Fines exclusivamente espirituales

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

La responsabilidad personal de un miembro del Opus Dei es completa: ante su propia conciencia, ante los demás ciudadanos, ante el colegio profesional, sindicato o partido político a que pertenezca, ante las leyes civiles de su propio país. Por eso en su actividad pública, del tipo que sea, no representará jamás al Opus Dei, ni podrá actuar nunca en su nombre. Sus éxitos y sus fracasos serán siempre suyos, personales e intransferibles, pero no del Opus Dei, al cual le seguirá interesando siempre y solamente, en uno u otro caso, el progreso espiritual de esa persona.

«Sería absurdo e incluso molesto –escribía Mons. Herranz, en Nuestro Tiempo, en abril de 1957– que alguien felicitase a la Obra considerando como un triunfo del Opus Dei el éxito profesional, económico o político de algunos de sus miembros. No se enorgullece el Opus Dei, porque la gloria, el honor o lo que sea –si existe y si se merece– serán de la persona, nunca del Opus Dei, que no busca, ni quiere, ni acepta ningún provecho humano».

«No puede sorprender a nadie –dijo en cierta ocasión el Vicario Regional de la Prelatura en Alemania que cualquier persona del Opus Dei, en cualquier país, haga uso del derecho de sostener o defender opiniones que en conciencia considere acertadas. En este sentido, hay ciertamente diversidad de opiniones y divergencias políticas entre los miembros del Opus Dei. Esa realidad, basada precisamente en el derecho que tiene cada uno de defender sus opiniones personales, a la vez que respeta las de los demás, es una consecuencia del espíritu de libertad en que el Opus Dei forma a sus miembros». (Comunicado oficial recogido por el Informations–dienst de la agencia alemana KNA, el 18 de junio de 1960).

«He escrito hace tiempo –decía Mons. Escrivá de Balaguer a Julián Cortés Cavanillas en 1971– que, si alguna vez el Opus Dei hubiera hecho política aunque fuera durante un segundo, yo –en ese instante equivocado– me hubiera marchado de la Obra. Por tanto no debe ser creída ninguna noticia en la que puedan mezclar la Obra con cuestiones políticas, económicas ni temporales de ningún género. De una parte, nuestros medios son siempre limpios, y nuestros fines son siempre y exclusivamente sobrenaturales. De otra parte, cada uno de los miembros tiene la más completa libertad personal, respetada por todos los demás, para sus opciones ciudadanas, con la consiguiente responsabilidad, lógicamente también personal. Por tanto, no es posible que el Opus Dei se ocupe jamás de labores que no sean inmediatamente espirituales y apostólicas, que nada tienen que ver con la vida política de ningún país. Un Opus Dei metido en la política es un fantasma que no ha existido, que no existe y que nunca podrá existir: la Obra, si sucediera ese caso imposible, inmediatamente se disolvería».

Por su parte el norteamericano Dennis H. Helming termina así su testimonio personal:

«¿Qué influencia, pues, tiene el Opus Dei en mi vida? Busco su consejo espiritual, porque lo necesito y lo quiero. ¿Procuro ayudar a los demás por el mero hecho de pertenecer a la Obra? No. En todo momento cada miembro del Opus Dei mantiene su propia personalidad. No podría ser de otra manera. Por eso, yo no represento jamás al Opus Dei. Soy lo que soy, lo que he elegido ser, y yo sólo he de pechar con toda la responsabilidad de mis propias acciones y decisiones. Si me equivoco, soy yo quien merezco reproches. Si hago algo bien, preferiré que el mérito se atribuya a Dios, por Quien y con Quien lo hice. El Opus Dei me enseñó a dar valor sobrenatural a lo que hice y me animó a realizarlo. Pero fui yo quien lo hizo, porque quise. Aunque no sea menos cierto que no lo hubiera hecho así –o que tal vez no lo hubiera hecho en absoluto sin esa ayuda espiritual».

Podemos concluir, entonces, con dos afirmaciones evidentes. La primera es que sólo puede ser del Opus Dei quien comprenda su esencia sobrenatural, y entienda la libertad con plena responsabilidad personal. Y la segunda, que una institución de este tipo, cuya diversidad resulta naturalmente tan compleja, sólo puede ser dirigida, a nivel mundial, regional o local, con una «organización desorganizada». Porque en la «desorganización» está precisamente la libertad de cada miembro del Opus Dei.


Libertad y responsabilidad personal

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Observará el lector, como observo yo mientras escribo, que desde el comienzo de este capítulo, dedicado al gobierno del Opus Dei, estamos dando vueltas siempre en torno a la libertad y a la responsabilidad personal de los miembros de la Obra, que es esencial en la espiritualidad del Opus Dei y que explica la rápida difusión en el mundo entero de esta institución, eminentemente secular y comprensible sólo si se acepta su carácter sobrenatural como único denominador común. Porque, ¿qué otra cosa podría unir a gentes tan distintas, de origen tan diverso y de tantos países?… ¿Qué otra cosa podría atraer a su labor incluso a personas de otras religiones o de ninguna?…

Mons. Julián Herranz –en un artículo publicado en Cristianos Corrientes– ha estudiado a fondo este tema de la libertad y la responsabilidad personal de los cristianos, enlazando con rigor la más límpida tradición de la Iglesia con la encíclica Mater et Magistra de Juan XXIII y con la vida práctica de millones de personas.

