Espero que Dios se sirva de mí para hacer llegar su gracia a las almas”

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El próximo 24 de mayo, el Prelado del Opus Dei Mons. Javier Echevarría conferirá la ordenación sacerdotal a 36 fieles de la Prelatura. La ceremonia tendrá lugar en la Basílica de San Eugenio, en Roma, a las 4 de la tarde.

Los nuevos sacerdotes provienen de 15 países: Argentina, Brasil, Costa Rica, España, Filipinas, Francia, Guatemala, Italia, Kenia, Líbano, México, Perú, Polonia, Portugal y Venezuela.

Opus Dei - Los 36 candidatos al sacerdocio, en la ordenación diaconal.

Los 36 candidatos al sacerdocio, en la ordenación diaconal.

Los que llevan viviendo un largo periodo lejos de sus países mantienen a flor de piel los recuerdos de su tierra natal.

«Tengo muchas deseos de ayudar en la formación de los jóvenes de mi país – dice Dominique Helou, libanés. Desgraciadamente, a menudo abandonan el país o se dejan llevar por la desesperanza. Pienso que los cristianos tienen que dar testimonio en aquella región y que su presencia es fundamental para el futuro del Líbano».

Opus Dei - Dominique Hélou, libanés.

Dominique Hélou, libanés.

Dominique ha sido maestro en escuelas de Francia y del Líbano. Ahora su tarea será «ayudar espiritualmente a las almas, predicar, escuchar confesiones y administrar otros sacramentos».

La nueva tarea le impresiona, pero a la vez se siente animado: «Una máquina de café puede ser de oro, de plata o de latón. Da igual: lo importante es el café que produce. Pues bien, yo me imagino que soy como esa máquina de café y espero que Dios se sirva de mí para hacer llegar su gracia a las almas. Basta servir buen café. ¡Eso me tranquiliza!».

La tarea pastoral de Dominique Hélou se desarrollará en el Líbano, donde la labor apostólica del Opus Dei comenzó hace diez años. «Como en otras regiones del mundo –afirma Dominique- la tarea de la Prelatura es de formación humana y espiritual, a través de actividades dirigidas a personas de variadas condiciones sociales. Pero también querría precisar que el trabajo apostólico más importante es el que lleva a cabo cada uno de los fieles del Opus Dei con sus colegas de profesión».


Opus Dei - Una imagen de Beirut, capital del Líbano.

Una imagen de Beirut, capital del Líbano.

Otro de los ordenandos es José Antonio Brage. A los 18 años ingresó en la Escuela Naval de Pontevedra (España) y en poco tiempo había recalado ya en puertos de más de veinte países. “Me di cuenta entonces –explica- de que la mayor pobreza que hay en el mundo es la falta de Dios. Llevar a Cristo es el mayor bien que se puede hacer a los demás, y ésa es la misión del sacerdote”.

Opus Dei - José Antonio Brage ha participado en numerosas operaciones internacionales de la Armada.

José Antonio Brage ha participado en numerosas operaciones internacionales de la Armada.

Durante sus años en la armada, según dice, la navegación no fue nunca un problema para llevar adelante una vida cristiana, sino una gran oportunidad.

“Con frecuencia, amigos y conocidos me han preguntado si no encontraba difícil mantener una vida de cercanía a Dios, con prácticas de piedad como la oración mental, la Santa Misa, o el rezo del Rosario, en medio de una vida tan ajetreada. La verdad es que al contrario. Siempre digo que las mejores oraciones de mi vida las he hecho paseando por la cubierta en alta mar…”

“La mar dice muchas cosas de Dios. Me viene a la cabeza un recuerdo de mis primeros años en la Armada: junto a la puerta de entrada de la capilla de la Escuela Naval Militar, hay una lápida con esta inscripción: “El que no sepa rezar, que vaya por esos mares, y verá que pronto lo aprende”. Es una gran verdad: sólo hace falta abrir los ojos del alma”.


Opus Dei - Durante su crucero de instrucción en el Buque Escuela J.S. Elcano José Antonio dio la vuelta al mundo.

Durante su crucero de instrucción en el Buque Escuela J.S. Elcano José Antonio dio la vuelta al mundo.

Los nombres de los 36 ordenandos y sus respectivos países de origen son:

Avelino Picón (España),
Marc Chatanay (Francia),
Juan Manuel de Ojeda (España),
Iñaki Landa (España),
Gabriel de Castro (España),
Pedro Regojo (Portugal),
Dominique Khoury-Hélou (Libano),
José Antonio Brage (España),
Manuel García de Madariaga (España),
Marcos Antini (Brasil),
Sergio Gascón (España),
Fernando José Gallego (España),
Óscar Beorlegui (España),
Antonio Cózar (España),
Iñigo Martínez-Echevarría (España),
Carlo de Marchi (Italia),
Javier Zabaleta (España),
Alexandre Antosz (Brasil),
Bernal Antonio Campos (Costa Rica),
José Fernández Labastida (México),
Javier Salegui (Venezuela),
Juan Herráiz (España),
Rafael López-Ortega (México),
Julio Serrano (España),
Ignacio Palma (Argentina),
Daniel Silva (Venezuela),
Alfonso Berlanga (España),
Matías Rodríguez Quirós (España),
Jorge Boronat (España),
Carlos Enrique Guillén (Perú),
Marc Bosch (España),
Guillermo Antonio Aragón (Guatemala),
Michał Stefan Kwitliński (Polonia),
Leonardo Agustina (España),
Anthony Sy Reyes (Filipinas),
Charles Wanyoike Mundia (Kenia).

Otra caricia de la Virgen

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Seguía padeciendo la fuerte diabetes que le habían diagnosticado en El Escorial. Desde un punto de vista meramente humano, se iba enfrentando, en cada época de su vida, con dificultades fuera de lógica: cuando quiso empezar en otras ciudades de España, estalló la guerra civil. Cuando se dispuso a expandir el Opus Dei por el mundo, comenzó la guerra mundial. Y ahora, que impulsaba la labor apostólica en tantos países desde Roma, sufría una enfermedad le provocaba cada jornada una molestia distinta: un día estaba desfallecido; otro, le dolía la cabeza; al siguiente, le fallaba el ojo derecho. Tuvo una infección que le produjo un giro violento en las raíces dentales, y que llegó a tal punto que el dentista tuvo que hacerle una extracción con los dedos, para evitar una hemorragia, fatal en aquellos momentos.

Todo ilógico humanamente, respondía a la misteriosa lógica de Dios, que en un determinado momento le dio la enfermedad; y en otro determinado momento… se la quitó.

Era consciente de la gravedad de su mal. Había hecho colocar un timbre junto a su cama para pedir los sacramentos, por si le llegaba su última hora de forma repentina. Pero no vivía aquella situación de forma dramática: cada noche, antes de acostarse, rezaba confiado: Señor, no sé si me levantaré mañana; te doy gracia por la vida que me des y estoy contento de morir en tus brazos. Espero en tu misericordia.

A comienzos de 1954 el resultado de los análisis semanales era cada vez más negativo. Hasta que el 27 de abril, fiesta de la Virgen de Montserrat, cuando estaba sentado en la mesa, hacia la una de la tarde, sufrió un shock anafiláctico: se dio cuenta que se moría y le dijo a Álvaro del Portillo, que le acompañaba, como de costumbre:

Álvaro, dame la absolución.

—Padre, ¿qué dice? —le preguntó éste, desconcertado.

¡La absolución!

Comenzó a indicarle la fórmula —ego te absolvo…— y se desvaneció sin sentido.

Tras absolverle, del Portillo intentó que tomara azúcar y avisó rápidamente al médico. Este llegó a los pocos minutos, cuando don Josemaría empezaba a recobrarse, aunque se había quedado ciego.

El médico se quedó extrañado por aquella sorprendente evolución. Al cabo de varias horas, don Josemaría se repuso del todo y recobró la vista. Y desde aquel día quedó curado de la diabetes que sufría desde hacía diez años. Fue una nueva caricia de la Virgen en su vida.

