El cardenal Ruini define a don Álvaro como “ejemplo de santificación en la vida ordinaria”

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El Vicario del Papa para la Diócesis de Roma ha presidido la sesión de clausura del proceso diocesano sobre la vida y las virtudes de Monseñor Álvaro del Portillo. Incluimos una galería fotográfica del acto en el Vicariato de Roma.

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El acto ha tenido lugar en el palacio del Laterano un 26 de junio, memoria litúrgica de San Josemaría Escrivá de Balaguer, de quien Álvaro del Portillo fue el primer sucesor al frente del Opus Dei.

En la ceremonia estaban presentes el actual Prelado, Monseñor Javier Echevarría, y numerosos fieles del Opus Dei, además de amigos de Mons. del Portillo, que vivió en Roma casi cincuenta años, desde 1946 hasta su muerte en 1994.

Como ha dicho el cardenal Ruini, “en su momento S.E.R. Mons. Javier Echevarría, aunque había sido reconocido por la Congregación para las Causas de los Santos como el Obispo competente para instruir la causa de su predecesor, por un delicado y riguroso sentido del derecho quiso que yo nombrara un Tribunal del Vicariato para escuchar su deposición y las de algunos otros testigos”.

Ruini: “Don Álvaro fue un ejemplo de fidelidad en el seguimiento del espíritu de santificación en el trabajo y en la vida ordinaria”.

“Accedí con placer a su petición –ha continuado–, en virtud de lo cual me encuentro hoy aquí clausurando formalmente la investigación procesal para, sucesivamente, entregar las actas a la Congregación para las Causas de los Santos: como es sabido, los Tribunales diocesanos tienen una función meramente instructora, pues la única instancia judicial es la Congregación”.

En sus palabras, el cardenal Ruini ha incluido algún recuerdo personal: “No olvidaré el afecto de don Álvaro cuando venía a visitarme al vicariato. Dejaba siempre un recuerdo y testimonio de su dedicación a Cristo”.

El proceso de canonización de Álvaro del Portillo se abrió hace cuatro años, el 5 de marzo de 2004, y se ha desarrollado, en esta primera fase, en dos tribunales, uno del Vicariato de Roma y otro de la Prelatura del Opus Dei.

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Este último aún no ha terminado sus trabajos. Algunos testigos, además, han sido escuchados por otros tribunales, en sus propias diócesis, en régimen de comisión rogatoria.

Álvaro del Portillo nació en Madrid el 11 de marzo de 1914. “El 7 de julio de 1935, siendo todavía estudiante de ingeniería”, ha recordado el cardenal Ruini en su discurso, “pidió la admisión en el Opus Dei. Tras los trágicos sucesos de la guerra civil española, permaneció junto al Fundador como su colaborador más estrecho. El 25 de junio de 1944 recibió la ordenación sacerdotal: fue uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei (…)”.

“En 1946 se trasladó a Roma, donde desempeñó varios encargos al servicio de la Santa Sede: desde Consultor de diferentes dicasterios hasta Secretario de la Comisión conciliar que elaboraría el decreto Presibyterorum Ordinis. En 1975, tras la muerte de San Josemaría, fue llamado a sucederle al frente del Opus Dei”.

Murió en Roma, al regreso de un viaje a Tierra Santa, el 23 de marzo de 1994. El Papa Juan Pablo II, que tres años antes le había conferido la dignidad episcopal, acudió esa tarde a la capilla ardiente, en la iglesia prelaticia del Opus Dei, dedicada a Santa María de la Paz. Sus restos descansan ahora en la cripta de esa misma iglesia, en Roma.

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El cardenal Ruini ha dicho que Monseñor Álvaro del Portillo fue “un ejemplo de fidelidad en el seguimiento del espíritu de santificación en el trabajo y en la vida ordinaria”, que había aprendido directamente de San Josemaría, y ha concluido implorando a la Virgen que su ejemplo sea un estímulo para “contagiar el amor a Dios y al prójimo a muchas personas”.

Por su parte, el sucesor de don Álvaro como Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, ha dicho que éste “es sólo un primer paso, pero un paso que nos llena de alegría, pues vemos en el queridísimo don Álvaro el hombre íntegro, el cristiano auténtico, el buen pastor, el hijo fidelísimo de San Josemaría”.

Mons. Flavio Capucci, postulador de la Causa, ha recordado que en 1978, cuando comenzó el proceso de san Josemaría, Mons. Álvaro del Portillo insistió en que, al pedir al Papa el inicio de la causa del Fundador, el Opus Dei no buscaba su propia gloria, sino la de la Iglesia. “Hoy –ha dicho Capucci– con todo el corazón hacemos nuestras esas palabras”.

El próximo paso del proceso, una vez que el tribunal de la Prelatura del Opus Dei concluya sus sesiones, será la elaboración de la positio, una biografía del candidato a los altares que debe demostrar que éste ha vivido en grado heroico las virtudes cristianas.

La positio ha de ser presentada por el postulador de la causa de canonización: en el caso de Álvaro del Portillo, el postulador es Monseñor Flavio Capucci.

La positio es enviada luego a la Congregación para las Causas de los Santos para que la estudie y emita su dictamen.

Inauguración del Campus Biomédico (Roma)

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El secretario de Estado Vaticano, cardenal Bertone; el Prelado del Opus Dei, mons. Echevarría, y numerosas autoridades políticas participaron en la inauguración de la nueva sede del Campus Biomédico, que ofrece en Roma asistencia y formación sanitarias. Se bendijo también la Vía Álvaro del Portillo. Véalo en fotos.

Doctores, enfermeras, profesores, estudiantes y autoridades académicas, religiosas y civiles han participado en la inauguración de la nueva sede del Campus Biomédico de Roma (link a un artículo sobre esta obra corporativa).

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En primer lugar, se inauguró la Vía Álvaro del Portillo. Es una amplia avenida con zonas de paseo y recreo, en la que está situado el Campus Biomédico. Mons. Álvaro del Portillo fue el impulsor inicial de esta iniciativa en 1995.

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El Prelado del Opus Dei presidió la Eucaristía celebrada en el oratorio del Campus. El campus es una obra corporativa del Opus Dei.

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Ante la presencia de las numerosas autoridades, personal del Campus y periodistas, dos niños cortaron la cinta inaugural que abría la nueva sede. 400 camas, 8 salas operatorias, aulas para clases y otras instalaciones se han puesto ya al servicio de los romanos.

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El secretario de Estado Vaticano, cardenal Tarcisio Bertone, bendijo las nuevas instalaciones, quien transmitió a los presentes el “paternal afecto” de Benedicto XVI.

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Los discursos inaugurales tuvieron lugar en el amplio vestíbulo principal del Policlínico. Mons. Javier Echevarría habló de la “aventura que ahora comienza: la de impregnar estos muros de amor tenaz por la ciencia, cuidado competente y delicado por los enfermos, y de pasión por la enseñanza a los universitarios”.

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El Prelado recordó a quienes allí trabajan unas palabras de Mons. Álvaro del Portillo: “Os pido que trabajéis con espíritu de unidad y de comprensión, con optimismo. Superaréis así los obstáculos, con la ayuda de Dios, seréis felices y -lo que es más importante- os santificaréis y ayudaréis a los demás a ser santos porque estaréis practicando el mandamiento del amor”.

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Por su parte, el cardenal Bertone dijo que “inspirándoos en el Evangelio, vosotros deseáis poner en el centro de vuestro trabajo a la persona: al hombre van destinados vuestro estudio, enseñanza, investigación y asistencia”. Subrayó la importancia -repetida por el Santo Padre con constancia- de que la ciencia respete la vida.

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“Aquí tenéis que evangelizar, mediante vuestra profesionalidad, mediante el uso de la tecnología moderna. Tenéis que ser competitivos y dialogar con el mundo científico, sin renunciar a los valores no negociables del patrimonio humano. Así es, como seguidores de Cristo, realizaréis vuestra llamada a la santidad”.

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Los alumnos que realizan alguna de las cinco carreras de ámbito sanitario asistieron al acto de inauguración.

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El rector de la Universidad, profesor Vincenzo Lorenzelli, presidió el acto académico de inaguración. Refiriéndose a la nueva sede, dijo que, si bien las instalaciones “son sólo medios y no fines”, es cierto que “un contexto agradable facilita la convivencia y las relaciones humanas, que contribuirán positivamente a la acción formativa, asistencial e investigadora del centro”.

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La jornada concluyó con el desfile académico de profesores, doctores y autoridades.

“Live the Family – Home zoom ”

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Bajo el marco “Live the Family”, desde hace 3 años, en el congreso “Incontro Romano” que tiene lugar en Roma durante la Semana Santa, se ha tratado sobre el hogar como ámbito en torno al que surge la familia, y el trabajo doméstico como una de las causas que contribuyen a crear su atmósfera propia.

