Formalizar el compromiso de los miembros

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La aprobación eclesiástica podía esperar; lo que se hacía cada vez más urgente era formalizar de alguna manera el compromiso de los miembros. En un principio fue algo puramente interno y no formalizado. Dios les había invitado a dedicarle su vida en el Opus Dei, ellos habían respondido con un “sí” y le habían comunicado su decisión al Padre. Sin embargo, no había nada que avalara su compromiso. Algunos sacerdotes, sin relación con el Opus Dei, llenaron de inquietud las almas de algunos de estos jóvenes al afirmar que su decisión de entregar sus vidas a Dios no era válida ya que no había tenido una manifestación externa.

Ni la Teología Espiritual ni el Derecho Canónico proporcionaban a Escrivá una solución satisfactoria. En la mente de casi todos los teólogos y canonistas la idea de un compromiso vocacional total a la santidad y al apostolado estaba relacionada con el estado consagrado o el sacerdocio. Los laicos podían unirse a diversas asociaciones y grupos, pero sólo con un compromiso parcial que afectara a algún aspecto de sus vidas.

Al parecer la única fórmula disponible era el voto. La mayoría de los católicos relacionaba los votos públicos con las órdenes religiosas, y Escrivá quería evitar cualquier posible confusión de los miembros del Opus Dei con los religiosos. Tenía en alta estima la vocación de religioso, pero la llamada al Opus Dei era algo totalmente diferente. No se trataba de renunciar al mundo, sino de afirmar la secularidad como un valor cristiano positivo.

También existía la posibilidad de hacer votos privados. No era raro en esa época que los laicos, hombres y mujeres, los hicieran para realizar cosas concretas, incluido el voto de obediencia al director espiritual. No se podía decir que fueran religiosos el hombre o la mujer que tuvieran un voto privado, pero la mentalidad general los asociaba casi inmediatamente con el estado religioso.

Con todo, hacia 1934 Escrivá juzgó necesario dar ya una forma concreta al compromiso de los miembros del Opus Dei. Después de consultar a don Norberto Rodríguez y a su director espiritual, el padre Valentín Sánchez, S.J., con muchas reticencias, pensó que, hasta que se dispusiera de una solución mejor, los que incorporaran al Opus Dei hiciesen un voto privado, que les ayudaría a tomar conciencia plena de la seriedad del compromiso adquirido. Puso la condición de que los votos quedaran reservados a la conciencia de la persona que los hacía. El Opus Dei no los recibiría ni constituirían un lazo entre la Obra y sus miembros. El vínculo se basaría en una simple declaración en la cual el miembro manifestaría su decisión de dedicar su vida a buscar la santidad y hacer apostolado conforme al espíritu de la Obra.

El 3 de marzo de 1934 varios fieles del Opus Dei formalizaron por vez primera su compromiso. Jurídicamente era un compromiso temporal, aunque implicara la firme decisión espiritual de dedicar su vida entera al Opus Dei. El 19 de marzo de 1935, fiesta de san José, por primera vez un grupo de miembros se comprometió de por vida. Ninguno de ellos llevaba mucho tiempo en la Obra: Zorzano, poco más de cuatro años y medio; Barredo y Vargas, dos; y Vallespín, sólo un año y medio, aunque por vivir en Madrid recibió una formación más continuada que Zorzano o Barredo.

Hoy en día no se puede hacer un compromiso definitivo con Dios en el Opus Dei hasta que hayan transcurrido, al menos, seis años y medio desde que se pidió pertenecer a la Obra. Pero en esta época el Opus Dei necesitaba con urgencia de personas completamente dedicadas a su desarrollo. Escrivá juzgó que la madurez humana y espiritual de esos jóvenes, las circunstancias de entonces y las gracias especiales que Dios concede en el periodo fundacional justificaban plenamente que se incorporaran definitivamente al Opus Dei en esos momentos. Vallespín, Vargas y González Barredo así lo hicieron el 19 de marzo de 1935. La sencilla ceremonia tuvo lugar ante la cruz de madera sin crucifijo en el oratorio de la academia DYA. Zorzano no pudo acudir a Madrid en esa fecha y tuvo que retrasar su incorporación definitiva hasta el 18 de abril de ese mismo año.

Escrivá explicó que la incorporación definitiva al Opus Dei implicaba “dedicar la vida para siempre a la Obra”[1]. Después de que ellos se comprometieran de forma permanente con Dios en el Opus Dei, Escrivá les preguntaba: “Tú, si el Señor dispusiera de mi vida antes de que la Obra tenga las necesarias aprobaciones canónicas, que le den estabilidad, ¿seguirías trabajando por sacar la Obra adelante, aun a costa de tu hacienda, y de tu honor, y de tu actividad profesional, poniendo, en una palabra, toda tu vida en el servicio de Dios en su Obra?”[2].

La pregunta y el firme sí con que respondieron dan cuenta de la seriedad del compromiso que contraían. Hacía falta una gran fe para dedicarse, en celibato apostólico, a algo que todavía no existía a los ojos de la Iglesia y de la sociedad civil: de momento, lo único que podían enseñar era una pequeña academia-residencia financieramente inestable y un sacerdote de treinta y tres años, sin dinero, que les aseguraba que la empresa en la que se habían metido era Obra de Dios y estaba destinada a llevar el mensaje de la llamada universal a la santidad a hombres y mujeres de todo el mundo. Ese mensaje parecía una locura a la mayoría de la gente. Y a quienes no se lo parecía, con frecuencia tampoco lo entendían y confundían el Opus Dei con una nueva forma de vida religiosa. Los miembros de la Obra se comprometían a algo que claramente iba a exigir de ellos mucha oración y trabajo antes de encontrar su lugar en la Iglesia.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 543

[2] Ibid. p. 543-544

El tono de la academia

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De acuerdo con el espíritu del Opus Dei, la academia fue registrada, ante las autoridades civiles y religiosas, como un centro de educación creado por un grupo de laicos interesados por la educación, en pleno ejercicio de sus derechos como ciudadanos, no como centro promovido por la Iglesia. Escrivá era capellán de DYA, no su director. Éste sería el modelo característico de las actividades organizadas por miembros del Opus Dei en el futuro: los laicos dirigirían y serían responsables de las actividades culturales y educativas de los centros, y los sacerdotes se limitarían a la labor de capellanes.

En España por aquellos años era habitual que los católicos utilizaran nombres religiosos para designar actividades seculares. Muchos negocios sin particular relación con la Iglesia o las órdenes religiosas tenían nombres como Pastelería Santa Bárbara o Panadería San Pablo. Las iniciales DYA, aunque recordaban a Escrivá y a los demás miembros de la Obra la divisa “Dios y Audacia”, significaban “Derecho y Arquitectura”.

