Zaragoza. Rezar era el camino

firmes en la fe  Tagged , , , , , , No Comments »

Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

En 1920 se trasladó al Seminario de Zaragoza para completar sus estudios. Tres años después, con permiso de sus superiores, inició la carrera de Derecho como alumno libre. Era un seminarista con afanes intelectuales, amante de la literatura, de carácter abierto y hondo trato con Dios; un trato que lo iba llevando, como a San Juan de la Cruz y a tantos místicos cristianos, hacia intimidades divinas de altura insospechada: Volé tan alto, tan alto… “Desde joven —afirma Ambrogio Eszer, relator General de la Congregación para las Causas de los Santos— el Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían sentir en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético”.

En 1922 le nombraron inspector del Seminario. Desempeñó ese encargo con solicitud y caridad hacia los seminaristas. Me hicieron un gran bien —evocaba años más tarde—, yo recuerdo tantas virtudes de aquellos chicos, muchos de ellos después mártires. Tantas cosas maravillosas recuerdo. Y recuerdo (…) que iba anotando con alegría: van mejor, se les ve crecer, Dios está aquí en esta alma… tantas veces

Seguía pidiendo luces a Dios: Tenía barruntos de que el Señor quería algo: pasaron muchos años sin saber qué era, y –mientras– decía de continuo una jaculatoria acordándome del ciego del Evangelio, yo ciego también, en cuanto a mi porvenir y al servicio que Dios deseaba de mí: (…) que sea, que se haga eso que Tú quieres; que yo lo sepa, da luz a mi alma. Las luces no venían, pero evidentemente rezar era el camino.

El 27 de noviembre de 1924, de improviso, falleció su padre. Murió agotado, con sólo 57 años, pero estuvo siempre sonriente. A él le debo la vocación.

Otro cambio, doloroso e inesperado, en su vida: cuando sólo faltaban cuatro meses para su ordenación sacerdotal, se convirtió, de repente, en cabeza de familia. Los Escrivá estaban en una coyuntura económica difícil y a partir de aquel momento dependían de él, su madre, su hermana Carmen y su hermano Santiago, nacido en 1919.

Aceptó la voluntad divina uniéndose al dolor de Jesús, que también sufrió por cumplir la Voluntad del Padre. No fue una simple resignación: esa palabra no le parecía del todo cristiana: ¿Resignación?… ¿Conformidad?… ¡Querer la Voluntad de Dios!

La aceptación rendida de la Voluntad de Dios —enseñaba— trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. —Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada.

El 28 de marzo de 1925 recibió la ordenación sacerdotal en la iglesia del Seminario de San Carlos. Había rezado allí durante noches enteras, en sus años de seminarista. Nunca olvidó la emoción de aquellos momentos: Aquí, en este altar —recordaba, años después—, yo me acerqué tembloroso para coger la forma sagrada y dar por primera vez la Comunión a mi madre.

Al día siguiente, dejó el Seminario. El día 30 celebró su primera Misa solemne en la Capilla del Pilar. El 31 partió hacia Perdiguera, su primer encargo pastoral.

Madrid, enero de 1936

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

En los primeros meses de 1936, el cielo se oscurece todavía más sobre una España dividida en dos bandos: el Frente Popular, con una orientación cada vez más revolucionaria, y el bloque de centro-derecha, que se opone frontalmente al primero. A medida que se aproximan las elecciones del 16 de febrero, las manifestaciones y algaradas callejeras terminan a menudo en saqueos o en incendio de iglesias y conventos.

El ambiente está caldeadísimo. Los estudiantes que frecuentan la Academia DYA y la Residencia de Ferraz no escapan a esa fiebre generalizada, aunque encuentran allí un remanso de paz, donde pueden rezar e ir madurando. Un hecho les impresiona: allí no se habla nunca de política ni, mucho menos, se discute. Don Josemaría se limita a recordarles la doctrina de la Iglesia y la obligación que tienen los cristianos de tomar parte activa en las responsabilidades sociales.

Como haría en cualquier circunstancia, anima a aquellos jóvenes, envueltos en una atmósfera de odios, a poner en práctica el precepto de la caridad, incluso heroicamente. Es algo que está en la esencia del Opus Dei, pero que, en aquellas circunstancias, adquiere una especial fuerza. Les previene contra la tentación de dejarse llevar del sectarismo en sus actividades políticas.

Repite, con fuerza, las palabras de Jesús que nos ha transmitido San Juan: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como Yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os tenéis amor entre vosotros” (Ioh. 13, 34-35).

Para que grabaran mejor estas palabras en su espíritu, había hecho copiar el texto completo de estos versículos, en latín, sobre un papel imitando pergamino, y lo había mandado colocar, encuadrado, en una pared de la sala de estudios de la Academia DYA, cuando estaba en la calle de Luchana. Luego, al trasladarse a Ferraz, lo había mandado colocar en la “sala del piano”.

Muchas veces he pensado -les dice- que, después de veinte siglos, todavía sigue siendo un mandato nuevo, porque muy pocos se han preocupado de practicarlo; el resto, la mayoría, ha preferido y prefiere no enterarse.

El Padre da a todos un ejemplo de serenidad, que resultaría inexplicable sin la hondura de su vida interior y su inmensa confianza en la Providencia divina: la Obra debe seguir adelante, al paso de Dios, en cualquier país y situación política. Piensa en los pasos inmediatos de una primera expansión, piensa en otras ciudades españolas, y piensa en París…

Próximas etapas: Valencia, París…

Por otra parte, es precisamente ahora cuando empiezan a recogerse, de manera más clara, los frutos de su apostolado. Como si un muelle, comprimido durante mucho tiempo, se soltara por fin…

En noviembre de 1935, dos estudiantes más, Francisco Botella y Pedro Casciaro, han pedido la admisión en la Obra. En cuanto a la Residencia, está llena desde comienzos del curso escolar 1935-36. Todos procuran llevar a sus amigos a la Academia para hacerles partícipes de la formación que allí se da. Tanto, que el piso se había quedado pequeño y había sido preciso buscar otro. Y como la cuarta planta, abandonada por falta de dinero, ya estaba ocupada, se había alquilado uno en el inmueble vecino, 48 de la calle de Ferraz, para instalar allí la Academia propiamente dicha, dejando así disponibles las dos viviendas de la tercera planta del número 50 para la Residencia. El traslado se había hecho en septiembre, pero el Padre piensa ya en franquear nuevas etapas destinadas a extender considerablemente los apostolados de la Obra. Y así, habla a sus hijos de tres proyectos concretos que habrá que llevar a cabo ese mismo año y el siguiente. Antes, el Fundador les ha pedido que ofrezcan la Santa Misa por sus intenciones, así como las pequeñas renuncias y contrariedades de cada jornada. También pide a algunos amigos que le ayuden con sus oraciones.

El primer proyecto concierne a la Residencia: habrá que trasladarla a una casa más amplia, para que tenga allí su sede definitiva. Pero no basta con eso: hay que ir a otras ciudades, e incluso a otros países… Algo que, a los que le rodean, les deja boquiabiertos… El Padre precisa: la primera ciudad será Valencia y el primer país, Francia; concretamente París, a donde, si Dios quiere, se irá en 1936…

¿Por qué la capital de Francia? Porque sabe que lo que allí se dice y lo que allí se escribe tiene, más pronto o más tarde, amplia repercusión en los medios culturales europeos y del mundo entero. Don Josemaría no olvida su antigua preocupación, reforzada por su vocación al Opus Dei: el apostolado en los medios intelectuales. Por eso, a pesar de las tensiones políticas que afectan a los países vecinos y a la amenaza de un conflicto con Alemania, no duda en hacer tales proyectos. La Obra ha nacido con entraña universal, católica, y conviene que, cuanto antes, lo ponga de manifiesto.

Por otra parte, aunque no sea un motivo determinante, lo que tiene de sangre francesa le hace alegrarse de que las tierras donde piensa sembrar la simiente divina que el Señor depositó en su alma hace siete años sean, precisamente, las que se extienden al norte de los Pirineos que contemplaron sus ojos de niño.

El Fundador ha pensado incluso en quiénes podrán instalarse en París. En cuanto a Valencia, marcará el inicio de la expansión en España. Abrir una Residencia de estudiantes, parecida a la de Madrid, es algo factible. Ricardo Fernández Vallespín podrá ser el director. Isidoro Zorzano, por su parte, podría pedir la excedencia en los Ferrocarriles Andaluces y hacerse cargo de la dirección de la Residencia de Ferraz…

Fijados los objetivos apostólicos, se ponen manos a la obra, a pesar del deterioro de la situación política. Desde comienzos de 1936, se busca una nueva casa para la Residencia DYA. No tardan demasiado en encontrar una, en el número 16 de la misma calle de Ferraz, frente por frente al Cuartel de la Montaña. Está cerca de la Plaza de España y no lejos de la Ciudad Universitaria; además, el propietario está dispuesto a venderla en buenas condiciones…

Días de angustia en Madrid

La agitación política va en aumento, y la inseguridad ciudadana también. La casa del rector de Santa Isabel ya no es un lugar seguro y don Josemaría decide que su madre y sus hermanos se vayan de allí. En marzo, alquilan un piso en la calle del doctor Cárceles -actualmente Rey Francisco-, muy cerca de Ferraz. El no abandona el rectorado de Santa Isabel y sigue ocupándose del Patronato, confesando en la iglesia y dando, desde allí, el impulso necesario a la naciente Sección de mujeres del Opus Dei.

Sus constantes idas y venidas por Madrid, le dan infinidad de ocasiones para pedir perdón por tantos odios, especialmente los que provocan aquellos sacerdotes que, como él, siguen vistiendo sotana. Muchos días no come; duerme poco y, para ahorrar unos cuartos, suele ir a pie, utilizando los zapatos que los residentes de Ferraz desechan por tener las suelas desgastadas, aunque su apariencia todavía es buena.

Continúa predicando a grupos de estudiantes. La Academia de Ferraz 48, tiene muchos alumnos y la Residencia de Ferraz 50, está completamente llena. El cuidado material lleva tanto tiempo que el Padre se ocupa, con la ayuda de los pocos miembros de la Obra que allí viven y cuando pueden, en las tareas domésticas: hacer las camas, reparar los muebles, poner la mesa… Todo, sin que los residentes se den cuenta.

Del 10 al 13 de abril de 1936, el Padre dirige un Curso de retiro espiritual en la Residencia. Es el primero que se organiza en un Centro del Opus Dei.

El 12, Vicente Rodríguez Casado, estudiante de Derecho y de Historia, pide la admisión en la Obra.

Los proyectos se concretan

Pasada la Semana Santa, el 20 de abril, el Padre se desplaza a Valencia, por primera vez, con Ricardo Fernández Vallespín. Llegan a la ciudad después de atravesar los macizos rocosos de Cuenca y los naranjales de la huerta valenciana. A lo lejos, se perfilan algunas barracas, con el techo de bálago y los muros enjalbegados.

Nada más llegar, van a visitar a unas cuantas personas amigas de sus amigos, y se dan a conocer. El obispo auxiliar de la diócesis recibe cordialmente a don Josemaría y a Ricardo, y les promete ayudarles.

Cuando regresan, al cabo de tres días, están convencidos de que pronto tendrán que volver para buscar una casa donde instalar la proyectada Residencia.

Sin embargo, las circunstancias se van haciendo cada vez más adversas. A comienzos de mayo, un rumor calumnioso se extiende por Madrid: algunos religiosos -dicen- han repartido caramelos envenenados entre los hijos de los obreros… El día 3, se produce una nueva quema de iglesias y conventos, con los correspondientes saqueos. Muchos religiosos y religiosas abandonan sus conventos y buscan refugio en casas particulares.

Desde el mes de enero de 1936 se han producido más de cuatrocientos atentados de este tipo y, en sesenta al menos, los edificios han quedado totalmente destruidos. Por otra parte, se multiplican las huelgas y los actos de vandalismo. El Gobierno se muestra incapaz de evitar los atentados políticos. Hay rumores de golpe de Estado y de revolución. Todo el mundo teme un desenlace trágico.

Para don Josemaría, estos dolorosos acontecimientos son un nuevo acicate. Como siempre, reza y anima a rezar a los estudiantes que le rodean, a los sacerdotes que conoce, a sus amigos. En mayo, su agotamiento es tal que el mismo Vicario general de Madrid, don Francisco Morán, que le tenía un gran afecto, le aconseja que vaya al médico y que se tome una temporada de descanso. Unos hijos suyos que eran médicos le atendieron, pero no pudo ir a descansar…

Un día, el Padre se da cuenta de que no es prudente proseguir las reuniones de formación religiosa en la Academia DYA, porque hay serio riesgo de registro. Lo cual no impide que el Padre prevea un período de intensa formación, durante el mes de julio, para los que van a ir a París y a Valencia.

También dedica mucho tiempo a los primeros miembros de la Obra.

Aumentad, pues, vuestra fe y confianza en Dios y tened también un poco de fe y de confianza en vuestro Padre, les dice, insistiendo con fuerza en el origen divino de la Obra, garantía de su permanencia a través de los siglos.

En cuanto a él, está convencido de que no es más que un simple instrumento. Sabe que puede desaparecer en cualquier momento y, de vez en cuando, toma aparte a alguno de sus hijos y le dice:

-Si yo me muero, ¿continuarás con la Obra?

Las respuestas le confirman que son conscientes del carácter sobrenatural del compromiso adquirido.

-Sí, Padre, continuaré haciendo la Obra…

En junio, reúne durante varios días a las vocaciones más recientes, para acelerar su formación. Las gestiones para la adquisición de la casa donde se instalará la nueva Residencia llegan a buen término. A primeros de julio, la llegada de Isidoro a Madrid permite iniciar el traslado. Francisco Botella, mientras tanto, se desplaza a Valencia para buscar una casa.

En Madrid, las huelgas y los atentados se multiplican; la situación política se deteriora por momentos, y el Gobierno ya no es capaz de dominar a las masas. El 13 de julio, es asesinado José Calvo Sotelo, líder de la derecha.

El 16, algunas personas viven ya en la nueva Residencia de Ferraz 16, casi desprovista de muebles.

Francisco Botella, desde Valencia, comunica que ha encontrado una casa, Ricardo viaja a la ciudad del Turia para hablar del contrato, pero las negociaciones se interrumpen cuando éste se entera de que acaban de decir por la radio que se ha sublevado el Ejército en África.

Las comunicaciones con Madrid quedan cortadas. Las tropas permanecen acuarteladas.

Acaba de empezar la guerra civil.

El Pensionato

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Viale Bruno Buozzi, 73. La calle es tranquila y residencial, situada en el Parioli romano. Fue la duquesa Virginia Sforza-Cesarini quien hizo saber al Padre y a don Álvaro la existencia de esta casa grande, bonita -estilo “quattrocento” florentino-, rodeada de jardín y con espacio para construir nuevas edificaciones. El dueño, amigo de su familia, vendía la casa.

Hace tiempo que el Fundador y sus hijos recorren Roma en todas direcciones buscando un inmueble para instalar la Sede Central del Opus Dei. En el Vaticano le han aconsejado que determine de modo permanente su residencia en la Ciudad de los Papas.

«El Cardenal Tardini me empujaba: conviene que dispongáis de una casa grande cuanto antes (…). Hubo un momento en que pensamos adquirir lo que ahora es embajada de Irlanda ante la Santa Sede; por fortuna, un amigo nos dijo equivocadamente que ya estaba vendida. Por fin encontramos esta casa, mucho mayor y más barata»(1).

El Padre consulta también con Monseñor Montini, que le anima a comprar lo antes posible pues se trata de una gran casa y las condiciones de venta excepcionales. El Santo Padre, que la conoce muy bien porque fue a visitarla cuando era Secretario de Estado y existía la Legación de Hungría ante la Santa Sede, se alegrará al saber que la han adquirido(2).

La gestión tiene un inconveniente inicial: la casa ha sido Legación de Hungría ante la Santa Sede hasta 1947; a partir de esta fecha el gobierno de este país no mantiene relaciones con el Vaticano. Sin embargo, algunos húngaros la siguen ocupando sin pretexto alguno que justifique su estancia. Es una de tantas situaciones anómalas creadas por la última Guerra Mundial, difícil de resolver.

El dueño de los terrenos y del edificio es un noble italiano que desea el pago de la posible adquisición en efectivo y en francos suizos. Habrá varias entrevistas entre don Alvaro del Portillo y el propietario; todas, en la mayor cordialidad. Pero el Opus Dei no tiene moneda alguna de valor adquisitivo. El propio don Alvaro recordará así aquella situación:

«Logramos reducir mucho la cantidad que había fijado, hasta tal punto que parecía un regalo: dos o tres años más tarde hubiera valido treinta o cuarenta veces más. Pero ni siquiera disponíamos de esa pequeña cantidad. Tuvimos que fiarnos en todo de la misericordia de Dios, al mismo tiempo que poníamos los medios humanos a nuestro alcance. Aparte de usar el sable pidiendo dinero a todos los que podían dar, pensamos hipotecar el edificio. Para esto, había que tenerlo en propiedad, y antes era necesario pagar al menos una parte y no teníamos nada»(3).

También años después, el Fundador trae a la memoria aquellas laboriosas gestiones:

«El problema era el de siempre: que no teníamos dinero. Pero don Alvaro, que tiene tanta capacidad para convencer a la gente, fue a ver al propietario de la Villa. Recuerdo que le estuve esperando hasta las tantas de la mañana, rezando, para saber si había logrado convencerle de que le pagaríamos un adelanto con unas monedas de oro, y el resto en el plazo de uno o dos meses. Aceptó. ¡Y pagamos! No poseíamos nada, pero pagamos, porque teníamos una fe inmensa»(4).

Parecía un imposible. Los ahorros y privaciones económicas de los miembros de la Obra, que estaba comenzando su labor en diversos lugares, y la ayuda de otras personas, no alcanzaban a cubrir ni la primera parte del crédito. Contaban, sin embargo, con un valor cuyo precio en metálico resulta incalculable: la oración constante por esta empresa sobrenatural en la que se habían embarcado sin vacilación alguna. Si Dios necesitaba este lugar para su Obra, ordenaría las circunstancias para dárselo. Y así fue. Don Alvaro intentó la última gestión: no tenía la cantidad estipulada, pero le pedía que aceptase como crédito un pequeño montón de monedas de oro.

Increíblemente, el propietario aceptó. Tal era la confianza que le inspiraba este grupo de hombres a los que veía exclusivamente impulsados por miras sobrenaturales. Durante años, las obras y deudas de la Sede Central del Opus Dei exigirán la entrega generosa, la donación económica de las gentes más variadas de todos los lugares del mundo donde la Obra lleve la verdad de Jesucristo.

El dueño solamente insiste en una condición reiterativa: habrán de pagarle en francos suizos al cabo de dos meses. Al comentárselo al Fundador, dirá con su buen humor habitual: «No nos importa nada, porque nosotros no tenemos ni liras ni francos, y al Señor le es igual una moneda que otra»(5).

Hasta que los húngaros desalojen el edificio principal, en 1949, los miembros de la Obra en Roma habrán de adaptarse a las escasas dimensiones de lo que había sido antes vivienda de los porteros de la Legación. A pesar de la pobreza y escasez que ofrecen los locales, todos sienten la moral muy alta. Y verán, en un futuro muy próximo, el comienzo de las obras de la Sede Central. No es posible regatear un sacrificio.

El Pensionato -como llaman desde el principio a la antigua portería- adquirirá pronto limpieza, orden y ambiente de hogar. Cada detalle del día es oración, creación humana gozosa, que se ofrenda como un regalo permanente a Dios. Todo servicio resulta alegre, deseado.

Este es un aspecto del espíritu de la Obra en el que el Fundador insistirá siempre: el trabajo acabado, perfecto, hasta sus últimos detalles, con esa dedicación que sólo puede mediatizar el amor. El deseo de ofrecer a Dios, en el hacer de cada día, algo cabal que convierte la prosa diaria en «endecasílabo, verso heroico». Por otro lado, la vida de los miembros del Opus Dei tiene lugar en los mismos ambientes que los de sus conciudadanos, con un ambiente externo que corresponde a su condición y situación en el ámbito social. Su pobreza nunca está inscrita en un marco de pobretonería ni desaliño. Existen y han existido circunstancias de rigurosas carencias materiales. Pero lo ordinario es que, en una situación normal, cada uno viva desprendido de todo y dispuesto a dejar y a cambiar según lo aconsejen las tareas y empresas apostólicas de la Obra.

El cuidado de los Centros corre a cargo de personas que dedican a ello su entero quehacer, en el que se forman de modo rigurosamente profesional.

No obstante, sobre todo este planteamiento humano y secular, que exige la práctica de grandes virtudes humanas, sobrevuela el último fin de la Obra, que son las virtudes sobrenaturales: el encuentro con Dios, libre de ataduras, en el transcurso de todas las tareas cotidianas.

Y la casa cambiará tanto, y en tan poco tiempo, que cuando el dueño tiene que volver para ultimar una gestión se fija en el suelo, reluciente, y dice en voz alta:

-«¡Habéis cambiado el pavimento!».

Y don Salvador Canals, que es hoy su interlocutor, no tiene más remedio que aclarar:

-«No. Es el mismo, pero limpio»(6).

El Pensionato es realmente exiguo; tiene dos plantas y, en algunos momentos del día, da la impresión de emular a un autobús en la hora punta… No hay más remedio que recurrir al pluriempleo de las habitaciones que, de día, sirven para estudiar, recibir un invitado, charlar con un amigo…, y de noche se convierten en dormitorios al extender colchonetas y camas plegables. El Fundador comenta -en broma- que viven como San Alejo, debajo de la escalera.

