Cada uno a su manera

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

María, los ángeles y el resto de la doctrina católica de siempre: la misma que acaba de volver a confirmar el catecismo universal.

Eso es lo que el Opus Dei transmite fielmente a los suyos. Como señalan los estatutos de la Prelatura: «la formación que se imparte a los miembros está en plena conformidad con el Magisterio de la Iglesia».

En lo que de veras importa, por tratarse de fide, no cabe el empleo del «a mi juicio», tan frecuente en los que pretenden dogmatizar sus propias opiniones, sino del «a nuestro juicio» del Credo, garantizado por el Papa y por el colegio de los obispos, en continuidad con la Tradición. Y con palabras rotundas se precisa: «El Opus Dei no tiene una doctrina propia ni constituye escuelas propias de pensamiento en cuestiones filosóficas, teológicas o canónicas dejadas por la Iglesia a la libre discusión».

A lo largo de los siglos, muchas Ordenes religiosas dieron vida de modo legítimo, porque actuaron siempre dentro de la Iglesia- a puntos de vista y enfásis propios, a «escuelas» en la reflexión teológica: las «escuelas» dominica, franciscana, jesuítica, redentorista, carmelita, benedictina, barnabita y muchas otras.

No sucede lo mismo en el Opus Dei, cuya característica específica no es la originalidad sino la normalidad, también a la hora de formar a sus miembros. No buscan la novedad sino la fidelidad al Magisterio en lo que es definitivo, en lo que ha sido declarado explícitamente que hay que creer, si se quiere ser católico. Me refiero, naturalmente, a la Institución como tal; cada uno de los miembros en particular es totalmente libre para realizar cualquier tipo de investigación, incluida la teológica, pero sin atribuir a la Obra su actuación personal.

Se advierte aquí un claro designio de universalidad. No quieren agrupar a un montón de excéntricos, aunque fueran todos ellos geniales. No persiguen formar un grupo más, sino crear una «agencia católica» que ofrece formación a todos los bautizados, para que conozcan y vivan seriamente no una espiritualidad particular, sino nada más y nada menos que el catolicismo «normal». The main stream (la corriente principal, de centro) del catolicismo.

Nos topamos de nuevo con «lo raro de no ser raro»; el intento de no sacar a nadie de su sitio, sino de pedirle que viva el evangelio con radicalidad allí donde está, sin ponerse en la solapa el distintivo de esta o de aquella «escuela» teológico-espiritual: «simplemente católicos, sin adjetivos».

Junto a la fidelidad doctrinal, y en sintonía con esta universalidad, otro rasgo del Opus Dei es la plena libertad para todos sus miembros en todo lo opinable, en lo que la Iglesia ha dejado a la autónoma discusión de los fieles.

Libertad en las cuestiones teológicas, aunque siempre dentro de las coordenadas dogmáticas; pero quien las conoce de veras sabe que los márgenes no son estrechos. Lo que es «obligatorio» creer para llamarse católico y, por tanto, para estar en plena comunión con el Magisterio, es menos de lo que habitualmente se piensa.

Y libertad más plena aún en los asuntos sociales, políticos, económicos. Algo hemos anticipado en el capítulo dedicado a trazar el perfil del sacerdote según Escrivá. Con palabras suyas, que resumen su pensamiento: «No olvidéis que en los asuntos temporales no hay dogmas.

Nos hallamos en un punto neurálgico de nuestra investigación. Uno de esos puntos donde da toda la impresión de que la teoría y la praxis de la Obra desmienten rotundamente la «leyenda negra», que describe a la Obra como un ejército compacto que mueve a sus falanges de templarios -obedientes perinde ad cadavera- en defensa de intereses políticos («reaccionarios», naturalmente) y de tenebrosas «tramas financieras», que persiguen volver a meter a la humanidad bajo una capa religiosa, a mitad de camino entre la hipocresía y el fanatismo.

Lo sé, lo sé: no se me escapa que puedo aparecer como un ingenuo que ha sido engañado, o como un superficial que no ha sido capaz de ir más allá de las apariencias; o, peor aún, que me influye un prejuicio positivo, quizá debido a un empeño apologético.

Lo siento de veras, pero ¿qué puedo hacer? Lo que se desprende de las intenciones repetidas infinitas veces por el Fundador y por sus sucesores, de las disposiciones de sus estatutos y demás normas, y de la misma lógica interna que preside la institución, difiere sorprendentemente del mito consolidado.

Cierto que la Obra está muy unida; más aún, es compacta y homogénea. Pero sólo en lo que se refiere a sus fines religiosos y espirituales: la santificación del, en y a través del trabajo, y el apostolado en el propio ambiente, que son los únicos fines que se propone. En cambio, es intencionadamente pluralista al máximo, en todo lo demás. «Amando y respetando», dicen, «la variedad de todo lo humano, empezando por la Iglesia».

Creo que en esto pensaba Escrivá cuando definió a la Obra como «una organización desorganizada»: bien estructurada para sus objetivos religiosos; y carente de organización «para lo que no le corresponde». De ese modo, sus miembros «forman un mosaico variado y multicolor de todo tipo de actividades, infinitas como las posibilidades de la vida, de los caracteres, de los trabajos, de las trayectorias personales, de las culturas».

Si creen que pueden descubrir otras cosas, inténtenlo ustedes. Por mi parte, por lo que he podido entender, observar y experimentar personalmente, no me han parecido palabras huecas las que repiten continuamente: «una de las características del Opus Dei en la que el Fundador insistió más es el valor de la libertad y de la responsabilidad personales».

Por otro lado, semejante planteamiento es lógico y comprensible, ya que se desprende de la intención de crear y mantener esa «mentalidad laical» que no es compatible con imposiciones en materias dejadas a la autónoma y libre iniciativa de cada uno.

Es una perspectiva de libertad y de autonomía de elección que deriva también del hecho (que he recordado varias veces) de que la «vocación» que se requiere para pertenecer a la Obra se percibe como una iniciativa divina; y, por consiguiente, quien solicita entrar lo hace sólo con fines exclusivamente religiosos, espirituales. Si quien ingresara en el Opus Dei descubriera una realidad distinta -como si se pretendiera de él que fuera cómplice de oscuras maniobras político-financieras en beneficio de alguien-, ¿cómo se explicaría que sean tan pocos los que salen, los que abandonan? Es una pregunta que merece la pena meditar.

Hemos señalado más arriba que se puede desconfiar de una «cúpula», pero no de decenas de miles de hombres y mujeres de todo el mundo. Sería poco generoso, por no decir innoble, poner en tela de juicio, de entrada, de la buena voluntad y de la buena fe de todas esas personas.

¿O quizá se prefiere pensar que nos hallamos ante un complot masivo, en el que todos están implicados? ¿Es acaso posible que todos, cada uno a su nivel, se beneficien personalmente de esa especie de cordada para ayudarse unos a otros? Escrivá repitió siempre a quien quería entrar en la Obra: «El Opus Dei es una obra apostólica; le interesan sólo las almas. Nuestro espíritu no nos permite actuar como una sociedad de socorro mutuo».

Los seguidores de Escrivá explican que «es impensable querer aprovecharse de la pertenencia a la Prelatura para fines personales, para ventajas profesionales, para obtener apoyos y recomendaciones, para ascender en la escala social o para imponer a los demás las opiniones personales». Y como prueba de la verdad de sus afirmaciones, recuerdan que el fundador recomendó a los miembros que -por desempeñar funciones directivas en empresas privadas o en entes públicos- estaban en condiciones de «ayudar» a otros, que evitasen todo tipo de «favoritismo» con gente de la Obra. Por citar las palabras textuales de Escrivá: «Es evidente que el favoritismo es contrario no sólo a la búsqueda de la santidad cristiana -que es la única razón por la que estáis en el Opus Dei-, sino también a las más elementales exigencias de la moral evangélica».

En la misma línea se encuentran las decididas y repetidas exhortaciones a no practicar esa «doble moral» -de la que fueron teóricos y maestros insuperables los comunistassegún la cual todo es bueno si sirve a la «causa», al partido, comenzando por la práctica de favorecer siempre y en todo lugar a los «camaradas». Mis interlocutores de la Obra juran que si un miembro del Opus Dei se comportase de ese modo recibiría una severa reprimenda y sería exhortado a arrepentirse y a prometer que abandonaría tales costumbres.

¿Serán sólo palabras? Para dilucidarlo, será preciso no olvidar el carácter popular que la Obra tiene en muchos países, donde la inmensa mayoría de miembros son amas de casa, obreros, campesinos, empleados y otras personas de condición modesta. Es decir, sectores sociales que difícilmente buscarían una especie de «masonería católica» para «ascender» en la escala social, ayudándose unos a otros.

¿Qué objetivos de prestigio y de poder podrían ambicionar los muchos millares de amas de casa, de madres dé familia, que atienden con sacrificio a sus padres enfermos o ancianos, y que pertenecen a la Prelatura -con un compromiso total para toda la vida- como agregadas o supernumerarias? Me refiero deliberadamente a las mujeres porque, aunque también ellas tienen tentaciones (las consecuencias del pecado original no hacen distinción de sexo: no sólo Adán, sino también Eva…), para las mujeres la tentación del tener, del poder, de «hacer carrera» prestigiosa a cualquier precio es menos agresiva que en sus hermanos varones. En cambio, entre las mujeres es más pronunciado el rechazo de la hipocresía, de las mezclas de lo sagrado con lo profano, de las edificantes manifestaciones de virtud que esconden turbios asuntos de política y de negocios. Probablemente, por esto, la masonería ha rechazado siempre aceptar a mujeres en sus logias.

Hay unas cuarenta mil mujeres en el Opus Dei, de todo el mundo y de cualquier extracción social, desde las más humildes a las más elevadas: ¿una masa de cómplices o, al menos, de engañadas?

No es casual tampoco que la Obra «reclute» entre todo tipo de gentes: también entre los que ninguna masonería aceptaría, porque no está en condiciones de proporcionar apoyos socioeconómicos ni de beneficiarse de los beneficios «fraternos». Y recluta también entre los que no encontrarían puesto en ningún service club, donde se entra sólo si se pertenece a cierta clase social.

Citemos a este propósito unas palabras de Escrivá: «Es imposible que nadie piense en aprovecharse del hecho de pertenecer al Opus Dei para obtener ventajas personales, o para intentar imponer a los demás opciones políticas o culturales: porque los demás no lo tolerarían, y le llevarían a cambiar de actitud o a dejar la Obra. Es este un punto en el que nadie en el Opus Dei podría permitir jamás la menor desviación, porque debe defender no sólo su libertad personal, sino la naturaleza sobrenatural de la labor a la que se ha entregado». Y concluía el beato: «Pienso, por eso, que la libertad y la responsabilidad personales son la mejor garantía de la finalidad sobrenatural de la Obra de Dios».

Recuerden también que, cuando hablamos de los compromisos que se piden a esta militancia, señalamos una duda razonable: para quien sólo pretendiera hacer carrera o negocios, sería mucho más cómodo dirigirse a otras instituciones. Así se explican otras palabras de Escrivá: «Quien, movido por una vocación, llama a nuestra puerta, sepa que la Obra pide mucho (desprendimiento, sacrificio y trabajar sin descanso en beneficio de las almas) y no da nada en el plano de los intereses temporales».

Y entonces, ¿cómo se explican los curricula prestigiosos, los puestos influyentes ocupados por miembros de la Obra? Si se lo preguntan, los de la Obra -a pesar de su educación en un autocontrol riguroso- disimulan con dificultad el aburrimiento de tener que repetir cosas mil veces explicadas y que, para ellos, son evidentes. Aclaran que entre los miembros hay algún nombre conocido (aunque no tantos como se suele repetir), pero que esos pocos VIPS no deben hacer olvidar la muchedumbre de rostros anónimos, la «gente corriente» que compone la inmensa mayoría de los miembros.

También recordarán que el éxito en el trabajo no es sino consecuencia natural de tomarse en serio la parábola evangélica de los talentos: hacer fructificar todo lo que se pueda los dones recibidos por Dios y las ocasiones que presenta la Providencia, porque habrá que dar estrecha cuenta de ellas. Actuando así, no sólo se da gloria a Dios y se consigue hacer el bien con la remuneración de una actividad bien realizada: el «hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias», según la consigna del fundador, es el principal intrumento de apostolado a través del trabajo.

