Origen de una incomprensión

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Capítulo de “El Fundador del Opus Dei y su actitud ante el poder establecido”

François Gondrand

A pesar de todo, se puso en duda el grado de autonomía personal de estos hombres del Opus Dei, que ascendieron por méritos propios a esos cargos ministeriales, olvidando que hubo también otras personas del Opus Dei –algunas tan conocidas como Calvo Serer– que se opusieron frontalmente al Régimen durante esa misma época.

Al leer algunas historias de la España contemporánea no es raro encontrar junto a los nombres de esos ministros el latiguillo “del Opus Dei”, calificación que a veces se aplica arbitrariamente incluso a equipos ministeriales enteros. Hay autores que siguen hablando todavía del “gobierno monocolor de 1969” como indicando que estaba compuesto en su casi totalidad por personas del Opus Dei, cuando la realidad es que de los 19 ministros del gabinete sólo cuatro pertenecían a esta realidad de la Iglesia.

El ambiente político de los últimos años del franquismo favoreció, sin duda, este tipo de categorizaciones simplistas, porque en décadas sucesivas y en otras naciones la pertenencia de algunos políticos relevantes al Opus Dei no llamará tanto la atención: baste recordar lo sucedido en países como Alemania, con figuras como Kurt Malangré, alcalde de Aquisgrán; o el Reino Unido, con una ministra en el gobierno laborista de Blair; por no hablar de Italia, donde fue elegida en 2006 como senadora de El Olivo, una formación de centro-izquierda, una mujer del Opus Dei.

Ya nadie se extraña de que estos hombres y mujeres dedicados a la política encuentren en el Opus Dei un aliento para vivir intensamente su vida cristiana, y que actúen en nombre propio, asumiendo sus personales responsabilidades en la vida pública.

Muy posiblemente el hecho de que el Opus Dei naciera en España y diera sus primeros pasos durante los complejos años en los que ese país pasó de la Monarquía a la República, y una vez concluido el conflicto, al franquismo de la inmediata posguerra, ha coloreado los comienzos del Opus Dei, a los ojos de algunos, con un tinte peyorativo. El franquismo aparece ante la opinión pública como la supervivencia del autoritarismo fascista en el mundo occidental de la posguerra, un mundo en el que triunfaron los sistemas democráticos; y para muchos la guerra de España se sigue contemplando a través de la visión romántica de autores como Hemingway, Koestler, Orwell o Malraux. A esto se sumaron “escritores católicos” como Mauriac, Bernanos, Journet, Madaule, o Maritain. A estos últimos les sorprendió dolorosamente la persecución religiosa que se llevó a cabo durante la IIa República, y comprendían, por eso, algunos de los motivos que llevaron a un sector de españoles a la rebelión militar; pero por otra parte temían las consecuencias de un compromiso de la Iglesia con un determinado régimen político; en este caso, con el régimen que acabaron formando los llamados “nacionales”; sin hablar de los horrores, inherentes a toda guerra, de los que se hablaba en la prensa a propósito de los dos bandos.

Frente a ellos sólo se encuentran las visiones de escritores concretos –y muy posicionados ideológicamente– como un Maurras, un Brasillach o un Jacques Chevalier; y, en ocasiones, un Claudel, en su oda “Aux martyrs espagnols” .

Pero la visión del conflicto de estos últimos tuvo una influencia muy escasa en la opinión pública occidental, en contraste con el eco universal que alcanzaron las novelas, crónicas y ensayos de los primeros.

Todo esto facilitó que se aceptase acríticamente un análisis simplista de aquel complejo periodo histórico: aquello había sido, simplemente –se dijo– la “lucha de las democracias contra el fascismo”. Esa visión reductiva silenciaba el complejo entramado de concausas y el conjunto de factores contrapuestos que intervinieron en el conflicto, como la terrible persecución religiosa que padecieron los católicos españoles durante los años de República y la guerra civil.
Todo esto explica que muchos, ignorantes de esto, no alcancen a valorar de un modo global el conjunto de lo ocurrido en España durante ese periodo. Y sin esa valoración global no se entiende, por ejemplo, el drama personal de los hombres y mujeres que lucharon en defensa de unos derechos tan elementales como la libertad de conciencia y de culto.

Lo curioso del asunto es que esa asimilación, llamémosla “perezosa”, del Opus Dei con el franquismo, se vuelve realmente paradójica cuando se estudia de cerca la historia de la institución durante aquella época, como luego veremos.

Dicho esto, hay que precisar que todo esto que venimos diciendo –las peculiaridades de un conflicto bélico complejo, en el que intervinieron muchos factores contrapuestos– no acaba de explicar del todo la incomprensión que sufrió Escrivá a causa de las enseñanzas que proclamó y vivió personalmente; ni nos da una razón suficiente para entender el alto número de interpretaciones equivocadas que se hicieron sobre su modo de actuar frente al poder político.

Sucede que, junto con las anteriores, hay un conjunto de razones que explican la dificultad que tuvieron muchas personas de aquel periodo para entender el mensaje de san Josemaría. Entre ese conjunto de razones destacaremos las siguientes:

- Un sector de la opinión pública de aquel tiempo pensaba que el compromiso de los miembros del Opus Dei con la institución era exactamente igual al de los religiosos con respecto a sus respectivas congregaciones. Desde este presupuesto equivocado, concluían que los miembros de la Obra estaban obligados a obedecer a las personas que les acompañan espiritualmente en todo y no sólo en lo que se refiere estrictamente a su vida interior y a su apostolado personal, como de hecho sucede. Ignoraban que en el resto de los ámbitos (profesional, político, económico, social, etc.) las personas del Opus Dei gozan de plena libertad: la misma que sus conciudadanos.

- Junto con esa razón, se puede apuntar cierto humus cultural –que aún pervive en ocasiones– heredado de años anteriores, fruto de un conjunto de novelas, ensayos y artículos que habían prestado una especial atención al fenómeno de las sociedades secretas en el seno de la Iglesia. En muchos casos –como en el del Opus Dei– el supuesto secretismo de esas instituciones era totalmente infundado; aunque se hubieran dado en el pasado algunos casos aislados de instituciones que trabajaron realmente en secreto. Fue el caso, por ejemplo, de la Congrégation, nacida a comienzos del siglo XIX; de la Compañía del Santísimo Sacramento o de La Sapinière.

- Existía además cierta tendencia a valorar cualquier fenómeno nuevo bajo el prisma del “dietrismo”: “Parece bueno –se pensaba–, pero… ¿qué habrá realmente detrás? Se aceptaba, casi por principio, que siempre hay algo que nos ocultan. Esta actitud era fruto, en gran medida, de las obras de una serie de autores del siglo XIX. Eugène Sue es uno de sus mejores representantes: a él se deben estereotipos maliciosos tan difundidos y populares como el “judío errante” o “el jesuita intrigante”. En las obras de Sue se estimula al lector a desarrollar una actitud mental que lleva a ver, por principio, “complots” por todas partes.

- Unido a esto, en el periodo en que nació el Opus Dei y dio sus primeros pasos, se había dado en algunos países –y se seguía dando en otros– el fenómeno de la unión política de los católicos en defensa de un objetivo determinado; un fenómeno que en ocasiones había sido alentado directamente por la Jerarquía eclesiástica. Y no faltaban obispos que pensaban que los fieles de su diócesis debían “actuar en el mundo” bajo su personal dirección; en la creencia de que esa unión compacta en cuestiones políticas, sociales, etc. les daría una mayor eficacia e influencia en el seno de la sociedad…

Todos estos presupuestos intelectuales –aceptados en su conjunto o por separado– afectaron, y siguen afectando, a una percepción justa del Opus Dei. No se entendía –y en algunos casos, algunos siguen sin entender– la realidad de una nueva realidad apostólica, que cuenta con laicos que trabajan en los sectores más diversos de la sociedad. No se entendía tampoco que hubiera una institución compuesta por mujeres y por hombres con grandes afanes de formación personal y el deseo de evangelizar su propio medio profesional.

Esto era algo nuevo para muchos: un conjunto de cristianos corrientes, difundiendo el mensaje de Cristo en sus propios ambientes familiares, profesionales y sociales, sin “mandato” alguno de la Jerarquía, movidos sólo por la fidelidad a su vocación bautismal.

No se entendía, además, que esos laicos usaran de su libertad, con naturalidad y sin complejos; y menos, que actuaran en nombre propio –no en nombre de la Iglesia o del Opus Dei–, respondiendo, cada cual a su modo, con iniciativas y planteamientos muy diversos entre sí, a los retos de la sociedad, al igual que sus conciudadanos.

No se entendía. Y la polémica hizo el resto, dejando en las mentes de muchos una serie de prejuicios difíciles de superar.

P. Claudel, Oda “Aux martyrs espagnols”, Oeuvres poétiques, Gallimard, La Pléiade, p. 1977
“La Congrégation de la Sainte-Vierge fue una congregación religiosa católica fundada en Roma en 1560 por Jean Leunis, profesor de un colegio jesuita, bajo el patronazgo de “María, socorro de los cristianos”. Congregaciones de ese tipo fueron multiplicándose en Europa y en los países de misión, tanto en los colegios como en diversos ámbitos de la sociedad: entre la nobleza, la burguesía, los artesanos, el clero y el ejército. El 2 de febrero de 1801 el Padre Jean-Baptiste Bourdier-Delpuits, canónigo de París, impulsó una de estas congregaciones, conocida tiempo después como “La Congrégation”. Era una organización de caridad, formada por laicos y eclesiásticos, que acabó jugando un papel político y religioso importante, especialmente en defensa de la religión, bajo el Directorio francés, el Primer Imperio y la Restauración. Formaban parte de “La Congregación” numerosas personalidades de signo tradicionalista y ultraconservador. La pertenencia a ella fue, sin duda, un punto de apoyo en la promoción de la carrera política de sus miembros. Fue vivamente criticada por sus lazos con el Vaticano y acusada de hacer espionaje en su propio beneficio y en el de sus estrategias políticas particulares. Fue disuelta en 1809 por decreto Imperial, y reconstituida en 1819 por los sacerdotes Legris-Duval y Pierre Ronsin.” Las polémicas del siglo XIX acerca de “La Congrégation” siguen presentes en el imaginario francés, junto con “el complot jesuítico” y la masonería.

Las relaciones personales del Fundador del Opus Dei con los poderes establecidos

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François Gondrand

En alguna ocasión Josemaría Escrivá evocó, con dolorosa ironía, la publicidad involuntaria que le dieron a la Obra las sucesivas oleadas de calumnias que tuvo que sufrir durante años.“Nos han tratado a patadas –decía–; por eso nos hemos esparcido”.

Se comportó siempre –en las circunstancias más diversas y en los contextos culturales y políticos más variados– como un sacerdote que vivía sólo para sacar adelante la fundación que Dios le había encomendado. Esa fue su norma de conducta durante los años difíciles de la II República Española, en medio de las peripecias dolorosas de la guerra civil, durante el escaso tiempo que vivió en la España de la postguerra y a lo largo de su vida entera. Sabía bien que el Opus Dei no era fruto de aquellas circunstancias y que su identidad no iba a cambiar en función de ellas. Mantuvo sus criterios y su propia línea de conducta, al igual que los que le seguían, en la época dura de la persecución religiosa y cuando el Régimen que siguió a la guerra dictó medidas favorables para la Iglesia.

Como dato anecdótico, hay que señalar que el 11 de diciembre de 1934 fue nombrado Rector de Santa Isabel, un Patronato de origen regio, por el Presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, bajo cuya tutela había quedado aquel Patronato.

Escrivá y el Régimen que surgió en España tras la guerra civil

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Capítulo de “El Fundador del Opus Dei y su actitud ante el poder establecido”

François Gondrand

Escrivá pensaba que, como sacerdote, no era competencia suya hacer declaraciones sobre el nuevo Régimen que se había instaurado en España tras la guerra civil. Era la Jerarquía española –recordaba– la que debía pronunciarse sobre ese tipo de cuestiones. Por esa razón, evitó cualquier manifestación sobre este particular. Como es sabido, hubo obispos que denunciaron algunas desviaciones ideológicas del Régimen, próximas al fascismo; y un prelado de la relevancia de Gomá, arzobispo de Toledo, aconsejó el perdón a los vencidos. Pero no puede decirse, a la vista de los hechos, que aquellas recomendaciones encontraran mucho eco.

En este sentido conviene recordar también que, décadas más tarde, durante los años setenta, cuando muchos obispos españoles tomaron la decisión de distanciarse del Régimen, ninguno de ellos prohibió a los católicos franquistas que siguieran colaborando con él.

Eso explica que, cuando, algunos miembros del Opus Dei aceptaron ser nombrados ministros del Régimen, a partir de 1957, Escrivá respetase sus libres decisiones, del mismo modo que respetaba las libres decisiones de los miembros de la Obra que trabajaban activamente, durante esa misma época, en contra del Régimen; y que por cierto, tuvieron que pagar duramente las consecuencias de su oposición.

El fundador se opuso frontalmente a cualquier utilización o presentación del Opus Dei –tanto en aquella época como en el futuro– como si fuera una especie de “cantera política”; como un grupo uniforme desde el punto de vista intelectual; o como un instrumento de presión, un lobby .

En 1966 escribió una carta abierta a José Solís, Secretario General de la Falange. Le consideraba responsable de ciertas noticias que afirmaban que los miembros del Opus Dei que habían detentado o detentaban entonces algunas carteras ministeriales formaban parte de una “estructura totalitaria” (acusación ciertamente paradójica, proviniendo de un falangista). En aquella carta el fundador le pedía, de forma tan educada como contundente, que pusiese punto final lo antes posible a la campaña de denigración que la Prensa del Movimiento estaba llevando a cabo en contra del Opus Dei.

Las valoraciones de Escrivá sobre las relaciones que se establecieron durante este periodo entre la Iglesia y el Estado fueron siempre de carácter estrictamente sacerdotal. Consideraba que ni la paz social que se había alcanzado, ni las medidas a favor de la Iglesia que había dictado el nuevo Régimen, daban derecho a determinados grupos a monopolizar la representación de los católicos en la vida pública. Y se oponía a que algunos católicos se sirvieran del poder establecido, en el peor estilo clerical, como si fuera una especie de “brazo secular” de la Iglesia.

Consideraba abusivo también que se esculpiera o pintara sobre las fachadas de numerosas iglesias y catedrales el símbolo de la Falange, con la leyenda: “Caídos por Dios y por España ”.

Y se negó siempre a hacer el saludo fascista.

En junio de 1964, al comprobar el eco que habían adquirido en diversos ambientes de la curia romana los comentarios de prensa que atribuían cierto papel político al Opus Dei, decidió escribir una larga carta a Pablo VI. En ella le dibujaba a grandes rasgos la situación en España antes de la guerra civil y le contaba sus dolorosas experiencias durante el conflicto.

En ese texto se percibe cierta ironía cuando evoca la actitud de la mayoría de los obispos españoles de aquella época ante la persona del Jefe de Estado. Era una actitud que, evidentemente, no compartía: “Hombre providencial, repito, se ha llamado a Franco todos estos años, con todos los tonos y en todas las ocasiones. Podría presentar a Vuestra Santidad una gruesa antología de discursos y documentos episcopales –prácticamente, de todos los Obispos–, en los que se elogia de manera ‘hiperbólica’ al Caudillo, que es en verdad un buen hijo de la Iglesia subjetivamente, y muchas veces también objetivamente. Y la Jerarquía eclesiástica, las Órdenes y las Congregaciones religiosas han obtenido buen provecho –si me fuese permitido, diré que a veces se han aprovechado– de la buena disposición del Generalísimo para con la Iglesia” .

Consideraba que el resurgir religioso que había experimentado el país y el recuerdo de los tristes sucesos del pasado habían hecho que se dejara prácticamente de pensar en el futuro; y eso hacía que, en aquellos momentos “en España todo dependa de la vida de un hombre que, de buena fe, también él está persuadido de ser providencial”. Señalaba que “dada la edad de Franco, las circunstancias comienzan a ser graves, si no se arbitran las medidas que lleven a una evolución, y mejor si es rápida”.

A continuación desmentía formalmente la hipótesis de un Opus Dei metido en política; y le explicaba al Papa que los miembros del Opus Dei que colaboraban con Franco en el gobierno lo hacían libremente, siempre bajo su responsabilidad personal: y no tanto como técnicos, sino como políticos, del mismo modo que hacían otros ciudadanos que colaboraban en cargos de ese mismo nivel, y que pertenecían a la Acción Católica, a la Asociación Nacional de Propagandistas, etc. (Refiriéndose a estos últimos recordaba que eran sin duda alguna mucho más numerosos que los miembros del Opus Dei presentes en la vida pública).

Le comentaba al Papa que el único caso que él conocía de un político que hubiese pedido permiso a la Jerarquía para colaborar en el gobierno de Franco, había sido el de Martín Artajo, que fue ministro de Asuntos Exteriores durante trece años. Sin embargo –precisaba– cuando el profesor Ullastres y el profesor López Rodó fueron nombrados, respectivamente, ministro de Comercio y Comisario del Plan de Desarrollo Económico y Social, él se había enterado por la prensa de esos nombramientos. Eso significaba que habían sido libremente asumidos y aceptados por los propios interesados.

Acto seguido, evocaba ante el Papa las dificultades que había encontrado por parte del Régimen a la hora de conseguir el reconocimiento de los títulos expedidos por la Universidad de Navarra, que había nacido en Pamplona en 1952. Sólo en 1960, cuando fue erigida por la Iglesia como Universidad Católica, pudo obtener, al fin –gracias al Concordato firmado en 1953 entre España y la Santa Sede–, ese reconocimiento por parte del Estado español.

Seguía contando al Pontífice que al ver la resistencia feroz que había demostrado el Estado Español a la hora de reconocer las consecuencias legales de un acto solemne como la erección de una Universidad Católica, había tenido que viajar a España para protestar personalmente ante Franco. Y le hablaba de los encuentros desagradables que había tenido con el ministro Solís, secretario de la Falange y Jefe de los Sindicatos, y especialmente, con el ministro Castiella.

Realmente –seguía diciéndole– le sería fácil reunir una buena colección de elogios públicos y desmesurados hacia el Régimen formulados por numerosos obispos, lo que –señalaba con claridad–, no se podía decir de él, aunque admitiera que Franco era un buen cristiano.

Al tratar del futuro de España, Escrivá, evocando los tristes sucesos de los años treinta, estimaba que era necesario que se diese lo antes posible una evolución del Régimen español, de forma que se evitara la anarquía y el comunismo que consideraba personalmente que podrían hacer tanto mal, de nuevo, a la Iglesia en España.

Para él la solución no estaba en la creación de un partido político más o menos parecido a la Democracia cristiana italiana (que era la opción que se pensaba en el Vaticano) porque ese partido –explicaba– podría comenzar sirviendo a la Iglesia y acabar sirviéndose de la Iglesia. Se corría el peligro, además, de que con el paso del tiempo la Iglesia no encontrara modo de desembarazarse de ese partido, y aquella alianza acabase convirtiéndose en una especie de chantaje moral.

Exponía ante el Papa, con filial confianza, su pensamiento personal: en su opinión, los católicos, actuando con libertad, deberían crear una sociedad en la que se respirara un sano pluralismo –“que no es lo mismo que una atomización”, precisaba– en la resolución de las cuestiones temporales. Esos católicos –le decía a Pablo VI– deberían estar unidos en la defensa de las cuestiones esenciales para la Iglesia, pero sin formar nunca un grupo o un partido “católico”.

Se encuentra aquí el mismo pensamiento y la línea de conducta que el Fundador había mantenido desde siempre: deseaba que los laicos (y entre ellos, los miembros del Opus Dei) estuvieran unidos en defensa de la Iglesia y obedecieran sus enseñanzas; y quería, al mismo tiempo, que obraran siempre con plena libertad y responsabilidad a la hora de tomar sus propias decisiones políticas.


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