Desde el pequeño reducto del Pensionato el Padre impulsa la constante formación de sus hijos, da a conocer la fisonomía jurídica del Opus Dei, tiene trato asiduo con personas de la Curia Romana, dirige una labor apostólica sin pausa y planifica la expansión de la Obra por el mundo.

Algunos de los que tuvieron ocasión de compartir aquellos años han descrito su vida junto al Padre. En 1947 le conoce, en el Pensionato, Mario Lantini. Una de las primeras vocaciones italianas. Acompañará al Fundador en viajes, trabajos y avatares durante estos años romanos; y no puede olvidar su inalterable alegría en el esfuerzo, la contradicción, la penuria. Alegría que desborda los silencios y se convierte, con frecuencia, en canciones.

«El Padre cantaba muchas veces (…). Cantaba al mundo, al que amaba de modo verdaderamente apasionado, como Cristo lo amó (…). Nos enseñó siempre que con las canciones de amor humano podíamos hacer oración cantando al Amor divino»(7).

Recuerda también Mario Lantini -hoy Vicario Regional del Opus Dei en Italia-, una de las tertulias en 1948. Les habían prestado un magnetófono que, entonces, era un invento absolutamente innovador. El Padre fue pasando el micrófono uno a uno. Quería recoger las voces alegres de sus hijos italianos y enviar la cinta grabada a los de España. Se sentía feliz al hacerles compartir así un intercambio de afecto, de expansión y universalidad dentro de la Obra.

El 29 de junio de 1948 erige el Padre el Colegio Romano de la Santa Cruz. El mismo definirá las características de esta Institución Internacional:

-«¿Sabéis qué quiere decir Colegio Romano de la Santa Cruz? Colegio (…) es una reunión de corazones que forman -consummati in unum- un solo corazón, que vibra con el mismo amor. Es una reunión de voluntades, que constituyen un único querer, para servir a Dios. Es una reunión de entendimientos, que están abiertos para acoger todas las verdades que iluminan nuestra común vocación divina.

Romano, porque nosotros, por nuestra alma, por nuestro espíritu, somos muy romanos. Porque en Roma reside el Santo Padre, el Vice-Cristo, el dulce Cristo que pasa por la tierra.

De la Santa Cruz, porque el Señor quiso coronar la Obra con la Cruz, como se rematan los edificios, un 14 de febrero… Y porque la Cruz de Cristo está inscrita en la vida del Opus Dei desde su mismo origen, como lo está en la vida de cada uno de mis hijos…

Aquí venís (…) para seguir estudios teológicos de altura universitaria. Después, para convivir con vuestros hermanos de distintos países, y para que veáis que en las demás naciones hay muchas cosas admirables, dignas de ser alabadas e imitadas (…). Habéis venido a llenar de Sabiduría el vaso de vuestra alma, poniendo mucho empeño en que no se rompa. Si no mejorárais en vuestra vida interior, en la piedad y en la doctrina, habríamos perdido el tiempo»(8).

En este primer año de 1948, y en el corto espacio que ofrece el Pensionato, un número reducido de alumnos se instalan para convivir y estudiar. Comparten el espacio con los italianos que ya son del Opus Dei y participan de su vida familiar. El Padre pasa con ellos muchas horas del día.

En octubre de 1950 llegan quince o veinte alumnos más, y la situación exige un nuevo Centro en Roma que sirva de apoyo para continuar la expansión de la Obra en Italia. El Padre «amenaza» cariñosamente a sus hijos italianos con irse a vivir bajo uno de los puentes del Tíber -cosa que no empeoraría mucho su situación en el Pensionato- si no encuentran otra casa.

Durante diez años el Fundador seguirá palmo a palmo la construcción de la Sede Central; varias veces al día, escala los pisos de andamios y dirige los trazados, la ornamentación, los remates. Tiene una sotana vieja y remendada como uniforme de trabajo «a pie de obra». Lleva a sus hijos por entre los cordajes y maderos, explicándoles hasta el último detalle; esta casa ha de ser el corazón del Opus Dei, el motor que mantendrá en el mundo entero el ritmo, la identidad de una misma sangre de familia.

Según se van habilitando nuevos espacios, llegarán a vivir más de doscientas personas en los edificios de Bruno Buozzi que han recibido ya el nombre de “Villa Tevere”.

Proceden de los primeros países a los que ha llegado la Obra. Son vocaciones que vienen a Roma desde muy lejanos puntos cardinales del mundo. Han de convertirse en semilla para esparcirse y arraigar en los cinco continentes.

Los alumnos del Colegio Romano que cursan sus estudios en las Universidades Pontificias tendrán que cubrir a pie las distancias: no siempre hay dinero para transportes. Y lo hacen a base de madrugar, ya que los recorridos son largos. En la casa, la amanecida es precoz. El Padre solicita con frecuencia, sin perder el buen humor, que recen por el buen éxito de las gestiones económicas, que realiza frecuentemente don Alvaro.

Con pocos textos se estudian las asignaturas. Los libros se van pasando de uno a otro, en perfecta colaboración. A lo largo de estos años un buen número de miembros de la Obra obtiene el Doctorado en Teología, en Derecho Canónico o en Filosofía escolástica, en una de las Universidades romanas, y contribuirán de modo determinante a la solidez y profundidad de la formación de los demás miembros de la Obra en todo el mundo. Bastantes recibirán, además, la ordenación sacerdotal, para servir con su ministerio al creciente número de vocaciones y de personas que se acercan al Opus Dei.

A todos, el Padre les conoce personalmente. Sabe de sus dificultades y habla con ellos por un pasillo, por el jardín, en cualquier ocasión. Hasta el punto de que podrán decir que, lejos de recordar a lo largo del tiempo lo que eran privaciones de vivienda o de comodidades elementales, la vida al lado del Fundador, con su ejemplo y su doctrina, fue y sigue siendo la etapa más maravillosa de su vida.

En medio de este tráfago, la oración contemplativa del Padre permanece incólume. Reza y hace rezar. Cuando celebra Misa pregunta al que va a ayudarle si tiene prisa. La respuesta siempre es negativa y entonces dice el Santo Sacrificio como siempre, paladeando las palabras una a una(9).

Después del almuerzo o de la cena pasa un rato de tertulia con sus hijos. Es una conversación familiar en la que intervienen unos y otros. A veces, para hacerle descansar, despliegan sus «habilidades» con la guitarra, la caricatura, las canciones… Pero, con frecuencia, es el Padre quien lleva la reunión con su palabra.

Se preocupa de las familias de los miembros de la Obra. De que envíen noticias, de que les entusiasmen -por distantes que puedan sentirse- con el horizonte de la Obra. Con la elección que Dios ha hecho, llamando a sus hijos al Opus Dei.

Mientras tanto, las contradicciones externas no cesan, pero, como dice el Padre, no le importan demasiado:

-«¿Sabéis lo que me hace sufrir? Cualquier cosica vuestra me hace sufrir… Por lo demás, que me echen cargas de basura»(10).

El espíritu del Opus Dei es nuevo en sus planteamientos y no siempre encuentra la comprensión inmediata de personas incluso muy cercanas a la Curia Romana. Son frecuentes las interpretaciones y juicios que hacen sufrir al Padre.

Es a estas situaciones a las que se refiere cuando habla, en una ocasión, con Francesco Angelicchio, uno de sus primeros hijos italianos. Le dice que en Roma ha perdido la ingenuidad. Idea que vuelve a repetirse en ocasiones sucesivas: «Nunca pude imaginarme que llegaría a sentirme extranjero en Roma»(11).

Debe sufrir mucho para hacer este comentario, ya que suele insistir en que se siente muy romano. Una vez, Francesco le oirá decir:

-« ¡Soy más romano que tú! » (12).

También Ignacio Sallent cuenta que, hacia la primavera de 1950, tiene la oportunidad de acompañar al Padre y a don Alvaro del Portillo al patio de las Congregaciones en San Calixto en Trastevere. Van a visitar a una persona a quien el Fundador ha apreciado y demostrado especial confianza, y que ahora tiene un papel decisivo en las contradicciones surgidas en torno al Opus Dei. Don Alvaro sube solo a la casa; se quedan en el coche el Padre e Ignacio.

«Como es lógico, yo respetaba su silencio y encomendaba. De pronto el Padre se echó a llorar con el rostro entre las manos, con un llanto que se notaba que era de hondo dolor del corazón. Yo me quedé en un silencio respetuoso de su sufrimiento. Poco después, el Padre me pidió perdón con una delicadeza conmovedora»(13).

Pero jamás se entrega a su dolor, que es por el Opus Dei. Quiere dejar, más bien, la impronta de su gozo inconmovible ante los acontecimientos adversos. En el verano de 1951, en el jardín de Villa Tevere(14), le dice a Cormac Burke, su primer hijo irlandés:

«Nosotros tenemos que ser hombres que sepan plantar árboles de modo que den sombra a los que vendrán detrás »(15).

Y también aprovecha, constantemente, la cercanía de sus hijos que le brinda la vida en familia, para perfilar el espíritu de la Obra en lo cotidiano, en lo habitual, sin perder el pulso de las cosas pequeñas, de los encuentros habituales con Dios, por otros grandes acontecimientos, ya sean favorables o adversos.

En ocasiones, cuando está disfrutando de una reunión grata, pregunta si ha transcurrido el tiempo previsto y deben terminar. Si la respuesta es afirmativa, se levanta en el acto, coge la silla en la que ha estado sentado y la coloca en su sitio, junto a la pared. Y dice:

-«La santidad está sobre todo en esto», y señala el reloj, «y en esto», e indica la perfecta colocación de la silla(16).

Y entonces, se marcha. Lección viva de puntualidad y orden que había dejado escrita en el punto 79 de «Camino»:

«¿Virtud sin orden? -¡Rara virtud!».

Junto a la comprensión y buen humor, muestra también una exigencia total.

En el Colegio Romano tiene lugar una meditación dirigida por el Padre, un día en que los obreros martillean su trabajo en los tabiques vecinos. Tras dos minutos de haber empezado a hablar, entra uno con retraso en el oratorio. Se interrumpe y hace la siguiente afirmación:

-«Los golpes de martillo de los obreros no me perturban porque están haciendo lo que deben. Pero c1ue mis hijos lleguen tarde no lo puedo y no lo quiero soportar» (17).

No es la meticulosidad horaria, sino el amor que ha de informar la puntualidad. Vivir el «minuto heroico» a la hora de iniciar el día es sobreponerse al frío, al calor, al cansancio, por Aquel que espera un gesto de entrega. En modo alguno esta exigencia irá desprovista del más ancho y profundo cariño a sus hijos.

Muchas veces, aprovechando una pausa en el trabajo, se sentará en el Arco dei Venti, una zona del jardín, para charlar con alguno que ha encontrado de camino: para conocerle más, animarle, para manifestar con los que tiene más cerca el afecto que siente por todos.

Un día de 1960 llama a un alumno del Colegio Romano por el teléfono interior de la casa, y tiene una larga conversación con él:

«¡Cómo te quiero, hijo mío! ¡Cómo os quiero! (…). Os quiero con toda mi alma (…).

Séme fiel, hijo mío. Acuérdate a la vuelta de unos años, cuando el Señor me haya llamado a mí. Tú seguirás aquí, y entonces acuérdate de esto que te decía el Padre: ¡sé fiel, hijo mío! (…).

Este cariño que os tengo -que no es caridad oficial, seca, sino amor humano porque os quiero con toda el alma- es mi tesoro. Cuando seas viejo di siempre que el Padre os quería así. Os quiero porque sois hijos de Dios (…); os quiero porque sois muy majos y muy fieles (…).

Dios te bendiga, hijo mío. Pero no lo olvides: sé fiel. Y reza mucho por el Padre (…). Sé humano, que es la única forma de ser divino. Y sé fiel»(18).

No es extraño que sus hijos respondan a esta solicitud con la medida de su mejor lealtad. Años más tarde, don Alvaro del Portillo mandará esculpir una lápida con la imagen del Buen Pastor tal y como se venera en una catacumba de Roma. Grabados al pie irán los versos de Juan del Enzina:

«Tan buen ganadico, y más en tal valle, placer es guardalle… ».

Es un símbolo de los desvelos del Padre por los miembros de la Obra. Pero dicho con aire lírico, de almas en paz, que saben cantar por encima de todas las dificultades. Y el Fundador se conmueve y apoya su entrega en las últimas líneas de la canción-poema:

«y tengo jurado de nunca dejalle, mas siempre guardalle».

Los que trabajan junto a él en el gobierno interno de la Obra notan su influjo constante: una gran seguridad, una certeza especial. No es la impresión que puede captarse cerca de una fuerte personalidad humana -que evidentemente el Padre tiene-, sino algo superior, derivado de una realidad sobrenatural. Este sentimiento irradia paz aun en los momentos que pueden parecer más difíciles y lleva a pensar, profundamente, en la santidad personal del Fundador.

Begoña Alvarez recuerda con claridad las palabras del Padre al definir -en una ocasión- las medidas que han de tomar aquellos que tienen la misión de gobernar:

«Es rezar por todos, preocuparse por todo, decir las cosas de modo que nos entiendan, tener caridad con todos y con cada uno» (19).

La claridad en los fines, el sacrificio en los medios y el amor como una avalancha que inunda de espíritu la letra, van configurando el orden interno en la Obra. El Padre permanecerá muchos años en Roma, dedicado a un trabajo con el que describirá, sin fisuras, la acabada imagen que Dios le hizo ver el 2 de octubre de 1928.

TRABAJO PARA TODO EL AÑO

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Durante mi veraneo en el balneario de El Pinar, en Uruguay, una señora vino la primera semana a ayudarme en la limpieza de la casa. Conversando con ella, me dijo que era católica. Aproveché la oportunidad para darle la Hoja Informativa y una estampa con la oración para la devoción privada a Mons. Escrivá de Balaguer, diciéndole que rezase la oración siempre que pudiera, pues le ayudaría mucho. Ella me respondió:

–Dios quiera que me ayude a conseguir un trabajo estable para todo el año, ya que lo necesito mucho. Mi marido no gana lo suficiente y queremos terminar la casa donde vivimos, pues la estamos construyendo nosotros.

Antes del fin de semana regresó para decirme:

–Señora, el Padre de su estampa es milagroso; me han llamado de una confitería para hacerme cargo de la cocina durante todo el año. Vengo a despedirme porque no la podré ayudar, pero le mando una señora que también necesita trabajo. Ella se hará cargo de la limpieza de la casa, durante las horas que usted desee.

También me dijo que antes le había sido imposible encontrar trabajo, y que desde que el Fundador del Opus Dei le concedió este favor, ha comenzado a rezar diariamente la oración de la estampa.

7. Medios y obstáculos

fundador  Tagged , , , , , , , No Comments »

“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El fin del Opus Dei es sobrenatural, y por eso los medios adecuados para llevarlo adelante son sólo sobrenaturales: la oración, la mortificación, el trabajo santificado y ofrecido a Dios. Desde una visión humana, sorprende la desproporción entre el inmenso horizonte de apostolado que el 2 de octubre descubre en su alma aquel sacerdote de veintiséis años y la escasez de medios de que dispone.

–Era tal la visión sobrenatural de nuestro Fundador, que rechazó siempre con fuerza la tentación de considerar “imposible” lo que el Señor le pedía: ¡Imposible! Si lo hubiese pensado, si no hubiese tenido confianza plena en Dios, que cuando pide algo da todas las gracias necesarias para poderlo hacer, aún estaría repitiendo esa palabra –¡imposible!–, como un retrasado mental: así lo hubiese hecho si me hubiera dejado llevar por la visión humana, o por los consejos de algunos.

Con una confianza en Dios inquebrantable, contempló desde el principio la Obra proyectada en el futuro y, a pesar de que a muchos les parecía un sueño maravilloso, hablaba con plena seguridad, como si ya lo tuviese delante de los ojos, de todo aquello que el Señor haría realidad con el transcurso de los años.

Recuerdo un suceso de agosto de 1958, durante una de las estancias de nuestro Fundador en Londres. Un día caminaba con algunos de nosotros por las calles de la City y, al pasar ante la sede central de los bancos más famosos y de las más antiguas empresas comerciales e industriales, se quedó sobrecogido por aquel poderío. Por contraste, sintió toda su personal debilidad. El Señor permitió que en ese momento el Padre se diera cuenta muy vivamente de su impotencia para llevar adelante, tan sólo con sus propias fuerzas, la empresa sobrenatural que le había sido confiada. Pero le reafirmó al mismo tiempo con una locución interior, que dio nuevo brío a su esperanza: “Tú no puedes, pero Yo sí”.

El Padre no se limitaba a rezar intensamente, sino que pedía oraciones a todos, con inmensa fe.

–Lo muestra, entre miles, este suceso. Durante los años que precedieron a la guerra civil se fue afirmando en Madrid una cultura rabiosamente anticlerical. Entre otros, se publicaba un periódico, El Sol, que se distinguía por sus ataques continuos contra la Iglesia: tenía una enorme difusión, porque estaba muy bien realizado desde el punto de vista técnico y contaba con las firmas más prestigiosas del momento: los mejores periodistas y los más prestigiosos representantes de los ambientes laicistas del país. Nuestro Fundador conocía a una mujer a la que todos llamaban “Enriqueta la Tonta”: lo que hoy diríamos una disminuida; pero que tenía mucha fe y una gran delicadeza de espíritu. Un día el Padre le pidió que rezara por una intención suya: el cierre de aquel periódico tan nocivo. Al cabo de pocos meses, El Sol quebró, inexplicablemente, y no volvió a publicarse.

El Padre buscaba el apoyo de la oración del mayor número de personas, incluso de las que no conocía: por ejemplo, sacerdotes que encontraba por la calle, o fieles que veía en la iglesia, especialmente recogidos. Es significativo el modo en que conoció a don Casimiro Morcillo, que llegaría pronto a ser Vicario de Madrid, luego Arzobispo de Zaragoza, y finalmente Arzobispo de Madrid. En los primeros años treinta, el Padre se cruzaba cada mañana, muy temprano, con un sacerdote al que veía siempre muy recogido. Un día le paró, y le pidió también que rezase por una intención suya. Don Casimiro se quedó sorprendido. Al poco tiempo empezaron a tratarse y se hicieron amigos. Más tarde, recordando aquel encuentro, nuestro Fundador dijo al futuro arzobispo: Cuando te abordé en la calle sin conocerte, me tomarías por un loco. Y don Casimiro, riendo, replicó: “¡Ah!, un poco sí, porque la verdad es que nadie me había parado nunca en mitad de la calle para pedirme oraciones”.

Se comprende que el Fundador haya querido para los miembros de la Obra una intensa vida de oración, que prevé momentos concretos de trato con el Señor, durante la jornada, a los que siempre se concede primacía, por muy urgente que sea el trabajo.

–A este propósito recuerdo un suceso que no puedo dejar de evocar sin emocionarme. En 1943 sus hijas empezaron a encargarse de la administración doméstica de la residencia de estudiantes situada en el Paseo de la Moncloa, de Madrid. Eran tiempos difíciles, pues hacía muy poco que había terminado la contienda civil española y la guerra mundial estaba en pleno apogeo. Además de la dificultad para encontrar alimentos, no se habían terminado aún las obras del edificio, y la casa estaba llena de operarios. Quizá por el peso de aquellas dificultades, el 23 de diciembre dos de sus hijas confiaron a nuestro Fundador que no podían sacar adelante su trabajo en esas circunstancias; sólo conseguían desastres; y, como consecuencia de todo, estaban descuidando la oración, la vida interior. Al escucharlas, el Padre no pudo contener las lágrimas. Después, tomó una cuartilla y escribió:

1. sin servicios

2. con obreros

3. sin accesos

4. sin manteles

5. sin despensas

6. sin personal

7. sin experiencia

8. sin división del trabajo

––––––––––––––––––––––––––––

1. con mucho amor de Dios

2. con toda la confianza en Dios y en el Padre

3. no pensar en los “desastres” hasta mañana durante el retiro.

A los pocos días le preguntaron al Padre el motivo de aquellas lágrimas, y respondió: lloré, hija mía, porque no hacíais oración. Y, para una hija de Dios en el Opus Dei, el trabajo más importante, ante el que hay que posponer todo lo demás es éste: la oración. La lucha interior, por encima de cualquier inconveniente: éste es el medio que siempre ha allanado las dificultades aparecidas a lo largo del camino del Opus Dei.

El Fundador repitió muchas veces que el Opus Dei nació en los hospitales y en los barrios pobres de Madrid, porque, desde el primer periodo de la fundación, confiaba sus intenciones a la oración de los enfermos y de los más abandonados.

–El Señor acogía aquellas oraciones y bendecía con la cruz los primeros pasos de la Obra. En el Hospital del Rey, donde iban a parar casos tan desesperados que era conocido popularmente con el nombre de “Hospital de los incurables”, ingresó María Ignacia García Escobar, una de las primeras mujeres que pidieron la admisión en el Opus Dei y que murió de tuberculosis diecisiete meses depués. Aprendió de nuestro Fundador a ofrecer sus sufrimientos por la Obra, como escribió en un cuaderno: “Hace falta poner bien los fundamentos. Por eso debemos hacer que los cimientos sean de granito; que no nos suceda como al edificio de que habla el Evangelio, que fue construido sobre la arena. Los fundamentos bien hondos, después vendrá el resto”.

Luis Gordon fue otra de las primeras vocaciones. Era un joven ingeniero, de muy buen espíritu. Por su madurez y sus virtudes, nuestro Fundador habría podido apoyarse mucho en él. También murió prematuramente. El Padre aceptó serenamente su pérdida y escribió algunas consideraciones conmovedoras sobre la ayuda que prestaría a la Obra desde el Cielo.

En 1944, Juan Fontán, sin ser de la Obra, ofreció su vida por los tres primeros miembros del Opus Dei que recibirían la ordenación sacerdotal poco después. Nuestro Fundador vivía y difundía continuamente una profunda Comunión de los Santos; y, entre otras cosas, tuvo siempre la costumbre de aplicar por las almas del Purgatorio todas las indulgencias que lucraba.

La guerra civil española fue ciertamente un duro obstáculo que amenazaba con obstruir el camino de la Obra apenas nacida. En las biografías del Fundador hemos leído detalles impresionantes sobre aquel periodo, en que el que se vio obligado a peregrinar de un escondite a otro, en constante peligro de muerte, hasta que consiguió cruzar la frontera y pasar por Andorra a la zona libre. No le pido que me resuma aquellos acontecimientos, que por sí solos llenarían un libro; pero le rogaría que contase algún episodio particularmente significativo de las reacciones sobrenaturales del Fundador ante la adversidad.

–Fueron momentos verdaderamente terribles. Nuestro Fundador, ya muy conocido en Madrid como sacerdote, fue perseguido por facciones anticlericales, que le buscaron con verdadero odio y ensañamiento y llegaron incluso a asesinar en su lugar a una persona desconocida, confundidos por su semejanza física con el Fundador del Opus Dei.

Nuestro Padre fue escondido durante algún tiempo por el doctor Suils, viejo amigo de su familia y compañero suyo de Instituto, que dirigía una clínica psiquiátrica donde acogió valientemente a algunos refugiados que se hacían pasar por locos.

Del 14 de marzo al 31 de agosto de 1937, vivió en la Legación de Honduras, con un pequeño grupo de hijos suyos, entre los que estaba yo también, imprimiendo heroicamente un ritmo de “normalidad” humana y espiritual a aquellas jornadas de encierro que para el resto de los refugiados eran sólo motivo de angustia.

Esta carta suya, escrita a sus hijos de Valencia el 18 de septiembre de 1937, puede dar una idea precisa del estado de ánimo y de la vibración de nuestro Fundador. Debo aclarar que, para evitar la censura, usaba un lenguaje en clave, fácilmente comprensible por los destinatarios; así, “el abuelo” o “mi hermano Josemaría” eran él mismo; “don Manuel”, el Señor:

¡Peques! El abuelo tiene muchas ganas de abrazaros, pero siempre se le estropea la combinación. Convendrá así. Con todo, ¡quién sabe!, no desespero de que se me cumplan pronto los deseos. En fin…, Don Manuel sabe más.

Una noticia atrasada: me han dicho –a mí y en mi cara– repetidas veces que a mi hermano Josemaría le encontraron colgado de un árbol, en la Moncloa, según unos; otros, en la calle de Ferraz. Hay quien identificó el cadáver. Otra versión de su muerte: que lo fusilaron.

Suponed la cara del abuelo, ante tamañas noticias. Verdaderamente sería de envidiar, para un loco como mi hermano, un final así con el aditamento de la fosa común. ¡Qué más habría deseado el pobre, cuando se vio moribundo, en la habitación lujosa de un sanatorio caro! Digo mal: esta manera de fenecer (normal, sin ruidos, ni espectáculo), como un cochino burgués, está en mejor acuerdo con su vida, su Obra y su camino. Morir así –¡oh, Don Manuel!–, … pero loco, de mal de Amor.

Durante toda su vida el Padre encomendó en la Santa Misa a aquel hombre, asesinado en su lugar.

Antes, el 1º de octubre de 1936, había ocurrido otro suceso que se grabó en mi memoria, cuando sólo tenía veintidós años.

Estábamos escondidos en un chalet de la calle Serrano, cuando mi hermano Ramón vino a advertirnos de que los milicianos estaban registrando otras casas de la familia propietaria del chalet. El Padre le dijo entonces a Juan Jiménez Vargas que buscase otro refugio. A mi hermano Pepe y a mí, que no sabíamos qué hacer, nos aconsejó que nos quedásemos un día más, hasta ver los resultados de las gestiones. Entretanto, después de varias llamadas teléfonicas, consiguió hablar con José María González Barredo, quien le aseguró que podría dar con otro escondite. Entonces nuestro Fundador salió para verse con él; más tarde, después de eludir la vigilancia de los centinelas de la antigua Dirección General de Seguridad, volvió al chalet de la calle Serrano y se reunió con nosotros. Me saludó y rompió a llorar. “Padre, ¿por qué llora?”, le pregunté.

Me impresionó mucho el dolor del Padre. Era extraordinariamente sobrenatural, y por esto mismo, también muy humano: quería a sus amigos con todo el corazón. Me he enterado de que han asesinado a don Lino, dijo, y me contó que en aquellas horas en que había deambulado por las calles de Madrid se había enterado del asesinato de un sacerdote amigo, don Lino Vea–Murguía, y de nuevos detalles sobre el martirio de don Pedro Poveda, el Fundador de la Institución Teresiana, buen amigo suyo. Espero que muy pronto llegue a término su Causa de Beatificación.

Después me explicó por qué había vuelto con nosotros: se había encontrado con José María en el lugar convenido, en el Paseo de la Castellana. Jose María, después de saludarle con cariño filial y gran alegría, sacó del bolsillo del pantalón una pequeña llave y le dio una dirección, mientras decía:

–”Vaya usted a tal casa, entre y quédese allí. Pertenece a una famlia amiga mía, que se encuentra fuera de Madrid. El portero es persona de confianza.”

–Pero, ¿cómo voy a estar en un lugar ajeno? ¿Si vienen o llaman otras personas, qué digo?

Aquel hijo suyo, sin pensarlo mucho, respondió: “No se preocupe. Hay allí una sirvienta, una mujer que es también de toda confianza, y que podrá atenderle en lo que necesite”.

¿Qué edad tiene esa mujer?

–”Pues, veintidós o veintitrés años.”

Entonces, nuestro Fundador pensó: No puedo, ni quiero, quedarme encerrado con una mujer joven, día y noche. Tengo un compromiso con Dios, que está por encima de todo. Preferiría morir antes que ofender a Dios, antes que faltar a este compromiso de Amor. Y acercándose al sumidero de una alcantarilla, tiró la llave dentro.

Las contrariedades externas, aun duras y peligrosas, son, hasta cierto punto, “fáciles” de afrontar. Más difícil resulta la incomprensión, la hostilidad injustificada y preconcebida, aún más si procede de personas buenas, que pertenecen a la Iglesia. El Fundador debió experimentar los dos tipos de pruebas.

–Para hablar de este tema, ante todo deseo subrayar que nuestro Padre reaccionó siempre con espíritu sobrenatural, perdonando y olvidando prontamente las calumnias con humildad, con la máxima caridad hacia el prójimo, con hambre de justicia y con un silencioso abandono en la Voluntad de Dios.

De acuerdo con su ejemplo, me referiré ahora a estas cosas en líneas muy generales, lejos de cualquier victimismo y espíritu de revancha.

Ya he dicho que las incomprensiones comenzaron en la época de la fundación y de los primeros pasos del Opus Dei, entre los años 1930 y 1936. Se puede buscar una explicación que vaya a la raíz teológica del problema. En aquellos años, lo que nuestro Fundador veía en su alma con tanta claridad, gracias a una precisa iluminación divina –la llamada universal a la santidad–, aparecía como algo increíblemente audaz. Se lo he oído explicar muchas veces; en una ocasión, a finales de los años sesenta, con estas palabras: Cuando hace cuarenta y pico años, más o menos, un pobre sacerdote que tenía veintiséis, comenzó a decir que la santidad no era sólo cosa de frailes, de monjas y de curas, sino que era para todos los cristianos, porque Jesucristo Señor Nuestro dijo a todos sed santos como mi Padre celestial es santo… –lo mismo si es un soltero, que si está casado, que si es viudo: todos podemos ser santos–, decían que ese sacerdote era un hereje.

Algunos no lo acusaban de hereje, pero afirmaban que estaba loco: lo que hoy es doctrina común, entonces aparecía a los ojos de todo el mundo como un disparatón, según decía el Padre a veces con una expresión muy suya. Además, a la novedad de la doctrina que predicaba, se añadía la audacia de sus iniciativas apostólicas y la desproporción de los medios humanos de quien las promovía.

A la dificultad para comprender teológicamente el mensaje espiritual de nuestro Fundador, se añadían celotipias, envidias muchas veces inconscientes, una visión estrecha y casi “monopolística” de la pastoral. Resultaba inevitable que el soplo del Espíritu Santo, que alentaba el apostolado de nuestro Fundador, levantase una polvareda de desconfianza y hostilidad. La historia de la Iglesia muestra que el bien se abre siempre camino a duras penas.

A finales del 1939 y comienzos de 1940 arreciaron las calumnias contra el Opus Dei y su Fundador. Al principio no quería aceptar que era el blanco de una verdadera campaña denigratoria; pero, ante la evidencia de las pruebas, no tuvo más remedio que admitirlo. La Obra era acusada de herejía, de conspirar clandestinamente para encaramarse en el vértice del poder, de masonería, de antipatriotismo, etc. No se trataba de hechos aislados, sino de una auténtica campaña; quienes promovían estas calumnias no dudaron en acudir a las más altas esferas de la jerarquía eclesiástica, para sembrar desconfianza y sospecha respecto de la Obra y el Padre.

En una ocasión, fray José López Ortiz, agustino, que más tarde sería Obispo de Túy–Vigo, y arzobispo castrense de España, y que era entonces el confesor ordinario de nuestra residencia de Diego de León en Madrid, le entregó al Padre una copia de un “dossier reservado” sobre la Obra y su Fundador: los servicios de información de la Falange lo había hecho llegar a las autoridades locales, y a López Ortiz se lo facilitó una persona de su confianza. Aquel documento rebosaba calumnias atroces y significaba el comienzo de otra campaña difamatoria contra el Fundador. Recogía todas las maledicencias divulgadas con anterioridad. Yo asistí a aquella entrevista y confirmo lo que testimonia fray José: “Cuando Josemaría terminó la lectura, al ver mi pena, se echó a reír y me dijo con heroica humildad: No te preocupes, Pepe, porque todo lo que dicen aquí, gracias a Dios, es falso: pero si me conociesen mejor, habrían podido afirmar con verdad cosas mucho peores, porque yo no soy más que un pobre pecador, que ama con locura a Jesucristo. Y, en lugar de romper esa sarta de insultos, me devolvió los papeles para que mi amigo los pudiera dejar en el ministerio de la Falange, de donde los había cogido: ten, me dijo, y dáselo a ese amigo tuyo, para que pueda dejarlo en su sitio, y así no le persigan a él“.

