El Papa: “La verdad es Alguien”

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Resumen de todas las intervenciones de Benedicto XVI en su viaje a Estados Unidos. El Papa ha animado a los católicos estadounidenses a demostrar con su alegría y su vida coherente que los cristianos tenemos una propuesta para el mundo, tenemos a Alguien.

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DISCURSO ANTE LA CASA BLANCA

Libertad y responsabilidad: “Vengo como amigo y anunciador del Evangelio, como uno que tiene gran respeto por esta vasta sociedad pluralista”.

“Confío en que los americanos encuentren en sus creencias religiosas una fuente preciosa de discernimiento y una inspiración para buscar un diálogo razonable, responsable y respetuoso en el esfuerzo de edificar una sociedad más humana y más libre.”

“La libertad es no sólo un don, sino también una llamada a la responsabilidad personal. La defensa de la libertad es una llamada a cultivar la virtud, la autodisciplina, el sacrificio por el bien común y un sentido de responsabilidad ante los menos afortunados. Además, exige el valor de empeñarse en la vida civil, llevando las propias creencias religiosas y los valores más profundos a un debate público razonable”.

ENCUENTRO CON LOS OBISPOS EN WASHINGTON

Cristo, el centro. “La gente necesita que se le recuerde cuál es el fin último de su vida. Sin Dios, nuestras vidas están realmente vacías. La meta de toda nuestra actividad pastoral y catequética, el objeto de nuestra predicación, el centro mismo de nuestro ministerio sacramental ha de ser ayudar a las personas a establecer y alimentar semejante relación vital con “Jesucristo nuestra esperanza”.

La vida matrimonial. “Un tema de profunda preocupación es la situación de la familia dentro de la sociedad. El divorcio y la infidelidad están aumentando, y muchos jóvenes hombres y mujeres deciden retrasar la boda o incluso evitarla completamente”.

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“Es vuestro deber proclamar con fuerza los argumentos de fe y de razón que hablan del instituto del matrimonio, entendido como compromiso para la vida entre un hombre y una mujer, abierto a la transmisión de la vida. Este mensaje debería resonar ante las personas de hoy, ya que es esencialmente un “sí” incondicional y sin reservas a la vida, un “sí” al amor y un “sí” a las aspiraciones del corazón de nuestra común humanidad, a la vez que nos esforzamos en realizar nuestro profundo deseo de intimidad con los demás y con el Señor”.

Acompañar a los sacerdotes. “Uno de los signos contrarios al Evangelio de la vida es el abuso sexual de los menores. Habéis recibido de Dios una responsabilidad como pastores de vendar las heridas causadas por cada violación de la confianza, favorecer la curación, promover la reconciliación y acercaros con afectuosa preocupación a cuantos han sido tan seriamente dañados”.

“La gente necesita que se le recuerde cuál es el fin último de su vida. Sin Dios, nuestras vidas están realmente vacías”.

“En este momento una parte vital de vuestra tarea es reforzar las relaciones con vuestros sacerdotes, especialmente en aquellos casos en que ha surgido tensión entre sacerdotes y obispos como consecuencia de la crisis. Es importante que sigáis demostrándoles vuestra preocupación, vuestro apoyo y vuestra guía con el ejemplo”.

Oración. “Tenemos que redescubrir la alegría de vivir una existencia centrada en Cristo, cultivando las virtudes y sumergiéndonos en la oración. El tiempo pasado en la oración nunca es desperdiciado, por muy importantes que sean los deberes que nos apremian por todas partes”.

Secularismo. “Lo que necesitamos es un mayor sentido de la relación intrínseca entre el Evangelio y la ley natural por una parte y, por otra, la consecución del auténtico bien humano, como se encarna en la ley civil y en las decisiones morales personales.

“El Evangelio debe ser predicado y enseñado como modo de vida integral, que ofrece una respuesta atrayente y veraz, intelectual y prácticamente, a los problemas humanos reales. Creo que la Iglesia en América tiene ante sí en este preciso momento de su historia el reto de encontrar una visión católica de la realidad y presentarla a una sociedad que ofrece todo tipo de recetas para la autorrealización humana de manera atrayente y con fantasía”.

El abandono de la práctica religiosa. “La salvación -la liberación de la realidad del mal y el don de una vida nueva y libre en Cristo- está en el corazón mismo del Evangelio. Hemos de redescubrir, como ya he dicho, modos nuevos y atractivos para proclamar este mensaje. En la liturgia de la Iglesia, y sobre todo en el sacramento de la Eucaristía, es donde se manifiestan estas realidades de manera más poderosa y se viven en la existencia de los creyentes; quizá tenemos todavía mucho que hacer para realizar la visión del Concilio sobre la liturgia como ejercicio del sacerdocio común y como impulso para un apostolado fructuoso en el mundo”.

Opus Dei - El Papa con  los obispos de EEUU en el Santuario Nacional de la Inmaculada  Concepción.

El Papa con los obispos de EEUU en el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción.

Escasez de vocaciones. “La oración misma, nacida en las familias católicas, fomentada por programas de formación cristiana, reforzada por la gracia de los sacramentos, es el medio principal por el que llegamos a conocer la voluntad de Dios para nuestra vida”.

MISA EN EL NATIONALS PARK STADIUM

Cultura católica para cambiar la sociedad: “Percibimos signos evidentes de un quebrantamiento preocupante de los fundamentos mismos de la sociedad: aumento de la violencia, debilitamiento del sentido moral, vulgaridad en las relaciones sociales y creciente olvido de Dios”.

“La fidelidad y el valor con que la Iglesia en este país logrará afrontar los retos de una cultura cada vez más secularizada y materialista dependerá en gran parte de vuestra fidelidad personal al transmitir el tesoro de nuestra fe católica. Los desafíos que se nos presentan exigen una instrucción amplia y sana en la verdad de la fe”.

“Pero requieren cultivar también un modo de pensar, una “cultura” intelectual que sea auténticamente católica, que confía en la armonía profunda entre fe y razón, y dispuesta a llevar la riqueza de la visión de la fe en contacto con las cuestiones urgentes que conciernen el futuro de la sociedad americana”.

La Confesión: “Confiemos en el poder del Espíritu de inspirar conversión, curar cada herida, superar toda división y suscitar vida y libertades nuevas”. Estos dones se encuentran sobre todo en el sacramento de la Penitencia.

“El Evangelio debe ser predicado y enseñado como modo de vida integral, que ofrece una respuesta atrayente y veraz, intelectual y prácticamente, a los problemas humanos reales”.

“La fuerza libertadora de este Sacramento necesita ser redescubierta y hecha propia por cada católico. En gran parte la renovación de la Iglesia en América depende de la renovación de la regla de la penitencia y del crecimiento en la santidad”.

UNIVERSIDAD CATÓLICA DE WASHINGTON

En la Universidad, Fe tangigle: “La identidad de una universidad o de una escuela católica no es simplemente una cuestión de número de estudiantes católicos, sino que es una cuestión de convicción. ¿Creemos realmente que el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado? ¿Aceptamos la verdad que Cristo revela? En nuestras universidades y escuelas, ¿la fe es “tangible”?

Alumnos y amor a la verdad: “Los educadores cristianos pueden liberar con confianza a los jóvenes de los límites del positivismo y despertar en ellos la receptividad por la verdad, por Dios y por su bondad. De este modo, ayudaréis también a formar su conciencia, que enriquecida por la fe, abre un camino seguro hacia la paz interior y el respeto por los demás”.

“Cuando no se reconoce nada como definitivo por encima del individuo, el criterio último de juicio es el yo y la satisfacción de los deseos inmediatos del individuo”.

ENCUENTRO INTERRELIGIOSO EN CENTRO JUAN PABLO II

Convivencia interreligiosa. “Hoy, jóvenes de todas las religiones se sientan uno al lado del otro en todas las escuelas del país, aprendiendo unos con otros y unos de otros. Esta diversidad plantea nuevos retos que imponen una reflexión profunda sobre los principios fundamentales de una sociedad demócrata”.

Derecho a la libertad religiosa. “¡Ojalá otros asegunden con valor vuestra experiencia dándose cuenta de que una sociedad unida puede ser el resultado de una pluralidad de pueblos con la condición de que todos reconozcan la libertad religiosa como un derecho civil fundamental”.

“Los líderes espirituales tienen el deber y la competencia de poner en primer plano las preguntas más profundas de la conciencia, de despertar a la humanidad al misterio de la existencia humana, de dar cabida en un mundo frenético a la reflexión y la oración”.

Las huellas de Jesús. “De cara a estos profundos interrogantes que tocan el origen y el destino del género humano -señaló el Papa- los cristianos proponen a Jesús de Nazaret. El deseo ardiente de seguir sus huellas lleva a los cristianos a abrir sus mentes y sus corazones al diálogo”.

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“Quizás en la tentativa de descubrir nuestros puntos comunes hemos olvidado la responsabilidad de discutir con calma y claridad de nuestras diferencias. Mientras unimos siempre mentes y corazones en búsqueda de la paz, debemos escuchar también con atención la voz de la verdad”.

DISCURSO A LA ONU

Reglas internacionales y libertad. “En el contexto de las relaciones internacionales, es necesario reconocer el papel superior que desempeñan las reglas y las estructuras intrínsecamente ordenadas a promover el bien común y, por tanto, a defender la libertad humana. Dichas reglas no limitan la libertad. Por el contrario, la promueven cuando prohíben comportamientos y actos que van contra el bien común, obstaculizan su realización efectiva y, por tanto, comprometen la dignidad de toda persona humana”.

Los derechos humanos, ¿legales o justos? “La experiencia nos enseña que a menudo la legalidad prevalece sobre la justicia cuando la insistencia sobre los derechos humanos los hace aparecer como resultado exclusivo de medidas legislativas o decisiones normativas tomadas por las diversas agencias de los que están en el poder”.

“Quizá hemos perdido de vista que en una sociedad en la que la Iglesia parece a muchos que es legalista e ‘institucional’, nuestro desafío más urgente es comunicar la alegría que nace de la fe y de la experiencia del amor de Dios”.

“Cuando se presentan simplemente en términos de legalidad, los derechos corren el riesgo de convertirse en proposiciones frágiles, separadas de la dimensión ética y racional, que es su fundamento y su fin. Por el contrario, la Declaración Universal ha reforzado la convicción de que el respeto de los derechos humanos está enraizado principalmente en la justicia que no cambia”.

Creyentes y ciudadanos. “Obviamente, los derechos humanos deben incluir el derecho a la libertad religiosa, entendido como expresión de una dimensión que es al mismo tiempo individual y comunitaria, una visión que manifiesta la unidad de la persona, aun distinguiendo claramente entre la dimensión de ciudadano y la de creyente”.

Es inconcebible, por tanto, que los creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos -su fe- para ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos.

Constructores de la sociedad. Los derechos asociados con la religión necesitan protección sobre todo si se los considera en conflicto con la ideología secular predominante o con posiciones de una mayoría religiosa de naturaleza exclusiva. No se puede limitar la plena garantía de la libertad religiosa al libre ejercicio del culto, sino que se ha de tener en la debida consideración la dimensión pública de la religión y, por tanto, la posibilidad de que los creyentes contribuyan la construcción del orden social”.

CATEDRAL DE SAINT PATRICK

Comunicar la alegría de la fe: “Quizá hemos perdido de vista que en una sociedad en la que la Iglesia parece a muchos que es legalista e ‘institucional’, nuestro desafío más urgente es comunicar la alegría que nace de la fe y de la experiencia del amor de Dios”.

La metáfora de las vidrieras: “Los ventanales con vidrieras [de una iglesia], vistos desde fuera parecen oscuros, recargados y hasta lúgubres. Pero cuando se entra en el templo, de improviso toman vida; al reflejar la luz que las atraviesa revelan todo su esplendor. Igualmente [la Iglesia debe] atraer dentro de este misterio de luz a toda la gente”.

“No es un cometido fácil en un mundo que es propenso a mirar ‘desde fuera’ a la Iglesia, igual que a aquellos ventanales: un mundo que siente profundamente una necesidad espiritual, pero que encuentra difícil ‘entrar en el’ misterio de la Iglesia”.

Opus Dei -

“También para algunos de nosotros, desde dentro, la luz de la fe puede amortiguarse por la rutina y el esplendor de la Iglesia puede ofuscarse por los pecados y las debilidades de sus miembros. La ofuscación puede originarse por los obstáculos encontrados en una sociedad que, a veces, parece haber olvidado a Dios e irritarse ante las exigencias más elementales de la moral cristiana”

SEMINARIO DE SAN JOSÉ

[A enfermos]

Discapacitados: “A veces es un reto encontrar una razón a lo que parece solamente una dificultad que superar o un dolor que afrontar. No obstante, la fe nos ayuda a ampliar el horizonte más allá de nosotros mismos para ver la vida como Dios la ve. El amor incondicional de Dios, que alcanza a todo ser humano, otorga un significado y finalidad a cada vida humana”.

[A seminaristas]

Libertad bien entendida. “hay que salvaguardar rigurosamente la importancia fundamental de la libertad”, que “puede ser malentendida y usada mal, de manera que no lleva a la felicidad que todos esperamos, sino hacia un escenario oscuro de manipulación, en el que nuestra comprensión de nosotros mismos y del mundo se hace confusa o se ve incluso distorsionada por quienes ocultan sus propias intenciones”.

“Lo más importante es que ustedes desarrollen su relación personal con Dios. Esta relación se manifiesta en la oración. No temáis el silencio y el sosiego; escuchen a Dios, adórenlo en la Eucaristía”.

“A menudo se reivindica la libertad sin hacer jamás referencia a la verdad de la persona humana y en lugar de la verdad -o mejor, de su ausencia- se ha difundido la idea de que, dando un valor indiscriminado a todo, se asegura la libertad y se libera la conciencia. A esto llamamos relativismo.

La Verdad no es algo sino Alguien. “La verdad no es una imposición. Tampoco es un mero conjunto de reglas. Es el descubrimiento de Alguien que jamás nos traiciona; de Alguien del que siempre podemos fiarnos. En definitiva, la verdad es una persona: Jesucristo. Ésta es la razón por la que la auténtica libertad no es optar por “desentenderse de”. Es decidir “comprometerse con”.

Cuatro tesoros: “Hay cuatro aspectos esenciales del tesoro de nuestra fe: la oración personal y el silencio, la oración litúrgica, la práctica de la caridad y las vocaciones”.

“Lo más importante es que ustedes desarrollen su relación personal con Dios. Esta relación se manifiesta en la oración. No temáis el silencio y el sosiego; escuchen a Dios, adórenlo en la Eucaristía. Permitan que su palabra modele su camino como crecimiento de la santidad”.

GROUND ZERO

Paz y conversión. Dios de la paz,
concede tu paz a nuestro violento mundo:
paz en los corazones de todos los hombres y mujeres
y paz entre las naciones de la tierra.
Lleva por tu senda del amor
a aquellos cuyas mentes y corazones
están nublados por el odio.

La paz de Dios

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Benedicto XVI presidió en la basílica vaticana la celebración eucarística por la solemnidad de Pentecostés. El Santo Padre recordó la palabra pronunciada por Jesús resucitado cuando se aparece a los discípulos en el Cenáculo, “¡Shalom”, paz a vosotros!”.

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En la homilía, el Santo Padre afirmó que el día de la venida del Espíritu Santo la Iglesia recibió un “bautismo de fuego”; “en Pentecostés, la Iglesia no queda constituida por la voluntad humana, sino por la fuerza del Espíritu de Dios. E inmediatamente se puede ver que este Espíritu da vida a una comunidad que es al mismo tiempo única y universal, superando así la maldición de Babel”.

“De hecho -continuó-, sólo el Espíritu Santo, que crea unidad en el amor y en la recíproca aceptación de las diversidades, puede liberar a la humanidad de la constante tentación de una voluntad de potencia terrena que quiere dominar y uniformar todo”.

Refiriéndose a “un aspecto peculiar de la acción del Espíritu Santo, la relación entre multiplicidad y unidad”, Benedicto XVI señaló que ya en “Pentecostés queda claro que pertenecen a la Iglesia múltiples lenguas y culturas; en la fe pueden comprenderse y fecundarse mutuamente”.

Desde su nacimiento, “la Iglesia “es ya “católica”, universal. Habla desde el inicio todos los idiomas, pues el Evangelio que se le ha confiado está destinado a todos los pueblos, según la voluntad y el mandato de Cristo resucitado. La Iglesia que nace en Pentecostés no es ante todo una comunidad particular -la Iglesia de Jerusalén-, sino la Iglesia universal, que habla las lenguas de todos los pueblos”.

“De ella -dijo- nacerán después las demás comunidades en todas las partes del mundo, Iglesias particulares que son siempre expresión de la única Iglesia de Cristo. Por tanto, la Iglesia católica no es una federación de Iglesias, sino una realidad única: la prioridad ontológica le corresponde a la Iglesia universal. Una comunidad que no fuera en este sentido católica, ni siquiera sería Iglesia”.

El Papa puso de relieve que “el camino de la Palabra de Dios, iniciado en Jerusalén llega a su meta, porque Roma representa al mundo entero y encarna la idea de catolicidad”.

La palabra pronunciada por Jesús resucitado cuando se aparece a los discípulos en el Cenáculo, “¡Shalom”, paz a vosotros! “no es -dijo- un simple saludo; es mucho más: es el don de la paz prometida, conquistada por Jesús con el precio de su sangre; es el fruto de su victoria en la lucha contra el espíritu del mal”.

El Santo Padre invitó a renovar la conciencia de “la responsabilidad” que implica este don: “responsabilidad de la Iglesia de ser constitucionalmente signo e instrumento de la paz de Dios para todos los pueblos”. En este contexto recordó que en su reciente visita a la sede de la ONU, trató de “transmitir este mensaje”. Sin embargo, añadió, “no sólo hay que pensar en estos encuentros “en la cumbre”. La Iglesia realiza su servicio a la paz de Cristo sobre todo en la presencia y acción ordinarias entre los hombres, con la predicación del Evangelio y con los signos de amor y de misericordia que la acompañan”.

