El último adiós

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante el tiempo que media entre 1970 y 1975, Torreciudad se configura definitivamente. Hay en toda su construcción una libertad absoluta en cuanto a la creación artística se refiere, pero subordinada al deseo de que el edificio sea un lugar de oración, de conversión y de encuentro con Dios a través de la Señora.

El gran retablo de alabastro, de 15 metros de alto por 9,30 de ancho, capta toda la atención. Su distribución se inspirará en los de estilo plateresco y renacentista, tan abundantes en Aragón, y denominados «retablos custodia» por tener en su centro un óculo a través del que se ve el Sagrario. Todo el conjunto acapara la atención en un único punto de referencia: la Eucaristía. Pero, además, se trata de albergar, con dignidad destacada, a la Virgen de Torreciudad. El resto, serán escenas evangélicas de la vida de María enlazadas como la secuencia de un relato.

La composición de cada escena, utilizando arte figurativo, permite entender los misterios y captar el mensaje del retablo sin perder el contenido de la oración por una interferencia desafortunada.

La única condición que ha puesto el Padre es que sea muy devoto y que invite a rezar.

Se hará cargo de este trabajo el escultor Juan Mayné Torrás, profesor de la Escuela de Bellas Artes San Jorge de Barcelona. La totalidad del alabastro procederá de las minas de Besalú (Gerona), y será trabajado en el taller de José Miret, en San Andrés de la Barca.

En la primavera de 1974, el Fundador hace escala en Madrid con motivo de su primer desplazamiento a Sudamérica. Los arquitectos le informan de la marcha de las obras de Torreciudad: todo estará terminado al cabo de un año, a excepción del retablo. Sólo se ha modelado una escena y, dada la envergadura del conjunto, se calculan dos o tres años más para verlo concluido. Han pensado, incluso, en la posibilidad de inaugurar la iglesia del Santuario con una enorme cortina que cubra la pared frontal. La respuesta del Padre es tajante. La iglesia no puede abrirse al culto sin retablo, porque constituye un elemento fundamental del templo. Además, la colocación de las escenas después resultaría dificilísima y muy penosa. Hay que poner todos los medios para que el escultor, sin rebajar la calidad de su obra, adelante los plazos.

Se concluirá, después de un año incesante de trabajo, en 1975, y tendrá un peso de ciento treinta toneladas. Con el escultor principal y un primer ayudante, han colaborado nueve escultores marmolistas, cuatro alumnos de Bellas Artes y un centenar de personas más, además de los arquitectos y el aparejador. Entre todos, y en unas circunstancias en las que no existe experiencia parecida, llevarán a cabo una tarea que parece inabordable. Pasarán días enteros volcados sobre su tajo; entusiasmados por la idea, por el ambiente, por la pasión que todos ponen en sacar adelante el proyecto.

Juan Mayné no se entrevistará directamente con el Fundador de la Obra. Monseñor Escrivá de Balaguer ha decidido no influir para nada en la concepción artística del escultor. Pero este profesor de Bellas Artes se lleva a su taller y a su casa los libros del Padre. Lee despacio, dejando entrar en su alma las palabras de sus escritos. Su forma de sentir y entender la piedad. Su concepto de las figuras vivas que ha de esculpir. Quiere conocer su modo de ser, de rezar, de ver lo trascendente, para trasladarlo al alabastro.

Así surgirán las escenas: la Coronación de la Virgen, los desposorios de María y José, la Anunciación del arcángel, la Visitación de María a Isabel, la adoración de los pastores al Niño, la huída a Egipto, el taller de Nazaret. Son la representación humana y divina de esta Familia que es imagen y modelo. Aquí están las vicisitudes por la que puede pasar una vida: el trabajo, el amor, el hijo, la persecución, la felicidad, la muerte. La presencia constante de los planes de Dios sobre la existencia de los seres humanos.

Para evitar que la Virgen de Torreciudad, pequeña talla románica, se pierda dentro de una composición tan fuerte, las figuras van cediendo dimensiones, para llegar reducidas de tamaño al camarín que ha de alojarla. Allí los ángeles y las rosas son menudos, como un encaje: todo el conjunto se aproxima a la Señora encerrándola en un enorme relicario que destaca la dignidad de su presencia.

La sillería central, también de alabastro, tiene labrados en sus respaldos símbolos de advocaciones a la Virgen. En la presidencia, la imagen del Buen Pastor. San Rafael, San Juan, Santa Catalina de Siena y un Angel, con el sello de la Obra entre las manos, completan la composición. El retablo se limita con una enorme cadena labrada. En la parte más alta, dos áncoras enlazadas proclaman la llamada permanente a la unidad. La separación de escenas es tan suave que se puede pasar de una a otra sin estorbo: como si el espectador desgranase los misterios de un enorme Rosario esculpido.

Cuando el Padre lo vea, prácticamente terminado, en mayo de 1975, exclamará:

«Me parece un sueño; y es que soy hombre de poca fe».

Mira despacio, una por una, las figuras; se queda absorto en el conjunto. Le gusta mucho. Es lo que había deseado para Dios:

«Señor, me parece todo muy poco para Ti, pero lo hemos hecho lo mejor que hemos podido»(28).

Hace unos meses ha realizado otro viaje agotador por Sudamérica, pero quiere ver las obras de esta «locura» que ha ocupado su oración y esfuerzo.

El día 24 de mayo, sábado, consagrará el altar principal del Santuario. Repetirá su visita a la ermita, como ya hiciera en 1970, y recibirá a las autoridades de Barbastro que se han acercado a Torreciudad para saludarle. Durante una hora larga les hará partícipes de su cariño y agradecimiento.

El domingo 25 de mayo es el Fundador quien acude al Ayuntamiento de Barbastro, donde se le impone la medalla de oro de la ciudad que le vio nacer hace setenta y tres años.