Camino, punto 372: «Si tienes un puesto oficial, tienes también unos derechos, que nacen del ejercicio de ese cargo, y unos deberes. -Te apartas de tu camino de apóstol, si, con ocasión -o con excusa- de una obra de celo, dejas incumplidos los deberes del cargo. Porque me perderás el prestigio profesional, que es precisamente tu “anzuelo de pescador de hombres”».

Y lean también este otro texto (Surco, 781): «Cuando tu voluntad flaquee ante el trabajo habitual, recuerda una vez más aquella consideración: “el estudio, el trabajo, es parte esencial de mi camino. El descrédito profesional -consecuencia de la pereza- anularía o haría imposible mi labor de cristiano. Necesito -así lo quiere Dios- el ascendiente del prestigio perofesional, para atraer y ayudar a los demás”. -No lo dudes: si abandonas tu tarea, ¡te apartas -y apartas a otros- de los planes divinos!».

Y sobre el trabajo, concluye Forja (punto 980): «Con tu doctrina de cristiano, con tu vida íntegra y con tu trabajo bien hecho, tienes que dar buen ejemplo, en el ejercicio de tu profesión, y en el cumplimiento de los deberes de tu cargo, a los que te rodean: tus parientes, tus amigos, tus compañeros, tus vecinos, tus alumnos… -No puedes ser un chapucero».

Está claro que, con este tipo de espuelas espirituales, los resultados no pueden faltar. De aquí surge la aureola de «primeros de la clase» que con frecuencia rodea a los miembros, que es el «anzuelo» que usan.

Aunque para algunos, su éxito profesional no es algo atractivo, sino que se transforma a veces en causa de rencores: «Si ese triunfa y yo no, no es porque trabaja más y mejor, sino porque está apoyado por un lobby, y sus “hermanos” de la Obra le ayudan». No olvidemos que cierta mentalidad actual intenta ennoblecer tras palabras solemnes como «justicia» e «igualdad» aquella envidia que tienta a todo hombre, que la tradición cristiana exhorta a combatir y que en cambio es azuzada por ciertas ideologías «sindicales», inspiradas en visiones del hombre y del mundo demasiado conocidas y que se resisten a desaparecer, a pesar de su derrumbamiento histórico. No se debe descartar, por tanto, que parte de la hostilidad hacia los del Opus Dei hunda sus raíces en estas zonas oscuras del espíritu humano, instrumentalizadas por los demagogos o, más modestamente, por envidiosos frustrados.

Quien confía a la Obra su formación espiritual -advierten inmediatamente y con insistencia- no debe olvidar nunca que, como recuerda Surco en el punto 125, «No todos pueden llegar a ser ricos, sabios, famosos… En cambio, todos -sí, “todos”- estamos llamados a ser santos». Y esto porque -en palabras de Escrivá- «todas las profesiones tienen el mismo valor, si se hacen lo mejor posible, ya que, en definitiva, su importancia depende del amor de Dios que ponga el que lo realice». Y suelen citar su réplica a un alto eclesiástico, que le felicitaba porque uno de la Obra había sido nombrado ministro: «¿Qué me importa a mí que sea ministro o barrendero? Lo que me importa es que se santifique en su trabajo».

Ese objetivo «religioso» no se podrá alcanzar si, como advierte uno de los primeros puntos de Camino (el 32), quien se ha alistado en la escuela de Escrivá viese en los demás «el escabel para alcanzar altura». En ese caso, «no serás caudillo», al menos en un planteamiento cristiano. Una vez más, el fin no justifica los medios, y una carrera ascendente hecha sobre las espaldas del prójimo es causa de perdición, no de salvación.

A este propósito, pienso que vale la pena citar las palabras de Giuseppe Romano, un ensayista miembro de la Obra: «el hecho de que el trabajo pueda y deba llevar a Dios no significa en modo alguno que se deba caer en una ética del éxito. Es el servicio, no el triunfo, lo que mueve la acción de los cristianos en medio del mundo: no la afirmación de uno mismo, sino la afirmación de Dios. El trabajo debe realizarse bien porque no se puede ofrecer a Dios una tarea mal hecha; Dios merece lo mejor. Ha de realizarse bien además porque así se mejora la vida de todos, se rinde un servicio a los demás y no se hace inútil la propia presencia en el mundo. Por último, ha de realizarse bien para que destaquen ante todos las cualidades del creyente, colaborador de Dios en la creación y en la re-creación de Dios».

Continúa Romano: «Todo esto lleva a conclusiones diametralmente opuestas a los principios de la ética “calvinista”. Y la más significativa es esta: no existen tareas importantes y tareas insignificantes; la dignidad de un trabajo no depende de su relevancia externa. Es más importante la ocupación que se realiza con más amor de Dios; el más humilde de los cometidos puede resultar más influyente, para el bien del mundo, que el cargo más insigne. Cada uno de los miembros del Opus Dei se esfuerza por trabajar lo mejor que puede, de acuerdo con sus dotes, porque ama a Dios y ama al mundo de Dios. Es lógico que con frecuencia tenga como consecuencia que “asciendan” en la profesión, como sucede a tantos otros buenos trabajadores. Este “ascender” traerá consigo que brillen virtudes humanamente atractivas y amables, de lo que Cristo se servirá para atraer a otros hombres».

Volvamos ahora al hilo de nuestra argumentación sobre la libertad de la que gozan los miembros de la Obra. Escribe Le Tourneau: «El amor a la libertad está íntimamente conectado con la mentalidad secular propia del Opus Dei, la cual hace que, en todas las cuestiones profesionales, sociales, políticas, etc., cada miembro actúe libremente en el mundo, con arreglo a lo que le dicte su conciencia, rectamente formada, y asumiendo plenamente las consecuencias de sus actos y de sus decisiones».

En 1982, el Opus Dei fue erigido como Prelatura. Pasó entonces a depender de la Congregación vaticana para los obispos al tiempo que dejaba -con alivio- la de los religiosos. En esas circunstancias, la Iglesia dictaminó (o mejor dicho, puso de manifiesto, después de haber examinado la teoría y la vida de la institución a lo largo de más de medio siglo): «Por lo que se refiere a sus opciones en materia profesional, social, política, etc., los fieles laicos que pertenecen a la Prelatura -dentro de los límites de la fe y de la moral católicas y de la disciplina de la Iglesia- gozan de la misma libertad que los demás católicos, conciudadanos suyos; por tanto, la Prelatura no hace suyas las actividades profesionales, sociales, políticas, económicas, etc., de ninguno de sus miembros».

Vuelve a la mente la imagen del «distribuidor de gasolina», de la «agencia de servicios espirituales». Aunque no todos queden convencidos, es obligado al menos esforzarse por entender. Y quizá ahora se entiendan mejor las continuas precisiones que salen de la Oficina de información de la Prelatura: «No podéis atribuir al Opus Dei lo que corresponde a la esfera de libertad y de autonomía de los miembros. Buscan y encuentran en nosotros los medios para alimentar su vida religiosa; para todo lo demás, hacen lo que les indica no la Obra, sino su conciencia y su profesionalidad».

A este respecto, dicen los textos oficiales: «La libertad de los miembros del Opus Dei se ejercita sobre todo en el trabajo profesional, comenzando por la elección de la profesión y de los medios necesarios para desempeñarlo del mejor modo. Después, darán cuenta de su actuación sólo a los dirigentes de su empresa, a los accionistas de su sociedad, a los organismos oficiales para los que trabajan, etc. Nunca -se dice nunca- darán cuenta a los directores de la Obra».

Y precisan los mismos documentos: «Si la Obra no tiene opinión al respecto, está claro por otra parte que tampoco puede servirse del trabajo profesional de sus miembros para lograr privilegios y ventajas: esto equivaldría a renegar del carácter exclusivamente espiritual de la Institución».

En materia económica, destacan siempre algunas preguntas, de las que interesa -a mí también, lo confiesoconocer la respuesta. ¿Qué hacen los miembros con su dinero? ¿Pueden gastarlo como les dé la gana? ¿O deben entregarlo todo a la organización? ¿Pueden quedarse con una parte? ¿Con cuánto?

Escuchemos qué dice la institución: «En primer lugar: no existen cuotas. El clima de libertad y de confianza en la conciencia personal debe regir también la solidaridad económica entre los miembros y la Institución. En segundo lugar: los miembros no se distinguen por lo que entregan. No existen miembros de honor. Las diferentes circunstancias en las que se vive una única vocación influyen también en lo que los miembros aportan económicamente a la Obra».

Haré un resumen de lo que disponen normas y costumbres según las «distintas circunstancias», como ellos dicen.

Comencemos por los numerarios. Por ser célibes, «tienen como auténtica familia la Obra». Por consiguiente, lo que ganan con su trabajo profesional -y todos, recordémoslo, son titulados superiores y tienen un trabajo remunerado- «lo emplean para su sostenimiento y para el de las actividades apostólicas».

Tengan presente que el Opus Dei, a diferencia de muchas órdenes religiosas, no vive de limosnas: cada uno se mantiene con su propio trabajo. De todos modos, se requiere un fondo común para las «obras corporativas» (todas deficitarias por principio) y para los gastos de organización, aunque estén reducidos al mínimo. Me da la impresión de que tienen un terror vivísimo a la burocratización, un peligro del que ni siquiera la Iglesia posconciliar ha conseguido escapar (la multiplicación de oficinas, secretariados, dicasterios, comisiones, ventanillas con su correspondiente funcionario, etc., pareció a muchos clericales «modernos» algo de lo más «progresista», quién sabe por qué…).

De los sueldos o rentas profesionales que entregan en el Centro en el que viven, numerarios y numerarias disponen de lo que necesitan para los gastos ordinarios. Para los extraordinarios -como la adquisición de una prenda de vestir o de otros objetos personales- solicitan la suma correspondiente al director, y su criterio es (según las palabras del Fundador) «el de un padre o madre de familia numerosa y pobre». Y añade nuestra fuente: «No corresponden a la Obra los bienes patrimoniales de los numerarios y agregados (y menos aún los de los supernumerarios, por razones obvias), que conservan la propiedad de su patrimonio y disponen de él como estiman conveniente».

En efecto, aseguran que la Institución «fue organizada por el fundador de tal modo que la Obra en cuanto tal, en el ordenamiento canónico y en el civil, dispusiera del menor número posible de bienes».

Más aún, en Roma la Prelatura es propietaria sólo del complejo de edificios «centrales» de viale Bruno Buozzi. Las demás propiedades inmobiliarias son mucho menos numerosas que las de órdenes y congregaciones religiosas. Y esto porque los frailes y las monjas viven por definición en comunidad, y necesitan edificios grandes, que con frecuencia están muy bien situados. En cambio, la inmensa mayoría de los miembros del Opus Dei sigue viviendo donde antes, en sus casas.

Tampoco las instalaciones de las «obras apostólicas» cuya dirección espiritual ha sido confiada a la Prelatura (por ejemplo, el Centro ELIS en Roma o el campus universitario de Pamplona) pertenecen a la Obra, sino a organizaciones civiles que se responsabilizan de su construcción y de su gestión.

No cabe duda de que un sistema como éste generó y genera muchas suspicacias. Se le puede dar, en efecto, dos lecturas antitéticas.

Una «en negativo» dirá que estamos ante el típico sistema de «sociedades fantasma» financieras, para ocultar al verdadero propietario a través de una red de testaferros: algo parecido a esas cajas chinas que, cuando se abren, muestran otra igual pero más pequeña.

Pero también cabe una lectura «en positivo»: la que, obviamente, da la Obra: una estructura de «agencia de formación espiritual» que fomenta en sus seguidores el sentido de autonomía y de responsabilidad civil. Estos, aunque impulsados por los fines religiosos que les han llevado al Opus Dei, y que la Institución no hace sino reforzar, actúan como comunes ciudadanos y «ejercitan sus derechos, como harían si no fuesen miembros de la Obra».

Por consiguiente, las «obras de la Obra» (incluido también el dinero para los gastos de gestión y, como es lógico, los necesarios bienes muebles e inmuebles) «son en realidad de iniciativa privada y no pueden considerarse en nungún caso, ni remotamente, actividades oficial u oficiosamente “católicas”. Estas obras corporativas se realizan y son dirigidas con métodos y mentalidad laicales: nacen y se desarrollan según las leyes civiles del país donde surgen, sin beneficiarse de ningún tipo de privilegios. Son sus dirigentes quienes responden directamente de ellas ante las autoridades civiles competentes».

Con toda razón, el Opus Dei da la vuelta a la acusación que les dirigen, según la cual el sistema de atribuir la propiedad a una red de grupos de «laicos» es un medio para evadir impuestos y eludir en general las leyes económicas y financieras. Sucede -dicen- justamente lo contrario: el rechazo a presentar las actividades como «religiosas», como «católicas», comporta la renuncia a muchos privilegios y a las considerables desgravaciones fiscales previstas en muchos países para realidades de este tipo. En cualquier caso, recuerdan que los estatutos obligan a los fieles de la Prelatura «al más grande respeto a las legítimas leyes de la sociedad civil». Si la formación que proporciona la Obra se propone crear personas totalmente disponibles a «dar a Dios lo que es de Dios», se asegura que en ningún modo se olvida la frase siguiente, «dar al César lo que es del César». Es preciso reconocer que -por encima de rumores, sospechas y acusaciones-, nunca, en ningún país, se han encontrado pruebas de que la Prelatura en cuanto tal estuviese mezclada en especulaciones económicas. Y juran que esto no sucederá nunca, por la simple razón de que no puede suceder, pues la Obra renuncia a tomar parte en cualquier cosa que no sea la formación religiosa y humana.

Sigamos trazando el marco de los asuntos económicos, y veamos ahora a los agregados. Estos, «por circunstancias de su vocación, viven en la familia en que nacieron, con algún pariente o solos, y participan en el sostenimiento de su casa. La cantidad restante de que pueden disponer la emplean para ayudar las obras apostólicas promovidas por la Obra».

No se debe pasar por alto que «con los fondos que proporcionan los numerarios y agregados se hace frente a las necesidades de los miembros incapacitados o enfermos, y también se ayuda a sus familias cuando los padres son ancianos o enfermos y no disponen de los suficientes ingresos para vivir. Con generosidad, se procura que no falte lo necesario a los que tuvieron la generosidad de aceptar la vocación de sus hijos».

Con una pizca de ironía, ese documento añade el siguiente comentario: «Cuando se habla del Opus Dei, esta ayuda no se cita casi nunca. Y nos alegra que sea así: estamos convencidos de que el bien pierde su valor cuando se divulga».

Quien sepa leer entre líneas podrá descubrir una especie de réplica a las acusaciones (ya mencionadas al hablar de las sectas y de los movimientos antisectas) de inducir a jóvenes a que abandonen sus familias y se hagan numerarios. Nada nuevo hay en esta polémica: es tan antigua como la historia de las vocaciones religiosas, en la tensión entre la libertad de los jóvenes para seguir una llamada considerada sobrenatural y el deseo (bien comprensible) de los padres de oponerse a esa libertad, incluso cuando los hijos e hijas son ya mayores de edad y tienen plena capacidad de discernimiento. Sucedió, por poner un ejemplo famoso, en la familia de Tomás de Aquino, que llegó a encerrar al futuro santo y doctor de la Iglesia durante todo un año en el castillo familiar de Frosinone. Ante casos semejantes, la Iglesia ha practicado y practica lo que ya enseñaba San Agustín: «Honorandus est pater sed oboediendum est Deo. Amandus est generator, sed praeponendus est Creator». Curiosamente, la aplicación de este principio tradicional e indiscutido entre los católicos sólo produce escándalo en el caso del Opus Dei.

Como hemos visto, la Obra interviene cuando la vocación del hijo pone en dificultades económicas a la familia; o cuando (también tras muchos años desde la entrada en la Institución) sea necesario echarle una mano por dificultades familiares sobrevenidas. Quede claro, de todos modos, que si el Opus Dei no es en modo alguno una «sociedad de mutuo socorro» para los miembros, tampoco pretende serlo para sus familias. Es el lema «que cada palo aguante su vela», severo pero realista y pedagógico, sobre todo hoy, en una sociedad que ha hecho del asistencialismo, tan indiscriminado como ruinoso para las finanzas públicas y para los caracteres humanos, un «derecho» que hay que defender con rabia y a gritos: pase lo que pase, tiene que haber un «otro» que lo resuelva.

Sigamos con los asuntos económicos, y ocupémonos ahora de los miembros más numerosos, los supernumerarios.

A este respecto, dice nuestra autorizada fuente: «Viven en su casa y de su trabajo. Entregan aportaciones voluntarias en la medida de sus posibilidades y de su generosidad, para sostener las actividades apostólicas de la Obra. No existe una cantidad mínima. La suma de las aportaciones económicas del supernumerario la fija el interesado, teniendo en cuenta las condiciones de su vida y sin causar perjuicio alguno a su familia, porque esta contribución debe proceder del sacrificio personal, no del de los demás, aunque sean sus parientes más cercanos».

Habría que resaltar un par de cosas. En primer lugar, no existen controles de la institución sobre la vida de los miembros: sobre ninguno de sus aspectos y, por tanto, tampoco sobre el económico. De este modo, subrayan, «el sistema funciona -y bien- sólo gracias a una voluntariedad continuamente renovada». En esto se diferencian de las órdenes y congregaciones religiosas, y también de los institutos seculares. Estas diferencias son lógicas, pues las estructuras y las vocaciones respectivas son distintas.

Podría suceder, por ejemplo, que un supernumerario, profesional liberal o empresario con altos ingresos, entregue menos de lo que en conciencia debería, a esa familia suya que es la Obra. A pesar de la ausencia de controles (salvo el autocontrol de la conciencia del interesado) parece que estos casos no se dan; o si se dan, no duran. No porque intervengan los directores de la Obra, sino porque desembocan necesariamente en la dimisión voluntaria. Cosa lógica y comprensible, visto que en la vocación todo se apoya sobre la voluntariedad, sobre un contrato libremente suscrito y siempre rescindible, sobre el sentido de compromiso, de responsabilidad, de dignidad personales. Quien quiera disponer con toda libertad de todo su salario, no tiene más que deducir las consecuencias: nada ni nadie le retiene en un estilo de vida que no es el suyo. No es obligatorio formar parte del Opus Dei para vivir como un buen cristiano y para salvarse e ir al Cielo…

Quizá vale la pena aventurar una observación de psicología menuda: dime de qué sospechas y acusas a los demás, y te diré de qué careces. De ordinario, el «vicio» o el «defecto» que se achaca al compañero es precisamente la obsesión que sufre uno mismo o la tentación ante la que suele ceder. Por eso, sólo en una cultura donde tantos colocan el dinero en el primer lugar de su escala de valores, puede explicarse la ininterrumpida acusación de «querer forrarse» lanzada a las personas y a las instituciones de la Iglesia, y al Opus Dei en particular. Quien no está obsesionado por el dinero no imputa a los demás -de manera tan obsesiva- que esconden sus objetivos bajo una tapadera religiosa. La fe puede explicar con creces algunos modos de vida. Pero parece que algunos no son capaces siquiera de sospecharlo.

La misma argumentación puede servir para explicar el compromiso de vivir la castidad. En el Opus Dei, al numerario o al agregado que quisiera, en edad madura, abandonar el celibato y casarse, se le invitará a pensarlo bien, a reflexionar sobre lo que pretende hacer; pero, al final, no se le pondrán dificultades para el matrimonio, que como sabemos, el Opus Dei estima y promueve para la inmensa mayoría de los miembros.

La estructura de la Institución no puede conducir a situaciones como la de tantas Ordenes religiosas, donde frailes y monjas, después de haber emitido sus votos definitivos y solemnes de «pobreza, castidad y obediencia», podrían en teoría (y no pocas veces también en la práctica, sobre todo en estos años) sentirse un poco «prisioneros». No se trata sólo del aspecto canónico (para casarse por la Iglesia, quien está ligado con un voto necesita la dispensa de Roma, que -después del «¡rompan filas!» de algunos años del pontificado de Pablo VI- ahora no se concede tan fácilmente). También influyen las consecuencias económicas y sociales: es decir, por la dificultad de encontrar un trabajo «civil» y de reinsertarse adecuadamente en la vida «normal». Entre las decenas de millares de ex-curas, ex-religiosos y ex-monjas del posconcilio, por desgracia, se produjeron -y se producen aún hoy- algunos dramas desconocidos, nacidos no sólo de problemas de conciencia, sino también de las cuestiones «materiales» que sólo un inhumano e irreal espiritualismo podría ignorar.

Este tipo de problemas no se da entre los que viven el celibato -una minoría, no lo olvidemos- en el Opus Dei.

Es posible incluso que de esta libertad, de esta elección libremente renovada cada día ante Dios y ante uno mismo (el ya citado «aquí está quien quiere», de Escrivá), de la concreta posibilidad de un modo de vida distinto gracias al propio trabajo, derive no sólo la eficacia de la Institución, sino también la ausencia de resignación que se aprecia al convivir con esta gente. Entre ellos, el entusiasmo -siempre moderadopor el compromiso de fe que han asumido, sea cual fuere el «coste» a los ojos de quien no comparte su planteamiento, parece ser la regla y no la excepción.

¿Y qué pasa con la política? ¿Qué sucede en el terreno político, donde la Obra -al decir de algunos- desempeña un papel oculto y siempre en favor de determinadas tendencias (el conocido «vínculo con los regímenes de derechas», que mencionaba el texto católico que ya comentamos…)?

También aquí nos interesará escuchar las razones de la defensa, que en este caso comienza con una observación que yo mismo adelanté, puesto que me parece de sentido común. Así lo explica Le Tourneau: «Quienes no creen en la existencia de ideales religiosos y de valores morales capaces de unir a los hombres en una empresa común por encima de las divisiones políticas, pueden reflexionar sobre una realidad de orden sociológico: hay miembros del Opus Dei de 87 nacionalidades, de los cinco continentes, de toda condición social, de las más variadas razas y culturas, con distinta mentalidad y viviendo en su propio ambiente familiar, profesional y social».

Si no se puede dudar de que esta es la realidad, parece entonces lógica la pregunta que sigue: «¿Cómo, en esas circunstancias, podría imponer la institución una especie de dogma en materia tan discutible y mudable como la política a personas tan distintas y tan alejadas unas de otras? ¿Cómo pedir a un japonés o a un keniano que se comporte en política como un australiano, un filipino, un malayo o un luxemburgués?».

A continuación, este autor francés miembro de la Obra, explica cómo ha de entenderse la relación (o mejor aún, la «falta de relación») entre el Opus Dei y la política. La cita es algo extensa, pero es de justicia escuchar a la defensa, sobre todo cuando ilustra los mecanismos que deberían conducir -al menos ésa es la pretensión de quien la pronuncia- a una sentencia absolutoria.

Escribe Le Tourneau: «Mons. Escrivá recalcó una y otra vez que, por su misma naturaleza, ‘el Opus Dei no está ligado a ninguna persona, a ningún grupo, a ningún régimen, ni a ninguna idea política’. En una instrucción para uso de los directores del Opus Dei, el Fundador les exhorta a no hablar de política y a mostrar que, en el Opus Dei, “caben todas las opiniones, que respeten los derechos de la Santa Iglesia”. Y añade que la mejor garantía para que los directores no se inmiscuyan en temas opinables es infundir en los miembros la conciencia de su libertad, pues “si los directores quisieran imponer un criterio concreto en una cuestión temporal, los demás miembros del Opus Dei que piensan de otra manera se rebelarían inmediata y legítimamente; y yo me vería en el triste deber de bendecir y alabar a los que se negasen firmemente a obedecer, y a reprender con santa indignación a los directores que pretendisesen hacer uso de una autoridad que no pueden tener”».

Continúa el autor de la «apología» que estamos citando: «Hay que conocer lo que le costó a Mons. Escrivá fundar el Opus Dei para comprender, en toda su profundidad, el vigor de otra de sus declaraciones, que refuerza la precedente: “he escrito hace tiempo, que, si alguna vez el Opus Dei hubiera hecho política, aunque fuera durante un segundo, yo -en ese instante equivocado- me hubiera marchado de la Obra. Por tanto no debe ser creída ninguna noticia en la que puedan mezclar la Obra con cuestiones politicas, económicas ni temporales de ningún género. De una parte, nuestros medios son siempre limpios y nuestros fines son siempre y exclusivamente sobrenaturales. De otra, cada uno de los miembros tiene la más completa libertad personal, respetada por todos los demás, para sus opciones ciudadanas, con la consiguiente responsabiliad, lógicamente tambien personal. Por tanto, no es posible que el Opus Dei se ocupe jamás de labores que no sean directamente espirituales y apostólicas, que nada tienen que ver con la vida política de ningún país. Un Opus Dei metido en la política es un fantasma que no ha existido, que no existe, y que nunca podrá existir; la Obra, si sucediera ese caso imposible, inmediatamente se disolvería».

Continúa Le Tourneau: «El amplio pluralismo que se vive en el Opus Dei no plantea problemas. Ya en 1930 escribió el Fundador que es «una manifestación de buen espíritu, de vida corporativa limpia, de respeto a la legítima libertad de cada uno». Los miembros del Opus Dei responden individualmente de sus opiniones y de sus actos. Su compromiso espiritual con la Prelatura no condiciona en absoluto sus preferencias políticas, por lo que el pluralismo es una realidad auténtica. Definir a alguien como miembro del Opus Dei por sus ideas políticas, o por sus intervenciones en la vida pública, si se trata de un político, carece de sentido».

En resumen, concluye nuestro autor, «esta actitud de profundo respeto hace que haya en el Opus Dei personas de todas las tendencias políticas, intelectuales e ideológicas que son compatibles con una conciencia cristiana».

Es preciso reconocer que, aparte de rumores periodísticos y de sospechas genéricas, no se ha documentado, en ningún país del mundo, que el Opus Dei haya desempeñado un papel, por pequeño que sea, en la lucha política. Hombres y mujeres que pertenecen a la institución sí que intervienen en estas actividades, como en cualquier otra manifestación humana, ejercitando el mismo derecho-deber de ocuparse de la cosa pública que compete (al menos en los regímenes democráticos) a todo ciudadano. Pero paticipan a título personal, no como miembros del Opus Dei.

No parece que exagere el Opus Dei cuando acusa de «clericalismo» a los que ponen bajo la sombra de la sospecha la actividad personal de sus miembros o, peor aún, a los que quieren prohibirla. En efecto, quien así actúa confunde a los numerarios, agregados y supernumerarios con los religiosos, cosa que no son, ni mucho menos sacerdotes, «medio curas» ni frailes o monjas disfrazados. Como he repetido, la defensa a ultranza de la laicidad, de la «normalidad», del «seguir en su sitio» es un aspecto fundamental de la institución.

La actividad política «activa» (a excepción del sufragio) está en cambio prohibida a los sacerdotes que forman parte del clero de la Prelatura, sacerdotes «de veras». Más aún, se les exige que guarden para sí sus opiniones en estas materias, para no influir en los que de ellos reciben una asistencia exclusivamente espiritual. Se les pide que sean -en cuanto sacerdotes del Sumo Sacerdote Jesucristo- signo y testimonio de unidad y nunca de división. A ellos se dirige (como a todos los demás miembros, pero a cada uno según su función, que objetivamente es diversa para un sacerdote que para un laico) la advertencia de Surco: «No quieras hacer del mundo un convento, porque sería un desorden… Pero tampoco de la Iglesia una bandería terrena, porque equivaldría a una traición» (punto 312).

La experiencia ya milenaria demuestra que nada es más devastador para la causa del evangelio que el sacerdote o el religioso metido en política -o simplemente «politólogo»-, como algunos que aún circulan por ahí. Esta situación les aporta una indudable ventaja en el campo de la notoriedad, pero no ciertamente en beneficio de la fe.

No se ha documentado ninguna intervención «opusdeísta» en los asuntos públicos de un país, decíamos. El numerario Gómez Pérez lanza una especie de desafío que, por el momento, nadie ha recogido: «que citen un solo caso de pronunciamiento del Opus Dei en favor o en contra de determinada política, en más de sesenta años de historia».

En Italia, por poner un ejemplo de la situación más familiar para nosotros, se comprueba que no existen, nunca han existido y -aseguran- nunca existirán candidatos y elegidos del Opus Dei ni siguiera dentro de ese partido «de católicos» hacia el cual, quizá durante demasiados decenios, el episcopado ha sugerido votar, aunque cada vez en términos más discretos.

La situación es completamente distinta (porque distintas son las «vocaciones» legítimas dentro de la Iglesia) en Comunión y Liberación, otra institución eclesial de formación en la fe, pero que a través de su «brazo político», el «Movimento Popolare», proponía sus candidatos al parlamento y hacía confluir sobre ellos los sufragios de sus miembros y simpatizantes.

Por los datos que tengo, en el parlamento italiano actualmente en vigor mientras escribo, se sienta un solo diputado miembro supernumerario del Opus Dei. Pero también me consta -así me lo han confirmado muchos, y también oficialmente- que durante la campaña electoral, no se colocó ni un solo panfleto de propaganda de ese candidato en Centro alguno de la Prelatura, y que de ésta no salió orientación alguna de voto. Recientemente, se han desarrollado en varias ciudades importantes, incluida la capital, unas dramáticas elecciones municipales, que en su segunda vuelta enfrentaron a candidatos de la izquierda con candidatos de derechas, todos ellos fuera de la tradición italiana del catolicismo político. Difícil elección para un creyente; elección que, en el Opus Dei, se dejó a la libertad de conciencia de sus miembros. En efecto, en las dos frenéticas semanas previas a la votación, pude conversar con no pocos miembros de la Obra para completar mi reportaje. Descubrí que entre ellos se daban las tres posturas posibles: voto al candidato de izquierda, voto al candidato de derecha y abstención o voto en blanco. Pero ninguno de ellos consideraba su decisión como «más católica» o «más coherente para un creyente» que la de los demás miembros.

Como dicen los Estatutos, el Opus Dei -por humildad, pero también por respeto de la libertad de sus miembros- «se abstiene de actos colectivos». Tanto es así que prohíben la participación «de modo colectivo en manifestaciones públicas de culto, como las procesiones». Del mismo modo, los estatutos impiden «la publicación de periódicos y de cualquier clase de publicación con el nombre de la Obra». Lógico, puesto que un periódico no puede dejar de tomar postura sobre los problemas del momento, mientras que en cuestiones de fe y de moral, el Opus Dei no tiene otra opinión que la del Magisterio, y en todas las demás materias, no tiene opinión colectiva alguna. Con el nombre de la Prelatura sale sólo un boletín (titulado «Romana», como para remarcar la fidelidad a la Iglesia), que se limita a recoger noticias internas: sobre las actividades de apostolado, los nombramientos de directores, datos estadísticos y otras por el estilo.

Pues bien, precisamente la incomprensión de esta actitud provoca tantas acusaciones de secretismo, de ocultamiento. Si la Obra no aparece públicamente en cuanto tal y no adopta una postura coram populo, debe de ser porque es una sociedad secreta…

¿No será esta abstención de juicios sociopolíticos una superchería colectiva? ¿Un nuevo engaño, en el que ha caído el ingenuo periodista que esto escribe, al que se le han escamoteado directivas top secret transmitidas por caminos reservadísimos a los «hermanos»? Es cierto que no se debe desechar a la ligera la advertencia de aquel filósofo escéptico de la antigüedad, que recomendaba: ¡Acuérdate de desconfiar! Y menos aún quien realiza un trabajo como el mío.

Sin embargo, si examinamos las normas del Codex, es decir, de los estatutos de la Prelatura oficialmente aprobados por la Iglesia, en uno de sus últimos artículos (181/1) se lee: «Este código es el fundamento de la Prelatura del Opus Dei. Sus normas han de considerarse santas, inviolables y perpetuas, y sólo la Santa Sede puede modificarlas o introducir nuevos preceptos».

Entre esas normas declaradas con tanta solemnidad sanctae, inviolabiles, perpetuae, está la disposición del artículo 88: «Para todo lo que concierne a la actuación profesional y a las doctrinas sociales, políticas, etc., cada fiel de la Prelatura goza de la misma libertad que los demás ciudadanos católicos. Las autoridades de la Prelatura deben pues abstenerse de dar cualquier consejo en estas materias. Por tanto, esa plena libertad sólo podrá verse reducida por las normas que el obispo o la Conferencia episcopal pudieran dar para todos los católicos de una diócesis o de un país». A continuación, el Codex saca las consecuencias que ya mencionamos: la plena libertad de los miembros y esa abstención de todo lo que no es espiritual explican que «la Prelatura no hace suyas en modo alguno las actividades profesionales, sociales, políticas o económicas de ninguno de sus fieles».

¿Cabe la hipocresía frente a las disposiciones de un Código que ha sido escrito, aprobado y obedecido ante la mirada de Dios? No hace falta ser detective para preguntarse a qué o a quién beneficiarían esos perjurios. Quizá resulte mucho más razonable admitir que los miembros del Opus Dei sólo reciben consejos espirituales, y que en política no sólo no actúan en grupo, sino que consideran el respeto del pluralismo en las materias que no son de fe como un modo de obedecer a una indicación central del fundador.

Lo corrobora este pasaje de una homilía de Escrivá: «Un hombre sabedor de que el mundo -y no sólo el temploes el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena preparación intelectual y profesional, va formando -con plena libertad- sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desenvuelve». Y añade en seguida: «Pero a ese cristiano jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas. ¡Esto no puede ser, hijos míos! Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas».

De este planteamiento, don Josemaría deducía algunas indicaciones concretas, que forman como el «manifiesto» del Opus Dei sobre la actividad política y social: «Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentalidad laical, que ha de llevar a tres conclusiones: a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal; a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen -en materias opinables soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene; y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas».

Es fácil advertir que semejante planteamiento da origen a una actitud de tolerancia que (una vez más…) contradice lo que muchos piensan sobre esta Institución, a la que se considera como la última reencarnación del fanatismo ibérico sobre la que aletea el fantasma del Gran Inquisidor.

Por eso, no es casual la réplica de Mons. Escrivá a los que no creían en la libertad de sus hijos espirituales: «Son personas que tienen mentalidad de partido único, en lo político o en lo espiritual. Los que tienen esta mentalidad y pretenden que todos opinen lo mismo que ellos encuentran difícil creer que otros sean capaces de respetar la libertad de los demás. Atribuyen así a la Obra el carácter monolítico que tienen sus propios grupos».

Los ataques al beato no sólo llegaron desde fuera de la Iglesia. También surgieron de ambientes tradicionalistas católicos, a los que hubiera gustado que el pueblo cristiano les siguiese incluso en sus decisiones temporales. A estos respondía Mons. Escrivá: «Cuando, durante mis años de sacerdocio, no diré que predico, sino que grito mi amor a la libertad personal, noto en algunos un gesto de desconfianza, como si sospechasen que la defensa de la libertad entrañara un peligro para la fe. Que se tranquilicen esos pusilánimes».

A los suyos recomendó la libertad, para sí y para los demás: «No comprendo la violencia. No me parece apta ni para convencer ni para vencer». Y recordó en Surco (punto 867) que «el violento pierde siempre, aunque gane la primera batalla…, porque acaba rodeado de la soledad de su incomprensión». Su receta era esta: «El error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con razonamientos desapasionados, estudiando y haciendo estudiar. Y con la caridad».

Da toda la impresión de que el «proyecto social y político» del Opus Dei es no tener proyecto alguno ni doctrina propia, al menos en el sentido de los ideólogos, utópicos y revolucionarios. No tienen un esquema teórico de un «mundo mejor», de una «sociedad distinta», sino la conciencia de que no hay modo alguno de mejorar la humanidad que haciendo mejores a los hombres: uno por uno, y en su interior. Las cosas no se arreglan a base de partidos, mítines, opúsculos de propaganda política ni disquisiciones teóricas de «expertos» o «politólogos» clericales; sino a través de un esfuerzo tenaz, día tras día, por contener y, si es posible, disminuir las huellas del pecado original en los corazones (del que todo procede, tanto el bien como el mal, enseña el evangelio), comenzando por uno mismo.

La contradicción de los buenos

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Era media tarde cuando el Fundador del Opus Dei llegó a Diego de León, 14. Dos o tres estudiantes estaban sentados en el banco del amplio zaguán, al pie de las escaleras que dan acceso a la zona de representación de esa casa. Les saludó, les preguntó qué estaban estudiando, se quedó un rato con ellos. Entre­tanto, fueron llegando otros, que volvían de sus clases. Trataron de retenerlo contándole algunas anécdotas de su labor apostó­lica, y uno empezó a hablar de un compañero que había participa­do tiempo atrás en una manifestación en la que se oyeron también algunos gritos contra el Opus Dei… Inmediatamente, antes de que el chico pudiera seguir, el Fundador de la Obra le interrumpió con unas palabras parecidas a las siguientes: Pues hacía muy bien. Estaba en su derecho: si pensaba así, debía hacerlo.

Luis Calle entró en ese momento, a tiempo de oír que luego ese estudiante había conocido a fondo la Asociación, y pidió ser admitido… Advirtió de quién se hablaba, y se adelantó: ‑Era yo, Padre. Mons. Escrivá de Balaguer sonrió. Le abrazó con fuerza y, mirándole con mucho cariño, le habló de perseverancia, mientras le hacía la señal de la cruz en la frente.

La anécdota es expresiva, a mi juicio, del profundísimo amor que el Fundador del Opus Dei tuvo siempre por la libertad. Era una de las razones que le llevaban a disculpar y comprender, incluso, a quienes no le comprendían o llegaban a insultar a la Obra. Nunca se defendía, si se trataba de su persona. No obstante, si se referían al Opus Dei, sabía dejar la verdad bien manifiesta, perdonando a las personas sin ceder a sus ofensas. como un buen hijo no tolera que maltraten a sus padres.

Este talante explica que mirara con afecto a los románticos del siglo XIX. En la Pascua de 1974 hablaba de ellos a unos, estudiantes universitarios de todo el mundo en estos términos:

Tenían toda una ilusión romántica, se sacrificaban y lucha­ban por alcanzar esa democracia con la que soñaban, y una libertad personal con responsabilidad personal.

Así hay que amar la libertad: con responsabilidad perso­nal. (…) Pienso que soy ‑les decía bromeando‑ el último romántico, porque amo la libertad personal de todos ‑la de los no católicos también‑ (…) Amo la libertad de los demás, la vuestra, la del que pasa ahora mismo por la calle, porque si no la amara, no podría defender la mía. Pero ésa no es la razón principal. La razón principal es otra: que Cristo murió en la Cruz para darnos la libertad, para que nos quedáramos in libertatem gloriae filiorum Dei.

La primera anécdota la presencié en el zaguán de Diego de León el 12 de abril de 1972. Pero bien podía haber ocurrido treinta años antes, pues fue allí, en esa casa de Diego de León, donde el Fundador del Opus Dei, que conocía el duro sabor de las contradicciones desde 1929, sufrió, a partir de 1940, graves y duras calumnias, que Dios le ayudó a sobrellevar con alegría, con sentido sobrenatural, y con una alta dosis también de respeto por la libertad ajena.

En los primeros años fundacionales, había sentido ya la amargura de la incomprensión. Lo dejó escrito, con visión de futuro, en 1932:

Comprensión, pues, aunque a veces haya quienes no quieran comprender: el amor a todas las almas os ha de llevar a querer a todos los hombres, a disculpar, a perdonar. Debe ser un amor que cubra todas las deficiencias de las miserias hu­manas; debe ser una caridad maravillosa: veritatem facientes 111 caritate (Ephes., IV, 15), siguiendo la verdad del Evangelio con caridad.

Tened en cuenta que la caridad, más que en dar, está en comprender. No os escondo que yo estoy aprendiendo, en mi propia carne, lo que cuesta el que a uno no le comprendan. Me he esforzado siempre en hacerme comprender, pero hay quienes están empeñados en no entenderme. También por esto quiero comprender a todos; y vosotros siempre debéis esforzaros en comprender a los demás.

Con espíritu de comprensión y con afán de verdad, he intentado escribir las páginas que siguen. Por eso, aunque contienen forzosamente referencias a equivocaciones y errores tremendos que cometieron personas de carne y hueso, sus nombres no se citan, ante todo, por fidelidad a la persona que las sufrió en su propia alma. E1 Fundador del Opus Dei, no sólo comprendió y perdonó desde el primer momento, sino que, a la vez, prohibió a los socios de la Obra que hablasen, ni siquiera entre ellos, de esos sucesos, para no dar nunca ni la menor ocasión a posibles faltas de caridad. Les indicó, además, que si personas ajenas a la Asociación planteaban el tema en sus conversaciones, ellos debían limitarse a exponer la verdad con sencillez, a aludir a que perdonaban, a olvidar, y a seguir trabajando sin dar más importancia a dimes y diretes, por insidiosos que fueran.

No era éste un consejo de circunstancias. El Fundador del Opus Dei había inculcado desde siempre ese enfoque recio de la caridad. Antes de que tuviese que sufrir en su carne mezquinas trapisondas y gravísimas calumnias, su rica vida interior le había ido preparando para pasar por encima, llevándolas con dolor, en silencio, sin una queja. Las disposiciones de su alma habían quedado reflejadas, tiempo atrás, al redactar algunos puntos de Camirio, publicado en 1939:

Se han desatado las lenguas y has sufrido desaires que te han herido más porque no los esperabas.

Tu reacción sobrenatural debe ser perdonar ‑y aun pedir perdón‑ y aprovechar la experiencia para despegarte de las criaturas (Camino, 689).

Cuando venga el sufrimiento, el desprecio…, la Cruz, has de considerar: ¿qué es esto para lo que yo merezco? (Camino, 690).

Conocí personalmente al Fundador del Opus Dei el 8 de, septiembre de 1960, en el Colegio Mayor Aralar de Pamplona. Estábamos un centenar de estudiantes. Uno le preguntó que cuándo se escribiría la historia de la Obra, y podríamos conoce¡ todo lo que había pasado antes de la aprobación definitiva por la Santa Sede. Respondió con una metáfora que habla de rosas Y espinas. Me quedó grabada la idea: a veces, las espinas hieren a; que corta una rosa; pero prescinde del pinchazo, ante el aroma la belleza de la flor.

Muchos años después he recordado esta imagen, al leer texto‑r de Mons. Escrivá de Balaguer sobre el buen espíritu de los socio:, de la Obra, que no dejan albergar en el corazón más que sentimientos de amor, de comprensión, de perdón sobrenatural. No obstante, a pesar de conocer esa realidad, el Fundador insistiría en no hablar de esos momentos de la historia del Opus Dei, porque ciertas anécdotas podrían provocar, sobre todo en los más jóvenes, una reacción poco mesurada ‑limpia, pero llena de ímpetu juvenil‑, que injustamente pudiera interpretarse como agresiva o poco cristiana.

Realmente Dios quiso servirse de personas, convencidas de que luchaban por una buena causa, para hacer que el Fundador del Opus Dei participase más aún de la Cruz de Cristo ‑quien sufrió antes que nadie la persecución y la calumnia de los buenos‑: a pesar de todo, el Señor escribiría derecho con renglones torcidos.

El 16 de junio de 1974, en Buenos Aires, una madre de familia habló al Fundador del Opus Dei de la vocación de sus hijos, que algunos no entendían. Mons. Escrivá de Balaguer respondió con una pregunta: qué sería de un cuadro si todo estuviera lleno de luz, y no hubiera sombras… ¡No habría cuadro! De modo que es conveniente que algunos no entiendan. Además, cuando llegan a entender les da mucha vergüenza, y se hacen santos.

Tenía experiencia personal desde 1929. Las incomprensiones se localizaban una a una, porque la Obra entonces apenas era conocida. Pero todas tenían idéntica raíz: un puro no entender el mensaje nuclear del Opus Dei, que lleva la santidad al centro de la vida ordinaria. A muchos pareció locura, como vimos. Otros, simplemente, se aferraban a los esquemas conocidos, que son siempre válidos para los que tengan esa vocación. Si un muchacho mostraba deseos de mayor compromiso en su vida cristiana, no tenía otro camino que ingresar en un seminario o en un noviciado. No concebían que también pudiera seguir en el mundo, pugnando por la santidad, sin cambiar sus circunstan­cias familiares y profesionales.

Fue después de 1939 cuando arreciaron las dificultades, especialmente en Madrid y en Barcelona. El Fundador del Opus Dei, al principio, no quería creer que estuviera ante una auténtica y tenaz campaña, pero las pruebas adquirieron tal peso que no tuvo más remedio que rendirse ante la evidencia.

Llegaron a intranquilizar la conciencia de los padres de los socios de la Obra. Unas veces era en el confesonario. Otras yendo expresamente a visitar a las familias. Como anécdota significativa de la novedad del mensaje del Fundador del Opus Dei, don Amadeo de Fuenmayor relató lo que sigue a un periodista, el día que falleció Mons. Escrivá de Balaguer: “Tal vez porque hoy se cumple el primer aniversario de la muerte de mi madre, me viene ahora al recuerdo algo que ella me refirió en el año 1941… Me contó que una persona le acababa de visitar para advertirle que su hijo estaba en peligro de condenación; y al preguntarle yo si le había explicado el motivo de ese tan terrible parecer, dijo que a los socios del Opus Dei nos tenían alucinados, porque nos hacían creer que se puede ser santo en medio del mundo”.

Aquella persona, que no conocía de nada a la madre de Amadeo de Fuenmayor, fue a verla en Barcelona, con ocasión de un viaje que ella hizo desde Valencia, donde vivía. Le dijo además que podía y debía disuadir a su hijo Amadeo del camino que había emprendido, sin que fuera obstáculo la circunstancia ‑que él probablemente alegaría‑ de que ya era mayor de edad. Y le previno contra don Antonio Rodilla, Vicario general de la diócesis de Valencia, porque “era de los suyos”. El panorama quedaba así cerrado, pues ella no podía acudir al Arzobispo ‑don Prudencio Melo y Alcalde‑ por ser el prelado persona de edad avanzada.

“No he de decir ‑concluye don Amadeo de Fuenmayor‑ el tremendo disgusto que sufrió mi pobre madre, que tuvo que guardar cama durante varios días. Después todo se aclaró para ella, por intervención de don Antonio Rodilla, al que acudió en consulta, trocando su disgusto en alegría grande, porque su hijo había encontrado un camino de santidad en el mundo”.

Muchos padres y madres lloraron. Les anunciaban efectiva­mente que sus hijos estaban en una cosa herética, y que se iban a perder. Todo, porque no comprendían el alcance de la predica­ción del Fundador del Opus Dei acerca de la llamada universal a la santidad. Muchos años después, al comenzar el curso 1970‑71, lo recordaría el Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla, a los estudiantes del Colegio Mayor Universitario Guadaira. Les definió el Opus Dei como un fenómeno espiritual nuevo en la vida de la Iglesia: “Esta misma novedad ‑se lee en una crónica de la prensa Sevillana de aquellos días‑ fue lo que provocó, hace años, la incomprensión de algunas personas, que no compren­dieron su carácter laical eminentemente apostólico y sobrena­tural”.

El propio don Antonio Rodilla manifiesta ahora: “Fue per­seguido, acusado falsamente y calumniado en público. Yo mis­mo tuve que deshacer embustes entre Prelados y Consiliarios nacionales de A. C.

“Había ferocidad y pertinacia en la persecución. No oí calumnias ni acusaciones contra su vida privada, pero sí respecto de sus actuaciones apostólicas, cuyos fines se consideraban aviesos, y acerca de su ortodoxia.

“En el noviciado de una benemérita Congregación de religio­sas se le presentó como el anticristo, y se dijo y repitió por muchos, en muchos ámbitos religiosos, que se trataba de una nueva herejía.

“(…) Se amañaba una anécdota mezclando datos verdaderos y evidentes con otros inventados e irritantes. Producida la irritación, necesitaba ésta cebarse hasta la ceguera y corría como un incendio forestal no sólo entre resentidos, siempre hambrien­tos de morder, sino entre los más sensibles contra las injusticias, y malos con buenos se unían contra el inocente calumniado: don Josemaría y su Obra eran una organización secreta, clandes­tina y herética”.

Una de estas habladurías se centró sobre la Residencia de estudiantes en la calle de Jenner. Corrió la voz por Madrid de que su oratorio estaba lleno de signos cabalísticos. Simplemente sucedía que en la parte central de un friso sobre el altar, estaba grabado aquel verso de un himno litúrgico: Congregavit ríos in unum Christi amor. En los laterales del friso se había puesto una frase de los Hechos de los Apóstoles: Erant autem perseverantes in doctrina Apostolorum, in communicatione fractionis panis, et orationibus (Act., 11, 42). Las palabras iban separadas por símbolos eucarísticos y litúrgicos: los panes, la espiga, la vid, el lumen, la paloma, la cruz… Éstos eran los signos cabalísticos y jeroglíficos.

Otra historia que dio que hablar fue la del oratorio elíptico en la casa de la calle Diego de León. El P. Severino Álvarez, dominico, Decano de la Facultad de Derecho Canónico del Ange­licum de Roma, contaba en 1950 que tiempo atrás se había recibido en el Santo Oficio una denuncia contra el Opus Dei, en la que entre otras cosas, se indicaba que el oratorio de un centro que tenía en Madrid era elíptico. El Maestro General de los Dominicos, aprovechando que el P. Severino venía a España, le encargó que viera personalmente qué tenía de malo el oratorio en cuestión. El P. Severino se presentó en Diego de León y lo examinó con todo detalle. Comentaba, medio indignado, medio riéndose, qué podía tener de malo aquel oratorio, instalado en un salón de planta en cierto modo parecida a una elipse, la habitación más digna y más capaz de la antigua casa de la familia López Puigcerver.

Todos los testigos coinciden en que la reacción del Fundador del Opus Dei fue siempre sobrenatural. Ofrecía su Misa por los que le calumniaban, y animaba a los socios de la Obra a que hicieran por ellos mortificaciones duras, incluso, corporales. Ni una palabra de falta de caridad ‑expone don José Luis Múzquiz‑ se escapó de sus labios: era verdaderamente heroico, pues sufría mucho, porque a su labor apostólica intensísima se unía este peso de la contradicción de los buenos.

En 1941, la contradicción se hizo especialmente aguda en Barcelona. Un buen grupo de chicos iba por el Palau, un pequeño piso en la calle Balmes, cerca de la de Aragón, alquilado por Alfonso Balcells, quien, aunque no había pedido la admisión en el Opus único con la carrera terminada.

A pesar de que por aquellos días no debían pasar de media docena los que en Barcelona habían pedido la admisión en el Opus Dei ‑todos aún estudiantes‑, se armó mucho ruido contra la Obra. En una ocasión, don Pascual Galindo, sacerdote amigo del Fundador, fue a la Ciudad Condal y estuvo en el Palau. Al día siguiente celebró Misa en un colegio de monjas situado en la esquina de la Diagonal y la Rambla de Cataluña. Le acompañaron algunos del Palau, que asistieron a Misa y comulgaron. La Superiora y alguna otra monja allí presente quedaron muy edificadas por la piedad de esos jóvenes estudian­tes, y les invitaron a desayunar con don Pascual Galindo. En pleno desayuno don Pascual dijo a la Superiora: “Estos son los herejes por cuya conversión me pidió usted que ofreciera la Misa”. La pobre monja ‑recuerda uno de ellos‑ a poco se desmaya: le habían hecho creer que éramos una legión numero­sísima de verdaderos herejes y se encontró con que éramos unos pocos estudiantes corrientes y molientes que asistíamos a Misa con devoción y comulgábamos”.

En la Universidad eran tachados de herejes en público. Se les calificaba como gente rara. Pero su comportamiento era en todo normal, sin una palabra de queja o de amargura. Seguían el ejemplo y el consejo del Fundador: callaban, trabajaban, son­reían, perdonaban. Y veían todo aquello como algo providencial, que Dios haría fructificar para bien. Rafael Termes, entonces director del Falau, dio una gran alegría al Fundador, al escribirle desde Barcelona que podía estar tranquilo con ellos, pues ni una palabra de falta de caridad se había escapado de sus labios.

Aunque en el Palau no había oratorio, se había puesto una cruz de palo, como esa cruz de madera negra, sin brillo y sin imagen del Crucificado, descrita en 1934 en Consideraciones Espirituales: Dei, quiso facilitar la gestión, porque era el Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo…, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú.

Se difundió por Barcelona que se crucificaban en esa pobre cruz, que había unos estudiantes que hacían ritos sangrientos en la calle Balmes.

A don Josemaría le dolió una vez más esta absurda afirma­ción. Pero su prudencia le llevó a hacer sustituir esa cruz por otra muy pequeña: Así no podrán decir -bromeó- que nos crucificamos, porque no cabemos.

Fray José López Ortiz corrobora que el Fundador del Opus Dei, ante esos y otros ataques y enredos, lo pasó mal, pero “no sufría por su persona, sino por el Señor, por la Iglesia, por la Obra y por las almas. A él personalmente no le importaba ni su honra ‑con tanta calumnia encima‑, ni su prestigio, ni su fama, ni nada: era ejemplarmente humilde”.

La situación llegó a extremos de tal gravedad que no podía ir por Barcelona, pues corría el riesgo de ser detenido. A pesar de todo, hizo algún viaje desde Madrid, en avión, regresando en el día, para no tener que alojarse en ningún hotel. Su billete iba a nombre de Josemaría E. de Balaguer, a fin de no poner en marcha a la policía, pues se le conocía más como P. Escrivá. Le había dado este consejo el Nuncio, Mons. Cicognani.

Era entonces Gobernador civil de Barcelona Correa Veglison. Años después, el doctor Balcells le habló de aquel viaje: “Me alegro ‑dijo Correa‑ de no haber sabido que fue entonces Monseñor Escrivá a Barcelona: tales eran las cosas que decían de él que hubiera enviado la policía al aeropuerto a detenerlo”.

En aquella época, la Abadía de Montserrat era uno de los centros más importantes de espiritualidad en toda España. Afortunadamente, don Aurelio M. Escamé, Abad‑Coadjutor de Montserrat, se dirigió al Obispo de Madrid pidiéndole informa­ción sobre el Opus Dei. La respuesta de don Leopoldo Eijo y Garay al Abad Escarré lleva fecha del 24 de mayo de 1941: “Ya sé el revuelo que en Barcelona se ha levantado contra el Opus Dei. Bien se ve la pupa que le hace el enemigo malo. Lo triste es que personas muy dadas a Dios sean el instrumento para el mal; claro es que putantes obsequium se praestare Deo “. Don Leopoldo añade que sabe todo sobre la Obra, porque “desde que se fundó en 1928 está tan en manos de la Iglesia que el Ordinario diocesano, es decir, o mi Vicario General o yo, sabemos, y cuando es menester dirigimos, todos sus pasos; de suerte que desde sus primeros vagidos hasta sus actuales ayes resuenan en nuestros oídos, y… en nuestro corazón. Porque, créame, Rmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos”.

En su carta, el Obispo de Madrid se detiene en la descripción de las virtudes sacerdotales ‑incluida la extrema docilidad a su prelado‑ del Fundador del Opus Dei, y sale al paso de la específica calumnia relativa al secreto de la Obra: “La asociación secreta, que dicen los denigradores, no ha nacido sino con la bendición de la autoridad diocesana, y no da paso de alguna importancia sin pedirla, amén de la aprobación”. La discreta reserva ‑nunca secreto‑ que el Dr. Escrivá inculca es “el antídoto contra el faroleo, la defensa de una humildad que él quiere que sea colectiva, no sólo individual”. “No merece más que alabanzas el Opus Dei ‑concluye don Leopoldo‑; pero los que lo amamos no queremos que se lo alabe, ni se lo pregone”, porque su único afán es “trabajar calladamente, con humildad, con alegría interna, con entusiasmo apostólico que no se desvir­túe, precisamente porque no se desborda en ostentaciones”.

Esta carta tuvo gran importancia, pues varias familias encontraron apoyo y consuelo en Montserrat, y pudieron tranqui­lizar sus conciencias. El Rector del Seminario de Barcelona, Vicente Lores, que envió el 11 de julio de 1941 un extenso escrito sobre el Opus Dei a Mons. Díaz Gómara, Obispo Administrador apostólico de Barcelona, acompañaba su informe con una copia de esa, para él, “carta definitiva”: “Su lectura desvanece todo género de duda en los más exigentes”.

Entretanto, en Madrid iba alcanzando su punto de máxima gravedad la calumnia que tachaba a los socios de la Obra de masones. A pesar de lo absurdo de esta calumnia, llegaron a denunciar al Fundador ante el Tribunal de Represión de la Ma­sonería.

Acusaban al Opus Dei de ser “una rama judaica de los masones”, o “una secta judaica en relación con los masones”. El general Saliquet, Presidente del Tribunal, puso punto final a la historia. Cuando le hablaron de los socios del Opus Dei como ciudadanos y cristianos corrientes que no se diferenciaban en nada de sus colegas, como gente limpia, honrada y trabajadora, de vida casta…, preguntó: ‑¿Pero viven la castidad? Le dijeron que sí, y él contestó: ‑Entonces no hay que preocuparse: si viven la castidad, no son masones, pues no conozco masones que sean castos. Y dio carpetazo al expediente.

No obstante, todo aquello había hecho sufrir también al Fundador del Opus Dei. El P. Sancho, O.P., refleja que un día, al terminar su clase en Diego de León, 14, subió al cuarto de trabajo de don Josemaría, junto al oratorio, y lo encontró muy apenado. Mons. Escrivá de Balaguer le explicó que habían hecho unas denuncias de que somos masones, y le hizo notar que el posible motivo de la calumnia no podía ser más que la naturalidad con que vivían los socios del Opus Dei, fieles corrien­tes, ciudadanos como los demás, que no pregonaban su dedica­ción interior a Dios en la Obra, entonces en gestación jurídica dentro de la Iglesia.

El P. Sancho le consoló como pudo. Se daba cuenta de las graves consecuencias que una acusación de ese estilo podía tener en aquel momento de la vida española. “Ese día ‑anota también‑ en que el Padre estaba tan dolido después de toda aquella noche de sufrimiento y oración, destacaba su espíritu sobrenatural. Él siempre lo llevaba todo a Dios, siempre; y ofrecía al Señor sus sufrimientos con serena alegría”.

Y don Antonio Rodilla añade: “No habría sido cabal prueba si él no hubiese sentido el dolor y la vergüenza de arañazos y mordiscos y bofetones y salivas. Los sintió y es posible que le arrancaran lágrimas y dieran zozobras, pero no perdió un instante el amoroso abrazo a su cruz ni el amor a sus persegui­dores”.

En medio de estas duras pruebas, no le faltó el aliento y el consuelo de la fidelidad de los socios de la Obra. Pero también muchas otras personas supieron estar junto a él, con visión sobrenatural y lealtad humana. Como certifica el P. Sancho, “gracias a Dios que todos los obispos, todos, se pusieron de su parte; especialmente le quería y le bendecía con predilección el Obispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay”.

Es justo subrayar ‑con el P. Sancho‑ la firme y clara actitud que adoptó en todo momento don Leopoldo Eijo y Garay.

Siempre difundió ideas semejantes a las que en mayo de 1941 comunicaba al Abad Escarré.

Monseñor Castán, entonces obispo auxiliar de Tarragona, supo por don Leopoldo que un día fue una comisión a hablar con él para acusar y denunciar al Opus Dei, sugiriéndole que inter­viniera contra la Asociación y contra su Fundador. Don Leopoldo les dejó hablar y luego apostilló tajantemente que había actuado directamente y con pleno conocimiento de causa en su aproba­ción. Mons. Castán recuerda con certeza unas palabras textuales que el obispo de Madrid pronunció en esa ocasión: “Esa criatura ha nacido en estas manos”.

El P. Carlos Calaf, operario diocesano, relata otra anécdota semejante, que localiza en 1940. El propio don Leopoldo se la contó. El día de la Procesión del Corpus iba a su derecha, llevando una barra del Palio, un joven que había dicho alguna cosa menos conveniente contra el Opus Dei; y, “aun llevando el Santísimo en la mano ‑me decía el Patriarca‑, me dirigí a él y le dije: mira. por lo que más vale en el mundo y lo que más estimo, que es Jesús Sacramentado, no ataques, no digas nada en desdoro de esa Obra, que la quiero como a la niña de mis ojos”.

Hace mucho tiempo, muchísimo ‑evocaría el propio Fundador del ­Opus Dei‑, cuando vivía en Lagasca, una noche, estando ya acostado y empezando a conciliar el sueño ‑cuando dormía, dormía muy bien; no he perdido el sueño jamás por las calumnias, persecuciones y trapisondas de aquellos tiempos‑, sonó el teléfono. Me puse y oí: Josemaría…Era don Leopoldo, entonces obispo de Madrid. Tenía una voz muy cálida. Ya muchas otras veces me había llamado a esas horas, porque él se acostaba tarde, de madrugada, y celebraba la Misa a las once de la mañana.

Qué hay?, le respondí. Y me dijo: ecce Satanas expetivit vos ut cribraret sicut triticum (Le., XXII, 31). Os removerá, os zarandeará, como se zarandea al trigo para cribarlo. Luego añadió: yo rezo tanto por vosotros… Et tu… confirma filios tuos! Tú, confirma a tus hijos. Y colgó. ¿Bonito, verdad?

Para más de uno, la actitud del Patriarca no acababa de tener explicación. Lo consideraban un obispo de corte tradicional, proclive a la estima de un “clero serrano, escalafonado, rural”, que “amparaba decisivamente una experiencia como la del Opus Dei, de signo contrario”. Así lo esboza el P. Federico Sopeña en su libro Defensa de una generación. El P. Sopeña cita también una anécdota que debió tener amplia difusión por los años cuarenta: el Patriarca, antes de dar la comunión a un conocido seglar, le dijo con decisión: “quien critica al Opus Dei, critica al Patriarca”.

El 25 de junio de 1944 don Leopoldo Eijo y Garay confirió el sacramento del Orden a los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Ese día fue a almorzar a Diego de León, 14, y después estuvo charlando con un buen grupo de socios de la Obra que habían venido de otras ciudades a la ordenación. Les confió que, en algún momento, había temido que reaccionaran con violencia o con faltas de caridad, pero se quedó muy tranquilo un día, cuando don Álvaro del Portillo le dijo, mirando el crucifijo:

‑;No! Les perdonamos y además les agradecemos todo. Por qué se ha de enfadar el enfermo con el bisturí, y más si el bisturí es de platino?

Don Álvaro del Portillo había aprendido del Fundador a perdonar, a contemplar en todo aquello la mano de Dios, que quería purificarle a él y al Opus Dei. “¡Cuánto debe a sus perseguidores!”, exclama don Antonio Rodilla: le empujaban a la oración, a la humildad, a la mortificación, a la más heroica caridad, a la formación sobrenatural de los socios del Opus Dei.

Les enseñó ‑con su ejemplo y su palabra‑ a perdonar desde el primer momento a los obcecados detractores. Cuando alguien le daba noticia de una nueva falsedad ‑y eso ocurría a menudo varias veces al día‑ lo primero que hacía era invitarle a rezar un Padrenuestro o un Avemaría por quien le había calumniado. Para referirse a ellos, y a su conducta, empleaba siempre una expresión significativa, que compendiaba su reacción sobrenatu­ral: era la contradicción de los buenos, que obraban putantes obsequium se praestare Deo, creyendo que prestaban un servicio a Dios.

“Jamás le vi una reacción de rencor ‑confirma por su parte el dominico P. Sancho‑. No era él hombre para eso, sino para comprender, perdonar y olvidar. Reaccionaba siempre sobrena­turalmente y con mucha mansedumbre”.

Fray José López Ortiz marca la misma idea: “Sufría mucho, porque él tenía un espíritu muy grande y abierto, un corazón magnánimo”.

Muchos años después, en Buenos Aires, Mons. Escrivá de Balaguer aludiría de pasada a aquellos momentos tremendos de los años cuarenta:

Poned siempre el signo más, que es la Cruz, la adición. De esa manera atraeréis, no repeleréis. ¿Y si os insultan? Más que a mí, me parece que no: …;como un trapo! Llegó un momento en el que tuve que ir una noche al Sagrario, allí, en Diego de León, a decir: Señor ‑y me costaba, me costaba porque soy muy soberbio, y me caían unos lagrimones…‑, si Tú no necesitas mi honra, yo ¿para qué la quiero?

El Fundador del Opus Dei, que tenia también en lo humano una gran sensibilidad, no pudo dejar de sentir el peso de tanta basura amontonada sobre él. Perdonó y ayudó a perdonar a todos, desde el primer momento. Pero los que estaban cerca de él, no olvidan que, por los años 1940 y 1941, había a veces días tan duros que, al atardecer, no podía literalmente sostenerse en pie, porque el cuerpo se le rendía. Se le veía agotado, por el trabajo constante ‑tenía fuerzas para impulsar la labor del Opus Dei por toda España, como si no pasara nada: era el motor del apostolado, empujando a los socios de la Obra, y haciendo continuos viajes a muchas ciudades del país‑, y porque le daban mucha pena las posibles ofensas que se hacían a Dios, y la confusión que se sembraba en tantas almas. De sí mismo se olvidaba, y por eso estaba feliz y alegre, con su buen humor habitual, y su sonrisa de siempre.

El 27 de junio de 1975, en La Vanguardia Española de Barcelona, Alfonso Balcells Gorina, testigo de excepción de las dificultades en aquella ciudad, redactó a vuelapluma: “Cuando al principio de los años cuarenta hubo en Barcelona incompren­siones y calumnias, nos enseñó el amor a la libertad y el respeto a la libertad de todos, y quiso que en el Colegio Mayor Monterols la inscripción Veritas liberabit vos presidiera su oratorio. Años antes de nuestra guerra, en la primera residencia de estudiantes, en Madrid, como luego en tantas otras, hizo poner en lugar visible el Mandatum novum: `amaos los unos a los otros…’ para que quedara bien grabado en la mente de todos que el espíritu de aquella casa y del Opus Dei parte de una pedagogía de amor”.

El Fundador del Opus Dei, maltratado, nunca dejó de sentirse feliz en medio del dolor. Sobrellevó todo con gran comprensión y cariño, sin una palabra de queja, saboreando en su oración el lesus autem tacebat, el silencio del Hijo de Dios ante Herodes.

A don Miguel Sancho Izquierdo, su maestro de Derecho natural en la Universidad de Zaragoza, le impresionó siempre esta actitud silenciosa de Mons. Escrivá de Balaguer: mientras nunca defendió su propia honra ‑observa‑, siempre salió en defensa de la Iglesia y del Vicario de Cristo cuando alguien conculcaba su buen nombre.

Fueron años duros ‑escribía para los socios del Opus Dei en 1961 su Fundador‑ porque esas calumnias las hacían llegar hasta lo más alto de la Iglesia, sembrando desconfianzas y recelos hacia la Obra. Yo (…) callaba y rezaba. Pero es lógico que ahora ‑cuando ya han desaparecido bastantes de esas personas que tanto daño pretendían hacer, quizá pensando obsequium se praestare Deo (lo., XVI, 2), que hacían un servicio a Dios; y otras, abriendo los ojos, han cambiado de criterio‑ os diga, por lo menos, que existieron esas contradicciones.

Sin embargo, ni aun entonces quiso que los socios y asociadas que no las habían vivido, conocieran esas páginas de la historia del Opus Dei, para que, ni remotamente, pudiera nacer en sus corazones un resentimiento o un desamor, hacia quienes volun­taria o involuntariamente hayan sido causa de alguno de los sufrimientos, que hemos tenido que padecer.

Hasta el fin de sus días sobre la tierra dio ejemplo de corazón grande, capaz de perdonar sin reservas:

En la Santa Misa me acuerdo de pedir no sólo por mis hijos, por mis padres y mis hermanos, por los padres y los hermanos de mis hijos, sino también por los que están en la tierra y desean molestarnos, y por los que nos han calumniado y ya han ido a rendir cuentas al Señor. Digo: Señor, yo los perdono para que Tú los perdones y para que perdones nuestros pecados. Te ofrezco sufragios por sus almas: los mismos que te ofrezco por mis hijos, y por mis padres, y por los padres de mis hijos. ;Todos igual!

El Señor está contento, y también yo me quedo muy tranquilo. Lo mismo os aconsejo a vosotros: no queráis mal a nadie, nunca. Criar mala sangre sólo lleva a desgracias, ¿y cómo vamos a ser desgraciados, si somos hijos de Dios? Hay que saber perdonar.

Después, si alguno os dice que es heroísmo, os reís. Es una cosa estupenda. ¿Acaso no nos perdona Dios cuando le ofende­mos? ¿Cómo no vamos a perdonar nosotros?

A pesar de esta generosa actitud ‑no exenta de cristiana elegancia, de buen sentido del humor‑, al Fundador del Opus Dei le dolió en carne viva la grave contradicción, que apenas; queda aquí apuntada.

Quizá lo comprenderán mejor quienes vieron, por la pequeña pantalla, las imágenes filmadas el 23 de junio de 1974 en c Teatro Coliseo de Buenos Aires. Una viuda le habló de su hijo único, sacerdote, y Mons. Escrivá de Balaguer seguía sus palabras con una sonrisa amplia, acogedora. Su expresión alegre se fue transformando en gesto serio, preocupado, cuando esa madre ‑en su rostro se notaban las huellas de un profunda dolor‑ le contó entre sollozos que la vocación de su hijo se desviaba del buen camino.

Ese corazón grande y apasionado, que tan fácilmente se identifica con el sufrimiento ajeno, padeció lo indecible en los años cuarenta, porque las tremendas injusticias que sufrió ofendían a Dios, confundían a muchas personas y empecataban el alma de quienes las cometían. El Fundador del Opus Dei, que sabía querer, calló, perdonó y rezó, quitando importancia a su heroísmo: si alguno os dice que es heroísmo, os reís…

Surgía también aquí un rasgo característico de su persona­lidad ‑distraer la atención de su persona, para centrarla en Dios‑, que reflejaba la objetividad propia de la humildad cristiana que vivía. Evidentemente, ofrecer iguales sufragios por los que nos han querido que por los que nos han hecho daño resulta insólito, desproporcionado, heroico. Pero, a quien se comporta así, porque de veras trata de vivir el Evangelio, le parece poca cosa, apenas nada, pues su alma fiel no deja de comparar ese esfuerzo con el Sacrificio divino de Cristo en el Calvario.

Jesucristo muere en la Cruz para redimir a la humanidad entera. Su amor, que nos gana la libertad de la gloria de los hijos de Dios, exige inequívocamente que perdonemos siempre y en todo, aunque humanamente se nos haga duro, difícil de entender y de vivir. Pero el cristiano lo puede todo con la gracia divina. Los brazos abiertos de Jesús en el Madero ‑con gesto de sacerdote eterno, en expresión querida al Fundador del Opus Dei, que tan de cerca sintió la Cruz durante la contradicción de los buenos‑, le ayudaron a sobrellevar con garbo su tremendo peso, objetivamente duro, agotador, difícil de comprender, incluso al cabo de los años.

Universidad de Navarra

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Desde su fundación, en 1952, la Universidad de Navarra, se ha ido desarrollando gradualmente hasta contar con veinte facultades, escuelas e institutos, en los que cursan estudios más de diez mil alumnos en cursos regulares, y seis mil quinientos en programas de perfeccionamiento. El sistema de enseñanza y de vida universitaria, inspirado en el criterio de la responsabilidad personal y de la solidaridad entre todos los que trabajan allí, se ha demostrado eficaz y constituye una experiencia muy positiva en la actual situación mundial de los estudios superiores. De ella salen hombres y mujeres bien preparados para construir, si quieren, una sociedad más justa.

Esta Universidad, que acoge también a numerosos estudiantes afroasiáticos y latinoamericanos, fue puesta en marcha –con el impulso y la oración constantes de Mons. Escrivá de Balaguer– por un grupo de profesores procedentes de otras universidades, y ha servido para dar cauce a la ayuda de numerosas personas que ven en los estudios universitarios una base fundamental del progreso del país, cuando están abiertos a todos los que merecen estudiar, sean cuales sean sus recursos económicos.

La mitad, aproximadamente, de los alumnos, son navarros. De ellos, en 1985, el 44% procedía del sector social de rentas inferiores, mientras que el 45% provenía de niveles de rentas medias. Sólo el 9% correspondía a las familias de rentas más elevadas.

Esta realidad ha sido posible gracias al esfuerzo de la Universidad en la provisión de becas –en 1985, el 40% de los alumnos tuvieron becas–, y en el asesoramiento a los estudiantes sobre las convocatorias públicas y privadas de ayudas a las que pueden acogerse.

Por otra parte, los estudiantes tienen acceso al sistema de crédito educativo, por el que diversas instituciones bancarias financian sin intereses el coste de los estudios, sin exigir la devolución del préstamo hasta varios años después de que el beneficiario haya encontrado un empleo fijo.

«La vida de este centro universitario –ha dicho Mons. Escrivá de Balaguer– se debe principalmente a la dedicación, a la ilusión y al trabajo que profesores, alumnos, empleados, bedeles, estas benditas y queridísimas mujeres navarras que hacen la limpieza, todos, han puesto en la Universidad. Si no fuese por esto, la Universidad no hubiera podido sostenerse».

Y, efectivamente, es esta colaboración plural y constante la que explica el funcionamiento, el desarrollo, el rápido prestigio alcanzado en pocos años y sus estrechas relaciones con Universidades históricas como la Sorbona, Coimbra, Munich, Lovaina, Harvard, etc.

Económicamente la Universidad se financia con las matrículas de sus alumnos y con la ayuda de diversas instituciones. El Ayuntamiento de Pamplona concedió una parte de los terrenos. La Diputación Foral colabora en algunos gastos de sostenimiento. El Estado español dio las subvenciones previstas por la ley para la creación de nuevos puestos escolares. Las corporaciones guipuzcoanas colaboran en el sostenimiento de la Escuela de Ingenieros Industriales, cuyo instrumental científico procede de un donativo de los Estados Unidos. La obra asistencial alemana Misereor contribuyó a la financiación del plan de los nuevos edificios. La Fundación Huarte ha aportado recursos para la investigación sobre el cáncer que se realiza en la Universidad. También la Fundación Gulbenkian y numerosas empresas se interesan y cooperan en las tareas de investigación… Y sin embargo, la ayuda más agradecida es la de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra, formada por miles de personas, españoles y extranjeros, de todas las clases sociales, muchas de ellas de escasos recursos económicos, que colaboran, en la medida de sus posibilidades, a sostener esta tarea de servicio y de promoción social, de la que son un claro exponente los más de veinte mil alumnos que se han formado en sus aulas.

Fines exclusivamente espirituales

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

La responsabilidad personal de un miembro del Opus Dei es completa: ante su propia conciencia, ante los demás ciudadanos, ante el colegio profesional, sindicato o partido político a que pertenezca, ante las leyes civiles de su propio país. Por eso en su actividad pública, del tipo que sea, no representará jamás al Opus Dei, ni podrá actuar nunca en su nombre. Sus éxitos y sus fracasos serán siempre suyos, personales e intransferibles, pero no del Opus Dei, al cual le seguirá interesando siempre y solamente, en uno u otro caso, el progreso espiritual de esa persona.

«Sería absurdo e incluso molesto –escribía Mons. Herranz, en Nuestro Tiempo, en abril de 1957– que alguien felicitase a la Obra considerando como un triunfo del Opus Dei el éxito profesional, económico o político de algunos de sus miembros. No se enorgullece el Opus Dei, porque la gloria, el honor o lo que sea –si existe y si se merece– serán de la persona, nunca del Opus Dei, que no busca, ni quiere, ni acepta ningún provecho humano».

«No puede sorprender a nadie –dijo en cierta ocasión el Vicario Regional de la Prelatura en Alemania que cualquier persona del Opus Dei, en cualquier país, haga uso del derecho de sostener o defender opiniones que en conciencia considere acertadas. En este sentido, hay ciertamente diversidad de opiniones y divergencias políticas entre los miembros del Opus Dei. Esa realidad, basada precisamente en el derecho que tiene cada uno de defender sus opiniones personales, a la vez que respeta las de los demás, es una consecuencia del espíritu de libertad en que el Opus Dei forma a sus miembros». (Comunicado oficial recogido por el Informations–dienst de la agencia alemana KNA, el 18 de junio de 1960).

«He escrito hace tiempo –decía Mons. Escrivá de Balaguer a Julián Cortés Cavanillas en 1971– que, si alguna vez el Opus Dei hubiera hecho política aunque fuera durante un segundo, yo –en ese instante equivocado– me hubiera marchado de la Obra. Por tanto no debe ser creída ninguna noticia en la que puedan mezclar la Obra con cuestiones políticas, económicas ni temporales de ningún género. De una parte, nuestros medios son siempre limpios, y nuestros fines son siempre y exclusivamente sobrenaturales. De otra parte, cada uno de los miembros tiene la más completa libertad personal, respetada por todos los demás, para sus opciones ciudadanas, con la consiguiente responsabilidad, lógicamente también personal. Por tanto, no es posible que el Opus Dei se ocupe jamás de labores que no sean inmediatamente espirituales y apostólicas, que nada tienen que ver con la vida política de ningún país. Un Opus Dei metido en la política es un fantasma que no ha existido, que no existe y que nunca podrá existir: la Obra, si sucediera ese caso imposible, inmediatamente se disolvería».

Por su parte el norteamericano Dennis H. Helming termina así su testimonio personal:

«¿Qué influencia, pues, tiene el Opus Dei en mi vida? Busco su consejo espiritual, porque lo necesito y lo quiero. ¿Procuro ayudar a los demás por el mero hecho de pertenecer a la Obra? No. En todo momento cada miembro del Opus Dei mantiene su propia personalidad. No podría ser de otra manera. Por eso, yo no represento jamás al Opus Dei. Soy lo que soy, lo que he elegido ser, y yo sólo he de pechar con toda la responsabilidad de mis propias acciones y decisiones. Si me equivoco, soy yo quien merezco reproches. Si hago algo bien, preferiré que el mérito se atribuya a Dios, por Quien y con Quien lo hice. El Opus Dei me enseñó a dar valor sobrenatural a lo que hice y me animó a realizarlo. Pero fui yo quien lo hizo, porque quise. Aunque no sea menos cierto que no lo hubiera hecho así –o que tal vez no lo hubiera hecho en absoluto sin esa ayuda espiritual».

Podemos concluir, entonces, con dos afirmaciones evidentes. La primera es que sólo puede ser del Opus Dei quien comprenda su esencia sobrenatural, y entienda la libertad con plena responsabilidad personal. Y la segunda, que una institución de este tipo, cuya diversidad resulta naturalmente tan compleja, sólo puede ser dirigida, a nivel mundial, regional o local, con una «organización desorganizada». Porque en la «desorganización» está precisamente la libertad de cada miembro del Opus Dei.

Universidad de Navarra

universidad y jóvenes  Tagged , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Desde su fundación, en 1952, la Universidad de Navarra, se ha ido desarrollando gradualmente hasta contar con veinte facultades, escuelas e institutos, en los que cursan estudios más de diez mil alumnos en cursos regulares, y seis mil quinientos en programas de perfeccionamiento. El sistema de enseñanza y de vida universitaria, inspirado en el criterio de la responsabilidad personal y de la solidaridad entre todos los que trabajan allí, se ha demostrado eficaz y constituye una experiencia muy positiva en la actual situación mundial de los estudios superiores. De ella salen hombres y mujeres bien preparados para construir, si quieren, una sociedad más justa.

Esta Universidad, que acoge también a numerosos estudiantes afroasiáticos y latinoamericanos, fue puesta en marcha –con el impulso y la oración constantes de Mons. Escrivá de Balaguer– por un grupo de profesores procedentes de otras universidades, y ha servido para dar cauce a la ayuda de numerosas personas que ven en los estudios universitarios una base fundamental del progreso del país, cuando están abiertos a todos los que merecen estudiar, sean cuales sean sus recursos económicos.

La mitad, aproximadamente, de los alumnos, son navarros. De ellos, en 1985, el 44% procedía del sector social de rentas inferiores, mientras que el 45% provenía de niveles de rentas medias. Sólo el 9% correspondía a las familias de rentas más elevadas.

Esta realidad ha sido posible gracias al esfuerzo de la Universidad en la provisión de becas –en 1985, el 40% de los alumnos tuvieron becas–, y en el asesoramiento a los estudiantes sobre las convocatorias públicas y privadas de ayudas a las que pueden acogerse.

Por otra parte, los estudiantes tienen acceso al sistema de crédito educativo, por el que diversas instituciones bancarias financian sin intereses el coste de los estudios, sin exigir la devolución del préstamo hasta varios años después de que el beneficiario haya encontrado un empleo fijo.

«La vida de este centro universitario –ha dicho Mons. Escrivá de Balaguer– se debe principalmente a la dedicación, a la ilusión y al trabajo que profesores, alumnos, empleados, bedeles, estas benditas y queridísimas mujeres navarras que hacen la limpieza, todos, han puesto en la Universidad. Si no fuese por esto, la Universidad no hubiera podido sostenerse».

Y, efectivamente, es esta colaboración plural y constante la que explica el funcionamiento, el desarrollo, el rápido prestigio alcanzado en pocos años y sus estrechas relaciones con Universidades históricas como la Sorbona, Coimbra, Munich, Lovaina, Harvard, etc.

Económicamente la Universidad se financia con las matrículas de sus alumnos y con la ayuda de diversas instituciones. El Ayuntamiento de Pamplona concedió una parte de los terrenos. La Diputación Foral colabora en algunos gastos de sostenimiento. El Estado español dio las subvenciones previstas por la ley para la creación de nuevos puestos escolares. Las corporaciones guipuzcoanas colaboran en el sostenimiento de la Escuela de Ingenieros Industriales, cuyo instrumental científico procede de un donativo de los Estados Unidos. La obra asistencial alemana Misereor contribuyó a la financiación del plan de los nuevos edificios. La Fundación Huarte ha aportado recursos para la investigación sobre el cáncer que se realiza en la Universidad. También la Fundación Gulbenkian y numerosas empresas se interesan y cooperan en las tareas de investigación… Y sin embargo, la ayuda más agradecida es la de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra, formada por miles de personas, españoles y extranjeros, de todas las clases sociales, muchas de ellas de escasos recursos económicos, que colaboran, en la medida de sus posibilidades, a sostener esta tarea de servicio y de promoción social, de la que son un claro exponente los más de veinte mil alumnos que se han formado en sus aulas.

Introducción

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

De “El Fundador del Opus Dei y su actitud ante el poder establecido”

En las siguientes páginas analizaremos las relaciones que sostuvo san Josemaría Escrivá (1902-1975) con el poder establecido y estudiaremos las sucesivas respuestas que dio el Fundador del Opus Dei ante los sucesos históricos que le tocó vivir, desde esta doble perspectiva clarificadora:

Desde la perspectiva de un fundador de una realidad de la Iglesia compuesta en su gran mayoría por laicos católicos, cuyas libres elecciones personales siempre respetó. Escrivá deseaba que los laicos actuasen con libertad, con responsabilidad personal y siempre en conformidad con los principios evangélicos.

Desde la perspectiva de su concepción del sacerdocio y de la tarea y misión del sacerdote. Escrivá consideraba al sacerdote como un defensor de los derechos de Dios que debe buscar únicamente el bien de las almas.


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder