Espero que Dios se sirva de mí para hacer llegar su gracia a las almas”

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El próximo 24 de mayo, el Prelado del Opus Dei Mons. Javier Echevarría conferirá la ordenación sacerdotal a 36 fieles de la Prelatura. La ceremonia tendrá lugar en la Basílica de San Eugenio, en Roma, a las 4 de la tarde.

Los nuevos sacerdotes provienen de 15 países: Argentina, Brasil, Costa Rica, España, Filipinas, Francia, Guatemala, Italia, Kenia, Líbano, México, Perú, Polonia, Portugal y Venezuela.

Opus Dei - Los 36 candidatos al sacerdocio, en la ordenación diaconal.

Los 36 candidatos al sacerdocio, en la ordenación diaconal.

Los que llevan viviendo un largo periodo lejos de sus países mantienen a flor de piel los recuerdos de su tierra natal.

«Tengo muchas deseos de ayudar en la formación de los jóvenes de mi país – dice Dominique Helou, libanés. Desgraciadamente, a menudo abandonan el país o se dejan llevar por la desesperanza. Pienso que los cristianos tienen que dar testimonio en aquella región y que su presencia es fundamental para el futuro del Líbano».

Opus Dei - Dominique Hélou, libanés.

Dominique Hélou, libanés.

Dominique ha sido maestro en escuelas de Francia y del Líbano. Ahora su tarea será «ayudar espiritualmente a las almas, predicar, escuchar confesiones y administrar otros sacramentos».

La nueva tarea le impresiona, pero a la vez se siente animado: «Una máquina de café puede ser de oro, de plata o de latón. Da igual: lo importante es el café que produce. Pues bien, yo me imagino que soy como esa máquina de café y espero que Dios se sirva de mí para hacer llegar su gracia a las almas. Basta servir buen café. ¡Eso me tranquiliza!».

La tarea pastoral de Dominique Hélou se desarrollará en el Líbano, donde la labor apostólica del Opus Dei comenzó hace diez años. «Como en otras regiones del mundo –afirma Dominique- la tarea de la Prelatura es de formación humana y espiritual, a través de actividades dirigidas a personas de variadas condiciones sociales. Pero también querría precisar que el trabajo apostólico más importante es el que lleva a cabo cada uno de los fieles del Opus Dei con sus colegas de profesión».


Opus Dei - Una imagen de Beirut, capital del Líbano.

Una imagen de Beirut, capital del Líbano.

Otro de los ordenandos es José Antonio Brage. A los 18 años ingresó en la Escuela Naval de Pontevedra (España) y en poco tiempo había recalado ya en puertos de más de veinte países. “Me di cuenta entonces –explica- de que la mayor pobreza que hay en el mundo es la falta de Dios. Llevar a Cristo es el mayor bien que se puede hacer a los demás, y ésa es la misión del sacerdote”.

Opus Dei - José Antonio Brage ha participado en numerosas operaciones internacionales de la Armada.

José Antonio Brage ha participado en numerosas operaciones internacionales de la Armada.

Durante sus años en la armada, según dice, la navegación no fue nunca un problema para llevar adelante una vida cristiana, sino una gran oportunidad.

“Con frecuencia, amigos y conocidos me han preguntado si no encontraba difícil mantener una vida de cercanía a Dios, con prácticas de piedad como la oración mental, la Santa Misa, o el rezo del Rosario, en medio de una vida tan ajetreada. La verdad es que al contrario. Siempre digo que las mejores oraciones de mi vida las he hecho paseando por la cubierta en alta mar…”

“La mar dice muchas cosas de Dios. Me viene a la cabeza un recuerdo de mis primeros años en la Armada: junto a la puerta de entrada de la capilla de la Escuela Naval Militar, hay una lápida con esta inscripción: “El que no sepa rezar, que vaya por esos mares, y verá que pronto lo aprende”. Es una gran verdad: sólo hace falta abrir los ojos del alma”.


Opus Dei - Durante su crucero de instrucción en el Buque Escuela J.S. Elcano José Antonio dio la vuelta al mundo.

Durante su crucero de instrucción en el Buque Escuela J.S. Elcano José Antonio dio la vuelta al mundo.