No le gusta al Padre que le rindan honores. De hecho, ha declinado muchos en su vida. Además, hace apenas unas horas que le han comunicado desde Roma el fallecimiento de don Salvador Canals. Está tremendamente afectado y todos respetan el silencio, casi el ensimismamiento, en que le ha sumido la noticia.

«Estuve a verle en la clínica pocos días antes de venirme (…). Me hice ilusiones. Pero, al salir, el médico nos quitó toda esperanza humana»(29).

A pesar de todo, no quiere posponer el acto oficial de Barbastro. En esta mañana llena del sol somontano, el Alcalde pronuncia unas palabras de cariño en las que evoca los años en que el Padre vivió en su tierra natal; agradece la construcción de Torreciudad y le asegura el afecto y las oraciones de todos sus paisanos.

Está entre amigos, aragoneses de ancho corazón, y no oculta su estado de ánimo:

«Perdonad. Yo estoy muy emocionado, por doble motivo: primero por vuestro cariño; y además, porque a última hora de ayer recibí un aviso de Roma comunicándome la defunción de uno de los primeros que yo envié para hacer el Opus Dei en Italia. Un alma limpia, una inteligencia prócer, doctor en Derecho Civil por la Universidad de Madrid (…), doctor en Derecho Canónico por la Universidad Lateranense; abogado Total. Después, en tiempos de Juan XXIII, nombrado auditor de la Rota (…).

Yo debería estar contento de tener uno más en el Cielo, ya que tan frecuentemente en una familia tan numerosa tiene que suceder un hecho de este género. Pero estoy muy cansado, muy cansado, muy abrumado. Me perdonaréis, y estaréis contentos de saber que tengo corazón (…).

No puedo dejar de declararos que mi noble orgullo de barbastrense se siente hoy singular y profundamente agradecido a todos cuantos estáis haciendo posible, unidos a tantos miles de personas esparcidas por todo el mundo, el maravilloso empeño que clava sus raíces junto a Nuestra Señora de Torreciudad»(30)

A las 11,30 del día 26 de mayo, el Padre regresa a Zaragoza. Mientras se aleja, el Fundador mira, con emoción y entusiasmo, la estructura de los edificios que se destacan como una atalaya en el horizonte. Voltean las campanas de la torre y el eco se pierde en los pueblos del Somontano. Ya no volverá nunca. Un mes más tarde habrá cruzado la última frontera en el camino de sus grandes amores: Dios, la Virgen y San José. Aquellos que ha dejado esculpidos en el retablo de este templo que se yergue junto al Pirineo aragonés.

El belén de Torreciudad y la ruta del belén

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“Cuando el espectador lo contemple dirigirá su mirada a Jesús”, explicaba su autor, el célebre escultor catalán, Joan Mayné, que realizó también el monumental retablo de Torreciudad.

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El belén del santuario destaca fundamentalmente por su atractivo artístico, ya que las tres figuras que componen la Sagrada Familia son esculturas esculpidas en alabastro. En concreto, estas imágenes de San José y la Virgen con el Niño en brazos son de tamaño casi natural y de un enorme valor, porque inspiraron al artista a la hora de hacer el retablo de 15 m. de alto por 12 m. de ancho.

El actual belén de Torreciudad se colocó por primera vez hace veinte años, sustituyendo a otro anterior más sencillo. El establo que acoge las esculturas está inspirado en la estructura de una cabaña tradicional del Pirineo, y mide 6 m. de largo por x 4 m. de alto. El cobertizo se levanta sobre varias vigas y traviesas de madera de pino, con paredes revestidas por costales -envejecidos con una ligera aplicación de betún de judea- y culminado con un tejado a dos aguas cubierto con paja.

Opus Dei - Parroquia S Bartolomé (Tejina, Tenerife)

Parroquia S Bartolomé (Tejina, Tenerife)

En la parte trasera de la estructura se puede ver un pueblo de pequeñas dimensiones situado sobre una montaña, localidad que el visitante aprecia a través del hueco que deja la apertura de la hoja superior de una ventana.

En el interior de la casa resaltan las imágenes de la Sagrada Familia, representada por las tallas de María, que aparece sentada sosteniendo en su regazo a Jesús, y de san José de pie a su lado. Como explica el propio Mayné, “La Virgen está haciendo de cuna al Niño, y toda la luz va a parar a Jesús, para que todas las miradas vayan a parar ahí con el objeto de que, cuando el espectador las contemple, también dirija su mirada a Jesús”.

Opus Dei - Familia McGrath de Barcelona

Familia McGrath de Barcelona

La escena navideña se completa con la presencia de un pastor con un corderillo en sus brazos, el buey y la mula recostados sobre el forraje y la paja, además de catorce ángeles dorados de distintos tamaños que revolotean por el portal, particularidad que se repite en otros lugares del santuario puesto que la titularidad de la Virgen de Torreciudad corresponde a la advocación de Nuestra Señora de los Ángeles.

Entre los detalles que sirven para adornar el pesebre navideño hay elementos típicos del medio rural, como una forca de madera para aventar la paja, un par de comederos -regalo de un vecino- candiles, faroles antiguos y elementos de cocina, como la sartén sobre un caballete de hierro, junto a la chimenea que caldea la comida para los habitantes del hogar.

Opus Dei - Encuentro de sacerdotes de las parroquias cercanas al santuario

Encuentro de sacerdotes de las parroquias cercanas al santuario

El belén de Torreciudad se ha concebido como un lugar de oración en el que sea fácil sentirse “un personaje más”, como recomendaba san Josemaría. El peregrino encuentra junto al belén varios textos del Evangelio para leer y meditar y varias oraciones dirigidas a la Sagrada Familia.

Muchas familias están visitando estos días el belén, aprovechan para fotografiarse junto a la Sagrada Familia y disponer así de una imagen con la que felicitar las Navidades.

Opus Dei - Familia Herráez de Valladolid

Familia Herráez de Valladolid

Otro de los actos entrañables que tienen lugar en el belén es el encuentro de sacerdotes de las parroquias cercanas al santuario, que todos los años se reúnen para cantar villancicos ante el belén y disfrutar de un día de convivencia en Torreciudad.

Opus Dei - El equipo de Mantenimiento de Torreciudad

El equipo de Mantenimiento de Torreciudad

Desde hace cuatro años el belén de Torreciudad se integra en la “Ruta del Belén Altoaragonesa”. Con el apoyo de las comarcas de Ribagorza, Somontano , Sobrarbe, Cinca Medio, La Litera y la Diputación Provincial de Huesca, se han editado 30.000 folletos con el contenido de la Ruta, un mapa con todo el itinerario, una descripción de cada uno de los belenes, y los lugares de interés de las localidades asociadas, que este año son catorce: Alcolea, Binaced, Monzón, Graus, Castillonrroy, La Almunia de San Juan, Lagunarrota, Barbastro, Boltaña, Pomar de Cinca, Fraga, Esplús, Peralta de la Sal y Torreciudad (con el patrocinio del Ayuntamiento de Secastilla).

2. “Sin miedo a la muerte”

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Todo es para bien, cuando se ama a Dios. Omnia in bonum! Es una síntesis rápida de lo que escribió San Pablo: “Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman” (Rom., VIII, 28). Y es una jaculatoria, un pensamiento dirigido a Dios, en el que Mons. Escrivá de Balaguer encontraba el sosiego y la confianza de los que se saben hijos de Dios, la serenidad que difundía por todas partes.

A1 Monasterio de Agustinas Recoletas de Santa Isabel se ofreció como Capellán, en momentos azarosos de la vida española, después de la quema de conventos de 1931. Sor María del Buen Consejo, religiosa de aquella comunidad, siempre lo vio como “un sacerdote ejemplar, muy fervoroso, con grandísimo recogimiento, que hacía compatible con la naturalidad y la alegría”. Tiene grabada “su manera de reírse, quitando impor­tancia a las cosas, serenando el ambiente”.

Era también la época en que acudía asiduamente al Hospital del Rey. Sor Isabel Martín formaba parte de la comunidad de Hijas de la Caridad que trabajaba en aquel hospital de infeccio­sos. No ha olvidado el gozo que emanaba de su persona: “estábamos deseando que llegara, en aquella etapa de inseguri­dad y de probable y próxima persecución”. No era nada grato el ambiente en que se desarrollaba la labor de aquellas monjas. Ni siquiera podían tener oficialmente capellán. Para sor Isabel, “hacía falta ser muy valiente para ejercer el ministerio sacerdotal. Pero don Josemaría Escrivá no tenía respeto humano de nadie ni de nada. Era hombre con suficiente fe sobrenatural y suficiente valor humano”.

Su alegría, en medio de las más tremendas dificultades, tendría especial relieve ‑por contraste‑ cuando llegó la guerra de España. Se ha aludido ya a esa etapa de su vida en algunas páginas, y podrán verse más detalles en el capítulo próximo. Baste ahora apuntar que, tampoco entonces, dejó de abandonar­se en las manos de Dios.

Cuando estalló la guerra, en julio de 1936, don Ricardo Fernández Vallespín estaba en Valencia. Acababa de llegar, para decidir los detalles del alquiler de una casa, con destino a residencia de estudiantes. Las comunicaciones entre Madrid y Valencia quedaron cortadas. Supo, sin embargo, que el 20 de julio la lucha más violenta en Madrid había tenido lugar en el Cuartel de la Montaña, situado justamente enfrente de la residencia del Opus Dei, en la calle de Ferraz, 16: “La formación que habíamos recibido nos había preparado para enfrentarnos sin desánimo ante esta terrible situación. Estábamos convencidos de que la Obra saldría adelante de esta tormenta, pero éramos humanos y no podíamos menos de sufrir pensando en los peligros que corrían en Madrid el Padre y los demás”. Hasta el mes de abril de 1937 no pudo ir a la capital de España. Por aquellos días, el Fundador de la Obra estaba refugiado en un piso, bajo la protección diplomática de Honduras. Cuando Fernández Valles­pín fue a verle, acompañado por Isidoro Zorzano, le impresiona­ron dos cosas: una, su delgadez; otra, ver cómo, con el espíritu de siempre, le animaba por encima de todo a perseverar en el cumplimiento de las normas de piedad que había recomendado a los socios del Opus Dei. En medio de las dificultades, no perdía el norte, y seguía enderezando las almas hacia Dios.

Fue una actitud constante en su vida, que se compendia en la idea que hizo meditar en muchas ocasiones:

‑Nunca pasa nada, aunque se mueva el pavimento; sólo la infidelidad, romper la unión con Dios, es lo grave.

“He tenido la fortuna ‑asegura don Antonio Rodilla‑ de conversar con él muchas y detenidas veces: no recuerdo ni una sola en que la conversación no fuera un continuado acto de fe”. Su alegre esperanza “estaba paradójicamente estimulada por la pena de sentirse pecador”. Esa actitud le recordaba a don Antonio la reacción de euforia que se produce en el que sale con vida de un accidente mortal. Cualquier pena le empujaba a la oración: en ella se afirmaba su paz y su gozo. El Fundador de la Obra era campeón en la fe.

No le faltaron penas en sus 73 años de vida. Aunque sólo muy de tarde en tarde se le escapaba alguna palabra sobre éstas. Como aquel 28 de marzo de 1950, fecha de sus bodas de plata sacerdo­tales en que manifestaba a unas asociadas de la Obra en Roma:

‑Ha sido un día plenamente feliz, cosa no corriente en las fechas destacadas de mi vida, en las que el Señor siempre ha querido mandarme alguna contrariedad.

Y como para quitar importancia a estas últimas palabras, agregaba con una sonrisa:

‑Hasta en el día de mi Primera Comunión, al peinarme el peluquero, me hizo una quemadura con la tenacilla. No era una cosa grave, pero para un niño de aquella edad, era bastante.

