ITALIA El secreto del Opus Dei

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“El Opus Dei: Ficción y realidad”, es un libro de M.J.West

Roma, marzo de 1986. A pocas personas, en la Ciudad Eterna, debieron pasarles inadvertidas las acusaciones realizadas durante ese mes. Todos los periódicos del país dieron la noticia. Se acusaba al Opus Dei de ser una sociedad secreta. Se decía que los 80.000 miembros de la organización estaban gobernados por unos estatutos secretos, que el Opus Dei era la versión católica de la proscrita Logia Masónica P2. Una coalición de miembros anticlericales del Parlamento italiano exigía que el Gobierno declarase la organización fuera de la ley.

El caso se inició con una serie de acusaciones hechas en la revista radical L’Expresso. Otros diarios y revistas de parecida tendencia hicieron lo mismo. Para muchos observadores estaba claro que todo se reducía a una campaña de calumnias lanzadas desde la prensa. Las medidas que acto seguido tomó el Parlamento eran más serias. Se iniciaron con una serie de preguntas sobre la naturaleza del Opus Dei. La punta de lanzas de las imputaciones era que el Opus Dei tenía una oscura finalidad política, que sus “leyes secretas” exigían que sus miembros obedecieran en todo y mantuviesen oculta su pertenencia a la organización.

Hacía años que todo esto se venía fraguando. Algunos comentaristas venían utilizando, en sus artículos sobre el Opus Dei, una terminología propia de la intriga política y el espionaje internacional. Ahora bien, si se analizaban esos artículos y se prescindía de la retórica, no quedaba más que la afirmación gratuita de que el Opus Dei era una asociación secreta.

El Opus Dei no se cansaba de repetir que sus miembros podían tener la postura política que quisieran; que la Obra era una institución de la Iglesia de finalidad exclusivamente espiritual; que no tenía ninguna finalidad política, ni siquiera una doctrina propia; que seguía en todo las enseñanzas de la Iglesia Católica.

Algunas personas aceptaban estas explicaciones; otras las rechazaban y seguían insistiendo en que el Opus Dei tenía un trasfondo político.

El sensacionalismo en torno al Opus Dei surgió poco después de que un joven sacerdote, don Josemaría Escrivá, lo fundase en España en el año 1928. Una de las primeras acusaciones, hechas ante un tribunal especial, era que el Opus Dei constituía una rama judaica de la masonería. Pero la imagen política no adquirió carta de naturaleza hasta finales de la década de los años cincuenta, cuando algunos miembros del Opus Dei se convirtieron en ministros del Gobierno español. En los años sesenta, los más prominentes fueron Gregorio López Bravo y Laureano López Rodó, conocidos como “los lopéces”. Ambos ocuparon diversas carteras ministeriales, aunque su labor fue especialmente importante en Industria y Planificación. Muchos les consideraban los principales artífices del milagro económico español y su labor les mereció la etiqueta de “tecnócratas”. Otro miembro del Opus Dei, Vicente Mortes, que llegó a ser ministro de la Vivienda, procedía, sin embargo, de las filas del falangismo.

Todos ellos mantuvieron siempre que sus motivaciones políticas eran personales y no tenían nada que ver con el Opus Dei; que en su vida profesional eran completamente libres y actuaban con plena independencia. A pesar de todo, se fue extendiendo la idea de que el Opus Dei pretendía hacerse con el poder en España. Lo curioso era que muchos miembros del Opus Dei se oponían al Gobierno. Algunos incluso llegaron a ser encarcelados por motivos políticos. Otros fueron expulsados de España, como Rafael Calvo Serer, editor del diario Madrid, periódico que fue suspendido por oponerse al Gobierno del que formaban parte López Bravo y López Rodó. Pero todo esto era mucho menos tenido en cuenta que el hecho de que varios miembros del Opus Dei estuviesen en el Gobierno.

El ataque desencadenado contra el Opus Dei en Roma, el año 1986, tenía otras características. Estaba claro que apuntaba más arriba. Prominentes figuras de la vida pública tomaban posiciones. Conocidos elementos anticlericales, personas que no habían recibido educación religiosa, eliminada de las escuelas italianas, atacaban al Opus Dei. Uno de los críticos era Franco Bassanini, que había sido líder de una asociación católica antes de alinearse en las filas de los enemigos de la Iglesia, y que ahora era también miembro del Parlamento.

Entre los que defendían al Opus Dei estaban Flaminio Piccoli, líder de los cristiano-demócratas, y Giuseppe Azzaro, vicepresidente de la Cámara Baja del Parlamento.

Era evidente que lo que habían publicado algunos periódicos había oscurecido la reputación del Opus Dei, por lo que algunos parlamentarios urgieron al Gobierno que tomara cartas en el asunto.

Así las cosas, el Gobierno decidió ocuparse seriamente del tema. El doctor Oscar Luigi Scalfaro, ministro del Interior, juez y abogado, anunció que iba a abrirse una investigación y que se informaría con detalle al Parlamento. Por fin iban a ponerse sobre el tapete las acusaciones contra el Opus Dei.

Mientras esperaba el resultado de la encuesta, me dispuse a investigar por mi cuenta…

Al sudoeste de Roma, en un suburbio que pocos turistas se aventuran a visitar, unos cuantos chavales surgen de un inmueble medio en ruinas y empiezan a vagabundear por la calle. Uno de ellos arrima un montón de leña junto al muro y luego lo arroja contra una empalizada que hay encima. Otros dos se sientan en el quicio de una puerta; uno de ellos, más pequeño, llora; el otro tiene la mirada perdida en las pintadas y en los amarillentos carteles políticos que adornan las paredes. La ropa tendida cubre las fachadas de los sucios bloques de- viviendas humildes. En una bandera de confección casera puede leerse: Risanamento inmedi’ato! Risanamento totale! (¡Saneamiento ahora! ¡Saneamiento total!).

Así era el Tiburtino. Los pobres afluían a él procedentes del sur de Italia (de Sicilia, de Calabria, de los Abruzos) en busca de unas migajas de la prosperidad industrial. Algunos encontraban empleo y mejoraban sus condiciones de vida, pero la mayoría tenían que refugiarse en viviendas hediondas. Los chiquillos buscan un sitio entre los coches aparcados para jugar al fútbol. Otros, más mayores, buscan otras maneras de descargar sus tensiones… (En un bloque de apartamentos vi tres jeringuillas hipodérmicas arrojadas junto a la acera.)

Fue en este escenario donde el Opus Dei estableció el centro ELIS. Ahora, los campos de fútbol y de baloncesto del mismo están repletos de jóvenes. Alrededor se alza una residencia, una escuela de formación profesional, y un centro de formación de profesores para los países en vías de desarrollo, incluidos Nigeria, Etiopía y China. El centro femenino, SAFI (Scuola Alberghiera Femminile Internazíonale), consta de una residencia, un centro de formación hotelera, secretariado y ciencias domésticas, así como de un complejo deportivo y un club.

El barrio Tiburtino ha sido siempre un bastión comunista. Le pregunté a uno de los fundadores del ELIS, el doctor Bruno Picker, sí se había acusado al Opus Dei de hacer política en aquel centro.

“Cuando comenzamos nuestra labor -me dijo-, toda la vecindad pensaba que nos íbamos a dedicar a la propaganda política. Pero el Opus Dei nunca hace eso. Se limita a dar una formación cristiana: luego, cada cual es libre. Después de celebrarse dos o tres elecciones, cuando la gente vio que no hacíamos ningún tipo de propaganda política, muchos empezaron a aceptar que no teníamos ninguna finalidad de ese orden. Bastantes comunistas de la zona, qué es comunista en un 50 por 100 aproximadamente, comenzaron a valorar lo que estábamos haciendo. Se dieron cuenta de la importancia de ELIS desde el punto de vista profesional y de la ausencia de objetivos políticos. Ahora, los hijos de varios comunistas se forman aquí. Un anciano contratista de obras que era uno de los primeros comunistas de Italia vino a vernos. Dijo que estaba dispuesto a ayudarnos, pero que antes quería conocer de cerca nuestras actividades diarias y echar un vistazo a nuestros libros. El Centro ELIS, entonces, estaba sin acabar, en crecimiento, y cuando se puso al tanto de todo, nos dijo que quería acabar su vida ayudándonos a terminar el ELIS. Nos dio mucho dinero, insistiendo en que no quería que le diéramos las gracias.”

El doctor Picker se refirió también al interés que puso Moseñor Escrivá en el proyecto del ELIS. Me dijo que el fundador del Opus Dei quería que una de sus funciones fuese propagar la doctrina social de la Iglesia en cuestiones como la cooperación en la industria, el reparto de la propiedad privada y la familia. Pero Monseñor Escrivá insistía en que quería dejar muy claro que quienes trabajaban en el ELIS no estaban en contra de nadie; “no somos anti-nada ni anti-nadie”. “Estamos a favor de la gente; no tiramos piedras a los demás, sino que tratamos de elevarlos”.

La reputación del complejo del Centro ELIS no ha cesado de aumentar desde que se abrió en 1964. Tanto es así, que recibe ayuda económica del gobierno local, incluso cuando está en manos de los comunistas.

El 15 de enero de 1984, durante una visita al centro ELIS por el que habían pasado ya 18.000 jóvenes, el Papa Juan Pablo II comentó: “Este centro es un claro ejemplo del interés de la Iglesia por las clases trabajadoras”. Y citó unas palabras del Papa Pablo VI en el acto inaugural: “Ésta es una obra evangélica, no un mero hotel, un mero taller o una mera escuela; no es tan sólo un complejo deportivo, es un centro en el que la amistad, la confianza, la felicidad crean una clara atmósfera en la que la vida cobra dignidad, significado, esperanza; es la vida cristiana la que aquí se afirma y se pone en práctica…”. En esa misma visita pastoral, Juan Pablo II exhortó a los miembros del Opus Dei a “convertirse cada vez más en Opus Dei”; y añadió: “realizad el Opus Dei en todos los aspectos del mundo humano y de las cosas creadas”.

Era sábado y, en la plaza central, chiquillos de diversas edades jugaban bajo la mirada atenta de sus madres, que charlaban, sentadas en unos escalones. También había padres que habían venido a ver cómo sus hijos practicaban diversos deportes. El matrimonio Marchetti tenía un hijo de diez años, Maximiliano, que llevaba un año frecuentando el Club Deportivo del Centro Elis. Estaban convencidos de que allí le habían enseñado a poner en práctica una serie de, principios morales y a portarse bien. “Todos los meses ponen a los chicos una meta, como ser generosos o tener espíritu deportivo”, me explica la señora Marchetti. “En un barrio como éste, nadie enseña a los chavales esas cosas.” “Nuestro hijo tiene un preceptor -añadió el señor Marchetti- al que puede hablar de sus cosas y contarle sus problemas.” Y la señora Marchetti: “Ha descubierto que otros chicos tienen problemas parecidos, y tratan de resolverlos juntos. Desde que viene por aquí ha madurado mucho. Me he dado cuenta de que trata de ayudar a otros.”

El señor Nicola, por su parte, tiene un hijo de 15 años que juega al baloncesto. “Cuando vino, siempre quería ganar, ser el mejor. Ahora sabe que ésa no es forma de comportarse.”

Y otro padre comenta: “Enseñan a los chicos a convivir, a tener amigos, a ser diligentes en todo, no sólo en los deportes”. Unos esposos me dicen que su hijo ha aprendido a organizarse, a tener tiempo para estudiar y para jugar al fútbol. Y la señora Chiappini, viuda, comenta que sus tres hijos han aprendido a pensar en el futuro. “El centro Elis les ha ayudado a comprender que es muy difícil obtener un buen empleo en Italia, y que tienen que trabajar duro. El mayor, ahora, estudia aquí para mecánico. Si no fuera por eso, no sé lo que sería de él.” Otra madre me habló de dos nuevos programas del ELIS destinados a ayudar a encarar el problema del desempleo juvenil y el de las drogas, muy grave en la zona.

Uno de los entrenadores de baloncesto del Centro ELIS es Roberto Castellano. Antes había sido capitán del equipo del Banco di Roma (campeón en su categoría) y, según una revista deportiva, uno de los jugadores más populares de Italia. Poco antes de nuestra entrevista, Roberto había declinado un ofrecimiento que habría potenciado su carrera deportiva. Había dicho que no porque el equipo que quería ficharle no era de Roma y él quería seguir enseñando a jugar al baloncesto en el Centro ELIS. Decisión que a muchos compatriotas les pareció insólita. Un periodista llegó a preguntarse si tendría algún problema psicológico.

“El deporte es muy importante para la juventud -me dijo reflexivo-. Primero, para aprender a tener espíritu deportivo, que es mucho más importante que ganar… cosas como la generosidad, la honradez, el juego limpio… Si un chaval aprende a practicarlas en el deporte, luego podrá practicarlas en la vida. Cuando tenía 19 años tuve la suerte de conocer las enseñanzas de Monseñor Escrivá y el espíritu del Opus Dei, un espíritu de trabajo y de apostolado que me entusiasmo. El Opus Dei es algo nuevo y, explicárselo a los que no practican su fe, puede ser difícil. Mis amigos sólo comprenden lo que se palpa.

Por eso, procuro explicar el Opus Dei ante todo con mi vida y luego trato de que aquel a quien se lo explico se acerque a Jesucristo. El Opus Dei es, un camino de santidad en la Iglesia. Hay otros muchos, pero éste insiste en la santificación del trabajo. Muchos de mis amigos trabajan sólo por dinero, pero yo les digo que es fundamental que encuentren a Jesús en su vida. Muchos piensan que sólo se puede encontrar en la Iglesia, no fuera, en el trabajo o en otras cosas… Trato de explicarles que no pueden vivir sin Dios; que la razón de vivir, de todo lo que hacemos, es Dios mismo.

Pascua de Resurrección en Roma. Peregrinos de todo el mundo se agolpan en las calles. Entre ellos, miles de estudiantes que han venido para participar en el UNIV, un congreso universitario internacional que se celebra anualmente. Aunque el UNIV no es una actividad propia del Opus Dei, muchos de los que participan en él sí son miembros de la Obra. El Congreso lo organiza el Instituto para la Cooperación Universitaria (ICU), qué colabora con la Comunidad Económica Europea y con diversas organizaciones internacionales que forman profesionales en todos los países, especialmente en los subdesarrollados.

Unos 5.000 estudiantes de cuarenta países tomaban parte en el Congreso. Durante una alocución’ dirigida a los participantes, Juan Pablo II habló calurosamente del Opus Dei y de su. fundador. Los actos del Congreso eran una mezcla de sesiones de trabajo y conferencias celebradas en el Salón de Conferencias de la Biblioteca Nacional y de excursiones y visitas a los principales monumentos y lugares históricos de Roma.

Durante una de esas excursiones en autobús por los alrededores de Roma, Father Michael Barret, un joven sacerdote norteamericano procedente del Bronx neoyorkino, me habló de su relación con el Opus Dei. ¿Qué pensaba -le pregunté- de lo que se decía sobre los secretos del Opus Dei? “Pienso -me respondió- que es una tontería, pues es sencillísimo saber todo lo que se quiera del Opus Dei. No creo que uno solo de mis amigos, ni siquiera un conocido, ignorase que yo era del Opus Dei incluso antes de ordenarme sacerdote, o al menos que trataba de ser un buen católico en un ambiente en que no todos lo eran cuando yo trabajaba en los despachos de Wall Street, mis compañeros de trabajo, mis jefes, todos, sabían perfectamente que Barret era un tipo que trataba de vivir su fe. La mayoría descubrió el Opus Dei porque salía en la conversación.”

¿Los sacerdotes del Opus Dei hablan de política?, le pregunté. “Si hay algo de lo que procuro no hablar es de política. Lo cual a veces es difícil. Estoy acostumbrado a expresar mis opiniones personales, pues habiendo ejercido una profesión laical durante muchos años he estado implicado en política y conozco bien esos temas. Pero ahora me doy cuenta de que, manteniéndome al margen de decisiones políticas, soy mucho más útil a la gente que necesita el consejo o la orientación de un sacerdote. La gente espera que los sacerdotes les resuelvan problemas de conciencia realmente importantes, cosas a las que no puede responder cualquiera. Por eso, si se habla de política y se mantiene una determinada opinión, se pierde eficacia y prestigio; en el Opus Dei siempre se ha insistido en este punto. Un sacerdote debe ser un experto en teología, pero no en política. Si hablase de política, la gente podría creer que lo es. Por eso tiene que esforzarse por no abusar’ del poder que le confiere el sacerdocio hablando de política.”

Entonces, ¿qué enfoque daría a sus orientaciones espirituales un sacerdote del Opus Dei si viniera a pedirle consejo por ejemplo, un profesional de la política, un miembro del gobierno? “Le dará orientaciones útiles para su vida espiritual, para sus relaciones con Dios. Los consejos que le dé tendrán que ver únicamente con los principios éticos que mantiene la Iglesia. A él le corresponderá aplicarlos a su vida para procurar acercarse más a Dios mediante los sacramentos, la oración, la lectura espiritual, clases de formación, etcétera. En cuanto a los principios morales, corresponderá a su conciencia decidir el camino a seguir, pues los temas políticos casi siempre son opinables.. El estar a un lado de la valla o al otro, no tiene nada que ver con la moralidad, de ordinario. Los problemas se pueden abordar y resolver de maneras muy distintas. Cuando la moral está por medio, el sacerdote puede explicar cuál es la doctrina de la Iglesia, lo que ha enseñado en relación con algunas cuestiones sociales. Un sacerdote del Opus Dei nunca dirá qué propuesta política es la más adecuada, porque no lo sabe, ya que no es un político.”

¿Cómo conoció Father Barret el Opus Dei? “A través de un amigo mío que pertenecía a la Obra. Solíamos hacer muchas cosas juntos: ir a bailar, a alternar, y cosas así; a veces, tomando unas cervezas, hablábamos de cosas importantes para nosotros. Él me contaba lo que hacía como miembro del Opus Dei y, poco a poco, animado por él, empecé a hacer oración mental y lectura espiritual y a ir a Misa entre semana. Fui con él a un centro del Opus Dei y me gustó lo que vi; cómo una gente cordial, amable y alegre se tomaba en serio el trabajo y el estudio, y, sobre todo, su fe. Creo que empecé a tener vida interior, y luego un amigo me sugirió que tal vez pudiera tener vocación al Opus Dei, como él. No me pareció que fuera absurdo ni que se opusiera a mis intereses o a lo que pensaba hacer en la vida. Por entonces estaba estudiando pre-medicina en la Universidad de Columbia. Antes me había especializado en ciencias. La idea de la santificación en medio del mundo me había conmovido. Me parecía algo fantástico… Así que el Opus Dei era fantástico: ser médico o cualquier otra cosa y al mismo tiempo esforzarse por hacerse santo y ayudar a otros a llegar a serlo.

En febrero de 1972 pedí la admisión en el Opus Dei. Tras graduarme en Columbia me coloqué en la Gulf Oil Corporation, en Nueva York. Me fui a vivir a un apartamento con otros tres miembros de la Obra -un sacerdote y dos laicos- e iniciamos la labor en ese pequeño centro. Además de procurar ayudar a mis amigos y colegas a vivir mejor su fe, en aquel apartamento dábamos formación espiritual a personas de todas las edades.

“Mi trabajo profesional estaba relacionado con la industria petroquímica, y lo que había aprendido en el Opus Dei me ayudó mucho a ver el significado espiritual de mi trabajo profesional.”

A mí siempre me había fascinado Wall Street, aunque lo conocía muy poco. Pero la mejor manera de conocerlo mejor era trabajar allí, así que busqué un trabajo. Lo encontré con uno de los corredores de bolsa, Merrill Lynch. Yo diría que lo más importante era tratar de encontrar un motivo sobrenatural en lo que estaba haciendo, por,, vulgar y corriente que fuera, y procurar ayudar a mis colegas a ser consecuentes con la fe que profesaban. Trabajaba en un mismo despacho con cuatro personas. Uno era el director. Los demás éramos vendedores y muy buenos amigos. Trabajábamos y viajábamos juntos a menudo, por lo que podía hablar con ellos durante horas y horas. En nuestros viajes pasábamos juntos las veladas. Uno de ellos, católico, estaba casado y tenía varios hijos. Me hacía preguntas, porque no tenía las ideas claras. No estaba seguro de cómo debía comportarse, pero quería ser un buen católico. Nos hicimos muy amigos. Hablábamos mucho sobre temas de fe y procuré que la viviera de forma más correcta.

El otro era soltero y no practicaba. Se había alejado de la Iglesia. Nos hicimos también buenos amigos y yo procuré que volviera al seno de la Iglesia. Era algo que él siempre había deseado hacer, pero que no era capaz de hacer sin ayuda.

“Y luego estaban los clientes. Tras el almuerzo, después de hablar de negocios, abordábamos diversos temas. Hablábamos de deportes, de política, de religión, porque siempre se termina hablando de temas religiosos. Se quedaban impresionados cuando les decía que era posible vivir la propia fe en la vida ordinaria. Esto era lo que se llama un apostolado espontáneo, nada organizado. Mis amigos casi siempre terminaban yendo a confesarse o hablando con un sacerdote que les explicara cómo vivir su fe y les resolviera sus problemas personales.”

-Pero algunos dicen que eso es “instrumentalizar” la amistad, convertirla en un medio de captar gente para el Opus Dei. ¿Qué opina sobre esto?

-”Bueno, cada cual tiene su forma de ser, pero yo siempre he tenido muchos y buenos amigos. Algunos los considero casi como hermanos, y seguimos siendo amigos aunque han pasado los años y estamos lejos unos de otros. Hablábamos durante horas y horas sobre nuestros proyectos,

nuestros sueños,… y nos animábamos mutuamente diciendo: “¡Adelante! Tú puedes hacerlo”. Y cosas así. Y cuando me hice del Opus Dei seguí obrando de la misma manera, haciendo nuevos amigos y hablándoles con la misma franqueza. Les contaba mis cosas, y una de ellas era que ahora había puesto toda mi vida en manos del Opus Dei. No hablar de ello habría sido tan ridículo como no hablar de una chica fabulosa que uno ha conocido.

A veces, un amigo me preguntaba: “¿Por qué no te has casado?” O bien “¿Por qué gastas tanto tiempo en trabajar con los chavales y les organizas tantas cosas?”Y cuando yo les explico lo que me mueve a hacerlo, se alegran por mi vocación, lo mismo que yo me alegro cuando ellos, tras buscar una buena esposa o un buen trabajo, por fin lo encuentran.”

El autobús en que viajábamos acababa de llegar a Villa Tevere, sede central del Opus Dei. Está situada en el número 75 de la calle Bruno Buozzi, y en ella reside el Prelado del Opus Dei, Monseñor Alvaro del Portillo. En ella se encuentra también la iglesia prelaticia, Nuestra Señora de la Paz. En su cripta bajo una sencilla lápida de mármol verde oscuro, con una inscripción en letras doradas que dice simplemente EL PADRE, descansa el cuerpo de Monseñor Escrivá. Visitantes de todos los países rezan ante la tumba, adornada por rosas rojas,, y se arrodillan para besar la lápida y formular sus peticiones: padres, madres, abuelos, hijos, gentes de todas las clases sociales y géneros de vida. La cripta de Santa María de la Paz se ha convertido en un lugar de peregrinación no sólo para los miembros del Opus Dei, sino para otras muchas personas que veneran privadamente a Monseñor Escrivá.

El fundador del Opus Dei, en una entrevista concedida a un periódico (La revista Palabra. Entrevista realizada por Pedro Rodríguez. Madrid, octubre 1967) respondía así a la pregunta que el entrevistador le hacía sobre la supuesta influencia política de la Obra: “Es evidente que, siendo el Opus Dei una Asociación de fines espirituales, apostólicos, la naturaleza de su influjo -en España como en las demás naciones de los cinco continentes donde trabajamos- no puede ser sino de ese tipo: una influencia espiritual, apostólica. Lo mismo que la totalidad de la Iglesia -alma del mundo-, el influjo del Opus Dei en la sociedad civil no es de carácter temporal -social, político, económico, etc.-, aunque sí repercuta en los aspectos éticos de todas las actividades humanas, sino un influjo de orden diverso y superior, que se expresa con un verbo preciso: santificar.

Y esto nos lleva al tema de las personas del Opus Dei que usted llama influyentes. Para una Asociación cuyo fin sea hacer política, serán influyentes aquellos de sus miembros que ocupen un lugar en el Parlamento o en el Consejo de ministros. Si la Asociación es cultural, considerará influyentes a aquellos de sus miembros que sean filósofos de clara fama, o premios nacionales de literatura, etcétera. Si la Asociación, en cambio, lo que se propone es -como en el casó del Opus Dei- santificar el trabajo ordinario de los hombres, sea material o intelectual, es evidente que deberán considerarse influyentes todos sus miembros: porque todos trabajan -el general deber humano de trabajar tiene en la Obra especiales resonancias disciplinares y ascéticas-, y porque todos procuran realizar esa labor suya -cualquiera que sea- santamente, cristianamente, con deseo de perfección. Por eso, para mí tan influyente -tan importante, tan necesario- es el testimonio de un hijo mío minero entre sus compañeros de trabajo como el de un rector de universidad entre los demás profesores del claustro académico”.

Cuando tuve que abandonar Roma, el Gobierno italiano no había concluido todavía su investigación en torno al Opus Dei. La tarea iba a durar más de seis meses. El 25 de noviembre de 1986, cuando el ministro del Interior hizo públicas sus conclusiones, el diario La Stampa las resumía así en los titulares: El Opus Dei no es secreto. El deber de obediencia se refiere exclusivamente a temas espirituales. Informaciones similares aparecieron en l l Tempo y La Republica. El artículo de este último diario citaba unas palabras del ministro en las que decía que el Opus Dei no era una asociación secreta ni de hecho ni de derecho. Que aunque ninguna organización estaba obligada a hacer públicos los nombres de sus miembros, los de los directores del Opus Dei se conocían perfectamente, así como las direcciones y actividades de sus centros. Que sus miembros no sólo no trataban de ocultar su pertenencia a la Obra, sino que los Estatutos se lo prohibían. Unos Estatutos que se suponía eran secretos y que el ministro citaba con frecuencia… Y es que antes de que se empezase a hablar de que eran secretos, no se habían publicado, lo mismo que suele suceder con los de otras organizaciones de la Iglesia; sin embargo, para demostrar que no había nada que ocultar, el Prelado del Opus Dei pidió al Vaticano que se le permitiera publicarlos; y cuando el Vaticano autorizó su publicación, se pusieron ejemplares más que suficientes a disposición del público; sin embargo, ninguno de los que habían acusado al Opus Dei de secreto se tomó la molestia de examinarlos.

En relación con la cuestión de si el Opus Dei busca tener poder político, el ministro del Interior aludía a que sus miembros gozan de la misma libertad que los demás católicos en sus asuntos particulares. Para reafirmar este punto citaba el párrafo 3.2 del artículo 88 de los Estatutos, que dice que la Prelatura no hace suyas las actividades profesionales, sociales, políticas o económicas de ninguno de sus fieles y que “las autoridades de la Prelatura deben abstenerse por completo de darles consejo en esos temas”. Que esto refleja exactamente la forma de actuar del Opus Dei lo garantizaba la Santa Sede, que ponía de relieve .el hecho de que el Opus Dei, ahora, formaba parte de la estructura constitucional de la Iglesia.

Los argumentos que el ministro adujo en el Parlamento para apoyar su convicción de que el Opus Dei no era una sociedad secreta fueron prolijos y detallados. Los miembros anticatólicos del Parlamento no aportaron ningún argumento que contradijera los hechos. ¿Quería decir eso que el Opus Dei ya nunca volvería a ser considerado una sociedad secreta? La respuesta es por lo menos dudosa. En Australia, por ejemplo, las imputaciones contra el Opus Dei que condujeron a la investigación del Gobierno italiano tuvieron mucho eco en los medios de comunicación, pero, que yo sepa, ninguno informó de los resultados de la investigación.

¿Por qué es tan perdurable la imagen de sociedad secreta que, para algunos, ofrece el Opus Dei? Como ya he dicho antes, la publicidad que se dio en los años sesenta a los miembros del Opus Dei que formaban parte del Gobierno español contribuyó mucho a reforzar la idea de que el Opus Dei tenía una finalidad política. Esta creencia se ha visto también apoyada por la sospecha, más general, de que los católicos, cuando se asocian por su cuenta, fuera de los templos, lo hacen por motivos mundanos. Al fin y al cabo, abundan los precedentes.

En otros tiempos, diversos grupos de Acción Católica tenían por objeto estudiar cómo las enseñanzas de la Iglesia podían aplicarse a situaciones políticas concretas. Algunos católicos, sobre todo a principios de siglo en Francia y en Italia, constituyeron asociaciones para defenderse de grupos o partidos anticlericales y fundaron sindicatos, bancos y sociedades de crédito “católicos” ¿No es posible -dicen los escépticos- que estas actividades sean realizadas ahora, de manera subrepticia, por el Opus Dei? Además, si los católicos quieren tener ayuda espiritual, ¿por qué buscarla al margen de la propia parroquia? Por eso, cuando el Opus Dei asegura que sus fines son exclusivamente religiosos y que sus miembros gozan de completa libertad en todo lo demás, tales afirmaciones caen, para los escépticos, en saco roto. Dan por supuesto que el Opus Dei actúa por motivos políticos.

Quienes creen que eso es así, no es extraño que se pregunten: ¿Por qué el Opus Dei no da la cara? Al fin y al cabo, ningún político se declara miembro del Opus Dei, ni hay representantes del Opus Dei en las reuniones políticas, ni el Opus Dei como tal ofrece alternativas políticas… De donde concluyen, sin apelación posible, que el Opus Dei es una sociedad secreta. No hay que desdeñar, por otra parte, el apoyo que les prestan aquellos que se oponen por principio a la Iglesia Católica.

Los anticlericales, los anarquistas, etc., es lógico que se sientan amenazados por cualquier organización católica con gran número de miembros en todas las profesiones, en los medios de comunicación, en los negocios. Crean o no en lo que proclaman, les interesa fomentar el escándalo, sembrar dudas y sospechas sobre el Opus Dei, tanto entre los católicos como entre los no católicos.

Tal vez el lector se pregunte, al llegar a este punto, cuál es la relación del que escribe esto con el Opus Dei. La respuesta es que cuando inicié mi encuesta sobre el Opus Dei estaba considerando mi posible vocación, y había dado los primeros pasos para cerciorarme. Así pues, tenía poderosas razones para conocer la verdad, y decidí viajar por diversos países para entrevistarme con el mayor número posible de miembros y conocer las tareas que tenían entre manos.

En lo que sigue, he procurado no rebajar los ideales de sus miembros, su constante referirse a la búsqueda de la virtud y a la lucha por servir a Dios y a los hombres. Trato de proporcionar al lector un relato exacto de lo que he visto y oído.

Italia fue la segunda parada en mi viaje, un viaje que había empezado cuando partí de Australia en pleno verano, el mes de febrero de 1986, y llegué a Tokio horas después, en pleno invierno…

Una trayectoria espiritual

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Testimonio de Mons. Adolfo S. Tortolo, Arzobispo de Paraná. Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

En Roma primero, en Buenos Aires después, traté a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. Los contactos fueron pocos pero profundos. Ambos queríamos conocernos, y a Dios gracias nos hemos conocido.

EL HOMBRE

La contradicción es herencia de todo aquel que quiera imitar y seguir a Jesucristo. Es realidad en los grandes hombres; más rea­lidad aún en los grandes santos.

Toma formas diversas y no siempre es tumultuosa y ostensible. No es raro puntualizar «la sorda contradicción» de alguien. No siempre proviene de los malos; muchas veces proviene de los bue­nos, y hasta de los mismos santos.

Pero también hay personas que están predestinadas a ser el blan­co de una profunda y larga contradicción. Dios nos precisa a todos, aun con los defectos que tengamos, para realizar las maravillas de su gracia. ¡Qué útiles les fueron al Señor el odio de Saulo y los peca­dos de Agustín!

Pero ocurre esto especialmente con los grandes caracteres o con esos santos sobre quienes pareciera que Dios asentara la historia en un determinado momento.

Los grandes caracteres como los violentos espirituales no pue­den no chocar y no pueden no convertirse en signos de contradicción.

Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer fue un gran carácter, un gran corazón, una gran voluntad, una gran riqueza humana. Su si fue siempre sí, su no fue siempre no. Surgido el Opus Dei se agrandó el horizonte espiritual y se hizo más intensa la contradic­ción de los hombres, sobre todo de los buenos.

El Opus Dei creció demasiado pronto y demasiado alto. No le cabía esconderse bajo la mesa, por cuanto la luz estaba puesta sobre la montaña. Imposible no despertar sospechas, sobre todo en quienes sólo conocían el Opus Dei desde lejos, corticalmente, rodeados de prejuicios.

También un día Jesús se vio envuelto en la misma trama del «rumor» maldiciente. Y se opinó y habló sobre Él mediante juicios marcadamente opuestos.

Monseñor Escrivá de Balaguer conocía demasiado bien el trato preferencial de Dios con sus elegidos. Y aceptó con entereza las reglas del juego del accionar de Dios y del accionar con Dios.

Supo aprovechar todo: lo bueno y lo malo. A las críticas surgidas respondió con la hermenéutica del discernimiento sobrenatural. Esas mismas criticas, pasadas por el filtro de la gracia y de la luz de Dios, le fueron útiles para ajustar vocablos, para precisar obje­tivos, pero sobre todo lo afirmaron en la perenne tensión de agradar a Dios y de cumplir su voluntad.

Esas mismas críticas tuvieron la virtud de provocar las fuerzas latentes, ocultas en el fondo del alma, como le ocurriera a Moisés con la roca en el desierto.

Su personalidad se fue robusteciendo hasta hacer de él un hombre monolítico. Por eso a la Obra pudo imprimirle una excepcional con­sistencia, que se traduciría muy pronto en una gran expansión y en no menor profundidad.

A lo largo de este proceso, en medio de cuya complejidad se dejó siempre trabajar por Dios, fue cristalizando lo que sería su vocación personal y su carisma: servir mandando, concretamente como padre, como reflejo de la paternidad divina.

Logró así un interior indiviso que, al acumular fuerzas, se volcó a cada uno de los objetivos con seguridad, con firmeza, con eficacia.

Por otra parte, fue por fuera lo que fue por dentro y a la inversa. Siempre dueño de sí mismo.

Era lógico que no todos descubrieran su perfil humano, como su perfil sobrenatural, y no acertaran a ver en plena luz al «homo Dei». Pero también es cierto que Monseñor Escrivá de Balaguer nunca tuvo interés en proyectar popularmente su persona. La popu­laridad –tentación fácil– no llegó a morderle por dentro.

Juzgándolo dentro de nuestra época -dentro del mundo actual- podríamos definir su persona como el hombre que no tuvo compromiso alguno, excepto el de amar a Dios y darse por entero a Él; bien determinado a servir a los hombres, como exigencia del amor de Dios.

Esta unidad de objetivo despertó en él la voluntad de amar a Dios a lo grande, buscando siempre lo mejor, dentro de una profunda libertad de espíritu.

Su personalidad eclesial fue hondamente marcada por su con­ciencia y su experiencia personal del Cuerpo Místico. Fue hombre de Iglesia y la amó apasionadamente, cuyo rostro visible fue el Papa, al que quiso servir como al mismo Cristo, cualquiera fuere su nom­bre. Su piedad sacerdotal fue piedad doctrinal, hacia la cual orientó y nutrió no sólo su espíritu, sino también el de todos aquellos que aceptaran su dirección.

El don de su libertad interior, la firmeza de su juicio y la pre­ferencia por el trato directo se debió en parte a su estirpe hispana.

Ignoro qué le dio su tierra, cuál fue el aporte que el pasado le traspasara congénitamente, cuáles fueron los imponderables que con más vigor actuaron sobre él. Pero es indudable que el alma cristiana de Occidente le transfundió la necesidad de convertir la propia vida en una aventura, jugándosela por un ideal.

Camino -uno de sus libros- es la expresión clara de una pode­rosa y envidiable energía interior, de su incapacidad para cualquier componenda, pero también de su capacidad para convertir en rea­lidad lo que humanamente es imposible.

EL CARISMA

El carisma es una gracia, es una realidad sobrenatural. Es cali­dad y cualidad teológicas. Es dado a un hombre en beneficio de la comunidad eclesial. Su número es infinito, porque Dios es ina­gotable y lo son también sus dones.

Los carismas son irrepetibles como es irrepetible la persona humana, portadora y agente del carisma, comunicado gratuitamen­te al hombre, al cual instrumenta en vista a la eficacia del carisma. Don de Dios por medio de los servidores de su Reino, de los ope­rarios de su Viña, de los constructores de su Iglesia.

El carisma compromete al poseedor. Debe cultivarlo. Pero, sobre todo, debe proyectarlo límpido y total sobre la Iglesia.

El carisma actúa en la dirección que le es propia por su disposición divina. Normalmente, por su propio dinamismo, el carisma pasa al acto y tiende a producir sus frutos.

Estas expresiones configuran un don de Dios dado a la Iglesia –o a los hombres- por el ministerio de otro hombre, y cuyo carácter misterioso exige una constante fidelidad al Espíritu Santo.

Monseñor Escrivá de Balaguer fue poseedor de muchos caris­mas. Pero uno lo fue en grado eminente. Intuyó a Cristo y al hom­bre, la vida humana y la vida divina, el fluir de la Historia y la recrea­ción del mundo. Dios que sigue trabajando y el hombre incitando a trabajar con Dios.

Intuyó las posibilidades infinitas del amor cuando desciende del Corazón de Dios y asciende y retorna a Dios pasando por el corazón de los hombres.

Intuyó todos estos elementos no separados, sino orgánicamente fundidos en una síntesis sobrenatural que quiere actuar desde el interior de cada hombre.

Y vio entonces a la luz de la fe que todo esto es parte primordial de la tarea, del trabajo que Dios se ha impuesto a sí mismo. Es el Opus Dei en una doble acepción: Dios es poseedor y es «factor». Es la obra -el opus– que Dios posee, y es la obra –el opus– que Dios realiza.

Vio entonces con meridiana claridad que cada hombre, como toda sociedad humana, está llamado a compartir la tarea de Dios trabajando con Él codo a codo.

Y penetró más hondamente aún. Sólo es posible trabajar juntos –Dios y el hombre–, participar de su tarea, si hay santidad. Dicho de otro modo: para participar de la acción de Dios hay que par­ticipar de su vida. Y participar de su vida sólo es posible por la adhesión vital a Dios y por la unión con Él: Adhesio Deo et unio cum Deo.

«Aprehendió» la intuición y, sin vacilar, se dejó guiar por el impulso de la gracia; y el Espíritu de Dios le certificó internamente que su misión sería dinamizar a los hombres –a cualquier nivel– hacia la recristianización y transformación del mundo, pero desde dentro del mismo mundo. Vio con absoluta claridad y certeza que sólo hombres renovados podrían renovar el mundo y entendió tam­bién con absoluta claridad que la renovación de estos hombres se llama santidad.

Quedaron definitivamente fijas y ciertas estas dos realidades. santificar a los hombres para darle gloria a Dios. y por medio de estos hombres transformar el mundo sin sacarlos de él. Dios te pre­cisa en el lugar que te ha puesto, parece ser la consigna permanente de Monseñor Escrivá de Balaguer para todo adherente a la obra.

El carisma se le hizo carne, y se puso en manos de Dios, ansioso de ser él el primer trabajador por Dios en su nueva visión de la vocación cristiana.

Y Dios puso su firma a través de los hechos. Y los hechos reveladores son los siguientes: un hombre de un solo canto, en cierto modo hombre de piedra, de firmeza desusada, conversador con Dios, solícito y preocupado por los hombres, exigente amigo de la verdad, y de su plasmación en grandes ideas y en grandes obras, aferrado a principios –puestos hoy en duda o margina­dos–y ver a este hombre, a este sacerdote, convertido en padre de incontables hijas e hijos a los que ha venido traspasando su propia alma.

Más aún: conoció el valor y la promesa que en sí misma lleva el alma de un joven, su generosidad, su idealismo, su coraje. Pero conoció también la inestabilidad del joven, el tumulto de las con­cupiscencias, las flaquezas del corazón.

Y sin embargo, por instinto sobrenatural, por impulso del caris­ma recibido, Monseñor Escrivá de Balaguer apuntó al joven, a quien, en un acto de amor sobrenatural, le exigió todo. Y los jóvenes le respondieron sí.

Monseñor Escrivá de Balaguer, tomando el camino inverso al que tomaron muchos otros, pidió siempre mucho a quienes qui­sieron seguirle. Y el método fue eficaz: los jóvenes le dieron mucho, le dieron todo. Por eso el sí de los jóvenes ha tenido una desconocida eficacia: son muy pocos los que vuelven los ojos atrás.

De su constante conversación con Dios aprendió Monseñor Escrivá de Balaguer a preocuparse de veras por los hombres. Conoció el valor de las élites actuando de fermento en la masa. Y mientras se empeñó en la formación de cada persona humana, se empeñó en darle claro estilo, contenido y forma de vida auténticamente evangélica y eclesial.

Por último, quisiéramos añadir lo siguiente: Dios sigue traba­jando. Su tarea quedará preferentemente oculta hasta el final de los tiempos. Dios sigue incesantemente operando. Abarca todo este tan complejo universo. Quiere el Señor restituir a este mundo aque­lla nobleza divina con que saliera de las manos de Dios, y cuyo exponente fue el hombre.

El Opus Dei es de Dios y no de Monseñor Escrivá de Balaguer, como nos diría él mismo. Quienes lo integran quieren diluirse en este constante quehacer de Dios. A través de Cristo y por su inser­ción en él, quieren hacer suyas las preocupaciones y afanes del Padre Celestial, al que ofrendan cuerpo y alma, mente y corazón. Le ofrendan todo del mejor modo posible con el noble estilo de los hijos de Dios.

Pero quiso que María, Madre de Dios, fuera también Madre del Opus Dei. Como en él nunca tuvieron lugar las medias tintas, entendió lo de Madre en sentido propio.

El secreto de su extensión, ¿no será la respuesta de la Madre y su precio por haberla querido en el corazón del Opus Dei?

Mi testimonio sobre Monseñor Escrivá de Balaguer

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Testimonio de Silvestre Sancho Morales O.P. Rector de la Universidad Santo Tomás en Manila
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Conocí a Monseñor Escrivá de Balaguer en 1935, con ocasión de un viaje mío a España desde Manila. Recuerdo que en ese primer encuentro hablamos mucho de apostolado. Sin embargo, lo que se me quedó más grabado fueron algunos rasgos de su carácter, en especial su entusiasmo, su alegría.

No volvimos a vernos hasta finales de 1941, cuando regresé a España, donde permanecí diez años. Desde entonces, y hasta que el fundador del Opus Dei fijó su residencia en Roma, en 1946, tuvi­mos ocasión de encontrarnos con mucha frecuencia y trabar una profunda amistad. Más tarde seguí viéndole periódicamente en Roma. Nuestras conversaciones siempre me acercaban más a Dios.

Durante los años de nuestra común estancia en Madrid, iba con frecuencia al domicilio de don Josemaría para dar clases de Teología a socios de la Obra, algunos de los cuales fueron ordenados sacerdotes después. A través de estos contactos con el fundador del Opus Dei y con algunos de sus hijos tuve ocasión de conocer más a fondo el espíritu que animaba a don Josemaría.

CELO POR LAS ALMAS

La primera nota que yo destacaría de Monseñor Escrivá de Balaguer es su caridad, un amor a Dios que se desbordaba en un celo infatigable por todas las almas. Siguiendo el orden de la cari­dad, sobresalía en primer lugar su cariño paterno y un entrañable desvelo por sus hijos, los socios de la Obra. Les exigía con fortaleza para que fueran santos, y, a la vez, con la ternura y la delicadeza que un padre tiene con sus hijos. A mí, en un principio, no dejó de sorprenderme esa forma de tratarles, especialmente a aquellos que ya eran hombres hechos y derechos y gozaban de un merecido prestigio profesional. Sin embargo, pronto comprendí que para don Josemaría eran fundamentalmente eso: sus hijos.

Cuando falleció uno de los primeros socios del Opus Dei, Isi­doro Zorzano, el padre -como le llamaban sus hijos- dio ejemplo de fortaleza cristiana. Su corazón sentía la pena de la separación física, y me habló de que se había encarado amorosamente con el Señor, como intentando comprender por qué se había llevado a un hombre joven que tanto podía servirle en la tierra; pero que inmediatamente había aceptado sin reservas la voluntad de Dios, repitiendo una recia jaculatoria que ya había recogido en el núme­ro 691 de Camino: «Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén. Amén». Me contaba que se quedó lleno de paz; además, con el consuelo de que Isidoro había fallecido como un santo.

Pero, como ya he dicho antes, su amor no se detenía en sus hijos; se extendía a todas las almas. Su caridad era encendida y abar­caba a todas las gentes de cualquier condición. De su ingente labor apostólica, siempre me impresionó la gran tarea que llevó a cabo con sacerdotes diocesanos. Continuamente predicaba por España entera cursos de retiro espiritual para sacerdotes. Lo hacia a peti­ción de los obispos, que conocían la fuerza de su palabra, llena siem­pre de visión sobrenatural y de vibración apostólica. Su afectuosa comprensión, su sencillez y la llaneza y afabilidad de su trato, gana­ban enseguida el corazón de quienes le oían y creaban un ambiente que facilitaba grandemente la reforma.

Contra lo que era costumbre general, jamás solicitó retribución alguna por esta labor con sacerdotes: no sólo no quería cobrar nada, sino que tampoco aceptaba regalos y además se costeaba personalmente los viajes. Desarrollaba este trabajo pastoral sin rui­do, calladamente, yendo de acá para allá de modo incansable. Algu­nas veces, a su regreso, hablábamos de los conocimientos que había hecho en esas «escapadas» de Madrid. Esas conversaciones siem­pre me dejaron el convencimiento del enorme alcance de su labor con sacerdotes; muchos miles de almas se beneficiarían luego de la piedad y del celo que don Josemaría había sabido infundir en sus pastores. Sólo Dios puede valorar este silencioso servicio a la Iglesia.

VIDA DE PIEDAD Y FILIACIÓN DIVINA

En don Josemaría la conciencia de la filiación divina era par­ticularmente viva. Esa profunda realidad iluminaba toda su vida y se contagiaba a cuantos se le acercaban; Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó siempre a empapar y a edificar la vida de piedad sobre esta convicción fundamental: que somos hijos de Dios. De hecho, el sentido de la filiación divina es uno de los rasgos distintivos de la espiritualidad del Opus Dei.

Su oración personal, muy intensa, le mantenía en una presencia de Dios constante. Recuerdo especialmente la devoción con que celebraba la Santa Misa. Su amor al Santo Sacrificio se ponía de manifiesto en el recogimiento con que se acercaba al altar, en el espíritu de oración con que llenaba cada una de las ceremonias, en la pausa de sus movimientos y palabras y también en su delicada fidelidad a las rúbricas del Misal. Terminada la Santa Misa per­manecía siempre en una intensa y fervorosa acción de gracias a Jesús Sacramentado. Este cariño a la Sagrada Eucaristía se mos­traba igualmente en sus frecuentes visitas al Santísimo, que hacía­mos también en el oratorio de aquella casa de la calle Diego de León, nada más levantarnos de la mesa siempre que me invitaba a almorzar.

Todo el comportamiento de don Josemaría era consecuencia de una vida interior muy intensa. Su abandono en Dios, basado en la fe y en la esperanza, era total y se advertía en todas las cir­cunstancias de su vi da; desde las más ordinarias hasta los momentos más duros y dolorosos. Su confianza en el Señor se extendía también a la Virgen y a San José, a los Santos y a los Ángeles Custodios, con quienes mantenía un trato amistoso y a los que recurría fre­cuentemente -según me explicó- para pedirles muchas cosas y tenerlos como aliados poderosos en el apostolado.

CARIDAD HEROICA

Cuando a comienzos de los años cuarenta –lejano aún el Con­cilio Vaticano II–se produjo una fuerte campaña de calumnias con­tra don Josemaría, desatada por algunos que, tal vez, no calaban la profundidad teológica de su predicación, pude comprobar, una vez más, su heroico sentido de la caridad y de la justicia. En muchas ocasiones observé su silencio y cómo cambiaba con naturalidad de tema cuando, en nuestras conversaciones, salía a relucir alguna per­sona a la que, en justicia, no podía alabar. Vivía a la letra lo que aconsejaba: «Sí no puedes alabar, cállate». A lo largo de su vida, en la que no faltaron abundantes incomprensiones y calumnias, le vi poner en práctica este consejo, tan difícil, de modo constante y con irrebatible fortaleza. A pesar de que le sobraba razón y razones para responder a quienes le agredían, siempre escogió la oración y el silencio, en un ejercicio heroico de la caridad que le inducía a amar a todos los hombres por Dios, siempre, y de manera nada común.

Pero hay todavía más: en cierta ocasión me confió que, diaria­mente, en la Santa Misa, elevaba a Dios por los que habían inten­tado hacer daño a la Obra de Dios los mismos sufragios que ofrecía por sus padres y por sus hijos vivos o difuntos del Opus Dei. Y eso día tras día, año tras año…

Vivir las contradicciones con una alegría grande, enraizada en un profundo espíritu de mortificación. Siempre, en todas esas oca­siones, le sostuvo una firmísimo fe y esperanza sobrenaturales que le hacían olvidar se por completo de su persona.

Monseñor Escrivá de Balaguer tuvo total confianza en Dios en medio de las incomprensiones; tenía la seguridad se lo oí muchí­simas veces de que, como la Obra era cosa de Dios, saldría ade­lante. Y solía recordar que el grano de trigo que muere siempre es fecundo, y que si viene un vendaval, una persecución, y se lleva el trigo y lo esparce, al cabo de algún tiempo se produce fruto en muchas partes. Así ha ocurrido con el Opus Dei, que actualmente cuenta con más de setenta mil socios de ochenta nacionalidades distintas.

AMOR A LA LIBERTAD

Otra característica del fundador del Opus Dei era su profundo respeto a la libertad personal. Recuerdo, por ejemplo, cómo me expli­caba que en el Opus Dei todos debían conseguir con su trabajo profesional medios suficientes para mantenerse y sacar adelante los apostolados, de tal manera que si un día querían abandonar la Obra, pudie­ran hacerlo tranquilamente, sin miedo a su futuro en la vida. Así los motivos de su perseverancia serían siempre exclusivamente sobrena­turales. «La perseverancia en el Opus Dei -decía– ha de ser con­secuencia siempre de un amor actual, constantemente renovado».

Tuve ocasión de comprobar muchas veces cómo ponía todos los medios sobrenaturales y humanos para asegurar esa libre per­severancia, enseñando a sus hijos a que también los pusieran. Reza­ba mucho y vivía duras penitencias pidiendo por la fidelidad de los socios de la Obra y al mismo tiempo derrochaba cariño com­prensión con ellos. En ocasiones hizo viajes muy largos en la tercera clase de los trenes de entonces, y sin dinero para comer, porque quería hablar con alguno que atravesaba dificultades.

ALEGRÍA SOBRENATURAL

Aunque considero imposible bosquejar en unas cuantas páginas todas las virtudes del fundador del Opus Dei, no quiero dejar de insistir en una que, como he dicho al principio de estas líneas, des­cubrí en nuestra primera conversación: la alegría.

Era un consuelo hablar con don Josemaría: por su sentido sobre­natural y porque siempre estaba de buen humor. Para mí, la alegría era su virtud más característica, fundamentada sin duda, en el profundo conocimiento que Dios le había dado de la filiación divina. «Que estén tristes -decía– los que no se consideren hijos de Dios». Muchas veces comentaba: «Yo quiero que mis hijos estén siempre muy alegres».

Su alegría me parece una consecuencia clara de su gran fidelidad a Jesucristo y a su vocación y me hace entender mejor su profunda humildad, porque la soberbia, aunque sea en grado mínimo, es incompatible con la alegría. Monseñor Escrivá de Balaguer pudo tener siempre, durante toda su vida en la tierra, esa inmensa alegría, sobrenatural y humana, porque era extraordinariamente humilde. Se consideraba un instrumento inepto y sordo en las manos de Dios y se había propuesto una norma de conducta firmemente arraigada en la humildad: «Ocultarme y desaparecer es lo mío; que sólo Jesús se luzca».

La impresión que guardo del padre es la de un hombre de muchí­sima virtud, aunque su humildad profunda hacía que su vida se con­sumase en una gran naturalidad. Amaba y vivía heroicamente la pobreza, sin alardes; era comprensivo, sin falsos respetos humanos; sereno, de una gran moderación en todo; generoso, magnánimo y a la vez atento a los detalles más pequeños.

Además de sus virtudes y de su fidelidad plena a la voluntad de Dios, el temperamento de Monseñor Escrivá de Balaguer, su modo de ser y su postura optimista ante la vida, al igual que el resto de sus excepcionales cualidades naturales, formaban parte de su vocación de instrumento de Dios para hacer el Opus Dei.

Enseñó siempre a utilizar en servicio de Dios toda las buenas cualidades que nos ha concedido y dio ejemplo procurando cada día crecer en las virtudes y gastando su vida entera en la misión divina que había recibido: trabajar por Dios y para Dios en el mun­do, llevando a las almas por «los caminos divinos de la tierra».

Por eso tengo tanto cariño al padre, porque tuve ocasión de comprobar que era un hombre santo lleno de alegría, ya que, como decía Santa Teresa, y le gustaba repetir al fundador del Opus Dei, «un santo triste es un triste santo». Gastó toda su vida heroica y alegremente en la misión que Dios le confió: formar a Cristo en las almas de cristianos corrientes que viven en medio del mundo.

Recuerdos de un corresponsal

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Testimonio de Eugenio Montes, De la Real Academia Española
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El 26 de junio de 1975 el cielo estaba azul y yo estaba en mi casa del Pincio viendo desde el balcón, en la lejanía, la cúpula de San Pedro sobre el Monte Vaticano, el Monte de los Vaticinios.

Sonó el teléfono. Me dieron la noticia escuetamente: «Ha muer­to Monseñor Escrivá de Balaguer». Ni una sílaba más, tal vez por­que ante lo decisivo sólo el silencio es grande; el resto, debilidad.

Pero salí a preguntarles a sus amigos. No se encontraba enfermo. En cualquier caso no le había comunicado a nadie inquietudes acer­ca de su salud.

El 26 de junio había madrugado, como siempre. La del alba sería cuando salió a tener una plática con unas hijas suyas en Cas­telgandolfo. Como Santa Teresa de Jesús, este hombre de virtudes heroicas podía decir: «Hijas, cosas son éstas para entretener la espera».

Una vez exclamó: «Debemos acoger la muerte con sereno gozo. Cuando el Señor quiera y donde quiera».

El Señor quiso que a este hombre pirenaico la muerte le acon­teciese en Roma, su lugar predilecto. Entre las siete colinas, donde se asienta «la reliquia universal del suelo», porque «no hay parte en ti que no sirva de ejemplo/de santidad, así como trazada/de la ciudad de Dios al gran modelo». (Cervantes).

Yendo al funeral encuentro a Lozoya. Me dice: «Hay pocos españoles universales: algunos exploradores de Indias, un pequeño acervo de escritores y artistas, algunos fundadores religiosos». Monseñor Escrivá era de éstos. Su Obra se extiende por 80 países y cuenta con más de 70.000 adeptos fervorosos.

Se ha señalado que la Cristiandad aprendió de los españoles a rezar: el Credo es creación del cordobés Osío tanto como de Anas­tasio; la Salve, arco iris celeste, del gallego San Pedro de Mezonzo; el rosario, de Santo Domingo.

A mí en Roma me atraen, sobre todo, las huellas de nuestros hombres con virtudes heroicas. Cruzo, recruzo el patio de San Dámaso. Entro en los siete templos que aún quedan de los 27 dedi­cados a San Lorenzo. Me siento en el Aventino a la sombra del naranjo plantado por el de Caleruega. Veo en el Palatino la palmera de San Buenaventura de Barcelona. Recorro el barrio en donde San Ignacio pronunció su impresionante frase: «Usar los medios naturales como si no hubiese los sobrenaturales; usar los medios sobrenaturales como si no hubiese los naturales». «Sentencia es de maestro», concluyó Gracián.

Juntar lo sobrenatural con lo natural, acercarnos a lo sobrena­tural con naturalidad absoluta, ha sido el don, sencillamente pro­digioso, de Monseñor Escrivá de Balaguer. Su santo y seña reza: «Santificar la vida cotidiana, en medio de su aparente monotonía, de sus quehaceres, de sus trabajos». Con certera imagen proclamó: «En la línea del horizonte parecen unirse Cielo y Tierra, pero en donde en verdad se unen es en los corazones cuando se vive san­tamente la vida ordinaria».

Según el cardenal Baggio, su innovación más profunda consiste en el llamamiento universal a la santidad; el trabajo como lugar de encuentro con Dios y con los hombres: innovación confirmada pos­teriormente por el Concilio Vaticano II. Idea feliz esta invitación a amar el mundo apasionadamente, descubriendo el valor sobre­natural de las circunstancias normales de la vida, incluidas las más prosaicas y materiales.

En 1946 vino a residir a Roma. Vivía en un apartamento humil­de de la «Città Leonina», frente a las medio derruidas torres que en el siglo IX elevó León IV. Yo lo encontré al lado de la muralla, el día inaugural del Año Santo, en tiempo de Pío XII. «Así, así, católico, apostólico, ¡romano! Me gusta que vengas en romería».

«VIDERE PETRUM»

La primera persona que en la urbe lo alentó intensamente fue Montini, porque entonces necesitaba ayuda para superar las sus­picacias y obstáculos que todo fundador encuentra.

Algunos miembros de la Obra actuaron y actúan en política. «Como los demás ciudadanos – aclara el fundador–, pues sus res­ponsabilidades son individuales».

En cuanto a él mismo, Monseñor Escrivá de Balaguer confesaba que no sentía la política ni la sociología. Alguna vez expresó rotun­damente: «Me disgustan».

Al cabo, su fe, su esperanza su caridad triunfaron. En el funeral por su alma, monseñor Be Nelly leyó un emocionado mensaje del Sumo Pontífice. La capilla ardiente estaba como envuelta en púr­pura, pues al parpadeo de los hachones reconocí, con el nuncio apostólico Carboni, a los cardenales Palazzini, Rossi, Felice…

El cardenal Deskur anunció: «Espero ser el primer obispo que postule la beatificación de Monseñor. He ofrecido la misa por su glorificación». Quien hoy rige la diócesis ambrosiana lo compara a San Fran­cisco de Sales. Los ingleses evocan ante él a Tomás Moro. Yo pienso en San Felipe de Neri, por su continuo rebullicio de frases chispeantes. El cristianismo es sufrir los unos por los otros, pero nada hay tan católico como alegrarse los unos con los otros. Luminoso misterio de la Comunión de los Santos.

La alegría, a Monseñor Escrivá de Balaguer le manaba del cora­zón desbordante, de su bondad profunda. Venía del fondo. Los que hace tres años acompañaban sus restos mortales a la última morada terrena veían en esa alegría un rocio venido de lo alto, un rocío celeste.

Un apóstol de la amistad

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Testimonio de Mons. Franz Hengsbach, Obispo de Essen
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Hace diez años, el 26 de junio de 1975, un repentino paro cardíaco dio fin a la vida terrena de Monseñor Josemaría Escrivá. Falleció al filo del mediodía en la sede central del Opus Dei en Roma, en su cuarto de trabajo en Viale Bruno Buozzi. En 1981 se incoó su causa de beatificación.

Hasta 1971 no le conocí personalmente en Roma. Desde el pri­mer momento nos unió una cordial amistad. Posteriormente estuve con frecuencia con él. Siempre quedé conmovido por el calor de su palabra y el cariño de su forma de ser. Y esto que vivía es lo que también enseñaba: «La santidad no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas» (cf. 5. Bernal: Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei, Madrid, 1976, pág. 123). Estas palabras suenan del mismo modo que la intención que las anima: algo normal y corriente; y precisamente por eso han llegado a ser revolucionarias. El cristiano «normal y corriente», el cristiano en el laboratorio, en la fábrica, en el bufete de abogado, en las tareas del hogar, en el taller, en el campo, ¿ése es el que ha de poder ser santo?