“Home Management” se centró en la gestión doméstica de la casa, las consecuencias personales y sociales de una adecuada competencia profesional.

 

Opus Dei - Las  participantes acudieron a Roma desde diversos países.
Las participantes acudieron a Roma desde diversos países.

En el 2007, “Home art” resaltó las cualidades artísticas, la sensibilidad y las destrezas necesarias para este trabajo. Para cerrar el ciclo, el Incontro Romano 2008 tuvo como título “Live the Family – Home Zoom”. Se trataba de una aproximación de carácter sociológico y de opinión pública al trabajo del hogar.

Opus Dei - Estudiantes  de la Mikawa Cooking School de Nagasaki (Japón) presentaron un estudio  basado en cómics.
Estudiantes de la Mikawa Cooking School de Nagasaki (Japón) presentaron un estudio basado en cómics.

La literatura, el estudio de civilizaciones, el análisis de una serie de películas y de programas de televisión, han sido los referentes de las ponencias presentadas durante estos días. Destacó el estudio realizado sobre cómics de Mikawa Cooking School de Nagasaki (Japón).

Elisabetta Ciavarella, vicepresidenta de la Cooperativa Social Educatica ELIS, bajo cuyo patrocinio se realiza el Congreso, resaltó que el espíritu de servicio –tan manifiesto en el trabajo del hogar- es el eje central de todo trabajo humano, y la base del trabajo educativo que promueve el ELIS.

Como señalaba san Josemaría Escrivá:

“Las tareas profesionales —también el trabajo del hogar es una profesión de primer orden— son testimonio de la dignidad de la criatura humana; ocasión de desarrollo de la propia personalidad; vínculo de unión con los demás; fuente de recursos; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que vivimos, y de fomentar el progreso de la humanidad entera…
 

Opus Dei - Una ponente  del Atlantika Cultural Centre, de Lagos (Nigeria).
Una ponente del Atlantika Cultural Centre, de Lagos (Nigeria).

- Para un cristiano, estas perspectivas se alargan y se amplían aún más, porque el trabajo -asumido por Cristo como realidad redimida y redentora- se convierte en medio y en camino de santidad, en concreta tarea santificable y santificadora”.

La conferencia principal corrió a cargo de M. Angeles Nogueras, presidente de la asociación holandesa O.F.A. (Organización, Familia e Iniciativa).

Marta Brancatisano cerró la jornada con una intervención en la que destacó la personalidad que se requiere para desempeñar un trabajo que, en la mayoría de los casos, aún suponiendo un gran beneficio para todos, pasa oculto.

Polémica de Newsweek (13-I-92) sobre el supuesto antisemitismo de San Josemaría

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Ante las calumnias vertidas por el semanario, la Oficina de información publicó unas declaraciones desmintiéndolas.

A) Declaraciones de Mons. Álvaro del Portillo, sucesor de San Josemaría:

“Estoy asombrado y dolorido por las afirmaciones recogidas en algunos medios de comunicación sobre una supuesta simpatía del Fundador del Opus Dei por Hitler. Es absolutamente contrario a la realidad afirmar eso de una persona que amó profundamente al pueblo hebreo y siempre condenó vigorosa­mente cualquier tiranía. Tan pronto como he leído la prensa de hoy, me he puesto en contacto con la Embajada de Israel y con representan­tes de la comunidad is­raelita, y les he expresado mi solidaridad y mi indignación por semejantes mentiras. Sé que de este modo no hago otra cosa que participar del dolor de Mons. Escrivá por el holocausto sufrido por el pueblo hebreo, por obra del criminal programa nazi”.

(nota de prensa distribuida por la Oficina de Información el 7-I-1992).

B) Algunos datos sobre Vladimiro Feltzmann:

-La única relación que mantuvo con San Josemaría Escrivá de Balaguer fueron unos pocos encuentros esporádicos durante su estancia en Roma como estudiante de Teología durante sólo tres años. Esos pocos encuentros, además, fueron siempre públicos y delante de, al menos, un centenar de personas. Por supuesto, ninguna de esas personas coincide con el testimonio de Feltzmann.

-El señor Feltzmann puso por escrito en diversas ocasiones (la última en 1980, cuando tenía 41 años) su alta opinión de San Josemaría Escrivá, mostrándose partidario de su santidad. Además, no sólo no vertió esas acusaciones sólo después de abandonar el Opus Dei, sino que esperó hasta que pudieran ser noticia con motivo de su beatificación en 1992.

- El señor Feltzmann añadió, en 1992, a sus acusaciones de antisemitismo, una imaginativa interpretación de un viaje que realizó San Josemaría a Grecia, atribuyéndole intenciones de pasarse a la Iglesia Ortodoxa. Se demostró, con criterios históricos, que ese viaje fue uno más de los muchos que realizó en su vida y que informó previamente al entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Dell’Acqua para que lo supiera también el Santo Padre Pablo VI. Es más, de regreso les trajo a cada uno, de regalo, un icono de aquella tierra.

Espero que Dios se sirva de mí para hacer llegar su gracia a las almas”

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El próximo 24 de mayo, el Prelado del Opus Dei Mons. Javier Echevarría conferirá la ordenación sacerdotal a 36 fieles de la Prelatura. La ceremonia tendrá lugar en la Basílica de San Eugenio, en Roma, a las 4 de la tarde.

Los nuevos sacerdotes provienen de 15 países: Argentina, Brasil, Costa Rica, España, Filipinas, Francia, Guatemala, Italia, Kenia, Líbano, México, Perú, Polonia, Portugal y Venezuela.

Opus Dei - Los 36 candidatos al sacerdocio, en la ordenación diaconal.

Los 36 candidatos al sacerdocio, en la ordenación diaconal.

Los que llevan viviendo un largo periodo lejos de sus países mantienen a flor de piel los recuerdos de su tierra natal.

«Tengo muchas deseos de ayudar en la formación de los jóvenes de mi país – dice Dominique Helou, libanés. Desgraciadamente, a menudo abandonan el país o se dejan llevar por la desesperanza. Pienso que los cristianos tienen que dar testimonio en aquella región y que su presencia es fundamental para el futuro del Líbano».

Opus Dei - Dominique Hélou, libanés.

Dominique Hélou, libanés.

Dominique ha sido maestro en escuelas de Francia y del Líbano. Ahora su tarea será «ayudar espiritualmente a las almas, predicar, escuchar confesiones y administrar otros sacramentos».

La nueva tarea le impresiona, pero a la vez se siente animado: «Una máquina de café puede ser de oro, de plata o de latón. Da igual: lo importante es el café que produce. Pues bien, yo me imagino que soy como esa máquina de café y espero que Dios se sirva de mí para hacer llegar su gracia a las almas. Basta servir buen café. ¡Eso me tranquiliza!».

La tarea pastoral de Dominique Hélou se desarrollará en el Líbano, donde la labor apostólica del Opus Dei comenzó hace diez años. «Como en otras regiones del mundo –afirma Dominique- la tarea de la Prelatura es de formación humana y espiritual, a través de actividades dirigidas a personas de variadas condiciones sociales. Pero también querría precisar que el trabajo apostólico más importante es el que lleva a cabo cada uno de los fieles del Opus Dei con sus colegas de profesión».


Opus Dei - Una imagen de Beirut, capital del Líbano.

Una imagen de Beirut, capital del Líbano.

Otro de los ordenandos es José Antonio Brage. A los 18 años ingresó en la Escuela Naval de Pontevedra (España) y en poco tiempo había recalado ya en puertos de más de veinte países. “Me di cuenta entonces –explica- de que la mayor pobreza que hay en el mundo es la falta de Dios. Llevar a Cristo es el mayor bien que se puede hacer a los demás, y ésa es la misión del sacerdote”.

Opus Dei - José Antonio Brage ha participado en numerosas operaciones internacionales de la Armada.

José Antonio Brage ha participado en numerosas operaciones internacionales de la Armada.

Durante sus años en la armada, según dice, la navegación no fue nunca un problema para llevar adelante una vida cristiana, sino una gran oportunidad.

“Con frecuencia, amigos y conocidos me han preguntado si no encontraba difícil mantener una vida de cercanía a Dios, con prácticas de piedad como la oración mental, la Santa Misa, o el rezo del Rosario, en medio de una vida tan ajetreada. La verdad es que al contrario. Siempre digo que las mejores oraciones de mi vida las he hecho paseando por la cubierta en alta mar…”

“La mar dice muchas cosas de Dios. Me viene a la cabeza un recuerdo de mis primeros años en la Armada: junto a la puerta de entrada de la capilla de la Escuela Naval Militar, hay una lápida con esta inscripción: “El que no sepa rezar, que vaya por esos mares, y verá que pronto lo aprende”. Es una gran verdad: sólo hace falta abrir los ojos del alma”.