Otras incomprensiones provinieron de familias, pocas ciertamente, de los chicos que frecuentaban las actividades apostólicas de la Obra, o de las de los propios miembros del Opus Dei. Casi siempre, en el origen de estos problemas, aparecían algunos religiosos que no vacilaban en difundir sospechas y desconfianzas: lo hacían desde el confesonario o yendo a visitar a las familias para ponerlas sobre aviso. Más de una vez el Padre tuvo que intervenir personalmente para poner remedio a las falsedades que divulgaban en aquellos hogares: Al principio de la Obra, hace treinta y tantos años, venían a mí algunos padres… indignados: porque había una campaña de calumnias dirigidas por unos determinados religiosos, que yo quiero mucho, y esas pobres familias estaban influidas. Era yo entonces un sacerdote joven –no tenía aún los cuarenta años– y les dejaba hablar. Cuando habían terminado, les decía: con la información que vosotros tenéis, yo pensaría como vosotros. De modo que estamos de acuerdo. Os diré más: seríamos tres los que estaríamos de acuerdo: ¡el diablo, vosotros y yo! Luego procuraba aclararles las cosas y quedábamos siempre muy buenos amigos.

Usted habla genéricamente de “religiosos”, y lo refiere con expresiones análogas a las del Fundador. Pero se trataba de personas muy concretas, y sabemos que procedió de la iniciativa de un jesuita. De aquí los comentarios sobre una supuesta enemistad entre el Opus Dei y la Compañía de Jesús.

–No se debe generalizar. La campaña calumniosa partió, efectivamente, de un jesuita que en aquel tiempo era muy influyente dentro y fuera de la Compañía, pero que, años después, abandonó el estado religioso y acabó apostatando de la Iglesia. El Padre intentó, desde el primer momento, hacerle comprender la naturaleza de nuestro trabajo, le perdonó de todo corazón y procuró luego ayudarle a través de miembros de la Obra, cuando estaba fuera de la Iglesia. Para hablar de ésta y de otras persecuciones que siguieron, utilizó siempre una frase de Santa Teresa: “la contradicción de los buenos”, y aplicó a los perseguidores el evangélico obsequium se praestare Deo (Ioh, 16,2), “pensando que agradaban a Dios”. Consideraba las contrariedades como una ocasión para purificarse y, al ver que procedían de personas pertenecientes a antiguas y gloriosas instituciones de la Iglesia, afirmaba que Dios quería servirse de un bisturí de platino.

Sobre sus relaciones con la Compañía de Jesús, respondió el propio Fundador en una entrevista concedida al corresponsal del New York Times, el 7 de octubre de 1966: En cuanto a la Compañía de Jesús, conozco y trato a su General, el Padre Arrupe. Puedo asegurarle que nuestras relaciones son de estima y de afecto mutuo.

Tal vez haya encontrado usted a algún religioso que no comprende nuestra Obra; si es así, se deberá a un equívoco o a una falta de conocimiento de la realidad de nuestra labor que es específicamente laical y secular y no interfiere para nada en el terreno propio de los religiosos. Nosotros no tenemos para todos los religiosos más que veneración y cariño, y pedimos al Señor que cada día haga más eficaz su servicio a la Iglesia y a la humanidad entera. No habrá nunca una pelea entre el Opus Dei y un religioso, porque hacen falta dos para pelear y nosotros no queremos luchar con nadie (Conversaciones, núm. 54).

Ésta fue su norma de conducta constante, y continúa siendo la nuestra.

A este propósito, recuerdo que el P. Arrupe fue la primera personalidad eclesiástica que llegó a los funerales del Fundador en la Basílica de San Eugenio, el 28 de junio de 1975. Vino con mucha antelación sobre el horario de la ceremonia. Estuvo recogido en oración más de una hora, mientras iban llegando los cardenales, obispos, embajadores, autoridades civiles y una gran multitud de fieles. Pero continuando con el hilo de la narración histórica…

–En 1941 las contradicciones se hicieron especialmente intensas en Barcelona, donde acababa de iniciarse de modo estable la actividad apostólica de la Obra, en un pequeño piso de la calle Balmes llamado el Palau, y los miembros del Opus Dei, todos universitarios, eran sólo media docena. Las calumnias a que me he referido antes se habían divulgado por toda la ciudad: en los ambientes eclesiásticos, entre las familias, en la universidad; los miembros del Opus Dei eran acusados públicamente de herejes e impostores.

Como es lógico, el Padre seguía muy de cerca el desarrollo de los acontecimientos de Barcelona, principalmente por la repercusión que podían tener en la vida interior de sus hijos y en el apostolado. Pero las acusaciones de orden político–religioso precipitaron las cosas de tal manera que llegó un momento en que no podía acercarse a la capital de Cataluña sin correr peligro de ser arrestado. El propio Nuncio, Mons. Cicognani, le advirtió y le aconsejó que, en caso de viajar a Barcelona, lo hiciera con nombre falso. Sin embargo, el Padre prefirió no valerse de esta estratagema y, cuando tuvo que ir a la capital catalana, puso el billete de avión a nombre de Josemaría E. de Balaguer, ya que era más conocido en aquella época como “Padre Escrivá”.

También en aquel viaje se detuvo en Barcelona lo mínimo indispensable: habitualmente se quedaba sólo un par de días, y se alojaba en casa de un sacerdote amigo suyo, don Sebastián Cirac.

El Gobernador civil de Barcelona, Correa Veglison, se excusaría años después diciendo: “Tales eran las cosas que decían de él, que hubiera enviado a la policía al aeropuerto a detenerlo”.

Nuestro Fundador se esforzó en que, incluso en aquellas circunstancias, sus hijos de Barcelona no faltasen nunca a la caridad, y les exhortó a callar, trabajar, sonreír y perdonar.

Además de un grandísimo consuelo, fue decisivo el constante apoyo del Obispo de Madrid, Mons. Leopoldo Eijo y Garay, que asumió una y otra vez, públicamente, la defensa de la Obra, y que dirigió una carta a dom Aurelio M. Escarré, Abad coadjutor de Montserrat, uno de los centros de irradiación espiritual más importantes de España. En aquella carta le decía entre otras cosas: “Créame, Rmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos”. Después le hablaba de la extrema docilidad del Fundador a su obispo y desmentía la calumnia relativa al “secreto” de la Obra. Aquella carta consoló a muchas familias y disipó las dudas y sospechas entre los eclesiásticos de aquella zona.

De 1946 en adelante, cuando nuestro Fundador se estableció definitivamente en Roma, continuaron las dificultades y las contradicciones.

Al surgir las primeras vocaciones del Opus Dei entre los estudiantes universitarios de Roma, el Señor permitió que algunas familias recibieran mal la vocación de sus hijos y llegaran a escribir al Santo Padre lamentándose, sin obtener, como es natural, el resultado que esperaban. El Fundador recurrió a los medios sobrenaturales y consagró las familias de los miembros de la Obra a la Sagrada Familia.

Durante el verano de 1951, como el precedente, nuestro Fundador permaneció en Roma. Sentía una gran inquietud, una turbación interior, porque el Señor le hacía intuir que se estaba tramando algo muy grave contra la Obra. Decidió acudir al único remedio que tenía a su alcance: los medios sobrenaturales. Y peregrinó a Loreto para consagrar la Obra al Corazón Dulcísimo de María. Era el 15 de agosto de 1951.

Algunos meses después de la Consagración de la Obra al Corazón Dulcísimo de María, el Cardenal Schuster, Arzobispo de Milán, encargó que dijeran a nuestro Fundador que se acordase de San José de Calasanz. De esta forma vino a saber lo que se estaba tramando: dividir la Obra en dos instituciones separadas, los hombres por un lado y las mujeres por otro, y decapitarla, expulsando al Fundador.

El 24 de febrero de 1952 el cardenal Tedeschini tomó posesión como Cardenal protector de la Obra, según el derecho entonces vigente. Poco tiempo después, el 20 de marzo, el Padre le llevó una carta –fechada unos días antes, el 12–, en la que explicaba la situación. Como siempre, le acompañé yo. El cardenal Tedeschini leyó la carta con calma, delante de nosotros, y dijo que se la haría llegar al Papa. El texto estaba lleno de caridad hacia los que habían urdido aquella trama, y el Padre mostraba que no había ningún motivo para tomar medida alguna contra la Obra. El Papa, después de leerla, dijo al cardenal: “¿Pero, quién ha pensado hacer eso?” Era evidente que todo se había urdido sin conocimiento del Santo Padre Pío XII.

Así se desvaneció aquel ataque contra el Fundador y contra la Obra: era la respuesta de la Virgen a la consagración del Opus Dei hecha el 15 de agosto de 1951.

La referencia a San José de Calasanz confirma que también el Beato Josemaría fue tratado como muchos Fundadores que han pasado a la historia por su santidad, mientras que nadie recuerda el nombre de sus calumniadores.

En cualquier caso, entonces y siempre, nosotros aplicamos la norma de nuestro Fundador: Perdonar, callar, rezar, trabajar, sonreír.

TRABAJO PARA TODO EL AÑO

compromiso  Tagged , , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Durante mi veraneo en el balneario de El Pinar, en Uruguay, una señora vino la primera semana a ayudarme en la limpieza de la casa. Conversando con ella, me dijo que era católica. Aproveché la oportunidad para darle la Hoja Informativa y una estampa con la oración para la devoción privada a Mons. Escrivá de Balaguer, diciéndole que rezase la oración siempre que pudiera, pues le ayudaría mucho. Ella me respondió:

–Dios quiera que me ayude a conseguir un trabajo estable para todo el año, ya que lo necesito mucho. Mi marido no gana lo suficiente y queremos terminar la casa donde vivimos, pues la estamos construyendo nosotros.

Antes del fin de semana regresó para decirme:

–Señora, el Padre de su estampa es milagroso; me han llamado de una confitería para hacerme cargo de la cocina durante todo el año. Vengo a despedirme porque no la podré ayudar, pero le mando una señora que también necesita trabajo. Ella se hará cargo de la limpieza de la casa, durante las horas que usted desee.

También me dijo que antes le había sido imposible encontrar trabajo, y que desde que el Fundador del Opus Dei le concedió este favor, ha comenzado a rezar diariamente la oración de la estampa.

«He trabajado como un indio y…»

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , Comentarios desactivados

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

A la gente del Opus Dei hay que encontrarla en la calle, es decir, en el lugar donde trabaja o donde vive, y no es fácil que se pongan a contar su vida –vidas corrientes de personas corrientes– al primero que se acerque, sobre todo en lo que se refiere a su aspecto más íntimo, que es el espiritual. No podía ser de otro modo. Como la absoluta mayoría de los habitantes de este planeta, ninguno de ellos se siente noticia. Llegarán a serlo algunos, como cualquiera, por sus actividades, pero nunca por el hecho de pertenecer al Opus Dei. Por eso tienen verdadero mérito periodístico las entrevistas rápidas y vivas que hicieron a algunos miembros de la Obra varios periodistas, y que nos pueden ofrecer un animado mosaico de la cercana realidad del Opus Dei.

Manuel, por ejemplo, es un industrial catalán que se hizo a pulso en la vida. Tiene setenta y dos años y cuatro hijos varones.

–¿Cuándo conoció el Opus Dei?

–En 1951. Entonces mi segundo hijo, Antoni, estudiaba para ingresar en Ingenieros Industriales, aquí en Barcelona. Yo observé que todas las tardes él se marchaba, aparecía a la hora de cenar, y luego se quedaba a estudiar por la noche. «¿Dónde vas?», le pregunté. «Al Colegio Mayor Monterols, del Opus Dei», me contestó. «¿Y eso qué es?», volví a preguntar. Me dijo que allí estudiaban y me dio una explicación somera, añadiendo: «Si quieres enterarte de más, en Monterols te lo explicarán». La primera gestión que hice al día siguiente fue ir a ver a un fraile dominico, al que conocía, y le dije: «Tengo un hijo que frecuenta una residencia del Opus Dei; ¿qué le parece?, ¿qué debo hacer» Y me dijo: «Te contestaré con cuatro palabras: vale mucho más que vaya allí que a cualquier otro sitio; no te preocupes».

–¿Y se quedó usted tranquilo?

–Se lo dije a mi mujer y fui a Monterols. «Soy padre de Antoni y quisiera saber de buena tinta qué es el Opus Dei». El Director me lo explicó y me enseñó todo. Me habló del Fundador de la Obra, de que quien recibe esta vocación se guía por unas normas de vida cristiana, de que es una manera de procurar que la gente se santifique en su trabajo, donde Dios le ha puesto… Y yo pensaba mientras le oía: «He trabajado como un indio, no sé lo que son sábados, fiestas, ni vacaciones, de día y de noche… y cuántas veces me he preguntado, ¿para qué te servirá todo esto?»… Al salir de allí me dije: «Hoy he descubierto la cosa mayor de mi vida; esto me cuadra; he trabajado como un indio, desordenadamente, sin más, y resulta que trabajando puedo además santificarme. ¡Esto es fantástico! ». Luego, mi hijo mayor me invitó a un curso de retiro espiritual, y fui conociendo más a fondo el Opus Dei. Y mi hijo Antoni, muy satisfecho. El ya era de la Obra. Siguió estudiando y acabó la carrera, se consiguió él mismo una beca del gobierno americano y se fue dos años a Boston, al MIT, para estudiar. Ahora hace tres años que se fue como profesor de matemáticas a la Universidad de Ibadan, en Nigeria, pagado por la Universidad de Londres.

–¿Qué le decidió a usted a hacerse del Opus Dei?

–Conocer esta elemental base de su espiritualidad: que sin ser un anacoreta, ni un fraile, ocupándome de mi trabajo y de mi familia, podía buscar la santidad. Primero fui Cooperador del Opus Dei, y al cabo de un tiempo pedí la admisión.

–¿Qué hacía como Cooperador del Opus Dei?

–¿Qué hacía?… Rezar cada día por la Obra, ayudar con dinero a una labor apostólica y tratar de acercar a Dios a mis familiares, amigos de la profesión y a otros amigos.

–¿Y qué le da el Opus Dei?

–Me da continua formación y dirección espiritual. No sé… no me da nada más… y nada menos; me ayuda en lo espiritual, que es lo verdaderamente interesante. Como padre de un chico del Opus Dei, que dedica todo su tiempo a Dios y al apostolado, no hay que negar que recibimos, de momento, un golpe: al marcharse de casa nos pareció que le perdíamos; pero al pasar los años, vemos que le ganamos; lo hemos perdido mucho menos que a otros hijos. Nos escribe muy frecuentemente. La familia entera le admira. Cuando alguien me ha hablado de intereses, le he preguntado: « ¿Os parece que se lo pasará cañón?». Un chico que se va voluntariamente a Nigeria a empezar la labor apostólica del Opus Dei –con lo que cuesta empezar de cero cualquier cosa–, con unas temperaturas de 35 grados todo el año, con esa cantidad de mosquitos, en un medio social tan distinto… para mí esto es fenomenal, y a ver quién puede criticarlo. Lo estoy viviendo día a día con él. Podéis multiplicarlo por lo que queráis. Como él son todos los que he conocido. Nuestro hijo, esté donde esté, aparte de la frecuencia con que nos escribe, no se olvida jamás –es de una puntualidad cronométrica– de felicitarnos en todas las ocasiones…, más que los que están cerca. La distancia es sólo física. A mí y a mi mujer nos parece que le tenemos al lado… Uno de mi familia no quiere ni oír hablar del Opus Dei, y sin embargo, dice: «Ah, pero Antoni es una excepción». «¿Crees –le contesté– que se ha hecho el Opus Dei sólo para él? ¿Crees que han fabricado sólo uno a su medida? No, hombre: Antoni no es un caso, no es una excepción…».


Actividad apotólica del Opus Dei en Hungría.

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

La actividad apostólica del Opus Dei en Hungría comenzó de modo estable en 1990. Ofrecemos algunos apuntes con motivo del reciente viaje del Prelado a Budapest.

Desde 1990 muchos húngaros han podido conocer con más profundidad el mensaje de la santificación de la vida ordinaria.

Opus Dei -

Es el caso de los estudiantes que pasan sus años universitarios en las residencias Orbánhegy y Fenyvesliget. “Hay mucha gente aquí en Hungría que espera que vosotros les llevéis a Cristo. ¡Eso es verdadera amistad!”, dijo el Prelado a los estudiantes de Orbánhegy en su viaje a Budapest a finales del mes pasado.

Opus Dei - Residentes de  Fenyvesliget cantaron al Prelado una canción típica.

Residentes de Fenyvesliget cantaron al Prelado una canción típica.

En Fenyvesliget las residentes le recibieron con los trajes típicos del país y con canciones populares. “También Jesús fue joven como vosotros. Cuando estudiéis o trabajéis, cuando estéis haciendo deporte o divirtiéndoos, preguntaos: ¿Lo haría Jesús así como lo estoy haciendo yo ahora?”

El Prelado recomendó al grupo de mujeres que participan en los medios de formación cristiana que se ilusionen por compatibilizar su vida profesional y familiar “con paz, en la presencia de Dios, y haciendo las cosas con la mayor perfección posible para poder convertirlo en oración”.

Opus Dei - Con una  familia de Budapest.

Con una familia de Budapest.

También algunos sacerdotes diocesanos de Hungría han encontrado ayuda en el espíritu que difundió san Josemaría. A un grupo, monseñor Echeverría les aconsejó “ser muy fieles al Obispo, cuidar la amistad con los hermanos en el sacerdocio -sobre todo con los que están solos o enfermos-, rezar mucho por los demás y especialmente por Papa”.

El Prelado acudió a rezar a la iglesia de Santa Anna (Belvárosi Szent Anna Templom), templo que el Obispo local ha confiado a sacerdotes de la Prelatura.

Es la tercera vez que el Prelado acude a visitar a los fieles y amigos del Opus Dei a Budapest. Las anteriores fueron en 1995 y 2005.

Don Álvaro y la fe de una familia

D. Álvaro  Tagged , , , , , , , , No Comments »

El 23 de marzo se cumple un nuevo aniversario de la partida al Cielo de Monseñor Álvaro del Portillo. Para recordarlo, publicamos la historia de Mateo, un favor concedido por su intercesión a una familia chilena que está convencida del poder de la fe y de la oración.

Opus Dei -  Jesús Brosel y María Cristina con Mateo.

Jesús Brosel y María Cristina con Mateo.

Esa tarde de noviembre de 2008, los Johnson Undurraga, como todos los domingos, se habían juntado con sus niños en la casa de sus padres, Hernán y María Cristina, en Huechuraba, cerca de Santiago. Después de alimentar a Lucas, su hijo menor, María Cristina Johnson, Maqui, fue a darle un vistazo al pequeño Mateo, de un año y ocho meses, que había dejado durmiendo la siesta. Al no encontrarlo, pensó que se había ido a ver las gallinas, su sitio preferido. Pero no. Recorrió toda la propiedad y al final llegó hasta la piscina, bastante retirada de la casa, “por si acaso”. Pensaba que el niño, tan pequeño, no se aventuraría solo hasta allí. No había nadie. De repente, volvió sobre sus pasos y vio, flotando, una mancha naranja, igual a la camisa de Mateo. Como loca, comenzó a gritar, sacó al niño del agua y le rogó a su papá, que había corrido a su encuentro: “¡sálvalo!”.

“Nunca en mi vida había hecho respiración artificial –recuerda Hernán Johnson– pero me puse a insuflar aire por la boca de Mateo y a rezar con todas mis fuerzas a Jesús, a don Álvaro del Portillo y a mi mamá (Inés Llona de Johnson, una de las primeras supernumerarias del Opus Dei en Chile). Como ella conoció mucho a don Álvaro, le pedí que lo ’importunara’ para que le rogara a Jesús que le devolviera la vida a Mateo. Así, seríamos tres los que acudiríamos al corazón misericordioso de Jesús.

Confieso que tengo una debilidad especial por este nieto. Cuando todos los días en la Misa, después de la Comunión, le digo a la Virgen que devuelvo en sus manos a Jesús niño –según una costumbre que aprendimos de nuestra mamá–, me imagino al niño Jesús con la carita de Mateo”.

Opus Dei -  Hernán Johnson, el abuelo: “Yo estaba absolutamente seguro de que Jesús  lo iba a salvar”.

Hernán Johnson, el abuelo: “Yo estaba absolutamente seguro de que Jesús lo iba a salvar”.

Hernán estuvo en esta tarea por minutos que le parecieron una eternidad, hasta que llegó Jesús Brosel, el papá, que, como buen catalán, ya se había vuelto a su casa en el mismo barrio, para ver un partido del Barcelona. Entre ambos trataron de hacer salir el agua del cuerpo totalmente inerte del niño que, según calcularon, había estado entre 10 y 15 minutos sumergido.

Aunque habían pedido ya una ambulancia, para ganar tiempo, subieron a Mateo en un auto y se dirigieron a Santiago, junto a una pediatra amiga y a una tía, que también se encontraban en la casa.

“Yo no sabía si rezar o desmayarme”
“Mi tía tenía algunas estampas de don Álvaro y dijo recémosle, porque necesitamos un milagro. Yo no sabía si quería rezar o desmayarme para olvidar todo y despertar después como de una pesadilla”, cuenta Maqui, la mamá. “La tía me animaba, diciéndome que estaba segura que mi hijo se iba a salvar. Rezamos nueve veces la oración de la estampa hasta que nos encontramos con la ambulancia que venía bajando por Vespucio. La hicimos parar y trasladamos a Mateo. Al verlo, los paramédicos nos dijeron que el niño ya estaba muerto y que era inútil entubarlo. La pediatra que venía con nosotros convenció al equipo de la ambulancia que le pusieran oxígeno, argumentando que aún se le sentía el pulso débilmente y ‘con los niños todo puede pasar’. Mientras trasladábamos a Mateo, se produjo un enorme taco en Vespucio que mi tía aprovechó para repartir estampas de don Álvaro entre los ocupantes de los autos, los curiosos y hasta los limpiadores de parabrisas, pidiéndoles que rezaran por el niño.”