Los nombres de los 36 ordenandos y sus respectivos países de origen son:

Avelino Picón (España),
Marc Chatanay (Francia),
Juan Manuel de Ojeda (España),
Iñaki Landa (España),
Gabriel de Castro (España),
Pedro Regojo (Portugal),
Dominique Khoury-Hélou (Libano),
José Antonio Brage (España),
Manuel García de Madariaga (España),
Marcos Antini (Brasil),
Sergio Gascón (España),
Fernando José Gallego (España),
Óscar Beorlegui (España),
Antonio Cózar (España),
Iñigo Martínez-Echevarría (España),
Carlo de Marchi (Italia),
Javier Zabaleta (España),
Alexandre Antosz (Brasil),
Bernal Antonio Campos (Costa Rica),
José Fernández Labastida (México),
Javier Salegui (Venezuela),
Juan Herráiz (España),
Rafael López-Ortega (México),
Julio Serrano (España),
Ignacio Palma (Argentina),
Daniel Silva (Venezuela),
Alfonso Berlanga (España),
Matías Rodríguez Quirós (España),
Jorge Boronat (España),
Carlos Enrique Guillén (Perú),
Marc Bosch (España),
Guillermo Antonio Aragón (Guatemala),
Michał Stefan Kwitliński (Polonia),
Leonardo Agustina (España),
Anthony Sy Reyes (Filipinas),
Charles Wanyoike Mundia (Kenia).

Concluye en Roma la fase diocesana de la causa de canonización de don Álvaro del Portillo

D. Álvaro  Tagged , , , , , , , No Comments »

El  jueves 26 de junio de 2008, en el Palacio del Laterano, el cardenal Camillo Ruini presidió la sesión de clausura del proceso diocesano sobre la vida y las virtudes del Siervo de Dios Álvaro del Portillo (1914-1994), obispo y prelado del Opus Dei.

Opus Dei - Juan Pablo II y Mons. Álvaro del Portillo.

Juan Pablo II y Mons. Álvaro del Portillo.

Ese mismo día, la Iglesia celebra la memoria litúrgica de san Josemaría, fundador del Opus Dei.

El proceso se abrió el 5 de marzo de 2004. El actual Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, fue reconocido por la Congregación para las Causas de los Santos como obispo competente para instruir la causa de canonización de su predecesor.

Sin embargo, Mons. Echevarría pidió al cardenal Ruini que se nombrase un tribunal en el Vicariato de la Diócesis de Roma para que recibiera su testimonio y el de algunos otros testigos.

El resto de testigos han sido escuchados por el tribunal de la Prelatura en Roma o por tribunales de sus diócesis de residencia.

Mons. Flavio Capucci, Postulador de la causa, ha agradecido al tribunal del Vicariato el trabajo desarrollado. Con esa ocasión, ha recordado que en 1978, cuando comenzó el proceso de san Josemaría, Mons. Álvaro del Portillo insistió en que, al pedir al Papa el inicio de la causa del Fundador, el Opus Dei no buscaba su propia gloria, sino la de la Iglesia. “Hoy –ha dicho Capucci- con todo el corazón hacemos nuestras esas palabras”.

El próximo paso del proceso se dará cuando el tribunal de la Prelatura concluya las sesiones del proceso que instruye. Con el material que ambos tribunales hayan recogido, el Postulador elaborará la positio, que es una biografía del Siervo de Dios y un estudio de cómo ha vivido las virtudes cristianas en grado heroico.

En su momento, el Postulador enviará la positio a la Congregación para las Causas de los Santos para que sea estudiada.

Una imagen de San Josemaría en un pueblo aragonés

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

En una capilla lateral de la iglesia de Conchel se acaba de inaugurar una imagen de San Josemaría

Opus Dei -

Conchel es un pequeño pueblo de la provincia de Huesca, de la diócesis de Barbastro‑Monzón, de unos doscientos habitantes. Sus gentes son labradores y algunos trabajan también en las fábricas de Monzón, que está sólo a siete kilómetros. En su templo parroquial se conserva desde la época de los templarios un fragmento de la Vera Cruz. Desde hace años su párroco es don Amadeo, que compagina la atención a esta parroquia con la de otra iglesia y las clases de religión en el instituto de enseñanza media de Monzón. Ahora son tres los chicos de ese pueblo que ya han sido ordenados sacerdotes. Uno de ellos, don José Luis, está en Kazajstán desde hace años. También han salido varias vocaciones de religiosas para distintas comunidades. Y todo ello ‑lo afirma don Amadeo- es gracias a San Josemaría, que no descuida la atención a su tierra natal.