Entre estos signos, subrayó principalmente el Sacramento de la Reconciliación. “¡Qué importante y por desgracia no suficientemente comprendido es el don de la Reconciliación, que pacifica los corazones!”, exclamó.

“La paz de Cristo se difunde sólo a través de corazones renovados de hombres y mujeres reconciliados, servidores de la justicia, dispuestos a difundir en el mundo la paz con la única fuerza de la verdad, sin rebajarse a compromisos con la mentalidad del mundo, pues el mundo no puede dar la paz de Cristo: de este modo la Iglesia puede ser levadura de esa reconciliación que procede de Dios”, concluyó.

¿Qué es Harambee?

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“Nunca se borrarán las huellas –dice un antiguo proverbio del Congo- de las personas que caminaron juntas”

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¿QUÉ ES HARAMBEE?

Es un proyecto internacional de ayuda, solidaridad y cooperación con África. Harambee presta ayuda económica a proyectos concretos del África Subsahariana, gestionados por africanos comprometidos con el desarrollo de sus respectivos países y promueve un nuevo modo de contemplar la realidad  africana.

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¿QUÉ SIGNIFICA HARAMBEE?

“Todos juntos”. ¡Harambee! es la expresión que se usa en África cuando se necesita que todos ayuden a todos en una determinada tarea; por ejemplo, es el grito en swahili que dirigen los pescadores africanos a los que están en la playa, cuando se van acercando a la orilla, para que les ayuden a recoger las redes.

Es la expresión que se usa en África cuando se necesita que todos colaboren con todos.

¿Hay una familia en apuros? ¡Harambee!

¿Hay que construir una escuela o una casa? ¿Hay que allanar un camino? ¡Harambee!

Cada uno ofrece todo lo que puede: trabajo, dinero, esfuerzo, materiales…

Todos dan y todos reciben.

¿CUÁNDO NACIÓ HARAMBEE?

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Harambee nació en Roma el 6 octubre de 2002 con ocasión de un acontecimiento internacional: la  canonización de Josemaría Escrivá por el Papa Juan Pablo II.

El proyecto Harambee desea ayudar a los africanos en la construcción de su propio futuro, mediante las iniciativas más variadas.

Para eso, se requiere ver África con una nueva mirada, libre de prejuicios, con un afán de cooperación  que lleve a trabajar todos juntos –¡Harambee!-  promoviendo un nuevo modo de contemplar la realidad  africana.

La mirada Harambee es una mirada constructiva, llena de esperanza.

Es una mirada realista y positiva, que atiende y sirve a los auténticos intereses africanos.

Es una mirada especialmente sensible a los grandes valores de África Subsahariana.

Cientos de personas colaboran con Harambee en los cinco continentes con actividades de comunicación y sensibilización cultural.

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¿QUÉ FINES TIENEN LOS PROYECTOS DE HARAMBEE?

Esos proyectos tienen fines muy variados. Se proponen:

- colaborar con iniciativas concretas en África de carácter cívico y de cooperación al desarrollo, en su acepción más amplia.

- impulsar proyectos de carácter educativo dirigidos a estudiantes africanos, porque se confía en la fuerza transformadora de la educación.

- cooperar con programas de carácter asistencial y sanitario, y con actividades  de protección a la infancia.

- promover iniciativas dirigidas a la promoción laboral, profesional, intelectual, social y humana de la mujer africana, para lograr que tenga igualdad de oportunidades.

- ayudar a proyectos que trabajen a favor de la integración de personas que están en riesgo de exclusión por diversas razones, como la guerra o las desigualdades económicas.

- promover la tolerancia y el diálogo entre las diversas culturas africanas, favoreciendo la paz, la comprensión social y el enriquecimiento cultural mutuo.

- organizar campañas de sensibilización sobre la realidad africana, para difundir los grandes valores africanos, como la solidaridad, el respeto a los mayores o el amor a la familia.

- mostrar perfiles de africanos que ofrezcan soluciones y respuestas válidas a los grandes problemas con los que se enfrentan.

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¿QUÉ ENTIDADES LLEVAN A CABO LOS PROYECTOS EN ÁFRICA?

Son entidades muy variadas, que ofrecen garantías de que las ayudas llegarán realmente a las personas necesitadas y a las iniciativas de desarrollo a las que se destinan.

Por ejemplo, en Madagascar se ayuda a un proyecto de la Diócesis de Ramanarivo; en Rwanda se colabora con la Diócesis de Cyangugu; en Sierra Leona, con la Family Homes Movement; en Kenia, con Strathmore University;  en Sudán, con la Casa Generalicia de las Religiosas Canosianas; etc.

¿QUIÉNES GESTIONAN LOS PROYECTOS?

Son los propios africanos los que asumen la responsabilidad de gestionar los proyectos.

Esto constituye una de las claves fundamentales de su eficacia.

¿CON QUÉ ENTIDADES AFRICANAS COLABORA HARAMBEE?

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Con entidades muy diversas, gestionadas por personas que ofrezcan garantía plena de que las ayudas llegarán íntegramente a su destino.

¿CÓMO HACE LLEGAR HARAMBEE SUS AYUDAS A ÁFRICA?

Por medio del ICU, Istituto per la Cooperazione Universitaria de Roma, que trabaja desde hace cuarenta años en el ámbito de la solidaridad y ha impulsado numerosos proyectos de cooperación en  África.

¿CON CUÁNTOS PROYECTOS HA COLABORADO HARAMBEE?

Desde 2002 a 2007 ha colaborado con 24 proyectos realizados en catorce países: Burkina Faso, Camerún, Costa de Marfil, Guinea Bissau, Kenia, Madagascar, Mozambique, Nigeria, República Democrática del Congo, Rwanda, Sierra Leona, Sudáfrica, Sudán y Uganda.)

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¿QUÉ PROYECTOS HAY EN CURSO EN ÁFRICA SUBSAHARIANA?

En la actualidad hay cuatro proyectos en curso:

República Democrática del Congo: ayuda a 600 madres con niños pequeños y creación de tres clínicas rurales

Lugar: Kinsasha

Entidad promotora: Hospital Monkole

Duración: Tres años

Destinatarios: El proyecto se dirige a unas 600 madres con niños pequeños, provenientes de tres zonas rurales de Kinshasa. Se proporcionará asistencia médica a 600 madres y a un millar de niños, y se pondrán en marcha tres pequeñas clínicas rurales, dependientes del Hospital Monkole.

Coste: 100.00.00 euros

Madagascar: proyecto Asa, de Acogida a los sin techo

Lugar: Antananarivo

Entidad promotora: Association de Accuell des Sans abri, creada por Jacques Tronchon y el Comité Inter-Franciscano.

Duración: tres años.

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Proyecto: Consiste en un programa de cursos de formación artesanal para 75 cabezas de familia (70% mujeres y 30 % hombres), con una media de cinco hijos. Se les capacitará para que puedan poner en marcha unos negocios autónomos, y se les ayudará con microcréditos, y cursos de higiene, alfabetización y economía doméstica.

Coste: 119.604 euros

Kenia: proyecto de formación permanente a Maestros

Lugar: Kenia

Entidad promotora: Strathmore University

Opus Dei - Proyecto de Strathmore de formación en prisiones

Proyecto de Strathmore de formación en prisiones

Duración: tres años

Proyecto: El objetivo es ofrecer formación permanente a 4.500 maestros durante los próximos tres años, con planes de formación pedagógica, higiene y prevención de enfermedades como la malaria y el Sida.

Coste: 293.630.00 euros

Sudán

Lugar: El Obeid. Estado de Kordofán Norte. Sudán

Entidad promotora: Fundación “Canosianas de El Obeid”, Sudán

Duración: Tres años

Proyecto: se promocionará humana y profesionalmente a numerosas mujeres jóvenes, de 15 a 22 años, refugiadas del sur de Sudán, que han tenido que emigrar a causa de la guerra civil, y carecen de empleo y de medios de subsistencia.

Coste: 200.000 euros

¿QUÉ SON LOS PROYECTOS DE COMUNICACIÓN Y SENSIBILIZACIÓN CULTURAL?

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Son proyectos que se realizan en diversas partes del mundo para dar a conocer la realidad africana, con el deseo de que se contemple este continente con una nueva mirada, más esperanzada y  libre de prejuicios y estereotipos.

Dar una información objetiva de los problemas africanos, con sus luces y sombras –no sólo sombras- es otro modo de cooperar con África. Un cambio generalizado de la percepción sobre África Subsahariana generará más confianza en los inversores; promoverá intercambios culturales enriquecedores para ambas partes; y abrirá el camino para nuevos acuerdos de cooperación.

Es un medio eficaz para generar más ayudas económicas y conseguir fondos para los distintos proyectos de desarrollo humano, cultural, social, económico y espiritual.

¿QUÉ TIPO DE PROYECTOS SON?

Son iniciativas de carácter muy variado: cultural, educativo, artístico, deportivo, etc.

Campañas de sensibilización, de promoción educativa y de difusión de la cultura africana.

Encuentros universitarios para analizar perspectivas de futuro de  diversos países africanos.

Artículos, reportajes, libros y ensayos sobre la realidad del África Subsahariana.

Iniciativas para recaudar fondos para los diversos proyectos que se llevan a cabo.

Certámenes literarios, concursos de carácter cultural y  artístico (fotográfico, pictórico, etc.)

Entre las diversas actividades del último trimestre de 2007 en España se pueden destacar estos eventos, que son de carácter y finalidad muy variada: III Edición del concurso Escolar Harambee “Comunicar África” (octubre); Presentación de Harambee en Valencia (octubre); Convocatoria del Premio Internacional Audiovisual Harambee (noviembre); Exposición de pintura de artistas solidarios, en Madrid (noviembre);  concierto solidario de Navidad, en Valladolid (diciembre).

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¿QUÉ ENTIDADES PROMUEVEN ESTOS PROYECTOS DE COMUNICACIÓN?

Son entidades muy diversas, públicas y privadas; instituciones docentes y educativas de todo tipo; asociaciones; entidades sin ánimo de lucro; clubs deportivos, etc.

¿QUIENES GESTIONAN ESTOS PROYECTOS?

Los responsables de cada entidad, en sintonía con los  objetivos propios de Harambee. Harambee colabora con numerosos proyectos en África. En unos casos colabora con proyectos que ya están en marcha y presta su ayuda a  iniciativas de otras entidades.En otros casos, Harambee se pone en contacto primero con las entidades locales africanas que conocen las necesidades concretas de sus comunidades.

¿QUÉ ESTRUCTURA ADMINISTRATIVA TIENE EN ESPAÑA?

Opus Dei - Juan Luis Rodríguez-Fraile

Juan Luis Rodríguez-Fraile

La mínima e indispensable para llevar a cabo su misión.
La directiva y los voluntarios no perciben retribución económica.
La totalidad del importe de sus ayudas se destina a los proyectos concretos en África

Directivos

Presidente

Juan Luis Rodríguez-Fraile
Padre de Familia. Cinco hijos.
Abogado. PDD IESE. Asesor de Corporate Finance

“Harambee es una respuesta realista y esperanzada ante los problemas de África”


Opus Dei - Margarita Valenzuela de Guzmán

Margarita Valenzuela de Guzmán

Secretaria General

Margarita Valenzuela de Guzmán
Madre de Familia. Seis hijos.
Geografía e Historia. Máster de Matrimonio y Familia de la UNAV

“Hay empeños para los que siempre hay que estar disponible”

Vocales

Milagros Ariza Soler.
Rosalinda Corbi
Ana Mª González Ramírez.
Manuel García Bernal.
Antonio Hernández.
Juan Jiménez de la Peña.

Asociados

Opus Dei - Presentación de Harambee España

Presentación de Harambee España

Los Asociados de Harambee son personas que colaboran activamente y de forma regular –con la dedicación generosa de su tiempo y con un esfuerzo totalmente desinteresado- al desarrollo de la Asociación.

Colaboradores

En la  actualidad hay cientos de personas que colaboran en España con el Proyecto Harambee.
Las formas de colaboración son muy variadas, lo mismo que la duración de cada actividad.
Pueden concretarse en:

La organización de congresos, conferencias, seminarios y ciclos de carácter científico que favorezcan el conocimiento objetivo de la cultura africana actual.

La creación de premios y de iniciativas que ayuden a la promoción de la mujer africana y contribuyan a su igualdad de oportunidades.

La difusión de los grandes retos y problemas con los que se enfrentan los países africanos en diversos ámbitos, como  la medicina o la educación, en hospitales, universidades o centros similares de nuestro país, mediante proyectos de investigación, artículos, etc.

La recaudación de fondos mediante sorteos, concursos, rastrillos benéficos, etc.

La promoción y colaboración en proyectos de sensibilización en el ámbito escolar.

La participación en eventos de carácter cultural o deportivo (un certamen literario, un concurso de pintura o de fotografía, un campeonato, un cross, etc.) que contribuyan a difundir una nueva visión de la realidad africana.

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La colaboración con el mantenimiento y actualización de esta página web (realizando traducciones, entrevistas y artículos, enviando noticias, etc.).

Harambee es un proyecto internacional de ayuda, solidaridad y cooperación  con África, con sede en Roma.

Algunos países como Francia, Estados Unidos o  España cuentan con su propia organización nacional.

La mayoría de los proyectos de Harambee tienen carácter autónomo y no requieren estructuras administrativas.

Por esa razón, la estructura administrativa de Harambee (España) es la mínima e indispensable. No necesita de una compleja estructura de gestión, con los gastos económicos que  eso comporta.

Nadie en Harambee (España) -ni  la directiva, ni los asociados, ni los colaboradores- percibe retribución económica alguna por su colaboración o dedicación de tiempo.

El total del importe de las ayudas recibidas se destina a los proyectos concretos en África.

La Ong italiana  ICU – Istituto per la Cooperazione Universitaria- se ocupa de hacer llegar a sus destinatarios las ayudas económicas de Harambee España y realiza el seguimiento de los proyectos.

La “Asociación Harambee” se constituyó en Madrid, el 9 de mayo de 2007.

Forma parte del Proyecto internacional Harambee que promueve iniciativas en África y sobre África en el área subsahariana, impulsando y colaborando en proyectos educativos, asistenciales y de desarrollo.

Realiza también una labor de sesibilización en el resto del mundo dando a conocer los valores y la realidad africana.

Descargate aquí los estatutos

¿CÓMO PUEDO COLABORAR CON HARAMBEE?

Harambee es un gran proyecto de ayuda a África,
con el que usted puede colaborar de muy diversos modos:

Con estas iniciativas de carácter cultural, periodístico, deportivo, etc., se ayuda a cambiar la percepción, frecuentemente negativa, de la realidad africana.

Puede colaborar económicamente con un donativo para los proyectos de Harambee en África.

> Transferencias bancarias

Puede realizar una transferencia bancaria, a nombre de Harambee, a la cuenta

CIC. 2100-3059-96-2200830890

> Enviar un cheque

Proyectos Harambee España 2007
c/ Vitruvio, 3
Teléfono 91 563 47 82
28006 MADRID

Certificados de las donaciones: Fundación Casatejada

¿DESEAS COLABORAR PERIÓDICAMENTE?

Mandar la información:

- por email a info@harambee.es
- por correo postal a c/ Vitruvio, 3, 28006. Madrid
- o en el teléfono 91 563 47 82

Se puede colaborar con iniciativas de carácter cultural, periodístico, deportivo, etc., que den a conocer la realidad del África Subsahariana; y  se puede colaborar económicamente con un donativo para los proyectos de Harambee en África.

Certificados de las donaciones: Fundación Casatejada

Madrid, mayo de 1939

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

La Academia DYA, en el 16 de la calle de Ferraz, había quedado destruida en mucha mayor medida de lo que el Padre pensaba. En cuanto había podido, había ido a verlo con sus propios ojos, en compañía de Juan Jiménez Vargas. El Padre, sin más dilaciones, decide buscar enseguida otra casa donde instalar la Residencia, para que pudiera funcionar en octubre. Mientras la encuentran, el Padre, que sigue siendo Rector de Santa Isabel, se instala en la casa rectoral.

El convento de Santa Isabel, convertido en cuartel, ha permanecido ocupado también, durante toda la guerra, por un Comité revolucionario, y la iglesia ha sido incendiada. Sólo son habitables, de momento, las habitaciones del Rector y las de los capellanes, una vez limpiadas, por supuesto…

Con emoción, don Josemaría ha abrazado a su madre y a sus hermanos, tras largos meses de angustiosa separación, sólo mitigada por noticias intermitentes, en medio de tantos peligros. Ahora, se dispone a reanudar enseguida la labor apostólica en Madrid y en otras ciudades españolas.

En el mes de junio, el Padre escribe a uno de los que, antes de la guerra, participaban en las actividades de formación: Pronto tendremos casa…, si empujáis con vuestra oración y vuestro sacrificio y vuestro deseo de coger los libros. Mientras, no me perdáis vuestra bendita fraternidad, vivida cada día más, y manifestadla con vuestra colaboración en el afán común de rehacer nuestro hogar. Que pronto nos veamos reunidos junto al Jesús de nuestro Sagrario.

El Padre reanuda sus viajes

En Valencia, un sacerdote amigo suyo, don Antonio Rodilla, Rector del Colegio Mayor Beato Juan de Ribera, de Burjasot, le invita a dar, a partir del 5 de junio, unos ejercicios espirituales a un grupo de estudiantes universitarios. Don Josemaría llega a la ciudad ese mismo día.

Los ejercitantes quedan impresionados por la manera que tiene el Padre de situarles frente a sus responsabilidades. En la pared de una de las piezas, hay un cartel de grandes dimensiones, colocado allí por las tropas republicanas, que reza así: “Cada caminante siga su camino”.

El Padre pide que no lo quiten, porque el lema le ha gustado y, además, le permite aludir a él: Si ves claramente tu camino, síguelo. -¿Cómo no desechas la cobardía que te detiene?.

Tu perfección está en vivir perfectamente en aquel lugar, oficio y grado en que Dios, por medio de la autoridad, te coloque.

¡Hay muchos caminos! (…) Escoge de una vez para siempre: y la confusión se convertirá en seguridad.

Dos jóvenes universitarios que, con este motivo, han conocido al Fundador del Opus Dei, se comprometen enseguida a seguir el camino que el Padre les presenta: Amadeo de Fuenmayor, estudiante de Derecho, y José Manuel Casas Torres, que hace la carrera de Letras.

Restablecer un ambiente de familia

La busca de una casa en Madrid prosigue hasta que, por fin, se encuentra una adecuada en el número 6 de la calle Jenner, cerca de la Castellana. Alquilan tres pisos, dos en la cuarta planta y otro en la segunda.

En agosto, comienzan a instalar en la planta cuarta la mayor parte de la residencia y en la segunda el comedor, la cocina, los servicios y también una habitación para el Padre, otra para su madre y su hermana y una tercera para su hermano Santiago.

¿Cómo lograr que esta primera residencia tenga ese ambiente de hogar que don Josemaría desea?

Más adelante, serán ya las mujeres del Opus Dei las que podrán encargarse de esto, pero, de momento, son todavía muy pocas. El Padre resuelve el problema pidiendo a su madre y a su hermana Carmen que ayuden. Recuerda que ha sido precisamente en el hogar de sus padres donde ha aprendido a cuidar esos detalles materiales que hacen grata y amable una casa.

Da a leer a su madre una vida de San Juan Bosco, pero parecía que doña Dolores no se daba por enterada. Sin embargo, pasado algún tiempo, le dijo:

-¿Qué quieres? ¿Que haga como la madre de don Bosco? ¡Ni hablar!

-¡Pero si lo estás haciendo ya!, le respondió el Padre.

Efectivamente, sin decir nada, se encargaba ya de la administración de la casa, ayudada por su hija Carmen.

Dirigir el trabajo de las empleadas de hogar, velar por el buen orden de una residencia con cuarenta camas, no es tarea pequeña, pero a esa labor se entregan con una generosidad que saben disimular con discreción y buen humor.

La residencia es una nueva “locura”. Una vez más, es preciso pedir dinero a unos y otros. Los esfuerzos se centran sobre todo en el oratorio, instalado en la mejor habitación de la casa. Cada cual hace lo que puede: pintar, tapizar con una arpillera, decorar, clavar…

A comienzos de octubre, para el comienzo del curso escolar, todo está dispuesto, pero las arcas se hallan tan vacías que, cuando llega un nuevo residente, se le pide que pague por adelantado la pensión, sin decirle, por supuesto, que es para comprar la cama en que ha de dormir…

La Sección de mujeres comienza de nuevo

Don Josemaría reanuda también el apostolado entre las mujeres, interrumpido a causa de la guerra. Tiene que partir prácticamente de cero, pues, si bien ha permanecido en contacto con algunas de las jóvenes que dirigía, duda que puedan constituir el primer núcleo de la Sección de mujeres del Opus Dei. Las conversaciones que ha mantenido con las que ha encontrado y unas discretas indicaciones de su madre acaban de convencerle.

Poco después de su regreso a Madrid, luego de haber considerado las cosas a fondo en la oración, les comunica su decisión. No es cuestión de falta de piedad ni de poca profundidad en su vida cristiana, sino de que no han sido capaces de asimilar la secularidad, esencial en el espíritu de la Obra. Tras hacérselo comprender con delicadeza, les asegura que siguen gozando de su cariño, que rezará por ellas y que, si así lo desean, les recomendará a la institución religiosa que escojan libremente.

Enseguida, el Fundador se esfuerza en suscitar otras vocaciones femeninas. Una joven ha respondido ya afirmativamente a la llamada. Es la hermana de Miguel, el estudiante de arquitectura que le había acompañado en el paso de los Pirineos. Cuando este, durante la guerra civil, había estado oculto en Daimiel, donde vivían sus padres, el Padre dirigía las cartas que le escribía a su hermana Dolores (Lola), para que se las hiciera llegar. Miguel, por su parte, le había hablado del ambiente de la Academia DYA, de cómo se vivía allí y, sobre todo, del Padre, de su atractivo, de la espiritualidad que le había enseñado a vivir a él. Poco a poco, Lola empieza a pensar en la posibilidad de hacerse de la Obra, y se lo dice a Miguel, quien, a su vez, se lo comunica a don Josemaría. En mayo de 1937, el Padre dedica a Lola unas líneas en una carta que escribe a Miguel. Enseguida, ella le responde que está dispuesta a seguir el camino del que le habla.

Poco después de su regreso a Madrid, el 19 de abril de 1939, el Padre viaja a Daimiel y Lola le confirma su decisión. Don Josemaría cree que, en efecto, puede tener vocación al Opus Dei y, para facilitar la acción de la gracia en su alma, le pone por escrito útiles consejos que son, en realidad, todo un programa de vida interior adaptado a sus circunstancias: media hora de oración mental (a hora fija de la mañana), empeño por mantener la presencia de Dios a lo largo de la jornada (insistiendo, por ejemplo, en una devoción concreta cada día de la semana), un rato de lectura espiritual, rezo del Santo Rosario, exámenes de conciencia… Nada le dice de la Misa ni de la Confesión que no ha podido tener en aquellos tres años pasados sin sacerdotes ni culto en las iglesias y, encontrándose aún en unas circunstancias en que, recién terminada la guerra, la vida no se había podido normalizar…

Lola empieza a desplazarse a Madrid con frecuencia para completar su formación. En septiembre y en diciembre vuelve a ver al Padre, así como a su madre, doña Dolores, y a su hermana, Carmen, en el piso de la calle Jenner.

La ayuda espiritual a los sacerdotes

Mientras don Josemaría termina su tesis doctoral, que espera defender en diciembre, la residencia de Jenner empieza a animarse: círculos de estudios, meditaciones, retiros, actividades culturales a cargo de los primeros miembros de la Obra…

Respondiendo a las peticiones, cada vez más numerosas, de diversos obispos, el Padre viaja a varias ciudades españolas para dar ejercicios espirituales a grupos de sacerdotes. Los sufrimientos, a menudo heroicos, que han tenido que soportar en la guerra, pueden ser para ellos motivo de un nuevo impulso.

No olvida que tiene que dirigirse a hombres acostumbrados a enseñar y a predicar; por eso, antes de nada, les dice, para ganárselos, que tiene la impresión, al hablarles, de que trata de vender miel al colmenero. No por eso deja de exhortarles, con todas sus fuerzas, a no contentarse con ejercer bien su ministerio; deben aspirar a ser santos, a vivir heroicamente su vida cotidiana, porque la extensión del reino de Dios en el mundo depende de su grado de disponibilidad.

El sacerdote es jefe. Tiene que ir el primero, como Jesús. Este jefe siempre es victorioso, pero tiene que ponerlo todo: cuanto exijan las almas (su conversión), toda la salud, todo su dinero, todo su tiempo… ¿Un cura de carrera? No. Un apóstol… Jesús es mi hermano. Tenemos que hacer lo mismo. Sufrir lo mismo. Tenemos que parecernos: los mismos intereses, el mismo Padre… ser iguales. Él es el hermano mayor. La misma Madre, el mismo negocio, la misma hacienda, la misma vida, el mismo fin, el mismo premio… Identificados los dos en todo… ¿Un sacerdote sin santidad heroica? El bicho más raro, más desproporcionado, el más dañino, el más perjudicial…

Predicación exigente, pero eminentemente positiva, que reconforta a los oyentes y les incita a rezar más y a hacer apostolado.

Don Josemaría acepta predicar siempre que se lo piden los obispos de las diversas diócesis. Fiel a lo que ha resuelto, sólo pone una condición: no aceptar retribución alguna y pagarse hasta el viaje.

Centrarlo todo en Cristo

Los temas de su predicación a los estudiantes que viven en Jenner y a otros jóvenes, no difieren mucho de los que predica a los sacerdotes. A los seglares, el Padre les pide que, sin perder en absoluto su mentalidad secular, tengan alma sacerdotal, abierta a las necesidades más hondas de los que les rodean, a los cuales deben acercar a Cristo.

El Fundador del Opus Dei anima a quienes le escuchan a proseguir sus estudios, interrumpidos por la guerra, recordándoles que deben santificarse en su trabajo y asumir sus responsabilidades sociales.

Tras la guerra, muchos estudiantes experimentan ansias de acción, teñida, casi siempre, de las ideas dominantes. Como reacción ante la pasada persecución religiosa, la ideología política que prevalece entonces adopta un catolicismo oficial, proclive a las grandes manifestaciones públicas de fe, a las inauguraciones solemnes de iglesias y centros religiosos, a los discursos inflamados, a veces revanchistas…

Don Josemaría pone en guardia, a quienes quieren escucharle, frente a una concepción demasiado humana de la acción, que puede ser, sí, noble y patriótica. Pero no olvidéis -les dice- que existe una realidad más alta: el reino de Cristo, que no tiene fin. Y para que Cristo reine en el mundo, primero ha de reinar en tu corazón. ¿Reina de verdad? ¿Es tu corazón para Jesucristo?

Así les habla un último domingo de octubre, fiesta de Cristo Rey.

Como en los tiempos turbulentos de la República, algunos se alejan, más atraídos por una formación directamente orientada a la política. Otros, por el contrario, se sienten conmovidos al oírle hablar de una forma que hace resonar en ellos las palabras del Señor en el Evangelio, las cuales constituyen también una llamada a la acción, pero de otra manera.

Varias decenas de nuevos miembros llegan así a lo largo del curso universitario 1939-40 y del siguiente. El Padre les previene contra posibles interpretaciones erróneas de su apostolado, asegurándoles lo mismo que ya había escrito en 1932:

No vamos al apostolado a recibir aplausos, sino a dar la cara por la Iglesia, cuando ser católico es difícil; y a pasar ocultos, cuando llamarse católicos es una moda. Y añade: Habéis de vivir, habéis de hacer vuestra tarea, con la rectitud y con la nobleza de quienes, en su actuación, hacen valer su ciudadanía y su preparación profesional, no su catolicismo (…); con la alegría sobrenatural y el optimismo humano de quienes están profundamente convencidos de que el cristianismo no es una religión negativa y arrinconada, sino una afirmación gozosa en todos los ambientes del mundo.

En las ciudades de España

El mundo, mientras tanto, vive una de las etapas más dramáticas de su historia. El 3 de septiembre de 1939, Francia e Inglaterra entran en guerra contra la Alemania de Hitler. Todo hace pensar que esta conflagración afectará a más países que la precedente y que los medios de destrucción serán mucho mayores. Numerosos observadores opinan que la guerra de España ha sido como el banco de pruebas.

En el vestíbulo de la residencia de Jenner, el Padre ha hecho colocar un mapamundi para recordar las dimensiones universales de los apostolados del Opus Dei, cuya expansión va a verse obstaculizada, una vez más, por el curso de la historia. A veces, el Fundador hace girar con la mano un globo terráqueo que hay en su despacho para contemplar esos continentes donde, en cuanto sea posible, habrá que llevar la semilla divina de la Obra. Y como no será posible, de momento, ir a París, habrá que comenzar la expansión sólo dentro de la geografía española.

Los viajes se suceden a ritmo acelerado. Tanto, que el Padre cae agotado. En Valencia, después de predicar unos ejercicios en septiembre de 1939, se ve obligado a interrumpir la Misa que ha comenzado a celebrar en la Catedral, atacado por un súbito acceso de fiebre. Tienen que ayudarle a ganar la sacristía, de donde le conducen a un piso de la calle de Samaniego, que sus hijos acaban de instalar. El mobiliario es de lo más rudimentario. Como no tienen mantas, cubren al Padre -recostado sobre un somier- con unas cortinas, en espera de que la crisis pase.

Otros muchos viajes de “exploración” se suceden, en trenes destartalados y fríos o por carreteras en pésimo estado: Zaragoza, Valladolid, Barcelona, Salamanca…

Los viajes en automóvil resultan más animados. El Padre suele entonar canciones populares, cuyas letras de amor, que aplica al amor divino, le acercan a Dios.

Al llegar al punto de destino, el Padre y quienes le acompañan se instalan en algún hotel modesto y se lanzan a buscar amigos o conocidos.

El Padre recibe sin cesar a todos, unas veces en el mismo hotel, otras en un rincón tranquilo de algún café o de un parque público. Incansablemente, habla, a quienes son capaces de comprenderlo, del ideal de santidad en medio de las ocupaciones ordinarias que constituye la razón de ser de su vida desde el 2 de octubre de 1928.

Van surgiendo vocaciones en distintas ciudades, fruto de la oración, de la mortificación y del celo apostólico del Padre y de sus hijos. Desprovistos de todo, experimentan sentimientos parecidos a los de los apóstoles cuando el Señor los envió sin “bolsa ni alforjas” (Lc. X, 4), llevando como único viático su fe en la eficacia de la palabra del Maestro: “No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que Yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (loh. XV, 16).

En marzo de 1940, los miembros de la Sección de varones del Opus Dei son ya unos cuarenta. Se hace necesario prever para ellos un período de formación intensa. Así pues, vienen a Madrid, procedentes de distintos lugares de España, y se reúnen en torno al Fundador. Son unas jornadas inolvidables, impregnadas de alegría y buen humor.

El 19 de marzo, festividad de San José, celebran el santo del Padre. El Vicario general de la diócesis, don Casimiro Morcillo, le visita para transmitirle el saludo afectuoso del obispo, Mons. Eijo y Garay.

Por todos los rincones del mundo

El Padre les habla de fidelidad, de la necesidad de perseverar, pase lo que pase. Para remachar el clavo, evoca el heroísmo de los cuarenta mártires de la ciudad armenia de Sebaste, que, en el siglo IV, fueron arrojados a un estanque helado por negarse a sacrificar a los ídolos. “Cuarenta hemos entrado en este combate y cuarenta coronas, Señor, te pedimos: haz que no falte ni siquiera una de este número”. Pero, en plena noche, uno de ellos, vencido por el frío, pide que lo saquen. Entonces, uno de los guardianes, conmovido por el temple de aquellos hombres, al ver bajar cuarenta Ángeles con cuarenta coronas, se declara cristiano y se arroja al estanque para reemplazar al que ha desertado…

Vuestra eficacia, hijos míos, será consecuencia de vuestra santidad personal, que cuajará en obras responsables, que no se esconden en el anonimato. Cristo Jesús, Buen Sembrador, nos aprieta -como el trigo- en su mano llagada, nos inunda con su Sangre, nos purifica, nos limpia, ¡nos emborracha! Y luego, generosamente, nos echa por el mundo uno a uno, como deben ir mis hijos del Opus Dei, esparcidos: que el trigo no se siembra a sacos, sino grano a grano.

Un libro de gran formato y tapas blancas ha aparecido el año antes. Contiene los puntos de meditación de Consideraciones Espirituales, ligeramente modificados, y enriquecidos con 566 puntos más que hacen un total de 999 (en simbólico homenaje a la Santísima Trinidad). El título, Camino, recuerda a Cristo, que se llamó a Si mismo Camino, Verdad y Vida…

En ese libro, ha escrito: No tengas espíritu pueblerino. -Agranda tu corazón, hasta que sea universal, “católico”.

Cuanto más cerca está de Dios el apóstol, se siente más universal: se agranda el corazón para que quepan todos y todo en los deseos de poner el universo a los pies de Jesús.

Y también: Ser católico es amar a la Patria, sin ceder a nadie mejora en ese amor. Y, a la vez, tener por míos los afanes nobles de todos los países. ¡Cuántas glorias de Francia son glorias mías! Y, lo mismo, muchos motivos de orgullo de alemanes, de italianos, de ingleses…, de americanos y asiáticos y africanos son también mi orgullo. -¡Católico!: corazón grande, espíritu abierto.

Los pensamientos se vuelven hacia el mapamundi del vestíbulo de la Residencia de Jenner.

¿Cuándo se hará realidad ese sueño divino?

Roma, 28 de enero de 1949

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Pío XII ha alzado la cabeza y, en su mirada penetrante, tras las gafas redondas de metal, el Fundador del Opus Dei percibe su sorpresa.

-Sí, Santidad -le confirma-, los libros y folletos que tenéis a la vista han sido escritos por algunos de mis hijos …

El Padre, en esta tercera audiencia del Papa, a la que ha ido acompañado por don Álvaro del Portillo, ha querido presentar al Sumo Pontífice un testimonio de lo que pueden suponer las distintas formas de hacer apostolado en la Obra. Se trata, en este caso, de una selección de libros y de artículos científicos publicados por algunos de sus hijos e hijas.

Ni que decir tiene que la Obra no se atribuye los méritos de las actividades profesionales ejercidas por sus miembros, que son de exclusiva responsabilidad suya; pero, en esta ocasión, el Fundador ha querido escoger un ejemplo expresivo para mostrar que el apostolado de sus hijos se realiza con un espíritu plenamente secular, inmerso en todas las realidades humanas, desde las más humildes a las más relevantes.

En efecto; desde los comienzos de la Obra, no ha dejado de procurar que esa llamada específica a la santidad que proclama llegue a personas de todas las clases sociales. Por eso, se siente muy contento porque, desde 1946, han ido surgiendo vocaciones entre mujeres cuya profesión consiste en “servir”, en llevar a cabo las tareas domésticas. Son ellas quienes -sin mezclarse para nada en las actividades de los varones- contribuyen a hacer acogedoras y agradables las casas en que viven algunos miembros de la Obra. Para el Padre, es éste un signo de la vitalidad del Opus Dei, así como otros muchos que se ponen de manifiesto en la expansión que se ha producido desde la última aprobación pontificia.