En algunas ocasiones, cuando hablaban entre ellos, los jóvenes que estaban vivamente implicados en las actividades apostólicas del Opus Dei llamaban a aquel piso “La Casa del Ángel de la Guarda”. Aquel primer piso de la calle Luchana, otros que fueron alquilados en la calle Ferraz de Madrid y un centro establecido en Burgos durante la Guerra Civil fueron los únicos centros del Opus Dei a los que los miembros de la Obra se hayan referido alguna vez, ni siquiera entre ellos mismos, con un nombre que tuviera connotación religiosa. Desde 1938 lo normal es que los centros y actividades del Opus Dei tengan nombres sin connotación religiosa, a menudo tomados de la calles en las que están situados, o de alguna característica geográfica local. Los edificios que albergan la sede central del Opus Dei en Roma, por ejemplo, se conocen con el nombre de Villa Tevere, por el río Tiber que fluye a unas pocas manzanas de allí.

A comienzos de diciembre, se trasladaron al piso de la calle Luchana los pocos muebles que Escrivá y los otros habían logrado reunir. Los miembros de la Obra, sus amigos y estudiantes que tenían dirección espiritual con Escrivá se dedicaron a limpiar, decorar y preparar el inmueble para su nueva función de academia. No podía ser de otra forma, ya que no tenían dinero para contratar personal de limpieza. En cualquier caso, Escrivá aprovechó la oportunidad para implicar personalmente a los jóvenes en el proyecto. Era preciso que quienes recibían formación en la obra de San Rafael, a los que llamaba chicos de San Rafael, sintieran el centro como propio: no solamente como una academia, sino como su casa.

Escrivá animaba a los que participaban en actividades del Opus Dei a responsabilizarse del apostolado de la Obra. Insistía en que la labor que se realizaba en DYA no era sólo un asunto de interés local, sino algo de alcance universal. Por ejemplo, en su primera conversación con un estudiante le dijo que hacía falta una gran confianza en Dios y audacia sobrenatural para extender el apostolado de la Obra. Subrayó la importancia de aprender lenguas extranjeras para extender la Obra a otros países. Y aunque era el primer contacto de este estudiante con el Opus Dei, le conmovió tanto la fe de Escrivá en la expansión de la Obra que preguntó qué idioma debería estudiar: “-Mira, me contestó, ya hay algunos que estudian alemán, japonés… Pero no hay ninguno que estudie ruso. Si quieres, puedes estudiar ruso”[1]. Tan contagioso era el celo de Josemaría Escrivá y tan grande su seguridad en la futura expansión de la Obra, que aquel estudiante compró un diccionario de ruso y empezó a estudiar. Ni siquiera se planteó la inutilidad de aprender ese idioma cuando aquél país estaba en manos comunistas.

Los miembros de la Obra intentaban dar un aire cálido y acogedor a la academia, y a menudo llevaban objetos o muebles de sus casas. Escrivá llevó tantas cosas de la casa de su familia, que su joven hermano le preguntaba cuando le veía salir de casa: “¿Qué te llevas hoy para tu nido?”. El tono de la academia DYA no era ni el de una chabola, ni el de un monasterio, ni siquiera el de un centro educativo más. Más bien, recordaba el ambiente de un hogar de familia de clase media con pocos recursos, pero buen gusto.

En la salita donde Escrivá recibía visitas se hizo alguna excepción a la regla. Estaba decorada con sobriedad y sencillez. Encima del escritorio había una calavera a la que, divertido, llamaba “la pelona” y en la pared una gran cruz sin crucificado. En los centros que se abrirían más adelante no habría cosas como la calavera. Pero la cruz sin Cristo seguiría siendo una característica de los centros del Opus Dei, aunque se trasladaría a los oratorios. Serviría para recordar a los que allí rezaran que la cruz “está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú”[2].

[1] AGP P01 1983 p. 835

[2] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 178

Unidad de espíritu y jurisdicción

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Para describir con exactitud esta institución, voy a seguir el trabajo publicado por Andrew Byrne. La Prelatura Opus Dei constituye una unidad pastoral orgánica e indivisible, que realiza sus apostolados por medio de la Sección de varones y de la Sección de mujeres. El Prelado, cuyo nombramiento requiere la confirmación del Papa, lleva a cabo su tarea pastoral ayudado por los sacerdotes incardinados en la Prelatura, que son muy pocos respecto al número total de miembros, laicos en su inmensa mayoría.

El gobierno del Opus Dei se basa en dos principios, que fijó con claridad su Fundador: descentralización y colegialidad. Por ejemplo, los Consejos que ayudan al Prelado están compuestos en la actualidad por personas de treinta y cinco nacionalidades. Además, en cada país donde está establecido el Opus Dei existe un gobierno colegiado, presidido por el Vicario Regional. Los nombres de los Directores de la Obra aparecen en el Anuario Pontificio y, en cada nación, en los directorios y anuarios que edita el Episcopado.

Inseparablemente unida a la Prelatura Opus Dei está la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, de la que es Presidente General el Prelado del Opus Dei, y a la que pueden asociarse sacerdotes incardinados en las diócesis, que deseen buscar la santidad en el ejercicio de su ministerio, de acuerdo con la espiritualidad y la ascética del Opus Dei. Esta adscripción no afecta en lo más mínimo a su dependencia del propio Obispo diocesano, que continúa siendo su único Superior. Por otra parte, en el Código de Derecho Canónico, está expresamente reconocido el derecho de asociación de los sacerdotes.

Misión de todos en la Iglesia

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Conferencia de Mons. Alvaro del Portillo, Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en la clausura del XI Simposio Internacional organizado por la Facultad de Teología (1990).

Ante este mundo nuestro, está claro que —insisto— la evangelización será nueva no por el contenido esencial de la doctrina que se anuncie, ni por el modelo de vida que se proponga a nuestros contemporáneos. La novedad habrá de residir en las nuevas energías espirituales y apostólicas puestas en juego por todos los fieles, pues todos somos partícipes y responsables de la misión de la Iglesia 14 . Particular importancia tendrá el testimonio coherente de los fieles laicos, a quienes —en palabras de Juan Pablo II— «corresponde testificar cómo la fe cristiana (…) constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad. Esto será posible —continúa el Papa— si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud» 15 .

Con gran fuerza y singular eficacia, anunció insistentemente esta doctrina Mons. Escrivá de Balaguer, siempre con acentos más atractivos y con renovado vigor, desde la tercera década de este siglo: «Todos, por el Bautismo —son palabras suyas, del año 1960—, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (I Pet. II,5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre» 16 . El amplio progreso doctrinal, por el que la vocación bautismal ha sido comprendida y presentada con el relieve eclesiológico que le corresponde, es sin duda uno de los pilares en los que la Iglesia se apoya para afrontar su futuro evangelizador.

La necesaria insistencia en que los fieles laicos asuman sus responsabilidades, para hacer posible una presencia más viva de la luz cristiana en la sociedad, debe ir a la par con la insistencia en la esencial necesidad de un ejercicio abundante, generoso, humilde y audaz al mismo tiempo, del ministerio público de los sacerdotes: «en la medida en que las familias cristianas y los laicos cristianos asumen en un más amplio nivel (…) sus múltiples compromisos apostólicos, mayor necesidad tienen de sacerdotes que sean plenamente sacerdotes, precisamente para la vitalidad de su vida cristiana. Y, en otro sentido, cuanto más descristianizado está el mundo o carece de madurez en la fe, mayor necesidad tiene de sacerdotes que estén totalmente consagrados a dar testimonio de la plenitud del misterio de Cristo» 17 .

La Iglesia, que queremos ver reflorecer y dar frutos nuevos, «la Iglesia del nuevo Adviento —como leemos en la Encíclica Redemptor hominis—, la Iglesia que se prepara continuamente a la nueva venida del Señor, debe ser la Iglesia de la Eucaristía y de la Penitencia. Sólo bajo este aspecto espiritual de su vitalidad y de su actividad, es ésta la Iglesia de la misión divina, la Iglesia in statu missionis, tal como nos la ha mostrado el Concilio Vaticano II» 18 . Y la Iglesia de la Eucaristía y de la Penitencia necesariamente es la Iglesia del ejercicio infatigable del sacerdocio ministerial, es la Iglesia del sacerdote santo, del sacerdote que ama en la raíz de su alma, de todo su ser, por tanto, la llamada que ha recibido del Maestro, para conducirse a toda hora como alter Christus, como ipse Christus 19 .

No es ahora necesario detenernos más sobre la necesidad del ministerio sacerdotal para la nueva evangelización, ni sobre la mutua ordenación entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de todos los fieles: a éstas y a otras cuestiones conexas habéis dedicado ya vuestra atención en estos días. Para todos es, en efecto, bien claro que, sin una abundante dispensación de esos grandes misterios de Dios 20 , que son la Eucaristía y la Penitencia, y con ellos del alimento de la palabra divina, languidecería la vida sobrenatural de los fieles. La nueva evangelización depende, de manera esencial, de que haya ministros que dispensen generosamente —con hambre de santidad propia y ajena— la palabra de Dios y los sacramentos, hombres formados por la Iglesia, que sienten siempre con la Iglesia, para ser, al ciento por ciento, sacerdotes a la medida de la donación de Cristo, siempre bien unidos a su respectivo Ordinario, con veneración a toda la Jerarquía de la Iglesia, y de modo peculiar al Romano Pontífice.

Sacerdotes para la nueva evangelización

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Conferencia de Mons. Alvaro del Portillo, Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en la clausura del XI Simposio Internacional organizado por la Facultad de Teología (1990).

Introducción

1. Necesidad de una nueva evangelización

2. Misión de todos en la Iglesia

3. Necesidad de sacerdotes santos

4. Santidad sacerdotal y vida de oración

5. Santidad sacerdotal y vida de penitencia

6. Santidad sacerdotal y caridad pastoral

7. Una vida radicada y centrada en la eucaristía

8. La dimensión mariana de la vida del sacerdote

9. Conclusión: formación para la santidad

Notas

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz (14.II.1943)

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El Opus Dei crecía y necesitaba urgentemente sacerdotes. La experiencia de antes de la Guerra Civil con sacerdotes que habían entrado en contacto con la Obra después de su ordenación convenció a Escrivá de que los sacerdotes del Opus Dei debían proceder de entre sus miembros laicos. Debían ser capaces de transmitir el espíritu de la Obra por haberlo vivido ellos mismos durante años antes de ser ordenados presbíteros.

A principios de 1936, Escrivá preguntó a varios de la Obra si estarían dispuestos a ordenarse sacerdotes en algún momento, en el futuro. Poco después de la Guerra Civil, tres jóvenes ingenieros –del Portillo, Múzquiz y Hernández de Garnica- empezaron los estudios de Filosofía y Teología que la Iglesia exige a los candidatos a la ordenación. No fueron al seminario diocesano, sino que, con el permiso del obispo de Madrid, Escrivá seleccionó un distinguido grupo de profesores que les dieron clases particulares. Se examinarían en el seminario. Dos dominicos, profesores del Angelicum de Roma, a quienes el estallido de la II Guerra Mundial sorprendió en España, serían los profesores de Derecho Canónico. Otro dominico, miembro del Instituto Bíblico de Jerusalén, se encargaría de instruirles en la Sagrada Escritura. Don José María Bueno Monreal, futuro cardenal arzobispo de Sevilla, sería el profesor de Teología Moral. Fray Justo Pérez de Urbel, benedictino, de Liturgia. Fray José López Ortiz, agustino, profesor de Historia del Derecho en la Universidad de Madrid, se encargó de la Historia de la Iglesia. Por su parte, Escrivá les instruiría en la Teología Pastoral.

Los meses y los años pasaron, los tres hacían progresos en sus estudios, pero Escrivá todavía no conseguía encontrar la forma de ordenarlos para el servicio del Opus Dei. De acuerdo con el Código de Derecho Canónico, sólo el obispo diocesano, el superior de una orden o congregación religiosa o de una organización que el Código considerara similar a las órdenes, podían llamar a un hombre al sacerdocio. Además, todo sacerdote debía estar incardinado, es decir, pertenecer a una diócesis, a una orden o congregación o a una institución similar, con el fin de evitar que hubiera presbíteros vagos o errantes. Es más, antes de poder llamar a nadie al sacerdocio, debía dar al candidato el necesario “título de ordenación”, con el que proporcionarle los recursos necesarios para mantenerse dignamente. Ordenarse para servicio de una diócesis o de una orden religiosa era considerado suficiente como para constituir un título de ordenación. Si no, el candidato debía tener garantizado por otras vías –por ejemplo, por dotación o por fundación- el sostenimiento económico.

Escrivá estaba pensando en esta situación durante la mañana del 14 de febrero de 1943, cuando fue al centro de la calle Jorge Manrique para celebrar Misa a sus hijas en el aniversario de su fundación. En palabras suyas sucedió lo siguiente: “Yo empecé la Misa buscando la solución jurídica para poder incardinar en la Obra a los sacerdotes. Llevaba ya mucho tiempo tratando de encontrarla, sin resultado. Y aquel día, intra missam, después de la Comunión, el Señor quiso dármela: la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Me dio incluso el sello: la esfera del mundo con la cruz inscrita”[1].

Escrivá raramente hablaba de los hechos extraordinarios de carácter sobrenatural que ocurrían en su vida. Y cuando lo hacía, era realmente parco. Por eso, no es fácil decir qué pasó exactamente el 14 de febrero de 1943. Aparentemente, Dios le reveló la forma de ordenar sacerdotes para el Opus Dei sin comprometer su verdadero carácter. No era necesario que la Obra adoptara una nueva forma jurídica que permitiera la incardinación de sacerdotes. Vio, dentro del Opus Dei, una sociedad en la que los sacerdotes podían ser incardinados –se llamaría Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz- sin dejar de formar parte de la Obra. El sello a que se refería Escrivá –la cruz inscrita en el mundo- refleja la misión de todos los fieles del Opus Dei: alzar la cruz de Cristo en todas las actividades cotidianas. En este sentido, enlaza con la locución divina que Escrivá recibió el 7 de agosto de 1931, en la que comprendió las palabras de Cristo “Y Yo, cuando sea levantado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia Mí” como que Él quiere estar en la cumbre de todas las actividades humanas para transformar el mundo. Además, en el contexto en que Escrivá vio el 14 de febrero de 1943, la cruz inscrita en el mundo simbolizaba la presencia de un grupo de sacerdotes clavados en la Cruz de Cristo –como los miembros laicos del Opus Dei- y disueltos en el gran conjunto de la Obra.

