocos meses antes de la ordenación sacerdotal, le sorprendió una nueva des­gracia familiar: la muerte de su padre.

Don José falleció en Logroño el 27 de noviembre de 1924, en la misma casa de la calle de Sagasta en la que habían vivido antes, aunque no en el cuarto piso, sino en el segundo. Todo transcurrió en cuestión de horas. A1 levantarse por la mañana, se encontraba muy bien. Desayunó, rezó un buen rato ante una

imagen de la Virgen Milagrosa, que tenían esos días en casa, y se puso a jugar con el pequeño Santiago. Después se dispuso a salir, y, al llegar a la puerta de la habitación, se sintió mal. Se apoyó en el marco de esa puerta, y cayó desplomado sobre el suelo. Un par de horas después entregó santamente su alma a Dios, sin haber recuperado el conocimiento.

Apenas pasadas las nueve, en el comercio pensaron que algo serio debía haberle ocurrido a don José, pues todas las mañanas llegaba al trabajo puntualmente. El dueño envió a Manuel Ceni­ceros para que averiguase lo que le sucedía. Cuando llegó a Sagasta, don José aún vivía: falleció poco después ‑manifiesta­- con una santidad que invadía a toda la familia”. Le encargaron que pusiera un telegrama a Zaragoza, para informar a Josemaría de que su padre estaba muy enfermo, y decirle que viniera. Él mismo fue a esperarle al “rápido”. En el camino de la estación a casa, no tuvo más remedio que decirle toda la verdad: “Lo aceptó con una serenidad tan grande, que me sorprendió de una manera difícil de explicar”.

Con el tiempo, el Fundador del Opus Dei compendiaría así la vida de su padre: No le recuerdo jamás con un gesto severo; le recuerdo siempre sereno, con el rostro alegre. Y murió agotado: con sólo cincuenta y siete años, pero estuvo siempre sonriente. A él le debo la vocación.

Unos meses más tarde, la familia Escrivá se trasladó a Zaragoza.

Sacerdote, solo sacerdote

sacerdotes  Tagged , , , , , No Comments »

Discurso en el acto académico celebrado en honor de San Josemaría, en el Seminario diocesano de Logroño. Logroño, 18-I-2003

Agradezco a mi querido hermano en el episcopado, don Ramón Búa, su cariñosa invitación a dirigir unas palabras al clero riojano. Me sugirió que hablara de la llamada a la santidad en el sacerdocio ministerial, siguiendo el ejemplo y las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer, recientemente canonizado por Juan Pablo II, y lo hago con muchísimo gusto.

En efecto, evocar la figura y las enseñanzas de este santo sacerdote constituye para mí un gozo muy grande. Si, además, las personas que me escuchan son presbíteros, mi alegría se multiplica, pues conozco bien el entrañable amor –más aún, veneración– que el Fundador del Opus Dei dispensaba a sus hermanos en el sacerdocio. ¡Cómo gozaba cuando tenía la ocasión de reunirse con ellos! Aprendía de todos y, a quienes se lo pedían, no tenía reparos en abrirles su corazón para hablarles de los grandes amores de su vida: Cristo con María, la Iglesia y el Papa, las almas todas. Solía decir que, en esas ocasiones, se sentía como quien va a vender miel al colmenero. Pero era la suya una miel de tanta calidad, que los que le escuchaban salían de esas reuniones con renovados deseos de fidelidad a la vocación, con el alma rebosante de optimismo, decididos a gastarse con gozo en la tarea pastoral y apostólica.

Identidad del sacerdote
Comenzaré mi intervención con unas palabras que San Josemaría solía dirigir a los recién ordenados, pero que nos sirven también –y quizá más especialmente– a quienes llevamos muchos años de sacerdocio. Decía: «sed, en primer lugar, sacerdotes; después, sacerdotes; siempre y en todo, sólo sacerdotes». En esta afirmación se transparenta su altísimo concepto del sacerdocio ministerial, por el que unos pobres hombres –que eso somos todos delante del Señor– son constituidos ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1 Cor 4,1). Tan firme era su fe en la identificación sacramental con Cristo que se lleva a cabo en el sacramento del Orden, que su único timbre de gloria, al lado del cual palidecían todos los honores de la tierra, era sencillamente ser sacerdote de Jesucristo.
Los santos, desde los tiempos más antiguos, se han detenido a comentar la dignidad del sacerdocio. Varios Papas –entre los que recuerdo especialmente a San Pío X, a Pío XI y al actual Romano Pontífice– han escrito documentos inolvidables, que han alimentado y continúan alimentando nuestra vida sacerdotal. También San Josemaría nos ha dejado su enseñanza. En una homilía de 1973, cuando se difundían voces confusas sobre la identidad del sacerdote y el valor del sacerdocio ministerial, resumía su pensamiento con las siguientes palabras: «ésta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el silencio activo de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas –más que Ella sólo Dios– trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura» nota(’36′,’3.5′,’3′,’1′) 1.

