“El respeto del derecho a la libertad religiosa constituye el fundamento del respeto de cualquier otro derecho”

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Mons. Mamberti, secretario de la Santa Sede para las relaciones con los estados, habló en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (Roma) sobre el derecho a la libertad religiosa.

Respetar la libertad religiosa en el mundo quiere decir hoy combatir «la cristianofobia, la islamofobia y el antisemitismo», explicó Mons. Mamberti en un encuentro celebrado en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en Roma.

Opus Dei - Mons.  Mamberti y el profesor Navarro.

Mons. Mamberti y el profesor Navarro.

Monseñor Dominique Mamberti es el secretario de la Santa Sede para las relaciones con los estados, figura similar al «ministro» de exteriores en otros países.

Según el prelado, la «cristianofobia» «es un conjunto de comportamientos que se derivan de la falta de educación o de la mala información, de la intolerancia y de la persecución».

El prelado dio una conferencia sobre «Protección del derecho de libertad religiosa en la acción actual de la Santa Sede». Ilustrando la posición de la Iglesia, explicó que «el respeto del derecho a la libertad religiosa constituye el fundamento del respeto de cualquier otro derecho, pues cuando la libertad religiosa está en peligro, todos los demás derechos vacilan».

La libertad religiosa, «derecho que no puede suprimirse», tiene «una dimensión privada, pública e institucional».

El secretario de la Santa Sede se refirió a San Josemaría Escrivá de Balaguer, como “apasionado y valiente defensor de la ‘aventura de la libertad humana’, como a él le gustaba repetir, refiriéndose, sobre todo, a la correcta autonomía y responsabilidad de los fieles laicos a la hora de cumplir su misión en el mundo”.

Opus Dei - El  público que asistió a la conferencia en el Aula 'Álvaro del Portillo' de  la Universidad romana.

El público que asistió a la conferencia en el Aula ‘Álvaro del Portillo’ de la Universidad romana.

Mons. Mamberti subrayó además que «la libertad religiosa no es sólo uno de los derechos humanos fundamentales, sino que es el derecho preeminente, pues como recordaba Juan Pablo II su defensa constituye el test para verificar el respeto de todos los demás derechos».

Por lo que se refiere al diálogo interreligioso y entre las culturas, aclaró que «es posible sólo si no se renuncia a la verdad».

Honoris Causa de Comunicación en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz

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Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei y Gran Canciller de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz ha concedido el doctorado “Honoris Causa” al Cardenal Camillo Ruini y al profesor Alfonso Nieto

Opus Dei - El Aula  Magna de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma) escucha al  Cardenal Ruini.

El Aula Magna de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma) escucha al Cardenal Ruini.

Tras el desfile académico, en el que participaron profesores de las cuatro licenciaturas de la Universidad y profesores de otras universidades, Mons. Javier Echevarría abrió el acto con un discurso sobre la comunicación.

Opus Dei - El  Prelado del Opus Dei presidió el acto y concedió los Honoris Causa.

El Prelado del Opus Dei presidió el acto y concedió los Honoris Causa.

Señaló que “San Josemaría sostenía que los hijos de Dios tienen que estar presentes, con profesionalidad, identidad cristiana y amor a la Verdad, en los lugares donde se forma la opinión pública”.

“Es difícil –añadió citando un texto del santo- que haya verdadera convivencia donde falta verdadera información; y la información verdadera es aquella que no tiene miedo a la verdad y que no se deja llevar por motivos de medro, de falso prestigio, o de ventajas económicas”.

El Prelado ha invitado a todos los profesionales creyentes del mundo de la información “a conjugar el don gratuito de la fe con el esfuerzo cotidiano en el estudio racional de todos los saberes implicados en la comunicación”. A continuación se ha entregado el primer doctorado Honoris Causa.

LAS CINCO REGLAS DEL CARDENAL RUINI

Opus Dei - Saludo  del Cardenal Ruini y el Prelado.

Saludo del Cardenal Ruini y el Prelado.

El cardenal Camillo Ruini ha sido durante muchos años el presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, y actualmente es el vicario del Santo Padre al frente de la diócesis de Roma. El doctorado le ha sido concedido, entre otros motivos, por el exitoso “Proyecto Cultural” que el cardenal propuso en 1994 a la Iglesia italiana. El proyecto, que ha dado numerosos frutos, se propuso enriquecer de nuevo la cultura italiana con la identidad cristiana.

Tras recibir de manos de Mons. Echevarría el anillo, la medalla, el diploma y el birrete de doctor, el cardenal Camillo Ruini ha dicho en su discurso –llamado en estas ocasiones “Lectio Magistralis”- que “la comunicación social es un elemento cada vez más importante para la evangelización y transmisión de la fe. Pero, al mismo tiempo, ni basta ni es el factor más eficaz. Sí lo son, en cambio, los contactos y las relaciones directos, personales, de la comunidad creyente”.

El Cardenal ha señalado que “es necesario advertir los profundos movimientos que están agitando actualmente la sociedad y la cultura, para introducir en ella nuestro mensaje, mejorando y atrayendo al bien las energías que en esa sociedad se producen”.

Opus Dei - La  concesión del birrete.

La concesión del birrete.

En estos años de diario diálogo con los medios de comunicación, el Cardenal ha aprendido “cinco reglas: uno, no bastan los medios de comunicación para transmitir el Evangelio; dos, hay que hablar claro; tres, es necesario expresarse con simpatía; cuatro, ser profesionales; y cinco, aspirar a la santidad”. Mons. Ruini ha desarrollado estas cinco ideas en un profundo y divertido discurso lleno de anécdotas.

Ruini fue presentado por el profesor Norberto Gonzalez Gaitano, de la Facultad de Comunicación Institucional de la Universidad. El profesor subrayó la “extraordinaria sensibilidad comunicativa, que revela un sincero respeto por la opinión pública” del nuevo doctor Honoris Causa. “Tal sensibilidad nace de la compresión de la relación que hay entre cultura y comunicación”.

ALFONSO NIETO, PIONERO EN LA EDUCACIÓN PERIODÍSTICA

Opus Dei - El  profesor Alfonso Nieto muestra el diploma que le acredita como Doctor  Honoris Causa por la Universidad romana.

El profesor Alfonso Nieto muestra el diploma que le acredita como Doctor Honoris Causa por la Universidad romana.

También recibió el doctorado Honoris Causa el profesor Alfonso Nieto, principal impulsor y pionero de los estudios universitarios de Periodismo en España, y rector de la Universidad de Navarra en la década de los 80. En su discurso, el nuevo doctor ha analizado el mercado actual de la comunicación. En él, dijo, la nueva moneda ya no es el euro o el dólar, sino “el tiempo. En algunos casos, escasea; en otros, abunda; no admite devoluciones; si se pierde, no se puede recuperar; algunos creen que lo poseen, pero se equivocan…”.

Opus Dei - Abrazo  entre el Prelado y el prof. Nieto.

Abrazo entre el Prelado y el prof. Nieto.

Nieto ha hablado también sobre la “apariencia” con la que juegan todos los medios de comunicación. “Desde los periódicos hasta Internet, abunda lo que es aparente, verosímil, lo que parecer ser pero en realidad no es. Por ejemplo, un programa de televisión parece ser gratis, pero en realidad no. Estamos pagando con nuestro tiempo”.

El profesor ha sugerido que, para mejorar los medios de comunicación, es necesario llenarlos de “realismo, veracidad, solidaridad y, sobre todo, buen humor”. El doctor Honoris Causa ha invitado a “abrir espacios y tiempos que susciten la sonrisa en todas o en la mayor parte de las páginas del periódico, de las revistas, de los periódicos o la publicidad”.

“Son los ciudadanos quienes lo piden, quizá no de un modo explícito, quizá porque no han tenido la experiencia. Por este camino, sin dejar de ver los problemas, se encontrarán soluciones mejores y nos daremos cuenta de que una de las cosas más importantes de la vida es sonreír y saber reírnos de nosotros mismos”.

Opus Dei - De  izquierda a derecha: Norberto González Gaitano, el cardenal Ruini,  Alfonso Nieto y José María La Porte.

De izquierda a derecha: Norberto González Gaitano, el cardenal Ruini, Alfonso Nieto y José María La Porte.

La laudatio a Alfonso Nieto la ha realizado el profesor José María La Porte, vicedecano de la Facultad de Comunicación. La Porte incidió en “el amor del profesor Nieto por la libertad, que se manifestó en su lucha porque los estudios de periodismo y comunicación obtuvieran reconocimiento universitario en España, entre 1969 y 1975, en un momento en que la libertad de prensa en aquel país estaba sometida a serias limitaciones”.

Fotos de la Clausura del proceso de don Álvaro en Roma

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Galería de fotos del acto celebrado en el Vicariato de Roma. El cardenal Ruini presidió la clausura del Proceso diocesano de Mons. Álvaro del Portillo.

Un notario levantó acta de la clausura del Proceso diocesano de la causa de Canonización de Mons. Álvaro del Portillo (Fotos de Juan Mª San Millán).

El cardenal Camilo Ruini, vicario del Santo Padre para la diócesis de Roma, dijo que don Álvaro “fue un ejemplo de fidelidad en el seguimiento del espíritu de santificación en el trabajo y en la vida ordinaria”.

“No olvidaré -ha dicho el cardenal Ruini- el afecto de don Álvaro cuando venía a visitarme al vicariato. Dejaba siempre un recuerdo y testimonio de su dedicación a Cristo”.

A continuación, todos los documentos con las declaraciones de quienes han participado en el Proceso se han custodiado en cajas.

El notario ha lacrado las cajas, que se enviarán a la Santa Sede para que continúe el proceso.

Mons. Flavio Capucci, postulador de la Causa.

El acto se celebró en la Sala de los Pactos de Letrán, en el Vicariato de Roma.

Al acto asistió Mons. Javier Echevarría y otros obispos que trataron a Mons. Álvaro del Portillo.

“Vemos en el queridísimo don Álvaro -ha dicho el Prelado- el hombre íntegro, el cristiano auténtico, el buen pastor, el hijo fidelísimo de San Josemaría”.

Muchas personas acudieron a ver las cajas lacradas con la documentación recogida.

D. Álvaro del Portillo

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Fotos: Clausurada la fase instructoria de la causa de don Álvaro en el tribunal de la Prelatura

El público se dirige al acto de clausura de la fase instructoria de la causa de canonización de Mons. Álvaro del Portillo por parte del tribunal de la Prelatura del Opus Dei (© Alberto García Marcos).

A las 11.00 de la mañana del 7 de agosto de 2008, los miembros del tribunal dan inicio al acto.

El Prelado del Opus Dei preside el tribunal como Ordinario competente para instruir la causa de don Álvaro.

El acto tuvo lugar en el aula magna Juan Pablo II de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz.

Mons. Javier Echevarría firma el decreto de clausura de la fase instructoria.

El Notario invita a los otros miembros del tribunal a firmar las actas.

El Postulador de la causa, Mons. Flavio Capucci, firma las actas.

El Notario lacra las 8 cajas con la documentación recogida durante los últimos 4 años por el tribunal de la Prelatura.

El día 8 de agosto las cajas fueron entregadas a la Congregación para las Causas de los Santos, en el Vaticano

Numerosas personas que conocieron a don Álvaro quisieron estar presentes.

El Prelado del Opus Dei dijo: “Que don Álvaro, con su inolvidable sonrisa y su inalterable paz interior, con su firmeza en el cumplimiento del bien y con su humildad, nos ayude a irradiar en el mundo la luz de Cristo, por medio de un apostolado incesante que comunique a las almas la alegría del encuentro con Cristo”.

El Fundador

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El 2 de octubre de 1928 Josemaría Escrivá vio el Opus Dei. Usó siempre este verbo, ver, y lo sucedido forma parte de su relación personalísima con Dios. Sin embargo, también para nosotros y para la vida de la Iglesia es un momento central, porque la santidad del Padre se estructura sobre su carisma de Fundador. Sabemos que aquel día estaba en Madrid haciendo, a solas, unos ejercicios espirituales. Todo entra, evidentemente, dentro de un designio providencial.

–La actitud del Padre, como afirmaría más tarde en muchas ocasiones, no fue nunca la del jugador de ajedrez, que mientras hace una jugada va pensando las siguientes: vivía un confiado abandono en la Voluntad de Dios y procuraba, por todos los medios, no obstaculizarla con inútiles precipitaciones humanas.

Se trasladó a Madrid, con el permiso de su Ordinario, el Arzobispo de Zaragoza, para obtener el doctorado en Derecho en la Universidad Central. Llegó a la capital el 20 de abril de 1927, y apenas una semana después, se matriculó en la asignatura de Historia del Derecho Internacional, y después, a finales de agosto, en la de Filosofía del Derecho.

Pero sus planes se modificaron con la fundación de la Obra: el 2 de octubre de 1928 el Señor cambió el curso de su vida y le hizo ver, con claridad meridiana, que su misión sobre la tierra consistía en hacer el Opus Dei. Madrid fue mi Damasco, le he oído exclamar a veces, con profunda gratitud. No sé si llegó inmediatamente a la conclusión de que debía establecerse de modo definitivo en la capital donde había nacido la Obra, y ofrecía mejores perspectivas para su desarrollo. Desde el principio contó con la autorización eclesiástica del Ordinario del lugar.

Aquel 2 de octubre de 1928 se abrieron para nuestro Fundador los horizontes hacia los que el Señor le llamaba al confiarle el Opus Dei: una movilización de cristianos que, en todo el mundo, en todas las clases sociales, a través de su trabajo profesional desarrollado con libertad y responsabilidad personales, busquen la propia santificación, santificando al mismo tiempo, desde dentro, todas las actividades temporales, en un audaz proyecto de evangelización para llevar a Dios a todas las almas. Es, con unas décadas de anticipación, el mensaje de renovación de la Iglesia querido por el Concilio Vaticano II, que ha proclamado la vocación universal a la santidad para la salvación del mundo, con todas las consecuencias pastorales que de ahí derivan, y que delinean la función eclesial del Opus Dei, mientras, como decía el Fundador, haya sobre la tierra hombres que trabajen.

¿Con quién habló el Fundador, además de, naturalmente, con su confesor?

–Uno de los primeros fue un profesor suyo de la Universidad civil de Zaragoza, don José Pou de Foxá, catedrático de Derecho canónico, muy conocido en España. En los primeros años treinta, don José Pou le pidió: “dime lo que te pasa, porque te encuentro diferente. Tú escribes siempre con mucha alegría, y veo que sigues teniendo alegría, pero te veo como más reservado; te pasa algo: ¿tienes alguna pena?”. Es probable que, como consecuencia de esa pregunta, el Padre le informara de alguna manera sobre su vocación divina; de hecho, poco más tarde, don José Pou afirmó que, por las noticias recibidas, comprendía muy bien por qué nuestro Padre se encontraba tan metido en Dios y tenía un afán tan grande por cumplir su Santísima Voluntad, y añadió: “Tú dices que eres un instrumento inútil e inepto. Menos mal que dices esto: porque en caso contrario querrías hacer una cosa tuya, y no una cosa de Dios. Como estás en esta disposición de considerarte inepto, Dios hará todo y todo será de Dios”.