Monseñor Escrivá de Balaguer supo mucho de dolores Porque no esquivó el bulto. Y, aunque eran anchas sus espaldas, a veces le abrumaba el peso de su tarea en servicio a toda la Iglesia y a las almas. Hasta sentirse giboso… En junio de 1974, se refería a un cuadro que hay en la sede central de la Obra, en Roma, sobre la puerta que da a un oratorio dedicado a la Sagrada Familia.

Es de un pintor de cuarta o quinta fila ‑se llama Del Arco‑, del tiempo de Velázquez, más o menos: representa un Cristo coronado de espinas, que está giboso, ;giboso!… ;gibo­so!… Como yo me he visto giboso muchas veces, cansado, reventado, llegando al atardecer de esa manera, me consuela mucho pensar en la imagen de Cristo Jesús, tal como viene en ese cuadro. Él era la hermosura, la fortaleza, la sabiduría…, y allí ‑atado a la Columna‑ estaba así. De modo que si alguna vez pesa, y os sentís gibosos, acordaos de Jesús. Jesús, reventado. Jesús que tiene hambre. Jesús que tiene sed. Jesús que se cansa. Jesús que llora. Jesús que sabe ser amigo de sus amigos… Y, sobre todo, Jesús con María y José: es ya el colmo. ;Id ahí, id ahí! ;Aprended! Y entonces andaremos bien.

No es difícil imaginar la vibración de su voz pausada en esos momentos, como para grabar en las almas la imagen del Señor en cada uno de esos instantes de su vida terrena. Seguir los pasos de Jesús era ‑y será‑ la solución de todos los problemas y dificultades. El Fundador del Opus Dei podía hablar por experiencia propia, cuando añadía:

‑No os hagáis ilusiones. Sólo con medios humanos, iremos al fracaso en todo. En cambio, con medios sobrenaturales, saldre­mos adelante siempre. Porque dificultades habrá, tiene que haberlas. No estamos…, desgraciadamente, en la gloria: estamos en la tierra, y tenemos defectos.

Se expresaba con el realismo del que conoce la clave para encontrar gozo en el dolor: saberse hijo de Dios y vivir como tal. La alegría tiene sus raíces en forma de cruz, enseñó. Y durante muchos años, apuntaba al comienzo de su epacta ‑el calenda­rio litúrgico que usan los sacerdotes para saber qué Misa deben o pueden celebrar, y qué partes del Oficio Divino han de leer­ jaculatoria expresiva: in laetitia, nulla dies sine cruce! (¡con alegría, ningún día sin Cruz!).

Había escrito en Camino, 217: Te quiero feliz en la tierra. ‑No lo serás si no pierdes ese miedo al dolor. Porque, mientras “caminamos”, en el dolor está precisamente la felicidad. Fue feliz en medio de infinidad de dolores físicos y morales. No era fácil advertirlos, porque no le hacían perder el buen humor, porque vivía lo que enseñaba: que muchas veces, la mejor mortificación era una sonrisa. Y resulta especialmente difícil sonreír cuando el cuerpo está rendido. Muy probablemente, esa idea ascética ‑la sonrisa como la mejor de las mortificaciones­ la aprendió Mons. Escrivá de Balaguer de su padre, don José, al que nunca había visto triste, aunque fue tratado por el Señor como el Santo Job.

Que estén tristes los que no saben que son hijos de Dios. En la vida del cristiano no puede caber la tristeza, el miedo, la queja, porque sus tesoros son justamente: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel… (cfr. Camino, 194). A su lado muchos aprendieron a no tener miedo a nada ni a nadie, ni a Dios ‑subrayaba‑ que es nuestro Padre y nos quiere más que todos los padres y las madres juntos de la tierra. Y, por eso, llevó fortaleza cristiana a cien­tos de enfermos, a los que ayudó a morir santamente, con la alegría del que sabe por la fe que morir es ir al encuentro del Padre divino. De sus años en el Hospital del. Rey, sor Isabel Martín describe “a enfermas jóvenes, tuberculosas, que recupe­raban incluso la alegría humana aunque fuesen conscientes ¿le que iban a morir. Pero aceptaban la muerte sin tragedia, con naturalidad, con esperanza. Incluso cuidando su aspecto perso­nal para tener la paz de no entristecer a los de alrededor y presentarse con gozo ante Dios.

El Fundador del Opus Dei mostró con su ejemplo que quienes se deciden a seguir las huellas de Jesucristo, no tienen miedo a la vida, ni miedo a la muerte. Y es que quien vive de veras cono hijo de Dios no puede temer la muerte. Recientemente, abriendo el corazón a unos socios de la Obra, en Roma, les decía:

Era muy joven cuando escribí ‑y lo repetiré ahora, con paladeo de miel‑ que Jesús no será mi Juez ni el vuestro: será Jesús, un Dios que perdona.

Le gustaba una canción italiana de los años cincuenu, porque le hacía pensar en su futuro paso al Cielo:

Aprite le finestre al nuovo sole, é primavera, é primavera. Aprite le finestre al nuovo sole, é primavera, é festa dell’Amor.

Muchos conocieron un deseo que manifestó más de una vez: que después de recibir la Extremaunción ‑si el Señor tiene misericordia de mí‑, me canten esa canción. Me llevará perfectamente dispuesto a ir al encuentro de Dios. Me ayuda a hacer oración.

En aquellos años cincuenta, ya en Roma, se agudizó la diabetes que padecía. En 1974 lo detallaba:

Hice que colocaran un timbre en mi habitación, al alcance de la mano. Dije: por lo menos, sueno; y, al oír el escándalo, os venís a darme la Extremaunción. Aquel timbre, una vez puesto en movimiento, tienen que ir lejos a pararlo.

