¡Este es el santo que me consiguió el violín!

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Manuel Lamberti es de Puerto La Cruz (Venezuela). Tiene 19 años, estudia violín y toca en una conocida banda de rock. Durante 2 años, fue el concertino de la Orquesta Juvenil del Estado Anzoátegui. Al igual que sus colegas, llama «estudiar» al tiempo diario dedicado al violín. Es numerario del Opus Dei.

—¿Cómo te ayuda el espíritu de la Obra?

Todo lo que ha dicho San Josemaría acerca del trabajo y el estudio me ayuda muchísimo. Antes de conocer a la Obra estudiar 3 horas de violín para mí era una cosa terrible, me costaba muchísimo. Y bueno, claro, todavía me sigue costando, pero cuando sabes que puedes sobrenaturalizar esas tres horas de violín y ofrecerlas a Dios todo se hace mucho más llevadero, por decirlo así, porque sabes que no solamente te estás beneficiando en esta vida, porque vas a ser un buen músico, sino también en la otra.

—¿Se puede encontrar a Dios en la música? ¿Acaso Dios está en la música?

En mi caso, cuando interpreto una obra importante, que de alguna forma me conmueve, inmediatamente digo dentro de mí “esto se lo ha tenido que soplar Dios al compositor”.

—¿Entonces tocar violín te acerca a Dios?

Sí, cuando sobrenaturalizo mi trabajo, cuando ofrezco a Dios las horas de estudio y las horas de clase en la universidad. Una vez que se conoce el espíritu de la Obra uno aprende a darle otro sentido a las cosas. Por ejemplo, a mí me fastidia muchísimo tener que entrar a las horas de entrenamiento auditivo, y si fuera por gusto no entraría nunca, pero en cambio ahora digo “bueno, vamos a ofrecer estas horas de clase” y así terminas disfrutando la cosa.

—¿Pero a qué te refieres con eso de «sobrenaturalizar el trabajo»?

Bueno, cuando estás muy cerca de un concierto o de un recital, siempre se tiene el peligro de fajarse a estudiar para lograr la cuestión y olvidarte de que eso al final es para Dios y de que en verdad es Dios el que te ayuda a hacerlo bien. Entonces lo que hago es que, cuando estoy estudiando, a veces pongo un crucifijo en el atril, o una estampa, para tener siempre presente a Papá-Dios. Obviamente, esto no es que salga facilito, es una lucha.

También pasa muchas veces que las cosas no salen como tú querías: a veces puedes estudiar muchísimo y luego igual la pones en el concierto: entonces ahí es cuando te acuerdas de nuevo de que realmente la cosa es por Dios, de que si el proceso fue hecho con amor, a Él no le importa tanto el resultado, aunque haya sido un desastre, y eso te ayuda a no desanimarte.

—Y hoy estás en un conocido grupo de rock…

Sí, la verdad es que hemos ido teniendo éxito, sonamos bastante en la radio y tenemos varios conciertos al año. La gente se sorprende porque creen que luchar por ser buen cristiano no es compatible con esa profesión. Curiosamente a algunos de mis amigos les ha interesado la Obra justamente por eso, porque se dan cuenta de que no necesariamente hay que estar recluido en un monasterio para ser buen cristiano.

—Entiendo que, de entrevista en entrevista, en los medios de comunicación, a veces pasan cosas…

Hay veces, sobre todo cuando estamos promocionando algún disco, que tenemos muchas entrevistas en los medios en un mismo día… y nos llegan las doce del mediodía estando en el carro; entonces apagamos la música y le preguntamos al manager si no le importa rezar el Ángelus con nosotros… Creo que la primera vez se sorprendió bastante, pero ahora ya sabe y la pasa bien. Esas cosas nos ayudan a tener presente a Dios durante el día.

—¿Es verdad que los músicos son despistados?

Bueno, en mi caso sí. Desde que estaba pequeño dejaba botadas todas las cosas por ahí. Siempre se me olvida el celular, las partituras… Pero es una lucha y como tal trato de ofrecérsela a Dios por otras personas: para que alguien se cure de una enfermedad, o lo que sea.

—Hace un rato me contaste que San Josemaría te hizo un favor grande en relación a tu violín.

El cuento con el violín es que una vez fui a una master class en un conocido hotel de Caracas con un profesor que vino de Alemania. Fui hasta el sitio en metro y por eso llegué muy temprano; decidí ponerme a estudiar hasta que empezara la clase. Pero antes quise lavarme las manos, así que dejé el violín en un salón mientras iba al baño y… cuando regresé ya no estaba: se lo habían robado.

Es un violín muy bueno, que cuesta varios miles de dólares; es mi instrumento de trabajo. Así que se movilizó todo el personal de seguridad de la orquesta y del hotel… pero nada. Mi familia y yo nos pusimos a rezar y a pedirle a San Josemaría que apareciera el violín. Pasó un mes. Mis amigos me decían que lo diera por perdido, que buscara otro, pero nosotros seguimos rezando.

Siguió pasando el tiempo hasta que un buen día un amigo violinista me dijo “Manuel, mi profesor dice que cree saber dónde está tu violín. Un nuevo alumno suyo fue con él a su clase”. Fuimos a verlo y efectivamente ahí estaba, era mi violín. Se lo habían vendido a esta persona por una cantidad pequeñísima. Se la pagamos y recuperé el violín después de más de un mes de haberse perdido. Se lo debo a San Josemaría. Así que luego, en agradecimiento, he podido repartir muchas estampas con la oración a San Josemaría diciendo “Hey, ¡este es el santo que me consiguió el violín!”.