Nuestro Fundador no habló con nadie más de la misión que había recibido del Señor, aparte de las personas que se acercaban a la Obra y, ya mediado el año 1930, su director espiritual, quien le aseguró muchas veces: “Todo esto es de Dios”.

¿Y ni siquiera habló con su familia? Con su madre vivían Carmen, su hermana, apenas dos años mayor, y Santiago, que en 1928 tenía nueve años.

–Hasta 1934 el Padre no habló claramente de la Obra a su madre ni a su hermana, a quienes, pese a la actitud prudente del Padre, no se les había escapado la intensidad de sus mortificaciones, signo evidente de que algo importante había aparecido en su vida. Me lo contaron ellas mismas. Además, en una carta del 20 de septiembre de 1934, el Padre relataba cómo se desarrolló la conversación: Al cuarto de hora de llegar a este pueblo (escribo en Fonz, aunque echaré estas cuartillas, al correo, mañana en Barbastro), hablé a mi madre y a mis hermanos, a grandes rasgos, de la Obra. ¡Cuánto había importunado para este instante, a nuestros amigos del Cielo! Jesús hizo que cayera muy bien. Os diré, a la letra, lo que me contestaron. Mi madre: “bueno, hijo: pero no te pegues, ni me hagas mala cara”. Mi hermana: “ya me lo imaginaba, y se lo había dicho a mamá”. El pequeño: “si tú tienes hijos…, ¡han de tenerme mucho respeto los mochachos!, porque yo soy… ¡su tío!”. Enseguida, los tres, vieron como cosa natural que se empleara en la Obra el dinero suyo. Y esto –¡gloria a Dios!–, con tanta generosidad que, si tuvieran millones, los darían lo mismo.

¿Y de dónde viene el nombre Opus Dei?

–En sus primeros apuntes autobiográficos el Padre, cuando se refería a la fundación, hablaba siempre de “la Obra”, o de “la Obra de Dios”, pero no pensaba aún en un nombre preciso. Tiempo después, llegó a la conclusión de que éste era el nombre. Lo relata en una extensa relación autógrafa del 14 de junio de 1948, que refiere un episodio sucedido a fines de 1930: Un día fui a charlar con el P. Sánchez, en un locutorio de la residencia de la Flor. Le hablé de mis cosas personales (sólo le hablaba de la Obra en cuanto tenía relación con mi alma), y el buen padre Sánchez al final me preguntó: “¿cómo va esa Obra de Dios?” Ya en la calle, comencé a pensar: “Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio…, trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!” Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei.

Un joven sacerdote con poquísimos medios, en una situación política de gran tensión, que poco después desembocaría en la guerra civil… El Opus Dei nació pequeño, pero desde el principio con entraña universal.

–Recuerdo muy bien, por ejemplo, que desde el comienzo de mi vocación, en 1935, el Padre me animó a estudiar japonés, y así lo hice aunque con resultados poco fructíferos. Nuestro Fundador tenía una predilección particular por el Extremo Oriente, y cuando, al fin, en la posguerra, fue posible iniciar establemente el trabajo de la Obra allí, se puso contentísimo. Cuando llegó la primera carta de sus hijos de Japón, escribió en el sobre: ¡La primera carta de Japón! Sancta Maria Stella Maris, filios tuos adiuva! Desde entonces, al despachar la correspondencia, si había carta de Japón, abría el sobre y la dejaba aparte. Ponía las demás cartas en un montón y las leía después conmigo. Pero la primera que leía siempre era la de Japón: aquellos hijos ocupaban un lugar especialísimo en su alma, porque estaban en un país maravilloso, con una lengua tan difícil, y en el que la mayor parte de la gente no conoce todavía a Cristo.

Este espíritu universal se llevó a la práctica, en cuanto las condiciones externas lo permitieron, es decir, después de la guerra civil española, y sobre todo, tras la Segunda Guerra mundial. El Padre preparó personalmente el terreno para la expansión de la Obra con frecuentes viajes, y la semilla arraigó vigorosamente.

Sólo recuerdo un país donde la prehistoria realizada por nuestro Fundador no fuera seguida del comienzo de una actividad apostólica estable: Grecia. El Padre fue allí en 1966, y le acompañamos don Javier Echevarría, Javier Cotelo y yo. Deseaba iniciar cuanto antes la Obra en este país y sembró a manos llenas la semilla divina. El 26 de febrero embarcamos en Nápoles. En Atenas y Corinto visitamos los lugares en los que, según la tradición, había predicado San Pablo. El Padre no daba demasiada importancia a la autenticidad de aquella tradición popular; al regreso, explicó: El sitio puede ser o no ser aquél; nada se gana ni se pierde si no lo fuese. Pero, a última hora, sale ganando el que sabe aprovecharlo para acercarse más a Dios. Allí rezamos una comunión espiritual, y encomendamos toda la futura labor en Grecia. Si en ese punto concreto estuvo San Pablo, muy bien; y si no estuvo, muy bien; eso es lo de menos.

Vimos también varias iglesias bizantinas. A veces coincidimos casualmente con alguna ceremonia litúrgica a la que asistían pocos fieles, en su mayoría, mujeres. El Padre rezó por aquel pueblo, separado de la Iglesia Romana. Fuimos a la catedral católica y a la Universidad de Atenas. El 13 de marzo regresamos a Roma.

Llegamos enseguida a la conclusión de que era poco factible iniciar la actividad apostólica en Grecia, entre otras cosas, porque los católicos eran una pequeña minoría. Nuestro Fundador comentó: La impresión mía, es que allí hay poquita posibilidad humana de trabajo. Es casi todo muy menudo…; no sé como decirlo. Aunque para el Espíritu Santo no hay imposibles. No abandonó la esperanza de enviar a alguno de sus hijos cuando las circunstancias fueran más favorales. A este propósito dijo en una ocasión: La labor no será fácil ni tampoco difícil; será como en todas partes. Será fruto de la oración, de la mortificación y del trabajo de todos.

La espiritualidad y los modos apostólicos del Opus Dei coinciden con los de su Fundador. Me gustaría oírselo explicar más claramente, aunque se trate de una exposición forzosamente incompleta.

–El elenco será necesariamente incompleto, porque la espiritualidad del Opus Dei tiende a realizar la unidad de vida, es decir, la unión de acción y contemplación, a través de la práctica de todas las virtudes, humanas y sobrenaturales.

Al contemplar la vida espiritual de nuestro Padre, se pone de manifiesto que su fundamento radicaba, como dijo muchas veces, en el sentido de la filiación divina, que se traduce en un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo como hermano suyo, hijo de Dios Padre. El espíritu de filiación le llevaba a mantenerse siempre en la presencia de Dios, a vivir con absoluta fe en la Providencia, a corresponder serena y alegremente a la Voluntad divina.

Si todos, en cualquier situación y condición, estamos llamados a la santidad –y el Opus Dei ayuda a tomar conciencia de esta realidad y a obrar en consecuencia–, todos estamos llamados a participar de la vida de Cristo. Por tanto, la existencia del cristiano se centra en el Sacrificio eucarístico, donde se da la máxima unión posible del hombre con Cristo.

La profunda percepción de la riqueza del misterio del Verbo Encarnado fue el cimiento sólido de la espiritualidad del Fundador. Comprendió que, con la Encarnación del Verbo, todas las realidades humanas honestas se elevaban al orden sobrenatural: trabajar, estudiar, sonreír, llorar, cansarse, descansar, cultivar la amistad, etc., habían sido, entre tantas otras, acciones divinas en la vida de Jesucristo; podían compenetrarse perfectamente con la vida interior y el apostolado: en una palabra, con la búsqueda de la santidad. Por esto, en su vida –y gracias a su ejemplo, en tantas otras almas–, el esfuerzo por alcanzar la perfección humana en el cumplimiento de los propios deberes se transformó, por obra de la gracia, en oración, en camino de santificación, de ejercicio de las virtudes sobrenaturales y, al mismo tiempo, en fecundo servicio humano, en lucha generosa contra los enemigos del alma.

Por eso, desempeñó siempre sus trabajos con espíritu contemplativo: los ofrecía al Señor al empezar y al terminar, y los regaba de jaculatorias; en suma, transformaba todo en oración.

Como consecuencia, y al mismo tiempo como fuente de la unidad de vida, se alimentaba ininterrumpidamente del sentido de la presencia de Dios y convertía toda la jornada en oración. Solía explicar, ya lo he recordado, que el arma del Opus Dei no es el trabajo, es la oración: por eso convertimos el trabajo en oración. Era un alma contemplativa nel bel mezzo della strada como le gustaba decir en italiano, también cuando hablaba en otra lengua; afirmaba que, para un cristiano corriente, la celda es la calle. Tomaba ocasión de cualquier suceso para elevarlo al orden sobrenatural y convertirlo en tema de su diálogo con Dios. En su plan de vida incluyó, además, lo que llamaba normas de siempre, es decir, algunas prácticas de piedad que penetraban todos los momentos del día alimentando su intimidad con el Señor: presencia de Dios, consideración de la filiación divina, comuniones espirituales, acciones de gracias, actos de desagravio, jaculatorias, que se unían a sus mortificaciones, al estudio, al trabajo, al orden, todo vivido con la alegría de saberse hijo de Dios.

El cuidado de las cosas pequeñas constituye otra línea básica del espíritu del Fundador. Era maravilloso que un corazón tan grande, un alma que voló tan alto y fue protagonista de formidables empresas divinas, fuera capaz de penetrar con tanta intensidad en lo que, como solía decir, se advierte solamente por las pupilas que ha dilatado el amor.

Otros aspectos que completan la fisonomía espiritual del Fundador eran: una piedad doctrinal, alimentada con el estudio de la Fe revelada y con prácticas personales de oración, de sacrificio y de penitencia; una tierna devoción a la Virgen, a San José, a los Santos Ángeles Custodios, a nuestros Patronos y a nuestros Santos Intercesores, a la Iglesia y al Papa; y un profundo respeto a la legítima libertad de los demás.

En la vida de nuestro Padre se unían la oración, la mortificación –oración de los sentidos–, el trabajo y el apostolado: verdaderamente el apostolado era, como enseñaba, superabundancia de la vida interior. Soy testigo de cómo aprovechaba todos los momentos y todas las ocasiones para hablar de Dios; aseguraba que no quería ni sabía hablar de otra cosa.

Afirmaba que la parte más importante y más eficaz de la actividad apostólica de la Obra estaba constituida por el apostolado personal de cada miembro, con su ejemplo y su palabra, en el trato diario con sus amigos y colegas, en el propio ambiente social, profesional y familiar.

Con la Constitución Apostólica Ut sit, del 28 de noviembre de 1982, Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal. En conformidad con el carisma fundacional, la Obra fue reconocida por la Iglesia, por tanto, como estructura jurisdiccional secular, de carácter personal –es decir, no territorial–, constituida por un Prelado, sacerdotes incardinados en el Opus Dei y laicos. Con la erección en Prelatura, se cerró un largo iter jurídico, que conoció diversas etapas: en 1941 la Obra fue aprobada como Pía Unión por el obispo de Madrid; en 1943, la erección diocesana de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz permitió la incardinación de sacerdotes procedentes del laicado de la Obra; con las aprobaciones de 1947 y de 1950 como Instituto Secular de derecho pontificio, se aseguró el carácter internacional imprescindible para la expansión apostólica de la Obra.

¿Cómo vivió el Fundador, que no pudo contemplar en la tierra la configuración canónica definitiva del Opus Dei, estos jalones jurídicos de la Obra?

–En el ordenamiento canónico entonces vigente no existía ninguna figura jurídica adecuada a lo que el Señor quería para la Obra, y ni siquiera se entreveía una posibilidad concreta de abrir nuevos caminos. Por esto, nuestro Fundador no se arriesgó en los comienzos a pedir la aprobación formal por parte de la autoridad eclesiástica: en ese caso, al Opus Dei se le habría encasillado, de hecho, dentro de un esquema jurídico inadecuado. Nuestro Fundador se limitó a mantener al corriente de todo al Ordinario de Madrid, y a no dar ningún paso sin su venia y bendición.

La primera aprobación in scriptis se remonta a 1941, y se anticipó en buena medida por la terrible campaña de calumnias desencadenada contra nuestro Fundador después de la guerra civil española. Para deshacer aquellas calumnias, don Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid, que ya había intervenido repetidamente de palabra en la defensa del Opus Dei y de su Fundador, decidió comprometer su propia autoridad, y para disipar los equívocos quiso dar una aprobación escrita a la Obra. Con este fin pidió al Padre una copia de los Reglamentos.

Desde el comienzo, el Fundador del Opus Dei se resistió a usar el término “Constituciones” para hablar de los Reglamentos, Estatutos, o Derecho Particular de la Obra; en el lenguaje eclesiástico ese vocablo se utilizaba para designar el ordenamiento propio de los religiosos o del estado de perfección, mientras que el Opus Dei era una realidad eclesial completamente diversa.

Pasaron algunos meses, pero el Fundador no se había decidido aún a comenzar la redacción de los Reglamentos, como le había pedido el obispo. Por fin, ya en 1941, se dio cuenta un día de que, aunque siempre había querido obedecer con lealtad y delicadeza a la autoridad eclesiástica, en esto no estaba obedeciendo a don Leopoldo. Le pidió audiencia inmediatamente y, apenas fue recibido por el Prelado, le explicó: Señor Obispo, me tiene que perdonar, porque le he estado desobedeciendo, sin darme cuenta. Me dijo Vuestra Excelencia que presentase esos papeles y no lo he hecho. No lo he hecho porque no me sentía movido por Dios, pues temo que se pueda causar un perjuicio grave al Opus Dei con una aprobación que no respete su naturaleza teológica, ascética y jurídica. Por otra parte, al comprender que estaba oponiendo resistencia pasiva a esta aprobación, me he llenado de alegría porque pienso que, cualquier fundador que hubiese encontrado tal disponibilidad de su Obispo para aprobar la fundación, se hubiese apresurado a preparar los documentos y a presentarlos. Yo no lo he hecho porque la Obra no es mía, sino de Dios; y si cuando llegue el momento de darle cauce jurídico no está Usted para aprobar la Obra, entonces la aprobará su sucesor. Este episodio me lo contó nuestro Fundador con estas palabras en varias ocasiones.

Sin embargo, el obispo insistió en la necesidad de dar un respaldo oficial a la Obra para defenderla de los ataques de que era objeto; el Padre se sometió a la voluntad del Ordinario, y poco después, el 14 de febrero de 1941, presentó el texto de los Reglamentos para que la Obra fuese reconocida como Pía Unión.

Con esta misma actitud de adhesión a la Voluntad de Dios, nuestro Fundador aceptó las sucesivas configuraciones jurídicas de la Obra, sabiendo conceder, sin ceder, con ánimo de recuperar.

Defendió decididamente el carisma fundacional, obedeciendo a la vez fielmente a la autoridad eclesiástica, y puedo afirmar que la solución definitiva –que, como primer sucesor del Fundador, me ha correspondido llevar a término–, refleja perfectamente las disposiciones que dejó definidas hasta el último detalle.

El principal obstáculo que el Fundador debió superar fue hacer comprender el carácter plenamente secular de la Obra, que de ningún modo puede confundirse o ser asimilado a las órdenes, a las congregaciones, a las asociaciones religiosas. Y esto, no por menospreciar a los religiosos, sino, sencillamente, porque la Obra es, sin ninguna pretensión de exclusivismo, esencialmente distinta de las instituciones religiosas.

–Nuestro Fundador amó siempre, respetó, y en lo que le fue posible ayudó a los religiosos, predicando tandas de ejercicios a religiosos y religiosas, animando a personas que le pedían consejo a seguir la vida religiosa si presentaban síntomas de vocación, y prodigándose por la unidad –que no significa uniformidad– del apostolado, por la que los miembros del Opus Dei rezan a diario.

El Padre no se permitía la menor crítica a otras personas o instituciones de la Iglesia. Desde que le conocí, se lo he oído repetir más o menos con estas palabras: jamás moveré un dedo para apagar una llama que se encienda en honor de Cristo: no es mi misión. Si el aceite que arde no es bueno, se apagará sola.

Entre los miles de episodios que podría citar, me viene a la cabeza que hacia 1940 se presentó en nuestra casa de la calle Diego de León de Madrid, una chica que necesitaba cierta cantidad de dinero como dote para entrar en religión. El Padre comprobó la sinceridad de sus intenciones, y después de hablar conmigo, preguntó a Isidoro Zorzano, que era el administrador, cuánto dinero teníamos en casa; y se lo dio todo a aquella futura novicia.

Por lo demás, los religiosos han comprendido siempre la originalidad pastoral de la Obra. Por ejemplo, sor Lucia, la vidente de Fátima, puso un gran interés en el inicio de nuestra actividad apostólica en Portugal, y ha rezado siempre por la Obra. En 1972 acompañé a nuestro Fundador a ver a sor Lucia, y en aquella ocasión ella le regaló unos millares de folletos que contenían algunas reflexiones sobre la Virgen y el Rosario: el Padre los difundió con gran alegría.

Cada cual vive su propia vida

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

La pregunta va dirigida a Mons. del Portillo: ¿Cómo funciona la relación entre el Opus Dei como institución y cada uno de sus miembros?

«Los miembros del Opus Dei se comprometcn a procurar alcanzar la santidad y a difundirla desde el lugar que cada uno ocupa en el mundo, por medio de su trabajo profesional y de sus ocupaciones cotidianas. Para cumplir este compromiso, tienen el derecho de que la Prelatura les ayude a través de una continua y exigente asistencia espiritual. Esta formación se recibe personalmente, o en grupos reducidos, por medio de clases, charlas, retiros espirituales, etc.».

»Cada uno vive –añadía después– donde Su situación familiar, laboral, etc., le aconseje. Y se organiza libremente su existencia y su propio trabajo profesional, en el que los Directores de la Obra no intervienen ni interfieren».

Al  preguntar al Prelado del Opus Dei si los miembros de la Prelatura reciben detcrminadas orientaciones o ayudas de orden político, económico, social, etc., la respuesta es rápida, inmediata: «No, eso ya lo sabe todo el mundo y lo hemos repetido mil veces. Cada uno elige el trabajo que desea y lo desempeña con absoluta libertad. (…) Por lo que se refiere a apoyos, ayudas, etc., le aseguro tajantemente que no se han dado ni se darán. Si alguno intentara servirse de la Prelatura para medrar, el organismo del Opus Dei detcctaría ese cuerpo extraño y lo expulsaría enseguida, sin mayores miramientos».

A la vez que insiste en la plena libertad de cada miembro del Opus Dei, y en la finalidad exclusivamente espiritual de la Prelatura, Mons. del Portillo subraya también el contenido ético, moral, del trabajo que cada uno desarrolla: «Para venir a la Prelatura se debe ejercitar un trabajo honrado; y la formación doctrinal y ascética que se recibe en el Opus Dei ayuda a realizar esa tarea cada vez con mayor lealtad a la sociedad, con deseos y realidades de servicio a los demás, dejando de lado todo egoísmo, cualquier injusticia. Sin esas bases, sería ingenuo o hipócrita hablar de santificar el trabajo y santificarse en el trabajo».

Indulgencias concedidas por la Santa Sede

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En estos días, los familiares de los fieles del Opus Dei y de los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz pueden beneficiarse de una indulgencia concedida por el Santo Padre.

Reproducimos aquí una traducción nuestra en castellano del decreto original latino enviado por la Penitenciaría.

PENITENCIARÍA APOSTÓLICA

––––––

BEATÍSIMO PADRE,

Javier Echevarría Rodríguez, Prelado de la Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei, manifiesta a Su Santidad la debida obediencia y veneración filial, y suplica humildemente que Su Santidad se digne conceder las siguientes Indulgencias:

I.- en favor de los que participan en las celebraciones litúrgicas que la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei y la Sociedad Sacerdotal de Santa Cruz suele promover, en el triduo anterior a la solemnidad de la Natividad del Señor y de la Pascua, para el progreso espiritual de las familias de sus fieles y de sus socios: a.- Indulgencia plenaria que se podrá lucrar cumplidas las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración según las intenciones del Sumo Pontífice) si, con espíritu de verdadera penitencia, participan en todas las celebraciones del triduo; b.- parcial, que podrán obtener los que asistan contritos a las funciones sagradas alguno de las días del triduo;

II.- para los padres, hermanos y hermanas de los fieles de la Prelatura y de los socios de la Sociedad Sacerdotal, así como para los cónyuges, hijos e hijas de los fieles supernumerarios: Indulgencia plenaria con las condiciones habituales, que se podrá lucrar el día de la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José si, con espíritu de verdadera penitencia, participan en una función sagrada.

Y Dios, etc.

Día 14 de mayo de 2008

La Penitenciaría Apostólica, por mandato del Sumo Pontífice, accede benignamente según la petición a esta gracia, por siete años. No obstante cualquier disposición contraria.

James Francis S.R.E. Card. Stafford

Penitenciario Mayor

† Gianfranco Girotti, O.F.M. Conv.

Ob. Tit. de Meta, Regente

APÉNDICES

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me ha parecido interesante completar este reportaje con varios documentos que he citado, parcialmente, a lo largo de los capítulos.

Se trata del Decreto de Introducción de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, firmado por el Cardenal Ugo Poletti, y publicado en la «Revista Diocesana di Roma» en marzo de 1981. Contiene una breve síntesis de la vida del Fundador del Opus Dei, de su espiritualidad, y de las fases preliminares de su Proceso de Beatificación.

En segundo término, incluyo la Constitución Apostólica « Ut sit», por la que Juan Pablo 11 erigió el Opus Dei en Prelatura personal con fecha 28–XI–1982, tras un detcnido estudio de años por parte de la S. Congregación para los Obispos, presidida por el Cardenal Baggio, y una amplísima consulta a Obispos de todo el mundo.

Finalmente, he transcrito, por su interés, las declaraciones que Mons. Alvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei, concedió a The New York Times, pocos meses más tarde.

III. ¿QUÉ ES EL OPUS DEI?

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

¿Quién mejor que Mons. Alvaro del Portillo, su Prelado, para explicarnos qué es el Opus Dei? El 28XI–82, el Papa Juan Pablo Il erigió esta institución de la Iglesia en Prelatura personal, con el fin de que su figura jurídica en el derecho canónico correspondiera adecuadamente con su vida, con su realidad social y con su auténtico espíritu fundacional, transmitido por su Fundador, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. «Este nuevo marco jurídico del Opus Dei –declaró Mons. del Portillo a Pier Giovanni Palla, del diario Ya, en noviembre de 1982–, transparenta claramente lo que son los miembros del Opus Dei: o simples fieles laicos, o sacerdotes seculares».

Ya estamos en el móvil

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La página web de la Oficina de información del Opus Dei ofrece su contenido para los móviles en 30 idiomas.

Opus Dei -

Muchas personas, en su mayoría jóvenes, solicitaban desde hacía tiempo la versión del website para móviles y agendas electrónicas. La versión móvil se genera dinámicamente y contiene algunas de las secciones más leídas de la página web del Opus Dei. La dirección para acceder a la edición móvil es http://www.opusdei.mobi/ o http://www.opusdei.es/movil

La página principal de la versión móvil contiene las últimas noticias publicadas y enlaces a las secciones “Qué es el Opus Dei”, “Sobre San Josemaría” -que contiene su biografía, la estampa para rezar y textos suyos para cada día del año-, y la sección “Prelado”, que ofrece las últimas noticias sobre el Prelado del Opus Dei y sus cartas pastorales.

Además, en función de la capacidad del terminal del usuario se puede acceder a vídeos o descargar archivos en audio o pdf.

Con esta iniciativa, la Oficina de Información del Opus Dei pretende aportar su contribución a las demandas del Papa Benedicto XVI, que se expresaba así el pasado 18 de diciembre: “Para que la Iglesia siga presente con su mensaje en el “gran areópago” de la comunicación, como decía Juan Pablo II, y no se sienta ajena a los espacios donde un sinfín de jóvenes navegan en búsqueda de respuestas y de sentido para sus vidas, tenéis que encontrar los caminos para difundir, con formas nuevas, voces e imágenes de esperanza a través de la red telemática que envuelve a nuestro planeta con mallas cada vez más espesas”.

Para facilitar el acceso, cuando se accede a la versión clásica desde un dispositivo móvil, se muestra automáticamente un enlace a la versión móvil al principio de la página principal.

En 2008 unos dos millones de visitantes únicos visitaron el website en España y accedieron a más de siete millones de páginas.


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