Llegaba la noche, y pensaba: Señor, no sé si me levantaré mañana; te doy gracias por la vida que me concedas, y estoy contento de morir en tus brazos. Espero en tu misericordia. Por la mañana, al despertarme, el primer pensamiento era el mismo.

La situación era muy difícil. Los análisis daban cada semana idénticos y graves resultados, a pesar del riguroso régimen alimenticio y de la alta dosis de insulina que se le aplicaba. El 27 de abril de 1954, poco antes de la una de la tarde, estaba con don Álvaro del Portillo. Acababan de inyectarle insulina retardada: era la hora habitual y se sentía bien. De repente, a poco de recibir la inyección, sufrió un shock anafiláctico. Antes de perder el sentido, en segundos, exclamó, dirigiéndose a don Álvaro:

‑La absolución, la absolución.

Todo sucedió con tal rapidez, sin ningún síntoma previo que pudiera hacer sospechar un desenlace tan grave, que don Álvaro del Portillo no le entendió. ‑¿Qué solución?, le preguntó. Y Mons. Escrivá de Balaguer, como para urgirle, respondió con las primeras palabras de la fórmula: ‑Ego te absolvo… Segun­dos después, quedó inconsciente.

Don Álvaro del Portillo intentó luego reanimarlo. Pidió azúcar ‑pensando que podía ser un coma hipoglucémico‑, y trató de hacerle tragar un poco, sin conseguirlo, por la rigidez de la mandíbula. Entretanto se había producido tal cambio de color en el rostro de Mons. Escrivá de Balaguer que, aunque avisó inmediatamente podría hacer.

Dios quiso que volviese en sí al cabo de unos quince minutos, antes de llegar el médico. Esa misma tarde, cuando recuperó la vista ‑la había perdido durante varias horas‑,llamó a las tres asociadas de la Obra que habían sabido por don Álvaro del gravísimo percance y seguían alarmadas. Quería tranquilizarlas y, para alejar todas sus preocupaciones, se puso a hacer un trabajo en el que necesitaba su colaboración.

Aquellas personas no han olvidado esta lección de serenidad y de abandono en los brazos de Dios.

Es de interés hacer notar que, desde aquel día, Mons. Es­crivá de Balaguer no sufrió más a causa de la diabetes, enfer­medad que, sin embargo, está considerada clínicamente como irreversible.

El Papa en Nazaret

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Santiago Quemada cuenta la Misa que el Papa celebró el 14 de mayo, en Nazaret

14 de mayo de 2009

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Lo primero que tengo que decir es que, después de la suerte que he tenido, sólo me quedaba dejar paso a otros. Así que hoy no he ido al norte, y me he quedado cuidando la casa. De todas formas lo que narraré ahora está basado en lo que me han contado los de mi casa de cómo se ha vivido este día en Nazaret con el Papa, y en las imágenes impresionantes que he visto de la Misa en directo por la televisión local y a través de internet.

Realmente esta imagen de tantos miles de cristianos en Tierra Santa es digna de ser guardada para verla muchas veces. Somos tan poquitos que esto es una inyección de optimismo y esperanza muy grande. La llegada al lugar ha sido a través de autobuses. No estaba permitido acceder al recinto andando. El ambiente en el lugar durante las horas de espera y con la presencia del Papa ha sido impresionante. Había alrededor de 40.000 personas. Y todas con una alegría y una vitalidad muy grandes. No han parado de gritar, de cantar y de moverse al compás de la música o agitando banderitas durante horas. Cuando ha llegado el Santo Padre en el papamóvil ha sido impresionante el estallido de alegría entre la muchedumbre.

Ha comenzado la Santa Misa y, esta vez, el encargado de dirigir las palabras iniciales de bienvenida al Papa ha sido el obispo melquita o greco-católico Elías Shakur. Es un hombre que habla con mucha fuerza y durante bastantes minutos ha agradecido con potente voz la presencia del Papa, y le ha manifestado sus preocupaciones. También le ha trasmitido su alegría por la nueva Universidad que está comenzando en el norte del país y de la que él es promotor.

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En varios momentos ha gritado el saludo de Pascua entre los árabes cristianos: -Il Masih qam (El Mesías ha resucitado) Y todos han respondido gritando: -Hakam qam (En verdad ha resucitado). Al Santo Padre se le veía disfrutar pues sonreía ante la espontaneidad del obispo y la respuesta unánime de la gente. En la homilía el Papa ha hablado de la familia. Estamos celebrando en el Patriarcado un año dedicado a la familia. Ha sido muy bonito como el Santo Padre ha puesto el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret. Ha animado a que, siguiendo su ejemplo, se llegue a apreciar cada vez más la santidad de la familia, “que se basa en la fidelidad para toda la vida de un hombre y una mujer, consagrada en el pacto conyugal y abierta al don de la vida”. También hoy ha vuelto a hablar del importante papel de la mujer, y además ha dicho palabras para los hijos, que nos vendrán muy bien para formar y alentar a los niños nuestros clubes de Nazaret y Jerusalén.

Después, en el ofertorio, se ha producido una escena conmovedora. Mientras algunos matrimonios le hacían entrega al Papa de las ofrendas para la Misa, una chica en el coro cantaba un solo con voz preciosa. Al terminar la canción, después de la última pareja que dejaba sus ofrendas y saludaba al Papa, ha subido ella. Se ha puesto de rodillas y se ha agachado hasta el suelo buscando besar los pies del Santo Padre. El Papa se ha quedado asombrado. Al incorporarse la chica -mientras seguía de rodillas- su Santidad con mucho cariño le ha hecho la señal de la Cruz. Entonces ella se ha puesto a llorar como una Magdalena ante la sonrisa conmovida del Santo Padre.

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Luego se ha levantado y ha vuelto al coro hecha un mar de lágrimas. Ante la escena tan emocionante se ha oído un fuerte aplauso en la explanada. Seguro que conmigo a muchos que lo han podido ver se les ha formado un nudo en la garganta. Al terminar la ceremonia el Santo Padre se ha retirado ante los gritos, saludos y cánticos entusiasmados de la muchedumbre. Quizá por el número de los asistentes puedo decir que ha sido la más calurosa e impresionante acogida al Papa de estos días en Tierra Santa.

Después ha tenido una reunión con el nuevo Primer Ministro de Israel en el convento franciscano de Nazaret. Posteriormente otra reunión con los líderes religiosos de Galilea en el Auditorio de la Basílica de la Anunciación. El líder hebreo en un momento de su intervención entonó un cantó en latín, árabe y hebreo. Espontáneamente el Papa y los demás líderes se cogieron de las manos. El Santo Padre reía divertido ante el gesto simpático de unidad. Finalmente rezó las vísperas con los obispos, sacerdotes y religioso en la Iglesia grande que hay en la parte posterior de la Basílica.

Mañana antes de la despedida rezará en el Santo Sepulcro. Momento muy esperado por el Papa.

El belén de Torreciudad y la ruta del belén

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“Cuando el espectador lo contemple dirigirá su mirada a Jesús”, explicaba su autor, el célebre escultor catalán, Joan Mayné, que realizó también el monumental retablo de Torreciudad.

29 de diciembre de 2008

Opus Dei -

El belén del santuario destaca fundamentalmente por su atractivo artístico, ya que las tres figuras que componen la Sagrada Familia son esculturas esculpidas en alabastro. En concreto, estas imágenes de San José y la Virgen con el Niño en brazos son de tamaño casi natural y de un enorme valor, porque inspiraron al artista a la hora de hacer el retablo de 15 m. de alto por 12 m. de ancho.

El actual belén de Torreciudad se colocó por primera vez hace veinte años, sustituyendo a otro anterior más sencillo. El establo que acoge las esculturas está inspirado en la estructura de una cabaña tradicional del Pirineo, y mide 6 m. de largo por x 4 m. de alto. El cobertizo se levanta sobre varias vigas y traviesas de madera de pino, con paredes revestidas por costales -envejecidos con una ligera aplicación de betún de judea- y culminado con un tejado a dos aguas cubierto con paja.

Opus Dei - Parroquia S Bartolomé (Tejina, Tenerife)

Parroquia S Bartolomé (Tejina, Tenerife)

En la parte trasera de la estructura se puede ver un pueblo de pequeñas dimensiones situado sobre una montaña, localidad que el visitante aprecia a través del hueco que deja la apertura de la hoja superior de una ventana.

En el interior de la casa resaltan las imágenes de la Sagrada Familia, representada por las tallas de María, que aparece sentada sosteniendo en su regazo a Jesús, y de san José de pie a su lado. Como explica el propio Mayné, “La Virgen está haciendo de cuna al Niño, y toda la luz va a parar a Jesús, para que todas las miradas vayan a parar ahí con el objeto de que, cuando el espectador las contemple, también dirija su mirada a Jesús”.

Opus Dei - Familia McGrath de Barcelona

Familia McGrath de Barcelona

La escena navideña se completa con la presencia de un pastor con un corderillo en sus brazos, el buey y la mula recostados sobre el forraje y la paja, además de catorce ángeles dorados de distintos tamaños que revolotean por el portal, particularidad que se repite en otros lugares del santuario puesto que la titularidad de la Virgen de Torreciudad corresponde a la advocación de Nuestra Señora de los Ángeles.

Entre los detalles que sirven para adornar el pesebre navideño hay elementos típicos del medio rural, como una forca de madera para aventar la paja, un par de comederos -regalo de un vecino- candiles, faroles antiguos y elementos de cocina, como la sartén sobre un caballete de hierro, junto a la chimenea que caldea la comida para los habitantes del hogar.

Opus Dei - Encuentro de sacerdotes de las parroquias cercanas al  santuario

Encuentro de sacerdotes de las parroquias cercanas al santuario

El belén de Torreciudad se ha concebido como un lugar de oración en el que sea fácil sentirse “un personaje más”, como recomendaba san Josemaría. El peregrino encuentra junto al belén varios textos del Evangelio para leer y meditar y varias oraciones dirigidas a la Sagrada Familia.

Muchas familias están visitando estos días el belén, aprovechan para fotografiarse junto a la Sagrada Familia y disponer así de una imagen con la que felicitar las Navidades.

Opus Dei - Familia Herráez de Valladolid

Familia Herráez de Valladolid

Otro de los actos entrañables que tienen lugar en el belén es el encuentro de sacerdotes de las parroquias cercanas al santuario, que todos los años se reúnen para cantar villancicos ante el belén y disfrutar de un día de convivencia en Torreciudad.

Opus Dei - El equipo de Mantenimiento de Torreciudad

El equipo de Mantenimiento de Torreciudad

Desde hace cuatro años el belén de Torreciudad se integra en la “Ruta del Belén Altoaragonesa”. Con el apoyo de las comarcas de Ribagorza, Somontano , Sobrarbe, Cinca Medio, La Litera y la Diputación Provincial de Huesca, se han editado 30.000 folletos con el contenido de la Ruta, un mapa con todo el itinerario, una descripción de cada uno de los belenes, y los lugares de interés de las localidades asociadas, que este año son catorce: Alcolea, Binaced, Monzón, Graus, Castillonrroy, La Almunia de San Juan, Lagunarrota, Barbastro, Boltaña, Pomar de Cinca, Fraga, Esplús, Peralta de la Sal y Torreciudad (con el patrocinio del Ayuntamiento de Secastilla).

Despedida de Belén y de los territorios palestinos

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Miércoles, 13 de mayo de 2009

Señor Presidente. Queridos amigos: Os doy las gracias por el gran cariño que me han demostrado a lo largo de este día que he pasado con vosotros, aquí en los territorios palestinos. Agradezco al Presidente, el Sr. Mahmoud Abbas, por su hospitalidad y sus palabras de gracia. Es conmovedor para mí escuchar también los testimonios de los residentes que han hablado con nosotros sobre las condiciones de vida en la Ribera Occidental y en Gaza. Os aseguro a todos vosotros que os llevo en mi corazón y en la esperanza de ver la paz y la reconciliación en todas estas atormentadas tierras.