Los miembros del Opus Dei –repetía Mons. Escrivá de Balaguer desde 1928– se unen «exclusivamente para recibir ayuda espiritual y formación cristiana, y para colaborar en las obras apostólicas de la Obra». No juntan sus esfuerzos, por tanto, para perseguir ningún fin de carácter temporal, ni el Opus Dei puede intervenir en esas actividades temporales de sus miembros, que son actividades de índole personal y privada. El Opus Dei se preocupa sólo de la formación religiosa y de la atención espiritual de los fieles de la Prelatura: en consecuencia, cada uno conserva la autonomía y la libertad para seguir –con plena responsabilidad personal– en sus actividades seculares la opinión que le parezca razonable, de acuerdo con la fe católica y con sus propios criterios particulares.

Porque –y aquí está la raíz jurídica del tema– la dependencia de los miembros a la Prelatura no se extiende al trabajo profesional o a las doctrinas políticas, económicas, etc., como sabe explícitamente toda persona desde el mismo momento de su incorporación al Opus Dei.

La Declaratio de la S. Congregación para los Obispos, publicada por orden de Juan Pablo 11 el 23–VIII82, despejaba todo género de dudas sobre el particular:

«Por lo que se refiere a sus opciones en materia profesional, social, política, etc., los fieles laicos que pertenecen a la Prelatura –dentro de los límites de la fe y de la moral católicas y de la disciplina de la Iglesia– gozan de la misma libertad que los demás católicos, conciudadanos suyos; por tanto, la Prelatura no hace suyas las actividades profesionales, sociales, políticas, económicas, etc., de ninguno de sus miembros

«Procede así el Opus Dei –explica Mons. Herranz– no por prudencia humana, táctica o comodidad, sino porque tiene plena conciencia de su participación en la única misión de la Iglesia, la salvación de las almas. Hay, sí, unos principios éticos generales de actuación temporal que, por ser propios del espíritu cristiano, han de ser también propios de todos los miembros del Opus Dei: respeto y defensa del Magisterio de la Iglesia; nobleza y lealtad de conducta, que favorece la caridad en el trato social; comprensión y respeto de las opciones ajenas; capacidad de sacrificarse en el servicio de los intereses de la comunidad civil, etc.

»Son principios éticos de conducta que tienen categoría de elemento básico, de cimiento; sobre él, luego, cada uno construye lo que puede, su propia opinión y actuación concreta, eligiendo libremente entre las diversas soluciones profesionales, sociales y políticas opinables, la que más le convenza. “Con esta bendita libertad nuestra –ha dicho Mons. Escrivá de Balaguer– el Opus Dei no puede ser nunca, en la vida política de un país, como una especie de partido político: en la Obra caben –y cabrán siempre– todas las tendencias que la conciencia cristiana pueda admitir, sin que sea posible ninguna coacción por parte de los directores internos”».

Las consecuencias prácticas de esta libertad, que está en la entraña del Opus Dei y que es condición esencial de su existencia, son tan variadas como el número de miembros y como las situaciones en que cada uno de ellos puede encontrarse a lo largo de su vida. «Si uno del Opus Dei –afirmaba, en marzo de 1962, la revista austríaca Der Grosse Entschluss–, que es zapatero, trabaja en una zapatería, no es el Opus Dei el que se dedica a hacer zapatos. Si uno que es economista y hombre de negocios, se asocia con otras personas para trabajar y poner en marcha una fábrica de automóviles, un banco o una empresa publicitaria, no es ciertamente el Opus Dei el que se dedica a fabricar automóviles, a realizar operaciones de banca o a anunciar frigoríficos. Todas esas son ocupaciones y actividades profesionales en las que trabaja el abogado, el zapatero, o el hombre de negocios, que es miembro del Opus Dei; como quizá también trabajarán en estas mismas actividades y empresas otros abogados, zapateros u hombres de negocios que serán, por ejemplo, miembros de la Acción Católica o de los Caballeros de Colón, o simplemente socios del Automóvil Club».

Una organización desorganizada

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

En sus conversaciones con los periodistas que quisieron saber a fondo, y de primera mano, lo que es el Opus Dei, Mons. Escrivá de Balaguer habló abundantemente con claros criterios de la organización de la Obra.

Al teólogo Dr. Pedro Rodríguez le hizo esta amplia descripción:

«Quiero decir que damos una importancia primaria y fundamental a la “espontaneidad apostólica de la persona”, a su libre y responsable iniciativa, guiada por la acción del Espíritu; y no a las estructuras organizativas, mandatos, tácticas y planes impuestos desde el vértice, en sede de gobierno.