Personalmente estaba muy tranquilo —comentaba—, aunque me daba pena irme de vosotros. Pero por todo lo que habéis pedido por mí al Señor, Él os ha oído.

Una tarde en Porta Coeli

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Va llegando a su fin el mes de enero del año 1933. Esta tarde, don Josemaría camina por la calle García de Paredes y entra en el número 25, tras haber bordeado un enorme edificio de ladrillo con largas ventanas cubiertas de celosías. Es el asilo de Porta Coeli. Una fundación del Canónigo de la Catedral de Madrid, don Francisco de Asís Méndez y Casariego, que acoge a un número elevado de muchachos de toda edad. Su cuidado y enseñanzas corren a cargo de maestros de diverso oficio y de una comunidad de Religiosas Trinitarias de las que también es Fundador.

Don Josemaría acude allí con frecuencia para charlar con los chicos, incluidos en el apelativo de «golfos» -pilluelos, vagabundos-, para enseñarles cuestiones elementales de religión. Las Religiosas ponen a su disposición una sala de visitas, cerca de la entrada, y también la capilla, que se halla muy próxima.

Ha citado para esta tarde de invierno a un grupo de universitarios que ha prometido venir. A la hora señalada, solamente llegan tres. Son estudiantes de la Facultad de Medicina.

Cuando entran en la sala de visitas, don Josemaría coloca, presidiendo, un cuadro de la Virgen. Es una sencilla estampa montada sobre un fondo amplio y bordeada con un marco cuadrado de unos treinta centímetros. Después, lee el Evangelio y hace un comentario breve; luego, desarrolla un tema espiritual. Anima a estos chicos a hacer un examen profundo a la luz de Dios. Y les impulsa a una vida nueva.

Todo es muy directo, sencillo. Los tres universitarios están sobrecogidos por la seriedad y la convicción de las palabras que acaban de escuchar, por la fe que anima las intenciones de este sacerdote.

Más tarde, les lleva a la capilla. Se trata de una sala, cuya pared frontal se cubre por un tapiz con dosel, un cuadro de la Santísima Trinidad, un pequeño Crucifijo y unas imágenes populares del Corazón de Jesús y de la Virgen.

Don Josemaría expone el Santísimo, reza y les imparte la Bendición. Juan Jiménez Vargas dejará constancia de la impresión que les produce su modo de actuar: la piedad con que abre el sagrario, se arrodilla y toma la Custodia en sus manos. Algo que, por sí solo, es una admirable lección de fe y de amor.

Un día, cuarenta y dos. años más tarde, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer contará a algunos de sus hijos en Venezuela y en Guatemala aquella reunión:

«Vinieron sólo tres. ¡Qué descalabro, ¿verdad?! ¡Pues, no! Me puse muy contento, y al terminar me fui al oratorio de las monjas, expuse a Nuestro Señor en la custodia, y di la bendición a aquellos tres. Me pareció que el Señor bendecía no a tres, ni a tres mil, ni a trescientos mil, ni a tres millones: bendecía a una muchedumbre de gente de todos los colores, que ya es una realidad»(6).

Y durante la misma catequesis, en Guatemala, volverá a describir el horizonte humano que veía detrás de aquella primera bendición:

«…y yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones…, blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer. Y me he quedado corto, porque es una realidad a la vuelta de casi medio siglo. Me he quedado corto, porque el Señor ha sido mucho más generoso»(7) .

Algunos primeros de la Obra morirán jóvenes: don José María Somoano, Luis Gordon, María Ignacia García Escobar y Antonia Sierra. Pepe Isasa caerá en un frente de batalla. Otros van a ser dispersados por la guerra civil española. Pero los que permanezcan fieles, fraguarán su entrega durante estos años dificiles y enconados, para ser cimiento firme del futuro.

Con la proclamación de la República, son habituales el descrédito y la persecución religiosa. Una gran mayoría de clérigos y laicos se ven envueltos en el ambiente confuso y agresivo del momento nacional.

Los muchachos que frecuentan el trato de don Josemaría se sorprenden por haber encontrado un sacerdote que todavía es capaz de seguir cruzando la ciudad con sotana y manteo, que en su amplitud humana habla de la libertad de opción temporal de todos los católicos, que en su dirección espiritual evita tomar partido en cuestiones políticas opinables y les insiste constantemente en trabajo y estudio, que les habla de alegría como consecuencia de un enfoque sobrenatural de todo acontecimiento. Y también de la frecuencia de Sacramentos; de la Virgen, como una acogida universal, materna y amable, para todos los hombres. De profundo amor a la Iglesia y al Papa. Y, a la vez, es un hombre que se interesa por sus problemas personales y familiares, por sus amigos, por las nimias contrariedades y alegrías de la existencia diaria.

Escrivá y Jiménez Vargas dejan la legación.

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Cuando Escrivá y los demás se refugiaron en la legación, parecía que el cónsul podría evacuar a todos los refugiados. Pasado algún tiempo, se frustraron esas esperanzas. Por ejemplo, cuando a comienzos de junio el cónsul viajó a Valencia para hacer gestiones, Zorzano escribió en su diario: «Quizás saldrán la semana próxima. Esta vez creo que es la definitiva». Sin embargo, el cónsul regresó de Valencia con las manos vacías, tal y como había sucedido ya varias veces antes.

Mientras tanto, Zorzano hacía gestiones similares en otras embajadas a pesar del riesgo personal que entrañaba. Estuvo en las de Checoslovaquia, Chile, Panamá y Turquía, pero todo sin resultados.

A mitad del verano de 1937, parecía claro que no se llegaría a un rápido final del conflicto. Escrivá estaba deseoso de dejar la legación y buscar una situación de libertad para ejercer su ministerio sacerdotal y desarrollar el Opus Dei. Los miembros de la Obra le urgían para que dejase Madrid y la zona controlada por la República, donde había persecución religiosa, y cruzase al territorio controlado por los nacionales. Escrivá comprendía la conveniencia de pasar a la zona nacional, pero le pesaba mucho dejar a su familia y a miembros de la Obra en Madrid. En cualquier caso, en aquel momento no había posibilidades reales de cruzar a la zona nacional, aunque lo quisiera hacer.

Por otro lado, las noticias que le llegaban, sugerían que a lo mejor era posible sacar adelante su ministerio sacerdotal y el apostolado del Opus Dei en Madrid, sin estar exento de peligro. Lo peor de la persecución religiosa en la zona Republicana parecía haber pasado ya. Las iglesias seguían cerradas y la actividad religiosa estaba todavía prohibida, pero, al menos, el gobierno republicano había parado parcialmente a los elementos incontrolados, responsables de la mayor parte de los asesinatos de sacerdotes en los primeros meses de la guerra. Desde luego, no podía actuar públicamente como sacerdote, pero, con la debida precaución, sería posible ejercer su ministerio secretamente a favor de mucha gente de Madrid que llevaba un año privada de los sacramentos.

Al comenzar el verano de 1937, Escrivá empezó a salir a la calle para hacerse las fotografías necesarias para los documentos de identidad –falsos, por supuesto–, investigar vías de escape de la zona republicana y ejercer, de un modo limitado, su ministerio sacerdotal. Mientras tanto, Zorzano arregló las cosas para que el hermano menor de Escrivá, Santiago, pudiese reunirse con su madre.

A final de agosto, el cónsul de Honduras entregó a Escrivá unos documentos que le acreditaban como empleado de la legación y una pequeña bandera del país para que la llevara sujeta en la solapa. Pertrechado con estos documentos, que él describió como «más falsos que Judas», abandonó el consulado el 31 de agosto de 1937 y se trasladó a una pensión. Pocos días después, el 4 de septiembre, recomendado por el cónsul de Honduras, Jimenez Vargas consiguió unos documentos similares del consulado de Panamá y se reunió con Escrivá en la pensión. En caso de ser arrestados e interrogados, de poco les servirían los documentos, pero sí ayudarían a salir del paso en caso de que les pararan por la calle.