Como el Hospital Roberto del Río estaba más cerca, lo llevaron allá. Los médicos que lo recibieron no dieron ninguna esperanza: era muy difícil que Mateo sobreviviera y, si lo hacía, las secuelas serían extremadamente severas.

Conocidos y desconocidos empezaron a pedir
“Yo estaba absolutamente seguro de que Jesús lo iba a salvar –dice el abuelo–, y rezaba con una confianza total. Cuando dos de mis hijos llegaron llorando, me enojé con ellos por su falta de fe”.

María Cristina Undurraga, la abuela, cuenta que ella pasó una estampa con reliquia de don Álvaro por todo el cuerpecito inmóvil de Mateo “para que la curación fuera completa y no quedara con secuelas ni en su cerebro ni en sus extremidades”.

Inmediatamente que se supo la noticia, familiares, vecinos, amigos, conocidos y desconocidos empezaron a pedir. Cada día, a las 12, junto con el Angelus, se rezaba una estampa a don Álvaro. Por las tardes, la gente se apretujaba en la pequeña iglesia de Jesús esperanza de los pobres, en Huechuraba, para encomendar a Mateo.

“Mi tía Tere, numeraria del Opus Dei, me trajo los mails llegados de diferentes partes del mundo en que contaban que estaban rezando por mi hijo: Singapur, Israel, Roma, Madrid, Concepción…”, señala Maqui.

“Cuando la gente rezaba, Mateo mejoraba”
“Extraordinariamente, cada vez que la gente se juntaba para rezar, Mateo tenía alguna mejoría,” afirma su padre Jesús Brosel. “La primera fue el mismo domingo, cuando le pincharon un dedito del pie y encogió la pierna. El lunes llegué muy temprano al hospital y comencé a acariciarle la cabecita y a decirle palabras en catalán al oído. Al tomarle la manita, se movió con todo el cuerpo. Los doctores nos dijeron que era un buen signo pero que no nos hiciéramos ilusiones, porque era casi totalmente seguro que el niño tendría que estar en silla de ruedas por el resto de su vida. Pero, poco a poco, fue mejorando. El martes al mediodía le quitaron el respirador artificial y le dejaron una mascarilla. Como a las siete y media de la tarde, cuando estaban en Misa todos, le retiraron el oxígeno, porque ya no lo necesitaba. Por primera vez  dijo papá, mamá y pidió agua y su ‘tete’. Estas dos reacciones positivas se produjeron en los momentos en que la gente se había juntado a orar”.

El miércoles, los médicos consideraron que Mateo, fuera de riesgo vital, podía dejar la UTI y recomendaron que lo trasladaran a una clínica privada porque el personal del hospital estaba en paro y la atención en las salas no sería óptima.

En la clínica le hicieron  una resonancia magnética que dio como resultado una lesión profunda en el ganglio basal, que es el que afecta a los enfermos de Parkinson. El niño no se mantenía sentado y tampoco sujetaba la cabeza. Sin embargo, el mismo médico aseguró que no correspondía el resultado de la resonancia con el estado del chico. “De acuerdo al resultado del examen, el niño debería estar completamente postrado”, afirmó. Sin embargo, Mateo cogió en sus manos el encendedor que le alargaba su papá y luego se lo devolvió; reconocía a sus padres y podía hablar.

“No hay explicación médica”
“Esto es un verdadero milagro, aseguró el doctor. No hay explicación médica para lo que estoy viendo”. El jueves comenzó a mantenerse sentado. Le hicieron un nuevo examen y salió “perfecto”.

“Un joven médico de la Universidad de los Andes, amigo de un primo de Maqui, que estaba haciendo su práctica en la clínica, vino a rezar conmigo el Mes de María. El doctor que acababa de tomarle el examen a Mateo se acercó y dijo: vengo también a rezar con ustedes porque lo que estoy viendo no me lo puedo explicar”, cuenta Jesús.

“La neuróloga que lo veía nos dijo que no nos hiciéramos ilusiones, porque Mateo no sería el mismo, habría que enseñarle a caminar y también a hablar. Le preguntamos si Mateo se podría ir caminando a la casa y dijo que eso no iba a pasar. Tal vez podría caminar después de una larga rehabilitación, al cabo de un año o dos. Entonces empezamos a rezar con más fervor para que el milagro fuera completo y Mateo pudiera salir caminando de la clínica”, cuentan Jesús y María Cristina. “Para que se notara que Dios nos estaba escuchando y la recuperación era milagrosa.”

“Ahora el señor Del Portillo me cuida a míI”
“El domingo por la mañana, me desperté en la clínica muy temprano, como a las seis, y empecé a rezar: Señor, Tú me tienes que ayudar. Yo estaba seguro de que mi hijo se iba a recuperar porque nosotros habíamos perdido una hijita y en cierto modo sentíamos que Dios nos había enviado de regalo a Mateo. Saqué al niño de la cuna y lo llevé a la puerta de la habitación. Lo paré en el suelo y le dije: ven hacia mí. Y comenzó a cami…”, recuerda Jesús y no puede continuar por la emoción.

El martes, día en que se cumplía la novena a don Álvaro, al finalizar la Misa de la tarde en la capilla Jesús esperanza de los pobres, de Huechuraba, el Obispo monseñor Infante, que había celebrado todas las Misas por Mateo, anunció: les tengo una sorpresa. Y por la nave central, caminando de la mano de Jesús y Maqui, avanzaba Mateo… totalmente curado.

“La gente se puso a llorar de alegría, de emoción, cuenta la abuela, porque era palpable que el Señor estaba con nosotros y nos había escuchado. Fue algo maravilloso. Lo más lindo es que personas alejadas de la fe se sintieron removidas y la figura de don Álvaro, que muchos desconocían, pasó a ser la de un amigo. A veces, cuando bajamos por Vespucio hacia Huechuraba, uno de los  limpiadores de vidrios, luego de preguntar por Mateo, saca del bolsillo la estampita de don Álvaro y nos dice “ahora el señor del Portillo me está cuidando a mí”.

Los primeros años

fundador  Tagged , , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Josemaría recordará, muchos años más tarde, el día en que su padre le llevó a ver el primer avión. Aquello era una cosa tan rara que lo paseaban por las ferias de los lugares importantes. Don José dejó que se acercara para poder tocar aquel complejo armatoste hecho con telas, madera y alambres, y también para que pudiera ver cómo se elevaba, tras recibir un vigoroso impulso de la hélice.

Se inicia el desarrollo industrial, y las pequeñas capitales de provincia empiezan a recibir su colación de inventos y asombros de ingeniería. Un año es la lámpara de metal, que viene a deslumbrar las habitaciones desplazando a la ya exigua y primitiva de carbón. Otro, el primer automóvil que cruza las calles ensordeciendo con los estampidos del motor y la bocina.

Las hijas que han nacido en la casa de los Escrivá se llevan apenas un año y medio entre sí y han llenado el hogar de promesas y futuro. Mientras tanto, Carmen, la mayor, inicia su formación en el Colegio de las Hijas de la Caridad de Barbastro, sitio donde confluyen las amigas habituales de la pequeña ciudad. En esta etapa las labores femeninas ocupan un lugar preeminente, y es muy común hallar, entre los libros de lectura, latín y cuadernos de caligrafía inglesa, la lanzadera del «frivolité» y el mundillo con sus idénticos y numerosos bolillos para fabricar encaje. Adriana y Esperanza Corrales, Conchita Camps, Lola Bosch y Sabina Cortés son las amigas que frecuentan la casa de los Escrivá.

Josemaría comienza también muy pronto sus tareas colegiales. Alrededor de los cuatro años le llevan sus padres al Parvulario de las Hijas de la Caridad para que inicie las primeras letras. El pequeño está fuerte y desarrollado. Tiene un carácter vivo y bien dispuesto. Su hermana ha de frenar el dinamismo con que emprende, cada día, la ruta mañanera del colegio, porque coge a Carmen de la mano y baja corriendo las escaleras camino de la Plaza. Hay una monja que se ocupará de él en esta primera etapa: le enseñará a dar sentido a imágenes y símbolos. Es alegre, serio y afectuoso, este muchacho que llevan cuidadosamente vestido al aire de la época: blusón blanco y azul, pantalón marino hasta la rodilla y medias de listas, que se adentran en las pequeñas botas cerradas con botonaduras laterales. Aquí, en una clase grandota y soleada, la monja le irá contando, sobre láminas colgadas, los avatares y sentido de la Historia y la intervención de Dios en la vida de los hombres.

Pero mucho más intensa que la enseñanza diaria del colegio es la vida familiar, que le forma y le protege a través de la entrañable y ejemplar figura de sus padres. Josemaría camina por la casa siguiendo a doña Dolores por la minuciosa actividad de las faenas cotidianas. La ve organizando los trabajos del servicio de la casa y cuidando, con esmero, esas diarias cosas que casi forman parte del gesto familiar. Es testigo presencial de la ternura de su madre, del calor y de la entrega que hay en el trasfondo de su esplendidez, de su orden y elegancia. Por las mañanas y las noches, doña Dolores enseña a rezar a Josemaría, a dirigirse a Dios con amor y confianza. Sus padres llevan su mano trazando la primera cruz sobre la frente; le hablan de la Madre del Cielo, a la que debe querer y besar más aún que a la que tiene aquí, sobre la tierra. Le dicen despacio, para que repita y entienda la verdad de sus palabras, el ofrecimiento de obras que habrá de rezar toda su vida al acostarse y levantarse: «Todos mis pensamientos, todas mis palabras, y las obras todas de este día, te las ofrezco, Señor, y mi vida entera por amor»(8).

También trastea, cuando doña Dolores no le observa, y entra en los dominios de María, la cocinera, que anda con cien ojos porque sabe que, en el primer descuido, las manos del pequeño se llevarán las patatas recién fritas.

María narra siempre, a los niños, despacio, el mismo cuento. Mientras vigila el horno, el bizcocho, los asados o el aceite. Josemaría escucha, por centésima vez, el sucedido. Lo dice con la gracia campesina de Aragón, y vuelve a sonar inédito en la atención del niño.

Al acabar la jornada, don José viene andando despacio de la Plaza Servando, de la tienda. Algunas veces llegará cargado de dulces y «paciencias». Cosas que les gustan a los pequeños y que repartirá, con alborozo, en la tertulia que pone fin al día. Un rato más tarde, cuando el cierzo empieza a soplar sobre Barbastro y asoma la luz de las estrellas, don José les llevará a la cama y esperará a que llegue el sueño volviendo a invocar al santo nombre de Dios sobre sus almas.

A lo largo del tiempo, Josemaría sabrá soportar contradicciones y trabajos; en los momentos duros, contará con el recuerdo de la vigilancia fervorosa con que sus padres sembraron la fe y el cariño en el entorno diario de sus hijos.


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder