TEMA 12. Creo en el Espíritu Santo. Creo en la Santa Iglesia católica

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El Espíritu Santo une íntimamente a los fieles con Cristo de modo que forman un solo cuerpo, la Iglesia, donde existe una diversidad de miembros y funciones

1.  Creo en el Espíritu Santo

1.1. La Tercera Persona de la Santísima Trinidad

En la Sagrada Escritura, el Espíritu Santo es llamado con distintos nombres: Don, Señor, Espíritu de Dios, Espíritu de Verdad y Paráclito, entre otros. Cada una de estas palabras nos indica algo de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es “Don”, porque el Padre y el Hijo nos lo envían gratuitamente: el Espíritu ha venido a habitar en nuestros corazones (cfr. Ga 4,6); Él vino para quedarse siempre con los hombres. Además, de Él proceden todas las gracias y dones, el mayor de los cuales es la vida eterna junto con las otras Personas divinas: en Él tenemos acceso al Padre por el Hijo.

El Espíritu es “Señor” y “Espíritu de Dios”, que en la Sagrada Escritura son nombres que se atribuyen sólo a Dios, porque es Dios con el Padre y el Hijo. Es “Espíritu de Verdad” porque nos enseña de modo completo todo lo que Cristo nos ha revelado, y guía y mantiene la Iglesia en la verdad (cfr. Jn 15, 26; 16, 13-14). Es el “otro” Paráclito (Consolador, Abogado) prometido por Cristo, que es el primer Paráclito (el texto griego habla de “otro” Paráclito y no de un paráclito “distinto” para señalar la comunión y continuidad entre Cristo y el Espíritu).

En el Símbolo Niceno-Constantinopolitano rezamos «Et in Spiritum Sanctum, Dominum et vivificantem: qui ex Patre [Filioque] procedit. Qui cum Patre et Filio simul adoratur, et conglorificatur: qui locutus est per Prophetas». En esta frase los Padres del Concilio de Constantinopla (381) quisieron utilizar algunas de las expresiones bíblicas con las que se nombraba al Espíritu. Al decir que es “dador de vida” se referían al don de la vida divina dado al hombre. Por ser Señor y dador de vida, es Dios con el Padre y el Hijo y recibe por tanto la misma adoración que las otras dos Personas divinas. Al final, también han querido señalar la misión que el Espíritu realiza entre los hombres: habló por los profetas. Los profetas son aquéllos que hablaron en nombre de Dios movidos por el Espíritu para mover a la conversión a su pueblo. La obra reveladora del Espíritu en las profecías del Antiguo Testamento encuentra su plenitud en el misterio de Jesucristo, la Palabra definitiva de Dios.

«Son numerosos los símbolos con los que se representa al Espíritu Santo: el agua viva, que brota del corazón traspasado de Cristo y sacia la sed de los bautizados; la unción con el óleo, que es signo sacramental de la Confirmación; el fuego, que transforma cuanto toca; la nube oscura y luminosa, en la que se revela la gloria divina; la imposición de manos, por la cual se nos da el Espíritu; y la paloma, que baja sobre Cristo en su bautismo y permanece en Él» (Compendio, 139).

1.2. La Misión del Espíritu Santo

La Tercera Persona de la Santísima Trinidad coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo del designio de nuestra salvación hasta su consumación; pero en los “últimos tiempos” –inaugurados con la Encarnación redentora del Hijo– el Espíritu se reveló y nos fue dado, fue reconocido y acogido como Persona (cfr. Catecismo, 686). Por obra del Espíritu, el Hijo de Dios tomó carne en las entrañas purísimas de la Virgen María. El Espíritu lo ungió desde el inicio; por eso Jesucristo es el Mesías desde el inicio de su humanidad, es decir, desde su misma Encarnación (cfr. Lc 1, 35). Jesucristo revela al Espíritu con su enseñanza, cumpliendo la promesa hecha a los Patriarcas (cfr. Lc 4, 18s), y lo comunica a la Iglesia naciente, exhalando su aliento sobre los Apóstoles después de su Resurrección (cfr. Compendio, 143). En Pentecostés el Espíritu fue enviado para permanecer desde entonces en la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, vivificándola y guiándola con sus dones y con su presencia. Por esto también se dice que la Iglesia es Templo del Espíritu Santo, y que el Espíritu Santo es como el alma de la Iglesia.

El día de Pentecostés el Espíritu descendió sobre los Apóstoles y los primeros discípulos, mostrando con signos externos la vivificación de la Iglesia fundada por Cristo. «La misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia, enviada para anunciar y difundir el misterio de la comunión trinitaria» (Compendio, 144). El Espíritu hace entrar al mundo en los “últimos tiempos”, en el tiempo de la Iglesia.

La animación de la Iglesia por el Espíritu Santo garantiza que se profundice, se conserve siempre vivo y sin pérdida todo lo que Cristo dijo y enseñó en los días que vivió en la tierra hasta su Ascensión; además, por la celebración-administración de los sacramentos, el Espíritu santifica la Iglesia y los fieles, haciendo que ella continúe siempre llevando las almas a Dios.

«La misión del Hijo y la del Espíritu son inseparables porque en la Trinidad indivisible, el Hijo y el Espíritu son distintos, pero inseparables. En efecto, desde el principio hasta el fin de los tiempos, cuando Dios envía a su Hijo, envía también su Espíritu, que nos une a Cristo en la fe, a fin de que podamos, como hijos adoptivos, llamar a Dios “Padre” (Rm 8, 15). El Espíritu es invisible, pero lo conocemos por medio de su acción cuando nos revela el Verbo y cuando obra en la Iglesia» (Compendio, 137).

1.3. ¿Cómo actúan Cristo y el Espíritu Santo en la Iglesia?