Londres, Dublín, París, México, Estados Unidos…

En los tres años transcurridos desde entonces, la Obra ha ido echando raíces en países muy distintos y los frutos son esperanzadores.

El 17 de diciembre de 1946, el Santísimo ha quedado reservado en el Sagrario del oratorio de la residencia de Coimbra, la primera de Portugal, y el 24 de junio de 1947 sus hijos, en Londres, se han instalado en el primer Centro de la Obra en Inglaterra. En octubre de ese mismo año, con unos quince días de intervalo, el Padre ha dado su bendición a José Ramón Madurga, que partía para Dublín, y a dos jóvenes diplomados que se iban a París: Julián Urbistondo y Álvaro Calleja. A estos últimos les ha entregado un trocito del sudario de Isidoro, cuyo proceso de beatificación está a punto de iniciarse.

El 25 de julio de 1947, un mexicano, Guillermo Porras, ha pedido la admisión en la Obra. Y al regresar a Roma, el Padre ha tenido la dicha de abrazar al primer italiano que, el 9 de noviembre de 1947, había hecho lo mismo: Francesco Angelicchio; pronto, en los primeros meses de 1948, otros le han seguido.

En ese año, aquellos de sus hijos que han comenzado a extender la semilla de la Obra en diversos países continúan dándole buenas noticias. El 9 de enero le anuncian telegráficamente que se ha producido la primera vocación en Irlanda. En abril, don Pedro Casciaro y otros miembros de la Obra han emprendido un largo periplo por los Estados Unidos y por diversos países de Hispanoamérica. El Padre les ha encargado que estudien las particularidades de cada uno y que establezcan contactos preliminares con vistas a un próximo establecimiento de la Obra. En los Estados Unidos, don Pedro ha estado con José María González Barredo, que se encontraba allí desde hacía tiempo realizando trabajos de investigación científica. Juntos, han visitado algunas de las principales ciudades del Canadá y de los Estados Unidos.

En México, adonde había llegado a mediados de mayo, ha permanecido dos meses. A su regreso a España, el Padre ha decidido empezar la labor enseguida en México y en los Estados Unidos.

A finales de 1948, en Molinoviejo, el Padre ha dado su bendición a don Pedro Casciaro, que ha partido para México a comienzos del siguiente año, acompañado por otros tres miembros de la Obra. Don José Luis Múzquiz, por su parte, se ha trasladado a los Estados Unidos en el mes de febrero…

Se encuentren donde se encuentren y sean cuales sean sus circunstancias, estos primeros miembros de la Obra enviados por el Padre a distintos países suelen proceder de la misma manera a la hora de emprender su “labor apostólica”. Porque, en el espíritu del Opus Dei, esa labor es inseparable de su trabajo profesional, de sus tareas ordinarias. Así, procuran suscitar vocaciones entre sus compañeros de trabajo, mediante un apostolado de amistad y confidencia, que el Fundador ha recomendado siempre y que no es otra cosa que la superabundancia, de su vida interior: práctica sacramental, oración, mortificación -en especial la aceptación alegre de los numerosos sacrificios, grandes o pequeños, inherentes a las dificultades de los comienzos-, dominio continuo del carácter y de los sentidos… Tal es el tesoro que se esfuerzan en comunicar a los demás, en especial a aquellos cuyas virtudes humanas -generosidad, lealtad, sinceridad, etc.- pueden predisponerles a entregarse al Señor.

Los sacerdotes de la Obra, siempre muy pocos en relación con los seglares, y por tanto absorbidos por el desempeño de su ministerio, están siempre a disposición de quienes se acercan a ellos y desean avanzar por esa vía de santificación en medio del mundo que el Opus Dei les ofrece, reciban o no la vocación a la Obra.

En cuanto a las circunstancias materiales, suelen ser también muy similares. Nada más llegar a un país, buscan una casa, como el Padre había hecho en Madrid en los años treinta, donde procuran que haya cuanto antes un sagrario contando siempre con la venia del Ordinario del lugar. Allí se instalan algunos miembros de la Obra, para, desde ella, impulsar la labor apostólica y de formación de los nuevos miembros. Pero como la mayor parte de los miembros -especialmente los casados- viven con sus familias, es en ese ambiente familiar y en su entorno profesional donde ejercen su apostolado.

El Padre, mientras tanto, sigue impulsando desde Roma el desarrollo de la Obra. Anima a todos con su oración, con sus cartas, con sus iniciativas. Y, cuando puede, viaja para impulsar la labor apostólica allí donde hace falta.

En octubre de 1948, con ocasión de un viaje a España, se traslada por cuarta vez a Portugal para visitar a sus hijos en Coimbra y en Oporto, donde acaban de abrir la residencia Boavista. Son momentos de alegría para él y para los que vuelve a ver o abrazar por primera vez, a los cuales ha animado siempre a aceptar con buen humor las consecuencias de una pobreza heroica que en Portugal, como en todas partes, ha acompañado los comienzos de la labor apostólica.

Cada vez que ha visto a sus hijos partir hacia un nuevo país, ha sido como volver a sus veintiséis años, cuando, desprovisto de medios, tenía que abrir todos los caminos divinos de la tierra.

A los dos que se preparaban para reunirse en París con Fernando Maycas, les había hecho esta reflexión en voz alta: Siempre hemos empezado con medios desproporcionados.

La vocación a la santidad dentro del matrimonio

Su estancia en España le había permitido, también, realizar algo que llevaba en el corazón desde el principio y que iba a marcar un nuevo hito en el desarrollo de la Obra.

Lo que había visto el 2 de octubre de 1928 incluía, entre aquellos que habrían de responder a la llamada divina a la santificación en medio del mundo, una mayoría de personas casadas que servirían a la Iglesia y a las almas en todas las situaciones humanas imaginables, santificando su vida de familia y haciendo de sus casas unos hogares luminosos y alegres.

Su vocación era idéntica a la de los demás miembros célibes de la Obra, aunque las circunstancias en las cuales vivieran fuesen muy diferentes, porque el Opus Dei no tenía más que un solo puchero, del cual cada uno tomaría lo que necesitase para cubrir sus necesidades, con arreglo a su disponibilidad.

Entre el 25 y el 30 de septiembre de 1948, el Padre, en Molinoviejo, había dirigido un curso de retiro a quince hombres que estaban dispuestos a ser de la Obra, entre ellos Tomás Alvira y otros que había conocido antes o durante la guerra.

El Fundador les había comentado unas cuartillas que había comenzado a escribir en 1935 y que, por entonces, estaba completando. El documento era una instrucción, un programa en torno a la inmensa tarea apostólica que iría penetrando todas las capas de la sociedad a lo largo de los siglos; apostolados cada vez más amplios que, hacía ya tiempo, cerca de allí, en Segovia, el Padre había puesto bajo el patronato del Arcángel San Gabriel: Yo veo esta gran selección actuante: hombres y mujeres de empresa y obreros, mentes claras de la universidad, inteligencias cumbres de la investigación, mineros y campesinos… todos, cada uno sabiéndose escogido por Dios para lograr su santidad personal en medio del mundo, precisamente en el lugar que en el mundo ocupa, con una piedad sólida e ilustrada, de cara al cumplimiento gustoso -aunque cueste- del deber de cada momento.

La llamada a la que respondían algunos de los que le escuchaban había ido madurando en su alma desde hacía meses o desde hacía años. Otros habían conservado en su memoria el recuerdo de lo que el Padre les había dicho hacía ya mucho tiempo: que tenían vocación matrimonial: ¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”? Pues la tienes: así, vocación.

Esta afirmación, que el Padre había recogido en Camino, era chocante entonces y había sido uno de los motivos de la incomprensión que la Obra había encontrado en ciertos medios eclesiásticos. Sin embargo, enseguida, en 1950, la Santa Sede daría la razón a Mons. Escrivá, admitiendo que personas casadas pudiesen formar parte del Opus Dei en respuesta a una llamada específica a la santidad dentro de su estado.

La batalla de la formación

Hacía falta, pues, empezar enseguida a dar un denominador común, el de la doctrina cristiana y el espíritu de la Obra, a todos estos hombres y mujeres, célibes o casados, que tan diferentes eran por su origen, su raza, su profesión, su formación y su lugar en la sociedad. La misma diversidad y espontaneidad de los apostolados lo exigía, si se querían garantizar la unidad y la eficacia apostólica del Opus Dei a lo largo de los siglos. Dicho de otra manera: convenía librar -en palabras del Fundador- “la gran batalla de la formación” de los miembros de la Obra.

Esta formación la recibirían habitualmente “en el tajo”, allí donde hubiera miembros del Opus Dei, y les acompañaría siempre, de alguna manera, al sitio donde su vida profesional o familiar les llevara. Los miembros que permanecían célibes, sin embargo, podrían recibirla de forma intensiva, en períodos más prolongados, dada su mayor disponibilidad.

El Padre tenía en mente el que algunos de éstos pasasen un período largo en la capital de la Cristiandad, con objeto de adquirir un espíritu universal, católico, y empaparse al mismo tiempo del espíritu de la Obra, viviendo cerca del Fundador. En consecuencia, se hacía necesario disponer de una casa lo suficientemente amplia.

Por aquel entonces, Mons. Escrivá estaba preparando la Sede Central del Opus Dei en Roma, pues la Obra iba teniendo cada día una extensión más universal. Y la solución provisional para aquel Centro de formación, que en 1948 se veía necesario, la encontró ahí: una parte de la Sede Central se destinaría a ese Centro de carácter internacional -el Colegio Romano de la Santa Cruz-, hasta que encontrara su sede definitiva.

Tras varios meses de búsqueda, se había localizado, en febrero de 1947, una villa romana situada en el barrio del Parioli, al norte de Villa Borghese. La casa, que había sido residencia del embajador de Hungría ante el Vaticano, era bastante amplia, sobre todo teniendo en cuenta el jardín que la rodeaba, donde se podrían construir nuevos edificios. Desgraciadamente, todavía estaba habitada por un antiguo funcionario de la embajada y su familia, quienes la ocupaban sin derecho alguno, ya que las relaciones entre Hungría y la Santa Sede habían quedado rotas con la llegada al poder de los comunistas. Tal era la causa de que el propietario pidiese un precio razonable, aunque resultase elevadísimo para las posibilidades con que contaba don Josemaría. Además, había que pagar en francos suizos…

Don Álvaro se lo comentó al Padre, que, con buen humor, respondió: No nos importa nada, porque nosotros no tenemos ni liras, ni francos, y al Señor le es igual una moneda que otra.

Lo más importante era tener la seguridad de poder desalojar a los ocupantes de la Villa. Los abogados decían que se conseguiría, pero que sería preciso tener calma…

Este dictamen, unido a las palabras de aliento de Mons. Montini, habían terminado por decidir al Padre.

-No dejen de comprarla -había dicho el sustituto de la Secretaría de Estado-. Está muy bien y las condiciones financieras son favorables. El Santo Padre conoce la casa, porque, cuando era Secretario de Estado, estuvo allí; se alegrará al saber que la han adquirido ustedes…

Y es que, antes de la guerra, el entonces Cardenal Pacelli se había entrevistado allí con el Regente Horthy, de Hungría.

En Villa Tévere

Como los ocupantes de la Villa se demoraban en desalojarla, el Fundador decidió abandonar el apartamento de la plaza Città Leonina y establecerse provisionalmente, con algunos de sus hijos, en la casita del portero, situada en la esquina de las calles Bruno Buozzi y Villa Sacchetti.

Aquello era de lo más inhóspito. El Padre había tenido que dormir varías noches en el santo suelo, sobre una tabla, utilizando un libro como almohada. El intenso frío le había ocasionado una parálisis facial que le dificultaba todo el movimiento de la parte izquierda de la cara. Con todo, aquella portería había permitido acoger, además de los que vivían en el piso de Città Leonina, los primeros miembros italianos de la Obra. Éstos habían empezado a llevar allí a sus amigos, y don Álvaro del Portillo les predicaba y atendía espiritualmente.

El Padre, sin embargo, pensaba ya en los que vendrían a Roma para formarse y regresar luego a su país de origen. El 29 de junio de 1948, había firmado un documento por el que erigía un centro internacional destinado a impartir esa formación, el cual en espera de una sede definitiva, se instalaría en Villa Tévere y llevaría el nombre de Colegio Romano de la Santa Cruz.

“Colegio”, había explicado, porque es una reunión de corazones que forman -consummati in unum- un solo corazón, que vibra con el mismo amor ; “Romano”, porque nosotros, por nuestra alma, por nuestro espíritu, somos muy romanos. Porque en Roma reside el Santo Padre, el Vice-Cristo, el dulce Cristo que pasa por la tierra. De la “Santa Cruz”, porque el Señor quiso coronar la Obra con la Cruz, como se rematan los edificios, un 14 de febrero… Y porque la Cruz de Cristo está inscrita en la vida del Opus Dei desde su mismo origen, como lo está en la vida de cada uno de sus hijos. Y también porque la Cruz es el trono de la realeza del Señor, y hemos de ponerla bien alto, en la cima de todas las actividades humanas.

El 5 de febrero de 1949, los ocupantes húngaros desalojan por fin la villa. El Padre y los demás se instalan allí. Ya pueden comenzar las obras de reforma, que serán largas sin duda, dada la amplitud del proyecto y el esfuerzo que será preciso hacer para reunir los fondos necesarios.

A partir del 11 de febrero, durante una estancia del Padre en España y Portugal que durará dos meses y medio, el Fundador pide a sus hijos e hijas que recen intensamente por el éxito de esta nueva iniciativa, tan desproporcionada a los medios con que se cuenta, pero indispensable para garantizar el futuro de la Obra, su unidad y la permanencia de su espíritu en todos los países.

Como es tradicional en los centros del Opus Dei, se da prioridad a los oratorios y luego a los edificios, totalmente independientes, destinados a las mujeres que habrán de encargarse de la Administración de la sede.

La labor apostólica en Italia

Por entonces, la Obra empieza a extenderse por Italia. En 1948, el Fundador había realizado un viaje a Milán y otro al Sur, pasando por Nápoles y llegando hasta Catania, en Sicilia.

En los primeros meses de 1949, sus hijos recorren las principales ciudades de Italia, con objeto de establecer los primeros contactos y poner los fundamentos de una labor apostólica estable: Bari, Génova, Turín, Milán, Bolonia, Pisa, Padua, Nápoles, Palermo, Catania… El terreno, preparado por la oración y el sacrificio, parece apto y empiezan a surgir algunas vocaciones.

A mediados de agosto, unos treinta jóvenes que han pedido recientemente la admisión en la Obra se reúnen, para recibir una formación intensiva durante unas semanas, en una villa situada en Castelgandolfo, dominando el lago Albano, muy cerca de donde veranea el Papa. La finca, muy abandonada, pertenece a la Santa Sede y Pío XII pronto la cederá en usufructo a la Obra.

El Padre les habla de oración, de trabajo, de humildad, de perseverancia, de la necesidad de imitar a Cristo, “obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz”. Ello supone para todos un nuevo impulso que les ayudará a progresar en su vida interior y les animará a reanudar, con renovado vigor, su trabajo profesional y su labor apostólica.

El 28 de octubre, en Roma, se dirige de nuevo a algunos miembros italianos de la Obra, exhortándoles a ser sembradores de paz y de alegría, “quasi fluvium pacis” (Is. LXVI, 12): como un gran río de paz en una sociedad encenagada por el pecado. El Señor os quiere presentes -les dice- por todos los caminos de la tierra…, echando la semilla de la comprensión, de la disculpa, del perdón, de la convivencia, de la caridad, de la paz: “in hoc pulcherrimo caritatis bello”. Esta “lucha pacífica” deberán librarla sus hijos en todos los países del mundo… sin descanso, en medio de las incomprensiones y de las críticas inevitables -pues siempre han estado presentes en el camino de los cristianos coherentes con su fe-, pero también con mucha alegría.

Roturando el terreno

El Padre sigue paso a paso el desarrollo de la Obra en otros países. En las cartas que escribe a sus hijos repartidos por casi todo el mundo, les aconseja roturar el terreno, prepararlo para la siembra con su oración y su sacrificio y con el empeño que ponen para suscitar la llamada divina en las almas.

Aquí y allá van surgiendo las primeras vocaciones, pronto seguidas por otras.

En la primavera, un irlandés y un portugués piden ser admitidos en la Obra. En el mes de agosto, una joven francesa, Catherine Bardinet, conoce el Opus Dei gracias a una amiga española a 1a que ha invitado a pasar una temporada en su casa de Burdeos. Comienza a traducir Camino al francés y, el 15 de agosto, decide jugárselo todo por Dios y pide ser admitida en la Obra. Es la primera vocación en Francia.

Ni que decir tiene que la Obra encuentra también obstáculos en algunos países. Pero, como le gusta decir al Fundador, ¿qué sería de un cuadro si todo fuera luz y no tuviera sombras? ¡No habría cuadro!. Así pues, aconseja a sus hijos e hijas que se atengan a la regla de conducta que él siempre ha adoptado: rezar, callar, trabajar, sonreír.

Al Padre le gusta contribuir a roturar el terreno con la oración, mientras recorre los países y regiones donde sus hijos ya trabajan o irán pronto a sembrar el espíritu del Opus Dei. Así, el 22 de noviembre de 1949, junto con don Álvaro y otro miembro de la Obra, visita Génova, Como y Milán. En esta última ciudad, unos pocos hijos suyos esperan, en una pensión, encontrar un lugar en el que instalarse. El Padre les aconseja que invoquen con frecuencia a la Madonnina que corona la catedral de Milán; les habla también de vida interior, de esa santidad que deben buscar incansablemente en su vida ordinaria, como, por ejemplo, en las difíciles circunstancias que atraviesan. El resto vendrá por añadidura, si son fieles, gracias a su empeño.

Desde Milán, sigue viaje por Turín y el norte de Italia, hasta Bolzano, en el Alto Adigio. Luego, el 29 de noviembre, cruza la frontera de Austria.

Antes de partir de Milán, ha escrito a sus hijos de Portugal: Encomendad de firme las cosas para que el Señor no mire nuestras miserias, sino nuestra fe, y podamos pronto emprender definitivamente la labor en el centro de Europa.

Pasan por Innsbrück, llegan hasta Münich -capital de Baviera-, en el sur de Alemania, vuelven a pasar por Innsbrück y regresan a Italia por la región de Venecia.

Durante la última etapa del viaje, el Padre no ha hecho más que rezar: ha invocado a la Virgen en todas las iglesias, de muros blancos y dorados, y ha recitado infinidad de rosarios en el coche. Hemos llenado de avemarías y canciones los caminos del centro de Europa, comentará al regreso.

Le parece estar viviendo una novela, una maravillosa novela de amor y de aventuras.

Pensando en las maravillas que el Señor le ha descubierto, en aquellas que ya se han convertido en realidad y en las que se convertirán pronto, tiene la sensación, a veces, de que todo lo que está sucediendo supera su capacidad de imaginación y terminará por hacerle estallar el corazón y la cabeza.

Antes, más, mejor: Prima, più, meglio! Estas tres palabras serán en adelante uno de los lemas que utilizará para pedirle a Dios, en un diálogo lleno de confianza, que acelere el desarrollo de la Obra. Con ellas trata de expresar que, con la fidelidad de todos, se harían más cosas, antes y mejor de lo que con visión humana se podría pensar.

Un corazón que late en Roma

El día de Navidad de 1949, el Papa Pío XII inaugura el año jubilar golpeando por tres veces, con un martillo de plata, la Puerta Santa, situada a la derecha del peristilo de la basílica de San Pedro. Millares de peregrinos han llegado a Roma para asistir al acto.

El 1.° de enero de 1950, Mons. Escrivá de Balaguer, acompañado por don Álvaro del Portillo y otros dos de sus hijos, se dirige a San Pedro para ganar las indulgencias del Año Santo, siguiendo la antigua tradición cristiana. Para el Opus Dei, va a ser un año de mayor esfuerzo y, si Dios quiere, de gracia. El Fundador tiene que hacer, además, dos importantes peticiones: que prosiga la expansión de la Obra en muchos países y que llegue pronto la aprobación definitiva de la Santa Sede, aunque sabe que esto será sólo un paso para llegar a la configuración jurídica propia del Opus Dei.

En Villa Tévere, mientras tanto, las obras avanzan. La estructura fundamental del edificio que da a la calle de Villa Sacchetti está concluida. En cuanto a la Villa central, se estudian las obras necesarias para añadir dos plantas.

Poco a poco, se ha ido instalando la parte habitable de la portería, que se llena de personas que la visitan para recibir dirección espiritual, estudiar, rezar o hablar con algún amigo. En Castelgandolfo, por otra parte, se organizan cursos de retiro y convivencias.

Los miembros de la Obra que visitan Roma van a ver al Padre. Ver a sus hijos, le causa una gran alegría. Padece muchas molestias por la grave diabetes que le aqueja, pero él ofrece por quienes le visitan, por todos sus hijos dispersos por el mundo y por los apostolados que tan generosamente hacen, su fatiga, la sed debida a la enfermedad y el hambre que el régimen a que está sometido le causa. Y también, desde luego, las largas horas de trabajo que constituyen el núcleo fundamental de sus jornadas.

Sigue en el cumplimiento exacto de las obligaciones de ahora. -Ese trabajo -humilde, monótono, pequeño- es oración cuajada en obras que te dispone a recibir la gracia de la otra labor -grande, ancha y honda- con que sueñas: poner a Cristo en la cumbre y en la entraña de todas las actividades de los hombres.

Durante largos meses, el Padre no sale de Roma, excepto para hacer breves visitas a sus hijos en Castelgandolfo, especialmente en verano y por las tardes.

Desde finales de 1949, viene trabajando, con ayuda de don Álvaro del Portillo, en la preparación de la definitiva aprobación pontificia, que vendrá a completar y perfilar el “decreto de alabanza” de 1947. La documentación que hay que presentar en la Santa Sede es importante y llega a ocupar tres mesas de su despacho. Con frecuencia, velan hasta muy tarde.

El Padre no se olvida, por eso, de seguir de cerca los progresos de los apostolados de la Obra en el mundo.

El 4 de marzo, un pequeño grupo de mujeres del Opus Dei viajarán hacia México. Otras preparan la marcha a los Estados Unidos y tratan de resolver los problemas administrativos previos.

El 12 de marzo, dos profesores universitarios, Francisco Ponz Piedrafita e Ismael Sánchez Bella, llegan a Buenos Aires con don Ricardo Fernández Vallespín, ordenado ya sacerdote. Van a dar una serie de conferencias sobre sus respectivas especialidades: fisiología animal, historia del derecho y arquitectura moderna. La acogida es tan cordial que, tras escribir a Roma para consultar, el Padre decide que se queden allí.

A don Adolfo Rodríguez Vidal, que poco antes ha llegado a Chile, el Padre le escribe en los siguientes términos el 13 de marzo de 1950: Hace un momento ha llegado a mis manos tu primera carta escrita desde Santiago de Chile. No imaginas con qué cariño y con qué ilusión la he leído. ¡Dios te bendiga, hijo! Dios te bendiga y te haga el corazón cada día más grande, y la cabeza cada día más clara, para que sepas amar y comprender a ese país magnífico, donde el Señor te ha puesto para que trabajes en su viña del Opus Dei (…) Hijo mío: que estés contento: que hagas alguna visita, de mi parte, a nuestra Madre del Cielo; en ese Santuario del Carmen: que estés seguro de que todo irá adelante, aunque en alguna ocasión puedan surgir dificultades (…) La bendición y un cariñoso abrazo de tu Padre.

2. Ciudadanos de las dos ciudades

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

La secularidad, que según el Vaticano II constituye “la índole propia y peculiar de los laicos” (Lumen gentium, n.31), se expresa también a través del correcto ejercicio de los propios derechos de ciudadano, es decir, siendo católicos sin ser clericales o beatos, y, al mismo tiempo, siendo ciudadanos que no olvidan que son católicos en el momento de sus opciones decisivas. Ésta ha sido una enseñanza constante del Fundador del Opus Dei. Me alegraría oír algún ejemplo tomado directamente de su vida.

–La secularidad, que puede considerarse como la unión armónica del alma sacerdotal con la mentalidad laical, que el Padre ha querido para todos los miembros de la Obra, sacerdotes y laicos, mujeres y hombres, la tuvo siempre muy en primer plano y constituyó un elemento de su carácter, de su existencia. Por ejemplo, se manifestaba en su intenso sentido de la justicia, y en el ejercicio de los propios derechos de ciudadano que el Padre no dejó de vivir nunca y que le llevó a titular “Ciudadanía” un capítulo de Surco.

Entre los miles de episodios que podría citar me parece significativo uno de su vida de estudiante. A partir del curso académico 1922–1923, cuando ya había sido nombrado Inspector del Seminario de Zaragoza y había recibido la tonsura, se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza. En junio de 1924 se presentó al examen de Historia de España, una materia que conocía muy bien por sus estudios de Bachillerato y sus múltiples lecturas: tuvo siempre gran afición a la Historia, que dominaba profundamente. Durante aquel año no había asistido a clases, porque no era alumno oficial, y estaba muy ocupado con el estudio de la teología y el encargo de Inspector del Seminario. A través de algunos amigos comunes, el profesor le hizo saber que no se presentase al examen porque lo suspendería. El joven Josemaría se quedó atónito: no tenía obligación de asistir a clase; por esto, para reivindicar un derecho que le correspondía en virtud del régimen académico, y porque estaba muy bien preparado, decidió presentarse. El profesor le suspendió, sin hacerle ni una pregunta.

Josemaría reflexionó con calma sobre lo sucedido y decidió escribir una carta al profesor para manifestarle respetuosamente que había cometido una injusticia y que tenía obligación de reparar. Añadía que deseaba presentarse en la convocatoria de septiembre, y quería asegurarse de que sería tratado justamente.

En aquella época los profesores gozaban de plena autonomía y decidían con absoluta libertad sobre el desarrollo y las calificaciones de los exámenes. No era fácil para un alumno hacer valer sus derechos, aun extremando el respeto. En septiembre el profesor fue muy correcto: reconoció su error y el alumno fue aprobado.

Resultaba muy secular también la sencillez con que, en hábito talar, trataba a sus compañeros universitarios. De vez en cuando, a la salida de clase, sus amigos le invitaban a tomar un aperitivo en un local frecuentado por los estudiantes: era el bar Abdón, en el Paseo de la Independencia, junto a la Plaza de la Constitución. Josemaría aceptaba algunas veces, y así cultivaba la amistad de un modo muy natural. Su comportamiento era tan sacerdotal y al mismo tiempo tan humano que, cuando se ordenó sacerdote, algunos de sus compañeros lo escogieron como confesor habitual.

Abogado y sacerdote. ¿Hubo algún momento en que el Fundador del Opus Dei hizo valer esa doble condición?

–Los estudios civiles le sirvieron, entre otras cosas, para dar clases particulares, que contribuyeron a mantener a su familia, tanto en Zaragoza como en sus primeros años de Madrid. Pero no empleó nunca su título civil, porque quiso ser siempre un sacerdote al cien por cien.

Es significativo un hecho que sucedió durante la guerra civil española. Cuando en Madrid el Padre no pudo ejercitar el ministerio sacerdotal y el clima se hizo irrespirable, en constante peligro de muerte –arrestos y fusilamientos en masa, quema de iglesias y de conventos, auténtica persecución religiosa–, no tuvo otra opción que atravesar la frontera por la zona de los Pirineos para pasarse a la zona libre, a través de Andorra. El punto de partida era Barcelona. Leyendo el periódico se enteró de que un colega suyo de la Universidad de Zaragoza, Pascual Galbe, era magistrado en la Audiencia de Barcelona, en representación del Gobierno autónomo de Cataluña. Habían sido grandes amigos, pero en aquellas circunstancias no era fácil prever cómo reaccionaría. Por esto, el Padre le hizo saber, a través de Tomás Alvira –que había sido a su vez compañero de Instituto de Pascual–, que se encontraba en Barcelona y que deseaba verlo. “En el tribunal no –respondió–, mejor que venga a comer a mi casa”.

Apenas lo vio, Pascual Galbe lo abrazó emocionado: “No sabes cuánto he sufrido, pensaba que habías muerto…”. Para ayudarle a salir del peligro le propuso incorporarse a la magistratura de Barcelona: él era una persona muy influyente, y además, los tribunales tenían una necesidad real de licenciados en derecho. Pero el Padre no aceptó: Si, cuando no perseguían al clero y a la Iglesia no he ejercido esta profesión porque debía dedicarme completamente a mi sacerdocio, ahora, sin duda, no buscaré esta escapatoria, para sobrevivir sirviendo a una autoridad que persigue a mi Madre, la Santa Iglesia. Pascual Galbe trató de convencerle: “Si te detienen, y es muy probable, te matarán”. El Padre repuso: No me importa, yo me debo a mi sacerdocio, y no me importa que me maten.

Me parece que en esta línea se sitúa también la cuestión del título nobiliario…

–Es un punto en el que conviene detenerse, porque, además, pone de manifiesto la gran humildad del Padre.

Conscientes de lo que el Fundador del Opus Dei era para nosotros sus hijos, y de lo que significaba para la Iglesia, comenzamos a recoger, con prudencia y amor filial, todos los datos que pudimos sobre su familia. Aprovechábamos para esta finalidad los viajes que miembros de la Obra, por motivos apostólicos o profesionales, hacían a los lugares donde había residido la familia de nuestro Fundador, o de donde procedían sus antepasados.

En los años sesenta enviamos las noticias y datos de primera mano recogidos a un conocido genealogista de Aragón, quien comprobó que algunos títulos nobiliarios correspondían, en línea directa, a la familia de nuestro Fundador. En mi calidad de Secretario General del Opus Dei decidí encargar al genealogista un estudio detenido. Después, sugerí al Padre la posibilidad de solicitar la rehabilitación de esos títulos. Teníamos muy presente cuánto había trabajado y sufrido por la Obra la familia de nuestro Fundador. Al principio, el Padre eludió el problema. Después se dio cuenta de que no se trataba de una cuestión meramente personal, suya, sino que afectaba a su hermano y a los descendientes de sus padres. Lo meditó detenidamente en la presencia de Dios. En su vida privada el Padre distinguía siempre, por una parte, sus deberes y sus derechos de cristiano y de sacerdote, que trató de cumplir y ejercitó heroicamente en todo momento, y por otra, sus derechos y deberes de ciudadano, no incompatibles con los primeros: su sacerdocio abrazó toda su existencia, pero no por esto renunció a sus obligaciones y derechos en cuanto miembro de una familia, y en cuanto ciudadano, dando ejemplo también en esto a sus hijos y a la gente que trataba.

Además de querer compensar de algún modo los sacrificios y sufrimientos que la fundación y desarrollo del Opus Dei habían supuesto para su familia, comprendió que no podía hacerles pagar de nuevo las consecuencias de su desprendimiento personal de los honores humanos: de hecho, como primogénito, de acuerdo con la legislación española vigente, sólo él podía recuperar los derechos nobiliarios. Repito que los honores no le importaban nada. La solución fue reclamar aquellos derechos para transmitirlos después a su hermano. Consideró, insisto, que –por una falsa humildad, y aún menos por miedo a las críticas y difamaciones–, no podía privar a su hermano y a sus sobrinos de algo que les pertenecía.

Pero sabía muy bien que ese gesto podía ser mal interpretado, y por eso, antes de tomar una decisión definitiva, pidió consejo a diversas personas, también de fuera de la Obra. Entre otros se dirigió al Cardenal Dell’Acqua, al Cardenal Marella, al Cardenal Larraona, al Cardenal Antoniutti, al Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla y buen amigo suyo desde hacía muchos años, y a Mons. Casimiro Morcillo, Arzobispo de Madrid, también viejo amigo del Padre.

Todos le dieron su parecer favorable y le animaron a llevar adelante el proyecto. El cardenal Larraona, que era un insigne canonista, le precisó que no sólo tenía derecho a reclamar los títulos nobiliarios, sino que, como Fundador de la Obra, tenía obligación de hacerlo: “Usted ha enseñado a sus hijos a cumplir los propios deberes civiles y a ejercitar todos sus derechos de ciudadanos. Por tanto, si no lo hiciera, les daría mal ejemplo”. El Cardenal pensaba que, si el Fundador renunciaba a aquel derecho tan cierto, sus hijos del Opus Dei y muchos otros buenos católicos probablemente seguirían ese ejemplo de humildad, renunciando, quizá, a derechos irrenunciables.

Nuestro Fundador informó también a la Secretaría de Estado Vaticana. Todos estuvieron de acuerdo. También contaba con el parecer favorable de las autoridades civiles competentes. Pero nuestro Fundador preveía claramente lo que iba a suceder: sabía que sería criticado por personas poco informadas, por algunos quizá envidiosos y malévolos, y por otros de lengua suelta, azuzados por el demonio. Veía con toda claridad que era como presentarles en bandeja de plata un pretexto para insultarle.

Como el Padre había previsto, no faltaron las críticas y dicerías que pusieron en evidencia su heroica y profunda humildad. Del mismo modo que había ejercitado sus derechos, cumplió un deber de justicia, para dar ejemplo a sus hijos, y procuró explicar claramente que el asunto, en sí mismo, carecía de importancia.

El 24 de julio de 1968 fue rehabilitado oficialmente el título de marqués de Peralta. Desde ese día arreciaron las polémicas y duraron tiempo. Hubo también personas amigas que le pidieron aclaraciones o que le hicieron llegar sus muestras de solidaridad. Nuestro Padre afrontó siempre el asunto con claridad y, más de una vez, con sentido del humor.

Tiempo después, cuando se calmaron las murmuraciones y el problema podía considerarse más o menos cerrado, entonces, sin publicidad, hizo las gestiones oportunas –como había previsto desde el principio– para ceder el título a su hermano, de modo que pudiese transmitirse por sucesión a sus descendientes.

El Fundador del Opus Dei detestaba esa forma de clericalismo que consiste en recibir tratos de favor. Por esto, no le gustaba la costumbre, difundida en ambientes eclesiásticos, de pedir prestaciones gratuitas a algunos profesionales, en calidad de abogados, médicos, ingenieros o dentistas “católicos”. El Fundador se empeñaba en pagar siempre los honorarios.

–Llegaba al extremo de que también pagaba en la Clínica Universitaria de Navarra cuando le hacían los reconocimientos médicos, a pesar de ser el Gran Canciller de la Universidad.

Por otra parte, exigía siempre en los trabajos, de acuerdo con lo debido en justicia. Me viene a la cabeza un suceso muy significativo. Al proyectar el oratorio del Consejo General del Opus Dei, se decidió que el pavimento fuese de mármol, con dibujos geométricos, formado cada uno por una sola piedra. Se aprobó un presupuesto de acuerdo con esta condición; pero, cuando el marmolista acabó de acristalar y dio por terminado su trabajo, el Padre advirtió que se habían compuesto los dibujos con varias piezas de mármol y se advertían las junturas. Aquello le pareció una chapuza intolerable, sobre todo, porque se trataba de un lugar destinado al culto. Lo consultó conmigo y con otras personas, y decidió hacer levantar el suelo y cambiarlo. Los motivos estaban claros: el presupuesto se había aprobado con aquella condición y ya se había pagado la factura. Aceptar la chapuza sería una falta de pobreza; y, además, para quienes vinieran después, un ejemplo desedificante de poco esmero en las cosas destinadas al Señor.

