Carmen Escrivá de Balaguer

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El verano de Roma estalla en los balcones cubiertos de flores. Es el 20 de junio de 1957. Faltan unas horas para el amanecer, y en un hotelito del barrio Prati, a la orilla derecha del Tíber, agoniza Carmen Escrivá de Balaguer. Están junto a ella el Fundador del Opus Dei, su hermano Santiago, don Alvaro del Portillo y don Javier Echevarría. También algunas mujeres de la Obra, que atienden sus últimos días en la tierra.

Hace cuatro años que Carmen y Santiago, los hermanos del Padre, llegaron a Roma. Se acababa de poner en marcha un Centro a unos cien kilómetros de la Ciudad Eterna, en Salto di Fondi, en el que habrían de organizarse cursos de retiro, convivencias, estudios de verano y otras muchas actividades. El Padre llama a su hermana Carmen, que pondrá su trabajo, su experiencia y cariño en la atención doméstica de este nuevo Centro. Carmen, que no ha recibido de Dios la vocación al Opus Dei, no vacilará jamás en la disponibilidad absoluta. Tiene la convicción de que la Obra es de Dios y se sabe instrumento suyo para cooperar en que se realice.

Ahora pone todo su empeño y su trabajo en Salto di Fondi. Hasta el último detalle estará moldeado por su afecto, su visión práctica, su exquisita manera de convertir en hogar los rincones de una casa.

Más adelante, cuando las mujeres del Opus Dei se hagan cargo de la Administración en Salto di Fondi, Carmen y Santiago se instalarán en un hotelito de Via degli Scipioni, 276. Santiago viajará con frecuencia a España en función de su trabajo. A pesar de tanta ausencia, Carmen nunca está sola, porque ha volcado su grande y recia capacidad de ternura sobre una familia numerosa que es el Opus Dei.

Hace algo más de dos meses, en abril de 1957, el médico ha diagnosticado la enfermedad incurable. El Padre se lo comunica a los miembros de las dos Secciones porque, por gracia de Dios, Carmen ha dado su cariño interminable e idéntico a todos.

En la Administración de Villa Tevere se reúne unos minutos con sus hijas para darles algunas noticias. Una, pregunta:

-¿Buenas, Padre?

-Sí, hija mía, buenas, porque la Voluntad de Dios siempre es buena.

Luego les informa de que su hermana Carmen tiene un cáncer hepático y el médico le pronostica dos meses de vida.

Lo ha expresado con firmeza, aunque su gesto transparenta el dolor de la situación. Y les ruega que pidan al Señor su curación si ésa es su Voluntad (15)

Al día siguiente hablará brevemente con quienes forman parte del Gobierno Central de la Sección de mujeres de la Obra. Todas desean atender a Carmen durante su enfermedad, pero el Padre afirma con energía que no puede abandonarse por ningún acontecimiento la dedicación de cada una a su trabajo. Una vez más domina los impulsos de su corazón para poner aquello que el Cielo le ha exigido y a lo que Carmen -de hecho- ha dedicado su vida, por encima de cualquier otra situación familiar o personal.

Es don Álvaro quien comunica el carácter y estado de su enfermedad a Carmen Escrivá de Balaguer. De esta conversación los miembros de la Obra conocen solamente las conclusiones:

«Le dije que, sin un milagro, no se curaría; que a juicio de los médicos le quedaban dos meses de vida, aunque, si el cuerpo respondía, podría sobrevivir algo más, pero no mucho».

Recibió la noticia con tranquilidad, serena, sin lágrimas, como una persona santa de la Obra. Después, comentó llena de paz y de buen humor a Encarnita Ortega: «Álvaro me ha comunicado ya la sentencia»(16).

Efectivamente. Su aceptación tendrá las mismas características que su vida entera. Sencillez, espontaneidad y un heroísmo silencioso que se esconde tras el humor y la sonrisa.

El médico que la atiende comentará que es una de las personas más inteligentes y con mayor riqueza espiritual que ha conocido. Hasta el último día, la enferma agradecerá su cariño, sus cuidados. Envía unos caramelos para los niños, unas plantas de la terraza para su mujer. Cualquier detalle de afecto. Un religioso Agustino Recoleto que le atiende en confesión, está asombrado de su temple e indestructible confianza en Dios.

-«Yo vengo aquí, más que para ayudarla, para edificarme»(17).

La vida en la Sede Central de Roma continúa aparentemente igual. El Fundador no prodiga las visitas a su hermana, a pesar del enorme cariño que siente por ella. Da ejemplo de serenidad y desprendimiento a la hora de entregarle a Dios su tiempo, su actividad y sus amores en la tierra.

Durante dos días, Carmen agonizará en Roma. El Padre, de rodillas a los pies de la cama y con los ojos fijos en el tríptico que cuelga sobre la cabecera, repetirá una oración que han rezado mil veces de niños, allá en el hogar de Barbastro: «mírala con compasión, no la dejes Madre mía… ».

La enferma sufre y su respiración se hace cada vez más difícil. Pero no le oirán una queja.

-«¿Estás contenta, Carmen? ¿Tienes paz?», le pregunta don Alvaro.

-«Tengo una paz interior muy grande, ¡qué paz!».

El 18 de junio don Alvaro le da la Extremaunción, y el 19 su hermano le administra el Viático. El Padre le dice:

«Pídele al Señor perdón por tus pecados; yo le pido perdón por los míos»(18).

Y, despacio, como quien se siente invitada al heroísmo final de una gran empresa, va ofreciendo sus dolores y molestias por la Iglesia, por el Romano Pontífice, por la Obra y por todas las almas.

A las 3,25 de la madrugada muere. Ha sido una inolvidable lección para cuantos la han conocido. Los ojos de Carmen Escrivá de Balaguer se abren a la luz de la eternidad. Se cierran hoy, bajo el gesto afectuoso de toda la Obra, a los cuidados de la tierra.

La Cripta de Santa María de la Paz, en Villa Tevere, está todavía en construcción, pero se acaba la sepultura con toda la rapidez posible. Con los necesarios permisos de las autoridades eclesiásticas y civiles italianas, Carmen es sepultada en la Sede Central del Opus Dei. Han rodeado su cuerpo las flores que cuidó durante estos años romanos. Los miembros de la Obra velan, en pie de cariño, a esta mujer de 57 años que acaba de partir.

El Padre preside el duelo. El Acta de defunción se encabeza con estas palabras:

«Aquí yacen los restos mortales de Carmen Escrivá de Balaguer, que después de ayudarnos con heroico espíritu de sacrificio desde los comienzos del Opus Dei, descansó santamente en el Señor, el día 20 de junio de 1957»(19).

Muchas personas que mantienen contacto habitual con la Obra sabrán la noticia y enviarán al Padre el testimonio de su recuerdo emocionado. El Cardenal Tedeschini, escribirá al Fundador una extensa carta en la que concluye:

«Con el más vivo afecto pediré por ella, aunque no necesite de mis oraciones; y con ella tendré en mi corazón a usted, que ha ofrecido a Roma la suerte de que Carmen Escrivá de Balaguer se haya hecho romana»(20).

Un año después, el Padre hablaría así de los últimos momentos de Carmen:

«Llevó la enfermedad como una persona santa del Opus Dei. Me da consuelo recordarlo. Antes de morir, le dije que la enterraríamos aquí, en la sottocripta. Y se le ocurrió comentar: oye, si va Santiago, que tenga cuidado, porque aquello está muy frío.

Estaban a su lado, conmigo, don Álvaro, don Javier y el doctor Pastor, que le tomaba el pulso. También estaban presentes Numerarias y Numerarias Auxiliares. Bien se había merecido esa compañía. Yo lloré como un niño, a escondidas, ante el Sagrario, hasta que murió, porque veía que se nos acababa otro tiempo histórico, porque quería muchísimo a mi hermana, y porque pensaba en lo mucho que nos había ayudado, sin tener vocación, como ella decía. Luego, cuando dejó esta tierra, recé un responso y, en cuanto pude, bajé a decir Misa. Estuve con mucha paz y muy contento: contento con la Voluntad de Dios, que sabe muy bien lo que hace. Pero me costó, porque con ella -insisto- se nos iban treinta años de historia de la Obra. Y me costó también porque tengo corazón»(21).

Agradecimiento

D. Álvaro  Tagged , , , , , No Comments »

Ante todo, deseo dejar constancia de mi más profundo reconocimiento a Mons. Alvaro del Portillo por la generosidad con que ha puesto a mi alcance sus recuerdos personales, junto con cartas y documentos, que iluminan rasgos hasta ahora inéditos de la atrayente figura del Fundador del Opus Dei, al que desde el 17 de mayo de 1992 la Iglesia venera como Beato.

Por sus cuarenta años de convivencia con Mons. Josemaría Escrivá, Mons. Alvaro del Portillo es un testigo privilegiado –es más, único– de la vida santa del Fundador y de su incansable y heroica actividad por el bien de la Iglesia y de todas las almas.

Este libro es relativamente breve, ya que sólo aborda algunos aspectos de la personalidad del Fundador y de su correspondencia a la iniciativa divina, sin pretender ser exhaustivo. Es tan grande su riqueza espiritual que tal vez ni siquiera pueda describirse adecuadamente en un libro más extenso. Considero que el mensaje del Fundador –una espiritualidad encarnada– se pone especialmente de manifiesto a través de un conjunto de anécdotas, hechos concretos, experiencias vividas, casi mejor que en una exposición conceptual. Este libro, por tanto, no pretende sustituir a las biografías del Fundador del Opus Dei, cuyo conocimiento en cierto sentido se presupone y, además, ayuda a situar históricamente las informaciones, en gran parte inéditas, que aquí se proporcionan.

Realizar esta entrevista ha constituido una experiencia profesional y espiritual gratificante. Profundizar en el conocimiento de un hombre de Dios, tan querido, a través de la experiencia viva del hijo más próximo, ha sido motivo de una íntima alegría.

Sólo me resta desear a los lectores de estas páginas que su alma quede removida por la vida y las virtudes del Beato Josemaría, fidelísimamente reflejadas en las palabras de su sucesor, Mons. Alvaro del Portillo.


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