Todavía quedaba mucho por hacerse antes de que los primeros sacerdotes pudieran ser ordenados. Era preciso determinar la forma canónica que adoptaría la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. En primer lugar, Escrivá debía obtener para ella la aprobación del obispo de Madrid, quien no podría concederla sin el permiso (“nihil obstat”) de la Santa Sede. En cualquier caso, lo ocurrido el 14 de febrero de 1943 dejaba claro que el Opus Dei pronto podría incardinar sacerdotes, algo necesario para la expansión de la Obra por España y el resto del mundo.

[1] AGP P01 1993 p. 144

Una nueva residencia en Madrid

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Poco a poco los miembros de la Obra localizaron a los amigos que habían pasado la Guerra Civil en la zona republicana sin contacto con el Opus Dei. En mayo, Escrivá envió una carta a todos los jóvenes cuya dirección conocía, en la que animaba a hacer apostolado y a reanudar tan pronto como fuera posible a sus estudios: “Volved a vuestros libros: ahí os espera Jesucristo”[1].

Durante la primavera y principios del verano de 1939, los miembros de la Obra en Madrid buscaron una nueva sede para la residencia. Rezaron por esta intención y pidieron a otros que hicieran lo mismo. En el número de “Noticias” de junio, Escrivá decía: “Pronto tendremos casa…, si ‘empujáis’ con vuestra oración y vuestro sacrificio y vuestros deseos de coger los libros. Mientras, no me perdáis vuestra bendita fraternidad: vividla cada día más, y manifestadla con vuestra colaboración en este afán común de rehacer nuestro hogar”[2].

A comienzos de julio encontraron tres pisos en el número 6 de la calle Jenner, muy cerca del Paseo de la Castellana. Los dos de la tercera planta albergarían el oratorio, la sala de estar, la biblioteca y las habitaciones de los residentes. En el de la primera irían la cocina, el comedor y las habitaciones de Escrivá, su madre y sus hermanos Carmen y Santiago. La nueva residencia tomó el nombre de su ubicación: Jenner.

Casciaro peinó El Rastro y los comercios de segunda mano en busca de muebles. Con buen gusto y mucho trabajo de restauración, logró dar a los tres pisos un aire acogedor con un presupuesto escasísimo. En el vestíbulo de entrada había un gran mapamundi con la frase tomada del profeta Malaquías “Desde donde sale el sol hasta el ocaso”, para recordar que gente de todo el mundo esperaba el encuentro con Cristo en la vida ordinaria. En otra habitación, el cuadro de una ciudad amurallada tenía la frase del Libro de los Proverbios que llamaba a la caridad fraterna: “El hermano ayudado por su hermano es como una ciudad amurallada.”

La mejor habitación fue destinada al oratorio. A pesar del deseo de dedicar a Cristo en la Eucaristía lo mejor que hubiera, no se pudo hacer mucho a causa de la pobreza. El sagrario, aunque revestido con pan de oro, era de madera. El altar, también de madera, tenía un paño frontal del color litúrgico del día. Los muros estaban cubiertos de arpillera plisada, sujeta por un rodapié de madera y un friso de color castaño junto al techo.

El gusto y el cuidado compensaban la modestia de los materiales. El oratorio invitaba a rezar. Todo centraba la atención en Jesucristo, presente en el Santísimo Sacramento. Dentro de las puertas del sagrario había escritas dos frases del himno Eucarístico Lauda Sion: “Ecce Panis Angelorum” (He aquí el Pan de los Ángeles) y “Vere Panis Filiorum” (Verdadero Pan de los Hijos). En el friso sobre el altar estaban escritas las palabras del himno Ubi Caritas: “Congregavit Nos in Unum Christi Amor” (El Amor de Cristo nos ha congregado en un solo cuerpo). En los muros laterales, el friso estaba decorado con una cita de los Hechos de los Apóstoles: “Erant autem perseverantes in doctrina apostolorum, in communicatione fractionis panis et orationibus” (“Y ellos perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunicación de la fracción del pan, y en la oración”). Los espacios entre las palabras se llenaron con cruces y otros símbolos tradicionales cristianos: la hogaza de pan, la espiga de trigo, el ramo de uvas, la lámpara y la paloma.

El oratorio se convirtió rápidamente en el centro de la residencia. Como apuntó en una carta de julio de 1939: “La casa es sitio de trabajo y de recogimiento: convivencia que estimula y ordena la labor de todos. Y antes que otra cosa, la casa es la vida junto a la Vida”[3].

[1] Ibid. p. 38

[2] Ibid. p. 333

[3] Ibid. p. 37

A través de los montes

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El grupo caminó durante unos cuantos kilómetros y paró para esperar a los demás que debían unirse. Mientras estaban sentados en la oscuridad, a Escrivá le atormentaron de nuevo las dudas. Encontrar esa rosa estofada en Pallerols le había convencido de que no ofendía a Dios al escapar a la zona nacional, pero ahora sentía de nuevo un impulso poderoso de regresar a Madrid para compartir la suerte de quienes había dejado atrás. Jiménez Vargas le agarró por el hombro para obligarle a seguir caminando si era necesario. Sin embargo, cuando llegaron los fugitivos a quienes esperaban y se dio la voz de continuar, Escrivá comenzó a andar sin protestar.

Unas horas después, en una cueva que estaba a dos kilómetros al norte de Peramola, se encontraron con “Antonio”, un contrabandista de veintitrés años que les guiaría a Andorra. Antonio, cuyo verdadero nombre era Josep Cirera, se dirigió a los hombres sentados a sus pies a la luz de una vela: “Aquí mando yo, y los demás a hacerme caso. Andaremos en fila, de uno en uno. Y no hablar: no quiero nada de ruidos. Cuando yo tenga que avisar algo se lo diré a los primeros de la fila, y os lo iréis diciendo unos a otros. Que nadie se pare ni se detenga. Si alguno se pone malo y no puede seguir, se quedará en el camino. Si alguno quiere acompañarle, se quedará también”[1].

Más de uno tembló, temiendo lo que se avecinaba. Los de la Obra pensaron en Escrivá. Tenían plena confianza en que Dios les ayudaría, pero estaban convencidos de que su primera misión era asegurarse de que el fundador llegara a Andorra a salvo.

Dejaron la cueva y, en medio de una densa niebla, empezaron la ascensión como pudieron entre pinos y robles. A cada cruce de caminos, crecía la linea de fugitivos. Escrivá, que iba inmediatamente detrás de Cirera, consiguió pronto romper el silencio del guía y hacer buenas migas con él.

Llegaron a la cañada de Ribalera poco después de la salida del sol del domingo 28 de noviembre de 1937 y pasaron el día allí. En ese momento, el grupo había crecido hasta tener más de veinte miembros. A pesar de las maldiciones y blasfemias que se habían pronunciado durante la marcha de la noche anterior, Escrivá anunció: “Voy a decir Misa: el que no quiera estar respetuoso que no asista”[2].

Sirvieron de altar dos piedras pegadas a la pared del barranco puestas una encima de otra, pero estaban tan bajas que Escrivá tuvo que decir la Misa de rodillas. Antoni Dalmases, un estudiante catalán que se incorporó al grupo, anotó en su diario sus impresiones de esta Misa: “Sobre una roca y arrodillado, casi tendido en el suelo, un sacerdote que viene con nosotros dice la Misa. No reza como los otros sacerdotes de las iglesias. Habla las oraciones en voz alta, llora casi y nosotros le imitamos, unos tendidos, otros arrodillados, otros medio sentados, aquel de pie, agarrados a las piedras para no caernos. No se oye más que al Padre. Sus palabras claras y sentidas se meten en el alma. Nunca he oído Misa como hoy, no sé si por las circunstancias o porque el celebrante es un santo”[3].

Hacia las cuatro de la tarde, después de tan sólo unas horas de descanso, Cirera dio la orden de partir. Normalmente prefería viajar de noche para no ser vistos por las patrullas de los milicianos, pero tenían por delante el Monte Aubens de 1.583 metros. La subida era muy pronunciada y traicionera, por lo que decidió que debían llegar a la cima antes del anochecer.

Alvira desfalleció al empezar la parte más dura del ascenso. Cirera dio la orden de abandonarle y de seguir subiendo para alcanzar la cima antes de la caída de la noche. El guía dijo que, aunque Alvira lograra coronar el Aubens, no podría resistir las largas marchas y ascensiones que les aguardaban. Escrivá cogió a Cirera por el brazo y se apartó con él unos pasos. Casciaro alcanzó a oír algunos retazos de su conversación, arrastrada por el viento: “Piense, Antonio, que se trata de un hombre muy valioso, de un verdadero sabio de fama internacional, que ha hecho mucho bien a su patria y aún le queda mucho por hacer; usted es hombre de corazón; tenga paciencia y deje que le ayudemos hasta escalar la cima del monte; yo le aseguro que se repondrá después, aprovechando el primer descanso que tengamos y podrá seguir caminando normalmente; usted tendrá la satisfacción el día de mañana de haber salvado la vida de un hombre excepcional…”[4].

Cirera, que años más tarde comentaría que Escrivá “era un hombre muy persuasivo”, cedió. Alvira se sentía incapaz de continuar, pero Escrivá le infundió ánimos. “No hagas caso. Tú seguirás con nosotros como los demás, hasta el final”[5].

Con ayuda del resto del grupo, Alvira se puso en pie dificultosamente. Alcanzaron la cima Aubens justo cuando la noche estaba cayendo. Después de un corto y frío descanso en la hierba, comenzaron el descenso por la cara norte de la montaña. El sendero era empinado y resbaladizo y tenían que agarrarse a los arbustos espinosos para no caer. En un momento determinado, Jiménez Vargas resbaló fuera del camino y comenzó a rodar pendiente abajo hacia el río que podía oirse al fondo. Uno del grupo corrió por la ladera para rescatarlo del río. Lo encontró sano y salvo.

Pasaron el resto de la noche del 28 de noviembre de 1937 caminando hacia Casa Fenollet, cerca del pueblo de Montanisell, donde pasarían las horas del día. Anduvieron trece kilómetros, durante los cuales subieron un total de 1.200 metros, badearon un río y cruzaron otro por un puente. Si hubiera aparecido un coche, habrían estado completamente expuestos.

En el granero de Casa Fenollet, Escrivá dio la Sagrada Comunión a los miembros del grupo, comieron muy frugalmente e intentaron descansar algo. De madrugada, dos milicianos preguntaron a los dueños si habían visto algo sospechoso. La mujer les sirvió jamón y varios vasos de vino, y los despidió convencidos de que les ayudaría a capturar a cualquier fugitivo.

Escrivá durmió más bien poco. Se dedicó a rezar y a alentar a quienes parecían especialmente desanimados o cansados. El estudiante catalán, Dalmases, lo describió en su diario: “Su compañía inspira confianza a todos nosotros, pues parece como si Dios le hubiese mandado”[6]. Casciaro relata que cuando se levantó y advirtió que Escrivá no estaba dormido se enojó: “Pensé para mis adentros que si él no aprovechaba esas horas de descanso luego no podría resistir”[7]. Hacia las dos de la tarde, sus anfitriones les sirvieron unas buenas raciones de judías con carnero, la única comida sustanciosa que tendrían hasta Andorra.

El grupo de Escrivá ya se había desecho de los objetos pesados durante el ascenso al Aubens. Antes de salir de Casa Fenollet, también dejaron la ropa de repuesto y otros objetos que podrían ser útiles más tarde, pero que en ese momento les entorpecían. Durmieron un poco más y partieron alrededor de las seis de la tarde.

El guía repartió por persona una hogaza de pan y un queso redondo de unos diez centímetros de diámetro y tres de grueso, con la advertencia de que era toda la comida disponible hasta que llegaran a Andorra. Para el asombro de todos, Sainz sacó de su bolsillo una pequeña regla y empezó a calcular el tamaño de la porción que podrían tomar en cada comida. Escrivá le siguió el juego, pero Botella y Casciaro reaccionaron devorando el queso y el pan al momento, arguyendo que tenía más sentido llevar la comida en sus estómagos que en sus morrales.

En contraste con sus escasas raciones, Dalmases tenía abundantes provisiones. Escrivá, viendo su cesta llena de alas de pollo fritas, bromeó diciendo que debía de haber descubierto un nuevo animal, un cruce entre el pollo y el ciempiés, el “ciempollo”. Los del grupo de Escrivá apodaron a Dalmases –cuyo nombre sólo conocieron más tarde – “el chico del ciempiés”.

Según avanzaban, estaban cada vez más exhaustos y débiles por el hambre. En medio de la oscuridad y el frío, llegaban a perder la noción del tiempo. Casciaro describe su experiencia: “A partir de ese momento perdí la noción del tiempo, hasta en su relación con los días y las noches. No sabría cómo explicarlo; fue una sensación semejante, pero infinitamente más angustiosa y radical, a la que se experimenta cuando se hace por primera vez un vuelo transoceánico de varios días. Contribuyó a esa confusión el hecho de que solíamos caminar de noche, para que no nos descubrieran, y descansábamos durante las horas más luminosas del día, en algún lugar de confianza para los guías. Pero esto fue muy relativo, porque hubo bastantes excepciones. Además, ninguno llevábamos reloj, salvo Manolo, y no hubo comidas que marcaran las etapas de cada jornada. El resultado es que acabé perdiendo el sentido del tiempo; no sabía en qué día estábamos, ni qué hora era; las caminatas nocturnas me parecían interminables; y el cansancio, el sueño y el hambre las alargaban desmesuradamente. Las alargaban también lo agreste del camino, porque nunca seguíamos propiamente una senda de montaña: no hacíamos más que trepar y trepar riscos, y abrirnos paso, a duras penas, entre la maleza del bosque”[8].