Aun entre escombros, siempre alegres

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Cuando la tierra tembló en Perú, Isabel Gameros se afanó por reunir a las 11 personas de su familia. Tras ayudar a los vecinos, de noche, decidieron rezar el rosario entre los escombros: “Porque Dios sabe más”. Actualmente, esta promotora rural de Cañete lucha día a día por reconstruir su vida y la de otras familias del valle.

La familia Charún en pleno.

“Estoy bien, ningún ladrillo me cayó en la cabeza porque mi casa era de adobe,” comenta en su inocencia infantil, Rodrigo, de 7 años, uno de los 13 hijos de Isabel de Charún, promotora rural del Centro de Formación Profesional para la Mujer Condoray. Viuda desde febrero de este año, Isabel saca adelante a su familia, con fortaleza y coraje.

“Gracias a Dios y a San Josemaría estamos con vida y pudimos salir a tiempo de nuestra vivienda. Le pedimos ayuda con mucha fe y mi hija Diana, que estaba en la zona de más riesgo, pudo escapar; poco a poco, fueron saliendo los once que viven conmigo, sanos y salvos. Benjamín jugaba con su amigo Nachito y llegó corriendo a mi lado”, agrega.

El Centro de Formación profesional para la Mujer Condoray está atendiendo a 890 familias que han sido afectadas por el terremoto. Quienes deseen colaborar con esta cruzada de solidaridad pueden obtener información en la web de Condoray (abajo).

La fuerza del terremoto hizo que se desplomara gran parte de la casa y la otra quedó tan averiada que tuvieron que derrumbarla. Hoy en lo que era la fachada existe un gran plástico azul para proteger la propiedad. “Sólo tenemos un ambiente pequeño, pero estamos con vida y a ninguno de mis hijos les ha ocurrido nada; tenemos muchos motivos de agradecimiento a Dios”.

Isabel recuerda: “esa noche nos quedamos en la calle con los vecinos rezando el Santo Rosario a nuestra Madre del Amor Hermoso, Patrona de Cañete, muy unidos y convencidos de su cariño maternal. Es uno de los grandes regalos que nos hizo San Josemarìa y estamos seguros que protegió este valle bendito. Durante varios días sucedieron temblores fuertes, la ciudad se llenó de tierra -debieron tumbar casas- y mucha gente se quedó sin vivienda. Era el momento de dar consuelo, esperanza y un poquito de alegría a los demás”.

El ejército de los Charún era inconfundible: un grupo alegre, con máscaras protectoras, palas y carretillas, sacando el abundante desmonte de su casa caída, de sol a sol. “La gente nos preguntaba y ¿cómo van a hacer? ¿Cómo están tan tranquilos? Les contestábamos que Dios sabe más y no nos abandona”, cuenta Odalis, una de las hijas mayores de Isabel.

SUEÑOS E ILUSIONES

“San Josemaría me enseñó a vivir siempre alegre, a encontrar a Dios en todas las circunstancias, ofreciéndole no solamente lo bueno sino las cosas que de repente para mí podían ser un problema”.

Odalis tenía un carrito con el que se ganaba la vida vendiendo panes rellenos y bebidas a los camioneros que transitan por la vecina carretera Panamericana Sur. Soñaba con poner una juguería en su misma casa para ayudar a su familia, pero hoy ese proyecto tendrá que esperar.

Todos a una, los Charún sacan adelante las tareas del hogar y tienen un encargo según su edad. Se reúnen en las noches y cuentan los pequeños sucesos del colegio o de su mundo infantil.

Isabel continúa: “Mi familia es sencilla. Tenemos pocos medios económicos, pero somos muy unidos, hoy más que nunca. También tengo hijos mayores que ya trabajan y aportan para educar a los más pequeños. Mi esposo José era albañil y falleció en febrero pasado, dejando un vacío muy grande en nuestro hogar.”

EN LAS MANOS DE DIOS

“San Josemaría me enseñó a vivir siempre alegre, a encontrar a Dios en todas las circunstancias, ofreciéndole no solamente lo bueno sino las cosas que de repente para mí podían ser un problema. Hoy, en estos momentos difíciles amamos su santa Voluntad y nos ponemos en sus manos”, expresa Isabel.

“Vivir para los demás, es lo que manda la solidaridad cristiana. Nadie puede estar dispensado de este deber ni siquiera el más pobre. Debemos compartir lo poco que tenemos con otros. Sé del caso de una joven de Mala, hija de campesinos muy pobres, que mandó un kilo de papas para los damnificados, aunque le hacía falta ese alimento. También me han conmovido los gestos de tantas personas que han tocado la puerta para ayudarnos aunque casi no nos conocían y nos traía una bolsita con víveres. Hasta de un camión que pasaba nos regalaron unas mantas. Como somos una familia numerosa y hay muchos niños…”

PROMOTORA RURAL, AL SERVICIO DE LOS PUEBLOS

Isabel hace compatible la atención a su familia con su labor de promotora rural de Condoray, obra corporativa del Opus Dei, cuya misión principal es lograr la promoción humana, social y espiritual de la mujer campesina del Valle de Cañete.

“Allí descubrí que podía ayudar a otras mujeres a mejorar y desde los 19 años me convertí en promotora rural. Lo que aprendo lo transmito en los pueblos: le hablo a cada una y les enseño a amar el trabajo, a ser generosas, alegres, a que superen las dificultades. En la vida hay muchas circunstancias difíciles y no podemos derrumbarnos”.

