Bibliografía del mensaje para el Año Sacerdotal

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Colección de textos mencionados en la bibliografía que se sugiere en el mensaje del Prelado para el Año Sacerdotal. Incluye links a documentos más extensos.

SURCO (n. 499)

Afirmas que vas comprendiendo poco a poco lo que quiere decir “alma sacerdotal”… No te enfades si te respondo que los hechos demuestran que lo entiendes sólo en teoría. —Cada jornada te pasa lo mismo: al anochecer, en el examen, todo son deseos y propósitos; por la mañana y por la tarde, en el trabajo, todo son pegas y excusas.

¿Así vives el “sacerdocio santo, para ofrecer víctimas espirituales, agradables a Dios por Jesucristo”?

FORJA (n. 369)

Si actúas —vives y trabajas— cara a Dios, por razones de amor y de servicio, con alma sacerdotal, aunque no seas sacerdote, toda tu acción cobra un genuino sentido sobrenatural, que mantiene unida tu vida entera a la fuente de todas las gracias.

ES CRISTO QUE PASA (n. 79)

Nuestro Padre Dios nos ha dado, con el Orden sacerdotal, la posibilidad de que algunos fieles, en virtud de una nueva e inefable infusión del Espíritu Santo, reciban un carácter indeleble en el alma, que los configura con Cristo Sacerdote, para actuar en nombre de Jesucristo, Cabeza de su Cuerpo Místico. Con este sacerdocio ministerial, que difiere del sacerdocio común de todos los fieles esencialmente y no con diferencia de grado, los ministros sagrados pueden consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ofrecer a Dios el Santo Sacrificio, perdonar los pecados en la confesión sacramental, y ejercitar el ministerio de adoctrinar a las gentes, in iis quæ sunt ad Deum, en todo y sólo lo que se refiere a Dios.

Por eso el sacerdote debe ser exclusivamente un hombre de Dios, rechazando el pensamiento de querer brillar en los campos en los que los demás cristianos no necesitan de él. El sacerdote no es un psicólogo, ni un sociólogo, ni un antropólogo: es otro Cristo, Cristo mismo, para atender a las almas de sus hermanos. Sería triste que el sacerdote, basándose en una ciencia humana —que, si se dedica a su tarea sacerdotal, cultivará sólo a nivel de aficionado y aprendiz—, se creyera facultado sin más para pontificar en teología dogmática o moral. Lo único que haría es demostrar su doble ignorancia —en la ciencia humana y en la ciencia teológica—, aunque un aire superficial de sabio consiguiese engañar a algunos lectores u oyentes indefensos.

Es un hecho público que algunos eclesiásticos parecen hoy dispuestos a fabricar una nueva Iglesia, traicionando a Cristo, cambiando los fines espirituales —la salvación de las almas, una por una— por fines temporales. Si no resisten a esa tentación, dejarán de cumplir su sagrado ministerio, perderán la confianza y el respeto del pueblo y producirán una tremenda destrucción dentro de la Iglesia, entrometiéndose además, indebidamente, en la libertad política de los cristianos y de los demás hombres, con la consiguiente confusión —se hacen ellos mismos peligrosos— en la convivencia civil. El Orden Sagrado es el sacramento del servicio sobrenatural a los hermanos en la fe; algunos parecen querer convertirlo en el instrumento terreno de un nuevo despotismo.

SACERDOTE PARA LA ETERNIDAD

San Josemaría Escrivá. 13-IV-73

Días atrás, al celebrar la Santa Misa me detuve un breve momento, para considerar las palabras de un salmo que la liturgia ponía en la antífona de la Comunión: el Señor es mi pastor, nada podrá faltarme (Ps XXII, 1; Antífona de la Comunión, en la Misa del Sábado de la cuarta semana de Cuaresma). Esa invocación me trajo a la memoria los versículos de otro salmo, que se recitaba en la ceremonia de la Primera Tonsura: el Señor es la parte de mi heredad (Ps XV, 5). El mismo Cristo se pone en manos de los sacerdotes, que se hacen así dispensadores de los misterios -de las maravillas- del Señor (1 Cor IV, 1).

En el verano próximo recibirán las Sagradas Ordenes medio centenar de miembros del Opus Dei. Desde 1944 se suceden, como una realidad de gracia y de servicio a la Iglesia, estas promociones sacerdotales de unos pocos miembros de la Obra. A pesar de eso, cada año hay gentes que se extrañan. ¿Cómo es posible, se preguntan, que treinta, cuarenta, cincuenta hombres con una vida llena de afirmaciones y de promesas, estén dispuestos a hacerse sacerdotes? Quisiera exponer hoy algunas consideraciones, aun corriendo el riesgo de aumentar en esas personas los motivos de perplejidad.

El santo Sacramento del Orden Sacerdotal será administrado a este grupo de miembros de la Obra, que cuentan con una valiosa experiencia -de mucho tiempo tal vez- como médicos, abogados, ingenieros, arquitectos, o de otras diversísimas actividades profesionales. Son hombres que, como fruto de su trabajo, estarían capacitados para aspirar a puestos más o menos relevantes en su esfera social.

Se ordenarán, para servir. No para mandar, no para brillar, sino para entregarse, en un silencio incesante y divino, al servicio de todas las almas. Cuando sean sacerdotes, no se dejarán arrastrar por la tentación de imitar las ocupaciones y el trabajo de los seglares, aunque se trata de tareas que conocen bien, porque las han realizado hasta ahora y eso les ha confirmado en una mentalidad laical que no perderán nunca.

Su competencia en diversas ramas del saber humano -de la historia, de las ciencias naturales, de la psicología, del derecho, de la sociología-, aunque necesariamente forme parte de esa mentalidad laical, no les llevará a querer presentarse como sacerdotes-psicólogos, sacerdotes-biólogos o sacerdotes-sociólogos: han recibido el Sacramento del Orden para ser, nada más y nada menos, sacerdotes-sacerdotes sacerdotes cien por cien.

Probablemente, de tantas cuestiones temporales y humanas entienden más que bastantes seglares. Pero, desde que son clérigos, silencian con alegría esa competencia, para seguir fortaleciéndose con continua oración, para hablar sólo de Dios, para predicar el Evangelio y administrar los Sacramentos. Esa es, si cabe expresarse así, su nueva labor profesional, a la que dedican todas las horas del día, que siempre resultarán pocas: porque es preciso estudiar constantemente la ciencia de Dios, orientar espiritualmente a tantas almas, oír muchas confesiones, predicar incansablemente y rezar mucho, mucho, con el corazón siempre puesto en el Sagrario, donde está realmente presente El que nos ha escogido para ser suyos, en una maravillosa entrega llena de gozo, aunque vengan contradicciones, que a ninguna criatura faltan.

Todas esas consideraciones pueden aumentar, como os decía, los motivos de extrañeza. Algunos continuarán quizá preguntándose: ¿por qué esa renuncia a tantas cosas buenas y limpias de la tierra, a tener una ocupación profesional más o menos brillante, a influir cristianamente con su ejemplo en la sociedad desde el ámbito de la cultura profana, de la enseñanza, de la economía, de cualquier otra actividad ciudadana? Otros recordarán cómo hoy, en no pocos sitios, serpea una notable desorientación sobre la figura del sacerdote; se charlotea de que es preciso buscar su identidad y se pone en duda el significado que, en las circunstancias actuales, reúne ese darse a Dios en el sacerdocio. Finalmente, también podrá sorprender que, en una época en la que escasean las vocaciones sacerdotales, surjan entre cristianos que ya habían resuelto -gracias a una labor personal exigente- los problemas de colocación y trabajo en el mundo.

Comprendo esa extrañeza, pero no sería sincero si asegurara que la comparto. Estos hombres que, libremente, porque les da la gana -y es ésta una razón bien sobrenatural- abrazan el sacerdocio, saben que no hacen ninguna renuncia, en el sentido en el que ordinariamente se emplea esta palabra. Ya se dedicaban -por su vocación al Opus Dei- al servicio de la Iglesia y de todas las almas, con una vocación plena, divina, que les llevaba a santificar el trabajo ordinario, a santificarse en ese trabajo y a procurar, con ocasión de esa tarea profesional, la santificación de los demás.

Como todos los cristianos, los miembros del Opus Dei, sacerdotes o seglares, cristianos corrientes siempre, se incluyen entre los destinatarios de estas palabras de San Pedro: vosotros sois el linaje escogido, una clase de sacerdotes reyes, gente santa, pueblo de conquista, para publicar las grandezas de aquel que os sacó de las tinieblas a su luz admirable. Vosotros que antes no erais pueblo, y ahora sois el pueblo de Dios; que no habíais alcanzado misericordia, y ahora la habéis alcanzado (1 Pet II, 9-10).

Una y la misma es la condición de fieles cristianos, en los sacerdotes y en los seglares, porque Dios Nuestro Señor nos ha llamado a todos a la plenitud de la caridad, a la santidad: bendito sea el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha colmado en Cristo de toda suerte de bendiciones espirituales del Cielo; así como por El mismo nos escogió antes de la creación del mundo, para ser santos y sin mácula en su presencia por la caridad (Eph I, 3-4).

No hay santidad de segunda categoría: o existe una lucha constante por estar en gracia de Dios y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos de esas batallas divinas.A todos invita el Señor, para que cada uno se santifique en su propio estado. En el Opus Dei esta pasión por la santidad -a pesar de los errores y miserias individuales- no encuentra diferencia en el hecho de ser sacerdote o seglar; y, por lo demás, los sacerdotes son sólo una pequeñísima parte, comparados con el total de los miembros.

No se trata por tanto de renuncia alguna, si se mira con ojos de fe, cuando se llega al sacerdocio; y llegar al sacerdocio no supone tampoco un coronamiento de la vocación al Opus Dei. La santidad no depende del estado -soltero, casado, viudo, sacerdote-, sino de la personal correspondencia a la gracia, que a todos se nos concede, para aprender a alejar de nosotros las obras de las tinieblas y para revestirnos de las armas de la luz: de la serenidad, de la paz, del servicio sacrificado y alegre a la humanidad entera (Cfr. Rom XIII, 12).

El sacerdocio lleva a servir a Dios en un estado que no es, en sí, ni mejor, ni peor que otros: es distinto. Pero la vocación de sacerdote aparece revestida de una dignidad y de una grandeza que nada en la tierra supera. Santa Catalina de Siena pone en boca de Jesucristo estas palabras: no quiero que mengüe la reverencia que se debe profesar a los sacerdotes, porque la reverencia y el respeto que se les manifiesta, no se dirige a ellos, sino a Mí, en virtud de la Sangre que yo les he dado para que la administren. Si no fuera por esto, deberíais dedicarles la misma reverencia que a los seglares, y no más… No se les ha de ofender: ofendiéndolos, se me ofende a Mí, y no a ellos. Por eso lo he prohibido, y he dispuesto que no admito que sean tocados mis Cristos (Santa Catalina de Siena, El Dialogo cap. 116; Cfr. Ps CIV, 15).

Algunos se afanan por buscar, como dicen, la identidad del sacerdote. ¡Qué claras resultan esas palabras de la Santa de Siena! ¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus sino ipse Christus otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental.

Para realizar una obra tan grande -la de la Redención-, Cristo está siempre presente en la Iglesia, principalmente en las acciones litúrgicas. Está presente en el Sacrificio de la Misa, tanto en la persona del Ministro -”ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que se ofreció a sí mismo en la Cruz”- como sobre todo bajo las especies eucarísticas (Concilio Vaticano II, Const. Sacrosantum Concilium 7; Cfr. Concilio de Trento, Doctrina acerca del Santísimo Sacrificio de la Misa cap. 2).

Por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser; es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la Consagración, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad.

En esto se fundamenta la incomparable dignidad del sacerdote. Una grandeza prestada, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor. Quienes celebramos los misterios de la Pasión del Señor, hemos de imitar lo que hacemos. Y entonces la hostia ocupará nuestro lugar ante Dios, si nos hacemos hostias de nosotros mismos (San Gregorio Magno, Dialog. 4, 59).

Si alguna vez os topáis con un sacerdote que, externamente, no parece vivir conforme al Evangelio -no le juzguéis, le juzga Dios-, sabed que si celebra válidamente la Santa Misa, con intención de consagrar, Nuestro Señor no deja de bajar a aquellas manos, aunque sean indignas. ¿Cabe más entrega, más anonadamiento? Más que en Belén y que en el Calvario. ¿Por qué? Porque Jesucristo tiene el corazón oprimido por sus ansias redentoras, porque no quiere que nadie pueda decir que no le ha llamado, porque se hace el encontradizo con los que no le buscan.

¡Es Amor! No hay otra explicación. ¡Qué cortas se quedan las palabras, para hablar del Amor de Cristo! El se abaja a todo, admite todo, se expone a todo -a sacrilegios, a blasfemias, a la frialdad de la indiferencia de tantos-, con tal de ofrecer, aunque sea a un hombre solo, la posibilidad de descubrir los latidos de un Corazón que salta en su pecho llagado.

Esta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el activo silencio de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas -más que Ella sólo Dios- trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura.

Ni como hombre ni como fiel cristiano el sacerdote es más que el seglar. Por eso es muy conveniente que el sacerdote profese una profunda humildad, para entender cómo en su caso también de modo especial se cumplen plenamente aquellas palabras de San Pablo: ¿qué tienes que no hayas recibido (1 Cor IV, 7). Lo recibido… ¡es Dios! Lo recibido es poder celebrar la Sagrada Eucaristía, la Santa Misa -fin principal de la ordenación sacerdotal-, perdonar los pecados, administrar otros Sacramentos y predicar con autoridad la Palabra de Dios, dirigiendo a los demás fieles en las cosas que se refieren al Reino de los Cielos.

El sacerdocio de los presbíteros, si bien presupone los Sacramentos de la iniciación cristiana, se confiere mediante un Sacramento particular, por el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, son sellados con un carácter especial y se configuran con Cristo Sacerdote de tal modo que pueden actuar en la persona de Cristo Cabeza (Cfr. Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum Ordinis n. 2). La Iglesia es así, no por capricho de los hombres, sino por expresa voluntad de Jesucristo, su Fundador. El sacrificio y el sacerdocio están tan unidos por ordenación de Dios, que en toda ley la Antigua y la Nueva Alianza, han existido los dos. Habiendo, pues, recibido la Iglesia Católica en el Nuevo Testamento, por institución del Señor, el Sacrifico visible de la Eucaristía, se debe también confesar que hay en Ella un nuevo sacerdocio, visible y externo, en el que fue trasladado el antiguo (Concilio de Trento, Doctrina sobre el Sacramento del Orden cap. I (Denzinger-Schön. 1764 (957)).

En los ordenados, este sacerdocio ministerial se suma al sacerdocio común de todos los fieles. Por tanto, aunque sería un error defender que un sacerdote es más fiel cristiano que cualquier otro fiel, puede, en cambio, afirmarse que es más sacerdote: pertenece, como todos los cristianos, a ese pueblo sacerdotal redimido por Cristo y está, además, marcado cn el carácter del sacerdocio ministerial, que se diferencia esencialmente, y no sólo en grado (Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen Gentium n. 10) del sacerdocio común de los fieles.

No comprendo los afanes de algunos sacerdotes por confundirse con los demás cristianos, olvidando o descuidando su específica misión en la Iglesia, aquella para la que han sido ordenados. Piensan que los cristianos desean ver, en el sacerdote, un hombre más. No es verdad. En el sacerdote, quieren admirar las virtudes propias de cualquier cristiano, y aún de cualquier hombre honrado: la comprensión, la justicia, la vida de trabajo -labor sacerdotal en este caso-, la caridad, la educación, la delicadeza en el trato.

Pero, junto a eso, los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal: esperan que el sacerdote rece, que no se niegue a administrar los Sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante de banderías humanas, sean del tipo que sean (Cfr. Ibidem, Decreto Presbyterorum Ordinis n. 6). que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que -aunque conociese perfectamente- no sería la ciencia que salva y lleva a la vida eterna; que tenga consejo y caridad con los necesitados.

En una palabra: se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión sacramental auricular y secreta, perdona los pecados. La administración de estos dos Sacramentos es tan capital en la misión del sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor. Otras tareas sacerdotales -la predicación y la instrucción en la fe- carecerían de base, si no estuvieran dirigidas a enseñar a tratar a Cristo, a encontrarse con El en el tribunal amoroso de la Penitencia y en la renovación incruenta del Sacrificio del Calvario, en la Santa Misa.

Dejad que me detenga, todavía un poco, en la consideración del Santo Sacrificio: porque, si -para nosotros- es el centro y la raíz de la vida del cristiano, lo debe ser de modo especial de la vida del sacerdote. Un sacerdote que, culpablemente, no celebrase a diario el Santo Sacrificio del Altar (Cfr. Ibidem). demostraría poco amor de Dios; sería como echar en cara a Cristo que no comparte su afán de Redención, que no comprende su impaciencia por entregarse, inerme, como alimento del alma.

Conviene recordar, con machacona insistencia, que todos los sacerdotes, seamos pecadores o sean santos, cuando celebramos la Santa Misa no somos nosotros. Somos Cristo, que renueva en el Altar su divino Sacrificio del Calvario. La obra de nuestra Redención se cumple de continuo en el misterio del Sacrificio Eucarístico, en el que los sacerdotes ejercen su principal ministerio, y por eso se recomienda encarecidamente su celebración diaria, que, aunque los fieles no puedan estar presentes, es un acto de Cristo y de la Iglesia (Cfr. Ibidem).

Enseña el Concilio de Trento que en la Misa se realiza, se contiene e incruentamente se inmola aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció El mismo cruentamente en el altar de la Cruz… Una sola y la misma es, en efecto, la Víctima; y el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se ofreció en la Cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse (Concilio de Trento, Doctrina acerca del Santísimo Sacrificio de la Misa (Denzinger-Schön. 1743 (940)).

La asistencia o la falta de asistencia de fieles a la Santa Misa no altera para nada esta verdad de fe. Cuando celebro rodeado de pueblo, me encuentro muy a gusto sin necesidad de considerarme presidente de ninguna asamblea. Soy, por un lado, un fiel como los demás; pero soy, sobre todo, ¡Cristo en el Altar! Renuevo incruentamente el divino Sacrificio del Calvario y consagro in persona Christi representando realmente a Jesucristo, porque le presto mi cuerpo, y mi voz y mis manos, mi pobre corazón, tantas veces manchado, que quiero que El purifique.

Cuando celebro la Santa Misa con la sola participación del que me ayuda, también hay allí pueblo. Siento junto a mí a todos los católicos, a todos los creyentes y también a los que no creen. Están presentes todas las criaturas de Dios -la tierra y el cielo y el mar, y los animales y las plantas-, dando gloria al Señor la Creación entera.

Y especialmente, diré con palabras del Concilio Vaticano II, nos unimos en sumo grado al culto de la Iglesia celestial, comunicando y venerando sobre todo la memoria de la gloriosa siempre Virgen María, de San José, de los santos Apóstoles y mártires y de todos los santos (Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen Gentium n. 50).

Yo pido a todos los cristianos que recen mucho por nosotros los sacerdotes, para que sepamos realizar santamente el Santo Sacrificio. Les ruego que muestren un amor tan delicado por la Santa Misa, que nos empuje a los sacerdotes a celebrarla con dignidad -con elegancia- humana y sobrenatural: con limpieza en los ornamentos y en los objetos destinados al culto, con devoción, sin prisas.

¿Por qué prisa? ¿La tienen acaso los enamorados, para despedirse? Parece que se van y no se van; vuelven una y otra vez, repiten palabras corrientes como si las acabasen de descubrir… No os importe llevar los ejemplos del amor humano noble y limpio, a las cosas de Dios. Si amamos al Señor con este corazón de carne -no poseemos otro-, no habrá prisa por terminar ese encuentro, esa cita amorosa con El.

Algunos van con calma, y no les importa prolongar hasta el cansancio lecturas, avisos, anuncios. Pero, al llegar al momento principal de la Santa Misa, el Sacrificio propiamente dicho, se precipitan, contribuyendo así a que los demás fieles no adoren con piedad a Cristo, Sacerdote y Víctima; ni aprendan después a darle gracias -con pausa, sin atropellos-, por haber querido venir de nuevo entre nosotros.

Todos los afectos y las necesidades del corazón del cristiano encuentran, en la Santa Misa, el mejor cauce: el que, por Cristo, llega al Padre, en el Espíritu Santo. El sacerdote debe poner especial empeño en que todos lo sepan y lo vivan. No hay actividad alguna que pueda anteponerse, ordinariamente, a esta de enseñar y hacer amar y venerar a la Sagrada Eucaristía.

El sacerdote ejerce dos actos: uno, principal, sobre el Cuerpo de Cristo verdadero; otro, secundario, sobre el Cuerpo Místico de Cristo. El segundo acto o ministerio depende del primero, pero no al revés (Santo Tomás, S. Th. Supl. q. 36, a. 2, ad 1).

Por eso lo mejor del ministerio sacerdotal es procurar que todos los católicos se acerquen al Santo Sacrificio siempre con más pureza, humildad y veneración. Si el sacerdote se esfuerza en esta tarea, no quedará defraudado, ni defraudará las conciencias de sus hermanos cristianos.

En la Santa Misa adoramos, cumpliendo amorosamente el primer deber de la criatura para su Creador: adorarás al Señor, Dios tuyo, y a El sólo servirás (Dt VI, 13; Mt IV, 10). No adoración fría, exterior, de siervo: sino íntima estimación y acatamiento, que es amor entrañable de hijo.

En la Santa Misa encontramos la oportunidad perfecta para expiar por nuestros pecados, y por los de todos los hombres: para poder decir, con San Pablo, que estamos cumpliendo en nuestra carne lo que resta que padecer a Cristo (Cfr. Col I, 24). Nadie marcha solo en el mundo, ninguno ha de considerarse libre de una parte de culpa en el mal que se comete sobre la tierra, consecuencia del pecado original y también de la suma de muchos pecados personales. Amemos el sacrificio, busquemos la expiación. ¿Cómo? Uniéndonos en la Santa Misa a Cristo, Sacerdote y Víctima: siempre será El quien cargue con el peso imponente de las infidelidades de las criaturas, de las tuyas y de las mías.

El Sacrificio del Calvario es una muestra infinita de la generosidad de Cristo. Nosotros -cada uno- somos siempre muy interesados; pero a Dios Nuestro Señor no le importa que, en la Santa Misa, pongamos delante de El todas nuestras necesidades. ¿Quién no tiene cosas que pedir? Señor, esa enfermedad… Señor, esta tristeza… Señor, aquella humillación que no sé soportar por tu amor… Queremos el bien, la felicidad y la alegría de las personas de nuestra casa; nos oprime el corazón la suerte de los que padecen hambre y sed de pan y de justicia; de los que experimentan la amargura de la soledad; de los que, al término de sus días, no reciben una mirada de cariño ni un gesto de ayuda.

Pero la gran miseria que nos hace sufrir, la gran necesidad a la que queremos poner remedio es el pecado, el alejamiento de Dios, el riesgo de que las almas se pierdan para toda la eternidad. Llevar a los hombres a la gloria eterna en el amor de Dios: ésa es nuestra aspiración fundamental al celebrar la Santa Misa, como fue la de Cristo al entregar su vida en el Calvario.

Acostumbrémonos a hablar con esta sinceridad al Señor, cuando baja, Víctima inocente, a las manos del sacerdote. La confianza en el auxilio del Señor nos dará esa delicadeza de alma, que se vierte siempre en obras de bien y de caridad, de comprensión, de entrañable ternura con los que sufren y con los que se comportan artificialmente fingiendo una satisfacción hueca, tan falsa, que pronto se les convierte en tristeza.

Agradezcamos, finalmente, todo lo que Dios Nuestro Señor nos concede, por el hecho maravilloso de que se nos entregue El mismo. ¡Que venga a nuestro pecho el Verbo encarnado!… ¡Que se encierre, en nuestra pequeñez, el que ha creado cielos y tierra!… La Virgen María fue concebida inmaculada para albergar en su seno a Cristo. Si la acción de la gracia ha de ser proporcional a la diferencia entre el don y los méritos, ¿no deberíamos convertir todo nuestro día en una Eucaristía continua? No os alejéis del templo apenas recibido el Santo Sacramento. ¿Tan importante es lo que os espera, que no podéis dedicar al Señor diez minutos para decirle gracias No seamos mezquinos. Amor con amor se paga.

Un sacerdote que vive de este modo la Santa Misa -adorando, expiando, impetrando, dando gracias, identificándose con Cristo-, y que enseña a los demás a hacer del Sacrificio del Altar el centro y la raíz de la vida del cristiano, demostrará realmente la grandeza incomparable de su vocación, ese carácter con el que está sellado, que no perderá por toda la eternidad.

Sé que me comprendéis cuando os afirmo que, al lado de un sacerdote así, se haya de considerar un fracaso -humano y cristiano- la conducta de algunos que se comportan como si tuviesen que pedir excusas por ser ministros de Dios. Es una desgracia, porque les lleva a abandonar el ministerio, a mimetizarse de seglar, a buscar una segunda ocupación que poco a poco suplanta la que es propia por vocación y por misión. Con frecuencia, al huir del trabajo de cuidar espiritualmente las almas, tienden a sustituirlo por una intervención en campos propios de los seglares -en las iniciativas sociales, en la política-, apareciendo entonces ese fenómeno del clericalismo que es la patología de la verdadera misión sacerdotal.

No quiero terminar con esta nota oscura, que puede parecer pesimismo. No ha desaparecido, en la Iglesia de Dios, el auténtico sacerdocio cristiano; la doctrina es inmutable, enseñada por los labios divinos de Jesús. Hay muchos miles de sacerdotes en todo el mundo que responden cumplidamente, sin espectáculo, sin caer en la tentación de echar por la borda un tesoro de santidad y de gracia, que ha existido en la Iglesia desde el principio.

Saboreo la dignidad de la finura humana y sobrenatural de estos hermanos míos, esparcidos por toda la tierra. Ya ahora es de justicia que se vean rodeados por la amistad, la ayuda y el cariño de muchos cristianos. Y cuando llegue el momento de presentarse ante Dios, Jesucristo irá a su encuentro para glorificar eternamente a quienes, en el tiempo, actuaron en su nombre y en su Persona, derramando con generosidad la gracia de la que eran administradores.

Volvamos de nuevo, con el pensamiento, a los miembros del Opus Dei que serán sacerdotes el próximo verano. No dejéis de pedir por ellos, para que sean siempre sacerdotes fieles, piadosos, doctos, entregados, ¡alegres! Encomendadlos especialmente a Santa María, que extrema su solicitud de Madre con los que se empeñan para toda la vida en servir de cerca a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, Sacerdote Eterno.

LUMEN GENTIUM (n. 10. Constitución Dogmática del Concilio Vaticano II)

Cristo Señor, Pontífice tomado de entre los hombres (cf. Hebr., 5,1-5), a su nuevo pueblo “lo hizo Reino de sacerdotes para Dios, su Padre” (cf. Ap., 1,6; 5,9-10). Los bautizados son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo por la regeneración y por la unción del Espíritu Santo, para que por medio de todas las obras del hombre cristiano ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien las maravillas de quien los llamó de las tinieblas a la luz admirable (cf. 1Pe., 2,4-10). Por ello, todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabanza a Dios (cf. Act., 2,42.47), han de ofrecerse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rom., 12,1), han de dar testimonio de Cristo en todo lugar, y a quien se la pidiere, han de dar también razón de la esperanza que tienen en la vida eterna (cf. 1Pe., 3,15).

El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico se ordena el uno para el otro, aunque cada cual participa de forma peculiar del sacerdocio de Cristo. Su diferencia es esencial no solo gradual. Porque el sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad que posee, modela y dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo: los fieles, en cambio, en virtud del sacerdocio real, participan en la oblación de la eucaristía, en la oración y acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y caridad operante.

Nueva iglesia dedicada a San Josemaría en México D.F.

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El Prelado realizará la dedicación esta semana de la nueva iglesia de San Josemaría en la capital de México

Tertulia en Monterrey: galería de fotos

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Selección de fotografías de la tertulia que se llevó a cabo en Monterrey, N.L., el 1 de agosto de 2009 con Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei.

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Archivos que vuelan

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6 millones de vídeos vistos, 1 millón de descargas del documento “Jesucristo y la Iglesia”, 50.000 descargas de la “Novena del trabajo”, son algunos datos de los últimos meses en el website.

04 de septiembre de 2009

“Para que la Iglesia continúe estando presente con su mensaje en el gran areópago de la comunicación social como lo definía Juan Pablo II y no se sienta extraña en los espacios en los que innumerables jóvenes navegan en búsqueda de respuestas y sentido de sus vidas, debéis buscar los caminos para difundir, con nuevas formas, voces e imágenes de esperanza a través de la red telemática que envuelve nuestro planeta con redes cada vez más tupidas”. De esta manera, el Papa Benedicto XVI alentaba a los católicos a trabajar por difundir en Internet la verdadera figura de Jesucristo y de la Iglesia.

Opus Dei -

En mayo de 2006 un grupo de teólogos e historiadores de la Universidad de Navarra respondió a las 54 preguntas más frecuentes sobre Jesucristo y la Iglesia.

El trabajo de resumir y sintetizar de manera sencilla las cuestiones más candentes se plasmó en un documento organizado en preguntas y respuestas breves, que se podía descargar tanto por preguntas como el trabajo completo. Hoy ha alcanzado ya el millón de descargas, y muchas más si sumamos las traducciones que se hicieron para las distintas versiones lingüísticas del website del Opus Dei.

Opus Dei -

La ayuda de San Josemaría
Muchos lectores nos escriben contando sus preocupaciones. Uno de las más habituales desde hace varios meses es la falta de expectativas laborales ante la crisis económica. Por eso, hace unas pocas semanas publicamos la “Novena del trabajo”, escrita por Francisco Faus, y que ha sido descargada hasta el momento por más de 50.000 personas.

A finales de 2006, ante la petición de muchos usuarios del website comenzamos a editar vídeos con cierta regularidad. Comenzamos en primer lugar con vídeos relacionados con la historia del Opus Dei; después realizamos una serie de 52 vídeos breves de San Josemaría. En los últimos meses hemos producido varios  vídeotestimonios de algunas personas del Opus Dei y Cooperadores, para que fueran ellas quienes contaran en primera persona cómo les ayuda en su vida diaria la formación cristiana que reciben en la Obra.

Opus Dei -

En estos tres años los visitantes de este website han visionado más de seis millones de vídeos: ha tenido especial repercusión la serie de 52 vídeos breves de San Josemaría, los vídeos de las visitas pastorales o entrevistas del Prelado y los vídeotestimonios de personas del Opus Dei y Cooperadores.

Opus Dei: el apoyo de la Jerarquía

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Capítulo de “El Fundador del Opus Dei y su actitud ante el poder establecido”

François Gondrand

A partir de 1940 el Fundador del Opus Dei tuvo que sufrir largas e intensas campañas difamatorias. Durante todo ese tiempo hubo una persona que le apoyó siempre de modo incondicional: el obispo de Madrid Monseñor Eijo y Garay. Este prelado quiso que el Opus Dei fuese una Pía Unión en 1941; y le pidió a Escrivá que diera un curso de deontología profesional en los inicios de la Escuela de Periodismo, que había nacido en Madrid en 1940; rogándole, además, que formara parte del Consejo Nacional de Educación, creado en 1941.

Escrivá accedió a la insistencia del Prelado: pero de hecho sólo enseñó durante un año en aquella Escuela y dimitió tan pronto como pudo de aquel Consejo.

Tiempo después explicaba que la razón principal que le había llevado a establecerse en Roma en 1947 había sido la de estar junto a la Sede de Pedro; pero dejaba entender que había otras razones, no tan principales, pero sí decisivas… Una de esas razones fue alejarse lo más posible de la capital de España. Fue un autoexilio, un “voluntario destierro”, en palabras de Vázquez de Prada: había comprendido que en aquel hervidero de presiones e intrigas políticas en que se había convertido Madrid, su sola presencia podía dar pie a determinadas malinterpretaciones; y deseaba evitarlas completamente.

Redescubrir el amor misericordioso de Cristo

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Mons. Javier Echevarría // L’Osservatore Romano (Roma)

Tres años pudieron convivir los Apóstoles con Jesucristo. Tres años que representaron para todos ellos, salvo para el que le traicionó, una transformación radical de sus vidas. La cercanía al Maestro, la posibilidad de contemplar su ejemplo y de escuchar su doctrina, la amistad personal con Jesús, que les enseñaba a tratar como hijos a Dios Padre, y finalmente el envío del Espíritu Santo, hizo de ellos otros hombres.

Al pensar en los tres años de preparación del Jubileo vienen con frecuencia a mi cabeza aquellos tres años que los Apóstoles pasaron junto a Jesús: con la gracia de Dios, este trienio puede ser para nosotros una oportunidad semejante, si procuramos buscar la cercanía, la amistad, el seguimiento de Jesucristo.

Porque, en definitiva, así cabría resumir la invitación que Juan Pablo II nos dirige en la Tertio Millennio Adveniente: aprovechemos esta gran ocasión de acercarnos a Jesucristo, Verbo de Dios y Redentor del hombre, al conmemorar su Encarnación y Nacimiento. Me gusta recordar a este propósito que el Beato Josemaría Escrivá solía repetir Jesucristo «no es una figura que pasó, no es un recuerdo que se pierde en la historia», sino una Persona viva y siempre actual.

La ayuda de la gracia

Desea el Papa concretamente que dediquemos a Jesucristo el año 1997, primero de la fase de preparación del Jubileo (cfr. Tertio Millennio adveniente, n. 40). Y ha querido el Santo Padre recordarnos que ser cristiano no significa simplemente seguir una doctrina, atenerse a unas determinadas normas de comportamiento. El cristiano sigue a Jesucristo, intenta conocerle y amarle. Lo resume San Pablo con una expresión que posee la radicalidad propia del auténtico testigo: «Sólo importa una cosa: que llevéis una vida digna del Evangelio de Jesucristo» (Fil 1, 27).

Reproducir en nuestra vida la vida de Jesucristo, ése es el ideal de los cristianos: sabemos que es una meta que nos excede, que va más allá de nuestras fuerzas, que no guarda relación con nuestros méritos; pero «nos basta la gracia» (cfr. 2 Cor 12, 9) y no renunciamos a alcanzarla.

Todo esfuerzo por seguir a Cristo, por imitarle, por identificarse con El, es vano si no cuenta con la gracia de Dios. Como consecuencia del pecado, el hombre arrastra una naturaleza herida, y se unen en su corazón grandes ideales y tendencias mezquinas. No somos pesimistas al recordar estas verdades. Los cristianos somos los más optimistas entre los hombres, porque conocemos la fuerza de la gracia y de la misericordia de Dios, pero no somos ingenuos, nos sabemos pecadores.

De la conciencia de la propia limitación nace, espontánea, la humildad y brota, de forma natural, la necesidad de buscar la ayuda de Dios. Por eso, la vida cristiana precisa una asidua y constante meditación de la Sagrada Escritura -especialmente del Nuevo Testamento-, en la oración personal. Requiere espíritu de mortificación y el encuentro con Cristo en el Sacramento de la Penitencia, que nos lava y purifica. Y exige, sobre todo, el trato íntimo con nuestro Señor verdaderamente presente -¡vivo!- en la Sagrada Eucaristía. El dinamismo de la vida cristiana se configura como respuesta libre y generosa del hombre a los impulsos que le llegan del Espíritu Santo.

En la acción de la gracia en el alma, en la presencia del Espíritu Santo en la historia, confiamos los cristianos. Ese es el motivo de esperanza, que permitía exclamar a San Agustín: «Vivamos bien (cristianamente) y los tiempos serán buenos. Nosotros somos los tiempos. Tal como nosotros somos, así son los tiempos» (Sermo, 80, 8).

La celebración del año 2000 está inseparablemente unida al gran tema de la evangelización. Quizá nos hemos planteado en ocasiones alguna de estas preguntas: ¿por qué no es más fecunda la tarea evangelizadora? ¿Por qué no acertamos a presentar a los no creyentes una propuesta que sea capaz de convencer? ¿Por qué, después de dos milenios, tantos desconocen a Jesucristo? ¿Por qué no es más positivo el balance de estos veinte siglos?

«No habría un solo pagano si nosotros fuésemos verdaderamente cristianos». Tal vez estas palabras de San Juan Crisóstomo (In epistolam I ad Timotheum homiliae, 10, 3), no contienen todas las respuestas posibles a las inquietudes que acabamos de señalar. Pero resumen de forma admirable la responsabilidad apostólica de los católicos. Ser verdaderamente cristianos, procurar identificarse con Jesús, significa ser Cristo que pasa. No se conforma el cristiano con ser honrado y cumplidor, pero insípido en el trabajo y en las relaciones familiares y sociales. Con la gracia del Espíritu Santo, toda nuestra conducta ha de hacer presente a Cristo entre los hombres.

Desde esa perspectiva, podríamos volver del revés las preguntas que antes formulábamos; es más, considero que, en justicia, deberíamos plantearnos interrogantes de este otro tenor: ¿Pueden las personas con las que convivimos descubrir con facilidad a Cristo en nosotros, o deben esforzarse para reconocerle en nuestro comportamiento, porque lo escondemos con actitudes de pereza, de egoísmo, de mal carácter? ¿Somos para los demás luz, consuelo, descanso, estímulo, ayuda? ¿Nuestros colegas de estudio o de trabajo reciben de nosotros la luz de Cristo, su comprensión y su exigencia?

Estas preguntas y otras similares pueden comparecer en la intimidad de la oración, porque nos ayudan a realizar una labor de examen de conciencia, que desemboca en resoluciones concretas, coherentes, comprometidas. Propósitos que nos ayudarán a sentirnos responsables de esta época que nos ha tocado vivir. En este mundo nuestro, los cristianos hemos de seguir siendo fermento, no tanto como maestros cuanto como testigos, plenamente inmersos en todas las realidades nobles, las profesiones, los ideales, los afanes y preocupaciones de los demás ciudadanos, con los que deseamos construir la sociedad y la cultura.

El Padre del hijo pródigo

La Tertio Millennio Adveniente nos ofrece una hermosa meditación de la parábola del hijo pródigo, que simboliza el camino de conversión al que están llamados todos los cristianos. La meditación de esas páginas del Evangelio (cfr. Lc 15, 11-32), nos llena de admiración agradecida ante el inmenso Amor de Dios Padre.

Porque siempre es tiempo de conversión. En la parábola se nos cuenta la trayectoria de dos hijos, y los dos necesitan convertirse. El pequeño porque ha usado su libertad para alejarse del amor de su padre, buscando la felicidad en un lugar equivocado, encontrando solamente la amargura. Y el mayor porque ha permanecido junto a su padre con un amor sin libertad, más como siervo distante que como buen hijo y hermano.

No presenta la parábola un tercer hijo que no necesite conversión: quiere el Señor que nos percatemos de que todos, sin excepción, hemos de fomentar en nuestra alma la búsqueda del amor, el rechazo del propio yo egoísta y enfermizo, la donación en libertad. Como enseña San Agustín, “para los enfermos vino Cristo, y a todos los encontró enfermos”, de manera que “creerse sano es la peor enfermedad” (Sermo 80, 4 y 3). Todos necesitamos convertirnos cada día. Y, para todos, este tiempo de preparación al Jubileo del año 2000 es una gran oportunidad de “conversión y de renovación personal” (Tertio millennio adveniente, 42).

El Sacramento de la Penitencia es el medio más seguro de conversión. Nos lo recuerdan estas palabras de Juan Pablo II: «No hablan de la severidad de Dios los confesonarios esparcidos por el mundo, en los cuales los hombres manifiestan los propios pecados, sino más bien de su bondad y misericordia. Y cuantos se acercan al confesonario, a veces después de muchos años y con el peso de pecados graves, en el momento de alejarse de él, encuentran el alivio deseado; encuentran la alegría y la serenidad de la conciencia, que fuera de la confesión no podrán encontrar en otra parte» (Juan Pablo II, Homilía, 16-III- 1980).

El Sacramento de la Reconciliación es el sacramento de la alegría. Los cristianos vivimos alegres porque nos sabemos hijos de Dios, hijos muy queridos. Con la alegría de su vida, con su optimismo, los cristianos han de recordar, en todos los ambientes, que en Jesucristo se encuentran todas las respuestas a los anhelos más profundos del corazón del hombre.

Confiemos filialmente a la Virgen, Madre de Cristo y Madre nuestra, todo el fruto sobrenatural que deseamos que madure en estos años, con motivo del Jubileo de Nuestro Redentor: Madre Santa, haz que se cumpla en cada uno de nosotros la voluntad de Dios. ¡Que se abra la tierra a la llamada universal a la santidad! ¡Que en muchos corazones se opere esta profunda y gozosa transformación que, acogiendo a Cristo, da un nuevo sentido a la vida! Sancta Mater, istud agas! (De la secuencia Stabat Mater, en la fiesta de los Dolores de la Virgen).

26 de junio en Roma

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El día 26 de junio, fiesta litúrgica del beato Josemaría, Mons. Javier Echevarría ha celebrado una Misa en su honor en la Basílica de San Eugenio a Valle Giulia. Unas mil quinientas personas han asistido a la ceremonia.

Opus Dei - El prelado del Opus Dei, mons. Javier Echevarría, durante la ceremonia.

El prelado del Opus Dei, mons. Javier Echevarría, durante la ceremonia.

«El 26 de junio, aniversario del “dies natalis” del beato Josemaría Escrivá en la gloria del Cielo, es para todos nosotros un día de fiesta: un día en el que el agradecimiento a Dios se expresa en un renovado empeño de conversión, en el deseo de seguir más de cerca el ejemplo de fidelidad a la vocación cristiana que el fundador del Opus Dei nos ha dado». Con estas palabras ha comenzado su homilía el prelado del Opus Dei.

«Todos los días nos llegan cartas de las más diversas partes del mundo», ha dicho también en otro momento de la homilía, «que cuentan favores espirituales y materiales obtenidos por su mediación. En la devoción que suscita la figura de este inolvidable siervo de Dios, de este siervo bueno y fiel, una devoción que el decreto pontificio sobre la heroicidad de sus virtudes califica como “verdadero fenómeno de piedad popular”, se advierte el cumplimiento de un designio divino: el Señor lo ha elegido como instrumento para reavivar en muchas almas la conciencia de que todas las actividades ordinarias de la vida pueden convertirse en oración, en camino y medio de santificación, en fuente de paz y de alegría en los corazones.

Opus Dei - Alrededor de 1500 personas asistieron a la Misa en San Eugenio.

Alrededor de 1500 personas asistieron a la Misa en San Eugenio.

»El encuentro con el beato Josemaría o con sus escritos nos ha cambiado la vida a muchos de nosotros, nos ha llevado a encontrar a Cristo, a escucharlo, a ponernos en constante coloquio con él, a sentir su llamada, a luchar por testimoniar una plena coherencia cristiana. De un modo u otro, todos hemos sido conducidos por él a una conversión real, al descubrimiento de la oración, a la práctica de la penitencia, a la alegría de una asidua participación de los sacramentos, en particular los de la Penitencia y la Eucaristía. Gracias a sus enseñanzas, ante nosotros se han abierto los horizontes de un compromiso activo por la edificación del Reino de Cristo en el mundo. Por eso podemos considerarnos hijos suyos; por eso podemos estar seguros de que, como buen Padre que es, no nos negará su intercesión para la obtención de las gracias que necesitamos.

Opus Dei - Al terminar la ceremonia, junto a la Basílica.

Al terminar la ceremonia, junto a la Basílica.

»En particular, confiamos hoy a su intercesión nuestra lucha por la santidad en medio del mundo. El beato Josemaría nos ha enseñado a cultivar este gran ideal, el único verdaderamente necesario, en lo cotidiano, en esas ocupaciones nuestras que parecen comunes pero que esconden algo divino y constituyen la trama de toda nuestra jornada: “No está la santidad en hacer cosas cada día más difíciles, sino en hacerlas cada vez con más amor”. Pidámosle que nos ayude a asimilar esta verdad, auténtico nervio de su mensaje espiritual: que nos haga ver el rostro paterno de Dios, que en cada pequeño gesto espera de nosotros un poco más de amor; que nos enseñe a transformar en oración —diálogo con Dios— toda nuestra jornada.»

Aprender a orar con Cristo

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En el libro ‘Getsemaní’, el prelado del Opus Dei invita a mirar a Cristo para aprender de Él a tratar al Padre. Reproducimos un extracto del libro publicado por la editorial Planeta.

Entonces marchó Jesús con ellos a un huerto llamado Getsemaní. Vino con ellos, dice el texto. Deseaba el Maestro proceder de esa manera porque había venido a la tierra para acompañar a los hombres, y para que los hombres le acompañásemos. Era su costumbre, así nos lo señala San Lucas. ¡Qué gozo debemos experimentar ante su afán de ir a nuestra vera a lo largo de la vida!
Contemplemos sin cansancio, sin rutina, este querer estar y caminar del Maestro con nosotros. Propone que no nos separemos de Él, suceda lo que suceda, también cuando aparentemente le marginen sus hermanos. Si sucediera, se deberá agudizar entonces la fidelidad de los discípulos, sin respetos humanos, con un limpio y caritativo complejo de superioridad, porque vivimos con el Omnipotente y nos sabemos amigos del auténtico Amigo.

Los llevó con Él, para que participaran en su oración, a diferencia de otras escenas del Evangelio, cuando se retiraba a orar Él solo; aunque esa soledad no impedía que los Apóstoles —rudos y superficiales, como nosotros— advirtieran los beneficios de esos tiempos de recogimiento externo del Señor, que llegaban a todo el pueblo.
Fueron testigos, en tantas ocasiones, de que Jesús, antes de los grandes milagros —que constituían otro modo de rezar y de obrar el bien— daba gracias al Padre, que siempre le escucha (cfr. Jn 11, 42). Por lo tanto, no cabía en Jesús un comportamiento diferente ante el prodigio más elevado que estaba realizando: la salvación de la humanidad. También en esta hora rezó, y deseó ardientemente que los discípulos se percataran de que, de ordinario, Dios no actúa si la criatura no vive en diálogo con Él.

A primera vista sorprende que los Once, instados por Jesús para que le acompañasen, no advirtieran la grandeza y la importancia de la oración que precedía al gran misterio que se iba a cumplir. Recordarían que la plegaria del Señor, siempre perfecta, había provocado en ellos la estupenda reacción de rogarle que les enseñase a rezar (cfr. Lc 11, 1); aunque en ocasiones los prodigios les habían puesto de manifiesto su personal pequeñez con tanta fuerza, que le pidieron que se alejase de ellos, pobres pescadores (cfr. Lc 5, 8).

Resulta llamativo que, ante la nueva invitación del Señor, y más aún después de lo que presenciaron y oyeron en la Última Cena, se mostraran tan indiferentes en ese momento crucial. A pesar de esto, no cambió el Maestro su amor infinito hacia ellos. Por desgracia, también ahora los hombres trocamos nuestro afecto con penosa frecuencia: basta una nadería para olvidarnos de Cristo o para centrarnos en el propio yo.

Durante los tres años de caminar con Él por Tierra Santa, sería constante la invitación del Maestro a los discípulos para que rezaran. Ahora les pidió que se sumasen a su recogimiento, a su preparación para el Sacrificio redentor de la humanidad. Les remachaba así que la vida del cristiano, a todas horas y especialmente en las circunstancias más extraordinarias, debe discurrir por el cauce de una oración con Él y como la de Él.

Orar con Cristo lleva necesariamente a asumir como propia la Voluntad del Padre, por la acción del Espíritu Santo. De este modo, se comprende mejor la posibilidad de que nuestra vida adquiera ese alcance eterno que encierran los planes divinos. Nos conviene, pues, empeñarnos en orar con Él: nos transmitirá el vigor de la perseverancia, y le dejaremos habitar en la inteligencia y en el corazón, confiriendo a nuestras potencias la hondura del diálogo del Hijo de Dios con su Padre. Orar con Cristo ayudará a superar limitaciones internas y externas, porque se nos concederá la fuerza con que Él perseveró, también en Getsemaní, para alcanzarnos la Vida de Dios en nosotros.

Orar como Cristo. A los discípulos les habría bastado mirar con atención al Redentor, y unirse a lo que Él expresaba a Dios Padre, lleno del Espíritu Santo. Les habría bastado fijarse en Él, para aprender, para tener su misma seguridad. Así proceden tantas almas santas, que en la oración no dejan de mirar a Cristo, de contemplar su Rostro. Tengamos la certeza de que, si velamos al lado de Jesús —como Él sugirió a aquellos hombres en Getsemaní—, la oración brotará intensa y eficazmente, aunque debamos pelear con nuestra debilidad, que nos empuja a la distracción, a una correspondencia a medias. Pero se requiere que pongamos la mirada en el Salvador. «Contemplando este rostro —ha escrito Juan Pablo II— nos disponemos a acoger el misterio de la vida trinitaria, para experimentar de nuevo el amor del Padre y gozar de la alegría del Espíritu Santo».

Misa de mons. Javier Echevarría en Santa María la Mayor

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El día 22 de septiembre, Mons. Javier Echevarría concelebrará una Misa solemne, con algunos sacerdotes de la Prelatura, en la basílica de Santa María la Mayor, en Roma, con ocasión de sus cincuenta años de sacerdocio. La Misa tendrá lugar a las 17.30.

El Prelado del Opus Dei fue ordenado sacerdote el 7 de agosto de 1955, en Madrid. En 1995, poco después de su elección y nombramiento como Prelado, fue consagrado Obispo por Juan Pablo II.

En una homilía pronunciada en Torreciudad el día 4 de este mes, Mons. Echevarría se ha referido a la vocación sacerdotal con estas palabras: “Os pido que recéis por los sacerdotes, para que seamos dignos ministros de Nuestro Señor: hombres de oración, amantes del sacrificio, encendidos de celo por la salvación de las almas. Recemos ante todo por el Papa Benedicto XVI, que con tanta entrega y docilidad a Dios ha recibido la carga del Sumo Pontificado, para que el Señor le haga muy santo y llene de eficacia su labor en servicio de la Iglesia y de la humanidad. Rezad también por el Obispo de esta diócesis y por su seminario; por mí, que necesito de vuestras plegarias; y por todos los Obispos”. En otro momento de la homilía, el Prelado del Opus Dei encareció a los asistentes que pidieran a Dios que “conceda la vocación sacerdotal a muchos hombres en el mundo entero, y que los llamados correspondan con total generosidad”.

Galería fotográfica

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Fotos de la Eucaristía celebrada por el Prelado en Santa María la Mayor (Roma). (Fotos: J.M. San Millán)















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