Durante la noche del 29 de noviembre de 1937 cubrieron otros 15 kilómetros y subieron un total de 900 metros. Después de dejar Casa Fenollet ascendieron el Monte Santa Fe, de unos 1.600 metros. A continuación comenzaron el pronunciado descenso entre rocas sueltas hacia un valle donde, alertados por el ladrido de unos perros, los milicianos habían ejecutado recientemente a toda una expedición. Consiguieron cruzar el valle sin problemas y atacaron el Monte Ares, también de 1.600 metros. La subida fue agotadora porque debían salvar un desnivel de cerca de 800 metros en un par de horas. La fuerte respiración y el pulso acelerado delataban que Escrivá se encontraba al borde del colapso. Los demás del grupo le escuchaban repetirse a sí mismo las palabras de Cristo en el Evangelio: “No he venido a ser servido, sino a servir”. A pesar de sus protestas, Botella y Fisac le llevaban en andas en ocasiones, de tal manera que sus pies no tocaran el suelo. Cuando caminaba por sí mismo, Escrivá tenía que agarrarse a los arbustos para impulsarse colina arriba. Finalmente alcanzaron la cima del Monte Ares. Tras media hora de descanso, Cirera ordenó de nuevo la marcha.

Poco tiempo después pararon otra vez y Cirera desapareció. El tiempo pasaba y los miembros de la expedición comenzaron a preocuparse. Algunos temieron que les hubiera abandonado. Finalmente regresó y les explicó que, al advertir que había desaparecido uno de ellos, volvió al último lugar donde habían descansado. Allí le encontró exhausto y sin querer continuar. Por miedo a que fuera un delator, le amenazó con su pistola y le obligó a seguir.

A pesar de que la parada no había sido larga, el frío y la humedad de la noche, combinados con la ansiedad por la ausencia del guía, habían surtido efecto. Poco después de que reiniciaran la marcha, Albareda sucumbió a la fatiga. Permanecía quieto y en silencio, sonriendo vagamente. Si alguno le tomaba de la mano, volvía a caminar, pero muy despacio. Tan pronto como le soltaban, se detenía y permanecía de pie sin oír nada de lo que se le decía. Afortunadamente, casi todo el camino era cuesta abajo y su destino no estaba lejos, así que con la ayuda de los demás, que también estaban al límite de sus fuerzas, Albareda consiguió alcanzar el granero de Baridá, donde pasaron las horas del día 30 de noviembre.

El grupo partió de nuevo tan pronto como el sol se ocultó ese día. Aquella noche no tenían que ascender ninguna montaña, pero durante los 15 kilómetros de marcha hasta Campmajor tuvieron que cruzar frecuentemente ríos helados y sus ropas pronto se empaparon. Un villancico pasaba por la cabeza de Casciaro una y otra vez. Cuando trataba de rezar el Rosario en silencio, perdía la cuenta a menudo y terminaba rezando misterios de veinte o treinta avemarías. Otros miembros del grupo tuvieron experiencias similares debido al extremo cansancio físico y mental. En medio de sus propios sufrimientos se preocupaban de Escrivá. Casciaro relata que, en su propio estado de confusión mental, solía pensar en cómo debía sentirse Escrivá si él se encontraba tan mal, teniendo en cuenta que había comenzado la aventura de Barcelona y el paso de los Pirineos en una forma física relativamente buena. En Torrevieja, Albacete y Valencia no había padecido el hambre que había pasado Escrivá durante un año en Madrid. Y además, tenía trece años menos que él y buena salud, mientras que él había sufrido periodos de fiebre alta con un prolongado ataque de reumatismo.

“Estas consideraciones me servían para hacer oración y encomendarle. Al mismo tiempo me irritaban algunas cosas que veía hacer al Padre: por ejemplo, no se protegía del frío, metiéndose periódicos entre la ropa, bajo el jersey, como hacíamos todos; procuraba comer menos para que a nosotros nos tocara más; apenas dormía cuando descansábamos en aquellos corrales y cuevas; y yo adivinaba que hacía todo aquello para mortificarse y para rezar más. Todo esto, al mismo tiempo que me conmovía, no acababa de entenderlo y, por el cariño que le tenía, hubiera querido impedirlo”[9].

Al amanecer del 1 de diciembre de 1937 pararon en un campo elevado donde las rocas y los arbustos proporcionaban un buen escondite. En un momento dado escucharon sonidos de cornetas y tambores, probablemente de un campo de milicianos cercano. Saber que estaban tan cerca les hizo temer, aunque Casciaro afirma que “en aquellos momentos -por lo menos a mí-, me importaba más el frío que el miedo a ser apresado. Era un frío terrible, un frío inmisericorde y cruel, que me calaba hasta los huesos, y me hacía estremecer en medio de aquel agotamiento físico y psíquico que arrastraba desde hacía varios días”[10]. Según Jiménez Vargas, Escrivá “conservó la paz y la alegría, pasara lo que pasara, aunque fuese a costa de repetir innumerables veces la jaculatoria ‘fiat’ (…). Y puedo asegurar que, hasta entonces, yo no había llegado a comprender bien lo que es la alegría, y concretamente lo que quiere decir la alegría del que se sabe hijo de Dios”[11].

Pasaron todo el día tumbados o sentados en el empinado y resbaladizo suelo, expuestos al viento que soplaba desde las montañas. En ocasiones salía el sol, pero a medida que el día avanzaba las nubes se hacían más gruesas y después de mediodía comenzó a nevar ligeramente. La nieve podría haber sido fatal en este último y más peligroso trayecto del viaje, pero afortunadamente no hubo más nevadas hasta que estuvieron a salvo en Andorra.

Antes de continuar el viaje, poco después de la puesta de sol del 1 de diciembre, el grupo de Escrivá rezó a Nuestra Señora y a los Ángeles Custodios. Comieron lo que les quedaba. El camino de aquella noche circulaba por zonas cercanas a la frontera, patrulladas constantemente por milicianos que tenían órdenes de disparar a cualquiera que pareciera sospechoso. Después de vencer un desnivel de 400 metros, descendieron lenta y penosamente entre rocas sueltas que, al desprenderse, hacían mucho ruido, con el consiguiente peligro de llamar la atención de los vigilantes. Al llegar a un riachuelo, el guía les ordenó guardar completo silencio porque había oído a una patrulla pasando cerca. Entonces empezó a rastrear la zona.

Calados hasta los huesos, los fugitivos se acurrucaron cerca del río, que estaba a una temperatura bajísima. Escrivá parecía haber llegado al límite. Temblaba incontroladamente y sus miembros estaban rígidos. A Jiménez Vargas ya no le quedaba nada del vino azucarado que les había administrado como estimulante en momentos críticos. Todo lo que pudo hacer fue frotar los miembros de Escrivá y cubrirle con más ropas húmedas. Escrivá no respondía, y Jiménez Vargas temía que no fuera capaz de moverse cuando regresara el guía.

Cirera volvió al cabo de dos horas. Escrivá apenas podía mantenerse en pie, pero, al ponerse en marcha, recobró la suficiente fuerza como para seguir el ritmo de los demás. Cirera indicó que estuvieran atentos a cualquier patrulla que pasara por el otro lado del río. Oyeron voces y pasos en el camino. Esperaron a que los milicianos se hubieran alejado para cruzar el riachuelo y atravesar el camino que corría paralelo a la orilla. Después de una ascensión muy pronunciada al paso de la Cabra Morta, se lanzaron a un descenso tan peligroso que muchos de ellos no lo habrían intentado a plena luz del día.

Poco después pararon de nuevo y estuvieron escondidos durante una hora. Retomaron la marcha cuando Cirera juzgó que había seguridad para encarar el último tramo hasta Andorra. Cuando llevaban quince minutos andado, oyeron detrás de ellos disparos de fusil. Sin embargo, en ese momento ya estaban fuera de alcance y a salvo en Andorra. Cirera esperó hasta que estuvieran a una distancia prudencial de la frontera para decirles que ya habían llegado. Los refugiados recibieron la noticia con gritos de júbilo. Escrivá empezó a rezar la Salve en  a la Madre de Dios. Amanecía el 2 de diciembre de 1937.agradecimiento

[1] Pedro Casciaro. Ob. cit. p. 115

[2] AGP P03 1982 p. 241

[3] Ibid. p. 244

[4] Pedro Casciaro. Ob. cit. p. 118

[5] Ibid. p. 118

[6] AGP P03 1982 p. 340

[7] Pedro Casciaro. Ob. cit. p. 120

[8] Ibid. p. 116

[9] Ibid. p. 122

[10] Ibid. p. 122

[11] AGP P03 1982 p. 544

Dificultades en el apostolado con sacerdotes y mujeres

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Los planes de expansión de DYA y los próximos comienzos de las actividades en Valencia y París daban cuenta del lento, pero constante crecimiento del apostolado del Opus Dei con universitarios y recién graduados. Sin embargo, la labor con sacerdotes y con mujeres no iba tan bien.

En 1934 unos cuantos sacerdotes se habían comprometido a obedecer a Escrivá en asuntos relacionados con la Obra. Aunque se trataba de un paso importante para su gradual incorporación al Opus Dei, no se daban cuenta del todo del origen sobrenatural de la Obra ni del papel de Escrivá como fundador. A alguno de ellos la decisión de seguir adelante con DYA a pesar de las dificultades financieras le pareció una locura. Peor aún, solían ir a su aire, y no prestaban atención a lo que Escrivá les decía sobre el espíritu de la Obra.

El problema fundamental, concluyó pronto, era que, con algunas pocas excepciones, “tienen poca visión sobrenatural, y un amor pobre a la Obra, que para ellos es un hijo postizo, mientras para mí es alma de mi alma”. Escrivá decidió: “Procuraré sacarles el partido posible, hasta ver si se maduran en el espíritu de la Obra”[1].

En lugar de mejorar, las cosas empeoraron. En marzo de 1935 ya no se pudieron seguir teniendo las reuniones de los lunes con sacerdotes, que se celebraban semanalmente desde 1931. Tanto el director espiritual de Escrivá, el padre Sánchez, como su gran amigo don Pedro Poveda aconsejaron a Escrivá romper las relaciones con los demás sacerdotes, pero no fue capaz de hacerlo. A la vista de sus virtudes y de su “innegable buena fe”, optó “por el término medio de conllevarles, pero al margen de las actividades propias de la O., aprovechándolos siempre que sea necesario su ministerio sacerdotal”[2].

Pero incluso con esta limitación fueron una fuente de confusión para los miembros laicos de la Obra, hasta el punto de que Escrivá a veces se refirió a ellos como su “corona de espinas”. Al final, prescindió de su ayuda por completo y acudió a otros sacerdotes, que no tenían ninguna relación con la Obra, cuando hacía falta alguien para celebrar Misa o confesar. Escrivá concluyó que los sacerdotes del Opus Dei deberían salir de sus miembros laicos y estar formados en su espíritu desde el inicio de su vocación. Todavía no tenía idea de cómo se podría realizar eso dentro de los límites que el Derecho Canónico imponía a las organizaciones capaces de incardinar sacerdotes. Estaba tan convencido de que se encontraría el modo de hacerlo, que en mayo de 1936 preguntó a algunos miembros de la Obra si estarían dispuestos a ordenarse si les llamara al sacerdocio.

El apostolado con las mujeres no corría mejor suerte. Con el tiempo, un grupo de mujeres pidió la admisión al Opus Dei, pero les resultaba muy difícil entender plenamente su espíritu. Buena parte del problema se debía al poco trato que tenían con Escrivá. Él las veía de vez en cuando en el convento de Santa Isabel y, en ocasiones, les predicaba una meditación en el oratorio de la residencia DYA, aprovechando la ausencia de los residentes. En general, las veía pocas veces fuera del confesionario donde las dirigía espiritualmente.

Había varias razones para este limitado contacto: las otras actividades de Escrivá eran tan exigentes que le dejaban muy poco tiempo; además, no había otro lugar en el que pudiera atenderlas convenientemente; por otra parte, aunque hubiera encontrado una solución a los problemas mencionados, como joven sacerdote decidido a evitar cualquier ocasión que pudiera poner en peligro su vocación, Escrivá no quería mantener ningún trato personal cercano con mujeres jóvenes.

En conclusión, Escrivá confió a la mayoría de las mujeres de la Obra a don Lino Vea-Murguía, sacerdote de la diócesis de Madrid. Había sido uno de los capellanes del Patronato de Enfermos de 1927 a 1932; desde entonces hasta su asesinato a comienzos de la Guerra Civil lo fue de las Siervas del Sagrado Corazón. Vea-Murguía tampoco había entendido completamente el espíritu del Opus Dei y, lógicamente, no pudo transmitirlo claramente a otros. Las pocas mujeres que pertenecían a la Obra al estallar la Guerra Civil quedaron separadas por completo de Escrivá, y aún no habían captado la esencia del Opus Dei. Una de ellas, Felisa Alcolea, comentaba con sencillez años después: “La verdad es que buena voluntad sí teníamos. Pero nada más”[3].

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 541

[2] Ibid. p. 542

[3] Ibid. p. 563

El seminario de Logroño

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Siguiendo esos barruntos de los que ya hemos hablado, Escrivá decidió entrar en el seminario de Logroño en la primavera de 1918. Esta decisión cogió a la familia completamente por sorpresa. Su padre tenía la lógica ilusión de ver a su único hijo varón perpetuar el apellido y, quizás, recomponer la fortuna familiar; así las cosas, don José no pudo reprimir las únicas lágrimas que Josemaría viera en ojos de su padre y le aconsejó que meditara el asunto con detenimiento. “Los sacerdotes –le dijo- tienen que ser santos. Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré”[1]. Al joven Escrivá le conmovieron las lágrimas de su padre, pero no se echó atrás en su decisión de entrar en el seminario; y, lleno de confianza en el Señor, tuvo incluso la audacia de pedir a Dios que enviara otro hijo a sus padres. Humanamente hablando, esas oraciones no parecían tener mucho futuro ya que el último vástago había nacido nueve años antes, y su madre tenía a la sazón 39 años y su padre 49. No obstante, a los nueve o diez meses, en febrero de 1919, nació su hermano Santiago.

Escrivá terminó sus estudios en el instituto en 1918 y pasó gran parte del verano estudiando Latín, Lógica, Metafísica y Ética para preparar el examen de ingreso en el seminario. En otoño entró como alumno externo.

La vida en el seminario le produjo una impresión muy fuerte. Aunque su familia estaba atravesando momentos harto difíciles, siempre estuvo acostumbrado a un ambiente amable y de alto nivel cultural, en el que el orden, el aseo, la buena educación, el tacto y el interés por los temas de actualidad, así como una arraigada vida de piedad, impregnaban la buena y grata convivencia. Por el contrario, el ambiente del seminario era algo muy distinto.

El edificio del Seminario de Logroño era un caserón construido en 1559 que en épocas pasadas había conocido tiempos mejores. También había servido de cuartel, hospital militar e incluso de prisión. En 1918, el piso de abajo lo seguía ocupando una brigada de artillería y uno de los pabellones servía de establo a las mulas y caballos empleados en tirar de las piezas de artillería. Los pisos superiores, donde el seminario tenía las dependencias, se encontraban en un estado deplorable.

Muy pocos compañeros de Josemaría provenían de familias en que se valoraran las buenas maneras, la educación y la cultura. No eran muchos los jóvenes pertenecientes a lo que en la España de entonces se llamaban “familias bien”, por su posición económica o social, los que llegaban a hacerse sacerdotes diocesanos. Los pocos muchachos de clase alta o media que decidían ordenarse lo hacían tras ingresar en alguna orden religiosa. Aproximadamente un tercio de los seminaristas diocesanos eran hijos de agricultores u obreros, los cuales, en la España de principios del siglo XX, apenas tenían acceso a la educación y la cultura. Raro era el seminarista cuya familia estuviera habituada a comprar libros o mantuviera suscripciones a periódicos o revistas. Tan solo el 10% de los alumnos de los seminarios españoles surgía de familias con profesiones liberales, y en Logroño puede que el porcentaje fuera incluso menor. Esto explica que los compañeros de instituto de Escrivá le miraran por encima del hombro en cuanto se enteraron de su intención de ingresar en el seminario.

No existen documentos fidedignos que indiquen con certeza el grado de instrucción y piedad que había en el Seminario de Logroño cuando Escrivá ingresó en 1918; o en el de Zaragoza, a donde el joven seminarista se trasladó en 1920. No obstante, el Nuncio de Su Santidad no pintaba por aquel entonces un panorama muy alentador cuando en 1930 describía los seminarios españoles como “cuarteles o reformatorios”. Seguía diciendo: “Y el clero, fruto de ese árbol, ha olvidado el espíritu sobrenatural y se ha preocupado del pan y de la carrera. Los seminaristas, procedentes en su mayoría de las clases más humildes y hasta miserables, no han recibido educación, ni formación, ha faltado estímulo y orientación acertada”[2].

Pero las dificultades externas eran para Josemaría lo de menos; la batalla principal se libraba en el interior. Escrivá se encontró “medio ciego, siempre esperando el porqué. ¿Por qué me hago sacerdote? El Señor quiere algo; ¿que es?”[3]. Dios quería algo de él, pero no sabía qué. Ante este dilema, Josemaría intensificó sus oraciones. En una nota de sus apuntes íntimos, redactados algunos años después, escribe: “Durante años, a partir del primero de mi vocación, tuve por jaculatoria siempre en mis labios: Domine, ut videam! Sin saber para qué, yo estaba persuadido de que Dios me quería para algo. Así estoy seguro de haberlo manifestado alguna o algunas veces a tía Cruz Sor Mª de Jesús Crucificado, en cartas que le envié a su convento de Huesca. La primera vez que medité el pasaje de san Marcos del ciego a quien dio vista Jesús, cuando aquel contestó, al ‘qué quieres que te haga’ de Cristo, ‘Rabboni, ut videam’, se me quedó esta frase muy grabada. Y, a pesar de que muchos como al ciego me decían que callara [...], decía y escribía, sin saber por qué: ut videam!, Domine, ut videam! Y otras veces: ut sit! Que vea Señor, que vea. Que sea”[4].

Durante toda su vida, Escrivá mostró una actitud de absoluta disponibilidad para cumplir la voluntad de Dios. Lo vemos reflejado en uno de sus apuntes personales de 1930: “Y de tu borrico, Niño‑Dios, haz cuanto quieras: como los niños traviesos de la tierra, tírame de las orejas, zurra fuerte a este borricote, hazle correr para tu gusto…”[5]. El teólogo español José Luis Illanes explica que Escrivá aprendió a vivir esta plena disponibilidad para con Dios en los once años que transcurrieron entre los primeros barruntos de su vocación y la fundación del Opus Dei en 1928, “pasados en expectativa, a la espera de una luz divina que desvelara el sentido de la inquietud sembrada en su corazón. Caminar así, ser fiel a una llamada que se entrevé, pero de la que no se conocen el porqué ni el para qué, perseverar jornada a jornada dispuesto para cualquier cosa, aun la más inesperada, vivir al día sin poder hacer planes ni proyectos, es una forja que purifica el alma hasta terminar situándola en una plena desnudez ante Dios. La incertidumbre en que el Señor mantuvo a Mons. Escrivá de Balaguer durante largos años le condujo a una actitud de disponibilidad tan honda que acabó siendo consubstancial con la propria persona”[6]. Tras la muerte de Josemaría Escrivá, el arzobispo de Toledo, cardenal Marcelo González, explicó que el secreto de la inmensa riqueza espiritual de su vida residía “en el dejarse llevar, en la posesión de un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todo, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas”[7].

Durante sus estudios en el Seminario de Logroño, Josemaría siguió viviendo en casa de sus padres. Como alumno externo disfrutaba de mayor libertad que el resto de los estudiantes que vivían en el seminario, pues no estaba obligado a participar en todas las actividades. Los domingos, por ejemplo, los alumnos que vivían en el seminario enseñaban catecismo a los niños, mientras que los alumnos externos podían estar todo el día con sus familias. Escrivá, sin embargo, echaba una mano en las clases de catecismo, actividad que continuaría ejerciendo con el paso de los años.

[1] José Luis Illanes. ob. cit. p. 70

[2] Vicente Cárcel Ortí. LA PERSECUCION RELIGIOSA EN ESPANA DURANTE LA SEGUNDA REPUBLICA (1931-1939). Ediciones Rialp. Madrid 1990. p. 48

[3] José Luis Illanes. ob. cit. p. 70

[4] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 100

[5] ibid. p. 347

[6] José Luis Illanes. ob. cit. p. 70

[7] ibd. p. 70


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