Por medio de los sacramentos, Cristo comunica su Espíritu a los miembros de su Cuerpo, y les ofrece la gracia de Dios, que da frutos de vida nueva, según el Espíritu. El Espíritu Santo también actúa concediendo gracias especiales a algunos cristianos para el bien de toda la Iglesia, y es el Maestro que recuerda a todos los cristianos aquello que Cristo ha revelado (cfr. Jn 14, 25s).

«El Espíritu Santo edifica, anima y santifica a la Iglesia; como Espíritu de Amor, devuelve a los bautizados la semejanza divina, perdida a causa del pecado, y los hace vivir en Cristo la vida misma de la Trinidad Santa. Los envía a dar testimonio de la Verdad de Cristo y los organiza en sus respectivas funciones, para que todos den “el fruto del Espíritu” (Ga 5, 22)» (Compendio, 145).

2. Creo en la Santa Iglesia Católica

2.1. La revelación de la Iglesia

La Iglesia es un misterio (cfr., p. ej., Rm 16,25-27), es decir, una realidad en la que entran en contacto y comunión Dios y los hombres. Iglesia viene del griego “ekklesia”, que significa asamblea de los convocados. En el Antiguo Testamento fue utilizada para traducir el “quahal Yahweh”, o asamblea reunida por Dios para honrarle con el culto debido. Son ejemplos de ello la asamblea sinaítica, y la que se reunió en tiempos del rey Josías con el fin de alabar a Dios y volver a la pureza de la Ley (reforma). En el Nuevo Testamento tiene varias acepciones, en continuidad con el Antiguo, pero designa especialmente el pueblo que Dios convoca y reúne desde los confines de la tierra para constituir la asamblea de todos los que, por la fe en su Palabra y el Bautismo, son hijos de Dios, miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo (cfr. Catecismo, 777; Compendio, 147).

En la Sagrada Escritura la Iglesia recibe distintos nombres, cada uno de los cuales subraya especialmente algunos aspectos del misterio de la comunión de Dios con los hombres. “Pueblo de Dios” es un título que Israel recibió. Cuando se aplica a la Iglesia, nuevo Israel, quiere decir que Dios no quiso salvar a los hombres aisladamente, sino constituyéndolos en un único pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que le conociera en la verdad y le sirviera santamente. También significa que ella ha sido elegida por Dios, que es una comunidad visible que está en camino –entre las naciones– hacia su patria definitiva. En ese pueblo todos tienen la común dignidad de los hijos de Dios, una misión común, ser sal de la tierra, y un fin común, que es el Reino de Dios. Todos participan de las tres funciones de Cristo, real, profética y sacerdotal (cfr. Catecismo, 782-786).

Cuando decimos que la Iglesia es el “cuerpo de Cristo” queremos subrayar que, a través del envío del Espíritu Santo, Cristo une íntimamente consigo a los fieles, sobre todo en la Eucaristía, los incorpora a su Persona por el Espíritu Santo, manteniéndose y creciendo unidos entre sí en la caridad, formando un solo cuerpo en la diversidad de los miembros y funciones. También se indica que la salud o la enfermedad de un miembro repercute en todo el cuerpo (cfr. 1 Co 12, 1-24), y que los fieles, como miembros de Cristo, son instrumentos suyos para obrar en el mundo (cfr. Catecismo, 787-795). La Iglesia también es llamada “Esposa de Cristo” (cfr. Ef 5, 26ss), lo cual acentúa, dentro de la unión que la Iglesia tiene con Cristo, la distinción de ambos sujetos. También señala que la Alianza de Dios con los hombres es definitiva porque Dios es fiel a sus promesas, y que la Iglesia le corresponde asimismo fielmente siendo Madre fecunda de todos los hijos de Dios.

La Iglesia también es el “templo del Espíritu Santo”, porque Él vive en el cuerpo de la Iglesia y la edifica en la caridad con la Palabra de Dios, con los sacramentos, con las virtudes y los carismas. Como el verdadero templo del Espíritu Santo fue Cristo (cfr. Jn 2, 19-22), esta imagen también señala que cada cristiano es Iglesia y templo del Espíritu Santo. Los carismas son dones que el Espíritu concede a cada persona para el bien de los hombres, para las necesidades del mundo y particularmente para la edificación de la Iglesia. A los pastores corresponde discernir y valorar los carismas (cfr. 1 Ts 5, 20-22; Compendio, 160).

«La Iglesia tiene su origen y realización en el designio eterno de Dios. Fue preparada en la Antigua Alianza con la elección de Israel, signo de la reunión futura de todas las naciones. Fundada por las palabras y las acciones de Jesucristo, fue realizada, sobre todo, mediante su Muerte redentora y su Resurrección. Más tarde, se manifestó como misterio de salvación mediante la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés. Al final de los tiempos, alcanzará su consumación como asamblea celestial de todos los redimidos» (Compendio, 149; cfr. Catecismo, 778).

Cuando Dios revela su designio de salvación que es permanente, manifiesta también cómo desea realizarlo. Ese designio no lo llevó a cabo con un único acto, sino que primero fue preparando la humanidad para acoger la Salvación; sólo más adelante se reveló plenamente en Cristo. Ese ofrecimiento de Salvación en la comunión divina y en la unidad de la humanidad fue definitivamente otorgado a los hombres a través del don del Espíritu Santo que ha sido derramado en los corazones de los creyentes poniéndonos en contacto personal y permanente con Cristo. Al ser hijos de Dios en Cristo, nos reconocemos hermanos de los demás hijos de Dios. No hay una fraternidad o unidad del género humano que no se base en la común filiación divina que nos ha sido ofrecida por el Padre en Cristo; no hay una fraternidad sin un Padre común, al que llegamos por el Espíritu Santo.