»Un mínimo de organización existe, evidentemente, con un gobierno central, que actúa siempre colegialmente y tiene su sede en Roma, y gobiernos regionales, también colegiales, cada uno presidido por un Consiliario (actualmente se denomina Vicario Regional). Pero toda la actividad de esos organismos se dirige fundamentalmente a una tarea: proporcionar a los miembros la asistencia espiritual necesaria para su vida de piedad, y una adecuada formación espiritual, doctrinal–religiosa y humana. Después, “¡patos al agua!”. Es decir: cristianos a santificar todos los caminos de los hombres, que todos tienen el aroma del paso de Dios».

El Opus Dei, al llegar a ese límite, «ya no tiene que hacer, ni puede ni debe hacer, ninguna indicación más. Comienza entonces la libre y responsable acción personal de cada miembro. Cada uno, con espontaneidad apostólica, obrando con completa libertad personal y formándose autónomamente su propia conciencia de frente a las decisiones concretas que haya de tomar, procura buscar la perfección cristiana y dar testimonio cristiano en su propio ambiente, santificando su propio trabajo profesional, intelectual o manual. Naturalmente, al tomar cada uno autónomamente esas decisiones en su vida secular, en las realidades temporales en las que se mueva, se dan con frecuencia opciones, criterios y actuaciones diversas: se da, en una palabra, esa bendita “desorganización”, ese justo y necesario pluralismo, que es una característica esencial del buen espíritu del Opus Dei, y que a mí me ha parecido siempre la única manera recta y ordenada de concebir el apostolado de los laicos».

«Detcstamos la tiranía –le decía también el Fundador, el 16 de mayo de 1966, al corresponsal del diario parisiense Le Figaro, Jacques Guillemé–Brúlon–, especialmente con este gobierno exclusivamente espiritual del Opus Dei. Amamos la pluralidad: lo contrario no podría conducir más que a la ineficacia, a no hacer ni dejar hacer, a no mejorar».

Y al norteamericano Tad Szulc, del Neu, York Times, en octubre del mismo año:

«Como el Opus Dei es una organización sobrenatural y espiritual, su gobierno se limita a dirigir y orientar la tarea apostólica, con exclusión de cualquier tipo de finalidad temporal».

En el Opus Dei, efectivamente, no sólo se respeta, sino que se fomenta la libertad en el inmenso campo de las preferencias temporales. Así lo recordó –tras haberlo escuchado innumerables ocasiones de los labios de Mons. Escrivá de Balaguer– el Prelado del Opus Dei, a Miguel Castellví, de La Vanguardia: «No hay ninguna tensión en compaginar la libertad personal con la pertenencia al Opus Dei. En primer lugar, porque quien participa del espíritu de nuestra institución lo hace libremente; después, porque la Obra estimula la conciencia y el ejercicio de la libertad personal en todos los miembros, para que asuman con entera libertad, autónomamente, sus decisiones».

Julián Cortés Cavanillas, en una entrevista hecha en Roma y publicada en ABC (24 de marzo de 1971), planteó al Fundador una cuestión importante:

–En el Opus Dei tengo entendido que hay personas de distintas naciones y profesiones, de mentalidades diversas. ¿Representa este pluralismo un origen de tensiones para la institución?

Mons. Escrivá de Balaguer le respondió:

«Esta desemejanza es precisamente muestra de salud espiritual y de que la Obra es lo que Dios quiso que fuera. El pluralismo sólo ha sido posible, porque el vínculo que une a todas esas personas es exclusivamente sobrenatural. Créame, ésta es la mejor señal de que el Opus Dei no es más que una gran catequesis cristiana, en la que sólo se habla de Dios. Figúrese lo que pasaría, si, en la Obra, uno de sus miembros quisiera imponer sus personales criterios sobre cualquier materia temporal: ninguno de los otros lo toleraría, ni yo tampoco. A mí me basta conocer únicamente que, quienes se acercan al Opus Dei, aunque saben bien cuántas son sus personales limitaciones humanas, ponen esfuerzo en vivir como cristianos responsables con plena libertad individual y con la consiguiente personal responsabilidad, en el lugar donde sus propias preferencias y sus circunstancias particulares les han llevado a trabajar. Esto, como ve, no es difícil de entender».

TEMA 27. La moralidad de los actos humanos

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El obrar es moralmente bueno cuando las elecciones libres están conformes con el verdadero bien del hombre.

1. Moralidad de los actos humanos

«Los actos humanos, es decir, libremente realizados tras un juicio de conciencia, son calificables moralmente: son buenos o malos» (Catecismo, 1749). «El obrar es moralmente bueno cuando las elecciones de la libertad están conformes con el verdadero bien del hombre y expresan así la ordenación voluntaria de la persona hacia su fin último, es decir, Dios mismo». «La moralidad de los actos humanos depende:

— del objeto elegido;

— del fin que se busca o la intención;

— de las circunstancias de la acción.

El objeto, la intención y las circunstancias son las “fuentes” o elementos constitutivos de la moralidad de los actos humanos» (Catecismo, 1750).

2. El objeto moral

El objeto moral «es el fin próximo de una elección deliberada que determina el acto de querer de la persona que actúa».  El valor moral de los actos humanos (el que sean buenos o malos) depende ante todo de la conformidad del objeto o del acto querido con el bien de la persona, según el juicio de la recta razón. Sólo si el acto humano es bueno por su objeto, es “ordenable” al fin último.