Ha sido realmente un día más memorable. Desde su llegada a Belén en esta mañana, he tenido la alegría de celebrar la Misa, junto con una gran multitud de los fieles en el lugar donde Jesucristo, luz de las naciones y la esperanza del mundo, nació. He visto los cuidados que se prestan a los niños en el Caritas Baby Hospital. Con angustia, he sido testigo de la situación de los refugiados que, al igual que la Sagrada Familia, han tenido que huir de sus hogares. Y he visto, al lado del campamento y eclipsando la mayor parte de Belén, el muro que invade su territorio, separando vecinos y dividiendo familias.

Aunque los muros pueden ser fácilmente construidos, todos sabemos que no duran para siempre. Pueden también derribarse. En primer lugar, sin embargo, es necesario eliminar los muros que construimos alrededor de nuestros corazones, las barreras que hemos creado en contra de nuestros vecinos. Por eso, en mi partida, quiero hacer un nuevo llamamiento a la apertura y a la generosidad de los espíritus, para que se ponga fin a la intolerancia y la exclusión. No importa qué pueda parecer que el conflicto está tan profundamente arraigado; siempre hay motivos para la esperanza de que pueda resolverse, de que el paciente y perseverante esfuerzo de quienes trabajan por la paz y la reconciliación dará frutos al final. Mi deseo más sincero para vosotros y para el pueblo de Palestina es que esto sucederá pronto, y que, por fin, se puede disfrutar de la paz, la libertad y la estabilidad, que se ha eludido durante tanto tiempo.

Estad seguros de que voy a seguir aprovechando todas las oportunidades que tenga para instar a los participantes en las negociaciones de paz a trabajar hacia una solución justa que respete las aspiraciones legítimas de israelíes y palestinos por igual. Como un paso importante en este sentido, la Santa Sede espera que se establezca en breve, en colaboración con la Autoridad Palestina, la Comisión Bilateral Permanente de Trabajo que se previó en el Acuerdo Básico, firmado en el Vaticano el 15 de febrero de 2000 (véase el Acuerdo Básico entre la Santa Sede y la Organización de Liberación de Palestina, el art. 9).

Opus Dei -

Señor Presidente, queridos amigos, os doy las gracias una vez más, y os encomiendo a la protección del Todopoderoso. Que Dios os mire con amor a cada uno de vosotros, a vuestras familias y a todos vuestros seres queridos. Y que bendiga al pueblo palestino con la paz.

Homilía de la Misa en Nazaret

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Jueves 14 de mayo de 2009

Queridos hermanos y hermanas

la Anunciación, el lugar que contempló los años escondidos del crecimiento de Jesús en sabiduría, edad y gracia (cfr. Lc 2,52). Agradezco al arzobispo Elias Chacour sus gentiles palabras de bienvenida, y abrazo con el signo de la paz a mis hermanos obispos, sacerdotes, religiosos y todos los fieles de Galilea, que en la diversidad de sus ritos y tradiciones, dan expresión a la universalidad de la Iglesia de Cristo. Saludo con respeto al presidente de Israel que nos honra con su presencia. Deseo dar las gracias de forma especial a cuantos han hecho posible esta celebración, particularmente a quienes han participado en la planificación y construcción de este nuevo teatro este su espléndido panorama de la ciudad.

Aquí en la ciudad de Jesús, María y José, estamos reunidos para señalar la conclusión del Año de la Familia celebrado por la Iglesia en Tierra Santa. Como signo prometedor del futuro, bendeciré la primera piedra de un Centro Internacional para la Familia, que será construido en Nazaret. Oremos para que este Centro promueva una sólida vida familiar en esta región, ofrezca apoyo y asistencia a las familias en cualquier lugar y las anime en su insustituible misión en la sociedad.

Además tengo esperanza en que esta etapa de mi peregrinación atraiga la atención de toda la Iglesia hacia esta ciudad de Nazaret. Como dijo el Papa Pablo VI todos necesitamos volver a Nazaret para contemplar siempre de nuevo el silencio y el amor de la Sagrada Familia, modelo de toda vida familiar cristiana. Aquí, tras el ejemplo de María, José y Jesús, podemos apreciar aún más la santidad de la familia que, en el plan de Dios, se basa sobre la fidelidad de por vida de un hombre y una mujer, consagrada por el pacto conyugal y abierta al don de Dios de nuevas vidas. ¡Cuánta necesidad tienen los hombres y mujeres de nuestro tiempo de reapropiarse de esta verdad fundamental, que está en la base de la sociedad y cuán importante es el testimonio de parejas casadas en base a la formación de conciencias maduras y a la construcción de la civilización del amor!

En la primera lectura de hoy, tomada del libro del Eclesiástico (Eclo 3,3-7.14-17), la palabra de Dios presenta a la familia como la primera escuela de la sabiduría, una escuela que educa a los propios miembros en la práctica de aquellas virtudes que conducen a la felicidad auténtica y duradera. En el plan de Dios para la familia, el amor del marido y la mujer produce el fruto de nuevas vidas, y encuentra su expresión cotidiana en los esfuerzos amorosos de los padres para asegurar una formación integral humana y espiritual para sus hijos. En la familia cada persona, se trate del niño más pequeño o del familiar más anciano, es valorada por lo que es en sí misma, y no simplemente como un medio para otros fines. Aquí empezamos a observar algunos de los papeles esenciales de la familia como primera piedra de la construcción de una sociedad bien ordenada y acogedora. Además alcanzamos a apreciar, dentro de la sociedad más amplia, el papel del Estado llamado a sostener a las familias en su misión educadora, a proteger la institución de la familia y sus derechos inherentes, y a asegurar que todas las ellas puedan vivir y florecer en condiciones de dignidad.

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Escribiendo a los Colosenses, el apóstol Pablo habla instintivamente de la familia cuando intenta ilustrar las virtudes que edifican “el único cuerpo” que es la Iglesia. Como “elegidos de Dios, santos y amados”, estamos llamados a vivir en armonía y en paz los unos con los otros, mostrando sobre todo magnanimidad y perdón, con el amor como el vínculo más grande de perfección (cfr. Col 3, 12-14). Como en el pacto conyugal, el amor del hombre y de la mujer viene elevado por la gracia hasta convertirse en compartido, y expresión del amor de Cristo y de la Iglesia (cfr. Ef 5, 32), de modo que la familia, fundada sobre el amor, esta llamada a ser una “iglesia doméstica”, un lugar de fe, de oración y de preocupación amorosa por el verdadero y duradero bien de cada uno de sus miembros.

Mientras reflexionamos sobre estas realidades, en ésta que es la ciudad de la Anunciación, nuestro pensamiento se dirige naturalmente a María, “llena de gracia”, la Madre de la Sagrada Familia y nuestra Madre. Nazaret nos recuerda el deber de reconocer y respetar la dignidad y misión concedidas por Dios a las mujeres, como también sus carismas y talentos particulares. Ya sea como madres de familia, como presencia vital en las fuerzas laborales y en las instituciones de la sociedad, o como en la particular vocación a seguir al señor mediante los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, las mujeres tienen un papel indispensable en la creación de esa “ecología humana” (cfr Centesimus annus, 39) de la que nuestro mundo, y también esta tierra, tienen necesidad tan urgente: un ambiente en el que los niños aprendan a amar y querer a los otros, a ser honestos y respetuosos hacia todos, a practicar las virtudes de la misericordia y del perdón.

Aquí pensamos también en san José, el hombre justo que Dios puso al frente de su casa. Del ejemplo fuerte y paterno de José, Jesús aprendió las virtudes de la piedad masculina, de la fidelidad a la palabra dada, de la integridad y del trabajo duro. En el carpintero de Nazaret vemos como la autoridad puesta al servicio del amor es infinitamente más fecunda que el poder que intenta dominar. ¡Cuanta necesidad tiene nuestro mundo del ejemplo, de la guía y de la silenciosa calma de hombres como José!

Por último, contemplando la Sagrada Familia de Nazaret, dirijamos ahora la mirada al niño Jesús, que en la casa de María y de José creció en sabiduría y conocimiento, hasta el día en el que inició su ministerio público. Aquí querría añadir un pensamiento particular a los jóvenes presentes. El Concilio Vaticano II enseña que los niños tienen un papel especial en hacer crecer a sus padres en la santidad (cfr. Gaudium et spes, 48). Les pido que reflexionen sobre ello y dejen que el ejemplo de Jesús les guíe no sólo mostrando respeto a sus padres, sino también ayudándoles a descubrir con más plenitud el amor que da a nuestra vida el sentido más completo. En la Sagrada Familia de Nazaret fue Jesús el que enseñó algo a María y a José sobre la grandeza del amor de Dios, su celeste Padre, la fuente última de todo amor, el Padre de quien toda familia en el cielo y en la tierra toma su nombre (cfr. Ef 3, 14-15).

Queridos amigos, en la oración colecta de la Misa de hoy hemos pedido al Padre que “nos ayude a vivir como la Sagrada Familia, unidad en el respeto y en el amor”. Renovemos aquí nuestro compromiso de ser levadura de respeto y de amor en el mundo que nos circunda. Este Monte del Precipicio nos recuerda, como lo ha hecho con generaciones de peregrinos, que el mensaje del Señor fue en ocasiones fuente de contradicción y de conflicto con los mismos que le escuchaban. Por desgracia, como sabe el mundo, Nazaret ha experimentado tensiones en los años recientes, que han dañado las relaciones entre las comunidades cristiana y musulmana. Invito a las personas de buena voluntad de ambas comunidades a reparar el daño que ha sido hecho, y en la fidelidad al credo común en un único Dios, Padre de la familia humana, trabajar para construir puentes y encontrar formas de convivir pacíficamente. ¡Que cada cual rechace el poder destructivo del odio y del prejuicio, que asesinan el alma humana antes que al cuerpo!

Opus Dei -

Permítanme que concluya con una palabra de gratitud y alabanza hacia cuantos se esfuerzan para llevar el amor de Dios a los niños de esta ciudad y para educar a las nuevas generaciones por los caminos de la paz. Pienso de manera especial en los esfuerzos de las iglesias locales, particularmente en sus escuelas y en sus instituciones caritativas, para derribar los muros y para ser terreno fértil de encuentro, de diálogo, de reconciliación y de solidaridad. Animo a los sacerdotes, a los religiosos, a los catequistas y a los profesores a que se comprometan, junto con los padres y cuantos se dedican al bien de nuestros muchachos, a perseverar en dar testimonio del Evangelio, a tener confianza en el triunfo del bien y de la verdad, y a confiar en que Dios hará crecer toda iniciativa destinada a difundir su Reino de santidad, solidaridad, justicia y paz. Al mismo tiempo reconozco con gratitud la solidaridad que muchos hermanos y hermanas nuestros en todo el mundo expresan hacia los fieles de Tierra Santa, apoyando los loables programas y actividades de la Catholic Near East Welfar Association.

“Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). ¡Qué la virgen de la Anunciación, que valerosamente abrió el corazón al misterioso plan de Dios, y se convirtió en Madre de todos los creyentes, nos guíe y nos sostenga con su oración! ¡Que obtenga para nosotros y nuestras familias la gracia de abrir los oídos a esta palabra del Señor que tiene el poder de construir (cfr. Hch 20, 32), que nos inspire decisiones valerosas, y que guíe nuestros pasos por el camino de la paz!


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