Cincuenta años de sacerdocio

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El 28 de marzo de 1975, Viernes Santo, celebró en la intimidad sus Bodas de Oro en el sacerdocio. No quiso que se hiciera celebración alguna en aquel día, en el que hizo un largo repaso de las bondades de Dios en su vida: Todo lo hecho hasta ahora es mucho, pero es poco: en Europa, en Asia, en Africa, en América y en Oceanía. Todo es obra de Jesús, Señor nuestro. Todo lo ha hecho nuestro Padre del Cielo.

A la vuelta de cincuenta años —continuó diciendo, mostrando que seguía en lucha contra sus propios defectos y limitaciones, esforzándose por querer más a Dios—, estoy como un niño que balbucea. Estoy comenzando, recomenzando en cada jornada. Y así hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando.

Roma, 27 de marzo de 1975

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Sentado al fondo del oratorio del Consejo General del Opus Dei, el Padre evoca, en voz alta, sus cincuenta años de sacerdocio, que celebrará al día siguiente.

No quiero que se prepare ninguna solemnidad -había escrito dos meses antes- porque deseo pasar este jubileo de acuerdo con la norma ordinaria de mi conducta de siempre: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca.

Lo único que ha pedido a sus hijos es que se unan a él en ese día, que coincidirá con el Viernes Santo: Ayudadme a agradecer a Dios, junto con el inmenso tesoro de la llamada al Sacerdocio y de la otra vocación divina a la Obra, todas sus misericordias y todos sus beneficios… también aquellos que yo no haya sabido percibir.

Motivos de agradecimiento, ha vuelto a tenerlos, hace todavía muy poco, en América.

Cuando el año anterior se había visto obligado a acortar su viaje, había prometido volver a Venezuela y ahora acababa de cumplir su promesa. Había estado en ese país, y también en Guatemala, pero, de nuevo, su estado de salud le había obligado a dar por terminada su estancia antes de lo previsto.

Más reuniones de familia

El viaje había durado dieciocho días, durante los cuales había vuelto a creer que soñaba viendo las maravillas que el Señor, en pocos años, había realizado en esos países. En diversos lugares, entre risas y canciones (canciones de amor de los trópicos, que él transportaba al plano sobrenatural para nutrir su oración), había recibido, con frecuencia al aire libre, bajo grandes toldos, a miles de personas. Entre ellas, numerosos jóvenes a los que había hablado de Dios, ya que, según sus propias palabras, yo no sé hablar más que de Dios. Precisamente para eso habían acudido a escucharle hombres y mujeres procedentes de todos los rincones de esos dos países -Venezuela y Guatemala- y también del Ecuador, México y Colombia; de Puerto Rico, de Trinidad, de los Estados Unidos…

Al contemplar su entusiasmo, había pensado en lo que había dicho Alejandro Magno a sus generales cuando, antes de una batalla decisiva, había repartido con ellos todos sus bienes: “¡A mí me queda la esperanza! “.

La esperanza, para él, estaba en la atención con que le escuchaban todos; en esos jóvenes de tantos países, que él se resistía a dejar al final de esas largas tertulias en las que procuraba inflamarles con el amor de Cristo.

El Amor… ¡bien vale un amor!, les había repetido muchos años después de escribir esa frase en Camino, pensando precisamente en ellos y en muchos otros…

El Padre había desempeñado así el papel de juglar de Dios, utilizando una imagen que gustaba emplear para expresar los sentimientos que solía experimentar en tales circunstancias, rememorando la leyenda del juglar de Nuestra Señora. Pero lo que muchos ignoraban era que esa actividad, ese darse a los demás, le hacía llegar completamente agotado al final de cada jornada.

A1 descender del avión que, desde Caracas, le había conducido a Guatemala, el 15 de febrero, había visto, con sorpresa, que entre las personas que le esperaban se encontraba el Cardenal Casariego, arzobispo de la diócesis. Luego, al marcharse, le había conmovido contemplar que miles de personas le aplaudían mientras se dirigía al avión: todas las que no había podido recibir al tener que adelantar el viaje a causa de su debilidad y cansancio. Porque, como en Ecuador al final de su anterior viaje, el Señor le había pedido esa renuncia, y él se ponía en sus manos como un niño en las de su padre.

Mirando hacia el pasado

Como un niño que balbucea. Tal es la idea que sirve de base a su oración ese 27 de marzo, Jueves Santo, en Roma. El Padre abre su corazón ante sus hijos, y les pide que se unan a él para dar gracias a Dios por sus cincuenta años de sacerdocio.

Una mirada atrás… Un panorama inmenso: tantos dolores, tantas alegrías. Y ahora, todo alegrías, todo alegrías… Porque tenemos la experiencia de que el dolor es el martilleo del artista que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un Cristo, el “alter Christus” que hemos de ser. Señor, gracias por todo. ¡Muchas gracias! (…) Un cántico de acción de gracias tiene que ser la vida de cada uno, porque, ¿cómo se ha hecho el Opus Dei? Lo has hecho Tú, Señor, con cuatro “chisgarabís” (…) Has buscado medios completamente ilógicos, nada aptos, y has extendido la labor por el mundo entero. Te dan gracias en toda Europa, y en puntos de Asia y África, y en toda América, y en Oceanía. En todos los sitios te dan gracias (..).

Tú eres quien eres: la Suma Bondad. Yo soy quien soy: el último trapo sucio de este mundo podrido. Y, sin embargo, me miras…, y me buscas…, y me amas (…) Señor, que yo te busque, que te mire, que te ame. Mirar es poner los ojos del alma en Ti, con ansias de comprenderte, en la medida en que -con tu gracia- puede la razón humana llegar a conocerte. Me conformo con esa pequeñez….

“Vultum tuum, Domine, requiram!” (Ps. XXVI, 8) ¡Señor, busco tu rostro! Hace meses que el Padre viene repitiendo aún más esta invocación bíblica, expresión de sus más profundos anhelos: el Papa, la paz de la Iglesia, los apostolados de la Obra, que desea ver cada vez más extendidos, como ese mar sin orillas del que hablaba en los años treinta a quienes quería comunicar su fe.

¡Señor, haz que yo vea!, añade ahora. La exclamación del ciego que pedía su curación a Jesús en el camino de Jericó (Lc. XVIII, 35-43) tiene, desde hace algún tiempo, un sentido distinto al que tenía cuando la utilizaba para pedir luces al Señor, antes de la fundación del Opus Dei. Su vista ha empezado a declinar. En enero ha consultado a un oculista, que le ha dicho que las cataratas de sus ojos, secuela de su pasada diabetes, no se pueden operar. Ve muy poco, en efecto, pero sólo quienes conviven con él se han dado cuenta. Pero, como ha hecho siempre, no pide su curación física, ya que se abandona por completo en las manos de Dios.

Elevando al plano sobrenatural esta nueva prueba, que tanto le limita, ya que disminuye considerablemente su capacidad de trabajo, ha pedido a sus hijos, al comenzar el año, que dirijan a menudo al Señor esta invocación, tomándola, como él, en su sentido más alto: Todos unidos, a decir esa jaculatoria: “Domine, ut videam!”, que cada uno vea. “Ut videamus!”, que nos acordemos de pedir que los demás vean. “Ut videant!”, que pidamos esa luz divina para todas las almas sin excepción: ¡que vean! Que veamos con la luz del alma, con claridad, con sentido sobrenatural, las cosas de la tierra.

Gracias a Dios, las defecciones han sido la excepción a lo largo de los cuarenta y siete años de historia de la Obra. ¡Qué reconfortante es la unidad de todos sus hijos…! Más de sesenta mil hombres y mujeres repartidos por toda la tierra, viviendo en las situaciones humanas más diversas el espíritu que él había recibido de Dios para transmitírselo a los demás.

Ciertamente, había procurado secundar con todas sus fuerzas, a pesar de sus debilidades, la acción del Señor, pero Dios había sido fiel a sus promesas y le había pagado con creces, permitiéndole contemplar en esta vida parte de lo que le había hecho ver el 2 de octubre de 1928 mediante una gracia excepcional. Como la vasta descendencia de un patriarca…

Pronto llegará el momento de “pasar el testigo”, como en las carreras de relevos. Pero tampoco eso ofrece problema alguno.

Vosotros sois la continuidad, dice el Padre a quienes le rodean, y, a través de ellos, a todos los miembros de la Obra, a quienes siempre ha llamado cofundadores, ya que les ha sido dado vivir con él la gran aventura de la expansión del Opus Dei por toda la tierra.

En los ojos de los que le visitan en Roma casi todos los días, en los de los jóvenes y las jóvenes que se están formando en Cavabianca y en Castelgandolfo, y en los de los grupos cada vez más numerosos que acuden en Semana Santa, percibe un gran cariño, un gran deseo de fidelidad, la determinación de entregarse plenamente al Señor y el convencimiento de que Dios les pagará con creces ya en esta vida. Pero, sobre todo, le conmueve la fidelidad de sus hijos mayores, quienes ya peinan canas y llevan en su alma las cicatrices de todos esos combates sobrenaturales que tanto les han hecho progresar en la vida interior. Entre ellos, los que, en países lejanos o muy cerca de él, como Álvaro del Portillo, consagran su vida y su experiencia a impulsar los latidos de ese corazón que es el gobierno de la Obra.

La oración de ese 27 de marzo está a punto de acabar. Una vez más, Mons. Escrivá de Balaguer recuerda a sus hijos el sentido de su vocación en el Cielo y en la tierra, siempre. No “entre” el Cielo y la tierra, porque somos del mundo (…) En el Cielo y en la tierra, endiosados; pero sabiendo que somos del mundo y que somos tierra, con la fragilidad propia de lo que es tierra…

De nuevo, una acción de gracias litúrgica: “Gratias tibi, Deus!” Una invocación a la Virgen, a San José, a los Santos Ángeles Custodios, que fueron testigos privilegiados de aquella llamada divina, el 2 de octubre de 1928, y la oración termina.

El 28 de marzo, Viernes Santo, aniversario de su ordenación sacerdotal, se reúne por la mañana con algunos de sus hijos, que han ido a saludarle. En una de sus frases hace alusión a la marcha de sus cincuenta años de sacerdocio: He querido hacer la suma de estos cincuenta años y me ha salido una carcajada. Me he reído de mí mismo, y me he llenado de agradecimiento a Nuestro Señor, porque es Él quien lo ha hecho todo…

En Torreciudad

Las obras del nuevo Colegio Romano de la Santa Cruz, en Cavabianca, tocan a su fin. Desde el mes de septiembre último, funciona a pleno rendimiento. Quedan por rematar muchos detalles, pero pronto será posible colocar esa “última piedra” de esta nueva “locura”, con la que el Padre lleva tantos años soñando.

El 23 de mayo, el Padre se encuentra en Torreciudad, procedente de Madrid, adonde había llegado una semana antes, pasando por Zaragoza, Ese mismo día consagra el altar mayor del nuevo Santuario, luego de contemplar largamente el gran retablo de alabastro, diseñado con arreglo a sus indicaciones e inspirado en los de la Catedral de Barbastro, La Seo y la basílica del Pilar de Zaragoza.

Sólo los locos del Opus Dei hacemos esto, y estamos muy contentos de ser locos… ¡Muy bien!, lo habéis hecho muy bien. Habéis puesto tanto amor aquí…, pero hay que terminar, hay que llegar al final (…), ¡qué bien se va a rezar aquí!

El Santuario, de moderna y original factura, así como los edificios anejos, han complacido mucho al Padre. A los arquitectos, y a todos cuantos han intervenido en las obras, les ha dicho:

-Con material humilde, de la tierra, habéis hecho material divino.

Fiel a su lema de siempre -ocultarme y desaparecer- dice a quienes le acompañan que no asistirá a la apertura al culto, el próximo mes de junio. Ya lo ha inaugurado a su manera, consagrando el altar mayor… y confesándose con don Álvaro del Portillo, en la cripta de los confesionarios.

Antes de regresar a Roma, el Ayuntamiento de Barbastro le hace entrega, el 25 de mayo, de la medalla de oro de la ciudad. El discurso de Mons. Escrivá de Balaguer se ve interrumpido por la emoción. No es, sin embargo -explica-, tanto a causa de los recuerdos que la ceremonia trae a su memoria como de un pensamiento que no se le va de la cabeza: la muerte, en Roma, el día antes, de un hijo suyo, Salvador Canals, miembro del Tribunal de la Rota, a quien había enviado a Roma en 1942… Una vez más, Dios ha llamado a uno de sus hijos, el cual hubiese podido servir al Señor muchos años todavía, con generosidad. Y, una vez más, el Padre somete su mente y su corazón a la Voluntad divina, aunque no logre comprender…

El, por su parte, lleva mucho tiempo preparándose para esa última cita. Su prisa en trabajar todavía más por el Señor no tiene otra explicación. Dice, a menudo, que se le está haciendo de noche, pero ese presentimiento de la muerte no constituye para él un motivo de tristeza. La muerte repentina -ha dicho un día- es como si el Señor nos sorprendiera por detrás y como si nosotros, al volvernos, nos encontráramos en sus brazos.

El 25 de junio, e1 Padre celebra, en la intimidad de Villa Tévere, el trigésimo primer aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. En los mementos de la Misa, tiene un recuerdo también para los cincuenta y cuatro miembros de la Obra, de diversos países, que van a ser ordenados en Barcelona, dentro de unas semanas. Son bastantes, sí, pero todavía pocos para las necesidades crecientes de la Obra.

Al día siguiente, después de celebrar la Santa Misa muy temprano, se traslada a Castelgandolfo para despedirse de sus hijas antes de abandonar Roma ese verano.

Hace un calor bastante agobiante este 26 de junio.

A las diez y media de la mañana, el Padre y quienes le acompañan llegan a Villa delle Rose, sede, desde hace algunos años, de un centro internacional de formación de la Sección de mujeres del Opus Dei. Las últimas que han llegado proceden de Kenya y de las Islas Filipinas. Todas manifiestan ruidosamente su alegría ante la presencia del Padre. Lentamente, con gravedad, les habla de lo que, en esos momentos, constituye el objeto primordial de su oración y de sus preocupaciones. Evoca, una vez más, esa alma sacerdotal que deben esforzarse por tener todos los cristianos, hombres y mujeres, sacerdotes y laicos:

Vosotras tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí (…) Y con la gracia del Señor, y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes de la Obra, haremos una labor eficaz.

Les pide que recen por los que van a ser ordenados el 13 de julio, y también por la Iglesia, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa, cualquiera que sea.

Al cabo de unos veinte minutos, un malestar evidente obliga al Padre a interrumpir la reunión y a retirarse a una habitación cercana. Instantes más tarde, aunque quienes le acompañan le aconsejan esperar un poco, decide regresar a Roma. Quiere ir por la tarde a Cavabianca, para despedirse de sus hijos del Colegio Romano.

El viaje de vuelta es rápido. Poco antes de mediodía, el automóvil llega a Villa Tévere. El Padre saluda a Jesús Sacramentado en el Sagrario, haciendo una profunda genuflexión, acompañada, como siempre, de un acto de amor, y sube al ascensor que ha de conducirle al despacho donde trabaja de ordinario. Al abrir la puerta, dirige, también como siempre, una mirada a un cuadro de la Virgen de Guadalupe.

-¡Javi!

Don Javier Echevarría, que acompañaba al Padre, se ha quedado un poco rezagado para cerrar la puerta del ascensor.

-¡Javi! No me encuentro bien.

La voz, ahora, es más débil. Cerca de don Álvaro del Portillo y de don Javier Echevarría, el Padre cae desplomado al suelo.


Un recuerdo personal

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Testimonio de Eduardo Poveda, Obispo de Zamora
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Fue en el año 1940. Hacia poco que había ingresado yo en el Seminario Conciliar de Valencia y contaba a la sazón, veinte años. En noviembre llegó el tiempo de los ejercicios espirituales y vino a dirigírnoslos un sacerdote al que no conocíamos, pero que desde el primer momento captó nuestra atención y nos hizo entrar rápi­damente en la vía de la conversión que es propia de los ejercicios. Aquel sacerdote se llamaba don Josemaría Escrivá de Balaguer y había venido a Valencia llamado por la amistad que tenía con cl entonces rector del seminario, don Antonio Rodilla.

Aquellos ejercicios espirituales nos supieron distintos a los demás, a lo que entonces era habitual. Nada de meditaciones tre­mebundas sobre la muerte y el infierno; nada de sentimentalismos facilones; doctrina firme y clara y, sobre todo, exigencias peren­torias para el seguimiento de Cristo.

Los ejercicios de don Josemaría Escrivá quedaron grabados profundamente en la conciencia de todos los que en ellos partici­pamos. Mucho tiempo ha pasado desde entonces y aún conservo vivo su recuerdo. Que Dios se lo haya retribuido en la gloria.

Del recuerdo de aquellos ejercicios quisiera ahora espumar unas ideas fundamentales que ha dejado impresas en su Obra, pero que son doctrina viva y perenne de la Iglesia.

Todo el mundo habla hoy de sus enseñanzas sobre la santifi­cación del cristiano en el trabajo y en el propio ambiente y estado en el que cada cual se encuentra.

A nosotros, seminaristas, nos habló como seminaristas, nos exi­gió como seminaristas, ni siquiera nos hizo mención del Opus Dei que tenía fundado ya desde 1928. Nos habló mucho, recuerdo, de nuestro deber de trabajar, de estudiar, que era nuestra tarea. Sin tomar en serio el estudio ni podríamos ser santos ni buenos semi­naristas. Pero, al mismo tiempo, nos exigía oración, vida de inti­midad con Dios y devoción filial a María.

He aquí una enseñanza de don Josemaría Escrivá que tiene un valor perenne. El tomar en serio el trabajo, el pensar que hacerlo bien glorifica a Dios y nos santifica, es hoy doctrina universal. En cambio, algunos dicen ahora que como el trabajo es oración ya no hace falta que nos dediquemos a hablar con Dios ni a «perder tiem­po» rezando. Don Josemaría Escrivá siempre predicó que eran necesarias las dos cosas. Sin santificar y mejorar nuestro trabajo, la oración es falsa. Pero trabajando no podemos santificarlos si no dedicamos tiempo a la oración. ¡Qué gran verdad elemental y sen­cilla, pero perenne e iluminadora para el cristiano!

Había también otra paradoja en don Josemaría Escrivá que ya en aquellos ejercicios le captamos. Hoy podemos decir que fue un pionero en la tarea de embarcar a los seglares en la obra de la Iglesia. Revalorizó, como pocos, la visión del laicado… Pero amaba pro­fundamente a los sacerdotes. Pocas veces en mi vida he oído hablar con tanto cariño del sacerdocio y pocas veces me han dado unos ejercicios tan llenos de vivencias sacerdotales.

Y es que para don Josemaría Escrivá dignificar al laicado y reconocer su misión específica con la Iglesia no estaba reñido ni con el amor al sacerdocio ni creaba artificiosos antagonismos que últimamente hemos tenido que presenciar. En su amor a la Iglesia en su comprensión amplia, generosa y dilatada del misterio de Jesu­cristo no había lugar para celotipias ni para que la grandeza de unos miembros del Cuerpo de Cristo tuviese que ir en detrimento o en devaluación de otros miembros. Hoy en día esa lección continúa siendo valiosa y necesaria.

Y esto último que acabo de decir fue también una constante del fundador del Opus Dei, su amor a la Iglesia, su amor a la jerar­quía, su amor al Papa.

Poco antes de morir, ya en estos tiempos azarosos, don Jose­maría Escrivá solía decir: «no hay sacerdotes malos». La frase no deja de ser extraña. Él conocía muy bien las miserias que tenemos los ministros de la Iglesia. En aquellos ejercicios y en sus pláticas posteriores habló constantemente de la responsabilidad del sacer­dote y de la cuenta estrecha que tendríamos que dar a Dios en el día del juicio. Sabía que podríamos prevaricar y que muchos, de hecho, prevaricamos. Pero él veía, por encima de todo, que esta Iglesia con sus ministros y fieles era el instrumento de salvación que Cristo nos había dejado en la tierra.

Él no podría distinguir, como algunos hacen ahora, entre Iglesia institucional e Iglesia espiritual o popular, o encarnada. Sabía, eso sí, que el signo de Cristo podría ser peor o mejor hecho por nosotros los cristianos o por los miembros de la jerarquía. Pero sabía también que el Espíritu Santo actúa indefectiblemente a través de esta ins­titución que aun con miembros pecadores es santa porque Jesús la purifica constantemente con su propia sangre.

Todas estas constantes del espíritu de don Josemaría Escrivá son doctrina viva y perenne, doctrina de salvación y, por tanto, necesaria, al mismo tiempo que muy oportunas para ser recordadas en el momento actual.