Del Portillo, Alastrué y González Barredo permanecieron en la legación porque, en cualquier caso, corrían mucho peligro en Madrid. González Barredo era bien conocido como un profesor católico y del Portillo y Alastrué eran buscados por prófugos.

Escrivá y Jiménez Vargas de vez en cuando cenaban con Zorzano, y después tenían una larga tertulia. En ocasiones se les unían otros. Por ejemplo, Calvo Serer, que se alistó en el ejército republicano durante el verano de 1937 y había sido asignado a las Brigadas Internacionales, estuvo en Madrid dos días a final de agosto o principio de septiembre. Hernández de Garnica, que había sido liberado de la prisión en Valencia, también pasó algún tiempo en Madrid antes de ser llamado a filas por el ejército republicano y destinado a Andalucía. Zorzano describe la conversación en una de aquellas tertulias. “Empezamos a soñar —escribe Isidoro— lo que serán realidades dentro de un par de años; pasamos revista a las principales universidades del mundo y dejamos volar un poco la imaginación”[1]. Incluso se reían sobre lo delgados que estaban. Ninguno pasaba de los 45 kilos.

Mientras buscaban la forma de pasar a la zona nacional, Escrivá se movía por Madrid, vestía traje y corbata y llevaba la bandera de Honduras cuidadosamente prendida en su solapa. A menudo oía confesiones en la calle, caminando arriba y abajo por la acera. Decía la Misa y predicaba meditaciones a pequeños grupos en casas de amigos. Llevaba el Santísimo Sacramento consigo, dentro de una pitillera que guardaba en una pequeña bolsa con la bandera y el sello del Consulado de Honduras, para distribuir la Sagrada Comunión a más gente.

A pesar de que lo peor de la persecución ya había pasado, administrar los sacramentos y ejercer el ministerio sacerdotal en Madrid seguía siendo muy peligroso. Un día en que Escrivá llegaba a un edificio donde planeaba decir la Misa, una señora le saludó en alta voz:

“ -¡Qué alegría verte!

Luego, apartándose de aquel lugar, le explicó en voz baja:

-Perdón, don Josemaría, pero ¿va a decir Misa allá?

-Sí

-Pues en este momento están registrando todo. Si va usted, le cogen y le matan”[2].

Escrivá tomó todas las precauciones que pudo para evitar ser detenido. Un día, por ejemplo, un amigo le pidió que bautizase a la hija de un vecino. Quedaron a las 7 de la tarde en la clínica, donde madre e hija estaban todavía recuperándose. Sin pensar en el riesgo que se corría reuniendo a un grupo de gente, el padre de la niña invitó a sus suegros y a varios amigos a asistir al bautismo, pero Escrivá llegó a las 5 de la tarde, bautizó a la niña y se fue antes de que llegasen los invitados.

Además, Escrivá atendió espiritualmente a miembros de órdenes religiosas que estaban ocultos en Madrid. La hermana Ascensión Quiroga y otras monjas vivían en una pensión. Para evitar ser reconocidas como religiosas, habían comenzado a maquillarse. Llegó un momento en que, según relata la hermana Asunción, habían caído en un estado de miedo y de tibieza espiritual. Recuerda una charla que Escrivá les dio: “Me llamó poderosamente la atención cómo don Josemaría empleaba el plural, poniéndose siempre por delante. Decía: ‘Somos cobardes, nos da miedo dar la cara por Dios’. Me impresionó el modo de dirigir la plática: no era una predicación, se trataba de la oración personal de un santo, hecha en voz alta. Creo que todas –pero al menos yo- salimos de esa meditación confirmadas en la vocación, con hambre de entrega”[3].

Hacia el final de septiembre de 1937, Escrivá predicó un retiro en Madrid a un pequeño grupo. Entre los asistentes, además de Zorzano, estaban Albareda, un profesor de instituto de Madrid, a quien Zorzano visitaba regularmente y que se había unido al Opus Dei poco antes, y Tomás Alvira, a quien Escrivá conoció en el piso de Albareda en el mes de julio durante una de sus breves escapadas a la ciudad desde la legación. Alvira describe así el retiro: “La reunión prolongada de un grupo de personas podía infundir sospechas (…). En Madrid, cada casa tenía su correspondiente control. Por eso, íbamos por separado al lugar de reunión, allí acudía el Padre, que nos daba una meditación y salíamos, también por separado. Por la calle, seguíamos meditando, rezando el Rosario, etc.

Después no reuníamos en otra casa, en la cual vivía otro del grupo, y teníamos la siguiente meditación. Los Ejercicios duraron tres días, y se comprende que durante ellos hubo una gran exposición. El último día celebro el Padre el Santo Sacrificio en la casa donde yo vivía (…), sobre una mesa, con un vaso y sin ornamentos”[4].

La disminución de la persecución religiosa en la zona republicana hizo que mejoraran las desesperadas condiciones del año anterior, pero era todavía imposible cualquier manifestación pública de religiosidad. Incluso, hacer apostolado personal implicaba grandes riesgos. Sacar adelante el apostolado de la Obra sería mucho más fácil en la zona nacional. Cruzar de una zona a otra era una empresa peligrosa, pero Escrivá y los demás miembros de la Obra asumirían el riesgo si había una razonable esperanza de éxito.

Albareda supo que su hermano y su cuñada habían conseguido llegar a Francia desde Barcelona, cruzando los Pirineos. Fueron ayudados por gente que conocía bien los montes, ya que eran contrabandistas en tiempos de paz y en la guerra se ganaban la vida conduciendo a fugitivos al otro lado de la frontera. Una vez en Francia no tuvieron dificultad para entrar en la zona nacional por Irún. Albareda pasó esta información a Zorzano, quien, a pesar de los malogrados intentos anteriores, se entusiasmó con esta nueva posibilidad. Así se abrió un nuevo capítulo de la historia del Opus Dei, un capítulo marcado por grandes peligros y privaciones.

[1] Ibid. pág. p. 229

[2] AGP P03 1981 p. 370

[3] Ibid. p. 372-373

[4] Ibid. p. 375-376

Sacerdocio común y sacerdocio ministerial

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“Sacerdote para la eternidad” es una homilía pronunciada por San Josemaría Escrivá el 13.IV.73, Viernes de Pasión, antigua conmemoración de los Siete Dolores de la Santísima Virgen María.

Ni como hombre ni como fiel cristiano el sacerdote es más que el seglar. Por eso es muy conveniente que el sacerdote profese una profunda humildad, para entender cómo en su caso también de modo especial se cumplen plenamente aquellas palabras de San Pablo: ¿qué tienes que no hayas recibido (1 Cor IV, 7). Lo recibido… ¡es Dios! Lo recibido es poder celebrar la Sagrada Eucaristía, la Santa Misa –fin principal de la ordenación sacerdotal–, perdonar los pecados, administrar otros Sacramentos y predicar con autoridad la Palabra de Dios, dirigiendo a los demás fieles en las cosas que se refieren al Reino de los Cielos.

El sacerdocio de los presbíteros, si bien presupone los Sacramentos de la iniciación cristiana, se confiere mediante un Sacramento particular, por el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, son sellados con un carácter especial y se configuran con Cristo Sacerdote de tal modo que pueden actuar en la persona de Cristo Cabeza (Cfr. Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum Ordinis n. 2). La Iglesia es así, no por capricho de los hombres, sino por expresa voluntad de Jesucristo, su Fundador. El sacrificio y el sacerdocio están tan unidos por ordenación de Dios, que en toda ley la Antigua y la Nueva Alianza, han existido los dos. Habiendo, pues, recibido la Iglesia Católica en el Nuevo Testamento, por institución del Señor, el Sacrifico visible de la Eucaristía, se debe también confesar que hay en Ella un nuevo sacerdocio, visible y externo, en el que fue trasladado el antiguo (Concilio de Trento, Doctrina sobre el Sacramento del Orden cap. I (Denzinger–Schön. 1764 (957)).

