Dignidad del sacerdocio

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El sacerdocio lleva a servir a Dios en un estado que no es, en sí, ni mejor, ni peor que otros: es distinto. Pero la vocación de sacerdote aparece revestida de una dignidad y de una grandeza que nada en la tierra supera. Santa Catalina de Siena pone en boca de Jesucristo estas palabras: no quiero que mengüe la reverencia que se debe profesar a los sacerdotes, porque la reverencia y el respeto que se les manifiesta, no se dirige a ellos, sino a Mí, en virtud de la Sangre que yo les he dado para que la administren. Si no fuera por esto, deberíais dedicarles la misma reverencia que a los seglares, y no más… No se les ha de ofender: ofendiéndolos, se me ofende a Mí, y no a ellos. Por eso lo he prohibido, y he dispuesto que no admito que sean tocados mis Cristos (Santa Catalina de Siena, El Dialogo cap. 116; Cfr. Ps CIV, 15).

Algunos se afanan por buscar, como dicen, la identidad del sacerdote. ¡Qué claras resultan esas palabras de la Santa de Siena! ¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus sino ipse Christus otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental.

Para realizar una obra tan grande –la de la Redención–, Cristo está siempre presente en la Iglesia, principalmente en las acciones litúrgicas. Está presente en el Sacrificio de la Misa, tanto en la persona del Ministro –”ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que se ofreció a sí mismo en la Cruz”– como sobre todo bajo las especies eucarísticas (Concilio Vaticano II, Const. Sacrosantum Concilium 7; Cfr. Concilio de Trento, Doctrina acerca del Santísimo Sacrificio de la Misa cap. 2).

Por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser; es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la Consagración, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad.

En esto se fundamenta la incomparable dignidad del sacerdote. Una grandeza prestada, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor. Quienes celebramos los misterios de la Pasión del Señor, hemos de imitar lo que hacemos. Y entonces la hostia ocupará nuestro lugar ante Dios, si nos hacemos hostias de nosotros mismos (San Gregorio Magno, Dialog. 4, 59).

Si alguna vez os topáis con un sacerdote que, externamente, no parece vivir conforme al Evangelio –no le juzguéis, le juzga Dios–, sabed que si celebra válidamente la Santa Misa, con intención de consagrar, Nuestro Señor no deja de bajar a aquellas manos, aunque sean indignas. ¿Cabe más entrega, más anonadamiento? Más que en Belén y que en el Calvario. ¿Por qué? Porque Jesucristo tiene el corazón oprimido por sus ansias redentoras, porque no quiere que nadie pueda decir que no le ha llamado, porque se hace el encontradizo con los que no le buscan.

¡Es Amor! No hay otra explicación. ¡Qué cortas se quedan las palabras, para hablar del Amor de Cristo! El se abaja a todo, admite todo, se expone a todo –a sacrilegios, a blasfemias, a la frialdad de la indiferencia de tantos–, con tal de ofrecer, aunque sea a un hombre solo, la posibilidad de descubrir los latidos de un Corazón que salta en su pecho llagado.

Esta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el activo silencio de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas –más que Ella sólo Dios– trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura.

En el sanatorio psiquiátrico del Doctor Suils

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El doctor Suils, antiguo compañero de colegio de Escrivá en Logroño, ya había dado asilo a varias personas en una clínica psiquiátrica que dirigía en Madrid. Aunque no había visto a Escrivá desde el colegio, se ofreció para acogerle en cuanto supo de su difícil situación. El doctor Herrero Fontana trasladó a Escrivá en un coche del hospital en el que trabajaba desde su casa hasta la clínica. Escrivá ocupó el asiento posterior. Herrero dijo al miliciano que conducía que el paciente estaba loco, pero que no era peligroso. Durante el traslado hacia la clínica, Escrivá hablaba consigo mismo, afirmando de vez en cuando que era el doctor Marañón, un conocido médico y escritor. El hecho convenció al conductor, que comentó: “Si está tan loco, es mejor fusilarlo y no gastar tiempo con él”.

Para cuando Escrivá llegó a la clínica, era probable que los nacionales conquistaran Madrid en pocas semanas. Sin embargo, sus asaltos a la ciudad fueron rechazados por las milicias populares y las Brigadas Internacionales. Se hacía paulatinamente más claro que España se enfrentaría a una guerra civil larga y que, aunque eventualmente ganasen los nacionales, necesitarían mucho tiempo para tomar la capital.

Pronto se reunió con Escrivá en la clínica su hermano Santiago. González Barredo y Jiménez Vargas, que había sido arrestado y encarcelado por poco tiempo, también buscaron escondite allí, pero enseguida decidieron irse. González Barredo encontró varios refugios temporales en Madrid, y Jiménez Vargas se alistó en una brigada anarquista. Para evitar luchar a favor de un régimen que estaba persiguiendo a la Iglesia, se puso inyecciones que le provocaron fiebre. A pesar de todo, las autoridades militares ordenaron su traslado al frente.

La clínica estaba lejos de ser un escondite seguro. Un día, en un registro, los milicianos se llevaron a uno de los pacientes. Otro día, apareció un grupo de milicianos debido a un soplo de que algunos de los pacientes, en realidad, eran refugiados políticos. Mientras ponían en fila a los internos, uno de los pacientes reales se acercó hasta un miliciano y preguntó si su subfusil ametrallador era un instrumento de viento o de cuerda. El hecho asustó tanto al miliciano que se fueron sin hacer el registro, convencidos de que allí estaban todos locos de remate.

Una de las enfermeras, sin embargo, sospechaba que algunos de los pacientes no estaban tan locos como pretendían. Tras varios días en la clínica, Escrivá pudo celebrar la Misa a diario en su habitación. Una enfermera de confianza se sentaba en un sofá en el vestíbulo de fuera. Si parecía que alguien iba a entrar en la habitación, avisaba a Escrivá para que cerrase las puertas del armario donde había preparado las cosas para la Misa. Después de la Misa daba la Sagrada Comunión a algunos de los refugiados. Cuando se marchó en marzo, les dejó varias Hostias consagradas envueltas una por una en papel de fumar. Así, después de su marcha podrían recibir la Sagrada Comunión, a la vez que respetaban las leyes litúrgicas de aquel tiempo que prohibían a los laicos tocar las formas consagradas. Uno de los presentes comentaría después: “Recuerdo con todo detalle esta escena porque me impresionó el profundo respeto que tenía por la Sagrada Forma”[1].

Los meses pasados en la clínica fueron de intenso sufrimiento. Había poca comida y estaban casi sin calefacción. Escrivá padeció un fuerte ataque de reuma, que le mantuvo en cama durante dos semanas. Peor que las privaciones físicas eran el aislamiento, la necesidad de fingir la locura y, sobre todo, la inseguridad sobre los demás miembros de la Obra, cuyas situaciones eran muy precarias.

[1] Ibid. p. 142

Sobre la película “Camino”

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Algunos medios de comunicación me han preguntado sobre la película “Camino”. Una vez más quiero partir del respeto a la libertad de expresión y a la confianza en el valor de la creatividad artística.

Considero que esta ficción cinematográfica ofrece una visión distorsionada de la fe en Dios, de la vida cristiana y de la realidad del Opus Dei.

El ambiente construido por esta película en nada se parece a la alegría, libertad, espíritu de comprensión y servicio en el que procuran vivir  las mujeres y los hombres del Opus Dei: es muy fácil comprobarlo.

Cada día lo experimentan en España los cientos de miles de personas que comparten la vida diaria con un miembro del Opus Dei, o bien participan de alguna forma en los hospitales, centros de Enseñanza Universitaria, colegios, tareas asistenciales, labores sociales de todo tipo nacidas del impulso apostólico y el espíritu de servicio de los miembros del Opus Dei.

Son realidades con las puertas abiertas.

Como ya dije en una ocasión anterior, estas palabras de sereno respeto, no quieren crear ni participar en polémicas interesadas.

Manuel Garrido

Para más información:

“Caminos de concordia”, por Juan Manuel Mora, Vicerrector de Comunicación de la Universidad de Navarra.

Web oficial de Alexia González-Barros

“Camino”, de Javier Fesser, y la verdadera historia de Alexia.

el Papa pronunció un discurso ante las autoridades políticas y civiles y el cuerpo diplomático de Angola.

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20 de marzo de 2009

El Santo Padre llegó a las 17.00 al Palacio do Povo, el palacio presidencial de Luanda, donde fue recibido por el presidente angoleño, José Eduardo dos Santos. Después de un coloquio privado con el dignatario, el Papa pronunció un discurso ante las autoridades políticas y civiles y el cuerpo diplomático de Angola.

“Sois artífices y testigos de una Angola que se está levantando -dijo el Papa-. Después de veintisiete años de guerra civil que ha devastado el país, la paz ha comenzado a echar raíces, trayendo consigo los frutos de la estabilidad y la libertad. Los esfuerzos tangibles del gobierno para establecer las infraestructuras y rehacer las instituciones fundamentales para el desarrollo y el bienestar de la sociedad han hecho florecer la esperanza entre los ciudadanos de la nación. Para consolidar esta esperanza han concurrido diversas iniciativas de organismos multilaterales, decididos a superar los intereses particulares para actuar con la perspectiva del bien común. Tampoco faltan en diversas partes del país ejemplos de maestros, personal sanitario y empleados estatales que, con sueldos bajos, sirven con integridad y dedicación a sus comunidades y se multiplican los voluntarios al servicio de los más necesitados. ¡Dios bendiga y multiplique esta buena voluntad y sus iniciativas al servicio del bien!”.

“Angola sabe que ha llegado el tiempo de esperanza para África. Todo recto comportamiento humano es esperanza en acción. Nuestras acciones no son nunca indiferentes a Dios y tampoco al desarrollo de la historia. Amigos míos, armados de un corazón íntegro, magnánimo y compasivo, podéis transformar este continente liberando a vuestro pueblo del azote de la codicia, de la violencia y el desorden, guiándolo por el sendero marcado por los principios indispensables para una democracia civil y moderna: el respeto y la promoción de los derechos humanos, un gobierno transparente, una magistratura independiente, una comunicación social libre, una administración pública honrada, una red de escuelas y hospitales que funciona y la determinación firme, enraizada en la conversión de los corazones, de acabar para siempre con la corrupción”.

“En el Mensaje de este año para la Jornada Mundial de la Paz -señaló Benedicto XVI- quise llamar la atención de todos sobre un enfoque ético del desarrollo. Efectivamente, más que programas y protocolos, las personas de este país piden justamente una conversión profunda y duradera de los corazones a la fraternidad. Dicen a los que trabajan en la política, en la administración pública, en los organismos internacionales: Estad cerca de nosotros de forma realmente humana; estad con nosotros, con nuestras familias, con nuestras comunidades”.

Opus Dei -

“El desarrollo económico y social de África requiere la coordinación del gobierno nacional con las iniciativas regionales y con las decisiones internacionales. Una coordinación de ese tipo presupone que las naciones africanas no se consideren solo como destinatarias de planes y soluciones elaboradas por otros. Los mismos africanos, trabajando por el bien de sus comunidades, deben ser los protagonistas de su desarrollo. Con este propósito hay un número cada vez más grande de iniciativas que merecen ser apoyadas. Entre ellas la New Partnerships for Africa’s Development (NEPAD), el Pacto para la seguridad, la estabilidad y el desarrollo en la región de los Grandes Lagos, el Kimberley Process, la Publish What You Pay Coalition y la Extractive Industries Transparency Initiative, cuyo objetivo común es promover la transparencia, la praxis comercial honrada y el buen gobierno”.

“Por lo que se refiere a la comunidad internacional en conjunto, es urgente coordinar los esfuerzos para afrontar la cuestión del cambio climático, la plena y justa realización de los objetivos de desarrollo indicados por la Doha round y el cumplimiento de la promesa de los países desarrollados, repetida muchas veces, de destinar el 0,7 % de su PIB (producto interno bruto) a las ayudas oficiales al desarrollo. Esta ayuda es todavía más necesaria hoy con la tempestad financiera mundial en curso; mi deseo es que no se convierta en una de sus víctimas”.

El Santo Padre habló después de su alegría por encontrarse en este viaje como entre familias, y añadió que ese tipo de experiencia podía ser “el don común que África ofrece a cuantos proceden de otros continentes y llegan aquí, donde “la familia es el fundamento sobre el que está construido todo el edificio social”.

“Sin embargo, como todos sabemos -observó- también aquí la familia se ve sometida a numerosas presiones: ansias y humillaciones causadas por la pobreza, desempleo, enfermedades, exilio. (…) Asume un dramatismo particular el yugo de la discriminación de las muchachas y las mujeres, sin hablar de la innombrable práctica de la violencia y la explotación sexual que les acarrea tantas humillaciones y traumas. Otro aspecto muy preocupante es de las políticas de aquellos que, con el espejismo del avance del “edificio social”, amenazan sus mismas bases. ¡Qué amarga ironía la de los que promueven el aborto entre los cuidados de la salud materna! ¡Qué desconcertante la tesis de que la supresión de la vida es una cuestión de salud reproductiva!”.

“Encontraréis siempre a la Iglesia, por voluntad de su divino fundador, al lado de los más pobres de este continente. Os aseguro que a través de sus diversas iniciativas (…) continuará haciendo todo lo posible para ayudar a las familias, incluidas las afectadas por los trágicos efectos del SIDA, y para promover la igual dignidad de hombres y mujeres basada en una complementariedad armoniosa. El camino espiritual del cristiano es el de la conversión cotidiana; la Iglesia invita a hacerlo a todos los líderes de la humanidad para que ésta siga el sendero de la verdad, de la integridad, del respeto y la solidaridad”.

Opus Dei -

Finalizado el discurso, el Papa se trasladó a la nunciatura apostólica, donde se encontró con los obispos de Angola y Sao Tomé.

El Papa pidió a Dios que recompense a los prelados por “todos los esfuerzos apostólicos llevados a cabo en condiciones difíciles, tanto durante la guerra como actualmente, en contacto con tantas limitaciones, contribuyendo de este modo a otorgar a la Iglesia en Angola y en Sao Tomé y Príncipe aquel dinamismo que todos les reconocen”.

Refiriéndose a los desafíos que deben afrontar, Benedicto XVI afirmó que “contra un relativismo difundido que nada reconoce como definitivo y es más, tiende a defender como última medida el propio yo y sus caprichos, proponemos otra medida: el Hijo de Dios, que también es verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo. El cristiano de fe adulta y madura no es el que sigue las modas y las últimas novedades, sino el que vive profundamente enraizado en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre hacia todo lo que es bueno y nos ofrece el criterio para discernir entre el error y la verdad”.

“La cultura y los modelos de comportamiento -continuó- están cada vez más condicionados y caracterizados por las imágenes propuestas por los medios de comunicación social”. En este contexto, dijo, “son loables todos vuestros esfuerzos por tener, también en este nivel, una capacidad de comunicación que os capacite para ofrecer a todos una interpretación cristiana de los eventos, de los problemas y de las realidades humanas”.

El Santo Padre puso de relieve las “dificultades y amenazas” que encuentra la familia, la cual “tiene una particular necesidad de ser evangelizada y concretamente sostenida, porque además de la fragilidad e inestabilidad interna de tantas uniones conyugales, existe la tendencia difundida en la sociedad y en la cultura de poner en duda el carácter único y la misión propia de la familia fundada en el matrimonio”.

“En vuestra solicitud de pastores por cada ser humano, seguid elevando la voz en defensa del carácter sagrado de la vida humana y del valor del instituto matrimonial y por la promoción del papel de la familia en la Iglesia y en la sociedad, pidiendo medidas económicas y legislativas que las sostengan en la generación y en la educación de los hijos”.

Opus Dei -

El Papa expresó su alegría por las “numerosas comunidades vibrantes de fe, con un laicado comprometido en muchas obras de apostolado, así como por el número consistente de vocaciones al ministerio ordenado y a la vida consagrada, especialmente a la vida contemplativa: son un verdadero signo de esperanza para el futuro”.

Tras constatar que el clero “es cada vez más autóctono”, elogió la labor “paciente y heroica de los misioneros para anunciar a Cristo y su Evangelio y para que nazcan comunidades cristianas de las que hoy sois responsables”.

El Santo Padre invitó a los obispos a “seguir de cerca a los presbíteros, preocupándoos de su formación permanente tanto teológica como espiritual, y estando atentos a sus condiciones de vida y de ejercicio de la propia misión, para que sean auténticos testigos de la Palabra que anuncian y de los sacramentos que celebran”.

“Que en el don de sí mismos a Cristo y al pueblo del que son pastores -terminó-, sean fieles a las exigencias de su estado y vivan su ministerio presbiteral como un verdadero camino de santidad, tratando de hacerse santos para suscitar en torno a ellos nuevos santos”.

Tel Aviv, Lunes 11 de mayo de 2009

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Benedicto XVI llegó a las 11,00 hora local (10,00 hora italiana) al aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv (Israel) donde fue recibido por el presidente del Estado de Israel, Shimon Peres y por el primer ministro, Benjamin Netanyahu, además de las autoridades civiles y políticas y los Ordinarios de Tierra Santa.

El Papa agradeció la bienvenida al Estado de Israel, “una tierra -dijo- que para muchos millones de creyentes en todo el mundo es santa; (…) una tierra santificada por los pasos de los patriarcas y los profetas, una tierra que los cristianos veneran especialmente porque fue el lugar de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. (…) Yo, como muchos otros antes, vengo a rezar en los santos lugares, a rezar en especial por la paz, paz aquí en Tierra Santa y en todo el mundo”.

Opus Dei -

La Santa Sede y el Estado de Israel “comparten muchos valores, sobre todo el de dar a la religión el lugar que le corresponde en la vida de la sociedad. La justa ordenación de las relaciones sociales presupone y requiere el respeto de la libertad y la dignidad de todo ser humano que cristianos, musulmanes y judíos creen que ha sido creado por un Dios amoroso y que está destinado a la vida eterna. Cuando la dimensión religiosa de la persona se niega o margina, se tambalean las bases de la justa comprensión de los derechos humanos inalienables”.

“Trágicamente, el pueblo judío ha sufrido las terribles consecuencias de las ideologías que niegan la dignidad fundamental de la persona. Es justo y adecuado que, durante mi estancia en Israel, tenga la oportunidad de rendir homenaje a la memoria de los seis millones de judíos víctimas de la Shoah y de rezar para que la humanidad no vuelva a ser testigo de un crimen de magnitud semejante. Tristemente, el antisemitismo sigue levantando su repugnante cabeza en muchas partes del mundo. Es absolutamente inaceptable. Hay que hacer todos los esfuerzos posibles para combatir el antisemitismo en cualquier lugar y para promover el respeto y la estima por los miembros de todo pueblo, tribu, lengua y nación del mundo”.

“Durante mi estancia en Jerusalén -prosiguió el pontífice- tendré el placer de encontrar a muchos de sus líderes religiosos. Las tres religiones monoteístas comparten una veneración especial por esa ciudad santa. Espero fervientemente que todos los que peregrinan a los santos lugares accedan a ellos libremente y sin restricciones para tomar parte en las ceremonias religiosas y fomentar la digna conservación de los edificios de culto en los espacios sacros”.

Benedicto XVI recordó que aunque el nombre Jerusalén signifique ciudad de paz, “es evidente que durante décadas la paz ha escapado trágicamente de los habitantes de esta tierra santa. Los ojos del mundo están fijos en los pueblos de esta región en su lucha por alcanzar una solución justa y duradera a los conflictos que han causado tantos sufrimientos. Las esperanzas de innumerables hombres, mujeres y niños en un futuro más seguro y estable dependen del resultado de las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos”.

“Unido a todas las personas de buena voluntad suplico a sus responsables que exploren todos los caminos posibles para resolver con justicia las dificultades pendientes de modo que ambos pueblos vivan en paz en su propia patria con fronteras seguras y reconocidas internacionalmente. A este respecto, espero y rezo para que se cree pronto un clima de mayor confianza que haga posible que las partes progresen realmente en el camino de la paz y la estabilidad”.

El Santo Padre finalizó su discurso dirigiéndose a los católicos y recordó que presenciará en Nazaret la conclusión del Año de la Familia. “La familia -dijo- es la primera e indispensable maestra de paz y por lo tanto tiene un papel esencial para sanar las divisiones de la sociedad humana en todos los niveles”.

“Hablo ahora a las comunidades cristianas de Tierra Santa: mediante vuestro testimonio fiel de aquel que predicó el perdón y la reconciliación, con vuestro compromiso de defender el carácter sacro de toda vida humana, podéis dar una contribución particular al fin de las hostilidades que han afligido durante tanto tiempo esta tierra. Rezo para que vuestra presencia continua en Israel y en los Territorios Palestinos sea fructuosa para promover la paz y el respeto mutuo entre los pueblos que viven en las tierras de la Biblia”.

Finalizada la ceremonia el Papa se desplazó en helicóptero al helipuerto del Monte Scopus en Jerusalén, donde fue recibido por el alcalde Nir Barkat y desde allí se trasladó en automóvil a la delegación apostólica de Jerusalén para el almuerzo.

El Santo Padre realizará esta tarde una visita de cortesía al presidente del Estado de Israel, Shimon Peres, visitará el Memorial de “Yad Vashem” y se encontrará con los miembros de organizaciones para el diálogo interreligioso en el “Notre Dame of Jerusalem Centre”.

TEMA 36. El séptimo mandamiento del decálogo

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El séptimo mandamiento prohíbe tomar o retener lo que es del prójimo injustamente y perjudicar al prójimo en sus bienes.

«El séptimo mandamiento prohíbe tomar o retener el bien del prójimo injustamente y perjudicar de cualquier manera al prójimo en sus bienes. Prescribe la justicia y la caridad en la gestión de los bienes terrenos y de los frutos del trabajo de los hombres. Con miras al bien común exige el respeto del destino universal de los bienes y del derecho de propiedad privada. La vida cristiana se esfuerza por ordenar a Dios y a la caridad fraterna los bienes de este mundo» (Catecismo, 2401).

1. El destino universal y la propiedad privada de los bienes

«Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la humanidad para que tuviera cuidado de ellos, los dominara mediante su trabajo y se beneficiara de sus frutos (cfr. Gn 1, 26-29). Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano» (Catecismo, 2402).

Sin embargo, «la apropiación de bienes es legítima para garantizar la libertad y la dignidad de las personas, para ayudar a cada uno a atender sus necesidades fundamentales y las necesidades de los que están a su cargo» (ibidem).

«El derecho a la propiedad privada, adquirida por el trabajo, o recibida de otro por herencia o por regalo, no anula la donación original de la tierra al conjunto de la humanidad. El destino universal de los bienes continúa siendo primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio» (Catecismo, 2403). El respeto del derecho a la propiedad privada es importante para el desarrollo ordenado de la vida social.

«”El hombre, al servirse de esos bienes, debe considerar las cosas externas que posee legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que han de aprovechar no sólo a él, sino también a los demás” (Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 69, 1). La propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia para hacerlo fructificar y comunicar sus beneficios a otros, ante todo a sus próximos» (Catecismo, 2404).

El socialismo marxista y en particular el comunismo, al pretender, entre otras cosas, la subordinación absoluta del individuo a la sociedad, niega el derecho de la persona a la propiedad privada de los bienes de producción (los que sirven para producir otros bienes, como la tierra, ciertas industrias, etc.), afirmado que sólo el Estado puede poseer esos bienes, como condición para instaurar una sociedad sin clases.

«La Iglesia ha rechazado las ideologías totalitarias y ateas asociadas en los tiempos modernos al comunismo o socialismo. Por otra parte, ha rechazado en la práctica del capitalismo el individualismo y la primacía absoluta de la ley de mercado sobre el trabajo humano» (Catecismo, 2425).

2. El uso de los bienes: templanza, justicia y solidaridad

«En materia económica el respeto de la dignidad humana exige la práctica de la virtud de la templanza, para moderar el apego a los bienes de este mundo; de la justicia, para preservar los derechos del prójimo y darle lo que le es debido; y de la solidaridad» (Catecismo, 2407).

Parte de la templanza es la virtud de la pobreza, que no consiste en no tener, sino en estar desprendido de los bienes materiales, en contentarse con lo que basta para vivir sobria y templadamente, y en administrar los bienes para servir a los demás. Nuestro Señor nos dio ejemplo de pobreza y desprendimiento desde su venida al mundo hasta su muerte (cfr. 2 Co 8, 9). Enseñó asimismo el daño que puede causar el apegamiento a las riquezas: “Difícilmente un rico entrará en el reino de los cielos» (Mt 19, 23).

La justicia, como virtud moral, consiste en el hábito mediante el cual se da con voluntad constante y firme a cada uno lo que le es debido. La justicia entre personas singulares se llama conmutativa (por ejemplo, el acto de pagar una deuda); la justicia distributiva «regula lo que la comunidad debe a los ciudadanos en proporción a sus contribuciones y a sus necesidades» (Catecismo, 2411); y la justicia legal es la del ciudadano hacia la comunidad (por ejemplo, pagar los impuestos justos).

La virtud de la solidaridad es «la determinación firme y perseverante de empeñarse a favor del bien común: es decir, del bien de todos y de cada uno, porque todos somos verdaderamente responsables de todos”. La solidaridad es “comunicación de los bienes espirituales aún más que comunicación de bienes materiales» (Catecismo, 1948).

3. El respeto de los bienes ajenos

El séptimo mandamiento prohíbe tomar o retener injustamente lo ajeno, o causar algún daño injusto al prójimo en sus bienes materiales. Se comete hurto o robo cuando se toman ocultamente los bienes del prójimo. La rapiña es el apoderarse violentamente de las cosas ajenas. El fraude es el hurto que se lleva a cabo engañando al prójimo con trampas, documentos falsos, etc., o reteniendo el justo salario. La usura consiste en reclamar mayor interés del lícito por la cantidad prestada (generalmente, aprovechándose de una situación de necesidad material del prójimo).

«Son también moralmente ilícitos, la especulación mediante la cual se pretende hacer variar artificialmente la valoración de los bienes con el fin de obtener un beneficio en detrimento ajeno; la corrupción mediante la cual se vicia el juicio de los que deben tomar decisiones conforme a derecho [p. e., el soborno de un empleado público o privado]; la apropiación y el uso privados de los bienes sociales de una empresa; los trabajos mal hechos, el fraude fiscal, la falsificación de cheques y facturas, los gastos excesivos, el despilfarro. Infligir voluntariamente un daño a las propiedades privadas o públicas es contrario a la ley moral y exige reparación» (Catecismo, 2409).

«Los contratos están sometidos a la justicia conmutativa, que regula los intercambios entre las personas en el respeto exacto de sus derechos. La justicia conmutativa obliga estrictamente; exige la salvaguardia de los derechos de propiedad, el pago de las deudas y el cumplimiento de obligaciones libremente contraídas» (Catecismo, 2411). «Los contratos [deben ser] rigurosamente observados en la medida en que el compromiso adquirido es moralmente justo» (Catecismo, 2410).

La obligación de reparar: quien ha cometido una injusticia debe reparar el daño causado, en la medida que esto sea posible. La restitución de lo robado –o al menos el deseo y propósito de restituir- es necesario para recibir la absolución sacramental. El deber de restituir obliga con urgencia: la culpable demora agrava el daño al acreedor y la culpa del deudor. Excusa del deber de restitución la imposibilidad física o moral, mientras dure. La obligación puede extinguirse, por ejemplo, al ser perdonada la deuda por parte del acreedor.

4. La doctrina social de la Iglesia

La Iglesia, «cuando cumple su misión de anunciar el Evangelio, enseña al hombre, en nombre de Cristo, su dignidad propia y su vocación a la comunión de las personas; y le descubre las exigencias de la justicia y de la paz, conformes a la sabiduría divina» (Catecismo, 2419). El conjunto de estas enseñanzas sobre principios que deben regular la vida social se llama Doctrina social y forma parte de la doctrina moral católica.

Algunas enseñanzas fundamentales de la Doctrina social de la Iglesia son: 1) la dignidad trascendente de la persona humana y la inviolabilidad de sus derechos; 2) el reconocimiento de la familia como célula básica de la sociedad fundada en el verdadero matrimonio indisoluble, y la necesidad de protegerla y fomentarla a través de las leyes sobre el matrimonio, la educación y la moral pública; 3) las enseñanzas acerca del bien común y de la función del Estado.

La misión de la Jerarquía de la Iglesia es de orden diverso a la misión de la autoridad política. El fin de la Iglesia es sobrenatural y su misión es conducir a los hombres a la salvación. Por eso, cuando el Magisterio se refiere a aspectos temporales del bien común, lo hace en cuanto deben ordenarse al Bien supremo, nuestro último fin. La Iglesia expresa un juicio moral, en materia económica y social, «cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas».

Es importante subrayar que «no corresponde a los pastores de la Iglesia intervenir directamente en la actividad política y en la organización de la vida social. Esta tarea forma parte de la vocación de los fieles laicos, que actúan por su propia iniciativa con sus conciudadanos» (Catecismo, 2442).

5. Actividad económica y justicia social

«El trabajo humano procede directamente de personas creadas a imagen de Dios y llamadas a prolongar, unidas y para mutuo beneficio, la obra de la creación dominando la tierra (cfr. Gn 1, 28; Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 34; Juan Pablo II, Enc. Centessimus annus, 31). El trabajo es, por tanto, un deber: “Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma” (2 Ts 3, 10; cfr. 1 Ts 4, 11). El trabajo honra los dones del Creador y los talentos recibidos. Puede ser también redentor» (Catecismo, 2427). Realizando el trabajo en unión con Cristo, el hombre se hace colaborador del Hijo de Dios en su obra redentora. El trabajo es medio de santificación de las personas y de las realidades terrenas, informándolas con el Espíritu de Cristo (cfr. Ibidem).

En el ejercicio de su trabajo, «cada uno tiene el derecho de iniciativa económica, y podrá usar legítimamente de sus talentos para contribuir a una abundancia provechosa para todos, y para recoger los justos frutos de sus esfuerzos. Deberá ajustarse a las reglamentaciones dictadas por las autoridades legítimas con miras al bien común (cfr. Juan Pablo II, Enc. Centessimus annus,1-5-1991, 32; 34)» (Catecismo, 2429).

La responsabilidad del Estado: «La actividad económica, en particular la economía de mercado, no puede desenvolverse en medio de un vacío institucional, jurídico y político. Por el contrario supone seguridad sobre las garantías de la libertad individual y la propiedad, además de un sistema monetario estable y servicios públicos eficientes. La primera incumbencia del Estado es, pues, la de garantizar esa seguridad, de manera que quien trabaja y produce pueda gozar de los frutos de su trabajo y, por tanto, se sienta estimulado a realizarlo eficiente y honestamente».

Los empresarios «están obligados a considerar el bien de las personas y no solamente el aumento de las ganancias. Sin embargo, éstas son necesarias; permiten realizar las inversiones que aseguran el porvenir de las empresas, y garantizan los puestos de trabajo» (Catecismo, 2432). A ellos «les corresponde ante la sociedad la responsabilidad económica y ecológica de sus operaciones».

«El acceso al trabajo y a la profesión debe estar abierto a todos sin discriminación injusta, a hombres y mujeres, sanos y disminuidos, autóctonos e inmigrados (cfr. Juan Pablo II, Enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, 19; 22-23). Habida consideración de las circunstancias, la sociedad debe por su parte ayudar a los ciudadanos a procurarse un trabajo y un empleo (cfr. Juan Pablo II, Enc. Centessimus annus, 48)» (Catecismo, 2433). «El salario justo es el fruto legítimo del trabajo. Negarlo o retenerlo puede constituir una grave injusticia» (Catecismo, 2434).

La justicia social. Esta expresión se ha comenzado a utilizar en el siglo XX, para referirse a la dimensión universal que han adquirido los problemas de justicia. «La sociedad asegura la justicia social cuando realiza las condiciones que permiten a las asociaciones y a cada uno conseguir lo que les es debido según su naturaleza y su vocación» (Catecismo, 1928).

Justicia y solidaridad entre las naciones. «Las naciones ricas tienen una responsabilidad moral grave respecto a las que no pueden por sí mismas asegurar los medios de su desarrollo, o han sido impedidas de realizarlo por trágicos acontecimientos históricos. Es un deber de solidaridad y de caridad; es también una obligación de justicia si el bienestar de las naciones ricas procede de recursos que no han sido pagados con justicia» (Catecismo, 2439).

«La ayuda directa constituye una respuesta apropiada a necesidades inmediatas, extraordinarias, causadas por ejemplo por catástrofes naturales, epidemias, etc. Pero no basta para reparar los graves daños que resultan de situaciones de indigencia ni para remediar de forma duradera las necesidades» (Catecismo, 2440).

Es necesario también reformar las instituciones económicas y financieras internacionales para que promuevan y potencien relaciones equitativas con los países menos desarrollados (cfr. ibidem; Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, 30-12-1987, 16).

6. Justicia y caridad

La caridad –forma virtutum, forma de todas las virtudes–,que es de nivel superior a la justicia, no se manifiesta sólo o principalmente en dar más de lo que se debe en estricto derecho. Consiste sobre todo en darse uno mismo –pues esto es amor–, y debe acompañar siempre a la justicia, vivificándola desde dentro. Esta unión entre justicia y caridad se manifiesta, por ejemplo, en dar lo que se debe con alegría, en preocuparse no sólo de los derechos de la otra persona sino también de sus necesidades, y en general en practicar la justicia con suavidad y comprensión.

La justicia debe estar siempre informada por la caridad. No se pueden tratar de resolver los problemas de la convivencia humana simplemente con una justicia entendida como un pretendido adecuado funcionar, anónimo, de las estructuras sociales: «Al resolver los asuntos, procura no exagerar nunca la justicia hasta olvidarte de la caridad» (San Josemaría, Surco, 973).

La justicia y la caridad se han de vivir especialmente en la atención a las personas necesitadas (pobres, enfermos, etc.). Nunca se podrá alcanzar una situación social en que sea superflua la atención personal a las necesidades materiales y espirituales del prójimo. El ejercicio de las obras de misericordia materiales y espirituales será siempre necesario (cfr. Catecismo, 2447).

«El amor -caritas- siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo. El Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido -cualquier ser humano- necesita: una entrañable atención personal».

La miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los «más pequeños de sus hermanos» (Mt 25, 40). También por ello, los que sufren la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes no ha cesado de trabajar para aliviarlos y defenderlos (cfr. Catecismo, 2448).

Pau Agulles

5. Sobre los miembros del Opus Dei y la vida política

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Capítulo del dossier informativo “Libertad política de los fieles del Opus Dei durante el régimen de Franco”

Entrevista a Mons. Josemaría Escrivá en Le Figaro (París), 16-V-1966

— El hecho de que algunos miembros de la Obra estén presentes en la vida pública del país, ¿no ha politizado, en algún modo, el Opus Dei en España? ¿No comprometen así a la Obra y a la Iglesia misma?

— Ni en España ni en ningún otro sitio. Insisto en que cada uno de los socios del Opus Dei trabaja con plena libertad y con responsabilidad personal, sin comprometer ni a la Iglesia, ni a la Obra porque ni en la Iglesia ni en la Obra se apoyan para realizar sus personales actividades. Gentes formadas en una concepción militar del apostolado y de la vida espiritual, tenderán a ver el trabajo libre y personal de los cristianos como una actuación colectiva. Pero le digo, como no me he cansado de repetir desde 1928, que la diversidad de opiniones y de actuaciones en lo temporal y en lo teológico opinable, no es para la Obra ningún problema: la diversidad que existe y existirá siempre entre los miembros del Opus Dei es, por el contrario, una manifestación de buen espíritu, de vida limpia, de respeto a la opción legítima de cada uno.

Sábado santo, día de silencio y de conversión

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“Cada uno de nosotros puede unirse al silencio de la Iglesia. Y al considerar que somos responsables de esa muerte, nos esforzaremos para que guarden silencio nuestras pasiones, nuestras rebeldías, todo lo que nos aparte de Dios”. Palabras de mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, emitidas por la cadena de Estados Unidos EWTN.

Opus Dei -

Hoy es un día de silencio en la Iglesia: Cristo yace en el sepulcro y la Iglesia medita, admirada, lo que ha hecho por nosotros este Señor nuestro. Guarda silencio para aprender del Maestro, al contemplar su cuerpo destrozado.

Cada uno de nosotros puede y debe unirse al silencio de la Iglesia. Y al considerar que somos responsables de esa muerte, nos esforzaremos para que guarden silencio nuestras pasiones, nuestras rebeldías, todo lo que nos aparte de Dios. Pero sin estar meramente pasivos: es una gracia que Dios nos concede cuando se la pedimos delante del Cuerpo muerto de su Hijo, cuando nos empeñamos por quitar de nuestra vida todo lo que nos aleje de Él.

El Sábado Santo no es una jornada triste. El Señor ha vencido al demonio y al pecado, y dentro de pocas horas vencerá también a la muerte con su gloriosa Resurrección. Nos ha reconciliado con el Padre celestial: ¡ya somos hijos de Dios! Es necesario que hagamos propósitos de agradecimiento, que tengamos la seguridad de que superaremos todos los obstáculos, sean del tipo que sean, si nos mantenemos bien unidos a Jesús por la oración y los sacramentos.

El mundo tiene hambre de Dios, aunque muchas veces no lo sabe. La gente está deseando que se le hable de esta realidad gozosa —el encuentro con el Señor—, y para eso estamos los cristianos. Tengamos la valentía de aquellos dos hombres —Nicodemo y José de Arimatea—, que durante la vida de Jesucristo mostraban respetos humanos, pero que en el momento definitivo se atreven a pedir a Pilatos el cuerpo muerto de Jesús, para darle sepultura. O la de aquellas mujeres santas que, cuando Cristo es ya un cadáver, compran aromas y acuden a embalsamarle, sin tener miedo de los soldados que custodian el sepulcro.

A la hora de la desbandada general, cuando todo el mundo se ha sentido con derecho a insultar, reírse y mofarse de Jesús, ellos van a decir: dadnos ese Cuerpo, que nos pertenece. ¡Con qué cuidado lo bajarían de la Cruz e irían mirando sus Llagas! Pidamos perdón y digamos, con palabras de san Josemaría Escriváyo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor…, lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones…, lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad!

Se comprende que pusiesen el cuerpo muerto del Hijo en brazos de la Madre, antes de darle sepultura. María era la única criatura capaz de decirle que entiende perfectamente su Amor por los hombres, pues no ha sido Ella causa de esos dolores. La Virgen Purísima habla por nosotros; pero habla para hacernos reaccionar, para que experimentemos su dolor, hecho una sola cosa con el dolor de Cristo.

Saquemos propósitos de conversión y de apostolado, de identificarnos más con Cristo, de estar totalmente pendientes de las almas. Pidamos al Señor que nos transmita la eficacia salvadora de su Pasión y de su Muerte. Consideremos el panorama que se nos presenta por delante. La gente que nos rodea, espera que los cristianos les descubramos las maravillas del encuentro con Dios. Es necesario que esta Semana Santa —y luego todos los días— sea para nosotros un salto de calidad, un decirle al Señor que se meta totalmente en nuestras vidas. Es preciso comunicar a muchas personas la Vida nueva que Jesucristo nos ha conseguido con la Redención.

Acudamos a Santa María: Virgen de la Soledad, Madre de Dios y Madre nuestra, ayúdanos a comprender —como escribe San Josemaría— que es preciso hacer vida nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Y seguir entonces los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas. Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una sola cosa con Él.
Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei.

“El trabajo es un camino para conseguir la felicidad”

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Juanjo Nieto es agregado del Opus Dei y director del instituto madrileño “Julio Verne”, en la localidad de Leganés

¿Puedes darnos un panorama del Instituto que diriges: alumnos, situación, fracaso escolar, premios…, tiempo que llevas allí?

Trabajo desde hace trece años en un Instituto de Educación Secundaria de Leganés, ciudad del sur de Madrid, con unos 180.000 habitantes, en general de clase media baja. El centro cuenta con unos mil alumnos, 96 profesores y 15 personas de administración y servicios. En él se realizan estudios de secundaria, Bachillerato, Formación Profesional de Grado Medio y Superior y Garantía Social. El centro abre a las 8 de la mañana y cierra a las 9 de la noche, con dos turnos.

Cuando llegué al Instituto en 1993, venía de trabajar diez años como profesor en Tajamar, que es obra corporativa del Opus Dei en Vallecas, de los cuales compatibilicé cinco de ellos con un trabajo en una empresa del sector gráfico, donde me dedicaba al mantenimiento de equipos electrónicos.

El bagaje que adquirí en Tajamar y en la otra empresa, los buenos y malos momentos vividos, la cantidad de compañeros, alumnos y familias con las que pude tratar, el montón de amigos que tuve la suerte de conocer en esos años, fueron un acicate para decidirme a optar por una plaza en un Instituto.

Los tres primeros años como profesor en el instituto fueron estupendos. Mucho por hacer, mucho por mejorar, situaciones más o menos complicadas, aunque con el optimismo de poder contribuir a frenar malas inercias. A la vez, claro está, había numerosas cosas buenas que debíamos mantener. Ese tercer curso, un grupo de profesores nos lanzamos con una propuesta de equipo directivo, para intentar mejorar la imagen y la calidad educativa del centro. Tuvimos un buen respaldo y desde entonces, he sido un año secretario y siete jefe de estudios. Ahora llevo dos de director.

Es impresionante la espiral buena de trabajo en la que todos estamos metidos. La gran mayoría del personal del centro se implica y mucho. Aunque no sin dificultades, el clima de trabajo y el ambiente entre el profesorado es envidiable. Poco a poco se ha ido creando un estilo educativo, fruto de la suma de todos y del empuje del equipo directivo, que se proyecta en el exterior en el prestigio que va adquiriendo el centro; en la actualidad es uno de los más demandados por las familias de Leganés. Tengo clarísimo que esto es consecuencia del esfuerzo de todos, y yo soy uno más.

Tenemos en marcha treinta y cinco Proyectos. Esto supone un esfuerzo adicional para los profesores, pero redunda en la mejora de la motivación de los chicos y en la calidad que pretendemos conseguir. Por ejemplo, existían fiestas quizá poco educativas, que se han transformado en un Certamen de Villancicos en Navidad, un concurso de chirigotas en carnaval y una Feria de ocio y tiempo libre saludable en el aniversario del centro, que van más con nuestra tradición cultural. Hemos creado un Coro, tenemos Proyectos Europeos y además nos visitan desde un Master de Dirección de Centros para directores de España e Hispanoamérica, como posible modelo de instituto de Educación Secundaria. Durante tres años participamos en un Proyecto Comenius 1, con varios países de centro Europa. Los resultados de la selectividad están siendo excelentes y la implicación en tantos proyectos, apoyos y refuerzos al estudio, crea un clima educativo estupendo, aunque nos suponga más esfuerzo.

Desde siempre, este instituto se ha precupado también por el fomento de valores solidarios. Organizamos “Operaciones Kilo” para ayudar a un comedor de pobres de Leganés, campaña económica para los desastres producidos por los huracanes en todo el mundo, recogida de material escolar para el África subsahariana, repartir juguetes en Navidad para niños desfavorecidos, campañas anuales de donación de sangre, iniciamos la participación en el proyecto “El reto pobreza cero” y muchas más. Nuestra Feria del Ocio y el Tiempo libre es un monumento a la generosidad de unos con otros: todos los grupos de alumnos preparan actividades, talleres y exposiciones para otros compañeros, y unos a otros se prestan ese servicio, haciendo de esta fiesta una jornada de convivencia intercultural y solidaria sin precedentes, fruto del esfuerzo de todos. Además, cada vez son más los alumnos extranjeros e intentamos integrarles lo antes posible. Inculcamos desde nuestro Proyecto Educativo el Respeto y la Generosidad. Ojalá seamos capaces de sembrar paz y alegría en todos nuestros alumnos y, yendo contracorriente, ahoguemos el mal con abundancia de bien.

¿Te ayuda ser del Opus Dei en tu labor como director de un instituto?

Por supuesto. En el Opus Dei he aprendido a esforzarme por hacer bien mi trabajo, y ahora desde la dirección del centro es lo que intento. Para un cristiano corriente como yo, el trabajo es camino para conseguir la felicidad aquí en la tierra y después en el cielo.

He aprendido el amor a la verdad, a la libertad y responsabilidad de las personas y a intentar servir a los demás desde donde estoy, fomentando a mí alrededor un ambiente más humano, más educativo y más cristiano. Considero mi trabajo como un servicio a toda la comunidad educativa y por supuesto a Dios. Trabajo con personas muy diversas, pero nos une una tarea común, que es la educación de esos mil alumnos y toda la buena influencia que podamos conseguir en las familias. Estamos muy de acuerdo en la gran mayoría de las cosas, y hay que apoyarse en lo que nos une, “tirar para arriba” y apoyarse en todo lo que cada uno pueda aportar. Esto supone complicarse la vida, hay que lanzarse a la arena y trabajar, pero esta tarea me parece apasionante.

El Opus Dei me ayuda a vivir una vida cristiana seria y esto repercute claramente en mi trabajo. Intento ayudar, comprender, disculpar, ser amable sin renunciar a la exigencia, estar cerca de la gente, interesarme por las personas, en definitiva, querer a la gente, ésta es la clave. Gracias a Dios, en estos trece años, no sólo tengo compañeros, sino muchos amigos en los que confío y se pueden fiar de mi. Hay muchas situaciones en las que sólo nos queda rezar e intento que cuenten con mi oración y mi cercanía.

Como cualquier ciudadano libre y responsable, soy yo quien trabaja, quien actúa, quien toma mis decisiones y… cuando juego al fútbol, quien mete o falla los goles, no es el Opus Dei.

También he aprendido en el Opus Dei, a ser optimista, a ver el lado positivo que todos tenemos, a estar alegre y con buen humor, a poner ilusión – sin ser un iluso ya que dificultades siempre las hay-, a intentar ser audaz y tener iniciativa, a animar a todos, para que aportemos lo mejor de nosotros mismos y redunde en beneficio de nuestros alumnos. Esto nos hace más felices. No es labor mía, es tarea de todos y si nos esforzamos por remar en la misma dirección, este barco navega mejor y conseguiremos un mundo más humano y por supuesto, agradaremos a Dios. El implicarte con ilusión en sacar adelante tu parcela en un centro educativo de esta envergadura, hace que los profesores se sientan más satisfechos de su trabajo a pesar de ese plus de esfuerzo que se nos pide.

Algo que llama la atención es el esfuerzo que ponemos en cuidar el orden, la limpieza, el buen trato, el decoro, es decir, lo pequeño. Tenemos Proyectos medioambientales de ahorro de agua, energía, reciclaje de residuos, energías alternativas, escuela ecológica, huerto escolar. Vamos mejorando el mobiliario, los medios técnicos, las nuevas tecnologías, ponemos plantas, cuadros… y poco a poco vamos educando en la mejora de nuestro entorno. Se entiende que en un centro de mil alumnos en estas edades esto es un reto por las dificultades que presenta.

El Opus Dei me ayuda en mi lucha por ser mejor cristiano en medio del mundo, pero yo soy el responsable de todas mis actuaciones, buenas o malas. El Opus Dei no se inmiscuye en mi labor personal o profesional. Como cualquier ciudadano libre y responsable, soy yo quien trabaja, quien actúa, quien toma mis decisiones y… cuando juego al fútbol, quien mete o falla los goles, no es el Opus Dei.

“En el trabajo en la prisión es importante comprender y no culpabilizar”

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Paloma Olavide es médico de prisiones y responsable sindical

Paloma Olavide se presenta así, dando sus datos por orden de importancia: “estoy felizmente casada, tengo seis hijos, soy médico de profesión y técnico de prevención de riesgos laborales”. Trabajó desde 1991 como médico en el centro penitenciario Brians, cerca de Barcelona.

Durante esa época intervino en la negociación de condiciones laborales del personal sanitario y tras esa experiencia se incorporó, hace seis años, al sindicato UGT, especializándose en seguridad, higiene y ergonomía. Trabaja como responsable de salud laboral en la Generalitat.

- Ser médico de prisiones, no debe ser un trabajo fácil…

Al principio, no. En Brians hay hombres y mujeres internos. Los hombres son más primarios, pero te ganas su respeto; ven que estás para ayudar, aunque no accedas a algunas demandas. En el departamento de mujeres, trabajaba con las que estaban ingresadas en enfermería y ahí es más parecido al trato hospitalario. Puedes profundizar en el trato, compruebas el fracaso de la educación que han recibido, de algunos modos de vida. Para muchos es normal estar en prisión porque ya están su padre, su madre, algún hermano, un vecino del barrio o de su escalera…

A las mujeres embarazadas, muchas de ellas enfermas con SIDA, procuraba darles información real, junto con el ginecólogo. La Administración facilita la posibilidad de abortar en hospitales públicos en algunas situaciones, y algunas decidían no tener el hijo, porque les habían dicho: “tú tienes SIDA, tu hijo va a tener SIDA, no le hagas daño”. Yo les explicaba que con medicación y controlándose, ya no es cierto que todos los niños nazcan con SIDA, y hay muchas posibilidades de que nazcan sanos. “Y si no -les decía- estamos aquí para ayudarte, para dar medicación, porque el SIDA en la actualidad no significa una muerte segura”. A veces cambiaban de opinión.

- ¿Cómo era la relación con los compañeros de trabajo en un medio tan duro y con noches de guardia?

- Sirve muchísimo el ejemplo de tu vida. Las noches de guardia son muy largas y tienes tiempo para hablar con los colegas y los funcionarios. Luego, cuando surge algún problema, te vienen a ver, porque tienes la suerte de tener fe, y te piden que reces o que les aconsejes, aunque no compartan algunas de tus opiniones.

Una vez, en una noche de guardia, vino una funcionaria de prisiones y me dijo: “Vengo a darte las gracias porque acabo de tener mi tercer hijo, y te lo debo a ti”. No sabía a qué se refería. Me explicó: “Tuve mi primer hijo con cesárea y cuando iba a tener el segundo me dijeron que era otra cesárea.

En el quirófano, el ginecólogo me dijo que tenía que ligarme las trompas porque no podía arriesgarme a más embarazos. Y en aquel momento me vino tu imagen de una noche de guardia en que me habías contado que habías tenido cinco hijos con cesárea y que te encontrabas muy bien, y me negué a que me hicieran la ligadura. No te dije nada, pero gracias a esa decisión ahora he tenido mi tercer hijo, con cesárea, y estoy muy bien”. Me emocioné.

- ¿En qué te ayuda la formación que recibes del Opus Dei?

- A santificarme con este trabajo. Desde que te levantas, cuando haces oración por la mañana e intentas poner la Misa a primera hora -aunque a veces no es posible y tienes que ir luego-, ya dices: “Te lo ofrezco”, y esto te lleva al trabajo bien hecho, al esmero, porque ¡se lo estoy ofreciendo a Dios!

Es el salto de calidad: aunque las cosas vayan mal, intento ver la parte buena, descubriendo la voluntad de Dios en los sucesos de cada día. Además, me ayuda a sentir la responsabilidad como cristiana, porque en mi ambiente de trabajo hay mucha gente que no tiene fe, Esta idea me lleva a rectificar cuando fallo. Como decía San Josemaría, me esfuerzo para que puedan ver a Cristo en mí, cuando acierto y cuando me equivoco, rectificando y pidiendo perdón.

Es lo que más me estimula en el trabajo: tal como haga, diga, me mueva, en estos momentos , mi modelo es el mismo Cristo.

“Estas personas necesitan especialmente que cumplas tus promesas, porque han sufrido muchas promesas incumplidas en su vida. Encontrarse con una relación de mutuo respeto, donde yo cumplo y tú cumples, les enciende algo en alma”

- ¿Y en el trato con las personas?

- Procuro entender, no culpabilizar. Esto es muy importante en una prisión. Hay que descubrir la dignidad de cada persona. Hace unos días estuve en un centro de justicia juvenil, para menores con delitos. Son chicos que empezaron a delinquir con trece años. Ahora tienen dieciocho o veinte. Hay que respetarlos como personas, lleven el pasado que lleven a cuestas.  Y advierten ese respeto en el trato.

Estas personas necesitan especialmente que cumplas tus promesas, porque han sufrido muchas promesas incumplidas en su vida. Encontrarse con una relación de mutuo respeto, donde yo cumplo y tú cumples, les enciende algo  en alma. Eso no significa ser débil con ellos. Yo no les daba facilidades en cuanto a drogas, etcétera y les decía claramente cuándo actuaban mal. Pero advertían que los respetaba y los valoraba.

Intentaba, lo mismo que con mis hijos, educar en positivo. Cuando les decía: “Qué bien, llevas sin consumir una semana, vas a lograr rehabilitarte”, se quedan sorprendidos, porque nadie los había animado nunca. Esto lo he aprendido en gran medida en el Opus Dei, y en  los colegios donde estudian mis hijos. Los modelos educativos de estos colegios me resultan muy útiles y procuro aplicarlos  en mi profesión.

En mi trabajo actual todos conocen bien mis convicciones. No oculto nada: y durante los veinte minutos de descanso en que se van a tomar el café yo me voy a misa. Y cuando me toca estar en las mesas de negociación, procuro que no haya gritos, que cada uno pueda exponer su postura, que se respeten las intervenciones de los demás…


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