Opus Dei - Durante su crucero de instrucción en el Buque Escuela J.S. Elcano José Antonio dio la vuelta al mundo.

Durante su crucero de instrucción en el Buque Escuela J.S. Elcano José Antonio dio la vuelta al mundo.

Los nombres de los 36 ordenandos y sus respectivos países de origen son:

Avelino Picón (España),
Marc Chatanay (Francia),
Juan Manuel de Ojeda (España),
Iñaki Landa (España),
Gabriel de Castro (España),
Pedro Regojo (Portugal),
Dominique Khoury-Hélou (Libano),
José Antonio Brage (España),
Manuel García de Madariaga (España),
Marcos Antini (Brasil),
Sergio Gascón (España),
Fernando José Gallego (España),
Óscar Beorlegui (España),
Antonio Cózar (España),
Iñigo Martínez-Echevarría (España),
Carlo de Marchi (Italia),
Javier Zabaleta (España),
Alexandre Antosz (Brasil),
Bernal Antonio Campos (Costa Rica),
José Fernández Labastida (México),
Javier Salegui (Venezuela),
Juan Herráiz (España),
Rafael López-Ortega (México),
Julio Serrano (España),
Ignacio Palma (Argentina),
Daniel Silva (Venezuela),
Alfonso Berlanga (España),
Matías Rodríguez Quirós (España),
Jorge Boronat (España),
Carlos Enrique Guillén (Perú),
Marc Bosch (España),
Guillermo Antonio Aragón (Guatemala),
Michał Stefan Kwitliński (Polonia),
Leonardo Agustina (España),
Anthony Sy Reyes (Filipinas),
Charles Wanyoike Mundia (Kenia).

Benedicto XVI: “Dios no nos deja solos”

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El Papa celebró la solemnidad del Corpus Christi recordando que “la Eucaristía es el sacramento de Dios que no nos deja solos en el camino sino que se coloca a nuestro lado y nos indica la dirección”

“La Eucaristía es el sacramento de Dios que no nos deja solos”


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En Roma, la solemnidad del Corpus Christi  se celebró el pasado jueves 22 en la explanada de la basílica de San Juan de Letrán. Después de la Santa Misa tuvo lugar la procesión eucarística hasta la basílica de Santa María la Mayor.

En la homilía, el Papa habló del significado de esa solemnidad a través de los tres gestos fundamentales de la celebración. El primero es la reunión “alrededor del altar del Señor para estar juntos en su presencia; en segundo lugar, la procesión, “caminar con el Señor”, y por último, “arrodillarse ante el Señor, la adoración”.

Para explicar el primer gesto, el Santo Padre citó la epístola de San Pablo a los Gálatas, donde está escrito: “Ya no hay ni judío, ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús”. “En estas palabras -dijo el Papa- se siente la verdad y la fuerza de la revolución cristiana, la revolución más profunda de la historia humana, que se experimenta en torno a la Eucaristía: aquí se reúnen en presencia del Señor personas diversas, por edad, sexo, condición social, ideas políticas. La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado. (…) La Eucaristía es un culto público, no tiene nada de esotérico o exclusivo. (…) Estamos unidos más allá de nuestras diferencias, (…) nos abrimos unos a otros para convertirnos en una cosa sola a través de Él”.

Tocando el segundo aspecto, “caminar con el Señor”, Benedicto XVI afirmó que “con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús (…) hace que nos levantemos (…) y nos pone en camino con la fuerza de este Pan de vida. (…) La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía quiere liberarnos de todo desaliento y desánimo (…) para que podamos reanudar el camino con la fuerza que Dios nos da mediante Jesucristo”.

“Sin el Dios con nosotros, el Dios cercano ¿cómo podemos sostener la peregrinación de la existencia, sea como personas que como sociedad y familia de los pueblos? La Eucaristía es el sacramento de Dios que no nos deja solos en el camino sino que se coloca a nuestro lado y nos indica la dirección. Efectivamente no basta ir adelante, sino ver hacia donde se va. No basta el progreso si no hay criterios de referencia”.

Por último, el tercer elemento del Corpus Christi, “arrodillarse en adoración frente al Señor” es “el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy, (…) es profesión de libertad: el que se inclina ante Jesús no puede ni debe postrarse ante algún poder terrenal, por fuerte que sea”.

Los cristianos, concluyó el Santo Padre, “nos inclinamos ante un Dios que fue el primero en inclinarse hacia el ser humano (…) para socorrerlo y darle vida, que se arrodilló ante nosotros para lavarnos los pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo significa creer que en ese trozo de pan, está realmente Cristo, que da sentido a nuestra vida, al universo inmenso y a la criatura más pequeña, a toda la historia humana y a la existencia más breve”.

“Se hizo pan para ser compartido; se hizo alimento para darnos la vida”

La Eucaristía fue el tema de reflexión de Benedicto XVI antes de rezar el Ángelus el pasado domingo 25 de mayo con los miles de personas reunidas en la Plaza de San Pedro.

“El creador y señor de todas las cosas -dijo el Papa- se hizo grano de trigo para ser sembrado en nuestra tierra, en los surcos de nuestra historia; se hizo pan para ser (…) compartido; se hizo alimento para darnos la vida, su misma vida divina”.

“La Eucaristía es escuela de caridad y solidaridad -recalcó el Santo Padre-. Los que se nutren con el Pan de Cristo no pueden ser indiferentes ante aquellos que, también en nuestra época, carecen del pan diario. Hay tantos padres y madres que a duras penas consiguen ganarlo para sí mismos y para sus hijos. Es un problema cada vez más grave que la comunidad internacional no consigue solucionar. La Iglesia no solamente reza diciendo “danos hoy el pan de cada día”: siguiendo el ejemplo de su Señor se empeña en todas las maneras en “multiplicar los cinco panes y los dos peces”, con innumerables iniciativas de promoción humana y de división, para que a nadie le falte lo necesario para vivir”.

“¡Qué la fiesta del Corpus Christi sea una ocasión para crecer en esta atención concreta a nuestros hermanos, sobre todo a los más pobres!”, exclamó Benedicto XVI, pidiendo a María, “de la cual el Hijo de Dios tomó la carne y la sangre”, que intercediera para que fuera así.

Roma. 26 de junio de 1975

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Relato del cardenal Julián Herranz sobre la marcha al cielo de San Josemaría el 26 de junio de 1975

Opus Dei - Cardenal Herranz

Cardenal Herranz

El 26 de junio regresé a Villa Tevere desde el Vaticano a la hora habitual: poco antes de la una y media del mediodía. Nada más llegar me avisaron desde la Secretaría general:

-Suba enseguida. El Padre está muriéndose.

Me dio un vuelco el corazón y, rezando, subí rápidamente. Cuando llegué al segundo piso de la Villa Vecchia, don Álvaro, que en ese momento se hallaba en el dintel de la puerta de su cuarto de trabajo, donde yacía el Padre, me dijo:

—Ven, ven, porque tú también eres médico.

Entré inmediatamente y encontré al Padre en sotana, tendido en el suelo, con el rostro sereno, aunque sin respiración.

José Luis Soria, sacerdote y médico, estaba efectuándole la respiración artificial desde un rato antes. Fuimos alternándonos: unos segundos él y otros yo. Continuamos practicándole también el masaje cardíaco.

Yo no sabía lo que había sucedido, aunque supuse, como luego me informaron, que el Padre había sufrido un shock cardíaco. Acepté la Voluntad de Dios, pero le pedía que no se lo llevase tan pronto. De rodillas como estaba, le pedí con toda mi alma al Señor que aceptase un cambio: mi vida por la suya. La mía vale poco, le dije. La suya nos es necesaria a todos: a sus hijos, a la Iglesia, a la humanidad.

Y así estuvimos José Luis y yo, durante largo rato: una vez y otra, y otra… en silencio, con lágrimas en los ojos, hasta que nos dimos cuenta de que era inútil seguir. Todos los signos clínicos eran de muerte. Don Álvaro y Javier Echevarría, que en todo momento habían acompañado y atendido amorosamente al Padre, comunicaron formalmente la tristísima noticia a los miembros del Consejo General que estaban reunidos en una habitación contigua. También, por teléfono, a las mujeres de la Asesoría Central. En ambos casos, dándoles a la vez los oportunos consejos de piedad filial y de gobierno.

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Trasladamos enseguida el cuerpo del Padre al oratorio de Santa María de la Paz. Horas después, mientras rezaba ante su cadáver, revestido con ornamentos sacerdotales, vino a mi mente, entre otros muchos entrañables recuerdos, la confidencia que el Padre nos hizo un lejano día de Navidad de 1953, junto al fuego de la chimenea de la sala de estar.

Nos dijo que quería escribir un libro sobre el borrico, ese animal bíblico con el que tanto le gustaba identificarse, porque había dado calor a Jesús en Belén y lo había llevado en triunfo a Jerusalén. Un animal que los hombres no suelen estimar pero que el Padre nos ponía como ejemplo: de humildad, de reciedumbre en el trabajo y de fidelidad en esa guerra de paz y de amor que sus hijos del Opus Dei y todos los cristianos están llamados a propagar en el mundo. Si llegaba a tener tiempo para escribir ese libro —nos dijo— lo titularía Vida y ventura de un borrico de noria.

Dios se lo llevó antes de que pudiera completarlo. Pero se conservan pasajes recogidos de sus conversaciones, de los que algunos, corregidos de su puño y letra, glosan las misericordias del oratorio de Pentecostés que él quiso ornamentar con escenas de borricos. Esos textos –recogidos en Crónica, una revista interna- son un símbolo de su vida. Entre otras maravillas de la “teología del borrico”, se lee:

«Al borrico le hubiese gustado llegar a la Navidad; calentar otra vez, con su aliento, al Niño. Pero estuvo de algún modo presente, en la blanca alegría de aquella noche, porque vinieron los ángeles e hicieron de su piel panderos y zambombas.

»La historia del borrico termina bien; muere trabajando. Y que lo destrocen después, que lo despellejen y hagan tambores para la guerra y zambombas para cantar al Niño Dios».

Así murió el Padre.

¡Tengo tanta fe, tanta confianza…!

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El 23 de junio llegó a Roma. Allí, junto al Santo Padre, en el corazón de la Iglesia, debía estar la sede central del Opus Dei. Nuestro espíritu reclama una estrecha unión con el Pontífice Romano con la cabeza visible de la Iglesia Universal. ¡Tengo tanta fe, tanta confianza en la Iglesia y en el Papa!

Pasó su primera noche en la Ciudad Eterna rezando por el Pontífice, el dulce Cristo en la tierra, como le gustaba decir, haciéndose eco de las palabras de Santa Catalina de Siena. Tres semanas después, el 16 de julio de 1946, festividad de la Virgen del Carmen, Pío XII le recibió en una audiencia privada que siempre recordó emocionado. No puedo olvidar que fue S.S. Pío XII quien aprobó el Opus Dei, cuando este camino de espiritualidad parecía, a más de uno, una herejía.

¿Qué es lo que yo quería? —comentaba—: un lugar para la Obra en el derecho de la Iglesia, de acuerdo con la naturaleza de nuestra vocación y con las exigencias de la expansión de nuestros apostolados; una sanción plena del Magisterio a nuestro camino sobrenatural, donde quedaran, claros y nítidos, los rasgos de nuestra fisonomía espiritual.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, don Josemaría impulsó desde Roma la difusión de la llamada universal a la santidad en numerosos países del mundo. En 1949 y 1950 ya había personas del Opus Dei en Estados Unidos, México, Chile y Argentina; en 1951 se comenzó la labor apostólica en Venezuela y Colombia; en 1953, en Perú y Guatemala; en 1954, en Ecuador; en 1956, a Uruguay; en 1957, a Brasil… Nunca se fue en grupo a un determinado país; marchaban una, dos o tres personas, siguiendo el ejemplo de los primeros cristianos, que procuraban formar cuanto antes una comunidad cristiana con las personas de cada lugar.

Y en la medida que pudo, recorrió numerosos países europeos, para dar los primeros pasos de la labor apostólica y hablar con los pastores de la Iglesia. Le acompañaban habitualmente en esos viajes dos sacerdotes: Álvaro del Portillo y Javier Echevarría.

Al mismo tiempo, fue dando nuevos pasos de carácter jurídico. El 16 de junio de 1950, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, Pío XII concedió la aprobación definitiva del Opus Dei. Con esta aprobación pudieron ser admitidos como Cooperadores del Opus Dei personas no católicas , e incluso no cristianas.

Roma, 28 de marzo de 1950

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Rodeado de sus hijos que están en Roma, siguiendo la costumbre de ocultarse y desaparecer, el Padre celebra el veinticinco aniversario de su ordenación sacerdotal.

Muchos recuerdos vienen a su memoria: los primeros barruntos de la Obra, en 1917 y 1918; el seminario de Logroño y luego el de Zaragoza; la ordenación, los primeros años de ministerio sacerdotal y, finalmente, aquel 2 de octubre de 1928 en Madrid, cuando vio en su plenitud lo que Dios quería que hiciese; los comienzos de la Obra; la búsqueda de las almas, una a una, para transmitirles la llamada divina; la falta de decisión de unos, la respuesta generosa de otros, la fidelidad de los primeros…

Y he aquí que, ahora, la cosecha apunta ya en muchos lugares de dos continentes, mientras prosigue la siembra en otros países. ¿Cómo no dar a Dios gracias encendidas?

Como ocurre en todas las familias -y la Obra es una familia de vínculo sobrenatural- los hijos y las hijas sólo conocen a medias lo que ha costado todo eso. Pero no le gusta referirse a ello:

¡Sacrificio, sacrificio! -Claro que seguir a Jesucristo -lo ha dicho Él- es llevar la Cruz. Pero no me gusta oír hablar tanto de cruces y de sacrificio a las almas que aman al Señor; porque, cuando hay Amor, el sacrificio es gustoso -aunque cueste- y la Cruz es la Santa Cruz. -El alma que sabe amar y entregarse así está llena de alegría y de paz. Y entonces, ¿por qué hablar de sacrificio, como buscando un consuelo, si la Cruz de Cristo, que es tu Vida, te hace feliz?.

Ha terminado por ceder al deseo de sus hijos, especialmente de don Álvaro, que querían grabar una lápida -de acuerdo con las costumbres romanas- de sus bodas sacerdotales, pero con una condición: que se ponga en lo alto de la inscripción un borrico… Este borriquillo de noria o ese burro sarnoso bajo cuya figura se ve cuando se dirige a Dios…

Dos etapas jurídicas importantes

Las gestiones previas a la definitiva aprobación pontificia siguen su curso. La documentación presentada por el Fundador de la Obra es estudiada varias veces por grupos de expertos de la Curia romana: primero por una comisión de consultores y luego por el Congreso plenario. Mons. Escrivá de Balaguer hace hincapié en que el decreto de aprobación definitiva tenga en cuenta las características propias del espíritu y de los apostolados del Opus Dei. Entre otros puntos, insiste en que los no católicos, e incluso los no cristianos, puedan ser admitidos como cooperadores de la Obra -no como miembros- y quedar así unidos a su labor apostólica.

“Monseñor, ¡usted siempre pide cosas nuevas!”, le han dicho la primera vez. Porque, ciertamente, la Santa Sede nunca ha admitido que una institución católica incorpore de alguna manera a sus apostolados a personas que no forman parte de la Iglesia. Hasta que, tras una actitud dilatoria, que él considera ya como una aceptación implícita, llega la respuesta positiva.

Otro de los deseos del Fundador es lograr que puedan incorporarse a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz sacerdotes diocesanos formados en los seminarios e incardinados en sus respectivas diócesis.

¿Qué estoy haciendo por mis hermanos sacerdotes?, se pregunta con frecuencia, pues su preocupación por la vida espiritual de los mismos viene de muy lejos. Un sacerdote -recuerda- no se salva ni se condena solo… Desde su época en el Seminario de Zaragoza, conoce la generosidad y el amor de Dios que tienen muchos de sus hermanos en el sacerdocio y desea ardientemente poder ayudarles en una tarea que ellos, con frecuencia, realizan con un heroísmo silencioso.

Le lleva a ello la altísima idea que tiene del sacerdocio ministerial; no en vano, cuando predicaba a sus hermanos sacerdotes en los años cuarenta, solía permanecer de rodillas ante el altar cuando se refería a este tema.

El Fundador está convencido de que la espiritualidad del Opus Dei puede contribuir mucho a que esos sacerdotes se santifiquen en su estado. Pero, ¿cómo incorporarles a la Obra sin alejarles de las diócesis en que trabajan y sin modificar en nada las relaciones y los lazos que les unen a sus obispos respectivos? Las sugerencias que le han hecho algunos expertos en Derecho canónico, así como diversas personalidades de la Curia, no le han parecido satisfactorias. Así, pues, continúa buscando una fórmula, como había hecho hasta el 14 de febrero de 1943, cuando vio cómo tenía que resolver la ordenación de sacerdotes en el Opus Dei.

Con todo, le acucia la urgencia de solucionar este asunto. Siente como si Dios le pidiese hacer algo, y pronto… Por eso, en 1949, después de haberlo madurado en la oración y a pesar del desgarramiento interior que supone para él, había llegado a la conclusión de que sería preciso hacer una nueva fundación orientada específicamente a ayudar a los sacerdotes. Aunque eso significaba, tal vez, tener que abandonar el Opus Dei, la Santa Sede, hecha la correspondiente consulta, le había autorizado a llevar a cabo una nueva fundación.

Inmediatamente, había informado de su decisión a los miembros del Consejo General de la Obra, los cuales, aunque conmovidos y abrumados ante tal determinación, habían decidido respetar la voluntad del Padre.

Mientras se preparaba para dar ese paso, no sin seguir dando vueltas a otras posibles soluciones, había descubierto, de repente, la manera de asociar a los sacerdotes diocesanos a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, sin necesidad de fundar nada nuevo.

La solución, que durante tanto tiempo había buscado y nadie le había sugerido, era muy simple. En efecto: si la vocación al Opus Dei consistía en buscar la santificación a través de las ocupaciones ordinarias -el trabajo familiar y los deberes familiares, en el caso de la mayoría de los fieles- estaba claro que los sacerdotes podían hacer lo mismo, esforzándose, en su caso, en cumplir su ministerio con la mayor perfección posible; la Obra sólo aportaría la ayuda espiritual necesaria para que lo lograsen.

De esta forma, podrían asociarse a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz sacerdotes diocesanos incardinados en sus respectivas diócesis, y continuar dependiendo en todo de su Ordinario. Esos sacerdotes no tendrían “superiores” en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz; su único superior sería el obispo de la diócesis a la que perteneciesen. La Obra se limitaría a proporcionarles ayuda espiritual, con objeto de que pudieran santificarse en su ministerio sacerdotal, el cual llevarían a cabo en dependencia exclusiva de su obispo. Lo único que haría la Obra, con su espíritu de lucha ascética y de estímulo de vida interior, sería reforzar los lazos entre los sacerdotes y la jerarquía. Además, la fraternidad que encontrarían y vivirían en la Obra evitaría el riesgo de que se sintieran solos en un momento u otro de su vida. Finalmente, en virtud de esta nueva llamada, procurarían hacer más fecundo su ministerio y su vida sacerdotal. Lo lograrían gracias a la espiritualidad del Opus Dei, que consiste, para todos, en realizar el trabajo ordinario con la mayor perfección posible, humana y sobrenatural.

El Padre sabe que esta solución -no en vano la había buscado tanto-, tan sencilla en apariencia, tendrá consecuencias muy beneficiosas para los sacerdotes que respondan a esa llamada y para muchos otros que se verán influidos por su palabra y su ejemplo. Y también para los fieles que estén en relación con ellos. Sin duda, la recristianización de la sociedad, tan necesaria, se verá reforzada y acelerada.

Al comprender que así no tendrá que abandonar el Opus Dei, el Padre se ha sentido enormemente aliviado. El Señor, sin duda, le había hecho creer que le pedía ese desgarrador sacrificio, a la manera como había pedido a Abraham que sacrificase a su hijo, para probar su obediencia…

Ludens in orbe terrarum… (Prov. VIII, 30). El Señor había estado jugando con él como juega con los hijos de los hombres a lo largo y a lo ancho de la tierra… Como un padre juega con sus hijos: El niño tiene unos tarugos de madera, de formas y colores diversos… Y su padre le va diciendo: pon éste aquí, y ese otro ahí, y aquel rojo más allá… Y al final, ¡un castillo!

Una aprobación decisiva

El año 1950 trae otra gran alegría al Fundador del Opus Dei. Como culminación de todas las gestiones realizadas y después de que ciento diez prelados de diecisiete nacionalidades -entre ellos doce cardenales, un patriarca y veintiséis arzobispos- enviaran a la Santa Sede cartas de recomendación, el Papa firma el decreto de aprobación definitiva y solemne del Opus Dei el 16 de junio, fiesta del Sagrado Corazón.

El documento, más largo de lo habitual, evoca la rápida extensión de la Obra, que, como en la parábola evangélica, “se ha multiplicado de tal forma que el pequeño grano de mostaza se ha transformado de manera admirable en un árbol frondoso”.

El decreto recoge también los aspectos específicos del espíritu del Opus Dei: la secularidad -que lo distingue de los institutos religiosos-, las virtudes cristianas y humanas que sus miembros se comprometen a practicar, la libertad que éstos tienen en el terreno profesional y político, la filiación divina, que es el fundamento de su vida espiritual…

Tres días después de la publicación del decreto, Radio Vaticana difunde un amplio comentario sobre el mismo en cada una de sus treinta emisiones en distintos idiomas. El Padre escucha en silencio una de ellas, con la cabeza baja, como si no fuera con él…

Al recibir la noticia, había rezado un Te Deum con algunos de sus hijos. Luego, había pedido a todos los que estaban lejos de él, en diversos países, que se unieran a sus acciones de gracias y respondieran a la misericordia divina con un deseo renovado de santidad y de apostolado.

En Villa Tévere y por todo el mundo

Por todas partes empiezan a recogerse los primeros frutos de la siembra. El mismo día en que la aprobación definitiva de la Obra se ha hecho pública -16 de junio- don Adolfo Rodríguez Vidal celebra Misa por vez primera en el oratorio del primer Centro del Opus Dei en Santiago de Chile.

Un día antes, el 15, un norteamericano, Richard Rieman, ha pedido la admisión en la Obra. Acaba de terminar sus estudios en la Universidad y durante la guerra ha prestado sus servicios en la Marina. Unos días más tarde, el Padre le escribe una carta de su puño y letra, hablándole de la bendita responsabilidad que implica su vocación, y que le incumbe particularmente a él, primer miembro de la Obra en los Estados Unidos.

Durante el verano, se amplían los cursos de formación. Los hay en España -concretamente en Molinoviejo-, en Coimbra -Portugal-, cerca de Toormakeady -al oeste de Irlanda-, y también en Castelgandolfo, en Italia.

En este país, la labor del Opus Dei empieza ya a madurar, al igual que ha ocurrido en España desde hace algunos años. Los jóvenes que se reúnen en Castelgandolfo provienen de Roma, de Milán, de Palermo y de otras ciudades italianas. Uno de ellos escribe a otro, que está lejos: “Casi todas las tardes viene el Padre, y la familia se completa. Se queda con nosotros un largo rato y la jornada se hace entonces más intensa, porque el Padre nos comunica su alegría sobrenatural, nos estimula con su ejemplo y nos hace sentirnos más cerca de los demás miembros de la Obra”.

El Fundador aprovecha esos ratos para comunicarles su preocupación por verlos volar cuanto antes con sus propias alas. Los edificios de Villa Tévere, que han permitido iniciar la labor apostólica en Italia, no deberán servir, en el futuro, más que para sede de la dirección central de la Obra, y, provisionalmente, durante algunos años, como sede del Colegio Romano de la Santa Cruz. Así pues, sus hijos italianos tendrán que buscar cuanto antes una casa, porque, si no -les dice-, tendréis que refugiaros bajo los puentes del Tíber…

Las obras de la Sede Central prosiguen, en efecto, tan deprisa como se puede. A mediados de septiembre, las mujeres de la Sección femenina pueden ya instalarse en un edificio independiente, que les servirá de base para sus apostolados propios. Además, desde allí podrán, con las separaciones requeridas, encargarse de algunas tareas domésticas -cocina, decoración, limpieza, etc.- en los edificios ocupados por el Padre y por los miembros varones, como ya lo vienen haciendo en los Centros de la Obra en España y en otros países.

Bajo el manto de Nuestra Señora

El 1.° de noviembre de 1950 se produce la primera vocación a la Obra en Argentina. En ese mismo día, el Padre ha recibido un gozo indescriptible: el Papa Pío XII proclama, en la plaza de San Pedro, el dogma de la Asunción a los cielos de María Santísima. Día de gozo para los católicos del mundo entero, que se complacen al ver definido solemnemente un privilegio de la Virgen. Día de intensa acción de gracias para Josemaría Escrivá de Balaguer, que siempre lo ha puesto todo bajo la protección de Nuestra Señora: su vocación sacerdotal y esta Obra de Dios, tanto antes de que le fuera claramente revelada como después, a medida que ha ido creciendo paso a paso. Ella le ha correspondido con creces, de tal forma que muchas etapas decisivas en la historia de la Obra se han cubierto en fiestas de la Virgen.

Hace ya mucho tiempo, durante una acción de gracias tras celebrar la Santa Misa en la iglesia de Santa Isabel, en Madrid, había escrito unas palabras que ahora ayudan a miles y miles de cristianos a contemplar mejor el misterio de la Asunción, lo mismo que los demás misterios del Santo Rosario:

… María ha sido llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos: ¡y los Ángeles se alegran! Así canta la Iglesia (..). Jesús quiere tener a su madre, en cuerpo y alma, en la gloria. -Y la Corte celestial despliega todo su aparato, para agasajar a la Señora (..). La Trinidad Beatísima recibe y colma de honores a la Hija, Madre y Esposa de Dios… -Y es tanta la majestad de la Señora, que hace preguntar a los Ángeles: ¿Quién es Esta ?

La voz del Sumo Pontífice se hace más fuerte en el momento en que pronuncia la fórmula solemne por la que define la verdad de fe: “Con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, y con la Nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de divina revelación que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.

Frente a una imagen de madera policromada que preside la sala de estar donde se encuentra, el Fundador del Opus Dei ha oído estas palabras arrodillado…

Molinoviejo, mayo de 1951

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

El 28 de abril de 1951, Mons. Escrivá abandona Roma para pasar unos días en España. Se instala en Molinoviejo, cerca de Segovia, lugar que evoca en él multitud de recuerdos.

El motivo de su viaje es el Congreso General de la Sección de varones del Opus Dei, que se va a celebrar allí.

Con la aprobación definitiva de la Obra, hace apenas un año, la Santa Sede ha confirmado su organización y su forma de gobierno. El dinamismo apostólico del Fundador y su profunda formación jurídica se ponen de manifiesto tanto en la manera como ha querido que la Obra esté gobernada como en su estructura interna, que él mismo describirá a un periodista francés como una organización desorganizada.

En cuanto a la estructura, es de lo más sencilla: en cada una de las Secciones -de hombres y de mujeres-, que funcionan separadamente, siempre con el mismo espíritu, un Consejo, formado por sacerdotes y por seglares, asesora y asiste al Presidente General (desde el 28-XI-82, Prelado, que da y asegura la unidad fundamental de espíritu y de jurisdicción entre las dos Secciones) -que en esta etapa fundacional es el Fundador mismo- en el gobierno de cada una de las Secciones. En cada país o región, un Consiliario (actualmente. Vicario Regional) preside órganos similares.

De arriba abajo, cada escalón de gobierno se limita a estimular el apostolado de todos los miembros y mantener el espíritu propio de la Obra. Porque la actividad esencial del Opus Dei -su razón de ser- no es otra que garantizar la formación de sus miembros y ayudarles a perseverar en el camino al que Dios les ha llamado. En cuanto a sus iniciativas apostólicas, pueden revestir las formas más variadas, ya que la diversidad de situaciones en que cada cual se encuentra es prácticamente inagotable. En consecuencia, la autonomía de los miembros es total no sólo en lo que concierne a sus actividades familiares, profesionales y sociales, sino también en la manera concreta en que se esfuerzan en acercar a Dios a quienes les rodean. A la Obra sólo le interesa que el espíritu sobrenatural que la anima se transmita íntegramente.

De todo ello se deriva una forma de gobierno basada en la descentralización, la delegación de responsabilidades e iniciativas y la colegialidad, lo cual, por otra parte, responde adecuadamente al carácter secular del espíritu del Opus Dei. El Padre confía plenamente en que cada uno de sus hijos sabrá cumplir con su deber y enseña a éstos a hacer lo mismo con los que dependen de ellos en sus tareas de gobierno. Por eso suele decir que tiene más confianza en la afirmación de uno de sus hijos que en la de mil notarios juntos y unánimes.

Una de las normas aprobadas por la Santa Sede prevé que cada Sección organice, periódicamente y por separado, un Congreso General, en el que participarán determinados miembros de la Obra. Tales Congresos darán ocasión a revisar la situación apostólica en cada país o región, formular iniciativas y designar el Consejo general de la Sección de varones o, en su caso, la Asesoría Central de la Sección de mujeres.

El que va a celebrarse, presidido por el Fundador, será el primero de estos Congresos.

“Consummati in unum”

Nada más llegar a Molinoviejo, el Padre tiene la alegría de volver a ver a algunos de sus hijos mayores.

Les habla de Roma, de los apostolados en Italia, del curso de las obras en Villa Tévere… Con la fe y el tono vibrante que le caracterizan, evoca también la expansión futura de la Obra.

Durante los ratos de charla con los miembros del Congreso, y en las meditaciones que les dirige, comenta aquellas palabras del Señor: Consummati in unum… “Para que sean consumados en la unidad y conozca el mundo que Tú me has enviado y los has amado como me amaste a mí” (loh., XVII, 23). Unidad de todos los miembros de la Obra, repartidos ya por un número creciente de países. Unidad profunda de sentimientos y de doctrina, que garantiza la espontaneidad de las iniciativas apostólicas. Unión con la cabeza visible de la Iglesia, el Papa…

Para responder a los testimonios de afecto que le ha enviado el Fundador, Pío XII, por mediación de Mons. Montini, ha enviado el siguiente telegrama: “Soberano Pontífice, vivamente conmovido testimonio filial adhesión Congreso General del Opus Dei, desea luces, gracias divinas sobre trabajos para seguro, eficaz servicio Iglesia, otorgando de todo corazón Vuestra Señoría, congresistas, implorada bendición apostólica”.

Nueva campaña denigratoria

El 12 de mayo de 1951, al regresar a Roma, el Fundador del Opus Dei se encuentra con una mala noticia: a pesar de las aprobaciones de la Santa Sede, las antiguas calumnias vuelven a levantar cabeza, ahora en Italia. Como en España durante los años cuarenta, alguien se ha tomado la molestia de calentar los cascos a las familias de los primeros miembros italianos de la Obra. Confundidos por informaciones engañosas, un puñado de personas han dirigido una carta al Papa acusando al Opus Dei de haber desviado a sus hijos del camino recto… Algo que puede tener graves consecuencias en un momento en el que la Obra acaba de recibir el definitivo respaldo de la Santa Sede.

La injuria es particularmente penosa para el Padre, que siempre ha procurado que sus hijos se muestren llenos de delicadeza y afecto con su familia de sangre. Tanto, que, cuando habla del cuarto mandamiento de la Ley de Dios -”honrar padre y madre”- lo llama el dulcísimo precepto del Decálogo.

Antes de iniciar gestión alguna para contrarrestar las calumnias, escribe en una nota: Roma, 14 mayo 1951. Poner bajo el patrocinio de la Sagrada Familia, Jesús, María y José, a las familias de los nuestros: para que logren participar del “gaudium cum pace” de la Obra y obtengan del Señor el cariño para el Opus Dei.

Unas horas más tarde, mientras visita las obras de Villa Tévere, el Padre cumple su promesa: se detiene en una sala rectangular, destinada a oratorio, y allí, entre aquellos muros todavía encofrados, pone en manos de la Sagrada Familia de Nazaret la solución del problema concreto, y también, de forma más amplia, las familias de todos los miembros de la Obra, actuales y futuros.

Al cabo de unos días, las personas que, de buena fe, habían firmado aquella carta van retirando sus firmas, una a una. Había bastado con explicarles los fines de la Obra y hacerles ver claramente que las informaciones que les habían dado eran falsas.

Una vez terminado aquel oratorio, dedicado a la Sagrada Familia, el Padre mandará colocar, encima del altar, un cuadro de un pintor italiano que representa a la Sagrada Familia de Nazaret y, sobre un muro lateral, una placa en mármol con el texto de la consagración escrita por el Fundador, texto que se leerá todos los años, en la festividad de la Sagrada Familia, en todos los Centros de la Obra:

… Oh Jesús, amabilísimo Redentor nuestro, que al venir a iluminar el mundo, con el ejemplo y con la doctrina, quisiste pasar la mayor parte de tu vida sujeto a María y a José en la humilde casa de Nazaret, santificando la Familia que todos los hogares cristianos debían imitar: acoge benignamente la consagración de las familias de tus hijos en el Opus Dei, que ahora te hacemos (..). Tómalas bajo tu protección y custodia, y haz que se acomoden al divino modelo de tu Sagrada Familia.

Una peregrinación de penitencia

Calmados ya los ánimos, el Fundador del Opus Dei sigue consagrando todas sus energías a la formación de sus hijos e hijas y a sus tareas como Presidente General. Piensa, entre otras cosas, en los que pronto irán a Colombia y en la instalación de una amplia residencia de estudiantes en Londres, la cual podrá ser un foco de irradiación cristiana en toda Inglaterra y en aquellos países que conservan las huellas de la influencia británica. También da vueltas a otros proyectos, como la posible creación de una Universidad en España…

Con todo, sin que nada lo justifique en apariencia, tiene como un extraño presentimiento. Algo así como lo que les sucede a las madres, que tienen como un sexto sentido que les hace adivinar los problemas de sus hijos, aunque se encuentren lejos… Está pasando algo; no sé lo que es, pero algo está sucediendo…

La inquietud del Padre es tanto más viva en cuanto que la falta de elementos objetivos le impide acudir a alguien para defenderse o pedir explicaciones.