En 2002 se inauguró en Barbastro una iglesia dedicada a San Josemaría. Los barbastrenses se sienten orgullosos de ello y acuden con frecuencia a su intercesión. Don Amadeo quiso también colocar una imagen del fundador del Opus Dei en su parroquia de Conchel; respondía en parte a la petición que Francho, uno de sus monaguillos, le hizo cuando le preguntó: “¿Mosén, por qué no tenemos en la iglesia una imagen de San Josemaría”.

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Buscó para ello un buen escultor y le proporcionó fotografías y documentación para que le sirviese de modelo. Meses después, el escultor le presentó la imagen acabada. La talla es de madera africana, mide 1,15 metros. Antes de colocarla en la iglesia quiso que fuese bendecida y aprovechó que el Prelado del Opus Dei iba a Torreciudad para ordenar a un grupo de fieles de la Prelatura, para que fuese él quien lo hiciese.

El día convenido D. Amadeo se presentó en el santuario con la imagen, acompañado de los tres seminaristas y otro sacerdote de la diócesis. El Prelado del Opus Dei les recibió y además de bendecir la imagen tuvo con ellos un rato de tertulia.

La imagen fue colocada después en una capilla lateral de la Iglesia de Conchel y desde entonces los feligreses del pueblo la valoran como un tesoro y acuden a su intercesión. Hay una cartela junto a la imagen que recuerda el texto de la bendición. Entre otras cosas dice: Esperamos que la colocación de esta imagen a la veneración pública de los fieles cristianos en la Parroquia de Santa María de Conchel sea motivo de crecimiento espiritual de los fieles de la Parroquia y a todos los que veneren su imagen San Josemaría les obtenga gracias abundantes desde el mismo Trono de Dios, Nuestro Señor.

Especial 2 de octubre: 80º aniversario

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En esta especial unificamos algunas de las noticias sobre el 80º aniversario de la fundación del Opus Dei

Opus Dei -

NOTICIA: Nueva capilla a san Josemaría en Nª Sª de los Ángeles: El 2 de octubre de 1928, san Josemaría “vió” el Opus Dei; y también “oyó” unas campanas: eran las de la una iglesia cercana. Ahora, 80 años más tarde, el templo de Nª Sª de los Ángeles ha dedicado una capilla al santo.

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EN LA PRENSA: Entrevista al Prelado del Opus Dei. Mons. Javier Echevarría, entrevistado por La Repubblica con ocasión del 80 aniversario de la fundación del Opus Dei.

Visita pastoral del Prelado del Opus Dei a Asturias

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Invitado por el arzobispo de Oviedo, monseñor Carlos Osoro, con motivo de la celebración del Año Jubilar de la Cruz de los Ángeles y de la Cruz de la Victoria, el Prelado del Opus Dei realizó una visita pastoral a Asturias en julio de 2008.

Opus Dei -

No cabían más actos para una visita tan breve, pero intensa a la vez. El prelado de la Obra comenzó su visita a Asturias en Covadonga, continuó el sábado con una Eucaristía en la catedral de Oviedo junto al arzobispo, rezó ante las reliquias que allí se veneran, y tuvo varios encuentros con numerosas personas. De fondo, Sydney y el Papa: pidió a todas y a todos que acompañen al santo Padre con la oración.

Lo primero, Covadonga

La estancia del Prelado en el Principado comenzó en la tarde del viernes, día 4, en el santuario de Covadonga. Allí fue recibido por monseñor Osoro, con quien rezó durante media hora ante la imagen de la Santina en la Santa Cueva. “Agradezco mucho al señor Arzobispo la oportunidad que me ha dado de poder hacer la oración a los pies de esta imagen de la Virgen, ante quien rezó con tanta devoción, durante muchos años y en distintas ocasiones, San Josemaría Escrivá”, indicó monseñor Echevarría a las varias decenas de personas, jóvenes en su mayoría, presentes en el recinto de roca.

El prelado subrayó que en aquel mismo lugar, en los años 40, el fundador del Opus Dei “puso en las manos de la Virgen lo que tantas veces nos ha aconsejado con su palabra y con sus escritos: que la razón más grande de nuestra vida es encontrar a Jesucristo, seguirle muy de cerca, tratarle y darle a conocer”.

Veneración de la reliquias en la Catedral de Oviedo

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El sábado, monseñor Echevarría visitó las reliquias que alberga la Cámara Santa de la catedral de Oviedo, en particular el Santo Sudario que cubrió el rostro de Jesucristo, y las dos cruces cuyos centenarios se celebran: la de los Ángeles (regalo del Rey Alfonso II a la Iglesia de Oviedo en el año 808) y la de la Victoria (obsequio del Rey Alfonso III, justo un siglo más tarde).

Monseñor Osoro guió la visita y oró con el prelado ante las preciadas reliquias. Una familia numerosa de Oviedo regaló a monseñor Echevarría una reproducción de la Cruz de la Victoria. A continuación, el Arzobispo, el prelado y el Obispo auxiliar, monseñor Raúl Berzosa, compartieron un almuerzo en el Arzobispado.

Por la tarde, el arzobispo, el prelado y el obispo auxiliar concelebraron una Eucaristía en la catedral junto a otro grupo de sacerdotes: el templo estaba abarrotado y con las puertas abiertas; asistieron unas 2.500 personas, en parte provenientes de las regiones limítrofes.

La ceremonia se inició con un saludo del Arzobispo: entre otras cosas, animó a los fieles presentes a “hablar de Dios, que consiste en llevar a todos a hablar con Dios. Y en ese trato con Dios, Él va guiando nuestra vida por el camino del bien y de la verdad. Por otra parte, en todos los miembros de la Obra, el amor y la pasión por la Iglesia de Jesucristo, por su misión, es muy fuerte. Las preocupaciones por la familia, la educación de los hijos, las vocaciones, el trabajo ordinario bien realizado o realizado extraordinariamente, son facetas que distinguen a quienes se sienten miembros de la Iglesia y viviendo de esa espiritualidad y modo de vivir que fraguó el Señor en el corazón de San Josemaría”.

En su homilía, el prelado dijo que “la Santa Cruz es signo y garantía de victoria en la lucha por la santidad”, y añadió que “los cristianos somos los grandes defensores de la libertad, contra toda clase de esclavitudes y totalitarismos, antiguos y nuevos”. El prelado instó a practicar una “santa rebeldía” basada “en la fe, la esperanza y el amor”.

Al final de la Misa, el Arzobispo encabezó una procesión por el interior del templo portando la Cruz de la Victoria. Monseñor Osoro y monseñor Echevarría bendijeron a los fieles con la reliquia.

El domingo por la mañana, al igual que en la víspera, monseñor Echevarría mantuvo un encuentro con miembros del Opus Dei. Fue el último acto de su visita a Asturias, que concluyó al filo del mediodía.

Momentos antes de su despedida, monseñor Echevarría tuvo unas palabras de particular gratitud dirigidas hacia el arzobispo de Oviedo. “Me ha dado mucha alegría visitar en su casa y en su catedral a don Carlos, a quien me unen lazos de amistad y de fraternal afecto”, señaló.

Con la vista en Australia, junto al Papa

Al igual que en otros discursos públicos del fin de semana, monseñor Echevarría animó a rezar por el Papa Benedicto XVI, y en particular por su inminente viaje a Australia para presidir la Jornada Mundial de la Juventud. “Que acompañéis al Papa, que le queráis con toda el alma, que os sintáis hijos de tan buen Padre común y que le acompañéis también en este viaje que va a emprender”.

Carta del Prelado (febrero 2008)

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El Prelado del Opus Dei anima a vivir la Cuaresma con optimismo y deseos de conversión, para gozar con Dios de la felicidad. Publicamos su carta pastoral de febrero.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Estamos a las puertas de la Cuaresma: tiempo en el que la Iglesia, como Madre buena, recuerda insistentemente a sus hijos la necesidad de convertirse una y otra vez a Dios, rectificando lo que haya que cambiar en nuestra existencia personal. Ciertamente, como recordaba el Papa en una circunstancia análoga, este itinerario de conversión evangélica no puede limitarse a un período particular del año: es un camino de cada día, que debe abrazar toda la existencia, todos los días de nuestra vida[1].

Durante el rito litúrgico del Miércoles de Ceniza, el sacerdote, al imponernos las cenizas, pronuncia unas palabras que constituyen una llamada urgente a examinarnos: acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver[2]. Así reza una de las fórmulas previstas. Es un recuerdo muy expresivo de nuestra condición de criaturas mortales: llegará el momento en el que el Señor nos llamará a su presencia, juzgará nuestros pensamientos, palabras y acciones, y nos dará la recompensa —de gloria, de purificación o de condena— que haya merecido nuestra existencia.

La consideración de esta realidad no ha de asustarnos, sino movernos a dolor por nuestras faltas, a propósitos de mejora y a la alegría del encuentro definitivo con la Trinidad. Lo recuerda el Santo Padre en su última carta encíclica: ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos, también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios[3].

Es lo que pone de manifiesto la otra fórmula que puede emplearse en ese rito: convertíos y creed en el Evangelio[4]. Somos pecadores, necesitados del perdón de Dios; por eso, se nos invita a un cambio profundo, a enderezar el rumbo de nuestra peregrinación terrena hacia la meta definitiva: la felicidad eterna con Dios. Deseo que, con un sentido de optimismo, veamos en estas palabras la exigencia de mejorar día tras día: si mantenemos esa pelea, para nosotros el Juez divino no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús[5], “nuestro” Jesús: un Dios que perdona.

Meditemos, por tanto, lo que escribió San Josemaría: considerad esta maravilla del cuidado de Dios con nosotros, dispuesto siempre a oírnos, pendiente en cada momento de la palabra del hombre. En todo tiempo —pero de un modo especial ahora, porque nuestro corazón está bien dispuesto, decidido a purificarse—, Él nos oye, y no desatenderá lo que pide un corazón contrito y humillado (Sal 50, 19)[6].

La Iglesia Santa nos pone delante, una y otra vez, con una pedagogía muy acertada, las ideas fundamentales, para que se nos queden bien grabadas y no las olvidemos. Al comenzar la Cuaresma, mientras el sacerdote actúa en esa ceremonia del Miércoles de Ceniza, nos invita a entonar un cántico lleno de esperanza: renovemos nuestra vida con un espíritu de humildad y penitencia; ayunemos y lloremos delante del Señor, porque la misericordia de nuestro Dios está siempre dispuesta a perdonar nuestros pecados[7].

Cada año consideramos que el espíritu de la Cuaresma se resume en tres prácticas tradicionales de este período: la oración, la penitencia, las obras de misericordia. Os he invitado a deteneros en estos puntos, precisamente con ocasión de este tiempo litúrgico. Ahora querría fijarme especialmente en el espíritu de penitencia, que nos ha de mover —con dolor y refugiándonos en la misericordia divina— a reparar por nuestros pecados y por los de todas las criaturas.

Glosando la llamada del profeta Joel al arrepentimiento —convertíos a mí de todo corazón—, que la liturgia propone al comienzo de la Cuaresma[8], San Jerónimo se expresaba de la siguiente manera: «Que vuestra penitencia interior se manifieste por medio del ayuno, del llanto y de las lágrimas. Así, ayunando ahora, seréis luego saciados; llorando ahora, podréis luego reír; lamentándoos ahora, seréis luego consolados (…). No dudéis del perdón, pues, por grandes que sean vuestras culpas, la magnitud de su misericordia remitirá, sin duda, la abundancia de vuestros muchos pecados»[9].

En primer lugar, reparemos por nuestras faltas personales. Todos nosotros hemos recibido el Bautismo, que nos ha convertido en hijos de Dios y miembros del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. ¿No es lógico que correspondamos a tanto amor con toda nuestra alma? Sin embargo, debemos reconocer que con frecuencia, por nuestra debilidad, no cumplimos la Voluntad de Dios o, por lo menos, no correspondemos a su Amor con la prontitud y la generosidad que tiene derecho a esperar de nosotros.

¡Cómo le dolía a nuestro Padre que tantos cristianos olvidasen la grandeza y dignidad de su filiación divina! Podemos aplicarnos sus palabras. Reacciona. —Oye lo que te dice el Espíritu Santo: “Si inimicus meus maledixisset mihi, sustinuissem utique” —si mi enemigo me ofende, no es extraño, y es más tolerable. Pero, tú… “tu vero homo unanimis, dux meus, et notus meus, qui simul mecum dulces capiebas cibos” —¡tú, mi amigo, mi apóstol, que te asientas a mi mesa y comes conmigo dulces manjares![10].

Hijas e hijos míos, sin perder nunca la paz, reconozcamos sin ambages nuestros pecados y nuestras faltas: Padre y muy Padre nuestro es el Señor, siempre dispuesto a acogernos en sus brazos. Cuidemos diariamente los minutos de examen —sin escrúpulos pero con delicadeza de conciencia—, para descubrir con la luz del Espíritu Santo lo que ha salido bien, lo que ha ido mal, lo que podríamos cumplir mejor. Ante lo bueno, reaccionemos con sincera gratitud; ante las faltas, imploremos filialmente el perdón; y acabemos siempre con un acto de contrición —dolor de amor— y con algún propósito bien concreto de lucha; pequeño quizá, pero con serio afán de crecimiento interior.

De este modo, cuando acudamos al sacramento de la Penitencia, lo haremos bien preparados y obtendremos más provecho espiritual. ¿Somos conscientes de que, al practicar el examen de conciencia, de antigua raigambre cristiana, ponemos nuestra alma al descubierto delante del Señor? ¿Nos damos cuenta de que Dios está dispuesto a concedernos su gracia para que le amemos más?

La Iglesia ha recomendado y sigue recomendando la práctica de la confesión frecuente. Sin este medio de santificación personal, resulta muy difícil —por no decir imposible— mantener un alto nivel de vida cristiana; más aún cuando, en el ambiente que nos rodea, abundan las ocasiones de apartarse del Señor. No me canso, por eso, de animaros a seguir realizando un intenso y extenso apostolado de la Confesión No nos dejemos llevar por los respetos humanos, y alimentemos en nuestros amigos, parientes, colegas, este afán de ayudar a las personas con las que coinciden.

Decid a todos —también porque nos vean convencidos de lo que manifestamos— que aprovechen la abundante gracia de la Cuaresma, para purificar a fondo sus almas y descubrir o intensificar un trato de intimidad con el Señor. Se llenarán de paz y serán más felices, pues no hay gozo más grande que saberse hijos de Dios. Orientémosles a que acudan periódicamente a este sacramento de la alegría, como lo calificaba nuestro Padre.

Os mencionaba también la necesidad de pedir perdón por los pecados de los demás. Para esto no es preciso llevar a cabo tareas grandes. Eso ya lo ha hecho Nuestro Señor, muriendo en la Cruz por nosotros. Pero Él desea que unamos a su Sacrificio redentor las pequeñas mortificaciones y penitencias que la misma existencia trae consigo: las molestias de una enfermedad, las incomprensiones por parte de otros, las dificultades del trabajo, el fracaso de un plan que nos habíamos trazado con gran ilusión… Para aceptar con buen humor las contrariedades de este tipo, que constituyen materia de nuestra santificación personal, conviene que —especialmente durante estas semanas— añadamos con generosidad pequeñas mortificaciones en la comida, en la bebida, en la comodidad, en los momentos de descanso o distracción, que nos unan más a la Cruz de Jesucristo y nos vayan preparando para obtener mucho fruto de la Pascua.

Recientemente, Benedicto XVI ha recordado a todos la perenne validez de este modo de comportarse. Escribe en su encíclica sobre la esperanza: la idea de poder “ofrecer” las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, eran parte de una forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos practicada[11]. Y añade el Papa, lamentándose del olvido en que parecen haber caído esas muestras de amor a Dios, que las almas piadosas, mediante el ofrecimiento de las contrariedades de la jornada, estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de com-pasión que necesita el género humano[12]. Y concluye: quizá debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros[13]. Es una pregunta que os traslado, para que la consideréis cada uno de vosotros, redescubriendo el valor del sacrificio escondido y silencioso[14], y para que la hagáis resonar al oído de las personas con las que coincidís.

Como todos los meses, os pido que estéis muy unidos a mis intenciones. Encomendad ahora de modo especial los comienzos de la labor apostólica estable en Rumanía y en Indonesia; se están dando pasos concretos para ponerla en marcha, si Dios quiere, dentro de este año. Y seguid rezando por el Papa y por sus intenciones, entre las que ocupa un lugar importante la deseada unión de todos los cristianos, comenzando por una unidad más honda y sobrenatural entre los católicos.

También deseo que encomendemos diariamente a las personas enfermas: el Señor nos concede con abundancia el tesoro de poder atender a tantas y a tantos que sufren. Me interesa que, así como el Señor iba tras los dolientes para sanarlos y consolarlos, así vayamos todas y todos a enriquecernos con esta caridad, auténtico cariño, atendiendo a quienes lo necesiten.

No quiero alargarme, pero os pido que acudáis al queridísimo don Álvaro, que celebraba su santo el 19 de febrero. Pidámosle que nos obtenga del Señor una superabundancia de caridad fraterna, de modo que todos en la Obra —en cualquier momento, y más aún si algunas o algunos pasan por un período de enfermedad—, experimentemos vivamente que el Opus Dei es familia, familia de verdad, en la que gustosamente nos desvivimos los unos por los otros.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de febrero de 2008.

[1] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 21-II-2007.

[2] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Imposición de las cenizas (cfr. Gn 3, 19).

[3] Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30-XI-2007, n. 41.

[4] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Imposición de las cenizas (cfr. Mc 1, 15).

[5] San Josemaría, Camino, n. 168.

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 57.

[7] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Antífona en la imposición de las cenizas (cfr. Jl 2, 13).

[8] Cfr. Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Primera lectura (Jl 2, 12).

[9] San Jerónimo, Comentario sobre el libro del profeta Joel II, 12-13.

[10] San Josemaría, Camino, n. 244.

[11] Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30-XI-2007, n, 40.

[12] Ibid.

[13] Ibid.

[14] Cfr. San Josemaría, Camino, nn. 185 y 509.

Hogar universal

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cuando se cruza la puerta de un Centro del Opus Dei, en cualquier lugar del mundo, se reconoce, inmediatamente, un inconfundible aire de familia: un ambiente grato, donde la unidad y el afecto son alfombra que suaviza la vida de todos.

Por eso, en una tertulia numerosa celebrada un domingo de junio de 1974, en Argentina, el Padre puede sostener este diálogo con uno de sus hijos. La voz le habla desde el patio de butacas de un salón de conferencias:

-«Mi madre está muy contenta con mi vocación, lo que pasa es que ella a veces se preocupa, y piensa qué va ser de mí cuando sea viejo… Dice que no voy a tener familia… Y como ella está acá, al lado mío, yo quiero que usted le explique (…) que tenemos familia».

Y el Padre responde:

-«Tú ya sabes que tu hijo tiene familia y tiene hogar; y que morirá rodeado de sus hermanos con un cariño inmenso. ¡Feliz de vivir y feliz de morir! ¡Sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte! ¡A ver quién dice por ahí esto! (…). ¡Es el mejor sitio para vivir y el med or sitio para morir: el Opus Dei! ¡Qué bien se está, hijos míos!(6) » .

Pero esta unidad y afecto de familia han tenido que ser defendidos muchas veces en la historia de la Obra. A causa de estas circunstancias adversas, en la vida del Opus Dei hay costumbres que han nacido «con naturalidad, como brota el agua del manantial». De cada situación surgieron las Consagraciones de la Obra, que -como decía el Prelado del Opus Dei, don Alvaro del Portillo-, «han sido como arrancadas por Dios Nuestro Señor, al atravesar (…) momentos muy duros de incomprensión, de calumnia, de soledad: de soledad humana, porque siempre hemos estado todos tan pegados a nuestro Padre y nuestro Padre tan pegado a Dios (…), que nunca nos hemos sentido solos»(7).

Se refiere a momentos en los que el Fundador del Opus Dei vuelve a poner en manos de la Providencia la totalidad de su tarea. Su vida y la de aquellos que le han seguido. Y con él, unánimes, todos los miembros de la Obra.

La primera Consagración tendrá lugar el 14 de mayo de 1951. El Fundador quiere poner, bajo la mirada protectora y amable de Jesús, María y José, a las familias de los miembros del Opus Dei, para que logren participar de la alegría y la paz de la Obra. Para que Dios les conceda un gran cariño por la vocación de sus hijos.

Es una etapa difícil, y la contradicción pesa. Las falsas interpretaciones han surgido ya en España; pero, en Roma, centro de la Iglesia, toman con facilidad el camino de la Curia y de la Santa Sede. Algunas familias de los primeros miembros italianos de la Obra se angustian ante las opiniones de personas a quienes conceden amplio crédito.

El Fundador, que tiene un afecto sincero por los padres de sus hijos, sufre por la duda y el temor que puede asaltar el ánimo de estos hogares. Y también por las dificultades injustas que algunos ponen a la fidelidad de las vocaciones italianas.

Por eso, este día de mayo, en un oratorio todavía en construcción dentro de Villa Tevere, superando la prisa de su fe al esfuerzo realizado por los encargados de las obras, hace el Padre la Consagración de todas las familias de los miembros de la Obra a la Sagrada Familia de Nazaret. Una pintura de escuela italiana del siglo XVII que representa a la Sagrada Familia será el futuro retablo.

Esta Consagración, que se renueva anualmente, ha quedado grabada en una lápida de mármol, con la fecha de su primer ofrecimiento. En ella quiere hacer partícipes a todas las familias del espíritu del Opus Dei, del calor de su propia vida, de la grandeza y la paz de esta llamada divina. Les desea la felicidad, en la tierra y en el Cielo, junto a aquellos, hijos que se han entregado generosamente para andar, en la Obra, los caminos de Dios.

Suele repetir el Fundador a los miembros de la Obra que deben el noventa por ciento de la vocación a sus padres. Tan alta responsabilidad les concede.

Y, años después, seguirá insistiendo ante un grupo de familiares:

«No habéis terminado vuestra misión; tenéis una gran labor que hacer con vuestros hijos, una labor maravillosa, paterna y materna: santificarlos con vuestra oración (…), con vuestra vida profesional; poniendo en cada momento la última piedra»(8).

En este día romano de 1951, el Fundador pone la serenidad de cada hogar en manos de María y José. Porque ellos velaron y supieron entregar, para que cumpliera su destino, al Hijo de Dios hecho Hombre entre los hombres.

25º aniversario de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz

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El Centro Académico Romano, núcleo originario de la actual Pontificia Universidad de la Santa Cruz. fue concebido por san Josemaría Escrivá de Balaguer y realizado por Mons. Álvaro del Portillo

Opus Dei -

El Prelado del Opus Dei y Gran Canciller de la Universidad, Mons. Javier Echevarría presidió el miércoles día 4 la inauguración del Año académico 2009/2010 en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, que celebra su vigésimo quinto aniversario.

“Lo que hoy vemos, al cabo de un cuarto de siglo, -dijo Mons. Javier Echevarría- fue posible por el amor a la Iglesia y al sacerdocio del fundador del Opus Dei, san Josemaría Escrivá de Balaguer, y de su sucesor, Mons. Álvaro del Portillo. San Josemaría deseó promover un centro universitario en Roma, donde se impartieran las disciplinas eclesiásticas con altura científica y plena comunión con el Magisterio de la Iglesia. En ese anhelo vibraba su afán de fomentar en los católicos la unidad con el sucesor de san Pedro. Amaba a Roma con toda el alma, como símbolo de la unidad y de la catolicidad de la Iglesia Católica, y depositaria de una historia multisecular de santidad”.

En su discurso, el Prelado del Opus Dei, también recordó que Mons. del Portillo deseaba que ese centro tuviera varias características muy marcadas: una plena adhesión al Magisterio de la Iglesia, un diálogo fecundo con la cultura contemporánea, una cuidada formación científica de los alumnos, a la vez que la mejor asistencia espiritual posible.

Monseñor Antonio Miralles leyó la conferencia inaugural, en la que resumió el estilo que su fundador y primer Rector, Monseñor Álvaro del Portillo, quería para la Universidad Pontificia de la Santa Cruz: “La savia de la vida universitaria está en el entusiasmo por la verdad, junto con el deseo común de profesores y estudiantes de continuar aprendiendo siempre”.

Para conmemorar el 25 aniversario de la Universidad, el primer piso del Palacio de la Apolinar alberga una exposición sobre los orígenes y desarrollo de fotografía histórica de la Universidad.


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