Hay actos que son intrínsecamente malos porque son malos «siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa y de las circunstancias».

El proporcionalismo y el consecuencialismo son teorías erróneas sobre la noción y la formación del objeto moral de una acción, según las cuales hay que determinarlo en base a la “proporción” entre los bienes y males que se persiguen, o a las “consecuencias” que pueden derivarse.

3. La intención

En el obrar humano «el fin es el término primero de la intención y designa el objetivo buscado en una acción. La intención es un movimiento de la voluntad hacia un fin; mira al término del obrar» (Catecismo, 1752).  Un acto que, por su objeto, es “ordenable” a Dios, «alcanza su perfección última y decisiva cuando la voluntad lo ordena efectivamente a Dios”.  La intención del sujeto que actúa «es un elemento esencial en la calificación moral de la acción» (Catecismo, 1752).

La intención «no se limita a la dirección de cada una de nuestras acciones tomadas aisladamente, sino que puede también ordenar varias acciones hacia un mismo objetivo; puede orientar toda la vida hacia el fin último» (Catecismo, 1752). «Una misma acción puede estar, pues, inspirada por varias intenciones» (ibidem).

«Una intención buena no hace ni bueno ni justo un comportamiento en sí mismo desordenado. El fin no justifica los medios» (Catecismo, 1753). «Por el contrario, una intención mala sobreañadida (como la vanagloria) convierte en malo un acto que, de suyo, puede ser bueno (como la limosna; cfr. Mt 6, 2-4)» (Catecismo, 1753).

4. Las circunstancias

Las circunstancias «son los elementos secundarios de un acto moral. Contribuyen a agravar o a disminuir la bondad o la malicia moral de los actos humanos (por ejemplo, la cantidad de dinero robado). Pueden también atenuar o aumentar la responsabilidad del que obra (como actuar por miedo a la muerte)» (Catecismo, 1754). Las circunstancias «no pueden hacer ni buena ni justa una acción que de suyo es mala» (ibidem).

«El acto moralmente bueno supone a la vez la bondad del objeto, del fin y de las circunstancias» (Catecismo, 1755).

5. Las acciones indirectamente voluntarias

«Una acción puede ser indirectamente voluntaria cuando resulta de una negligencia respecto a lo que se habría debido conocer o hacer» (Catecismo, 1736).

«Un efecto puede ser tolerado sin ser querido por el que actúa, por ejemplo, el agotamiento de una madre a la cabecera de su hijo enfermo. El efecto malo no es imputable si no ha sido querido ni como fin ni como medio de la acción, como la muerte acontecida al auxiliar a una persona en peligro. Para que el efecto malo sea imputable, es preciso que sea previsible y que el que actúa tenga la posibilidad de evitarlo, por ejemplo, en el caso de un homicidio cometido por un conductor en estado de embriaguez» (Catecismo, 1737).

También se dice que un efecto ha sido realizado con “voluntad indirecta” cuando no se deseaba ni como fin ni como medio para otra cosa, pero se sabe que acompaña de modo necesario a aquello que se quiere realizar. Esto tiene importancia en la vida moral, porque sucede a veces que hay acciones que tienen dos efectos, uno bueno y otro malo, y puede ser lícito realizarlas para obtener el efecto bueno (querido directamente), aunque no se pueda evitar el malo (que, por tanto, se quiere sólo indirectamente). Se trata a veces de situaciones muy delicadas, en las que lo prudente es pedir consejo a quien puede darlo.

Un acto es voluntario (y, por tanto, imputable) in causa cuando no se elige por sí mismo, pero se sigue frecuentemente (in multis) de una conducta directamente querida. Por ejemplo, quien no guarda convenientemente la vista ante imágenes obscenas es responsable (porque lo ha querido in causa) del desorden (no directamente elegido) de su imaginación; y quien lucha por vivir la presencia de Dios quiere in causa los actos de amor que realiza sin, aparentemente, proponérselo.

6. La responsabilidad

«La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que éstos son voluntarios» (Catecismo, 1734). El ejercicio de la libertad comporta siempre una responsabilidad ante Dios: en todo acto libre de alguna manera aceptamos o rechazamos la voluntad de Dios. «El progreso en la virtud, el conocimiento del bien, y la ascesis acrecientan el dominio de la voluntad sobre los propios actos» (Catecismo, 1734).

«La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, las afecciones desordenadas y otros factores psíquicos o sociales» (Catecismo, 1735).

7. El mérito

«El término “mérito” designa en general la retribución debida por parte de una comunidad o una sociedad a la acción de uno de sus miembros, considerada como obra buena u obra mala, digna de recompensa o de sanción. El mérito corresponde a la virtud de la justicia conforme al principio de igualdad que la rige» (Catecismo, 2006).

El hombre no tiene, por sí mismo, mérito ante Dios, por sus buenas obras (cfr. Catecismo, 2007). Sin embargo, «la adopción filial, haciéndonos partícipes por la gracia de la naturaleza divina, puede conferirnos, según la justicia gratuita de Dios, un verdadero mérito. Se trata de un derecho por gracia, el pleno derecho del amor, que nos hace “coherederos” de Cristo y dignos de obtener la herencia prometida de la vida eterna» (Catecismo, 2009).

«El mérito del hombre ante Dios en la vida cristiana proviene de que Dios ha dispuesto libremente asociar al hombre a la obra de su gracia» (Catecismo, 2008).

Francisco Díaz

Palabras de Benedicto XVI a los participantes del UNIV 2008

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19 de marzo de 2008

Queridos amigos:

Os doy una cordial bienvenida a todos los que habéis venido a Roma de diferentes países y universidades para celebrar juntos la Semana santa y para participar en el congreso internacional UNIV. De este modo, podréis realizar momentos de oración común, un enriquecimiento cultural y un intercambio fecundo de las experiencias hechas por vuestra asociación con centros y actividades de formación cristiana patrocinados por el Opus Dei en vuestras respectivas ciudades y naciones.

Vosotros sabéis que con un serio compromiso personal, inspirado en los valores evangélicos, es posible responder adecuadamente a los grandes interrogantes del tiempo presente. El cristiano sabe que hay un nexo inseparable entre verdad, ética y responsabilidad. Toda expresión cultural auténtica contribuye a formar la conciencia y estimula a la persona a superarse a sí misma a fin de que pueda mejorar la sociedad. Uno se siente así responsable ante la verdad, al servicio de la cual ha de ponerse la propia libertad personal. Se trata ciertamente de una misión comprometida y para realizarla el cristiano está llamado a seguir a Jesús, cultivando una intensa amistad con él a través de la oración y de la contemplación. Ser amigos de Cristo y dar testimonio de él allí donde nos encontremos exige, además, el esfuerzo de ir contracorriente, recordando las palabras del Señor: estáis en el mundo pero no sois del mundo (cf. Jn 15, 19). Por tanto, no tengáis miedo, cuando sea necesario, de ser inconformistas en la universidad, en el colegio y en todas partes.

Queridos jóvenes del UNIV, sed levadura de esperanza en este mundo que anhela encontrar a Jesús, a veces sin darse cuenta. Para mejorarlo, esforzaos ante todo por cambiar vosotros mismos con una vida sacramental intensa, especialmente acercándoos al sacramento de la Penitencia y participando asiduamente en la celebración de la Eucaristía. Os encomiendo a cada uno de vosotros y a vuestras familias a María, que nunca dejó de contemplar el rostro de su Hijo Jesús. Invoco sobre cada uno de vosotros la protección de san Josemaría y de todos los santos de vuestras tierras, mientras de corazón os deseo una feliz Pascua.

TEMA 27. La moralidad de los actos humanos

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El obrar es moralmente bueno cuando las elecciones libres están conformes con el verdadero bien del hombre.

1. Moralidad de los actos humanos

«Los actos humanos, es decir, libremente realizados tras un juicio de conciencia, son calificables moralmente: son buenos o malos» (Catecismo, 1749). «El obrar es moralmente bueno cuando las elecciones de la libertad están conformes con el verdadero bien del hombre y expresan así la ordenación voluntaria de la persona hacia su fin último, es decir, Dios mismo». «La moralidad de los actos humanos depende:

— del objeto elegido;

— del fin que se busca o la intención;

— de las circunstancias de la acción.

El objeto, la intención y las circunstancias son las “fuentes” o elementos constitutivos de la moralidad de los actos humanos» (Catecismo, 1750).

2. El objeto moral

El objeto moral «es el fin próximo de una elección deliberada que determina el acto de querer de la persona que actúa». El valor moral de los actos humanos (el que sean buenos o malos) depende ante todo de la conformidad del objeto o del acto querido con el bien de la persona, según el juicio de la recta razón. Sólo si el acto humano es bueno por su objeto, es “ordenable” al fin último.

Hay actos que son intrínsecamente malos porque son malos «siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa y de las circunstancias».

El proporcionalismo y el consecuencialismo son teorías erróneas sobre la noción y la formación del objeto moral de una acción, según las cuales hay que determinarlo en base a la “proporción” entre los bienes y males que se persiguen, o a las “consecuencias” que pueden derivarse.

3. La intención

En el obrar humano «el fin es el término primero de la intención y designa el objetivo buscado en una acción. La intención es un movimiento de la voluntad hacia un fin; mira al término del obrar» (Catecismo, 1752). Un acto que, por su objeto, es “ordenable” a Dios, «alcanza su perfección última y decisiva cuando la voluntad lo ordena efectivamente a Dios». La intención del sujeto que actúa «es un elemento esencial en la calificación moral de la acción» (Catecismo, 1752).

La intención «no se limita a la dirección de cada una de nuestras acciones tomadas aisladamente, sino que puede también ordenar varias acciones hacia un mismo objetivo; puede orientar toda la vida hacia el fin último» (Catecismo, 1752). «Una misma acción puede estar, pues, inspirada por varias intenciones» (ibidem).

«Una intención buena no hace ni bueno ni justo un comportamiento en sí mismo desordenado. El fin no justifica los medios» (Catecismo, 1753). «Por el contrario, una intención mala sobreañadida (como la vanagloria) convierte en malo un acto que, de suyo, puede ser bueno (como la limosna; cfr. Mt 6, 2-4)» (Catecismo, 1753).

4. Las circunstancias

Las circunstancias «son los elementos secundarios de un acto moral. Contribuyen a agravar o a disminuir la bondad o la malicia moral de los actos humanos (por ejemplo, la cantidad de dinero robado). Pueden también atenuar o aumentar la responsabilidad del que obra (como actuar por miedo a la muerte)» (Catecismo, 1754). Las circunstancias «no pueden hacer ni buena ni justa una acción que de suyo es mala» (ibidem).

«El acto moralmente bueno supone a la vez la bondad del objeto, del fin y de las circunstancias» (Catecismo, 1755).

5. Las acciones indirectamente voluntarias

«Una acción puede ser indirectamente voluntaria cuando resulta de una negligencia respecto a lo que se habría debido conocer o hacer» (Catecismo, 1736).

«Un efecto puede ser tolerado sin ser querido por el que actúa, por ejemplo, el agotamiento de una madre a la cabecera de su hijo enfermo. El efecto malo no es imputable si no ha sido querido ni como fin ni como medio de la acción, como la muerte acontecida al auxiliar a una persona en peligro. Para que el efecto malo sea imputable, es preciso que sea previsible y que el que actúa tenga la posibilidad de evitarlo, por ejemplo, en el caso de un homicidio cometido por un conductor en estado de embriaguez» (Catecismo, 1737).

También se dice que un efecto ha sido realizado con “voluntad indirecta” cuando no se deseaba ni como fin ni como medio para otra cosa, pero se sabe que acompaña de modo necesario a aquello que se quiere realizar. Esto tiene importancia en la vida moral, porque sucede a veces que hay acciones que tienen dos efectos, uno bueno y otro malo, y puede ser lícito realizarlas para obtener el efecto bueno (querido directamente), aunque no se pueda evitar el malo (que, por tanto, se quiere sólo indirectamente). Se trata a veces de situaciones muy delicadas, en las que lo prudente es pedir consejo a quien puede darlo.

Un acto es voluntario (y, por tanto, imputable) in causa cuando no se elige por sí mismo, pero se sigue frecuentemente (in multis) de una conducta directamente querida. Por ejemplo, quien no guarda convenientemente la vista ante imágenes obscenas es responsable (porque lo ha querido in causa) del desorden (no directamente elegido) de su imaginación; y quien lucha por vivir la presencia de Dios quiere in causa los actos de amor que realiza sin, aparentemente, proponérselo.

6. La responsabilidad

«La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que éstos son voluntarios» (Catecismo, 1734). El ejercicio de la libertad comporta siempre una responsabilidad ante Dios: en todo acto libre de alguna manera aceptamos o rechazamos la voluntad de Dios. «El progreso en la virtud, el conocimiento del bien, y la ascesis acrecientan el dominio de la voluntad sobre los propios actos» (Catecismo, 1734).

«La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, las afecciones desordenadas y otros factores psíquicos o sociales» (Catecismo, 1735).

7. El mérito

«El término “mérito” designa en general la retribución debida por parte de una comunidad o una sociedad a la acción de uno de sus miembros, considerada como obra buena u obra mala, digna de recompensa o de sanción. El mérito corresponde a la virtud de la justicia conforme al principio de igualdad que la rige» (Catecismo, 2006).

El hombre no tiene, por sí mismo, mérito ante Dios, por sus buenas obras (cfr. Catecismo, 2007). Sin embargo, «la adopción filial, haciéndonos partícipes por la gracia de la naturaleza divina, puede conferirnos, según la justicia gratuita de Dios, un verdadero mérito. Se trata de un derecho por gracia, el pleno derecho del amor, que nos hace “coherederos” de Cristo y dignos de obtener la herencia prometida de la vida eterna» (Catecismo, 2009).

«El mérito del hombre ante Dios en la vida cristiana proviene de que Dios ha dispuesto libremente asociar al hombre a la obra de su gracia» (Catecismo, 2008).

Francisco Díaz

Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 1749-1761.

Juan Pablo II, Enc. Veritatis splendor, 6-VIII-1993, 71-83.

Lecturas recomendadas

San Josemaría, Homilía El respeto cristiano a la persona y a su libertad, en Es Cristo que pasa, 67-72.

Libertad, responsabilidad, participación y solidaridad

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Extracto del estudio “La formación de la conciencia en materia social y política según las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá”, publicado en Romana nº 24, enero-junio de 1997

Angel Rodríguez Luño

Podemos abordar esta temática con un texto que relaciona de modo sintético diversos aspectos del principio de libertad. En primer lugar, la afirmación clara del valor natural y cristiano de la libertad unida a la responsabilidad: «Y existe un bien que [el cristiano] deberá siempre buscar especialmente: el de la libertad personal. Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la correspondiente personal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya. Repito y repetiré sin cesar que el Señor nos ha dado gratuitamente un gran regalo sobrenatural, la gracia divina; y otra maravillosa dádiva humana, la libertad personal, que exige de nosotros —para que no se corrompa, convirtiéndose en libertinaje— integridad, empeño eficaz en desenvolver nuestra conducta dentro de la ley divina, porque donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad (2 Cor III, 17). El Reino de Cristo es de libertad [...] Sin libertad, no podemos corresponder a la gracia; sin libertad, no podemos entregarnos libremente al Señor, con la razón más sobrenatural: porque nos da la gana. Algunos de los que me escucháis me conocéis desde muchos años atrás. Podéis atestiguar que llevo toda mi vida predicando la libertad personal, con personal responsabilidad. La he buscado y la busco, por toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la amo más, la amo sobre todas las cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante».

Inmediatamente después, la reivindicación del carácter ético, y no político en el sentido de política de partido, de cuanto ha afirmado anteriormente: «Cuando hablo de libertad personal, no me refiero con esta excusa a otros problemas quizá muy legítimos, que no corresponden a mi oficio de sacerdote. Sé que no me corresponde tratar de temas seculares y transitorios, que pertenecen a la esfera temporal y civil, materias que el Señor ha dejado a la libre y serena controversia de los hombres. Sé también que los labios del sacerdote, evitando del todo banderías humanas, han de abrirse sólo para conducir las almas a Dios, a su doctrina espiritual salvadora, a los sacramentos que Jesucristo instituyó, a la vida interior que nos acerca al Señor sabiéndonos sus hijos y, por tanto, hermanos de todos los hombres sin excepción». Y, por último, el despliegue del principio de libertad sobre el ámbito de la participación y de la convivencia: «Amemos de verdad a todos los hombres; amemos a Cristo, por encima de todo; y, entonces, no tendremos más remedio que amar la legítima libertad de los otros, en una pacífica y razonable convivencia». Veamos más detenidamente los diversos aspectos.

“El trabajo es un camino para conseguir la felicidad”

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Juanjo Nieto es agregado del Opus Dei y director del instituto madrileño “Julio Verne”, en la localidad de Leganés

¿Puedes darnos un panorama del Instituto que diriges: alumnos, situación, fracaso escolar, premios…, tiempo que llevas allí?

Trabajo desde hace trece años en un Instituto de Educación Secundaria de Leganés, ciudad del sur de Madrid, con unos 180.000 habitantes, en general de clase media baja. El centro cuenta con unos mil alumnos, 96 profesores y 15 personas de administración y servicios. En él se realizan estudios de secundaria, Bachillerato, Formación Profesional de Grado Medio y Superior y Garantía Social. El centro abre a las 8 de la mañana y cierra a las 9 de la noche, con dos turnos.

Cuando llegué al Instituto en 1993, venía de trabajar diez años como profesor en Tajamar, que es obra corporativa del Opus Dei en Vallecas, de los cuales compatibilicé cinco de ellos con un trabajo en una empresa del sector gráfico, donde me dedicaba al mantenimiento de equipos electrónicos.

El bagaje que adquirí en Tajamar y en la otra empresa, los buenos y malos momentos vividos, la cantidad de compañeros, alumnos y familias con las que pude tratar, el montón de amigos que tuve la suerte de conocer en esos años, fueron un acicate para decidirme a optar por una plaza en un Instituto.

Los tres primeros años como profesor en el instituto fueron estupendos. Mucho por hacer, mucho por mejorar, situaciones más o menos complicadas, aunque con el optimismo de poder contribuir a frenar malas inercias. A la vez, claro está, había numerosas cosas buenas que debíamos mantener. Ese tercer curso, un grupo de profesores nos lanzamos con una propuesta de equipo directivo, para intentar mejorar la imagen y la calidad educativa del centro. Tuvimos un buen respaldo y desde entonces, he sido un año secretario y siete jefe de estudios. Ahora llevo dos de director.

Es impresionante la espiral buena de trabajo en la que todos estamos metidos. La gran mayoría del personal del centro se implica y mucho. Aunque no sin dificultades, el clima de trabajo y el ambiente entre el profesorado es envidiable. Poco a poco se ha ido creando un estilo educativo, fruto de la suma de todos y del empuje del equipo directivo, que se proyecta en el exterior en el prestigio que va adquiriendo el centro; en la actualidad es uno de los más demandados por las familias de Leganés. Tengo clarísimo que esto es consecuencia del esfuerzo de todos, y yo soy uno más.

Tenemos en marcha treinta y cinco Proyectos. Esto supone un esfuerzo adicional para los profesores, pero redunda en la mejora de la motivación de los chicos y en la calidad que pretendemos conseguir. Por ejemplo, existían fiestas quizá poco educativas, que se han transformado en un Certamen de Villancicos en Navidad, un concurso de chirigotas en carnaval y una Feria de ocio y tiempo libre saludable en el aniversario del centro, que van más con nuestra tradición cultural. Hemos creado un Coro, tenemos Proyectos Europeos y además nos visitan desde un Master de Dirección de Centros para directores de España e Hispanoamérica, como posible modelo de instituto de Educación Secundaria. Durante tres años participamos en un Proyecto Comenius 1, con varios países de centro Europa. Los resultados de la selectividad están siendo excelentes y la implicación en tantos proyectos, apoyos y refuerzos al estudio, crea un clima educativo estupendo, aunque nos suponga más esfuerzo.

Desde siempre, este instituto se ha precupado también por el fomento de valores solidarios. Organizamos “Operaciones Kilo” para ayudar a un comedor de pobres de Leganés, campaña económica para los desastres producidos por los huracanes en todo el mundo, recogida de material escolar para el África subsahariana, repartir juguetes en Navidad para niños desfavorecidos, campañas anuales de donación de sangre, iniciamos la participación en el proyecto “El reto pobreza cero” y muchas más. Nuestra Feria del Ocio y el Tiempo libre es un monumento a la generosidad de unos con otros: todos los grupos de alumnos preparan actividades, talleres y exposiciones para otros compañeros, y unos a otros se prestan ese servicio, haciendo de esta fiesta una jornada de convivencia intercultural y solidaria sin precedentes, fruto del esfuerzo de todos. Además, cada vez son más los alumnos extranjeros e intentamos integrarles lo antes posible. Inculcamos desde nuestro Proyecto Educativo el Respeto y la Generosidad. Ojalá seamos capaces de sembrar paz y alegría en todos nuestros alumnos y, yendo contracorriente, ahoguemos el mal con abundancia de bien.

¿Te ayuda ser del Opus Dei en tu labor como director de un instituto?

Por supuesto. En el Opus Dei he aprendido a esforzarme por hacer bien mi trabajo, y ahora desde la dirección del centro es lo que intento. Para un cristiano corriente como yo, el trabajo es camino para conseguir la felicidad aquí en la tierra y después en el cielo.

He aprendido el amor a la verdad, a la libertad y responsabilidad de las personas y a intentar servir a los demás desde donde estoy, fomentando a mí alrededor un ambiente más humano, más educativo y más cristiano. Considero mi trabajo como un servicio a toda la comunidad educativa y por supuesto a Dios. Trabajo con personas muy diversas, pero nos une una tarea común, que es la educación de esos mil alumnos y toda la buena influencia que podamos conseguir en las familias. Estamos muy de acuerdo en la gran mayoría de las cosas, y hay que apoyarse en lo que nos une, “tirar para arriba” y apoyarse en todo lo que cada uno pueda aportar. Esto supone complicarse la vida, hay que lanzarse a la arena y trabajar, pero esta tarea me parece apasionante.

El Opus Dei me ayuda a vivir una vida cristiana seria y esto repercute claramente en mi trabajo. Intento ayudar, comprender, disculpar, ser amable sin renunciar a la exigencia, estar cerca de la gente, interesarme por las personas, en definitiva, querer a la gente, ésta es la clave. Gracias a Dios, en estos trece años, no sólo tengo compañeros, sino muchos amigos en los que confío y se pueden fiar de mi. Hay muchas situaciones en las que sólo nos queda rezar e intento que cuenten con mi oración y mi cercanía.

Como cualquier ciudadano libre y responsable, soy yo quien trabaja, quien actúa, quien toma mis decisiones y… cuando juego al fútbol, quien mete o falla los goles, no es el Opus Dei.

También he aprendido en el Opus Dei, a ser optimista, a ver el lado positivo que todos tenemos, a estar alegre y con buen humor, a poner ilusión – sin ser un iluso ya que dificultades siempre las hay-, a intentar ser audaz y tener iniciativa, a animar a todos, para que aportemos lo mejor de nosotros mismos y redunde en beneficio de nuestros alumnos. Esto nos hace más felices. No es labor mía, es tarea de todos y si nos esforzamos por remar en la misma dirección, este barco navega mejor y conseguiremos un mundo más humano y por supuesto, agradaremos a Dios. El implicarte con ilusión en sacar adelante tu parcela en un centro educativo de esta envergadura, hace que los profesores se sientan más satisfechos de su trabajo a pesar de ese plus de esfuerzo que se nos pide.

Algo que llama la atención es el esfuerzo que ponemos en cuidar el orden, la limpieza, el buen trato, el decoro, es decir, lo pequeño. Tenemos Proyectos medioambientales de ahorro de agua, energía, reciclaje de residuos, energías alternativas, escuela ecológica, huerto escolar. Vamos mejorando el mobiliario, los medios técnicos, las nuevas tecnologías, ponemos plantas, cuadros… y poco a poco vamos educando en la mejora de nuestro entorno. Se entiende que en un centro de mil alumnos en estas edades esto es un reto por las dificultades que presenta.

El Opus Dei me ayuda en mi lucha por ser mejor cristiano en medio del mundo, pero yo soy el responsable de todas mis actuaciones, buenas o malas. El Opus Dei no se inmiscuye en mi labor personal o profesional. Como cualquier ciudadano libre y responsable, soy yo quien trabaja, quien actúa, quien toma mis decisiones y… cuando juego al fútbol, quien mete o falla los goles, no es el Opus Dei.


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