Por ello, recomendamos a los miembros del Opus Dei que las recuerden siempre. En particular, me atrevería a pedirles en este 50 aniversario que reafirmen esa fidelidad a la Iglesia y al Papa que el padre les dejó como herencia. La Iglesia os necesita mucho hoy, necesita de vuestro trabajo y de vuestra colaboración. Man­tened encendido en vosotros el fuego de este espíritu.

26 de junio de 1975

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Un sol ardiente se abate sobre las calles de Roma. Faltan pocos minutos para las ocho de la mañana y el Padre está celebrando la Santa Misa en el oratorio de la Santísima Trinidad. Le ayuda don Javier Echevarría. Salve Sancta Parens… Salve Santa Madre… se oyen espaciosas las palabras que la Iglesia dedica a la Virgen. El día tiene la nitidez propia de un cuadro de Fra Angelico. Pocas fechas antes, el Fundador ha comentado a los alumnos del Colegio Romano:

«Tengo la devoción de celebrar frecuentemente -cuando lo permite la liturgia- la Misa de la Santísima Virgen; me parece que os lo he dicho alguna vez. Y hay una vieja oración, en la que el sacerdote pide la salud mentis et corporis, y después la alegría de vivir. ¡Qué bonito!»(22).

A las nueve y media sale de Villa Tevere el coche que conduce a Monseñor Escrivá de Balaguer, don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría, a Castelgandolfo. Falta poco para que el Padre emprenda un viaje a España y quiere, antes de salir de Roma, despedirse de sus hijas en la Residencia Internacional Villa delle Rose. Nada más abordar la carretera empiezan a recitar los misterios gozosos del Rosario. El saludo de Gabriel; el brío de María cruzando la montaña ante la Buena Nueva; la Palabra de Dios ha plantado su tienda entre los hombres… Se acompasan las Avemarías con el sonido del motor. Allá queda Via Salaria, desde donde se alcanza a ver Cavabianca: «Podríamos ir esta tarde… »(23), dice el Padre. La autopista de circunvalación y, por fin, la Via Appia. A las diez treinta, llegan al Colegio Romano de Santa María. El lago de Albano tiene hoy una calma inmóvil. Esperan a la puerta del garaje algunas profesoras, que le saludan al descender del coche. Trae unos regalos para las alumnas: un pequeño adorno para la casa y unos dulces. Antes de seguir pasa por el oratorio, se arrodilla pausadamente en el presbiterio y saluda al Señor de la casa. Sube hacia el «soggiorno» hablando, de camino, a cuantas alumnas encuentra: Agatha, vestida con el traje nacional de Kenya, Liz, de Estados Unidos, y una que ha llegado de Filipinas. Este año viven en Villa delle Rose personas de los cinco Continentes.

Un cuadro preside el cuarto de estar: es la Virgen con el Niño que perteneció a doña Dolores Albás y fue testigo de sus últimas horas. El Padre le envía una mirada afectuosa: es un recuerdo de muchos años. Una imagen dulce y sonriente que ha acompañado una buena parte de la historia del Opus Dei. Después se sienta junto a la chimenea y espera que se acomoden todas.

«Tenía muchas ganas de venir. Estamos terminando estas últimas horas de estancia en Roma para acabar unas cosas que tenemos pendientes; de modo que ya, para los demás no estoy sólo para vosotras»(24).

Les habla del aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, que han celebrado el día anterior; y de los cincuenta y cuatro que van a recibir este año el sacerdocio.

«Cincuenta y cuatro: parecen muchos (…). Sin embargo, son muy pocos: enseguida desaparecen. Como os digo siempre, esta agua de Dios que es el sacerdocio, la tierra de la Obra la bebe corriendo: desaparecen enseguida». (25)

Y entonces, les pide que ayuden también ellas desde su condición laical pero con alma sacerdotal. Metidas en el tráfago temporal como cosa propia, pero santificando, elevando las realidades temporales al orden de la gracia. Este es un sacerdocio real, distinto del ministerial, mediante el que los no ordenados pueden cristianizar el mundo.

Habla durante veinte minutos y siente tener que marcharse pronto, pero se encuentra un poco mareado; tal vez, porque el calor ha pegado fuerte sobre la carretera al venir desde Roma. Bromea sobre ello y pasa unos minutos a un despacho para recuperarse. No pide más que un vaso de agua. Tras esta brevísima pausa, baja hacia el coche y sigue poniendo la nota de buen humor por la casa. Se despide del Señor en el oratorio y entra en el coche. Todavía tiene tiempo de excusarse por no haber prolongado más su visita:

«Perdonadme, hijas, por la lata que os he dado (…). Hijas mías, adiós»(26).

El coche rueda por la carretera a las once y veinte de la mañana. Durante el regreso se le nota cansado, pero sereno y contento. Sigue la conversación con toda normalidad y, a punto de dar las doce, entran en Villa Tevere. Desciende con rapidez y saluda a los que están abriendo las puertas. Al entrar en la casa, va hacia el oratorio y saluda con genuflexión pausada y sin palabras. Quizá dirá interiormente y del modo habitual: Adoro te, devote, laten deitas…. «Te adoro, divinidad escondida… ».

Sube en el ascensor hasta el segundo piso, donde se encuentra el despacho de don Álvaro, que es también el cuarto donde suele trabajar el Padre. Monseñor Escrivá de Balaguer camina hacia la puerta, se apoya en el quicio: un cuadro de la Virgen de Guadalupe aparece colgado sobre la pared de la izquierda. Apenas una mirada breve, como suele hacer siempre… Y llama con voz débil a don Javier, que está todavía cerrando las puertas del ascensor. Después se desploma en el suelo.

Don Álvaro, que ha llegado inmediatamente, le sostiene con sus brazos. Todavía respira, pero es evidente la gravedad, y se oye la voz de este hijo mayor que recita, entrecortadamente, las palabras de la Absolución y de la Extremaunción.

Han transcurrido sólo unos segundos cuando llegan los médicos. Durante una hora y media larga pondrán en juego todos los medios humanos para retener la vida en ese cuerpo que no responde a ningún estímulo: oxígeno, masaje cardíaco, medicamentos. Todos rodean la escena estremecidos. El Fundador yace, exánime, en el suelo de esta habitación donde ha consumido su vida de trabajo. Sobre una librería corrida, que ocupa la mitad de la pared, un Crucifijo preside la escena. En la mente de todos hay un ofrecimiento implícito: la vida a cambio de los latidos de este corazón que acaba de romperse para siempre.

Mientras esperan contra toda esperanza, a las doce cuarenta y cinco, don Álvaro llama a las personas que forman el Gobierno Central de la Sección de mujeres y pide que recen con mucha intensidad por algo muy urgente. En los oratorios, sin saber cuál es el motivo, se reza intensamente en silencio.

Poco después, a las dos menos cuarto, vuelve a llamar para decir que el Padre acaba de morir. La noticia, como un reguero de hielo, cruza la casa. Inmediatamente se informa a la Secretaría de Estado de la Santa Sede, para ponerlo cuanto antes en conocimiento del Romano Pontífice, y, unos minutos más tarde, se transmite a los Centros de Italia y de todo el mundo. El estupor es absoluto. Nadie hubiera podido imaginar que una actividad tan grande podía encontrarse tan pronto con la muerte. Porque el Padre caminaba por sus setenta y tres años con el vigor de la juventud, aunque muchas veces le acechase el cansancio. Pero volvía a la carga, con la misma jovial intensidad. La mayor parte de sus hijos le han conocido personalmente; han recibido de sus labios una palabra de cariño, de estímulo, de claridad. Todos se apoyan en la fortaleza de su espíritu, de su buen humor imbatible. Y este hecho inesperado ha tenido lugar en unos minutos. En el despacho de don Alvaro, un grupo de hombres llora serenamente sin apartar los ojos de esa figura tendida que viste su traje sacerdotal. Una paz inefable modela sus rasgos. Recuerdan que la Virgen de Guadalupe recibió, allá en Jaltepec, junto a la laguna de Chapala, el deseo apasionado del Padre: «Quisiera morir así: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase unaflor… »(27).

Apenas le ha enviado un saludo, nublado por la muerte, y el alma de Monseñor Escrivá de Balaguer cruza el umbral de la eternidad.

Hoy precisamente, se cumplen treinta y un años del día en que don Alvaro le impartiera la primera absolución después de ser ordenado sacerdote. También las manos consagradas de este hijo suyo han firmado el perdón, en este 26 de junio de 1975.

A excepción de las pocas personas que han permanecido en el despacho, ayudando las indicaciones de los médicos, el resto se encuentra repartido por los oratorios o en una sala próxima a la habitación donde se ha intentado reanimar al Padre. Cuando todo ha terminado, don Alvaro sale, sereno pero destrozado por el dolor, y les invita a entrar para que puedan rezar ante los restos del Fundador. Uno a uno, van acercándose. Después, colocan el cuerpo sobre una tabla cubierta con una colcha blanca. Los hombres que forman parte del Consejo General de la Obra en Roma, alzan este sencillo catafalco en sus brazos, para transportarlo con infinito cuidado por los pasillos de Villa Tevere hasta el oratorio de Santa María de la Paz, donde se instalará la capilla ardiente. La casa está invadida de un silencio impresionante. Pasillos, escaleras, «cortili»… hasta las paredes parecen escoltar el cortejo en este repentino adiós. Cuántas veces el Padre ha repetido: «Estos muros parecen de piedra, pero están hechos de amor»(28). Por el esfuerzo, la fe y la esperanza que ha costado levantarlos. Va tendido con la sotana negra. Los pies calzados. Las manos cruzadas sobre el pecho. El gesto en una entrega de total serenidad.

Sobre un paño negro, cubierto también por una sábana blanca, se deposita el cuerpo al llegar al oratorio. Inmediatamente después, le revisten con los ornamentos sacerdotales: alba de encaje, casulla roja con el sello de la Obra. En las manos, el crucifijo que sostuvo San Pío X a la hora de la muerte.

Don Álvaro del Portillo celebra la primera Misa de corpore insepulto. Se preparan los mejores ornamentos y vasos sagrados que hay en la casa. A pesar del intenso dolor, todos sienten la seguridad de que Monseñor Escrivá de Balaguer ha llegado a los brazos de Dios. El cáliz es el que conmemoró los cuarenta años de la Fundación de la Sección de mujeres de la Obra; la palia, con el dibujo del Buen Pastor, regalo al Padre en sus Bodas de Oro sacerdotales. A partir de este momento, se sucederán los sacerdotes celebrando ininterrumpidamente Misas de Requiem. Las palabras de la liturgia suenan consoladoras y serenas: «Dales Señor el descanso eterno, y brille sobre ellos la luz perpetua». «Bienaventurados los que mueren cerca del Señor, porque sus obras les acompañan… ». El oratorio de Santa María de la Paz brilla como un ascua. Al fondo, la Virgen sostiene al Niño en actitud tranquila. Y allí, en el suelo, la quietud del Padre que estrecha en el dolor esta fraterna unidad de corazones…

Empiezan a llegar personalidades eclesiásticas y civiles. Monseñor Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, es portador del afecto y sentimiento del Papa. Cardenales, Obispos, sacerdotes, embajadores, profesionales, obreros y un sin fin de miembros de la Obra, Cooperadores y amigos. La prensa hace su aparición en grupos sucesivos. Don Álvaro los recibe a todos. A pesar de la intensidad de los acontecimientos, atiende a todo el mundo. Siempre encuentra una palabra de afecto. Santiago Escrivá de Balaguer y su mujer, acompañados por los hermanos de don Álvaro del Portillo, llegarán hacia las once y media de la noche. Durante toda la noche los miembros del Opus Dei velarán al Padre. Todos dejarán, entre sus manos, el más hondo y entrañable propósito de fidelidad.

Un periodista que hasta hoy no ha comprendido muy bien la Obra, escribe:

«Permanecimos unos momentos contemplando la escena solemne, sobrecogedora, cargada de emoción. En los reclinatorios, dispuestos perpendicularmente respecto al altar, los residentes en la casa y algunos llegados de fuera, seguían el Santo Sacrificio con las miradas clavadas en el rostro pálido, extraordinariamente sereno, del Fundador. Algunos hacían un esfuerzo visible para contener las lágrimas. No había ataúd, y el cuerpo estaba tendido, sencillamente, sobre un lienzo blanco: more nobilium, como se dice en Roma: o sea, a la usanza de los nobles que, enaltecidos en vida, se humillan ante la muerte y renuncian a catafalcos»(29).

El día 27 de junio, hacia las doce, don Álvaro del Portillo, en uno de los breves ratos que le permite su atención a cuantos reclaman su consejo, se aproxima al Padre. Toma tres rosas rojas de las que rodean el cuerpo, y las deposita a los pies del Padre mientras los besa y recita en latín las palabras de San Pablo: «¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el bien!»(30).

La hora de la Misa exequial solemne está fijada para las seis de la tarde. El entierro será en la Cripta de Santa María de la Paz, dentro de la Sede Central del Opus Dei. El coro del Colegio Romano de la Santa Cruz interpreta la antífona In paradisum y el Himno de Zacarías. Don Álvaro preside el cortejo, y el féretro se carga a hombros de seis miembros de la Obra.

«Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre» (31).

Se accede a la Cripta descendiendo una empinada escalera que se abre en el oratorio de Santa María, junto al presbiterio. A la entrada de la Cripta, en la pared de la derecha, hay una lápida escrita en latín que el Padre hizo colocar:

«Esta Cripta fue construida en perpetua memoria de todos los difuntos del Opus Dei, para que los que en ella duermen en el Señor -sin que por esto hayan de considerarse distinguidos por un privilegio especial- muevan suavemente nuestro espíritu al santo y saludable recuerdo de nuestros hermanos de las dos Secciones que, en espera de la resurrección, reposan por todas las regiones de la tierra; y nos induzcan a elevar a Dios fervientes oraciones para que, revestidos de cuerpo inmortal, nos alegremos juntamente con ellos en el Cielo; y, consumados en la unidad, nos deleitemos con goces sempiternos; teniendo siempre presente que nadie será coronado si no hubiere combatido con valor. Rogad, pues, por todos nuestros difuntos. Salud para siempre en Cristo»(32).

La arquitectura románica del recinto hace sonreír a sus imágenes desde la ingenuidad de la piedra. En el centro, elevada a pocos centímetros del suelo, la losa de mármol verde oscuro que hoy se ha retirado para dejar paso a los restos de Monseñor Escrivá de Balaguer. El techo de la antecripta muestra un artesonado lleno de luceros.

Unas cuerdas gruesas dejan caer lentamente el ataúd. Van a cerrar la tumba obreros que han construido Villa Tevere, Cavabianca y Villa delle Rose. Están emocionados, llorando. Cuando acaban su trabajo, la losa cubre, definitivamente, la sepultura del Padre. El sello de la Obra y dos fechas: 9-1-1902 y 26-VI-1975, delimitan el tiempo de una vida que no tuvo límites para el amor de Dios y del mundo. Con letras de bronce queda escrito, sobre la lápida, su mejor título: EL PADRE. En la intimidad de las mujeres y de los hombres del Opus Dei empieza a desbordarse la ayuda espiritual del Fundador, que ahora tiene -por su intercesión ante Dios-, más que nunca, audiencia libre en todos y cada uno de sus hijos.

Mientras tanto, la noticia ha cruzado la tierra. Se ha intentado comunicar por teléfono, en los primeros momentos, con los miembros de cada país. Pero las demoras imponen la expedición de telegramas.

En Australia se conoce el hecho durante la madrugada del 27 de junio. En Alemania, Francia y Austria el teléfono suena a las cinco de la tarde del día 26. La primera zona de Sudamérica que recibe la notificación es Ecuador, a las 3,45 de la tarde, cuando en Roma apuntarían las diez de la noche. En algunos casos, unos países se hacen cargo de comunicar con los más inmediatos. Así, Montreal puede hablar con Nueva York antes de que llegue la noticia de Roma. Lo mismo ocurre con Suiza. En Japón, no podrán enterarse hasta la mañana del día 27. Argentina, Paraguay y Uruguay lo saben casi al mismo tiempo. Dublín también sufre retraso hasta el día 27. Y Londres se entera a través de una llamada particular que ha llegado de España. Bruselas, Portugal y Brasil conocen la muerte del Padre el mismo día veintiséis. Las respuestas serán inmediatas. Así es la de Kenya:

«Ahora nos vamos a descansar, pero con el corazón vigilante en Roma, velando con vosotros a nuestro Padre. Y nos hacemos miles de preguntas que tendrán que esperar unos días a saber la respuesta: ¿a qué hora murió?, ¿qué dijo?, ¿estaba enfermo?, ¿qué pasó? (…). Inmediatamente empezarán las Misas por el eterno descanso de su alma. ¡Día de gran fiesta en el Cielo!»(33).

Una vez que Radio Vaticano se hace eco del fallecimiento, el mismo día 26, la noticia es ya oficial y del dominio público. Las cartas de personalidades de las letras, de las artes, de las ciencias y de multitud de gentes sencillas, se amontonarán en Villa Tevere.

El sábado 28 de junio a las once de la mañana tendrá lugar el Funeral solemne en la Basílica de San Eugenio de Roma. Unas horas antes, ha llegado a Bruno Buozzi un nuevo telegrama del Santo Padre Pablo VI, reiterando su oración por el Fundador de la Obra, con la persuasión de que era un alma especialmente elegida y amada por Dios. También don Álvaro del Portillo recibe una carta personal del Vaticano escrita en nombre de Su Santidad.

Desde las diez de la mañana, empieza a llenarse la Basílica de San Eugenio. En la presidencia, don Álvaro del Portillo. Asisten Monseñor Benelli en representación del Papa y también los Cardenales Violardo, Ottaviani, Fürstemberg, Baggio, Palazzini, Mozzoni, Aponte y Casariego. Obispos, sacerdotes y superiores de Ordenes y Congregaciones religiosas.

Los bancos y espacios libres de la iglesia se encuentran repletos. Todos cuantos han conocido el espíritu del Padre acuden a esta despedida oficial. El público reza, sigue la liturgia con piedad, paladea despacio las oraciones de la Misa de Requiem que la Iglesia Católica eleva por los que han llegado ante el juicio de Dios. Durante algunos momentos, el organista pulsa notas de canciones que el Padre ha lanzado al viento por muchos caminos. Canciones con sabor de Navidad en las laderas del Somontano; canciones de amor humano a lo divino; notas que hablan de soles y trigos, de nieves y amaneceres; de paz y coraje. No existe el protocolo para este recuerdo que es, fundamentalmente, entrañable. Por eso suenan, en su Funeral, las alegrías que ha llevado en el alma y que ha dejado, como mejor testamento, a sus hijos.

Cuando don Mario Lantini, Consiliario del Opus Dei en Italia, tiene que pronunciar unas palabras, incoa su homilía con esta afirmación de recia esperanza que el Padre repetía en la Pascua de Resurrección:

«Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte (…), del dolor y de la angustia» (34)

Y así es. También hoy, por encima del dolor, brilla el espíritu de la resurrección. Por eso, cuando termina la ceremonia, esta multitud que llena sus naves sale al sol romano sin angustia, con la alegría de una buena nueva; algunos con una rosa roja que han recogido del altar donde se han pronunciado las palabras litúrgicas: «la luz que brilla para siempre».

Mientras, en la Cripta de Santa María de la Paz ha empezado un desfile de visitantes que ya no cesará en los años venideros. Muchos envían rosas a la tumba de un hombre que sólo ha deseado una cosa: hablar de Dios, hacer la santidad asequible, desligarla de imposibles y meterla en las incidencias cotidianas de los cristianos. Y clamar por la exigencia grande y maravillosa de la llamada de Cristo a los hombres. Esta es, en silencio, su última catequesis.

La prensa publica, pocas fechas después de su muerte, multitud de artículos sobre el perfil humano y sobrenatural del Fundador, sobre las dimensiones y finalidades del Opus Dei.

Así, las palabras del Cardenal Ugo Poletti, Vicario General de Roma: «La Diócesis de Roma debe mucho a tantos Fundadores de Institutos Religiosos, Asociaciones y actividades apostólicas que se han desarrollado en la Urbe. Monseñor Escrivá de Balaguer, personalidad de una inagotable riqueza espiritual, se suma a esta admirable serie de hombres de Dios»(35)

Y las del Cardenal primado de España, Marcelo González Martín, Arzobispo de Toledo:

«Me he preguntado cuál sería el secreto de este gran sacerdote del Reino de Cristo en la Iglesia de nuestro tiempo. Y he aquí la reflexión que hago a raíz de su muerte, que hirió su corazón con un movimiento brusco y suave a la vez, como eran los suyos propios. ¡Cuánto ardimiento en aquel hombre excepcional que se pasó la vida sin conocer el sosiego, ni siquiera el que proporciona a tantos otros la última enfermedad! »(36)

Y las frases del periodista español Manuel Aznar:

«No recuerdo a nadie que, con tanta espontaneidad, con naturalidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobrenatural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empresa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cumplía en el Fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá»(37).

Y Raffaello Cortesini, Catedrático de Cirugía Experimental de la Universidad de Roma:

«Al recordar el limpio ejemplo de coherencia humana y de virtudes sacerdotales del Fundador del Opus Dei, creo un deber subrayar -precisamente cuando la sociedad civil y la eclesiástica están sometidas a todo tipo de tensiones- cómo Monseñor Escrivá de Balaguer ayudó a cuantos le conocían a descubrir que el camino de la verdadera libertad y del respeto a la legítima autonomía de cada persona es una premisa indispensable para el encuentro con Cristo, para reconocer a Jesús que pasa a nuestro lado »(38).

Y el Cardenal Sebastiano Baggio:

«El quiso que este camino trazado para sus hijos espirituales, en una síntesis fascinante, sin fracturas y sin diafragmas, de lo que es ser hombre y de lo que es ser cristiano, se titulase “De la Santa Cruz y del Opus Dei”. “El Señor -confiaba a los suyos en una de sus homilías- se nos manifiesta cada vez más exigente, nos pide reparación y penitencia, hasta empujarnos a experimentar el ferviente anhelo de querer vivir para Dios, clavado en la Cruz juntamente con Cristo”. En medio de dificultades, de contradicciones, de incomprensiones y de hostilidades, era este ferviente anhelo lo que alimentaba la contagiosa serenidad y el inquebrantable optimismo de Monseñor Escrivá de Balaguer»(39).

Y el Cardenal Sergio Pignedoli:

«Por eso lo siento muy próximo, como alguien de la familia. Me vienen a la memoria las palabras de San Juan Crisóstomo ante la muerte de un amigo queridísimo: “Te amamos y te pedimos. Tú ya no estás donde estabas, pero estás en cualquier sitio en donde nosotros estemos”» (49).

Las basílicas, iglesias y catedrales del mundo, acogen estos días una multitud. La misma que había acudido a verle y escucharle otras veces. Ahora vienen a rezar por este sacerdote que pertenece ya al acervo del Catolicismo. A la raza -como él repetía-, única raza, de los hijos de Dios.

Los primeros socios del Opus Dei

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

La historia de los comienzos del Opus Dei puede compendiar­se como historia de los amigos de su Fundador. Después del 2 de octubre de 1928, don Josemaría siguió con una nueva luz haciendo su vida normal. Esa luz sobrenatural nueva, que iluminaba su sacerdocio, le empujaba a buscar personas dispues­tas a sumarse a la locura que Dios le pedía.

Cuando llegó a Madrid, en 1927, la mayor parte de sus amigos quedaba en Aragón y en la Rioja. Algunas familias, conocidas de la suya, estaban en Madrid. Después del 2 de octubre de 1928 esas relaciones de amistad ‑junto a las que surgían con ocasión de su propio trabajo sacerdotal, de sus tareas de enseñanza en la Academia Cicuéndez y de las clases particula­res que se veía obligado a dar‑ serían el campo en que fructificaría la semilla de la vocación al Opus Dei.

Así sucedió, por ejemplo, con Luis Gordon, uno de los primeros socios del Opus Dei. Luis era pariente de la Marquesa de Onteiro, madre de doña Luz Rodríguez‑ Casanova, Fundadora de las Damas Apostólicas, en cuyo Patronato de Enfermos don Josemaría era Capellán desde 1927. A través de esta familia lo conoció, y en 1931 Luis Gordon era una de las personas en las que el Fundador del Opus Dei podía confiar especialmente, por ser un hombre maduro. Luis Gordon ‑ingeniero industrial, promotor de una maltería en Ciempozuelos‑ aparece con los Romeo, y con otros amigos, en el grupo que, a partir de 1931, acude todos los domingos por la tarde al Hospital General de Madrid, para atender a los enfermos. Es el protagonista del punto n.° 626 de Camino:

¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella “sutile­za” del hombrón‑niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: Jesús, que haga buena cara!?

La anécdota sucedió en aquel hospital de la calle de Santa Isabel, donde iban a prestar servicios diversos a los enfermos: cortarles las uñas, peinarles, decirles palabras de cariño. A Luis Gordon y a esta misma anécdota, se refería Mons. Escrivá de Balaguer un día de 1972, en España:

Recuerdo ‑de éste puedo hablar, porque ya está en el Cielo hace muchos años‑ que una persona de una familia conocida, uno de los primeros de aquella época, de los primerísimos años del Opus Dei, pues cogió un vaso de noche ‑era de un tuberculoso y ¡estaba…!‑. Le dije: ;hala, a limpiarlo! Y después me dio un poco de pena, por aquella cara de asco que había hecho. Fui detrás de él y había en el mismo piso ‑era en un hospital general‑ un cuartito donde se limpiaban esas cosas, y le vi con una cara maravillosa de cielo, limpiando con toda la mano.

Pero como había sucedido con otras almas de idéntica talla sobrenatural ‑María Ignacia García Escobar, don José María Somoano Berdasco‑, el Fundador del Opus Dei no pudo contar con Luis Gordon para seguir haciendo la Obra: falleció en noviembre de 1932.

Con motivo de aquellas visitas al Hospital General, don Josemaría conoció a otras personas. Algunas llegaron a ser de la Obra; otras, no. Pero todas participaron de su celo apostólico Allí, por ejemplo, hizo amistad con el escultor Jenaro Lázaro Cuando terminaban los domingos las visitas, Jenaro se quedaba

hablando un rato con don Josemaría. Aquellas conversaciones le han dejado una impresión imborrable: “Era un hombre de Dios, que arrastraba hacia Él a las personas que trataba. He pensado muchas veces, más tarde, que el Padre hacía un verdadero apostolado de amistad, ya que en cuanto uno le trataba se hacía amigo de él para toda la vida”.

José Manuel Doménech, que hoy vive en Lérida, charlaba también con don Josemaría después de sus visitas al Hospital de Santa Isabel. Y destaca “cómo empleaba su tiempo generosa­mente con nosotros ‑el grupo de estudiantes que atendíamos a los enfermos‑ y también con esos mismos enfermos”.

Día a día, infatigablemente, dedicando su mejor tiempo a la oración, acompañado por la plegaria y el dolor de los enfermos de los hospitales de Madrid, el Fundador del Opus Dei fue llevando adelante su misión: con los amigos, con los amigos de los amigos.

Isidoro Zorzano había sido compañero suyo de estudios en el Instituto de Logroño. Apenas habían vuelto a verse desde aquellos años, aunque mantenían contacto epistolar. Pensó en­seguida en él. Deseaba hablarle del Opus Dei recién nacido. Y un 24 de agosto de 1930 se lo encontró en Madrid. Isidoro, que trabajaba en Málaga como ingeniero de ferrocarriles, había venido dispuesto a hablar con él de sus inquietudes espirituales. Sentía unos deseos de entrega a Dios que no sabía cómo resolver, porque, al mismo tiempo, veía muy clara su vocación profesional. Isidoro consideró siempre ‑hasta su muerte en 1943‑ que ese reencuentro con el Fundador del Opus Dei había sido providen­cial, cosa de Dios, que hizo se viesen inesperadamente, en una calle de Madrid ‑la de Nicasio Gallego‑, que no era camino habitual de don Josemaría. Hablaron, y ya desde aquel día supo que podía dedicarse plenamente al servicio de Dios dentro de su vida ordinaria, en su profesión de ingeniero.

Juan Jiménez Vargas conoció al Fundador de la Obra a principios de 1932, en una visita puramente casual de pocos minutos: simplemente acompañaba a un amigo suyo, Adolfo Gómez, que iba a confesarse. Don Juan experimentó luego personalmente que don Josemaría no dejaba de pedir a los chicos que se confesaban con él nombres de amigos que pudieran participar en su apostolado.

Los socios de la Obra de aquellos años, cuando hablan de su vocación, cuentan de ordinario que un amigo les llevó al Padre. Don Ricardo Fernández Vailespín era en 1933 estudiante de ¡a Escuela Superior de Arquitectura de Madrid y le faltaba poco más de un año para terminar la carrera. La situación económica de su familia no era buena y, para ayudar, daba clases particulares a José Romeo. Desde los tiempos de Zaragoza, el Fundador del Opus Dei era amigo de esta familia. Y en esa casa conoció a Ricardo un día que éste había ido a dar la clase particular. Él no se había planteado, en absoluto, ningún problema de vocación; deseaba terminar cuanto antes la carrera y ganarse la vida; al mismo tiempo le preocupaba la situación de España y pensaba que algo habría que hacer. Lo cierto es que se sintió atraído por “aquel sacerdote que en sus palabras, corrien­tes y sencillas, traslucía un alma plenamente dada a Dios”. Y concertó una entrevista con él, que tuvo lugar quince días después, el 29 de mayo, en Martínez Campos, n.° 4. Poco tiempo más tarde Ricardo pidió ser admitido en la Obra.

Mons. Escrivá de Balaguer sabía esperar, sabía no forzar las cosas. En concreto, nunca abusó de la amistad, transformán­dola en mero instrumento de apostolado. Ante todo, era amigo de sus amigos. Dios se sirvió de esa sincera amistad para que llegaran los primeros socios a su Obra. Pero a muchos de aquellos amigos ‑incluso, a personas a las que dirigía espiritual­mente‑ el Fundador no les habló del Opus Dei, o se limitó ú: pedirles que rezaran por él y por su tarea apostólica.

Don Manuel Aznar señalaba, en La Vanguardia Española de Barcelona, que jamás “me pidió, ni siquiera me indicó, ni aun me sugirió con alguna alusión lejana, que me incorporase a la Obra. Hablábamos de todo, menos de eso y de política”. Aznar comenzaba su artículo contando con detalle cómo le había conocido. Es una trayectoria de amistades, tantas veces repetida en el tiempo: “Mi amistad con el Fundador vino a través de la familia del Portillo, emparentada con la de un amigo burgalés de mucha distinción ‑Luis García Lozano, ¡larga vida le dé Dios!­ y con la del inolvidable doctor José María Pardo Urdapilleta. Los Portillo que yo conocí fueron tres: un médico, un capitán de la Legión y un Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Este último se llama Álvaro. Es, desde hace muchos años, sacerdote, doctor en Derecho Canónico, doctor en Filosofía y Letras, agudo y penetrante en sabidurías eclesiásticas, Secretario general del Opus Dei, colaborador esencial de Mons. Escrivá de Balaguer, desde el primer día”.

Don Josemaría vivió ese respeto a la libertad más delicada­mente, si cabe, en la dirección espiritual. Dejaba que cada uno siguiera su camino. Hubo chicos que se dirigieron con él durante años, a los que nunca planteó la posibilidad de ser de la Obra. A otros los encauzó al sacerdocio o a la vida religiosa. A muchos los formaba para el matrimonio, haciéndoles ver su vocación matri­monial, y les hablaba de que, con el tiempo, podrían formar parte del Opus Dei. Entretanto, los atendía, como era usual en él, con absoluta disponibilidad, sin prisas, como si no tuviera otra cosa que hacer.

Practicó, pues, con toda normalidad, eso tan específico del Opus Dei, que describió en Camino como apostolado de amistad y confidencia. Un socio de la Obra, persona igual a las demás, no hace cosas raras ni para encontrar a Dios ni para llevar a otros hasta Dios. Se limita a trabajar, a cumplir sus obligaciones profesionales, a ser amigo de sus amigos, a vivir ejemplaridad posible en la vida de dedica ‑sin cambiar de sitio ni actividades humanas y tareas civiles socio del Opus Dei. Es lo que hacía la máxima familia; en una palabra, se de estado‑ a las mismas que desempeñaría de no ser su Fundador antes del 2 de octubre de 1928 y lo que siguió haciendo después, a la luz de su nueva vocación.

Cincuenta años de sacerdocio

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El 28 de marzo de 1975, Viernes Santo, celebró en la intimidad sus Bodas de Oro en el sacerdocio. No quiso que se hiciera celebración alguna en aquel día, en el que hizo un largo repaso de las bondades de Dios en su vida: Todo lo hecho hasta ahora es mucho, pero es poco: en Europa, en Asia, en Africa, en América y en Oceanía. Todo es obra de Jesús, Señor nuestro. Todo lo ha hecho nuestro Padre del Cielo.

A la vuelta de cincuenta años —continuó diciendo, mostrando que seguía en lucha contra sus propios defectos y limitaciones, esforzándose por querer más a Dios—, estoy como un niño que balbucea. Estoy comenzando, recomenzando en cada jornada. Y así hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando.

5. La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El 13 de julio de 1975, el Cardenal Casariego confería en Barcelona la ordenación sacerdotal a 54 profesionales, socios del Opus Dei. Con ellos, sumaban ya casi un millar los socios laicos de la Obra que habían sido llamados al sacerdocio, desde que fueron ordenados por don Leopoldo Eijo y Garay los tres primeros ‑don Álvaro del Portillo, don José María Hernández de Garnica y don José Luis Múzquiz‑, en Madrid el 25 de junio de 1944.

Fue ésta una fecha importante, que quedó grabada para siempre en el corazón del Fundador del Opus Dei. En más de una ocasión comentaría que esa primera ordenación de sacer­dotes le causó a la vez mucha alegría y mucha tristeza:

Amo de tal manera la condición laical de nuestra Obra, que sentía hacerlos clérigos, con un verdadero dolor; y, por otra parte, la necesidad del sacerdocio era tan clara, que tenía que ser grato a Dios Nuestro Señor que llegaran al altar esos hijos míos.

La Obra necesitaba sacerdotes que, junto a la preparación y virtudes de todos los buenos sacerdotes, tuvieran una experiencia personal y un conocimiento bien vivido del espíritu del Opus Dei, para servir con su ministerio a los socios y asociadas de la Obra y para colaborar con el apostolado de los laicos: porque éstos, aunque a través del trato con sus iguales hacen una labor eficaz de ayuda espiritual, acaban por toparse necesariamente con lo que Mons. Escrivá de Balaguer llamaba muy gráficamente muro sacramental.

Necesitamos ‑ponderaba en 1945‑ sacerdotes con nuestro espíritu: que estén bien preparados; que sean alegres, operativos y eficaces; que tengan un ánimo deportivo ante la vida; que se sacrifiquen gustosos por sus hermanos, sin sentirse víctimas.

Y, recordando la ordenación de los tres primeros, agradecía las sinceras congratulaciones que había recibido de personas de todos los ambientes, subrayando este nuevo fenómeno pastoral que se verifica dentro de la Obra de Dios: hombres jóvenes que ejercen una profesión universitaria, con la vida humanamente abierta para hacer libremente su voluntad, que van a servir, sin estipendio alguno, a todas las almas ‑especialmente a las de sus hermanos‑ y a trabajar duramente, porque las horas del día serán pocas para su tarea espiritual.

Efectivamente, había surgido así en la vida de la Iglesia un nuevo fenómeno pastoral, pero también jurídico. Pues en el Opus Dei no cambia la llamada de Dios al cumplimiento perfecto de la vocación cristiana por el hecho de ser sacerdote. Aunque el sacerdocio es lo más grande que Dios puede dar a un alma, queda también claro en la mente del Fundador del Opus Dei que para nosotros el sacerdocio es una circunstancia, un accidente, porque ‑dentro de la Obra‑ la vocación de sacerdotes y de seglares es la misma.

En el Opus Dei todos somos iguales. Sólo hay una diferencia práctica: los sacerdotes tienen más obligación que los demás de poner su corazón en el suelo como una alfombra, para que sus hermanos pisen blando.

No es el momento de profundizar en la novedad y en la riqueza ascética y teológica de este fenómeno pastoral, ahora tan difundido. Lo resumió muy bien el Cardenal Frings, el 27 de agosto de 1972, con ocasión de la primera Misa solemne de un sacerdote del Opus Dei en Colonia: “Ha sido voluntad deJesucristo, que fundó la Iglesia y le dio su régimen, que los santos sacramentos en su mayoría sólo puedan ser administrados por aquellos que han recibido la ordenación sacerdotal. Y por eso también esta Asociación necesita sacerdotes, los cuales, sin embargo, no ostentan en general cargos dentro de la Asociación; esto es cosa de los laicos. Pero cuando se trata de celebrar la Santa Misa o de administrar los sacramentos, especialmente de la Penitencia, del Altar, o de dar dirección espiritual personal a cada uno, el sacerdote no puede faltar. Es una actividad discreta, sin brillo, la que asume el sacerdote del Opus Dei. Por tanto, tiene que ser consciente, desde el primer momento, de que no le esperan honores, sino una tarea de servicio a los laicos que en la Iglesia de Cristo se esfuerzan por seguir su camino para alcanzar la santidad. Ésta es la tesis que Mons. Escrivá de Balaguer ha predicado desde hace tanto tiempo y que el Concilio Vaticano II ha hecho suya”.

Es de justicia observar que esto, que hoy parece normal a millares y millares de personas en todo el mundo ‑porque lo han visto hecho vida en cientos de sacerdotes del Opus Dei‑, requirió del Fundador mucha oración y mucha penitencia. En un escrito de 1956, Mons. Escrivá de Balaguer hacía ver a los socios de la Obra que había rezado con confianza e ilusión, durante tantos años, por los primeros sacerdotes, y por los que más tarde seguirían su camino; y recé tanto, que puedo afirmar que todos los sacerdotes del Opus Dei son hijos de mi oración.

Tenía la certeza sobrenatural de que los sacerdotes debían proceder de los seglares de la propia Obra, pero no sabía cómo resolver los graves problemas jurídicos que esto planteaba. Su oración de años fue escuchada:

El 14 de febrero de 1943, después de buscar y de no encontrar la solución jurídica, el Señor quiso dármela, precisa, clara. Al acabar de celebrar la Santa Misa en un Centro de la Sección femenina (…), pude hablar de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Aquel Centro estaba en el chalet, hoy desaparecido, de la calle Jorge Manrique, de Madrid, en el que la Sección de mujeres de la Obra pudo tener al Señor en el Sagrario.

Antes del 14 de febrero de 1943, aun sin estar todavía resuelto el problema, con gran fe en la Providencia divina, el Fundador del Opus Dei había hecho comenzar ‑con anticipación de años los estudios sacerdotales a un grupo de socios de la Obra. Con la aprobación del Obispo de Madrid, buscó un cuadro de profesores verdaderamente excepcional. Entre ellos estaban algunos domi­nicos de gran prestigio, que enseñaban en el “Angelicum” de Roma y no habían podido regresar por causa de la guerra mundial, como el P. Muñiz, que les explicó Teología Dogmática, o el P. Severino Álvarez, profesor de Derecho Canónico. Don José María Bueno Monreal, hoy Cardenal de Sevilla, les explicó Teología Moral. El actual arzobispo castrense, Fray José López Ortiz, era profesor de Historia de la Iglesia. El P. Celada, O.P., que había trabajado muchos años en el Instituto Bíblico de Jerusalén, les enseñaba Sagrada Escritura. También fueron profe­sores suyos Fray Justo Pérez de Urbel, especialista en Liturgia, don Máximo Yurramendi, después obispo de Ciudad Rodrigo, don Joaquín Blázquez, actual Director del Instituto de Teología Francisco Suárez, del Consejo Superior de Investigaciones Cientí­ficas, el P. Permuy, C.M.S., etc.

Años después, el 25 de junio de 1969, Mons. Escrivá de Balaguer quiso celebrar en Roma las bodas de plata sacerdotales de los primeros. Ese día los recuerdos se hicieron más vivos:

Cuando se iban a ordenar estos tres primeros, estudiaron apasionadamente y tuvieron el mejor profesorado que pude encontrar, porque he tenido siempre el orgullo de la preparación científica de mis hilos como base de su actuación apostólica. Estudiaron mucho, mucho, mucho… Yo os doy las gracias, porque me habéis dado el orgullo santo ‑que no ofende a Dios‑ de poder decir que habéis tenido una preparación eclesiástica maravillosa.

Puso gran empeño en su preparación. Les hizo estudiar sin prisas, sin correr, pero, al mismo tiempo, sin ningún periodo de vacaciones.

Tenían las clases en la casa de la calle Diego de León, y también allí se examinaban, ante un tribunal formado por tres de aquellos profesores. Mientras fue necesario, pasaron los exámenes de los cinco años de latín y del bienio filosófico en el Seminario Conciliar de Madrid.

Pero no se dedicaban exclusivamente al estudio. Alternaban las clases con el trabajo y con la atención de las actividades apostólicas. Estaban realmente ocupados, sobre todo, don Álvaro del Portillo, que era ya Secretario general del Opus Dei y ayudaba al Fundador de un modo especial. Sacaban tiempo ‑del día y de la noche‑ para estudiar, y lo hacían a fondo. Eran conscientes de que debían combinar la seriedad científica con la disponibilidad más completa, pues aumentaban los socios y las tareas apostólicas, y Mons. Escrivá de Balaguer seguía siendo el único sacerdote.

Por eso, cuando tenían unas cuantas asignaturas cursadas ‑con las mismas horas de clase que se exigían en una Universidad Pontificia‑, pendientes sólo del examen, se iban de Madrid, generalmente a El Escorial, y se centraban en el estudio y preparación próxima de las pruebas finales.

El Fundador del Opus Dei siguió muy de cerca sus estudios. Y quiso encargarse directamente de la formación espiritual, pastoral y apostólica, de aquellos futuros sacerdotes. Es don José Luis Múzquiz quien rememora, con agradecimiento, los paseos que algunas veces daban por las carreteras de los alrededores de Madrid. Y, también, durante las épocas de preparación para los exámenes ‑en El Escorial o en El Encantiño, una pensión cerca de Torrelodones‑, las visitas que les hacia, al atardecer, para hablar con ellos, pasear un rato, e irles formando en el mejor modo de servir a la Iglesia, al Papa, a las almas todas, a la Obra, con su inmediata labor sacerdotal: “Todo esto lo hacia el Padre sin darle importancia, como si no supusiese ningún esfuerzo. Pero era un esfuerzo añadido a toda la carga que llevaba encima: la dirección de la Obra, ser el único sacerdote con un trabajo incesante y agotador; y, además, las calumnias e incomprensio­nes que pesaban sobre sus hombros”.

Años más tarde, en 1956, se refería en estos formación de aquellos tres sacerdotes:

Desde que preparé a los primeros sacerdotes de la Obra, exageré ‑si cabe‑ su formación filosófica y teológica, por muchas razones: la segunda, por agradar a Dios; la tercera, porque había muchos ojos llenos de cariño puestos en nosotros, y no se podía defraudar a esas almas; la cuarta, porque había gente que no nos quería, y buscaba una ocasión para atacar; después, porque en la vida profesional he exigido siempre a mis hijos la mejor formación, y no iba a ser menos en la formación religiosa. Y la primera razón ‑puesto que yo me puedo morir de un momento a otro, pensaba‑, porque tengo que dar cuenta a Dios de lo que he hecho, y deseo ardientemente salvar mi alma.

Desde entonces, periódicamente, con toda naturalidad y senci­llez, se ha ido repitiendo esa leva de sacerdotes, que ofrece un balance extraordinario. Como dijo el Cardenal Casariego en 1975, “por primera vez en la historia de la Iglesia, un sacerdote, mientras vivió, ha llevado al sacerdocio cerca de un millar de profesionales, especialistas en muchas ciencias humanas y nativos de los cinco continentes”. Aunque no hubiera hecho otra cosa ‑comentó por aquellos días un sacerdote sevillano‑ “ya habría hecho algo realmente admirable”.

Sin embargo, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz no quedó completa, por decirla así, hasta que pudieron incorporarse también sacerdotes que no habían sido del Opus Dei antes de su ordenación. Al Fundador le sucedió ‑ante estos sacerdotes diocesanos‑ algo semejante a lo que habla experimentado con la ordenación de los primeros socios de la Obra. Tenía clara la idea, pero no encontraba el modo jurídico de llevarla a la práctica, pues no había ningún camino abierto en el Derecho canónico entonces vigente.

Desde el punto de vista teológico, la vocación al Opus Dei era la misma para los laicos y para los sacerdotes diocesanos: el mismo fenómeno teológico vocacional, solía decir el Fundador. Pero no vela la solución jurídica (como con tantos otros problemas, que hoy parecen fáciles y elementales, porque están resueltos).

Llegó a decidirse a abandonar el Opus Dei, para dedicarse a una nueva fundación para sacerdotes diocesanos: por amor vuestro, que es amor a Jesucristo, aseguraría con palabras emocionadas el 14 de noviembre de 1972 en La Lloma (Valencia) a un grupo numeroso de sacerdotes. Lo comunicó a los directores y directo­ras del Opus Dei. Se pusieron tristes, y alegres, porque comprendían la necesidad apostólica. Avisó a su hermana Carmen y a su hermano Santiago de que si comenzaban otra vez las calumnias, no se preocupasen: ‑Es esto. Antes había informado a la Santa Sede, que le dio su visto bueno.

Había sacerdotes que estaban esperando la solución del problema, algunos desde que habían conocido al Fundador de la Obra. Desde entonces le habían manifestado sus deseos de formar parte del Opus Dei. Él tenía que hacerles esperar.

Pero, en un momento dado, el Señor le hizo comprender que no era necesaria una nueva fundación y que, por tanto, no debía abandonar la Obra.

Como expondría luego muchas veces, Dios arregla las cosa muy bien, y como todos ‑sacerdotes y laicos‑ tienen la misma vocación, también jurídicamente han cabido en el Opus Dei los sacerdotes diocesanos. Muchos años después, en 1972, en Islabe (Derio, Vizcaya), confesaba a un buen grupo de ellos:

Agradezco a Nuestro Señor que vosotros seáis hermanos de vuestros hermanos, y que no haya habido necesidad de escindir un corazón de padre y de madre.

TEMA 19. La Eucaristía

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La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización de su único sacrificio, en la liturgia de la Iglesia.

1. Naturaleza sacramental de la Santísima Eucaristía

1.1. ¿Qué es la Eucaristía?

La Eucaristía es el sacramento que hace presente, en la celebración litúrgica de la Iglesia, la Persona de Jesucristo (todo Cristo: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad) y su sacrificio redentor, en la plenitud del Misterio Pascual de su pasión, muerte y resurrección. Esta presencia no es estática o pasiva (como la de un objeto en un lugar) sino activa, porque el Señor se hace presente con el dinamismo de su amor salvador: en la Eucaristía Él nos invita a acoger la salvación que nos ofrece y a recibir el don de su Cuerpo y de su Sangre como alimento de vida eterna, permitiéndonos entrar en comunión con Él —con su Persona y su sacrificio— y en comunión con todos los miembros de su Cuerpo Místico que es la Iglesia.

En efecto, como afirma el Concilio Vaticano II, «Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y su Sangre, para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual “en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura”».

1.2. Los nombres con los que se designa este sacramento

La Eucaristía es denominada, tanto por la Sagrada Escritura como por la Tradición de la Iglesia, con diversos nombres, que reflejan los múltiples aspectos de este sacramento y expresan su inconmensurable riqueza, pero ninguno agota su sentido. Veamos los más significativos:

a) unos nombres recuerdan el origen del rito: Eucaristía, Fracción del Pan, Memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor, Cena del Señor;

b) otros subrayan el carácter sacrificial de la Eucaristía: Santo Sacrificio, Santo Sacrificio de la Misa, Sacramento del Altar, Hostia (= Víctima inmolada);

c) otros intentan expresar la realidad de la presencia de Cristo bajo las especies consagradas: Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, Pan del Cielo (cfr. Jn 6,32-35; Jn 6,51-58), Santísimo Sacramento (porque contiene al Santo de los Santos, la misma santidad de Dios encarnado);

d) otros hacen referencia a los efectos causados por la Eucaristía en cada fiel y en toda la Iglesia: Pan de Vida, Pan de los hijos, Cáliz de salvación, Viático (para que no desfallezcamos en el camino a Casa), Comunión. Este último nombre indica que mediante la Eucaristía nos unimos a Cristo (comunión personal con Jesucristo) y a todos los miembros de su Cuerpo Místico (comunión eclesial, en Jesucristo);

e) otros designan toda la celebración eucarística con el término que indica, en el rito latino, la despedida de los fieles después de la comunión: Misa, Santa Misa;

Entre todos estos nombres el término Eucaristía es el que ha ido prevaleciendo cada vez más en la Iglesia de Occidente, hasta ser la expresión común con la que se designa tanto la acción litúrgica de la Iglesia, que celebra el memorial del Señor, como el sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.

En Oriente la celebración eucarística, sobre todo a partir del siglo X, es designada habitualmente con la expresión Santa y Divina Liturgia.

1.3. La Eucaristía en el orden sacramental de la Iglesia

«El amor de la Trinidad a los hombres hace que, de la presencia de Cristo en la Eucaristía, nazcan para la Iglesia y para la humanidad todas las gracias». La Eucaristía es el sacramento más excelso, porque en él «se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y pan vivo, que por su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da la vida a los hombres». Los otros sacramentos, si bien poseen una virtud santificadora que proviene de Cristo, no son como la Eucaristía, que hace presente verdaderamente, realmente y sustancialmente la misma Persona de Cristo —el Hijo encarnado y glorificado del Padre Eterno—, con la potencia salvífica de su amor redentor, para que los hombres puedan entrar en comunión con Él y vivan por Él y en Él (cfr. Jn 6,56-57).

Además, la Eucaristía constituye la cumbre hacia la que convergen todos los demás sacramentos en orden al crecimiento espiritual de cada uno de los creyentes y de toda la Iglesia. En este sentido el Concilio Vaticano II afirma que la Eucaristía es fuente y cima de la vida cristiana, el centro de toda la vida de la Iglesia. Todos los demás sacramentos y todas las obras de la Iglesia se ordenan a la Eucaristía porque su fin es llevar a los fieles a la unión con Cristo, presente en este sacramento (cfr. Catecismo, 1324).

No obstante contenga a Cristo, fuente a través de la cual la vida divina llega a la humanidad, y aun siendo el fin hacia el que todos los demás sacramentos se ordenan, la Eucaristía no substituye a ninguno de ellos (ni al bautismo, ni a la confirmación, ni a la penitencia, ni a la unción de los enfermos), y puede ser consagrada sólo por un ministro válidamente ordenado. Cada sacramento tiene su papel en el conjunto sacramental y en la vida misma de la Iglesia. En este sentido la Eucaristía se considera el tercer sacramento de la iniciación cristiana. Desde los primeros siglos del cristianismo el bautismo y la confirmación han sido considerados como preparación a la participación en la Eucaristía, como disposiciones para entrar en comunión sacramental con el Cuerpo de Cristo y con su sacrificio, y para insertarse más vitalmente en el misterio de Cristo y de su Iglesia.

2. La promesa de la Eucaristía y su institución por Jesucristo

2.1. La promesa

El Señor anunció la Eucaristía durante su vida pública, en la Sinagoga de Cafarnaún, ante quienes le habían seguido después de ser testigos del milagro de la multiplicación de los panes, con el que sació a la multitud (cfr. Jn 6,1-13). Jesús aprovechó aquél signo para revelar su identidad y su misión, y para prometer la Eucaristía: «En verdad, en verdad os digo que Moisés no os dio el pan del cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que ha bajado del cielo y da la vida al mundo. —Señor, danos siempre de este pan—, le dijeron ellos. Jesús les respondió: —Yo soy el pan de vida… Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo… El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí» (cfr. Jn 6,32-35.51.54-57).

2.2. La institución y su contexto pascual

Jesucristo instituyó este sacramento en la Última Cena. Los tres evangelios sinópticos (cfr. Mt 26,17-30; Mc 14,12-26; Lc 22,7-20) y san Pablo (cfr. 1 Co 11,23-26) nos han transmitido el relato de la institución. He aquí la síntesis de la narración que ofrece el Catecismo de la Iglesia Católica: «Llegó el día de los Azimos, en el que se había de inmolar el cordero de Pascua; (Jesús) envió a Pedro y a Juan, diciendo: “Id y preparadnos la Pascua para que la comamos”… fueron… y prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los Apóstoles; y les dijo: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios”… Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros. Haced esto en recuerdo mío [en conmemoración mía; como memorial mío]”. De igual modo, después de cenar, el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la Nueva Alianza en mi Sangre, que va a ser derramada por vosotros”» (Catecismo, 1339).

Jesús celebró pues la Última Cena en el contexto de la Pascua judía, pero la Cena del Señor posee una novedad absoluta: en el centro no se encuentra el cordero de la Antigua Pascua, sino Cristo mismo, su Cuerpo entregado (ofrecido en sacrificio al Padre, en favor de los hombres)… y su Sangre derramada por muchos para remisión de los pecados (cfr. Catecismo, 1339). Podemos pues decir que Jesús, más que celebrar la Antigua Pascua, anunció y realizó —anticipándola sacramentalmente— la Nueva Pascua.

2.3. Significado y contenido del mandato del Señor

El precepto explícito de Jesús: «Haced esto en conmemoración mía [como memorial mío]» (Lc 22,19; 1 Co 11,24-25), evidencia el carácter propiamente institucional de la Última Cena. Con dicho mandato nos pide que correspondamos a su don y que lo representemos sacramentalmente (que lo volvamos a realizar, que reiteremos su presencia: la presencia de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada, es decir, de su sacrificio en remisión de nuestros pecados).

— «Haced esto». De este modo designó quienes pueden celebrar la Eucaristía (los Apóstoles y sus sucesores en el sacerdocio), les confió la potestad de celebrarla y determinó los elementos fundamentales del rito: los mismos que Él empleó (por tanto en la celebración de la Eucaristía es necesaria la presencia del pan y del vino, la plegaría de acción de gracias y de bendición, la consagración de los dones en el Cuerpo y la Sangre del Señor, la distribución y la comunión con este Santísimo Sacramento.

— «En conmemoración mía [como memorial mío]». De este modo Cristo ordenó a los Apóstoles (y en ellos a sus sucesores en el sacerdocio), que celebraran un nuevo “memorial”, que sustituía al de la Antigua Pascua. Este rito memorial tiene una particular eficacia: no sólo ayuda a “recordar” a la comunidad creyente el amor redentor de Cristo, sus palabras y gestos durante la Última Cena, sino que, además, como sacramento de la Nueva Ley, hace objetivamente presente la realidad significada: a Cristo, “nuestra Pascua” (1 Co 5,7), y a su sacrificio redentor.

3. La celebración litúrgica de la Eucaristía

La Iglesia, obediente al mandato del Señor, celebró enseguida la Eucaristía en Jerusalén (cfr. Hch 2,42-48), en Tróade (cfr. Hch 20,7-11) en Corinto (cfr. 1 Co 10,14,21; 1 Co 11, 20-34), y en todos los lugares a donde llegaba el cristianismo. «Era sobre todo “el primer día de la semana”, es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando los cristianos se reunían para “partir el pan” (Hch 20,7). Desde entonces hasta nuestros días la celebración de la Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas partes en la Iglesia, con la misma estructura fundamental» (Catecismo, 1343).

3.1. La estructura fundamental de la celebración

Fiel al mandato de Jesús, la Iglesia, guiada por el “Espíritu de verdad” (Jn 16,13), que es el Espíritu Santo, cuando celebra la Eucaristía no hace otra cosa que conformarse al rito eucarístico realizado por el Señor en la Última Cena. Los elementos esenciales de las sucesivas celebraciones eucarísticas no pueden ser otros que aquellos de la Eucaristía originaria, es decir: a) La asamblea de los discípulos de Cristo, por Él convocada y reunida en torno a Él; y b) La actuación del nuevo rito memorial.

La asamblea eucarística

Desde los comienzos de la vida de la Iglesia, la asamblea cristiana que celebra la Eucaristía se manifiesta jerárquicamente estructurada: habitualmente está constituida por el obispo o por un presbítero (que preside sacerdotalmente la celebración eucarística y actúa in persona Christi Capitis Ecclesiae), por el diácono, por otros ministros y por los fieles, unidos por el vínculo de la fe y del bautismo. Todos los miembros de esta asamblea están llamados a participar conscientemente, devotamente y activamente en la liturgia eucarística, cada uno según su modo propio: el sacerdote celebrante, el diácono, los lectores, los que presentan las ofrendas, el ministro de la comunión y el pueblo entero, cuyo “Amén” manifiesta su real participación (cfr. Catecismo, 1348). Por tanto, cada uno deberá cumplir el propio ministerio, sin que haya confusión entre el sacerdocio ministerial, el sacerdocio común de los fieles y el ministerio del diácono y de otros posibles ministros.

El papel del sacerdocio ministerial en la celebración de la Eucaristía es esencial. Sólo el sacerdote válidamente ordenado puede consagrar la Santísima Eucaristía, pronunciando in persona Christi (es decir, en la identificación específica sacramental con el Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo), las palabras de la consagración (cfr. Catecismo, 1369). Por otra parte, ninguna comunidad cristiana está capacitada para darse por sí sola el ministerio ordenado. «Éste es un don que se recibe a través de la sucesión episcopal que se remonta a los Apóstoles. Es el obispo quien establece un nuevo presbítero mediante el sacramento del Orden, otorgándole el poder de consagrar la Eucaristía».

El desarrollo de la celebración

La actuación del rito memorial se desarrolla, desde los orígenes de la Iglesia, en dos grandes momentos, que forman un solo acto de culto: la “Liturgia de la Palabra” (que comprende la proclamación y la escucha-acogida de la Palabra de Dios), y la “Liturgia Eucarística” (que comprende la presentación del pan y del vino, la anáfora o plegaria eucarística —con las palabras de la consagración— y la comunión. Estas dos partes principales están delimitadas por los ritos de introducción y de conclusión (cfr. Catecismo, 1349-1355). Nadie puede quitar o añadir a su antojo nada de lo que ha sido establecido por la Iglesia en la Liturgia de la Santa Misa.

La constitución del signo sacramental

Los elementos esenciales y necesarios para constituir el signo sacramental de la Eucaristía son: por una parte, el pan de harina de trigo y el vino de uvas; y, por otra, las palabras consagratorias, que el sacerdote celebrante pronuncia in persona Christi, en el contexto de la «Plegaria Eucarística». Gracias a la virtud de las palabras del Señor y a la potencia del Espíritu Santo, el pan y el vino se convierten en signos eficaces, con plenitud ontológica y no solo de significado, de la presencia del “Cuerpo entregado” y de la “Sangre derramada” de Cristo, es decir, de su Persona y de su sacrificio redentor (cfr. Catecismo, 1333 y 1375).

Ángel García Ibáñez

Introducción

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De “El Fundador del Opus Dei y su actitud ante el poder establecido”

En las siguientes páginas analizaremos las relaciones que sostuvo san Josemaría Escrivá (1902-1975) con el poder establecido y estudiaremos las sucesivas respuestas que dio el Fundador del Opus Dei ante los sucesos históricos que le tocó vivir, desde esta doble perspectiva clarificadora:

Desde la perspectiva de un fundador de una realidad de la Iglesia compuesta en su gran mayoría por laicos católicos, cuyas libres elecciones personales siempre respetó. Escrivá deseaba que los laicos actuasen con libertad, con responsabilidad personal y siempre en conformidad con los principios evangélicos.

Desde la perspectiva de su concepción del sacerdocio y de la tarea y misión del sacerdote. Escrivá consideraba al sacerdote como un defensor de los derechos de Dios que debe buscar únicamente el bien de las almas.

Nuevo libro del Prelado del Opus Dei

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Incluimos una reseña del libro “Por Cristo, con Él y en Él”, que recoge varios textos de Mons. Javier Echevarría sobre la figura y las enseñanzas de San Josemaría.

Opus Dei -

Su título –“Por Cristo con Él y en Él” (Palabra, 2007)- hace referencia a la identificación con Cristo, meta de toda cristiano, sacerdote o laico, tal como lo expresaba San Josemaría: «En el Santo Sacrificio del altar, el sacerdote toma el Cuerpo de nuestro Dios y el Cáliz con su Sangre, y los levanta sobre todas las cosas de la tierra diciendo: “Per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso -¡por mi Amor!, ¡con mi Amor!, ¡en mi Amor!

Únete a ese gesto. Más: incorpora esa realidad a tu vida» (Forja, n. 541)

El libro reúne, en orden cronológico, ocho textos de Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, referentes a San Josemaría. Cuatro de ellos versan específicamente sobre el sacerdocio, tal como aparece en la persona y enseñanza del fundador del Opus Dei. Otros abordan en profundidad numerosos aspectos de su vida y enseñanzas, que tienen como núcleo central la llamada a la santidad de todos los fieles.

Ofrecemos uno de los capítulos del libro, “Sacerdote, sólo sacerdote”,que recoge un discurso en el acto académico celebrado en honor de San Josemaría en el Seminario de Logroño (18 de enero de 2003), y posteriormente publicado en “Romana. Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei” 36 (2003) 110-121.


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