En tales circunstancias, su único recurso está en la Madre de Dios. Así, próximo ya el 15 de agosto de 1951, en Castelgandolfo, a donde va con frecuencia, anuncia a sus hijos su propósito de honrar a la Virgen en la fiesta de la Asunción haciendo una peregrinación a Loreto para consagrar toda la Obra a la Señora.

-El día 15 pondré en las manos de María, en Loreto, la Obra entera; colocaré vuestros corazones en la patena y se los ofreceré al Señor. También le ofreceré, por medio de María, a todos los demás hombres y a todos los países del mundo, porque siempre que se trata del Señor soy muy ambicioso. Haremos un viaje rápido, como mortificación.

El 14, en las primeras horas de la tarde, parte en coche hacia Loreto, acompañado por don Álvaro del Portillo y otros dos miembros de la Obra. Hace un calor bochornoso, propio del ferragosto, como dicen los italianos. En esta ocasión, el Padre no habla, ni tampoco canta, como suele hacer cuando viaja. Sus acompañantes respetan su silencio y su recogimiento, asociándose mentalmente a su oración, conscientes de estar viviendo un momento de excepcional importancia.

Cuando, a la caída de la tarde, llegan por fin a Loreto, numerosos peregrinos se dirigen al Santuario. Nada más descender del automóvil, el Padre se encamina hacia la basílica a tal velocidad que los que le acompañan le pierden de vista. Inmediatamente, entra en la Casita de Nazaret, enclavada en el templo (la cual, según la tradición, fue transportada a Loreto milagrosamente) y reza allí fervorosamente, después de leer una y otra vez, con intensa emoción, la inscripción grabada encima del altar de la capilla: “Hic Verbum caro factum est”. Aquí, en una casa construida por la mano de los hombres, en un pedazo de la tierra en que vivimos, habitó Dios.

Al día siguiente, a las nueve de la mañana, celebra la Santa Misa en ese mismo altar de la capilla, pero el ajetreo de la multitud de peregrinos en ese día de la Asunción es tal que le resulta difícil recogerse. Cada vez que, según prescriben las rúbricas, besa el altar, tres o cuatro campesinas lo besan también.

Durante la acción de gracias, prosigue el ajetreo, hasta tal punto que, para evitar los empujones, tiene que refugiarse en un estrecho pasillo situado tras el altar. Pero los peregrinos lo invaden también, a empujón limpio…

El Padre ofrece esas molestias -fruto de la devoción de aquellas gentes- y se concentra en lo que le ha llevado allí: depositar su inquietud en manos de la Virgen; consagrar al Inmaculado Corazón de María el Opus Dei y todos sus miembros: nuestros cuerpos, nuestros corazones y nuestras almas; tuyos somos nosotros y nuestros apostolados; pedirle que mantenga firme y seguro el camino de la Obra…

Pronto, le invade una paz profunda, de tal forma que, cuando abandona el Santuario de Loreto, abriga la convicción de que, si la Obra está amenazada, como confusamente presiente, no hay nada que temer: la Madre de Dios, a la que acaba de consagrar la Obra entera en la “Santa Casa”, velará por ella.

Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum! Corazón dulcísimo de María, prepáranos un camino seguro… ¡Allana las dificultades! ¡Ábrenos el camino!

En Italia, en España, en Portugal

Durante las siguientes semanas, el Padre visita otros Santuarios marianos: Nuestra Señora de Pompeya, cerca de Nápoles; Lourdes, el 6 de octubre de 1951, camino de España, donde va a asistir al primer Congreso General de la Sección de mujeres de la Obra; el Pilar en Zaragoza… En todos ellos, renueva la consagración que ha hecho en Loreto y repite la misma jaculatoria: Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum!

A sus hijas, reunidas en Los Rosales, una casa situada en las proximidades de Madrid, les habla de la expansión de la Obra en el mundo, de la maravillosa aventura que van a vivir si permanecen fieles a los medios sobrenaturales de siempre: oración, mortificación, Sacramentos…

Unos días antes, un joven ingeniero, Bartolomé Roig, ha ido a establecerse en Venezuela y el 11 de octubre, durante su estancia en España, el Padre bendice a don Teodoro Ruiz Jusué, a punto de partir hacia Colombia. Luego, con amoroso impulso, descuelga un crucifijo de mármol que pende sobre su cama y se lo entrega, con dos tomos encuadernados de las obras de San Agustín y un cuadrito con una imagen de la Virgen pintada sobre cobre, regalo de su hermana Carmen. Son los únicos “tesoros” que le puede dar…

El 19 de octubre, procedente de Coimbra, se detiene una vez más en Fátima antes de seguir viaje a Lisboa. Reza intensamente en la capilla de las apariciones y vuelve a consagrar la Obra al Inmaculado Corazón de María.

Fin de una amenaza

El 24 de octubre ya está de nuevo en Villa Tévere, en Roma. Allí le informan de que va a haber que prescindir de los servicios de la empresa constructora, porque no cumple el contrato. Por otra parte, son tales las dificultades financieras que hay que restringir los gastos al máximo. Los alumnos del Colegio Romano dejan prácticamente de fumar y se dirigen a pie a la Universidad o a su lugar de trabajo.

Don Álvaro del Portillo se esfuerza por hacer frente, no sin dificultades, a los vencimientos de los créditos y pide ayuda a diestro y siniestro…

Nadie piensa en reducir, o en renunciar a concluir, los edificios de la sede central de la Obra, porque no es ése el espíritu del Opus Dei, tal y como el Padre se lo ha transmitido a sus hijos: Las obras de Dios no fracasan nunca por falta de medios materiales; si fracasan es por falta de buen espíritu.

Así pues, las obras de Villa Tévere no se interrumpen. A finales de año, el Fundador puede bendecir un oratorio y consagrar el altar de Villa Sacchetti, edificio independiente reservado a las mujeres de la Obra, cuyo oratorio dedica al Corazón Inmaculado de María en recuerdo de la Consagración hecha el 15 de agosto. Porque aquel presentimiento de un peligro que amenaza a la Obra le sigue atosigando, aunque no sabe cuál es…

Hasta que una carta de sus hijos de Milán viene a arrojar un poco de luz: el 18 de febrero de 1952, dos miembros de la Obra -un sacerdote y un laico- habían ido a visitar al Cardenal arzobispo, como solían hacer periódicamente, para tenerle al tanto de sus labores apostólicas. Nada más llegar, el Cardenal Schuster les había preguntado por el Padre.

-¿No tiene ahora una especial contradicción, una Cruz muy fuerte?

Los dos miembros de la Obra le habían respondido que no sabían nada, pero que si era así estaría muy contento, porque siempre había enseñado a sus hijos que cuando se está cerca de la Cruz, se está muy cerca de Jesús…

-No, no -había insistido el Cardenal-. Decidle que recuerde a su paisano San José de Calasanz y… que se mueva.

A1 recibir la carta de sus hijos, lo comprende todo. Conoce bien la historia del Fundador de las escuelas Pías. No en vano había sido en Barbastro alumno de una de ellas, sin olvidar que San José de Calasanz era aragonés y estaba emparentado con su familia…

Aquel santo de su tierra había fundado en Roma una congregación religiosa para instruir y educar a niños de familias humildes, pero, al final de su vida -tenía ya más de ochenta años- había sido víctima de incalificables intrigas, urdidas por uno de sus hijos, el Padre Mario. Éste, engañando al Papa, le había denunciado al Santo Oficio, logrando usurpar su cargo de Superior y que se le expulsara de la congregación que había fundado…

No tarda en recibir datos más concretos: existe, en efecto, un proyecto de desmantelamiento de la Obra que, a diferencia del caso de San José de Calasanz, procede de fuera. Un plan verdaderamente diabólico: se trata de escindir las dos secciones del Opus Dei -masculina y femenina- y de obligar al Fundador no sólo a renunciar a su cargo de Presidente General, sino a apartarse de la Obra.

El proyecto, al parecer, está ya en manos de altas jerarquías del Vaticano. Aprobarlo es tanto como destruir la Obra, porque la unidad de espíritu entre las dos Secciones y la unidad de gobierno, garantizadas por la persona del Presidente General, es algo esencial, que forma parte del carisma fundacional.

El segundo objetivo -la expulsión del Fundador- le hace decir, con lágrimas en los ojos: Si me echan, me matan; si me echan, me asesinan. Se siente como aplastado entre dos planchas de hierro. Si su corazón no estalla es por su ilimitada confianza en Dios y por la seguridad que le proporcionan sus recientes peregrinaciones a los Santuarios de la Virgen.

Se da cuenta, también, de que hay que actuar, debe “moverse”, como le ha aconsejado afectuosamente, por mediación de sus dos hijos de Milán, el Cardenal Schuster.

Oficialmente, sin embargo, el Presidente General del Opus Dei sigue sin saber nada. Además, no puede presentar un recurso contra una decisión que todavía no se ha tomado. Queda la posibilidad de dirigirse personalmente al Papa, haciéndole saber que está al corriente de lo que se trama…

La carta es filialmente, dolorosamente directa. Mons. Escrivá no pide nada para él. Lo único que pide es que, por amor a la justicia, se le hagan conocer abiertamente las acusaciones. El Fundador abre su conciencia de sacerdote enamorado de la Iglesia: no tiene ningún miedo a la verdad. Bien sabe el Padre que se trata de una campaña de calumnias y falsas acusaciones: una inexplicable celotipia ha hecho que, una vez más, se propalen falsedades, con el fin de levantar un clima de sospecha y desconfianza en contra de la Obra. No le importa por su persona; lo que no puede tolerar es la ofensa a Dios y la injusticia que eso supone para con todas sus hijas e hijos, que sirven a la Iglesia con plena fidelidad al espíritu y a las normas expresamente aprobadas por la Santa Sede.

Cuando el Fundador da a leer la carta a don Álvaro del Portillo, éste pide al Padre que le deje firmarla también.

Unos días más tarde, el 18 de marzo de 1952, el Cardenal Tedeschini, encargado de presentar a la Santa Sede los asuntos relacionados con el Opus Dei, lee la carta a Pío XII. Aunque el procedimiento ha sido realmente muy poco usual, el Papa, emocionado sin duda por la excepcional franqueza de Mons. Escrivá y la sinceridad que emana de su misiva, le responde inmediatamente que no es cuestión de que tales propuestas sean aceptadas.

Una vez más, un intento de destruir el Opus Dei ha sido desbaratado.

Para don Josemaría, como para el puñado de miembros de la Obra que saben lo que ha pasado, ha sido la Madre de Dios, ardientemente invocada en Loreto y en otros santuarios marianos, quien ha obtenido esta gracia extraordinaria.

En junio de 1952, el Fundador completa el acto de entrega a la Virgen María del año anterior con una nueva consagración de la Obra, en este caso al Sagrado Corazón de Jesús.

Finalmente, el 26 de octubre, festividad de Cristo Rey, en un pequeño oratorio de la sede central, todavía sin terminar, el Padre pide al Señor que otorgue la paz a la Obra, al mundo, a todos los hombres de buena voluntad: Oh, dulcísimo Jesús (…), al consagrarte nuestra Obra, con todas sus labores apostólicas, te consagramos también nuestras almas con todas sus facultades; nuestros sentidos; nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones; nuestros trabajos y nuestras alegrías. Especialmente te consagramos nuestro pobres corazones, para que no tengamos otra libertad que la de amarte a Ti, Señor.

Es Dios quien lo hace todo…

A pesar de ser muy graves, estos acontecimientos no han obstaculizado en absoluto el desarrollo de los apostolados de la Obra.

A Roma llegan, cada vez en mayor número, estudiantes y jóvenes licenciados que van a profundizar su formación. A comienzos del verano de 1952, el Padre ruega a su hermana Carmen que se traslade a Salto di Fondi -un pueblo situado entre Roma y Nápoles- para atender al cuidado material de una casa de campo, situada junto al mar, donde pasarán una temporada; en tandas sucesivas, grupos de alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz.

En julio, ocho miembros del Opus Dei reciben las sagradas órdenes en una iglesia de Madrid. Poco antes, se ha instalado en Pamplona una escuela de Derecho, semilla de una futura Universidad. Se trata de un antiguo sueño del Padre, para cuya realización ha rezado y trabajado años y años. Para él es claro que si bien el apostolado de los miembros reviste un carácter personal, de amistad y confidencia, en todos los ambientes, será también necesario promover en todos los países algunas actividades orientadas a la educación y a la promoción social. La iniciativa corresponderá a sus hijos o a sus hijas, en colaboración con otras personas. La Obra se limitará a insuflar su espíritu en esas realizaciones, cuya misión consistirá en contribuir a resolver problemas concretos de un país, una región o un sector de la sociedad, constituyendo, al mismo tiempo, instrumentos aptos para difundir la doctrina cristiana y marco propicio al apostolado personal de los miembros de la Obra que en ellas ejerzan su trabajo profesional.

Tal era la finalidad de la Academia DYA, abierta en Madrid en 1933, y de las distintas residencias de estudiantes instaladas desde entonces. Sin embargo, el proyecto actual es más ambicioso, y el Padre espera mucho de él: una Universidad digna de ese nombre, cuya influencia se extenderá no sólo a toda España, sino también a otras naciones.

Poco a poco, buenas noticias empiezan a llegar a Roma, procedentes de los países y ciudades a donde se ha ido en los últimos años.

A comienzos del mes de julio de 1952, algunos de los que habían iniciado la labor en Argentina, tomando como base la ciudad de Rosario, se instalan en Buenos Aires. En agosto, comunican al Padre que se ha producido la primera vocación femenina en aquel país. El 30 de ese mismo mes, un sacerdote parte para Venezuela, y un ecuatoriano que acaba de concluir sus estudios en Roma regresa a su país. Otros dos miembros de la Obra se establecen en Bonn, capital de la Alemania Federal.

En 1953 prosigue la expansión apostólica: se abre en Dublín una Residencia de estudiantes y dos miembros del Opus Dei van a trabajar profesionalmente en Perú y en Guatemala. Finalmente, en París -objetivo del Fundador desde los años treinta- dos miembros de la Sección de varones alquilan un pisito en la calle del Doctor Blanch. En el verano, se les une Fernando Maycas, el joven jurista que ya había residido en París varios años y que ha sido ordenado sacerdote en España. Su instalación definitiva en París marca el comienzo de una labor estable y continuada en Francia.

El Padre realiza un nuevo viaje a España para pasar en Molinoviejo, cerca de Segovia, el 2 de octubre de 1953, fecha en la que se cumple el veinticinco aniversario de la fundación del Opus Dei. En ruta, se detiene en Lourdes para rezar a la Virgen en el mismo lugar donde lo había hecho el 11 de diciembre de 1937, en plena guerra civil, tras el largo y agotador paso de los Pirineos.

Antes de abandonar Roma, ha recibido una bendición especial del Santo Padre mediante una carta del Cardenal Tedeschini, confirmada días más tarde por un telegrama de Mons. Montini, pro-secretario de Estado para los asuntos ordinarios.

En Madrid le esperan sus hijos, para celebrar el aniversario. Porque, en efecto, ha transcurrido un cuarto de siglo desde que vio la Obra por primera vez, mientras repicaban las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles… Ahora, ya puede contemplarla como el Señor la quería, proyectada en el tiempo -siglos- y haciendo en la historia de la humanidad -humilde y silenciosamente- un surco hondo y ancho, luminoso y fecundo.

Al acercarse este aniversario, había recomendado a sus hijos y a sus hijas que realizasen con mayor empeño su trabaja en ese día, intensificando su oración. Sed -en esta tierra tan llena de rencores- sembradores de alegría y de paz: porque este heroísmo sin ruido de vuestra vida ordinaria será la manera más normal, según nuestro espíritu, de solemnizar las Bodas de Plata de nuestra Madre.

Antes de regresar a Roma, el Padre se acerca a Portugal y luego, pasando por Bilbao, llega hasta París, donde sorprende a sus hijos con su visita, el 24 de octubre. Desciende hacia Italia y pasa por Milán y Loreto.

La expansión de la Obra, que no ha hecho más que empezar, le demuestra, una vez más, que Dios la ha querido. ¡No puedo!, ¡no valgo!, ¡no sé!, ¡no tengo!, ¡no soy nada! repite sin cesar, como en los primerísimos comienzos, durante los días que preceden y siguen al aniversario. Y concluye con el complemento lógico de este acto de fe: Pero Tú lo eres todo.

Este 2 de octubre debe ser para sus hijos un nuevo punto de partida, una ocasión de ampliar el horizonte de su apostolado hasta los últimos rincones del planeta.

Vuestra caridad ha de ser amplia, universal: habéis de vivir de cara a la humanidad entera, pensando en todas las almas de todo el mundo. Esa actividad os llevará a rezar por todos, y, en la medida de vuestras posibilidades, a ayudar a todos.

¿Quién, entre los más antiguos, no rememora, al oír estas palabras, aquel mapamundi de la Residencia de Jenner y aquella cruz que el Padre dibujaba, con sus cuatro brazos en forma de flecha, orientados hacia los cuatro puntos cardinales?


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