A propósito de los derechos del ciudadano, la enseñanza del Fundador es muy clara también en lo que se refiere al ejercicio de las actividades políticas. Los miembros del Opus Dei, en política como en otras actividades temporales, tienen la misma libertad, los mismos derechos y deberes que los demás ciudadanos católicos. Es un aspecto que no fue a veces bien entendido, especialmente a causa de la situación española. ¿Podría recordar algunos sucesos, comenzando por la postura del Fundador ante el comunismo y el nazismo?

–Por lo que se refiere al comunismo y al marxismo, el Padre fue siempre fiel a las clarísimas enseñanzas del Magisterio eclesiástico sobre estas ideologías. Y expresó en público su postura, cuando lo exigieron las circunstancias; su oposición no era fruto de las dificultades que sufrió personalmente bajo la dictadura comunista en España –había perdonado desde el primer momento–, sino que se fundamentaba en el ateísmo y en el carácter inhumano y antirreligioso de esta doctrina.

Especialmente a comienzos de los años sesenta y en particular en sus catequesis por la Península Ibérica y América Latina, ante la difusión entre los fieles de corrientes que intentaban conciliar el cristianismo con el marxismo, nuestro Fundador se hizo eco de las enseñanzas reiteradas por Pablo VI y de las condenas contenidas en los documentos de los dicasterios romanos competentes.

Por lo demás, un fragmento de una homilía suya pronunciada en 1963 ilustra muy claramente su actitud frente al comunismo: Precisamente por eso, urge repetir –no me meto en política, afirmo la doctrina de la Iglesia– que el marxismo es incompatible con la fe de Cristo. ¿Existe algo más opuesto a la fe, que un sistema que todo lo basa en eliminar del alma la presencia amorosa de Dios? Gritadlo muy fuerte, de modo que se oiga claramente vuestra voz: para practicar la justicia, no precisamos del marxismo para nada. Al contrario, ese error gravísimo, por sus soluciones exclusivamente materialistas que ignoran al Dios de la paz, levanta obstáculos para alcanzar la felicidad y el entendimiento de los hombres. Dentro del cristianismo hallamos la buena luz que da siempre respuesta a todos los problemas: basta con que os empeñéis sinceramente en ser católicos, non verbo neque lingua, sed opere et veritate (1 Ioh 3,18), no con palabras ni con la lengua, sino con obras y de veras: decidlo, siempre que se os presente la ocasión –buscadla, si es preciso–, sin reticencias, sin miedo (Amigos de Dios, num.171).

Al final de los años treinta, después de haber vivido la triste experiencia de la guerra civil, la mayor parte de los españoles alimentaba una fundada prevención contra el comunismo. No sucedía lo mismo con el nazismo: es más, la propaganda oficial, por un motivo o por otro, no sólo silenció los crímenes del nacionalsocialismo, sino que prohibió en España la publicación del documento pontificio que lo condenaba. Por esto, nuestro Fundador tuvo que pronunciarse más de una vez contra el nazismo en su ministerio sacerdotal. Precisamente porque en algunos ambientes oficiales españoles se miraba con simpatía al régimen alemán, se sintió en el deber de poner en guardia a los que se olvidaban de las aberraciones de aquella ideología: no sólo criticaba su totalitarismo, sino también la persecución y las discriminaciones a los católicos, a los hebreos, etc., y el tono de paganismo que caracterizaba el racismo nazi. Se prodigó en dar a conocer el contenido del documento pontificio de condena, y en difundirlo privadamente.

Sin embargo, algunos periódicos, hace poco, aunque se desmintió inmediatamente, hablaron de una “simpatía” del Fundador hacia el nazismo.

–Es una aberración que se descalifica por sí sola, pero quiero dar a conocer un testimonio que me llegó precisamente a la vez que aquella campaña de calumnias. (Un inciso: cuando suceden cosas de este tipo, seguimos viviendo el criterio que nos dejó el Padre: perdonar desde el primer momento, rezar por los calumniadores, reafirmar la verdad, y, siempre, “ahogar el mal en abundancia de bien”, persuadidos además de que la verdad acaba siempre abriéndose paso.) Pues bien, con fecha 9 de enero de 1992, Domingo Díaz–Ambrona me escribía desde Madrid: “Conocí al futuro beato en el transcurso de la guerra civil española. Durante ese periodo, me encontraba que refugiado, junto con mi mujer, en la embajada de Cuba, y estando allí se cumplió el tiempo del parto de nuestra hija Guadalupe, que nació el 3 de septiembre de 1937 en el Sanatorio Riesgo, ahora inexistente, que estaba entonces bajo protección de la bandera inglesa. Por las circunstancias que atravesaba el país no la podíamos bautizar, y así se lo comuniqué a un buen amigo mío, José María Albareda.

“Pocos días más tarde, José María Albareda me dijo que un sacerdote amigo suyo vendría en una determinada fecha a administrarle el bautismo. Confiado en la protección que nos ofrecía la bandera inglesa del sanatorio, invité al acto a los padrinos y a varios amigos más. El sacerdote se presentó a las cinco de la tarde, dos horas antes de la hora prevista, y estuvo el tiempo justo para bautizarla. Fue todo tan rápido, que ni siquiera le preguntamos el nombre. Más tarde supe que se trataba de Mons. Escrivá. Su comportamiento fue una lección de prudencia para todos en aquellos momentos difíciles. Yo intenté que se quedara, pero me comentó: ‘Me necesitan muchas almas’.

“Durante ese periodo, por lo que he sabido después, aunque no contaba más que con una precaria documentación y el clima social y político era muy peligroso para un sacerdote, desarrollaba una intensa labor apostólica: confesaba a muchas personas –con peligro de su vida muchas veces–, daba cursos de retiros cambiando constantemente de sede y atendía a un grupo de religiosas que sufrían los efectos de la persecución.

“Pero en aquel entonces yo no sabía, por las circunstancias citadas, de quién se trataba. Lo supe más tarde, durante un encuentro casual en el tren, en la línea Madrid–Avila, en el mes de agosto de 1941. Viajaba con mi mujer y mi hija de cuatro años cuando don Josemaría, al vernos, nos reconoció, entró en nuestro departamento y nos dijo: ‘A esa niña la he bautizado yo’. Nos saludamos, me dijo su nombre y estuvimos hablando de la situación histórica que atravesábamos. Nos encontrábamos en un momento decisivo de la historia de Europa: recuerdo que yo tenía un gran deseo de llegar cuanto antes a las Navas del Marqués, para saber por la radio como iba el avance de las tropas alemanas en territorio ruso.

“Yo le comenté que acababa de regresar de un viaje a Alemania y había podido captar el miedo de los católicos a manifestar sus convicciones religiosas. Esto me había llevado a recelar del nazismo; pero, como a muchos españoles, se me ocultaban los aspectos negativos del sistema y de la filosofía nazi, deslumbrados por la propaganda de una Alemania que se presentaba como la fuerza que iba a aniquilar por fin al comunismo. Y quise saber su opinión.

“Por todas esas razones que acabo de exponer me sorprendió profundamente, en aquellos momentos, la respuesta tajante de aquel sacerdote, que tenía una información muy certera de la situación de la Iglesia y de los católicos bajo el régimen de Hitler. Mons. Escrivá me habló, con mucha fuerza, en contra de ese régimen anticristiano, con un vigor que ponía de manifiesto su gran amor a la libertad. Hay que hacer notar que no era fácil encontrar en España, por aquel entonces, a personas que condenasen con tanta contundencia el sistema nazi y que denunciasen con tanta claridad su raíz anticristiana. Por eso, esa conversación, en aquel preciso momento histórico, en el que no se conocían aún todos los crímenes del nazismo, se me quedó profundamente grabada.

“Tiempo más tarde le comenté a mi amigo José María Albareda este encuentro y supe que había estado conversando con el Fundador del Opus Dei.

“Yo no soy del Opus Dei, pero mi experiencia personal me permite afirmar que quien sostenga una opinión contraria sobre el pensamiento en este sentido de Josemaría Escrivá de Balaguer no busca más que empañar inútilmente la vida santa de este futuro beato, que era un gran enamorado de la libertad”.

Es un testimonio incontrovertible que confirma los dictados del sentido común…

–Lógicamente, el Padre distinguía entre el nazismo y el pueblo alemán. Precisamente porque sentía un particular cariño hacia aquella nación –era un sentimiento heredado de su padre–, le dolía muchísimo verla sometida a aquella dictadura aberrante. Su pena se acrecentaría al estallar la Segunda Guerra mundial.

¿Y las relaciones con el franquismo?

–Antes de responder, me parece indispensable repetir una consideración bien conocida: la actividad y la finalidad del Opus Dei son exclusivamente espirituales, como también fueron sólo espirituales la misión y el ministerio sacerdotal de su Fundador. El Gobierno de una nación –cualquiera que sea– y el Opus Dei son realidades que se mueven en planos totalmente diferentes. La Prelatura impulsa a sus miembros a ejercer sus derechos y a cumplir diligentemente sus propios deberes como cristianos coherentes, pero les deja la más completa libertad en las opciones temporales; más aún, fomenta esa libertad: el único criterio que les señala en este punto es el de seguir las eventuales orientaciones que en este campo emane la jerarquía eclesiástica.

En el caso del franquismo, es necesario recordar que el final de la guerra civil significó el resurgir de la vida de la Iglesia, de las asociaciones, de las escuelas católicas, con una clara toma de posición de la Jerarquía a favor del General Franco, que era considerado en muchos ambientes como “providencial”. Basta pensar que, al término de la guerra civil, en la fachada de las catedrales de todas las ciudades españolas que eran sede episcopal se puso el escudo de la Falange con la inscripción: “Caídos por Dios y por España. ¡Presentes!” El Fundador del Opus Dei protestó muchas veces por este abuso.

En esta situación, el Padre, aun reconociendo a Franco el mérito de la pacificación, debió oponer resistencia a dos peligros: por una parte, la instrumentalización de la fe, ante el intento de determinados grupos de monopolizar la representación de los católicos en la vida pública; y por otra, la tendencia de algunos ambientes católicos a servirse del poder público como un brazo secular. En suma, dos facetas del clericalismo.

El Padre reconoció siempre que era competencia exclusiva de la Jerarquía dar indicaciones a los católicos en materia política; por eso siempre se abstuvo en este campo. La Jerarquía animó abiertamente a los católicos a sostener a Franco, tanto, que en los diversos gobiernos figuraron representantes de Acción Católica y de otras organizaciones religiosas. Y el clericalismo llegó al extremo de que alguno pidió el permiso del propio obispo (y lo consiguió, naturalmente), antes de aceptar la cartera de ministro.

Cuando, en los años cincuenta, algunos miembros de la Obra llegaron a ser ministros de Franco, el Padre ni lo aprobó ni lo desaprobó: actuaron según su libertad de ciudadanos católicos, respetuosos con la Jerarquía, aunque hubo quien intentó atribuir a la Obra como tal presiones o injerencias en el campo político. No nos faltaron dificultades e incomprensiones por ese motivo.

Ya en los años cuarenta, por ejemplo, algunos miembros del Opus Dei se presentaron a oposiciones de cátedras universitarias, y por su preparación, las ganaron brillantemente sin recomendación alguna. Surgió entonces una violenta reacción de los enemigos de la Iglesia que, desde fines del siglo anterior, a través de la Institución Libre de Enseñanza, controlaban la Universidad. Se hizo circular el rumor, absolutamente calumnioso, de que los miembros del Opus Dei ganaban las oposiciones de modo irregular, cuando lo cierto es que no gozaron de facilidad alguna, y más bien eran discriminados respecto de los que pertenecían a otras instituciones católicas favorecidas por los ministros de Educación Nacional.

Y no eran sólo enemigos de la Iglesia los que se oponían o no entendían. Cuando el Fundador, en 1947, pasó una temporada en España para preparar el traslado del gobierno de la Obra a Roma, se entrevistó en una ocasión con el Ministro de Asuntos Exteriores, Martín Artajo, que antes de entrar en el Gobierno había sido Presidente de la Acción Católica española. El Padre contó luego que, con gran sorpresa, el ministro le había dicho que no entendía “cómo se podía estar consagrado a la Iglesia, incluso con un vínculo de obediencia, y servir al mismo tiempo al Estado”. El Padre le explicó que no había ninguna dificultad, porque la materia de la obediencia debida a la Iglesia era la misma para él, que para el resto de los católicos, consagrados o no a Dios: esa obligación era del mismo grado, aunque por diverso título. Pero el ministro no acertó a entender esta palmaria verdad, y dio la orden de no admitir en el Cuerpo Diplomático a miembros del Opus Dei o personas consideradas como tales, aunque hubieran ganado el correspondiente concurso. Contra toda justicia, esa orden se cumplió en varios casos.

Como otras organizaciones católicas sostenían directa y abiertamente al Régimen, algunos no podían imaginar que la Obra se comportase de modo diverso. Sin embargo, el Fundador defendió siempre con vigor la libertad de opinión de sus hijos, y es natural que entre los miembros de la Obra hubiera quienes sostenían el franquismo, y quienes estaban en la oposición.

Recuerdo la película de una de las catequesis del Fundador en la que cuenta que no dudó en presentarse delante de un personaje muy poderoso para defender la libertad de opinión de un hijo suyo. Me gustaría conocer ese suceso con mayor detalle.

Un miembro de la Obra había escrito un artículo en oposición al régimen franquista. La reacción de las autoridades fue muy dura, y se vio obligado a exiliarse. Sobre esto nuestro Padre no tenía nada que decir, porque se trataba de cuestiones en las que no intervenía: correspondían a sus hijos como ciudadanos libres y responsables. Pero, entre otras injurias lanzadas contra aquel miembro de la Obra, dijeron que era “una persona sin familia”. Nuestro Fundador reaccionó entonces como un padre que defiende a su hijo. Se fue a España inmediatamente, solicitó audiencia a Franco y fue recibido enseguida. Sin entrar en las causas de las divergencias políticas, afirmó con toda claridad que no podía tolerar que de un hijo suyo se dijera que era un hombre sin familia: tenía una familia sobrenatural, la Obra, y él se consideraba su padre. Franco le preguntó: “¿Y si le meten en la cárcel?” El Padre respondió que respetaría las decisiones de la autoridad judicial, pero que si lo llevaban a prisión nadie le podría impedir facilitar a aquel hijo la asistencia espiritual y material que necesitara. Repitió las mismas ideas al almirante Carrero Blanco, brazo derecho de Franco. Y debo precisar que ambos, demostrando ser unos caballeros y tener sentido cristiano, reconocieron que nuestro Fundador tenía razón.

Muchos ataques a la Obra y a la libertad de sus miembros provenían directamente de instituciones del Régimen, como la Falange.

–Es elocuente en este sentido la carta que nuestro Fundador escribió el 28 de octubre de 1966 al ministro José Solís, jefe de la Falange:

Muy estimado amigo:

Hasta aquí me llega el rumor de la campaña que, contra el Opus Dei, hace tan injustamente la prensa de la Falange, dependiente de V.E.

Una vez más repito que los socios de la Obra –cada uno de ellos– son personalmente libérrimos, como si no pertenecieran al Opus Dei, en todas las cosas temporales y en las teológicas que no son de fe, que la Iglesia deja a la libre disputa de los hombres. Por tanto, no tiene sentido sacar a relucir la pertenencia de una determinada persona a la Obra, cuando se trate de cuestiones políticas, profesionales, sociales, etc.; como no sería razonable, hablando de las actividades públicas de V. E., traer a cuento a su mujer o a sus hijos, a su familia.

Con ese modo de proceder equivocado se comportan las publicaciones que reciben inspiración de su Ministerio: y así no logran más que ofender a Dios, confundiendo lo espiritual con lo terreno, cuando es evidente que los Directores del Opus Dei nada pueden hacer para cohibir la legítima y completa libertad personal de los socios, que nunca ocultan –de otra parte– que cada uno de ellos se hace plenamente responsable de sus propios actos y, en consecuencia, que la pluralidad de opiniones entre los miembros de la Obra es y será siempre una manifestación más de su libertad y una prueba más de su buen espíritu, que les lleva a respetar los pareceres de los demás.

Al atacar o defender el pensamiento o la actuación pública de otro ciudadano, tengan la rectitud –que es de justicia– de no hacer referencia, desde ningún punto de vista, al Opus Dei: esta familia espiritual no interviene ni puede intervenir nunca en opciones políticas o terrenas en ningún campo, porque sus fines son exclusivamente espirituales.

Espero que habrá comprendido mi sorpresa, tanto ante el anuncio de esa campaña difamatoria como al verla realizándose: estoy seguro de que se dará cuenta del desatino que cometen y de las responsabilidades que en conciencia adquieren ante el juicio de Dios, por el desacierto que supone denigrar a una institución que no influye –ni puede influir– en el uso que, como ciudadanos, hacen de su libertad personal sin rehuir la personal responsabilidad, los miembros que la forman, repartidos en los cinco continentes.

Le ruego que ponga un final a esa campaña contra el Opus Dei, puesto que el Opus Dei no es responsable de nada. Si no, pensaré que no me ha entendido; y quedará claro que V.E. no es capaz de comprender ni de respetar la libertad, qua libertate Christus nos liberavit la libertad cristiana de los demás ciudadanos.

Peleen ustedes en buena hora, aunque yo no soy amigo de las peleas, pero no mezclen injustamente en esas luchas lo que está por encima de las pasiones humanas.

Aprovecho esta ocasión para abrazarle y bendecirle, con los suyos,

in Domino.

Si se me permite expresar una opinión del todo personal, me parece que aquellos miembros de la Obra que, bajo su exclusiva responsabilidad, colaboraron libremente con el gobierno de Franco, trabajaron por el bien de su país, obtuvieron éxitos, reconocidos hoy unánimemente, en el saneamiento de la economía y en la ruptura del aislamiento de España, proyectándola hacia Europa. Aun absteniéndose de intervenir y de exponer públicamente opiniones en materia política, ¿cuál era en este tema lo que más preocupaba al Fundador?

–Le preocupaba el problema de la sucesión de Franco. No vaciló en hacérselo saber al interesado directamente, y procuró sensibilizar sobre este delicado asunto a los obispos españoles que venían a visitarle. Pero nuestro Fundador supo también resistir las insinuaciones que le llegaban del Vaticano para que tomase iniciativas en este campo: rechazó hacer de intermediario de algunos, porque no era misión suya inmiscuirse en política. Dejó clara su postura en esta materia, sin posibilidad de equívocos, en una carta de conciencia dirigida el 14 de junio de 1964 a Pablo VI.

Ahora comprendo mejor por qué tenía tanta devoción a Santa Catalina de Siena.


Nuevo continente: Estados Unidos

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el verano de 1948, el Padre y don Alvaro vuelan de Roma a Madrid. Ya en España, se acercan con frecuencia a Molinoviejo. Un día de septiembre, el Padre habla con don José Luis Múzquiz. Le comunica la partida inminente de don Pedro Casciaro para llevar el Opus Dei a tierras de América y le pide que viaje a Madrid porque, en unos días, volverá a reunirse con él.

Solamente han pasado cuatro jornadas cuando el Padre regresa a Madrid y vuelve a tener otra conversación con don José Luis:

«¿Qué tal si, en vez de empezar en un país de América, empezamos en dos? Pedro podría ir a México. ¿Te gustaría a ti ir a Estados Unidos?»

-«Sí, Padre»(4).

Le dice que piense en algunos más que quieran ir y que tengan condiciones para ello. Hay que preparar los pasaportes y todo lo necesario.

Con esta sencillez se decide el salto del océano en busca de un nuevo Continente para extender el espíritu del Opus Dei. Pedro Casciaro ha llevado a cabo, previamente, un programa de viajes que le han conducido desde Canadá a Chile, pasando por Estados Unidos, México y Argentina. Las estancias han sido breves. Solamente México, como pronóstico revelador de su futura tarea americana, le ha ocupado más de dos meses.

Durante este tiempo se ha entrevistado con autoridades y personas conocidas que le han informado acerca de las condiciones de trabajo que ofrece cada país. En una palabra: ha ido abriendo camino a los primeros miembros de la Obra, que llegarán, en breve, a roturar nuevas tierras con sus tareas profesionales y su espíritu apostólico.

En febrero de 1949, poco antes de partir hacia los Estados Unidos, Monseñor Escrivá de Balaguer le dice a don José Luis:

«Me quedo más solo que la una…, pero vale la pena». Casi todos los que estaban trabajando con él, a excepción de don Alvaro que está en Roma, se han ido marchando a América. «Me da pena y alegría. Pena de separarme y alegría porque vais con la luz y el sabor. Va a ser para mucha gloria de Dios».

Y le da un consejo práctico y magnánimo:

«Más vale echar atrás en una cosa que dejar de hacer noventa y ocho»(5).

Con ello le anima, una vez más, a ser audaz en nombre de Cristo. Le dice que no deje de hacer las cosas que crea convenientes por miedo a equivocarse…

La última entrevista del Fundador con don José Luis tiene lugar en el aeropuerto de Madrid. Monseñor Escrivá de Balaguer regresa a Roma. Unos días antes le ha entregado un pequeño recuerdo que conserva desde su estancia en el Hotel Sabadell de Burgos: es un cuadro de la Virgen que presidió las horas de esperanza durante la guerra. Cuando encuentren casa en América, será lo primero que instalen en el oratorio de Woodlawn Residence, en Chicago.

Al sonar los altavoces anunciando el vuelo Madrid-Roma, el Padre abraza a este hijo que dentro de pocos días va a emprender una larga ruta:

-«Nos vamos a poner tiernos», comenta en broma (6).

Porque la emoción es manifiesta. Poco después, en el cielo braman los motores del avión camino de la Ciudad Eterna.

El 16 de febrero de 1949, don José Luis Múzquiz, acompañado de Salvador Martínez Ferigle, emprenderá el vuelo para cruzar el Atlántico en un avión de la TWA. Suspendidos en el aire, en la universal frontera del espacio, piensan ya en el inmenso país que les espera y que ya empieza a ser su nueva patria.

El 18 de febrero de 1949, don José Luis celebra el Santo Sacrificio de la Misa en Nueva York, en la Catedral de San Patricio. Pocos días después llegan a Chicago. De momento, y mientras buscan una casa, se hospedan en una pensión de estudiantes: el Hotel Harvard, muy cerca de la Universidad.

No saben todavía que de las aulas de la Chicago University y del Illinois Institute of Technology saldrán las primeras vocaciones para el Opus Dei.

Esta tierra, cordial, activa y pragmática, empieza por adaptar los nombres a su modo familiar. Así, a los pocos días, don José Luis ha pasado a ser Father Joe para los amigos; y Salvador se adapta a otra disminución silábica y responde, con toda naturalidad, al epíteto de Sal.

En agosto de 1949 les entregan, después de muchas gestiones, las llaves de la futura Residencia, que ha de llamarse Woodlawn. Don José Luis recuerda los pasos que ha visto dar al Padre tantas veces al comenzar las tareas de una nueva instalación: primero el oratorio. La mejor habitación del inmueble. Pero… ¿con qué medios van a montarlo? Sólo conservan, en la agenda, un trozo de papel con la dirección de unas señoras norteamericanas. Se la dio don Alvaro del Portillo antes de salir de España. Es el momento de realizar la primera visita.

Su anotación les lleva hasta una casa modesta, de ladrillo, sin jardín. Clara y Sophie Dalliden están encantadas de recibirles. Quedan impresionadas al conocer el proyecto de montar una Residencia tan cerca del campus de la Universidad. Son dos mujeres de edad madura, y les parece que esta tarea es de una audacia inconcebible. Este Centro docente es de confesionalidad baptista, fundado en el siglo XVII. En este momento, su eclecticismo y frialdad son notorios.

Las hermanas Dalliden no esperan a que don José Luis les enumere sus dificultades económicas. Han comprendido. En el piso bajo de su casa existe un negocio de ornamentos y objetos litúrgicos que lleva un sobrino suyo. Ellas regalarán el altar y el Sagrario para el nuevo oratorio. Y cumplirán su palabra. Después de bien pintada y limpia, la mejor habitación de Woodlawn estará preparada muy pronto.

El 29 de agosto de 1949, escribe don José Luis Múzquiz:

«¡Ya estamos en Woodlawn! Nos dieron las llaves el viernes y estamos ahora en pleno jaleo de organización, limpieza, etc. La casa es magnífica, cada vez nos gusta más (…). Tenemos un pequeño espacio con “lawn” (césped) delante de la casa y otro detrás, que regamos con esas máquinas automáticas que usan por aquí. De vez en cuando baja de los árboles alguna ardilla, y los grillos cantan durante la noche.

La casa pensamos que le gustará al Padre (…). Algunas habitaciones con zócalo de madera, y toda ella fuerte, potente y robusta»(7).

El 15 de septiembre de 1949, fiesta de los Dolores de Nuestra Señora, se queda el Señor en el primer Sagrario de la Obra en los Estados Unidos.

En el resto de la casa sólo hay una cocina de gas, una mesa de comedor, una silla, unos cajones de embalar y un par de camas viejas. Mientras tanto, don José Luis ha logrado conocer a algunas señoras católicas que frecuentan Saint Mary’s Church. Unas le van presentado a otras:

-»Son pioneros»(8), se les oye exclamar.

Palabra clave en un país que conoce la inmigración en el espíritu de sus propios fundadores. A partir de este momento empiezan a llegar muebles, a través de estas señoras.

El Padre escribe con frecuencia cartas llenas de cariño para todo cuanto van haciendo. Sigue, hasta el mínimo detalle, los pasos de sus hijos por Estados Unidos. Le preocupa que no esté allí la Sección de mujeres, que el nuevo Centro de la Obra no pueda ser atendido adecuadamente. En el comienzo del curso 1949-50, les anuncia la llegada de las primeras mujeres del Opus Dei que se encargarán de la Administración doméstica. También les da indicaciones para preparar la zona del inmueble que ellas han de ocupar con total independencia.

Cuando es inminente la llegada de la Sección de mujeres a Estados Unidos, don José Luis, personalmente, se ocupa de dirigir las obras para organizar un acceso por la parte posterior de la casa. Y en medio de esta tarea de albañilería conocen a Dick.

Este muchacho norteamericano forma parte de un grupo de amigos que se reúnen, de vez en cuando, para hablar de temas culturales y religiosos. Un sacerdote, que ha conocido a don José Luis Múzquiz, le aconseja que se ponga en contacto con el Opus Dei. Y, al día siguiente, suena el teléfono.

-»Me llamo Dick Riemman. Father Mann me ha dicho que usted puede orientarme en mi vida».

Son los primeros días del mes de julio. Don José Luis recuerda perfectamente el consejo del Padre: encomendar las primeras vocaciones americanas a Isidoro Zorzano (9)

Isidoro ofreció su vida por la Residencia de Moncloa, un instrumento de apostolado para la gente joven. Seguro que empleará toda su influencia en conseguir los primeros para el espíritu del Opus Dei en el nuevo Continente… él, ¡que fue el primero de todos! después del Fundador… Faltan solamente quince días para que se cumpla el aniversario de la muerte de aquel primer fiel seguidor del Padre. Sin embargo, don José Luis le apremia. Está pidiendo un milagro para los Estados Unidos.

Y llega Dick. Le cuenta que ha estado movilizado en la Navy de Infantería, que estudia en la Universidad desde que terminó la guerra y que trabaja durante el verano para costearse los estudios. Vive con unos parientes porque sus padres han muerto. Emplea todos los días de la semana muchas horas, en la Chicago Fair: una representación al aire libre de la historia del Ferrocarril en los Estados Unidos. Es el director artístico. Tiene inquietudes y le gustaría orientarse, hacer unos días de retiro, una pausa en su ajetreada actividad.

Dick es simpático, emprendedor y servicial. No está acostumbrado a dejarse vencer por los obstáculos. Vendrá temprano, todos los días, a una meditación y se quedará a la Santa Misa. Luego saldrá hacia su trabajo.

El día 14 de julio le hablan de vocación al Opus Dei. Y el 15, aniversario de la muerte de Isidoro Zorzano, el primer hombre de Estados Unidos escribe al Padre pidiendo su admisión en la Obra. Le contestará muy pronto desde Roma haciéndole partícipe de la responsabilidad, bendita responsabilidad, que ha caído sobre él por ser la primera vocación de su país.

El grupo de la Sección de mujeres llega con Nisa González Guzmán a la cabeza. Previamente ha pasado por Roma. El Padre habla con esta mujer que sabe ya de circunstancias de comienzo, y vuelca toda su experiencia para facilitarles el camino.

«Si sois fieles, en cuatro o cinco años, haremos una labor inmensa… pero si sois fieles (…): necesito vuestra fidelidad»(10)

Al principio, apenas ejercen otra profesión distinta de la de administrar la Residencia de Woodlawn. Esta situación no debe durar mucho porque el Padre no quiere que, dedicadas en un primer momento sólo a esa tarea, puedan dar una idea limitada del carácter de la Sección femenina de la Obra. No obstante, a pesar de su pequeño radio de influencia y relación, pronto pedirá la admisión Pat Lind, la primera norteamericana del Opus Dei.

La casa de la Sección de mujeres se llamará Kenwood, y se abrirá en Chicago. En el oratorio se coloca un relicario que el Fundador dio a Nisa antes de que saliera de Roma camino de los Estados Unidos. Se trata de una reliquia de Santa Teresa sobre damasco rojo. Esta santa castellana, práctica y andariega, es bien conocida en América. Y popular. No en vano abrió, a fuerza de tesón, nuevos caminos humanos y divinos para poner la luz del Evangelio en las encrucijadas de los hombres.

Moncloa, residencia universitaria

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hace tiempo que la Residencia de “Jenner” resulta insuficiente para la atención de los estudiantes que la frecuentan. El dueño de la casa, aunque se prestó de buen grado a la instalación, ahora quiere disponer del piso. El Padre tiene que intervenir directamente, y consigue que mantenga el contrato durante el tiempo imprescindible para terminar el curso.

Esta situación pone en movimiento a los residentes y chicos que comparten las actividades de la casa: hay que encontrar un local amplio y bien comunicado con la Ciudad Universitaria, asequible a sus condiciones económicas y que sirva para atender la tarea que está llamando a sus puertas.

Después de una minuciosa búsqueda, aparece algo definitivo. El Padre les anima a convertir dos hoteles situados en la Avenida de la Moncloa números 3 y 4, cerca de la Ciudad Universitaria, en la Residencia que necesitan. Estos inmuebles han sufrido los avatares de la guerra, pero el propietario se muestra dispuesto a repararlos de acuerdo con las indicaciones del Padre. Con esta perspectiva, se inician, a toda prisa, las obras de adaptación. Habrá de dar cabida a cien universitarios y contará, además, con una parte separada, como una casa independiente, para las mujeres de la Obra que se harán cargo, con la ayuda de algunas empleadas, de los servicios de limpieza, cocina, etc., del nuevo Centro.

A finales de julio de 1943 se hace el traslado desde Jenner. Las obras están en pleno apogeo, pero ya se queda a vivir un pequeño grupo de chicos. Desde mediados de septiembre llegan refuerzos: antiguos residentes de]enner que vienen a Madrid para formalizar la matrícula en la Universidad y conocen ya lo que va a ser su nueva Residencia. Hay mucho trabajo y echan una mano en los ratos libres: empieza a ser una casa para todos.

Como estaba previsto, la Residencia se abre el 1 de octubre, aunque las obras no han terminado. El Padre viene todos los días, con don Alvaro, a impulsar el trabajo, corregir, programar… Y, en la mañana del día 10 de octubre, a reunirse con los residentes para explicarles «las reglas del juego»: lo que podrán encontrar en la Residencia y lo que se les pide a cambio.

El Fundador pone a su disposición la Residencia y se compromete a proporcionarles un ambiente tranquilo y familiar, cuidado y sereno, que facilite la dedicación al estudio y a su formación total. Les brinda, también, los medios para que sean buenos cristianos, si son cristianos. Pero dentro del marco de un clima de respeto y libertad. A cambio, ellos se comprometen a vivir un horario y algunos otros detalles razonables para una amable convivencia.

Es una llamada a la responsabilidad que dará buen resultado. Los chicos ponen su mejor voluntad ayudando a completar la instalación y llevando con sentido del humor las incomodidades propias del comienzo. Acaban de pasar los albañiles y todo transpira a obra recién terminada. El edificio, que se conoce con el nombre de hotel 4, incluye parte de las habitaciones destinadas a residentes y cuenta, además, con una amplia sala de estudio en la planta baja.

En el hotel 3 se ubicarán las dependencias destinadas a dirección, salas de recibir, la mitad de los dormitorios, el comedor y una amplia sala de estudio. Cuando concluyan las obras quedará instalado también, en este pabellón, el oratorio.

El Padre celebra la primera Misa en esta casa, que tomará el nombre de Moncloa, el domingo 7 de octubre de 1943. Asisten todos los estudiantes de la casa. Al Fundador se le ve muy contento al poner en marcha este nuevo instrumento de trabajo; sus palabras son una bella acción de gracias. Pero la consagración del altar no tiene lugar hasta el 7 de diciembre. Oficia la ceremonia el Obispo Auxiliar de Madrid-Alcalá, don Casimiro Morcillo. Dentro del local, recién estrenado, se oye su voz, subrayando que el Opus Dei dispone de un nuevo sagrario en Madrid.

El Fundador ha seguido la instalación con particular interés. El oratorio es amplio, de planta rectangular, con una bóveda rebajada. El techo y las paredes en tonos verdes; dorado el Vía Crucis. Sobre la embocadura del presbiterio, las palabras del Canon de la Misa: “Per ipsum, et cum ipso, et in ipso”. «Por El, con El y en El… ». El retablo, de Fernando Delapuente, es una Asunción coronada. El altar, de mármol blanco, realza el sagrario: arqueta sostenida por ángeles. Enfrente, enmarcada por un arco ligeramente hundido, la Cruz de madera, con la siguiente inscripción: “Iudeis quidem scandalum, gentibus autem stultitiam”(2): Escándalo para los judíos, locura para los gentiles.

Al día siguiente, con el oratorio abarrotado, el Padre celebra la Misa de la Inmaculada y deja al Señor de modo permanente en la casa. Antes de la Comunión dirige unas palabras, con todo su fuego, para avivar la fe en Dios-Eucaristía. Habla de la Obra que, hasta este momento, ha permanecido oculta en el seno de la Iglesia… Hace alguna alusión a las incomprensiones sufridas y concluye refiriéndose a la erección diocesana del Opus Dei que este mismo día hará el Obispo de Madrid.

La fecha es doblemente feliz ya que, el pasado 11 de octubre, la Santa Sede ha enviado el Nihil Obstat para que el Decreto de erección diocesana pueda firmarse.

El Fundador había pasado esa fecha en Los Rosales, un Centro de la Sección de mujeres en Villaviciosa de Odón. Y don Alvaro del Portillo le dice, en un momento de la tarde:

-«Padre, estará contento, porque mañana es la Virgen del Pilar».

Y le contesta:

-«Fiesta por fiesta, todas las de la Virgen me conmueven, me parecen estupendas; pero, puestos a escoger, prefiero la de hoy, la Maternidad»(3).

En la fecha del 11 de octubre celebra la liturgia, en este tiempo, la Maternidad de la Virgen, y todavía no sabe el Padre que bajo su protección maternal se ha firmado en este día la Autorización para que se proceda a la aprobación diocesana de la Obra.

La flamante Residencia de Moncloa vive hoy, pues, una doble jornada de celebración. En la sacristía de este Colegio Mayor se coloca un crucifijo de metal de buen tamaño. Hace apenas unos meses que murió Isidoro Zorzano. Su vida silenciosa, fiel a la exigencia de cada momento, se ha quemado en breve plazo. El Crucifijo del ataúd se coloca ahí, como arbotante de los muros de la Residencia; para que bendiga las actividades e inquietudes de una juventud de la que han de surgir nuevas vocaciones. Esta imagen garantiza la fecundidad evangélica de una semilla que presagia ya campos de trigo.

La parte independiente del edificio destinada a la Administración ha sido ocupada por un grupo de mujeres de la Obra. Cuando llegan, aún hay albañiles que cruzan la casa en todas las direcciones, escombros y tabiques a medio levantar, y tienen que atender a los dos chalets, uno a cada lado de la calle, con la consiguiente dificultad que esta situación conlleva.

El país vive un momento de carestías después de la dureza de la guerra civil; los materiales de construcción son defectuosos y las averías se suceden, incluso en obras recién montadas. Un día es el calentador del agua de las cocinas; otro un fallo en la instalación eléctrica… El combustible universal es el carbón, eficaz, pero de manejo molesto y sucio. Por añadidura, el pequeño equipo de empleadas que se ha incorporado a los trabajos de la Administración de la Moncloa es inexperto para manejar un número de plazas de esta envergadura. Los residentes llenan el comedor en dos turnos y es preciso conseguir alimentos de las formas más pintorescas, ya que los mercados habituales están muy mal abastecidos. En esta coyuntura vienen, de vez en cuando, periodistas para hacer reportajes y dar a conocer la Residencia, así como frecuentes invitados. Durante muchas horas del día y de la noche, habrán de calcular gastos, estudiar una alimentación mejor y de más barata factura, atender las mil necesidades de un Centro grande y todavía sin acabar.

Aunque el campo de actividades de las mujeres del Opus Dei es inmenso -se extiende a todos los trabajos y profesiones del mundo-, el Padre encomienda a algunas -como una actividad de particular importancia-, la Administración y cuidados de las casas de la Obra. Ellas mantendrán un aire de familia inconfundible en todas las latitudes del mundo. Sin perder el específico estilo de cada país, con la sobriedad, la elegancia y el cuidado de las cosas hasta el mínimo detalle, crearán un entorno gratificante, necesario para la vida de la Obra. Y todo por amor de Dios, santificando hasta límites heroicos la aparente pequeñez de las tareas cotidianas.

La Navidad llegará acuciando el trabajo: entrega precipitada de la ropa limpia a los residentes, comidas extraordinarias para la Residencia, vacaciones de algunas empleadas… Y en esta situación, el Padre va a verlas con la ilusión de hacerles un primer regalo de Nochebuena en la Moncloa. Y al iniciar una conversación afectuosa con las dos que dirigen el servicio surgen, por efecto del cansancio, las mil y una dificultades como un programa desbordado de impotencia.

El Padre escucha sereno, aunque siente que los problemas inherentes a la botadura de este gran barco, que es la Residencia, hayan promovido tal tormenta. Pronto se impondrá un ritmo normal y el trabajo, organizado, será perfectamente viable.

Y en este punto de la conversación, una de ellas le dice: «además, como tenemos tanto trabajo, no tenemos tiempo de hacer la oración y la hacemos trabajando y prácticamente sin darnos cuenta de que hablamos con Dios»(4).

Es un momento que recordarán toda la vida, porque al Fundador de la Obra, a quien han visto desplegar una fortaleza casi sobrehumana en situaciones de oposición y dificultades de todo tipo, le asoma el llanto a los ojos. Todas las dificultades se allanarán si permanece en pie la vida interior de sus hijas; se convertirán en un escollo insalvable si abandonan el trato íntimo con Dios. Le importa la lucha por la santidad, no el rodaje de una empresa por importante que pueda parecer. Están ahí para encontrar a Dios en la esquina de todos los quehaceres diarios. En ningún caso, para olvidar este fin en función de unas tareas que han desbordado, temporalmente, sus posibilidades humanas.

Por eso, se hace un silencio denso que, al fin, rompe el Padre. Pide un papel y en él, escribe:

1. Sin servicio

2. Con obreros

3. Sin accesos

4. Sin manteles

5. Sin despensas

6. Sin personal

7. Sin experiencia

8. Sin dividir el trabajo

9. Con mucho Amor de Dios

10. Con toda la confianza en Dios y en el Padre

11. No pensar en los desastres, hasta mañana durante el retiro(5).

Cuando viene a darles el retiro, tiene ocasión de hablar, de nuevo, con Encarnita Ortega:

«Para una hija de Dios en el Opus Dei, el trabajo más importante, ante el que hay que posponer todo lo demás es éste: la oración»(6).

A partir de hoy, la vida sobrenatural ocupa de un modo más pleno el frontal de sus vidas. Y los problemas materiales, todos, van hallando cabida y solución.

El futuro trabajo de administrar los Centros que vayan poniéndose en marcha capta una gran parte de la atención del Fundador. Desde que se abre el Centro de la Sección de mujeres en Jorge Manrique, insiste en que pidan a Dios vocaciones entre las empleadas del hogar. No se trata de una llamada distinta, sino de un trabajo más, incluido en la universal vocación a la santidad. Las que reciban esta vocación al Opus Dei se formarán con iguales medios, en una amable convivencia familiar, compartiendo el esfuerzo y el estudio, capacitándose para desempeñar dignamente su trabajo profesional.

«En el Opus Dei no hay más que una sola vocación (…). Ese es el milagro grande nuestro: hacer de las cosas vulgares -vulgar en el sentido castellano, que quiere decir corriente- heroísmo; hacer esas cosas con tal ánimo, que lo de ayer es distinto de lo de hoy, siendo lo mismo; y lo de mañana será todavía mejor, siendo igual»(7).

Y la primera respuesta a la proposición del Fundador va a llegar, precisamente, en la Administración de la Moncloa. El Padre ha visitado a una religiosa del Servicio Doméstico que le conoce y aprecia: la Madre Carmen Barrasa. Oye hablar a Monseñor Escrivá de Balaguer del grupo de mujeres jóvenes que han de atender a los cien estudiantes que viven en la Moncloa; del trabajo intenso y de la necesidad de ayuda.

Esta monja conoce a una empleada de condiciones destacadas y que siempre ha permanecido en puestos de gran responsabilidad. Es probable que no quiera ir a la Residencia, pero intentará convencerla. Se llama Dora del Hoyo.

Ante la insistencia de Madre Carmen, Dora, que efectivamente no desea este empleo, acepta ayudar por algún tiempo. Y una jornada más tarde suena el timbre de la puerta .Moncloa está en plena efervescencia de albañiles, pintura, humo, habitaciones a medio instalar y defectuosa marcha de algunos servicios. Cuando Encarnita Ortega baja a abrir, se encuentra ante una mujer bien vestida y con porte elegante, que le muestra una tarjeta de visita.

Desde el primer momento, Dora se percata del panorama y decide marcharse inmediatamente. Pero le da pena ver el exceso de trabajo y la inexperiencia, en muchos aspectos, de este grupo encargado de que la casa funcione.

Encarnita, y cuantas se ocupan de la Residencia, descubren los conocimientos que Dora posee: cuidado y conservación de la ropa, lavado, plancha, tintorería, arte culinario… Y además es serena y educada.

Cuando el Padre viene a verlas, anima su audacia para que acerquen al Opus Dei a personas así, que destacan en su profesión. Vocaciones que entreguen sus posibilidades al servicio de Dios. Y todas piensan que la primera vocación tiene que ser la de Dora.

Y un buen día, Encarnita escucha un comentario sorprendente:

«Tengo ya un gran cariño a la casa y como he visto todo lo que ha costado poner en marcha la Residencia, si ponen en otra ciudad alguna nueva, no tengo ningún inconveniente en ir con ustedes para ayudarles en la instalación»(8).

Casi al mismo tiempo llega a Moncloa Concha Andrés. Se trata, igualmente, de una empleada que viene a contratarse. Tiene veintidós años y ha trabajado ya en varias casas. Aprende con rapidez y tiene curiosidad por conocer «Camino». Un libro en el que deletrea su primer dominio de la letra impresa. Al principio no entiende lo que se propone este grupo de mujeres que trabajan sin descanso, viajan, rezan y estudian en los escasos ratos libres de cada jornada. Pero no tardan en compartir con alegría sus iniciativas.

Dora y Concha conocen un día al Padre y le cobran gran cariño y respeto. En breve plazo, el espíritu de la Obra habrá colado muy hondo en sus corazones.

Cuando en 1945 se abra la Residencia de Abando, en Bilbao, Dora del Hoyo y Concha Andrés formarán parte del equipo que se traslada a la nueva ciudad. Allí se repiten los comienzos de Moncloa: obreros por la casa sin terminar, carestía de alimentos, falta de mano de obra. Pero el ejemplo de las mujeres del Opus Dei, su optimismo, se abre paso ante las dificultades. Las dos empleadas empiezan a estar unidas al Padre y al espíritu que sabe inculcar en quienes le secundan.

El 19 de marzo de 1946, Nisa González Guzmán llega a Madrid con dos cartas para el Fundador: son de Dora y Concha, que piden su admisión en el Opus Dei. El Padre dirá que este acontecimiento es el más hermoso regalo que podía haber recibido. Las bendice con la certeza de un presagio: les seguirán muchas más. En cada lugar de la tierra, en cada nivel de cultura, siempre habrá personas dedicadas a estas tareas del hogar. Almas elegidas que sabrán llevar por el mundo su conocimiento y experiencia, su capacidad de sacrificio, el señorío de una vocación de servicio admirable.

El Fundador de la Obra afirmó, desde el primer momento: «No hay labores grandes ni pequeñas: todas son grandes, si se hacen por Amor»(9).

Por eso, «nos da lo mismo ser mano que pie, que lengua que corazón, porque todos estamos en todas las partes de ese cuerpo, porque somos una sola cosa por la caridad de Cristo que nos une. Yo quisiera haceros sentir como miembros de un solo cuerpo (…). Todos, una sola cosa, y que esto se manifieste en unidad de miras, en unidad de apostolado, en unidad de sacrificio, en unidad de corazones, en la caridad con que nos tratamos, en la sonrisa ante la Cruz y en la Cruz. ¡Sentir, vibrar todos unísonamente!»(10).

Monseñor Escrivá de Balaguer y la universidad

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Testimonio de Paul Ourliac, Miembro del Instituto de Francia
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Yo era el único francés durante un coloquio que reunía en 1952a unos 40 jóvenes profesores españoles. Tres de ellos me habían impresionado profundamente por su moderación, su amplitud de espíritu y su información. Lo comenté con un amigo español que con una media sonrisa me respondió: «Acaba usted de nombrar a los tres miembros del Opus Dei que están aquí». Aunque en aquel momento yo lo ignoraba todo acerca del Opus Dei no le hice más preguntas.

Algunos años después lo encontré de nuevo en la Universidad de Navarra, que se acababa de crear. Allí descubrí profesores y estu­diantes realmente felices. La Universidad carecía de campus uni­versitario, que por entonces se edificaban en todos los lugares. Los profesores se hospedaban con los estudiantes y entre ellos reinaban un afecto y una confianza que evocaban inevitablemente aquellos tiempos en que la universidad era una sociedad de maestros y discípulos, unidos por la misma afición a la cultura y al trabajo. Muchos profesores famosos tenían la sencillez que conviene a los verdaderos maestros. Los estudiantes, procedentes de diversos orígenes y confesiones, mostraban a la vez gentileza y seriedad.

Todas las instituciones tienen su espíritu y de aquélla reflejaba una paz y sencillez que sentí aún más cuando tuve el gran honor de ser recibido por Monseñor Escrivá de Balaguer.

La Universidad de Navarra era obra suya y él le había trans­mitido su espíritu. Tenia una sencillez y una bondad que impre­sionaban. Se llegaba a él con la inquietud que se tiene al tratar a un ser excepcional y, sin embargo, inspiraba confianza. Escuchaba, preguntaba. Sus palabras parecían simples, pero la intensidad de su mirada les confería un sentido sobrenatural. Pienso, por ejemplo, en las primeras frases de Camino: «Son cosas que te digo al oído, / en confidencia de amigo, de hermano, / de padre ./ Y esas confidencias las escucha Dios» (1).( Camino, Monseñor Escrivá de Balaguer)

Otros han dicho, y dirán, más de lo que yo podría expresar sobre el sentido «viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo», del mensaje de Monseñor Escrivá de Balaguer. Yo quiero resaltar la atención particular que ponía en la juventud y en la universidad.

Vivió una época en la que todas la nociones que se tenían por sólidas, los valores de la vida, aquello que podía dar a hombres y naciones alguna confianza en el porvenir, se hallaban com­prometidos.

A la inquietud y la incertidumbre opuso el eterno principio de la libertad de las conciencias: el Opus Dei no «hace suyas las acti­vidades profesionales, sociales, políticas y económicas de sus miem­bros». Cada uno debe actuar según su conciencia, debe buscar la verdad, pero no puede ser obligado a profesar una fe que no ha recibido. Todos aquellos que son «capaces, deben tener acceso a los estudios superiores, cualquiera que sea su origen social, sus medios financieros, su raza o su religión».

Para la universidad, la libertad supone la autonomía, la función del Estado varía según los países. Éste controla, ayuda, pero debe permitir a cada universidad vivir su propia vida, escoger sus pro­fesores y fijar libremente sus programas y métodos.

La libertad no es posible sin la responsabilidad. La de la uni­versidad es responder a su función social; profesores y estudiantes no deben construir «su pequeño mundo para sí mismos». La ciencia no es un medio de poder ni un instrumento de dominación, no es un fin en sí misma, sino que debe ser puesta al servicio del bien común. La universidad debe ser la «casa común» y no el campo de batalla donde se enfrenten bandos rivales. Puede formar para comprender la política, pero perdería su ecuanimidad si debatiera los problemas concretos. Las asociaciones de estudiantes deben evi­tar «atribuirse poderes que no tienen»: que procuren el bien de la universidad y hagan de ella «un hogar irradiador de paz, un foco inagotable de sana inquietud, que permita el estudio y la formación de todos»

Estas frases datan de octubre de 1967 y parecen hoy proféticas. La crisis universitaria que siguió, señaló el peligro de una civiliza­ción que, desde hacía largo tiempo, Monseñor Escrivá de Balaguer había presentido. A profesores y estudiantes les proponía la misma regia de vida que a cualquier hombre: a los ojos de Dios todas las profesiones son válidas, pues son, para quienes las desempeñan lo mejor posible, su instrumento de santificación. Cada uno, en el lugar que le corresponde, debe cumplir su deber de estado y servir no al Estado, sino al bien común.

Si la tarea de la universidad es esencial, pues es ella quien debe formar a aquellos que mañana tendrán las más graves responsa­bilidades, debe inculcarles, ante todo, el respeto a la libertad per­sonal de cada uno y el pluralismo legítimo.

Diez años después de la muerte de Monseñor Escrivá de Bala­guer, es preciso evocar el profundo alcance que dio al mensaje cris­tiano: «Dios al crearnos aceptó el riesgo y la aventura de nuestra realidad».

Todos pueden participar

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

No hay fórmulas hechas para esta labor. Las iniciativas surgen de la propia vida en cada lugar, según las necesidades. Se trata de hacer ver la dimensión cristiana de los sucesos humanos, el destino sobrenatural. de la persona, el valor humano y divino del trabajo. Cualquiera puede echar una mano, si desea «servir» a sus hermanos los hombres pensando en su dignidad. No son labores para la galería, sino para movilizar lo mejor de las personas, lo mejor de las familias, lo mejor de la sociedad. Y tampoco hay fronteras, porque el Opus Dei se encuentra a gusto en todas partes. Personas, trabajo, ganas de hacer, alegría, amor de Dios: son éstos los ingredientes de todas las iniciativas apostólicas de los miembros del Opus Dei.

No he encontrado ninguna publicación exhaustiva de estas labores, lo cual me parece natural, dada la poca afición de los miembros del Opus Dei a las estadísticas y a las gráficas de crecimiento. Existen, desde luego, folletos y recortes de periódico que explican al por mayor las características de tal o cual labor, con el fin de meter rápidamente en harina a quien desee comprometerse de verdad al servicio de sus semejantes o de informar sucintamente a quienes no disponen de mucho tiempo. Los hombres están cansados de teorías y quieren hechos naturales, que se expliquen con pocas palabras. Por eso creo que lo mejor que se puede decir de estas labores apostólicas es que están ahí para que nos acerquemos a ellas y ayudemos… Y si no, que se lo pregunten al atareadísimo y tranquilo cirujano, amigo mío, que lleva meses sacando tiempo para poner en marcha, con otros amigos de otras profesiones, un centro médico que haga del dolor y del amor una sola cosa, y que ponga el esfuerzo de la perfección humana al servicio de una humanidad doliente que tiene derecho a acercarse a Dios, con la ayuda directa de sus semejantes, también cuando dispone sólo de su sufrimiento.

Centros preuniversitarios y universitarios; Centros de Cultura superior; Institutos de Formación Profesional Obrera, como el Centro ELIS, Tajamar y tantos otros; Escuelas de Arte y Hogar y Escuelas de Formación profesional para la mujer; Escuelas de Capacitación agrícola; casas para retiros y convivencias; Centros culturales y deportivos, etc., situados en países de los cinco continentes y abiertos a toda clase de personas, ofrecen de hecho una imagen fácilmente comprobable. Funcionan ya antes de que las instalaciones estén ultimadas; se organizan sin retórica ni campanillas y con trabajo para todos desde el primer momento; se convierten sobre la marcha en centros de irradiación, que atraen a las familias de los alumnos y a todos los que deseen colaborar; se aprovechan a tope las instalaciones y los medios materiales para sacarles el máximo rendimiento posible, con enseñanza nocturna si es necesario; y se vive de continuo y a fondo una libertad sin otro límite que el de la propia responsabilidad; personal e intransferible.


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