En los ordenados, este sacerdocio ministerial se suma al sacerdocio común de todos los fieles. Por tanto, aunque sería un error defender que un sacerdote es más fiel cristiano que cualquier otro fiel, puede, en cambio, afirmarse que es más sacerdote: pertenece, como todos los cristianos, a ese pueblo sacerdotal redimido por Cristo y está, además, marcado cn el carácter del sacerdocio ministerial, que se diferencia esencialmente, y no sólo en grado (Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen Gentium n. 10) del sacerdocio común de los fieles.

No comprendo los afanes de algunos sacerdotes por confundirse con los demás cristianos, olvidando o descuidando su específica misión en la Iglesia, aquella para la que han sido ordenados. Piensan que los cristianos desean ver, en el sacerdote, un hombre más. No es verdad. En el sacerdote, quieren admirar las virtudes propias de cualquier cristiano, y aún de cualquier hombre honrado: la comprensión, la justicia, la vida de trabajo –labor sacerdotal en este caso–, la caridad, la educación, la delicadeza en el trato.

Pero, junto a eso, los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal: esperan que el sacerdote rece, que no se niegue a administrar los Sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante de banderías humanas, sean del tipo que sean (Cfr. Ibidem, Decreto Presbyterorum Ordinis n. 6). que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que –aunque conociese perfectamente– no sería la ciencia que salva y lleva a la vida eterna; que tenga consejo y caridad con los necesitados.

En una palabra: se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión sacramental auricular y secreta, perdona los pecados. La administración de estos dos Sacramentos es tan capital en la misión del sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor. Otras tareas sacerdotales –la predicación y la instrucción en la fe– carecerían de base, si no estuvieran dirigidas a enseñar a tratar a Cristo, a encontrarse con El en el tribunal amoroso de la Penitencia y en la renovación incruenta del Sacrificio del Calvario, en la Santa Misa.

Dejad que me detenga, todavía un poco, en la consideración del Santo Sacrificio: porque, si –para nosotros– es el centro y la raíz de la vida del cristiano, lo debe ser de modo especial de la vida del sacerdote. Un sacerdote que, culpablemente, no celebrase a diario el Santo Sacrificio del Altar (Cfr. Ibidem), demostraría poco amor de Dios; sería como echar en cara a Cristo que no comparte su afán de Redención, que no comprende su impaciencia por entregarse, inerme, como alimento del alma.

5. La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El 13 de julio de 1975, el Cardenal Casariego confería en Barcelona la ordenación sacerdotal a 54 profesionales, socios del Opus Dei. Con ellos, sumaban ya casi un millar los socios laicos de la Obra que habían sido llamados al sacerdocio, desde que fueron ordenados por don Leopoldo Eijo y Garay los tres primeros ‑don Álvaro del Portillo, don José María Hernández de Garnica y don José Luis Múzquiz‑, en Madrid el 25 de junio de 1944.

Fue ésta una fecha importante, que quedó grabada para siempre en el corazón del Fundador del Opus Dei. En más de una ocasión comentaría que esa primera ordenación de sacer­dotes le causó a la vez mucha alegría y mucha tristeza:

Amo de tal manera la condición laical de nuestra Obra, que sentía hacerlos clérigos, con un verdadero dolor; y, por otra parte, la necesidad del sacerdocio era tan clara, que tenía que ser grato a Dios Nuestro Señor que llegaran al altar esos hijos míos.

La Obra necesitaba sacerdotes que, junto a la preparación y virtudes de todos los buenos sacerdotes, tuvieran una experiencia personal y un conocimiento bien vivido del espíritu del Opus Dei, para servir con su ministerio a los socios y asociadas de la Obra y para colaborar con el apostolado de los laicos: porque éstos, aunque a través del trato con sus iguales hacen una labor eficaz de ayuda espiritual, acaban por toparse necesariamente con lo que Mons. Escrivá de Balaguer llamaba muy gráficamente muro sacramental.

Necesitamos ‑ponderaba en 1945‑ sacerdotes con nuestro espíritu: que estén bien preparados; que sean alegres, operativos y eficaces; que tengan un ánimo deportivo ante la vida; que se sacrifiquen gustosos por sus hermanos, sin sentirse víctimas.

Y, recordando la ordenación de los tres primeros, agradecía las sinceras congratulaciones que había recibido de personas de todos los ambientes, subrayando este nuevo fenómeno pastoral que se verifica dentro de la Obra de Dios: hombres jóvenes que ejercen una profesión universitaria, con la vida humanamente abierta para hacer libremente su voluntad, que van a servir, sin estipendio alguno, a todas las almas ‑especialmente a las de sus hermanos‑ y a trabajar duramente, porque las horas del día serán pocas para su tarea espiritual.

Efectivamente, había surgido así en la vida de la Iglesia un nuevo fenómeno pastoral, pero también jurídico. Pues en el Opus Dei no cambia la llamada de Dios al cumplimiento perfecto de la vocación cristiana por el hecho de ser sacerdote. Aunque el sacerdocio es lo más grande que Dios puede dar a un alma, queda también claro en la mente del Fundador del Opus Dei que para nosotros el sacerdocio es una circunstancia, un accidente, porque ‑dentro de la Obra‑ la vocación de sacerdotes y de seglares es la misma.

En el Opus Dei todos somos iguales. Sólo hay una diferencia práctica: los sacerdotes tienen más obligación que los demás de poner su corazón en el suelo como una alfombra, para que sus hermanos pisen blando.

No es el momento de profundizar en la novedad y en la riqueza ascética y teológica de este fenómeno pastoral, ahora tan difundido. Lo resumió muy bien el Cardenal Frings, el 27 de agosto de 1972, con ocasión de la primera Misa solemne de un sacerdote del Opus Dei en Colonia: “Ha sido voluntad deJesucristo, que fundó la Iglesia y le dio su régimen, que los santos sacramentos en su mayoría sólo puedan ser administrados por aquellos que han recibido la ordenación sacerdotal. Y por eso también esta Asociación necesita sacerdotes, los cuales, sin embargo, no ostentan en general cargos dentro de la Asociación; esto es cosa de los laicos. Pero cuando se trata de celebrar la Santa Misa o de administrar los sacramentos, especialmente de la Penitencia, del Altar, o de dar dirección espiritual personal a cada uno, el sacerdote no puede faltar. Es una actividad discreta, sin brillo, la que asume el sacerdote del Opus Dei. Por tanto, tiene que ser consciente, desde el primer momento, de que no le esperan honores, sino una tarea de servicio a los laicos que en la Iglesia de Cristo se esfuerzan por seguir su camino para alcanzar la santidad. Ésta es la tesis que Mons. Escrivá de Balaguer ha predicado desde hace tanto tiempo y que el Concilio Vaticano II ha hecho suya”.

Es de justicia observar que esto, que hoy parece normal a millares y millares de personas en todo el mundo ‑porque lo han visto hecho vida en cientos de sacerdotes del Opus Dei‑, requirió del Fundador mucha oración y mucha penitencia. En un escrito de 1956, Mons. Escrivá de Balaguer hacía ver a los socios de la Obra que había rezado con confianza e ilusión, durante tantos años, por los primeros sacerdotes, y por los que más tarde seguirían su camino; y recé tanto, que puedo afirmar que todos los sacerdotes del Opus Dei son hijos de mi oración.

Tenía la certeza sobrenatural de que los sacerdotes debían proceder de los seglares de la propia Obra, pero no sabía cómo resolver los graves problemas jurídicos que esto planteaba. Su oración de años fue escuchada:

El 14 de febrero de 1943, después de buscar y de no encontrar la solución jurídica, el Señor quiso dármela, precisa, clara. Al acabar de celebrar la Santa Misa en un Centro de la Sección femenina (…), pude hablar de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Aquel Centro estaba en el chalet, hoy desaparecido, de la calle Jorge Manrique, de Madrid, en el que la Sección de mujeres de la Obra pudo tener al Señor en el Sagrario.

Antes del 14 de febrero de 1943, aun sin estar todavía resuelto el problema, con gran fe en la Providencia divina, el Fundador del Opus Dei había hecho comenzar ‑con anticipación de años los estudios sacerdotales a un grupo de socios de la Obra. Con la aprobación del Obispo de Madrid, buscó un cuadro de profesores verdaderamente excepcional. Entre ellos estaban algunos domi­nicos de gran prestigio, que enseñaban en el “Angelicum” de Roma y no habían podido regresar por causa de la guerra mundial, como el P. Muñiz, que les explicó Teología Dogmática, o el P. Severino Álvarez, profesor de Derecho Canónico. Don José María Bueno Monreal, hoy Cardenal de Sevilla, les explicó Teología Moral. El actual arzobispo castrense, Fray José López Ortiz, era profesor de Historia de la Iglesia. El P. Celada, O.P., que había trabajado muchos años en el Instituto Bíblico de Jerusalén, les enseñaba Sagrada Escritura. También fueron profe­sores suyos Fray Justo Pérez de Urbel, especialista en Liturgia, don Máximo Yurramendi, después obispo de Ciudad Rodrigo, don Joaquín Blázquez, actual Director del Instituto de Teología Francisco Suárez, del Consejo Superior de Investigaciones Cientí­ficas, el P. Permuy, C.M.S., etc.

Años después, el 25 de junio de 1969, Mons. Escrivá de Balaguer quiso celebrar en Roma las bodas de plata sacerdotales de los primeros. Ese día los recuerdos se hicieron más vivos:

Cuando se iban a ordenar estos tres primeros, estudiaron apasionadamente y tuvieron el mejor profesorado que pude encontrar, porque he tenido siempre el orgullo de la preparación científica de mis hilos como base de su actuación apostólica. Estudiaron mucho, mucho, mucho… Yo os doy las gracias, porque me habéis dado el orgullo santo ‑que no ofende a Dios‑ de poder decir que habéis tenido una preparación eclesiástica maravillosa.

Puso gran empeño en su preparación. Les hizo estudiar sin prisas, sin correr, pero, al mismo tiempo, sin ningún periodo de vacaciones.

Tenían las clases en la casa de la calle Diego de León, y también allí se examinaban, ante un tribunal formado por tres de aquellos profesores. Mientras fue necesario, pasaron los exámenes de los cinco años de latín y del bienio filosófico en el Seminario Conciliar de Madrid.

Pero no se dedicaban exclusivamente al estudio. Alternaban las clases con el trabajo y con la atención de las actividades apostólicas. Estaban realmente ocupados, sobre todo, don Álvaro del Portillo, que era ya Secretario general del Opus Dei y ayudaba al Fundador de un modo especial. Sacaban tiempo ‑del día y de la noche‑ para estudiar, y lo hacían a fondo. Eran conscientes de que debían combinar la seriedad científica con la disponibilidad más completa, pues aumentaban los socios y las tareas apostólicas, y Mons. Escrivá de Balaguer seguía siendo el único sacerdote.

Por eso, cuando tenían unas cuantas asignaturas cursadas ‑con las mismas horas de clase que se exigían en una Universidad Pontificia‑, pendientes sólo del examen, se iban de Madrid, generalmente a El Escorial, y se centraban en el estudio y preparación próxima de las pruebas finales.

El Fundador del Opus Dei siguió muy de cerca sus estudios. Y quiso encargarse directamente de la formación espiritual, pastoral y apostólica, de aquellos futuros sacerdotes. Es don José Luis Múzquiz quien rememora, con agradecimiento, los paseos que algunas veces daban por las carreteras de los alrededores de Madrid. Y, también, durante las épocas de preparación para los exámenes ‑en El Escorial o en El Encantiño, una pensión cerca de Torrelodones‑, las visitas que les hacia, al atardecer, para hablar con ellos, pasear un rato, e irles formando en el mejor modo de servir a la Iglesia, al Papa, a las almas todas, a la Obra, con su inmediata labor sacerdotal: “Todo esto lo hacia el Padre sin darle importancia, como si no supusiese ningún esfuerzo. Pero era un esfuerzo añadido a toda la carga que llevaba encima: la dirección de la Obra, ser el único sacerdote con un trabajo incesante y agotador; y, además, las calumnias e incomprensio­nes que pesaban sobre sus hombros”.

Años más tarde, en 1956, se refería en estos formación de aquellos tres sacerdotes:

Desde que preparé a los primeros sacerdotes de la Obra, exageré ‑si cabe‑ su formación filosófica y teológica, por muchas razones: la segunda, por agradar a Dios; la tercera, porque había muchos ojos llenos de cariño puestos en nosotros, y no se podía defraudar a esas almas; la cuarta, porque había gente que no nos quería, y buscaba una ocasión para atacar; después, porque en la vida profesional he exigido siempre a mis hijos la mejor formación, y no iba a ser menos en la formación religiosa. Y la primera razón ‑puesto que yo me puedo morir de un momento a otro, pensaba‑, porque tengo que dar cuenta a Dios de lo que he hecho, y deseo ardientemente salvar mi alma.

Desde entonces, periódicamente, con toda naturalidad y senci­llez, se ha ido repitiendo esa leva de sacerdotes, que ofrece un balance extraordinario. Como dijo el Cardenal Casariego en 1975, “por primera vez en la historia de la Iglesia, un sacerdote, mientras vivió, ha llevado al sacerdocio cerca de un millar de profesionales, especialistas en muchas ciencias humanas y nativos de los cinco continentes”. Aunque no hubiera hecho otra cosa ‑comentó por aquellos días un sacerdote sevillano‑ “ya habría hecho algo realmente admirable”.

Sin embargo, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz no quedó completa, por decirla así, hasta que pudieron incorporarse también sacerdotes que no habían sido del Opus Dei antes de su ordenación. Al Fundador le sucedió ‑ante estos sacerdotes diocesanos‑ algo semejante a lo que habla experimentado con la ordenación de los primeros socios de la Obra. Tenía clara la idea, pero no encontraba el modo jurídico de llevarla a la práctica, pues no había ningún camino abierto en el Derecho canónico entonces vigente.

Desde el punto de vista teológico, la vocación al Opus Dei era la misma para los laicos y para los sacerdotes diocesanos: el mismo fenómeno teológico vocacional, solía decir el Fundador. Pero no vela la solución jurídica (como con tantos otros problemas, que hoy parecen fáciles y elementales, porque están resueltos).

Llegó a decidirse a abandonar el Opus Dei, para dedicarse a una nueva fundación para sacerdotes diocesanos: por amor vuestro, que es amor a Jesucristo, aseguraría con palabras emocionadas el 14 de noviembre de 1972 en La Lloma (Valencia) a un grupo numeroso de sacerdotes. Lo comunicó a los directores y directo­ras del Opus Dei. Se pusieron tristes, y alegres, porque comprendían la necesidad apostólica. Avisó a su hermana Carmen y a su hermano Santiago de que si comenzaban otra vez las calumnias, no se preocupasen: ‑Es esto. Antes había informado a la Santa Sede, que le dio su visto bueno.

Había sacerdotes que estaban esperando la solución del problema, algunos desde que habían conocido al Fundador de la Obra. Desde entonces le habían manifestado sus deseos de formar parte del Opus Dei. Él tenía que hacerles esperar.

Pero, en un momento dado, el Señor le hizo comprender que no era necesaria una nueva fundación y que, por tanto, no debía abandonar la Obra.

Como expondría luego muchas veces, Dios arregla las cosa muy bien, y como todos ‑sacerdotes y laicos‑ tienen la misma vocación, también jurídicamente han cabido en el Opus Dei los sacerdotes diocesanos. Muchos años después, en 1972, en Islabe (Derio, Vizcaya), confesaba a un buen grupo de ellos:

Agradezco a Nuestro Señor que vosotros seáis hermanos de vuestros hermanos, y que no haya habido necesidad de escindir un corazón de padre y de madre.

