Una agencia para el espíritu

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Recobremos aliento, después de tantas consideraciones teológicas y espirituales: estas páginas pretenden ser de información, no deformación. Para esto último la Prelatura dispone de publicaciones de gran valor y eficacia: a ellas remito al lector, en el caso de que no le baste las explicaciones que he dado y que daré a continuación acerca del fin teológico-pastoral-espiritual del Opus Dei.

A propósito del «fin», me permito destacar que, a la vista de lo anterior, tenía yo razón cuando anticipé que en el origen de todo sólo hay motivaciones radicalmente religiosas: siempre es gratificante confirmar que uno tenía razón. De ahí la dificultad de entender la Obra cuando no se emplean categorías religiosas, cuando no se mira desde el punto de vista de quien se mueve por el deseo de emplear su vida -de cara a la eternidad, por si fuera poco- de acuerdo con preocupaciones e intereses que nacen de la fe, no del deseo de ganar dinero y de ascender.

Tampoco estaba equivocado cuando les advertí de que las cosas son mucho más sencillas de lo que aparentan o de lo que muchos creen; incluso -como bien saben- de lo que creen muchos de dentro de la Iglesia.

«Original» es, según la etimología, «lo que vuelve a los orígenes». Eso es lo que buscó Escrivá, en esto reside su «originalidad»: en regresar a las raíces. Por eso, decía que «el modo más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos».

A la postre, todo se reduce a un planteamiento de este tipo: «¿Has recibido el bautismo? Pues sé consciente de lo que significa y esfuérzate por ser consecuente, vive conforme a lo que te propone la Iglesia, que al administrarte ese sacramento te ha introducido en ese Cuerpo cuya Cabeza es Cristo. Hazte santo (puedes; todos pueden, si tienen confianza en la ayuda de Dios que no puede faltar, puesto que la “perfección” de todo hombre, de toda mujer, es una voluntad explícita suya), en el mismo sitio en el que estás y, aparentemente, sin que nada cambie. Sigue en tu trabajo, continúa con tus compromisos profesionales y personales. Recuerda que, en un planteamiento de fe, todas las ocupaciones tienen gran valor, por insignificantes que sean a los ojos de los hombres; todas son de gran importancia, aunque objetivamente sean modestas, porque su importancia depende del amor a Dios y a los demás que ponen en ellas los que las realizan. Salvo vocaciones especiales, Dios no pide singularismos, cosas raras, actos clamorosos de heroísmo: tú también estás llamado al heroísmo, ciertamente, pero dentro de ti, en un contexto íntimo, privado, de “normalidad”. Reza mucho, más aún: reza en todo momento, pero sin agobios ni exhibicionismos, transformando tu trabajo en oración, sea cual sea, ofreciéndolo por una intención sobrenatural, y cumpliéndolo del mejor modo posible por amor de Dios y a los demás».

De la búsqueda de la «santidad» deriva la necesidad -mucho más que un deber- del «apostolado». Un apostolado normal, discreto, espontáneo, «tranquilo», como es el estilo de vida cristiana del cual procede.

«Los miembros del Opus Dei ejercitan el anuncio del evangelio a sus hermanos, sobre todo por medio del ejemplo que dan a los que les rodean, a sus colegas y compañeros de trabajo, en la vida familiar, social y profesional, esforzándose siempre y en todo lugar por ser mejores». Así decía en 1950 el primer decreto eclesial de aprobación solemne de la Obra (según la figura jurídica canónica de «instituto secular», aceptada a falta de otra mejor).

Las últimas palabras de ese Decreto que he puesto en cursiva merecen una explicación. Así las comenta Dominique Le Tourneau: «El trabajo bien hecho siempre es ejemplar. El cristiano debe realizarlo con toda la perfección de que sea capaz en el plano humano (competencia profesional) y en el divino (por amor de Dios y para servir a las almas), mostrándose así como una obra bien hecha. Difícilmente se puede santificar el trabajo si no se hace bien, con la mayor perfección posible. Será casi imposible lograr el indispensable prestigio profesional, calificado por Mons. Escrivá de “cátedra desde la cual se enseña a los demás a santificar ese trabajo y a acomodar la vida a las exigencias de la fe cristiana”. De aquí la necesidad de una formación profesional constante, con objeto de adquirir toda la ciencia humana de que se sea capaz. Para arrastrar a los demás, cada cual deberá empeñarse en cumplir su tarea como el mejor y, de ser posible, mejor que el mejor».

Comienza a vislumbrarse el origen de las habladurías sobre el «poder» de los miembros del Opus Dei. Si ponen todo el esfuerzo posible en su trabajo, no es extraño que muchos acaben por destacar. Pero esta excelencia profesional es para ellos «el medio para poder ayudar a los demás». A condición, claro está, de que actúen de buena fe. Pero, ¿hay alguna razón para dudar a priori de esa buena fe? ¿Quién les obligaría a tanto esfuerzo? ¿Acaso no hay logias y clubes donde se obtiene mucho más con un coste personal mucho menor?

Hay una pregunta que, antes o después, se escucha a propósito de los miembros del Opus Dei: «¿cuál es la fuerza que les impulsa a trabajar tanto, a estar siempre al día, a ser tan buenos profesionales?».

La estrategia y el estilo de este compromiso apostólico son tan «familiares» y discretos como extraordinariamente eficaces (los resultados son elocuentes, aunque el fondo de

los corazones escapa a cualquier estadística. Así lo confirma el propio Escrivá: «Trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de tu estado, acabar bien la labor de tu profesión o de tu oficio, creciéndote, mejorando cada jornada. Sé leal, comprensivo con los demás, y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ese será tu apostolado. Y sin que tú encuentres motivos, por tu pobre miseria, los que te rodean vendrán a ti, y con una conversación natural, sencilla -a la salida del trabajo, en una reunión de familia, en el autobús, en un paseo, en cualquier parte…-». Es, como ya sabemos, el «apostolado de amistad y de confidencia», sin púlpitos, prédicas, retórica ni teologías abstrusas (aunque siempre dentro de la ortodoxia católica: se proporciona una continua formación específica para lograrlo); en el coloquio téte-á-téte entre dos personas; y principalmente de colega a colega, pues no en vano el trabajo es el núcleo central.

Por decirlo con una cita del beato: «Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo…».

Ese es el «fin», esa es la estrategia que el Opus Dei propone a los católicos, con todas las bendiciones de la Iglesia, tanto universal como local.

Buen programa -¿quién podría negarlo?- para un creyente.

Pero también podría parecer fascinante a personas alejadas del sérail católico, ya que el porcentaje de «conversos» en edad adulta es considerable.

Y también porque, junto a la Obra, se encuentra el numeroso grupo de los «cooperadores», que -como dice una autorizada fuente- podrían definirse como: «personas que, sin ser miembros del Opus Dei, ayudan a la Prelatura con su oración -si son creyentes-, con su trabajo o con su ayuda económica. Constituyen una asociación propia e inseparable de la Obra». Y atención a lo que sigue: «pueden ser cooperadores hombres y mujeres no católicos, no cristianos e incluso no creyentes, sin confesión religiosa alguna. El Opus Dei es la primera institución de la Iglesia que llama a colaborar en modo orgánico a no católicos, no cristianos, agnósticos, ateos».

He llamado la atención sobre este último punto porque es otro de esos casos donde la realidad no corresponde en modo alguno con la imagen consolidada que tiene la Obra en la opinión pública, sospechosos de ser una especie de secta impenetrable de fanáticos katólicor (con la k incluida), defensores recalcitrantes de los decretos dogmáticos y los anatemas del concilio de Trento y del Vaticano I, intolerantes y cerrados a cualquier apertura ecuménica. Por contraste, se descubre que es «la primera institución de la Iglesia» que, entre sus «cooperadores», concede un lugar a los que hemos mencionado.

Un buen programa, repito, el del Opus Dei: desde el punto de vista religioso y también en una perspectiva humana. Pensándolo bien: ¿quién no querría tener como compañero de trabajo a un colega que se esfuerce por vivir en serio un ideal semejante? ¿Qué propietario de un coche, comprado a plazos con tanto sacrificio, si tiene una avería grave, no desearía toparse con un mecánico (o con un chapista) miembro del Opus Dei, para poder estar seguro de que le hará una reparación impecable, facturada como es debido y a un precio justo? Pero no gratis, y probablemente sin descuento. Presten atención al pragmatismo del punto 979 de Cansino: «Es condición humana tener en poco lo que poco cuesta. Esa es la razón de que te aconseje el “apostolado de no dar”. Nunca dejes de cobrar lo que sea equitativo y razonable por el ejercicio de tu profesión, si tu profesión es el instrumento de tu apostolado».

Verdaderamente, es un buen programa. Si les convence, si piensan que podría ser lo suyo, ¿qué habría que hacer para ponerlo en práctica? Les responderán que es la cosa más sencilla del mundo: basta con dirigirse a la «Prestigiosa agencia de servicios espirituales» fundada en Madrid en 1928, que desde 1947 tiene su sede central en Roma y cuenta con filiales en todo el mundo. Pónganse en contacto con la agencia y -además del impulso misterioso y gratuito que les ha movido a tomar esa resolución: la «vocación»- apliquen su buena voluntad, su disponibilidad. De lo demás se ocupará la agencia en cuestión.

No se trata de una broma: tras haber leído, visto, indagado e interrogado, mi opinión es que así son las cosas. Si esta opinión fuera correcta, se aclararían también algunas facetas de la Prelatura que suscitan sorpresa y desconfianza.

El joven sacerdote contempló dos cosas en aquella famosa «visión»: 1) la posibilidad -más aún, la necesidad- de que todos los bautizados se santifiquen a través de su trabajo, cualquiera que sea, y de su vida ordinaria; y en consecuencia, la posibilidad -que también aquí es necesidad- de ser misioneros de su fe, «apóstoles»; 2) que a ese sacerdote español se le confió no sólo anunciar ese mensaje, antiguo y nuevo como el evangelio, sino también la tarea de crear una institución, una estructura eclesial para que los llamados a ella puedan realizar ese programa.

Por eso la comparo a una «agencia», a un «ente» -una authority, dirían los ingleses- para pasar de la potencia al acto, para traducir en realidad ese «sueño» cristiano. En el fondo, a lo largo de su vida el fundador no trabajó en otra cosa que en la puesta a punto de esta estructura, para hacerla lo más eficaz posible para el fin previsto.

Pippo Corigliano, ingeniero napolitano, numerario, director de la Oficina de información de la Prelatura en Roma, en esos fax que ha de enviar casi todos los días para desmentir el último bulo, suele usar con frecuencia una comparación. «El Opus Dei es como una gasolinera espiritual: quien quiere viene y llena el depósito, y vuelve cuando necesita más carburante o precisa una revisión de su vida interior». Así se expresa el eficiente y amable Corigliano, que ha sido mi guía en este viaje para conocer su familia, y al que he torturado hasta el punto que prefería usar el cilicio antes que estar conmigo.

La imagen de «agencia de servicios espirituales» no me parece muy distinta, en sustancia, de la de «gasolinera de almas». Y no es por presumir de saber más que el ingeniero portavoz de la Obra (¡sólo faltaría eso!), pero a veces las cosas se ven mejor «desde fuera» -como en mi caso-, y la imagen de la agencia, con los límites de cualquier metáfora, se acerca más a la realidad que la de la gasolinera. De hecho, hay gente que acude a la primera gasolinera que se encuentra, y no vuelve más; ni se debe un agradecimiento especial al distribuidor; ni el usuario puede elegir, porque todas las gasolinas son iguales…

No sucede lo mismo en el Opus Dei, donde para marcharse las puertas están abiertas (según una clara y repetida frase del fundador, al que le gustaba añadir: «en el Opus Dei está quien le da la gana, que es la más sobrenatural de las razones…»), pero hay que llamar a la puerta para entrar, y demostrar que lo que se busca en la agencia es disfrutar de esos «servicios»: es decir, que a uno le empuja esa fuerza enigmática que la teología cristiana llama «vocación».

Esto no es una proclama hipócrita; lo que hemos señalado en las páginas anteriores parece demostrar que sucede de veras. «La confirmación de que se necesita una específica vocación divina está en el hecho de que hay millares de cooperadores que conocen el Opus Dei desde hace diez, veinte o treinta años y contribuyen con generosidad a sus apostolados, pero no solicitan entrar en él. Y no porque no sean dignos ni capaces de santidad: simplemente, porque su camino es otro».

Ya hemos visto que el Opus Dei no es un partido: a sus miembros le están permitido militar en cualquier corriente sociopolítica, siempre que esté dentro de los límites «católicos», que son mucho más amplios de lo que se creía hasta hace poquísimo tiempo, en particular en la Iglesia italiana, condicionada por una situación histórica singular. No es tampoco un club, y por eso no se «inscribe» uno porque esté convencido por el programa, o por otras razones «humanas». Se puede solicitar la entrada sólo si se siente haber recibido una llamada.

La vocación realiza una selección misteriosa, que debe ser probada con cautela y prudencia no sólo al principio, sino también con la limitación en el tiempo de los compromisos, que han de ser renovados cada año hasta que se llega, si es el caso, al compromiso definitivo. Esta realidad impide a la Obra caer en la tentación del exclusivimo, del «imperialismo», de creer que todos los católicos, para serlo de verdad, debieran alistarse tras los discípulos del beato Josemaría Escrivá de Balaguer y Albas.

La insistencia en el hecho de que en el Opus Dei se entra y se permanece (pudiendo ser hijos ejemplares de la Catholica y hacerse santos y apóstoles de otros muchos modos) en virtud de una elección subjetivamente libre pero objetivamente «guiada» por Dios, es precisamente lo que mantiene la debida conciencia de que el pluralismo espiritual en la Iglesia es una riqueza que debe conservarse.

Quiero hacer notar, de paso, una diferencia radical respecto al protestantismo. En éste, quien tiene un «modo distinto» de leer la Biblia, o incluso sólo una sensibilidad diferente, funda su propia iglesia o secta, que se pone en abierto contraste -casi siempre agresivo: «il faut s’opposer pour se poser», dicen los franceses para indicar una ley sociológica constante- con las miríadas de otros grupos cristianos. De ese modo, lo que nació de la Reforma, desde hace siglos tiende a fraccionarse, cada vez más, hasta llegar a las dos mil «denominaciones» existentes hoy en Estados Unidos, que proceden de las cuatro o cinco confesiones iniciales.

No sucede lo mismo en el catolicismo, donde los centenares, o los millares de «sensibilidades», de «espiritualidades» distintas no se convirtieron -ni se convierten- en iglesitas litigiosas, sino en las órdenes, congregaciones, institutos, movimientos, familias, todos ellos reconocidos por la Iglesia -después de las oportunas comprobaciones-, como si fueran teselas de ese mosaico policromo que es la Iglesia. Una sola «vocación», pero infinitos modos de vivirla.

Un santo de la vida corriente

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Testimonio de Cardenal Ugo Poletti, Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana. Vicario General del Papa para la diócesis de Roma
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Recientemente el Papa ha ordenado la publicación del Decreto sobre la heroicidad de las virtudes del venerable Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Muchos saben que la doctrina de Mon­señor Escrivá se centra en la necesidad y la posibilidad de vivir con plenitud de amor todas las circunstancias normales de la vida cotidiana, y de manera especial el trabajo profesional con el que el cristiano, además de santificarse personalmente, contribuye a ordenar con rectitud las realidades temporales. Y también es sabi­do que, desde 1928, el mensaje del fundador del Opus Dei ha sido de tal eficacia práctica en la vida de miles de mujeres y hombres de todo el mundo, que llegará a ser un punto de referencia preciso para aquellos que quieran inspirarse en una espiritualidad cristiana «secular».

Es preciso añadir que esta realidad eclesial (doctrina y vida: una explica la otra) ha entrado a formar parte del magisterio solemne de la Iglesia, ya que el Concilio ha enseñado explícitamente en la Lumen gentium que todos los cristianos, sin distinción de clase u otro género, son llamados por Dios a ser «santos» (es decir, per­fectos en el amor y en todas las demás virtudes). Hay que destacar que no existía una doctrina orgánica de ¡a «vocación universal a la santidad en la Iglesia» en los primeros siglos del cristianismo. Existía, eso sí, una praxis significativa sobre todo en los siglos iniciales (y por este motivo Escrivá decía que el Opus Dei está unido a la vida de los primeros cristianos).

La eficacia del mensaje de Josemaría Escrivá fue enseguida extraordinaria. Cuando muere en Roma, donde había vivido desde 1946, había ya 60.000 personas, mujeres y hombres, vinculadas al Opus Dei, es decir, comprometidas a santificar la vida familiar, la profesión y la inserción de su ambiente y su época en los azares sociales. Cuando años más tarde se abre el proceso de canonización del fundador del Opus Dei fui precisamente yo, como vicario del Papa en la diócesis de Roma, el encargado de dirigir el proceso canónico. Ahora la Santa Sede ha finalizado una fase importante de este proceso: la Iglesia declara oficialmente que Josemaría Escrivá ha practicado heroicamente todas las virtudes cristianas (el amor ante todo, y luego la fe y la esperanza…).

Evidentemente esto es de la máxima importancia. Monseñor Escrivá había dicho que el Opus Dei iba a abrir a todos, sin excluir a nadie, «los caminos divinos de la tierra». Ahora tenemos una nueva confirmación de que esos «caminos de la tierra» son verdade­ramente «divinos» y santificables en sí mismos. Él había enseñado que se puede y se debe ser santos, perfectamente fieles a Dios, sien­do fieles a la propia vocación humana de ser padres o madres de familia, obreros o profesionales y personas totalmente comprome­tidas en las vicisitudes terrenas, corriendo el riesgo de la libertad y de la responsabilidad; ahora, la santidad de su vida de sacerdote secular manifestada a través de la práctica heroica de las virtudes en circunstancias ordinarias, se confirma como fuente de inspira­ción para todos los cristianos necesitados de ejemplos actuales e incisivos que les guíen para transformar la propia existencia en un –fecundo servicio a Dios y a los hombres.

La opinión pública de nuestro mundo occidental secularizado también ha señalado la importancia cada vez más evidente que tiene la «secularidad» en la vida de la Iglesia. Existen signos inequívocos de la misma, entre otros, citemos el interés activo y fecundo de la Iglesia por los problemas sociales y políticos: desde la célebre «cues­tión obrera», que motivó la Encíclica Rerum novarum de León XIII, hasta la Encíclica de Juan Pablo II Sollicitudo rei soc¡alis, pasando por la Encíclica Pacem in terris de Juan XXIII, que marcó una época. Hablaba de interés activo y fecundo, porque no se trata sólo del magisterio (éste es ya un precioso servicio de verdad y de moti­vaciones ideales), sino también de una clara actividad a todos los niveles y de innumerables formas de solidaridad y promoción huma­nas: la asistencia sanitaria, la escuela, la recuperación de los tóxi­co co-dependientes, la acogida a los inmigrantes…

La Iglesia está constituida sobre todo por gente que vive en el mundo (que los antiguos llamaban saeculum: de ahí el adjetivo «se­cular»), por eso mismo el aprecio por los valores seculares y laicos se advierte sobre todo en la vida cristiana de los fieles que se mueven dentro de las estructuras profesionales y civiles. El Papa y los obis­pos están al servicio de esta gente, están para ellos. Es precisamente por esta responsabilidad pastoral por lo que actualmente la Iglesia presenta con esperanza al mundo la ejemplaridad de la espiritua­lidad y la vida de este sacerdote que el Señor llamó a su seno hace quince años.

En medio del mundo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En buena parte de los tratados de espiritualidad de los últimos siglos, tener vocación implicaba el abandono de unos estratos para sumergirse, de acuerdo con distintas reglas, en la búsqueda exclusiva de Dios al margen de las líneas de lo temporal. El mundo se consideraba casi ajeno a cualquier intento de aproximación vital a las verdades teologales. Pero el Evangelio ha dado a los hombres, además, otra significación: “sicut me misisti in mundum, et ego misi eos in mundum”(8): Igual que Tú me enviaste al mundo, Yo les envío a ellos….

Cuando Monseñor Escrivá de Balaguer proclama que la llamada a la santidad para la mayoría de los cristianos tiene lugar en medio del mundo, que es el lugar de encuentro con Dios, el recuerdo imborrable de la Encarnación de Cristo, y que el trabajo cabal, costoso y creador es un medio idóneo para buscar la santidad, va a encontrar incomprensión y resistencia a este mensaje, en amplios sectores de opinión.

Se entiende mejor esta incomprensión si se tiene en cuenta que el valor trascendente del trabajo como eje de la vida humana no se mide por la mayor o menor importancia que le otorga la sociedad, sino por el amor a Dios y el radical espíritu de servicio con que se lleve a cabo. Se destruyen así todos los estamentos de clases y elitismo, definiéndose la categoría de las tareas en función del amor con que se realizan.

«Para mí es tan importante la vocación al Opus Dei de un mozo de estación como la de un dirigente de empresa. La vocación la da Dios, y en las obras de Dios no caben discriminaciones» (9).

Esta actitud de amor al mundo, como salido de las manos de Dios, y a sus nobles realidades, la acogida a toda dedicación humana y la libertad y responsabilidad, exclusivamente personales, consecuencia de la dignidad del hombre, producirán conmoción. Sin embargo, tal doctrina es idéntica a la testimoniada por la vida de los primeros cristianos dispersos en un quehacer universal, unidos por el único nexo capaz de aunar sin anular, de transformar sin destruir, de elevar sin segregar: el amor y la fidelidad, en la medida de las propias fuerzas y limitaciones, al mensaje de Jesucristo.

« Sueño -y el sueño se ha hecho realidad- con muchedumbres de hijos de Dios, santificándose en su vida de ciudadanos corrientes, compartiendo afanes, ilusiones y esfuerzos con las demás criaturas. Necesito gritarles esta verdad divina: si permanecéis en medio del mundo, no es porque Dios se haya olvidado de vosotros, no es porque el Señor no os haya llamado. Os ha invitado a que continuéis en las actividades y en las ansiedades de la tierra, porque os ha hecho saber que vuestra vocación humana, vuestra profesión, vuestras cualidades, no sólo no son ajenas a sus designios divinos, sino que El las ha santificado como ofrenda gratísima al Padre» (10).

«El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación (…). No sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora»(11).

En este tiempo, el seglar, el hombre de la calle, con sus inquietudes y avatares personales, entendía frecuentemente el apostolado exclusivamente como colaboración en actividades emanadas de la jerarquía eclesiástica. La situación histórica de España favoreció, además, un cierto carácter combativo de muchas actividades del apostolado seglar.

Estos datos ayudan a comprender lo sorprendente de una institución con las características del Opus Dei. El clima de secularidad e iniciativa personal en que se mueve llevará a su Fundador a ser calificado de progresista, hereje y loco. Porque conocía perfectamente el momento eclesial e intelectual en que esta realidad de Dios venía al mundo, supo hasta qué punto habría de defenderla. Llevó su verdad como el que se siente responsable ante Dios y ante la Iglesia, con la certeza de quien se sabe elegido como acequia y arcaduz de un mensaje incambiable.

«Menos aún podrán detenernos, o disminuir la firmeza de nuestro paso -vamos al paso de Dios-, las dificultades de comprensión que nuestro camino encuentre, porque nadie puede frenar una impaciencia santa, divina, por servir a la Iglesia y a las almas.

Acrecentad, pues, vuestra fe y confianza en Dios. Y tened también un poco de fe y de confianza en vuestro Padre, que os asegura que procedéis en la verdad, obedeciendo a la Voluntad de Nuestro Señor, y no a la débil voluntad de un pobre sacerdote… “que no quería”, que no pensó ni deseó nunca hacer una fundación» (12).

Siempre obró en plena conformidad y obediencia a la jerarquía eclesiástica competente; desde el primer momento contó con la bendición y cariño del entonces Obispo de Madrid, don Leopoldo Fijo y Garay.

Durante más de cuarenta años ha tenido que mostrar, en unos países con mayor insistencia que en otros, el verdadero rostro sobrenatural de la misión que Dios le confió aquel 2 de octubre de 1928 y que él ha transferido intacto a sus hijos de todo el mundo. Jamás le arredrarán las dificultades humanas, las habladurías o vejaciones de cualquier género que haya podido soportar, atemperadas siempre, eso sí, por su respeto imperturbable hacia los protagonistas y el buen humor resistente a las contradicciones. Como escribía el Cardenal Primado de España en 1975:

«Sumergido para siempre en la vivencia cálida del misterio de la Iglesia, más que enfrentarse con las dificultades, lo que hacía era incorporarlas y asimilarlas hasta hacerlas correr dentro de su sangre como un alimento más de su vida de fe. De ahí que lo que parecía optimismo temperamental era más bien realismo cristiano, que ni se arredra ni huye por muy oscuro que se presente el horizonte. Era la Iglesia de Cristo la que invitaba a trabajar así, porque así tienen que ser siempre las cosas para los seguidores del que llevó la cruz»(13).

Con su tenacidad sonriente seguirá diciendo, durante cuarenta y siete años, que «hemos de amar al mundo porque es el ámbito de nuestra vida, porque es nuestro lugar de trabajo, porque es el campo de batalla -hermosa batalla de amor y de paz-, porque es donde nos hemos de santificar y hemos de santificar a los demás»(14).

De este modo y con una gozosa sencillez, volverá a colocar la invitación de Cristo al alcance de todos los fieles de la tierra. Sin perder nada de su exigencia, la santidad adoptará, además, la forma específica y circunstancial de cada hombre o mujer, de cada situación, de cada ruta en la multiforme elección de los seres humanos. Ha metido el concepto de la perfección cristiana dentro del bolsillo de lo cotidiano, de lo habitual, como un amigo de palabra sonriente y conciliadora.

Ante el asombro que causa esta espiritualidad netamente evangélica, escribirá en «Camino».

«Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. -¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores…Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos»(15).

Años más tarde confiaba a miles de personas las inspiraciones divinas de aquel día ya lejano, en el que vio el horizonte de la Obra:

«Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria… » (16)

Perenne juventud de la Iglesia

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Es lógico que esta realidad viva, que enlaza directamente con la de los primeros cristianos, haya contado desde su fundación con el apoyo y el aliento de la Jerarquía episcopal y haya recibido, desde 1943, todas las aprobaciones de la Santa Sede, que han culminado en la erección de la Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei, el 28 de noviembre de 1982, en los mismos términos que había solicitado su Fundador.

En una carta manuscrita dirigida a Mons. Escrivá de Balaguer, Pablo VI escribía que el Opus Dei «ha surgido, en este tiempo nuestro, como viva expresión de la perenne juventud de la Iglesia, plenamente abierta a las exigencias de un apostolado moderno, cada vez más activo, capilar y organizado». Y añadía: «Colocados por la voluntad del Señor al timón de la nave de Pedro, desde la que escrutamos con vigilante solicitud los signos anticipadores de los tiempos, el ansia de las almas que esperan la llegada de los operarios del Señor, las necesidades antiguas y siempre renovadas que entraña la difusión del Evangelio de Cristo, consideramos con paterna satisfacción cuanto el Opus Dei ha realizado y realiza por el Reino de Dios, el deseo de hacer el bien, que lo distingue; el celo ardiente por las almas, que lo empuja hacia los arduos y difíciles caminos del apostolado de presencia y testimonio en todos los sectores de la vida contemporánea».

Juan Pablo II, en la homilía de la Misa que celebró en Castelgandolfo el 19 de agosto de 1979, se dirigía –según recoge L’Osservatore Romano– en los siguientes términos a un grupo de profesores y estudiantes universitarios del Opus Dei: «Vuestra institución tiene como finalidad la santificación de la vida permaneciendo en el mundo, en el propio puesto de trabajo y de profesión: vivir el Evangelio en el mundo, viviendo ciertamente inmersos en el mundo, pero para transformarlo y redimirlo con el propio amor a Cristo. Realmente es un gran ideal el vuestro, que desde los comienzos se ha anticipado a la teología del laicado, que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del postconcilio.

»Tal es el mensaje y la espiritualidad del Opus Dei: vivir unidos a Dios en medio del mundo, en cualquier situación, cada uno luchando para ser mejor con la ayuda de la gracia, y dando a conocer a Jesucristo con el testimonio de la propia vida.

»¿Hay algo más bello y más apasionante que este ideal? Vosotros, insertos y mezclados en esta humanidad alegre y dolorosa, queréis amarla, iluminarla, salvarla: ¡benditos seáis y siempre animosos en este vuestro intento! »,

Prólogo Ana Sastre

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Han pasado muchos años desde la fecha de mi primer encuentro con el Opus Dei. Pero a lo largo de este tiempo hay tres hitos que mantengo inolvidables.

El primero se remonta a la etapa de estudios universitarios, cuando ocupábamos los bancos de nuestra vieja Facultad de Medicina de San Carlos. Desde los medallones y lápidas que coronaban el Gran Anfiteatro, nombres ilustres que habían logrado gloria científica espoleaban la noble ambición de ser y hacer algo importante. Además, se abrían a diario múltiples caminos culturales que contribuían a poner en nuestra vida alternativas de inquietud, curiosidad y proyectos. Madrid se dejaba descubrir y disfrutar metiéndose implacablemente en el corazón de aquel alud de estudiantes llegado de provincias.

Y, acostumbrada a indagar por cuenta propia, un día me acerqué hasta los umbrales de la Obra. Venía de muy lejos, pero siempre me había fascinado, en la lectura del Evangelio, la llamada de Cristo a los primeros Apóstoles: a Juan, el adolescente que lanzaba su impaciencia sobre los horizontes del lago; a Pedro, el hombre curtido en mil avatares; a Natanael, el más sincero y leal de los israelitas; y a Mateo, ducho en la dureza del dinero. Apenas unas palabras: «Venid conmigo». «Y dejadas todas las cosas, le siguieron» (1).

Aprendí, entonces, que esta leva voluntaria no había cerrado su demanda tras las puertas de la historia. Comprobé de cerca que Cristo seguía en las encrucijadas llamando a cada uno por su nombre. Y acepté la palabra de los santos en la seguridad de que nada hay comparable a esa experiencia única en la que Dios, con la fuerza de un huracán ardiente, se apodera del alma.

El segundo momento tiene relación con mi primer viaje a Roma. Imposible hablar, en corto espacio, de la sacudida que supone para cualquier ánimo la Ciudad Eterna. Hay que pasearla con las luces del tramonto para saber un poco de los mástiles del Foro, de la exigua grandeza de la Mamertina, de las plazas de Miguel Angel, el Coliseo, el Panteón y las fontanas. Roma es el espíritu de Occidente que se afinca como testimonio de la historia. Además, para un cristiano, es la permanencia viva y habitual del representante de Cristo en la Tierra; son los brazos blancos de la paz abriéndose a la multitud con el Angelus de cada domingo.

No era de extrañar que el Fundador del Opus Dei, en la convicción de recoger el espíritu de los primeros cristianos, hubiera establecido su residencia, y con ella el corazón de toda la Obra, en este contexto que supera las estructuras temporales.

Este viaje tuvo para mí la impagable compensación de conocer y hablar con Monseñor Escrivá de Balaguer. De sentir la influencia de su vitalidad, su empeño en rescatar para Dios todo lo grande y bello del mundo. Puedo decir que, después de haber charlado un rato con el Padre, el tirón de su santidad había elevado el alma por encima de dificultades y fatigas. Le había dado esa joven y rotunda confianza sobrenatural que respiran los puntos de «Camino».

Recuerdo con especial nitidez mí bajada a la Cripta de Santa María. Ese lugar de la Sede Central del Opus Dei que entonces parecía esperar una realidad tan lejana y que hoy alberga, en el contrapunto de las rosas y las piedras, el cuerpo del Fundador. Todo sugería allí una alegre paz, una convicción de estar en el feliz dintel de Dios.

Porque mi tercera experiencia arranca precisamente de aquel 26 de junio de 1975, después de conocer la noticia del fallecimiento de Monseñor Escrivá de Balaguer. No resultaba difícil imaginar y compartir la devoción con que le rodeaban sus hijos de Roma y del mundo entero. Menos fácil era objetivar su ausencia, saber que ya no llegarían, en el devenir de cualquier situación, la firmeza de su ser aragonés, el buen humor intacto ante múltiples aconteceres, la seguridad para los momentos confusos, la veracidad y la valentía de su palabra.

Pero su pérdida dio lugar a una nueva resonancia. Estaba todo tan lleno de su solicitud, tan inmerso en las coordenadas de su espíritu, que el vacío se convertía ya en voz que llegaba desde la eternidad. La muerte hizo más evidente la envergadura de su amistad, la dimensión de su paso por la tierra de los hombres.

Fue en estas fechas cuando intenté la osadía de asomarme a los desvelos de su vida, a la intimidad de sus escritos, al testimonio de quienes habían participado desde el principio y desde cerca de esta llamada a la santidad, de la brega de un luchador incansable de Dios en nuestro tiempo.

Adivino su mirada -de tan difícil descripción porque estaba siempre arraigada en calidades de profundidad y de cariño-, aceptando esta inconcebible traducción de su persona que yo pueda hacer, sin otras credenciales que el amor y la admiración al espíritu que difundió entre nosotros.

Así empezó la aventura de este libro. Desearía haberlo escrito con la sencillez y claridad de una conversación tras la jornada de trabajo. Decir con palabras usuales y diarias esta formidable teología de convertir en empresa apasionante lo que, por desgaste de la humana condición, tiende a ser rutina y cansancio.

A través de estas páginas tal vez algunos encuentren la clave para transformar la prosa de sus días en «endecasílabo, verso heroico»(2). Y para dilatar su ánimo en la gran empresa que hoy y siempre ofrecen los caminos del mundo en marcha hacia lo eterno.

La dedicación a los azares de esta Semblanza me llevó al descubrimiento, hasta límites ignotos, de la santidad de un hombre, al crecimiento de una estremecida devoción y al encuentro de una gran certeza humana.

Quisiera haber sido capaz de sembrar algo del mismo estímulo y alegría para los lectores. Porque más allá de los datos que respaldan la historicidad de mi relato, Dios está en el horizonte. Y es tiempo de caminar.

Madrid, 2 de octubre de 1989

Traslado a Burgos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El 7 de enero de 1938, Escrivá dejó Pamplona. Indicó a Botella y Casciaro que hicieran todo lo posible para que les enviaran a Burgos. Pasó por Vitoria y llegó a Burgos el día 8. Empezaba una nueva etapa en la vida del Opus Dei. Después de un año y medio de forzosa inactividad era preciso reconstruir el apostolado y poner los fundamentos de la nueva expansión. La primera tarea de Escrivá fue escribir una larga carta a los miembros de la Obra para ofrecerles “luces y aliento, y medios, no sólo para perseverar en nuestro espíritu, sino para santificaros con el ejercicio del discreto, eficaz y varonil apostolado que vivimos, a la manera del que hacían los primeros cristianos”[1].

El 9 de enero de 1938 les escribía: “No hay imposibles: omnia possum… ¿Olvidaréis nuestros diez años de consoladora experiencia?… ¡Vamos, pues! ¡Dios y audacia!”[2]. Les invitó a atender a su vida espiritual a través de la oración, mortificación y presencia de Dios y a meditar frecuentemente en la realidad de ser hijos de Dios, que no estaban solos, sino que eran “eslabones de una cadena”[3].

El sentido de comunión de unos con otros y con él es un tema recurrente en la carta. Su amor por la Obra debía manifestarse, les dijo, en la preocupación por el Padre y por sus hermanos en el Opus Dei. Les urgió a vivir “cada día, con especial interés, una particular Comunión de los Santos”[4] con los demás miembros de la Obra. Les sugirió que se propusieran rezar por él, sacrificarse por él y unirse a él. Al mismo tiempo les pidió que pusieran en práctica unos con otros el consejo de San Pablo a los Gálatas: “Con respecto al Padre: orar por él, sacrificarme por él, unirme en todo a él. Con respecto a mis hermanos: poner en práctica la doctrina, tantas veces inculcada: alter alterius onera portate, et sic adimplebitis legem Christi”[5]. Y también les animó a mantener correspondencia, “aunque no tengas nada que decir”[6], con él y los demás de la Obra. Y se ofrecía: “Si te hago falta, llámame. Tienes el derecho y el deber de llamarme. Y yo, el deber de acudir, por el medio de locomoción más rápido”[7].

Para ayudarles a aprovechar el tiempo, les animó a estudiar lenguas extranjeras y, cuando fuera posible, a realizar algún trabajo profesional o artístico. Volviendo al apostolado, les trazó un posible plan:

“1. Tu vida interior, que obtiene gracia para que sea eficaz el trabajo de los que estamos libres.

2. Tu buen ejemplo, con virilidad.

3. Busca un amigo, o dos o tres. Más, no. Y que cada uno de estos amigos busque a otro, para llevarlo por nuestro camino. No me digas que no puedes: dime, mejor, que no pones los medios.

4. Escribe a nuestros chicos de San Rafael o a los nuestros de San Gabriel: y llévalos a la frecuencia de Sacramentos; al amor a la Obra; al proselitismo; y a ayudar, ahora, económicamente nuestra empresa sobrenatural.

5. Procura mover, a nuestros amigos, a escribir quincenalmente a Burgos, y a hacer visitas periódicas al Padre: en cuanto pueda ser, se les recibirá en nuestra Casa de San Miguel en Burgos”[8].

Al final de la carta, les indicó que incluyeran una petición por el Padre en las preces de la Obra que les había enseñado.

En Burgos, Escrivá contrajo una fiebre persistente, con tos y ronquera, que le hizo temer que padeciera una tuberculosis. Nunca se había preocupado de su propia salud, pero lo contagioso de esa enfermedad haría imposible que siguiera tratando estrechamente a gente joven. Vallespín y Botella le convencieron para que consultara a un especialista del pulmón, a pesar de su reticencia a gastar dinero en sí mismo. Éste le dijo que, aunque no había contraído una tuberculosis, sí tenía un serio problema respiratorio y debía consultar al especialista de nariz y garganta. El doctor no pudo determinar la raíz de su persistente tos y fiebre y concluyó que, fuera lo que fuera su mal, estaba “en tierra de nadie”.

En la carta del 9 de enero de 1938, Escrivá dejaba entrever su deseo de alquilar un piso que les proporcionara un mínimo de intimidad y la independencia necesarias para recibir visitas. Aquel deseo, sin embargo, no se cumpliría. Burgos rebosaba con más del doble de su población habitual en tiempos de paz. Aun teniendo dinero, habría sido difícil encontrar algo. Albareda consiguió una pequeña suma, pero como decidieron gastar la mayor parte en un cáliz y un sagrario para el próximo centro de la Obra, dondequiera que estuviese, Escrivá y él se conformaron con una habitación en una pensión modesta.

Escrivá quería partir inmediatamente para ver a miembros de la Obra, antiguos residentes y estudiantes de DYA, y a los obispos de las ciudades por donde pasara. Antes necesitaba obtener un salvoconducto que le permitiera moverse libremente. En 1931 Escrivá había conocido al general Luis Orgaz, vecino de la familia a cuya casa había trasladado el Santísimo Sacramento durante la quema de conventos en Madrid. Le había visitado más tarde, mientras estaba en prisión por su participación en el fallido golpe de 1932. Orgaz estaba ahora destinado en Burgos como jefe de Instrucción y Reclutamiento. Escrivá también conocía al general Martín Moreno por una de sus hijas. Estos contactos, y las facilidades normalmente concedidas a los sacerdotes en la zona nacional, le permitieron obtener el pase que necesitaba. Durante enero y febrero viajó a Valladolid, Ávila, Bilbao, León, Zaragoza y Pamplona.

[1] AGP P01 1984 p. 85-86

[2] Ibid. p. 86

[3] Ibid. p. 88

[4] Ibid. p. 89

[5] Ibid. p. 90-95

[6] Ibid. p. 90-95

[7] Ibid. p. 96

[8] Ibid. p. 92-93

2. El camino jurídico del Opus Dei.

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Tienes razón. ‑Desde la cumbre ‑me escribes‑ en todo lo que se divisa ‑y es un radio de muchos kilómetros‑, no se percibe ni una llanura: tras de cada montaña, otra. Si en algún sitio parece suavizarse el paisaje, al levantarse la niebla, aparece una sierra que estaba oculta.

Así es, así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros… Los haréis, a través de las montañas, al golpe de vuestras pisadas (Camino, 928).

Probablemente, al redactar estas líneas, el autor de Camino pensaba en el dilatado panorama apostólico que, con los años, harían los socios de la Obra en el mundo entero. Dificultades no faltarían. La guerra de España había terminado. Pero llegaba el momento de abrir un camino para el Opus Dei en el campo del Derecho canónico.

La Obra no se parecía a ninguna de las organizaciones que entonces existían en la Iglesia. Sus socios no querían, ni podían, ser religiosos, que buscan la santidad apartándose del mundo, en el retiro del yermo o en el servicio activo a las almas –colegios, hospitales‑. La vocación plenamente apostólica que Dios quería para el Opus Dei le alejaba también de las simples cofradías c pías uniones, establecidas en el Código de Derecho canónico.

El único modelo era bien preciso en sus contornos teológicos, pero aún no había sido definido nunca en textos jurídicos: los primeros cristianos. Como declararía el Fundador del Opus Dei en 1967 a Peter Forbath, corresponsal del Time de Nueva York, la manera más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección a la que estaban llamados por el hecho, sencillo y sublime, del Bautismo. No se distinguían exteriormente de los demás ciudadanos. Los socios del Opus Dei son personas comunes; desarrollan un trabajo corriente; viven en medio del mundo como lo que son: ciudadanos cristianos que quieren responder cumplidamente a las exigencias de su fe.

No había cauce jurídico para una Asociación que proponía el modo de vivir de los primeros cristianos. Además, el Fundador ‑buen jurista‑ entendía que la norma debía surgir de la vida, y no al contrario. Se abrirían los caminos al golpe de las pisadas. El fenómeno ascético y apostólico tenía que preceder a la configuración jurídica.

No obstante, don Josemaría, fiel hijo de la Iglesia, sabedor de que no hay labor fecunda al margen de la Jerarquía eclesiástica, actuó en todo momento ‑como diría en infinidad de ocasiones­- con la venia y con la afectuosa bendición del queridísimo Señor Obispo de Madrid, donde nació el Opus Dei el 2 de octubre de 1928. Más tarde, siempre también, con el beneplácito y el aliento de la Santa Sede y, en cada caso, de los Revmos. Ordinarios de los lugares donde trabajamos.

También lo acredita el P. Vicente Ballester Domingo, salesia­no, secretario particular en 1937 del Obispo de Pamplona, don Marcelino Olaechea, que hospedó a don Josemaría, como sabemos, en su palacio episcopal. Por allí pasaban muchos obispos y él les daba a conocer el Opus Dei. Don Vicente Ballester atestigua que “siempre buscó el beneplácito de la Jerarquía aunque entonces no fuera fácil comprender lo que era el Opus Dei”.

Toda la urgencia que sentía por la salvación de las almas, desaparecía ante el problema del camino jurídico de la Obra: no tenía prisa; confiaba en el querer de Dios. Al mismo tiempo, era muy escueto al hablar del Opus Dei, precisamente porque no tenía aún entidad jurídica alguna dentro de la Iglesia. El Padre Sancho, O.P., recuerda una explicación de esa necesaria pruden­cia: la Obra está todavía en gestación, es como una criatura non nata. Luego, cuando llegó el decretum laudis de la Santa Sede, el Fundador de la Obra le diría que desde ese momento, gracias a Dios, podían hablar ampliamente del Opus Dei, porque ya era una cosa pública, y la Iglesia la había alabado maternalmente.

“Veo en este hecho ‑comenta el P. Sancho‑ una manifestación del hondo amor sumiso de Josemaría a las decisiones de la autoridad suprema de la Iglesia”.

Sin embargo, esta delicadeza de conciencia fue motivo de recelos y calumnias, en los años inmediatos de la postguerra. “No se sabía si era un santo o un hereje”, rememora el Dr. Eladio de la Concha, hoy pediatra en Gijón: “Todo era cuestión de confiar.

Cuando arreciaron los ataques de algunos contra el Opus Dei y su Fundador, el Obispo de Madrid se empeñó en dar una aprobación por escrito, para ver si así se calmaban las calumnias. La medida no podía tener carácter definitivo. No resolvía de ningún modo el problema jurídico de la Asociación, pero podía contribuir a amortiguar la campaña. Y el 19 de marzo de 1941 don Leopoldo Eijo y Garay aprobó el Opus Dei como Pía Unión. Su Fundador recibió la noticia en Diego de León, 14 ‑como recordaba, allí mismo, unos treinta años después‑, y se dirigió al oratorio con su madre y con alguno de los socios de la Obra que estaba en la casa, porque no había nadie más: todos estaban trabajando, lo nuestro es trabajar. Fui a ver a mi madre y le dije:

mira, me acaba de llamar el Obispo y, contra mi voluntad, porque no quería ninguna aprobación, me dice que está hecho el decreto. Vamos a dar gracias. Nos arrodillamos sobre la tarima del altar, y dimos gracias al Señor.

Y siguió esperando. Las calumnias no cesaron. El incremento del trabajo apostólico ‑que se extendía por nuevas ciudades: Valencia, Barcelona, Zaragoza, Valladolid, Sevilla…‑, hacía conveniente encontrar alguna solución jurídica de más entidad que la de simple Pía Unión. Por otra parte, un grupo de socios del Opus Dei había comenzado los estudios, con vistas a recibir la ordenación sacerdotal: era imprescindible también resolver las cuestiones que su ordenación planteaba en el terreno del Derecho canónico.

Años después, en la fiesta de la Maternidad de Nuestra Señora, diría a un grupo de socios: He considerado otras veces, hijos míos, y os he hecho considerar, que cada paso en el camino jurídico de la Obra lo hemos dado bajo la protección de la Madre de Dios. Al celebrar ahora su Maternidad divina, recuerdo ‑no puedo menos de recordarlo‑ que la primera vez que la Santa Sede puso sus manos sobre la Obra fue en esta festividad, hace tantos años.

Y se refería a lo que le había dicho don Álvaro del Portillo, que estaba a su lado: Padre, estará contento, porque mañana es la Virgen del Pilar. Y yo le contesté: fiesta por fiesta, todas las de la Virgen me conmueven, me parecen estupendas; pero, puestos a escoger, prefiero la de hoy, la Maternidad. No sabía entonces que la Madre de Dios había intercedido por esta Obra de Dios, y se había dado la primera aprobación.

De otra parte, se hacía necesaria por muchas razones una aprobación de carácter pontificio. Don Álvaro del Portillo fue enviado a Roma en febrero de 1946, para que presentara en el Vaticano la documentación sobre la Obra, preparada por el Fundador. Algún tiempo después le envió una carta: venía a decirle que su presencia personal en Roma era necesaria, para tratar de sacar adelante lo que, humanamente, parecía impo­sible.

Por aquel tiempo se había agravado la diabetes que padecía el Fundador del Opus Dei. Le tenían que poner varias inyecciones al día. El clima del verano en Roma no podía sentarle nada bien para su dolencia. El médico no sólo desaconsejó el viaje, sino que declaró que ‑caso de realizarse‑ no asumía la responsabilidad de lo que pudiera ocurrir. Pero el Fundador de la Obra no dudó ni un momento: veía claro que el Señor quería que fuese a Roma, a pesar del sacrificio que suponía. Reunió a los que formaban entonces parte del Consejo General de la Asociación, para informarles de lo que había decidido. Los miembros del Consejo, visto el asunto en la presencia de Dios, se adhirieron unánime­mente a los planes del Fundador.

Rememorando este momento decisivo de su biografía perso­nal, y de la historia del Opus Dei, escribió en 1961:

La Obra aparecía, al mundo y a la Iglesia, como una novedad. La solución jurídica que buscaba, como imposible. Pero (…) no podía esperar a que las cosas fueran posibles. Ustedes han llegado ‑dijo un alto personaje de la Curia Romana‑ con un siglo de anticipación. Y, no obstante, había que intentar lo imposible. Me urgían millares de almas que se entregaban a Dios en su Obra, con esa plenitud de nuestra dedicación, para hacer apostolado en medio del mundo.

Lo acompañó en el viaje a Roma don José Orlandis, que conocía el italiano: “Ir desde Madrid a Roma ‑explica‑, en aquellos tiempos de la inmediata postguerra, era casi una aventura y, en todo caso, un viaje largo y penoso, por tierra y mar, en el que se invertían cerca de cinco días. No había aún servicios aéreos, y estando cerrada por razones políticas la frontera pirenaica con Francia, el único enlace entre España e Italia lo constituía un barco correo, que navegaba semanalmente de Barcelona a Génova”.

El miércoles 19 de junio de 1946, a primera hora de la tarde, salieron en coche de Madrid, con destino a Zaragoza y Barcelo­na. Mons. Escrivá de Balaguer encomendaba especialmente a la Santísima Virgen el trascendental negocio que le llevaba a Roma. El jueves, 20, por la mañana fue a la Basílica de

Nuestra Señora del Pilar y, según su costumbre, se acercó mezclado con el pueblo y sin que nadie le reconociese a besar el Pilar de la Virgen. Luego, al llegar cerca de Igualada, quiso subir a Montserrat y saludar allí a la Virgen Morena, Patrona de Cataluña. Al día siguiente, se puso de modo especial en manos de la Madre de Dios que, bajo la advo­cación de la Virgen de la Merced, es la Patrona de la ciudad de Barcelona, en cuyo puerto tenía que embarcar rumbo a Italia. Acudió por la mañana a la Basílica de la Merced y allí rezó con­fiadamente a la Señora, pidiéndole su ayuda, sus mercedes, en aquel trance importantísimo para la aprobación del Opus Dei por la Suprema Autoridad de la Iglesia.

Años más tarde, en 1961, Mons. Escrivá de Balaguer se refería a que había hecho el viaje a Roma con el alma puesta en mi Madre la Virgen Santísima y con una fe encendida en Dios Nuestro Señor, a quien confiadamente invocaba, diciéndole: ecce nos reliquimus omnia, et secuti sumus te: quid ergo erit nobis? (Mt., XIX, 27). ¿Qué será de nosotros, Padre mío?: habíamos dejado todo: la honra ‑con tanta calumnia encima-, la vida entera, haciendo cada uno en un sitio lo que el Señor pedía. Dios nos escucho, y escribió en estos años romanos, otra página maravillosa de la historia de la Obra.

Aquella mañana del 21 de junio de 1946, había celebrado la Santa Misa en el oratorio del Centro del Opus Dei de Barcelona donde había pasado la noche: un piso en la calle Munta­ner, 444. Antes de la Misa, dirigió la meditación de los socios de la Obra que estaban presentes. Sus palabras, llenas de fe, se les quedaron grabadas para siempre. Tomó pie para su meditación en voz alta de aquel pasaje del Evangelio de San Mateo, donde Pedro dice a Jesús que han dejado todo para seguirle. A1 calor de esas palabras de la Escritura surgía un profundo sentimiento de fe, que le impulsaba a encararse abiertamente con el Señor, y a decir, lleno de audacia filial:

¿¡Señor, Tú has podido permitir que yo de buena fe engañe a tantas almas!? ;Si todo lo he hecho por tu gloria y sabiendo que es tu Voluntad! ¿Es posible que la Santa Sede diga que llegamos con un siglo de anticipación…? Ecce nos reliquimus omnia, et secuti sumus te (Mt., XIX, 27).

Concluyó la meditación con un acto de entrega, plenísima y confiada, en la Providencia amorosa de Dios, para quien son posibles todas las cosas, también aquellas que los hombres llaman imposibles.

Esa misma tarde embarcó en el buque que debía conducirle a Italia, el J. J. Sister, un pequeño vapor de la Compañía Transme­diterránea, de unas 1.500 toneladas de desplazamiento y cincuenta años de vejez. Un furioso temporal, impropio del Mediterráneo y más aún en el mes de junio, zarandeó durante cerca de veinte in­terminables horas el barco. El Fundador del Opus Dei, enfermo como estaba, sufrió lo indecible en este su primer viaje por mar.

El sábado 22, cerca de la medianoche, con varias horas de retraso a causa del temporal, el J. J. Síster amarraba al puerto de Génova, donde esperaban don Álvaro del Portillo y don Salvador Canals. Al día siguiente, domingo 23, después de celebrar su primera Misa en tierra italiana, hizo en coche el camino de Génova a Roma.

¿Qué es lo que yo quería? ‑escribió el Fundador del Opus Dei en 1961‑: Un lugar para la Obra en el derecho de la Iglesia, de acuerdo con la naturaleza de nuestra vacación y con las exigencias de la expansión de nuestros apostolados; una sanción plena del Magisterio a nuestro camino sobrenatural, donde quedaran, claros y nítidos, los rasgos de nuestra fisonomía espiritual. El crecimiento de la Obra, la multitud de vocaciones de personas de toda clase y condición, todo esto que era bendición de Dios, me urgía a tratar de obtener ‑de la Santa Sede‑ la ple­na aprobación jurídica del camino que el Señor había abierto.

Antes, en ese mismo escrito, se había referido al motivo de su primer viaje a Roma:

Nosotros no veníamos a ser un grupo que se repliega sobre sí mismo, para buscar la santidad personal y, desde el abrigo corporativo de una institución, santificar a los demás. El Señor nos quería donde estábamos ‑nel bel mezzo delta strada, me gusta decir en italiano‑, en el estado, condición, trabajo profesional que cada uno tiene en el mundo.

Y ahí nos daba la misión de santificar a los demás, de llevarlos a Cristo por el testimonio, por la doctrina, por la amistad y el ejemplo de una vida limpia. Esta misión apostólica nos urgía a buscar la santidad: ahí, donde estábamos, en nuestro trabajo profesional, en el ocio de cada uno que, elevado por la gracia al orden sobrenatural y ejercido con perfección humana, se convertía en camino específico de santificación. El estado religioso, hijos míos, no lo podía aceptar para nosotros, porque diere ‑por su ascética, por sus medios, y por sus fines específicos‑ de la ascética, medios y fines que Dios, en su providencial designio, quería para su Obra.

El Fundador del Opus Dei dejó sus preocupaciones en el Señor, y Él le sostuvo (cfr. Ps., LIV, 23). Apoyado en su vocación divina como toda certeza, fue capaz de abrir camino, guiado por la mano de Dios. Porque el Señor escucha a los que a Él acuden confiados, sin más armas que el abandono en sus brazos poderosos, sin más apoyo que la confianza en su Santísima Madre. Lo reconocía en 1950:

A pesar de mis muchas miserias ‑quizá precisamente por ellas, para que se viera que la Obra era de Él‑ el Señor se ha dignado inspirar el Opus Dei a este pobre pecador, y práctica­mente desde 1917 hasta 1928, y hasta ahora, me da la impresión de que ha hecho conmigo lo que dice la Palabra divina: et delectabar per singulos dies ludens coram eo; omni tempore ludens in orbe terrarum: et deliciae meae esse cum filiis ho­minum (Prov., VIII, 30 y 31): la Sabiduría de Dios jugaba co­mo con un niño, delante del Señor cada día, en la redondez de la tierra: porque las delicias de Dios son estar con los hijos de los hombres.

La Sabiduría infinita me ha ido conduciendo, como si jugara conmigo, desde la oscuridad de los primeros barruntos, hasta la claridad con que veo cada detalle de la Obra, y bien puedo decir: Deus docuisti me a iuventute mea; et usque nunc pronuntiabo mirabilia tua (Ps., LXX, 17), el Señor me ha ido adoctrinando desde el principio de la Obra, y no puedo menos de cantar sus maravillas.

El Señor, con su insondable Sabiduría, guió los pasos del Fundador del Opus Dei. Le llenó de fe y de confianza para intentar lo imposible, y mostrar así una vez más que ecce non est abbreviata manus Domini: ¡El brazo de empequeñecido! (Camino, 586).

Mons. Escrivá de Balaguer volvió a Madrid el 31 de agosto,

con un documento de la Santa Sede llamado de aprobación de fines, que no se daba desde hacía un siglo. Pasó el verano en Madrid y en Molinoviejo (Segovia), y el 21 de octubre fue otra vez a Barcelona, para dar gracias a la Virgen de la Merced: iba, de nuevo, camino de Roma. Algo más tarde, el 24 de fe­brero de 1947, la Obra recibía de la Santa Sede el Decretum laudis, y el 16 de junio de 1950, la aprobación definitiva.

Cuando en 1968, Enrico Zuppi y Antonio Fugardi, director y redactor, respectivamente, de L’Osservatore della Domenica, pre­guntaron a Mons. Escrivá de Balaguer si estaba satisfecho de los cuarenta años de actividad del Opus Dei, y si las experiencias de los últimos años, los cambios sociales, o el Concilio Vaticano 11, le habían sugerido algunos cambios de estructura, el Fundador del Opus Dei pudo contestar:

¿Satisfecho? No puedo por menos de estarlo, cuando veo que, a pesar de mis miserias personales, el Señor ha hecho en torno a esta Obra de Dios tantas cosas maravillosas. Para un hombre que vive de fe, su vida será siempre la historia de las misericordias de Dios. En algunos momentos de esa historia quizá sea difícil de leer, porque todo puede parecer inútil, y hasta un fracaso; otras veces, el Señor deja ver copiosos los frutos, y entonces es natural que el corazón se vuelque en acción de gracias.

Una de mis mayores alegrías ha sido precisamente ver cómo el Concilio Vaticano 11 ha proclamado con gran claridad la vocación divina del laicado. Sin jactancia alguna, debo decir que,

por lo que se refiere a nuestro espíritu, el Concilio no ha supuesto una invitación a cambiar, sino que, al contrario, ha confirmado lo que ‑por la gracia de Dios‑ veníamos viviendo y enseñando desde hace tantos años. La principal característica del Opus Dei no son unas técnicas o métodos de apostolado, ni unas estructuras determinadas, sino un espíritu que lleva precisamente a santificar el trabajo ordinario.

Errores y miserias personales, repito, los tenemos todos. Y todos debemos examinarnos seriamente en la presencia de Dios, y confrontar nuestra propia vida con lo que el Señor nos exige. Pero sin olvidar lo más importante: si scires donum Dei!… (loan., IV, 10), ¡si reconocieras el don de Dios!, dijo Jesús a la samaritana. Y San Pablo añade: Llevamos ese tesoro en vasos de barro, para que se reconozca que la excelencia del poder es de Dios y no nuestra (2 Cor., IV, 7).

La humildad, el examen cristiano, comienza por reconocer el don de Dios. Es algo bien distinto del encogimiento ante el curso que toman los acontecimientos, de la sensación de inferioridad o de desaliento ante la historia. En la vida personal, y a veces también en la vida de las asociaciones o de las instituciones, puede haber cosas que cambiar, incluso muchas; pero la actitud con la que el cristiano debe afrontar esos problemas ha de ser ante todo la de pasmarse ante la magnitud de las obras de Dios, comparadas con la pequeñez humana.

Carta del Prelado (Julio 2007)

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Carta de Mons. Javier Echevarría a los fieles del Opus Dei. En el mes de julio, el Prelado invita a meditar sobre la vida ordinaria y ejemplar de los primeros cristianos.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Como otros años, el pasado 26 de junio se ha celebrado litúrgicamente la fiesta de San Josemaría Escrivá de Balaguer en numerosos lugares del mundo entero. Cada día más, la devoción a nuestro Padre es una realidad que no conoce confines: ni geográficos, ni lingüísticos, ni de razas, ni de condición social. Millones de personas acuden a su intercesión en las necesidades espirituales y materiales, y se inspiran en su vida y en sus enseñanzas para llevar a la práctica las exigencias del Evangelio.

Su figura resulta actualísima y así sucederá siempre, con la gracia de Dios, para que muchos hombres y mujeres descubran los caminos que conducen a la Trinidad Santísima, a través de todas las realidades humanas nobles: la familia, el trabajo, las relaciones sociales, etc.

El Señor desea que quienes nos esforzamos a diario por santificarnos, siguiendo el espíritu del Opus Dei, nos empeñemos por recorrer fielmente las sendas que San Josemaría abrió con su docilidad al querer divino. De este modo, con el testimonio de nuestra lucha interior —a veces victoriosa y otras no, pero recomenzando siempre con alegría—, y con nuestras palabras de aliento, muchas otras personas se animarán a emprender este camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano[1], que es la Obra.

Hoy os recuerdo algunas enseñanzas de San Josemaría relacionadas con los primeros cristianos, que recibieron la doctrina evangélica directamente de labios de los Apóstoles o de sus inmediatos colaboradores. Se fijaba en ellas y en ellos como ejemplo de la forma con la que hemos de afrontar nuestra existencia en medio del mundo. Precisamente ayer hemos vivido la memoria litúrgica de los protomártires romanos, hombres y mujeres de la Urbe que dieron el supremo testimonio de Cristo en la Ciudad Eterna durante la persecución de Nerón. Al introducir su fiesta en el calendario universal, la Iglesia decidió que se celebrara el 30 de junio, tras la solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, como para subrayar su unión estrechísima con quienes les habían transmitido la doctrina santa de Jesucristo.

Para explicar la misión del Opus Dei, San Josemaría recurría con frecuencia a aquellos primeros hermanos nuestros en la fe. Si se quiere buscar alguna comparación —decía—, la manera más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección a la que estaban llamados por el hecho, sencillo y sublime, del Bautismo. No se distinguían exteriormente de los demás ciudadanos[2]. De modo semejante, añadía, los fieles del Opus Dei son personas comunes; desarrollan un trabajo corriente; viven en medio del mundo como lo que son: ciudadanos cristianos que quieren responder cumplidamente a las exigencias de su fe[3].

También me mueve a haceros estas consideraciones el deseo de secundar las enseñanzas del Papa, que en las Audiencias de los miércoles —desde hace ya algún tiempo— expone la figura de los antiguos Padres y escritores de la Iglesia. Sus palabras nos pueden ayudar a conducirnos como esas personas de los albores del cristianismo. En el fondo, las circunstancias en que ellos testimoniaron su fe no se muestran muy distintas de las nuestras.

Resalta un primer punto: la actitud optimista, rebosante de confianza y seguridad —¡de fe!—, con que se relacionaron con el mundo pagano. A la luz de las enseñanzas del Señor, supieron discernir lo que había de positivo en las costumbres sociales de su época, y rechazaron lo que no era compatible con la nueva visión de la existencia que la doctrina de Cristo les había comunicado.

El Papa hace notar, por ejemplo, que San Justino —cristiano seglar, maestro de filosofía en la Urbe—, partiendo de la Sagrada Escritura, ilustró ante todo el proyecto divino de la creación y de la salvación que se realiza en Jesucristo, el Logos, es decir, el Verbo eterno, la Razón eterna, la Razón creadora. Y subraya cómo aquel antiguo Padre de la Iglesia considera quetodo hombre, como criatura racional, participa del Logos, lleva en sí una “semilla” y puede vislumbrar la verdad. Así, el mismo Logos, que se reveló como figura profética a los judíos en la Ley antigua, también se manifestó parcialmente, como en “semillas de verdad”, en la filosofía griega. Ahora bien, concluye San Justino, puesto que el cristianismo es la manifestación histórica y personal del Logos en su totalidad, “todo lo bello que ha sido expresado por cualquier persona, nos pertenece a nosotros, los cristianos”[4].

En muchos países, los que nos sabemos hijos de Dios nos hallamos inmersos en una sociedad neopagana y —no lo dudemos— tenemos encomendada la estupenda misión de reconducirla de nuevo a Dios. La actitud apostólica de cada una y de cada uno ha de seguir los pasos de los que nos han precedido. Bien asentados en la doctrina católica, hemos de actuar sin complejos de inferioridad en el seno de la sociedad civil a la que por derecho propio pertenecemos, y —sin arrogancia— transformarla desde dentro actuando como el fermento en la masa[5], para el bien temporal y eterno de los hombres.

Seamos, pues, optimistas y objetivos. Aunque veamos deficiencias y errores, abundan siempre muchas actitudes positivas, realidades buenas en las mujeres y en los hombres con quienes nos encontramos, y en el ambiente en el que nos movemos. Al ocuparnos del apostolado, hemos de descubrir esas riquezas y apreciarlas, para conducir a quienes tratamos hacia la Verdad. Apoyándonos en esos puntos de interés común, será más fácil acercar las almas a Dios. Nuestro mejor aliado para la nueva evangelización de la sociedad —además del Ángel Custodio de las personas que tratamos— es precisamente ese poso divino que se encuentra siempre en cada criatura humana —aunque a veces lo ignore—, también entre quienes se hallan más alejados de Dios.

Llenémonos de ánimo, y tratemos de contagiarlo a otros que quizá se quedan desalentados ante las situaciones de decadencia moral y espiritual que surgen en tantas partes. En las conversaciones personales con amigos y compañeros, así como en las intervenciones más o menos públicas que nos corresponda llevar a cabo, vayamos pertrechados con las “alas” de la fe y de la razón, como repite incansablemente el Papa[6], sin separar una de otra. Así contrarrestaremos el relativismo ambiental, manifestación de la carencia de fe y de la falta de confianza en la razón.

Y, recordando también al amadísimo Juan Pablo II, pongamos por obra su consejo: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid, abrid de par en par, las puertas a Cristo! A su salvadora potestad abrid los confines de los Estados, los sistemas económicos al igual que los políticos, los amplios campos de cultura, de civilización, de desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo sabe lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo Él lo sabe!»[7]. Lo hemos de cumplir, primero, en nosotros mismos, permitiendo al Señor que entre en nuestras almas y señoree en ellas; y también en quienes tratamos, acompañándolos para que lleguen al convencimiento de que Jesús es el mejor Amigo.

Para eso, resulta imprescindible que mejoremos constantemente nuestra formación teológica, que ahondemos —en la medida de las necesidades y de las circunstancias de cada uno— en los temas presentes en la opinión pública relacionados con los aspectos fundamentales de la Revelación.

Analizando las enseñanzas de los Santos Padres, el Papa se detiene en otro punto de gran importancia en los momentos actuales. Afirma que el gran error de las antiguas religiones paganas consistió en no atenerse a los caminos trazados por la Sabiduría divina en el fondo de las almas. Por eso, el ocaso de la religión pagana resultaba inevitable: era la consecuencia lógica del alejamiento de la religión de la verdad del ser, al reducirse a un conjunto artificial de ceremonias, convenciones y costumbres[8]. Los antiguos Padres y escritores cristianos, en cambio, optaron por la verdad del ser contra el mito de la costumbre[9]. Tertuliano, como recuerda el Papa, escribía: «Dominus noster Christus veritatem se, non consuetudinem, cognominavit»[10]; Cristo Nuestro Señor afirmó que Él era la Verdad, no la costumbre. Y Benedicto XVI comenta que, a este respecto, conviene observar que el término consuetudo, que utiliza Tertuliano para referirse a la religión pagana, en los idiomas modernos se puede traducir con las expresiones “moda cultural”, “moda del momento”[11].

También ahora es seguro el fracaso de quienes prescinden de Dios. A pesar de la aparente victoria del relativismo en algunos lugares, este modo de pensar y de vivir acabará derrumbándose como un castillo de naipes, por no estar anclado en la verdad de Dios Creador y Providente que dirige las vías de la historia.

Los cristianos nos sabemos más libres que nadie, porque no nos dejamos arrastrar por las tendencias del momento. La Iglesia desea que sus hijos sean ciudadanos católicos responsables y consecuentes, de forma que el cerebro y el corazón de cada uno de nosotros no vayan dispares, cada uno por su lado, sino concordes y firmes, para hacer en todo momento lo que se ve con claridad que hay que hacer, sin dejarse arrastrar —por falta de personalidad y de lealtad a la conciencia— por tendencias o modas pasajeras: para que no seamos ya niños que fluctúan y se dejan llevar de todo viento de doctrina por la falsedad de los hombres, que para engañar, emplean astutamente los artificios del error(Ef 4, 14)[12].

Al principio de estas líneas os mencionaba que la devoción a San Josemaría sigue difundiéndose por el mundo. Hace pocos días —y no son los únicos ejemplos muy recientes—, se descubrió en Reggio Calabria una lápida conmemorativa de los sesenta años del paso de nuestro Padre por esa ciudad; y se dio su nombre a una calle en Fiuggi. Y hoy, 1 de julio, se dedica a San Josemaría una iglesia parroquial en Valencia; ésta es la razón de que haya fechado aquí esta carta, pues me encuentro en esta ciudad invitado por el queridísimo amigo y hermano en el episcopado, Mons. García Gasco, para participar en la ceremonia litúrgica. Uníos a mi acción de gracias y sigamos trabajando, cada uno en su sitio, para que este espíritu de Dios llegue a nuevos ambientes y a nuevas personas.

Me da mucha alegría comunicaros que desde el pasado 26 de junio están ya en Moscú los hermanos vuestros que comienzan la labor estable de la Obra en Rusia. Vamos a acompañarlos de cerca con nuestra oración, en estos primeros momentos y siempre; y preparemos la futura expansión.

Al ver las cartas de todas y de todos, con motivo de mi cumpleaños, me he llenado de vergüenza y de alegría; os lo he agradecido a cada una, a cada uno. Como decía nuestro Padre, preguntádselo a Él, si lo dudáis.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Valencia, 1 de julio de 2007.

[1] Oración para la devoción a San Josemaría.

[2] San Josemaría, Conversaciones, n. 24.

[3] Ibid.

[4] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 21-III-2007. La cita de San Justino es de la Apología II, XIII, 4.

[5] Cfr. Mt 13, 33.

[6] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 18-IV-2007.

[7] Juan Pablo II, Homilía en el comienzo de pontificado, 22-X-1978.

[8] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 21-III-2007.

[9] Ibid.

[10] Tertuliano, Sobre el velo de las vírgenes I, 1.

[11] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 21-III-2007.

[12] San Josemaría, Carta 6-V-1945, n. 35.


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