Corazón universal

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Testimonio de Juan Hervás, Obispo dimisionario de Ciudad Real
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Sería por el año 1934 cuando conocí a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. El Opus Dei estaba aún en sus comienzos, y su fundador, rodeado de gente de toda edad y condición. buscaba la fortaleza en los barrios más pobres de Madrid.

Fui a visitarle a la academia–residencia DYA, que acababa de abrir en la calle de Ferraz. La acogida cordial que me dispensó esta­bleció de inmediato una corriente sincera de amistad humana y sacerdotal. Fui varias veces después por la academia para conversar con ese sacerdote que tanta paz me transmitió.

Al entrar en aquella casa desaparecía la sensación de insegu­ridad que se respiraba entonces en la calle. Allí se trabajaba con seriedad, con serenidad, con intensidad; en la certeza de que la ancha y fecunda labor de servicio a la Iglesia que el Opus Dei habría de realizar, se llevaría a efecto porque Dios estaba empe­ñado en que se realizara. No había que detenerse por las cosas que entonces pasaban y que llegaban a paralizar tantos ánimos:

Dios y audacia –DYA– había sido ya el lema de la primera obra apostólica del Opus Dei, y había que seguir adelante sin miedo, con los ojos puestos en Dios. Allí conocí de qué modo Monseñor Escrivá de Balaguer trataba con los estudiantes, los medios apos­tólicos que empleaba, el aire que imprimía a aquel centro: orden y profundidad en el trabajo y alegría en la convivencia. En fin que ya por entonces me hice una idea cabal de la naturaleza del Opus Dei.

Durante la Guerra Civil Española estuve en Friburgo, como alumno de la Universidad Católica. Volví a Valencia en 1939. Allí tuve mucho trabajo, y uno de los ministerios pastorales que me asig­naron me permitió seguir en contacto con el fundador del Opus Dei: como director del Colegio Mayor Burjasot, pude seguirla labor que don Josemaría impulsaba en el ambiente universitario de Valencia. En este centro residían – o de él procedían - algunos de los estudiantes que pronto solicitaron la admisión en la Obra.

No todo les fue fácil. Ya en aquellos años fueron objeto de muchas contradicciones. Se difundieron sin fundamento alguno toda clase de sospechas, acusaciones y falsedades. El sentido común me decía –y así lo hacía yo constar a los detractores– que las acu­saciones de aquella campaña no cuadraban con los socios de la obra que yo trataba, ni con mi conocimiento personal de su fundador. ni con el Opus Dei. No podía olvidar el criterio evangélico de dis­cernimiento de la bondad o maldad de una obra de apostolado. conocer el árbol por sus frutos; y éstos eran manifiestamente sanos.

Hacia 1945,durante uno de mis viajes a Madrid, fui a visitar a don Josemaría a su casa, en la calle de Diego de León. Me acogió con el afecto de siempre y quiso que me hospedar a allí. Estuve algu­nas semanas y siempre recordaré aquella temporada como unos días gratísimos. Todos – en primer lugar don Josemaría– me tra­taron con plena confianza, en familia. Yo trabajaba durante el día en mis cosas, con total independencia. y al regresar a la casa me encontraba en un verdadero hogar. Allí pude conocer la persona­lidad del fundador del Opus Dei bajo una luz nueva para mí.

Daba toda clase de facilidades para que se vieran las cosas direc­tamente, de forma que cada uno pudiera hacerse cargo por sí mismo de la realidad santa de lo que era y hacía el Opus Dei. Así lo hizo conmigo y con otros muchos obispos. Este modo de proceder era lógico en Monseñor Escrivá de Balaguer. En primer lugar, porque él mismo era siempre objetivo: tenía una repugnancia natural hacia el misterio y lo que tuviera apariencia de secreto. Le gustaban por su carácter las puertas abiertas y que los hechos cantasen; en ello no cabía ni engaño, ni vanidad, ni jactancia.

También estuve en varias ocasiones en el Colegio Mayor Mon­cloa. La estancia en estos centros universitarios del Opus Dei pro­dujo en mi otros beneficios conocí el espíritu de la Obra hecho realidad en Monseñor Escrivá de Balaguer, y pude ver cómo iba forjando el temple apostólico de muchos estudiantes. Ese contacto rejuveneció mi propio espíritu y al mismo tiempo, fue una aproxi­mación al campo del apostolado laical, que me permitió conocer muchas de las soluciones que el Opus Dei ha dado –no sin una especial providencia de Dios– a muchos problemas que lleva con­sigo este apostolado. Monseñor Escrivá de Balaguer, al invitarme en centros de la obra, me hizo participar de los tesoros que Dios mismo había puesto en sus manos, para que con entera libertad tomara aquello que me interesara para orientar mi labor en el campo del apostolado de los laicos Sin pretender que sus soluciones eran las únicas posibles, nunca dejó de darlas a conocer a todos los que estuvieran sinceramente interesados en ellas. Desde el momento en que pude conocer a fondo su espíritu, su modo de formar a los laicos y de dirigir la asociación por él fundada, he tenido a Monseñor Escrivá de Balaguer por un hombre elegido por Dios para ser maestro de los nuevos caminos del laicado católico.

El nervio central de todo su apostolado con laicos y con sacer­dotes– ha sido hacer llegar al corazón de cada persona la llamada divina a la santidad; promover la santidad en medio del mundo entre personas de todas las condiciones. Una doctrina que seria proclamada solemnemente por el Concilio Vaticano II, muchos años más tarde.

En las conversaciones que pude mantener con don Josemaría por aquel entonces, pude comprobar su visión universal, amplia, católica, del Opus Dei. La ilusión por extender su labor a los cinco continentes estaba presente desde el principio, porque la Obra la había querido Dios universal. No había nacido para solucionar, los problemas de un determinado país. Me habló entonces de como se estaban preparando los que habrían de llevar a cabo la expansión a otros países. Comprendí ––por lo que decía y, sobre todo, por cómo lo decía– que era algo que le quemaba por dentro desde hacia tiempo: para don Josemaría sacar adelante el Opus Dei, extenderlo por todo cl mundo, era como un fuego de celo que le abrasaba. Era cumplir la voluntad de Dios.

Había una decidida determinación y mucha audacia en sus planes; pero, a la vez, prudencia y dedicación paciente para hacerlos posibles, preparando los instrumentos y rezando; sobre todo rezan­do y haciendo rezar por esa intención. Luego todo saldría: como solía decirme, cuando Dios quiera, al paso de Dios.

Después de mi designación como obispo de Mallorca en octubre de 1946–primero como coadjutor y después como residencial–, mi trato con el fundador del Opus Dei tuvo otro carácter debido a las circunstancias. Mis deberes pastorales no me permitieron, como hasta entonces, los frecuentes desplazamientos a Madrid, y, por otra parte, Monseñor Escrivá de Balaguer había fijado su resi­dencia en Roma desde ese mismo año. Sin embargo, a partir de entonces, cada vez que be viajado a Roma no dejé de visitarle y a menudo me invitaba a comer en la sede central del Opus Dei.

El desarrollo de las actividades del Opus Dei en las diócesis de las que he sido obispo me ha permitido un contacto habitual con la Obra durante muchos años.

Hacia 1950 comenzaron a darse en Mallorca retiros espirituales para hombres, para mujeres y para sacerdotes, dirigidos por sacer­dotes del Opus Dei. De ahí surgió una labor muy extensa de apos­tolado personal, pues muy pronto hubo en la isla socios de la Obra. Estaba al corriente de esas tareas, por lo que comentaban sus direc­tores de la labor y los sacerdotes que colaboraban en ellas: por mi parte, procuré dar todas las facilidades, como ha sido mi costumbre en todo tipo de labor apostólica hecha con rectitud; y comprendía perfectamente el gran bien que el Opus Dei hacía en mi diócesis.

Desde 1955 a 1977 residí en Ciudad Real como obispo prior de las órdenes militares. La presencia del Opus Dei en esta diócesis fue para mí una fuente de alegría y de consuelos. Por referirme, en concreto, a la labor realizada entre mis sacerdotes, ya pertene­cían a la Obra muchos de ellos cuando llegué allí, y después se han ido multiplicando las vocaciones. Los he considerado siempre como fermento de unidad, por su obediencia pronta y alegre a su ordi­nario; por su fidelidad a la doctrina de la Iglesia; por su vibración apostólica contagiosa, esperanzada y optimista; por su espíritu de comprensión, pasando por alto, con buen humor, aquellas peque­ñeces que surgen en la convivencia; por su ilusionada dedicación a los ministerios que sus obispos les encomiendan. Ponen un empe­ño constante por santificarse en y desde su ministerio. Son sacer­dotes que quieren y procuran ser sólo sacerdotes: su ejemplo firme y humilde –con las flaquezas personales, como tenemos todos, que no empañan la rectitud de intención– hace mucho bien dondequie­ra que son destinados.

Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó a todos sus hijos –se­glares y sacerdotes– a tener un gran amor a la Iglesia, un amor personalizado en la jerarquía de todos los lugares, y materializado en atenciones delicadas hacia los obispos, sin gravarlos nunca con problemas y cargas innecesarias. Recuerdo que las visitas que los socios del Opus Dei me han hecho como ordinario del lugar donde trabajaban, siempre se han caracterizado por el respeto, la alegría y el optimismo: me hacían pasar un buen rato, tanto que, cuando mis ocupaciones lo permitían, alargaba gustosamente la con­versación.

Quiero terminar con un recuerdo muy personal, quizá el más entrañable de los que guardo de mi amistad con Monseñor Escrivá de Balaguer. Yo había «cometido» la «grave» audacia de levantar una bandera de renovación de espiritualidad y de apostolado seglar; me refiero a los cursillos de cristiandad. Este empeño surgió durante mi estancia en Mallorca y, después de trasladarme a Ciudad Real, tuvo un gran arraigo entre los fieles, incluso saltando las fronteras de España. Desde sus comienzos fui bendecido y alentado por el Santo Padre, y ha sido la fuente de donde han brotado las más ínti­mas alegrías pastorales de mi vida. Pero el Señor quiso probarme y probar también a este movimiento, desde sus comienzos, con la contradicción. Se desató en torno a mi persona una dolorosa tempestad.

En aquel mar revuelto de insidias tuve que ir a Roma, ya que había sido denunciado ante el Santo Oficio. Quise visitar a Mon­señor Escrivá de Balaguer: el recuerdo de la imperturbable alegría con la que había llevado las contradicciones que arreciaron contra cl Opus Dei, me impulsaron a buscar su consejo, persuadido de que de esa charla me vendría la paz para mi ánimo atribulado. Y no me engañé.

Me escuchó atentamente y llegó al fondo de la cuestión ense­guida: no perdió el tiempo en estériles lamentaciones. En sus pala­bras, breves y certeras, volcaba en mí su propia alma: «No te preo­cupes. Son bienhechores, porque nos ayudan a purificarnos. Hay que quererles y pedir por ellos». Me insistió en la necesidad de que­rer a los que no nos comprenden, de rezar por los que juzgan sin conocimiento suficiente de causa, y en el deber de prestar atención tan sólo a la voz de la Iglesia–no a los rumores de la calle– y de mantener el corazón limpio de resentimientos y amarguras. Aque­llos consejos, que tanto bien hicieron a mi alma, tenían la enorme autenticidad de quien los había vivido y seguía viviendo entonces.

Monseñor Escrivá de Balaguer me alentó constantemente en una empresa que no era la suya, y volcó la caridad y comprensión sobre un apostolado que iba por caminos distintos al suyo. Sólo Dios sabe en qué medida pudo contribuir a despejar los caminos de la Providencia.

Santificación del trabajo en todos sus aspectos

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“El trabajo no es sólo uno de los más altos de los valores humanos y medio con el que los hombres deben contribuir al progreso de la sociedad: es también camino de santificación.“ San Josemaría Escrivá, Conversaciones, n. 24

01 de enero de 2001

El contacto con el Opus Dei supuso para Toni Zweifel, de modo particular, el descubrimiento de que el trabajo profesional iluminado y ennoblecido por la fe, se convierte en ocasión de encuentro con el Hijo de Dios hecho hombre. La perfección cristiana no puede separarse de esta identificación con Cristo precisamente en el ejercicio del trabajo profesional. Sería contrario a la verdad de nuestra vocación cristiana aislar la fe y el amor del quehacer cotidiano. A partir de ese momento Toni iba poniendo de modo consecuente cada vez más a Dios en el centro de toda su actividad; en ella expresaba su amor a Dios y su disposición de servicio a los demás.

Empeño y calidad profesional

Toni ponía todo el corazón en sus diferentes actividades. Lo que había comenzado lo llevaba a término de modo consecuente y, si era preciso, con infinita paciencia, independientemente de que fuese fácil o difícil, interesante o monótono, brillante u oscuro.

Durante años –por ejemplo– dedicó tiempo y energía a un proyecto de un centro internacional de encuentros. Después de una larga búsqueda en toda Suiza, adquirió unos terrenos apropiados; parecía un proyecto seguro, pero al final, quedó bloqueado, a causa de conflictos de política local y de una violenta campaña de prensa. Aquello fue una de las mayores desilusiones de su vida, y sin embargo no supuso un obstáculo para que pusiese también ahí la última piedra: continuó administrando la propiedad a pesar de que surgieron nuevas dificultades hasta que, finalmente, la vendió sin pérdidas a un agricultor. Paralelamente se dedicaba a la búsqueda de nuevos terrenos.

Pero las actividades de Toni no eran un simple alarde de fuerza. Sabía que el auténtico servicio no es sólo esfuerzo, sino que exige también calidad. Por eso buscó la mayor competencia profesional posible. Como ingeniero hizo varios inventos y, en base a sus cualidades, tenía buenas esperanzas de una carrera académica. Así mismo, en cuanto secretario de la Fundación Limmat, se formó con profundidad en las cuestiones de la ayuda al desarrollo y en la administración de los donativos recibidos; de hecho descubrió nuevos caminos y soluciones que le convirtieron en una autoridad en este campo.

Con rectitud de intención

Toni realizaba las tareas que emprendía con gran rectitud de intención. Algo que no se manifestaba sólo en los proyectos importantes que tenía entre manos –como en el caso que hemos relatado más arriba– sino sobre todo en las innumerables cosas incómodas que solucionaba en y alrededor del hogar. No se consideraba exento de dichos trabajos, pues estaba convencido de que ahí encontraba a Dios lo mismo que en cualquiera de sus actividades profesionales y que, además, en ese momento era la mejor manera de servir a los demás. Tampoco reaccionaba con mal humor si algo no salía como esperaba o cuando improvisamente debía cambiar sus planes.

El dinero que durante 17 años de su vida tuvo que manejar diariamente en cuanto Secretario General de la Fundación, fue para él siempre sólo un instrumento, así como lo es la escoba para el barrendero. Tampoco el éxito de sus esfuerzos, que claramente se iba manifestando, le llevaba a buscar poder, riqueza o fama. Favoritismos e innobles acuerdos bajo mano eran para él un tabú ya el sólo considerarlos. En una ocasión, una empresa constructora le ofreció un inmueble bien situado a muy buen precio, con la condición de que Toni le adjudicase la renovación y le ayudase a eludir el impuesto sobre la compra. Toni reaccionó inmediatamente rompiendo las tratativas.

Colaboración con los superiores y los empleados

El esfuerzo de Toni por santificar el trabajo se manifestaba especialmente en su colaboración, tanto con los jefes como con colegas y empleados. El profesor de la Escuela Politécnica Federal (ETH) con quien Toni trabajó como asistente, da un claro testimonio: “cada tarea la llevaba a término con gran empeño y cuidado. Con su carácter tranquilo, modesto y educado se ganaba siempre la confianza total. Mi colaboración con el fallecido ha quedado grabada indeleblemente en mi memoria como ejemplo luminoso de una relación humana”. Así mismo, los órganos directivos de la Fundación Limmat podían confiar en un secretario absolutamente leal, que llevaba a término con entusiasmo incluso las resoluciones en las que él al comienzo había mantenido otra opinión.

Las personas que ejecutan un trabajo intenso, con principios firmes y afán de eficacia, no raramente se muestran inflexibles con los empleados. Toni no estaba libre de dicho peligro. No sólo exigía mucho de sí mismo sino también de los demás y no dejaba pasar un fallo sin corregirlo. Su obstinación en este aspecto podía molestar inicialmente, si bien Toni se esforzaba en encontrar el tono adecuado. Veía claramente que debía cuidar este rasgo de su carácter y luchaba para dominar su temperamento. Y con éxito, pues sus colaboradores lo describen unánimemente como un jefe cordial y atento, que sabía siempre respetar sus opiniones y métodos de trabajo.

Toni nunca hizo esperar a nadie. Daba la sensación de que había nacido con el sentido de la puntualidad, pero la verdad es que ésta era fruto de su lucha interior.

Se preocupaba por la mejor formación posible de sus colaboradores, especialmente tras presentarse la leucemia. Les trasmitía constantemente sus experiencias y métodos por él elaborados. Nunca intentó reservarse parte de sus conocimientos y hacerse así imprescindible. Cuando pocas semanas antes de su muerte fue ingresado por última vez en el hospital, había liquidado todos los asuntos pendientes. A su sucesor, que había preparado óptimamente, le dejó todo en perfecto orden, pasándole experiencias valiosas y detalladas, y los poderes formales necesarios para la continuidad del trabajo.

En todas esas facetas se manifestaba una sola cosa: su búsqueda de la santidad en los quehaceres ordinarios, especialmente en el ejercicio de su profesión. Fiel a la llamada de S. Josemaría ponía a Cristo en la cumbre de todas las actividades, y estas se convertían así en “Trabajo de Dios” – enopus Dei.


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