Zaragoza

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Durante los años pasados en Zaragoza, el Señor le había seguido llevando de la mano, y se la había apretado un poco más.

Ahora se da cuenta de que los sufrimientos que habían jalonado esa etapa de su vida, así como los consuelos que había experimentado -”una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzos”-, habían ido reforzando en él la persistente llamada, todavía imprecisa, que había sentido en su adolescencia. Fueron muchos meses de maduración interior, de oración intensa, de penitencia cada vez más recia, de aceptación por adelantado de aquello -indescifrable todavía- para lo que le estaba preparando la Providencia.

En cuanto pudo, fue a depositar su perplejidad a los pies de la Virgen del Pilar, tan querida en su tierra. Domine, ut sit!, venía repitiendo con frecuencia desde hacía tiempo, pidiendo a Dios que le iluminara: Señor, que sea eso que Tú quieres… También dirigía la oración a María Santísima: Domina, ut sit! Ahora, ante la pequeña imagen de la Virgen, colocada sobre una columna de mármol semejante a aquella en que, según la tradición, se había aparecida en carne mortal al Apóstol Santiago, la jaculatoria adquiría una especial fuerza: ¡Señora, que sea! Cuatro años después de ingresar en el Seminario de Zaragoza, el día de la Virgen de la Merced, grabaría esas mismas palabras en latín -un latín que calificaba de baja latinidad- debajo de la peana de una imagen en escayola de la Virgen del Pilar: Domina, ut sit!.

Una difícil adaptación

Sin que él lo pretendiera, sus maneras educadas contrastaban con la rudeza de algunos de sus compañeros, quienes, en su mayor parte, procedían de medios rurales. Pasaba horas y horas en una tribuna que dominaba el inmenso retablo barroco de la capilla, mientras los demás dormían o hacían deporte. Sus bromas le habían hecho sufrir mucho, sobre todo el apodo ridículo -”rosa mística”- que repetían a sus espaldas.

A pesar de todo, había procurado siempre poner de relieve, en sus condiscípulos del Seminario, sus virtudes y su generosidad. Además, hizo buenos amigos.

Tales dificultades le habían ayudado mucho a madurar. Su profesor de Derecho Canónico, don Elías Ger Puyuelo, se lo había hecho comprender con delicadeza. Le había contado cómo un molinero, fracasados los esfuerzos para traer de Alemania las desgastadas piedras de un molino de canela, las había sustituido, aconsejado de un amigo, por piedrecillas redondas, recogidas en un riachuelo, y habían perdido su aspereza a fuerza de chocar entre ellas. “¿Me comprende usted, Escrivá?” -le había dicho don Elías.

Josemaría había comprendido, en efecto, esta lección de sentido común: el choque de los caracteres elimina esas asperezas que harían la convivencia insoportable en toda colectividad.

Por otra parte, era la primera vez que vivía fuera de su casa, interno en el Seminario. Usaba la sotana y el manteo negro sin mangas, sobre el que se colocaba la beca de fieltro rojo, sujeta con el escudo de metal de San Francisco de Paula: un sol y la palabra charitas.

Seguía la disciplina a rajatabla: media hora de meditación por la mañana, la Misa y luego el desayuno. Clases en la Universidad Pontificia, recreo, comida, estudio, rosario, cena y, antes de acostarse, algunas oraciones y una breve charla para fijar los puntos de la meditación del día siguiente.

En la tercera planta del San Carlos estaba el Seminario propiamente dicho, llamado de San Francisco de Paula en recuerdo de su fundador, el Cardenal Benavides, de quien había sido el santo patrón. El resto del edificio estaba destinado a Residencia sacerdotal.

Según una placa instalada en el claustro, San Vicente de Paúl había residido allí cuando estuvo estudiando en Zaragoza, pero algunos pensaban que no era cierto.

Como en todos los edificios grandes y antiguos, los corredores eran vastos y fríos, las habitaciones destartaladas.

Domingos, jueves y días festivos, los seminaristas salían de paseo por los alrededores de la ciudad. Era, con los recreos, su única distracción.

Josemaría se esforzaba en adaptarse a este nuevo género de vida, aunque le resultaba muy duro. Sin embargo, procuraba sacar provecho de ello para profundizar en su vida interior y aumentar su cultura religiosa. Por entonces volvió a leer, con más aprovechamiento, a los místicos castellanos, en especial a Santa Teresa de Jesús, cuyas obras ya conocía. También se había acostumbrado a leer todos los días algunos capítulos del Nuevo Testamento, tratando de revivir, como si estuviera presente, las escenas del Evangelio, y de grabar en su corazón y en su memoria los versículos correspondientes. También había ido asimilando mejor la liturgia y adquiriendo una mayor facilidad en la oración.

Se aplicó con diligencia a los estudios. El plan, aunque tenía un nivel más alto, se parecía al del Seminario de Logroño. Fue superando con brillantez, uno tras otro, los exámenes correspondientes en la Universidad Pontificia.

¡Cuántas veces había ofrecido ese esfuerzo a Dios, al tiempo que le pedía que le aclarase lo que entonces era tan misterioso y ahora le resultaba evidente!

Sacerdote… ¿por qué?

Señor -repetía incansablemente-, ¿por qué me hago sacerdote? Y también: El Señor quiere algo. ¿Qué es?.

Su oración desembocaba siempre en las mismas interpelaciones familiares, insistentes: Domine, ut sit! Domina, ut sit!. Señor, que esa voluntad se realice. ¡Señor, que eso sea! ¡Madre mía, que eso sea!

Solía entablar largas conversaciones, paseando por los claustros del Seminario, con algunos de sus compañeros que, durante el recreo, no jugaban a la pelota, como hacían otros, en una nave de la cuarta planta.

Se reunían unos cuantos y comentaban los sucesos de actualidad o los pequeños incidentes de la vida diaria. Josemaría les hacía reír cuando les leía los epigramas que pergeñaba (unas veces en latín y otras en español, remedando las sátiras de algún escritor griego de la antigüedad o del Siglo de Oro español), los cuales iba pasando luego a un cuaderno. Esta facilidad para versificar hizo que le encargaran, muy a pesar suyo, que compusiera y leyera en público una poesía en homenaje al obispo auxiliar de Zaragoza, Presidente del Seminario. Salió de apuros con una composición que había titulado Obedientia tutior: “Obedecer es lo más seguro.” Tal era el lema del obispo…

En las vacaciones de verano, volvió a Logroño, con gran alegría de toda la familia. Llegó acompañado de un amigo y compañero de estudios que, en correspondencia, le invitó a pasar unos días con él durante los veranos de 1921 y 1922. Se trataba de un sobrino del vicepresidente del Seminario de Zaragoza, don Antonio Moreno. Josemaría lo pasó muy bien aquel verano, disfrutando del ambiente de paz que reinaba en su familia; todos se esforzaban, con delicadeza, en respetar su condición de seminarista.

Sin que él se hubiese dado cuenta, el Cardenal Soldevila, arzobispo de Zaragoza, se había fijado en él. En las visitas que hacía al Seminario, solía preguntarle sobre la marcha de sus estudios y sobre su familia.

Tanto el Cardenal Soldevila como el Rector del Seminario de San Francisco de Paula conocían bien las cualidades de aquel seminarista, por lo que, al regresar de las vacaciones de verano de 1922, dos años después de su ingreso en San Carlos, se encontró con que había sido nombrado Superior.

Para ser Superior, era preciso haber recibido la tonsura. Se la confirió el Cardenal Soldevila en persona, el 28 de septiembre, en una capilla del Palacio episcopal. A partir de ese momento, empezó a usar la sotana con manteo y sombrero de teja. Muchas veces, al vestirse, besaba aquella sotana, como una manifestación de su amor al sacerdocio, hacia el que se encaminaba.

En el mes de diciembre había recibido cuatro órdenes menores: el 17, las de lector y ostiario; el 21, las de exorcista y acólito.

En los años que ejerció el cargo de inspector -desde 1922 hasta la terminación de sus estudios en el Seminario- se había esforzado siempre para que la disciplina no resultase demasiado pesada a quienes debía vigilar. Creía haberlo conseguido. Los más jóvenes solían ser bastante revoltosos, pero bastaba una sonrisa de suave reproche, una palabra de aliento o una breve advertencia para que entrasen en razón. En el comedor, en cuanto encontraba una buena disculpa, dispensaba del silencio, lo que hacía que los seminaristas estallasen de júbilo.

Josemaría gozaba de mayor libertad que sus compañeros para entrar y salir del Seminario, lo que le permitía visitar todos los días a la Virgen en la Basílica del Pilar, aunque volvía enseguida para reanudar los estudios o la lectura.

Al comenzar el curso 1922-1923, puso por obra su proyecto inicial de estudiar la carrera de Derecho. Así pues, tras pedir autorización a sus superiores, se matriculó en la Universidad como alumno libre. No podía asistir con regularidad a las clases, que tenía que hacer compatibles con el horario del Seminario y con sus responsabilidades como Inspector. Como no quería simultanear los estudios, se examinaba en junio en la Universidad Pontificia, y, en septiembre, se presentaba a los exámenes de Derecho. Aquel verano de 1923 estudió mucho, en Logroño, donde un amigo de su padre, Registrador de la Propiedad, le dio clases particulares al tiempo que a su hijo. Así, en septiembre, pudo pasar los exámenes sin dificultad.

Dolorosos acontecimientos

A finales del curso escolar 1922-1923, un trágico acontecimiento conmovió a Zaragoza y a España entera: en las primeras horas de la tarde del 4 de junio, el Cardenal Soldevila caía asesinado cuando se disponía a descender de su automóvil para visitar una escuela que él mismo había fundado en Zaragoza. Poco después se supo que los autores del atentado pertenecían a un grupo anarquista.

Cinco días más tarde, en la basílica del Pilar, Josemaría había asistido, con los demás seminaristas, a los solemnes funerales, celebrados en presencia de varios Cardenales y obispos españoles y de representantes del Nuncio, del Parlamento, del Gobierno y de las autoridades locales. Apenado, había rezado intensamente, todavía conmovido por la trágica desaparición de alguien a quien admiraba y que siempre le había dado muestras de afecto.

A lo largo del curso universitario 1923-1924, pudo asistir a la Facultad de Derecho con más asiduidad. Eso, unido a las clases particulares recibidas durante el verano, le permitió avanzar considerablemente en sus estudios civiles.

El 14 de junio de 1924 recibió el subdiaconado. En la Universidad, su sotana llamaba la atención entre los estudiantes. A1 principio, le manifestaban su respeto guardando excesivamente las distancias. No obstante, hizo allí nuevos amigos, a los que procuró acercar a Dios, pues, aunque educados todos en la religión católica, eran con frecuencia tibios y descuidaban sus prácticas de piedad o las hacían rutinariamente. Conversaba con ellos y las charlas se prolongaban a menudo por las calles de Zaragoza, e incluso en el Seminario de San Carlos, ya que daba clases de latín a algunos de sus amigos, que necesitaban conocer esta lengua para la asignatura de Derecho Canónico.

Un día se había peleado con otro seminarista, llegando a las manos. Los castigaron a los dos, pero en su caso el castigo había sido más injusto, pues el otro le había insultado groseramente en público y le había pegado antes. Josemaría había ofrecido al Señor esa humillación, que aceptó como un medio más de purificación capaz de hacerle ver más pronto Su voluntad.

En 1924, una nueva desgracia se abatió sobre la familia, hiriéndole en lo más vivo.

Durante el verano, había tenido la alegría de pasar algún tiempo con sus padres y sus hermanos, Carmen y Santiago. Le había sorprendido ver a su padre prematuramente envejecido, pero eso no impidió que hiciesen planes para reunirse en diciembre, cuando fuese ordenado diácono.

El 27 de noviembre llegó al Seminario un telegrama en el que se le instaba a ir a Logroño cuanto antes: su padre estaba gravemente enfermo.

Un empleado de la tienda, que le esperaba en la estación, le explicó que su padre se había sentido mal aquella misma mañana. Momentos antes, había estado orando ante una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa, como todos los días; luego, había jugado un poco con Santiaguito…

Ya cerca de su casa, aquel empleado de su padre le había dicho toda la verdad: don José había muerto aquella misma mañana.

Josemaría subió sin decir una palabra hasta el segundo piso, entró en su casa, abrazó a su madre y a su hermana y se arrodilló ante el cuerpo de su padre.

Pasó unos días con los suyos y luego regresó a Zaragoza, esforzándose en descifrar el sentido de esta nueva prueba, que venía a unirse a las que la familia había sufrido a lo largo de los años.

La ceremonia en la que había recibido el diaconado, en la iglesia barroca de San Carlos, no pudo ser tan alegre como él había soñado. Pasó aquel 20 de diciembre solo, ofreciendo a Dios su pena por verse separado de su madre y sus hermanos, que seguían en Logroño. No pudo conseguir que fueran a instalarse en Zaragoza hasta comienzos de 1925, en un pasito de la calle de Urrea, bastante cerca del Seminario de San Carlos.

Ordenado sacerdote

Llegaron, por fin, los preparativos de ese gran día en el que sería ordenado sacerdote para la eternidad.

El 18 de marzo inició unos ejercicios espirituales previos a la ordenación en los que, con los demás ordenandos, meditó sobre la dignidad del sacerdocio y lo que eso significaba.

La ceremonia tuvo lugar el 28 de marzo de 1925, sábado, en la iglesia del Seminario de San Carlos. Después de haberse prosternado ante el altar, los diez ordenandos, con alba blanca cruzada por la estola, se habían acercado al obispo, uno a uno, para que les impusiera las manos, materia del Sacramento del Orden. Luego, el oficiante había implorado el auxilio divino y recitado la larga oración consagratoria, había ungido las manos de los nuevos sacerdotes, y les había hecho entrega de la patena y el cáliz, momento a partir del cual ya podían concelebrar con el oficiante.

Por primera vez, con emoción profundísima, Josemaría había hecho descender a Cristo al altar pronunciando las palabras de la Consagración: Hoc est enim Corpus meum… Hic est enim calix Sanguinas mea: Esto es mi Cuerpo, éste es el Cáliz de mi Sangre. En el nombre de Cristo, en la persona de Cristo, acababa de llevar a cabo el Sacrificio del altar, del que vive la Iglesia entera.

Dos días más tarde, el lunes 30 de marzo, celebró su primera Misa solemne en la Capilla de la Virgen de la Basílica del Pilar. A causa del luto reciente, sólo habían asistido la familia y algunos amigos íntimos. Su tío, don Carlos Albás, arcediano de la catedral, había brillado por su ausencia. Tampoco se había dignado asistir al funeral de su cuñado, en Logroño, y cuando su hermana, doña Dolores, se había instalado en Zaragoza, con sus hijos, por deseo de Josemaría, les había reprochado que no le hubiesen pedido consejo…

Otra contrariedad le había hecho sentir ese grano de acíbar que amargaba un tanto sus mayores alegrías: como todo nuevo sacerdote, había soñado con dar la comunión a su madre antes que a nadie. Mas, he aquí que, en el momento en que se aproximaba, con la Sagrada Forma en la mano, una mujer se le adelantó y no tuvo más remedio que comenzar por ella”.

Ya sacerdote, estaba a disposición de su obispo, para desempeñar el cargo pastoral que éste quisiera confiarle. Dada su situación familiar -su madre y sus hermanos habían quedado a su cargo-, lo más normal habría sido que le hubiesen adscrito a una parroquia de la ciudad, pues así habría podido subvenir a sus necesidades, dando clases en sus horas libres. Sin embargo, a los tres días de su ordenación, sus superiores le pidieron que se trasladara a Perdiguera, un pueblecito situado a veinticuatro kilómetros al nordeste de Zaragoza, con objeto de reemplazar al párroco, que estaba enfermo.

Obedeció con prontitud, pero era evidente que había algo raro en esta medida, que tanto le perjudicaba…

Las experiencias de un cura rural

El Martes de Pasión, por la mañana, Josemaría había partido hacia Perdiguera, dispuesto a aprovechar esta primera ocasión de servir al Señor en su nuevo ministerio.

Poco a poco, las torres y las cúpulas del Pilar se habían ido difuminando tras él. El camino escalaba o contorneaba las colinas grises, salpicadas de vez en cuando por amarillas retamas en flor. Un pueblo. Una cartuja rodeada de olivos y viñedos. Más colinas, más tierras de labor y, a lo lejos, la silueta azulada de la Sierra de Alcubierre.

De pronto, apareció el pueblo, ligeramente en alto y como dormido en medio de campos de trigo y pastos para las ovejas. Era un pueblo pequeño y pobre que, sin embargo, tenía más de ochocientos habitantes. Las casas, encaladas, eran de uno o dos pisos como máximo. Ya en la plaza, un muchacho se acercó a saludarle y se ofreció a llevarle la maleta. Era el hijo del sacristán. Su padre estaba enfermo y le había rogado que fuera a recibirle. Procuraría ayudarle en los oficios de Semana Santa, bastante complicados para un sacerdote recién ordenado.

La iglesia, en lo más alto del pueblo, era grande y esbelta. Tenía una torre cuadrada y, arriba, una galería circular de estilo mudéjar, tan frecuente en Aragón.

Josemaría entró, se arrodilló en la nave central, y rezó ante el Sagrario, encuadrado por un retablo renacentista presidido por una imagen de la Virgen que parecía una matrona aragonesa y mantenía firme y erguido al Niño Jesús en su brazo izquierdo. Alrededor, escenas de la vida de Cristo y de su Madre. A la derecha, un confesionario tosco y pequeño, en el que era preciso inclinarse para entrar.

A1 principio, pasaría horas y horas en ese confesionario, esperando a unos penitentes que, poco a poco, empezaron a llegar: primero una viejecita, luego dos, luego tres… Un hombre que, por fin, se decidió y arrastró a otros…

Un día, sin embargo, en el porche, al salir escuchó, sin ser visto por los conversantes, un comentario que le hirió profundamente, hecho por un joven que charlaba con otros animadamente: “¡Cuidado con el nuevo cura! Si me descuido, me sonsaca todo.”

Se había tomado muy en serio su tarea. Todos los días celebraba una misa cantada; por la tarde, dirigía el rezo del Rosario, exponía el Santísimo y daba la bendición con Jesús Sacramentado; los jueves, había una Hora Santa. Y luego estaba la catequesis…

Los habitantes del pueblo le tenían afecto y él los trataba con toda confianza, visitándoles en sus casas. En sólo dos meses había visitado por lo menos una vez a todas las familias.

Hablaba con los enfermos, para animarles y acercarles a los Sacramentos, y estaba a su disposición día y noche.

La familia que le había hospedado le había instalado en la mejor habitación de la casa, a la derecha del pasillo, en el piso bajo, muy cerca de la cocina; era una alcoba de techo bajo, sencillamente amueblada, con una cama de metal rematada por unas bolas de cobre que se ponían a tintinear, con los adornos de la cabecera y de los pies, en cuanto se encaramaba en aquel lecho. Porque tenía que trepar, ya que, para hacerle el lecho más blando y agradable, habían acumulado varios colchones, mantas, colchas y edredones…

Lo que aquellos buenos campesinos no sabían era que don Josemaría dormía en el santo suelo casi todas las noches…

Había procurado no humillarles nunca y comer lo que le ofreciesen. Creyendo que le gustaba, le hacían engullir guisos demasiado grasientos, que le perjudicaban. ¡Cómo había engordado en aquellos dos meses!

Tenían un chiquillo de pocos años que se pasaba el día entero en el campo, con las cabras.

Éste, inopinadamente, le había dado una lección provechosa para su vida interior cuando, un día, para hacerle comprender la felicidad del cielo, le había preguntado:

-Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?

-¿Qué es ser rico? -había dicho el chaval.

-Ser rico es tener mucho dinero, tener un banco…

-¿Y qué es un banco?

Don Josemaría había tratado de explicárselo de otra manera.

-Ser rico es tener muchas fincas y, en lugar de cabras, unas vacas muy grandes. Después, ir a reuniones, cambiarse de traje tres veces al día… ¿Qué harías si fueras rico?

Los ojos del chico se iluminaron de repente.

-Si yo fuera rico, ¡me comería cada plato de sopas con vino!

A eso podían reducirse las ambiciones humanas: a tan poca cosa…

Sí, había aprendido mucho durante el par de meses pasados en aquel pueblo: la conmovedora respuesta de las almas sencillas cuando se les ofrecen los tesoros de los sacramentos de Cristo, el silencioso ánimo que proporciona el Señor desde el Sagrario e incluso los ruines cotilleos de que había sido objeto -como supo más tarde-, quizá porque pasaba rezando el tiempo que otros hubiesen dedicado a jugar a las cartas o a charlar con las “fuerzas vivas” del pueblo: el alcalde, el boticario, el secretario del Ayuntamiento… Había sabido que, para ridiculizarlo, le llamaban “el místico”, lo cual le había hecho recordar lo que decían algunos en el Seminario de Zaragoza, haciéndole sufrir mucho por la irreverencia hacia la Virgen.

Con todo, nunca olvidaría Perdiguera, con sus calles polvorientas, su iglesia maciza y esos caminos por los que paseaba a veces, dando un rodeo por los campos antes de recogerse en aquella casa de muros encalados…

Retorno a Zaragoza

El 18 de mayo de 1925, reclamado por su obispo, había regresado a la sede de la diócesis.

Durante los dos años que siguieron, había vuelto a visitar varias veces los pueblos de los alrededores para ayudar a sus párrocos. Su principal labor pastoral, sin embargo, estaba en Zaragoza. Así pudo vivir en casa de su madre y, una vez realizadas las tareas que le habían sido encomendadas -entre ellas la de capellán de la iglesia de San Pedro Nolasco-, proseguir sus estudios de Derecho por las tardes. En San Pedro, celebraba la Santa Misa a diario y tanto en esa iglesia, como en la Universidad, encontró nuevas oportunidades de hacer apostolado.

Pasaba muchas horas en el confesionario de San Pedro Nolasco y era muy amplia su labor de catequesis. Además, los domingos solía acompañar a un grupo de jóvenes estudiantes que daban clases de catecismo a los niños de un arrabal situado al suroeste de Zaragoza, por el barrio de Casablanca.

A comienzos de 1926, antes de obtener el título de Licenciado en Derecho, ya ganaba algún dinero dando clases en una academia que acababa de abrir un joven oficial del ejército: el Instituto Amado. Allí se preparaban los aspirantes al ingreso en la Academia militar -recientemente establecida en Zaragoza-, y se impartían otras enseñanzas relacionadas con diversas Escuelas o Facultades.

Además de una intensa labor sacerdotal, el estudio y la lectura ocupaban el resto de su jornada, ya llena de por sí, en especial por la oración y la administración de los sacramentos.

Sin embargo, seguía buscando, con creciente ansiedad, la respuesta a aquella pregunta siempre abierta: Señor ¿qué quieres de mí?

Desde el fondo de su capilla, en la basílica del Pilar, la Santísima Virgen escuchaba, día tras día, su incesante petición: Domina, ut videam!

Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda… ? Ignem veni mittere in terram (Lc. XII, 49), repetía una y otra vez, con el corazón rebosante de amor a Jesucristo. Lo decía, lo repetía e incluso lo cantaba cuando estaba solo, con música que se había inventado.

La terminación de sus estudios de Derecho, en enero de 1927, le permitió proyectar seriamente el trasladarse a Madrid. Allí podría hacer el doctorado, lo cual, en aquellos tiempos, era imposible en la Universidad de Zaragoza.

Desde la muerte de su padre, las relaciones con su tío, el canónigo, y con otros parientes, eran muy tirantes. Marchar a la capital suponía, desde luego, sumergirse en un ambiente desconocido, pero también abrirse a más posibilidades de servir a las almas y, tal vez, de descubrir ese camino más concreto al que el Señor le llamaba.

No había tenido ninguna revelación extraordinaria, ninguna llamada especial que influyera en su decisión. El Señor se había servido de su Providencia ordinaria. Tras sopesar detenidamente los pros y los contras, se había informado y había expuesto a su madre sus proyectos. Ésta, ajena por completo a la verdadera naturaleza de los presentimientos que habían impulsado a su hijo a hacerse sacerdote, se preguntaba cuál sería su futuro… Así pues, fue a pasar el verano a Fonz, en casa del tío Teodoro, en espera de que llegara el momento de reunirse con Josemaría en Madrid.

El 17 de marzo de 1927, el arzobispo de Zaragoza, Mons. Rigoberto Doménech, le había autorizado, por escrito, para que se trasladara a la capital con objeto de terminar allí sus estudios de Derecho.

Josemaría Escrivá

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

“Pocas semanas antes de su muerte, tratando de dar el justo enfoque a su existencia –escribe Vázquez de Prada, su biógrafo- manifestaba un hondo sentido de la Providencia divina al decir: El Señor me ha hecho ver cómo me ha llevado de la mano”

Nació Josemaría en un hogar cristiano, un hogar como muchos de nuestro país, según confesaba años después, hijo de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe.

En Barbastro, la Calle Mayor, frente a la casa de los Argensola, con balcones a la plaza del Mercado, nació y jugó de niño Josemaría. Sus padres, un comerciante conocido por su caballerosidad, don José Escrivá, respetado y muy conocido, y doña Dolores Albás, una mujer de su casa. Constituían lo que se llama una familia “buena y desahogada”, muy estimada. Seis hijos tuvo el matrimonio, cuatro niñas, de las que tres murieron con nueve meses, cinco años y ocho años de edad, marcando el carácter de Josemaría. Se salvó Carmen que, parecida a él, le acompañaría toda su vida. Chon, la que murió con ocho años, sería la compañera de juegos de Josemaría. También él estuvo a punto de morir. Angustiada, in extremis, su madre prometió a la Virgen subir a su ermita de Torreciudad si lo sanaba. Y lo curó. A los pocos días, en brazos de su madre, haría Josemaría su primera peregrinación a aquel agreste recinto. “¡Señora y Madre mía –escribiría años después- tu me diste la gracia de la vocación, me salvaste la vida, siendo niño; me has oído muchas veces!…”

Siempre recordaría “los blancos días de su niñez”. Su casa, sus hermanas, sus padres, su ciudad. Su padre, elegante y severo, del que tanto aprendió. Las misas del domingo en la Catedral. El colegio. La primera comunión. El bachillerato. Los veranos en Fonz, a la otra margen del Cinca, en la casa de su abuela Constancia, la madre de su padre. ¡Los dulces años de su infancia!

Cambió de rumbo su vida cuando el negocio de su padre dio en quiebra, y, 1914, se ven obligados a dejar Barbastro y trasladarse a Logroño, donde don José entra a trabajar en el comercio, “La Gran Ciudad de Londres”. La aceptación cristiana de aquella ruina por su padre dejará huella en el alma de Josemaría. “Tengo un orgullo santo: amo a mi padre con toda mi alma, y creo que tiene un cielo muy alto porque supo llevar toda la humillación que supone quedarse en la calle, de una manera tan digna, tan maravillosa, tan cristiana”, dirá un día.

Pero los caminos del Señor no son nuestros caminos y, hasta pasado el tiempo, desconocemos su sentido. En el caso de Josemaría, como en el de tantos, Dios venía preparando su alma para algo especial y trascendente. “El Señor me fue preparando a pesar mío, con cosas aparentemente inocentes, de las que se valía para meter en mi alma esa inquietud divina”.

Entre muchos signos, se refiere concretamente a la huella de los pies descalzos de un carmelita, recién llegado a Logroño, que dejó en la nieve. Pisadas que le impresionan vivamente, y le hacen preguntarse, si ese fraile hace eso por Cristo, ¿qué debo hacer yo? Es la navidad de 1917. Piensa que esa huella le está señalando un camino y que Dios está esperando que lo siga. Algo se despierta en su interior. Por de pronto vivirá una vida más cristiana, siente la necesidad de llenar su vida de Dios, de frecuentar la Eucaristía y comienza a pensar si ese camino no lo estará llamando al sacerdocio…”Comencé a barruntar el Amor, sin darme cuenta que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor. Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección. Ya vendría lo que fuera…”

Junto a sus lecturas de los clásicos de espiritualidad, el carmelita descubría en su alma los brotes de la vida contemplativa. No ignoraba Josemaría que a esa Orden pertenecían los más altos representantes de la mística: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, cuyas obras conocía. Buscó a ese carmelita y le pidió que lo dirigiera espiritualmente. Este le plantea su posible vocación carmelita, pero él tiene claro que lo que Dios le pide es otra cosa. Dómine, ut videam! ¡Señor, que vea! Fue entonces cuando se decidió por el sacerdocio…

Se lo dijo a su padre. “Yo no me opondré”, le contestó con lágrimas en los ojos. Y le buscó la persona indicada que le orientara… Poco después comenzaría sus estudios eclesiásticos en Logroño. Al año siguiente, nacía su hermano Santiago…

Como en mis anteriores semblanzas, lo que más me interesa aquí es resaltar la vida contemplativa de san Josemaría. Esta es la raíz de su santidad. Era un hombre de fuertes y arraigadas convicciones religiosas, de profunda fe cristiana, conocedor de los grandes autores de nuestro Siglo de Oro, nuestro más importante siglo literario indudablemente católico, como lo fue también en Arte…

Josemaría celebraría su primera misa en la Santa y Angélica Capilla del Pilar de Zaragoza el 30 de marzo de 1925, a las diez y media de la mañana, por el alma de su padre, quien falleció el 27 de noviembre de 1924.

Zaragoza. Madrid.

-¿Y qué harás en Madrid?

-Me colocaré de preceptor o trabajaré dando clases…,-contestaría a la pregunta de un amigo.

Madrid, clases particulares, el Patronato de enfermos, del que sería capellán. Crucial fue su dedicación sacerdotal y benefactora con los pobres y enfermos de las barriadas de Madrid. Pedro Rocamora, quien a veces le ayuda a misa, contaría que “al celebrar, se producía en él una especie de transfiguración”.

-“Josemaría parecía desprendido de contorno humano y como atado por lazos invisibles a la divinidad. Este fenómeno culminaba sobre todo en el momento del Canon. Algo extraño pasaba en ese instante, en el que Josemaría parecía estar como desprendido de la circunstancia real en que se hallaba (iglesia, presbiterio, altar) y asomarse a misteriosos y remotos horizontes celestiales”.

Y lo que decía Pedro Rocamora, lo decían también otros que solían ayudarle. “Emoción que terminaba en lágrimas”.

El Patronato era un centro asistencial de gente pobre. Las historias de esta etapa del joven Josemaría es prolija. Le pidieron que confesara a un moribundo rabiosamente anticlerical. El pobre hombre estaba ya en coma y pocas esperanzas había de que se confesara. Es más, ya lo había intentado sin éxito otro sacerdote. Don Josemaría tenía la costumbre de encomendar a la Virgen sus enfermos. Y también lo hizo con este, claro.

“-¡Pepe!,-le llamó por su nombre-.¿Se quiere usted confesar?

El hombre contestó como si despertara.

-Si,-le dijo.

Don Josemaría mandó a todos que lo dejaran solo con él. Se confesó con su ayuda y recibió la absolución…”

¡Nunca, por la gracia de Dios, quedó un enfermo en aquel hospital que no se confesara antes de su muerte!

El 14 de febrero de 1943

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Entre 1940 y 1945, las vocaciones a la Obra se han multiplicado en España. Una leva de gente joven pone su vida al servicio de Cristo. Algunos lugares parecen haber adquirido el talante de aquellas playas de Genesaret por las que el Hijo de Dios pasó en rápido y trascendental reclutamiento: «¡Seguidme!… ». Y las gentes iban tras El. Así también, en estos primeros años, suena la respuesta afirmativa en muchos corazones con brío de Apóstol.

Los miembros del Opus Dei tienen trabajo en todas las ciudades del país. Han de atender cotidianamente a su tarea profesional, con la que se ganan la vida y que constituye el ámbito de su encuentro con Dios. Aprovechan los fines de semana para emprender viajes de norte a sur, por la geografía española, en busca de respuestas de generosidad personal para abrir los caminos del mundo.

Además de esta actividad incesante, Alvaro del Portillo, José Luis Múzquiz y José María Hernández de Garnica, dedican mucho tiempo al estudio de las ciencias sagradas. El Padre les ha invitado, uno por uno, en nombre de Dios:

-«Hijo mío, ¿te gustaría ser sacerdote?»

La respuesta es afirmativa. Por eso, aparte de las ocupaciones habituales, tienen ahora la necesidad de cursar la carrera eclesiástica. Con la autorización del Obispo de Madrid, preparan libremente sus asignaturas y se examinan en el Seminario. Alvaro del Portillo y José Luis Múzquiz son Ingenieros de Caminos y doctores en Filosofía y Letras. José María Hernández de Garnica es Ingeniero de Minas y tiene el doctorado en Ciencias. El Padre consigue para estos futuros sacerdotes un profesorado de excepción con el visto bueno de don Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid. Algunos dominicos pertenecientes al Angelicum de Roma, como el P. Muñiz y el P. Severino Alvarez, se harán cargo de la Teología Dogmática y el Derecho Canónico. Don José María Bueno Monreal, más tarde Cardenal de Sevilla, les explica Teología Moral. Fray José López Ortiz, que será nombrado Obispo de Vigo y, años después, Vicario General Castrense, será su profesor de Historia de la Iglesia. El P. Celada, erudito del Instituto Bíblico de Jerusalén -y también dominico-, les enseña Sagrada Escritura. Y junto a ellos, Fray justo Pérez de Urbel se hará cargo de la Sagrada Liturgia y también don Máximo Yurramendi, que será designado, más adelante, Obispo de Ciudad Rodrigo.

Años más tarde, el Padre podía subrayar: «Desde que preparé a los primeros sacerdotes de la Obra, exageré -si cabe- en su formación filosófica y teológica, por muchas razones: la segunda, por agradar a Dios; la tercera, porque había muchos ojos llenos de cariño puestos en nosotros, y no se podía defraudar a esas almas; la cuarta, porque había gente que no nos quería, y buscaba una ocasión para atacar; después, porque en la vida profesional he exigido siempre a mis hijos la mejor formación, y no iba a ser menos en la formación religiosa. Y la primera razón -puesto que yo me puedo morir de un momento a otro, pensaba-, porque tengo que dar cuenta a Dios de lo que he hecho, y deseo ardientemente salvar mi alma»(9).

Las tareas habituales continúan sin mengua alguna, y hay que arañar los minutos para estudiar. Cuando las asignaturas requieren una intensa dedicación, el Padre decide alquilar un par de habitaciones en un pequeño Hotel de El Escorial o en una pensión situada en Torrelodones. Aquí se aislan para emplear jornadas enteras en los libros de Teología. Estos hombres jóvenes, que han cursado ya carreras universitarias, con las mejores calificaciones, profundizan ahora en el estudio de la fe católica.

En estos momentos, el Fundador es el único sacerdote de la Obra. Ha de atender el Patronato de Santa Isabel, del que es Rector; dedicar muchas horas a la dirección del Opus Dei, y llevar a cabo una extensa labor apostólica. A pesar de su agotadora jornada, a última hora de la tarde encuentra un puñado de tiempo para acompañar a sus futuros hijos sacerdotes. Llega, con Ricardo Fernández Vallespín al volante de un viejo coche que se reconoce de lejos, en el silencio del campo, por los continuos jadeos del motor.

Viene a verles, porque imagina que están cansados después de muchas horas de estudio. Y porque de su formación espiritual y pastoral se encarga personalmente. Andando frente al aire sereno de El Escorial, les habla del afán que ha de animarles, de la Obra que comienza a navegar el mar sin orillas del mundo, de la tarea ingente que les espera, de la santidad como única meta de sus aspiraciones. Y les deja una buena dosis de fortaleza para cada jornada.

Por la mañana, los tres asisten a Misa, a primera hora, en la iglesia del Monasterio de El Escorial. Luego, estudio en las habitaciones del Hotel Regina que, durante estos meses de invierno, está vacío. Pausas para comer. Espacios de tiempo para rezar. Y vuelta a los textos, entregando a Dios el esfuerzo, la dificultad, el entusiasmo. Hasta que el atardecer se llena, una vez más, con el sonido inconfundible del motor y la cálida presencia del Padre.

Les habla el Fundador de su preocupación por hallar la fórmula jurídica para los sacerdotes de la Obra. Porque la idea está clara. Falta sólo el título de ordenación que permita su ministerio sacerdotal en el Opus Dei.

El 14 de febrero de 1943, Monseñor Escrivá de Balaguer celebra la Santa Misa en el oratorio del Centro que tienen las mujeres en la calle Jorge Manrique de Madrid. Y cuando termina, ha visto con claridad la solución: ha nacido la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Así recuerda aquel momento Encarnita Ortega:

«Después de la acción de gracias, nos pidió papel y pluma. Luego, a los pocos minutos, apareció en el vestíbulo visiblemente emocionado:

-”Mirad -nos dijo señalando una cuartilla en la que había dibujado una circunferencia y en el centro una cruz-: éste será el sello de la Obra. El sello, no el escudo -aclaró-: el Opus Dei no tiene escudos. Significa el mundo y, metida en la entraña del mundo, la Cruz, que es el sacerdocio”»(10).

Y años después de aquel 14 de febrero de 1943 subraya Monseñor Alvaro del Portillo:

«Fue allí, en ese oratorio, dentro de la Misa, donde vio la solución canónica para que pudieran ordenarse sacerdotes de la Obra, e incluso el nombre y el sello de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz: un círculo simbolizando el mundo y, dentro, la Cruz, que es el sacerdocio»(11).

Algunas horas más tarde de este 14 de febrero, el Padre sale camino de El Escorial. Sorprende hoy el ruido familiar en una hora inusual. Viene muy contento, sube a la habitación y llama a Alvaro. Después, paseando por la gran explanada, con la montaña de granito al fondo, le cuenta lo que ha pasado aquella mañana durante la Misa.

A partir de ese momento, el Padre trabaja intensamente en los primeros documentos jurídicos de la Obra que han de llegar oficialmente hasta la Santa Sede. Dos meses después del 14 de febrero del 43, cuando Europa vive en plena Guerra Mundial, Alvaro del Portillo sale camino de Roma en avión, para solicitar la aprobación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Durante el vuelo pasan sobre barcos de guerra italianos y advierten la presencia de dos aviones ingleses. De pronto y con pánico general entre el pasaje, da comienzo una feroz batalla aero-naval. Sólo Alvaro permanece tranquilo en su asiento:

«Yo tenía la seguridad de que no pasaría nada, porque llevaba los papeles. No se me pasó ni una vez por la cabeza que podían echar el avión abajo (…). Y llegué al aeropuerto de la Urbe, que entonces se llamaba Aeropuerto Littorio (…). Estuve en Roma desde finales de mayo de 1943 hasta el día de San Luis, el 21 de junio, en el que regresé a España. Ya estaba la Obra completa, porque en la Santa Sede habían aceptado con entusiasmo los papeles del Padre, que llevé yo »(12).

Resumiendo las etapas fundacionales de la Obra, Monseñor Escrivá de Balaguer diría años más tarde:

«La fundación del Opus Dei salió sin mí; la Sección de mujeres contra mi opinión personal, y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, queriendo yo encontrarla y no encontrándola. También durante la Misa. Sin milagrerías: providencia ordinaria de Dios» (13).

Tiempo de persecución

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La guerra civil española no fue exclusivamente un enfrentamiento de sistemas políticos ni de iras sociales. Fue, también, una persecución de índole religiosa que venía fraguándose muchos años antes. Ilustran este aserto las cifras de fusilamientos recogidas en diversas publicaciones: 13 Obispos, 4184 sacerdotes, 2365 religiosos, 283 religiosas(1).

Después de la sublevación del Ejército de Africa, hay que esperar al día siguiente para que el Gobierno anuncie, veladamente, los primeros informes. Lo cierto es que, el 18 de julio, el levantamiento llega a la Península y queda establecido en Aragón, Navarra, Castilla la Vieja, León, Galicia y Andalucía la baja. En líneas generales, las restantes regiones permanecen junto al Gobierno. Este decide entregar armas a las masas populares, que van a tomar parte activa en este trágico conflicto que se prolongará durante casi tres años.

Unos meses antes, doña Dolores Albás, con sus hijos Carmen y Santiago, ha tenido que abandonar su residencia en la Casa Rectoral del Patronato de Santa Isabel: es ya seriamente peligroso vivir en un edificio en el que existe una iglesia, un convento de religiosas de clausura y el Colegio de la Asunción. No hay que olvidar que está enclavado, además, en el populoso barrio de Atocha, con la estación del Mediodía en sus proximidades, la Facultad de Medicina de San Carlos y un gran mercado. Zona de mucha confluencia en la que frecuentemente se suceden las revueltas estudiantiles y los asaltos por parte de los obreros que trabajan en este distrito de Madrid.

La casa de Ferraz, situada prácticamente en el otro extremo de la capital, impone al Padre interminables recorridos, a pie o en malos medios de transporte, para atender la Residencia y sus obligaciones sacerdotales en el Patronato. Habitualmente, sale de Ferraz de noche, tras oír muchas confesiones, dar varios círculos o clases de formación, hablar y animar a todos. Es fácil suponer la hora de llegada a su casa de Atocha y la zozobra con que, repetidas veces, doña Dolores le espera, en un tiempo en el que, aun a plena luz, resulta peligroso aparecer como sacerdote. Utilizará la sotana hasta el mismo día 18 de julio.

Con frecuencia, esta valiente confesión pública de su condición sacerdotal le ha costado -como a tantos otros sacerdotesinsultos, ironías y pedradas.

En cierta ocasión, durante un desplazamiento en tranvía, de pie, en el pasillo, se apoya en las barras del vehículo para no tambalearse con los frenazos. Muy cerca, un albañil, que llega de su trabajo manchado de cal, se deja caer, intencionadamente, sobre la sotana negra del Padre cada vez que el vehículo modifica su marcha. Los pasajeros ríen la gracia o disimulan de, modo cobarde. Al llegar a su punto de destino, el Padre se vuelve y le toma por los hombros. Parece que el incidente puede terminar de mala manera. Pero, ante el asombro general, el sacerdote le dice con voz alta y tranquila:

-«Hijo, vamos a completar esto»(2).

Y le da un fuerte abrazo. Con lo que la sotana acaba de embadurnarse con el yeso que quedaba disponible.

Ya hace tiempo que el Padre sabe dominar los impulsos de su fuerte carácter. Son muchos años de dura batalla ascética. Esta lucha ha terminado haciéndole sonreír en lugar de protestar, callar en vez de justificarse. O, como en este caso, dar un abrazo y gastar una broma al que, humanamente, no se lo merece.

En estas circunstancias, piensa que su familia no debe compartir sus riesgos, y decide instalar a su madre y hermanos en un pequeño piso alquilado de la calle del Doctor Cárceles, hoy Rey Francisco. Pedro Casciaro y Paco Botella van a prestar ayuda para la mudanza. Es un sábado. Suben la escalera de un solo piso en la Casa Rectoral de Santa Isabel y saludan, por primera vez, a doña Dplores. Su cara es todavía joven y expresa serenidad, pero también sufrimiento; tiene los ojos llorosos, porque don Josemaría ha decidido permanecer allí, a pesar del peligro que supone. La mayor parte de los muebles ya están listos para su traslado. La ropa y demás enseres se hallan distribuidos en baúles y maletas: será una mudanza ordenada y rápida. En poco tiempo queda todo instalado en el nuevo domicilio de la calle del Doctor Cárceles.

El 19 de julio de 1936 los que se encuentran en la Residencia de Ferraz 16, frente al Cuartel de la Montaña, observan, desde los balcones, cómo se va llenando el edificio de militares y civiles sublevados contra el Gobierno. Ellos siguen trabajando en la instalación de la Residencia, como si nada ocurriera. Unos colocan los muebles en sus lugares adecuados; José María Hernández de Garnica arregla el jardín; Alvaro del Portillo guarda ropa en los armarios.

A media tarde, patrullas de guardias y milicianos bloquean las calles de acceso. Exigen documentación para cruzar la zona acordonada. Antes de las nueve de la noche, el Padre cree oportuno que regresen con sus familias. Les insiste mucho en que llamen por teléfono, al llegar a sus casas respectivas, para saber que han logrado ponerse a salvo. Quedan solos en la Residencia, el Padre, Isidoro Zorzano y José María González Barredo.

El lunes por la mañana empieza el ataque masivo al Cuartel de la Montaña. Tienen que refugiarse en el sótano porque las balas entran a granel por las ventanas de la Residencia. En casa de los padres de Juan Jiménez Vargas, en la calle de San Bernardo, Alvaro, José María Hernández de Garnica y el propio Juan, esperan alarmados el desenlace de la sublevación. Al mediodía, don Josemaría y los que le acompañan no tienen más remedio que intentar la escapada desde la casa de Ferraz. El asedio del Cuartel está finalizado y muchos de los rebeldes pasados por las armas.

El Padre va a correr un riesgo inminente. No tiene más traje que la sotana que, ahora ya, es garantía segura -por lo menosde peligrosa detención. Lo único que encuentran por la casa es un mono gris que había utilizado José María Hernández de Garnica para llevar a cabo los múltiples arreglos de la casa. Le queda mal de medidas. Por añadidura, el Padre tiene una gran tonsura, bien visible. Y así, sin nada con que cubrirse la cabeza, sale de Ferraz y cruza por entre los numerosos grupos de milicianos, con armas y airados por la reciente sublevación. Increíblemente, nadie se fija en su aspecto.

Acaba de iniciarse un éxodo que va a durar largo plazo. A partir de este momento no habrá lugar seguro y su vida peligrará con frecuencia. La Obra se ve forzada a replegar su actividad y esconderse en la intimidad del corazón de estos hombres. Una de aquellas tardes, Alvaro y Juan caminan por la calle de San Bernardo:

-«¿Cómo va a terminar esto? Si triunfa la revolución comunista, aquí no se podrá seguir y tendremos que planear una Residencia en el extranjero. Pero si Dios ha querido que la Obra empezara en Madrid, y ya tiene un cierto desarrollo, no es probable que esto sea para volver a empezar. Por eso hay que pensar que todo acabará bien, y continuarán con normalidad las labores que ya están empezadas»(3).

Tienen la seguridad moral de que al Padre no le puede ocurrir nada, aunque deban emplear todos los medios a su alcance para defenderle. Y cuentan, sobre todo, con la protección de Dios.

Una Providencia tanto más evidente, cuanto que su acción se va a desarrollar sobre un país exacerbado y en una ciudad en la que el fusilamiento, la persecución religiosa y la muerte van a convertirse, durante meses, en acontecimientos repetidos y habituales.

El mismo día 25, Juan decide acercarse a la Residencia de Ferraz para recoger algunas cosas de interés que hayan podido quedar abandonadas. Nada más entrar, llega una patrulla a requisar la casa. Lo registran todo. La sotana sigue colgada en el cuarto del Padre. Allí están también las disciplinas y cilicios que usa don Josemaría. Se cruzan bromas de mal gusto entre los milicianos, pero ninguno intenta averiguar el paradero de los antiguos inquilinos. Incluso le dan a Juan una carta de Alemania que ha llegado a nombre de don Jósemaría.

Desde Ferraz los milicianos llevan a Juan a casa de sus padres a continuar el registro. Allí tiene un fichero con los nombres y direcciones de todos los que frecuentan la Residencia. Providencialmente no lo encuentran. Y, cuando ya espera la detención, le dejan con toda tranquilidad en su casa.

Esta liberación impensada le pone en marcha hacia el domicilio de la calle del Doctor Cárceles, donde el Padre sigue oculto y donde pasará los primeros días del mes de agosto. De momento, no parece peligroso permanecer en el piso en el que vive doña Dolores con sus hijos. Incluso las notas y escritos íntimos de la Obra que el Padre conserva, hace días que se han trasladado hasta aquí en una maleta. Su madre los pondrá a salvo más adelante, con riesgo de su vida, un día en que los milicianos registran la casa donde se encuentra y ha de esconderlos dentro de un colchón; después, se acostará sobre ellos con el aspecto de una mujer anciana y enferma. En verdad lo parece por tantas zozobras, privaciones y vicisitudes.

La etapa va a ser inolvidable para los que tienen la oportunidad de convivir con el Padre. Su buen humor, el coraje que echa a las situaciones y, a la vez, la profundidad de su sufrimiento son algo grabado a fuego en el ánimo de los primeros. Tanto que, meses después, cuando el Fundador ya esté en Burgos, Juan escribe contando los sucesos de estas jornadas madrileñas y comenta, con seguridad y emoción: «He tenido la oportunidad de saber lo que es un santo».

Este escondite va a durar poco tiempo. En los primeros días de agosto sube el portero y les comunica que ha habido una denuncia. En varios pisos se ocultan más refugiados. En la zona conocen a don Josemaría Escrivá de Balaguer como sacerdote, y han ahorcado a un hombre que se le parecía mucho en un árbol, en plena calle. Nunca se sabrá el nombre de esta víctima. Pero ocupará un lugar en la oración y el recuerdo de don Josemaría Escrivá de Balaguer durante toda su vida.

Doña Dolores da a su hijo el anillo -la alianza- de su marido, que llevaba junto al suyo desde que enviudó: podrá servirle, piensa, para que, tomándolo por persona casada, queden desorientados los que van a la caza de los sacerdotes.

Tiene que salir al día siguiente, y ocultarse en un piso de la calle Sagasta número 33(4). Pertenece a la familia Sáinz de los Terreros, que ha sido dispersada por la guerra civil; la mayoría de sus miembros está fuera de la capital y el hijo mayor se encuentra detenido. Solamente quedan en el piso Manolo Sáinz de los Terreros y Martina, una sirvienta de setenta años que ha pasado con ellos casi la vida entera. Manolo es ingeniero de Caminos y trabaja en una empresa constructora.

El piso de Sagasta tampoco es un lugar seguro. No se puede confiar en el portero, ya que los milicianos frecuentan su casa y la amistad de sus hijos, con los que confraternizan en un bar situado al otro lado de la calle: La Mezquita.

Teóricamente nadie conoce la existencia de refugiados en el tercer piso. Manolo desayuna y come todos los días fuera de casa, cerca de su trabajo. Así, Martina puede comprar la comida para sustentar a los refugiados -el Padre, Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel Sáinz de los Terreros, primo de Manolo, que llegará después al piso- sin llamar demasiado la atención.

Desde los balcones de la casa, y con mucha precaución, se pueden seguir los pasos de los que entran y salen del portal. El día 11 hay un registro masivo en las dependencias del último piso: se trata de la familia del Conde de Leyva. Ya se habían llevado detenido al cabeza de familia y quedan todavía, en la casa, la madre y cinco hijas. Habitualmente ocultan a dos refugiados que hoy, casualmente, están en otro lugar.

El clima es de alarma permanente. Todos los días Manolo trae la noticia de algún fusilamiento de personas conocidas. Pero, de vez en cuando, llegan informaciones consoladoras: Isidoro recibe unas cartas que Ricardo ha escrito desde Valencia y que confirman el buen estado en que se encuentran todos los de allá. Levante ha quedado en poder del Gobierno. Ricardo se ha presentado voluntario al ejército de la República en un intento de abandonar Valencia, y Paco no ha sido movilizado todavía.

Isidoro Zorzano, de nacionalidad y pasaporte argentinos, es el único que tiene relativa libertad para andar por Madrid. Arriesgando su seguridad personal, podrá traer, en el futuro, mensajes del Padre a todos y cada uno de los miembros de la Obra. Mantendrá con ello la fe y la esperanza de verse reunidos cuando la situación retorne al equilibrio.

El 28 de agosto cae un bombardeo furioso sobre Madrid. Los ánimos se exacerban, y aumentan cada vez con mayor virulencia los registros y persecuciones. La guerra civil española empieza a conocer episodios de atroz revancha.

El día 30 de agosto, hacia la última hora de la mañana, aparece inesperadamente un grupo de milicianos. Llaman a la puerta principal y Martina, la anciana sirvienta, acentuando su defecto auditivo, da grandes y amistosas voces al grupo de registro para que los refugiados puedan huir por la puerta de servicio y esconderse en las buhardillas superiores. Allí se meten en un pequeño espacio inmediatamente debajo del tejado. No pueden ponerse en pie porque no lo permite la altura del techo. Y así, con un calor de justicia, permanecerán ocultos el Padre, Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel. Los milicianos suben hasta cerca del escondite; pero, de modo inexplicable, se detienen ante la puerta de la buhardilla que está ocupada y pasan de largo.

Cuando oyen su proximidad, el Padre se dirige a Juan Manuel Sáinz de los Terreros y le descubre su identidad sacerdotal:

«Soy sacerdote. Estamos en momentos dificiles, si queréis, haced un acto de contrición y os doy la absolución»(5). Y así lo hace.

Tendidos sobre el pavimento de la buhardilla, comentan lo que puede suceder si entran allí los milicianos. Lo más lógico, humanamente, es pensar en una muerte segura. Sin embargo, no pierden la tranquilidad, hasta el punto de que Juan se duerme profundamente sobre el suelo lleno de polvo.

Mientras tanto, las vecinas Leyva, amigas de la familia Sáinz de los Terreros, han avisado al dueño del piso. Saben siempre dónde llamar en caso de peligro:

-«Manolo: no vengas a comer. Ven mañana. Hoy no vengas».

Entiende que están registrando su casa. Y llega con toda urgencia, pálido ante la posibilidad de que hayan descubierto al Padre y a los otros. Acaba de jugarse su propia libertad y, quizá, también la vida. Es detenido nada más aparecer. Pero, tal vez por esto, consigue que el registro no sea tan minucioso en las buhardillas y que el pequeño grupo quede a salvo bajo el calor sofocante de este mes de agosto. En esta situación permanecen desde la una hasta las ocho de la tarde. A esta hora, hay orden de cerrar los portales y no cabe esperar ningún registro.

Juan es el primero que baja despacio la escalera y llama en la puerta del piso superior. Abre Mercedes Conde-Luque, una de las hijas de los Condes de Leyva:

-«¿Me daría un poco de agua?»

Está absolutamente cubierto de polvo negro. En la casa ya todos han supuesto que un grupo ha conseguido escapar al registro y se encuentra, todavía, oculto en la buhardilla.

-«Pero, pasa, pasa»

-«Estamos tres arriba»

-«Pues bajad inmediatamente»

Y así se refugian hoy en esta generosa hospitalidad que el Padre agradecerá para siempre. La Condesa les presta ropa de su marido, mientras lava la que don Josemaría y los demás han llevado puesta.

Están casi deshidratados. El Padre, levantando un vaso, comenta:

-«Hasta hoy no he sabido lo que vale un vaso de agua»(6).

Aquí permanecerán dos noches y un día. Pero el lugar no puede ser más peligroso para quien les acoge y para el grupo refugiado. Salen el 1 de septiembre, muy de mañana, uno por uno, eludiendo la vigilancia constante del portero. Pero consiguen llegar hasta la calle sin tropiezos.

De nuevo el Fundador, sin documentación alguna, anda por Madrid esquivando un peligro que puede surgir en cada esquina. Tiene que solicitar hospitalidad de la familia González Barredo, en la calle Caracas. Cuando llega, se encuentra agotado. Apenas puede dar un paso.

Mientras tanto, Alvaro del Portillo ha logrado encontrar un piso desocupado en la calle de Serrano. Allí está escondido con su hermano Pepe. El inmueble es de unos amigos y se encuentra, aparentemente, protegido por la bandera argentina. Unos colores blancos y azules campean sobre una ventana por todo salvoconducto.

Un día, Alvaro tiene la curiosidad, peligrosa, de averiguar si continúa su nombre en la nómina del Ministerio de Obras Públicas. Es una locura salir por Madrid y acercarse a un organismo oficial, pero no lo piensa demasiado. Llega a las oficinas de la Confederación Hidrográfica del Tajo, habla con el encargado y, efectivamente, puede cobrar sus mensualidades atrasadas. Cuando abandona el edificio, pasa cerca de la Plaza de Alonso Martínez. Y piensa: «¡Esto hay que celebrarlo!». No se le ocurre otra cosa que sentarse en la terraza del bar La Mezquita a tomar una cerveza. Cualquiera dedos milicianos que frecuentan el bar puede solicitar su documentación y encarcelarle inmediatamente. Pero sigue allí, a la vista pública, después de haber abandonado su escondite temporal. De pronto, ve acercarse a don Alvaro González, padre de José María González Barredo. Viene corriendo hacia él, nerviosísimo.

-«¡Gracias a Dios que le encuentro! ¿Sabe quién está en mi casa? ¡El Padre! Me ha pedido que le dejase descansar un momento, porque no puede más, no se tiene en pie. Pero resulta que el portero no es de confianza, y si se ha dado cuenta estamos todos en peligro»(7).

Sobre el Fundador pesa más la preocupación constante por todos los miembros de la Obra que su propia seguridad personal. Les recuerda intensamente, uno por uno, durante este tiempo de zozobra. Es imposible celebrar la Santa Misa, pero reza sin descanso. Sufre por la persecución de la Iglesia, por el odio incontrolado que domina las situaciones, por la confusión que reina en el país. No puede conciliar el sueño pensando en aquellos que andan dispersos por refugios, cárceles y campos de batalla. A esto se une el agotamiento físico: carece de alimentos, de ropa, de un techo al que acogerse.

Alvaro no duda un momento:

-«Pues que se venga conmigo».

-«Voy a recogerle enseguida».

Pocos minutos más tarde, Alvaro se encuentra con el Padre. Le lleva hasta el refugio de la calle de Serrano, junto a la Dirección General de Seguridad. Pocos días más tarde llegará, también, Juan Jiménez Vargas.

Durante casi un mes, este grupo vivirá en un obligado encierro. A pesar de las circunstancias, aprovechan bien el tiempo. Trabajan y rezan por la solución de la guerra civil que ha dividido el país en odio inconciliable, por la Iglesia y por la Obra. Piensan en el futuro sin el menor desaliento.

Se acerca el 2 de octubre de 1936. El Padre piensa que, en estos años, Dios le ha enviado un regalo cuando llega el aniversario de la Obra: una vocación, una noticia alegre, un proyecto luminoso… Charlando ahora con Alvaro del Portillo le dice:

-«¿Qué caricia nos tendrá reservada el Señor?» (8).

Y la respuesta no tarda en llegar. Ramón, un hermano de Alvaro, llega a la casa el día 1 de octubre. Viene aterrado por las noticias que ha podido recoger. Están registrando las casas de la familia dueña de este inmueble de la calle de Serrano. Han fusilado ya a seis o siete personas, entre ellas a un religioso. No tardarán en venir hasta aquí. Tal vez es cuestión de momentos.

Años después, Monseñor Alvaro del Portillo recordaría así la reacción del Fundador frente a aquellas noticias:

«Ante el peligro inminente de martirio (…) el alma de nuestro Padre se llenó de gozo con el pensamiento de entregar su vida por Dios; pero al mismo tiempo, el Señor le “dejó solo” por unos momentos y -así lo explicaba nuestro Fundador- vio su debilidad humana, sus pocas fuerzas: entonces sintió un miedo muy grande. Se repuso inmediatamente, y comprendió que toda su fortaleza era prestada, del Señor, y que sin El no podía nada. Entendió que ése era el regalo que el Cielo le hacía en la víspera del aniversario de la fundación de la Obra: la necesidad de confiar en el Señor, y no fiarse de sus fuerzas»(9).

El peligro es inminente, y el Padre y Juan Jiménez Vargas deciden abandonar la casa y buscar otro lugar en el que poder ocultarse.

Días antes se le ha ofrecido a don Josemaría la oportunidad de trasladarse a un refugio seguro. El hallazgo proviene de José María González Barredo, que concierta una entrevista con el Fundador en pleno Paseo de la Castellana. Monseñor del Portillo recuerda así este suceso:

-«Está todo resuelto, para usted».

Saca del bolsillo de su chaleco una de esas pequeñas llaves Yale, y continúa:

-«Basta que vaya usted a tal casa -le da las señas completas-, entra, y se queda allí. Pertenece a una familia amiga mía, que se encuentra fuera de Madrid. El portero es persona de confianza».

-«Pero ¿cómo voy a estar allí solo…?».

Y aquel hijo suyo, sin pensarlo mucho, replica:

-«No se preocupe. Hay allí una sirvienta, una mujer que es también de toda confianza, y que podrá atenderle en lo que necesite».

-«¿Qué edad tiene esa mujer?».

-«Pues veintidós o veintitrés años»(10).

El Fundador mira a este hombre que quizá ha caminado la ciudad entera para buscar un escondite en el que proteger la vida del Padre y le dice:

-«Hijo mío, ¿no te das cuenta de que soy sacerdote y de que, con la guerra y la persecución, está todo el mundo con los nervios rotos? No puedo ni quiero quedarme encerrado con una mujer joven, día y noche. Tengo un compromiso con Dios, que está por encima de todo. Preferiría morir antes que ofender a Dios, antes que faltar a este compromiso de Amor».

Y añade:

-«¿Ves esta llave que me has dado? Pues va a ir a parar a aquella alcantarilla».

Y acercándose al sumidero la deja caer(11).

Después, acude nuevamente al piso de la calle de Serrano donde todavía están Alvaro y Pepe del Portillo. Durante las horas que ha pasado fuera, ha sabido que acaban de fusilar a dos sacerdotes a quienes quería entrañablemente: don Lino Vea Murguía y don Pedro Poveda. Este 2 de octubre ha traído el dolor, que también es, cuando viene de Dios, un presagio de amor.

Poco antes de empezar la guerra civil, don Pedro Poveda hablaba un día con don Josemaría Escrivá de Balaguer sobre la amistad, profunda y sincera, que les había unido siempre.

-«Si nos matan, ¿qué será de nuestra amistad cuando nos encontremos en el Cielo?»(12).

Y comentan que, en la vida eterna, Dios colmará su amistad haciéndola todavía más grande, en el Cielo.

Hoy, la noticia de la muerte de don Pedro Poveda conmueve el corazón del Padre. Y las circunstancias vuelven a ponerle en la calle, expuesto a una detención que puede llegar en cualquier momento.

En los primeros días del mes de octubre don Josemaría, Alvaro del Portillo y José María González Barredo andan vagando por Madrid de una casa a otra sin encontrar asilo seguro. Están agotados. Tienen que descansar sentados en el suelo de la Glorieta de Cuatro Caminos. Un amigo, Eugenio Sellés, les dará nuevo cobijo durante un par de días.

Cada vez que la Providencia le brinda un techo, don Josemaría repite las plegarias litúrgicas de la Santa Misa, aunque no pueda consagrar a causa de la carencia de los elementos materiales indispensables. Lee las oraciones ante el pequeño Crucifijo de un rosario, y pone sobre el ara de su propio corazón el deseo de recibir el Cuerpo y la Sangre de Dios hecho Hombre. Siempre recita el mismo Evangelio, que conoce de memoria: es la escena que narra la llamada a los Apóstoles. Como un grito silencioso vienen a su memoria las playas de Genesaret, y es suya la impaciencia de Cristo por reunir a los hombres para extender el Reino de Dios en la tierra.

Al fin, el Padre puede ocultarse unos días en casa de la familia Herrero Fontana, en la Plaza de Herradores. Alvaro del Portillo es acogido en la Embajada de Finlandia y parece que la situación hace pausa temporal en el peligro. Pero no hay seguridad alguna: el 4 de diciembre un grupo de milicianos asalta la Embajada, y Alvaro es detenido y encerrado en la cárcel de San Antón. Más de mil personas participan de la misma suerte durante estos días. A veces, algunos miembros del Opus Dei van a encontrarse, circunstancialmente, en una celda carcelaria. Así, José María Hernández de Garnica, que está detenido en la cárcel Modelo, se reúne con Alvaro del Portillo después de un traslado al encierro de San Antón. La coincidencia representa un aliento formidable para los dos. De sus corazones, en el patio de la cárcel, sube la oración del Padrenuestro como única arma de victoria. Alvaro y Chiqui recuerdan al Padre, y a todos los de la Obra, y rezan. También Juan Jiménez Vargas ha sido detenido. Vicente Rodríguez Casado, otro miembro de la Obra, debe refugiarse,  precipitadamente, en la Embajada de Noruega.

Urge encontrar un lugar que ofrezca mínimas garantías para acoger al Padre. En esta situación sólo aparece un recurso viable: ingresar en la clínica psiquiátrica del doctor Suils, como si fuera enfermo mental. El padre de este doctor fue médico y amigo de la familia Escrivá en Logroño. Una vez que conoce el problema, arregla los trámites para poder acomodar a don Josemaría en una habitación del sanatorio. Aquí se quedará el Padre, a quien acompañará, dentro de unos días, su hermano Santiago y, más adelante, José María González Barredo.

Unicamente Isidoro Zorzano sigue cruzando las calles de Madrid, y consigue mantener el contacto entre los miembros de la Obra. Las noticias de los frentes de combate son contradictorias. La contienda parece estacionada. Nadie sabe cuánto tiempo ni qué resultados va a tener esta lucha entre hermanos que sigue minando pueblos y ciudades.

Sólo la fe es capaz de mantener en pie a don Josemaría. Sin huir de la dura realidad que le circunda, confía más allá de los límites humanos:

«¿Por qué se levantan los pueblos de la tierra y trazan vanos proyectos?»

«Tú eres mi Hijo. Yo te he engendrado»(13).

Tú eres mi hijo. Ahora necesita especialmente aquella seguridad de filiación divina inconmovible que Dios le hizo saber un día de sol, cuando viajaba en oración, dentro de un tranvía madrileño.

Los primeros del Opus Dei

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el verano de 1930, Isidoro Zorzano ha decidido dedicar su vida a hacer el Opus Dei en la tierra. Las circunstancias que rodean este hecho manifiestan una Providencia muy particular de Dios.

El 24 de agosto don Josemaría se encuentra en casa de Pepe Romeo, uno de los chicos que le acompañan en las visitas a los hospitales. Ha ido para hacerle un rato de compañía, porque está enfermo. De improviso, siente una inquietud especial y decide regresar a su residencia, en la calle de José Marañón. Se despide amablemente de Pepe y de su madre, que no aciertan a comprender por qué se va tan pronto(1).

Se encuentra extrañamente urgido y no sabe a qué atribuirlo.

Sale hacia su casa. Camina por la calle de Santa Engracia y avanza hasta la esquina con Nicasio Gallego. Allí se encuentra con Isidoro Zorzano.

Han sido condiscípulos durante los tres últimos años de Bachillerato en el Instituto de Logroño. Don Josemaría le recuerda como un muchacho serio, buen cristiano. Varias veces ha pensado en él desde que Dios le ha abierto el horizonte del Opus Dei, y hace meses que está pidiendo intensamente la vocación de Isidoro. Conoce su itinerario profesional: sabe que trabaja como ingeniero en los Ferrocarriles Andaluces y que está destinado en Málaga.

Han mantenido alguna relación por correspondencia en los últimos años y en este día de agosto, ¡aquí está Isidoro Zorzano!

Le explica que ha ido a verle aprovechando su paso por Madrid pero, al no dar con él, iba a coger un tranvía que le llevara hasta Sol. Pensaba comer en un restaurante y marcharse luego al tren, porque su familia está ya veraneando en Logroño.

Llegan hasta la calle de José Marañón y entran en la casa para charlar un rato. Antes de que don Josemaría pueda abordar el tema que quiere plantearle, Isidoro le dice directamente que quiere hablarle de su inquietud espiritual. Don Josemaría se queda sorprendido por la sencillez y claridad de los planteamientos de Isidoro.

Entonces le habla de la Obra, de la pasión que Dios ha puesto en su alma y de su actividad apostólica desde 1928. Isidoro se muestra inmediatamente decidido; sin embargo, don Josemaría quiere que lo piense bien. Que tenga tiempo para meditar una decisión de tanta trascendencia. Se reúnen de nuevo después de almorzar. Pero la tarde ya no es más que una confirmación generosa.

Diez días más tarde, el 5 de septiembre de 1930, Isidoro le escribirá desde Málaga:

«El tema de nuestra última conversación me satisfizo muchísimo ya que me sugirió nuevas ideas y me hizo concebir nuevas esperanzas (…). Siento la necesidad de estar juntos y orientarme definitivamente, con tu ayuda, en la nueva era que abriste a mis ojos, y que era precisamente el ideal que yo me había forjado y que creía irrealizable (…): he pensado sobre ello y cada día me parece más hermoso; es mi única ilusión cooperar en dicho ideal para llevar a feliz término nuestra causa. Procura contestarme pronto, pues tus cartas me hacen ver que estoy acompañado en esta soledad de Málaga».

Y el 14 de septiembre contesta a una carta de don Josemaría:

«Me dices que tu carta era larga, a mí me pareció muy corta; la he leído varias veces (…). Me encuentro ahora completamente confortado, mi espíritu lo encuentro ahora invadido de un bienestar, de una paz, que no había sentido hasta ahora; todo lo debo a la Obra de Dios».

A partir de este momento, Isidoro, de la misma edad que el Fundador, se entregará sin límites(2). Es un hombre muy competente en su trabajo de ingeniero, con prestigio profesional y virtudes humanas, con deseos de ir al encuentro de Dios. Don Josemaría le expone un plan de vida espiritual que vaya ayudándole a ser, poco a poco, una persona del Opus Dei.

Con frecuencia se acercará a Madrid. Esto le cuesta pasar dos noches en el tren: una de llegada y otra de regreso. En Málaga habrá de trabajar fuerte. Pero en todos los terrenos responderá como un buen hijo de Dios. Su presencia será inestimable durante los acontecimientos de la guerra civil española. La nacionalidad argentina de Isidoro Zorzano le otorgará condiciones de inmunidad diplomática que serán de gran ayuda en aquellas difíciles circunstancias.

Con optimismo sobrenatural, pudo decir don Josemaría Escrivá de Balaguer aquella tarde calurosa del agosto madrileño de 1930: «Ya tenemos en el Opus Dei personas de los dos hemisferios » (3).

Entre los primeros miembros del Opus Dei que perseveraron junto al Fundador se cuenta también Juan Jiménez Vargas. En los comienzos de 1932, cuando todavía es un estudiante de Medicina, conoce a don Josemaría. Más tarde le oye hablar de la Obra: de cómo supo la misión que había de cumplir, y de cómo había pasado muchos años rezando para conocer la Voluntad de Dios que presentía, pero que no veía con claridad. Le transmite su preocupación por hacer realidad aquel deseo divino que ha constituido la coordenada de toda su existencia.

Juan le escucha y comprende rápidamente la Obra, con un conocimiento y una adhesión al espíritu sobrenatural que la inspira difíciles de explicar. Pedirá su admisión a principios de 1933 y, desde entonces, don Josemaría contará con él para siempre. Y tiene tal confianza en la fidelidad de estos primeros que van a seguirle que, un día de 1934, en la iglesia de Santa Isabel, al otro lado de la Facultad de Medicina, habla con Juan y le pregunta:

-«En caso de que yo faltara, tú ¿seguirías?… »(4).

Sabe el Fundador que la Obra es de Dios. Que está por encima y más allá de su persona. Por eso, no se cree indispensable. Ha oído en su oración, en la intimidad de su corazón, la promesa inconfundible de Jesucristo:

«A través de los montes, las aguas pasarán»(5).

Y quiere dar, a sus hijos, la seguridad sobrenatural de que la Obra ha nacido universal y permanente.

Pobreza y penitencia

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La profunda fe en la providencia amorosa de Dios hacía que Escrivá y los demás no perdieran la alegría, a pesar de los sufrimientos pasados en Burgos. Todos sufrían por el alejamiento de sus familias, que se encontraban en situaciones difíciles, y por no tener medios de saber algo de su suerte.

La situación económica era desesperada. Casciaro y Botella comían en el cuartel para no gastar. Ganaban sólo dos pesetas al día. La habitación del Hotel Sabadell costaba dieciséis por noche. Albareda cobraba un poco más, pero se encontraba lejos de estar bien pagado. Los miembros de la Obra en otras partes de España y los amigos de DYA enviaban lo que podían para ayudarles a sostener los apostolados, pero la mayoría de ellos no podía contribuir con mucho. Inspirado por el consejo del salmo 54, “Encomienda a Dios tus afanes, que Él te sustentará”, Escrivá renunció a los estipendios por decir Misa o predicar. En una carta al vicario general de la diócesis de Madrid, escribía: “He hecho el propósito serio de no recibir nunca estipendios para Misas, que eran la única entrada económica que podía tener ahora. Así puedo celebrar, con frecuencia, por mi Señor Obispo y por mi vicario general, y por estos hijos de mi alma…, y por mí, Sacerdote pecador”[1].

Su armario da una idea de su situación financiera. El Ejército proveía de muy poca ropa a los soldados, que debían arreglárselas como pudieran. Tenían una camiseta de lana que les habían dado unas monjas en su camino a San Sebastián. Era muy larga y llevaba bordadas las iniciales de su anterior propietario. Un día, con sus pantalones militares, las botas y la camiseta interior colgándole hasta casi las rodillas, Casiaro decidió que parecía un soldado medieval y comenzó a imitar a Sigfrido en la ópera de Wagner, para diversión de Albareda y Botella. Desde entonces la llamaron “la camiseta de Sigfrido”. También pusieron nombres a los cinco pijamas que tenían para los cuatro. Se turnaban para cambiárselos mientras el de sobra se lavaba.

Escrivá tenía un manteo, la sotana que le había dado el obispo Olaechea y un sombrero negro de fieltro, también del obispo. A pesar del duro frío del invierno, rehusó comprarse un jersey o una bufanda o cambiar la sotana o el sombrero, los cuales estaban ya muy desgastados. Por fin, Botella y Casciaro cortaron el sombrero en pequeños trozos que enviaron a los otros miembros de la Obra y a sus amigos, como recordatorio de que debían rezar por Escrivá. Esto no le dejó más opción que comprarse uno nuevo.

Sus intentos para obligarle a comprar una nueva sotana tuvieron menos éxito. Un día de agosto de 1938, antes de irse al cuartel, rasgaron la espalda de su vieja sotana. Cuando volvieron, sin embargo, le encontraron inclinado sobre ella, cosiéndola pacientemente. El arreglo fue tan defectuoso que, cuando salía a la calle, debía usar el manteo para cubrir la sotana hecha trizas, y esto en pleno verano. Pasó mucho tiempo hasta que lograron convencerle de que se hiciera una nueva sotana.

A pesar de su penuria, ayudaban a otros. En su carta del 9 de enero a los miembros de la Obra, Escrivá se prestaba a enviarles dinero, manuales para estudiar idiomas, crucifijos y cualquier otro objeto religioso que necesitaran. La hoja informativa enviada en marzo de 1938 a los antiguos residentes y estudiantes de DYA ofrecía ayuda financiera a aquellos que la necesitaran: “Que nos pidáis con confianza libros, ropa, dinero. Os lo enviaremos enseguida con gusto. Pedir con sencillez y libertad. Muchos de vosotros nos enviáis dinero, para nuestra empresa: esos ahorros que hacéis, para nuestra pobre caja común, tendremos verdadera alegría en emplearlos a favor de quienes pasen apuros económicos”[2].

También agasajaban a los visitantes que llegaban a Burgos. Una mañana después de Misa llevaron a desayunar a un joven oficial que estaba de paso en la ciudad. Más tarde Casciaro se quejó porque el joven se había tomado varias tazas de chocolate y unos cuantos bollos. Riendo, Escrivá le excusó y dijo que simplemente no había calculado bien: terminaba un bollo mientras todavía le quedaba chocolate y acababa el chocolate cuando todavía le quedaba parte del bollo…

Como había hecho en Madrid, Escrivá continuó practicando un rigoroso espíritu de mortificación y penitencia, mucho más allá de las incomodidades y limitaciones impuestas por la pobreza y la estrechez de la pequeña habitación, compartida por cuatro personas.

Muchas noches dormía en el suelo, usando su breviario como almohada. Cuando Albareda estaba en la ciudad, normalmente comía con él, mientras Casciaro y Botella comían en el cuartel. Pero en las frecuentes ocasiones en que Albareda estaba fuera de Burgos, se privaba de todas las comidas o tomaba muy poca cosa en un restaurante barato. Solía comprar unos cuantos céntimos de cacahuetes para que, cuando Casciaro le preguntara si había comido, pudiera contestarle que sí. Por las tardes, a veces, aceptaba tomar una peseta de tortilla en la cantina de la estación del ferrocarril; pero muchas otras, cuando Casciaro y Botella trataban de llevarle a que comiera algo, rehusaba, insistiendo en que no tenía hambre.

Muchos días, incluso, se privaba de beber agua. Una vez, Casciaro, que pensaba que Escrivá se estaba excediendo en su mortificación, le alcanzó un vaso de agua y le ordenó que lo bebiera. Cuando Escrivá lo rechazó, diciendo que se estaba extralimitando, Casciaro respondió que si no bebía el agua dejaría caer el vaso. Escrivá no cedía; soltó el vaso y se hizo añicos al caer. Imitando su tono de voz, Escrivá dijo pacientemente: “¡Rabioso!”. Unas horas más tarde, cuando se preparaban para ir a la cama, dejó caer, con afecto: “Lleva cuidado y no andes descalzo; no vaya a haber algún trozo de vidrio en el suelo”[3].

A pesar de la negativa de Escrivá, Casciaro y Botella perseveraban en sus intentos de que se cuidara más y moderara su penitencia. A finales de abril de 1938, Escrivá escribió a Jiménez Vargas para que les hiciera desistir:

“Querido Juanito: Por muchos motivos, creí y continúo creyendo que conviene que me entreviste contigo. Sin embargo, si el Señor no lo arregla, Él siempre sabe más.

Antes de nada, como sé que estos pequeños te han enviado una famosa carta, en la que hablan de mi plan de vida, he de decirte que ellos van con la más recta intención, pero, sin darse cuenta, le hacen el juego al enemigo.

Y, naturalmente, ante las intromisiones -a veces, incluso un poco violentas- llenas de afecto y… desorbitadas, escarmentado por la experiencia de meses, en lugar de tratar el negocio de palabra, les puse unas líneas secas, a estos niños, y creo han escrito a Ricardo y te han escrito a ti.

Conste que yo -aunque no tengo en Burgos Director- nada he de hacer que suponga abiertamente peligro para la salud: no puedo, sin embargo, perder de vista que no estamos jugando a hacer una cosa buena…, sino que, al cumplir la Voluntad de Dios, es menester que yo sea santo ¡cueste lo que cueste!,… aunque costara la salud, que no costará.

Y esta decisión está tan hondamente enraizada -veo tan claro- que ninguna consideración humana debe ser obstáculo, para llevarla a efecto.

Te hablo con toda sencillez. Motivos hay: porque has convivido conmigo más que nadie, y de seguro comprendes que necesito golpes de hacha.

Por tanto hazme el favor de tranquilizar a estos pequeños, con un sinapismo de los tuyos”[4].

Escrivá animaba a los miembros de la Obra y a las demás personas que dirigía espiritualmente a practicar el espíritu de penitencia y mortificación, especialmente en las pequeñas cosas de cada día. No sugería que siguieran los rigurosos ayunos y otras penitencias que él practicaba. Al contrario, se preocupaba de que comieran lo suficiente. En una carta de agosto de 1938 a sus hijos en Burgos, escrita mientras estaba de paso en Ávila, decía a Botella: “Me has de dar cuenta, al escribirme, de si meriendas o no: es una vergüenza que todavía hubiera, en el armario, unas latas de conserva. Que te compren botes pequeños de mermelada: un bote de esos, con un panecillo, puede solucionarte la ‘obediencia’ algunas tardes”[5]. Dirigiéndose a Casciaro, añadió: “Encárgate de eso y comprarle queso en porciones. Y los dos –tú te estás quedando en los huesos, con mucha elegancia- ‘debéis’ animaros y no dejar de merendar ni un solo día. ¿Está claro? A José María no le digo nada sobre este asunto, porque espero que no dará lugar: para eso no tiene tres añitos, como los otros”[6].

[1] AGP P03 1984 p. 240

[2] Ibid. p. 34

[3] Pedro Casciaro. Ob. cit. p. 151

[4] Ibid. p. 152-53

[5] AGP P03 1985 p. 347

[6] Ibid. p. 347

Del Portillo, Hernández de Garnica, Jiménez Vargas y Casciaro.

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Después de dejar la casa de la calle Serrano y pasar por las de varios amigos, del Portillo encontró refugio en la Embajada de Finlandia. Sin embargo, a comienzos de diciembre los milicianos la asaltaron y arrestaron a todos los refugiados. Del Portillo, junto con Hernández de Garnica, fue a parar a la cárcel de San Antón, una prisión provisional instalada en lo que antes había sido una escuela.

La amenaza de muerte pesaba constantemente sobre los prisioneros de San Antón. Había unos cuatrocientos encerrados en lo que había sido la capilla del colegio. Un día, un miliciano se subió al altar y le puso una colilla en la boca a una imagen religiosa. Un amigo de del Portillo se apresuró a quitarla y el miliciano le mató de un tiro. En otra ocasión, un guardia se acercó a del Portillo, le puso una pistola en la cabeza y afirmó: “Llevas gafas”, dijo, “debes de ser un cura”. Después, bajó su pistola y se alejó.

Del Portillo fue juzgado como enemigo de la República al final de enero de 1937. En ese momento había ya una cierta garantía en los procesos y fue puesto en libertad por falta de pruebas. Estar libre, sin embargo, no significaba tener seguridad. En cualquier momento podía ser detenido por un grupo de milicianos y de nuevo ser encarcelado o asesinado en el mismo sitio. Como su madre era mexicana, pudo refugiarse en la Embajada de México desde el final de enero hasta el 13 de marzo de 1937.

Hernández de Garnica no corrió la misma suerte que del Portillo. A pesar de sufrir una seria enfermedad de riñón, continuó encarcelado. Durante aquel tiempo, con frecuencia sacaban grupos de prisioneros y los ejecutaban, sin razones aparentes. Un día pareció que había llegado su turno. Fue esposado y subido a un camión con otros prisioneros para ser fusilado. El camión estaba a punto de salir, cuando alguien gritó su nombre y le ordenó bajarse y volver a su celda.

Más tarde, en febrero de 1937, fue trasladado a una prisión de provincias y, desde allí, a la Cárcel Modelo de Valencia. Cuando Escrivá lo supo, escribió a Casciaro para que hiciese todo lo posible por ayudar a Hernández de Garnica. En julio de 1937, fue liberado de la cárcel, en parte debido a sus problemas de riñón, pero poco tiempo después fue reclutado por el ejército republicano, donde sirvió hasta el final de la contienda.

El estallido de la Guerra Civil sorprendió a Vallespín en Valencia. Su situación era muy precaria. Había viajado allí días antes para firmar el contrato de la nueva residencia y no conocía la ciudad. No tenía trabajo, ni contactos -aparte de los pocos jóvenes miembros de la Obra- ni un sitio donde quedarse. En agosto, cuando parecía que el golpe había fallado y que el país se enfrentaría a un conflicto prolongado, se alistó en una milicia socialista. Como era arquitecto, fue asignado para ayudar en el diseño de fortificaciones en el frente de Teruel.

Casciaro fue el miembro de la Obra al que menos afectó el comienzo de la Guerra Civil. Acababa de marcharse a Torrevieja (Alicante) para pasar el verano con su familia. Enseguida fue llamado a filas por el ejército republicano, pero le declararon inútil para el servicio por su mala vista. Volvió a la casa de su familia. Su abuelo, que tenía pasaporte británico, había colocado un cartel en la puerta que decía que aquella propiedad pertenecía a un súbdito del Reino Unido. Sobre la casa ondeaba una gran Union Jack. Además, su padre, miembro de la izquierda moderada, tenía un puesto importante en la política local, lo que proporcionó a Casciaro alguna seguridad y cierta libertad de movimientos.

Los rumores que corrían en las provincias sobre la violencia en Madrid hicieron temer a Casciaro por Escrivá y los demás miembros de la Obra. Experimentó un profundo alivio al recibir una postal de Escrivá dos meses después. En aquella tarjeta, y en las breves cartas que después le envió, le urgía a rezar con insistencia y a no perder la confianza en Dios. Para evitar la censura, Escrivá no nombraba a Dios directamente ni empleaba términos religiosos, pero Casciaro entendió bien que, cuando Escrivá le animaba a “hablar a menudo con don Manuel y su madre”, se estaba refiriendo a Nuestro Señor y a la Santísima Virgen, y que, cuando le sugería que se dejase “guiar siempre por Manuel”, le estaba hablando de abandonarse en las manos de Dios.

Al final de 1936, cuando ya estaba claro que la guerra no terminaría pronto, Casciaro consiguió trabajo en un laboratorio cercano. Esto le permitió afiliarse a la Unión General de Trabajadores y al Partido Socialista. Con estas credenciales podía viajar por el este de España y visitar a Calvo Serer, uno de los mas recientes miembros de la Obra. Calvo Serer se había tenido que esconder, ya que era bien conocido en Valencia como dirigente de la Asociación de Estudiantes Católicos. En el verano de 1937 salió del escondite y fue alistado en el ejército republicano.

A pesar de las dificultades para recibir los sacramentos, Casciaro intentó mantener la vida de oración y sacrificio que había aprendido en la Obra. Consiguió asistir a Misa regularmente en un pueblo cercano, hasta que el comité revolucionario local prohibió al anciano párroco decir la Misa. Incluso después, pudo durante algún tiempo recibir la comunión y confesarse.

Casciaro entendió que, incluso en aquellas circunstancias extraordinarias, un miembro del Opus Dei no podía contentarse con cultivar únicamente su propia relación con Dios. Tenía que acercar a otros a Dios. Para Casciaro, era evidente que debía empezar por su hermano menor, José María. Le aconsejó que no dejase pasar los días y las semanas en vano. En concreto, le sugirió que estudiase francés mientras vigilaba el rebaño de ovejas de la familia. Además, animó a su hermano a vivir habitualmente algunas prácticas de piedad, como la oración personal y el Rosario.

Al fracasar los intentos de tomar Madrid, el conflicto se haría largo y se convertiría en una guerra de desgaste y ocupación. Este cambio de signo de la guerra no era fácil de percibir porque la información que circulaba era parcial y fuertemente manipulada por la censura. Aun así, los miembros de la Obra comprendieron que había llegado el momento de buscar refugio más estable y seguro. También, que debían pensar soluciones para sacar adelante el apostolado del Opus Dei en un país que podía quedar dividido indefinidamente. Para comprender cómo respondieron a esas nuevas circunstancias, puede ser útil hacer un breve resumen del curso de la guerra desde marzo de 1937 hasta su conclusión el 1 de abril de 1939.

Introducción

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Conferencia inaugural del Congreso La grandeza de la vida ordinaria, con ocasión del centenario del nacimiento de San Josemaría, Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Roma, 8-I-2002. Publicada en La grandezza Della vita quotidiana. Vocazione e missione del cristiano in mezzo al mondo, Edizioni Università della Santa Croce, Roma 2002, pp. 67-89.

La visión cristiana del mundo asegura que la Providencia divina rige los acontecimientos físicos y humanos, sin destruir la legítima autonomía de lo terreno. Esta certeza vale, de un modo especial y misterioso, para la persona: en la actuación de Dios –calificada tradicionalmente como «firme y suave»[1]- se hace compatible su Omnipotencia con el más delicado respeto a la libertad. En pocas palabras, no domina al ser humano un destino ciego, sino que –lo advirtamos o no– la solicitud amorosa de nuestro Padre Dios nos orienta hacia lo mejor, tanto para su gloria como para cada uno de nosotros.

Más en concreto, pertenece también a la visión cristiana de la vida la convicción de que la existencia personal responde a un designio amoroso de Dios, que «nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor»[2]. Esta invitación universal a la santidad adquiere en cada individuo la forma de un llamamiento peculiar e irrepetible, que se va descubriendo a lo largo de los años y llega a hacerse patente si la criatura busca de veras cumplir la Voluntad de Dios, lejos de todo egoísmo.

Lógicamente, esta condición vocacional de la vida humana implica que Dios, en su solicitud paterna, concede gratuitamente a cada uno los dones naturales y sobrenaturales que permiten la realización cabal de sus designios, es decir, el cumplimiento de una misión en el mundo. Por tanto, la vocación –con sus exigencias y con las gracias necesarias– no ha de atribuirse en exclusiva a unos pocos selectos o privilegiados, sino que se extiende de manera universal a todas las personas, creadas por Dios a su imagen y semejanza. A su vez, este proyecto divino no impide que la estructura vocacional de la existencia se haga más notoria en las personas que han recibido un encargo explícito de Dios, que las asocia de forma singular a la misión redentora de su Hijo, como instrumentos elegidos para propagar, de modo efectivo, el reino de Cristo entre las almas. Esos designios específicos se advierten con máxima claridad en la vida de los santos.

La personalidad señera del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer resulta particularmente significativa de esta doctrina evangélica sobre la llamada universal a la santidad y al apostolado, que –tras las enseñanzas del Concilio Vaticano II– es bien conocida por los fieles de la Iglesia Católica.

Por una parte, este santo sacerdote es uno de los portavoces contemporáneos más destacados de la difusión de esa llamada universal a la santidad, sobre todo en lo que se refiere a los laicos. Mons. Escrivá ha sido un pionero de este anuncio, al recordar lúcidamente –desde 1928, con la fundación del Opus Dei– que la voluntad de Dios para todas las almas es su santificación[3], esa plenitud de la vida cristiana que cada uno ha de buscar en las circunstancias ordinarias donde la Providencia divina le ha situado, y muy concretamente a través de su trabajo profesional, que se convierte así en medio e instrumento de santidad y apostolado.

Por otra parte, la propia biografía del Beato Josemaría constituye un ejemplo señalado de que Dios otorga las gracias necesarias para realizar la misión recibida. Y como la llamada, a la que este sacerdote respondió fielmente, encierra una extraordinaria significación en la historia del mundo y de la Iglesia, no cabe extrañarse de que en su existencia se trasluzcan unos dones humanos y sobrenaturales de envergadura, que procuraba ocultar en su deseo de desaparecer, tratando de pasar inadvertido, movido por su profunda humildad.

Así lo expresó el Prelado del Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo, en la homilía de la Santa Misa celebrada en la Plaza de San Pedro, al día siguiente de la beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer, en acción de gracias a la Trinidad Beatísima: «La santidad alcanzada por el Beato Josemaría no representa un ideal imposible; es un ejemplo que no se propone sólo a algunas almas elegidas, sino a innumerables cristianos, llamados por Dios a santificarse en el mundo: en el ámbito del trabajo profesional, de la vida familiar y social. Es un ejemplo clarificador que muestra cómo las ocupaciones cotidianas no son un obstáculo para el desarrollo de la vida espiritual, sino que pueden y deben transformarse en oración; él mismo anota por escrito en sus apuntes personales, con cierta sorpresa, que vibraba de Amor a Dios precisamente por la calle, entre el ruido de los automóviles, de los medios públicos, de la gente; incluso leyendo el periódico (J. Escrivá de Balaguer, 26-I-1932, en Apuntes íntimos, n. 673). Se trata de un ejemplo particularmente cercano, porque el Beato Josemaría ha vivido entre nosotros: muchos de los aquí presentes le habéis conocido personalmente. Él participó con intensidad en las angustias de nuestra época, y precisamente en las actividades diarias, mediante el cumplimiento fiel de los deberes cotidianos en el Espíritu de Cristo, ha alcanzado la santidad»[4].

[1] Sb 8, 1.

[2] Ef 1, 4.

[3] Cfr. 1 Ts 4, 3.

[4] ÁLVARO DEL PORTILLO, Homilía de la Santa Misa en acción de gracias y en honor del Beato Josemaría, Roma, 18-V-1992. Cfr. Oración para la Misa en honor del Beato Josemaría Escrivá (Congr. De Cultu Divino et disciplina Sacramentorum, Prot. CD 537/92).

Capítulo16. El paso de los Pirineos (octubre-diciembre 1937)

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Madrid-Valencia-Barcelona

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Incluso con un guía, cruzar los Pirineos sería una empresa difícil y peligrosa. El padre Recaredo Ventosa García, un refugiado de la Legación de Honduras con quien Escrivá se había confesado cada semana durante su estancia allí, trató de disuadirlo de intentar la travesía, pero Escrivá no veía ningún otro medio de ejercer abiertamente su ministerio sacerdotal y su trabajo para sacar adelante el Opus Dei. Urgido por Zorzano y los demás miembros del Opus Dei, se decidió a intentarlo, incluso aunque eso significara dejar atrás a su familia y a algunos miembros de la Obra.

Después de mucho discurrir y grandes esfuerzos para reunir el dinero necesario, trazaron un plan realizable. Escrivá, Albareda, Jiménez Vargas, Sainz de los Terreros y Alvira intentarían llegar a Valencia, donde se encontrarían con Casciaro y Botella. Desde allí irían a Barcelona, donde contratarían a los guías que los llevaran al sur de Francia.

Para octubre habían juntado algo de dinero, procedente de regalos y de préstamos de amigos y parientes. El resto de los fondos procedía del dinero que habían conseguido anteriormente para la nueva residencia. Siendo optimistas, la cantidad era apenas suficiente para llegar a Barcelona y pagar a los guías. Después de haber hecho todo lo posible para reunir más dinero, decidieron confiar en la Providencia.

Además del dinero, también necesitaban documentos de identidad, certificados de adhesión al régimen y salvoconductos con los que moverse por la zona republicana. Hacia octubre todos los miembros del grupo tenían algún documento de identidad. Escrivá continuaba usando los papeles que obtuvo en la Legación de Honduras. Albareda tenía su carnet de profesor de una escuela pública. El resto había adquirido documentos más o menos satisfactorios por medio de diversos personajes oscuros. Los certificados de afiliación a algún partido republicano fueron proporcionados por funcionarios de sindicatos anarquistas que, deseosos de aumentar el número de sus miembros en Madrid, no eran particularmente exigentes a la hora de expedirlos. En enero de 1937, el Gobierno había empezado a evacuar de Madrid a la población no imprescindible, ya que era difícil abastecer de alimentos a la ciudad. Por esta razón, fue fácil obter los salvoconductos para dejar la capital.

Aunque se tuvieran todos los papeles en regla, era difícil viajar porque los trenes con destino o salida de Madrid habían sido cancelados. A primeros de octubre, Jiménez Vargas consiguió meterse en un camión de vino y llegó a Valencia, donde comunicó a Casciaro y Botella que Escrivá y los otros llegarían en los próximos días.

Casciaro había sido reclutado por el ejército republicano en junio de 1937 a pesar de su visión deficiente. Fue destinado a oficinas en Valencia. Botella pasó en la ciudad todo el primer año de la guerra y trabajaba en el Instituto Municipal de Salud Pública. Se alegraron mucho al ver a Jiménez Vargas después de más de un año de separación y al saber que Escrivá y los otros pronto llegarían a Valencia.

Escrivá, Albareda, Sainz y Alvira consiguieron un coche y gasolina suficiente para viajar hasta allí. Fueron detenidos por un control de milicianos en un puerto de montaña, pero, después de revisar los documentos del conductor, les dejaron marchar sin hacer más preguntas. El 8 octubre de 1937 llegaron a Valencia, donde, emocionados, se encontraron con Casciaro y Botella.

En sus conversaciones con Casciaro y Botella, Escrivá les transmitió la convicción de que Dios estaba empeñado en que la Obra se realizase, pero que ellos debían poner de su parte todo lo que pudieran para contribuir a su crecimiento. Más tarde, esa misma noche, Jiménez Vargas repitió el mensaje, haciendo hincapié en que la juventud no era una excusa para no tomar en serio el Opus Dei. Después de que les dejara, los dos compararon sus notas y llegaron a la conclusión, en palabras de Casciaro, de “que hoy hemos dejado de ser un par de jovenzuelos inconscientes y que no tenemos más remedio que comenzar a ser hombres responsables”[1].

El profesor Sellés, que había dado refugio a Escrivá en Madrid el otoño anterior, se había trasladado a Valencia y le alojó aquella noche. A la mañana siguiente, Escrivá celebró Misa en casa de Sellés. Pidió a Casciaro y a Botella que trataran de encontrar unos dulces para los niños y algún juguete para la hija pequeña del profesor, y así agradecerle su hospitalidad.

El grupo de Madrid quedó con Casciaro y Botella para almorzar en un restaurante frecuentado por soldados y milicianos. Mientras comían, entró una patrulla y empezó a pedir los documentos a alguien de cada mesa. Casciaro se echó a temblar, pero Escrivá le dijo en voz baja que mantuviera la calma y rezara a los Ángeles Custodios. Cuando los milicianos llegaron por fin a su mesa, sólo le pidieron la documentación a Casciaro, el único que la tenía totalmente en regla.

Aquella tarde, Escrivá, Albareda, Jiménez Vargas, Alvira y Sainz tomaron el tren nocturno a Barcelona. Quedaron de acuerdo con Casciaro y Botella en que les avisarían si encontraban medio de que ellos también cruzaran a la otra zona. Al arrancar el tren, Escrivá sonrió y, con la mano en el bolsillo de la chaqueta, les bendijo.

En Barcelona, Albareda se alojó con su madre. Los otros cuatro encontraron habitación en un hotel. Trabaron relaciones con un contrabandista conocido como “Mateo el lechero”, que estuvo de acuerdo en organizar la travesía hasta Andorra. Desde allí, podrían cruzar fácilmente a Francia y llegar a la zona nacional.

Unos cuantos días después de su llegada, enviaron un telegrama a Casciaro para que fuera al día siguiente. Confiaban en que sabría buscar una excusa para ausentarse. Casciaro pensaba que era la señal para unirse al grupo que intentaría pasar a la zona nacional y decidió no perder el tiempo pidiendo un permiso. Desertaría. Días antes, estando solo en la oficina, había tomado unos cuantos salvoconductos en blanco con el sello del coronel. Falsificó un permiso de varios días, abandonó el cuartel y tomó el tren nocturno a Barcelona.

Ya en Barcelona, Casciaro comprobó que le habían avisado no para unirse al grupo en su intento de fuga, sino para que aprendiera el modo de contactar con un guía y organizara la huida de otro grupo más adelante. Se informó con detalle y regresó a Valencia. En el camino de vuelta intentó desesperadamente encontrar una excusa plausible para justificar su ausencia, pero no se le ocurrió ninguna. Se encomendó a su Ángel Custodio y regresó al cuartel dispuesto a sufrir las consecuencias. Afortunadamente, el joven soldado, que tenía una buena hoja de servicios, le era simpático al coronel y éste le impuso el mínimo castigo posible, dieciséis días en una prisión militar. Tan leve castigo era tan inusual que el coronel encontró en toda Valencia una sola celda que se pudiese cerrar con llave. Casciaro cumplió las primeras veinticuatro horas de su condena en un almacén sin ventanas de su barracón, bajo la vigilancia de unos guardias armados.

En Barcelona, las cosas iban despacio y los escasos fondos del grupo se iban agotando a un ritmo alarmante. Originariamente, planearon permanecer en la ciudad durante tan sólo unos pocos días, pero los tratos con los guías llevaron mucho más tiempo del esperado. Cuando finalmente parecía que todo estaba arreglado, hubo un nuevo retraso a causa de las lluvias torrenciales que provocaron inundaciones en la zona de las montañas que deberían cruzar. Casciaro todavía permanecía prisionero cuando, el 25 de octubre de 1937, Jiménez Vargas fue a Valencia para contarle a él y a Botella el cambio de planes e invitarles a unirse al grupo que intentaría cruzar los Pirineos. Mientras esperaba la salida de prisión de Casciaro, Jiménez Vargas viajó a Daimiel, donde Miguel Fisac, otro estudiante de Arquitectura, se había escondido desde el comienzo de la guerra. Cuando Fisac se enteró de sus planes de huida, decidió unirse al grupo.

El 31 de octubre de 1937 Casciaro salió de prisión y volvió a desertar. Usando los salvoconductos en blanco que había sustraído anteriormente, Botella había falsificado los permisos que les autorizaban a él mismo, Casciaro y Fisac a viajar durante unos días a Barcelona por asuntos familiares. Los tres y Jiménez Vargas tomaron el tren de mediodía a Barcelona, pero a causa de las inundaciones tuvieron que bajarse en Amposta, donde pasaron la noche. Cruzaron el río Ebro al día siguiente en un carro tirado por un burro y reanudaron el viaje en el tren que les esperaba al otro lado. Llegaron a Barcelona bien entrada la noche del 1 de noviembre de 1937.

[1] Pedro Casciaro. SOÑAD Y OS QUEDARÉIS CORTOS. Ediciones Rialp. Madrid 1994. p. 88

Homilía del Papa Juan Pablo II en la canonización de Josemaría Escrivá

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Homilía del santo padre Juan Pablo II en la misa de canonización del beato Josemaría Escrivá de Balaguer. “Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica” ha dicho el Papa a los asistentes de más de 80 países presentes en la Plaza de San Pedro.

Opus Dei -

1. “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8,14). Estas palabras del apóstol Pablo que acaban de resonar en nuestra asamblea, nos ayudan a comprender mejor el significativo mensaje de la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, que celebramos hoy. Él se dejó guiar dócilmente por el Espíritu, convencido de que sólo así se puede cumplir plenamente la voluntad de Dios.

Esta verdad cristiana fundamental era un tema recurrente de su predicación. En efecto, no dejaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para hacer que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios y la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia “santa y llena de Dios”. “A ese Dios invisible —escribió—, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales” (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 114).

También hoy esta enseñanza suya es actual y urgente. El creyente, en virtud del bautismo, que lo incorpora a Cristo, está llamado a entablar con el Señor una relación ininterrumpida y vital.

Opus Dei -

2. “Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase” (Gn 2, 15). El libro del Génesis, como hemos escuchado en la primera lectura, nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la ‘labrase’ y ‘cuidase’. Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana.

“La vida habitual de un cristiano que tiene fe – solía afirmar Josemaría Escrivá -, cuando trabaja o descansa, cuando reza o cuando duerme, en todo momento, es una vida en la que Dios siempre está presente” (Meditaciones, 3 de marzo de 1954). Esta visión sobrenatural de la existencia abre un horizonte extraordinariamente rico de perspectivas salvíficas, porque, también en el contexto sólo aparentemente monótono del normal acontecer terreno, Dios se hace cercano a nosotros y nosotros podemos cooperar a su plan de salvación. Por tanto, se comprende más fácilmente, lo que afirma el concilio Vaticano II, esto es, que “el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la construcción del mundo [...], sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber” (Gaudium et spes, 34).

3. Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el santo fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior.

Opus Dei -

Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis “sal de la tierra” (cf. Mt 5, 13) y brillará “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt., 5, 16).

4. Ciertamente, no faltan incomprensiones y dificultades para quien intenta servir con fidelidad la causa del Evangelio. El Señor purifica y modela con la fuerza misteriosa de la Cruz a cuantos llama a seguirlo; pero en la Cruz – repetía el nuevo Santo – encontramos luz, paz y gozo: Lux in Cruce, requies in Cruce, gaudium in Cruce!

Opus Dei -

Desde que el 7 de agosto de 1931, durante la celebración de la santa misa, resonaron en su alma las palabras de Jesús: “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32), Josemaría Escrivá comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda realidad humana, y sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes. Acogió entonces sin vacilar la invitación hecha por Jesús al apóstol Pedro y que hace poco ha resonado en esta plaza: “Duc in altum!”. Lo transmitió a toda su familia espiritual, para que ofreciese a la Iglesia una aportación válida de comunión y servicio apostólico. Esta invitación se extiende hoy a todos nosotros. “Rema mar adentro – nos dice el divino Maestro – y echad las redes para la pesca” (Lc 5, 4).

Opus Dei -

5. Pero para cumplir una misión tan ardua hace falta un incesante crecimiento interior alimentado por la oración. San Josemaría fue un maestro en la práctica de la oración, que consideraba una extraordinaria “arma” para redimir el mundo. Aconsejaba siempre: “Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en «tercer lugar», acción” (Camino, 82). No es una paradoja, sino una verdad perenne: la fecundidad del apostolado reside, ante todo, en la oración y en una vida sacramental intensa y constante. Éste es, en el fondo, el secreto de la santidad y del verdadero éxito de los santos.

Que el Señor os ayude, queridísimos hermanos y hermanas, a acoger esta exigente herencia ascética y evangelizadora. Os sostenga María, a quien el santo fundador invocaba como Spes nostra, Sedes Sapientiae, Ancilla Domini.

Que la Virgen haga de cada uno un testigo auténtico del Evangelio, dispuesto a dar en todo lugar una generosa contribución a la construcción del reino de Cristo. Que nos estimulen el ejemplo y las enseñanzas de san Josemaría para que, al final de nuestro peregrinar terreno, participemos también nosotros en la herencia bienaventurada del cielo. Allí, juntamente con los ángeles y con todos los santos, contemplaremos el rostro de Dios, y cantaremos su gloria por toda la eternidad.


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