Madrid, entre septiembre de 1931 y febrero de 1934

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Aquel individuo se abalanzó sobre él sin que le diera tiempo a defenderse. Don Josemaría es incapaz de librarse de esas dos manos que le atacan con violencia, al mismo tiempo que el agresor le cubre de injurias. Un poco más y no podrá respirar…

Casi en ese mismo instante, alguien le defiende, y la violencia de aquel individuo cede. Don Josemaría respira profundamente mientras el joven que acaba de librarle del atacante murmura, sonriendo: “¡Burrito sarnoso!”. Antes de que le dé tiempo a reaccionar, el joven se pierde entre la gente.

¿Cómo lo había sabido el joven? Mientras sigue su camino en dirección a 1a iglesia de Santa Isabel, don Josemaría siente que en su alma se mezclan el deseo de dar gracias a Dios por haberle librado de aquel mal paso y una impresión de desconcierto. Son muy pocas, en efecto, las personas que conocen la intimidad de su alma y menos las que saben que, en sus diálogos con Jesús, no quiere ser para El más que un burro sarnoso, indigno de recibirlo, de representarlo, de llevarlo entre los hombres.

Con todo, le inunda una gran paz, aunque está deseando hablar con el Señor, en el Sagrario. Lo que acaba de suceder es tan inexplicable que creería haber tenido una pesadilla si en ese momento no inundara la calle un sol radiante y los transeúntes siguieran caminando como si tal cosa…

En el confesionario de Santa Isabel

Desde el mes de septiembre de 1931, viene visitando todos los días este barrio, próximo a la Estación de Atocha, donde se encuentra la iglesia de Santa Isabel, cuya cúpula y fachada neoclásicas dan a una pequeña plaza encuadrada por un convento de clausura y un colegio de niñas.

El convento es el de las Agustinas Recoletas, a quienes se lo donó la Corona a comienzos del siglo XVII. Sus rentas provienen de un Real Patronato, el cual administra también el Colegio de Nuestra Señora de la Asunción -situado a la derecha de la iglesia de Santa Isabel- que llevan otras religiosas. Don Josemaría se ha ofrecido como capellán de las Agustinas y todos los días celebra la Santa Misa a las ocho de la mañana. Las monjas asisten a ella tras una reja erizada de gruesas puntas, a la izquierda del altar mayor, mirando desde la nave del templo. Oficia también en las ceremonias litúrgicas, en especial, la Bendición con el Santísimo.

Conoce bien la iglesia de Santa Isabel, porque viene confesando allí desde hace algunos meses. Las agustinas están encantadas con su nuevo capellán, porque aprecian su piedad, su disponibilidad y su buen humor. Cuando alguna de ellas está enferma, le lleva la comunión después de la misa; luego, cambia algunas palabras llenas de alegría sobrenatural con ellas, en los pasillos o en el patio.

Pasa largos ratos recogido en oración ante el altar mayor, adosado a un gran retablo barroco; son momentos de confiado diálogo entre un hijo, consciente de su debilidad, y su Padre Dios.

¡Señor, aquí está tu borriquillo!, exclama de nuevo un día… Y, al punto, oye una voz interior: “Un borrico fue mi trono en Jerusalén”. ¿Procederán de Dios estas palabras, que le han producido una gran turbación? ¿No serán fruto de su imaginación?

Para asegurarse, trata de confrontar enseguida, mentalmente, las palabras que acaba de oír con las de la Sagrada Escritura. El profeta Zacarías habla, en efecto -así cree recordar-, del Mesías que ha de venir, y dice: “Oh hija de Sión, regocíjate en gran manera, salta de júbilo, oh hija de Jerusalén; he aquí que a ti vendrá tu rey, el Justo, el Salvador; él vendrá pobre y montado en una asna y su pollino…” (Zac. IX, 9). Pero la evocación de este pasaje no resuelve todas sus dudas: el Señor podía ir montado en la asna y no en el pollino…

De regreso a su casa, consulta el Evangelio de San Mateo (XXI, 1-5), que reproduce la profecía de Zacarías y habla, tres versículos antes, de que Jesús había pedido a sus discípulos que desataran y le trajeran, para entrar en la Ciudad Santa, “una asna atada con su pollino al lado”, pero nada más. Así, pues, consulta a San Marcos, San Lucas y San Juan, los cuales precisan claramente que Jesús montó un borriquillo “sobre el que todavía no ha montado ningún hombre” (Mc. XI, 2; cfr. Lc. XIX, 30 y Joh. XII, 14-15). Está claro, por tanto, que Jesús había montado sobre un borrico.

Estos detalles disipan sus dudas, fruto de la prudencia que tiene siempre ante las intervenciones sobrenaturales: Dios, sin duda, ha querido, una vez más, hacerle partícipe de una brizna de su sabiduría; le ha dado una cariñosa lección que nunca olvidará.

Mira qué humilde es nuestro Jesús: ¡un borrico fue su trono en Jerusalén!, escribirá en una hoja de papel por aquellos días, para no olvidarla y hacer que, en el futuro, otras almas se aprovechen de ella. “Ut iumentum factus sum apud te!” (Ps. LXXII, 23). “¡Ante ti, no soy más que un borrico!”, repetirá a menudo en su oración y en su predicación.

Su cargo en Santa Isabel le permite pasar muchas horas en el confesionario, al cual acuden hombres y mujeres de toda condición, pues la iglesia está abierta al público. Así puede continuar dirigiendo espiritualmente a algunas jóvenes y mujeres que conoce, a las cuales anima a llevar una vida cristiana intensa en medio de sus ocupaciones habituales. Pronto, se forma un pequeño grupo: una estudiante, una secretaria, una enfermera, una profesora de un colegio…

A aquellas que considera dispuestas a recibir la gracia de la vocación al Opus Dei, les pide que se confiesen con alguno de los sacerdotes que le ayudan, para así consagrarse a su dirección espiritual propiamente dicha. Como a los jóvenes y a los hombres, les habla de que deben santificarse en su trabajo cotidiano, de virtudes humanas y cristianas, y, sobre todo, de la necesidad que tienen, para desarrollar un apostolado eficaz en su ambiente, de estar unidas siempre al Señor mediante la oración y la recepción frecuente de los sacramentos.

El ideal que les propone es, desde el principio, muy elevado. Evoca ante ellas a María Magdalena, a María Cleofás y a Salomé, que acompañan a la Madre de Dios al pie de la Cruz, mientras que los discípulos huyen, con excepción de Juan, el preferido del Señor… Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor (…). Con un grupo de mujeres valientes, como ésas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!

Algunas parecen comprender. Su vida interior se profundiza y fortifica, ajena a esos sentimentalismos tan frecuentes en la atmósfera religiosa de la época, pues las mujeres -piensan algunos- son, por naturaleza, más piadosas que los hombres…

Lo que les propone don Josemaría es algo muy serio, capaz de llenar toda una vida y de hacerla irradiar sobre toda la sociedad.

Como siempre desde los comienzos, los enfermos hacen que maduren los primeros frutos. En el Hospital del Rey, en 1932, don José María Somoano ha pedido a una joven, que está tuberculosa, que ofrezca sus dolores y rece mucho por una intención suya que beneficiará a mucha gente: algo verdaderamente universal que necesita y necesitará oraciones y sacrificios constantes para hacerse realidad. “Reza por ello incansablemente”, le ha dicho. Y desde ese momento, María Ignacia, siempre que le ve, le pregunta por esa intención que tanto fervor le inspira.

El gobierno de la República había suprimido, de hecho, el cargo de capellán, dejándolo sin retribución alguna. Y como don José María Somoano sólo era capellán interino, resultaba difícil encontrar sacerdotes que se ocuparan de los enfermos contagiosos allí hospitalizados.

Enterado el Padre, se había ofrecido enseguida para atenderlos espiritualmente, sin ningún estipendio. Pero había sido preciso vencer la resistencia de algunos directivos, que se oponían a que los sacerdotes visitasen a los enfermos, si éstos no lo pedían expresamente…

La serenidad, el ánimo, el buen humor de don Josemaría, pronto habían causado admiración a todos, en especial a las Hijas de la Caridad, sometidas a rudas pruebas en un ambiente sumamente ingrato. Solía ir varias veces por semana, procurando, sin desanimarse, acercarse a los enfermos que más necesitaban su ayuda. ¡Cuánto contribuyó su presencia a elevar la moral de aquellas pobres gentes! Algunos eran incurables, a menudo tuberculosos, víctimas, a la vez, de una segregación irremediable.

La atmósfera del hospital se fue transformando. Pacientes hubo que afrontaron la muerte con una paz, e incluso con una alegría humanamente inexplicables.

Los domingos, si el tiempo lo permitía, don Josemaría celebraba la Santa Misa al aire libre, en el jardín, sobre un altar portátil colocado al extremo de una explanada.

Jesús, en el Sagrario de la iglesia de Santa Isabel, era el único que oía las confidencias y las súplicas de don Josemaría, moral y físicamente agotado a causa de tanto ir y venir de un extremo a otro de la ciudad. El Padre, a fuerza de pedir, obtenía del Señor esos milagros de la gracia, esas conversiones en el último momento que tanto sorprendían a las religiosas del Hospital. Como contrapartida, mediante ese misterioso intercambio que se da en el Cuerpo Místico de Cristo, los enfermos obtenían del Cielo gracia tras gracia para don Josemaría y para ese Opus Dei que estaba naciendo sin que ellos lo supieran.