La Iglesia no la han fundado los hombres; ni siquiera es una respuesta humana noble a una experiencia de salvación realizada por Dios en Cristo. En los misterios de la vida de Cristo, el ungido por el Espíritu, se han cumplido las promesas anunciadas en la Ley y en los profetas. También se puede decir que la fundación de la Iglesia coincide con la vida de Jesucristo; la Iglesia va tomando forma en relación a la misión de Cristo entre los hombres, y para los hombres. No hay un momento único en el que Cristo haya fundado la Iglesia, sino que la fundó en toda su vida: desde la encarnación hasta su muerte, resurrección, ascensión y con el envío del Paráclito. A lo largo de su vida, Cristo –en quien habitaba el Espíritu– fue manifestando cómo debía ser su Iglesia, disponiendo unas cosas y después otras. Después de su Ascensión, el Espíritu fue enviado a la Iglesia y en ella permanece uniéndola a la misión de Cristo, recordándole lo que el Señor reveló, y guiándola a lo largo de la historia hacia su plenitud. Él es la causa de la presencia de Cristo en su Iglesia por los sacramentos y por la Palabra, y la adorna continuamente con diversos dones jerárquicos y carismáticos. Por su presencia se cumple la promesa del Señor de estar siempre con los suyos hasta el final de los tiempos (cfr. Mt 28, 20).

El Concilio Vaticano II retomó una antigua expresión para designar a la Iglesia: “comunión”. Con ello se indica que la Iglesia es la expansión de la comunión íntima de la Santísima Trinidad a los hombres; y que en esta tierra ella ya es comunión con la Trinidad divina, aunque no se haya consumado aún en su plenitud. Además de comunión, la Iglesia es signo e instrumento de esa comunión para todos los hombres. Por ella participamos en la vida íntima de Dios y pertenecemos a la familia de Dios como hijos en el Hijo por el Espíritu. Esto se realiza de forma específica en los sacramentos, principalmente en la Eucaristía, también llamada muchas veces comunión (cfr. 1 Co 10, 16). Por último, se llama también comunión porque la Iglesia configura y determina el espacio de la oración cristiana (cfr. Catecismo, 2655, 2672, 2790).

2.2. La misión de la Iglesia

La Iglesia tiene que anunciar e instaurar entre todos los pueblos el Reino de Dios inaugurado por Cristo. En la tierra es el germen e inicio de este Reino. Después de su Resurrección, el Señor envió los Apóstoles a predicar el Evangelio, a bautizar y a enseñar a cumplir lo que Él había mandado (cfr. Mt 28, 18ss). El Señor entregó a su Iglesia la misma misión que el Padre le había confiado (cfr. Jn 20, 21). Desde el inicio de la Iglesia esta misión fue realizada por todos los cristianos (cfr. Hch 8, 4; 11, 19), que muchas veces han llegado al sacrificio de la propia vida para cumplirla. El mandato misionero del Señor tiene su fuente en el amor eterno de Dios, que ha enviado a su Hijo y a su Espíritu porque «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2, 4).

En ese envío misionero están contenidas las tres funciones de la Iglesia en la tierra: el munus profeticum (anunciar la buena noticia de la salvación en Cristo), el munus sacerdotale (hacer efectivamente presente y transmitir la vida de Cristo que salva por los sacramentos) y el munus regale (ayudar a los cristianos a cumplir la misión y crecer en santidad). Aunque todos los fieles comparten la misma misión, no todos desempeñan el mismo papel. Algunos de ellos fueron elegidos por el Señor para ejercer determinadas funciones, como los Apóstoles y sus sucesores, que son conformados por el sacramento del orden con Cristo cabeza de la Iglesia de una forma específica, distinta de los demás.

Porque la Iglesia recibió de Dios una misión salvífica en la tierra para los hombres, y fue dispuesta por Dios para realizarla, se dice que la Iglesia es el sacramento universal de Salvación, pues tiene como fin la gloria de Dios y la salvación de los hombres (cfr. Catecismo, 775). Es sacramento universal de salvación porque es signo e instrumento de la reconciliación y de la comunión de la humanidad con Dios, y de la unidad de todo el género humano. También se dice que la Iglesia es un misterio porque en su realidad visible se hace presente y actúa una realidad espiritual y divina que sólo se percibe mediante la fe.

La afirmación «fuera de la Iglesia no hay salvación» significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por medio de la Iglesia, que es su Cuerpo. Nadie puede salvarse si, habiendo reconocido que ha sido fundada por Cristo para la salvación de los hombres, la rechaza o no persevera. Al mismo tiempo, gracias a Cristo y a su Iglesia, pueden alcanzar la salvación eterna todos aquellos que, sin culpa alguna, ignoran el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan sinceramente a Dios y, bajo el influjo de la gracia, se esfuerzan en cumplir su voluntad, conocida mediante el dictamen de la conciencia. Todo cuanto de bueno y verdadero se encuentra en las otras religiones viene de Dios, puede preparar para la acogida del Evangelio y conducir hacia la unidad de la humanidad en la Iglesia de Cristo (cfr. Compendio, 170 y ss.).

2.3. Las propiedades de la Iglesia: una, santa, católica, apostólica

Llamamos propiedades a aquellos elementos que caracterizan la Iglesia. Los encontramos en muchos de los Símbolos de la fe desde épocas muy antiguas de la Iglesia. Todas las propiedades son un don de Dios que conlleva una tarea que cumplir por parte de los cristianos.

La Iglesia es Una porque su origen y modelo es la Santísima Trinidad; porque Cristo –su fundador– restablece la unidad de todos en un sólo cuerpo; porque el Espíritu Santo une a los fieles con la Cabeza, que es Cristo. Esta unidad se manifiesta en que los fieles profesan una misma fe, celebran unos mismos sacramentos, están unidos en una misma jerarquía, tienen una esperanza común y la misma caridad. La Iglesia subsiste como sociedad constituida y organizada en el mundo en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él. Sólo en ella se puede obtener la plenitud de los medios de salvación puesto que el Señor confió los bienes de la Nueva Alianza al Colegio apostólico, cuya cabeza es Pedro. En las iglesias y comunidades cristianas no católicas hay muchos bienes de santificación y de verdad que proceden de Cristo e impulsan a la unidad católica; el Espíritu Santo se sirve de ellas como instrumentos de salvación, puesto que su fuerza viene de la plenitud de gracia y verdad que Cristo dio a la Iglesia católica (cfr. Catecismo, 819). Los miembros de esas iglesias y comunidades se incorporan a Cristo en el Bautismo y por eso los reconocemos como hermanos. Se puede crecer en unidad: acercándonos más a Cristo y ayudando a los demás cristianos a estar más cerca de Él; fomentando la unidad en lo esencial, la libertad en lo accidental y la caridad en todo; haciendo más habitable la casa de Dios a los demás; creciendo en veneración y respeto por el Papa y la jerarquía, ayudándoles y siguiendo sus enseñanzas.

El movimiento ecuménico es una tarea eclesial por la que se busca restaurar la unidad entre los cristianos en la única Iglesia fundada por Cristo. Es un deseo del Señor (cfr. Jn 17, 21). Se realiza con la oración, con la conversión del corazón, el recíproco conocimiento fraterno y el diálogo teológico.

La Iglesia es Santa porque Dios es su autor, porque Cristo se entregó por ella para santificarla y hacerla santificante, porque el Espíritu Santo la vivifica con la caridad. Por tener la plenitud de los medios salvíficos, la santidad es la vocación de cada uno de sus miembros y el fin de toda su actividad. Es santa porque da constantemente frutos de santidad en la tierra, porque su santidad es fuente de santificación de sus hijos –aunque en esta tierra se reconocen todos pecadores y necesitados de conversión y purificación–. La Iglesia también es santa debido a la santidad alcanzada por sus miembros que ya están en el Cielo, de modo eminente la santísima Virgen María, que son sus modelos e intercesores (cfr. Catecismo, 823-829). La Iglesia puede ser más santa, a través de la tarea de santidad realizada por sus fieles: la conversión personal, la lucha ascética por parecerse más a Cristo, la reforma que ayuda a cumplir mejor la misión y a huir de la rutina, la purificación de la memoria que remueve los falsos prejuicios sobre los demás, y el cumplimiento concreto de la voluntad de Dios en la caridad.

La Iglesia es Católica –es decir, universal– porque en ella está Cristo, porque conserva y administra todos los medios de salvación dados por Cristo, porque su misión abarca a todo el género humano, porque ha recibido y transmite en su integridad todo el tesoro de la Salvación y porque tiene la capacidad de inculturarse, elevando y mejorando cualquier cultura. La catolicidad crece extensiva e intensivamente a través de un mayor desarrollo de la misión de la Iglesia. Toda iglesia particular, es decir, toda porción del pueblo de Dios que está en comunión en la fe, en los sacramentos, con su obispo –a través de la sucesión apostólica–, formada a imagen de la Iglesia universal y en comunión con toda la Iglesia (que la precede ontológica e cronológicamente) es católica.

Como su misión abarca toda la humanidad, cada hombre, de modos diversos, pertenece o al menos está ordenado a la unidad católica del Pueblo de Dios. Está plenamente incorporado a la Iglesia quien, poseyendo el Espíritu de Cristo, se encuentra unido por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión. Los católicos que no perseveren en la caridad, aunque incorporados a la Iglesia, le pertenecen con el cuerpo pero no con el corazón. Los bautizados que no realizan plenamente dicha unidad católica están en una cierta comunión, aunque imperfecta, con la Iglesia católica (cfr. Compendio, 168).

La Iglesia es Apostólica porque Cristo la ha edificado sobre los Apóstoles, testigos escogidos de su Resurrección y fundamento de su Iglesia; porque con la asistencia del Espíritu Santo, enseña, custodia y transmite fielmente el depósito de la fe recibido de los Apóstoles. También es apostólica por su estructura, en cuanto es instruida, santificada y gobernada, hasta la vuelta de Cristo, por los Apóstoles y sus sucesores, los obispos, en comunión con el sucesor de Pedro. La sucesión apostólica es la transmisión, mediante el sacramento del Orden, de la misión y la potestad de los Apóstoles a sus sucesores. Gracias a esta transmisión, la Iglesia se mantiene en comunión de fe y de vida con su origen, mientras a lo largo de los siglos ordena su misión apostólica a la difusión del Reino de Cristo sobre la tierra. Todos los miembros de la Iglesia participan, según las distintas funciones, de la misión recibida por los Apóstoles de llevar el Evangelio al mundo entero. La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado (cfr. Catecismo, 863).

Miguel de Salis Amaral

Galería fotográfica

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Fotos de la Eucaristía celebrada por el Prelado en Santa María la Mayor (Roma). (Fotos: J.M. San Millán)














“Los sacramentos son las huellas de Cristo en la Tierra”

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El Prelado ha concluido su viaje a los EE.UU. y Canadá. En la última tertulia, celebrada en Houston con 2.500 personas, habló sobre los sacramentos “que nos ayudan a encontrar la santidad en la vida ordinaria”.

Opus Dei - El Prelado finalizó en Texas su viaje a EE.UU. y Canadá.

El Prelado finalizó en Texas su viaje a EE.UU. y Canadá.

“Allí donde estemos –en nuestro lugar de trabajo, en la vida familiar, con los amigos, y en cualquier otra parte- podemos ser santos, haciendo santas nuestras ocupaciones y haciendo santos a quienes nos rodean”.

“Para lograrlo, los sacramentos son una gran ayuda. Son las huellas de Cristo en la tierra. Él, Jesucristo, está aquí, con nosotros; ¡no estamos solos! Podemos encontrarnos con Él en los sacramentos, especialmente la confesión y la Eucaristía”.

El encuentro en Houston (Texas) se celebró el pasado día 28 en el Grand Plaza hotel, cercano al Texans football stadium. Con esta tertulia, se ponía punto final a la visita pastoral de Mons. Javier Echevarría a los EE.UU. y Canadá, que comenzó el 11 de septiembre. El Prelado ha visitado además las ciudades de Montreal, Toronto, Vancouver y San Francisco.

Como en casi todas las tertulias, pidió oraciones por el Papa: “La Iglesia es una familia. No dejéis que pase un sólo día sin haber rezado por el Santo Padre. Podéis comprobar cuánto amor tiene por la Iglesia que le ha sido confiada. Rezad para que todos estemos muy unidos a él”.

Otro tema frecuente, que también abordó en Houston, fue la belleza del amor humano: “No podemos confundir libertad con libertinaje; no podemos ser como animalitos. A veces, podemos encontrarnos en la misma situación que la de los primeros cristianos, en la Roma pagana. Será el momento de afrontar el ambiente con fe y valentía, y dar buen ejemplo, sin dejarnos arrastras por esas modas sociales que atentan contra la dignidad de la persona”.

Opus Dei -

“Él, Jesucristo, está aquí, con nosotros; ¡no estamos solos!”

Para hablar de la confesión y de la alegría que da este sacramento, narró la historia de una señora mayor, un poco sorda, que tras confesarse se dio cuenta de que no había ningún sacerdote dentro del confesionario.“Salió riéndose por su despiste. Al día siguiente, volvió a esa misma iglesia y una joven se le acercó para darle las gracias. “Ayer le vi que se reía tras haberse confesado, y esa alegría me animó a confesarme. Muchas gracias”, dijo la joven”.

Una persona le preguntó sobre la planificación familiar: “No podemos juzgar a nadie. Pero, al mismo tiempo, tenemos que afirmar con fuerza el principio general de que el matrimonio debe estar abierto a la vida. Las parejas deben conocer que gozan del enorme poder creador de Dios. Estad abiertos a la vida, al amor, al amor que Dios nos envía. Tener hijos da muchísima más felicidad que tener coches, televisiones o distracciones. Tener niños nos hace ser más generosos, y así Dios puede llenarnos de su Amor. Él no nos abandonará jamás”.

Conservador o progresista

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¿El Opus Dei es una institución conservadora?

Si se usan los términos “conservador” o “progresista” en sentido político, no podría contestar a la pregunta, porque ese esquema no sirve cuando se habla de la Iglesia. Si se emplea la palabra “conservador” fuera de ese contexto político, se podría decir que toda la Iglesia es “conservadora”, porque conserva y transmite el Evangelio de Cristo, los sacramentos, el tesoro de la vida de los santos, sus obras de caridad. Por razones análogas, toda la Iglesia es “progresista”, porque mira al futuro, cree en los jóvenes, no busca privilegios, está cerca de los pobres y de los necesitados. O sea, el Opus Dei es conservador y progresista como lo es toda la Iglesia, ni más ni menos.

Una respuesta para los que buscan a Dios

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Se asiste actualmente a un nuevo interés por la religiosidad. ¿Qué respuesta ofrece la Obra a esta renovada sed interior?

El Opus Dei ofrece un camino formativo basado en los Sacramentos -la Confesión, la Eucaristía-, la meditación de la Escritura y del Magisterio de la Iglesia, el estudio de la doctrina católica y de la moral profesional. La Prelatura proporciona los medios de formación cristiana siempre de manera compatible con la vida ordinaria: sin dejar el propio oficio o la propia profesión, al contrario, animando a descubrir la relación que existe entre contemplación y trabajo. Se puede mantener una profunda unión con Dios mientras se cocina un plato de pasta, se cuida a un enfermo o se juega un partido de fútbol, o también mientras se hace una labor de investigación científica. Porque la unión con Dios se produce en el fondo de un corazón libre: es cuestión de Amor.

“He encontrado consuelo en la confesión y la comunión”

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Ann Jose Varavukala se trasladó de Nueva Delhi (India) a Estados Unidos para dar una educación especial a su hijo autista. Los escritos de san Josemaría le han ayudado a aceptar la enfermedad de su hijo y a encontrar consuelo en los sacramentos, especialmente en el de la Reconciliación y en la Eucaristía. Nuevo testimonio del folleto ‘La alegría de los hijos de Dios’.

Ann Jose Varavukala, de Nueva Delhi.

“Siempre había tenido fe y había tratado de mantenerla, pero al estar sola, a menudo había caído en la tibieza. Además, al vivir en una sociedad donde hay muchas religiones reaccionaba confusamente y permitía que mis convicciones se fueran diluyendo en el intento de ser abierta y acogedora.

Conocer a Josemaría Escrivá me ha ayudado a alcanzar una mayor claridad en la fe. Asistir a los medios de formación que ofrece la Prelatura del Opus Dei me ha dado mucho consuelo al hacerme entender más profundamente las gracias que recibimos en los sacramentos de la penitencia y la comunión.

Veo en nuestra Madre María y en la comunión de los santos un recurso de ayuda que ignoraba. Todo esto me ha llevado a aceptar con alegría la discapacidad de mi hijo, que he aceptado como un regalo de Dios.

El mensaje sobre la llamada universal a la santidad es crucial. A todos, sin discriminaciones de ningún género, pide el Señor correspondencia a la gracia; a cada uno, de acuerdo con su situación personal, exige la práctica de las virtudes propias de los hijos de Dios. ¡Si lográramos ver nuestro trabajo, nuestras cruces, cada deber ordinario y aburrido como un medio de santidad, qué cambio habría dentro de nosotros y en nuestro alrededor!”

Testimonio de Ann Jose Varavukala de Nueva Delhi

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“He encontrado consuelo en la confesión y la comunión”. Testimonio de Ann Jose Varavukala de Nueva Delhi (India). Se trasladó a Estados Unidos para dar una educación especial a su hijo autista. Los escritos de san Josemaría le han ayudado a aceptar la enfermedad de su hijo y a encontrar consuelo en los sacramentos.

Siempre había tenido fe y había tratado de mantenerla, pero al estar sola, a menudo había caído en la tibieza. Además, al vivir en una sociedad donde hay muchas religiones reaccionaba confusamente y permitía que mis convicciones se fueran diluyendo en el intento de ser abierta y acogedora.

Conocer a Josemaría Escrivá me ha ayudado a alcanzar una mayor claridad en la fe. Asistir a los medios de formación que ofrece la Prelatura del Opus Dei me ha dado mucho consuelo al hacerme entender más profundamente las gracias que recibimos en los sacramentos de la penitencia y la comunión.

Veo en nuestra Madre María y en la comunión de los santos un recurso de ayuda que ignoraba. Todo esto me ha llevado a aceptar con alegría la discapacidad de mi hijo, que he aceptado como un regalo de Dios.

El mensaje sobre la llamada universal a la santidad es crucial. A todos, sin discriminaciones de ningún género, pide el Señor correspondencia a la gracia; a cada uno, de acuerdo con su situación personal, exige la práctica de las virtudes propias de los hijos de Dios. ¡Si lográramos ver nuestro trabajo, nuestras cruces, cada deber ordinario y aburrido como un medio de santidad, qué cambio habría dentro de nosotros y en nuestro alrededor!”

Ayudando a los jóvenes emigrantes de Marsella

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Frédéric Prat, diplomado por la Escuela Central de Lyon y la Escuela de Minas de París, pertenece al Opus Dei. Actualmente ayuda a más de 100 jóvenes inmigrantes de Marsella a mejorar su rendimiento escolar.

¿Cómo conoció el Opus Dei?

Estaba en clase cuando un amigo mío me preguntó: ¿tú eres cristiano? Le respondí que sí con cierta frialdad, porque lo único que hacía era ir a Misa los domingos. Me propuso asistir a un centro del Opus Dei, a la predicación de un sacerdote. Pasé del tema, porque no estaba demasiado interesado entonces en hacer nada más por Dios. Pero varios meses después, cambié de parecer, y fui al centro, movido sobre todo por la curiosidad de saber qué era el Opus Dei.

Descubrí entonces el sentido del estudio, del trabajo en la vida cristiana y la importancia que tiene, no sólo para aprobar el curso, sino para encontrar a Dios.

Usted ha creado una Asociación en Marsella, Jóvenes Plus…

Si. Después de defender mi tesis en la Escuela de Minas de París, decidí dedicarme a la enseñanza, donde descubrí las numerosas dificultades con las que se enfrentan los jóvenes que provienen de sectores sociales menos favorecidos. Me lo hizo ver especialmente el caso de un chico enfermo, de gran capacidad intelectual, al que su padre consideraba un inútil y que se sentía despreciado si no sacaba siempre la mejor calificación. Hablamos entre los profesores, sin encontrar solución, porque no habíamos mantenido ninguna relación con la familia. Y pensé que había que poner en marcha esta iniciativa.

Jóvenes Plus es una asociación en la que participan unos cien chicos y unos 60 tutores, que les dan una clase de apoyo escolar cada semana. Es una frecuencia que permite evitar una excesiva dependencia y que estimula su propia autonomía. Tenemos una sede en un barrio de Marsella donde se dan muchos problemas, como el paro, el fracaso escolar, etc… Queremos ayudar a cada muchacho y estimular su autoconfianza, convenciéndole de que puede triunfar académicamente. Porque en muchos casos lo que se da es una simple inadaptación al sistema escolar, y el hecho de que una persona mayor se preocupe por sus problemas les anima mucho y ya supone un paso para resolverlo

¿En qué influye el Opus Dei en todo esto?

El espíritu del Opus Dei me estimula personalmente y me ayuda a sensibilizarme ante los problemas de los demás. Conozco muchas iniciativas de este tipo, promovidas por personas del Opus Dei en todo el mundo, que son más o menos similares a la mía. Y he observado en ellas que lo que los chicos valoran sobre todo es el interés personal por ellos por parte de las personas formadas con el espíritu del Opus Dei, por encima incluso de la calidad técnica con la que le prestan ayuda. Esa dedicación, esa preocupación hacia los problemas de los demás, que es fruto del espíritu cristiano del Opus Dei, es una de las grandes soluciones para este problema.

Ahora me propongo ayudar a estos chicos a desarrollar su capacidad de aprendizaje, de forma que ganen en independencia de juicio; que sepan desarrollar en el ámbito cultural un pensamiento propio, su propio criterio, sin mimetismos alienantes. Es un camino que lleva a la felicidad y al conocimiento de Dios. Pero el primer paso es combatir el fracaso educativo, sin ningún tipo de discriminación por motivos religiosos.

En el barrio en el que trabajamos suele haber una proporción más alta de musulmanes que de cristianos, y nuestra actuación es profundamente respetuosa con su fe. Es fruto de una concepción antropológica de inspiración cristiana que valora a cada uno de estos chicos como lo que son: como personas, no simples alumnos o futuros consumidores.

Estamos subvencionados por el Consejo General de la Ciudad de Marsella, aunque seguimos necesitando la ayuda de muchos particulares para ayudar a chicos como uno que ahora recuerdo. Sus padres habían fallecido y estaba bajo el cuidado de una tía suya enferma. Los profesores no sabíamos qué hacer para motivarle intelectualmente. Ahora, después de dos meses de atención por parte de los tutores de Jóvenes Plus ha superado esa situación, al ver que había personas que se ocupaban de él. Para la dirección de la escuela ha sido como un milagro. Es un caso un tanto extremo, pero sirve para comprender el sentido de nuestro trabajo. 

Las vacaciones: tiempo para la familia

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Las vacaciones son un tiempo para descansar y convivir con la familia. Hemos preguntado al matrimonio Bertrand y a Bernadette Boutin, ambos del Opus Dei, cómo organizan su verano. Son franceses y tienen 6 hijos, de edades comprendidas entre 9 y 20 años.

¿Cómo planeáis vuestras vacaciones de verano ?

La familia Boutin.

Son un momento para el descanso. Cuando todos estamos más tranquilos, es más sencillo estar juntos, y unirnos más como familia. Compartimos planes, hablamos, y lo pasamos bien.

¿Cómo descansar sin aburrirse?

Intentamos hacer planes sencillos pero divertidos. El horario familiar es más relajado: cada uno se levanta cuando cree que debe (siempre antes de las 11 h. en cualquier caso), desayunamos tarde, hacemos pequeños arreglos en la casa y vamos a la piscina municipal.

Comemos juntos y bien, porque una buena comida alegra el corazón. Con frecuencia invitamos a amigos o a los amigos de los hijos, y siempre son bien recibidos. Pido a mis hijos que, aunque haga calor, vengan a comer vestidos dignamente, por respeto a los demás.

En cuanto a las actividades, procuramos montar juegos en los que todos puedan participar, sin límites de edad. No hay tiempo fijo para las tareas del colegio –que cada cual se organice con responsabilidad- pero sí que procuramos leer un poco juntos tras la comida.

“Cuando todos estamos más tranquilos, es más sencillo estar juntos, y unirnos más como familia. Compartimos planes, hablamos, y lo pasamos bien”.

Y nada de videojuegos. Una vez intentamos jugar al ordenador, pero pronto comprobamos que no es nada fácil construir un ambiente familiar delante de una pantalla. Así que preferimos hacer otras cosas.

Por la noche, el límite son las 12. A esa hora, todos acostados.

¿Cómo implicar a los niños en las tareas de la casa?

Tenemos la costumbre de hacer juntos pequeños arreglos domésticos, cada uno según sus capacidades: pintar, lijar madera, llevar la carretilla con cosas los más pequeños, etcétera.

Lo importante es que cada uno haga algo. “Mamá” jamás prepara una comida ella sola, siempre le ayuda alguien. Y en nuestra casa todos, chicos y chicas, saben hacer de todo: poner la mesa, preparar la comida, hacer las comprar, planchar, tender…

¿Y los planes que pensáis los padres tienen siempre el apoyo unánime de los niños?

¡Claro que no! Intentamos, por ejemplo, salir de excursión al monte todos juntos. Aunque alguno no tenga ganas de salir –y se niegue a ponerse las botas de montaña u organize algún otro berrinche-, durante la excursión el ambiente de familia y los juegos improvisados, hace que al final todos los niños estén contentos de haber salido. A veces, acabamos el paseo con un pequeño festín sorpresa (crêpes, bocadillos, helados, etc.)

“Las vacaciones salen adelante cuando esos momentos de pelea o de crisis se solucionan con sentido del humor”.

¿Cómo lograr que los hijos mayores disfruten con los padres en verano?

No se puede obligar a los hijos a estar continuamente con nosotros, sobre todo a partir de los 15 ó 16 años. Respetando su espacio de libertad, un ambiente festivo puede facilitar las cosas: paseos en barco, por la montaña o en bicicleta, pequeños trabajos en una casa de campo, o planes similares. Cuando los chicos saben que habrá buenos planes, en un ambiente acogedor y familiar, tienen ganas de estar allí.

¿Y Dios en todo eso?

El domingo es el día más importante de la semana, y los hijos lo tienen que notar. Hay que vestirse un poco mejor para ir a Misa. La comida tiene que tener también algo especial (un aperitivo, un postre rico…). Por lo demás, nuestros hijos saben que nosotros vamos a la Misa a diario, que hacemos unos minutos de oración, y que rezamos el Rosario a la Virgen. Algunas veces, por propia iniciativa y porque quieren, vienen con nosotros. Pero jamás les obligamos a hacerlo.

Dejar salir a los niños solos, con los amigos, a veces da un poco de miedo. ¿Cuál es vuestra experiencia?

Enviar a los chicos a un país extranjeros o a un campamento, sin conocer el ambiente en el que estarán, nos parece que supone un riesgo: malas compañías, alcohol, drogas, etc. Confiamos en nuestros hijos, pero a veces la presión actualmente es demasiado fuerte. Por eso estamos vigilantes. Si uno de los mayores quiere ir por ahí con sus amigos, le dejamos. Pero, como cualquier padre, queremos saber con quien va, donde, cuando y cómo.

¿Las mejores vacaciones son aquellas en las que todo el mundo está contento?

¡Bueno, no somos una familia modelo! En nuestra casa, como en todas, hay a veces peleas y riñas, entre los niños o con los padres. El verdadero problema es no desdramatizar esos roces. Las vacaciones salen adelante cuando esos momentos de pelea o de crisis se solucionan con sentido del humor.

¿Y también los padres, vosotros, descansáis?

Durante las vacaciones procuramos encontrar todos los días un rato y al menos un día a la semana para estar los dos solos.

Por otro lado, pienso que es muy cierto eso de que “es la mujer la que hace la familia”. Si la madre está bien, la familia irá bien, y los niños estarán contentos. La mujer puede con todo, pero tiene que cuidar de su descanso, y eso es una preocupación suya y de su marido.

En Namibia, con el apoyo de san Josemaría

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Vesta Ostoic, casada y con 3 hijas, vive en un pueblo de Namibia, a 900 km de la ciudad. En su situación, recibir formación cristiana y hacer apostolado es un poco más difícil… pero no imposible.

Mi nombre es Vesna Ostoic, soy chilena, casada y tengo tres hijas, Camila (9), Bárbara (7) y Trinidad (4). Mi marido se llama Milton y trabaja en una empresa minera.

En enero de 2007, por motivos de trabajo, nos trasladamos desde Londres a una ciudad minera al sur de Namibia llamada Rosh Pinah. Las ciudades más cercanas son Windhoek, la capital del país, y Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, ambas a más de 900 Km del lugar donde estamos.