Quitando escombros de la casa

La promotora es una persona que busca el desarrollo de otras mujeres y trata de ayudarlas a que salgan adelante, adquieran mejores hábitos, más educación. “Ayudamos a que la gente solucione sus problemas y dé un paso adelante”. En el terremoto han ido a visitar a las familias, a darles compañía, a impulsarlas a organizarse y han apoyado el trabajo de Condoray para ayudar a casi 800 damnificados.

Isabel nos resume su proyecto de vida como madre de familia cristiana y promotora rural: “Durante todos estos años el ejemplo de San Josemaría ha sido guía para mi hogar y trabajo. He comprendido que lo de todos los días se puede santificar y podemos escribir con nuestra existencia ordinaria, una bonita historia de amor a Dios.”

El Centro de Formación profesional para la Mujer Condoray está atendiendo a 890 familias que han sido afectadas por el terremoto. Quienes deseen colaborar con esta cruzada de solidaridad pueden obtener información en www.condoray.edu.pe/ayuda/ini.htm

Del menos dos al diez

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Hay exámenes en los que si te equivocas te restan puntos

He quedado con Alberto a la entrada de la facultad. Sólo hemos hablado por teléfono. Para que me reconociera rápido le he dicho que iría con una carpeta vieja de color verde; su nota identificativa era que es más bien pelón. Ya nos hemos reconocido.

Intentamos ir al bar de la facultad, pero parece que nuestra idea no resulta original del todo: está completamente lleno. ¡Yo que pensaba que eso era propio únicamente de facultades de letras! Al final decidimos salir a los jardines del Palacio Real. Hace sol y se está muy bien fuera.

Hola Alberto… según tengo entendido también eres conocido comoParra, ¿por qué este sobrenombre?

Sí, dicen que soy un poco despistado y que estoy en la Parra. Por ejemplo, este año he cambiado de habitación en el Colegio Mayor Monterols y a menudo me confundo y entro en la antigua. También cuando hablo con los amigos, de repente saco un tema y todo el mundo se ríe. Entonces, me percato que de aquello ya se había hablado hacía rato y ahora estaban con otras cuestiones… En fin, si les divierte…

¿Por qué elegiste ingeniería?

Siempre me ha gustado hacer inventos, cosas creativas más que estudiar de memoria. Quizá sea eso lo que me ha llevado a escoger esta carrera.

Colegio Mayor Monterols

Cuando te llamé hace dos días me dijeron que estabas en alemán… ¿Tienes tiempo para hacer ambas cosas?

Si uno se organiza encuentra tiempo para llegar a todo. Voy todos los martes y jueves a una escuela de idiomas… También doy clases particulares de matemáticas y física a un chaval de bachillerato, doy catequesis en la parroquia de Santa Agnès, en la calle Sant Elies de Barcelona, también participo en una “colla castellera”,…

¿Una colla castellera?

Sí, un día un amigo, que hacía falcons(un tipo de Castells), me dijo: ¿por qué no nos apuntamos a la colla castellera de la universidad? Y vamos todos los martes. En total somos unos 50 ó 60. Nos llamamos Els arreplegats de la zona universitària. Los ensayos empiezan a las 16.30. Al acabar, estamos un rato en el bar.

Y ¿cuál es tu función? ¿No harás de “enxeneta”?

Yo soy bajo. Es decir, estoy en la base de todo, pero me cogen los que forman la piña. Nos lo pasamos muy bien. Hicimos una actuación delante del Palacio Real, con motivo de la Fiesta Erasmus que organiza la Plataforma por la Lengua.

(En este momento, se abren los aspersores que se encuentran justo detrás de nuestro banco. Nos giramos, para ver si nos mojarán o no. Alberto comenta que no hace mucho tuvo que elaborar un trabajo sobre “dispensadores de agua a presión”).

Eres universitario y quieres ser santo en medio del mundo, es decir, eres una persona que busca encontrar la santidad allí donde se encuentra. ¿Eso quiere decir que todo te sale perfecto?

¡Hombre, no…! Lucho para hacer las cosas en presencia de Dios y procuro ofrecer aquello que tengo entre manos. Pero claro, soy humano y me equivoco. Ya te lo he dicho, no es casualidad que me digan Parra. Por ejemplo, a veces llego tarde a clase… Ya se sabe, a primera hora de la mañana, la Diagonal puede estar colapsada… Pues entro discretamente y, si ha sido por pereza o por no poner atención, interiormente pido perdón a Dios.

También se pueden santificar los exámenes. Si me quedo en blanco ante un problema de álgebra o de cálculo, le digo a mi Ángel de la Guarda que me dé luces y paso al siguiente. Pero las cosas no siempre salen bien… He sacado algunos ceros… y no pasa nada.

O sea, ¿se pueden santificar los ceros?

Claro, y también los –2… (Ríe)

¿Los –2?

Hay exámenes que si te equivocas te restan puntos. Si has estudiado y has puesto todo tu ingenio para hacerlo bien y después, por lo que sea, el resultado no es el deseado… no quiere decir que el trabajo realizado anteriormente no sirva por nada. Estoy convencido de que a Dios le gusta más un –2 (bien aceptado, claro) fruto de muchas horas de esfuerzo y estudio ofrecido, que un 10 nacido del egoísmo y la vanidad o de la buena suerte…

Y, ¿cómo haces para hacer las cosas cara a Dios?

Pues, busco trucos. Por ejemplo, cuando me pongo a estudiar con los amigos, rezo por ellos o pido para que quieran acercarse más a Dios. Es muy fácil, pero no siempre uno se acuerda. Se trata de poner un poco más la cabeza.

¿Y tus amigos se percatan que vives con intensidad el cristianismo?