¡Cuántos ejemplos había recibido de estos marginados de la sociedad! Y también de otras personas humildes, como ese lechero cuyos manejos tanto le habían intrigado a poco de llegar a Santa Isabel. Desde su confesionario, oía cómo se abría, todos los días a la misma hora, la puerta de la iglesia, en medio de un gran estrépito de chatarra. Un día que se encontraba solo, había salido a su encuentro, para ver lo que pasaba, y el lechero, sin inmutarse, le había explicado que, antes de iniciar el reparto, tenía por costumbre entrar en la iglesia con sus cántaras metálicas, arrodillarse un momento y decirle a Jesús, presente en el Sagrario: “Jesús, ¡aquí está Juan, el lechero!”

Tal simplicidad en la vida interior le había causado envidia y hasta un poco de vergüenza. Tomó la resolución de hacer lo mismo y contó el sucedido a algunas de las personas que dirigía, para ayudarlas a simplificar su vida interior y a ser más espontáneas en la oración.

En la iglesia del Patronato de Santa Isabel, donde todo invita al recogimiento y al diálogo con Dios, pasa momentos de gran paz y felicidad. Pinturas y esculturas son de buen gusto, incluso artísticamente valiosas. Provienen en su mayor parte de donaciones hechas al Real Patronato a lo largo de los siglos. Hay un Niño Jesús que le tiene cautivado. Lo ha descubierto en unas Navidades y, desde entonces, pide con frecuencia a las monjas que se lo pasen por el torno. Se trata de un niñito moreno, agitanado, con los ojos entornados y los brazos recogidos sobre el pecho, como implorando protección.

Las buenas religiosas lo han envuelto en pañales, para proteger la desnudez de este Niño Jesús, en completo desamparo…

Se ha hecho tan pequeño -ya ves: ¡un Niño!- para que te le acerques con confianza.

Unidad de vida

A finales del año 1932, su madre se instala, con Carmen y Santiago, en un piso del número 4 de la calle de Martínez Campos, en pleno barrio de Chamberí. Eso va a permitirle reunir allí, periódicamente, a los jóvenes que dirige y aconseja, con objeto de intensificar su formación.

Sus exigencias siguen siendo grandes; no hace concesiones a la facilidad, aunque a cada cual le hace progresar a su propio ritmo, como conduciéndole por un plano inclinado. Sólo así, mediante una superabundancia de su vida “para adentro”, sentirán una necesidad más imperiosa de darse a los demás. Las visitas a los hospitales les ayudan a realizar esa toma de conciencia. Que tu vida no sea una vida estéril -les repite-. Sé útil. -Deja poso. -Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor.

Esta manera de proceder, tan alejada del activismo como del pietismo, debe resultarles tanto más sorprendente en cuanto que, por entonces, la efervescencia política es grande. Reina en el ambiente un clima propicio a la acción violenta e incluso al golpe de Estado. En la universidad, hay enfrentamientos entre grupos políticos y en las calles de Madrid se multiplican las algaradas.

Don Josemaría no desanima en absoluto -todo lo contrario- a los que quieren actuar con responsabilidad en las difíciles circunstancias que atraviesa el país, pero se niega en redondo a dar soluciones concretas, que a cada cual le corresponde libremente asumir. Esa es la razón -el respeto al pluralismo en materias opinables- por la que la idea de constituir un partido político confesional -católico- no le agrada en absoluto, aunque el proyecto está a punto de cuajar.

Si alguien, alguna vez, se empeña en pedirle consejo o le pone en trance de tomar posición, corta sin paliativos, en un tono que no admite réplica. Un estudiante que conoció a don Josemaría en aquellos años recuerda que un día quiso satisfacer la curiosidad de saber qué pensaba en materia política, y le preguntó su opinión sobre uno de los personajes que destacaban en aquellos días. La contestación fue rápida, inmediata: Mira, aquí nunca te preguntarán de política; vienen de todas las tendencias: carlistas, de Acción Popular, monárquicos de Renovación Española… Y ayer -añadió a modo de ejemplo- estuvieron el Presidente y el Secretario de la Asociación de Estudiantes Nacionalistas Vascos. Y continuó en otro tono, sonriendo, tras hacer una pausa: En cambio, te harán otras preguntas más “molestas”: te preguntarán si haces oración, si aprovechas el tiempo, si tienes contentos a tus padres, si estudias, pues para un estudiante es obligación grave…

Doctrina que predica incansablemente, con riesgo de desanimar a algunos, más atraídos por movimientos dirigidos a la acción inmediata. Doctrina que empieza a poner por escrito en documentos que han de servir de orientación a los que han de venir. Porque el Fundador del Opus Dei quiere que, desde el primer momento, los fines y los medios queden claramente definidos.

A los jóvenes que le rodean ya en 1932, les dice que no deben considerarse como “un grupito” y que sólo deben buscar en el estímulo para su vida interior un espíritu que les incite a llevar la fe de Cristo a todos los ambientes que frecuenten y también -¿por qué no?- allí donde puedan ser útiles. Entre ellos debe haber un sano pluralismo, formen parte o no de ese pequeño núcleo constituido por quienes se han comprometido a servir al Señor en su Opus Dei.

En una carta fechada en 1932, recuerda a éstos, una vez más, que el lazo que los une es sólo espiritual. Estáis vinculados unos a otros, y cada uno con la Obra entera, sólo en el ámbito de la búsqueda de vuestra propia santificación, y en el campo -también exclusivamente espiritual- de llevar la luz de Cristo a vuestros amigos, a vuestra familia, a los que os rodean. Sois, por tanto, ciudadanos que cumplen sus deberes y ejercitan sus derechos, y que están asociados en el Opus Dei sólo para ayudarse espiritualmente a buscar la santidad y a ejercer el apostolado con unos modos apostólicos peculiares. El fin espiritual de la Obra no distingue entre razas o pueblos -únicamente ve almas-, por lo que se excluye toda idea o mira política o de partido.

Recomienda también que, en la práctica, se evite absolutamente hablar de política -en el sentido de “discusión política”- cuando él esté presente.

Nuestra pluralidad no es, para la Obra, un problema -escribía ya en 1930, respondiendo sin duda a una objeción-. Por el contrario, es una manifestación de buen espíritu, de vida corporativa limpia, de respeto a la legítima libertad de cada uno.

Aquellos a quienes van dirigidas estas palabras del Padre, no las olvidarán jamás. Como tampoco las que invitan a no limitar la vida cristiana a lo que se ha dado en llamar “prácticas de piedad”: asistencia a ciertas ceremonias o rezo de unas cuantas oraciones.

Pero el pluralismo no es abstención, sino todo lo contrario. La vida del cristiano debe tener una coherencia que le impida desinteresarse de los que le rodean y de sus conciudadanos. La unidad de vida es un tema constante en la predicación del Padre. No puede darse una doble vida: religiosa por una parte, profesional o social por otra; una vida familiar y otra cívica, completamente separadas, como si se tratara de compartimentos estancos. Hay que ser cristianos las veinticuatro horas del día.

¿Te has molestado en meditar lo absurdo que es dejar de ser católico, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?

En determinadas ocasiones -y ése es el caso de España en aquella época- esta actitud de abstención sería, en efecto, más cómoda. Pero los cristianos no pueden desinteresarse de la vida pública. Algunos adoptan una actitud de indiferencia, simplemente porque no se les ha explicado que la virtud de la piedad -aparte de la virtud cardinal de la justicia- y el sentido de la solidaridad cristiana se concretan también en este estar presente, en este conocer y contribuir a resolver los problemas que interesan a toda la comunidad.

Al mismo tiempo, pone en guardia a quienes se le acercan contra la fácil tentación de “profesionalizar” el apostolado, algo corriente en una época en que el ambiente favorece que los jóvenes se lancen, a cuerpo descubierto, a una serie de actividades que les roban tiempo al estudio y cortan sus alas para una acción futura en la sociedad, al carecer del prestigio profesional necesario. Por eso, las reuniones esporádicas, que don Josemaría organiza también en casa de su madre, sólo duran el tiempo imprescindible para que los presentes capten unas cuantas ideas básicas capaces de orientarlos y sostenerlos en la lucha interior de cada día. A1 final de la reunión, el Padre comenta brevemente, con sentido práctico, algún versículo del Evangelio, que corresponde habitualmente a la Misa del día. El tiempo y la gracia de Dios irán realizando su tarea. El Fundador está convencido de que la paciencia es la mejor garantía del desarrollo de la Obra. Es preferible comenzar poco a poco que construir sobre el equívoco. Las primeras vocaciones surgirán, sin duda, de un pequeño núcleo de muchachos generosos, pero tendrán que ser los idóneos; no cristianos más o menos “píos” o “devotos”, sino caracteres fuertes, con virtudes humanas que les capaciten para superar las dificultades, pues sobre esa base podrán aprender a rezar y a dar a su vida ese sentido sobrenatural que facilitará su respuesta a la llamada de Dios.

Un día de comienzos de 1932, unos compañeros presentan al Padre a un estudiante de Medicina, Juan Jiménez Vargas, quien, por entonces, está muy comprometido en las luchas políticas de la Universidad. El joven sacerdote del que tanto le han hablado le produce una fuerte impresión, pero confiesa a sus amigos que lo que predica no corresponde a lo que él esperaba. Piensa que hay otras cosas que hacer en unos momentos en los que el país está al borde del drama…

Don Josemaría sonríe cuando se lo dicen: es natural que un muchacho de su edad piense así en momentos tan difíciles para España. Sin embargo, está seguro de que un día comprenderá -tal vez antes de lo que él piensa- que una formación doctrinal sólida y una intensa vida espiritual -en unión con Cristo- son capaces de transformar la sociedad, de manera más duradera y eficaz que un activismo improvisado y urgente.

Luis Gordon, el joven ingeniero que le acompaña en sus visitas a los hospitales, es uno de los que ha ido madurando en contacto con el sufrimiento y con las enseñanzas del Padre. Al terminar sus estudios se ha hecho cargo de una pequeña empresa situada cerca de Madrid y, poco después, ha decidido responder a la llamada de Dios.

Estas crisis mundiales son crisis de santos… Don Josemaría está convencido de esta realidad, y las dificultades que encuentra no hacen más que estimularle en su esfuerzo por abrir en la sociedad este nuevo camino de santidad que Dios ha querido hacerle ver.

Carmen Escrivá de Balaguer

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El verano de Roma estalla en los balcones cubiertos de flores. Es el 20 de junio de 1957. Faltan unas horas para el amanecer, y en un hotelito del barrio Prati, a la orilla derecha del Tíber, agoniza Carmen Escrivá de Balaguer. Están junto a ella el Fundador del Opus Dei, su hermano Santiago, don Alvaro del Portillo y don Javier Echevarría. También algunas mujeres de la Obra, que atienden sus últimos días en la tierra.

Hace cuatro años que Carmen y Santiago, los hermanos del Padre, llegaron a Roma. Se acababa de poner en marcha un Centro a unos cien kilómetros de la Ciudad Eterna, en Salto di Fondi, en el que habrían de organizarse cursos de retiro, convivencias, estudios de verano y otras muchas actividades. El Padre llama a su hermana Carmen, que pondrá su trabajo, su experiencia y cariño en la atención doméstica de este nuevo Centro. Carmen, que no ha recibido de Dios la vocación al Opus Dei, no vacilará jamás en la disponibilidad absoluta. Tiene la convicción de que la Obra es de Dios y se sabe instrumento suyo para cooperar en que se realice.

Ahora pone todo su empeño y su trabajo en Salto di Fondi. Hasta el último detalle estará moldeado por su afecto, su visión práctica, su exquisita manera de convertir en hogar los rincones de una casa.

Más adelante, cuando las mujeres del Opus Dei se hagan cargo de la Administración en Salto di Fondi, Carmen y Santiago se instalarán en un hotelito de Via degli Scipioni, 276. Santiago viajará con frecuencia a España en función de su trabajo. A pesar de tanta ausencia, Carmen nunca está sola, porque ha volcado su grande y recia capacidad de ternura sobre una familia numerosa que es el Opus Dei.

Hace algo más de dos meses, en abril de 1957, el médico ha diagnosticado la enfermedad incurable. El Padre se lo comunica a los miembros de las dos Secciones porque, por gracia de Dios, Carmen ha dado su cariño interminable e idéntico a todos.

En la Administración de Villa Tevere se reúne unos minutos con sus hijas para darles algunas noticias. Una, pregunta:

-¿Buenas, Padre?

-Sí, hija mía, buenas, porque la Voluntad de Dios siempre es buena.

Luego les informa de que su hermana Carmen tiene un cáncer hepático y el médico le pronostica dos meses de vida.

Lo ha expresado con firmeza, aunque su gesto transparenta el dolor de la situación. Y les ruega que pidan al Señor su curación si ésa es su Voluntad (15)

Al día siguiente hablará brevemente con quienes forman parte del Gobierno Central de la Sección de mujeres de la Obra. Todas desean atender a Carmen durante su enfermedad, pero el Padre afirma con energía que no puede abandonarse por ningún acontecimiento la dedicación de cada una a su trabajo. Una vez más domina los impulsos de su corazón para poner aquello que el Cielo le ha exigido y a lo que Carmen -de hecho- ha dedicado su vida, por encima de cualquier otra situación familiar o personal.

Es don Álvaro quien comunica el carácter y estado de su enfermedad a Carmen Escrivá de Balaguer. De esta conversación los miembros de la Obra conocen solamente las conclusiones:

«Le dije que, sin un milagro, no se curaría; que a juicio de los médicos le quedaban dos meses de vida, aunque, si el cuerpo respondía, podría sobrevivir algo más, pero no mucho».

Recibió la noticia con tranquilidad, serena, sin lágrimas, como una persona santa de la Obra. Después, comentó llena de paz y de buen humor a Encarnita Ortega: «Álvaro me ha comunicado ya la sentencia»(16).

Efectivamente. Su aceptación tendrá las mismas características que su vida entera. Sencillez, espontaneidad y un heroísmo silencioso que se esconde tras el humor y la sonrisa.

El médico que la atiende comentará que es una de las personas más inteligentes y con mayor riqueza espiritual que ha conocido. Hasta el último día, la enferma agradecerá su cariño, sus cuidados. Envía unos caramelos para los niños, unas plantas de la terraza para su mujer. Cualquier detalle de afecto. Un religioso Agustino Recoleto que le atiende en confesión, está asombrado de su temple e indestructible confianza en Dios.

-«Yo vengo aquí, más que para ayudarla, para edificarme»(17).

La vida en la Sede Central de Roma continúa aparentemente igual. El Fundador no prodiga las visitas a su hermana, a pesar del enorme cariño que siente por ella. Da ejemplo de serenidad y desprendimiento a la hora de entregarle a Dios su tiempo, su actividad y sus amores en la tierra.

Durante dos días, Carmen agonizará en Roma. El Padre, de rodillas a los pies de la cama y con los ojos fijos en el tríptico que cuelga sobre la cabecera, repetirá una oración que han rezado mil veces de niños, allá en el hogar de Barbastro: «mírala con compasión, no la dejes Madre mía… ».

La enferma sufre y su respiración se hace cada vez más difícil. Pero no le oirán una queja.

-«¿Estás contenta, Carmen? ¿Tienes paz?», le pregunta don Alvaro.

-«Tengo una paz interior muy grande, ¡qué paz!».

El 18 de junio don Alvaro le da la Extremaunción, y el 19 su hermano le administra el Viático. El Padre le dice:

«Pídele al Señor perdón por tus pecados; yo le pido perdón por los míos»(18).

Y, despacio, como quien se siente invitada al heroísmo final de una gran empresa, va ofreciendo sus dolores y molestias por la Iglesia, por el Romano Pontífice, por la Obra y por todas las almas.

A las 3,25 de la madrugada muere. Ha sido una inolvidable lección para cuantos la han conocido. Los ojos de Carmen Escrivá de Balaguer se abren a la luz de la eternidad. Se cierran hoy, bajo el gesto afectuoso de toda la Obra, a los cuidados de la tierra.

La Cripta de Santa María de la Paz, en Villa Tevere, está todavía en construcción, pero se acaba la sepultura con toda la rapidez posible. Con los necesarios permisos de las autoridades eclesiásticas y civiles italianas, Carmen es sepultada en la Sede Central del Opus Dei. Han rodeado su cuerpo las flores que cuidó durante estos años romanos. Los miembros de la Obra velan, en pie de cariño, a esta mujer de 57 años que acaba de partir.

El Padre preside el duelo. El Acta de defunción se encabeza con estas palabras:

«Aquí yacen los restos mortales de Carmen Escrivá de Balaguer, que después de ayudarnos con heroico espíritu de sacrificio desde los comienzos del Opus Dei, descansó santamente en el Señor, el día 20 de junio de 1957»(19).

Muchas personas que mantienen contacto habitual con la Obra sabrán la noticia y enviarán al Padre el testimonio de su recuerdo emocionado. El Cardenal Tedeschini, escribirá al Fundador una extensa carta en la que concluye:

«Con el más vivo afecto pediré por ella, aunque no necesite de mis oraciones; y con ella tendré en mi corazón a usted, que ha ofrecido a Roma la suerte de que Carmen Escrivá de Balaguer se haya hecho romana»(20).

Un año después, el Padre hablaría así de los últimos momentos de Carmen:

«Llevó la enfermedad como una persona santa del Opus Dei. Me da consuelo recordarlo. Antes de morir, le dije que la enterraríamos aquí, en la sottocripta. Y se le ocurrió comentar: oye, si va Santiago, que tenga cuidado, porque aquello está muy frío.

Estaban a su lado, conmigo, don Álvaro, don Javier y el doctor Pastor, que le tomaba el pulso. También estaban presentes Numerarias y Numerarias Auxiliares. Bien se había merecido esa compañía. Yo lloré como un niño, a escondidas, ante el Sagrario, hasta que murió, porque veía que se nos acababa otro tiempo histórico, porque quería muchísimo a mi hermana, y porque pensaba en lo mucho que nos había ayudado, sin tener vocación, como ella decía. Luego, cuando dejó esta tierra, recé un responso y, en cuanto pude, bajé a decir Misa. Estuve con mucha paz y muy contento: contento con la Voluntad de Dios, que sabe muy bien lo que hace. Pero me costó, porque con ella -insisto- se nos iban treinta años de historia de la Obra. Y me costó también porque tengo corazón»(21).

Hombres y mujeres de oración

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Como director espiritual, Escrivá procuraba ayudar a los miembros de la Obra y a los demás a convertirse en hombres y mujeres de oración y sacrificio, que mantuvieran una profunda relación personal con Jesucristo. Quería que se dieran cuenta de que también estaban llamados a ayudar a sus amigos y colegas a vivir vida de oración. El 14 de noviembre de 1931 escribió: “La Obra de Dios va a hacer hombres de Dios, hombres de vida interior, hombres de oración y de sacrificio. El apostolado de los socios será una superabundancia de su vida ‘para adentro’”[1].

Escrivá animaba a practicar oración mental a todos aquellos que acudían a él en busca de dirección espiritual, sin importar lo difícil o aparentemente infructuoso que pudiera parecer. El tono de este consejo lo refleja una carta a Zorzano: “Ten absoluta confianza con Jesús. Cuéntale tus cosas. (…) Si alguna vez (o muchas veces) estás seco y árido, ante el Sagrario, sin saber qué decirle a Jesús…, hazle la guardia: persevera, como de costumbre, sin quitar un minuto: fiel, como un perrillo a los pies de su amo. Y esto, aunque vengan pensamientos inoportunos y hasta malos. Aquel día, es seguro, habrás merecido más con tu perseverancia y habrás consolado más a Dios”[2].

A finales de 1932 Escrivá imprimió en un primitivo velógrafo 246 breves puntos de meditación, sacados principalmente de sus notas personales y basados en su propia experiencia y en la de aquellos que acudían a él para la dirección espiritual. Distribuyó el texto a la gente con la que tenía contacto personal. En 1934 revisaría y expandiría esta colección de puntos de meditación y los prepararía para ser publicados privadamente con el título de “Consideraciones Espirituales”. Inmediatamente después de la Guerra Civil Española publicaría una versión corregida y aumentada con el título de “Camino”. El libro se convertiría en un “best seller”, con cerca de cinco millones de ejemplares vendidos en más de 40 idiomas.

Escrivá aconsejaba a los que acudían a él que abrazaran la Cruz de Jesucristo y vivieran una vida de sacrificio. Pero no les sugería que imitaran la rigurosa penitencia que él practicaba personalmente. En primer lugar subrayaba la amable y animosa aceptación de las dificultades del día y los sacrificios que exigía el cumplimiento de sus obligaciones. “A menudo”, les decía, “una sonrisa es la mejor mortificación”. Cuando hablaba de hacer alguna mortificación corporal, las prácticas que sugería eran moderadas.

El ascetismo que Escrivá aconsejaba era lo que llamaba “ascetismo sonriente”, reflejo de su propia experiencia. La severa penitencia que practicaba personalmente no le volvía triste o malhumorado. Al contrario, la gente que le conocía se sorprendía de su alegría y buen humor. Un atento observador podría conjeturar que el sufrimiento era parte de su vida, pero nunca habló a nadie más que a su director espiritual de las penitencias que realizaba o de las dificultades que pasaban él y su familia. Tenía pronta la sonrisa y un calido y contagioso sentido del humor.

Decía a los miembros de la Obra que debían ser alegres y estar contentos, no a pesar de los problemas y sufrimientos que tuvieran que soportar y de las penitencias que realizaran, sino a causa de ellos. Su fe le llevaba a ver la mano amorosa de Dios detrás de todo y a encontrar en todo la Cruz de Cristo, que era, escribió en una ocasión, “identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios”[3]. E identificarse con Cristo y ser hijo de Dios era la fuente de una profunda felicidad sin importar lo grande que fuera el sufrimiento. “La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. -Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada”[4].

[1] Amadeo de Fuenmayor, Valentín Gómez–Iglesias, José Luis Illanes. Ob. cit. p. 57, nota 16

[2] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit. p. 134

[3] Lucas F. Mateo-Seco, Rafael Rodríguez-Ocaña. Ob. cit. p. 30

[4] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 758

Calle Ferraz, Academia-Residencia DYA

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

Opus Dei -

En el nº 16 de la calle Ferraz se encontraba la Residencia DYA, primera labor apostólica corporativa del Opus Dei, que no llegó a inaugurarse a causa de la guerra.

Se trajeron aquí los muebles de la Residencia anterior, que estaba en esta misma calle de Ferraz, en el nº 50, durante los primeros días de julio de 1936.

El 13 de julio terminó la mudanza. La Residencia estuvo funcionando en el nº 16 por tanto, sólo desde finales de junio hasta el 20 de julio de 1936, cuando comenzó el asedio al Cuartel de la Montaña.

Como puede observar el paseante, esta residencia estaba frente del Cuartel de la Montaña, y por esta proximidad, los disparos que salían el 20 de julio de 1936 desde el Cuartel, para repeler los ataques de sus agresores, llegaban hasta las paredes y cristales de la Residencia DYA.

San Josemaría permaneció en la Residencia, hasta la una de la tarde del día 20, hora en la que se dirigió hacia casa de su madre, en la vecina calle Rey Francisco, entre la euforia de los vencedores en el asedio.

Opus Dei -

De la calle Ferraz 50 a la nueva Academia Residencia de la calle Ferraz 16

Cuenta Vázquez de Prada: “El domingo, 19 de julio, estaba el Padre con los suyos trabajando en la nueva Residencia de Ferraz 16.

Desde sus balcones podían observar un creciente ir y venir de guardias y curiosos por delante de la casa. Esa parte de la calle de Ferraz no tenía edificios enfrente, sino un ensanche con vistas a la explanada del Cuartel de la Montaña, que estaba a doscientos pasos de la Residencia.

A últimas horas de la tarde llegaba hasta allí la bulla de las milicias populares que, puño en alto, recorrían, con armas y banderas, el centro de la capital.

Hacia las diez de la noche el Padre envió a casa a quienes vivían con sus familias en Madrid, encargándoles que le telefoneasen al llegar, para su tranquilidad. Isidoro Zorzano y José María González Barredo se quedaron con él aquella noche.

Opus Dei -

Entretanto, el cuartel permanecía cerrado tras sus altos muros, en amenazador silencio. Por la noche se oyeron a deshoras tiroteos intermitentes. Y, apenas amaneció, comenzó a notarse cierta actividad por los alrededores. Se hacían los preparativos para la toma del cuartel, que fueron precedidos de fuerte cañoneo. Los sitiados respondían a su vez con fusiles y ametralladoras.

Las balas perdidas rebotaban contra la fachada de la residencia y astillaban los balcones, obligando al Padre y a los suyos a refugiarse en el sótano de la casa. A media mañana se produjo el asalto. El patio del cuartel quedó sembrado de cadáveres. Las masas de milicianos que irrumpieron en el cuartel salían armadas con fusiles, vociferando y exaltadas.

El Padre, que de meses atrás venía oyendo hablar de asesinatos de curas y monjas, y de incendios y asaltos y horrores, vio llegado el momento en que llevar sotana era tentar a la divina Providencia. Más que imprudente, resultaba temerario. Dejó, pues, la sotana en su cuarto y se puso un mono azul de trabajo, que utilizaban esos días al hacer arreglos.

Era pasado el mediodía cuando el Padre, Isidoro y José María González Barredorezaron a la Santísima Virgen, se encomendaron a los Ángeles Custodios y, separadamente, salieron por la puerta de atrás. Con las prisas olvidó el sacerdote cubrirse la cabeza, cuya amplia tonsura delataba de lejos su condición clerical. Atravesó así entre grupos de milicianos que, excitados por el reciente combate, no le prestaron la menor atención”.

Con la guerra se interrumpieron los sueños de expansión apostólica por otras ciudades y países.

Opus Dei -

Pocos días antes, en julio de 1936, escribía el Fundador en sus Apuntes íntimos:

¿Madrid? ¿Valencia…, París?… ¡El mundo!

Más adelante, en el nº 50 de la calle Ferraz, funcionó la Academia Residencia DYA, desde octubre de 1934 hasta el 6 julio de 1936, fecha en la que el Fundador celebró su última Misa en este lugar.

El primer sagrario

En el centro del Opus Dei de la calle Ferraz, nº 50 tuvieron lugar muchos episodios importantes de la vida de san Josemaría. Se acrecentó su devoción a San José tras recibir un paquete con todos los ornamentos y objetos del oratorio que necesitaba el 18 de marzo de 1935.

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Seis años hubieron de transcurrir antes de que se realizara el sueño de San Josemaría de tener un oratorio con el correspondiente Sagrario en el primer centro del Opus Dei. Para superar los obstáculos, recurrió a San José:

«En el fondo de mi alma tenía ya esta devoción a San José, que os he inculcado. Me acordaba de aquel otro José, al que —siguiendo el consejo del Faraón— acudían los egipcios cuando padecían hambre de buen pan: ite ad Joseph! (Génesis, 41, 55), id a José a que os dé el trigo. Comencé a pedir a San José que nos concediera el primer Sagrario».

El 31 de marzo de 1935 celebró la Santa Misa con el oratorio lleno de jóvenes. Escribió: y se quedó su divina Majestad reservado, dejándonos bien cumplidos los deseos de tantos años (desde 1928)

Los residentes y amigos de DYA

La foto corresponde al curso escolar 1935-1936 de la academia-residencia DYA. El Fundador aparece rodeado por un grupo de residentes y otros estudiantes que frecuentaban la casa. Álvaro del Portillo, que se incorporó al Opus Dei en julio de 1935 y llegaría a ser el sucesor de Don Josemaría, es el que está de pie, a la derecha, en la tercera fila. Contaba del Portillo: “un día el Padre me esperaba en el comedor de la Residencia de Ferraz. Al entrar me dijo: ya ves como están las cosas. A mí me pueden matar en cualquier momento sólo por ser sacerdote. Tú, ¿jurarías libremente que, si me matan a mí, seguirías adelante con la Obra? —Sí, Padre, desde luego, respondí”.

En esta casa comenzó el Fundador la labor apostólica con hombres casados.

El 28 de marzo de 1939 cuando el fin de la guerra era inminente, san Josemaría regresó a Madrid. En la foto aparece con su hermano Santiago, contemplando las ruinas de la residencia de Ferraz. Había recibido los impactos de las bombas y de la artillería.

Un mandamiento nuevo os doy…

Opus Dei -

En su predicación y en sus conversaciones, uno de los temas preferidos de san Josemaría era la caridad: fraternidad, comprensión, servicio, amistad, «hechos»…

Solía decir que el Mandamiento Nuevo que Cristo dio a sus discípulos en la última Cena seguía siendo nuevo para muchos. Para que los demás lo tuvieran presente, lo mandó colgar, enmarcado, en una pared del primer centro del Opus Dei.

Aquí se muestra el segundo cuadro, con el texto en latín, que mandó confeccionar para la residencia de Ferraz. Fue una de las pocas cosas que se encontraron, al final de la guerra, entre las ruinas del edificio.