Puede y debe serlo por el hecho de estar bautizado. Esto es lo que Escrivá predicó desde 1928 cuando, a la edad de veintiséis años, vio la fundación y la extensión del Opus Dei como la tarea que Dios quería que realizara con su vida. Desde entonces enseñó la vocación universal a la santidad para el «cristiano de una pieza» para el que no lleva una doble vida: «la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas» (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, Madrid, 4ª ed., 1969, pág. 224). Por este motivo, a Escrivá se le ha denominado frecuentemente y con toda razón uno de los pio­neros del Concilio Vaticano II, como lo expresó hace algunos años el Papa Juan Pablo II ante miembros del Opus Dei: «Realmente es un gran ideal el vuestro, que desde los comienzos se ha anticipado a esa teología del laicado, que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del postconcilio» (L ‘Osservatore Romano, 26–VIII–l979).

En la época inmediatamente anterior al Concilio. al preparar el Decreto sobre el apostolado de los laicos, sin saber aún muchos datos concretos sobre el Opus Dei, tuve que ocuparme de una de las ideas centrales en el espíritu de la Obra: de la santificación de la vida cotidiana, es decir, de la realización del encargo de Dios a cada cristiano de vivir esa vida cotidiana tal como pasó Jesucristo los treinta años de su vida en Nazaret. Al comenzar, a finales de los años sesenta, la labor del Opus Dei en nuestra diócesis de Essen fui sabiendo cada vez más de este gran empeño del fundador del Opus Dei. Como el grano de trigo, que cae en la tierra y da fruto, el grano de trigo sembrado por Josemaría Escrivá y extendido por sus hijos en todo el mundo ha dado frutos esperanzadores. A la Prelatura Opus Dei pertenecen hoy en día más de 74.000 fieles de 87 países.

A quien se acercara personalmente al fundador del Opus Dei no le quedaba más posibilidad que llegar a ser amigo suyo para siempre. Esta es mi experiencia y la de muchas personas, tal como constata uno de sus biógrafos en sus apuntes: «Era muy alegre y comprensivo, y muy sencillo y sin recámaras, se hacía amigo de todos, y todos le querían. Yo no supe de nadie que tuviera enemistad con él personalmente» (Apuntes…, pág. 147). Quería ser amigo de todos, incluso de aquéllos que no veían con simpatía al Opus Dei y a él mismo.

¿Qué es lo que animaba a este Siervo de Dios a querer tener tantos amigos y no sólo unos pocos, como suele ser corriente? Se había dado cuenta de que una amistad verdadera es más que la sim­patía personal, que siempre está enraizada en Jesucristo, el verda­dero Amigo, que murió en la Cruz por cada persona. Por eso, cada persona vale toda la Sangre de Jesucristo, como solía decir Escrivá. Y por eso, no había persona que le fuera indiferente, no podía dejar de lado a nadie. Le urgía acercar a Jesucristo a todo aquel con quien tuviera que ver. «Al amar al amigo, se ama también lo que para él es un bien», decía Aristóteles. Y para el fundador del Opus Dei no existía un bien mayor que el Amor de Dios. Por eso quería lle­varlo a los hombres como lo mejor que tenía.

Cuando pienso en mi amistad con él (y lo mismo podría decir de mi amistad con su sucesor en la dirección de la Obra, el Prelado Alvaro del Portillo), necesariamente me vienen a la cabeza las pala­bras de Nuestro Señor en la Última Cena: «Os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer» (Ioh 15,15).

Monseñor Escrivá estaba lleno del espíritu de una tal amistad. Medía la calidad de la amistad por la mirada conjunta hacia Jesu­cristo. «Los amigos no se miran el uno al otro (…), su mirada se dirige hacia las cosas por las que se interesan en común» –dice Josef Pieper. Y ya Cicerón definía la amistad como «un acuerdo en lo humano y lo divino en simpatía y cariño». Donde no hay metas comunes, no hay amistad. La amistad necesita un contenido. Quien nada tiene, no tiene nada que compartir; quien no tiene una meta, no puede tener un acompañante. La amistad sólo surge cuando se comparte lo que es personal, cuando se da al otro lo que es propio de uno, cuando se abre como Jesucristo: «Os he llamado amigos, porque todo os lo he dado a conocer» (Ioh 15,15).

Amistad y apostolado: para Monseñor Escrivá estas dos pala­bras formaban una sola realidad. No conocía diferencia alguna entre amistad y apostolado. Le era extraño el denigrar lo uno con­virtiéndolo en instrumento de lo otro. Seria algo que contradiría radicalmente la esencia de la amistad y la esencia del apostolado. Él amaba real y verdaderamente a las personas por amor de Cristo. Por eso, nada había que deseara más que el hacer posible que cada uno encontrara a Jesucristo. De este modo, su apostolado pasaba a ser una prueba de su amistad; lo llamaba el «apostolado de amistad y confidencia». Por el contrario, cualquier empeño apostólico sin un cariño verdadero para cada persona en particular hubiera estado condenado radicalmente al fracaso. La amistad y el apostolado para el fundador del Opus Dei eran las dos caras de una misma moneda.

Amistosa y abiertamente hablaba de lo divino y de lo humano: «Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional que mejora su labor uni­versitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospe­chados horizontes de celo… Todo eso es apostolado de la con­fidencia”» (Camino 973).

Monseñor Escrivá abrió este camino ayudando a meditar sobre la amistad que Jesucristo mantuvo con los Apóstoles, con sus dis­cípulos, con la familia de Betania y con tantas otras figuras de los Evangelios. Jesús era el Amigo de sus amigos un Amigo verdadero, y ellos lo sabían. Con toda confianza se dirigen a El cuando no han entendido algo. Y El les revela los misterios del Reino de los Cielos. Otras veces es El quien en conversaciones personales comparte sus alegrías y sus preocupaciones con sus amigos Les da ánimos y les abre los ojos para los amplios horizontes de la fe ,de la esperanza y de la caridad.

La amistad entre los hombres solo encuentra su sentido pleno en la amistad con Jesucristo. Nadie puede dar lo que no tiene: «Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros sino permanecéis en mí» (Ioh. 15,4). Convencido de la verdad de estas palabras, el Siervo de Dios bus–caba la amistad personal con Jesucristo, es decir, el trato con Él en la oración y en los sacramentos, meditando su vi da, para apren­der de Él cómo ha de tratar un hombre de fe a sus amigos.

Hablar de Cristo, difundir su doctrina con la palabra y con el ejemplo: ésta es una parte fundamental, irrenunciable de la voca­ción cristiana. «id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). En esta tarea no se dejaba dominar por falsos respetos humanos, no confundía la prudencia con la cobardía y el respeto por la libertad de los demás con la indiferencia. También en este aspecto Monseñor Escrivá puede ser considerado como heraldo del Concilio Vaticano II: «La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado (…). El deber y el derecho del seglar al apostolado deriva de su misma unión con Cristo Cabeza. Insertos por el bautismo en el Cuerpo místico de Cristo, robustecidos por la confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, es el mismo Señor el que los destina al apostolado (…). Son los sacramentos, y sobre todo la Eucaristía, los que comunican y alimentan en los fieles la caridad, que es como el alma de todo apos­tolado» (Decreto Apostolicam Actuositatem, núm. 2-3).

Escrivá no se limitó a señalar ideales. Describió también el cami­no para llegar a ser apóstol de Jesucristo en medio de la vida coti­diana: « ¿Quién ha dispuesto que para hablar de Cristo, para difun­dir su doctrina, sea preciso hacer cosas raras, extrañas? Vive tu vida ordinaria; trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de tu estado, acabar bien la labor de tu profesión o de tu oficio, cre­ciéndote, mejorando cada jornada. Sé leal, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ese será tu apostolado» (Amigos de Dios, Madrid, 1977, pág. 384).

Los cristianos de la Prelatura del Opus Dei y muchas otras per­sonas intentan recorrer este camino. Y, siendo iguales a los demás, trabajadores, estudiantes, empleados, funcionarios, etcétera, no se les ocurre por ello hacer cosas extravagantes para encontrar a Dios o para llevar los demás a Dios. Se limitan a trabajar, a cumplir sus deberes profesionales, a ser amigos de sus amigos, a comportarse lo más ejemplarmente posible en la vida familiar. A pesar de ello, la labor apostólica de la Prelatura ha experimentado la contradic­ción, por ejemplo, cuando se acusa de abusar de la confianza propia de la amistad, porque siempre estaría involucrado el empeño por acercar alguien a Cristo. ¿Es posible hablar así cuando existe la expe­riencia de la verdadera amistad y de la vida de fe?

“Hay que buscar nuevos modos de comunicar el Evangelio”

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El obispo Anthony Muheria (Muranga, 1963), de la diócesis de Kitui (Kenia) ha pasado por Madrid de regreso a su país, procedente del Sínodo recién clausurado en Roma.

Opus Dei -

Anthony Muheria es administrador apostólico de Embu, y fue consagrado obispo en enero de 2004. Pertenece al Opus Dei.

La diócesis de Kitui cuenta con un millón de habitantes, de los que un 22 por ciento son católicos. El pasado 30 de octubre mantuvo un encuentro con periodistas en la Oficina de Información del Opus Dei, en Madrid, del que seleccionamos algunas declaraciones:

Sínodo: “Ha sido un intercambio muy enriquecedor, he tratado pastores de todo el mundo, ha sido una oportunidad excelente para conocer objetivos, logros y retos de la Iglesia, lo que te ayuda también a dar la importancia adecuada a tus problemas. Creo decisivo llegar con la Palabra de Dios a más gente. Somos amplificadores de la Palabra, cables que transmiten sin que se note, sólo se repara en los cables cuando hay problemas de transmisión. Hay que buscar nuevos modos de comunicar, incluso cómics, dibujos o historias para niños. El arte es también vehículo de evangelización”.

Clero: “Tengo 60 sacerdotes, que trabajan mucho para atender a la gente, tan diseminada en el medio rural. Intentamos organizar actividades para monaguillos y jóvenes, de los que esperamos salgan futuros seminaristas. Organizamos actividades que fomentan el estudio, el deporte y los juegos. En 2007 reunimos a 400 monaguillos y recuerdo una de estas fiestas, donde dimos buena cuenta de cuatro cabras. Disfrutamos mucho”.

Opus Dei -

Jóvenes, violencia: “La Iglesia busca la reconciliación y el perdón, y que la fe sea algo vivido. Me preocupa el riesgo de manipulación que tienen los jóvenes y que puede llevarles a la violencia. Hemos organizado festivales para la reconciliación y la paz, que incluyeron la posibilidad de vivir el sacramento de la confesión, destacando que primero hay que reconciliarse con Dios y con los otros”.

Opus Dei: “Trabaja en Kenia desde los años 50. Conocí la Obra en una de sus iniciativas educativas. La Obra colma la espiritualidad y la apertura de los kenianos, que son muy hospitalarios y que responden muy bien ante lo bueno y lo honesto. Esa es mi experiencia como ingeniero en una consultora, y después como sacerdote, atendiendo pastoralmente a mujeres sin recursos, entre otras tareas”.

Evangelización: “Admiro y valoro mucho el trabajo de los misioneros. Me bautizó un misionero de la Consolata. Cuidemos la familia para que salgan buenos ciudadanos y también sacerdotes. La formación del laicado es esencial, es lo que cambiará África. Irán africanos a evangelizar Europa, y entre todos contribuiremos a una nueva primavera en la Iglesia”.

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Europa: “Nos han dado la fe y ahora le pido oraciones y que nos dé buen ejemplo, como hermanos mayores que son. Y les pido ayuda material con mucha caridad, como ese pan recién salido del horno, oloroso, crujiente con la caridad de Cristo”.

Benedicto XVI: “Le he visto muy bien, ágil y muy atento en las sesiones del Sínodo. El Papa, sea quien sea, es siempre el vicario de Cristo. Hace poco, una anciana de una aldea estaba muy contenta con mi visita, porque era la primera vez, y tal vez la última, que veía a un obispo, representante del Señor. Tuve que aceptar el regalo de una de las cuatro cabras que tenía. Si esa veneración la tienen con un obispo, ¡qué amor tendrán hacia el Papa!”.

Viaje pastoral a África y Sínodo: “Estamos muy contentos porque en marzo Benedicto XVI viajará a Camerún y Angola y entregará el documento preparatorio del Sínodo para ese continente, que tratará sobre el papel de la Iglesia para la reconciliación y la paz”.

La beatificación y canonización de San Josemaría Escriva

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

El 17 de mayo de 1992, como hijos de su oración, asistimos en Roma a la beatificación de don Josemaría Escrivá de Balaguer, viaje inolvidable desde Almería recorriendo la primavera del litoral Mediterráneo, Francia, los Alpes, Italia, hasta la campiña romana. Un grupo maravilloso de familias y miembros de la Obra, que celebrábamos nuestras eucaristías al atardecer de cada día en los hermosos paisajes franceses e italianos, en sus verdes campos, en alguna gasolinera, siempre el mar a nuestra vista. Acampamos al sur de Roma, en plena campiña, al frescor de los viñedos y los ruidos agrícolas. ¡Qué gran día aquel 17 de mayo, la Plaza de San Pedro desbordada por el casi un millón peregrinos de todo el mundo, eufóricos bajo las columnas del Bernini escuchando la voz recia del Papa Juan Pablo II leyendo la fórmula de Beatificación de Josefina Bakhita, virgen, Hija de la Caridad, y de Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, Fundador del Opus Dei! En nuestros oídos los ecos de aquellas palabras de san Josemaría, siempre presentes: “Seguir a Cristo: este es el secreto. Acompañarle tan cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos”.(“Amigos de Dios”, 299). Hermoso día aquel, nuestra visita al atardecer a la iglesia de san Eugenio a Valle Giulia para venerar las reliquias del Beato, la noche estrellada, el clamor de la Roma histórica, cristiana, volteada de campanas, noche llena de rumores y palabras…

“Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándonos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior”, palabras de Juan Pablo II.

No pudimos estar en Roma, como hubiéramos querido, el domingo 6 de octubre de 2002, sí estuvimos en espíritu por medio de la TV, en la canonización de Josemaría Escrivá, san Josemaría Escrivá, también por el Papa Juan Pablo II, culminación de su camino de entrega a Dios, porque, como no se cansaba de repetir, “ir al cielo, es lo que importa; lo demás no merece la pena…”

“San Josemaría fue escogido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y para indicar que las actividades comunes que componen la vida de todos los días son camino de santificación. Se puede decir que fue el santo de lo ordinario” Palabras de Juan Pablo II, el 7 de octubre de 2002, en una audiencia en la Plaza de San Pedro.”Este santo sacerdote enseñó que Cristo ha de ser el ápice de toda actividad humana (cf Jn 12,32). Su mensaje –seguirá diciendo- mueve al cristiano a actuar en los lugares en los que se modela el futuro de la sociedad. De la presencia activa del laico en todas las profesión es y en las fronteras más avanzadas del desarrollo ha de derivar forzosamente una contribución positiva al fortalecimiento de esa armonía entre la fe y la cultura de que tan necesitado está nuestro tiempo.”

En nuestra aproximación a su vida, mientras pudimos, visitaríamos su ciudad natal, Barbastro, la catedral y la casa de la plaza del Mercado, Torreciudad sobre todo, castillo espiritual mariano sobre el verde de las aguas del pantano del Grado, allá el Pirineo aragonés, leeríamos sus libros, cartas y meditaciones, palabra viva y penetrante sobre muchos temas…

El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine…” ¡Somos hijos de Dios, “portamos la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras…!”, nos dirá en Forja, 1.

Días antes de su muerte en 1975, diría a un grupo de fieles de la Obra:

- “Estáis comenzando la vida. Unos comienzan y otros acaban, pero todos somos la misma Vida de Cristo: ¡Y hay tanto que hacer en el mundo! Vamos a pedirle al Señor, siempre, que nos ayude a todos a ser fieles, a continuar la labor, a vivir esa Vida, con mayúscula, que es la única que merece la pena: la otra no vale la pena, se va, como el agua entre las manos, se escapa. En cambio, ¡esa otra Vida!…

“¿Qué queréis que os diga? Ya os lo he dicho siempre: que habéis sido llamados por Dios para que seáis santos, para que seamos santos, como enseñaba san Pablo. Sed perfectos así como vuestro Padre celestial es perfecto: esas son las palabras de Cristo…”

- “Entendí que la filiación divina había de ser la característica fundamental de nuestra espiritualidad: Abba, Pater! Y que, al vivir la filiación divina, los hijos míos se encintrarían llenos de alegría y de paz, protegidos por un muro inexpugnable; que sabrían ser apóstoles de esta alegría, y sabrían comunicar su paz, también en el sufrimiento propio o ajeno. Justamente por eso: porque estamos persuadidos de que Dios es nuestro Padre…”

Alma contemplativa, maestro de contemplativos, insistía en que es del todo necesario que la vida del cristiano sea esencialmente, ¡totalmente!, eucarística. “Alma de Eucaristía” Le gustaba hacer –confesaría a uno de sus hijos- actos de fe explícita en la presencia real de Jesús Sacramentado. “¡Jesús, te adoro!” Consideraba a la Eucaristía prenda segura de nuestra esperanza. “Nos insistía a Mons. Álvaro del Portillo y a mi –cuenta Mons. Javier Echevarría, actual Prelado de la Obra- que no pasásemos delante del Tabernáculo, sin decirle que le queréis con toda el alma, que queréis custodiarle en vuestros corazones, que le agradéis su presencia en el Sagrario para consuelo nuestro, que nos ayude con su fortaleza y su omnipotencia y, después de hacernos estas consideraciones, agregaba, yo lo hago.” Te doy gracias, Dios mío, porque desde joven me has hecho entrever la maravilla del Amor desde el misterio de la Eucaristía”, solía repetir.

Desde el amor y la oración de san Josemaría, también nosotros, desde el silencio y la desmemoria, desde esa presencia oculta y manifiesta de Dios, damos gracias al Señor porque, como él tanto repetía, ir al cielo es lo que importa... Gracias a san Josemaría por enseñarnos a buscar el Rostro de Cristo, nuestra contemplación…

Consummati in unum

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Dice el Evangelio que los amigos de Jesús estaban reunidos en un mismo lugar después de la partida del Maestro. Apiñados. Hasta que el Espíritu Santo, Aquel que Jesucristo les había prometido durante tres años, inundó sus almas y se esparcieron, ahítos de valor y de esperanza, por toda la tierra.

El 26 de junio de 1975, una multitud de corazones afincados en las cinco partes del mundo acompasan su latir en un único afecto, un idéntico afán: Roma. El lugar donde duerme el cuerpo del Fundador. Allí donde un sagrario, que preside el oratorio de Pentecostés, muestra las palabras que hiciera grabar Monseñor Escrivá de Balaguer: Consummati in unum(1).

«¡Todos -con Jesucristo- somos una sola cosa! Que, metidos en la fragua de Dios, conservemos siempre esta maravillosa unidad de cerebro, de voluntad, de corazón. Y que Nuestra Madre, por la que llegan a los hombres todas las gracias -canal espléndido y fecundo-, nos dé con la unidad, la claridad, la caridad y la fortaleza»(2).

Ahora que el Padre se ha marchado, empieza a adquirir una gran fuerza su memoria. Sus palabras cobran todavía más certeza; su espíritu se ahonda y ensancha dentro del alma de sus hijos; las dimensiones de su enseñanza desbordan el sonido de su voz que suena, con gran eco, en el interior de cada uno.

Así adquiere su muerte unas características de intimidad, cariño y exigencia que se hacen, si cabe, más personales. El Padre sigue llenando la casa, con toda la arrolladora vitalidad de su estilo humano y de su perfil ascético. Sus escritos adquieren, de pronto, la perennidad de lo esculpido. Como si la muerte misma les hubiera destinado a la más dilatada supervivencia.

Incluso la casa que alberga esta familia de vínculos sobrenaturales parece repetir el eco de aquella gratitud que imponía su presencia:

«De aquí no se va nadie, hijo mío, porque todos estamos, siempre consummati in unum -solía decir cuando despedía a los que se iban fuera de Roma- (…). Nos sentimos tan unidos, hijos míos, porque todos procuramos vivir dentro del Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, al que llegamos por medio del Corazón Dulcísimo de María. De manera que estamos siempre muy bien acompañados, en cualquier lugar donde nos encontremos. No perdáis nunca esta unidad (…).

Dondequiera que se halle uno de vosotros, allí estaremos los demás, con toda nuestra ilusión por acompañarle. No nos decimos adiós, ni siquiera hasta luego; continuamos siempre consummati in unum.

Si alguno piensa que está solo en un momento de su trabajo profesional, que es siempre apostolado, o en una labor cualquiera, también siempre inmediatamente apostólica, deberá rechazar enseguida esa tentación. ¡Nadie puede sentirse solo en el Opus Dei! Con nuestro clamor incesante ante el trono de Dios formamos una sola voz, una misma oración, un único latido, porque todos palpitamos con el corazón de la Obra» (3).

En esta unidad irrompible, se avecina el 15 de septiembre de 1975. Es el día fijado para la elección del sucesor del Padre. Festividad litúrgica de Nuestra Señora de los Dolores. Acuden a Roma los Electores representantes de sesenta mil miembros de la Obra repartidos por el mundo. Ciento setenta y dos en total. Cada uno lleva el sentir de sus hermanos. Una inmensa paz se extiende por esta reunión, la primera después de la muerte del Padre, en la Ciudad Eterna. Aquí están aquellos que le siguieron hace tantos años, cuando el Opus Dei era una locura que nadie se atrevía a aceptar. Algunos, también algunas hijas suyas, acompañan ya a Monseñor Escrivá de Balaguer en su última morada: Guadalupe Ortiz de Landázuri, José María Hernández de Garnica, Salvador Canals… Para otros, es la primera oportunidad de acercarse a la tumba del Fundador en la Cripta de Villa Tevere: Francisco Botella, Pedro Casciaro, José Luis Múzquiz, Ricardo Fernández Vallespín…

La nieve del tiempo ha caído sobre sus cabezas. Pero se mantiene viva en la mirada y en el talante interior la misma fe, la misma disponibilidad; la certeza de que el Opus Dei es un «mandato imperativo de Cristo» cuyo depositario fue un hombre elegido por Dios: Josemaría Escrivá de Balaguer.

El día 14, después de una Misa del Espíritu Santo oficiada en Santa María de la Paz, emiten su voto las electoras de la Sección de mujeres de la Obra. Al día siguiente, 15 de septiembre, se reúne y vota del mismo modo la Sección de varones. El escrutinio arroja un plebiscito unánime hacia don Álvaro del Portillo. La Obra entera, en el espíritu de su Fundador, acaba de acogerse a la autoridad y al amor de un hombre fuerte en la fe, compañía del Padre durante cuarenta años. Receptor humilde y constante de sus enseñanzas. Acumulador leal de todas las palabras y actitudes vitales, humanas y sobrenaturales, que constituyen el contenido teológico del Opus Dei. No hay nada que cambiar, nada que modificar. Hay que recoger un tesoro inquebrantable para transmitirlo, intacto, a los que vengan después de esta etapa fundacional que ha terminado el 26 de junio de 1975.

El Romano Pontífice recibirá muy complacido el resultado de la votación. Durante muchos años, don Álvaro pertenece a varios Dicasterios romanos y colabora en los trabajos de la Santa Sede. Enseguida la prensa conoce la noticia oficial. A la pregunta: ¿Qué hará ahora el Opus Dei?, ha respondido el primer sucesor de Monseñor Escrivá de Balaguer:

-«Seguir caminando, hacer lo que hemos hecho siempre, también desde que el Señor se llevó consigo a nuestro Fundador. Seguir caminando con el espíritu que él nos ha dejado definitivamente establecido, inequívoco (…).

En el Opus Dei no hay vértice ni base. Todos somos igualmente hijos de nuestro Fundador, quien nos ha enseñado a poner a Cristo en la propia vida, y que ha dado para siempre a nuestra Institución el carácter sencillo y cordial de una familia bien avenida»(4).

Los días 15 y 16 de septiembre se procede a la elección de los miembros del Gobierno Central de las dos Secciones de la Obra. Quedan constituidos por personas de diversas nacionalidades. El nuevo Presidente General, que es ya el Padre para toda la Obra, habla a sus hijas e hijos de la unidad inquebrantable de todos desde los primeros momentos. Los testimonios recibidos en Roma después del fallecimiento del Fundador han sido un plebiscito de unidad, de amor, de santidad. Y ha añadido:

«He recibido millares de cartas de miembros del Opus Dei de todo el mundo. Es estupendo comprobar que el espíritu es el mismo, independientemente de la raza o la cultura de la persona que escribe» (5) . Don Álvaro dirá, emocionado, que este alud de cariño, este apoyo en unidad «ha sido un río en crecida, pero de agua limpia. Ha sido un diapasón que ha vibrado en toda la tierra con una sola nota muy sobrenatural. Ha sido una maravillosa y divina sinfonía, que no parece de este mundo, la que han cantado al unísono las hijas y los hijos de nuestro santo Fundador»(6).

Las rosas se suceden en la Cripta, donde reposan los restos mortales del Padre. Miles de personas acuden para rezar y rendir su afecto. Aquí, más que en ninguna parte, se escuchan las palabras de aquel ruego:

«Sed fieles, hijos de mi alma, ¡sed fieles! Vosotros sois la continuidad. Como en las carreras de relevos, llegará el momento -cuando Dios quiera, donde Dios quiera, como Dios quieraen el que habréis de seguir vosotros adelante, corriendo, y pasaros el palitroque unos a otros, porque yo no podré más. Procuraréis que no se pierda el buen espíritu que he recibido del Señor, que se mantengan íntegras las características tan peculiares y concretas de nuestra vocación. Transmitiréis este modo nuestro de vivir, humano y divino, a la generación próxima, y ésta a la otra, y a la siguiente»(7).

Ya durante su vida el Fundador decía -poniendo buen humor al hecho de desaparecer de la escena cotidiana- que, cuando muriera, no tenía que ocurrírseles convertir sus habitaciones en una especie de museo. Todo lo contrario. Debía ocuparlas inmediatamente su sucesor. Esta decisión práctica estuvo siempre muy unida a un carácter entrañable para los objetos y las situaciones. Lo que tenía un valor simbólico se guardaba con esmero. Lo que servía para la vida ordinaria, de trabajo, de utilidad para Dios y para los demás, se usaba sin el menor reparo hasta agotar sus posibilidades.

Por eso pidió que las habitaciones del Fundador fuesen siempre un lugar de trabajo, sin reservas. Y por este deseo, don Álvaro del Portillo las ocupará después de su elección. Sobre una pared, enmarcadas, se leen estas palabras: Cursum consummavi, fidem servavi. He terminado mi carrera, he guardado la fe (8).

Y más abajo, otra inscripción en latín: et tu confirma filios meos. Confirma a mis hijos.

Don Alvaro explicará en una tertulia, que estas palabras son el eco de aquella historia familiar conmovedora que se remonta a los años cuarenta, cuando don Leopoldo Eijo y Garay, entonces Obispo de Madrid llamó al Fundador de la Obra y le dijo aquellas palabras de Cristo a Pedro: «”ecce Satanas expetivit vos, ut cribraret sicut triticum”: Os removerá, os zarandeará, como se zarandea el trigo para cribarlo. Luego añadió: yo rezo tanto por vosotros… Et tu… confirma filios tuos!: Tú, confirma a tus hijos. (9)». Y colgó…

Hoy queda grabada esta frase como un alerta para cuidar de esa multitud que debe recibir la fortaleza de fe.

El 5 de marzo de 1976, el Papa concede una audiencia a don Álvaro del Portillo. Acaban de dar las doce de la mañana. Unos minutos después, es introducido ante Pablo VI. El Romano Pontífice le recibe en pie, apoyado sobre la mesa de trabajo. Levanta sus brazos, cuando le tiene cerca, y le felicita con gran cariño.

-«Santidad, agradezco mucho esta felicitación, pero yo pido al Santo Padre que tenga conmigo la caridad de concederme su Bendición Apostólica y sus oraciones. Porque soy el sucesor de un santo, y eso no es nada fácil.

-“Ma adesso il santo é in Paradiso, e ci pena lui”; ahora el santo está en el Cielo, y él se preocupa de llevar la Obra adelante».

Durante una hora larga el Papa hablará con don Álvaro, afirmando que Monseñor Escrivá de Balaguer es uno de los hombres que han recibido más carismas, más gracias de Dios, a lo largo de toda la historia de la Iglesia, y que siempre ha respondido con generosidad, fiel a esos dones divinos.

Y añadirá que, si quieren ser fieles a la Iglesia… han de ser muy fieles al espíritu de su Fundador. Y continúa: «Usted, siempre que deba resolver algún asunto, póngase en presencia de Dios, y pregúntese: en esta situación, ¿qué haría mi Fundador?; y obre en consecuencia. Diga a todos sus hijos y a todas sus hijas que, siendo fieles al espíritu del Fundador, servirán a la Iglesia -como la han servido hasta ahora- con eficacia, con profundidad, con extensión».

Luego se preocupará de que sus escritos, palabras, enseñanzas estén recogidos y a salvo de cualquier pérdida, porque… «es un tesoro, no solamente para el Opus Dei, sino para toda la Iglesia»(10).

Monseñor Álvaro del Portillo relata a Pablo VI anécdotas del Padre, el carácter de sus últimas y masivas reuniones en el mundo entero, la variedad de hijos que componen la Obra… Y le entrega unas fotografías del reciente terremoto de Guatemala. Una familia, menguada por la desgracia, trabajadores de la tierra, reza junto a los escombros de su casa. Tienen hijos en el Opus Dei.

Cuando don Álvaro regresa a Villa Tevere contará algunas de las afirmaciones de Su Santidad. Para ello ha pedido al Santo Padre el correspondiente consentimiento, que le otorga encantado.

Estas palabras del Romano Pontífice son la mejor confirmación de la fama de santidad del Fundador. La Obra sigue su camino, en unidad perenne, sin fisuras. Para servir a la Iglesia «como ella desea ser servida».

«En el Opus Dei tenemos un cariño extraordinario y una gran veneración por la persona del Papa: un cariño y una veneración que queremos que sea mayor cada día. En mi deseo de servir a la Iglesia, yo he procurado siempre que mis hijos amen mucho al Papa» (11).

Por voluntad expresa de Pablo VI, don Álvaro del Portillo eleva hoy su oración por el Vicario de Cristo y por la Iglesia aquí, en la Cripta. En el borde mismo de la tumba del Fundador. Un puñado de rosas rojas simboliza la fecundidad de esta oración avalada por el sacrificio.

13. El 26 de junio de 1975

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Fundador enseñó a no tener miedo a la vida ni miedo a la muerte, porque Dios es Señor de la vida y de la muerte. Escribió en Camino: Me hablas de morir “heroicamente”. –¿No crees que es más “heroico” morir inadvertido en una buena cama, como un burgués…, pero de mal de Amor? (num. 743). ¿Estuvo alguna vez en peligro de muerte?

–La curación de la diabetes, que le diagnosticaron en 1944 y que probablemente tenía desde mucho antes, está ligada a un suceso ciertamente extraordinario.

La enfermedad, muy grave y con efectos secundarios especialmente dolorosos, siguió su curso hasta el 27 de abril de 1954, fiesta de la Virgen de Montserrat. Dos o tres días antes, el médico que le trataba, el doctor Faelli, le había recetado una nueva marca de insulina retardada, indicando que le pusiéramos ciento diez unidades. Como de costumbre, me encargué yo de ponerle la inyección. Me había preocupado de leer atentamente las indicaciones de esa medicina, y vi en el prospecto que cada dosis de este nuevo tipo de insulina equivalía a algo más del doble de la normal. Me pareció por eso que ciento diez unidades era una cantidad excesiva, y como las dosis elevadas de insulina aumentaban las jaquecas que padecía nuestro Fundador, reduje la dosis, a pesar de las indicaciones del médico. Con todo, se le desencadenó una reacción de tipo alérgico, para mí desconocida. Hablé con el doctor Faelli y me dijo que continuara con el tratamiento.

El 27 de abril le inyecté la insulina cinco o diez minutos antes de comer. A continuación fuimos hacia el comedor. Como la dieta que seguía el Padre era muy estricta, en aquella época almorzábamos los dos solos, para que nadie se sintiese cohibido ni obligado a comer menos; así, a los demás se les servían cosas que el Padre no podía tomar, como patatas, pasta, etc. Poco después de bendecir la mesa, me pidió con voz entrecortada: Alvaro, ¡la Absolución! Yo no le entendí, no podía entenderlo. Dios permitió que no comprendiese sus palabras. Entonces repitió: ¡La Absolución! Y por tercera vez, en muy pocos segundos, dijo: ¡La Absolución!, ego te absolvo…, y en aquel instante perdió el conocimiento. Recuerdo que primero se puso intensamente rojo y después de color amarillento, terroso. Y se quedó como muy encogido.

Le impartí la absolución inmediatamente e hice lo que pude. Después de llamar al médico, le puse azúcar sobre la lengua y le hice tomar un poco de agua para que pudiera tragar: no reaccionaba y el pulso era imperceptible. El médico, Miguel Ángel Madurga, miembro de la Obra, llegó al cabo de trece minutos, cuando el Padre empezaba a recuperar el conocimiento. Le tomó el pulso, la tensión, etc., y dio las oportunas indicaciones. Nuestro Fundador tuvo la delicadeza de preguntarle si había comido: ante su respuesta negativa, le hizo comer allí mismo y habló con él tranquilamente, respondiendo a sus preguntas. Cuando el médico salió, el Padre me dijo: Hijo mío, me he quedado ciego, no veo nada. Yo le pregunté: Padre, ¿por qué no se lo ha dicho al médico? Para no darle un disgusto innecesario; a lo mejor esto se me pasa.

Tuvo que quedarse varias horas en el comedor, porque no se podía mover y no quería preocupar a nadie. Después, empezó a recuperar la vista y le acompañé a su habitación. Mirándose en el espejo, comentó: Ya sé como quedaré cuando esté muerto. Le hice notar que estaba ya mucho mejor, y que tendría que haberse visto unas horas antes: entonces sí que parecía un cadáver. Además, le había sucedido algo que, según dicen, ocurre a los que están en trance de muerte. El Padre me contó que el Señor le había concedido ver toda su vida en un instante, como en una película rapidísima: había tenido tiempo para pedirle perdón por todos los errores de los que se consideraba culpable, e incluso de algo que en su día no había acertado a comprender. Era esto: en una ocasión el Señor le hizo ver que moriría varios años después, según le pareció entender. Ahora, al verse morir, le pidió perdón también por no haberle comprendido.

Enseguida vino a verle el doctor Faelli y descubrió con sorpresa que habían desaparecido todos los síntomas de la diabetes, que, como se sabe, es una enfermedad incurable. Estaba tan claro que suspendió el tratamiento y le dio de alta. Nuestro Fundador sólo comentó que, de la misma manera que el Señor le había mandado aquella enfermedad, ahora lo había curado en un fiesta de la Virgen, precisamente en la de Nuestra Señora de Montserrat, a la que tenía tanta devoción.

Otro suceso ilustra su serenidad y su sentido sobrenatural ante la muerte. Ocurrió en 1963.

Durante el Concilio Ecuménico Vaticano II, en mi calidad de Secretario de la Comisión Conciliar para el clero, tuve que ir a Venecia para examinar algunas cuestiones con el Patriarca, el Cardenal Urbani, que formaba parte de la Comisión conciliar central de coordinación. Nuestro Padre quiso acompañarme, y el 4 de febrero salimos en coche de Roma, junto con don Javier Echevarría y Javier Cotelo, que iba al volante. Al día siguiente continuábamos aún de viaje y nos dimos cuenta de que, en algunos tramos, había hielo en la carretera y la circulación era peligrosa. Después de pasar Rovigo, a cuatro kilómetros de Monselice, el coche patinó y dio varias varias vueltas sobre el eje, pero no volcó, sino que salió a gran velocidad hacia atrás dentro de la carretera. Fuera de todo control, el vehículo se dirigió hacia un precipicio. Se detuvo al borde del cortado, chocando contra un mojón de piedra, precisamente en el lado en que iba nuestro Fundador. La puerta quedó totalmente destrozada, y salimos a duras penas del coche, que se quedó suspendido sobre el vacío. Nuestro Fundador reaccionó de modo ejemplar: no se dejó llevar por el susto, sino que invocó inmediatamente la protección del Señor y de los Ángeles Custodios. Don Javier Echevarría y Javier Cotelo lo pasaron un poco mal. Una vez en Venecia, resolví rápidamente los asuntos que habían motivado el viaje y nos volvimos después a Roma.

Padre, hablemos ahora de aquel 26 de junio de 1975, día en que el Fundador alcanzó la Patria definitiva. Le rogaría que reconstruyese paso a paso qué sucedió aquella mañana.

–El 26 de junio de 1975, último día de su vida en la tierra, el Padre se levantó a la hora acostumbrada. Celebró, ayudado por don Javier Echevarría, la Misa votiva de la Virgen en el oratorio de la Santísima Trinidad, a las siete y cincuenta y tres minutos. A la misma hora celebraba también yo en la sacristía mayor, porque aquella mañana nuestro Fundador deseaba ir con don Javier y conmigo a Castelgandolfo, para despedirse de sus hijas de Villa delle Rose, ya que estábamos a punto de salir de Roma. Se encontraba físicamente bien, y nada hacía prever lo que sucedería poco después.

Antes de salir de casa, hacia las nueve y veinticinco, entró en la sala de comisiones, a donde había convocado a dos hijos suyos del Consejo General, un sacerdote y un laico, para encomendarles un encargo: quería que fuesen a ver de su parte a un profesional italiano, muy amigo del Santo Padre: se trataba del doctor Ugo Piazza, que estaba gravemente enfermo. Esta persona había manifestado su deseo de hablar con nuestro Fundador, precisando que no se trataba de temas relativos a su vida espiritual, porque en esto estaba bien atendido, sino solamente para contarle algunas noticias.

El Padre rogó a estos hijos suyos que le hicieran saber que, como dentro de dos días iba a salir de Roma, le era imposible encontrar un rato para ir a verle; pero, si quería, podía comunicar aquellas noticias a un miembro de la Obra, bien un sacerdote o un laico. Añadió, con mucha fuerza e insistencia, que le dijesen estas palabras: Desde hace años, ofrezco la Santa Misa por la Iglesia y por el Papa. Podéis asegurarle –porque me lo habéis oído decir muchas veces– que he ofrecido al Señor mi vida por el Papa, cualquiera que sea. Nosotros estamos callados y procuramos trabajar mucho y con paz, aunque en la Iglesia haya algunos que no nos ven con simpatía.

Hacia las nueve y treinta y cinco, el Padre salió en coche hacia Castelgandolfo, acompañado de don Javier Echevarría, de Javier Cotelo, al volante, y de mí. En cuanto salimos del garaje, comenzamos a rezar los misterios gozosos del Santo Rosario. Terminamos antes de llegar a la carretera de circunvalación y nos pusimos a charlar: nos dijo, entre otras cosas, que podíamos ir por la tarde a Cavabianca, la nueva sede de nuestro Centro internacional de formación, porque deseaba ver algunos detalles del oratorio de Nuestra Señora de los Ángeles que había sugerido, para hacer la decoración más armónica y el ambiente más recogido y piadoso.

El viaje duró más de lo acostumbrado, a causa de un gran embotellamiento en la circunvalación. Hacía mucho calor. Javier Cotelo le habló de unos sobrinos suyos que habían estado en Roma poco tiempo antes. El Padre le escuchó con atención y se interesó cariñosamente por otros asuntos de su familia.

Hacia las diez y media llegamos por fin a Villa delle Rose. Algunas hijas suyas le esperaban en el garaje. El Padre, como siempre, les llevaba unos regalos: la figura de una pata en cristal labrado y un paquete de caramelos. El Padre solía distribuir entre los demás los regalos que recibía.

Comentó, por el pasillo, que eran sus últimas horas en Roma, antes del verano; y que oficialmente no estaba ya para nadie, pero para sus hijas sí. Se encaminó a saludar al Señor, permaneció arrodillado ante el Sagrario unos momentos, besó la cruz de palo, y se dirigió hacia la sala “de los abanicos”, donde iba a tener un rato de tertulia.