Venir a vivir aquí fue una difícil decisión. Después de mucha oración -no solo mía sino de muchas otras personas-, comprendí que hacíamos lo correcto y que estaba aceptando la voluntad de Dios.

La vida aquí no es sencilla en ningún aspecto. Desde el punto de vista espiritual se echa en falta poder acudir con frecuencia a los Sacramentos.

Tenemos un templo católico, muy lindo por cierto, no tan precario como el resto de casas del lugar, y bastante acogedor.

La Misa se celebra sólo un domingo al mes. La feligresía es muy alegre: la Iglesia se llena de cantos de alabanza a Dios y la gente baila. Nosotros somos los únicos blancos de la parroquia.

Sé que no estoy sola nunca

En este ambiente, lejos de familiares y de personas que con su consejo me ayudaban a vivir la vida cristiana, se nota especialmente la ayuda de Dios y me apoyo en lo que he aprendido meditando la vida y las enseñanzas de san Josemaría.

Paisaje de Rosh Pinah, donde viven Vesta, su marido y sus tres hijas.

Cuando a veces aparece una sombra de tristeza reacciono rápido recordando lo que decía el Padre: “La tristeza es aliada del enemigo”. Y no dejo de hacer la oración y de procurar estar siempre en presencia de Dios diciendo muchas jaculatorias y piropos a nuestra Maravillosa Madre.

Sé que no estoy sola nunca y que tantos cristianos rezan por mí, quizá sin saber mi nombre. De ahí que las palabras del Salmo que rezo cada día “Si consistant adversum me castra, non timebit cor meum!”, me recuerdan que el Señor no dejará que nos pase nada malo.

“En Rosh Pinah, la Misa se celebra sólo un domingo al mes. La Iglesia se llena de cantos de alabanza a Dios y la gente baila. Nosotros somos los únicos blancos de la parroquia”.

Cuando algo cuesta más, viene a mi mente el punto n. 983 de Camino “Comenzar es de todos; perseverar, de santos”.

Durante el día procuro mantener la presencia de Dios a través de algunas prácticas de piedad. Por ejemplo, cada mañana digo: Te serviré, Señor, te seré fiel, como hacía el fundador del Opus Dei. Hago la visita al Santísimo, pero como la iglesia no está abierta, me quedo con mis hijas afuera, en la calle, y trasladamos nuestros corazones al tabernáculo que se encuentra dentro. Ahora les puedo decir que valoro mucho más la posibilidad que hay en otros países de acudir a la iglesia.

Pero sobre todo en este nuevo ambiente, la consideración del punto n. 1 de Camino, ha llevado a plantearme nuevas metas: “Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón”.

Pensé mucho en la oración en mi apostolado personal y vi que podía plantar una semilla en Namibia: dar a conocer a mucha gente la fe cristiana y el espíritu que he aprendido en el Opus Dei para convertir todas las circunstancias en ocasión de amar a Dios y de servir a la Iglesia y a todos los hombres.

Vesta dirige el rosario en la iglesia de Rosh Pinah (Namibia).

Con sus oraciones: una casa para el sacerdote

Empecé dando clases de catecismo los lunes a los fieles de la Parroquia. Ahora estoy terminando el Credo y luego comenzaré con los Sacramentos. Los miércoles rezamos el Santo Rosario y el primer viernes de cada mes hacemos un rato de adoración al Santísimo Sacramento. El jueves hacemos la Visita al Santísimo, rezamos el himno Adoro te Devote y cantamos algo en latín: esto es estupendo ya que la gente no conocía estas prácticas de piedad y está muy contenta.

Cuando llegué nadie conocía ni había oído hablar del Opus Dei ni de san Josemaría, así que conseguí unas estampitas y las comencé a repartir a quienes querían.

San Josemaría, con algunas mujeres africanas del Opus Dei.

Para poder dar estas catequesis sé que necesito hacer oración y seguir creciendo en mi vida espiritual. Hace poco asistí a un curso de retiro en Sudáfrica, donde hay centros del Opus Dei. Tuve que recorrer 900 km en auto hasta llegar a un aeropuerto internacional y desde ahí a Johannesburgo: total 1,300 km. Pero vale la pena. De ahí me traje un pequeño retrato de san Josemaría que ahora está en uno de los muros de nuestra Parroquia.

Hace poco me llegó una donación desde Chile para comprar objetos para que se pueda celebrar la Misa en la Iglesia. No conozco el nombre completo de la persona que regaló el dinero, lo que sé es que su nombre es Pablo. También desde Inglaterra están mandando dinero para comprar Biblias para los fieles de la parroquia.

Mi próximo proyecto es construir una casa para el sacerdote, de esta manera podría vivir aquí y celebrar la Misa diariamente o al menos más de una vez al mes. Recen mucho por este proyecto.

Con las personas que asisten regularmente a las clases, para el 26 de junio pasado organizamos la “Semana de san Josemaría” que consistió en ver un video con fragmentos de sus tertulias, una charla sobre “Santificación de la vida ordinaria” y culminó con una reunión en la que se leían las lecturas de la Misa de san Josemaría. Fue realmente muy lindo. Asistieron doce, y me alegré recordando que la Iglesia nació con 12: ¿no es lindo pensarlo así?

Para las niñas organicé en mi casa un club en donde tenemos muchas actividades… y una pequeña charla sobre virtudes: coraje, alegría, cosas pequeñas… Las niñas están entusiasmadas por compartir y poder aprender a ser mejores.

En esta zona el mayor porcentaje de la gente blanca es de la Iglesia Reformista Holandesa de origen calvinista y muchas de mis amigas pertenecen a ésta, pero no es obstáculo para compartir los afanes familiares, la educación de los hijos y tantas otras cosas.

Cuento con sus oraciones por todas las personas que vivimos aquí.


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