Yo intento ser cristiano con naturalidad, haciendo lo mismo que todo el mundo pero cara a Dios. Cuando voy en el autobús, procuro rezar el rosario, pero no voy con un rosario de estos largos colgando de la mano… Mis amigos saben que soy católico. Cuando se lo digo, hay reacciones de todo tipo. Uno me dijo, “¿pero eres practicante? Pues qué alegría, yo también y eres el primero que me encuentro en la facultad”. Este amigo ahora viene a estudiar a Monterols y también frecuenta algunos medios de formación cristiana: charlas, retiros espirituales… También a menudo quedo para estudiar con uno que es de religión hindú. Está descubriendo la fe católica y le gusta mucho leer. A veces hablamos del origen del universo y de la vida en el planeta. El año pasado participó en el Univ, el Congreso universitario internacional que tiene lugar en Roma durante la Semana Santa.

¿Y hablas de Dios con todos tus compañeros de clase?

“Yo intento ser cristiano con naturalidad, haciendo lo mismo que todo el mundo pero cara a Dios”

No, hombre, no. Somos muchos en Industriales y además la gente es diferente en cada asignatura. Yo hablo de Dios a mis amigos, porque me sale natural. Por ejemplo, cuando les digo que vivo en Monterols, les explico que es una residencia del Opus Dei… y les hablo de San Josemaría y su mensaje. Después cuando estudiamos, claro, yo acostumbro a tener una imagen de la Virgen María o un crucifijo delante de los apuntes para ofrecer las horas de estudio; o cuando salimos a hacer deporte –voy a correr al Tibidabo y también hago natación–, si son las doce, rezamos la oración del ángelus, como hago todos los días… Además, a veces voy con los amigos de clase a una residencia de ancianos o al Cotolengo, o llevamos alimentos a una familia necesitada del barrio del Raval…

De repente, Alberto se para y me pregunta:

¿Qué hora es?

La una y media.

Pensaba que era más pronto. Bien, tengo que dejarte: he quedado a comer con un compañero de clase. Después tenemos ensayo con los Els arreplegats de la zona universitària.

Mauricio Valenciano: relato de mi vida

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Mauricio Valenciano es un hombre hecho a sí mismo: panadero, obrero y promotor de la industria en su pueblo

La Peña de San Pedro

Soy de una familia de panaderos de la Peña de San Pedro, un pueblo de Albacete. Mis padres y mis abuelos se dedicaban al oficio, y yo me puse a trabajar, lo mismo que mis cinco hermanos, en cuanto pude levantar la pala, porque trabajo en la panadería había para todos. Pero el pueblo no tenía futuro y a los veintidós años –yo soy del 32- me marché a Bilbao para trabajar en lo que se terciara.

Estuve trabajando unos once o doce años, ya no me acuerdo, en una fábrica de productos químicos; primero de peón, y luego en otros departamentos, hasta que pasé al laboratorio de investigación.

El Opus Dei
Fue esa época, en octubre de 1958, cuando conocí el Opus Dei. Me gustó el ambiente de trabajo, de amistad, de cariño y de sencillez que vi en la gente, con ese afán por encontrar a Dios en todas las cosas. Pocos meses después, en enero del 59, pedí la admisión como agregado. Tenía veintisiete años.

Entonces éramos muy jóvenes y estaba casi todo por hacer. Yo vivía en Gorostiza, en una aldea de Bilbao que está cerca de las minas de carbón, y por la tarde me montaba en la bici –una de aquellas bicicletas de entonces, grandota, con un manillar inmenso- y me iba al centro del Opus Dei para recibir medios de formación… los días que llegaba, claro, porque un día se te pinchaba una rueda, y al otro, te quedabas atascado en el barro. Pero gracias a Dios, nunca me pasó nada serio. Y después de recibir un círculo, o una clase de vida cristiana, me iba a la fábrica y me pasaba la noche trabajando.

Por la mañana, al terminar, iba a misa de seis y media en una iglesia que estaba cerca; luego pasaba la ría, desde Erandio a Baracaldo, me hacía otros cinco kilómetros en bici hasta Gorostiza, y… a dormir.

El taller

Hasta que me dije: “voy a establecerme por mi cuenta”. Y puse un taller de pintura de brocha gorda con un hermano y un amigo. Dinero no teníamos, pero para esos negocios, más que dinero, lo que hace falta es ganas de trabajar. Y nosotros las teníamos. Comenzamos -me acuerdo muy bien, porque ese día el Papa Pablo VI estaba en Fátima y no se me olvida- el 13 de mayo de 1967. Teníamos por todo capital cinco mil pesetas.

Empezamos sin coche y sin un local para dejar las cosas. Cuando nos llamaban para pintar, nos cargábamos las escaleras al hombro y los cubos con las brochas, tomábamos el tren por la parte derecha de la ría y nos plantábamos en las casas. Luego, gracias a un préstamo, alquilamos un local y compramos un furgoneta. Y en cuanto pudimos, montamos una tienda de papel pintado.

Puente colgante

Luego me metí en los quioscos de prensa, que es algo muy importante. De un quiosquero depende mucho lo que la gente lee. Un amigo se hizo con dos –uno al lado del Puente Colgante y otro en Erandio- y allí echaba yo unas horas también.

El Club Eretza

El resto del tiempo lo dedicaba al Club Eretza, donde iban muchos trabajadores y obreros como yo para formarse cristianamente. Ya digo que entonces estaba todo por hacer. Al principio empezamos en un bar, porque no teníamos local para el Club. Pedíamos un vasito de vino y unas aceitunas, y después teníamos una charla de formación cristiana o de virtudes humanas. Allí llegamos a juntarnos hasta veinticinco personas.

Poco después, a comienzos de los sesenta, nos instalamos en un piso viejo, que tenía un alquiler muy barato. Mi madre, cuando se enteró, lo compró, para que se pudieran dar allí los medios de formación de la Obra, y entre todos lo fuimos arreglando y adecentando. Al principio no teníamos ni sillas, ni mesas, ni nada de nada: nos sentábamos en el suelo, sobre papel de periódico de la Gaceta del Norte. Lo arreglamos como pudimos. Mi madre nos regaló una mesa antigua de comedor que tenía, con todas las sillas, y así resolvimos la papeleta de los asientos. Y otras familias, como los padres de Jorge Larrazábal, nos fueron regalando muebles.

Venían por Eretza muchos obreros: algunos de Altos Hornos, otros de la Escuela de Maestría, y de todo tipo de talleres: carpinteros, pintores, electricistas…, y algunos estudiantes también. Asistían a las charlas, los que querían hablaban con el sacerdote y se iban formando espiritualmente y humanamente. Y pedagógicamente también, porque al ver la falta de conocimientos de algunos, organizamos unos cursos de leer y escribir, para pudieran sacarse el certificado de estudios primarios.

Así, año tras año, iban mejorando y superándose en todos los órdenes, aprendiendo a hacer las cosas bien y a preocuparse por los demás. Ahora cuando me encuentro con algunos, y me hablan de aquel tiempo, me dicen: “¡Ah, si no hubiese sido por Eretza, que hubiese sido de mí!”.

Peña de San Pedro

De nuevo en Albacete

En el 78 me vine a Albacete, con mi madre, a Peña de San Pedro. Mi padre había muerto unos años antes, bastante joven, con cincuenta y siete, y mis hermanos ya estaban casados. La zona no tenía industria ninguna y la gente, cuando dejó de haber trabajo en el Trasvase, se fue; y el pueblo se quedó medio vacío.

Pensé que tenía que hacer algo para promocionar a los demás. De eso nos hablan mucho en el Opus Dei: de nuestra responsabilidad personal. Nos recuerdan que como cristianos, no podemos mirar hacia otra parte ante los problemas ajenos. No nos dan la solución concreta; nos dicen: reza y decide ante el Señor cuál va a ser tu respuesta, como cristiano, ante esa situación en la que te encuentras.

Estuve dándole vueltas: ¿Qué hago? ¿Qué podemos hacer? Porque por este camino, como siga yéndose la juventud, el pueblo desaparece. Hasta que junto con otros del pueblo decidimos poner una fábrica de embutidos.

Comenzamos como pudimos, entre nosotros, trabajando mucho. Poco a poco levantamos las naves, y nos fue muy bien. Y lo mejor es que esto ha estimulado a los demás: ahora hay siete fábricas en el pueblo, y en los pueblos de alrededor también se van animando. Hacemos un embutido muy rico, y en las otras fábricas, que son de alimentación y de panadería, se ha vuelto a hacer pan de pueblo, ese pan sabroso, de un sabor tan especial, como el que hacían mis padres y mis abuelos.

Mi madre

Durante ese tiempo mi madre se rompió cadera y yo me hice cargo de ella. Murió hace cuatro años. Era muy buena cristiana, muy lista y muy generosa. Era cooperadora del Opus Dei desde hace muchos años. En los últimos tiempos tenía que ayudarla en todo, porque no podía moverse.

¡Ay, Mauricio, la que te ha caído!, me decía ella. Y yo le contestaba que cuidarla no era ninguna carga para mí; al contrario, era algo que me hacía muy feliz, porque uno se queda siempre corto atendiendo a sus padres, después de todos los sacrificios que han hecho por ti. Mi felicidad era verla tan contenta y rodeada de tanto cariño en su vejez.

Recuerdo esos últimos años como un tiempo particularmente feliz para los dos: a pesar de su invalidez y de tener que estar yo pendiente de ella continuamente, de día y de noche. Los domingos la llevaba a Misa y todos los días, antes de comer, rezábamos el Rosario juntos. Y cantábamos mucho, sobre todo los cantares y coplas de cuando ella era joven.

“Yo, cuando echo la vista atrás, le doy muchas gracias a Dios, al ver que nada cae en vacío”

Murió con una gran serenidad, porque Dios hace las cosas de maravilla. Se puso muy mal; vino el sacerdote y la atendió; yo le leí la recomendación del alma y estuve rezando a su lado hasta el último momento. Y cuando murió, no sé cómo contar esto, pero fue así, en medio de aquel dolor grandísimo, me vino una alegría muy grande, una felicidad honda, inexplicable.

Decía el Fundador del Opus Dei que cuando fuéramos viejos nos pasaríamos las horas dando gracias a Dios, y es verdad: yo, cuando echo la vista atrás, le doy muchas gracias a Dios, al ver que nada cae en vacío. No me considero viejo aunque los setenta y cinco ya no los cumplo, porque por dentro me siento joven, joven, como si tuviera treinta años, con la sensación de haber vivido, de estar viviendo, una novela maravillosa, como decía San Josemaría.

Las preguntas y respuestas de Pozoalbero

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Testimonio de José María Pemán, Escritor. Miembro de la Real Academia Española

A la salida de Jerez hay una finca que se llamaba Santa María del Pino. Era de los Agreda, viejos tíos de mi mujer. En esta finca, viniendo yo de Cádiz cada tarde, visitaba a mi novia. Los noviazgos entonces eran largos por estas tierras. Los novios se tomaban tiempo para casarse, como los cipreses se toman tiempo para crecer.

Luego, hace ya bastantes años, pasó a ser residencia, casa de retiros del Opus Dei. Desde entonces tomó el nombre de Pozoalbero. He advertido que a la Obra de Dios no le gustan los nombres demasiado confesionales: Santa María, San José… No le gustan los santos en el Catastro. Se piden nombres a la naturaleza y a la estética. Creen, con razón, que si Dios, según el decir teresiano, anda entre los pucheros, más debe de andar entre los pozos y entre los pinos… Hay que imitar aquella humilde respuesta naturalista del gitano en su diálogo inquisitivo con la Guardia Civil.

- ¿Dónde duermes?

- Tengo un árbol que no me lo merezco…

En Pozoalbero se había habilitado para salón de actos una vieja nave de lagares. Se le habían añadido reposteros, sillones, sillas. ¿Qué uvas iban a ser pisadas en tan espectacular vendimia? Los sencillos, los cristianos rasos, en número superior a los dos millares, eran carretadas de las uvas que iban a extenderse en el salón–lagar.

Monseñor Escrivá de Balaguer, venido a estas tierras del sur, iba a ser el pisador. Y Santa María, escondida tras el pozo, se encargan de dar la última vuelta y apretujón de la prensa al orujo o al alpechín.

En el repostero, al fondo del estilizado lagar, lucía esta divisa: «Siempre alegres, siempre felices, con alma y con calma». Casi un pleonasmo esa invocación de la alegría y la calma. Todo el auditorio venido a Jerez desde Córdoba, Sevilla, Huelva, Cádiz, Málaga, etcé tera, era andaluz y ya se habían encargado de traer por su cuenta su propio equipaje de alegría y de calma. Auditorio abigarrado: hombres, mujeres, chicas, muchachos. Muchos de éstos, con mele na y barba, con «sueters» y camisas de colores explosivos: rojos, verdes y amarillos de bombona de butano. Estoy seguro de que habían dejado su guitarra en el perchero.

Un revuelo en la puerta que suena a timbre o aldaba. Silencio, primero, y luego, aplauso cerrado. Entra el padre. Lleva prisa por que siempre la lleva, porque va «a otra parte». Porque tras cada vendimia y pisa hay una nueva cosecha esperando y soleándose en el almijar: ayer, no más, estaba en Lisboa y en Fátima rodeado de muchedumbres ávidas. Lleva prisa porque siempre va a «otra cosa», a una llamada urgente, como el tocólogo, como el traumatólogo. Los escritos ascéticos se han buscado infinitas metáforas titulares: el «Castillo», de Santa Teresa; la «Ciudad» de San Agustín; el «Camino». Un viejo sacerdote, capellán de una ermita mariana, comen­taba: «Este es un hombre zarandeado por el Espíritu Santo; y los caminos y mociones del Espíritu Santo no están previstos en ningún “Michelín”».

Y empezó su tarea. Unas brevísimas palabras y en seguida abre el coloquio. Quiere preguntas. Quiere que le pregunte el dolor, el miedo, la cesta de la compra, la familia numerosa. Va recorriendo casi toda España; satisfaciendo en todas partes dudas, penas, con fusiones. Como su faena es diaria, interminable, con pases muy enlazados, cualquier momento es bueno para dar la vuelta al ruedo. Porque, además, para él, la «vuelta al ruedo» no es previo ni des canso, sino que sigue siendo faena. La técnica, sin técnica, de sus coloquios siempre es la misma. Pregunta cualquiera. No estamos en un congreso científico. La pregunta nace, quizá, del ignorante, del despistado, del engañado. Las echan a volar estos modestos palomares. Y por el aire se van volviendo sabiduría. También siguen una técnica muy personal las respuestas de Monseñor, que parecen dichas desde una torre de varios pisos superpuestos. En el bajo, la gracia humana: la anécdota o el comentario que mueve a esa oración de los sencillos que es la risa. En seguida, el piso central: que es la gracia poética, que expende emoción, que sugestiona tanto como persuade. Pero lo que exige el padre Escrivá a sus primeras gracias subalternas es que anticipen el aire de familia de la última, que espera en la azotea y que es la Gracia de Dios. Esta ayudará a que cada oyente reduzca la frondosa y graciosa palabra de Monseñor a la taquigrafía intelectual y escatológica que lleva dentro.

Siempre he dicho que hace falta una historia analítica del sen timiento religioso en España, como Henri Bremond la hizo para Francia, para encajar al padre Escrivá en su casillero propio, en su puesto dentro de la fila de la ascética española. Porque el convencio- nalismo propio de esta época confusa inclina a algunos a pen sar que un maestro de espíritu tan original en su ascética del trabajo como oración, y la vida seglar y profesional como instrumento de perfección, debe ser un «progresista» rodeado de estilos chocantes y novedosos. Pero parece que Monseñor ha olfateado tan sutilmen te el riesgo, que se ha echado de bruces sobre el contrapeso de la tradición popular española: el rosario, la peregrinación a la ermita, el latín no desechado, sino convivente con el español vernáculo. No se ha inscrito Monseñor en ningún «progresismo». Tampoco en ningún artificioso «regresismo». En el platillo nivelador de la difícil balanza de esto que llamamos crisis ha colocado, sencilla mente, la tradición, que es como un comienzo de eternidad. «Darse» fue todo el verbo reflexivo que impulsó la obra de Cristo. La técnica de nuestro aragonesismo maestro de catolicidad o univer salismo consiste en «darse a querer». No hay una misa -dice-. Hay cada día una misa nueva, puesto que el auditorio, el local y el momento intervienen en el Sacrificio. Lo que permanece igual es la jerarquía de las peticiones básicas. Monseñor hace confidencia al auditorio de su escala de intenciones jerárquicas de cada una de sus misas: por la Iglesia, por el Papa y por su Obra.

Me retiraba ya y quise antes visitar a los dos cipreses que plan tamos hace treinta y tantos años mi novia y yo El ciprés ha sido calumniado al considerársele árbol funeral. Es la esbeltez clásica hecha árbol. Pertenece, en la familia arborescente, como el boj, el romero, la uña de gato, a los vegetales a que da exactitud, perfil y volumen, las tijeras profesionales del jardinero. La Naturaleza es experta en pintar colores o musicar ramas y vientos. Pero, ¡anda que cuando se mete a hacer de arquitecto!

Reconocí la voz del «Séneca». Buscó conmigo los dos cipreses. Quedaba sólo uno. Se oía lejos el murmullo del auditorio que bus caba sus coches en los aparcamientos improvisados en huertas y jardines vecinos.

–Don José: si le llaman a todo esto «Obra de Dios», ¿qué obra ha tenido que hacer ese padre?

–No ser estorbo de la obra de Dios, ¿te parece poco? Dios obra por medio de los hombres y las cosas. Es lo que se llama las «causas segundas».

Miró hacia la riada humana. Se rascó la cabeza:

–Pues esta causa segunda, don José, le ha salido a Dios de primera.

Recuerdos de un corresponsal

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Testimonio de Eugenio Montes, De la Real Academia Española

El 26 de junio de 1975 el cielo estaba azul y yo estaba en mi casa del Pincio viendo desde el balcón, en la lejanía, la cúpula de San Pedro sobre el Monte Vaticano, el Monte de los Vaticinios.

Sonó el teléfono. Me dieron la noticia escuetamente: «Ha muerto Monseñor Escrivá de Balaguer». Ni una sílaba más, tal vez por que ante lo decisivo sólo el silencio es grande; el resto, debilidad.

Pero salí a preguntarles a sus amigos. No se encontraba enfermo. En cualquier caso no le había comunicado a nadie inquietudes acerca de su salud.

El 26 de junio había madrugado, como siempre. La del alba sería cuando salió a tener una plática con unas hijas suyas en Castelgandolfo. Como Santa Teresa de Jesús, este hombre de virtudes heroicas podía decir: «Hijas, cosas son éstas para entretener la espera».

Una vez exclamó: «Debemos acoger la muerte con sereno gozo. Cuando el Señor quiera y donde quiera».

El Señor quiso que a este hombre pirenaico la muerte le aconteciese en Roma, su lugar predilecto. Entre las siete colinas, donde se asienta «la reliquia universal del suelo», porque «no hay parte en ti que no sirva de ejemplo/de santidad, así como trazada/de la ciudad de Dios al gran modelo». (Cervantes).

Yendo al funeral encuentro a Lozoya. Me dice: «Hay pocos españoles universales: algunos exploradores de Indias, un pequeño acervo de escritores y artistas, algunos fundadores religiosos». Monseñor Escrivá era de éstos. Su Obra se extiende por 80 países y cuenta con más de 70.000 adeptos fervorosos.

Se ha señalado que la Cristiandad aprendió de los españoles a rezar: el Credo es creación del cordobés Osío tanto como de Anas tasio; la Salve, arco iris celeste, del gallego San Pedro de Mezonzo; el rosario, de Santo Domingo.

A mí en Roma me atraen, sobre todo, las huellas de nuestros hombres con virtudes heroicas. Cruzo, recruzo el patio de San Dámaso. Entro en los siete templos que aún quedan de los 27 dedi cados a San Lorenzo. Me siento en el Aventino a la sombra del naranjo plantado por el de Caleruega. Veo en el Palatino la palmera de San Buenaventura de Barcelona. Recorro el barrio en donde San Ignacio pronunció su impresionante frase: «Usar los medios naturales como si no hubiese los sobrenaturales; usar los medios sobrenaturales como si no hubiese los naturales». «Sentencia es de maestro», concluyó Gracián.

Juntar lo sobrenatural con lo natural, acercarnos a lo sobrena tural con naturalidad absoluta, ha sido el don, sencillamente pro digioso, de Monseñor Escrivá de Balaguer. Su santo y seña reza: «Santificar la vida cotidiana, en medio de su aparente monotonía, de sus quehaceres, de sus trabajos». Con certera imagen proclamó: «En la línea del horizonte parecen unirse Cielo y Tierra, pero en donde en verdad se unen es en los corazones cuando se vive santamente la vida ordinaria».

Según el cardenal Baggio, su innovación más profunda consiste en el llamamiento universal a la santidad; el trabajo como lugar de encuentro con Dios y con los hombres: innovación confirmada posteriormente por el Concilio Vaticano II. Idea feliz esta invitación a amar el mundo apasionadamente, descubriendo el valor sobre natural de las circunstancias normales de la vida, incluidas las más prosaicas y materiales.

En 1946 vino a residir a Roma. Vivía en un apartamento humil de de la «Città Leonina», frente a las medio derruidas torres que en el siglo IX elevó León IV. Yo lo encontré al lado de la muralla, el día inaugural del Año Santo, en tiempo de Pío XII. «Así, así, católico, apostólico, ¡romano! Me gusta que vengas en romería».

«VIDERE PETRUM»

La primera persona que en la urbe lo alentó intensamente fue Montini, porque entonces necesitaba ayuda para superar las sus picacias y obstáculos que todo fundador encuentra.

Algunos miembros de la Obra actuaron y actúan en política. «Como los demás ciudadanos – aclara el fundador–, pues sus res ponsabilidades son individuales».

En cuanto a él mismo, Monseñor Escrivá de Balaguer confesaba que no sentía la política ni la sociología. Alguna vez expresó rotun damente: «Me disgustan».

Al cabo, su fe, su esperanza su caridad triunfaron. En el funeral por su alma, monseñor Be Nelly leyó un emocionado mensaje del Sumo Pontífice. La capilla ardiente estaba como envuelta en púr pura, pues al parpadeo de los hachones reconocí, con el nuncio apostólico Carboni, a los cardenales Palazzini, Rossi, Felice…

El cardenal Deskur anunció: «Espero ser el primer obispo que postule la beatificación de Monseñor. He ofrecido la misa por su glorificación». Quien hoy rige la diócesis ambrosiana lo compara a San Fran cisco de Sales. Los ingleses evocan ante él a Tomás Moro. Yo pienso en San Felipe de Neri, por su continuo rebullicio de frases chispeantes. El cristianismo es sufrir los unos por los otros, pero nada hay tan católico como alegrarse los unos con los otros. Luminoso misterio de la Comunión de los Santos.

La alegría, a Monseñor Escrivá de Balaguer le manaba del cora zón desbordante, de su bondad profunda. Venía del fondo. Los que hace tres años acompañaban sus restos mortales a la última morada terrena veían en esa alegría un rocio venido de lo alto, un rocío celeste.

Una empresa de catering contra la crisis

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Marilén es madre de ocho hijos. Hace veinte años, en momentos económicos difíciles, puso en marcha una empresa de catering, con su socia Paloma, en Mallorca.

19 de mayo de 2009

¿Cómo se os ocurrió montar esta empresa?
Manolo, mi marido, tuvo dificultades en su trabajo y tenía que ayudar como fuera. A mí siempre me ha gustado el trabajo de la casa y pensé que podía convertirlo en una profesión remunerada. Gracias a Dios –y esto lo digo con mayúsculas– nos ha ido muy bien.

¿Cómo empezasteis?
Paloma, mi socia, y yo empezamos cocinando para personas que vivían solas: hacíamos la comida de toda una semana y se la llevábamos. De ahí saltamos a una inauguración para ciento cincuenta invitados: creíamos que no lo podríamos hacer.

Actualmente preparamos el catering para muchas bodas, fiestas, eventos de empresas, acontecimientos familiares… Empezamos en casa de Paloma y ya hemos construido una nave para trabajar en buenas condiciones. Siempre recordamos el principio con cariño.

Trabajábamos muchísimas horas, pero teníamos el aliento de  nuestra familia y de otras personas que nos animaban, especialmente Sabina, unanumeraria mayor con un espíritu muy joven, que compartía con nosotras los “sufrimientos” de la inexperiencia.

Con este trabajo, conocerás a mucha gente…
Sí, desde luego. Mallorca es preciosa y, especialmente en verano, acude gente muy diversa. Tenemos clientes que reconocerían los lectores de “Hola”. De mi trabajo, lo que más me gusta es descubrir el lado humano de la gente. Te llevas muy buenas sorpresas. Algunas de nuestras clientas se han convertido en verdaderas amigas.

Disfruto ayudando a organizar los actos para que salgan bien, para conseguir que una persona recuerde el día de su boda como el más feliz de su vida. De vez en cuando organizamos un curso de cocina solidario: invitamos a las clientas y destinamos los fondos recogidos a una labor social que promueven personas de la Obra en India. Algunas han venido para colaborar desde Barcelona o Madrid, donde residen.

¿Cómo compaginas tu dedicación con la atención a la familia?
He tenido ocho hijos. La segunda niña se me murió con siete meses por una cardiopatía. El último, Ignacio, nació con Síndrome de Down y falleció a los diecinueve meses. Sufrimos mucho. Manolo y yo pensamos que las Navidades más felices fueron las que él estuvo con nosotros. La familia estaba muy unida e ilusionada con los avances que hacía.

Los demás hijos son ya  mayores y me comprenden muy bien. Por ejemplo, saben que el día de la Inmaculada es muy importante para mí, porque un 8 de diciembre pedí la Admisión en el Opus Dei, hace ya treinta años. Ese día mis hijos, mis yernos y mis nietos van a la Misa de la Novena a la Virgen que se celebra en Palma para celebrarlo conmigo.

En medio de tantas ocupaciones ¿Puedes rezar?
La verdad es que madrugo bastante: empiezo el día pronto, haciendo un rato de oración. En verano hay tanto trabajo que Paloma y yo vamos al Centro del Opus Dei a las 7,30 de la mañana una vez por semana, asistimos allí a Misa y después recibimos una clase de formación, porque es el modo de no perdérnosla.

Durante el invierno, el ritmo es más llevadero: procuro ir a Misa por la mañana, aprovecho trayectos para ir rezando el Rosario, y mientras trabajo, continuamente pido a Dios que me ayude.

Os habrá pasado de todo….
Hace unos años, por un malentendido, no había llegado el postre de una boda poco tiempo antes de que empezara el banquete… Paloma cogió el coche y se fue por todas las pastelerías abiertas intentando comprar pasteles, pero, eran muchos invitados… Yo no sabía qué hacer, buscando al pastelero que tenía que habernos servido y que no aparecía por ningún sitio…. Noté la protección de San Josemaría. Se me ocurrió ir a la oficina y, al salir, me lo encontré en la puerta, buscándonos, porque no sabía dónde era la boda. Cuando llegamos ya estaban en el primer plato…

Otra vez unos novios se empeñaron en celebrar el banquete en el exterior y anunciaban lluvias. Me pasé el banquete rezando para que aguantara y, justo después del postre, empezó a llover.


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