El Buen Pastor

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es un ladrón y un salteador. Pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero y las ovejas atienden a su voz, llama a sus propias ovejas por su nombre y las saca fuera. Cuando ha sacado fuera a todas sus ovejas, camina delante de ellas y las ovejas le siguen porque conocen su voz. Pero a un extraño no le seguirán, sino que huirán de él porque no conocen la voz de los extraños. (…)

En verdad, en verdad os digo: Yo soy la puerta de las ovejas. (…)

Si alguno entra a través de mí, se salvará; y entrará y saldrá y encontrará pastos. (…) Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas (Ioh10, 1-11) .

“Ibamos hace tantos años por una carretera de Castilla y vimos, allá lejos, en el campo, una escena que me removió y que me ha servido en muchas ocasiones para mi oración: varios hombres clavaban con fuerza, en la tierra, las estacas que después utilizaron para tener sujeta verticalmente una red, y formar el redil. Más tarde, se acercaron a aquel lugar los pastores con las ovejas, con los corderos; los llamaban por su nombre, y uno a uno entraban en el aprisco, para estar todos juntos, seguros.

Y yo, mi Señor, hoy me acuerdo de modo particular de esos pastores y de ese redil, porque todos los que aquí nos encontramos reunidos —y otros muchos en el mundo entero— para conversar Contigo, nos sabemos metidos en tu majada. Tú mismo lo has dicho: Yo soy el Buen Pastor y conozco mis ovejas, y las ovejas mías me conocen a Mi [i]. Tú nos conoces bien; te consta que queremos oír, escuchar siempre atentamente tus silbidos de Pastor Bueno, y secundarlos, porque la vida eterna consiste en conocerte a Ti, solo Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú enviaste[ii] .

Tanto me enamora la imagen de Cristo rodeado a derecha e izquierda por sus ovejas, que la mandé poner en el oratorio donde habitualmente celebro la Santa Misa; y en otros lugares he hecho grabar, como despertador de la presencia de Dios, las palabras de Jesús: cognosco oves meas et cognoscunt me meae [iii]para que consideremos en todo momento que El nos reprocha, o nos instruye y nos enseña como el pastor a su grey[iv] Muy a propósito viene, pues, este recuerdo de tierras de Castilla”.

Amigos de Dios, 1

“Cristo ha dado a su Iglesia la seguridad de la doctrina, la corriente de gracia de los Sacramentos; y ha dispuesto que haya personas para orientar, para conducir, para traer a la memoria constantemente el camino. Disponemos de un tesoro infinito de ciencia: la Palabra de Dios, custodiada en la Iglesia; la gracia de Cristo, que se administra en los Sacramentos; el testimonio y el ejemplo de quienes viven rectamente junto a nosotros, y que han sabido construir con sus vidas un camino de fidelidad a Dios.

(…) La santidad de la Esposa de Cristo se ha demostrado siempre –como se demuestra también hoy– por la abundancia de buenos pastores. Pero la fe cristiana, que nos enseña a ser sencillos, no nos induce a ser ingenuos. Hay mercenarios que callan, y hay mercenarios que hablan palabras que no son de Cristo. Por eso, si el Señor permite que nos quedemos a oscuras, incluso en cosas pequeñas; si sentimos que nuestra fe no es firme, acudamos al buen pastor, al que entra por la puerta ejercitando su derecho, al que, dando su vida por los demás, quiere ser, en la palabra y en la conducta, un alma enamorada: un pecador quizá también, pero que confía siempre en el perdón y en la misericordia de Cristo”.

Es Cristo que pasa, 34

Calle San Carlos hasta el Cristo del Olivar

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Recorrido histórico de los lugares relacionados con la fundación del Opus Dei en Madrid

Opus Dei -

Desde la calle Tres Peces, atravesando la calle del Ave María, el paseante llega hasta la calle San Carlos.

Cruza la calle de San Carlos la calle del Olivar. El paseante comienza a caminar cuesta arriba por esta calle. Su nombre proviene, según la tradición, del Cristo del Olivar, una imagen fue profanada en tiempos de Felipe II. El Rey ordenó que la Corte vistiese de luto por ese hecho, y que, además de restaurar la imagen, se hiciesen otros actos de desagravio.

En esta calle del Olivar san Josemaría atendió a varios enfermos en el verano de 1927

En esta zona estuvo la antigua judería madrileña, hasta 1492. Como señala Mariano Sánchez de Palacios, el origen de este barrios es hebreo. “La judería madrileña tenía su núcleo de población en las cercanías de la sinagoga, que se alzaba en el solar donde hoy es refugio piadoso, la iglesia de San Lorenzo. Claro está que se trataba de judíos conversos, después de las severas medidas adoptadas por los Reyes Católicos”. Asegura este autor que la expresión actual de manolas y manolos, para designar a unos tipos populares tiene origen judío. “Manolos —explica Sánchez de Palacios— porque así los judíos conversos ponían de nombre a su primer hijo, Manuel”.

Torciendo a la izquierda, el paseante deja la calle del Olivar para caminar por la calle del Calvario, que también visitó san Josemaría en su ministerio sacerdotal, lo mismo que la calle Ministriles, a donde acudía a llevar los Sacramentos a enfermos.

Escribe Vázquez de Prada:

“Las vísperas de los primeros viernes de mes iba a oír confesiones y al día siguiente llevaba la Comunión a esos enfermos. El resto de las semanas hacía un recorrido eucarístico los jueves, en un coche prestado a doña Luz Casanova; los demás días utilizaba el tranvía o iba a pie. Muchos de los enfermos vivían en lugares apartados o de difícil localización.

Pero las distancias nunca fueron problema para don Josemaría, quien, sin hacerse de rogar, se trasladaba de uno a otro de los cuatro puntos cardinales de la capital. Don Josemaría —refiere Josefina Santos— «lo mismo llevaba la Comunión a los enfermos que vivían en Tetuán de las Victorias, que en los alrededores del Paseo de Extremadura, que en Magín Calvo, o en Vallecas, Lavapiés, San Millán, o por el barrio del Lucero o la Ribera del Manzanares»

«Entonces no había la costumbre —cuenta Josefina Santos— de que de las Parroquias se llevara al Señor, a no ser en casos de gravedad, y Luz Casanova pidió permiso al Obispado y se lo concedió; por eso, Don Josemaría llevaba la Comunión a todos los enfermos que lo pedían» (Josefina Santos, AGP, RHF, T-05255, p. 2).

«Salvos casos excepcionales —refiere Margarita Alvarado—, a los enfermos les llevaba la Sagrada Comunión los jueves, en un coche que prestaban a doña Luz Casanova. Los otros días iba en tranvía, o andando, como pudiera. A veces con mal tiempo, porque lo mismo se atendía a los enfermos en invierno que en verano» (Margarita Alvarado Coghem, AGP, RHF, T-04676, p. 1).”

Desde esta calle del Calvario, sin abandonarla, el paseante puede ver el arranque de la calle Ministriles, que baja en dirección a la Plaza de Lavapiés.

Esta calle debe su nombre a que aquí residían en el siglo XVII algunos alguaciles de la Villa. En esta calle estaban los calabozos donde encerraban a los que no querían —o no podían— pagar las multas que les imponían.

Homilía y fotos de las ordenaciones

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Publicamos en esta noticia una serie de fotos de la ceremonia de ordenación de 30 sacerdotes celebrada el 25 de mayo de 2009 en Roma. Se ofrece también la homilía pronunciada por Mons. Javier Echevarría.

Queridos hermanos y hermanas. Queridísimos diáconos.
Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos (…) hasta los confines de la tierra (Hch 1, 8).

Opus Dei -

Con estas palabras recogidas en los Hechos de los Apóstoles, Jesucristo se despide de los discípulos antes de ascender al Cielo. Les anuncia que recibirán el Espíritu Santo dentro de pocos días, y los invita a permanecer en la Ciudad esperando el cumplimiento de su promesa. En efecto, diez días más tarde el Paráclito descendió sobre ellos, en forma de lenguas de fuego, colmándoles de sus dones.