Una de las calles perpendiculares de la calle Ferraz es la calle del Rey Francisco, que durante la II República Española se denominó del Doctor Cárceles. El paseante comienza a caminar por esta calle, dejando a su derecha, sucesivamente, la calle Alvárez Mendizábal, y luego, la de Martín de los Heros.

El último adiós

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante el tiempo que media entre 1970 y 1975, Torreciudad se configura definitivamente. Hay en toda su construcción una libertad absoluta en cuanto a la creación artística se refiere, pero subordinada al deseo de que el edificio sea un lugar de oración, de conversión y de encuentro con Dios a través de la Señora.

El gran retablo de alabastro, de 15 metros de alto por 9,30 de ancho, capta toda la atención. Su distribución se inspirará en los de estilo plateresco y renacentista, tan abundantes en Aragón, y denominados «retablos custodia» por tener en su centro un óculo a través del que se ve el Sagrario. Todo el conjunto acapara la atención en un único punto de referencia: la Eucaristía. Pero, además, se trata de albergar, con dignidad destacada, a la Virgen de Torreciudad. El resto, serán escenas evangélicas de la vida de María enlazadas como la secuencia de un relato.

La composición de cada escena, utilizando arte figurativo, permite entender los misterios y captar el mensaje del retablo sin perder el contenido de la oración por una interferencia desafortunada.

La única condición que ha puesto el Padre es que sea muy devoto y que invite a rezar.

Se hará cargo de este trabajo el escultor Juan Mayné Torrás, profesor de la Escuela de Bellas Artes San Jorge de Barcelona. La totalidad del alabastro procederá de las minas de Besalú (Gerona), y será trabajado en el taller de José Miret, en San Andrés de la Barca.

En la primavera de 1974, el Fundador hace escala en Madrid con motivo de su primer desplazamiento a Sudamérica. Los arquitectos le informan de la marcha de las obras de Torreciudad: todo estará terminado al cabo de un año, a excepción del retablo. Sólo se ha modelado una escena y, dada la envergadura del conjunto, se calculan dos o tres años más para verlo concluido. Han pensado, incluso, en la posibilidad de inaugurar la iglesia del Santuario con una enorme cortina que cubra la pared frontal. La respuesta del Padre es tajante. La iglesia no puede abrirse al culto sin retablo, porque constituye un elemento fundamental del templo. Además, la colocación de las escenas después resultaría dificilísima y muy penosa. Hay que poner todos los medios para que el escultor, sin rebajar la calidad de su obra, adelante los plazos.

Se concluirá, después de un año incesante de trabajo, en 1975, y tendrá un peso de ciento treinta toneladas. Con el escultor principal y un primer ayudante, han colaborado nueve escultores marmolistas, cuatro alumnos de Bellas Artes y un centenar de personas más, además de los arquitectos y el aparejador. Entre todos, y en unas circunstancias en las que no existe experiencia parecida, llevarán a cabo una tarea que parece inabordable. Pasarán días enteros volcados sobre su tajo; entusiasmados por la idea, por el ambiente, por la pasión que todos ponen en sacar adelante el proyecto.

Juan Mayné no se entrevistará directamente con el Fundador de la Obra. Monseñor Escrivá de Balaguer ha decidido no influir para nada en la concepción artística del escultor. Pero este profesor de Bellas Artes se lleva a su taller y a su casa los libros del Padre. Lee despacio, dejando entrar en su alma las palabras de sus escritos. Su forma de sentir y entender la piedad. Su concepto de las figuras vivas que ha de esculpir. Quiere conocer su modo de ser, de rezar, de ver lo trascendente, para trasladarlo al alabastro.

Así surgirán las escenas: la Coronación de la Virgen, los desposorios de María y José, la Anunciación del arcángel, la Visitación de María a Isabel, la adoración de los pastores al Niño, la huída a Egipto, el taller de Nazaret. Son la representación humana y divina de esta Familia que es imagen y modelo. Aquí están las vicisitudes por la que puede pasar una vida: el trabajo, el amor, el hijo, la persecución, la felicidad, la muerte. La presencia constante de los planes de Dios sobre la existencia de los seres humanos.

Para evitar que la Virgen de Torreciudad, pequeña talla románica, se pierda dentro de una composición tan fuerte, las figuras van cediendo dimensiones, para llegar reducidas de tamaño al camarín que ha de alojarla. Allí los ángeles y las rosas son menudos, como un encaje: todo el conjunto se aproxima a la Señora encerrándola en un enorme relicario que destaca la dignidad de su presencia.

La sillería central, también de alabastro, tiene labrados en sus respaldos símbolos de advocaciones a la Virgen. En la presidencia, la imagen del Buen Pastor. San Rafael, San Juan, Santa Catalina de Siena y un Angel, con el sello de la Obra entre las manos, completan la composición. El retablo se limita con una enorme cadena labrada. En la parte más alta, dos áncoras enlazadas proclaman la llamada permanente a la unidad. La separación de escenas es tan suave que se puede pasar de una a otra sin estorbo: como si el espectador desgranase los misterios de un enorme Rosario esculpido.

Cuando el Padre lo vea, prácticamente terminado, en mayo de 1975, exclamará:

«Me parece un sueño; y es que soy hombre de poca fe».

Mira despacio, una por una, las figuras; se queda absorto en el conjunto. Le gusta mucho. Es lo que había deseado para Dios:

«Señor, me parece todo muy poco para Ti, pero lo hemos hecho lo mejor que hemos podido»(28).

Hace unos meses ha realizado otro viaje agotador por Sudamérica, pero quiere ver las obras de esta «locura» que ha ocupado su oración y esfuerzo.

El día 24 de mayo, sábado, consagrará el altar principal del Santuario. Repetirá su visita a la ermita, como ya hiciera en 1970, y recibirá a las autoridades de Barbastro que se han acercado a Torreciudad para saludarle. Durante una hora larga les hará partícipes de su cariño y agradecimiento.

El domingo 25 de mayo es el Fundador quien acude al Ayuntamiento de Barbastro, donde se le impone la medalla de oro de la ciudad que le vio nacer hace setenta y tres años.

No le gusta al Padre que le rindan honores. De hecho, ha declinado muchos en su vida. Además, hace apenas unas horas que le han comunicado desde Roma el fallecimiento de don Salvador Canals. Está tremendamente afectado y todos respetan el silencio, casi el ensimismamiento, en que le ha sumido la noticia.

«Estuve a verle en la clínica pocos días antes de venirme (…). Me hice ilusiones. Pero, al salir, el médico nos quitó toda esperanza humana»(29).

A pesar de todo, no quiere posponer el acto oficial de Barbastro. En esta mañana llena del sol somontano, el Alcalde pronuncia unas palabras de cariño en las que evoca los años en que el Padre vivió en su tierra natal; agradece la construcción de Torreciudad y le asegura el afecto y las oraciones de todos sus paisanos.

Está entre amigos, aragoneses de ancho corazón, y no oculta su estado de ánimo:

«Perdonad. Yo estoy muy emocionado, por doble motivo: primero por vuestro cariño; y además, porque a última hora de ayer recibí un aviso de Roma comunicándome la defunción de uno de los primeros que yo envié para hacer el Opus Dei en Italia. Un alma limpia, una inteligencia prócer, doctor en Derecho Civil por la Universidad de Madrid (…), doctor en Derecho Canónico por la Universidad Lateranense; abogado Total. Después, en tiempos de Juan XXIII, nombrado auditor de la Rota (…).

Yo debería estar contento de tener uno más en el Cielo, ya que tan frecuentemente en una familia tan numerosa tiene que suceder un hecho de este género. Pero estoy muy cansado, muy cansado, muy abrumado. Me perdonaréis, y estaréis contentos de saber que tengo corazón (…).

No puedo dejar de declararos que mi noble orgullo de barbastrense se siente hoy singular y profundamente agradecido a todos cuantos estáis haciendo posible, unidos a tantos miles de personas esparcidas por todo el mundo, el maravilloso empeño que clava sus raíces junto a Nuestra Señora de Torreciudad»(30)

A las 11,30 del día 26 de mayo, el Padre regresa a Zaragoza. Mientras se aleja, el Fundador mira, con emoción y entusiasmo, la estructura de los edificios que se destacan como una atalaya en el horizonte. Voltean las campanas de la torre y el eco se pierde en los pueblos del Somontano. Ya no volverá nunca. Un mes más tarde habrá cruzado la última frontera en el camino de sus grandes amores: Dios, la Virgen y San José. Aquellos que ha dejado esculpidos en el retablo de este templo que se yergue junto al Pirineo aragonés.

Bodas de Plata

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Al entrar en Molinoviejo, a pocos metros de la casa y en el camino de la ermita, se puede ver una lápida que descansa sobre dos leones de granito. La inscripción tallada en la piedra conmemora las Bodas de Plata del Opus Dei.

«Aquí, en Molinoviejo y en esta ermita de Santa María Madre del Amor Hermoso, después de pasar con paz y alegría días de oración, de silencio y de trabajo el Fundador del Opus Dei con su Consejo General y representantes de las diversas regiones que vinieron de lejanas tierras de Europa, África y América para celebrar las Bodas de Plata de la Obra el día 2 de octubre de 1953 renovó la Consagración del Opus Dei al Corazón Dulcísimo de María que ya había sido hecha en la Santa Casa de Loreto el 15 de agosto de 1951 »(38).

Es un modo antiguo, milenario, de recordar hechos importantes. Dicen los textos sagrados que al entrar el pueblo hebreo en la tierra prometida, el Señor mandó a Josué que levantara un monumento de piedra junto a las riberas del Jordán: «Cuando un día os pregunten vuestros hijos: ¿Qué significan esas piedras?, instruid a vuestros hijos diciendo: “Israel pasó este Jordán a pie enjuto; porque Yavé, vuestro Dios, secó delante de vosotros las aguas del Jordán, como lo había hecho Yavé, vuestro Dios, con las aguas del mar Rojo, que secó delante de nosotros hasta que hubimos pasado, para que todos los pueblos de la tierra sepan que es poderosa la mano de Yavé y vosotros conservéis siempre el temor de Yavé, vuestro Dios”» (39).