Al entrar, dirigió su mirada a un cuadro de la Virgen, una pintura al óleo en la que el Niño aparece peinado con esmero, mofletudo y sonrosado, abrazado al cuello de su Madre, que le ofrece una rosa de té. Este cuadro pertenecía a la familia de los Escrivá y se encontraba en la habitación del centro de la calle Diego de León donde murió la madre de nuestro Fundador. La divina Providencia quiso que la Virgen del Niño peinadico recibiese también una de las últimas miradas de nuestro Fundador.

Sus hijas respondieron con voz alta al saludo del Padre, y le dijeron que estaban muy contentas de que hubiera ido. El Padre les comentó sonriente: ¡Qué buena voz tenéis! Después se sentó en una silla, y me cedió a mí el sillón que le habían preparado. Repitió que estaba a punto de marcharse de Roma, y añadió: Tenía muchas ganas de venir. Estamos terminando estas últimas horas de estancia en Roma para acabar unas cosas pendientes; de modo que ya para los demás no estoy: sólo para vosotras.

Después habló de que todos los cristianos deben tener alma sacerdotal y se detuvo tratando del amor al Papa y a la Iglesia. Se refirió también a los tres primeros sacerdotes de la Obra y a los cincuenta y cuatro hijos suyos que recibirían la ordenación sacerdotal pocos días más tarde: Ayer celebraríais el aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes, y estaréis encomendando a los cincuenta y cuatro que se ordenan ahora. Cincuenta y cuatro: parecen muchos, y en estos momentos –pensando en lo que se sucede por ahí– es una cosa increíble. Sin embargo, son muy pocos: enseguida desaparecen. Como os digo siempre, esta agua de Dios que es el sacerdocio, la tierra de la Obra la bebe corriendo. Desaparecen enseguida.

Vosotras tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo por aquí. Vuestros hermanos seglares también tienen alma sacerdotal. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal; y con la gracia del Señor y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes de la Obra, haremos una labor eficaz.

Le contaron algunas anécdotas apostólicas, y aprovechó para animarles a ser fieles en las cosas pequeñas de cada día, y en el cumplimiento de las prácticas de piedad del Opus Dei:

Me imagino que aprovecháis el tiempo, y también que descansáis un poco, hacéis algo de deporte y alguna excursión.

Me imagino que, sobre todo, me cumplís muy bien las Normas (es decir, nuestras prácticas de piedad) y de todo sacáis motivo para tratar a Dios y a su Madre bendita, nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa, cualquiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre.

No dejó un solo momento de animar aquella conversación tan agradable y edificante. Una de las presentes le habló de los frutos apostólicos de una catequesis realizada en un país de América del Sur, y el Padre precisó: Ten en cuenta que no era fruto vuestro: era fruto de la Pasión del Señor, del dolor del Señor; de los trabajos y de las penas llevadas con tanto amor por la Madre de Dios; de la oración de todos vuestros hermanos; de la santidad de la Iglesia. Se manifestaba en apariencia como fruto de vuestro trabajo, pero no tengáis el orgullo de pensar que es así.

La reunión fue breve: duró menos de veinte minutos, porque nuestro Padre comenzó a sentirse cansado. Antes de terminar, renovó el acto de amor a la Iglesia y al Papa que había pronunciado en tantas ocasiones. Pocos minutos después se sintió peor. Don Javier y yo le acompañamos a la habitación del sacerdote, donde descansó un poco. Nosotros, y también las directoras del Centro, le insistíamos para que descansara otro rato. El Padre se negó, quizá para recordarnos, una vez más, que los sacerdotes del Opus Dei sólo están en los Centros de mujeres el tiempo indispensable para cumplir su ministerio sacerdotal. Enseguida, cuando parecía que se había respuesto, salimos hacia Roma en el coche, después de haber pasado al oratorio, donde nuevamente se detuvo unos instantes para despedirse del Señor. Mientras iba hacia el garaje, se interesó por las hijas suyas con las que se iba encontrando y, con su buen humor habitual, bromeó: Perdonadme, hijas, por la lata que os he dado. Añadió: Pax, hijas mías. Después, desde el coche, saludó cariñosamente a las que nos abrieron la puerta del garaje: hijas mías, adiós. Eran alrededor de las once y veinte.

El Padre volvía de Villa delle Rose indudablemente cansado, pero sereno y contento. Atribuyó su malestar al calor. Pidió a Javier Cotelo que le llevase a Roma per breviorem, por el camino más corto. Mientras tanto continuó charlando con nosotros, aunque fue una conversación un poco discontinua, porque estábamos impacientes por llegar cuanto antes a Villa Tevere y hacerle descansar. Javier condujo deprisa, pero con cuidado, para evitar un posible mareo. Llegamos a casa en poco más de media hora.

A las once y cincuenta y siete entramos en el garaje de Villa Tevere. En la puerta nos esperaba un miembro de la Obra. El Padre bajó rápidamente del coche, con el rostro alegre; se movía con agilidad, tanto, que se volvió para cerrar personalmente la puerta. Dio las gracias al hijo suyo que le había ayudado y entró en casa.

Saludó al Señor en el oratorio de la Santísima Trinidad y, como solía, hizo una genuflexión pausada, devota, acompañada por un acto de amor. A continuación subimos hacia mi despacho, el cuarto donde habitualmente trabajaba y, pocos segundos después de pasar la puerta, llamó: ¡Javi! Don Javier Echevarría se había quedado detrás, para cerrar la puerta del ascensor, y nuestro Fundador repitió con más fuerza: ¡Javi!; y después, en voz más débil: No me encuentro bien. Inmediatamente el Padre se desplomaba en el suelo.

Pusimos todos los medios posibles, espirituales y médicos. En cuanto advertí la gravedad de la situación, le impartí la absolución y la Unción de los enfermos, como deseaba ardientemente: respiraba aún. Nos había suplicado con fuerza, infinidad de veces, que no le privásemos de aquel tesoro.

Fue una hora y media de lucha, llena de amor filial: respiración artificial, oxígeno, inyecciones, masajes cardíacos. Mientras tanto, yo renové varias veces la absolución. Bajo la dirección médica de don José Luis, nos turnamos varios miembros del Consejo General –Dan Cummings, Fernando Valenciano, Umberto Farri, Giuseppe Molteni– y el doctor Juan Manuel Verdaguer. No podíamos creer que se cumplía la hora de este grandísimo dolor.

Seguíamos esperando contra toda esperanza. Llamé por teléfono a la Directora central, para que se reunieran urgentemente en sus oratorios todas las que vivían en Villa Sacchetti, y rezaran con muchísima intensidad, al menos diez minutos, por una intención muy urgente. Y continuamos intentando lo imposible. Nos resistíamos a convencernos de que había fallecido. A pesar de nuestros esfuerzos, el Padre no se recuperó del paro cardiaco. Nos resignamos cuando vimos que el electrocardiograma era plano.

A la una y media salí de la habitación, e invité a los otros miembros del Centro del Consejo General, que estaban en la antigua sala de reuniones rezando y llorando contenidamente, a que entrasen a rezar ante los restos de nuestro amadísimo Fundador.

Todos nos arrodillamos alrededor de su cuerpo, y le besamos las manos y la frente con inmenso cariño, llenos de lágrimas. Algunos no podían creerlo: pensaban que era sólo un error, y que nuestro Fundador se recuperaría o que tal vez Dios quería que le pidiésemos con gran fe el milagro de volverle a la vida. Rezamos el responso, y seguimos rezando, destrozados por el dolor, sin poder ni querer contener las lágrimas.

El cuerpo de nuestro Fundador estaba extendido, al lado de la pared que preside un gran crucifijo en el suelo de mi despacho; debajo habíamos colocado la colcha de mi cama, recubierta de una sabana limpia. En la pared de enfrente estaba el cuadro de la Virgen de Guadalupe que había recibido su última mirada de amor.

Para nosotros, ciertamente, se trataba de una muerte repentina; para nuestro Fundador, en cambio, fue algo que venía madurándose –me atrevo a decir–, más en su alma que en su cuerpo, porque cada día era mayor la frecuencia del ofrecimiento de su vida por la Iglesia y por el Papa.

Estoy convencido de que el Padre presentía su muerte. En los últimos años repetía frecuentemente que estaba de más en la tierra, y que desde el Cielo podría ayudarnos mucho mejor. Nos llenaba de dolor oírle hablar así –con aquel tono suyo fuerte, sincero, humilde–, porque mientras pensaba que era una carga, para nosotros era un tesoro insustituible.

Nunca se había preocupado por su estado de salud, aunque en los últimos años se le agudizó la insuficiencia renal y cardiaca; sabíamos bien que no tenía miedo a la muerte, y que estaba desprendido de la vida. La meditación frecuente de los Novísimos, desde su juventud, había dispuesto día a día su corazón enamorado para la contemplación de la Trinidad Beatísima.

Desde hacía muchos años ofrecía a Dios su vida y mil vidas que tuviera, por la Santa Iglesia y por el Papa. Era la intención de todas sus Misas, y lo fue también de la que celebró el 26 de junio de 1975: aquel día el Señor aceptó su ofrecimiento.

Nuestro Fundador nos había confiado algunas veces que pedía al Señor la gracia de morir sin dar la lata: por cariño a sus hijos, quería evitarles las molestias de una larga enfermedad. Dios acogió también esta petición suya y murió –según el espíritu que había predicado desde 1928–, trabajando por el Señor, ut iumentum!

En la habitación en que murió preparamos una tabla, cubierta por una sábana blanca, y allí colocamos a nuestro Fundador para trasladarlo hasta el oratorio de Santa María de la Paz.

Antes, le quité el relicario en forma de cruz con el Lignum crucis que nuestro Fundador llevaba al cuello; lo besé devotamente y me lo puse yo, diciendo en voz alta que lo llevaría hasta la elección del futuro sucesor. Después sustituimos la medalla del Carmen que llevaba en aquel momento por un escapulario de tela nuevo.

Dispusimos los restos mortales de nuestro Fundador, aún con la sotana negra, en la nave central del oratorio de Santa María de la Paz, a los pies del altar. Antes, habíamos extendido sobre el suelo el paño negro que se suele utilizar para el túmulo en las Misas de difuntos. Eran alrededor de las dos y cuarto.

Colocamos la cruz del altar mirando a la nave. Pensando en las Misas de corpore insepulto, que se celebrarían ininterrumpidamente, pusimos sobre el altar un pequeño crucifijo, vuelto hacia el celebrante.

Antes de revestirle con los ornamentos sacerdotales, don Javier Echevarría, llorando desconsoladamente, sacó del bolsillo de la sotana todo lo que el Padre solía llevar: la agenda, el crucifijo, el rosario y un silbato que le habían regalado pocas semanas antes las chicas de un club, que querían pedir la Admisión en la Obra.

Después, aunque estaba afeitado, le volví a afeitar y le quité los zapatos. Antes, yo había sugerido que rezásemos otro responso con la oración específica para los sacerdotes. Lo dirigió father Dan Cummings. Inmediatamente después, pedí a Jesús Álvarez Gazapo –arquitecto– que comprase el féretro, llamase a un escultor –para que sacara una mascarilla del rostro y de las manos de nuestro Fundador–, y preparase la sepultura. Entretanto don Ernesto Juliá trajo los ornamentos sacerdotales. Don Javier Echevarría, don Carlos Cardona, don José Luis Soria y don Julián Herranz revistieron el cuerpo de nuestro Fundador: sobre la sotana, el amito, el alba, la estola y la casulla. El alba era de batista de hilo, de encaje. La casulla, de estilo semigótico, llevaba en el centro, por delante y por detrás, el sello de la Obra.

Apoyamos la cabeza del Padre sobre un almohadón de terciopelo; entre las manos, cruzadas, pusimos el crucifijo que San Pío X tuvo en sus manos a la hora de su muerte; después, antes de enterrarle, cambiamos este crucifijo por otro, y este segundo lo hemos conservado también como una reliquia.

Una vez instalada la capilla ardiente, quedó libre el acceso al oratorio de Santa María de la Paz. Desde ese momento hasta el del entierro comenzó un flujo ininterrumpido de hijos e hijas de nuestro Fundador, y muchas otras personas que llegaban de Roma y de otras partes. Indiqué que se abriera la puerta del número 75 de la calle Bruno Buozzi, por la que se accede directamente al oratorio; y en el vestíbulo pusimos una mesa cubierta de un paño negro y un libro de firmas. Eran las tres y media.

En la nave central se colocaron dos reclinatorios ante el cuerpo de nuestro Fundador; estaban junto a los bancos laterales de la nave para dejar libre el paso. También pusimos el acetre, el hisopo, la estola negra y el texto del responso. A los lados de nuestro Padre había cuatro candeleros con las velas encendidas.

Poco antes de las cuatro, llegó el escultor para modelar la mascarilla del rostro y las manos. Desalojamos el oratorio, y el artista llevó a cabo su tarea con gran delicadeza, conmovido por el dolor y la paz que reinaba en la casa. Estaban presentes Jesús Álvarez Gazapo, don Carlos Cardona, don José Luis Soria y algunos más. Tomaron todas las precauciones para que no se mancharan los ornamentos ni el suelo del oratorio, cubriéndolos oportunamente, como nos había enseñado a hacer el Padre. Al terminar, don Carlos y don José Luis Soria se arrodillaron llorando y limpiaron el rostro y las manos de nuestro Fundador, y le peinaron de nuevo.

A continuación, pedí a sus hijas que limpiasen también el rostro de nuestro Fundador, la cabeza, las manos, los ornamentos, y que lo peinasen de nuevo, quitándole cuidadosamente las pequeñas motas blancas que se habían desprendido de la escayola. Se encargaron de esta tarea filial Carmen Ramos, Marlies Kücking, Marisa Vaquero, Blanca Fontán, María Dolores Mazuecos y Conchita Areta. Sabía que les daría consuelo, un tristísimo consuelo. Lo hicieron todo con un inmenso cariño. Por indicación de don Javier Echevarría cortaron unos mechones de pelo de la cabeza, en la parte de la nuca, de modo que no se notaba nada. Limpiaron luego el suelo y pusieron rosas y gladiolos rojos.

Tuvieron también la delicadeza de cubrir un lado de la tirilla de algodón blanco que rodea el cuello de la casulla con otro limpio; pues, al sacar la mascarilla, se había manchado un poco.

Eran las cinco y media pasadas. Sin dejar pasar más tiempo, celebré entre sollozos la primera Misa de corpore insepulto. Asistió la Asesoría Central y la Administración. Me pareció justo aplicar la enseñanza recibida directamente del Padre: primero, sus hijas. Me ayudaron don Javier Echevarría y don Joaquín Alonso. Utilicé los mejores ornamentos y los vasos sagrados más ricos que teníamos. Antes de la Comunión, les dirigí unas palabras: las que el Señor puso en mi boca. Al terminar la Santa Misa, me arrodillé a la derecha de la sede, saqué del bolsillo el crucifijo y recité la oración En ego (“A Jesús Crucificado”), y continué la acción de gracias.

Celebró después don Javier Echevarría, también visiblemente emocionado. Asistieron al Santo Sacrificio los miembros de los Centros de varones de nuestra Sede Central. Al terminar, antes de volver a la sacristía, se detuvo delante de los restos mortales de nuestro Fundador e hizo una profunda reverencia; los demás sacerdotes que celebraron después imitaron su gesto.

Se dijeron Misas en sufragio de su alma ininterrumpidamente, una tras otra, durante todo el resto de la tarde, la noche y el día siguiente, hasta la Misa de exequias. Todos los oficiantes fueron sacerdotes Numerarios de la Obra, excepto uno, Mons. Pedro Altabella, canónigo de la Basílica de San Pedro, que quería entrañablemente al Padre y pasó horas ante su cuerpo, rezando y llorando. En total, fueron cincuenta Misas, además de una cantada y la de exequias.

Una o dos horas después de la muerte, había comunicado la dolorosa noticia a la Asesoría Central y a todos los Centros dependientes del Consejo General y de la Asesoría, así como a las Regiones de los cinco continentes donde trabaja el Opus Dei. Pedí a todos que ofrecieran muchos sufragios, como nos obligaba la piedad filial, y que al mismo tiempo empezaran a encomendarse a la intercesión de nuestro Padre.

Como a nuestro Fundador no le gustaban las grandes solemnidades, me pareció que lo mejor era que cada uno permaneciera en su sitio, en su propia Región. Solamente me permití una lógica excepción: llamé al Vicario de España, para que viniera con algunos de la Comisión Regional, y también la Directora Regional con algunas de la Asesoría. Una excepción de justicia, porque la Región de España es la “primogénita”. También llamé, y era bien natural, al Vicario de Italia. El Vicario y el Delegado de Perú vinieron, porque, cuando intentaron pararlos, ya estaban en el avión.

A las tres había llamado por teléfono también al Cardenal Secretario de Estado, para informarle de la muerte de nuestro Fundador. El Cardenal Villot se quedó muy impresionado, me dio el pésame con gran afecto y me aseguró que se lo diría inmediatamente al Papa, que en aquel momento estaba descansando. Éste fue el primer anuncio oficial del fallecimiento de nuestro Fundador. Desde aquel instante la noticia fue pública, y empezó a circular rápidamente por Roma y por todo el mundo.

En todos los países, los medios de comunicación social la difundieron con veneración y respeto: era el reflejo de la impresión que recibieron directamente los periodistas que acudieron a Villa Tevere. En los días siguientes fueron apareciendo numerosísimos artículos y programas de radio y televisión, en los que se ponía de relieve la importancia de la obra de nuestro Fundador en la vida de la Iglesia. Su fama de santidad quedó aún más patente desde el momento de su muerte.

La tarde del 26 comenzaron a llegar personas de todos los ambientes sociales que deseaban manifestar su dolor y rezar. Recogimos testimonios conmovedores que evidenciaban un profundísimo amor hacia nuestro Fundador, y declaraciones unánimes que mostraban la certeza de estar ante el cuerpo de un santo. Insignes personalidades de la Iglesia y de la vida civil, empleados, obreros, jóvenes y ancianos, madres de familia con sus hijos en brazos: todos querían “ver al Padre”.

En el oratorio de Santa María de la Paz se respiraba una atmósfera de intensa oración y de dolor sereno, difícil de describir. Incluso los más pequeños, de la mano de sus padres, contemplaban, sin temor alguno, el rostro sereno del Padre.

Mientras se sucedían las Misas, una riada humana afluía hasta la capilla ardiente. Entre los primeros llegó Mons. Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, que venía en representación del Papa. Permaneció mucho tiempo recogido en oración, en un reclinatorio, frente al cuerpo de nuestro Fundador. Llegaron también cardenales, obispos y sacerdotes, embajadores, personas de alto nivel social y gente modesta, y muchísimos miembros de la Obra, cooperadores y amigos. Mostraban su dolor y su cariño permaneciendo largos ratos en oración delante de los restos de nuestro Padre.

Puedo afirmar, sin retórica, que aquellas primeras horas tras su muerte constituyeron ya una extraordinaria catequesis: “¡Cuánto bien hará a la Iglesia desde el Cielo!”, exclamó el Cardenal Wright, que le quería mucho.

El Cardenal Ottaviani, antiguo Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la fe, me dijo: “Esto no es sólo un luto para el Opus Dei: es un grave luto para toda la Iglesia”. El obispo polaco Mons. Deskur, que más tarde sería elevado al cardenalato por Juan Pablo II, me confió mientras me daba un abrazo: “Hoy he celebrado la Misa por su glorificación. Espero ser uno de los primeros obispos que postule su beatificación. Deseo agradecer al Padre y al Opus Dei lo que ha hecho por la Iglesia en el terreno de las comunicaciones sociales y lo que ha hecho por mi alma”. El Arzobispo Mons. Antonio Travia exclamó abrazándome: “¡Yo también me he quedado huérfano!”. El Prefecto de una Congregación sugirió a todos los colaboradores de ese Dicasterio que acudieran a rezar delante del cuerpo de nuestro Fundador, para ver la serenidad del rostro de un santo.

A media tarde llegaron tres operarios de confianza que trabajaban desde hacía mucho tiempo en la Sede Central, y habían conocido personalmente a nuestro Fundador. Venían para levantar la losa de mármol de la tumba. Se quedaron rezando un rato y bajaron emocionados a la cripta, donde realizaron su trabajo con mucho respeto.

A medida que pasaban las horas, el flujo de personas aumentaba progresivamente. Sus hijos y sus hijas se turnaron durante toda la noche para velarle. Se sucedían las Misas, una tras otra.

Después de medianoche, llegó Santiago Escrivá de Balaguer, hermano de nuestro Fundador, con su mujer. Venían también con ellos una hermana mía y su marido. Estuvieron mucho tiempo rezando delante del Padre. Santiago estaba especialmente afectado y no escondía su inmenso y comprensible dolor. Asistieron a la Santa Misa y recibieron la Comunión. A la una y media les rogamos que se fueran a descansar.

Al amanecer del viernes 27 estábamos todos despiertos. A las ocho, el Sacerdote Secretario Central celebró una Misa solemne para las mujeres del Opus Dei, en el oratorio de Santa María de la Paz.

Don Javier y yo permanecimos aquella mañana mucho tiempo al lado del Padre, junto a cardenales, obispos, sacerdotes y amigos que venían a rezar y a saludar por última vez a nuestro Fundador. A media mañana me levanté de uno de los bancos laterales, me arrodillé junto a la cabeza de nuestro Fundador, y apoyé mi frente sobre la suya durante unos instantes. Después tomé tres rosas rojas de uno de los ramos de flores que había allí, las puse sobre sus pies, y me vinieron a los labios las palabras de San Pablo: Quam speciosi pedes evangelizantium pacem, evangelizantium bona (Rom 10, 15).

También Santiago y su mujer se quedaron casi toda la mañana velando los restos de su hermano.

En las primeras horas de la tarde, vinieron a Villa Tevere los embajadores de diferentes países acreditados ante la Santa Sede, entre ellos el Decano del Cuerpo Diplomático; los Cardenales Rossi, Wright, Seper, Baggio, Garrone, Philippe, Oddi, Guerri, Ottaviani, Palazzini, Traglia, Violardo; los embajadores de España en Italia y la Santa Sede, diplomáticos de varios países, y Mons. Carboni, Nuncio de Italia y Decano del Cuerpo Diplomático acreditado ante el gobierno italiano; el sastre que hacía las sotanas al Padre, con su mujer y su hija; obreros que habían trabajado en Villa Tevere; el Cardenal Arzobispo de Guatemala, que pocos días después iba a ordenar a cincuenta y cuatro miembros de la Obra; el subjefe de la Policía; la empleada doméstica de los sobrinos de San Pío X, que habían regalado tantas reliquias de nuestro Santo Intercesor; numerosas religiosas –muchas de ellas con parientes en la Obra–, y religiosos, entre ellos, el Prepósito General de la Compañía de Jesús; intelectuales italianos; una delegación del Ayuntamiento de Barbastro…: una procesión continua de gente que se sentía en deuda de gratitud con nuestro Fundador, y que es imposible enumerar.

En aquellos momentos me consoló mucho recibir la cariñosa respuesta del Santo Padre Pablo VI a la información que le había enviado en mi calidad de Secretario General de la Obra. A través de Mons. Benelli, el Papa expresó su condolencia y nos dijo que también espiritualmente rezaba junto al cuerpo de “un hijo tan fiel” a la Santa Madre Iglesia y al Vicario de Cristo. Antes del funeral público, llegó a Villa Tevere un telegrama de la Sede Apostólica. El Romano Pontífice renovaba la expresión de su condolencia, manifestaba que estaba ofreciendo sufragios por el alma de nuestro Fundador, y confirmaba su persuasión de que era un alma elegida y predilecta de Dios; concluía impartiendo la Bendición apostólica para toda la Obra. Como es costumbre, el telegrama llevaba la firma del Cardenal Secretario de Estado, que se unía de todo corazón a nuestro dolor, y a los sentimientos de Pablo VI, quien deseaba hacernos llegar lo antes posible aquellas líneas.

Poco tiempo después recibimos otra prueba de afecto por parte del Santo Padre: una carta, en la que manifestaba más extensamente la intensidad del dolor del Papa y de su cariño hacia nuestro Fundador y el Opus Dei. El Cardenal Secretario de Estado explicaba que Su Santidad había celebrado la Santa Misa el 27 de junio en sufragio por el Padre y que, al cabo de los días, no había disminuido su oración ni su dolor ante la pérdida sufrida por la Iglesia con el tránsito al cielo de nuestro Fundador. Terminaba asegurando que continuaría rezando para que el Señor nos concediese ser siempre fieles al espíritu que nuestro Fundador, por Voluntad divina, nos había transmitido.

Llegaron a la Sede Central del Opus Dei miles de telegramas y cartas desde los cinco continentes: además de expresiones del más sentido dolor, reflejaban concordemente la convicción de que había muerto un santo, uno de los grandes fundadores suscitados en la Iglesia por el Espíritu Santo.

Pero volvamos al viernes 27 de junio. Alrededor de las dos de la tarde trajeron el féretro, y colocamos el cuerpo del Padre con mucho cuidado. Era de caoba, con una caja interior de zinc, forrada con seda morada. Apoyaron la cabeza sobre un pequeño cojín, también morado. Conservamos como reliquia el pequeño almohadón sobre el que se había apoyado hasta ese momento.

Poco después llegó el forense, que debía comprobar el cumplimiento de las normas prescritas por la ley italiana para la sepultura de un cadáver fuera del cementerio. El médico estaba acostumbrado a presenciar el dolor de los allegados ante la pérdida de una persona querida. Le sorprendió ver un cariño tan poco común y no quiso cobrar honorarios.

En cuanto terminamos este tristísimo y piadoso deber, las Numerarias de la Asesoría Central y de los Centros dependientes prepararon el oratorio para la última Misa de corpore insepulto, la Misa exequial solemne. Trajeron algunas cestas llenas de crucifijos y rosarios y, arrodilladas, los pasaron por las manos de nuestro Fundador. Aquellos objetos eran ya para todos preciosísimas reliquias. A la vez besaban al Padre en la frente.

Al lado del féretro estaban Santiago Escrivá de Balaguer, su mujer, y mis parientes que les habían acompañado. Fue una Misa cantada en gregoriano por el coro del Colegio Romano de la Santa Cruz. En el presbiterio y en la tribuna estaban también muchos sacerdotes Numerarios, todos revestidos con sobrepelliz. Utilicé el cáliz que le habíamos regalado el 28 de marzo pasado, con ocasión de sus bodas de oro con el sacerdocio. Eran las seis.

Celebré ayudado por don Javier Echevarría y father Dan Cummings. Pronuncié una breve homilía implorando a todos los presentes que hicieran el propósito firmísimo de ser más fieles que nunca al que el Señor nos había dado como Padre, vivir muy unidos, ser muy humildes.

Al terminar la Misa, precedido por los acólitos y un ministro con la cruz procesional, bajé a la nave para rezar un responso mientras el coro entonaba el Libera me Domine. Fue el último que rezamos delante de su cuerpo antes de la sepultura. Había llegado el momento del entierro.

Hacia las siete y media se cerró el ataúd. Estaban presentes don José Luis Soria y Jesús Álvarez Gazapo. Antes, habíamos sustituido por otro crucifijo el que el Padre tenía entre las manos. A continuación lo enterramos.

El Consejo General y la Asesoría Central del Opus Dei prepararon el solemne funeral público para el día siguiente, 28 de junio, a las once de la mañana, en la Basílica de San Eugenio a Valle Giulia. Se trata de un templo construido para cumplir un deseo del Santo Padre Pío XII, con limosnas de los fieles de todo el mundo; también nuestro Padre había contribuido al comienzo de los años cuarenta, con una limosna muy generosa para las posibilidades económicas de entonces.

Había sitio en los bancos para cuatrocientas personas. Se pusieron mil sillas más. La mayor parte de los asistentes al funeral se enteraron de la hora y el lugar a través de otras personas, ya que una huelga imprevista de distribuidores de periódicos impidió que se difundiera la noticia enviada a la prensa. La iglesia empezó a llenarse desde las diez. Algunos directores y otros miembros de la Obra se encargaron de recibir en la entrada a las autoridades eclesiásticas y civiles. Celebró don Francisco Vives, ayudado por el Vicario de Italia y otros sacerdotes. Miles de personas de toda edad y condición abarrotaban el templo. Acudieron numerosos cardenales, altos dignatarios de la Santa Sede, miembros del Cuerpo Diplomático ante la Santa Sede y el Gobierno italiano, presididos por sus respectivos Decanos –el Nuncio Apostólico en Italia y el embajador de Guatemala–, representantes de los sectores más diversos de la vida civil y muchos fieles de los barrios periféricos de Roma, de ciudades cercanas y del extranjero.

En representación del Papa asistió Mons. Benelli, que se sentó junto a mí en el presbiterio. Estaban presentes los cardenales Violardo, Ottaviani, Fürstenberg, Baggio, Palazzini, Oddi, Aponte, Casariego, junto con muchos otros obispos, prelados, sacerdotes y superiores de Órdenes y Congregaciones religiosas.

Los cardenales y las demás personalidades eclesiásticas siguieron la ceremonia desde el presbiterio: después me manifestaron su asombro al contemplar aquella multitud tan heterogénea que rezaba con tanta fe, dando así un testimonio patente de la repercusión que habían tenido en su vida el ejemplo y las enseñanzas del Fundador del Opus Dei. Un gran número de sacerdotes distribuyó la Comunión durante más de media hora, en un clima de recogimiento y de fervor.

Tiempo después, el Cardenal Oddi describió así la viva impresión que le había producido aquel funeral: “No puedo olvidar la edificante manifestación de devoción y piedad, que me emocionó profundamente, con ocasión del funeral, así como del primer aniversario del retorno a Dios del alma de este Siervo fiel. La gran iglesia de San Eugenio estaba literalmente abarrotada por miembros y simpatizantes del Opus Dei, que con un recogimiento ejemplar asistían a la celebración del Sacrificio del altar, y se acercaban a la Sagrada Mesa con un espíritu de convencimiento y de fe que no es fácil encontrar en celebraciones de este tipo”.

Aquel mismo día envié a todas las Regiones otro telegrama, invitando a celebrar un funeral en una iglesia pública en las ciudades en que hubiera un Centro de la Obra. No podíamos defraudar las esperanzas de tantas personas que deseaban expresar su cariño a nuestro Fundador, y además era justo ofrecer a todos la ocasión de rezar por su alma. Estas Misas constituyeron un impresionante testimonio de piedad filial y de sentida gratitud: en numerosas ciudades de los cinco continentes, miles y miles de personas se reunieron, cor unum et anima una, para rezar por el alma de nuestro Fundador, llenando iglesias y catedrales que desde hacia siglos no registraban quizá una afluencia de fieles semejante.

En todas partes se vivió el mismo clima de dolor sereno y de piedad, de oración y de lágrimas, que había caracterizado los funerales solemnes del 28 de junio en la Basílica romana de San Eugenio. Fue verdaderamente otra catequesis del Padre, que produjo idénticos frutos sobrenaturales que sus “correrías” apostólicas: un gran número de confesiones y comuniones, propósitos de fidelidad y de generosidad personal, conversiones grandes y pequeñas; la única diferencia era que las dimensiones del fenómeno tomaban ahora proporciones universales.

Estas impresiones están ampliamente documentadas por comentarios de la prensa y testimonios de los presentes. Las crónicas sobre estas Misas no sólo pusieron de relieve el excepcional número de asistentes, sino también la variedad de su extracción social: personalidades de primer orden en la vida pública, madres de familia, hombres del campo, profesores, estudiantes, empleados, profesionales… Para asistir a la ceremonia, muchos tuvieron que superar dificultades considerables a causa del horario de trabajo, o la distancia que debían recorrer. La jerarquía eclesiástica local se unió al dolor de los miembros del Opus Dei, participando también personalmente en esas Misas.

En particular, me alegra recordar un fenómeno que se verificó en todas partes: la conversión de muchas almas, apartadas de los sacramentos desde hacía muchos años, que se sintieron empujadas a confesarse y a comulgar; además, personas no católicas decidieron prepararse para recibir el Bautismo.

El Santuario de Torreciudad se inauguró diez días después, el 7 de julio de 1975, precisamente con un funeral por el alma del Fundador de la Obra. En la iglesia, el atrio y la explanada había unas siete mil personas. Entre otros, el Vicario general de la diócesis de Barbastro, las autoridades provinciales y locales, muchos obreros que habían trabajado en la construcción del Santuario junto con sus familias, y tanta gente de otras localidades. Hubo centenares de confesiones.

A pocos kilómetros de distancia, en la ciudad natal de nuestro Fundador, el Ayuntamiento de Barbastro organizó un funeral que celebró el Obispo de la diócesis en la catedral. Asistieron todas las autoridades locales y un gran número de fieles. La consternación era general: no hacía un mes que nuestro Fundador había estado entre sus conciudadanos, que le habían entregado la medalla de oro de Barbastro.

Nuestro Fundador fue sepultado en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz, el 27 de junio de 1975, al día siguiente de su muerte. El 4 de octubre de 1957, había dicho a Jesús Pedro Álvarez Gazapo las palabras que quería que se pusiesen sobre su propia tumba, aunque después aclaró que sólo era un deseo, y que podíamos decidir libremente. Son éstas:

IOSEPHMARIA ESCRIVA DE BALAGUER Y ALBAS

PECCATOR

ORATE PRO EO

–––––––––––––––––––––

GENUIT FILIOS ET FILIAS

Respecto a estas últimas palabras, comentó sonriendo: Si queréis, podéis añadirlas.

Yo pensé, en la presencia de Dios, que no podíamos transcribir la primera parte, con mayor motivo habiéndonos dejado libertad. Durante muchísimos años al Padre le había gustado firmar así: Josemaría, Pecador, o el pecador Josemaría; y se definía a sí mismo como un pecador que ama a Jesucristo. Una gran lección de humildad para todos nosotros; pero me parece que no habríamos sido buenos hijos si hubiésemos grabado una inscripción así sobre la tumba.

Interpretando el deseo de todos, dispuse que sobre la tumba se escribieran, en letras de bronce dorado, solamente estas palabras: EL PADRE. En la parte de arriba se puso el sello de la Obra, una circunferencia que rodea la cruz, y abajo, a la derecha, la fechas de nacimiento y de muerte.

Comenzó entonces una peregrinación ininterrumpida a la tumba de nuestro Fundador, al que fieles de toda nacionalidad y condición confiaban sus peticiones y sus propósitos de renovación interior. Después, el 19 de febrero de 1981, el cardenal Ugo Poletti, Vicario para la diócesis de Roma, promulgó el Decreto que introdujo la Causa de Canonización del Fundador del Opus Dei. El 9 de abril de 1990 Juan Pablo II declaró la heroicidad de las virtudes vividas por el Venerable Siervo de Dios. El 6 de julio de 1991, en la presencia del Santo Padre, se leyó el decreto que sancionaba el carácter milagroso de una curación operada por intercesión del Venerable Josemaría Escrivá. Y el 17 de mayo de 1992 el Pontífice Juan Pablo II lo proclamaba Beato.

1. Hijo de la Iglesia

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El decreto sobre la heroicidad de las virtudes vividas por Mons. Josemaría Escrivá, promulgado el 9 de abril de 1990 por Juan Pablo II, sitúa la figura del Fundador del Opus Dei en un preciso contexto eclesial: la llamada a la santidad de todos los bautizados que es, según Pablo VI, “el elemento más característico del Magisterio conciliar, y por así decir, su fin último”. Mons. Escrivá, desde el 2 de octubre de 1928, dedicó todas sus energías a difundir esa vocación universal a la santidad, “en coincidencia profética con el Concilio Vaticano II”.

Como es bien sabido, el amor a la Iglesia y la voluntad de servirla penetran todos los escritos, la predicación y la vida del Fundador. Me gustaría conocer detalles de cómo manifestaba personalmente, Mons. Escrivá, su profunda convicción de hijo de la Iglesia.

–Conservo el recuerdo imborrable de su llegada a Roma. Era el 23 de junio de 1946. El Padre tenía 44 años. Yo estaba en Roma desde febrero de aquel año, porque el Fundador me había encomendado diversas gestiones para la aprobación pontificia de la Obra. Como las características propias del Opus Dei representaban una novedad absoluta en el Derecho canónico vigente, yo trabajaba en la medida de mis posibilidades, siguiendo las indicaciones precisas del Fundador. Pero me dijeron, entre otras muchas cosas, que no era posible aún obtener la aprobación del Opus Dei: habíamos nacido –ésta fue la expresión literal– con un siglo de anticipación. Las dificultades eran tan grandes, aparentemente insuperables, que decidí escribir al Padre para manifestarle la necesidad de su presencia en Roma.

Aunque en aquel momento padecía una diabetes gravísima –hasta el punto de que el médico que entonces le atendía, el Dr. Rof Carballo, había declinado toda responsabilidad sobre su vida si emprendía aquel viaje–, el 21 de junio el Padre se embarcó en el viejo J. J. Sister, en Barcelona. Antes había pedido su parecer a los miembros del Consejo General del Opus Dei, y se había abandonado en manos de la Virgen de la Merced.

Después de una dura travesía, a causa de una tempestad absolutamente insólita en el Mediterráneo, la nave atracó en el puerto de Génova el 22 de junio, poco antes de la medianoche. Yo había ido a esperarle desde Roma junto con Salvador Canals, otro miembro del Opus Dei. Pasamos antes por un modesto hotel para reservar las habitaciones. Recuerdo que allí Salvador y yo cenamos muy frugalmente: estábamos en plena posguerra, y como postre nos sirvieron un trozo de parmesano. Yo no conocía este tipo de queso, lo probé y me pareció tan bueno que lo guardé para nuestro Fundador. No podía imaginar que sería su primer alimento después de cuarenta y ocho horas. El Padre me tomó siempre el pelo afectuosamente por aquello.

Al día siguiente celebró su primera misa en tierra italiana, en una iglesia muy dañada por los bombardeos. El viaje hasta Roma, en un pequeño coche alquilado, por aquellas carreteras destrozadas tras la guerra, fue interminable e incomodísimo. Pero el Padre rebosaba alegría, sin una queja: le emocionaba pensar que al fin iba a cumplirse una de sus más grandes aspiraciones: videre Petrum. Durante todo el recorrido rezó muchísimo por el Papa.

Llegamos a Roma al atardecer del 23 de junio. Cuando divisó por vez primera la cúpula de S. Pedro desde la Via Aurelia, rezó muy conmovido un Credo. Habíamos subarrendado algunas habitaciones de un apartamento en el último piso de un edificio de la plaza de Città Leonina, nº 9, que tenía una terraza desde la que se veía la Basílica de San Pedro y el Palacio pontificio. Al asomarse a esta terraza y contemplar las habitaciones que ocupaba el Vicario de Cristo, el Padre expresó su deseo de quedarse allí un rato, recogido en oración, mientras los demás, cansados de un viaje tan accidentado, se retiraban a descansar. Llevado por su amor al Papa, y emocionado por estar tan cerca de sus habitaciones, el Padre permaneció en la terraza toda la noche, rezando, sin dar importancia al cansancio del viaje ni a su falta de salud, ni a la tremenda sed que le producía su enfermedad, ni a los contratiempos del viaje en barco.

Este episodio puede dar una idea de la intensidad con que el Fundador amaba a la Iglesia y al Papa. Y, aún más, a pesar del gran deseo –ansia incluso– de acercarse a rezar ante la tumba de San Pedro, el Padre esperó varios días antes de entrar en el Templo de la Cristiandad; tan grande era su espíritu de mortificación.

A finales de aquel mes, exactamente el 30 de junio, el Padre pudo escribir a sus hijos del Consejo General del Opus Dei, que tenía entonces su sede en España: Tengo un autógrafo del Santo Padre para “el Fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei”. ¡Qué alegrón! Lo besé mil veces. Vivimos a la sombra de San Pedro, junto a la columnata.

El 31 de agosto pudo regresar a Madrid, con un documento de la Santa Sede llamado De alabanza de los fines, instrumento canónico que no se otorgaba desde hacía casi un siglo. Las dificultades comenzaban a superarse.

El 22 de octubre de 1946, Mons. Escrivá quiso volver a rezar ante la Virgen de la Merced; después, el 8 de noviembre, volvió desde Madrid definitivamente a Roma, ciudad que sería durante casi treinta años su residencia habitual, hasta el día en que Dios lo llamó a su Presencia.

Volvamos al tema. El Beato Josemaría fue favorablemente acogido en la Curia Romana, especialmente por el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Montini, pero no le faltaron dificultades por parte de algunos eclesiásticos. Algunas veces dijo que había perdido la inocencia al llegar a Roma…

–Pero sus reacciones se caracterizaron por una profunda visión sobrenatural. Por ejemplo, comenzó a ir con frecuencia a la Plaza de San Pedro para rezar el Credo delante de la tumba del Príncipe de los Apóstoles. Utilizaba la fórmula castellana que su madre le había enseñado de pequeño, y cuando llegaba a las palabras: Creo en la Santa Iglesia Católica, añadía el adjetivo romana y, a continuación, un paréntesis: a pesar de los pesares. Una vez, estando yo delante, se lo confió a Mons. Tardini –no recuerdo si ya había sido nombrado Cardenal Secretario de Estado–, y el prelado le preguntó: “¿Qué quiere decir con esto de ‘a pesar de los pesares’?”. El Padre respondió: A pesar de mis pecados y de los suyos. Lógicamente el Padre no quería ofender a Mons. Tardini. Si ningún hombre está exento de pecado, y el justo cae siete veces al día, nuestro Fundador subrayaba la necesidad de que los colaboradores del Papa fuesen muy santos y estuviesen llenos del Espíritu Santo, para que en toda la Iglesia hubiera más santidad.

No admitía ni justificaba la falsa humildad de algunos eclesiásticos, proclives a la “autocrítica” de la Iglesia: la Iglesia, repetía a menudo, no tiene manchas, porque es la Esposa de Cristo. Este meaculpismo, como solía llamarlo, le llenaba de dolor: no admitía que el reconocimiento de la debilidad de los hombres ofuscase la fe en la santidad objetiva de la Iglesia.

El Fundador conoció a tres Papas. ¿Cuáles fueron sus relaciones con el primero, Pío XII?

–El Santo Padre Pío XII le recibió en audiencia muchas veces, y demostró su estima personal por la Obra concediendo las dos primeras aprobaciones pontificias: el Decretum Laudis de 1947, y la aprobación definitiva en 1950. Para mostrar su afecto, nuestro Fundador llegaba incluso a ofrecer al Papa regalos muy sencillos. Por ejemplo, una vez le llevó unas naranjas que había recibido de España (en aquella época no teníamos dinero ni para comer). Otra vez, como sabía que al Santo Padre le gustaba un determinado vino español, consiguió unas botellas y se las regaló.

Hay un episodio significativo de este afecto del Padre por el Sumo Pontífice. Durante una audiencia, en un determinado momento, quiso besar los pies de Pío XII. El Papa le dejó besar uno, pero no quiso que le besara el otro. Entonces el Padre insistió filialmente expresando al Santo Padre que era aragonés y, como todos los aragoneses, tozudo.

Pío XII manifestó su aprecio por el Fundador del Opus Dei en muchas ocasiones. Al cardenal Gilroy y a su obispo auxiliar les confió: “Es un verdadero santo. Un hombre enviado por Dios para nuestros tiempos”. El auxiliar, Mons. Thomas Muldeon, después de la muerte del Padre, consignó este recuerdo en un testimonio escrito.

En una entrevista periodística (Conversaciones, num. 229), el Fundador recordó que, en cierta ocasión, animado por el carácter afable y paterno de Juan XXIII, le dijo: en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Su Santidad… Y el Papa se reía, emocionado, pues sabía que desde 1950 la Santa Sede había autorizado al Opus Dei para admitir como cooperadores a los no católicos e incluso a los no cristianos.

–Sucedió en la primera audiencia que Juan XXIII concedió al Fundador, el 5 de marzo de 1960. El Santo Padre era muy afable y sencillo, lo que facilitaba a sus interlocutores confidencias fuera de todo protocolo. Además, en aquellas audiencias papales, también cuando debía tratar de asuntos importantes, no dejaba de contarle hechos que pudieran alegrarle. Recuerdo que pocos días después de su llegada a Roma le recibió Mons. Montini, entonces Sustituto de la Secretaría de Estado. Nuestro Fundador le habló extensamente de la Obra, y le contó algunas anécdotas apostólicas. Mons. Montini aseguró que enseguida se las referiría al Santo Padre: “Aquí llegan solamente penas y dolores, y el Papa se alegrará mucho cuando conozca tantas cosas buenas que están haciendo ustedes”.

Al término de aquella primera audiencia, Juan XXIII le confió que las explicaciones del Padre sobre el espíritu de la Obra le habían abierto “insospechados horizontes de apostolado”.

A la audiencia privada concedida por Juan XXIII el 27 de julio de 1962, le acompañó don Javier Echevarría. Fue una conversación a solas, entre el Papa y el Fundador del Opus Dei. Sé que hablaron largamente sobre el espíritu y la actividad de la Obra en el mundo, y que pocos días después, el 12 de junio de 1962, el Padre escribió una carta a todos sus hijos del mundo entero pidiéndoles que se unieran al agradecimiento que en justicia sentía hacia Juan XXIII, por haberle ofrecido una vez más el honor y la gloria de ver a Pedro. Debo añadir que nuestro Fundador me habló muchas veces, con gran admiración, de las virtudes sacerdotales del Papa Roncalli.

Durante la dolorosa enfermedad de Juan XXIII, Mons. Angelo Dell’Acqua contó al Padre –le manifestó siempre gran confianza– algunos detalles de cómo cuidaba al Papa. Por ejemplo, mientras estaba junto a la cabecera de su lecho, el Papa le tomaba la mano, y cuando hacía gesto de irse y le soltaba, exclamaba: “Angelino, no me dejes”. El Padre se entristecía al pensar en la soledad en que se encontraba el Papa y daba las gracias de todo corazón a Mons. Dell’Acqua, que, con los más íntimos colaboradores de la casa pontificia, atendían con tanto cariño al Papa Juan XXIII durante sus últimos días.

Por detalles precedentes se intuye que la estima de Pablo VI al Opus Dei y a su Fundador eran anteriores a su elevación al Pontificado.

–Basta recordar que, una vez obtenida la aprobación pontificia del Opus Dei, me pareció oportuno pedir a la Santa Sede, en calidad de Procurador General y en nombre del Consejo General de la Obra, el nombramiento de Prelado doméstico para nuestro Fundador. El entonces monseñor Montini no sólo aprobó mi iniciativa, sino que la hizo suya. Estábamos al comienzo de 1947.

Como conocía bien la humildad del Padre, hice las gestiones sin informarle previamente. En la primavera de ese año llegó una carta de Mons. Montini con el nombramiento del Fundador del Opus Dei como Prelado doméstico. Estaba fechado el 22 de abril de 1947. Mons. Montini alababa al Opus Dei y a su Fundador, y añadía que la Obra era una esperanza para la Iglesia.

El Padre se sintió reconocido, pero me dijo que no quería aceptar y que, con toda su gratitud, pensaba devolver el documento de nombramiento a Mons. Montini explicándole que no deseaba ninguna distinción honorífica. Don Salvador Canals y yo le pedimos que no lo hiciera, y el argumento decisivo fue que con ese nombramiento se mostraba de modo aún más patente la secularidad del Opus Dei. Entonces cambió de parecer y escribió una carta al Sustituto de la Secretaría de Estado manifestando su gratitud por aquella prueba de afecto del Santo Padre y suya. Después nos enteramos de que Mons. Montini había tenido también la delicadeza de pagar de su bolsillo las tasas por el nombramiento.

Pude comprobar de modo particularísimo el afecto de Pablo VI al Padre cuando me recibió después de haber sido llamado a suceder al Fundador. Pablo VI me habló del Padre con admiración y dijo que estaba convencido de que había sido un santo. Me confirmó que desde muchos años antes leía Camino a diario y que le hacía un gran bien a su alma, y me preguntó a qué edad lo había publicado nuestro Fundador. Le respondí que lo había dado a la imprenta cuando tenía treinta y siete años, pero precisé que el núcleo del libro ya había aparecido con el título de Consideraciones espirituales en 1934, y lo había redactado un par de años antes, es decir, a la edad de treinta años. El Papa se quedó un momento pensativo y después observó: “Entonces lo escribió en la madurez de su juventud”.

Aún tengo fresco en mi memoria el recuerdo de aquella visita de Pablo VI al Centro Elis el 21 de noviembre de 1965, día de su inauguración. Los edificios que se levantan en el popular barrio romano del Tiburtino nacieron por iniciativa de Juan XXIII, quien decidió destinar la suma recogida entre católicos de todo el mundo con motivo del ochenta cumpleaños de Pío XII a la creación de una obra social en Roma, confiando el proyecto, la realización y la gestión al Opus Dei. De ahí surgió una estructura polivalente, compuesta por una residencia para estudiantes obreros, un centro de formación profesional con varios programas de especialización técnica y artesanal, una biblioteca, un centro deportivo y una escuela de hogar con todas las actividades necesarias para la promoción de la mujer. Junto al Elis está la iglesia parroquial de San Giovanni Battista al Collatino, confiada a sacerdotes del Opus Dei. El Papa se entretuvo en la visita bastante más tiempo del previsto. Celebró la Santa Misa, bendijo una imagen de la Virgen destinada a la Universidad de Navarra y visitó detenidamente los locales del centro. Al terminar abrazó al Fundador y visiblemente emocionado, exclamó. “Aquí todo es Opus Dei”. Fue un signo de gran consideración hacia la Obra y el Padre, sobre todo teniendo en cuenta que en aquel momento las visitas del Pontífice eran rarísimas; y Pablo VI quiso que la inauguración del Elis se fijase durante la fase final del Vaticano II, para facilitar así la participación de muchos Padres Conciliares en la ceremonia, como sucedió de hecho.

¿Cuál fue el último encuentro del Fundador con Pablo VI?

–Tuvo lugar el 25 de junio de 1973, con unas características singulares, inolvidables. El Padre habló al Papa de temas muy sobrenaturales, y le puso al día sobre el desarrollo de la Obra y los frutos que el Señor concedía en todo el mundo. Pablo VI se alegró mucho, y a veces le interrumpía dejándose llevar por algún elogio o simplemente exclamando: “Usted es un santo”. Lo sé porque, al terminar la audiencia, vi que el Padre tenía un aspecto más bien apesadumbrado, casi triste. Le pregunté el motivo, pero en un primer momento no quiso responderme. Después me contó que el Papa le había dicho aquellas palabras y se había llenado de vergüenza y de dolor por sus propios pecados hasta el punto de protestar filialmente al Papa: No, no. Vuestra Santidad no me conoce. Yo soy un pobre pecador. Pero el Papa le insistió: “No, no, usted es un santo”. Entonces el Fundador replicó lleno de emoción: En la tierra no hay más que un santo: el Santo Padre.

Por otra parte, Mons. Carlo Colombo, asesor teólogico y amigo personal de Pablo VI, ha testimoniado que el Santo Padre le animó a escribir la carta postulatoria para la apertura del proceso de beatificación del Fundador del Opus Dei. Estas son sus palabras: “En el curso de un encuentro con Pablo VI, donde se trataron varios temas, tuve la oportunidad de expresar al Pontífice mi intención de dirigir una carta postulatoria solicitando el inicio del proceso canónico que introdujese la causa de Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Sentí el deber de comunicar al Papa que pensaba dirigirle una carta postulatoria, que no habría escrito si personalmente no hubiera tenido serios motivos para hacerlo: no podía permitirme defraudar la íntima confianza que me tenía el Papa. Pablo VI me dio su pleno asentimiento y aprobación, por la gran estima que sentía por el Siervo de Dios, de quien conocía el gran deseo de hacer el bien que le movía, su amor ferviente a la Iglesia y a su Cabeza visible, y el celo ardiente por las almas”.

Estuve presente, con un grupo de miembros del Opus Dei de varios países, en la Misa que Juan Pablo II celebró para nosotros el 19 de agosto de 1979, donde pronunció la inolvidable homilía en la que dijo, entre otras cosas: “Gran ideal, verdaderamente, el vuestro, que desde sus comienzos ha anticipado aquella teología del laicado que caracterizaría después a la Iglesia del concilio y del postconcilio”. Escuchar directamente al Sucesor de Pedro este elogio de nuestra espiritualidad y de nuestro “ser Iglesia”, me conmovió, a mí y a todos los presentes, y nuestra mente se dirigió al Fundador, que no tuvo oportunidad de conocer al futuro Juan Pablo II, un Papa cuyo nombre está ligado a la historia de la Obra.

El Fundador del Opus Dei ha sido considerado, pues, un precursor del Concilio Vaticano II, aunque no participó personalmente en el Concilio.

–El Padre se alegró mucho por la convocatoria del Concilio Vaticano II y, apenas Juan XXIII la hizo pública, le envió inmediatamente una carta llena de gratitud. Entre otras cosas, preveía que el Concilio colmaría la laguna teológica sobre el papel de los laicos en la Iglesia, como de hecho sucedió.

Pensó que podían convocarle en calidad de presidente general de un Instituto Secular, pues ésa era entonces la configuración jurídica del Opus Dei. En ese caso debería participar como Padre Conciliar junto a otros superiores de Instituciones incluidas en el estado de perfección. Aunque deseaba muchísimo intervenir personalmente en las reuniones conciliares, no le pareció conveniente tomar parte a título de presidente de un Instituto Secular. De hecho podría significar, si no la aceptación de un estatus jurídico inadecuado a la naturaleza de la Obra, al menos un dato que constituiría un precedente poco favorable para la futura revisión del encuadramiento canónico del Opus Dei. Expuso a la Curia los motivos por los que no consideraba prudente participar en el Concilio, y su decisión fue bien comprendida.

Entonces Mons. Loris Capovilla le invitó a intervenir como perito del Concilio, trasladando el deseo del Santo Padre Juan XXIII. Nuestro Fundador reiteró una vez más su disponibilidad total e incondicionada, pero, después de haber agradecido la invitación, explicó las razones por las que preferiría no aceptar, sometiéndose, en todo caso, a la decisión del Papa. En resumen eran éstas: por un lado, no podría dedicar a esta misión todo el tiempo necesario; por otro, varios hijos suyos obispos eran Padres Conciliares, y resultaría chocante que interviniese como un simple perito: no se trataba ciertamente de una actitud de vanidad, sino del deseo de evitar malentendidos a la Santa Sede. Si el Fundador del Opus Dei hubiese aceptado el nombramiento de perito, tras haber rehusado el de Padre Conciliar, alguno podría pensar que lo que buscaba era moverse entre bastidores. En cambio, los que no estaban al corriente de la situación podrían pensar que al Opus Dei no se le concedía ninguna importancia eclesial.

Al mismo tiempo, nuestro Fundador ofreció a la autoridad eclesiástica competente la colaboración de toda la Obra y de sus miembros, muchos de los cuales, efectivamente, participaron en la preparación y desarrollo del Concilio.

Por lo a que mí se refiere, me exhortó a aceptar varios nombramientos de diversas Comisiones del Concilio y a poner todo mi empeño en esta tarea. Al comienzo de los trabajos fui nombrado perito conciliar, Secretario de la Comisión para la Disciplina del Clero y el Pueblo Cristiano, dentro de la cual tuve que intervenir muy activamente.

Es la Comisión que elaboró el decreto Presbyterorum Ordinis

–Exacto. Además fui nombrado consultor de otras tres comisiones conciliares (para los obispos y el régimen de las diócesis; para los religiosos; para la doctrina de la fe; también consultor de la comisión mixta para las asociaciones de fieles) y consultor de la comisión para la revisión del Código de Derecho Canónico. Concluidas las actividades de la Asamblea Ecuménica, recibí el nombramiento de consultor de la comisión postconciliar para los obispos y el gobierno de las diócesis.

Durante el desarrollo de las sesiones conciliares, junto a los resultados positivos y sugerentes, que se condensarían en los documentos definitivos, también hubo discrepancias y confusiones a menudo amplificadas por los periódicos. Esas tensiones hacían sufrir a Juan XXIII y a Pablo VI, como Mons. Dell’Acqua confiaba a nuestro Fundador. Es necesario aclarar que la confianza que este prelado manifestaba a nuestro Fundador, de la que es prueba evidente la abundante correspondencia de este periodo, no era simplemente fruto de la íntima amistad que les unía, sino que el propio Santo Padre animaba al Sustituto de la Secretaría de Estado en esa línea; de esta forma se estableció un canal de comunicación directo, siempre abierto, entre el Papa y nuestro Fundador.

En los tres años de Concilio, sin contar el período preparatorio, nuestro Fundador se entrevistó con muchos Padres Conciliares, peritos, etc. A veces, les invitaba a comer en nuestra sede central; otras, iba a buscarlos a las casas donde se alojaban, casi siempre para devolverles la visita. Hubo días en que recibió más de media docena de visitas, y no le resultaba nada fácil sacar, de sus ocupaciones de gobierno en la Obra, el tiempo necesario para acoger debidamente a esos cardenales, arzobispos, obispos, nuncios, teólogos, etc.

Yo estuve presente en muchas de estas entrevistas, y pude observar con qué sencillez y afabilidad trataba el Padre a quienes venían a verle. Por ejemplo, Mons. François Marty, entonces arzobispo de Reims, que luego sería Cardenal Arzobispo de París, escribió: “En la época del Concilio Vaticano II tuve ocasión de encontrarme varias veces con Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. De aquellas conversaciones tengo el recuerdo de un hombre que sólo hablaba de Dios. Un rato de charla con él era como un rato de oración. Esto era compatible con su buen humor, con su sentido sobrenatural, con su caridad llena de cariño”.

También Mons. Abilio del Campo, Obispo de Calahorra, ha dejado este testimonio: “Creo con sinceridad que Josemaría contribuyó decisivamente a clarificar doctrinalmente muchos puntos en los que las luces que había recibido de Dios y su extraordinaria experiencia pastoral en el mundo del trabajo eran casi insustituibles. Fueron muchos los Padres conciliares que, apoyándose de su amistad, pudieron recoger sus atinados consejos”.

Imagino que algunos de estos consejos procurarían también defender la ortodoxia católica en aquella época en que un malentendido “espíritu conciliar” sembraba cierta confusión

–Es significativo el testimonio de Mons. Giacomo Barabino, entonces Secretario del Cardenal Siri, y hoy obispo de Ventimiglia, que declaraba: “Su defensa de la ortodoxia no procedía de un espíritu conservador, de cerrazón mental o rigidez de carácter. Tenía una evidente preocupación por asegurar la ortodoxia y las estructuras vitales, divinas de la Iglesia; pero no era menos evidente su espíritu de apertura e innovación: me entusiasmaba oírle hablar de cómo era necesario secundar, cada uno desde su sitio, con fidelidad al propio carisma dentro de la Iglesia, la corriente santificadora que el Espíritu Santo derrama en el pueblo de Dios, en cada uno de los fieles, llamados a la plenitud de la vida cristiana. Dentro de su audaz apertura subrayaba la condición misionera de la Iglesia en todos los ambientes, incluso en los más difíciles. Se trataba de una realidad que vivía a diario: la coherencia con la idea fundamental de la que había partido, la vocación universal a la santidad, idea vigorosa que aplicaba continuamente con una elasticidad verdaderamente admirable a las exigencias de los tiempos y al desarrollo de la Iglesia entre los hombres”.

Debió de ser muy grande la emoción de Mons. Escrivá de Balaguer al ver confirmada por el Concilio y convertida en patrimonio de toda la Iglesia aquella intuición que el Señor le había confiado el 2 de octubre de 1928…

–Desde luego. Poco después de la clausura del Concilio solía repetir: Hijos míos, hemos de estar contentos al acabar este Concilio. Hace treinta años, a mí me acusaron algunos de hereje, por predicar cosas de nuestro espíritu, que ahora ha recogido el Concilio de modo solemne. Y en una entrevista concedida a L’Osservatore della Domenica en 1968 declararía: Una de mis mayores alegrías ha sido precisamente ver cómo el Concilio Vaticano II ha proclamado con gran claridad la vocación divina del laicado. Sin jactancia alguna, debo decir que, por lo que se refiere a nuestro espíritu, el Concilio no ha supuesto una invitación a cambiar, sino que, al contrario, ha confirmado lo que –por la gracia de Dios– veníamos viviendo y enseñando desde hace tantos años. La principal característica del Opus Dei no son unas técnicas o métodos de apostolado, ni unas estructuras determinadas, sino un espíritu que lleva precisamente a santificar el trabajo ordinario (Conversaciones, num.72).


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