Opus Dei -

Estas palabras del Señor se dirigen hoy, de modo especial, a los diáconos de la Prelatura del Opus Dei que van a recibir la consagración como presbíteros. Desde hoy, conformados con Cristo Cabeza de la Iglesia, podrán desempeñar el ministerio sacerdotal: predicar la Palabra de Dios con autoridad, administrar los sacramentos, sobre todo la Penitencia y la Eucaristía, guiar al pueblo cristiano por las sendas de la vida eterna.

Opus Dei -

En realidad, todos nosotros —en el Bautismo y luego en el día de la Confirmación— hemos sido configurados con Cristo para continuar su misión salvífica, como instrumentos en sus manos. Todos estamos llamados a transmitir la buena nueva que Él ha traído a la tierra.

Opus Dei -

El Espíritu Santo nos ha sido enviado para que podamos cumplir esta misión. Preparémonos desde ahora para recibirlo con fruto cada día, y de modo especial el próximo domingo, solemnidad de Pentecostés. Decidámonos a vivir los últimos días del mes de mayo permaneciendo más cerca aún de la Virgen. ¿Quién puede enseñarnos a rezar mejor que María, que acompañó a los Apóstoles en los días anteriores a Pentecostés? Como ellos, también nosotros hemos de recogernos alrededor de nuestra Madre, rezar con Ella y como Ella. Procuremos finalizar del mejor modo posible el mes mariano, cuidando especialmente el rezo y contemplación del Santo Rosario y el rezo del Regina Caeli.

Opus Dei -

Me dirijo ahora más directamente a vosotros, diáconos, que estáis a punto de convertiros en sacerdotes. Con palabras del Apóstol Pablo, que deseo que hagáis vuestras de modo responsable, os exhorto: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda el Espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle; iluminando los ojos de vuestro corazón, para que sepáis cuál es la esperanza a las que os llama, cuáles las riquezas de gloria dejadas en su herencia a los santos, y cuál es la suprema grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes (Ef 1, 17-20).

Opus Dei -

El Apóstol os invita a considerar de modo especial tres aspectos. En primer lugar, la esperanza a la que el Señor os llama, que no es otra —y no puede existir un don más grande— que la posesión de la vida eterna. Con la ordenación presbiteral, en efecto, Jesucristo os llama a ser santos de un modo nuevo, específico del estado sacerdotal: a través del ejercicio del ministerio de la Palabra y de los sacramentos, cuidando vuestra personal vida interior. Ésta es la grandeza extraordinaria de vuestra llamada.

Opus Dei -

Todos hemos sido invitados —lo afirma Jesucristo mismo— a ser perfectos como es perfecto el Padre celestial. San Josemaría escribió: No hay santidad de segunda categoría: o existe una lucha constante por estar en gracia de Dios y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos de esas batallas divinas. A todos invita el Señor, para que cada uno se santifique en su propio estado. En el Opus Dei esta pasión por la santidad —a pesar de los errores y miserias individuales— no encuentra diferencia en el hecho de ser sacerdote o seglar[1].

Opus Dei -

Por otra parte, es indudable que los sacerdotes están particularmente obligados a ser santos. Con palabras de nuestro Padre, os recuerdo que la vocación sacerdotal lleva consigo la exigencia de la santidad. Esta santidad no es una santidad cualquiera, una santidad común, ni aun tan sólo eximia. Es de santidad heroica[2].

Opus Dei -

Recemos, pues, por los nuevos sacerdotes. Recemos mucho por el Santo Padre Benedicto XVI, que tanto confía en las oraciones de los fieles. Recemos por su Cardenal Vicario, por los Obispos, los sacerdotes, los diáconos y los seminaristas de todo el mundo. Recemos para que no falten nunca ministros de Dios bien preparados, comprometidos por entero al servicio de las almas.

Opus Dei -

El Santo Padre Benedicto XVI, con la convocatoria de un año sacerdotal con ocasión del 150º aniversario del fallecimiento del Santo Cura de Ars, ha querido llamar la atención del pueblo cristiano sobre la necesidad de que haya muchos sacerdotes santos. Como sabéis, el año sacerdotal comenzará el próximo 19 de junio y se prolongará hasta la misma fecha del año 2010. A todos se nos invita a que, a lo largo de estos meses, ofrezcamos oraciones y mortificaciones por la santidad de los sacerdotes.

Opus Dei -

En un discurso pronunciado durante una visita pastoral, Benedicto XVI señaló los puntos más importantes de la vida de los sacerdotes: «La fidelidad en el ejercicio del ministerio y en la vida de oración, la búsqueda de la santidad, la entrega total a Dios al servicio de los hermanos y hermanas, gastando vuestra vida y vuestras energías, promoviendo la justicia, la fraternidad, la solidaridad, el compartir»[3].

Opus Dei -

Un sacerdocio así, vivido un día y otro —proseguía el Santo Padre—, «suscita admiración en los fieles, es fuente de bendición para la comunidad, es la mejor promoción vocacional, es la más auténtica invitación para que también otros jóvenes respondan positivamente a la llamada del Señor. Es la verdadera colaboración para la construcción del reino de Dios»[4].

Opus Dei -

Antes de terminar, deseo dirigir unas palabras de agradecimiento a los padres y hermanos de los nuevos sacerdotes, también a aquéllos que no han podido participar en esta ceremonia. Todos habéis colaborado con Dios para hacer germinar en vuestros parientes la vocación sacerdotal; estad seguros de que ellos os tendrán muy presentes cada día en la celebración del Sacrificio de la Misa. Pero vosotros no dejéis de rezar por ellos, por su fidelidad y por la eficacia de su ministerio.

Opus Dei -

Tornemos al momento de la Ascensión del Señor y escuchemos de nuevo sus palabras. Id al mundo entero —nos dice— y predicad el Evangelio a toda criatura (…). Y ellos, partiendo de allí, predicaron por todas partes, y el Señor cooperaba y confirmaba la palabra con los milagros que la acompañaban (Mc 16, 15-20).

Opus Dei -

También nosotros queremos comportarnos del mismo modo, con la protección de la Virgen Santísima. Así sea.

TEMA 13. Creo en la Comunión de los santos y en el perdón de los pecados

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La Iglesia es communio sanctorum: comunidad de todos los que han recibido la gracia regeneradora del Espíritu por la que son hijos de Dios y hermanos de Jesucristo.

1. La comunión de los Santos

La Iglesia es communio sanctorum: comunión de los santos, es decir, comunidad de todos los que han recibido la gracia regeneradora del Espíritu por la que son hijos de Dios, unidos a Cristo y llamados santos. Unos aún caminan en esta tierra, otros murieron y se purifican también con la ayuda de nuestras plegarias. Otros, en fin, gozan ya de la visión de Dios e interceden por nosotros. La comunión de los santos también quiere decir que todos los cristianos tenemos en común los dones santos, en cuyo centro está la Eucaristía, todos los demás sacramentos que a ella se ordenan, y todos los demás dones y carismas (cfr. Catecismo, 950).

Por la comunión de los santos, los méritos de Cristo y de todos los santos que nos han precedido en la tierra nos ayudan en la misión que el mismo Señor nos pide realizar en la Iglesia. Los santos que están en el Cielo no asisten con indiferencia a la vida de la Iglesia peregrinante: nos impulsan con su intercesión ante el Trono de Dios, y aguardan que la plenitud de la comunión de los santos se realice con la segunda venida del Señor, el juicio y la resurrección de los cuerpos. La vida concreta de la Iglesia peregrina y de cada uno de sus miembros; la fidelidad de cada bautizado tiene gran importancia para la realización de la misión de la Iglesia, para la purificación de muchas almas y para la conversión de otras.

La comunión de los santos está orgánicamente estructurada en la tierra, porque Cristo y el Espíritu la hicieron y hacen sacramento de la Salvación, es decir, medio y señal por la que Dios ofrece la Salvación a la humanidad. En su caminar terreno, la Iglesia también se estructura externamente en la comunión de las Iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal y presididas cada una por su propio obispo; en esas iglesias particulares se da una comunión peculiar entre sus fieles, con sus patronos, sus fundadores y sus santos principales. Análogamente se da esta comunión en otras realidades eclesiales.

También estamos en cierta comunión de oraciones y otros beneficios espirituales, hay incluso cierta unión en el Espíritu Santo con los cristianos que no pertenecen a la Iglesia Católica.

1.1. La Iglesia es comunión y sociedad. Los fieles: jerarquía, laicos y vida consagrada.

La Iglesia en la tierra es, a la vez, comunión y sociedad estructurada por el Espíritu Santo a través de la Palabra de Dios, de los sacramentos y de los carismas. Por tanto, su estructura no se puede separar de su realidad comunional, no se puede sobreponer a ella ni puede entenderse como un modo de automantenerse y autogobernarse por sí misma después de un primer periodo de “carismático” fervor. Los mismos sacramentos que hacen la Iglesia son los que la estructuran para que sea en la tierra el sacramento universal de salvación. Concretamente, por los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Orden, los fieles participan –en formas diversas– de la misión sacerdotal de Cristo y, por tanto, de su sacerdocio. De la acción del Espíritu Santo en los sacramentos y a través de los carismas provienen las tres grandes posiciones históricas que se encuentran en la Iglesia: los fieles laicos, los ministros sagrados (que han recibido el sacramento del Orden y forman la jerarquía de la Iglesia) y los religiosos (cfr. Compendio, 178). Todos ellos tienen en común la condición de fieles, es decir, al ser «incorporados a Cristo mediante el Bautismo, han sido constituidos miembros del Pueblo de Dios; han sido hechos partícipes, cada uno según su propia condición, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, y son llamados a llevar a cabo la misión confiada por Dios a la Iglesia. Entre ellos hay una verdadera igualdad en su dignidad de hijos de Dios» (Compendio, 177).

Cristo instituyó la jerarquía eclesiástica con la misión de hacer presente a Cristo a todos los fieles por medio de los sacramentos y a través de la predicación de la Palabra de Dios con autoridad en virtud del mandato recibido de Él. Los miembros de la jerarquía también recibieron la misión de guiar el Pueblo de Dios (cfr. Mt 28, 18-20). La jerarquía está formada por los ministros sagrados: obispos, presbíteros y diáconos. El ministerio de la Iglesia tiene una dimensión colegial, es decir, la unión de los miembros de la jerarquía eclesiástica está al servicio de la comunión de los fieles. Cada obispo ejerce su ministerio como miembro del colegio episcopal –el cual sucede al colegio apostólico– y en unión con su cabeza, que es el Papa, haciéndose partícipe con él y con los demás obispos de la solicitud por la Iglesia universal. Además, si le ha sido confiada una iglesia particular, la gobierna en nombre de Cristo con la autoridad que ha recibido, con potestad ordinaria, propia e inmediata, en comunión con toda la Iglesia y bajo el Santo Padre. El ministerio episcopal también tiene un carácter personal, porque cada uno es responsable ante Cristo, que lo ha llamado personalmente y le confirió la misión al recibir el sacramento del Orden en plenitud.

El Papa es el Obispo de Roma y sucesor de san Pedro; es el perpetuo y visible principio y fundamento de la unidad de la Iglesia. Es el Vicario de Cristo, cabeza del colegio de los obispos y pastor de toda la Iglesia, sobre la que tiene, por institución divina, la potestad plena, suprema, inmediata y universal. El colegio de los obispos, en comunión con el Papa y nunca sin él, ejerce también la potestad suprema y plena sobre la Iglesia. Los obispos han recibido la misión de enseñar como testigos auténticos de fa fe apostólica; de santificar dispensando la gracia de Cristo en el ministerio de la Palabra y de los sacramentos, en particular de la Eucaristía; y gobernar al pueblo de Dios en la tierra (cfr. Compendio, 184, 186 y ss.).

El Señor ha prometido que su Iglesia permanecerá siempre en la fe (cfr. Mt 16, 19) y la garantiza con su presencia en virtud del Espíritu Santo. Esta propiedad es poseída por la Iglesia en su totalidad (no en cada miembro). Por eso los fieles en su conjunto no se equivocan al adherir indefectiblemente a la fe guiados por el magisterio vivo de la Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo que guía unos y otros. La asistencia del Espíritu Santo a toda la Iglesia para que no se equivoque al creer se da también al magisterio para que enseñe fiel y auténticamente la Palabra de Dios. En algunos casos específicos esa asistencia del Espíritu garantiza que las intervenciones del magisterio no contienen error; por eso se suele decir que en tales casos el magisterio participa de la misma infalibilidad que el Señor ha prometido a su Iglesia. «La infalibilidad del Magisterio se ejerce cuando el Romano Pontífice, en virtud de su autoridad de Supremo Pastor de la Iglesia, o el colegio de los obispos en comunión con el Papa, sobre todo reunido en un Concilio Ecuménico, proclaman con acto definitivo una doctrina referente a la fe o a la moral; y también cuando el Papa y los obispos, en su Magisterio ordinario, concuerdan en proponer una doctrina como definitiva. Todo fiel debe adherirse a tales enseñanzas con el obsequio de la fe» (Compendio, 185).

Los laicos son aquellos fieles cuya misión es buscar el Reino de Dios, iluminando y ordenando las realidades temporales según Dios. Responden así a la llamada a la santidad y al apostolado, que se dirige a todos los bautizados. Puesto que participan del sacerdocio de Cristo, los laicos también se asocian a su misión santificadora, profética y real (cfr. Compendio, 189-191). Participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando ofrecen como sacrificio espiritual, sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con todas sus obras. Participan en la misión profética cuando acogen en la fe la Palabra de Cristo, y la anuncian al mundo con el testimonio de la vida y de la palabra. Participan en la misión regia porque reciben de Él el poder de vencer el pecado en sí mismos y en el mundo, por medio de la abnegación y la santidad de la propia vida, e impregnan de valores morales las actividades temporales del hombre y las instituciones de la sociedad.

De los fieles laicos y de la jerarquía provienen fieles que se consagran de modo especial a Dios por la profesión de los consejos evangélicos: castidad (en el celibato o virginidad), pobreza y obediencia. La vida consagrada es un estado de vida reconocido por la Iglesia, que participa en su misión mediante una plena entrega a Cristo y a los hermanos dando testimonio de la esperanza del Reino de los cielos (cfr. Compendio, 192 y ss.).

2.  Creo en el perdón de los pecados

Cristo tenía el poder de perdonar los pecados (cfr. Mc 2, 6-12). Lo dio a sus discípulos cuando les entregó el Espíritu Santo, les dio «el poder de las llaves» y les envió a bautizar y perdonar los pecados a todos: «Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados, a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23). San Pedro concluye su primer discurso después de Pentecostés animando los judíos a la penitencia, «y que cada uno sea bautizado en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2, 38).

La Iglesia conoce dos modos de perdonar los pecados. El Bautismo es el primero y principal sacramento por el que se nos perdonan los pecados. Para los pecados cometidos después del Bautismo, Cristo ha instituido el sacramento de la Penitencia, en el que el bautizado se reconcilia con Dios y con la Iglesia.

Cuando se perdonan los pecados, es Cristo y el Espíritu quienes actúan en y a través de la Iglesia. No hay ninguna falta que la Iglesia no pueda perdonar, porque Dios puede perdonar siempre y siempre lo ha querido hacer si el hombre se convierte y pide perdón (cfr. Catecismo, 982). La Iglesia es instrumento de santidad y santificación, actúa para que todos estemos más cerca de Cristo. El cristiano con su lucha por vivir santamente y con su palabra puede hacer que los demás estén más cerca de Cristo y se conviertan.

Miguel de Salis Amaral


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