En veinticinco años, la Obra de Dios se ha extendido por muchos países. Este 2 de octubre de 1953, tiene ya sabor universal, porque se levantan voces para dar gracias en diversas lenguas. Están aquí los de la primera hora. Y también muchos de los que han llegado después, atraídos por Dios al calor humano y sobrenatural de esta familia.

En el silencio del oratorio, mientras el aire vibra entre las agujas de los pinos, el Padre hace en voz alta su oración ante el Sagrario.

Don Amadeo de Fuenmayor conserva en la memoria palabras que ha meditado muchas veces a lo largo de su quehacer sacerdotal. El Fundador les habla de serenidad, porque las manos de Dios sostienen sus vidas. Les invita a pedir que se cumpla siempre, ardientemente deseada, la Voluntad de Dios. Porque Dios es Padre, lo sabe todo, lo puede todo, nos ama y lleva nuestra impotencia y nuestra duda a buen puerto. Es nuestra roca firme. Serenidad.

El eco repite también palabras de servicio, de amor a los demás, de humildad para aceptar las propias limitaciones. Ahora que están junto a él algunos de los que trabajan en un cargo de gobierno dentro del Opus Dei, les recuerda que tienen la obligación, ante Dios y ante todos, de ser humildes, de buscar la santidad.

Por lo demás, de acuerdo con el propio modo de ser de la Obra, el Padre no desea ninguna solemnidad para celebrar el veinticinco aniversario. Sabe que todos los días, aun en medio de dificultades, son fiesta en el corazón de sus hijos. Les pide, una vez más, la única condición de esta felicidad: ser fieles.

«Cumplid con mayor empeño en ese dos de octubre los deberes de vuestro trabajo, intensificad -sois almas contemplativas en medio del mundo- vuestra oración constante, sed -en esta tierra tan llena de rencores- sembradores de alegría y de paz: porque este heroísmo sin ruido de vuestra vida ordinaria será la manera más normal, según nuestro espíritu, de solemnizar las Bodas de Plata… »(40).

Muchas veces, al hablar del espíritu de la Obra, el Padre insiste en mantener un diálogo de amor con Dios a lo largo de los acontecimientos del día: ofreciendo el trabajo, hecho con la mayor perfección posible; las contrariedades de la jornada; el dolor, la alegría y la dificultad. Con la presencia de Dios en el alma y la convicción de la filiación divina, una persona puede estar dedicada en profundidad a cualquier trabajo -manual o intelectual-, con el espíritu de un «alma contemplativa, pero en medio del mundo».

El día 2 de octubre llegan a “Molinoviejo”, para estar unas horas junto al Padre, casi todos los que se han ordenado sacerdotes durante estos años. Se reúnen en un claro del pinar, al aire del otoño segoviano. El Padre se emociona cuando ve juntos, por primera vez, a sus sacerdotes, hijos de Dios en el Opus Dei.

La Secretaría de Estado de Su Santidad envía un telegrama firmado por el Monseñor Montini:

«Augusto Pontífice complacido escogidos frutos (…) Sociedad Sacerdotal Santa Cruz y Opus Dei invoca ocasión sus Bodas Plata Fundación, abundancia celestes dones mientras de todo corazón imparte vuestra Señoría y miembros de la Obra paternal bendición apostólica».

Porque el Papa sí que entiende la solemnidad oculta y silenciosa de esta fecha. Sí que aprecia la fidelidad y el servicio constantes del Fundador y de toda la Obra. Y quiere dejar constancia de ello en un documento que reviste la misma solidez conmemorativa que una lápida de piedra. Es una carta de la Dataría Apostólica que escribe el Cardenal Tedeschini, que fue Nuncio en España cuando nació la Obra:

«Y me place recordar (…) que brotó el Opus Dei en el silencio; se reveló sin ruido; se extendió sin fatiga (…), arrastrando cuantos había de generosos, de abnegados, de entusiastas.

Somos de ayer y lo hemos llenado todo; decían los primeros cristianos, y lo repiten hoy los hijos del P. Escrivá. Lo que para los extraños es asombro, para ellos es naturalidad; y para la Iglesia es orgullo y consuelo (…).

La Iglesia ha mirado complacida, pero también sorprendida, el avanzar y el estrecharse a su maternal regazo, de tantos y tan inesperados soldados, y ha creído en la caridad que los animaba y los ha reconocido por los frutos (…).

Con la Santa Iglesia y con el Augusto Pontífice, sólo Usted, querido Padre, tiene hoy el honroso derecho de elevar la mirada al Cielo, con la más fervorosa y más debida acción de gracias (…). He amado y amo lo que es digno de amor; protejo lo que veo conducir más almas a Dios; leo en los corazones, valientes y nobles, del Fundador, de esta magnífica juventud (…), el más puro amor a la Iglesia; y por lo tanto, doy todo lo que está en mi pecho para que esta armada, la verdaderamente invencible, sea mina inagotable de Apóstoles, seculares, como los primeros de Cristo, y Romanos, como los eternos del Papa» (41).

Hoy recuerda el Padre aquel día, en Madrid, cuando iba pensando que lo que había nacido el 2 de octubre de 1928, por inspiración de Dios, no debería tener nombre propio. Porque era tan íntimo, tan enraizado en el trabajo habitual, que no requería distinción nominal. Hasta que alguien le preguntó:

-«¿Cómo va esa Obra de Dios? “Fue una llamarada de claridad: puesto que debería llevar uno, ése era el nombre: Obra de Dios, Opus Dei, “Operatio Dei”, trabajo de Dios; trabajo profesional, ordinario, hecho por personas que se saben instrumentos de Dios; trabajo realizado sin abandonar los afanes del mundo, pero convertido en oración y en alabanza del Señor -Opus Dei- en todas las encrucijadas de los caminos de los hombres”»(42).

En 1953, veinticinco años más tarde, el Opus Dei ha dejado su nombre esculpido en la amistad y en la luz de muchas gentes; personas que han descubierto, en el andar de su camino cotidiano, la presencia de Dios sobre la tierra.

Dios hace una pausa

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En los primeros meses de 1936, el Padre viaja a Valencia invitado por don Javier Lauzurica, Obispo Auxiliar y amigo suyo. Le acompaña Ricardo Fernández Vallespín. Van en un coche de turismo grande, de carácter público, de los que constituyen el medio de transporte más barato. En Valencia se alojan en el Hotel Balear, situado en la calle de la Paz.

Aquí vuelven a reunirse con el grupo que les visitó en Madrid. Don Javier Lauzurica les anima a montar una Residencia Universitaria en esta ciudad lo antes posible.

Cuando retornan a la capital de España el ambiente empieza a ser irrespirable. Se puede considerar el país en guerra civil. Hay grandes manifestaciones, acciones violentas; asesinatos, ataques personales y represalias. La violencia está a la orden del día y cuenta con la tolerancia del Gobierno.

El Padre está informado de todo. Sufre por la furia antirreligiosa, pero jamás pierde la serenidad ni consiente que se perturbe el apostolado o se interrumpan los medios de formación. No fomenta el menor aislamiento, sino todo lo contrario. Quiere que todos conozcan la situación y respeta las opciones políticas de cada cual. Nunca ha insistido tanto en que los miembros de la Obra recen y apoyen su fortaleza en el sagrario.

Cuando triunfa en las elecciones el Frente Popular, se recrudece la persecución religiosa y todo parece abocar a un régimen marxista. Por otro lado, la oposición prevé un golpe de Estado contra el Gobierno de la República.

En medio de este clima, el Padre combate todo derrotismo; trabaja como si nada fuese a ocurrir. Varias personas que conocen y aprecian su labor apostólica constituyen una sociedad civil, sin fines lucrativos, llamada “Fomento de Estudios Superiores”. Esta entidad adquiere una casa que pondrá a disposición de don Josemaría para una nueva Residencia de estudiantes en Madrid. Está enclavada en el mismo barrio de Argüelles, próximo a la Ciudad Universitaria. Es propiedad de los Condes del Real, que viven en Francia, y se trata de un inmueble, bien construido y amplio, situado en el número 16 de la calle de Ferraz, frente al Cuartel de la Montaña.

A primeros de julio de 1936, toda la instalación de Ferraz 50, incluido el oratorio, se traslada al número 16. Isidoro Zorzano ya ha solicitado excedencia voluntaria en su puesto de ingeniero de los Ferrocarriles Andaluces, en Málaga, porque es quien se va a ocupar de la nueva Residencia de Madrid. Ricardo se trasladará a Valencia para instalar, también allí, una Residencia Universitaria. El 16 de julio, Paco Botella, que está en Valencia, pone un telegrama anunciando que ha encontrado el local adecuado para llevar a cabo esta iniciativa en su ciudad levantina. Al día siguiente, 17 de julio, Ricardo recibe de nuevo la bendición del Padre en un salón de Ferraz 16, e inicia este viaje que marca la primera expansión de la Obra en España. Poco antes, Isidoro había llegado a Madrid. Su permanencia en Málaga le habría costado la vida: precisamente por su labor abnegada, en servicio de los más humildes, había sido puesto en la «lista negra» de los revolucionarios.

Ese mismo día, 17 de julio de 1936, se conoce el levantamiento del ejército de Africa. Una semana antes y a partir del asesinato de Calvo Sotelo, líder de la oposición monárquica en la Cámara Legislativa, se recrudecen en toda España los disturbios y violencias. Sin embargo, el Padre y la Obra que Dios le encomendó siguen su camino. Es la locura de una fe que está más allá de coyunturas humanas.

El 18 de julio se proclama la rebelión dentro de la Península. Madrid y Valencia quedan incomunicadas. Va a dar comienzo una guerra civil que se prolongará casi tres años. Durante este tiempo, resultará arrasado lo que se ha conseguido con tanto esfuerzo. Ferraz 16 va a ser incautado por las milicias populares y luego, en el asedio de Madrid, bombardeado y destruido por las tropas nacionales.

El primer grupo de hombres de la Obra y toda aquella amplia labor apostólica se verá dispersada por avatares de muy diversa índole. Pero algo enraizado ya de modo sobrenatural permanece intacto en todos: la seguridad de que la Obra debe continuar adelante; de que uno sólo que sobreviva habrá de coger la antorcha del mensaje divino y transmitirla. Recordarán, ahora y siempre, las palabras del Fundador:

«La Obra de Dios viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el Cielo está empeñado en que se realice»(32).

Y, con este coraje en el alma, se inicia un tiempo de espera activa, de oración y penalidades. Una etapa de prueba da comienzo.

TEMA 21. La Eucaristía (3)

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La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ha llevado a la Iglesia a tributar culto de latría al Santísimo Sacramento, tanto durante la liturgia de la Misa, como fuera de su celebración.

1. La presencia real eucarística

En la celebración de la Eucaristía se hace presente la Persona de Cristo —el Verbo encarnado, que fue crucificado, murió y ha resucitado por la salvación del mundo—, con una modalidad de presencia mistérica, sobrenatural, única. El fundamento de esta doctrina lo encontramos en la misma institución de la Eucaristía, cuando Jesús identificó los dones que ofrecía, con su Cuerpo y con su Sangre («esto es mi Cuerpo … esta es mi Sangre…»), es decir, con su corporeidad inseparablemente unida al Verbo y, por tanto, con su entera Persona.

Ciertamente, Cristo Jesús está presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de los fieles (cfr. Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los encarcelados (cfr. Mt 25,31-46), en los sacramentos y especialmente en la persona del ministro sacerdote. Pero, sobre todo, está presente bajo las especies eucarísticas (cfr. Catecismo, 1373).

La singularidad de la presencia eucarística de Cristo está en el hecho de que el Santísimo Sacramento contiene verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, Dios verdadero y Hombre perfecto, el mismo que nació de la Virgen, murió en la Cruz y ahora está sentado en los cielos a la diestra del Padre. «Esta presencia se denomina “real”, no a título exclusivo, como si los otras presencias non fuesen “reales”, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente» (Catecismo, 1374).

El término substancial trata de indicar la consistencia de la presencia personal de Cristo en la Eucaristía: ésta no es simplemente una “figura”, capaz de “significar” y de estimular a la mente a pensar en Cristo, presente en realidad en otro lugar, en el Cielo; ni es un simple “signo”, a través del cual se nos ofrece la “virtud salvadora” —la gracia—, que proviene de Cristo. La Eucaristía es, en cambio, presencia objetiva, del ser-en-sí (la substancia) del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, es decir, de su entera Humanidad —inseparablemente unida a la Divinidad por la unión hipostática—, aunque velada por las “especies” o apariencias del pan y del vino.

Por tanto, la presencia del verdadero Cuerpo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento «no se conoce por los sentidos, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios» (Catecismo, 1381). Esto lo expresa muy bien la siguiente estrofa del Adoro te devote: Visus, tactus, gustus, in te fallitur / Sed auditu solo tuto creditur / Credo quidquid dixit Dei Filius: / Nil hoc verbo Veritatis verius (Al juzgar de ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto / pero basta con el oído para creer con firmeza / creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios / nada es más verdadero que esta palabra de verdad).

2. La transubstanciación

La presencia verdadera, real y substancial de Cristo en la Eucaristía supone una conversión extraordinaria, sobrenatural, única. Tal conversión tiene su fundamento en las mismas palabras del Señor: «Tomad y comed: esto es mi Cuerpo… bebed todos de él, porque ésta es mi Sangre de la nueva alianza…» (Mt 26,26-28). En efecto, estas palabras se hacen realidad sólo si el pan y el vino cesan de ser pan y vino y se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, porque es imposible que una misma cosa pueda ser simultáneamente dos seres diversos: pan y Cuerpo de Cristo; vino y Sangre de Cristo.

Sobre este punto el Catecismo de la Iglesia Católica recuerda: «El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia Católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación”» (Catecismo, 1376). Sin embargo permanecen inalteradas las apariencias del pan y del vino, es decir, las “especies eucarísticas”.

Aunque los sentidos capten verdaderamente las apariencias del pan y del vino, la luz de la fe nos da a conocer que lo que realmente se contiene bajo el velo de las especies eucarísticas es la substancia del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Gracias a la permanencia de las especies sacramentales del pan, podemos afirmar que el Cuerpo de Cristo —su entera Persona— está realmente presente en el altar, o en el copón, o en el Sagrario.

3. Propiedades de la presencia eucarística

El modo de la presencia de Cristo en la Eucaristía es un misterio admirable. Según la fe católica Jesucristo está presente todo entero, con su corporeidad glorificada, bajo cada una de las especies eucarísticas, y todo entero en cada una de las partes resultantes de la división de las especies, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (cfr. Catecismo, 1377). Se trata de una modalidad de presencia singular, porque es invisible e intangible, y, además, es permanente, en el sentido de que, una vez realizada la consagración, dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas.

4. El culto a la Eucaristía

La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ha llevado a la Iglesia a tributar culto de latría (es decir, de adoración), al Santísimo Sacramento, tanto durante la liturgia de la Misa (por esto ha indicado que nos arrodillemos o nos inclinemos profundamente ante las especies consagradas), como fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas en el Sagrario (o Tabernáculo), presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión, etc. (cfr. Catecismo, 1378).

Se conserva la Sagrada Eucaristía en el Sagrario:

— principalmente para poder dar la Sagrada Comunión a los enfermos y a otros fieles imposibilitados de participar en la Santa Misa;

— además, para que la Iglesia pueda dar culto de adoración a Dios Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento (de modo especial durante Exposición de la Santísima Eucaristía, en la Bendición con el Santísimo; en la Procesión con el Santísimo Sacramento en la Solemnidad de Cuerpo y Sangre de Cristo, etc.);

— y para que los fieles puedan siempre adorar al Señor Sacramentado con frecuentes visitas. En este sentido afirma Juan Pablo II: «La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este Sacramento del Amor. No ahorremos nuestro tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y pronta a reparar las grandes culpas y delitos del mundo. No cese jamás nuestra adoración»;

Hay dos grandes fiestas (solemnidades) litúrgicas en las que se celebra de modo especial este Sagrado Misterio: el Jueves Santo (se conmemora la institución de la Eucaristía y del Orden Sagrado) y la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo (destinada especialmente a la adoración y a la contemplación del Señor en la Eucaristía).

5. La Eucaristía, Banquete Pascual de la Iglesia

5.1. ¿Por qué la Eucaristía es el Banquete Pascual de la Iglesia?

«La Eucaristía es el Banquete Pascual porque Cristo, realizando sacramentalmente su Pascua [el paso de este mundo al Padre a través de su pasión, muerte, resurrección y ascensión gloriosa, nos entrega su Cuerpo y su Sangre, ofrecidos como comida y bebida, y nos une con Él y entre nosotros en su sacrificio» (Compendio, 287).

5.2. Celebración de la Eucaristía y Comunión con Cristo

«La Misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros» (Catecismo, 1382).

La Santa Comunión, ordenada por Cristo («tomad y comed… bebed todos de él…»: Mt 26,26-28; cfr. Mc 14,22-24; Lc 22,14-20; 1 Co 11,23-26), forma parte de la estructura fundamental de la celebración de la Eucaristía. Sólo cuando Cristo es recibido por los fieles como alimento de vida eterna alcanza plenitud de sentido su hacerse alimento para los hombres, y se cumple el memorial por Él instituido. Por esto la Iglesia recomienda vivamente la comunión sacramental a todos aquellos que participen en la celebración eucarística y posean las debidas disposiciones para recibir dignamente el Santísimo Sacramento.

5.3. Necesidad de la Sagrada Comunión

Cuando Jesús prometió la Eucaristía afirmó que este alimento no es sólo útil, sino necesario: es una condición de vida para sus discípulos. «En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53).

Comer es una necesidad para el hombre. Y, como el alimento natural mantiene al hombre en vida y le da fuerzas para caminar en este mundo, de modo semejante la Eucaristía mantiene en el cristiano la vida en Cristo, recibida con el bautismo, y le da fuerzas para ser fiel al Señor en esta tierra, hasta la llegada a la Casa del Padre. Los Padres de la Iglesia han entendido el pan y el agua que el Ángel ofreció al profeta Elías como tipo de la Eucaristía (cfr. 1 Re 19, 1-8): después de recibir el don, el que estaba agotado recupera su vigor y es capaz de cumplir la misión de Dios.

La Comunión, por tanto, no es un elemento que puede ser añadido arbitrariamente a la vida cristiana; no es necesaria sólo para algunos fieles especialmente comprometidos en la misión de la Iglesia, sino que es una necesidad vital para todos: puede vivir en Cristo y difundir su Evangelio sólo quien se nutre de la vida misma de Cristo.

El deseo de recibir la Santa Comunión debería estar siempre presente en los cristianos, como permanente debe ser la voluntad de alcanzar el fin último de nuestra vida. Este deseo de recibir la Comunión, explícito o al menos implícito, es necesario para alcanzar la salvación.

Además, la recepción de hecho de la Comunión es necesaria, con necesidad de precepto eclesiástico, para todos los cristianos que tienen uso de razón: «La Iglesia obliga a los fieles (…) a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, si es posible en tiempo pascual preparados por el sacramento de la Reconciliación» (Catecismo, 1389). Este precepto eclesiástico no es más que un mínimo, que no siempre será suficiente para desarrollar una auténtica vida cristiana. Por eso la misma Iglesia «recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días» (Catecismo, 1389).

5.4. Ministro de la Sagrada Comunión

El ministro ordinario de la Santa Comunión es el obispo, el presbítero y el diacono. Ministro extraordinario permanente es el acólito. Pueden ser ministros extraordinarios de la comunión otros fieles a los que el Ordinario del lugar haya dado la facultad de distribuir la Eucaristía, cuando se juzgue necesario para la utilidad pastoral de los fieles y no estén presentes un sacerdote, un diácono o un acólito disponibles.

«No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado “por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano”». A propósito de esta norma es oportuno considerar que la Comunión tiene valor de signo sagrado; este signo debe manifestar que la Eucaristía es un don de Dios al hombre; por esto, en condiciones normales, se deberá distinguir, en la distribución de la Eucaristía, entre el ministro que dispensa el Don, ofrecido por el mismo Cristo, y el sujeto que lo acoge con gratitud, en la fe y en el amor.

5.5. Disposiciones para recibir la Sagrada Comunión

Disposiciones del alma

Para comulgar dignamente es necesario estar en gracia de Dios. «Quien come el Pan y bebe el Cáliz del Señor indignamente —proclama san Pablo—, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues el hombre a sí mismo; y entonces coma del Pan y beba del Cáliz; pues el que sin discernir come y bebe el Cuerpo del Señor, se come y bebe su propia condenación» (1 Co 11,27-29). Por tanto, nadie debe acercarse a la Sagrada Eucaristía con conciencia de pecado mortal por muy contrito que le parezca estar, sin preceder la confesión sacramental (cfr. Catecismo, 1385).

Para comulgar fructuosamente se requiere, además de estar en gracia de Dios, un serio empeño por recibir al Señor con la mayor devoción actual posible: preparación (remota y próxima); recogimiento; actos de amor y de reparación, de adoración, de humildad, de acción de gracias, etc.

Disposiciones del cuerpo

La reverencia interior ante la Sagrada Eucaristía se debe reflejar también en las disposiciones del cuerpo. La Iglesia prescribe el ayuno. Para los fieles de rito latino el ayuno consiste en abstenerse de todo alimento o bebida (excepto el agua o medicinas) una hora antes de comulgar. También se debe procurar la limpieza del cuerpo, el modo de vestir adecuado, los gestos de veneración que manifiestan el respeto y el amor al Señor, presente en el Santísimo Sacramento, etc. (cfr. Catecismo, 1387).

El modo tradicional de recibir la Sagrada Comunión en el rito latino —fruto de la fe, del amor y de la piedad plurisecular de la Iglesia— es de rodillas y en la boca. Los motivos que dieron lugar a esta piadosa y antiquísima costumbre, siguen siendo plenamente válidos. También se puede comulgar de pie y, en algunas diócesis del mundo, está permitido — nunca impuesto— recibir la comunión en la mano.

5.6. Edad y preparación para recibir la primera Comunión

El precepto de la comunión sacramental obliga a partir del uso de razón. Conviene preparar muy bien y no retrasar la Primera Comunión de los niños: «Dejad que los niños se acerquen a Mí y no se lo impidáis, porque de éstos es el Reino de Dios» (Mc 10,14).

Para poder recibir la primera Comunión, se requiere que el niño tenga conocimiento, según su capacidad, de los principales misterios de la fe, y que sepa distinguir el Pan eucarístico del pan común. «Los padres en primer lugar, y quienes hacen sus veces, así como también el párroco, tienen obligación de procurar que los niños que han llegado al uso de razón se preparen convenientemente y se nutran cuanto antes, previa confesión sacramental, con este alimento divino».

5.7. Efectos de la Sagrada Comunión

Lo que el alimento produce en el cuerpo para el bien de la vida física, lo produce en el alma la Eucaristía, de un modo infinitamente más sublime, en bien de la vida espiritual. Pero mientras el alimento se convierte en nuestra substancia corporal, al recibir la Sagrada Comunión, somos nosotros los que nos convertimos en Cristo: «No me convertirás tú en ti, como la comida en tu carne, sino que tú te cambiarás en Mí». Mediante la Eucaristía la nueva vida en Cristo, iniciada en el creyente con el bautismo (cfr. Rm 6,3-4; Gal 3,27-28), puede consolidarse y desarrollarse hasta alcanzar su plenitud (cfr. Ef 4,13), permitiendo al cristiano llevar a término el ideal enunciado por san Pablo: «Vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

Por tanto, la Eucaristía nos configura con Cristo, nos hace partícipes del ser y de la misión del Hijo, nos identifica con sus intenciones y sentimientos, nos da la fuerza para amar como Cristo nos pide (cfr. Jn 13,34-35), para encender a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo con el fuego del amor divino que Él vino a traer a la tierra (cfr. Lc 12,49). Todo esto debe manifestarse efectivamente en nuestra vida: «Si hemos sido renovados con la recepción del cuerpo del Señor, hemos de manifestarlo con obras. Que nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios. Que nuestras acciones sean coherentes, eficaces, acertadas: que tengan ese bonus odor Christi (2 Co 2,15), el buen olor de Cristo, porque recuerden su modo de comportarse y de vivir».

Dios, por la Sagrada Comunión, acrecienta la gracia y las virtudes, perdona los pecados veniales y la pena temporal, preserva de los pecados mortales y concede perseverancia en el bien: en una palabra, estrecha los lazos de unión con Él (cfr. Catecismo, 1394-1395). Pero la Eucaristía no ha sido instituida para el perdón de los pecados mortales; esto es lo propio del sacramento de la Confesión (cfr. Catecismo, 1395).

La Eucaristía causa la unidad de todos los fieles cristianos en el Señor, es decir, la unidad de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo (cfr. Catecismo, 1396).

La Eucaristía es prenda o garantía de la gloria futura, es decir, de la resurrección y de la vida eterna y feliz junto a Dios, Uno y Trino, a los Ángeles y a todos los santos: «Cristo, que pasó de este mundo al Padre, nos da en la Eucaristía la prenda de la gloria que tendremos junto a Él: la participación en el Santo Sacrificio nos identifica con su Corazón, sostiene nuestras fuerzas a lo largo del peregrinar de esta vida, nos hace desear la Vida eterna y nos une ya desde ahora a la Iglesia del cielo, a la Santísima Virgen María y a todos los santos» (Catecismo, 1419).

Ángel García Ibáñez

Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 1373-1405.

Juan Pablo II, Enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003, 15; 21-25; 34-46.

Benedicto XVI, Ex. Ap. Sacramentum caritatis, 22-II-2007, 14-15; 30-32; 66-69.

Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis Sacramentum, 25-III-2004, 80-107; 129-145; 146-160.

Lecturas recomendadas

San Josemaría, Homilía En la fiesta del Corpus Christi, en Es Cristo que pasa, 150-161.

J. Ratzinger, La Eucaristía centro de la vida. Dios está cerca de nosotros, Edicep, Valencia 2003, pp. 11-27; 81-102; 103-128.

J. Echevarría, Eucaristía y vida cristiana, Rialp, Madrid 2005, pp. 17-47; 81-116; 117-151.

J.R. Villar – F.M. Arocena – L. Touze, Eucaristía, en C. Izquierdo (dir.), Diccionario de Teología, Eunsa, Pamplona 2006, pp. 360-361; 366-370.

“Entregar la vida al sacerdocio es una cosa estupenda, maravillosa’

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Armando Lasanta se ordenó en 1990. Es párroco de Alberite, un pueblo de 2.000 habitantes en la Rioja.

Me ha hecho un gran bien el ejemplo del fundador del Opus Dei que siempre decía: lo primero, las normas de piedad, el trato con el Señor en la oración, la celebración de la Santa Misa, el cuidar los pequeños detalles en el trato con las personas, la asistencia a los enfermos… He aprendido de él la importancia de estar siempre alegre, de transmitir optimismo, de ser positivo en medio de las contradicciones de la vida. Todo es para bien, decía y él mismo era maestro del buen humor.

Otra gran inquietud que también he heredado de su experiencia es buscar vocaciones sacerdotales. Ayudar a que los chavales, los jóvenes, descubran que, si Dios les llama, lo que dé sentido a su vida puede ser entregarse a Dios a través del sacerdocio. Hacerles ver que entregar la vida al sacerdocio es una cosa estupenda, maravillosa. Yo mismo fui fruto en cierto modo de la inquietud apostólica del sacerdote de mi pueblo…

También he aprendido del fundador del Opus Dei que la formación tiene que ir encaminada al trato con Jesucristo. Que la gente ame a Jesucristo, que se acerque a Él. Para eso, el Sagrario de la iglesia tiene que ser el centro de la vida, no sólo del sacerdote, sino también del pueblo; que sientan al Señor en el Sagrario como una referencia, Alguien a quien pueden visitar y acudir. Procuro recordar a todos que debemos recibir la Comunión con el alma limpia, después de haberle pedido perdón en el sacramento de la confesión, cuando es necesario. Y luego, el trato con nues tra Madre la Virgen. En una tierra como ésta de La Rioja, que es tan amante de nuestra Madre, les animo a ponerla también a Ella como centro de sus vidas, junto al Señor en el Sagrario.

Por mi parte, gracias a los medios de formación que recibo en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz he ido adquiriendo un amor cada vez mayor a la iglesia, al Papa y al magisterio. Me conmueve descubrir la gran fidelidad del Papa a Jesucristo. Es un hombre que se gasta por la Iglesia.


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