El sentido de la grandeza del sacerdocio le llevaba a cuidar con esmero su vocación sacerdotal, de la que se hallaba cada vez más enamorado. Cuando, para atender los ruegos de quienes estábamos a su lado, se refería a veces al proceso de su vocación, siempre recalcaba la iniciativa de Dios, que le salió al encuentro cuando tenía quince o dieciséis años. Como bien sabéis, fue en Logroño, en diciembre de 1917 o enero de 1918, donde el adolescente Josemaría Escrivá tuvo los primeros presentimientos –de barruntos, los calificaba– de que el Señor le llamaba para algo que no sabía lo que era. No se le había pasado por la cabeza la posibilidad del sacerdocio. Sin embargo, ante esa acción de Dios, con el fin de prepararse mejor para cumplir la Voluntad divina, decidió ingresar en el Seminario. Con toda verdad podía afirmar, pasados los años, que el arranque de su vocación sacerdotal había sido «una llamada de Dios, un barrunto de amor, un enamoramiento de un chico de quince o dieciséis años» nota(’36′,’3.5′,’3′,’2′) 2.

En el Seminario de Logroño recibió la primera formación sacerdotal, que luego completaría en Zaragoza. Dios quería que la semilla que iba a lanzar sobre la tierra el 2 de octubre de 1928, encontrase un corazón de sacerdote preparado a fondo para acogerla y hacerla fructificar. Por eso, con agradecimiento a Nuestro Señor, San Josemaría afirmaba que su vocación era –dejadme que insista– la de ser sacerdote, sólo sacerdote, siempre sacerdote. Amaba con locura esta condición que, configurándolo con Cristo, le había preparado para ser instrumento, en manos de Dios, para la fundación del Opus Dei.

Don y tarea
Al enumerar las condiciones de los candidatos al sacerdocio, antiguamente se prescribía que deberían elegirse entre hombres que condujesen una vida honesta. Esta formulación, minimalista y ya superada, le parecía muy pobre a San Josemaría. «Entendemos, con toda la tradición eclesiástica –escribía en 1945–, que el sacerdocio pide –por las funciones sagradas que le competen– algo más que una vida honesta: exige una vida santa en quienes lo ejercen, constituidos –como están– en mediadores entre Dios y los hombres» nota(’36′,’3.5′,’3′,’3′) 3.

Josemaría Escrivá había recibido, en el seno de su familia y en el colegio, una formación profundamente cristiana, que comprendía el conocimiento de la doctrina, la frecuencia de sacramentos, la preocupación concreta por las necesidades espirituales y materiales de las personas, como ponen de relieve testigos de aquella época. Al recibir la llamada divina al sacerdocio, su existencia dio un cambio radical, en el sentido de que aumentó la intensidad y frecuencia de su trato con Dios y su preocupación apostólica por los demás. Esto le llevó a una madurez impropia de los años, pero sobrenaturalmente lógica. Se cumplía en su vida lo que afirma la Sagrada Escritura: super senes intellexi quia mandata tua servavi nota(’36′,’3.5′,’3′,’4′) 4, he adquirido más prudencia que los ancianos porque he guardado fielmente tus mandamientos. Desde aquellos barruntos, el adolescente Josemaría empezó a tomarse en serio la santidad, tratando de conocer y cumplir fidelísimamente la Voluntad de Dios.

Cuando el Concilio Vaticano II, en el capítulo V de la Constitución dogmática Lumen gentium, afronta el tema de la vocación de los bautizados a la santidad, afirma: «Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos, y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el Bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron» nota(’36′,’3.5′,’3′,’5′) 5.

En cuanto miembros del Cuerpo Místico de Cristo, en el que hemos sido injertados por el Bautismo, todos hemos sido santificados radicalmente: llevamos en nosotros mismos el germen e inicio de la vida nueva que Cristo nos ha ganado con su Muerte y su Resurrección. La consagración bautismal es la realidad fundante de la llamada a la santidad en todos los géneros de vida. Desde este punto de vista, atendiendo a la absoluta gratuidad de lo que hemos recibido, la santificación aparece claramente en su dimensión de don: un regalo inmerecido que nuestro Padre-Dios nos otorga, en Cristo, por el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, la santificación es una llamada personal, una tarea que se encomienda a la responsabilidad de cada cristiano. San Josemaría dirá que es obra de toda la vida nota(’36′,’3.5′,’3′,’6′) 6.

La santidad es, pues, don y tarea. Entrega gratuita de un bien inmerecido y, al mismo tiempo, encargo que hay que llevar a término con esfuerzo personal, con correspondencia heroica, empeñándose en un verdadero compromiso de vida cristiana.

La santidad sacerdotal como don
Al ser una y la misma la condición radical de todos los bautizados, todos –sacerdotes y seglares– estamos convocados de igual modo a la plenitud de la vida cristiana. «No hay santidad de segunda categoría: o existe una lucha constante por estar en gracia de Dios y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos de esas batallas divinas. A todos invita el Señor para que se santifique en su propio estado» nota(’36′,’3.5′,’3′,’7′) 7.

Estamos ante una de las intuiciones fundamentales que San Josemaría Escrivá predicó, por encargo divino, desde 1928. Al fundar el Opus Dei, el Señor le mostró que cada persona ha de procurar santificarse en el propio estado, en el género de vida en el que ha sido llamada, en su propio trabajo y a través de su propio trabajo, según la conocida expresión de San Pablo: unusquisque, in qua vocatione vocatus est, in ea permaneat (1 Cor 7,20).

La santidad, en los sacerdotes y en los seglares, se edifica, por tanto, sobre el mismo fundamento: la consagración originaria del Bautismo, perfeccionada por la Confirmación. Sin embargo, resulta evidente que el deber de tender a la santidad urge especialmente al sacerdote, que ha sido escogido entre los hombres y constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados (Hb 5,1).

«En contacto continuo con la santidad de Dios –ha escrito Juan Pablo II–, el sacerdote debe llegar a ser él mismo santo. Su mismo ministerio lo compromete a una opción de vida inspirada en el radicalismo evangélico» nota(’36′,’3.5′,’3′,’8′) 8. Y añade en el libro Don y misterio, escrito con ocasión del quincuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal: «Si el Concilio Vaticano II habla de la vocación universal a la santidad, en el caso del sacerdote es preciso hablar de una especial vocación a la santidad. ¡Cristo tiene necesidad de sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes santos! Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez más secularizado, un testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad» nota(’36′,’3.5′,’3′,’9′) 9.

El sacerdote ha sido consagrado dos veces para Dios: en el Bautismo, como todos los cristianos, y en el sacramento del Orden. Por eso, si bien no puede hablarse de santidad de primera o segunda categoría –porque todos estamos invitados a la perfección con la que el mismo Padre celestial es perfecto (cfr. Mt 5,48)–, no cabe duda de que sobre los sacerdotes recae especialmente el deber de tender a la santidad. Releamos unas palabras del Fundador del Opus Dei que resultan especialmente clarificadoras. «Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus, sino ipse Christus: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente de forma sacramental» nota(’36′,’3.5′,’3′,’10′) 10.

En el ejercicio del ministerio para el que ha sido ordenado, encuentra el sacerdote el alimento de su vida espiritual, el material que le hace arder en el amor de Dios. Por eso, sería un grave error si otras aspiraciones u otras tareas desdibujaran en su alma lo que, para él, se concreta en algo indispensable para alcanzar la santidad: la celebración cuidadosa y llena de amor del Sacrificio de la Misa, la predicación de la Palabra de Dios, la administración de los sacramentos a los fieles, especialmente el de la Penitencia; una vida de oración constante y de penitencia alegre; el cuidado de las almas que se le han confiado, junto con los mil servicios que una caridad vigilante sabe dispensar.

Desde que percibió la llamada al sacerdocio, y más explícitamente, desde que fue ordenado sacerdote, San Josemaría quiso identificarse con Cristo, ser el mismo Cristo, en el ejercicio del ministerio sacerdotal y en toda su existencia. De ahí su vida de oración, su celebración pausada de la Misa, su “necesidad” de permanecer largos ratos junto al Sagrario; y, al mismo tiempo, su urgencia por buscar a las almas para conducirlas, en Cristo, por caminos de santidad. Comprendió que se puede y se debe llevar una conducta santa en todos los estados de vida, y concretamente en el matrimonio; por eso, desde sus primeros años como pastor, además de encaminar a muchas personas por las vías del celibato apostólico asumido con verdadera alegría, alentó a muchas otras a descubrir la dignidad de la vocación matrimonial.

Escribe Juan Pablo II: «El sentido del propio sacerdocio se redescubre cada día más en el Mysterium fidei. Ésta es la magnitud del don del sacerdocio y es también la medida de la respuesta que requiere tal don. ¡El don es siempre más grande! Y es hermoso que sea así. Es hermoso que un hombre nunca pueda decir que ha respondido plenamente al don. Es un don y también una tarea: ¡siempre! Tener conciencia de esto es fundamental para vivir plenamente el propio sacerdocio» nota(’36′,’3.5′,’3′,’11′) 11.

San Josemaría Escrivá celebraba cada día la Santa Misa con pasión de enamorado, bien consciente de que «por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser» nota(’36′,’3.5′,’3′,’12′) 12. Escuchad cómo describía en una reunión familiar ese misterioso eclipse de la personalidad humana del presbítero, que en esos momentos se convierte en instrumento vivo de Dios:

«Llego al altar y lo primero que pienso es: Josemaría, tú no eres Josemaría Escrivá de Balaguer (…): eres Cristo. Todos los sacerdotes somos Cristo. Yo le presto al Señor mi voz, mis manos, mi cuerpo, mi alma: le doy todo. Es Él quien dice: esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, el que consagra. Si no, yo no podría hacerlo. Allí se renueva de modo incruento el divino Sacrificio del Calvario. De manera que estoy allí in persona Christi, haciendo las veces de Cristo. El sacerdote desaparece como persona concreta: don Fulano, don Mengano o Josemaría… ¡No señor! Es Cristo» nota(’36′,’3.5′,’3′,’13′) 13.

La santidad sacerdotal como tarea
La grandeza incomparable del sacerdote se fundamenta en su identificación sacramental con Cristo, que le lleva a ser ipse Christus y a actuar in persona Christi capitis, sobre todo en la celebración eucarística y en el ministerio de la Reconciliación. «Una grandeza prestada –comentaba San Josemaría Escrivá–, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor –añadía– que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor» nota(’36′,’3.5′,’3′,’14′) 14.

Cada cristiano ha de procurar que su condición de seguidor de Jesucristo se refleje en toda su conducta: la familia, la profesión, la actividad social, pública, deportiva… También en la existencia concreta del sacerdote, en su vida diaria, ha de manifestarse su específica pertenencia a Cristo. Por el carácter indeleble recibido en la ordenación, se es sacerdote las veinticuatro horas del día, no sólo en los momentos en los que se ejercita expresamente el ministerio. Conviene tenerlo muy presente en la época actual, cuando van desapareciendo –de nuestra sociedad multicultural y multireligiosa– tantos signos que recordaban a nuestros antepasados la primacía de Dios y de la vida sobrenatural. No lo digo con pesimismo, sino con ánimo de que todos nos esforcemos para que no se pierdan las raíces cristianas de nuestro pueblo, que se manifiestan también en tradiciones piadosas, en elementos de la cultura, del arte y de las costumbres.

A la meta de la santidad, el sacerdote ha de llegar como por un plano inclinado, bajo la dirección del Espíritu Santo, que es quien modela en los hijos adoptivos de Dios los rasgos de Jesucristo. En este proceso, que dura toda la vida, junto a la acción sobrenatural de la gracia, resulta decisiva la respuesta dócil de la criatura.

Sin esfuerzo por practicar las virtudes, sin lucha por desarrollarlas cotidianamente, con constancia, no es posible la santidad. ¿En qué se centran los hábitos virtuosos que han de vertebrar la santidad del sacerdote? En lo mismo que en los demás fieles, puesto que todos estamos llamados a idéntica meta –la unión con Dios– y disponemos de los mismos medios para alcanzarla. La diferencia estriba en el modo de ejercitar esas virtudes. En el sacerdote, todo debe cumplirse sacerdotalmente; es decir, teniendo siempre presente la finalidad de su vocación específica, el servicio a las almas. Hemos de seguir el ejemplo del Señor, que afirmó de sí mismo: Pro eis ego sanctifico meipsum, ut sint et ipsi sanctificati in veritate (Jn 17,19).

No cabe, en este breve tiempo, exponer tan siquiera un elenco completo de las virtudes sacerdotales. Me limitaré a presentar algunas que considero capitales en la enseñanza y en el ejemplo de San Josemaría.

Virtudes humanas del sacerdote
Utilizando la metáfora de la construcción –imagen de raíces bíblicas–, lo primero que se busca es un terreno sólido. El mismo Cristo alude a esta necesidad, en la conclusión del Sermón de la Montaña, cuando habla del hombre prudente que edificó su casa sobre roca, de modo que cuando llegaron los vientos y las lluvias nada pudieron contra esa mansión (cfr. Mt 7,24-25).

En la vida espiritual del cristiano, el terreno sólido del edificio espiritual se configura por las virtudes humanas, pues la gracia presupone siempre la naturaleza. Conviene no olvidar que el sacerdote no deja de ser hombre al recibir la ordenación. Por el contrario, precisamente por haber sido sacado de entre los hombres y constituido mediador entre los hombres y Dios (cfr. Hb 5,1), necesita cuidar su preparación humana, que le capacita para servir mejor a las almas.

«Comprende esta formación –escribe Mons. Álvaro del Portillo– el conjunto de virtudes humanas que se integran directa o indirectamente en las cuatro virtudes cardinales, y el bagaje de cultura no eclesiástica indispensable para que el sacerdote pueda ejercitar con facilidad –ayudado, desde luego, por la gracia– su apostolado» nota(’36′,’3.5′,’3′,’15′) 15. Mi predecesor al frente de la Prelatura del Opus Dei subraya los motivos principales que han de impulsar al sacerdote a adquirir y desarrollar estas virtudes: «El primero, como parte de la lucha ascética normalmente necesaria para llegar a la perfección; el segundo, como medio para ejercitar con mayor eficacia el apostolado» nota(’36′,’3.5′,’3′,’16′) 16.

En la vida y en las enseñanzas de San Josemaría, destaca este aspecto basilar de la formación cristiana y de la específicamente sacerdotal. Tenemos numerosas pruebas de esta afirmación, desde su infancia hasta su fallecimiento en 1975. Los testigos de su labor pastoral se manifiestan concordes en describirle como un sacerdote enamorado de Jesucristo, entregado al servicio de las almas, con una personalidad fuerte y armónica, en la que lo humano y lo sobrenatural se fundían estrechamente en unidad de vida. Por lo que se refiere a sus enseñanzas, resulta paradigmática la homilía “Virtudes humanas”, recogida en el libro Amigos de Dios, donde se asienta el fundamento teológico de la necesidad de cultivar las virtudes humanas: la hondura de la Encarnación del Verbo, perfecto Hombre sin dejar de ser perfecto Dios. En esa homilía analiza las principales virtudes que un cristiano y un sacerdote deben cultivar: la reciedumbre, la serenidad, la paciencia, la laboriosidad, el orden, la diligencia, la veracidad, el amor a la libertad, la sobriedad, la templanza, la audacia, la magnanimidad, la lealtad, el optimismo, la alegría.

Sobre el fundamento de la humildad
«La humildad es el fundamento de nuestra vida, medio y condición de eficacia» nota(’36′,’3.5′,’3′,’17′) 17, escribe San Josemaría, en sintonía con la tradición espiritual del Cristianismo. Evidentemente se refiere al fundamento moral, pues el teologal –como predicó con su conducta y con sus enseñanzas– se centra en la fe teologal, que nos conduce a asumir con hondura el sentido de nuestra filiación divina en Cristo. Esta convicción pone de relieve ante los hombres la verdad más profunda sobre nosotros mismos y, por tanto, potencia necesariamente la humildad, que no refleja otra cosa que aquel “andar en verdad” de la Santa de Ávila: el caminar en la fe.

Con una fe recia, como base de la respuesta cristiana, se soslaya el error de presentar la humildad como falta de decisión o de iniciativa, como renuncia al ejercicio de derechos que son deberes. Nada más lejos del pensamiento del Fundador del Opus Dei. «Ser humildes –predicaba en una ocasión– no es ir sucios, ni abandonados; ni mostrarnos indiferentes ante todo lo que pasa a nuestro alrededor, en una continua dejación de derechos. Mucho menos es ir pregonando cosas tontas contra uno mismo. No puede haber humildad donde hay comedia e hipocresía, porque la humildad es la verdad» nota(’36′,’3.5′,’3′,’18′) 18.

Tan importante es esta virtud en la vida cristiana, que San Josemaría aseguraba que, «lo mismo que se condimentan con sal los alimentos, para que no sean insípidos, en la vida nuestra hemos de poner siempre la humildad» nota(’36′,’3.5′,’3′,’19′) 19. Y acudía a una comparación clásica: «no vayáis a hacer como esas gallinas que, apenas ponen un solo huevo, atronan cacareando por toda la casa. Hay que trabajar, hay que desempeñar la labor intelectual o manual, y siempre apostólica, con grandes intenciones y grandes deseos –que el Señor transforma en realidades– de servir a Dios y pasar inadvertidos» nota(’36′,’3.5′,’3′,’20′) 20.

Pero volvamos a considerar el fundamento teologal, es decir, la fe, y con la fe, la esperanza: no hay santidad si no se desarrolla una fe omnicomprensiva de la realidad, si no se fomenta –como la fuerza que impulsa el peregrinar terreno– la virtud de la esperanza. Desde el primer momento, el Fundador del Opus Dei fue bien consciente de que la misión que Dios le había confiado era inmensamente superior a sus fuerzas. Por eso acudió con insistencia, sin abandonarlos jamás, a los únicos medios capaces de poner a nuestro alcance la omnipotencia divina: la oración y el sacrificio. Son innumerables los testimonios que documentan cómo fue mendigando, por los hospitales y los barrios marginados de Madrid, como si se tratase de un tesoro, la plegaria y el ofrecimiento a Dios del dolor de muchas gentes abandonadas, a las que llevaba el consuelo y el aliento de su asistencia sacerdotal.

¡Cuánta necesidad tenemos los sacerdotes de que nuestra fe y nuestra esperanza aumenten más y más! Nos hallamos metidos en una labor donde lo que más cuenta, lo único absolutamente necesario (cfr. Lc 10,42), son los medios sobrenaturales. Se requieren verdaderos milagros, para conducir a las almas hasta Dios. Sin embargo, «se oye a veces decir que actualmente son menos frecuentes los milagros. ¿No será que son menos las almas que viven vida de fe?» nota(’36′,’3.5′,’3′,’21′) 21. Estas palabras de San Josemaría resuenan en nuestros oídos como un toque de atención, una llamada a nuestro sentido de responsabilidad, porque el sacerdote ha de ser, ante todo, un hombre de fe y un hombre esperanzado. «Por medio de la fe –escribe el Papa–, accede a los bienes invisibles que constituyen la herencia de la Redención del mundo llevada a cabo por el Hijo de Dios» nota(’36′,’3.5′,’3′,’22′) 22.

La fe es fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven (Hb 11,1). Y es «en la oración perseverante de cada día, con facilidad o con aridez, donde el sacerdote, como todo cristiano, recibe de Dios (…) luces nuevas, firmeza en la fe, segura esperanza en la eficacia sobrenatural de su trabajo pastoral, amor renovado: en una palabra, el impulso para perseverar en ese trabajo y la raíz de la efectiva eficacia del trabajo mismo» nota(’36′,’3.5′,’3′,’23′) 23. En estas palabras de Mons. del Portillo, el más estrecho colaborador del Fundador del Opus Dei durante muchos años, podemos descubrir una delicada alusión a la vida espiritual de San Josemaría, que recibió de Dios la gracia de ser contemplativo en medio de las tareas más absorbentes. Añade don Álvaro: «Sin oración, y sin oración que se esfuerza por ser continua, en medio de todos los quehaceres, no hay identificación con Cristo en lo que ésta tiene de tarea, fundamentada en lo que tiene de don. Más aún, me atrevo a decir que un sacerdote sin oración, si no falsea la imagen que da de Cristo –Modelo para todos–, la presenta como una nebulosa que ni atrae ni orienta, que no sirve de norte al pueblo que nos ve o nos oye» nota(’36′,’3.5′,’3′,’24′) 24.

Caridad pastoral
Llegamos así a la virtud más definitiva y característica de la vida cristiana: la caridad, que en el sacerdote adquiere unos contornos precisos: es caridad pastoral. En pocas palabras, nace de la conciencia de ser representante de Jesucristo, el Pastor supremo (1 Pe 5,4) de las almas, que ha dado la vida por sus ovejas (cfr. Jn 10,11). Esta convicción sobrenatural ha de impulsar al sacerdote a gastarse hasta el extremo en el ejercicio de su ministerio, pues le urge la caridad de Cristo (cfr. 2 Cor 5,14). Una caridad pastoral, fuerte y perseverantemente alimentada en la Eucaristía y en la oración, dará eficacia de frutos a su ministerio.

La figura de San Josemaría aparece muy ilustrativa a este respecto. Desde los primeros momentos de su vocación, no se ahorró ningún trabajo en el servicio de las almas. Antes he aludido brevemente a sus andanzas por los barrios extremos del Madrid de los años 20 y 30, en perenne contacto con la pobreza y la enfermedad, atendiendo a los moribundos, confortando a los enfermos, ilustrando a los niños y a los adultos con la doctrina cristiana. Puedo asegurar –porque lo he contemplado con mis ojos– que así gastó el resto de su existencia, hasta la última jornada: siempre pendiente de los demás, cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos: rezaba y se sacrificaba gustosamente por todas las almas, sin excepción.

La peculiar asunción de la persona por Dios, que se lleva a cabo en la ordenación sacerdotal, hace que el presbítero se vincule y consagre íntegramente al servicio y al amor total de Cristo. Con tal envergadura se presenta la riqueza de este don, que puede asumir como suyas –en un sentido particularmente profundo– las palabras del Apóstol: mihi vivere Christus est (Flp 1,21), vivo autem iam non ego, vivit vero in me Christus (Gal 2,20). Por otra parte, la misión recibida tiene un carácter universal: el sacerdote viene enviado al mundo entero, como instrumento vivo de Cristo, que se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien (Tt 2,14).

La identificación sacramental con Cristo, junto con la misión recibida, se hallan en el fundamento de las peculiares exigencias de la caridad pastoral, y colocan al sacerdote en una situación especial en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Comentando la profundización doctrinal operada a este propósito por el Concilio Vaticano II, Mons. Álvaro del Portillo escribe: «Si se considera que el Amor encarnado entre los hombres evitó cualquier atadura humana –por justa y noble que fuese– que pudiera en algún momento dificultar o restar plenitud a su total dedicación ministerial, se comprende bien la conveniencia de que el sacerdote haga lo mismo, renunciando libremente –por el celibato– a algo en sí bueno y santo, para unirse más fácilmente a Cristo con todo el corazón, y por Él y en Él dedicarse con más libertad al entero servicio de Dios y de los hombres» nota(’36′,’3.5′,’3′,’25′) 25.

El celibato sacerdotal se configura como manifestación de la completa oblación de su vida que el sacerdote, libremente, ofrece a Cristo y a la Iglesia. En esta óptica, se entienden bien las palabras de San Josemaría en un rato de conversación familiar, en 1969. «El sacerdote, si tiene verdadero espíritu sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca se podrá sentir solo. ¡Nadie como él podrá tener un corazón tan enamorado! Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Es una realidad divina que me conmueve hasta las entrañas, cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el Cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del Canon: Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso… Por Él, con Él, en Él, para Él y para las almas vivo yo. De su Amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizá por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva» nota(’36′,’3.5′,’3′,’26′) 26.

Fraternidad sacerdotal
Amando a todas las almas sin excepción, San Josemaría reservaba un amor de predilección a sus hermanos los sacerdotes. Ya he aludido a su gozo cuando podía reunirse con ellos, para aprender de su entrega –tantas veces heroica– y para transmitirles al mismo tiempo algo de su experiencia personal. Pero no puedo dejar de recordar sus desvelos concretos por los presbíteros, especialmente durante los años que residió en España. En la década de los 40, por ejemplo, a petición de los Obispos diocesanos, predicó muchos cursos de retiro al clero, que se encontraba necesitado de ayuda espiritual después de la terrible prueba de la persecución religiosa de los años anteriores. San Josemaría se dio de lleno a esa tarea, y llegó a atender, a veces, a más de mil presbíteros en un solo año.

Hasta el final de su vida, alimentó una petición urgente al Señor, para que Dios enviase a la Iglesia muchas vocaciones sacerdotales. Personalmente, preparó y encaminó a los seminarios a un gran número de jóvenes con inquietudes vocacionales hacia el sacerdocio. E impulsaba a los fieles laicos a rezar con insistencia al Dueño de la mies, para que mande muchos obreros a su campo (cfr. Mt 9,37-38). Para San Josemaría, el pulso de la vitalidad sobrenatural de una Diócesis viene medido por el número de vocaciones sacerdotales, de las que los primeros responsables son los mismos sacerdotes.

¡Cómo le entristecía encontrarse con alguno que se había despreocupado de esta labor! Porque ese descuido constituye una señal clara de que el mismo sacerdote no está contento con su llamada. Viene a mi memoria su respuesta inmediata a una pregunta sobre las causas de la escasez de vocaciones para los seminarios: «Quizá la primera razón sea que muchas veces los sacerdotes no valoramos bien el tesoro que tenemos en las manos y, por eso, no encendemos en el deseo de poseer este tesoro a la gente joven. Los seminarios estarían llenos, si nosotros amáramos más nuestro sacerdocio» nota(’36′,’3.5′,’3′,’27′) 27.

Su preocupación por la santidad del clero procedía de mucho tiempo atrás. Tenía muy claro que el primer apostolado de los sacerdotes han de ser los mismos sacerdotes: no dejarles solos en sus penas, compartir sus alegrías, animarles en la dificultad, fortalecerlos en los momentos de duda… Conservó grabadas a fuego en su alma aquellas palabras de la Escritura Santa: frater, qui adiuvatur a fratre, quasi civitas firma (Prv 18,19), el hermano ayudado por sus hermanos es fuerte como ciudad amurallada.

Tan intensamente crecía su afán de ayudar a sus hermanos en el sacerdocio, que en 1950, cuando el Opus Dei había recibido ya la aprobación definitiva de la Santa Sede, pensó dedicarse de lleno a los sacerdotes diocesanos. Cuando ya había ofrecido al Señor el sacrificio de Abrahán –pues estaba decidido a dejar la Obra, si hubiera sido necesario–, el Cielo le mostró que no era preciso ese sacrificio. En el espíritu del Opus Dei, que enseña a los cristianos a santificarse en medio del mundo, cada uno en la propia ocupación o tarea, también había el mismo lugar de encuentro con Dios para los sacerdotes diocesanos; bastaba que, en plena comunión con su propio Ordinario y con el presbiterio de la Diócesis, buscasen la santidad en el ejercicio de los deberes ministeriales, tratando con especial veneración al Obispo diocesano, unidos entrañablemente a sus hermanos en el sacerdocio. Las puertas de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a la que pertenecían ya los clérigos incardinados en el Opus Dei, se ensanchaban para dar acogida a los sacerdotes diocesanos que recibiesen esta específica llamada divina.

Hoy, en estas tierras de La Rioja, donde la labor del Opus Dei se encuentra perfectamente integrada en la Diócesis desde hace muchos años, elevo mi corazón agradecido a la Trinidad Beatísima por los copiosos frutos que también la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz ha producido y sigue produciendo, en servicio de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares. Todo es fruto de la gracia que Dios nos otorga por medio de su Santísima Madre; gracia a la que San Josemaría correspondió plenamente hace ochenta y cinco años, cuando– precisamente en Logroño– recibió la llamada al sacerdocio.

CULTIVAR LA FE

compromiso  Tagged , , , , No Comments »
Estos textos breves, preparados por teólogos y canonistas -muchos de ellos profesores de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma)-, ofrecen una exposición sintética de las enseñanzas de la Iglesia Católica.

Su interés, por tanto, es primordialmente catequético. De ahí que la fuente principal sea el Catecismo de la Iglesia Católica, con las oportunas llamadas a la Sagrada Escritura, a los Padres de la Iglesia y al Magisterio.

Constituye además un particular punto de referencia la predicación de San Josemaría Escrivá de Balaguer, maestro de espiritualidad laical e inspirador de una teología para la existencia cotidiana (José Manuel Martín, editor de la sección).


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder