Tel Aviv, Lunes 11 de mayo de 2009

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Benedicto XVI llegó a las 11,00 hora local (10,00 hora italiana) al aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv (Israel) donde fue recibido por el presidente del Estado de Israel, Shimon Peres y por el primer ministro, Benjamin Netanyahu, además de las autoridades civiles y políticas y los Ordinarios de Tierra Santa.

El Papa agradeció la bienvenida al Estado de Israel, “una tierra -dijo- que para muchos millones de creyentes en todo el mundo es santa; (…) una tierra santificada por los pasos de los patriarcas y los profetas, una tierra que los cristianos veneran especialmente porque fue el lugar de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. (…) Yo, como muchos otros antes, vengo a rezar en los santos lugares, a rezar en especial por la paz, paz aquí en Tierra Santa y en todo el mundo”.

Opus Dei -

La Santa Sede y el Estado de Israel “comparten muchos valores, sobre todo el de dar a la religión el lugar que le corresponde en la vida de la sociedad. La justa ordenación de las relaciones sociales presupone y requiere el respeto de la libertad y la dignidad de todo ser humano que cristianos, musulmanes y judíos creen que ha sido creado por un Dios amoroso y que está destinado a la vida eterna. Cuando la dimensión religiosa de la persona se niega o margina, se tambalean las bases de la justa comprensión de los derechos humanos inalienables”.

“Trágicamente, el pueblo judío ha sufrido las terribles consecuencias de las ideologías que niegan la dignidad fundamental de la persona. Es justo y adecuado que, durante mi estancia en Israel, tenga la oportunidad de rendir homenaje a la memoria de los seis millones de judíos víctimas de la Shoah y de rezar para que la humanidad no vuelva a ser testigo de un crimen de magnitud semejante. Tristemente, el antisemitismo sigue levantando su repugnante cabeza en muchas partes del mundo. Es absolutamente inaceptable. Hay que hacer todos los esfuerzos posibles para combatir el antisemitismo en cualquier lugar y para promover el respeto y la estima por los miembros de todo pueblo, tribu, lengua y nación del mundo”.

“Durante mi estancia en Jerusalén -prosiguió el pontífice- tendré el placer de encontrar a muchos de sus líderes religiosos. Las tres religiones monoteístas comparten una veneración especial por esa ciudad santa. Espero fervientemente que todos los que peregrinan a los santos lugares accedan a ellos libremente y sin restricciones para tomar parte en las ceremonias religiosas y fomentar la digna conservación de los edificios de culto en los espacios sacros”.

Benedicto XVI recordó que aunque el nombre Jerusalén signifique ciudad de paz, “es evidente que durante décadas la paz ha escapado trágicamente de los habitantes de esta tierra santa. Los ojos del mundo están fijos en los pueblos de esta región en su lucha por alcanzar una solución justa y duradera a los conflictos que han causado tantos sufrimientos. Las esperanzas de innumerables hombres, mujeres y niños en un futuro más seguro y estable dependen del resultado de las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos”.

“Unido a todas las personas de buena voluntad suplico a sus responsables que exploren todos los caminos posibles para resolver con justicia las dificultades pendientes de modo que ambos pueblos vivan en paz en su propia patria con fronteras seguras y reconocidas internacionalmente. A este respecto, espero y rezo para que se cree pronto un clima de mayor confianza que haga posible que las partes progresen realmente en el camino de la paz y la estabilidad”.

El Santo Padre finalizó su discurso dirigiéndose a los católicos y recordó que presenciará en Nazaret la conclusión del Año de la Familia. “La familia -dijo- es la primera e indispensable maestra de paz y por lo tanto tiene un papel esencial para sanar las divisiones de la sociedad humana en todos los niveles”.

“Hablo ahora a las comunidades cristianas de Tierra Santa: mediante vuestro testimonio fiel de aquel que predicó el perdón y la reconciliación, con vuestro compromiso de defender el carácter sacro de toda vida humana, podéis dar una contribución particular al fin de las hostilidades que han afligido durante tanto tiempo esta tierra. Rezo para que vuestra presencia continua en Israel y en los Territorios Palestinos sea fructuosa para promover la paz y el respeto mutuo entre los pueblos que viven en las tierras de la Biblia”.

Finalizada la ceremonia el Papa se desplazó en helicóptero al helipuerto del Monte Scopus en Jerusalén, donde fue recibido por el alcalde Nir Barkat y desde allí se trasladó en automóvil a la delegación apostólica de Jerusalén para el almuerzo.

El Santo Padre realizará esta tarde una visita de cortesía al presidente del Estado de Israel, Shimon Peres, visitará el Memorial de “Yad Vashem” y se encontrará con los miembros de organizaciones para el diálogo interreligioso en el “Notre Dame of Jerusalem Centre”.

13. El 26 de junio de 1975

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

02 de diciembre de 2008

El Fundador enseñó a no tener miedo a la vida ni miedo a la muerte, porque Dios es Señor de la vida y de la muerte. Escribió en Camino: Me hablas de morir “heroicamente”. –¿No crees que es más “heroico” morir inadvertido en una buena cama, como un burgués…, pero de mal de Amor? (num. 743). ¿Estuvo alguna vez en peligro de muerte?

–La curación de la diabetes, que le diagnosticaron en 1944 y que probablemente tenía desde mucho antes, está ligada a un suceso ciertamente extraordinario.

La enfermedad, muy grave y con efectos secundarios especialmente dolorosos, siguió su curso hasta el 27 de abril de 1954, fiesta de la Virgen de Montserrat. Dos o tres días antes, el médico que le trataba, el doctor Faelli, le había recetado una nueva marca de insulina retardada, indicando que le pusiéramos ciento diez unidades. Como de costumbre, me encargué yo de ponerle la inyección. Me había preocupado de leer atentamente las indicaciones de esa medicina, y vi en el prospecto que cada dosis de este nuevo tipo de insulina equivalía a algo más del doble de la normal. Me pareció por eso que ciento diez unidades era una cantidad excesiva, y como las dosis elevadas de insulina aumentaban las jaquecas que padecía nuestro Fundador, reduje la dosis, a pesar de las indicaciones del médico. Con todo, se le desencadenó una reacción de tipo alérgico, para mí desconocida. Hablé con el doctor Faelli y me dijo que continuara con el tratamiento.

El 27 de abril le inyecté la insulina cinco o diez minutos antes de comer. A continuación fuimos hacia el comedor. Como la dieta que seguía el Padre era muy estricta, en aquella época almorzábamos los dos solos, para que nadie se sintiese cohibido ni obligado a comer menos; así, a los demás se les servían cosas que el Padre no podía tomar, como patatas, pasta, etc. Poco después de bendecir la mesa, me pidió con voz entrecortada: Alvaro, ¡la Absolución! Yo no le entendí, no podía entenderlo. Dios permitió que no comprendiese sus palabras. Entonces repitió: ¡La Absolución! Y por tercera vez, en muy pocos segundos, dijo: ¡La Absolución!, ego te absolvo…, y en aquel instante perdió el conocimiento. Recuerdo que primero se puso intensamente rojo y después de color amarillento, terroso. Y se quedó como muy encogido.

Le impartí la absolución inmediatamente e hice lo que pude. Después de llamar al médico, le puse azúcar sobre la lengua y le hice tomar un poco de agua para que pudiera tragar: no reaccionaba y el pulso era imperceptible. El médico, Miguel Ángel Madurga, miembro de la Obra, llegó al cabo de trece minutos, cuando el Padre empezaba a recuperar el conocimiento. Le tomó el pulso, la tensión, etc., y dio las oportunas indicaciones. Nuestro Fundador tuvo la delicadeza de preguntarle si había comido: ante su respuesta negativa, le hizo comer allí mismo y habló con él tranquilamente, respondiendo a sus preguntas. Cuando el médico salió, el Padre me dijo: Hijo mío, me he quedado ciego, no veo nada. Yo le pregunté: Padre, ¿por qué no se lo ha dicho al médico? Para no darle un disgusto innecesario; a lo mejor esto se me pasa.

Tuvo que quedarse varias horas en el comedor, porque no se podía mover y no quería preocupar a nadie. Después, empezó a recuperar la vista y le acompañé a su habitación. Mirándose en el espejo, comentó: Ya sé como quedaré cuando esté muerto. Le hice notar que estaba ya mucho mejor, y que tendría que haberse visto unas horas antes: entonces sí que parecía un cadáver. Además, le había sucedido algo que, según dicen, ocurre a los que están en trance de muerte. El Padre me contó que el Señor le había concedido ver toda su vida en un instante, como en una película rapidísima: había tenido tiempo para pedirle perdón por todos los errores de los que se consideraba culpable, e incluso de algo que en su día no había acertado a comprender. Era esto: en una ocasión el Señor le hizo ver que moriría varios años después, según le pareció entender. Ahora, al verse morir, le pidió perdón también por no haberle comprendido.

Enseguida vino a verle el doctor Faelli y descubrió con sorpresa que habían desaparecido todos los síntomas de la diabetes, que, como se sabe, es una enfermedad incurable. Estaba tan claro que suspendió el tratamiento y le dio de alta. Nuestro Fundador sólo comentó que, de la misma manera que el Señor le había mandado aquella enfermedad, ahora lo había curado en un fiesta de la Virgen, precisamente en la de Nuestra Señora de Montserrat, a la que tenía tanta devoción.

Otro suceso ilustra su serenidad y su sentido sobrenatural ante la muerte. Ocurrió en 1963.

Durante el Concilio Ecuménico Vaticano II, en mi calidad de Secretario de la Comisión Conciliar para el clero, tuve que ir a Venecia para examinar algunas cuestiones con el Patriarca, el Cardenal Urbani, que formaba parte de la Comisión conciliar central de coordinación. Nuestro Padre quiso acompañarme, y el 4 de febrero salimos en coche de Roma, junto con don Javier Echevarría y Javier Cotelo, que iba al volante. Al día siguiente continuábamos aún de viaje y nos dimos cuenta de que, en algunos tramos, había hielo en la carretera y la circulación era peligrosa. Después de pasar Rovigo, a cuatro kilómetros de Monselice, el coche patinó y dio varias varias vueltas sobre el eje, pero no volcó, sino que salió a gran velocidad hacia atrás dentro de la carretera. Fuera de todo control, el vehículo se dirigió hacia un precipicio. Se detuvo al borde del cortado, chocando contra un mojón de piedra, precisamente en el lado en que iba nuestro Fundador. La puerta quedó totalmente destrozada, y salimos a duras penas del coche, que se quedó suspendido sobre el vacío. Nuestro Fundador reaccionó de modo ejemplar: no se dejó llevar por el susto, sino que invocó inmediatamente la protección del Señor y de los Ángeles Custodios. Don Javier Echevarría y Javier Cotelo lo pasaron un poco mal. Una vez en Venecia, resolví rápidamente los asuntos que habían motivado el viaje y nos volvimos después a Roma.

Padre, hablemos ahora de aquel 26 de junio de 1975, día en que el Fundador alcanzó la Patria definitiva. Le rogaría que reconstruyese paso a paso qué sucedió aquella mañana.

–El 26 de junio de 1975, último día de su vida en la tierra, el Padre se levantó a la hora acostumbrada. Celebró, ayudado por don Javier Echevarría, la Misa votiva de la Virgen en el oratorio de la Santísima Trinidad, a las siete y cincuenta y tres minutos. A la misma hora celebraba también yo en la sacristía mayor, porque aquella mañana nuestro Fundador deseaba ir con don Javier y conmigo a Castelgandolfo, para despedirse de sus hijas de Villa delle Rose, ya que estábamos a punto de salir de Roma. Se encontraba físicamente bien, y nada hacía prever lo que sucedería poco después.

Antes de salir de casa, hacia las nueve y veinticinco, entró en la sala de comisiones, a donde había convocado a dos hijos suyos del Consejo General, un sacerdote y un laico, para encomendarles un encargo: quería que fuesen a ver de su parte a un profesional italiano, muy amigo del Santo Padre: se trataba del doctor Ugo Piazza, que estaba gravemente enfermo. Esta persona había manifestado su deseo de hablar con nuestro Fundador, precisando que no se trataba de temas relativos a su vida espiritual, porque en esto estaba bien atendido, sino solamente para contarle algunas noticias.

El Padre rogó a estos hijos suyos que le hicieran saber que, como dentro de dos días iba a salir de Roma, le era imposible encontrar un rato para ir a verle; pero, si quería, podía comunicar aquellas noticias a un miembro de la Obra, bien un sacerdote o un laico. Añadió, con mucha fuerza e insistencia, que le dijesen estas palabras: Desde hace años, ofrezco la Santa Misa por la Iglesia y por el Papa. Podéis asegurarle –porque me lo habéis oído decir muchas veces– que he ofrecido al Señor mi vida por el Papa, cualquiera que sea. Nosotros estamos callados y procuramos trabajar mucho y con paz, aunque en la Iglesia haya algunos que no nos ven con simpatía.

Hacia las nueve y treinta y cinco, el Padre salió en coche hacia Castelgandolfo, acompañado de don Javier Echevarría, de Javier Cotelo, al volante, y de mí. En cuanto salimos del garaje, comenzamos a rezar los misterios gozosos del Santo Rosario. Terminamos antes de llegar a la carretera de circunvalación y nos pusimos a charlar: nos dijo, entre otras cosas, que podíamos ir por la tarde a Cavabianca, la nueva sede de nuestro Centro internacional de formación, porque deseaba ver algunos detalles del oratorio de Nuestra Señora de los Ángeles que había sugerido, para hacer la decoración más armónica y el ambiente más recogido y piadoso.

El viaje duró más de lo acostumbrado, a causa de un gran embotellamiento en la circunvalación. Hacía mucho calor. Javier Cotelo le habló de unos sobrinos suyos que habían estado en Roma poco tiempo antes. El Padre le escuchó con atención y se interesó cariñosamente por otros asuntos de su familia.

Hacia las diez y media llegamos por fin a Villa delle Rose. Algunas hijas suyas le esperaban en el garaje. El Padre, como siempre, les llevaba unos regalos: la figura de una pata en cristal labrado y un paquete de caramelos. El Padre solía distribuir entre los demás los regalos que recibía.

Comentó, por el pasillo, que eran sus últimas horas en Roma, antes del verano; y que oficialmente no estaba ya para nadie, pero para sus hijas sí. Se encaminó a saludar al Señor, permaneció arrodillado ante el Sagrario unos momentos, besó la cruz de palo, y se dirigió hacia la sala “de los abanicos”, donde iba a tener un rato de tertulia.

Al entrar, dirigió su mirada a un cuadro de la Virgen, una pintura al óleo en la que el Niño aparece peinado con esmero, mofletudo y sonrosado, abrazado al cuello de su Madre, que le ofrece una rosa de té. Este cuadro pertenecía a la familia de los Escrivá y se encontraba en la habitación del centro de la calle Diego de León donde murió la madre de nuestro Fundador. La divina Providencia quiso que la Virgen del Niño peinadico recibiese también una de las últimas miradas de nuestro Fundador.

Sus hijas respondieron con voz alta al saludo del Padre, y le dijeron que estaban muy contentas de que hubiera ido. El Padre les comentó sonriente: ¡Qué buena voz tenéis! Después se sentó en una silla, y me cedió a mí el sillón que le habían preparado. Repitió que estaba a punto de marcharse de Roma, y añadió: Tenía muchas ganas de venir. Estamos terminando estas últimas horas de estancia en Roma para acabar unas cosas pendientes; de modo que ya para los demás no estoy: sólo para vosotras.

Después habló de que todos los cristianos deben tener alma sacerdotal y se detuvo tratando del amor al Papa y a la Iglesia. Se refirió también a los tres primeros sacerdotes de la Obra y a los cincuenta y cuatro hijos suyos que recibirían la ordenación sacerdotal pocos días más tarde: Ayer celebraríais el aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes, y estaréis encomendando a los cincuenta y cuatro que se ordenan ahora. Cincuenta y cuatro: parecen muchos, y en estos momentos –pensando en lo que se sucede por ahí– es una cosa increíble. Sin embargo, son muy pocos: enseguida desaparecen. Como os digo siempre, esta agua de Dios que es el sacerdocio, la tierra de la Obra la bebe corriendo. Desaparecen enseguida.

Vosotras tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo por aquí. Vuestros hermanos seglares también tienen alma sacerdotal. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal; y con la gracia del Señor y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes de la Obra, haremos una labor eficaz.

Le contaron algunas anécdotas apostólicas, y aprovechó para animarles a ser fieles en las cosas pequeñas de cada día, y en el cumplimiento de las prácticas de piedad del Opus Dei:

Me imagino que aprovecháis el tiempo, y también que descansáis un poco, hacéis algo de deporte y alguna excursión.

Me imagino que, sobre todo, me cumplís muy bien las Normas (es decir, nuestras prácticas de piedad) y de todo sacáis motivo para tratar a Dios y a su Madre bendita, nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa, cualquiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre.

No dejó un solo momento de animar aquella conversación tan agradable y edificante. Una de las presentes le habló de los frutos apostólicos de una catequesis realizada en un país de América del Sur, y el Padre precisó: Ten en cuenta que no era fruto vuestro: era fruto de la Pasión del Señor, del dolor del Señor; de los trabajos y de las penas llevadas con tanto amor por la Madre de Dios; de la oración de todos vuestros hermanos; de la santidad de la Iglesia. Se manifestaba en apariencia como fruto de vuestro trabajo, pero no tengáis el orgullo de pensar que es así.

