Corazón universal

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Testimonio de Juan Hervás, Obispo dimisionario de Ciudad Real
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Sería por el año 1934 cuando conocí a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. El Opus Dei estaba aún en sus comienzos, y su fundador, rodeado de gente de toda edad y condición. buscaba la fortaleza en los barrios más pobres de Madrid.

Fui a visitarle a la academia–residencia DYA, que acababa de abrir en la calle de Ferraz. La acogida cordial que me dispensó esta­bleció de inmediato una corriente sincera de amistad humana y sacerdotal. Fui varias veces después por la academia para conversar con ese sacerdote que tanta paz me transmitió.

Al entrar en aquella casa desaparecía la sensación de insegu­ridad que se respiraba entonces en la calle. Allí se trabajaba con seriedad, con serenidad, con intensidad; en la certeza de que la ancha y fecunda labor de servicio a la Iglesia que el Opus Dei habría de realizar, se llevaría a efecto porque Dios estaba empe­ñado en que se realizara. No había que detenerse por las cosas que entonces pasaban y que llegaban a paralizar tantos ánimos:

Dios y audacia –DYA– había sido ya el lema de la primera obra apostólica del Opus Dei, y había que seguir adelante sin miedo, con los ojos puestos en Dios. Allí conocí de qué modo Monseñor Escrivá de Balaguer trataba con los estudiantes, los medios apos­tólicos que empleaba, el aire que imprimía a aquel centro: orden y profundidad en el trabajo y alegría en la convivencia. En fin que ya por entonces me hice una idea cabal de la naturaleza del Opus Dei.

Durante la Guerra Civil Española estuve en Friburgo, como alumno de la Universidad Católica. Volví a Valencia en 1939. Allí tuve mucho trabajo, y uno de los ministerios pastorales que me asig­naron me permitió seguir en contacto con el fundador del Opus Dei: como director del Colegio Mayor Burjasot, pude seguirla labor que don Josemaría impulsaba en el ambiente universitario de Valencia. En este centro residían – o de él procedían - algunos de los estudiantes que pronto solicitaron la admisión en la Obra.

No todo les fue fácil. Ya en aquellos años fueron objeto de muchas contradicciones. Se difundieron sin fundamento alguno toda clase de sospechas, acusaciones y falsedades. El sentido común me decía –y así lo hacía yo constar a los detractores– que las acu­saciones de aquella campaña no cuadraban con los socios de la obra que yo trataba, ni con mi conocimiento personal de su fundador. ni con el Opus Dei. No podía olvidar el criterio evangélico de dis­cernimiento de la bondad o maldad de una obra de apostolado. conocer el árbol por sus frutos; y éstos eran manifiestamente sanos.

Hacia 1945,durante uno de mis viajes a Madrid, fui a visitar a don Josemaría a su casa, en la calle de Diego de León. Me acogió con el afecto de siempre y quiso que me hospedar a allí. Estuve algu­nas semanas y siempre recordaré aquella temporada como unos días gratísimos. Todos – en primer lugar don Josemaría– me tra­taron con plena confianza, en familia. Yo trabajaba durante el día en mis cosas, con total independencia. y al regresar a la casa me encontraba en un verdadero hogar. Allí pude conocer la persona­lidad del fundador del Opus Dei bajo una luz nueva para mí.

Daba toda clase de facilidades para que se vieran las cosas direc­tamente, de forma que cada uno pudiera hacerse cargo por sí mismo de la realidad santa de lo que era y hacía el Opus Dei. Así lo hizo conmigo y con otros muchos obispos. Este modo de proceder era lógico en Monseñor Escrivá de Balaguer. En primer lugar, porque él mismo era siempre objetivo: tenía una repugnancia natural hacia el misterio y lo que tuviera apariencia de secreto. Le gustaban por su carácter las puertas abiertas y que los hechos cantasen; en ello no cabía ni engaño, ni vanidad, ni jactancia.

También estuve en varias ocasiones en el Colegio Mayor Mon­cloa. La estancia en estos centros universitarios del Opus Dei pro­dujo en mi otros beneficios conocí el espíritu de la Obra hecho realidad en Monseñor Escrivá de Balaguer, y pude ver cómo iba forjando el temple apostólico de muchos estudiantes. Ese contacto rejuveneció mi propio espíritu y al mismo tiempo, fue una aproxi­mación al campo del apostolado laical, que me permitió conocer muchas de las soluciones que el Opus Dei ha dado –no sin una especial providencia de Dios– a muchos problemas que lleva con­sigo este apostolado. Monseñor Escrivá de Balaguer, al invitarme en centros de la obra, me hizo participar de los tesoros que Dios mismo había puesto en sus manos, para que con entera libertad tomara aquello que me interesara para orientar mi labor en el campo del apostolado de los laicos Sin pretender que sus soluciones eran las únicas posibles, nunca dejó de darlas a conocer a todos los que estuvieran sinceramente interesados en ellas. Desde el momento en que pude conocer a fondo su espíritu, su modo de formar a los laicos y de dirigir la asociación por él fundada, he tenido a Monseñor Escrivá de Balaguer por un hombre elegido por Dios para ser maestro de los nuevos caminos del laicado católico.

El nervio central de todo su apostolado con laicos y con sacer­dotes– ha sido hacer llegar al corazón de cada persona la llamada divina a la santidad; promover la santidad en medio del mundo entre personas de todas las condiciones. Una doctrina que seria proclamada solemnemente por el Concilio Vaticano II, muchos años más tarde.

En las conversaciones que pude mantener con don Josemaría por aquel entonces, pude comprobar su visión universal, amplia, católica, del Opus Dei. La ilusión por extender su labor a los cinco continentes estaba presente desde el principio, porque la Obra la había querido Dios universal. No había nacido para solucionar, los problemas de un determinado país. Me habló entonces de como se estaban preparando los que habrían de llevar a cabo la expansión a otros países. Comprendí ––por lo que decía y, sobre todo, por cómo lo decía– que era algo que le quemaba por dentro desde hacia tiempo: para don Josemaría sacar adelante el Opus Dei, extenderlo por todo cl mundo, era como un fuego de celo que le abrasaba. Era cumplir la voluntad de Dios.

Había una decidida determinación y mucha audacia en sus planes; pero, a la vez, prudencia y dedicación paciente para hacerlos posibles, preparando los instrumentos y rezando; sobre todo rezan­do y haciendo rezar por esa intención. Luego todo saldría: como solía decirme, cuando Dios quiera, al paso de Dios.

Después de mi designación como obispo de Mallorca en octubre de 1946–primero como coadjutor y después como residencial–, mi trato con el fundador del Opus Dei tuvo otro carácter debido a las circunstancias. Mis deberes pastorales no me permitieron, como hasta entonces, los frecuentes desplazamientos a Madrid, y, por otra parte, Monseñor Escrivá de Balaguer había fijado su resi­dencia en Roma desde ese mismo año. Sin embargo, a partir de entonces, cada vez que be viajado a Roma no dejé de visitarle y a menudo me invitaba a comer en la sede central del Opus Dei.

El desarrollo de las actividades del Opus Dei en las diócesis de las que he sido obispo me ha permitido un contacto habitual con la Obra durante muchos años.

Hacia 1950 comenzaron a darse en Mallorca retiros espirituales para hombres, para mujeres y para sacerdotes, dirigidos por sacer­dotes del Opus Dei. De ahí surgió una labor muy extensa de apos­tolado personal, pues muy pronto hubo en la isla socios de la Obra. Estaba al corriente de esas tareas, por lo que comentaban sus direc­tores de la labor y los sacerdotes que colaboraban en ellas: por mi parte, procuré dar todas las facilidades, como ha sido mi costumbre en todo tipo de labor apostólica hecha con rectitud; y comprendía perfectamente el gran bien que el Opus Dei hacía en mi diócesis.

Desde 1955 a 1977 residí en Ciudad Real como obispo prior de las órdenes militares. La presencia del Opus Dei en esta diócesis fue para mí una fuente de alegría y de consuelos. Por referirme, en concreto, a la labor realizada entre mis sacerdotes, ya pertene­cían a la Obra muchos de ellos cuando llegué allí, y después se han ido multiplicando las vocaciones. Los he considerado siempre como fermento de unidad, por su obediencia pronta y alegre a su ordi­nario; por su fidelidad a la doctrina de la Iglesia; por su vibración apostólica contagiosa, esperanzada y optimista; por su espíritu de comprensión, pasando por alto, con buen humor, aquellas peque­ñeces que surgen en la convivencia; por su ilusionada dedicación a los ministerios que sus obispos les encomiendan. Ponen un empe­ño constante por santificarse en y desde su ministerio. Son sacer­dotes que quieren y procuran ser sólo sacerdotes: su ejemplo firme y humilde –con las flaquezas personales, como tenemos todos, que no empañan la rectitud de intención– hace mucho bien dondequie­ra que son destinados.

Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó a todos sus hijos –se­glares y sacerdotes– a tener un gran amor a la Iglesia, un amor personalizado en la jerarquía de todos los lugares, y materializado en atenciones delicadas hacia los obispos, sin gravarlos nunca con problemas y cargas innecesarias. Recuerdo que las visitas que los socios del Opus Dei me han hecho como ordinario del lugar donde trabajaban, siempre se han caracterizado por el respeto, la alegría y el optimismo: me hacían pasar un buen rato, tanto que, cuando mis ocupaciones lo permitían, alargaba gustosamente la con­versación.

Quiero terminar con un recuerdo muy personal, quizá el más entrañable de los que guardo de mi amistad con Monseñor Escrivá de Balaguer. Yo había «cometido» la «grave» audacia de levantar una bandera de renovación de espiritualidad y de apostolado seglar; me refiero a los cursillos de cristiandad. Este empeño surgió durante mi estancia en Mallorca y, después de trasladarme a Ciudad Real, tuvo un gran arraigo entre los fieles, incluso saltando las fronteras de España. Desde sus comienzos fui bendecido y alentado por el Santo Padre, y ha sido la fuente de donde han brotado las más ínti­mas alegrías pastorales de mi vida. Pero el Señor quiso probarme y probar también a este movimiento, desde sus comienzos, con la contradicción. Se desató en torno a mi persona una dolorosa tempestad.

En aquel mar revuelto de insidias tuve que ir a Roma, ya que había sido denunciado ante el Santo Oficio. Quise visitar a Mon­señor Escrivá de Balaguer: el recuerdo de la imperturbable alegría con la que había llevado las contradicciones que arreciaron contra cl Opus Dei, me impulsaron a buscar su consejo, persuadido de que de esa charla me vendría la paz para mi ánimo atribulado. Y no me engañé.

Me escuchó atentamente y llegó al fondo de la cuestión ense­guida: no perdió el tiempo en estériles lamentaciones. En sus pala­bras, breves y certeras, volcaba en mí su propia alma: «No te preo­cupes. Son bienhechores, porque nos ayudan a purificarnos. Hay que quererles y pedir por ellos». Me insistió en la necesidad de que­rer a los que no nos comprenden, de rezar por los que juzgan sin conocimiento suficiente de causa, y en el deber de prestar atención tan sólo a la voz de la Iglesia–no a los rumores de la calle– y de mantener el corazón limpio de resentimientos y amarguras. Aque­llos consejos, que tanto bien hicieron a mi alma, tenían la enorme autenticidad de quien los había vivido y seguía viviendo entonces.

Monseñor Escrivá de Balaguer me alentó constantemente en una empresa que no era la suya, y volcó la caridad y comprensión sobre un apostolado que iba por caminos distintos al suyo. Sólo Dios sabe en qué medida pudo contribuir a despejar los caminos de la Providencia.

2.3. Zaragoza

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand Durante los años pasados en Zaragoza, el Señor le había seguido llevando de la mano, y se la había apretado un poco más.

Ahora se da cuenta de que los sufrimientos que habían jalonado esa etapa de su vida, así como los consuelos que había experimentado -”una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzos”-, habían ido reforzando en él la persistente llamada, todavía imprecisa, que había sentido en su adolescencia. Fueron muchos meses de maduración interior, de oración intensa, de penitencia cada vez más recia, de aceptación por adelantado de aquello -indescifrable todavía- para lo que le estaba preparando la Providencia.

En cuanto pudo, fue a depositar su perplejidad a los pies de la Virgen del Pilar, tan querida en su tierra. Domine, ut sit!, venía repitiendo con frecuencia desde hacía tiempo, pidiendo a Dios que le iluminara: Señor, que sea eso que Tú quieres… También dirigía la oración a María Santísima: Domina, ut sit! Ahora, ante la pequeña imagen de la Virgen, colocada sobre una columna de mármol semejante a aquella en que, según la tradición, se había aparecida en carne mortal al Apóstol Santiago, la jaculatoria adquiría una especial fuerza: ¡Señora, que sea! Cuatro años después de ingresar en el Seminario de Zaragoza, el día de la Virgen de la Merced, grabaría esas mismas palabras en latín -un latín que calificaba de baja latinidad- debajo de la peana de una imagen en escayola de la Virgen del Pilar: Domina, ut sit!.

Una difícil adaptación
Seminario
Sin que él lo pretendiera, sus maneras educadas contrastaban con la rudeza de algunos de sus compañeros, quienes, en su mayor parte, procedían de medios rurales. Pasaba horas y horas en una tribuna que dominaba el inmenso retablo barroco de la capilla, mientras los demás dormían o hacían deporte. Sus bromas le habían hecho sufrir mucho, sobre todo el apodo ridículo -”rosa mística”- que repetían a sus espaldas.

A pesar de todo, había procurado siempre poner de relieve, en sus condiscípulos del Seminario, sus virtudes y su generosidad. Además, hizo buenos amigos.

Tales dificultades le habían ayudado mucho a madurar. Su profesor de Derecho Canónico, don Elías Ger Puyuelo, se lo había hecho comprender con delicadeza. Le había contado cómo un molinero, fracasados los esfuerzos para traer de Alemania las desgastadas piedras de un molino de canela, las había sustituido, aconsejado de un amigo, por piedrecillas redondas, recogidas en un riachuelo, y habían perdido su aspereza a fuerza de chocar entre ellas. “¿Me comprende usted, Escrivá?” -le había dicho don Elías.

Josemaría había comprendido, en efecto, esta lección de sentido común: el choque de los caracteres elimina esas asperezas que harían la convivencia insoportable en toda colectividad.

Por otra parte, era la primera vez que vivía fuera de su casa, interno en el Seminario. Usaba la sotana y el manteo negro sin mangas, sobre el que se colocaba la beca de fieltro rojo, sujeta con el escudo de metal de San Francisco de Paula: un sol y la palabra charitas.

Seguía la disciplina a rajatabla: media hora de meditación por la mañana, la Misa y luego el desayuno. Clases en la Universidad Pontificia, recreo, comida, estudio, rosario, cena y, antes de acostarse, algunas oraciones y una breve charla para fijar los puntos de la meditación del día siguiente.

En la tercera planta del San Carlos estaba el Seminario propiamente dicho, llamado de San Francisco de Paula en recuerdo de su fundador, el Cardenal Benavides, de quien había sido el santo patrón. El resto del edificio estaba destinado a Residencia sacerdotal.

Según una placa instalada en el claustro, San Vicente de Paúl había residido allí cuando estuvo estudiando en Zaragoza, pero algunos pensaban que no era cierto.

Como en todos los edificios grandes y antiguos, los corredores eran vastos y fríos, las habitaciones destartaladas.

Domingos, jueves y días festivos, los seminaristas salían de paseo por los alrededores de la ciudad. Era, con los recreos, su única distracción.

Josemaría se esforzaba en adaptarse a este nuevo género de vida, aunque le resultaba muy duro. Sin embargo, procuraba sacar provecho de ello para profundizar en su vida interior y aumentar su cultura religiosa. Por entonces volvió a leer, con más aprovechamiento, a los místicos castellanos, en especial a Santa Teresa de Jesús, cuyas obras ya conocía. También se había acostumbrado a leer todos los días algunos capítulos del Nuevo Testamento, tratando de revivir, como si estuviera presente, las escenas del Evangelio, y de grabar en su corazón y en su memoria los versículos correspondientes. También había ido asimilando mejor la liturgia y adquiriendo una mayor facilidad en la oración.

Se aplicó con diligencia a los estudios. El plan, aunque tenía un nivel más alto, se parecía al del Seminario de Logroño. Fue superando con brillantez, uno tras otro, los exámenes correspondientes en la Universidad Pontificia.

¡Cuántas veces había ofrecido ese esfuerzo a Dios, al tiempo que le pedía que le aclarase lo que entonces era tan misterioso y ahora le resultaba evidente!

Sacerdote… ¿por qué?

Señor -repetía incansablemente-, ¿por qué me hago sacerdote? Y también: El Señor quiere algo. ¿Qué es?.

Su oración desembocaba siempre en las mismas interpelaciones familiares, insistentes: Domine, ut sit! Domina, ut sit!. Señor, que esa voluntad se realice. ¡Señor, que eso sea! ¡Madre mía, que eso sea!

Solía entablar largas conversaciones, paseando por los claustros del Seminario, con algunos de sus compañeros que, durante el recreo, no jugaban a la pelota, como hacían otros, en una nave de la cuarta planta.

Se reunían unos cuantos y comentaban los sucesos de actualidad o los pequeños incidentes de la vida diaria. Josemaría les hacía reír cuando les leía los epigramas que pergeñaba (unas veces en latín y otras en español, remedando las sátiras de algún escritor griego de la antigüedad o del Siglo de Oro español), los cuales iba pasando luego a un cuaderno. Esta facilidad para versificar hizo que le encargaran, muy a pesar suyo, que compusiera y leyera en público una poesía en homenaje al obispo auxiliar de Zaragoza, Presidente del Seminario. Salió de apuros con una composición que había titulado Obedientia tutior: “Obedecer es lo más seguro.” Tal era el lema del obispo…

En las vacaciones de verano, volvió a Logroño, con gran alegría de toda la familia. Llegó acompañado de un amigo y compañero de estudios que, en correspondencia, le invitó a pasar unos días con él durante los veranos de 1921 y 1922. Se trataba de un sobrino del vicepresidente del Seminario de Zaragoza, don Antonio Moreno. Josemaría lo pasó muy bien aquel verano, disfrutando del ambiente de paz que reinaba en su familia; todos se esforzaban, con delicadeza, en respetar su condición de seminarista.

Sin que él se hubiese dado cuenta, el Cardenal Soldevila, arzobispo de Zaragoza, se había fijado en él. En las visitas que hacía al Seminario, solía preguntarle sobre la marcha de sus estudios y sobre su familia.

Tanto el Cardenal Soldevila como el Rector del Seminario de San Francisco de Paula conocían bien las cualidades de aquel seminarista, por lo que, al regresar de las vacaciones de verano de 1922, dos años después de su ingreso en San Carlos, se encontró con que había sido nombrado Superior.

Para ser Superior, era preciso haber recibido la tonsura. Se la confirió el Cardenal Soldevila en persona, el 28 de septiembre, en una capilla del Palacio episcopal. A partir de ese momento, empezó a usar la sotana con manteo y sombrero de teja. Muchas veces, al vestirse, besaba aquella sotana, como una manifestación de su amor al sacerdocio, hacia el que se encaminaba.

En el mes de diciembre había recibido cuatro órdenes menores: el 17, las de lector y ostiario; el 21, las de exorcista y acólito.

En los años que ejerció el cargo de inspector -desde 1922 hasta la terminación de sus estudios en el Seminario- se había esforzado siempre para que la disciplina no resultase demasiado pesada a quienes debía vigilar. Creía haberlo conseguido. Los más jóvenes solían ser bastante revoltosos, pero bastaba una sonrisa de suave reproche, una palabra de aliento o una breve advertencia para que entrasen en razón. En el comedor, en cuanto encontraba una buena disculpa, dispensaba del silencio, lo que hacía que los seminaristas estallasen de júbilo.

Josemaría gozaba de mayor libertad que sus compañeros para entrar y salir del Seminario, lo que le permitía visitar todos los días a la Virgen en la Basílica del Pilar, aunque volvía enseguida para reanudar los estudios o la lectura

A1 comenzar el curso 1922-1923, puso por obra su proyecto inicial de estudiar la carrera de Derecho. Así pues, tras pedir autorización a sus superiores, se matriculó en la Universidad como alumno libre. No podía asistir con regularidad a las clases, que tenía que hacer compatibles con el horario del Seminario y con sus responsabilidades como Inspector. Como no quería simultanear los estudios, se examinaba en junio en la Universidad Pontificia, y, en septiembre, se presentaba a los exámenes de Derecho. Aquel verano de 1923 estudió mucho, en Logroño, donde un amigo de su padre, Registrador de la Propiedad, le dio clases particulares al tiempo que a su hijo. Así, en septiembre, pudo pasar los exámenes sin dificultad.

Dolorosos acontecimientos

A finales del curso escolar 1922-1923, un trágico acontecimiento conmovió a Zaragoza y a España entera: en las primeras horas de la tarde del 4 de junio, el Cardenal Soldevila caía asesinado cuando se disponía a descender de su automóvil para visitar una escuela que él mismo había fundado en Zaragoza. Poco después se supo que los autores del atentado pertenecían a un grupo anarquista.

Cinco días más tarde, en la basílica del Pilar, Josemaría había asistido, con los demás seminaristas, a los solemnes funerales, celebrados en presencia de varios Cardenales y obispos españoles y de representantes del Nuncio, del Parlamento, del Gobierno y de las autoridades locales. Apenado, había rezado intensamente, todavía conmovido por la trágica desaparición de alguien a quien admiraba y que siempre le había dado muestras de afecto.

A lo largo del curso universitario 1923-1924, pudo asistir a la Facultad de Derecho con más asiduidad. Eso, unido a las clases particulares recibidas durante el verano, le permitió avanzar considerablemente en sus estudios civiles.

El 14 de junio de 1924 recibió el subdiaconado. En la Universidad, su sotana llamaba la atención entre los estudiantes. A1 principio, le manifestaban su respeto guardando excesivamente las distancias. No obstante, hizo allí nuevos amigos, a los que procuró acercar a Dios, pues, aunque educados todos en la religión católica, eran con frecuencia tibios y descuidaban sus prácticas de piedad o las hacían rutinariamente. Conversaba con ellos y las charlas se prolongaban a menudo por las calles de Zaragoza, e incluso en el Seminario de San Carlos, ya que daba clases de latín a algunos de sus amigos, que necesitaban conocer esta lengua para la asignatura de Derecho Canónico.

Un día se había peleado con otro seminarista, llegando a las manos. Los castigaron a los dos, pero en su caso el castigo había sido más injusto, pues el otro le había insultado groseramente en público y le había pegado antes. Josemaría había ofrecido al Señor esa humillación, que aceptó como un medio más de purificación capaz de hacerle ver más pronto Su voluntad.

En 1924, una nueva desgracia se abatió sobre la familia, hiriéndole en lo más vivo.

Durante el verano, había tenido la alegría de pasar algún tiempo con sus padres y sus hermanos, Carmen y Santiago. Le había sorprendido ver a su padre prematuramente envejecido, pero eso no impidió que hiciesen planes para reunirse en diciembre, cuando fuese ordenado diácono.

El 27 de noviembre llegó al Seminario un telegrama en el que se le instaba a ir a Logroño cuanto antes: su padre estaba gravemente enfermo.

Un empleado de la tienda, que le esperaba en la estación, le explicó que su padre se había sentido mal aquella misma mañana. Momentos antes, había estado orando ante una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa, como todos los días; luego, había jugado un poco con Santiaguito…

Ya cerca de su casa, aquel empleado de su padre le había dicho toda la verdad: don José había muerto aquella misma mañana.

Josemaría subió sin decir una palabra hasta el segundo piso, entró en su casa, abrazó a su madre y a su hermana y se arrodilló ante el cuerpo de su padre.

Pasó unos días con los suyos y luego regresó a Zaragoza, esforzándose en descifrar el sentido de esta nueva prueba, que venía a unirse a las que la familia había sufrido a lo largo de los años.

La ceremonia en la que había recibido el diaconado, en la iglesia barroca de San Carlos, no pudo ser tan alegre como él había soñado. Pasó aquel 20 de diciembre solo, ofreciendo a Dios su pena por verse separado de su madre y sus hermanos, que seguían en Logroño. No pudo conseguir que fueran a instalarse en Zaragoza hasta comienzos de 1925, en un pasito de la calle de Urrea, bastante cerca del Seminario de San Carlos.

Ordenado sacerdote

Llegaron, por fin, los preparativos de ese gran día en el que sería ordenado sacerdote para la eternidad.

El 18 de marzo inició unos ejercicios espirituales previos a la ordenación en los que, con los demás ordenandos, meditó sobre la dignidad del sacerdocio y lo que eso significaba.

La ceremonia tuvo lugar el 28 de marzo de 1925, sábado, en la iglesia del Seminario de San Carlos. Después de haberse prosternado ante el altar, los diez ordenandos, con alba blanca cruzada por la estola, se habían acercado al obispo, uno a uno, para que les impusiera las manos, materia del Sacramento del Orden. Luego, el oficiante había implorado el auxilio divino y recitado la larga oración consagratoria, había ungido las manos de los nuevos sacerdotes, y les había hecho entrega de la patena y el cáliz, momento a partir del cual ya podían concelebrar con el oficiante.

Por primera vez, con emoción profundísima, Josemaría había hecho descender a Cristo al altar pronunciando las palabras de la Consagración: Hoc est enim Corpus meum… Hic est enim calix Sanguinas mea: Esto es mi Cuerpo, éste es el Cáliz de mi Sangre. En el nombre de Cristo, en la persona de Cristo, acababa de llevar a cabo el Sacrificio del altar, del que vive la Iglesia entera.

Dos días más tarde, el lunes 30 de marzo, celebró su primera Misa solemne en la Capilla de la Virgen de la Basílica del Pilar. A causa del luto reciente, sólo habían asistido la familia y algunos amigos íntimos. Su tío, don Carlos Albás, arcediano de la catedral, había brillado por su ausencia. Tampoco se había dignado asistir al funeral de su cuñado, en Logroño, y cuando su hermana, doña Dolores, se había instalado en Zaragoza, con sus hijos, por deseo de Josemaría, les había reprochado que no le hubiesen pedido consejo…

Otra contrariedad le había hecho sentir ese grano de acíbar que amargaba un tanto sus mayores alegrías: como todo nuevo sacerdote, había soñado con dar la comunión a su madre antes que a nadie. Mas, he aquí que, en el momento en que se aproximaba, con la Sagrada Forma en la mano, una mujer se le adelantó y no tuvo más remedio que comenzar por ella”.

Ya sacerdote, estaba a disposición de su obispo, para desempeñar el cargo pastoral que éste quisiera confiarle. Dada su situación familiar -su madre y sus hermanos habían quedado a su cargo-, lo más normal habría sido que le hubiesen adscrito a una parroquia de la ciudad, pues así habría podido subvenir a sus necesidades, dando clases en sus horas libres. Sin embargo, a los tres días de su ordenación, sus superiores le pidieron que se trasladara a Perdiguera, un pueblecito situado a veinticuatro kilómetros al nordeste de Zaragoza, con objeto de reemplazar al párroco, que estaba enfermo.

Obedeció con prontitud, pero era evidente que había algo raro en esta medida, que tanto le perjudicaba…

Las experiencias de un cura rural

El Martes de Pasión, por la mañana, Josemaría había partido hacia Perdiguera, dispuesto a aprovechar esta primera ocasión de servir al Señor en su nuevo ministerio.

Poco a poco, las torres y las cúpulas del Pilar se habían ido difuminando tras él. El camino escalaba o contorneaba las colinas grises, salpicadas de vez en cuando por amarillas retamas en flor. Un pueblo. Una cartuja rodeada de olivos y viñedos. Más colinas, más tierras de labor y, a lo lejos, la silueta azulada de la Sierra de Alcubierre.

De pronto, apareció el pueblo, ligeramente en alto y como dormido en medio de campos de trigo y pastos para las ovejas. Era un pueblo pequeño y pobre que, sin embargo, tenía más de ochocientos habitantes. Las casas, encaladas, eran de uno o dos pisos como máximo. Ya en la plaza, un muchacho se acercó a saludarle y se ofreció a llevarle la maleta. Era el hijo del sacristán. Su padre estaba enfermo y le había rogado que fuera a recibirle. Procuraría ayudarle en los oficios de Semana Santa, bastante complicados para un sacerdote recién ordenado.

La iglesia, en lo más alto del pueblo, era grande y esbelta. Tenía una torre cuadrada y, arriba, una galería circular de estilo mudéjar, tan frecuente en Aragón.

Josemaría entró, se arrodilló en la nave central, y rezó ante el Sagrario, encuadrado por un retablo renacentista presidido por una imagen de la Virgen que parecía una matrona aragonesa y mantenía firme y erguido al Niño Jesús en su brazo izquierdo. Alrededor, escenas de la vida de Cristo y de su Madre. A la derecha, un confesionario tosco y pequeño, en el que era preciso inclinarse para entrar.

A1 principio, pasaría horas y horas en ese confesionario, esperando a unos penitentes que, poco a poco, empezaron a llegar: primero una viejecita, luego dos, luego tres… Un hombre que, por fin, se decidió y arrastró a otros…

Un día, sin embargo, en el porche, al salir escuchó, sin ser visto por los conversantes, un comentario que le hirió profundamente, hecho por un joven que charlaba con otros animadamente: “¡Cuidado con el nuevo cura! Si me descuido, me sonsaca todo.”

Se había tomado muy en serio su tarea. Todos los días celebraba una misa cantada; por la tarde, dirigía el rezo del Rosario, exponía el Santísimo y daba la bendición con Jesús Sacramentado; los jueves, había una Hora Santa. Y luego estaba la catequesis…

Los habitantes del pueblo le tenían afecto y él los trataba con toda confianza, visitándoles en sus casas. En sólo dos meses había visitado por lo menos una vez a todas las familias.

Hablaba con los enfermos, para animarles y acercarles a los Sacramentos, y estaba a su disposición día y noche.

La familia que le había hospedado le había instalado en la mejor habitación de la casa, a la derecha del pasillo, en el piso bajo, muy cerca de la cocina; era una alcoba de techo bajo, sencillamente amueblada, con una cama de metal rematada por unas bolas de cobre que se ponían a tintinear, con los adornos de la cabecera y de los pies, en cuanto se encaramaba en aquel lecho. Porque tenía que trepar, ya que, para hacerle el lecho más blando y agradable, habían acumulado varios colchones, mantas, colchas y edredones…

Lo que aquellos buenos campesinos no sabían era que don Josemaría dormía en el santo suelo casi todas las noches…

Había procurado no humillarles nunca y comer lo que le ofreciesen. Creyendo que le gustaba, le hacían engullir guisos demasiado grasientos, que le perjudicaban. ¡Cómo había engordado en aquellos dos meses!

Tenían un chiquillo de pocos años que se pasaba el día entero en el campo, con las cabras.

Éste, inopinadamente, le había dado una lección provechosa para su vida interior cuando, un día, para hacerle comprender la felicidad del cielo, le había preguntado:

-Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?

-¿Qué es ser rico? -había dicho el chaval.

-Ser rico es tener mucho dinero, tener un banco…

-¿Y qué es un banco?

Don Josemaría había tratado de explicárselo de otra manera.

-Ser rico es tener muchas fincas y, en lugar de cabras, unas vacas muy grandes. Después, ir a reuniones, cambiarse de traje tres veces al día… ¿Qué harías si fueras rico?

Los ojos del chico se iluminaron de repente.

-Si yo fuera rico, ¡me comería cada plato de sopas con vino!

A eso podían reducirse las ambiciones humanas: a tan poca cosa…

Sí, había aprendido mucho durante el par de meses pasados en aquel pueblo: la conmovedora respuesta de las almas sencillas cuando se les ofrecen los tesoros de los sacramentos de Cristo, el silencioso ánimo que proporciona el Señor desde el Sagrario e incluso los ruines cotilleos de que había sido objeto -como supo más tarde-, quizá porque pasaba rezando el tiempo que otros hubiesen dedicado a jugar a las cartas o a charlar con las “fuerzas vivas” del pueblo: el alcalde, el boticario, el secretario del Ayuntamiento… Había sabido que, para ridiculizarlo, le llamaban “el místico”, lo cual le había hecho recordar lo que decían algunos en el Seminario de Zaragoza, haciéndole sufrir mucho por la irreverencia hacia la Virgen.

Con todo, nunca olvidaría Perdiguera, con sus calles polvorientas, su iglesia maciza y esos caminos por los que paseaba a veces, dando un rodeo por los campos antes de recogerse en aquella casa de muros encalados…

Retorno a Zaragoza

El 18 de mayo de 1925, reclamado por su obispo, había regresado a la sede de la diócesis.

Durante los dos años que siguieron, había vuelto a visitar varias veces los pueblos de los alrededores para ayudar a sus párrocos. Su principal labor pastoral, sin embargo, estaba en Zaragoza. Así pudo vivir en casa de su madre y, una vez realizadas las tareas que le habían sido encomendadas -entre ellas la de capellán de la iglesia de San Pedro Nolasco-, proseguir sus estudios de Derecho por las tardes. En San Pedro, celebraba la Santa Misa a diario y tanto en esa iglesia, como en la Universidad, encontró nuevas oportunidades de hacer apostolado.

Pasaba muchas horas en el confesionario de San Pedro Nolasco y era muy amplia su labor de catequesis. Además, los domingos solía acompañar a un grupo de jóvenes estudiantes que daban clases de catecismo a los niños de un arrabal situado al suroeste de Zaragoza, por el barrio de Casablanca.

A comienzos de 1926, antes de obtener el título de Licenciado en Derecho, ya ganaba algún dinero dando clases en una academia que acababa de abrir un joven oficial del ejército: el Instituto Amado. Allí se preparaban los aspirantes al ingreso en la Academia militar -recientemente establecida en Zaragoza-, y se impartían otras enseñanzas relacionadas con diversas Escuelas o Facultades.

Además de una intensa labor sacerdotal, el estudio y la lectura ocupaban el resto de su jornada, ya llena de por sí, en especial por la oración y la administración de los sacramentos.

Sin embargo, seguía buscando, con creciente ansiedad, la respuesta a aquella pregunta siempre abierta: Señor ¿qué quieres de mí?

Desde el fondo de su capilla, en la basílica del Pilar, la Santísima Virgen escuchaba, día tras día, su incesante petición: Domina, ut videam!

Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda… ? Ignem veni mittere in terram (Lc. XII, 49), repetía una y otra vez, con el corazón rebosante de amor a Jesucristo. Lo decía, lo repetía e incluso lo cantaba cuando estaba solo, con música que se había inventado.

La terminación de sus estudios de Derecho, en enero de 1927, le permitió proyectar seriamente el trasladarse a Madrid. Allí podría hacer el doctorado, lo cual, en aquellos tiempos, era imposible en la Universidad de Zaragoza.

Desde la muerte de su padre, las relaciones con su tío, el canónigo, y con otros parientes, eran muy tirantes. Marchar a la capital suponía, desde luego, sumergirse en un ambiente desconocido, pero también abrirse a más posibilidades de servir a las almas y, tal vez, de descubrir ese camino más concreto al que el Señor le llamaba.

No había tenido ninguna revelación extraordinaria, ninguna llamada especial que influyera en su decisión. El Señor se había servido de su Providencia ordinaria. Tras sopesar detenidamente los pros y los contras, se había informado y había expuesto a su madre sus proyectos. Ésta, ajena por completo a la verdadera naturaleza de los presentimientos que habían impulsado a su hijo a hacerse sacerdote, se preguntaba cuál sería su futuro… Así pues, fue a pasar el verano a Fonz, en casa del tío Teodoro, en espera de que llegara el momento de reunirse con Josemaría en Madrid.

El 17 de marzo de 1927, el arzobispo de Zaragoza, Mons. Rigoberto Doménech, le había autorizado, por escrito, para que se trasladara a la capital con objeto de terminar allí sus estudios de Derecho.

El mensaje de Dios

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

A partir del 2 de octubre de 1928, el Fundador del Opus Dei predica, con clarividencia y fuerza inconmovibles, la santidad de los laicos en medio del mundo, en el trabajo profesional, en la familia, en todas las encrucijadas de los hombres.

Esta espiritualidad se apoya sólidamente sobre la filiación divina, la identificación con Cristo y la seguridad protectora de la Providencia en los azares de la vida humana. Y de ella brota una consecuencia inmediata: la fraternidad universal en Aquel que es Hermano mayor de los hombres, Jesucristo.

La alegría inevitable de este descubrimiento, de este nuevo sentido que orienta las realidades del mundo, lleva al cristiano a un deseo de comunicación gozosa, de participación de sus propias convicciones. Por tanto, la llamada de Dios es esencialmente apostólica, proselitista. No como táctica ni como ambición de número, sino como entrega amistosa de una verdad que no puede reducirse a un solo corazón. Es la actitud de Pablo, de Pedro, de Juan…, de los primeros discípulos. La necesidad de compartir un hallazgo que entierra, para siempre, la oscuridad y la desesperanza.

El horizonte que Dios abre al Fundador del Opus Dei reconoce a las cosas de la tierra como aptas, válidas para la santidad. Toda circunstancia humana honrada recupera el valor intrínseco de su bondad natural, de su capacidad para hacerse camino, para ser elevadas al orden de la gracia, a la unión con Dios.

Monseñor Escrivá de Balaguer ha sido calificado como «pionero de la santidad de los laicos»(3). Al cabo de los siglos, volvía a recordar a la humanidad entera que el hombre había sido creado para que trabajara: “ ut operaretur” (4); “homo nascitur ad laborem et avis ad volatum”(5): nace el hombre para el trabajo y el ave para volar.

El Opus Dei viene a decir que la ocupación habitual, la vida ordinaria, son materia para la participación diaria, esforzada, en la Redención de Cristo. Y este trabajo es santo en la medida en que se configura como un acto de servicio a las almas y un encuentro de amor con Dios. «Santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo»(6) es el quicio sobre el que gira toda la espiritualidad del Opus Dei.

Monseñor Escrivá de Balaguer despoja al quehacer cotidiano de cualquier carga negativa, y recupera aquel valor que aparece en el Evangelio según San Juan:

«Y les dice Pedro: “Vado piscari”. Voy a pescar. Va a ejercer su trabajo profesional. Las cosas grandes pasan ahí. Es una cosa grande hacer cada día el trabajo ordinario. Esta es la raíz de nuestra ascética. Y los demás le responden: “Venimus et nos tecum“, vamos también nosotros contigo” (7)

Los llamados a realizar la plenitud del mundo en Cristo deben lograr del contacto con las situaciones diarias una conciencia íntima y profunda de la presencia de Dios que les desborda en cada encuentro. Así, «deifican» el mundo. Esto es elevar todo al orden de la gracia: situar de un modo permanente a Dios en el corazón, espacio y tiempo de las criaturas.

Así mirada, cualquier tarea resulta apasionante. Es el idéntico quehacer de cada día, evadido de la rutina por el amor que se agazapa tras los minutos, los cansancios y las limitaciones de todo lo contingente.

TEMA 39. La oración

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La oración es necesaria para la vida espiritual: es la respiración que permite que la vida del espíritu se desarrolle, y actualiza la fe en la presencia de Dios y de su amor.

1.  Qué es la oración

En castellano se cuenta con dos vocablos para designar la relación consciente y coloquial del hombre con Dios: plegaria y oración. La palabra “plegaria” proviene del verbo latino precor, que significa rogar, acudir a alguien solicitando un beneficio. El término “oración” proviene del substantivo latino oratio, que significa habla, discurso, lenguaje.

Las definiciones que se dan de la oración, suelen reflejar estas diferencias de matiz que acabamos de encontrar al aludir a la terminología. Por ejemplo, San Juan Damasceno, la considera como «la elevación del alma a Dios y la petición de bienes convenientes»; mientras que para San Juan Clímaco se trata más bien de una «conversación familiar y unión del hombre con Dios».

La oración es absolutamente necesaria para la vida espiritual. Es como la respiración que permite que la vida del espíritu se desarrolle. En la oración se actualiza la fe en la presencia de Dios y de su amor. Se fomenta la esperanza que lleva a orientar la vida hacia Él y a confiar en su providencia. Y se agranda el corazón al responder con el propio amor al Amor divino.

En la oración, el alma, conducida por el Espíritu Santo desde lo más hondo de sí misma (cfr. Catecismo, 2562), se une a Cristo, maestro, modelo y camino de toda oración cristiana (cfr. Catecismo, 2599 ss.), y con Cristo, por Cristo y en Cristo, se dirige a Dios Padre, participando de la riqueza del vivir trinitario (cfr. Catecismo, 2559-2564). De ahí la importancia que en la vida de oración tiene la Liturgia y, en su centro, la Eucaristía.

2. Contenidos de la oración

Los contenidos de la oración, como los de todo diálogo de amor, pueden ser múltiples y variados. Cabe, sin embargo, destacar algunos especialmente significativos:

Petición.

Es frecuente la referencia a la oración impetratoria a lo largo de toda la Sagrada Escritura; también en labios de Jesús, que no sólo acude a ella, sino que invita a pedir, encareciendo el valor y la importancia de una plegaria sencilla y confiada. La tradición cristiana ha reiterado esa invitación, poniéndola en práctica de muchas maneras: petición de perdón, petición por la propia salvación y por la de los demás, petición por la Iglesia y por el apostolado, petición por las más variadas necesidades, etc.

De hecho, la oración de petición forma parte de la experiencia religiosa universal. El reconocimiento, aunque en ocasiones difuso, de la realidad de Dios (o más genéricamente de un ser superior), provoca la tendencia a dirigirse a Él, solicitando su protección y su ayuda. Ciertamente la oración no se agota en la plegaria, pero la petición es manifestación decisiva de la oración en cuanto reconocimiento y expresión de la condición creada del ser humano y de su dependencia absoluta de un Dios cuyo amor la fe nos da conocer de manera plena (cfr. Catecismo, 2629.2635).

Acción de gracias.

El reconocimiento de los bienes recibidos y, a través de ellos, de la magnificencia y misericordia divinas, impulsa a dirigir el espíritu hacia Dios para proclamar y agradecerle sus beneficios. La actitud de acción de gracias llena desde el principio hasta el fin la Sagrada Escritura y la historia de la espiritualidad. Una y otra ponen de manifiesto que, cuando esa actitud arraiga en el alma, da lugar a un proceso que lleva a reconocer como don divino la totalidad de lo que acontece, no sólo aquellas realidades que la experiencia inmediata acredita como gratificantes, sino también de aquellas otras que pueden parecer negativas o adversas.

Consciente de que el acontecer está situado bajo el designio amoroso de Dios, el creyente sabe que todo redunda en bien de quienes –cada hombre– son objeto del amor divino (cfr. Rm 8, 28). «Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. —Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. —Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso… Dale gracias por todo, porque todo es bueno».

Adoración y alabanza.

Es parte esencial de la oración reconocer y proclamar la grandeza de Dios, la plenitud de su ser, la infinitud de su bondad y de su amor. A la alabanza se puede desembocar a partir de la consideración de la belleza y magnitud del universo, como acontece en múltiples textos bíblicos (cfr., por ejemplo, Sal 19; Si 42, 15-25; Dn 3, 32-90) y en numerosas oraciones de la tradición cristiana; o a partir de las obras grandes y maravillosas que Dios opera en la historia de la salvación, como ocurre en el Magnificat (Lc 1, 46-55) o en los grandes himnos paulinos (ver, por ejemplo, Ef 1, 3-14); o de hechos pequeños e incluso menudos en los que se manifiesta el amor de Dios.

En todo caso, lo que caracteriza a la alabanza es que en ella la mirada va derechamente a Dios mismo, tal y como es en sí, en su perfección ilimitada e infinita. «La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace sino por lo que Él es» (Catecismo, 2639). Está por eso íntimamente unida a la adoración, al reconocimiento, no sólo intelectual sino existencial, de la pequeñez de todo lo creado en comparación con el Creador y, en consecuencia, a la humildad, a la aceptación de la personal indignidad ante quien nos trasciende hasta el infinito; a la maravilla que causa el hecho de que ese Dios, al que los ángeles y el universo entero rinde pleitesía, se haya dignado no sólo a fijar su mirada en el hombre, sino habitar en el hombre; más aún, a encarnarse.

Adoración, alabanza, petición, acción de gracias resumen las disposiciones de fondo que informan la totalidad del diálogo entre el hombre y Dios. Sea cual sea el contenido concreto de la oración, quien reza lo hace siempre, de una forma u otra, explícita o implícitamente, adorando, alabando, suplicando, implorando o dando gracias a ese Dios al que reverencia, al que ama y en el que confía. Importa reiterar, a la vez, que los contenidos concretos de la oración podrán ser muy variados. En ocasiones se acudirá a la oración para considerar pasajes de la Escritura, para profundizar en alguna verdad cristiana, para revivir la vida Cristo, para sentir la cercanía de Santa María… En otras, iniciará a partir de la propia vida para hacer partícipe a Dios de las alegrías y los afanes, de las ilusiones y los problemas que el existir comporta; o para encontrar apoyo o consuelo; o para examinar ante Dios el propio comportamiento y llegar a propósitos y decisiones; o más sencillamente para comentar con quien sabemos que nos ama las incidencias de la jornada.

Encuentro entre el creyente y Dios en quien se apoya y por el que se sabe amado, la oración puede versar sobre la totalidad de las incidencias que conforman el existir, y sobre la totalidad de los sentimientos que puede experimentar el corazón. «Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”». Siguiendo una y otra vía, la oración será siempre un encuentro íntimo y filial entre el hombre y Dios, que fomentará el sentido de la cercanía divina y conducirá a vivir cada día de la existencia de cara a Dios.

3. Expresiones o formas de la oración

Atendiendo a los modos o formas de manifestarse la oración, los autores suelen ofrecer diversas distinciones: oración vocal y oración mental; oración pública y oración privada; oración predominantemente intelectual o reflexiva y oración afectiva; oración reglada y oración espontánea, etc. En otras ocasiones los autores intentan esbozar una gradación en la intensidad de la oración distinguiendo entre oración mental, oración afectiva, oración de quietud, contemplación, oración unitiva…

El Catecismo estructura su exposición distinguiendo entre: oración vocal, meditación y oración de contemplación. Las tres «tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento del corazón. Esta actitud vigilante para conservar la Palabra y permanecer en presencia de Dios hace de todas ellas tiempos fuertes de la vida de oración» (Catecismo, 2699). Un análisis del texto evidencia, por lo demás, que el Catecismo al emplear esa terminología no hace referencia a tres grados de la vida de oración, sino más bien a dos vías, la oración vocal y la meditación, presentándo ambas como aptas para conducir a esa cumbre en la vida de oración que es la contemplación. En nuestra exposición nos atendremos a este esquema.

Oración vocal

La expresión “oración vocal” apunta a una oración que se expresa vocalmente, es decir, mediante palabras articuladas o pronunciadas. Esta primera aproximación, aun siendo exacta, no va al fondo del asunto. Pues, de una parte, todo dialogar interior, aunque pueda ser calificado como exclusiva o predominantemente mental, hace referencia, en el ser humano, al lenguaje; y, en ocasiones, al lenguaje articulado en voz alta, también en la intimidad de la propia estancia. De otra, hay que afirmar que la oración vocal no es asunto sólo de palabras sino sobre todo de pensamiento y de corazón. De ahí que sea más exacto sostener que la oración vocal es la que se hace utilizando fórmulas preestablecidas tanto largas como breves (jaculatorias), bien tomadas de la Sagrada Escritura (el Padrenuestro, el Avemaria…), bien recibidas de la tradición espiritual (el Señor mío Jesucristo, el Veni Sancte Spiritus, la Salve, el Acordaos…).

Todo ello, como resulta obvio, con la condición de que las expresiones o formulas recitadas vocalmente sean verdadera oración, es decir, que cumplan con el requisito de que quien las recita lo haga no sólo con la boca sino con la mente y el corazón. Si esa devoción faltara, si no hubiera conciencia de quién es Aquél al que la oración se dirige, de qué es lo que en la oración se dice y de quién es aquél la dice, entonces, como afirma con expresión gráfica Santa Teresa de Jesús, no se puede hablar propiamente de oración «aunque mucho se meneen los labios».

La oración vocal juega un papel decisivo en la pedagogía de la plegaría, sobre todo en el inicio del trato con Dios. De hecho, mediante el aprendizaje de la señal de la Cruz y de oraciones vocales el niño, y con frecuencia también el adulto, se introduce en la vivencia concreta de la fe y, por tanto, de la vida de oración. No obstante, el papel y la importancia de la oración vocal no está limitada a los comienzos del diálogo con Dios, sino que está llamada a acompañar la vida espiritual durante todo su desarrollo.

La meditación

Meditar significa aplicar el pensamiento a la consideración de una realidad o de una idea con el deseo de conocerla y comprenderla con mayor hondura y perfección. En un cristiano la meditación –a la que con frecuencia se designa también oración mental– implica orientar el pensamiento hacia Dios tal y como se ha revelado a lo largo de la historia de Israel y definitiva y plenamente en Cristo. Y, desde Dios, dirigir la mirada a la propia existencia para valorarla y acomodarla al misterio de vida, comunión y amor que Dios ha dado a conocer.

La meditación puede desarrollarse de forma espontánea, con ocasión de los momentos de silencio que acompañan o siguen a las celebraciones litúrgicas o a raíz de la lectura de algún texto bíblico o de un pasaje autor espiritual. En otros momentos puede concretarse mediante la dedicación de tiempos específicamente destinados a ello. En todo caso, es obvio que –especialmente en los principios, pero no sólo entonces– implica esfuerzo, deseo de profundizar en el conocimiento de Dios y de su voluntad, y en el empeño personal efectivo con vistas a la mejora de la vida cristiana. En ese sentido, puede afirmarse que «la meditación es, sobre todo, una búsqueda» (Catecismo, 2705); si bien conviene añadir que se trata no de la búsqueda de algo, sino de Alguien. A lo que tiende la meditación cristiana no es sólo, ni primariamente, a comprender algo (en última instancia, a entender el modo de proceder y de manifestarse de Dios), sino a encontrarse con Él y, encontrándolo, identificarse con su voluntad y unirse a Él.

La oración contemplativa

El desarrollo de la experiencia cristiana, y, en ella y con ella, el de la oración, conducen a una comunicación entre el creyente y Dios cada vez más continuada, más personal y más íntima. En ese horizonte se sitúa la oración a la que el Catecismo califica de contemplativa, que es fruto de un crecimiento en la vivencia teologal del que fluye un vivo sentido de la cercanía amorosa de Dios; en consecuencia, el trato con Él se hace cada vez más directo, familiar y confiado, e incluso, más allá de las palabras y del pensamiento reflejo, se llega a vivir de hecho en íntima comunión con Él.

«¿Qué es esta oración?», se interroga el Catecismo al comienzo del apartado dedicado a la oración contemplativa, para contestar enseguida afirmando, con palabras tomadas de Santa Teresa de Jesús, que no es otra cosa «sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama». La expresión oración contemplativa, tal y como la emplean el Catecismo y otros muchos escritos anteriores y posteriores, remite pues a lo que cabe calificar como el ápice de la contemplación; es decir, el momento en el que, por acción de la gracia, el espíritu es conducido hasta el umbral de lo divino trascendiendo toda otra realidad. Pero también, y más ampliamente, a un crecimiento vivo y sentido de la presencia de Dios y del deseo de una profunda comunión con Él. Y ello sea en los tiempos dedicados especialmente a la oración, sea en el conjunto del existir. La oración está, en suma, llamada a envolver a la entera persona humana –inteligencia, voluntad y sentimientos–, llegando al centro del corazón para cambiar sus disposiciones, a informar toda la vida del cristiano, haciendo de él otro Cristo (cfr. Ga 2,20).

4.  Condiciones y características de la oración

La oración, como todo acto plenamente personal, requiere atención e intención, conciencia de la presencia de Dios y diálogo efectivo y sincero con Él. Condición para que todo eso sea posible es el recogimiento. La voz recogimiento significa la acción por la que la voluntad, en virtud de la capacidad de dominio sobre el conjunto de las fuerzas que integran la naturaleza humana, procura moderar la tendencia a la dispersión, promoviendo de esa forma el sosiego y la serenidad interiores. Esta actitud es esencial en los momentos dedicados especialmente a la oración, cortando con otras tareas y procurando evitar las distracciones. Pero no ha de quedar limitada a esos tiempos: sino que debe extenderse, hasta llegar al recogimiento habitual, que se identifica con una fe y un amor que, llenando el corazón, llevan a procurar vivir la totalidad de las acciones en referencia a Dios, ya sea expresa o implícitamente.

Otra de las condiciones de la oración es la confianza. Sin una confianza plena en Dios y en su amor, no habrá oración, al menos oración sincera y capaz de superar las pruebas y dificultades. No se trata sólo de la confianza en que una determinada petición sea atendida, sino de la seguridad que se tiene en quien sabemos que nos ama y nos comprende, y ante quien se puede por tanto abrir sin reservas el propio corazón (cfr. Catecismo, 2734-2741).

En ocasiones la oración es diálogo que brota fácilmente, incluso acompañado de gozo y consuelo, desde lo hondo del alma; pero en otros momentos –tal vez con más frecuencia– puede reclamar decisión y empeño. Puede entonces insinuarse el desaliento que lleva a pensar que el tiempo dedicado al trato con Dios carece sentido (cfr. Catecismo, n. 2728). En estos momentos, se pone de manifiesto la importancia de otra de las cualidades de la oración: la perseverancia. La razón de ser de la oración no es la obtención de beneficios, ni la busca de satisfacciones, complacencias o consuelos, sino la comunión con Dios; de ahí la necesidad y el valor de la perseverancia en la oración, que es siempre, con aliento y gozo o sin ellos, un encuentro vivo con Dios (cfr. Catecismo, 2742-2745, 2746-2751).

Rasgo específico, y fundamental, de la oración cristiana es su carácter trinitario. Fruto de la acción del Espíritu Santo que, infundiendo y estimulando la fe, la esperanza y el amor, lleva a crecer en la presencia de Dios, hasta saberse a la vez en la tierra, en la que se vive y trabaja, y en el cielo, presente por la gracia en el propio corazón. El cristiano que vive de fe se sabe invitado a tratar a los ángeles y a los santos, a Santa María y, de modo especial, a Cristo, Hijo de Dios encarnado, en cuya humanidad percibe la divinidad de su persona. Y, siguiendo ese camino, a reconocer la realidad de Dios Padre y de su infinito amor, y a entrar cada vez con más hondura en un trato confiado con Él.

La oración cristiana es por eso y de modo eminente una oración filial. La oración de un hijo que, en todo momento –en la alegría y en el dolor, en el trabajo y en el descanso– se dirige con sencillez y sinceridad a su Padre para colocar en sus manos los afanes y sentimientos que experimenta en el propio corazón, con la seguridad de encontrar en Él comprensión y acogida. Más aún, un amor en el que todo encuentra sentido.

José Luis Illanes


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