La reunión fue breve: duró menos de veinte minutos, porque nuestro Padre comenzó a sentirse cansado. Antes de terminar, renovó el acto de amor a la Iglesia y al Papa que había pronunciado en tantas ocasiones. Pocos minutos después se sintió peor. Don Javier y yo le acompañamos a la habitación del sacerdote, donde descansó un poco. Nosotros, y también las directoras del Centro, le insistíamos para que descansara otro rato. El Padre se negó, quizá para recordarnos, una vez más, que los sacerdotes del Opus Dei sólo están en los Centros de mujeres el tiempo indispensable para cumplir su ministerio sacerdotal. Enseguida, cuando parecía que se había respuesto, salimos hacia Roma en el coche, después de haber pasado al oratorio, donde nuevamente se detuvo unos instantes para despedirse del Señor. Mientras iba hacia el garaje, se interesó por las hijas suyas con las que se iba encontrando y, con su buen humor habitual, bromeó: Perdonadme, hijas, por la lata que os he dado. Añadió: Pax, hijas mías. Después, desde el coche, saludó cariñosamente a las que nos abrieron la puerta del garaje: hijas mías, adiós. Eran alrededor de las once y veinte.

El Padre volvía de Villa delle Rose indudablemente cansado, pero sereno y contento. Atribuyó su malestar al calor. Pidió a Javier Cotelo que le llevase a Roma per breviorem, por el camino más corto. Mientras tanto continuó charlando con nosotros, aunque fue una conversación un poco discontinua, porque estábamos impacientes por llegar cuanto antes a Villa Tevere y hacerle descansar. Javier condujo deprisa, pero con cuidado, para evitar un posible mareo. Llegamos a casa en poco más de media hora.

A las once y cincuenta y siete entramos en el garaje de Villa Tevere. En la puerta nos esperaba un miembro de la Obra. El Padre bajó rápidamente del coche, con el rostro alegre; se movía con agilidad, tanto, que se volvió para cerrar personalmente la puerta. Dio las gracias al hijo suyo que le había ayudado y entró en casa.

Saludó al Señor en el oratorio de la Santísima Trinidad y, como solía, hizo una genuflexión pausada, devota, acompañada por un acto de amor. A continuación subimos hacia mi despacho, el cuarto donde habitualmente trabajaba y, pocos segundos después de pasar la puerta, llamó: ¡Javi! Don Javier Echevarría se había quedado detrás, para cerrar la puerta del ascensor, y nuestro Fundador repitió con más fuerza: ¡Javi!; y después, en voz más débil: No me encuentro bien. Inmediatamente el Padre se desplomaba en el suelo.

Pusimos todos los medios posibles, espirituales y médicos. En cuanto advertí la gravedad de la situación, le impartí la absolución y la Unción de los enfermos, como deseaba ardientemente: respiraba aún. Nos había suplicado con fuerza, infinidad de veces, que no le privásemos de aquel tesoro.

Fue una hora y media de lucha, llena de amor filial: respiración artificial, oxígeno, inyecciones, masajes cardíacos. Mientras tanto, yo renové varias veces la absolución. Bajo la dirección médica de don José Luis, nos turnamos varios miembros del Consejo General –Dan Cummings, Fernando Valenciano, Umberto Farri, Giuseppe Molteni– y el doctor Juan Manuel Verdaguer. No podíamos creer que se cumplía la hora de este grandísimo dolor.

Seguíamos esperando contra toda esperanza. Llamé por teléfono a la Directora central, para que se reunieran urgentemente en sus oratorios todas las que vivían en Villa Sacchetti, y rezaran con muchísima intensidad, al menos diez minutos, por una intención muy urgente. Y continuamos intentando lo imposible. Nos resistíamos a convencernos de que había fallecido. A pesar de nuestros esfuerzos, el Padre no se recuperó del paro cardiaco. Nos resignamos cuando vimos que el electrocardiograma era plano.

A la una y media salí de la habitación, e invité a los otros miembros del Centro del Consejo General, que estaban en la antigua sala de reuniones rezando y llorando contenidamente, a que entrasen a rezar ante los restos de nuestro amadísimo Fundador.

Todos nos arrodillamos alrededor de su cuerpo, y le besamos las manos y la frente con inmenso cariño, llenos de lágrimas. Algunos no podían creerlo: pensaban que era sólo un error, y que nuestro Fundador se recuperaría o que tal vez Dios quería que le pidiésemos con gran fe el milagro de volverle a la vida. Rezamos el responso, y seguimos rezando, destrozados por el dolor, sin poder ni querer contener las lágrimas.

El cuerpo de nuestro Fundador estaba extendido, al lado de la pared que preside un gran crucifijo en el suelo de mi despacho; debajo habíamos colocado la colcha de mi cama, recubierta de una sabana limpia. En la pared de enfrente estaba el cuadro de la Virgen de Guadalupe que había recibido su última mirada de amor.

Para nosotros, ciertamente, se trataba de una muerte repentina; para nuestro Fundador, en cambio, fue algo que venía madurándose –me atrevo a decir–, más en su alma que en su cuerpo, porque cada día era mayor la frecuencia del ofrecimiento de su vida por la Iglesia y por el Papa.

Estoy convencido de que el Padre presentía su muerte. En los últimos años repetía frecuentemente que estaba de más en la tierra, y que desde el Cielo podría ayudarnos mucho mejor. Nos llenaba de dolor oírle hablar así –con aquel tono suyo fuerte, sincero, humilde–, porque mientras pensaba que era una carga, para nosotros era un tesoro insustituible.

Nunca se había preocupado por su estado de salud, aunque en los últimos años se le agudizó la insuficiencia renal y cardiaca; sabíamos bien que no tenía miedo a la muerte, y que estaba desprendido de la vida. La meditación frecuente de los Novísimos, desde su juventud, había dispuesto día a día su corazón enamorado para la contemplación de la Trinidad Beatísima.

Desde hacía muchos años ofrecía a Dios su vida y mil vidas que tuviera, por la Santa Iglesia y por el Papa. Era la intención de todas sus Misas, y lo fue también de la que celebró el 26 de junio de 1975: aquel día el Señor aceptó su ofrecimiento.

Nuestro Fundador nos había confiado algunas veces que pedía al Señor la gracia de morir sin dar la lata: por cariño a sus hijos, quería evitarles las molestias de una larga enfermedad. Dios acogió también esta petición suya y murió –según el espíritu que había predicado desde 1928–, trabajando por el Señor, ut iumentum!

En la habitación en que murió preparamos una tabla, cubierta por una sábana blanca, y allí colocamos a nuestro Fundador para trasladarlo hasta el oratorio de Santa María de la Paz.

Antes, le quité el relicario en forma de cruz con el Lignum crucis que nuestro Fundador llevaba al cuello; lo besé devotamente y me lo puse yo, diciendo en voz alta que lo llevaría hasta la elección del futuro sucesor. Después sustituimos la medalla del Carmen que llevaba en aquel momento por un escapulario de tela nuevo.

Dispusimos los restos mortales de nuestro Fundador, aún con la sotana negra, en la nave central del oratorio de Santa María de la Paz, a los pies del altar. Antes, habíamos extendido sobre el suelo el paño negro que se suele utilizar para el túmulo en las Misas de difuntos. Eran alrededor de las dos y cuarto.

Colocamos la cruz del altar mirando a la nave. Pensando en las Misas de corpore insepulto, que se celebrarían ininterrumpidamente, pusimos sobre el altar un pequeño crucifijo, vuelto hacia el celebrante.

Antes de revestirle con los ornamentos sacerdotales, don Javier Echevarría, llorando desconsoladamente, sacó del bolsillo de la sotana todo lo que el Padre solía llevar: la agenda, el crucifijo, el rosario y un silbato que le habían regalado pocas semanas antes las chicas de un club, que querían pedir la Admisión en la Obra.

Después, aunque estaba afeitado, le volví a afeitar y le quité los zapatos. Antes, yo había sugerido que rezásemos otro responso con la oración específica para los sacerdotes. Lo dirigió father Dan Cummings. Inmediatamente después, pedí a Jesús Álvarez Gazapo –arquitecto– que comprase el féretro, llamase a un escultor –para que sacara una mascarilla del rostro y de las manos de nuestro Fundador–, y preparase la sepultura. Entretanto don Ernesto Juliá trajo los ornamentos sacerdotales. Don Javier Echevarría, don Carlos Cardona, don José Luis Soria y don Julián Herranz revistieron el cuerpo de nuestro Fundador: sobre la sotana, el amito, el alba, la estola y la casulla. El alba era de batista de hilo, de encaje. La casulla, de estilo semigótico, llevaba en el centro, por delante y por detrás, el sello de la Obra.

Apoyamos la cabeza del Padre sobre un almohadón de terciopelo; entre las manos, cruzadas, pusimos el crucifijo que San Pío X tuvo en sus manos a la hora de su muerte; después, antes de enterrarle, cambiamos este crucifijo por otro, y este segundo lo hemos conservado también como una reliquia.

Una vez instalada la capilla ardiente, quedó libre el acceso al oratorio de Santa María de la Paz. Desde ese momento hasta el del entierro comenzó un flujo ininterrumpido de hijos e hijas de nuestro Fundador, y muchas otras personas que llegaban de Roma y de otras partes. Indiqué que se abriera la puerta del número 75 de la calle Bruno Buozzi, por la que se accede directamente al oratorio; y en el vestíbulo pusimos una mesa cubierta de un paño negro y un libro de firmas. Eran las tres y media.

En la nave central se colocaron dos reclinatorios ante el cuerpo de nuestro Fundador; estaban junto a los bancos laterales de la nave para dejar libre el paso. También pusimos el acetre, el hisopo, la estola negra y el texto del responso. A los lados de nuestro Padre había cuatro candeleros con las velas encendidas.

Poco antes de las cuatro, llegó el escultor para modelar la mascarilla del rostro y las manos. Desalojamos el oratorio, y el artista llevó a cabo su tarea con gran delicadeza, conmovido por el dolor y la paz que reinaba en la casa. Estaban presentes Jesús Álvarez Gazapo, don Carlos Cardona, don José Luis Soria y algunos más. Tomaron todas las precauciones para que no se mancharan los ornamentos ni el suelo del oratorio, cubriéndolos oportunamente, como nos había enseñado a hacer el Padre. Al terminar, don Carlos y don José Luis Soria se arrodillaron llorando y limpiaron el rostro y las manos de nuestro Fundador, y le peinaron de nuevo.

A continuación, pedí a sus hijas que limpiasen también el rostro de nuestro Fundador, la cabeza, las manos, los ornamentos, y que lo peinasen de nuevo, quitándole cuidadosamente las pequeñas motas blancas que se habían desprendido de la escayola. Se encargaron de esta tarea filial Carmen Ramos, Marlies Kücking, Marisa Vaquero, Blanca Fontán, María Dolores Mazuecos y Conchita Areta. Sabía que les daría consuelo, un tristísimo consuelo. Lo hicieron todo con un inmenso cariño. Por indicación de don Javier Echevarría cortaron unos mechones de pelo de la cabeza, en la parte de la nuca, de modo que no se notaba nada. Limpiaron luego el suelo y pusieron rosas y gladiolos rojos.

Tuvieron también la delicadeza de cubrir un lado de la tirilla de algodón blanco que rodea el cuello de la casulla con otro limpio; pues, al sacar la mascarilla, se había manchado un poco.

Eran las cinco y media pasadas. Sin dejar pasar más tiempo, celebré entre sollozos la primera Misa de corpore insepulto. Asistió la Asesoría Central y la Administración. Me pareció justo aplicar la enseñanza recibida directamente del Padre: primero, sus hijas. Me ayudaron don Javier Echevarría y don Joaquín Alonso. Utilicé los mejores ornamentos y los vasos sagrados más ricos que teníamos. Antes de la Comunión, les dirigí unas palabras: las que el Señor puso en mi boca. Al terminar la Santa Misa, me arrodillé a la derecha de la sede, saqué del bolsillo el crucifijo y recité la oración En ego (“A Jesús Crucificado”), y continué la acción de gracias.

Celebró después don Javier Echevarría, también visiblemente emocionado. Asistieron al Santo Sacrificio los miembros de los Centros de varones de nuestra Sede Central. Al terminar, antes de volver a la sacristía, se detuvo delante de los restos mortales de nuestro Fundador e hizo una profunda reverencia; los demás sacerdotes que celebraron después imitaron su gesto.

Se dijeron Misas en sufragio de su alma ininterrumpidamente, una tras otra, durante todo el resto de la tarde, la noche y el día siguiente, hasta la Misa de exequias. Todos los oficiantes fueron sacerdotes Numerarios de la Obra, excepto uno, Mons. Pedro Altabella, canónigo de la Basílica de San Pedro, que quería entrañablemente al Padre y pasó horas ante su cuerpo, rezando y llorando. En total, fueron cincuenta Misas, además de una cantada y la de exequias.

Una o dos horas después de la muerte, había comunicado la dolorosa noticia a la Asesoría Central y a todos los Centros dependientes del Consejo General y de la Asesoría, así como a las Regiones de los cinco continentes donde trabaja el Opus Dei. Pedí a todos que ofrecieran muchos sufragios, como nos obligaba la piedad filial, y que al mismo tiempo empezaran a encomendarse a la intercesión de nuestro Padre.

Como a nuestro Fundador no le gustaban las grandes solemnidades, me pareció que lo mejor era que cada uno permaneciera en su sitio, en su propia Región. Solamente me permití una lógica excepción: llamé al Vicario de España, para que viniera con algunos de la Comisión Regional, y también la Directora Regional con algunas de la Asesoría. Una excepción de justicia, porque la Región de España es la “primogénita”. También llamé, y era bien natural, al Vicario de Italia. El Vicario y el Delegado de Perú vinieron, porque, cuando intentaron pararlos, ya estaban en el avión.

A las tres había llamado por teléfono también al Cardenal Secretario de Estado, para informarle de la muerte de nuestro Fundador. El Cardenal Villot se quedó muy impresionado, me dio el pésame con gran afecto y me aseguró que se lo diría inmediatamente al Papa, que en aquel momento estaba descansando. Éste fue el primer anuncio oficial del fallecimiento de nuestro Fundador. Desde aquel instante la noticia fue pública, y empezó a circular rápidamente por Roma y por todo el mundo.

En todos los países, los medios de comunicación social la difundieron con veneración y respeto: era el reflejo de la impresión que recibieron directamente los periodistas que acudieron a Villa Tevere. En los días siguientes fueron apareciendo numerosísimos artículos y programas de radio y televisión, en los que se ponía de relieve la importancia de la obra de nuestro Fundador en la vida de la Iglesia. Su fama de santidad quedó aún más patente desde el momento de su muerte.

La tarde del 26 comenzaron a llegar personas de todos los ambientes sociales que deseaban manifestar su dolor y rezar. Recogimos testimonios conmovedores que evidenciaban un profundísimo amor hacia nuestro Fundador, y declaraciones unánimes que mostraban la certeza de estar ante el cuerpo de un santo. Insignes personalidades de la Iglesia y de la vida civil, empleados, obreros, jóvenes y ancianos, madres de familia con sus hijos en brazos: todos querían “ver al Padre”.

En el oratorio de Santa María de la Paz se respiraba una atmósfera de intensa oración y de dolor sereno, difícil de describir. Incluso los más pequeños, de la mano de sus padres, contemplaban, sin temor alguno, el rostro sereno del Padre.

Mientras se sucedían las Misas, una riada humana afluía hasta la capilla ardiente. Entre los primeros llegó Mons. Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, que venía en representación del Papa. Permaneció mucho tiempo recogido en oración, en un reclinatorio, frente al cuerpo de nuestro Fundador. Llegaron también cardenales, obispos y sacerdotes, embajadores, personas de alto nivel social y gente modesta, y muchísimos miembros de la Obra, cooperadores y amigos. Mostraban su dolor y su cariño permaneciendo largos ratos en oración delante de los restos de nuestro Padre.

Puedo afirmar, sin retórica, que aquellas primeras horas tras su muerte constituyeron ya una extraordinaria catequesis: “¡Cuánto bien hará a la Iglesia desde el Cielo!”, exclamó el Cardenal Wright, que le quería mucho.

El Cardenal Ottaviani, antiguo Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la fe, me dijo: “Esto no es sólo un luto para el Opus Dei: es un grave luto para toda la Iglesia”. El obispo polaco Mons. Deskur, que más tarde sería elevado al cardenalato por Juan Pablo II, me confió mientras me daba un abrazo: “Hoy he celebrado la Misa por su glorificación. Espero ser uno de los primeros obispos que postule su beatificación. Deseo agradecer al Padre y al Opus Dei lo que ha hecho por la Iglesia en el terreno de las comunicaciones sociales y lo que ha hecho por mi alma”. El Arzobispo Mons. Antonio Travia exclamó abrazándome: “¡Yo también me he quedado huérfano!”. El Prefecto de una Congregación sugirió a todos los colaboradores de ese Dicasterio que acudieran a rezar delante del cuerpo de nuestro Fundador, para ver la serenidad del rostro de un santo.

A media tarde llegaron tres operarios de confianza que trabajaban desde hacía mucho tiempo en la Sede Central, y habían conocido personalmente a nuestro Fundador. Venían para levantar la losa de mármol de la tumba. Se quedaron rezando un rato y bajaron emocionados a la cripta, donde realizaron su trabajo con mucho respeto.

A medida que pasaban las horas, el flujo de personas aumentaba progresivamente. Sus hijos y sus hijas se turnaron durante toda la noche para velarle. Se sucedían las Misas, una tras otra.

Después de medianoche, llegó Santiago Escrivá de Balaguer, hermano de nuestro Fundador, con su mujer. Venían también con ellos una hermana mía y su marido. Estuvieron mucho tiempo rezando delante del Padre. Santiago estaba especialmente afectado y no escondía su inmenso y comprensible dolor. Asistieron a la Santa Misa y recibieron la Comunión. A la una y media les rogamos que se fueran a descansar.

Al amanecer del viernes 27 estábamos todos despiertos. A las ocho, el Sacerdote Secretario Central celebró una Misa solemne para las mujeres del Opus Dei, en el oratorio de Santa María de la Paz.

Don Javier y yo permanecimos aquella mañana mucho tiempo al lado del Padre, junto a cardenales, obispos, sacerdotes y amigos que venían a rezar y a saludar por última vez a nuestro Fundador. A media mañana me levanté de uno de los bancos laterales, me arrodillé junto a la cabeza de nuestro Fundador, y apoyé mi frente sobre la suya durante unos instantes. Después tomé tres rosas rojas de uno de los ramos de flores que había allí, las puse sobre sus pies, y me vinieron a los labios las palabras de San Pablo: Quam speciosi pedes evangelizantium pacem, evangelizantium bona (Rom 10, 15).

También Santiago y su mujer se quedaron casi toda la mañana velando los restos de su hermano.

En las primeras horas de la tarde, vinieron a Villa Tevere los embajadores de diferentes países acreditados ante la Santa Sede, entre ellos el Decano del Cuerpo Diplomático; los Cardenales Rossi, Wright, Seper, Baggio, Garrone, Philippe, Oddi, Guerri, Ottaviani, Palazzini, Traglia, Violardo; los embajadores de España en Italia y la Santa Sede, diplomáticos de varios países, y Mons. Carboni, Nuncio de Italia y Decano del Cuerpo Diplomático acreditado ante el gobierno italiano; el sastre que hacía las sotanas al Padre, con su mujer y su hija; obreros que habían trabajado en Villa Tevere; el Cardenal Arzobispo de Guatemala, que pocos días después iba a ordenar a cincuenta y cuatro miembros de la Obra; el subjefe de la Policía; la empleada doméstica de los sobrinos de San Pío X, que habían regalado tantas reliquias de nuestro Santo Intercesor; numerosas religiosas –muchas de ellas con parientes en la Obra–, y religiosos, entre ellos, el Prepósito General de la Compañía de Jesús; intelectuales italianos; una delegación del Ayuntamiento de Barbastro…: una procesión continua de gente que se sentía en deuda de gratitud con nuestro Fundador, y que es imposible enumerar.

En aquellos momentos me consoló mucho recibir la cariñosa respuesta del Santo Padre Pablo VI a la información que le había enviado en mi calidad de Secretario General de la Obra. A través de Mons. Benelli, el Papa expresó su condolencia y nos dijo que también espiritualmente rezaba junto al cuerpo de “un hijo tan fiel” a la Santa Madre Iglesia y al Vicario de Cristo. Antes del funeral público, llegó a Villa Tevere un telegrama de la Sede Apostólica. El Romano Pontífice renovaba la expresión de su condolencia, manifestaba que estaba ofreciendo sufragios por el alma de nuestro Fundador, y confirmaba su persuasión de que era un alma elegida y predilecta de Dios; concluía impartiendo la Bendición apostólica para toda la Obra. Como es costumbre, el telegrama llevaba la firma del Cardenal Secretario de Estado, que se unía de todo corazón a nuestro dolor, y a los sentimientos de Pablo VI, quien deseaba hacernos llegar lo antes posible aquellas líneas.

Poco tiempo después recibimos otra prueba de afecto por parte del Santo Padre: una carta, en la que manifestaba más extensamente la intensidad del dolor del Papa y de su cariño hacia nuestro Fundador y el Opus Dei. El Cardenal Secretario de Estado explicaba que Su Santidad había celebrado la Santa Misa el 27 de junio en sufragio por el Padre y que, al cabo de los días, no había disminuido su oración ni su dolor ante la pérdida sufrida por la Iglesia con el tránsito al cielo de nuestro Fundador. Terminaba asegurando que continuaría rezando para que el Señor nos concediese ser siempre fieles al espíritu que nuestro Fundador, por Voluntad divina, nos había transmitido.

Llegaron a la Sede Central del Opus Dei miles de telegramas y cartas desde los cinco continentes: además de expresiones del más sentido dolor, reflejaban concordemente la convicción de que había muerto un santo, uno de los grandes fundadores suscitados en la Iglesia por el Espíritu Santo.

Pero volvamos al viernes 27 de junio. Alrededor de las dos de la tarde trajeron el féretro, y colocamos el cuerpo del Padre con mucho cuidado. Era de caoba, con una caja interior de zinc, forrada con seda morada. Apoyaron la cabeza sobre un pequeño cojín, también morado. Conservamos como reliquia el pequeño almohadón sobre el que se había apoyado hasta ese momento.

Poco después llegó el forense, que debía comprobar el cumplimiento de las normas prescritas por la ley italiana para la sepultura de un cadáver fuera del cementerio. El médico estaba acostumbrado a presenciar el dolor de los allegados ante la pérdida de una persona querida. Le sorprendió ver un cariño tan poco común y no quiso cobrar honorarios.

En cuanto terminamos este tristísimo y piadoso deber, las Numerarias de la Asesoría Central y de los Centros dependientes prepararon el oratorio para la última Misa de corpore insepulto, la Misa exequial solemne. Trajeron algunas cestas llenas de crucifijos y rosarios y, arrodilladas, los pasaron por las manos de nuestro Fundador. Aquellos objetos eran ya para todos preciosísimas reliquias. A la vez besaban al Padre en la frente.

Al lado del féretro estaban Santiago Escrivá de Balaguer, su mujer, y mis parientes que les habían acompañado. Fue una Misa cantada en gregoriano por el coro del Colegio Romano de la Santa Cruz. En el presbiterio y en la tribuna estaban también muchos sacerdotes Numerarios, todos revestidos con sobrepelliz. Utilicé el cáliz que le habíamos regalado el 28 de marzo pasado, con ocasión de sus bodas de oro con el sacerdocio. Eran las seis.

Celebré ayudado por don Javier Echevarría y father Dan Cummings. Pronuncié una breve homilía implorando a todos los presentes que hicieran el propósito firmísimo de ser más fieles que nunca al que el Señor nos había dado como Padre, vivir muy unidos, ser muy humildes.

Al terminar la Misa, precedido por los acólitos y un ministro con la cruz procesional, bajé a la nave para rezar un responso mientras el coro entonaba el Libera me Domine. Fue el último que rezamos delante de su cuerpo antes de la sepultura. Había llegado el momento del entierro.

Hacia las siete y media se cerró el ataúd. Estaban presentes don José Luis Soria y Jesús Álvarez Gazapo. Antes, habíamos sustituido por otro crucifijo el que el Padre tenía entre las manos. A continuación lo enterramos.

El Consejo General y la Asesoría Central del Opus Dei prepararon el solemne funeral público para el día siguiente, 28 de junio, a las once de la mañana, en la Basílica de San Eugenio a Valle Giulia. Se trata de un templo construido para cumplir un deseo del Santo Padre Pío XII, con limosnas de los fieles de todo el mundo; también nuestro Padre había contribuido al comienzo de los años cuarenta, con una limosna muy generosa para las posibilidades económicas de entonces.

Había sitio en los bancos para cuatrocientas personas. Se pusieron mil sillas más. La mayor parte de los asistentes al funeral se enteraron de la hora y el lugar a través de otras personas, ya que una huelga imprevista de distribuidores de periódicos impidió que se difundiera la noticia enviada a la prensa. La iglesia empezó a llenarse desde las diez. Algunos directores y otros miembros de la Obra se encargaron de recibir en la entrada a las autoridades eclesiásticas y civiles. Celebró don Francisco Vives, ayudado por el Vicario de Italia y otros sacerdotes. Miles de personas de toda edad y condición abarrotaban el templo. Acudieron numerosos cardenales, altos dignatarios de la Santa Sede, miembros del Cuerpo Diplomático ante la Santa Sede y el Gobierno italiano, presididos por sus respectivos Decanos –el Nuncio Apostólico en Italia y el embajador de Guatemala–, representantes de los sectores más diversos de la vida civil y muchos fieles de los barrios periféricos de Roma, de ciudades cercanas y del extranjero.

En representación del Papa asistió Mons. Benelli, que se sentó junto a mí en el presbiterio. Estaban presentes los cardenales Violardo, Ottaviani, Fürstenberg, Baggio, Palazzini, Oddi, Aponte, Casariego, junto con muchos otros obispos, prelados, sacerdotes y superiores de Órdenes y Congregaciones religiosas.

Los cardenales y las demás personalidades eclesiásticas siguieron la ceremonia desde el presbiterio: después me manifestaron su asombro al contemplar aquella multitud tan heterogénea que rezaba con tanta fe, dando así un testimonio patente de la repercusión que habían tenido en su vida el ejemplo y las enseñanzas del Fundador del Opus Dei. Un gran número de sacerdotes distribuyó la Comunión durante más de media hora, en un clima de recogimiento y de fervor.

Tiempo después, el Cardenal Oddi describió así la viva impresión que le había producido aquel funeral: “No puedo olvidar la edificante manifestación de devoción y piedad, que me emocionó profundamente, con ocasión del funeral, así como del primer aniversario del retorno a Dios del alma de este Siervo fiel. La gran iglesia de San Eugenio estaba literalmente abarrotada por miembros y simpatizantes del Opus Dei, que con un recogimiento ejemplar asistían a la celebración del Sacrificio del altar, y se acercaban a la Sagrada Mesa con un espíritu de convencimiento y de fe que no es fácil encontrar en celebraciones de este tipo”.

Aquel mismo día envié a todas las Regiones otro telegrama, invitando a celebrar un funeral en una iglesia pública en las ciudades en que hubiera un Centro de la Obra. No podíamos defraudar las esperanzas de tantas personas que deseaban expresar su cariño a nuestro Fundador, y además era justo ofrecer a todos la ocasión de rezar por su alma. Estas Misas constituyeron un impresionante testimonio de piedad filial y de sentida gratitud: en numerosas ciudades de los cinco continentes, miles y miles de personas se reunieron, cor unum et anima una, para rezar por el alma de nuestro Fundador, llenando iglesias y catedrales que desde hacia siglos no registraban quizá una afluencia de fieles semejante.

En todas partes se vivió el mismo clima de dolor sereno y de piedad, de oración y de lágrimas, que había caracterizado los funerales solemnes del 28 de junio en la Basílica romana de San Eugenio. Fue verdaderamente otra catequesis del Padre, que produjo idénticos frutos sobrenaturales que sus “correrías” apostólicas: un gran número de confesiones y comuniones, propósitos de fidelidad y de generosidad personal, conversiones grandes y pequeñas; la única diferencia era que las dimensiones del fenómeno tomaban ahora proporciones universales.

Estas impresiones están ampliamente documentadas por comentarios de la prensa y testimonios de los presentes. Las crónicas sobre estas Misas no sólo pusieron de relieve el excepcional número de asistentes, sino también la variedad de su extracción social: personalidades de primer orden en la vida pública, madres de familia, hombres del campo, profesores, estudiantes, empleados, profesionales… Para asistir a la ceremonia, muchos tuvieron que superar dificultades considerables a causa del horario de trabajo, o la distancia que debían recorrer. La jerarquía eclesiástica local se unió al dolor de los miembros del Opus Dei, participando también personalmente en esas Misas.

En particular, me alegra recordar un fenómeno que se verificó en todas partes: la conversión de muchas almas, apartadas de los sacramentos desde hacía muchos años, que se sintieron empujadas a confesarse y a comulgar; además, personas no católicas decidieron prepararse para recibir el Bautismo.

El Santuario de Torreciudad se inauguró diez días después, el 7 de julio de 1975, precisamente con un funeral por el alma del Fundador de la Obra. En la iglesia, el atrio y la explanada había unas siete mil personas. Entre otros, el Vicario general de la diócesis de Barbastro, las autoridades provinciales y locales, muchos obreros que habían trabajado en la construcción del Santuario junto con sus familias, y tanta gente de otras localidades. Hubo centenares de confesiones.

A pocos kilómetros de distancia, en la ciudad natal de nuestro Fundador, el Ayuntamiento de Barbastro organizó un funeral que celebró el Obispo de la diócesis en la catedral. Asistieron todas las autoridades locales y un gran número de fieles. La consternación era general: no hacía un mes que nuestro Fundador había estado entre sus conciudadanos, que le habían entregado la medalla de oro de Barbastro.

Nuestro Fundador fue sepultado en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz, el 27 de junio de 1975, al día siguiente de su muerte. El 4 de octubre de 1957, había dicho a Jesús Pedro Álvarez Gazapo las palabras que quería que se pusiesen sobre su propia tumba, aunque después aclaró que sólo era un deseo, y que podíamos decidir libremente. Son éstas:

IOSEPHMARIA ESCRIVA DE BALAGUER Y ALBAS

PECCATOR

ORATE PRO EO

–––––––––––––––––––––

GENUIT FILIOS ET FILIAS

Respecto a estas últimas palabras, comentó sonriendo: Si queréis, podéis añadirlas.

Yo pensé, en la presencia de Dios, que no podíamos transcribir la primera parte, con mayor motivo habiéndonos dejado libertad. Durante muchísimos años al Padre le había gustado firmar así: Josemaría, Pecador, o el pecador Josemaría; y se definía a sí mismo como un pecador que ama a Jesucristo. Una gran lección de humildad para todos nosotros; pero me parece que no habríamos sido buenos hijos si hubiésemos grabado una inscripción así sobre la tumba.

Interpretando el deseo de todos, dispuse que sobre la tumba se escribieran, en letras de bronce dorado, solamente estas palabras: EL PADRE. En la parte de arriba se puso el sello de la Obra, una circunferencia que rodea la cruz, y abajo, a la derecha, la fechas de nacimiento y de muerte.

Comenzó entonces una peregrinación ininterrumpida a la tumba de nuestro Fundador, al que fieles de toda nacionalidad y condición confiaban sus peticiones y sus propósitos de renovación interior. Después, el 19 de febrero de 1981, el cardenal Ugo Poletti, Vicario para la diócesis de Roma, promulgó el Decreto que introdujo la Causa de Canonización del Fundador del Opus Dei. El 9 de abril de 1990 Juan Pablo II declaró la heroicidad de las virtudes vividas por el Venerable Siervo de Dios. El 6 de julio de 1991, en la presencia del Santo Padre, se leyó el decreto que sancionaba el carácter milagroso de una curación operada por intercesión del Venerable Josemaría Escrivá. Y el 17 de mayo de 1992 el Pontífice Juan Pablo II lo proclamaba Beato.

8. Rasgos de vida interior

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

02 de diciembre de 2008

En el punto 107 de Forja el Fundador escribió: El que deja de luchar causa un mal a la Iglesia, a su empresa sobrenatural, a sus hermanos, a todas las almas.

–Examínate: ¿no puedes poner más vibración de amor de Dios, en tu pelea espiritual? –Yo rezo por ti… y por todos. Haz tú lo mismo.

Si el Beato Josemaría nunca daba consejos que antes no hubiese puesto personalmente en práctica, ¿podría decirnos algunas cosas sobre su lucha ascética, sobre su examen de conciencia?

–El último día de 1971 el Padre anotó en su agenda una frase que después repetiría con frecuencia: Este es nuestro destino en la tierra: luchar por amor hasta el último instante. Deo gratias! Son palabras que llevó a la práctica toda la vida, para arrancar cuanto pudiese alejarle de Dios. Y para que no olvidásemos esta enseñanza, quiso que se grabara esta frase en la última piedra de Cavabianca, la nueva sede del Colegio Romano de la Santa Cruz. Sólo después de su muerte fue posible realizar aquel deseo suyo.

Se esforzó incansablemente en ser un instrumento cada vez más dócil a la misión que Dios le había confiado, templando su propio carácter y ejercitándose en la práctica de las virtudes.

A lo largo de su vida, mediante un examen de conciencia delicado, profundo y sincero, fue descubriendo nuevos puntos en los que mejorar. Se proponía metas exigentes para secundar las mociones recibidas de Dios, y su “táctica” consistía en luchar en cosas pequeñas, pues estaba convencido de que la santidad “grande” está en cumplir los “deberes pequeños” de cada instante (Camino, n. 817).

Afortunadamente conservamos algunas anotaciones suyas de 1932, que son un fiel reflejo de su lucha interior:

– No hacer preguntas de curiosidad.

– No quejarme de nada nunca con nadie, como no sea por buscar dirección.

– No alabar, no criticar.

Y, aunque era de carácter abierto y afable, resulta significativo que apuntase también el siguiente propósito:

– Ser amable y hablador en casa.

En 1956 me indicó las preguntas que debía hacerse con frecuencia un alma contemplativa, pues los miembros del Opus Dei somos contemplativos en medio del mundo. El Padre se examinaba personalmente sobre estos puntos:

–¿Busco el trato con Jesús en el Sagrario?

–¿Manifiesto con hechos mi espíritu de proselitismo?

–¿Acudo a la Virgen y a San José, para aprender a tratar a Dios, como Patronos de la Obra?

–¿Cumplo y vivo con cariño las Normas y Costumbres de la Obra?

–¿Saludo constantemente a mi Madre Santa María?

–¿Son mis amigos, mi Angel Custodio y los Custodios de los demás?

–¿Soy generoso en las pequeñas mortificaciones diarias, constantes?

–¿Sé elegir, cuando tengo libertad, lo más desagradable?

–¿Vivo el espíritu de penitencia?

–¿Doy tono sobrenatural a mis conversaciones?

–¿Procuro no discutir, y sé atender las razones de los demás?

–¿Busco mi alabanza o que agradezcan mis servicios?

–¿Pueden encargarme lo que sea, con la confianza de que lo llevaré a cabo y daré cuenta sincera, sin disculpa, de cómo lo he cumplido?

–¿Vivo la caridad, el cariño, también en los ratos de descanso?

–¿Mortifica mi palabra a los demás, por ser cargante o hiriente?

–¿Procuro no dar un trato extraordinario a alguno sólo por motivo de simpatía, haciendo acepción de personas?

–¿Olvido que mi santidad está en la rectificación del deber de cada instante?

–¿Me preparo debidamente para recibir los Santos Sacramentos?

–¿Hago con sinceridad y con valentía mi examen de conciencia a mediodía y por la noche?

–¿Hago también, en la forma debida, el examen particular de conciencia?

Como se ve, casi todas estas preguntas se dirigen a mantener o mejorar la intimidad con Dios.

Con sus palabras y su ejemplo el Fundador del Opus Dei enseñó a no fiarse del propio criterio y a acudir siempre a una prudente dirección espiritual, también en la confesión. ¿Quiénes fueron sus directores espirituales y sus confesores?

–Cuando, entre finales de diciembre del 1917 y comienzos de enero de 1918, en Logroño, el joven Josemaría descubrió aquellas huellas de unos pies descalzos en la nieve, se despertó en su alma una profunda inquietud y la seguridad plena de que el Señor quería algo (eran los barruntos del Amor). Acudió entonces a la dirección espiritual del Padre José Miguel, el carmelita que había dejado aquellas huellas.

Este santo religioso, al observar las excelentes disposiciones interiores del joven, y comprendiendo que, efectivamente, el Señor le llamaba, le sugirió hacerse carmelita descalzo. Esta posibilidad ni le atraía ni le desagradaba; pero, tras haberlo meditado con calma en la oración, también por lo que afectaba a sus deberes familiares, comprendió claramente que no era eso lo que el Señor le pedía, e intuyó que si el Señor quería algo de él, el mejor modo de estar disponible era hacerse sacerdote.

Interrumpió entonces la dirección espiritual con el Padre José Miguel, aunque conservó siempre una sincera gratitud por su trato, así como un afecto muy grande hacia los carmelitas. Veneraba especialmente a Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y Santa Teresita del Niño Jesús: fue asiduo lector de sus obras y en la predicación evocaba a menudo a estos grandes maestros de la espiritualidad y citaba sus escritos, aunque, cuando era necesario, hacía notar los puntos de divergencia con su propio modo de pensar y vivir las relaciones con Dios.

Cuando le contó a su padre la decisión que había tomado de hacerse sacerdote, don José Escrivá le puso en contacto con el Abad de la Colegiata, don Antolín Oñate, para que le orientase convenientemente, y buscó a otro amigo sacerdote que le preparase, tanto desde el punto de vista espiritual como científico; se dirigió a don Albino Pajares, sacerdote castrense, muy piadoso.

Para la dirección espiritual propiamente dicha y la confesión, Josemaría acudió a don Ciriaco Garrido Lázaro, canónigo capitular de la Colegiata y coadjutor de la parroquia de Santa María de la Rotonda, la iglesia a la que solía ir a rezar. En aquel momento este buen sacerdote debía tener en torno a los cuarenta y cinco años. Familiarmente le llamaban “don Ciriaquito”, no sólo por su pequeña estatura, sino sobre todo porque era muy querido en Logroño, tanto, que después de su muerte, en 1949, le dedicaron una calle de la ciudad.

En el Seminario de Zaragoza, donde no había un director espiritual específico, le ayudó sobre todo el Rector, don José López Sierra. Recibió consejos también del propio Cardenal Soldevila, de Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, y de don Antonio Moreno. Después de su ordenación, fue don José Pou de Foxá quien más le orientó en los primeros pasos de su ministerio, en calidad de amigo leal y noble y bueno, como lo describía el Padre.

En Madrid, nuestro Fundador recurrió a la dirección espiritual del Padre Valentín Sánchez S.J., a quien confió la guía de su alma en el verano de 1930.

Tuvo que interrumpirla cuando el gobierno republicano decretó el 24 de enero de 1932 la expulsión de los jesuitas. En aquellas dificilísimas circunstancias, el Padre acudió al confesonario del Padre Postius, un religioso claretiano. Sin embargo, pese a la expulsión de la Compañía, muchos jesuitas se quedaron en España; así que, en cuanto estuvo disponible el Padre Sánchez, nuestro Fundador volvió a confesarse con él.

Con el estallido de la guerra civil y el inicio de la cruenta persecución religiosa que obligó a los sacerdotes a huir o esconderse para no sufrir martirio, le resultó muy difícil tener un confesor fijo. Mientras estuvo refugiado en la Legación de Honduras, acudió –habitualmente cada semana– al Padre Recaredo Ventosa, que había sido Provincial de la Congregación del Sagrado Corazón y estaba también refugiado en aquel lugar. Después, se confesó también durante un cierto período con don Angel Sagarmínaga.

Cuando logró pasarse a la llamada “zona nacional” y fijó su residencia en Burgos, nuestro Fundador pudo nuevamente tener un confesor fijo; al principio se dirigió con don Saturnino Martínez, un sacerdote muy piadoso, pero de salud frágil; por eso, al poco tiempo, acudió al P. Francisco de B. López Pérez, claretiano.

Después, al regresar a Madrid al término de la guerra civil española, volvió a su antiguo confesor, el P. Valentín Sánchez, hasta 1940, en que se vio obligado a dejarlo.

¿Qué había sucedido? Puedo decirlo con toda exactitud, porque estuve presente en las dos últimas conversaciones de nuestro Fundador con su director espiritual. En 1940 el Padre, ante la insistencia del Obispo de Madrid, había preparado los documentos para la aprobación diocesana de la Obra. Como en la parte relativa al espíritu del Opus Dei no hacía sino exponer el camino ascético que el Señor le hacía recorrer, es decir, su propia vida interior, le pareció oportuno enseñar también estos documentos al P. Sánchez. El Padre siempre distinguió entre lo que se refería a la fundación del Opus Dei –materia que no competía a sus directores espirituales– y lo que se refería a su vida espiritual; por tanto, su intención no era la de pedir una opinión al P. Sánchez sobre el Opus Dei, sino sobre su propia vida interior. Me parece recordar que la entrevista, en la que le entregó estos documentos, tuvo lugar en septiembre de 1940.

Unas semanas después acompañé nuevamente a nuestro Fundador a visitar a su director espiritual. Esta vez, el Padre Sánchez, que hasta entonces siempre le había animado a ser fiel al carisma fundacional, le dijo, con un tono bastante alterado, que la Santa Sede no aprobaría nunca la Obra, y le citó los números de algunos cánones para probar esta afirmación. Le devolvió los documentos y le despidió.

El Padre sufrió de manera indecible en aquella entrevista, pero no perdió la paz. Reafirmó su confianza en que, como la Obra era de Dios, el Señor se encargaría de conducirla a buen puerto. Añadió también, con mansedumbre y claridad, que no podía seguir confesándose con él, porque ya no le inspiraba confianza.

Me parece evidente que el P. Sánchez se sentía fuertemente condicionado, casi coartado, por otros; de otro modo, no se puede explicar un cambio tan radical y repentino. Eran los tiempos en los que se desataba una violenta persecución contra la Obra.

Yo tomé nota de los números de los cánones que el Padre Sánchez había citado. Nada más llegar a casa comprobé con el Padre que los había citado al azar, y no tenían nada que ver con el problema.

Es un suceso muy grave y muy triste, pero que no debe escandalizar, pues muchos santos han sufrido dificultades e incomprensiones de sus confesores. Basta recordar cuánto sufrió Santa Teresa.

El Padre, a pesar de todo, conservó siempre un profundo agradecimiento al P. Sánchez, por el bien que había hecho a su alma. Cuando murió este jesuita, en 1963, nuestro Fundador recordaba, en una carta dirigida al Vicario de la Obra en España, que el P. Sánchez se había alegrado mucho cuando, pasado el tiempo, fue a verle y le informó de que la Santa Sede había concedido a la Obra el decretum laudis.

¿Y a quién acudió, entonces, el Fundador para la dirección espiritual?

Escogió a don José María García Lahiguera, al que siempre consideró un amigo fraterno, y que entonces era director espiritual del Seminario de Madrid; más tarde fue Obispo auxiliar de esta diócesis y, después, Arzobispo de Valencia. Su Causa de canonización se abrirá en cuanto sea posible.

Nuestro Fundador expresó desde el primer momento a su nuevo confesor su intención de dirigirse con un sacerdote de la Obra en cuanto se ordenasen sus primeros hijos. A don José María García Lahiguera le pareció muy lógico. El 26 de junio de 1944, al día siguiente de mi ordenación sacerdotal, el Padre llegó al Centro de la calle Villanueva donde yo vivía. Me preguntó si había escuchado ya alguna confesión; le respondí que no, y exclamó: Pues vas a oír la mía, porque quiero hacer confesión general contigo. Y nos fuimos al oratorio del Centro. Lo menciono porque él mismo lo contó muchas veces en público, incluso con estas mismas palabras. Desde entonces, exactamente durante treinta y un años –murió el 26 de junio de 1975–, confesé habitualmente a nuestro Fundador.

Ya aquella primera vez me dijo que renunciaba al sigilo sacramental que yo debía vivir respecto de sus confesiones, porque quería dejarme las manos libres para ayudarle espiritualmente en cualquier momento, también fuera de la confesión. Por mi parte, gracias a Dios, nunca hice uso de esta facultad, por el amor hacia ese sacramento, que precisamente nuestro Padre me inculcó con tanta intensidad. Me impresionó siempre la humildad con que nuestro Fundador se puso desde entonces en mis manos; yo era un sacerdote recién ordenado y había recibido de él toda la formación espiritual.

Aprovecho la ocasión para señalar que todo lo que estoy contando en esta entrevista, como lo que cuento de nuestro Fundador en otros lugares, se refiere exclusivamente al fuero externo; he evitado y evitaré siempre toda referencia, incluso marginal o indirecta, al sigilo sacramental.

No necesitaba esta precisión, porque ni se me había ocurrido pensar lo contrario, pero se la agradezco, porque ataja cualquier escrúpulo o duda en lectores quizá menos informados.

Le rogaría ahora que abordase algún aspecto de la vida de oración del Fundador.

–Puedo atestiguar que su unión con Dios aumentó año tras año, en un “crescendo” maravilloso, hasta el fin de su vida. Ya en 1935, cuando acababa de conocerlo, vi claramente que sólo pensaba en el Señor y en cómo servirle. Ponía los cinco sentidos en todo lo que hacía; pero, al mismo tiempo, estaba completamente metido en Dios. Vivía lo que solía aconsejar: tener los pies en la tierra, y la cabeza en el cielo; es decir, poner en juego todas nuestras facultades para cumplir los deberes de cada día, en el trabajo profesional, en el ministerio sacerdotal, pero siempre con el pensamiento en el Señor.

Su unión con Dios era tan profunda que, incluso, cuando sufría por la falta de camino jurídico para la Obra, o, sobre todo en los últimos años, por la situación de confusión y desobediencia en que se encontraba la Iglesia, no perdía nunca la alegría, como no la había perdido tampoco ante las numerosas contrariedades por las que hubo de pasar en los años precedentes. Su unión con Dios se alimentaba con tiempos específicos dedicados a la oración mental: habitualmente, media hora por la mañana y media hora por la tarde; estableció esta norma también para todos sus hijos.

En enero de 1973 hizo este comentario: No es bastante que se esté en oración todo el día, como por la gracia de Dios procuramos hacer todos buscando la presencia del Señor en todo momento. No es suficiente, como tampoco sería suficiente que en cada habitación de la casa hubiera los elementos de la calefacción, porque además de éstos se necesita una caldera: y la caldera está constituida para nosotros por las dos medias horas de oración mental.

Por lo demás, las dos homilías tituladas Vida de oración y Hacia la santidad, incluidas en el libro Amigos de Dios, son paradigma elocuente de cómo rezaba. De hecho, las propuso como “falsilla” de la vida de oración de sus hijos.

Precisamente en la homilía Hacia la santidad, el Fundador, después de haber trazado un itinerario de oración que, partiendo de oraciones vocales, pasa por la meditación de la Humanidad Santísima de Cristo, afirma: El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como el de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales! (Amigos de Dios, num. 306). Evidentemente, hablaba desde su experiencia personal.

–No dudo en afirmar que Dios le dio con creces el don de la contemplación infusa. He recordado cómo, muy frecuentemente, durante el desayuno, mientras ambos hojeábamos los periódicos, apenas nuestro Padre empezaba a leer, se quedaba absorto, inmerso en Dios; apoyaba su frente en la palma de la mano y dejaba de leer el periódico para hacer oración. Grande fue mi emoción cuando, después de su muerte, leí en sus Apuntes íntimos esta anotación de 1934, en que plasma con extrema sencillez su diálogo con el Señor: Oración: aunque yo no te la doy (…), me la haces sentir a deshora y, a veces, leyendo el periódico, he debido decirte: ¡déjame leer! –¡Qué bueno es mi Jesús! Y, en cambio, yo…

Llevaría mucho tiempo describir la riqueza de su vida interior, en la que el Espíritu Santo le condujo hacia las altas cimas de la unión mística en medio de la vida ordinaria, atravesando también durísimas purificaciones de los sentidos y del espíritu.

Como les sucede a todas las almas de oración, el Señor permitió que, en algunas épocas de su vida, nuestro Fundador experimentase la aridez. En 1968, por ejemplo, nos confiaba: Ayer por la tarde me encontraba muy cansado y me fui al oratorio a hacer la oración. Me estuve allí, y le dije al Señor: Aquí estoy, como el perro fiel a los pies de su amo; no tengo fuerzas ni siquiera para decirte que te quiero, ¡Tú ya lo ves! Otras veces, a lo largo de mi vida, he dicho a Nuestro Señor: Aquí estoy, como el centinela en la garita, vigilante, para darte todo.

Estos periodos de aridez, más o menos largos, fueron circunstanciales. Se comprueba en las meditaciones publicadas hasta ahora –hay otras inéditas–, que eran oración personal de nuestro Fundador.

Nos enseñó a practicar lo que vivía: a perseverar en la oración mental también cuando estamos cansados, cuando el Señor nos concede consuelos y cuando nos los niega, cuando recibimos luces y cuando nos encontramos en la aridez más completa.

El 17 de mayo de 1970 decía: Vamos a ser piadosos, a enseñar a los demás con nuestras vidas a rezar, a convencer a la gente que hay que rezar. Nosotros debemos llevar todas las cosas a Dios en una continua oración. Ésta fue, en síntesis, su vida: rezar constantemente, reconducir todo al Señor, logrando la plenitud de la contemplación en medio del mundo. Rezó hasta el último momento, hasta que el Señor le llamó a su lado.

7. Medios y obstáculos

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

02 de diciembre de 2008

El fin del Opus Dei es sobrenatural, y por eso los medios adecuados para llevarlo adelante son sólo sobrenaturales: la oración, la mortificación, el trabajo santificado y ofrecido a Dios. Desde una visión humana, sorprende la desproporción entre el inmenso horizonte de apostolado que el 2 de octubre descubre en su alma aquel sacerdote de veintiséis años y la escasez de medios de que dispone.

–Era tal la visión sobrenatural de nuestro Fundador, que rechazó siempre con fuerza la tentación de considerar “imposible” lo que el Señor le pedía: ¡Imposible! Si lo hubiese pensado, si no hubiese tenido confianza plena en Dios, que cuando pide algo da todas las gracias necesarias para poderlo hacer, aún estaría repitiendo esa palabra –¡imposible!–, como un retrasado mental: así lo hubiese hecho si me hubiera dejado llevar por la visión humana, o por los consejos de algunos.

Con una confianza en Dios inquebrantable, contempló desde el principio la Obra proyectada en el futuro y, a pesar de que a muchos les parecía un sueño maravilloso, hablaba con plena seguridad, como si ya lo tuviese delante de los ojos, de todo aquello que el Señor haría realidad con el transcurso de los años.

Recuerdo un suceso de agosto de 1958, durante una de las estancias de nuestro Fundador en Londres. Un día caminaba con algunos de nosotros por las calles de la City y, al pasar ante la sede central de los bancos más famosos y de las más antiguas empresas comerciales e industriales, se quedó sobrecogido por aquel poderío. Por contraste, sintió toda su personal debilidad. El Señor permitió que en ese momento el Padre se diera cuenta muy vivamente de su impotencia para llevar adelante, tan sólo con sus propias fuerzas, la empresa sobrenatural que le había sido confiada. Pero le reafirmó al mismo tiempo con una locución interior, que dio nuevo brío a su esperanza: “Tú no puedes, pero Yo sí”.

El Padre no se limitaba a rezar intensamente, sino que pedía oraciones a todos, con inmensa fe.

–Lo muestra, entre miles, este suceso. Durante los años que precedieron a la guerra civil se fue afirmando en Madrid una cultura rabiosamente anticlerical. Entre otros, se publicaba un periódico, El Sol, que se distinguía por sus ataques continuos contra la Iglesia: tenía una enorme difusión, porque estaba muy bien realizado desde el punto de vista técnico y contaba con las firmas más prestigiosas del momento: los mejores periodistas y los más prestigiosos representantes de los ambientes laicistas del país. Nuestro Fundador conocía a una mujer a la que todos llamaban “Enriqueta la Tonta”: lo que hoy diríamos una disminuida; pero que tenía mucha fe y una gran delicadeza de espíritu. Un día el Padre le pidió que rezara por una intención suya: el cierre de aquel periódico tan nocivo. Al cabo de pocos meses, El Sol quebró, inexplicablemente, y no volvió a publicarse.

El Padre buscaba el apoyo de la oración del mayor número de personas, incluso de las que no conocía: por ejemplo, sacerdotes que encontraba por la calle, o fieles que veía en la iglesia, especialmente recogidos. Es significativo el modo en que conoció a don Casimiro Morcillo, que llegaría pronto a ser Vicario de Madrid, luego Arzobispo de Zaragoza, y finalmente Arzobispo de Madrid. En los primeros años treinta, el Padre se cruzaba cada mañana, muy temprano, con un sacerdote al que veía siempre muy recogido. Un día le paró, y le pidió también que rezase por una intención suya. Don Casimiro se quedó sorprendido. Al poco tiempo empezaron a tratarse y se hicieron amigos. Más tarde, recordando aquel encuentro, nuestro Fundador dijo al futuro arzobispo: Cuando te abordé en la calle sin conocerte, me tomarías por un loco. Y don Casimiro, riendo, replicó: “¡Ah!, un poco sí, porque la verdad es que nadie me había parado nunca en mitad de la calle para pedirme oraciones”.

Se comprende que el Fundador haya querido para los miembros de la Obra una intensa vida de oración, que prevé momentos concretos de trato con el Señor, durante la jornada, a los que siempre se concede primacía, por muy urgente que sea el trabajo.

–A este propósito recuerdo un suceso que no puedo dejar de evocar sin emocionarme. En 1943 sus hijas empezaron a encargarse de la administración doméstica de la residencia de estudiantes situada en el Paseo de la Moncloa, de Madrid. Eran tiempos difíciles, pues hacía muy poco que había terminado la contienda civil española y la guerra mundial estaba en pleno apogeo. Además de la dificultad para encontrar alimentos, no se habían terminado aún las obras del edificio, y la casa estaba llena de operarios. Quizá por el peso de aquellas dificultades, el 23 de diciembre dos de sus hijas confiaron a nuestro Fundador que no podían sacar adelante su trabajo en esas circunstancias; sólo conseguían desastres; y, como consecuencia de todo, estaban descuidando la oración, la vida interior. Al escucharlas, el Padre no pudo contener las lágrimas. Después, tomó una cuartilla y escribió:

1. sin servicios
2. con obreros
3. sin accesos
4. sin manteles
5. sin despensas
6. sin personal
7. sin experiencia
8. sin división del trabajo

––––––––––––––––––––––––––––

1. con mucho amor de Dios
2. con toda la confianza en Dios y en el Padre
3. no pensar en los “desastres” hasta mañana durante el retiro.
A los pocos días le preguntaron al Padre el motivo de aquellas lágrimas, y respondió: lloré, hija mía, porque no hacíais oración. Y, para una hija de Dios en el Opus Dei, el trabajo más importante, ante el que hay que posponer todo lo demás es éste: la oración. La lucha interior, por encima de cualquier inconveniente: éste es el medio que siempre ha allanado las dificultades aparecidas a lo largo del camino del Opus Dei.

El Fundador repitió muchas veces que el Opus Dei nació en los hospitales y en los barrios pobres de Madrid, porque, desde el primer periodo de la fundación, confiaba sus intenciones a la oración de los enfermos y de los más abandonados.

–El Señor acogía aquellas oraciones y bendecía con la cruz los primeros pasos de la Obra. En el Hospital del Rey, donde iban a parar casos tan desesperados que era conocido popularmente con el nombre de “Hospital de los incurables”, ingresó María Ignacia García Escobar, una de las primeras mujeres que pidieron la admisión en el Opus Dei y que murió de tuberculosis diecisiete meses depués. Aprendió de nuestro Fundador a ofrecer sus sufrimientos por la Obra, como escribió en un cuaderno: “Hace falta poner bien los fundamentos. Por eso debemos hacer que los cimientos sean de granito; que no nos suceda como al edificio de que habla el Evangelio, que fue construido sobre la arena. Los fundamentos bien hondos, después vendrá el resto”.

Luis Gordon fue otra de las primeras vocaciones. Era un joven ingeniero, de muy buen espíritu. Por su madurez y sus virtudes, nuestro Fundador habría podido apoyarse mucho en él. También murió prematuramente. El Padre aceptó serenamente su pérdida y escribió algunas consideraciones conmovedoras sobre la ayuda que prestaría a la Obra desde el Cielo.

En 1944, Juan Fontán, sin ser de la Obra, ofreció su vida por los tres primeros miembros del Opus Dei que recibirían la ordenación sacerdotal poco después. Nuestro Fundador vivía y difundía continuamente una profunda Comunión de los Santos; y, entre otras cosas, tuvo siempre la costumbre de aplicar por las almas del Purgatorio todas las indulgencias que lucraba.

La guerra civil española fue ciertamente un duro obstáculo que amenazaba con obstruir el camino de la Obra apenas nacida. En las biografías del Fundador hemos leído detalles impresionantes sobre aquel periodo, en que el que se vio obligado a peregrinar de un escondite a otro, en constante peligro de muerte, hasta que consiguió cruzar la frontera y pasar por Andorra a la zona libre. No le pido que me resuma aquellos acontecimientos, que por sí solos llenarían un libro; pero le rogaría que contase algún episodio particularmente significativo de las reacciones sobrenaturales del Fundador ante la adversidad.

–Fueron momentos verdaderamente terribles. Nuestro Fundador, ya muy conocido en Madrid como sacerdote, fue perseguido por facciones anticlericales, que le buscaron con verdadero odio y ensañamiento y llegaron incluso a asesinar en su lugar a una persona desconocida, confundidos por su semejanza física con el Fundador del Opus Dei.

Nuestro Padre fue escondido durante algún tiempo por el doctor Suils, viejo amigo de su familia y compañero suyo de Instituto, que dirigía una clínica psiquiátrica donde acogió valientemente a algunos refugiados que se hacían pasar por locos.

Del 14 de marzo al 31 de agosto de 1937, vivió en la Legación de Honduras, con un pequeño grupo de hijos suyos, entre los que estaba yo también, imprimiendo heroicamente un ritmo de “normalidad” humana y espiritual a aquellas jornadas de encierro que para el resto de los refugiados eran sólo motivo de angustia.

Esta carta suya, escrita a sus hijos de Valencia el 18 de septiembre de 1937, puede dar una idea precisa del estado de ánimo y de la vibración de nuestro Fundador. Debo aclarar que, para evitar la censura, usaba un lenguaje en clave, fácilmente comprensible por los destinatarios; así, “el abuelo” o “mi hermano Josemaría” eran él mismo; “don Manuel”, el Señor:

¡Peques! El abuelo tiene muchas ganas de abrazaros, pero siempre se le estropea la combinación. Convendrá así. Con todo, ¡quién sabe!, no desespero de que se me cumplan pronto los deseos. En fin…, Don Manuel sabe más.

Una noticia atrasada: me han dicho –a mí y en mi cara– repetidas veces que a mi hermano Josemaría le encontraron colgado de un árbol, en la Moncloa, según unos; otros, en la calle de Ferraz. Hay quien identificó el cadáver. Otra versión de su muerte: que lo fusilaron.

Suponed la cara del abuelo, ante tamañas noticias. Verdaderamente sería de envidiar, para un loco como mi hermano, un final así con el aditamento de la fosa común. ¡Qué más habría deseado el pobre, cuando se vio moribundo, en la habitación lujosa de un sanatorio caro! Digo mal: esta manera de fenecer (normal, sin ruidos, ni espectáculo), como un cochino burgués, está en mejor acuerdo con su vida, su Obra y su camino. Morir así –¡oh, Don Manuel!–, … pero loco, de mal de Amor.

Durante toda su vida el Padre encomendó en la Santa Misa a aquel hombre, asesinado en su lugar.

Antes, el 1º de octubre de 1936, había ocurrido otro suceso que se grabó en mi memoria, cuando sólo tenía veintidós años.

Estábamos escondidos en un chalet de la calle Serrano, cuando mi hermano Ramón vino a advertirnos de que los milicianos estaban registrando otras casas de la familia propietaria del chalet. El Padre le dijo entonces a Juan Jiménez Vargas que buscase otro refugio. A mi hermano Pepe y a mí, que no sabíamos qué hacer, nos aconsejó que nos quedásemos un día más, hasta ver los resultados de las gestiones. Entretanto, después de varias llamadas teléfonicas, consiguió hablar con José María González Barredo, quien le aseguró que podría dar con otro escondite. Entonces nuestro Fundador salió para verse con él; más tarde, después de eludir la vigilancia de los centinelas de la antigua Dirección General de Seguridad, volvió al chalet de la calle Serrano y se reunió con nosotros. Me saludó y rompió a llorar. “Padre, ¿por qué llora?”, le pregunté.

Me impresionó mucho el dolor del Padre. Era extraordinariamente sobrenatural, y por esto mismo, también muy humano: quería a sus amigos con todo el corazón. Me he enterado de que han asesinado a don Lino, dijo, y me contó que en aquellas horas en que había deambulado por las calles de Madrid se había enterado del asesinato de un sacerdote amigo, don Lino Vea–Murguía, y de nuevos detalles sobre el martirio de don Pedro Poveda, el Fundador de la Institución Teresiana, buen amigo suyo. Espero que muy pronto llegue a término su Causa de Beatificación.

Después me explicó por qué había vuelto con nosotros: se había encontrado con José María en el lugar convenido, en el Paseo de la Castellana. Jose María, después de saludarle con cariño filial y gran alegría, sacó del bolsillo del pantalón una pequeña llave y le dio una dirección, mientras decía:

–”Vaya usted a tal casa, entre y quédese allí. Pertenece a una famlia amiga mía, que se encuentra fuera de Madrid. El portero es persona de confianza.”

–Pero, ¿cómo voy a estar en un lugar ajeno? ¿Si vienen o llaman otras personas, qué digo?

Aquel hijo suyo, sin pensarlo mucho, respondió: “No se preocupe. Hay allí una sirvienta, una mujer que es también de toda confianza, y que podrá atenderle en lo que necesite”.

¿Qué edad tiene esa mujer?

–”Pues, veintidós o veintitrés años.”

Entonces, nuestro Fundador pensó: No puedo, ni quiero, quedarme encerrado con una mujer joven, día y noche. Tengo un compromiso con Dios, que está por encima de todo. Preferiría morir antes que ofender a Dios, antes que faltar a este compromiso de Amor. Y acercándose al sumidero de una alcantarilla, tiró la llave dentro.

Las contrariedades externas, aun duras y peligrosas, son, hasta cierto punto, “fáciles” de afrontar. Más difícil resulta la incomprensión, la hostilidad injustificada y preconcebida, aún más si procede de personas buenas, que pertenecen a la Iglesia. El Fundador debió experimentar los dos tipos de pruebas.

–Para hablar de este tema, ante todo deseo subrayar que nuestro Padre reaccionó siempre con espíritu sobrenatural, perdonando y olvidando prontamente las calumnias con humildad, con la máxima caridad hacia el prójimo, con hambre de justicia y con un silencioso abandono en la Voluntad de Dios.

De acuerdo con su ejemplo, me referiré ahora a estas cosas en líneas muy generales, lejos de cualquier victimismo y espíritu de revancha.

Ya he dicho que las incomprensiones comenzaron en la época de la fundación y de los primeros pasos del Opus Dei, entre los años 1930 y 1936. Se puede buscar una explicación que vaya a la raíz teológica del problema. En aquellos años, lo que nuestro Fundador veía en su alma con tanta claridad, gracias a una precisa iluminación divina –la llamada universal a la santidad–, aparecía como algo increíblemente audaz. Se lo he oído explicar muchas veces; en una ocasión, a finales de los años sesenta, con estas palabras: Cuando hace cuarenta y pico años, más o menos, un pobre sacerdote que tenía veintiséis, comenzó a decir que la santidad no era sólo cosa de frailes, de monjas y de curas, sino que era para todos los cristianos, porque Jesucristo Señor Nuestro dijo a todos sed santos como mi Padre celestial es santo… –lo mismo si es un soltero, que si está casado, que si es viudo: todos podemos ser santos–, decían que ese sacerdote era un hereje.

Algunos no lo acusaban de hereje, pero afirmaban que estaba loco: lo que hoy es doctrina común, entonces aparecía a los ojos de todo el mundo como un disparatón, según decía el Padre a veces con una expresión muy suya. Además, a la novedad de la doctrina que predicaba, se añadía la audacia de sus iniciativas apostólicas y la desproporción de los medios humanos de quien las promovía.

A la dificultad para comprender teológicamente el mensaje espiritual de nuestro Fundador, se añadían celotipias, envidias muchas veces inconscientes, una visión estrecha y casi “monopolística” de la pastoral. Resultaba inevitable que el soplo del Espíritu Santo, que alentaba el apostolado de nuestro Fundador, levantase una polvareda de desconfianza y hostilidad. La historia de la Iglesia muestra que el bien se abre siempre camino a duras penas.

A finales del 1939 y comienzos de 1940 arreciaron las calumnias contra el Opus Dei y su Fundador. Al principio no quería aceptar que era el blanco de una verdadera campaña denigratoria; pero, ante la evidencia de las pruebas, no tuvo más remedio que admitirlo. La Obra era acusada de herejía, de conspirar clandestinamente para encaramarse en el vértice del poder, de masonería, de antipatriotismo, etc. No se trataba de hechos aislados, sino de una auténtica campaña; quienes promovían estas calumnias no dudaron en acudir a las más altas esferas de la jerarquía eclesiástica, para sembrar desconfianza y sospecha respecto de la Obra y el Padre.

En una ocasión, fray José López Ortiz, agustino, que más tarde sería Obispo de Túy–Vigo, y arzobispo castrense de España, y que era entonces el confesor ordinario de nuestra residencia de Diego de León en Madrid, le entregó al Padre una copia de un “dossier reservado” sobre la Obra y su Fundador: los servicios de información de la Falange lo había hecho llegar a las autoridades locales, y a López Ortiz se lo facilitó una persona de su confianza. Aquel documento rebosaba calumnias atroces y significaba el comienzo de otra campaña difamatoria contra el Fundador. Recogía todas las maledicencias divulgadas con anterioridad. Yo asistí a aquella entrevista y confirmo lo que testimonia fray José: “Cuando Josemaría terminó la lectura, al ver mi pena, se echó a reír y me dijo con heroica humildad: No te preocupes, Pepe, porque todo lo que dicen aquí, gracias a Dios, es falso: pero si me conociesen mejor, habrían podido afirmar con verdad cosas mucho peores, porque yo no soy más que un pobre pecador, que ama con locura a Jesucristo. Y, en lugar de romper esa sarta de insultos, me devolvió los papeles para que mi amigo los pudiera dejar en el ministerio de la Falange, de donde los había cogido: ten, me dijo, y dáselo a ese amigo tuyo, para que pueda dejarlo en su sitio, y así no le persigan a él“.

Otras incomprensiones provinieron de familias, pocas ciertamente, de los chicos que frecuentaban las actividades apostólicas de la Obra, o de las de los propios miembros del Opus Dei. Casi siempre, en el origen de estos problemas, aparecían algunos religiosos que no vacilaban en difundir sospechas y desconfianzas: lo hacían desde el confesonario o yendo a visitar a las familias para ponerlas sobre aviso. Más de una vez el Padre tuvo que intervenir personalmente para poner remedio a las falsedades que divulgaban en aquellos hogares: Al principio de la Obra, hace treinta y tantos años, venían a mí algunos padres… indignados: porque había una campaña de calumnias dirigidas por unos determinados religiosos, que yo quiero mucho, y esas pobres familias estaban influidas. Era yo entonces un sacerdote joven –no tenía aún los cuarenta años– y les dejaba hablar. Cuando habían terminado, les decía: con la información que vosotros tenéis, yo pensaría como vosotros. De modo que estamos de acuerdo. Os diré más: seríamos tres los que estaríamos de acuerdo: ¡el diablo, vosotros y yo! Luego procuraba aclararles las cosas y quedábamos siempre muy buenos amigos.

Usted habla genéricamente de “religiosos”, y lo refiere con expresiones análogas a las del Fundador. Pero se trataba de personas muy concretas, y sabemos que procedió de la iniciativa de un jesuita. De aquí los comentarios sobre una supuesta enemistad entre el Opus Dei y la Compañía de Jesús.

–No se debe generalizar. La campaña calumniosa partió, efectivamente, de un jesuita que en aquel tiempo era muy influyente dentro y fuera de la Compañía, pero que, años después, abandonó el estado religioso y acabó apostatando de la Iglesia. El Padre intentó, desde el primer momento, hacerle comprender la naturaleza de nuestro trabajo, le perdonó de todo corazón y procuró luego ayudarle a través de miembros de la Obra, cuando estaba fuera de la Iglesia. Para hablar de ésta y de otras persecuciones que siguieron, utilizó siempre una frase de Santa Teresa: “la contradicción de los buenos”, y aplicó a los perseguidores el evangélico obsequium se praestare Deo (Ioh, 16,2), “pensando que agradaban a Dios”. Consideraba las contrariedades como una ocasión para purificarse y, al ver que procedían de personas pertenecientes a antiguas y gloriosas instituciones de la Iglesia, afirmaba que Dios quería servirse de un bisturí de platino.

Sobre sus relaciones con la Compañía de Jesús, respondió el propio Fundador en una entrevista concedida al corresponsal del New York Times, el 7 de octubre de 1966: En cuanto a la Compañía de Jesús, conozco y trato a su General, el Padre Arrupe. Puedo asegurarle que nuestras relaciones son de estima y de afecto mutuo.

Tal vez haya encontrado usted a algún religioso que no comprende nuestra Obra; si es así, se deberá a un equívoco o a una falta de conocimiento de la realidad de nuestra labor que es específicamente laical y secular y no interfiere para nada en el terreno propio de los religiosos. Nosotros no tenemos para todos los religiosos más que veneración y cariño, y pedimos al Señor que cada día haga más eficaz su servicio a la Iglesia y a la humanidad entera. No habrá nunca una pelea entre el Opus Dei y un religioso, porque hacen falta dos para pelear y nosotros no queremos luchar con nadie (Conversaciones, núm. 54).

Ésta fue su norma de conducta constante, y continúa siendo la nuestra.

A este propósito, recuerdo que el P. Arrupe fue la primera personalidad eclesiástica que llegó a los funerales del Fundador en la Basílica de San Eugenio, el 28 de junio de 1975. Vino con mucha antelación sobre el horario de la ceremonia. Estuvo recogido en oración más de una hora, mientras iban llegando los cardenales, obispos, embajadores, autoridades civiles y una gran multitud de fieles. Pero continuando con el hilo de la narración histórica…

–En 1941 las contradicciones se hicieron especialmente intensas en Barcelona, donde acababa de iniciarse de modo estable la actividad apostólica de la Obra, en un pequeño piso de la calle Balmes llamado el Palau, y los miembros del Opus Dei, todos universitarios, eran sólo media docena. Las calumnias a que me he referido antes se habían divulgado por toda la ciudad: en los ambientes eclesiásticos, entre las familias, en la universidad; los miembros del Opus Dei eran acusados públicamente de herejes e impostores.

Como es lógico, el Padre seguía muy de cerca el desarrollo de los acontecimientos de Barcelona, principalmente por la repercusión que podían tener en la vida interior de sus hijos y en el apostolado. Pero las acusaciones de orden político–religioso precipitaron las cosas de tal manera que llegó un momento en que no podía acercarse a la capital de Cataluña sin correr peligro de ser arrestado. El propio Nuncio, Mons. Cicognani, le advirtió y le aconsejó que, en caso de viajar a Barcelona, lo hiciera con nombre falso. Sin embargo, el Padre prefirió no valerse de esta estratagema y, cuando tuvo que ir a la capital catalana, puso el billete de avión a nombre de Josemaría E. de Balaguer, ya que era más conocido en aquella época como “Padre Escrivá”.

También en aquel viaje se detuvo en Barcelona lo mínimo indispensable: habitualmente se quedaba sólo un par de días, y se alojaba en casa de un sacerdote amigo suyo, don Sebastián Cirac.

El Gobernador civil de Barcelona, Correa Veglison, se excusaría años después diciendo: “Tales eran las cosas que decían de él, que hubiera enviado a la policía al aeropuerto a detenerlo”.

Nuestro Fundador se esforzó en que, incluso en aquellas circunstancias, sus hijos de Barcelona no faltasen nunca a la caridad, y les exhortó a callar, trabajar, sonreír y perdonar.

Además de un grandísimo consuelo, fue decisivo el constante apoyo del Obispo de Madrid, Mons. Leopoldo Eijo y Garay, que asumió una y otra vez, públicamente, la defensa de la Obra, y que dirigió una carta a dom Aurelio M. Escarré, Abad coadjutor de Montserrat, uno de los centros de irradiación espiritual más importantes de España. En aquella carta le decía entre otras cosas: “Créame, Rmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos”. Después le hablaba de la extrema docilidad del Fundador a su obispo y desmentía la calumnia relativa al “secreto” de la Obra. Aquella carta consoló a muchas familias y disipó las dudas y sospechas entre los eclesiásticos de aquella zona.

De 1946 en adelante, cuando nuestro Fundador se estableció definitivamente en Roma, continuaron las dificultades y las contradicciones.

Al surgir las primeras vocaciones del Opus Dei entre los estudiantes universitarios de Roma, el Señor permitió que algunas familias recibieran mal la vocación de sus hijos y llegaran a escribir al Santo Padre lamentándose, sin obtener, como es natural, el resultado que esperaban. El Fundador recurrió a los medios sobrenaturales y consagró las familias de los miembros de la Obra a la Sagrada Familia.

Durante el verano de 1951, como el precedente, nuestro Fundador permaneció en Roma. Sentía una gran inquietud, una turbación interior, porque el Señor le hacía intuir que se estaba tramando algo muy grave contra la Obra. Decidió acudir al único remedio que tenía a su alcance: los medios sobrenaturales. Y peregrinó a Loreto para consagrar la Obra al Corazón Dulcísimo de María. Era el 15 de agosto de 1951.

Algunos meses después de la Consagración de la Obra al Corazón Dulcísimo de María, el Cardenal Schuster, Arzobispo de Milán, encargó que dijeran a nuestro Fundador que se acordase de San José de Calasanz. De esta forma vino a saber lo que se estaba tramando: dividir la Obra en dos instituciones separadas, los hombres por un lado y las mujeres por otro, y decapitarla, expulsando al Fundador.

El 24 de febrero de 1952 el cardenal Tedeschini tomó posesión como Cardenal protector de la Obra, según el derecho entonces vigente. Poco tiempo después, el 20 de marzo, el Padre le llevó una carta –fechada unos días antes, el 12–, en la que explicaba la situación. Como siempre, le acompañé yo. El cardenal Tedeschini leyó la carta con calma, delante de nosotros, y dijo que se la haría llegar al Papa. El texto estaba lleno de caridad hacia los que habían urdido aquella trama, y el Padre mostraba que no había ningún motivo para tomar medida alguna contra la Obra. El Papa, después de leerla, dijo al cardenal: “¿Pero, quién ha pensado hacer eso?” Era evidente que todo se había urdido sin conocimiento del Santo Padre Pío XII.

Así se desvaneció aquel ataque contra el Fundador y contra la Obra: era la respuesta de la Virgen a la consagración del Opus Dei hecha el 15 de agosto de 1951.

La referencia a San José de Calasanz confirma que también el Beato Josemaría fue tratado como muchos Fundadores que han pasado a la historia por su santidad, mientras que nadie recuerda el nombre de sus calumniadores.

En cualquier caso, entonces y siempre, nosotros aplicamos la norma de nuestro Fundador: Perdonar, callar, rezar, trabajar, sonreír.

«El Opus Dei no es más que una gran catequesis»

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Mons. Javier Echevarría afirma en esta entrevista publicada en la prensa catalana que “todos podemos y debemos vivir una vida de intimidad con Dios, puesto que todos somos hijos de Dios, y de todos sus hijos Dios espera amor”.

¿Con qué espíritu están viviendo la celebración de los 25 años de la prelatura personal del Opus Dei?

Sin cambiar el ritmo de trabajo habitual, cada uno está procurando dar muchas gracias a Dios por todos los bienes recibidos. En este sentido, he dispuesto que este año, hasta el próximo 28 de noviembre, en la prelatura del Opus Dei sea un año mariano de acción de gracias. También, claro está, este aniversario es una oportunidad para renovar el empeño personal por seguir más de cerca a Jesucristo, en comunión con el Papa y todos los obispos diocesanos.

Empleando términos humanos, ¿se puede decir que han alcanzado ya la mayoría de edad?

Si se mira el servicio que la prelatura está llamada a prestar a la Iglesia y a las almas a lo largo de los siglos, podemos decir que está todavía en los comienzos; ciertamente no en lo que se refiere a su misión —recordemos la vocación de todos los cristianos a la santidad, a través de la vida ordinaria—, pero sí en la amplitud y profundidad de la tarea evangelizadora que tiene confiada, pues todavía no es extenso el trabajo que podemos asumir en comparación con las expectativas de tantos en la Iglesia: por ejemplo, de un gran número de obispos que desearían que comenzáramos a trabajar en sus diócesis.

Por otra parte, todos los fieles de la prelatura tenemos cada día el reto de hacer realidad ese mensaje en nuestra vida, con la ayuda de la gracia. Desde este punto de vista, que es el que en mi opinión más importa, el Opus Dei nunca podrá considerarse mayor de edad; pues está completamente necesitado de la ayuda de Dios, como un hijo pequeño necesita de sus padres.

¿Qué representó hace 25 años para el Opus Dei el reconocimiento jurídico como prelatura personal? ¿Por qué se eligió esta figura jurídica frente a otras más frecuentes en el ámbito de los movimientos laicales?

La erección del Opus Dei como prelatura personal por el Papa Juan Pablo II, después de una amplísima consulta a miles de obispos y de un cuidadoso estudio, representó el pleno reconocimiento eclesial del carisma fundacional. Como mucha gente sabe, el 2 de octubre de 1928 san Josemaría vio que Dios le pedía promover en todo el mundo la llamada universal a la santidad y una toma de conciencia efectiva y plena por parte de los laicos de su misión en la Iglesia y en el mundo, principalmente a través de la santificación del trabajo y de las circunstancias ordinarias de su vida. La labor que surgió de aquella semilla inspirada por Dios, y que fue extendiéndose por muchas partes del mundo, no encontró el cauce adecuado dentro del derecho de la Iglesia hasta que el Concilio Vaticano II estableció las prelaturas personales para determinadas finalidades apostólicas. Esta figura jurídica encaja perfectamente con la misión —plenamente secular y de ámbito internacional— del Opus Dei, en la que convergen orgánicamente fieles laicos —que siguen perteneciendo a sus respectivas diócesis— y sacerdotes seculares incardinados en la prelatura. Por otra parte, subraya la plena comunión con los obispos diocesanos, y clarifica su inserción en las diferentes diócesis. Fue, pues, un día largamente deseado por el fundador, por el que rezó y se mortificó mucho, hasta el punto de ofrecer el sacrificio de no ver realizado en vida el pleno reconocimiento eclesial por parte de la suprema autoridad de la Iglesia.

Por lo demás, los fieles del Opus Dei, al procurar vivir con fidelidad su compromiso como cristianos —iguales a los demás—, se sienten en una particular comunión de oración, de intenciones y de afectos con todos los carismas de la Iglesia, que son siempre una riqueza del Pueblo de Dios: realidades antiguas o nuevas, como los movimientos eclesiales.

¿Cómo ha evolucionado la prelatura en estos 25 años? ¿Cuáles han sido los acontecimientos más importantes?

La definitiva configuración jurídica ha ayudado mucho a que se comprendiera la misión del Opus Dei al servicio de la Iglesia universal y su plena inserción en las Iglesias locales. Durante estos 25 años, además, ha habido grandes motivos de alegría, como la canonización del fundador. Otro momento que me parece necesario mencionar es el tránsito de su primer sucesor, Mons. Álvaro del Portillo, cuya causa de beatificación ya se ha iniciado. Además, la prelatura en estos años ha extendido sus apostolados a nuevos países de los cinco continentes.

«Cualquier ocupación honrada, bien hecha, acabada por amor, puede y debe ser lugar de encuentro con Dios»

Sin embargo, quisiera subrayar que, para los fieles del Opus Dei, los acontecimientos más importantes no son de ese tipo, sino los que llenan la vida ordinaria de cada uno: aunque pasen inadvertidos y puedan parecer sin trascendencia, son lugar donde Dios espera a cada persona, lugar en el que podemos encontrarle.

¿Cómo afectó a la prelatura el fallecimiento del fundador?

Dios concedió a nuestro fundador un corazón de padre, lleno de humanidad. Su fallecimiento causó, en un primer momento, profundo dolor. Enseguida, sin embargo, con la ayuda de Mons. Álvaro del Portillo, que nos invitó a todos a que mantuviéramos abierta esa herida en el alma para cuidar fielmente el tesoro que habíamos recibido, comprendimos que esta familia del Opus Dei tenía ya su cabeza y su corazón en el Cielo.

Por lo demás, san Josemaría procuró durante toda su vida no ser imprescindible. Se ocupó de dejar «esculpido» —así lo decía él— el espíritu del Opus Dei. A quienes hemos recibido ese espíritu nos corresponde ahora ser muy fieles a este mensaje, y hacerlo fructificar día a día. Doy muchas gracias a Dios por haberme dado la oportunidad de convivir tantos años con un santo como san Josemaría Escrivá de Balaguer. Confío plenamente en la fuerza de su intercesión, y pienso que hoy nos sigue mirando y ayudando con su afecto paterno y materno, mientras nos dice, como repetía con frecuencia: «¡Más, más, más!» Siempre podemos amar más, hacer más por Dios y por el prójimo; para que, con nuestros errores, nos empeñemos por acabar cada día más cerca de Dios que cuando lo empezamos.

¿Cuál es el secreto del Opus Dei para, sobre todo en Europa, seguir atrayendo a jóvenes hacia un seguimiento radical de Cristo, ya sea a través de la vida matrimonial, del celibato apostólico o del sacerdocio?

El mismo secreto que tiene la Iglesia, y que no puede ser otro que el atractivo siempre actual de Nuestro Señor Jesucristo. Sobre todos los cristianos recae la obligación de hacer presentes, con nuestro ejemplo y con nuestra palabra, el rostro y el mensaje adorables de Cristo sin camuflajes, aunque pueda parecer que vamos a contracorriente. Y la experiencia es que Jesucristo siempre arrastra.

Por otro lado, para usar una comparación que utilizaba frecuentemente san Josemaría, el Opus Dei no es más que una gran catequesis. Ofrece medios de formación cristiana y un acompañamiento espiritual personalizado a sus fieles y a las personas que participan en sus apostolados. Y son éstos los que con la naturalidad de su vida, de su amistad y de su conversación personal, dan a conocer la doctrina del Evangelio a sus familiares, amigos, colegas, vecinos…

25 años después, ¿cuáles son los retos más urgentes que debe afrontar hoy la prelatura?

El reto fundamental es la santidad personal de cada uno de sus miembros, y la extensión de esa aspiración a la santidad entre muchas personas mediante la labor de evangelización. Esta tarea, que es y será siempre actual, hoy resulta particularmente urgente, como no deja de recordar a todos los hombres de fe el Santo Padre, Benedicto XVI.

«La prelatura del Opus Dei no pretende ninguna gloria humana; aspira a servir sin secreto alguno, pero discretamente, como la levadura»

Por otra parte, como ya he dicho, muchos obispos llaman para que la prelatura comience su actividad apostólica en sus diócesis. Hace justamente un año se abrió el primer centro del Opus Dei en Moscú. En estos momentos estamos rezando y trabajando para que se haga realidad el trabajo estable de la prelatura en Rumanía e Indonesia.

Otro reto igualmente perenne para los fieles del Opus Dei y para todos los cristianos, particularmente para los laicos, es contribuir con todas las mujeres y hombres de buena voluntad a configurar una cultura que sea coherente con la dignidad de la persona humana.

¿Podemos hablar de carisma del Opus Dei? ¿Sigue siendo «la santidad por el trabajo» el pilar de su espiritualidad?

En efecto, y así será siempre. De una parte, cualquier trabajo honesto, cualquier ocupación honrada, bien hecha, acabada por amor, puede y debe ser lugar de encuentro con Dios, de servicio a los demás y de mejora personal; Dios nos llama no sólo cuando rezamos, sino todo el día. No cabe hablar, pues, de trabajos u ocupaciones de segunda categoría, porque todas las ocupaciones profesionales pueden ser ocasión para encontrarse con Dios. Y no sólo el trabajo; para los casados, por ejemplo, el cumplimiento amoroso de sus deberes matrimoniales y familiares es también verdadero camino de santidad, como lo es el ejercicio del sacerdocio para los sacerdotes, y para todos los ciudadanos el cumplimiento leal de los justos deberes cívicos.

De otra parte, Dios llama a todos a ser santos; no sólo a algunos, a todos. Todos podemos y debemos vivir una vida de intimidad con Dios, puesto que todos somos hijos de Dios y de todos sus hijos Dios espera amor.

Muy unidos a este mensaje central están la coherencia de vida, el amor a la libertad personal y el afán por ser sembradores de paz y de alegría en el seno de la sociedad, sin poner barreras a ninguna persona.

Como prelado del Opus Dei, ¿cómo afronta la responsabilidad de encabezar uno de los carismas más vivos y entusiastas de la Iglesia actual?

Me perdonará si le protesto un poco por los términos de su pregunta. En la Iglesia actual —como siempre ha ocurrido— hay mucha riqueza espiritual, muchas manifestaciones de que el Espíritu Santo la está acompañando e inspirando. El Opus Dei es una prueba más de esa perenne vitalidad de la Iglesia, pero no queremos ser «los primeros de la clase». Personalmente, puedo decirle que conozco muy bien la desproporción de mis fuerzas para la tarea confiada, y que procuro apoyarme en la oración de los fieles de la prelatura, de los cooperadores y de tantas personas que rezan por nuestra labor. Pero, además, la prelatura del Opus Dei no pretende ninguna gloria humana; aspira a servir sin secreto alguno, pero discretamente, como la levadura.

La intercesión de la Virgen María, a la que han decidido encomendar este aniversario, seguro que ha estado presente durante estos 25 años…

En efecto. Y no sólo durante estos 25 años, sino durante toda la historia del Opus Dei. Ante cualquier necesidad, hemos recurrido siempre a María. San Josemaría acudió, desde los primeros barruntos de lo que Dios le pedía, a Nuestra Madre; y, entre muchos otros detalles, fue en peregrinación a santuarios marianos de todo el mundo. También a Montserrat y, especialmente, a Nuestra Señora de la Merced de Barcelona. Sus visitas a esta basílica barcelonesa guardan una estrecha relación con el camino jurídico del Opus Dei, que concluyó felizmente hace ahora 25 años. En el presente y en el futuro continuará siendo siempre necesaria la ayuda de la Virgen. Durante este año mariano que estamos celebrando en la Obra, he animado a todos los fieles de la prelatura a vivir con más esmero la devoción del Santo Rosario, y a extenderla entre sus colegas, amigos y familiares. Es una oración plenamente actual. 

Carta del Prelado (octubre 2009)

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El Prelado reflexiona sobre el valor santificador del trabajo y, ante el momento de crisis global, invita en su carta a “acrisolar la fe, fomentar la esperanza y favorecer la caridad”.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Mañana, 2 de octubre, agradeceremos al Señor un nuevo aniversario de la fundación del Opus Dei; y cuatro días más tarde, el 6 de octubre, se cumplirá el séptimo de la canonización de nuestro Fundador. En la cercanía de estas dos fechas, pienso que nos viene bien meditar en estasobrenatural intuición de nuestro Fundador, como la calificó Juan Pablo II:  el valor santificador del trabajo ordinario en medio del mundo, la necesidad de aprovechar el acontecer cotidiano, para responder al encuentro permanente que el Señor desea mantener con cada una y cada uno de nosotros. Se comprende perfectamente que nuestro Padre se volviera “loco de amor” al meditar con hondura las palabras que manifiesta Dios a través del profeta: meus es tu.

Nos consta que el trabajo, esta realidad universal y necesaria que acompaña la existencia de los hombres en la tierra, es medio para subvenir a las necesidades personales y de la propia familia, vínculo de comunión con las demás personas, ocasión de perfeccionamiento personal. Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra (Gn 1, 28). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora.

Juan Pablo II expuso con viveza esta enseñanza durante la canonización de nuestro Fundador, al ilustrar el relato de la creación del hombre: el Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo trabajara y lo guardara. «El libro del Génesis —decía el Santo Padre— (…) nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la “labrase” y “cuidase”. Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana».

Ya en la ceremonia de la beatificación, el 17 de mayo de 1992, había afirmado que San Josemaría «predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo —añadía el Romano Pontífice— convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por eso, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación».

Proponer otra vez este punto capital del espíritu del Opus Dei no resulta repetitivo, porque siempre podemos ahondar más en su inagotable riqueza espiritual y ponerlo en práctica con mayor fidelidad, contando con la ayuda de Dios y la intercesión de nuestro Padre. Como frecuentemente afirmó San Josemaría, mientras haya hombres y mujeres que desempeñen una tarea profesional, habrá personas que, impulsadas por este espíritu, mostrarán a sus amigos y colegas que es posible alcanzar la perfección cristiana, la santidad, mediante la santificación de la ocupación profesional, colaborando con Dios en el perfeccionamiento de la creación y cooperando con Cristo en la aplicación de la obra redentora.

Escuchemos a San Josemaría: somos nosotros hombres de la calle, cristianos corrientes, metidos en el torrente circulatorio de la sociedad, y el Señor nos quiere santos, apostólicos, precisamente en medio de nuestro trabajo profesional, es decir, santificándonos en esa tarea, santificando esa tarea y ayudando a que los demás se santifiquen con esa tarea. Convenceos de que en ese ambiente os espera Dios, con solicitud de Padre, de Amigo; y pensad que con vuestro quehacer profesional realizado con responsabilidad, además de sosteneros económicamente, prestáis un servicio directísimo al desarrollo de la sociedad, aliviáis también las cargas de los demás y mantenéis tantas obras asistenciales —a nivel local y universal— en pro de los individuos y de los pueblos menos favorecidos.  Hemos de pensar más en las personas que se encuentran a nuestro alrededor: ¿lo hacemos?, ¿despiertan en nosotros un claro celo apostólico? El trabajo profesional y las relaciones derivadas de su ejercicio constituyen un campo privilegiado para ejercitar el sacerdocio común recibido en el Bautismo. Tengámoslo muy presente durante el año sacerdotal.

Esas palabras de nuestro Padre resuenan con fuerza en los momentos actuales, signados por una profunda crisis económica y laboral que afecta a muchos países. Al mismo tiempo, nos recuerdan el carácter instrumental del trabajo en todas sus manifestaciones. Por eso, nos enseñaba también que los bienes de la tierra no son malos; se pervierten cuando el hombre los erige en ídolos y, ante esos ídolos, se postra; se ennoblecen cuando los convertimos en instrumentos para el bien, en una tarea cristiana de justicia y de caridad. No podemos ir detrás de los bienes económicos, como quien va en busca de un tesoro; nuestro tesoro está aquí (…); es Cristo y en Él se han de centrar todos nuestros amores, porque donde está nuestro tesoro allí estará también nuestro corazón (Mt 6, 21).

Si la tarea profesional se considerase como un objetivo en sí mismo, y no un medio para alcanzar el fin último de la existencia humana —la comunión con Dios y, en Dios, con los demás hombres—, se desvirtuaría su naturaleza y perdería su valor más alto. Se convertiría en una actividad cerrada a la trascendencia, en la que la criatura no tardaría en situarse en el lugar de Dios. Un trabajo realizado así tampoco podría ser el medio para colaborar con Cristo en la obra redentora, que comenzó con sus años de artesano en Nazaret y consumó en la Cruz, entregando su vida por la salvación de los hombres.

Son ideas que Benedicto XVI ha expuesto recientemente en la encíclicaCaritas in veritate, presentando la Doctrina social de la Iglesia en el actual contexto de globalización de la sociedad. Al afirmar, en las circunstancias actuales, que el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad, el Papa pone de relieve —como ya expresó el Concilio Vaticano II— que el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social.  De este modo, situando en el núcleo del debate actual a la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, y elevada por Cristo a la dignidad de la filiación divina, el Santo Padre se pronuncia decididamente contra el determinismo que subyace en muchas concepciones de la vida política, económica y social.

Al mismo tiempo, el Papa pone de relieve la energía transformadora de la sociedad que lleva consigo el ejercicio de una libertad rectamente entendida, es decir, una libertad firmemente anclada en la verdad. Refiriéndose al desarrollo de los pueblos, escribe: en realidad, las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos. Este desarrollo exige, además, una visión trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado.

En una época de crisis como la de ahora, con repercusiones que afectan directamente a tanta gente, podría presentarse un doble peligro: de una parte, confiar ingenuamente en que las soluciones técnicas resolverán todos los problemas; y, de otra, dejarse arrastrar por el pesimismo o la resignación, como si todo eso fuera inevitable, consecuencia de unas leyes económicas que no se pueden soslayar.

Una y otra actitud se demuestran falsas y peligrosas. Un hombre o una mujer de fe ha de aprovechar esta situación para mejorar personalmente en la práctica de la virtud, cuidando con esmero el espíritu de desprendimiento, la rectitud de intención, la renuncia a bienes superfluos, y tantos detalles más. Sabe, por otra parte, que en todo instante estamos en las manos de Dios, nuestro Padre; y que si la Providencia divina permite estas dificultades, lo hace para que saquemos bien del mal: Dios escribe derecho con renglones torcidos. Atravesamos un tiempo propicio para acrisolar la fe, fomentar la esperanza y favorecer la caridad; y para desempeñar nuestra tarea —la que sea— con rigor profesional, con rectitud de intención, ofreciendo todo para que en la sociedad se cree un auténtico sentido de responsabilidad y de solidaridad. ¿Rezamos para que se resuelva el grave problema del paro?

Por otro lado, las circunstancias difíciles favorecen que salgan a flote recursos escondidos en el interior de cada persona. Una de las recomendaciones más importantes de la reciente encíclica se concreta en la llamada a purificar las relaciones de la estricta justicia con la caridad, sin separar el ejercicio de estas dos virtudes. El gran desafío de estos momentos, afirma el Romano Pontífice, es mostrar, tanto en el orden de las ideas como en el de los comportamientos, que no sólo no se pueden olvidar o debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la transparencia, la honradez y la responsabilidad, sino que, en las relaciones mercantiles, el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo.

Viene a mi memoria una enseñanza que San Josemaría difundió en sus escritos y en sus encuentros con gentes muy diversas. En una homilía, dirigía estas palabras a las personas de todo tipo que le escuchaban: convenceos de que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad. Cuando se hace justicia a secas, no os extrañéis si la gente se queda herida: pide mucho más la dignidad del hombre, que es hijo de Dios. La caridad ha de ir dentro y al lado, porque lo dulcifica todo, lo deifica: Dios es amor (Jn 4, 16). Hemos de movernos siempre por Amor de Dios, que torna más fácil querer al prójimo, y purifica y eleva los amores terrenos. Y en otra ocasión, ante la pregunta acerca de la primera virtud que debería cultivar un empresario, su respuesta inmediata fue la siguiente: la caridad, porque con la justicia sola no se llega (…). Trata siempre con justicia a la gente y déjate llevar un poco del corazón (…). Haz lo que puedas por los demás, por medio de tu trabajo. Y vive, con la justicia, la caridad. La justicia sola es una cosa seca; quedan muchos espacios sin llenar.

Un gran amor a la justicia, informado en todo momento por la caridad, junto a la preparación profesional propia de cada uno, es el arma cristiana para colaborar eficazmente en la resolución de los problemas de la sociedad.Tenéis que hacer sobrenaturalmente lo que hacéis naturalmente, aconsejaba San Josemaría; y después —señalaba—, llevar este afán de caridad, de fraternidad, de comprensión, de amor, de espíritu cristiano, a todos los pueblos de la tierra. Ponía en guardia frente a las doctrinas que ofrecen falsas soluciones —por materialistas— a los problemas sociales: para resolver todos los conflictos de los hombres nos bastan la justicia y la caridad cristianas.

Estas consideraciones no eximen a los cristianos —especialmente a quienes ocupan cargos de responsabilidad en la vida pública o en la sociedad— del esfuerzo por conocer bien las leyes de la economía. La caridad no excluye el saber —afirma Benedicto XVI, más bien lo exige, lo promueve y lo anima desde dentro. El saber nunca es sólo obra de la inteligencia. Ciertamente, puede reducirse a cálculo y experimentación, pero si quiere ser sabiduría capaz de orientar al hombre a la luz de los primeros principios y de su fin último, ha de ser “sazonado” con la “sal” de la caridad. Sin el saber, el hacer es ciego, y el saber es estéril sin el amor. En efecto, “el que está animado de una verdadera caridad es ingenioso para descubrir las causas de la miseria, para encontrar los medios de combatirla, para vencerla con intrepidez” (Pablo VI, enc.Populorum progressio, n. 75).


Tratemos de entender más a fondo estas enseñanzas del Magisterio, difundirlas y hacer que calen con hondura en nuestra conciencia y en nuestra actuación diaria.

Como siempre, os recuerdo que permanezcáis muy unidos a mis intenciones. Y, como es natural, en primer plano está siempre la oración por el Papa y por sus colaboradores. Este mes, además, se celebrará en Roma una sesión especial del Sínodo de los Obispos, dedicada al continente africano. Acudamos desde ahora al Espíritu Santo y a la intercesión de San Josemaría, para que el Señor ilumine a los Obispos que se reunirán con el Papa y conceda gran fruto espiritual a esa Asamblea.

Hay otros aniversarios de la historia de la Obra, que no mencionaré. Sí que siento, en cambio, la urgencia de que crezca en todas y en todos el afán de conocer los diferentes pasos de la vida de San Josemaría:  su finura para cuidar lo que el Cielo puso en sus manos le motivó para ser un leal servidor de Dios, de la Iglesia —con esta partecica, la Obra—, de sus hijas y de sus hijos, y de todas las personas, también de las que no le comprendían. Es de gran importancia que sigamos esas huellas.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de octubre de 2009.

Relatos y favores recibidos

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Acudir en caso de necesidad a la intercesión de personas con fama de santidad, es una práctica corriente en la Iglesia. Presentamos una selección de relatos recibidos en la Oficina para la Causa de los Santos de la Prelatura del Opus Dei.

Después de la reestructuración de mi empresa

En primavera de 1998 me informaron que el 1 de enero de 1999 tendría lugar una reestructuración de nuestra empresa, los Ferrocarriles Federales Suizos (CFF). Esto significaba la supresión de 2’300 puestos de trabajo, y la creación de una única Dirección general en Berna con la supresión de las 3 direcciones regionales, entre ellas la de Lausana donde yo trabajaba.

A mí se me daba un plazo de 4 días, durante el fin de semana de la Ascensión, para decidir si aceptaba un puesto en la dirección de Berna, a donde serían transferidas parte de mis tareas. No se me daba ninguna alternativa: en caso de rehusar, me quedaría sin puesto de trabajo.

La atención de mi padre de 91 años, diferentes actividades extraprofesionales en Lausana que no podía abandonar, y otros motivos personales y familiares me obligaron a rehusar el puesto.

[...] Enseguida acudí a la oración. Me confié primero a Sta. María y a S. José, pero enseguida de acuerdo con mi esposa y mi hija, en el momento de la oración familiar, empezamos a acudir a la intercesión de Toni, cosa que continuamos haciendo. Con el tiempo hemos ido añadiendo otras intenciones, rezando por diferentes personas, entre ellas varios sobrinos. Como muchos de mis colegas me inscribí en una estructura creada a propósito en la empresa para la búsqueda interna y externa de empleo. Era una situación similar a la del paro, pero con la diferencia que conservaba mi sueldo íntegramente durante 2 años.

[...] Gracias a la ayuda de un amigo de infancia que se ocupa del personal, realicé un stage de 2 meses en Berna, mostrando así mi buena voluntad y mi flexibilidad para cuando fuese necesario. [...]

Se trataba de la redacción de la parte internacional del horario de trenes de pasajeros. Vuelto a Lausana en octubre de 2000 me propusieron efectuar un stage en un servicio técnico en el que era necesario un funcionario administrativo. Mi competencia en Alemán y Geografía fueron examinadas, y fue apreciado mi conocimiento de la red ferroviaria suiza. En mayo de 2001, al final de ese stage, los responsables del servicio me animaron a postular para un puesto de contable. Aunque no tenía muchos conocimientos de contabilidad, era una posibilidad de encontrar un puesto de trabajo estable. Presenté mi candidatura y recibí el empleo. Aparte de mí había sólo otro candidato.

Estoy muy agradecido a Toni por este importante favor.

D.F., Lausana

Ordenadores se desbloquean solos

Trabajo en informática, concretamente en el servicio técnico de un software del que mi empresa es representante en el Líbano. Un día un cliente nos llamó de urgencia diciendo que el sistema no funcionaba y que, debido a ello, muchos empleados no podían trabajar. Fui sin saber qué iba a hacer, puesto que el problema en cuestión era nuevo para mí y los ordenadores son un mundo lleno de secretos y caprichos.

Comenzamos a analizar la situación y efectivamente verifiqué que había un serio problema que bloqueaba completamente el sistema. Intenté disimular mi ignorancia y, como de costumbre, le pedí ayuda a mi Ángel custodio. Hice algunos cambios, lo intenté de nuevo pero el problema continuaba. Así hice 3 o 4 intentos infructuosos, y el cliente ya estaba bastante nervioso. En ese momento me acorde que Lukas, un suizo que vivió un tiempo aquí, nos había contado en la tertulia que Toni era muy eficaz para resolver problemas de tipo técnico. Y como parecía que éste superaba los conocimientos de mi Ángel custodio, le pedí a Toni que me echara una mano. Justo en ese momento volvimos a intentarlo, y el sistema funcionó a la perfección. Mi cliente me preguntó qué había hecho y, como no era fácil explicárselo, le dije: “no lo sé”. Me agradeció la ayuda, pero obviamente mi respuesta no le satisfizo y me pidió estudiar a fondo el caso para que, si volvía a producirse, supiera qué hacer sin pérdidas de tiempo.

Apenas llegué a la oficina escribí un mensaje a la compañía que desarrolla el software explicándole lo que había pasado y pidiendo ayuda para encontrar la explicación. La respuesta fue bastante categórica: el ingeniero responsable me decía que llevaba 25 años trabajando con ese software y que era la primera vez que un error se solucionaba solo, que ciertamente estaba ocultando alguna información. Le contesté en el mismo tono: yo había visto el problema con mis propios ojos y podía dar fe de todo lo que habíamos hecho. En fin, lo que quedaba claro es que él no podía ayudarme a encontrar la explicación que mi cliente esperaba, por lo que nuevamente le pedí a Toni: “Ya que me arreglaste el problema, ahora dime cómo, para resolver el conflicto”. Y justo en ese momento mi cliente me llamó por teléfono para decirme que ya había encontrado la explicación: una combinación de factores, cada uno muy simple pero que todos juntos creaban el error. Eso nos permitió corregir el defecto en el programa y ajustar la configuración de los ordenadores para evitar que se volviera a producir. [...]

Así podría contar muchos otros casos. A la mayor parte de ellos no se les puede llamar “milagros”, puesto que alguna razón técnica hay, pero sí verdaderos favores de quien tiene la posibilidad de ayudarnos de manera más eficaz de la que estamos acostumbrados.

M.C. de R., Guadalajara (México)

Complicaciones con un experimento físico

Me dedico a la investigación en Física. Con un par de colegas estábamos llevando a cabo un proyecto muy prometedor. Cuando habíamos recopilado los resultados, invitamos a un grupo de la competencia a publicar su propio trabajo en el mismo campo a la vez que el nuestro. Les dimos una semana de tiempo; nos faltaban –así pensábamos– sólo unos detalles, pero en el curso de la semana nuestros investigadores se dieron cuenta de diversos defectos en la obtención de datos. La corrección se mostró más difícil de lo esperado. El último día del plazo, nuestros datos estaban peor que nunca (…), caía la tarde y no se veía mejora alguna. (…) No podía hacer nada, ¡salvo rezar! Acudí a Toni Zweifel. Toni había trabajado “por amor a Cristo y con elevada competencia profesional”, y nosotros teníamos dificultades precisamente porque queríamos trabajar con competencia e ir al detalle, en vez de contentarnos con los primeros resultados, aparentemente sin tacha. Por eso, caminando a mi casa recé varias veces la oración de la estampa.

A la mañana siguiente consulté inmediatamente la página web en que se colocan los artículos de mi especialidad. ¡Y mira por donde!: los dos artículos estaban allí, el de la competencia y el nuestro. En efecto, después de irme yo la víspera a casa, mis colegas habían resuelto todos los problemas. Y los nuevos resultados, obtenidos por la noche, eran más convincentes que nunca. Estoy seguro que Toni nos ha ayudado en esto.

V.S., Singapur

Una gran herida en descomposición

Cuando cayó en mis manos por primera vez la Hoja Informativa sobre Toni Zweifel, tuve espontáneamente confianza en él por ser uno de mi quinta. Hace seis años aquí, en las estepas de Etiopía, comencé mis labores de promoción y desarrollo. En la clínica tratamos cada día muchos pacientes ambulantes, cosemos heridas, asistimos a las madres en los partos frecuentemente difíciles, etc.

Toni Zweifel nos ha ayudado varias veces de un modo milagroso. Un chico joven sufría una herida grande y abierta en el abdomen. Una operación en un hospital no tuvo éxito. El muchacho, retrasado mental, vino a nuestra clínica. La herida tenía 8 cm de anchura y 10 cm de longitud. (…) Con toda espontaneidad acudí al socorro de Toni Zweifel. Pensé: “sólo tu puedes prestar aquí ayuda” y me llené de una confianza total. Y de hecho esa herida maligna se curó, contra todo lo esperado, sin medicamentos ni trasplantes de piel y en un plazo desacostumbradamente rápido.

A. Th., Maganasse (Etiopía)

Una extraña factura de calefacción

La factura de calefacción de mi apartamento excedió el invierno pasado en 800 francos a las de otras veces. No me lo podía explicar, pues el último invierno no me había comportado de modo diferente a los años anteriores. De la consulta con la administración del edificio resultó que los contadores de la calefacción se leen por radio. Por eso funcionan para todos los inquilinos bien o para todos mal. No podía ser que la lectura de un solo contador fuese falsa.

Por entonces recibí la estampa con la oración de Toni Zweifel. Empecé la novena confiada en que, como ingeniero, algo entendería de facturas de calefacción y me ayudaría en este asunto. El cuarto día de la novena recibí una carta de la administración del edificio. Allí constaba que me habían facturado 10.000 kWh de más.

M. B. D., Berna

Una enrevesada tesis doctoral

Una buena amiga mía, N., se dejó convencer por un profesor para hacer una tesis doctoral sobre un político de la época de Weimar. Ella había publicado ya varios libros sobre esa época. Por eso la tesis propiamente no debería haber proporcionado ningún problema. Pero en realidad hubo sólo dificultades. (…) N., que es protestante, me dijo repetidas veces que pidiese a Toni ayuda para ella.

Finalmente el trabajo fue aceptado. N. intentó durante todo el verano fijar una fecha para la defensa. En sí, podría haber sido fijada el 3 de noviembre. Pero la fecha no funcionó porque precisamente el director de la tesis no le había dicho que estaba en el extranjero. Entonces hablé de nuevo en serio con Toni y me vino en mente el 24 de noviembre: sería pues el aniversario de la muerte de Toni. Pero también esta fecha tenía peligro de fallar porque uno de los cinco profesores no respondía. N. le telefoneó finalmente el 15 de noviembre. Era la primera vez que se había podido hablar con él por teléfono. Él aceptó la fecha a la vez que indicó que ese día era el último para enviar las invitaciones a la defensa cumpliendo el plazo. N. redactó rápidamente ella misma la carta de invitación y la mandó por fax al decanato. Gracias a Toni las invitaciones fueron también enviadas a tiempo.

El 24 de noviembre todo funcionó sin tropiezos: el viaje de tres horas de ida, el examen y el regreso. Un día más tarde ya no hubiera sido posible, pues la llegada del invierno hizo parcialmente intransitables las autopistas.

Pienso que va llegando la hora de que N. acuda ella misma a Toni…

G. G., Colonia

Instalación de Disneylandia reparada

Llevé a mis hijos a Disneylandia. Llevábamos una hora haciendo cola en uno de los juegos más atractivos, cuando de repente se descompuso la instalación. Esperamos una hora más y mis hijos ya estaban desesperados, así que les dije que si en 5 minutos no lo arreglaban nos iríamos. En eso me acordé de Toni y le pedí el favor. Justo a los 5 minutos se arregló el juego. Nos subimos y al salir se volvió a descomponer.

M.C. de R., Guadalajara (México)

Seguir los pasos de San Josemaría a través de los Pirineos

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Jordi Piferrer es ingeniero industrial. Actualmente está jubilado y dedica buena parte de su tiempo a la Asociación de Amigos del Camino de Pallerols de Rialb a Andorra. En esta entrevista explica esta iniciativa, muy unida al paso del fundador del Opus Dei a través los Pirineos en 1937.

Jordi (Vilassar de Dalt, 1942) es excursionista de pura cepa. Desde muy joven ha caminado mucho por las montañas de los Pirineos y ha alcanzado repetidas veces los principales picos de Cataluña, Andorra y Aragón.

Desde hace cinco años ha concretado su afición a la montaña en redescubrir el itinerario que hizo San Josemaría desde Oliana hasta Andorra en el año 1937. Con la colaboración de muchas otras personas de Cataluña y de Andorra lo ha señalizado y acondicionado para que mucha gente pueda seguir las pisadas de este santo. Estos trabajos están recogidos en sus libros: Camí d’AndorraAndorra: terra d’acollida, este último escrito en colaboración con Alfred Llahí, periodista andorrano.

¿Cuándo nació vuestra asociación?
La Asociación de Amigos del Camino de Pallerols de Rialb a Andorra nació el año 2002, a raíz del centenario del nacimiento de San Josemaría Escrivá de Balaguer. Desde entonces hemos estado trabajando -poco a poco, pero sin parar- en la recuperación de los hechos, parajes y lugares del camino de fugitivos que siguió San Josemaría con otras personas entre noviembre y diciembre de 1937. Junto a la recuperación de estos lugares, queremos colaborar en el incremento de la devoción a la Virgen del Rosario de Pallerols y a San Josemaría.

¿Qué tiene de peculiar, esta ruta?

Procesión con la “Mare de Déu del Roser de Pallerols”

Lo que llamamos el Camino de Andorra fue recorrido por San Josemaría y por muchos otros fugitivos durante la guerra civil española de 1936-39, pero también se utilizó posteriormente y en las evasiones producidas -en sentido contrario- durante la Segunda Guerra Mundial. Es una de las rutas conocidas como Caminos de Libertad a través de los Pirineos.

El hecho de que a través de estos caminos pasase San Josemaría, en circunstancias muy dolorosas, nos lleva a extender uno de los mensajes en el que insistió más a lo largo de su vida: el respeto a la libertad de todo el mundo y el fomento de la paz y la convivencia entre todas las personas por encima de las diferencias que pueda haber de ideología, raza, religión, lengua, país y tradiciones.

Dos irlandeses en el camino de la Casa del Corb

Por eso, aparte de la vertiente de excursionista, también nos interesa resaltar esta perspectiva: que los que pisaron estos caminos buscaban la libertad. Queremos recuperar los caminos, pues, recordando también este mensaje de libertad: que nunca más nadie deba huir por sus convicciones. Y también otro mensaje muy suyo: el del perdón. San Josemaría, que a lo largo de su vida tuvo que soportar muchas contradicciones y persecuciones, dijo muy a menudo que, ante la persecución, lo que había que hacer era: Callar, rezar, perdonar y amar.

El próximo día 22 de noviembre celebráis la Fiesta del Encuentro de la Rosa, ya tradicional. ¿En qué consiste?
Con esta fiesta recordamos las circunstancias con las que se enfrentó San Josemaría Escrivá, el 22 de noviembre de 1937, en unos momentos de su vida en que, estando en Pallerols de Rialb, se encontraba fuertemente conturbado interiormente ante el dilema de si debía continuar o no hacia Andorra, hacia donde se dirigía a causa de la persecución religiosa de la época. Pasó toda la noche rogando al Señor que le hiciera ver con claridad cuál era su voluntad. En la madrugada del día 22 encontró una rosa de madera dorada en el suelo de la iglesia. Para él fue la señal que había pedido. Nos lo explica él mismo en unos escritos fechados el 22 de diciembre de 1937.

¿Vienen peregrinos, durante el año, a hacer este camino?
Debemos distinguir dos zonas de este camino: Por una parte, la zona de Pallerols, que comprende el Pajar de Peramola, la iglesia de Pallerols, la Cabaña de San Rafael, el Corb y la Ribalera, que son objeto del 90% de las visitas. Actualmente visitan esta zona unas 2.000 personas el año.

Un grupo de jóvenes de Sabadell y Barcelona participan en la reconstrucción de la Cabaña de San Rafael

Por otra parte hay la totalidad del Camino, que va desde el Puente de Peramola hasta Andorra -un total de unos 100 Km.- que es recorrido en parte o totalmente por el otro 10%. Este último año unas 300 personas han realizado una parte o todo el camino.

¿De dónde proceden?

El hecho de que a través de estos caminos pasase San Josemaría, en circunstancias muy dolorosas, nos lleva a extender uno de los mensajes en el que insistió más a lo largo de su vida: el respeto a la libertad de todo el mundo

Vienen a hacer el camino gente de todo el mundo. Hace pocos días vino un grupo de Irlanda y otro de Alemania. El verano pasado vinieron diferentes grupos de chicos de Inglaterra, Polonia, Australia e Italia. Han venido grupos de muchos países de Sudamérica, algunos de África. De España llegan a menudo grupos desde Valencia, Madrid, Pamplona, Zaragoza, Andalucía, para citar las zonas más habituales. Y evidentemente, debido a su proximidad, las visitas más frecuentes son las que provienen de las comarcas de Cataluña: familias, colegios, grupos de jóvenes, gente aficionada a la montaña y al deporte.

¿Qué actividades se pueden realizar?
Una actividad que ya se ha hecho tradicional, es la delas Caminatas de los segundos sábados de cada mes. Con estas Caminatas mensuales logramos hacer todo el camino en nueve meses: empezamos en octubre al inicio del Camino, en el Puente de Peramola, y acabamos en el mes de junio al final, en Andorra.

Pallerols

También se han hecho tradicionales tres o cuatro Caminatas integrales al año, de todo el camino, en tres o seis días, en función de la resistencia de los caminantes.

Finalmente querría remarcar la actividad de los Voluntarios que mediante Campos de Trabajo, cuatro o cinco al año, desbrozan y señalizan el Camino y hacen trabajos de recuperación de edificaciones tradicionales, construyen puentes para pasar los ríos y otros trabajos de recuperación del entorno natural.

¿Qué relación hay con la gente de los contornos?
Desde el principio hemos trabajado en estrecha colaboración con la gente de la zona. Han sido ellos quienes nos han acompañado a descubrir y desbrozar los caminos tradicionales -caminos y parajes en medio del bosque, caminos de contrabandistas, difíciles y escondidos- que estaban perdidos tras más de 40 años en desuso.

Actualmente visitan esta zona unas 2.000 personas el año

Recuerdo las duras jornadas de los inicios, hacia los años 2003-2005, cuando íbamos desbrozando caminos por los bosques de Pallerols acompañados de la gente de Vilaró y de Cal Guardiola; después nos metimos hacia el Corb y la Ribalera, acompañados de gente de Peramola y de Oliana; y el Aubenç guiados por personas de Coll de Nargó y de las Masías de Nargó; en Cabó llegamos gracias a los de Fenollet; y a Ares y Baridà acompañados por gente de Organyà y de Noves de Segre; continuamos río de Aravell arriba, cuesta de la Caubella, Collado de la Torre y hasta llegar al río de Civís, conducidos magistralmente por expertos de Bellestar.

Por el camino de Sant Marc, antes de llegar a Pallerols

Finalmente subimos el complicado Barranco de la Cabra Morta bajo la guía experta de la gente de Argolell, llegando venturosamente a la Masía de Alins, en Andorra. La bajada por terreno andorrano hasta llegar a Sant Julià de Loira, la hicimos a través de caminos tradicionales guiados por gente andorrana.

Mucha más gente de la zona ha participado en el descubrimiento, limpieza y señalización de los caminos, pero sería muy largo nombrarlos a todos aquí. Debemos contar también con mucha otra gente del país que colabora con nosotros en tareas culturales, deportivas, etc., sin olvidar los organismos oficiales de la zona -ayuntamientos y el Consejo Comarcal del Alt Urgell- que valoran muy positivamente nuestra tarea, nos animan, dan a conocer nuestras actividades y nos ayudan en algunas concretas de revalorización del territorio.

“Agradezco la dirección espiritual, alguien que me aconseje”

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Paul Ybarra es bombero en Los Ángeles (EEUU). Tras conocer el Opus Dei, comenzó a hablar con un sacerdote que le orienta en su vida cristiana. Así, ha aprendido a compatibilizar su trato con Dios y su vida familiar, por ejemplo, rezando el rosario con sus hijos después de haber jugado con ellos. Nuevo testimonio de la serie recogida en el folleto ‘La alegría de los hijos de Dios’.

Al fondo, Paul con uno de sus hijos.

Paul es bombero desde hace casi 20 años. Tiene tres hijos, dos de ellos adoptados:

“Una de las cosas que más agradezco a san Josemaría es tener dirección espiritual. Quiero decir, poder ir a un sacerdote o a un laico, como tú, que te ayuda en las cosas de tu vida. Es algo estupendo tener una persona, en quien confías, que desde fuera te pueda dar consejos y decirte cosas que te ayudan a pensar. Para mí ha sido muy útil en lo que se refiere a mi vida como esposo y padre.

No sé cuántas veces he oído que no me olvide de hacerle notar a mi mujer que la quiero con detalles concretos, aunque parezcan pequeños: una caja de caramelos, unas flores, una caricia, una palabra de agradecimiento por la comida que ha preparado…

También he aprendido a poner prioridades en mi vida. Un día, por ejemplo, si alguno de mis hijos está enfermo, sé que mi sitio está allí. Y en lugar de ir a la iglesia a rezar, me quedo en casa, rezando el rosario, junto a él. Así he ido aprendiendo a hacer compatible las prácticas de piedad con mi vida de padre, de bombero, de esposo.

A veces he tenido que reducir mis compromisos profesionales o sociales, porque veo que antes está mi familia. Si no hubiera sido por la dirección espiritual, muchas de estas cosas no las hubiera sabido”.

9 de enero: cada hijo, un regalo

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El 9 de enero se celebra el 105 aniversario del nacimiento de San Josemaría. El mismo día, en Lleida (España), Marc cumple tres años. Es el hijo mayor de Anna Oromí y Juan Antonio Sancho. El pequeño Marc y su hermano Álex, con síndrome de Down, son dos niños que san Josemaría, desde el Cielo, conoce bien…

Un 9 de enero,  en el aniversario del nacimiento de san Josemaría, tuviste tu primer hijo…

La familia Sancho-Oromí, con Álex y Marc.

Bueno, antes de nacer Marc, ya había tenido un primer embarazo que desgraciadamente no llegó a término. A raíz de aquel aborto natural, toda la familia encomendó mucho a San Josemaría la llegada de un nuevo bebé.

Tenemos devoción a este sacerdote santo, y yo tenía la ilusión de crear un hogar luminoso y alegre, como él decía. Así que gracias a Dios, Marc llegó, justamente, un 9 de enero.

No fue el único regalo que habéis tenido tu marido y tú.

Efectivamente, después de Marc ha llegado Álex: y él es un verdadero regalo. A comienzos de este tercer embarazo, los médicos nos dijeron que había muchas posibilidades de que el niño naciera con síndrome de Down y problemas de corazón.

¿Cómo reaccionasteis?

En aquel momento no esperábamos una noticía así. ¿Qué hacer? Mi marido y yo rezamos mucho. Cada uno habló con Dios de lo que, al principio, nos parecía una contrariedad. Pero ante Él las cosas se ven claras.

Aunque en ningún momento nos planteamos no tener a Àlex, yo rezaba y rezaba para que fuese lo que Dios quisiera, y para que me ayudase a ser generosa. Al mismo tiempo, pedía ayuda para saber tomar la decisión correcta ante cada nuevo paso que sugiriesen los médicos: lo más importante era que Álex naciera.

¿Por qué rezar ante una situación así? ¿no es más lógico rebelarse?

La oración me ha ayudado a vivir con más serenidad el día a día, a no angustiarse por problemas de futuro y a hacer lo que haya que hacer en en cada momento. Esto lo aprendí del fundador del Opus Dei: ante una situación difícil, hay que acudir a Dios, preguntarle cómo actuar.

La familia rezó a san Josemaría y don Álvaro por los dos niños.

También recé particularmente a don Álvaro del Portillo, el primer sucesor de San Josemaría, a quien tengo una especial devoción. Así que les he pedido en mi oración que me ayuden y han estado en todo momento cerca de mí. Igual que mi marido, claro está, que me ha ayudado con su entereza para afrontar estas circunstancias.

Así que Álex nació el pasado 5 de septiembre, y desde ese día no dejo de dar gracias a Dios.

¿Todos han comprendido vuestra decisión?

Desgraciadamente, no es una decisión muy corriente en los últimos años. Lo fácil es abortar, y te lo ponen fácil, y así evitar el problema. Por nuestra parte, cuando dijimos a mi ginecóloga que seguiríamos adelante con el embarazo, ella se alegró porque sabía que este niño llegaba a una casa donde lo acogerían con cariño.

Últimamente parece que la frase del “millón” –que tanta gente nos repite- es: ‘Qué valientes sois por tener un niño con síndrome de down’. Pero no es cuestión de valentía: la dignidad de cada niño está por encima de sus características.

¡No puedes escoger un “hijo a la carta”! Simplemente, lo recibes y lo quieres tal y como es. Un hijo siempre es un don, venga como venga. Mi marido dice que Álex tendrá sus amigos que lo querrán por él mismo, y yo opino igual.

Y eso de que es un don, no sólo lo pienso yo. La chica que me ayuda con el trabajo de la casa le comentó a su marido que yo tengo un libro que se titula “Hablar con Dios” (lo leo cuando hago oración). Él le respondió: “Por eso tienen este hijo, porque es algo enviado por Dios”.

No lo aceptas, por tanto con resignación.

(Foto de carlosluis, bajo creative commons).

¡No! Sinceramente creo que la vida es una cosa muy grande. No actúo así sólo porque tenga unas creencias religiosas, como me dicen algunos. La fe ayuda, es fundamental, pero el amor a la vida es algo universal, que todos deberíamos compartir.

Tengo mucha suerte y quiero vivir intensamente esta oportunidad. Puedo aprender mucho de Álex. La realidad es que los niños con síndrome de down son seres especiales, llenos de luz. Él tiene una sonrisa especial.

Imagino que es una oportunidad para hablar con mucha gente.

Sigo un consejo que me dio una persona vinculada a una asociación de niños con síndrome de down, que me dijo: “La gente no sabe cómo reaccionar cuando ve que tienes un niño así. Así que lo mejor es adelantarte tú”.

Y esto es lo que hago cuando me encuentro a alguien que todavía no lo sabe: le presento a Àlex y le digo que tiene síndrome de down y que ya lo sabíamos antes de que naciera. Esto me permite hablar con muchas personas y abrirles una puerta para poder reflexionar sobre algo tan importante como el derecho de todos a la vida. He entrado en contacto con asociaciones de síndrome de down, y he descubierto gente maravillosa que me emociona por su entrega y alegría.

Tengo en el comedor de casa un libro muy bonito de una de estas asociaciones, lleno de testimonios.  En uno de ellos hay una carta, en la que un niño con síndrome de down da las gracias a sus padres sólo por el hecho de haberlo tenido, y les garantiza que esto no es un cástigo y que él les corresponderá con mucho amor. Me emociona mucho leer esas letras.


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