Las preguntas y respuestas de Pozoalbero

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Testimonio de José María Pemán, Escritor. Miembro de la Real Academia Española

A la salida de Jerez hay una finca que se llamaba Santa María del Pino. Era de los Agreda, viejos tíos de mi mujer. En esta finca, viniendo yo de Cádiz cada tarde, visitaba a mi novia. Los noviazgos entonces eran largos por estas tierras. Los novios se tomaban tiempo para casarse, como los cipreses se toman tiempo para crecer.

Luego, hace ya bastantes años, pasó a ser residencia, casa de retiros del Opus Dei. Desde entonces tomó el nombre de Pozoal­bero. He advertido que a la Obra de Dios no le gustan los nombres demasiado confesionales:  Santa María, San José… No le gustan los santos en el Catastro. Se piden nombres a la naturaleza y a la esté­tica. Creen, con razón, que si Dios, según el decir teresiano, anda entre los pucheros, más debe de andar entre los pozos y entre los pinos… Hay que imitar aquella humilde respuesta naturalista del gitano en su diálogo inquisitivo con la Guardia Civil.

- ¿Dónde duermes?

- Tengo un árbol que no me lo merezco…

En Pozoalbero se había habilitado para salón de actos una vieja nave de lagares. Se le habían añadido reposteros, sillones, sillas. ¿Qué uvas iban a ser pisadas en tan espectacular vendimia? Los sencillos, los cristianos rasos, en número superior a los dos millares, eran carretadas de las uvas que iban a extenderse en el salón–lagar.

Monseñor Escrivá de Balaguer, venido a estas tierras del sur, iba a ser el pisador. Y Santa María, escondida tras el pozo, se encargan de dar la última vuelta y apretujón de la prensa al orujo o al alpechín.

En el repostero, al fondo del estilizado lagar, lucía esta divisa: «Siempre alegres, siempre felices, con alma y con calma». Casi un pleonasmo esa invocación de la alegría y la calma. Todo el auditorio venido a Jerez desde Córdoba, Sevilla, Huelva, Cádiz, Málaga, etcé­tera, era andaluz y ya se habían encargado de traer por su cuenta su propio equipaje de alegría y de calma. Auditorio abigarrado: hombres, mujeres, chicas, muchachos. Muchos de éstos, con mele­na y barba, con «sueters» y camisas de colores explosivos: rojos, verdes y amarillos de bombona de butano. Estoy seguro de que habían dejado su guitarra en el perchero.

Un revuelo en la puerta que suena a timbre o aldaba. Silencio, primero, y luego, aplauso cerrado. Entra el padre. Lleva prisa por­que siempre la lleva, porque va «a otra parte». Porque tras cada vendimia y pisa hay una nueva cosecha esperando y soleándose en el almijar: ayer, no más, estaba en Lisboa y en Fátima rodeado de muchedumbres ávidas. Lleva prisa porque siempre va a «otra cosa», a una llamada urgente, como el tocólogo, como el traumatólogo. Los escritos ascéticos se han buscado infinitas metáforas titulares: el «Castillo», de Santa Teresa; la «Ciudad» de San Agustín; el «Ca­mino». Un viejo sacerdote, capellán de una ermita mariana, comen­taba: «Este es un hombre zarandeado por el Espíritu Santo; y los caminos y mociones del Espíritu Santo no están previstos en ningún “Michelín”».

Y empezó su tarea. Unas brevísimas palabras y en seguida abre el coloquio. Quiere preguntas. Quiere que le pregunte el dolor, el miedo, la cesta de la compra, la familia numerosa. Va recorriendo casi toda España; satisfaciendo en todas partes dudas, penas, con­fusiones. Como su faena es diaria, interminable, con pases muy enla­zados, cualquier momento es bueno para dar la vuelta al ruedo. Porque, además, para él, la «vuelta al ruedo» no es previo ni des­canso, sino que sigue siendo faena. La técnica, sin técnica, de sus coloquios siempre es la misma. Pregunta cualquiera. No estamos en un congreso científico. La pregunta nace, quizá, del ignorante, del despistado, del engañado. Las echan a volar estos modestos palomares. Y por el aire se van volviendo sabiduría. También siguen una técnica muy personal las respuestas de Monseñor, que parecen dichas desde una torre de varios pisos superpuestos. En el bajo, la gracia humana: la anécdota o el comentario que mueve a esa oración de los sencillos que es la risa. En seguida, el piso central: que es la gracia poética, que expende emoción, que sugestiona tanto como persuade. Pero lo que exige el padre Escrivá a sus primeras gracias subalternas es que anticipen el aire de familia de la última, que espera en la azotea y que es la Gracia de Dios. Esta ayudará a que cada oyente reduzca la frondosa y graciosa palabra de Mon­señor a la taquigrafía intelectual y escatológica que lleva dentro.

Siempre he dicho que hace falta una historia analítica del sen­timiento religioso en España, como Henri Bremond la hizo para Francia, para encajar al padre Escrivá en su casillero propio, en su puesto dentro de la fila de la ascética española. Porque el convencio- nalismo propio de esta época confusa inclina a algunos a pen­sar que un maestro de espíritu tan original en su ascética del trabajo como oración, y la vida seglar y profesional como instrumento de perfección, debe ser un «progresista» rodeado de estilos chocantes y novedosos. Pero parece que Monseñor ha olfateado tan sutilmen­te el riesgo, que se ha echado de bruces sobre el contrapeso de la tradición popular española: el rosario, la peregrinación a la ermita, el latín no desechado, sino convivente con el español vernáculo. No se ha inscrito Monseñor en ningún «progresismo». Tampoco en ningún artificioso «regresismo». En el platillo nivelador de la difícil balanza de esto que llamamos crisis ha colocado, sencilla­mente, la tradición, que es como un comienzo de eternidad. «Darse» fue todo el verbo reflexivo que impulsó la obra de Cristo. La técnica de nuestro aragonesismo maestro de catolicidad o univer­salismo consiste en «darse a querer». No hay una misa -dice-. Hay cada día una misa nueva, puesto que el auditorio, el local y el momento intervienen en el Sacrificio. Lo que permanece igual es la jerarquía de las peticiones básicas. Monseñor hace confidencia al auditorio de su escala de intenciones jerárquicas de cada una de sus misas: por la Iglesia, por el Papa y por su Obra.

Me retiraba ya y quise antes visitar a los dos cipreses que plan­tamos hace treinta y tantos años mi novia y yo El ciprés ha sido calumniado al considerársele árbol funeral. Es la esbeltez clásica hecha árbol. Pertenece, en la familia arborescente, como el boj, el romero, la uña de gato, a los vegetales a que da exactitud, perfil y volumen, las tijeras profesionales del jardinero. La Naturaleza es experta en pintar colores o musicar ramas y vientos. Pero, ¡anda que cuando se mete a hacer de arquitecto!

Reconocí la voz del «Séneca». Buscó conmigo los dos cipreses. Quedaba sólo uno. Se oía lejos el murmullo del auditorio que bus­caba sus coches en los aparcamientos improvisados en huertas y jardines vecinos.

–Don José: si le llaman a todo esto «Obra de Dios», ¿qué obra ha tenido que hacer ese padre?

–No ser estorbo de la obra de Dios, ¿te parece poco? Dios obra por medio de los hombres y las cosas. Es lo que se llama las «causas segundas».

Miró hacia la riada humana. Se rascó la cabeza:

–Pues esta causa segunda, don José, le ha salido a Dios de primera.

Un hombre que sabía querer

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Testimonio de Álvaro Domecq, rejoneador y ganadero
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Don Álvaro, ¿cuando conoció a Monseñor Escrivá de Balaguer?

Soy hombre malo para las fechas y no recuerdo con exactitud el día en que le vi por primera vez. Me parece que fue en Pamplona, en otoño del año sesenta y siete. Había una asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra. Asistí a la misa que con aquel motivo celebró al aire libre, en el campus de la Universidad de Navarra. Al acabar la ceremonia, pasé a saludarlo y ante mi sorpresa me llamó por mi nombre, me hizo la señal de la cruz en la frente y comentó: «Te sigo». Yo, que soy tímido, me quedé admirado al ver cómo me conocía sin conocerme. También me llamaron mucho la atención las manifestaciones de cariño y afecto que me dirigió y cómo me alentó a que siguiera con mi trabajo, y añadió «pero hecho con mucho amor de Dios».

En esos mismos días acompañé a los toreros que habían par­ticipado en un festival en Pamplona a conocerle. Con cada uno de ellos tenía un detalle de cariño, el apropiado para la circuns­tancia personal de los presentes. Al terminar aquello, uno de los presentes, Luis Miguel Dominguín, que presumía de no creyente, me dijo en un aparte: « ¿Sabes que me voy a tener que hacer par­tidario de este cura tuyo?».

Me acuerdo que cuando vino a Jerez de la Frontera, en el año mil novecientos setenta y dos, tuvo la maravillosa gentileza de invi­tarnos a mi mujer y a mí a un almuerzo porque quería agradecer lo poco que había hecho yo para poner en marcha «Pozoalbero», una casa de retiros y convivencias, que está a las afueras de aquella ciudad y por la que han pasado tantos miles de andaluces. Y es que el fundador del Opus Dei, que era muy agradecido, sabía alen­tarte, a poquito que hubieras hecho, para que fueras a más, que te superaras siempre.

Eso es maravilloso: encontrarte con personas que te alientan, que te piden cosas asequibles, sencillas, pero sin parecer que te lo piden, dándote ánimos, y así casi sin darte cuanta va saliendo ese trabajo, que resulta apenas costoso y hasta alegre. En el roce que he tenido con la Obra, a lo largo de estos años, lo que más me ha impresionado es el aliento que recibes para hacer lo corrien­te con amor de Dios. Y eso, por lo que yo he visto, lo infundía el fundador del Opus Dei a todo tipo de personas: creyentes y no creyentes, a gentes de todas las clases.

Yo, que puse en marcha varios cursos de formación espiritual con toreros, y con poetas y escritores, pude comprobar cómo se sentían honrados de hablar dos o tres días exclusivamente de Dios y de las cosas de Dios. Domingo Ortega, que en gloria esté, me decía: «No se te olvide llamarme cuando haya algo de esto.» Les gustaba, y le gustaba a Domingo, que se ocuparan de ellos en lo espiritual. Eso es demostración de lo que tanto insistía Monseñor Escrivá de Balaguer: a la vida corriente, diaria, hay que darle un sentido para que sea real. Eso me lo enseñó él y te lo transmitía cada vez que te miraba, cuando te veía o cuando te daba uno de aquellos abrazos que él daba.

¿Cuál es la primera impresión que se le quedó grabada al conocerle?

El nivel de confianza, la alegría que te hacia sentir y cómo te pedía esfuerzo sin pedírtelo, señalándote un camino de entrega. Y te daba un empujón suave, pero eficaz, para hacerlo todo por amor de Dios e insuflarle a tu vida normal una espiritualidad importante. Es que, mira, es maravilloso saber que se puede san­tificar e] trabajo. Eso crea una satisfacción en el hombre trabajador que es decisiva, que es fundamental. Por ejemplo, él sabía que yo me dedicaba al toro. Yo no sé si él tendría afición al toro, pero lo parecía, porque me comentaba: «Hay que seguir por ese camino y hacerlo lo mejor posible». No te quitaba tus naturales tendencias, sino que te ayudaba a darles sentido, a poner amor y entrega en lo que haces, sabiendo que eso tiene mucho valor. Es una satis­facción saber que lo que haces tiene valor.

¿Cómo se hace santo un ganadero con su trabajo?

Ante todo procurando ser un buen ganadero. A los ganade­ros no nos calibran en la verdadera medida. El animal que con­seguirnos, el toro que exige la afición de hoy, hay que trabajarlo mucho y saber seleccionar caracteres que no son visibles para el público. Ten en cuenta que –yo al principio creía que hacerse car­go de una ganadería no me llevaría tiempo– hay que estudiar las cualidades de varias generaciones para lograr fijar el carácter y saber entremezclar, en su justa medida, mansedumbre y bravura. El ganadero español que estudia su ganadería puede hacer un toro que se le conozca, no sólo por su expresión física, sino también por el resultado que da en la lidia, y eso es un esfuerzo necesario. Después, o al mismo tiempo, haciendo todo ese trabajo por amor de Dios, por afición al toro por supuesto, pero por amor de Dios.

¿Cuál cree que era, sin embargo, el rasgo más distintivo de su persona?

Monseñor Escrivá de Balaguer rebosaba santidad. No sé si la santidad está perfectamente definida, pero yo lo notaba en ese deseo continuo de infundirte amor de Dios, amor al trabajo y la ilusión por hacer felices a los demás. Además, para el fundador del Opus Dei no había horizontes: cada día se le ocurría una cosa nueva para llegar a más personas y difundir con más amplitud la doctrina de la Iglesia. Eso era impresionante. De hecho, del Opus Dei te llama la atención el milagro de que en tan poco tiempo se haya difundido y establecido entre tantas gentes de tan diverso tipo. Yo, que he tenido que viajar mucho, lo he comprobado y eso es edificante.

Antes se refería a los toreros que usted ha tenido la oportunidad de tratar. ¿Entienden verdaderamente eso de santificar el trabajo?

Claro que sí. A ellos, todo eso les hacía encontrar su verda­dero sentimiento. El hombre tiene una tendencia innata de ir a Dios, lo que pasa es que no sabe cómo. Lo maravilloso de Mon­señor Escrivá de Balaguer es que te enseñaba a abrir ese camino.

Antes la gente pensaba que para ir a Dios sólo había que ir a la Iglesia, pero no sabían que además está en el teatro o en los toros, que Dios está en todas partes, en todas las circunstancias honestas. La gente no se percataba de que Dios está contigo, que puedes santificar toda tu vida, tu vida de aficiones, de relaciones, tus amis­tades. La prueba de que eso es verdad es la extraordinaria acogida que este mensaje ha tenido, a pesar de que haya gente que no lo entienda, porque tal vez no han sido capaces de dar el paso ade­lante. Si lo dieran, lo descubrirían.

Hay gente que dice que para aguantar a un santo hace falta otro santo, ¿era fácil estar con el fundador del Opus Dei?

Estar con el fundador del Opus Dei era sentirse protegido, ilusionado; junto a él, el corazón se removía y la piedad tuya, anti­gua, se hacia más humana, más apetitosa. Incluso lograba que dig­nificaras tus debilidades. Sentías que todos esos defectos se podían quitar; esa convicción te la metía dentro y descubrías que hasta lo más pequeño, hecho por amor de Dios, tiene mucho valor. Siem­pre he pensado que Dios es el mejor pagador, y entonces, cualquier cosa que hagas, por pequeña que sea, Dios te la premia. Como ve, son consejos los suyos llenos de amor, y como el hombre ha nacido para querer, todo eso es fácil de entender.

Don Álvaro, a usted, ¿qué le ha dado el Opus Dei?

Me ha facilitado todo. Según se dice, cuando tienes quien te ayude, puedes agrandar tu negocio. Pues el gran negocio es luchar por la santidad aunque sea un poco, y digo un poco porque siempre se queda uno corto. Esa es la misión del Opus Dei con todo el que se roza: darle a tu vida, a tu vida corriente, unos nuevos horizontes, afán de santidad, y también alegría, simpatía y cor­dialidad, sobre todo con el ejemplo. Decía que me ha facilitado todo, se entiende que en la vida espiritual, porque en lo demás, mi trabajo, mi vida social o mi familia, la Obra no ha intervenido; o para ser más preciso, sólo ha intervenido el espíritu de la Obra moviéndome a buscar en cada ocasión –y bajo mi responsabilidad personal– lo que pensaba sería más grato a Dios; claro que muchas veces habré fallado, pero ese es otro cantar.

Sin embargo, todo esto contrasta mucho con el ambiente actual.

El mundo, es cierto, está desperdigado, pero hay un retorno.

Pienso que la juventud tiene hoy día un deseo de veracidad, de convivencia, de todos esos detalles que supo exponer el fundador del Opus Dei. El mundo está mal, la vida está difícil, pero luego, cuando crees que la gente está alejada de Dios, te das cuenta que no es así, que tienen un claro sentimiento espiritual de mejorar. Todo eso es como el aceite, que va inundándolo todo poco a poco. Por eso no soy pesimista: no soy de los que piensan que el mundo va a peor. El mundo va a ir mejor; es como una revolución silen­ciosa de cuyas consecuencias nos iremos dando cuenta con el paso del tiempo.

Y usted, ¿qué le ha dado al Opus Dei?

Le doy muy poco para lo que me da. Yo procuro ayudar en las obras apostólicas, pero lo hago casi sin esfuerzo porque estoy convencido de que hay que hacer algo –más bien diría mucho–, y es bueno que te tiren de la cuerda, que te exijan. Ahora, con mi edad, con el cansancio de mucha vida vivida, me hace joven y me ilusiona pensar que soy útil, que sirves para algo. Después lo piensas, y te das cuenta que no haces nada, y sin embargo, por poco que haces, silo haces por amor de Dios, se convierte en algo grande. En conclusión, colaboro lo que puedo, pero me quedo corto

El proceso de beatificación de Monseñor Escrivá de Balaguer está iniciado desde el año mil novecientos ochenta y uno ¿usted acude a su intercesión, le reza?

Yo acudo a través de la oración para la devoción privada que hay impresa en una estampita que ha editado la Vicepostu­lación de su causa de beatificación. Ahora le tengo encomendada una cosa importante y tengo seguridad de que la voy a tener pron­to. Me ilusiona saber que tengo alguien, allá arriba, que puede interceder por los matices humanos y espirituales del hombre. Las cosas de los negocios no las mezclo. Me interesa más bien pedirle por mi vida de dentro y por lo que a uno le queda en esta vida.

Me ayuda a acudir a el las cartas suyas que conservo. Soy detallista y tengo la costumbre de felicitar a los amigos Hace anos se me ocurrió mandarle una carta y cual seria mi sorpresa cuando recibí muy pronta contestación Al año siguiente dude en escribirle, para no forzarle a que me contestara pero a la vez pense que tal vez consideraría que me había olvidado De modo que desde entonces siempre me escribió, y en cada caso iba su consejo. Después, cuando murió, he seguido esa costumbre con su sucesor, Monseñor Alvaro de Portillo cuando nos hemos visto, siempre me decía tocayo, que también ha continuado acordándose de mí y me envía unas líneas, Eso me da mucha alegría; siento el tiempo que le puedo hacer perder, pero es un gran detalle y un ejemplo maravilloso.

Con temple

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En noviembre de 1972, Antonio Bienvenida -miembro Supernumerario del Opus Dei- sufre la cornada de un toro. Es una de las muchas faenas que rubricó con sangre en su buen hacer de maestro. El Padre anda entonces por España y se interesa vivamente por el torero. Llama a un amigo de Antonio y le insiste:

-«Dile que tenga cuidado, que me he enterado del percance que ha sufrido, y que se cuide»(36)

Antonio lo sabe y, cuando se restablece un poco, va con su mujer a Pozoalbero, la Casa de Retiros de Jerez de la Frontera, para dar las gracias a Monseñor Escrivá de Balaguer. Le lleva, bien puesta en un marco, la mejor fotografía de uno de sus lances: un momento muy arriesgado y muy torero.

Nada más conocer su llegada, el Padre les recibe y les invita a almorzar. Durante la comida, Antonio cuenta anécdotas de toros, situaciones difíciles y brillantes, miedo y triunfo: las dos caras del peligro. La conversación se acompaña de lances figurados, y le explica los sentimientos artísticos que le animan cuando está sobre el albero de la plaza: eso que los taurinos llaman torear con temple, porque, como es un momento de arte que se va, quieren hacerlo muy despacio para retenerlo el mayor tiempo posible (37).

Sin duda, por la mente del torero desfilan momentos de aquel toreo suyo tan puro, tan de verdad. Y el dolor que le ha causado, muchas veces, colocarse tan cerca de las astas. Se acuerda de un 18 de mayo de 1958 con la Monumental de las Ventas llena hasta la bandera: más de treinta mil aficionados. Un toro le cornea y la sangre sale a borbotones. Está a punto de morir. Tanto, que ha de plantearse seriamente el seguir con el oficio y el arte de una dinastía torera o cambiar de profesión.

Cuando recobra la salud, reaparece en la misma plaza, el 16 de mayo de 1959. Lleva un traje de luces idéntico al de la vez anterior. Brinda el toro, desde el centro, a todos cuantos le miran, en silencio absoluto, desde las gradas nuevamente abarrotadas. Y se lanza con más fuerza que nunca, con el mejor valor. Entre la arena y el cielo de Madrid, liga, esa tarde, la más formidable faena de su vida.

Algún tiempo después, el Padre explica ante una tertulia numerosa:

«Una vez, no os diré cuando, oí a un hijo mío al que quiero mucho -es un torero estupendo- que cuando está con el capote y viene el toro -un toro leal, majo, que hasta le da pena pensar que lo va a matar: él al toro, claro-, se recrea en la suerte, y hace despacio con el capote…».

Y aquí el Padre se marca una verónica… Y continúa, bromeando:

-«Yo no lo sé hacer. No he toreado en mi vida (…). Pues sí, recrearse, recrearse en la suerte, como un artista, ¡con amor!. Esto es también lo que hay que hacer con Dios Nuestro Señor»(38).

Este faenar entre lo divino y lo humano tal vez fuera lo que dio contenido a una conversación de Antonio Bienvenida, un día que regresaba de Valencia, junto a un conocido crítico de toros. Este tenía miedo al vuelo en avión, y Antonio bromeaba con ello. De pronto, se puso serio y dijo:

-«La muerte es lo más hermoso de la vida del hombre. A mí me acompaña constantemente. Me es familiar. La llevo dentro de mí como tú, como todos, pero yo la siento más cerca, a veces se palpa cuando se está delante del toro.

-¿Y no te aterra?

-No. Por dos razones muy poderosas: porque estoy acostumbrado a vencerla siempre, y porque tengo una gran fe en Dios, en que esto no se acaba… en que no puede acabarse

aquí… »(39)

En otra ocasión, comentaba:

«El último toro que pienso lidiar -si Dios quiere lo mejor posible- es el de la muerte, a la que estoy acostumbrado a tratar. Quisiera darle una lidia alegre y… templada. Despacio, lo más despacio que pueda, hasta que pueda llegar a poderla besar; a poderla besar con alegría. Por eso la fe es importantísima»(40)

Antonio morirá en una «tienta», de una cornada por la espalda que le da uno de los astados, en un momento de descuido. Es el año 1975 y sólo hace unos meses que se ha retirado definitivamente de las plazas. Ese mismo año ha fallecido el Fundador del Opus Dei. Tal vez no olvidó el torero, en sus momentos de agonía, el consejo afectuoso y sincero que recibía siempre, después de cada encuentro con Monseñor Escrivá de Balaguer: «que me cuidara mucho y que hiciera todo con mucho temple»(41)

En olor de multitud, como en las tardes de triunfo, fue llevado a hombros por la Plaza de las Ventas. Dijeron los comentaristas que se había cerrado un capítulo importante. Lo que ignoraban era que, montera en mano, el espíritu de Antonio brindaba su mejor lance al Dios que ha pintado el color de los alberos. Tal y como le dijo el Padre que había que hacer a lo largo de su oficio: despacio, sonriendo, sin miedo.

Andalucía: tierra de María Santísima

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 6 de noviembre, en la atardecida jerezana, llega el Padre a Pozoalbero. Comienzan ya los primeros ruidos de la noche: los pájaros agotan sus energías avalados por el silencio campero. Pozoalbero, nombre de arena al sol y de agua fresca, va a ser el escenario de su cita con Andalucía. Porque hasta aquí llegarán, a lo largo de siete jornadas, gentes de Córdoba, Sevilla, Huelva y Cádiz. Todos con su equipaje de alegría; con su guitarra y sus palmas, capaces de convertir el aire en danza.

La verdad es que Andalucía se ha sacado de la manga un sol brillante para recibir al Fundador, después de unos días de lluvia torrencial que han llegado a preocupar a los organizadores de las reuniones.

Como salón de actos, se habilita un patio del viejo lagar. Al fondo se ha colgado un repostero con el escudo de la casa. Y alrededor, un lema: «Siempre fieles, siempre alegres, con alma y con calma». Es el brindis que hiciera el Padre, el 2 de octubre de 1968, en el cuarenta aniversario de la Obra. Cuando lo vea, comentará con gracia:

-«Desde luego, aquí no se puede decir nada: enseguida lo ponéis por las paredes» (31).

Tiene el lagar paredes encaladas y apliques de viejos azulejos. Los portones están pintados de verde; los muebles son oscuros, recios. Las esteras de esparto esparcen un olor áspero y fuerte.

Más de dos mil personas llenarán el recinto, cada uno de los siete días que el Padre permanece en Pozoalbero. Pero el número no importa. Según reza una vieja letra de la tierra, «están los cabales», aunque apenas quepa un alfiler dentro de la nave.

-«Vamos a tener una conversación, una especie de tertulia andaluza. Como si estuviéramos sólo veinte personas»(32).

Un Cooperador le cuenta que ha perdido a su mujer y a un hijo, en un accidente:

-«Vengo por si veo una chispita de luz donde agarrarme».

-«Mira, el Señor nos quiere con locura. Se llevó a los tuyos porque estaban maduros para el Cielo. Para ti es un golpe grande, y lo comprendo. Yo tengo corazón y también lloro, cuando pierdo a las personas queridas».

El Padre explica que se encara con el Señor en estos casos. «Pero no ofendiéndole. Son palabras de amor. Le digo: ¿por qué te llevas a éstos, que hubieran podido servirte, que hubieran sido tan útiles a otras almas? Y, al final, bajo la cabeza: Tú sabes más que yo. Y añado: hágase, cúmplase… »(33).

El Hermano Mayor de una cofradía de Sevilla le trae una imagen de la Macarena en nombre de todos sus cofrades. El Padre la contempla un rato, habla de su belleza y la besa con enorme cariño…

Y luego decide ponerla, bien visible, en algún lugar donde se la pueda rezar mucho…

Se acelera el diálogo y las preguntas parten del auditorio rápidas como saetas: la paz, el miedo, el dolor, la felicidad. Y la cotidianeidad de las pequeñas grandes cosas: el dinero, la faena de cada día, el amor de cada minuto…

Como escribiría más tarde José María Pemán las respuestas del Padre «parecen dichas desde una torre de varios pisos superpuestos. En el bajo, la gracia humana: la anécdota o el comentario que mueve a esa oración de los sencillos que es la risa. Enseguida el piso central: que es la gracia poética, que expende emoción, que sugestiona tanto como persuade. Pero lo que exige el Padre Escrivá a sus primeras gracias subalternas es que anticipen el aire de familia de la última, que espera en la azotea y que es la Gracia de

Dios» (34)

Aquí, como en todas partes, el Padre vuelve a darse sin poner ninguna barrera, con alegría, con alma. Fuera, el albero relumbra y pasa de «soleares» a «bulerías» según el bordón que toca, con cada uno de los temas, la ascética del Padre.

Cuando abandone Pozoalbero, las gentes sencillas de la tierra guardarán entre geranios y jazmines su memoria. El recuerdo de un sacerdote que les hablaba directamente al corazón.

Como don Juan Mateos, cura jerezano de ochenta años de edad y que cree no servir ya para casi nada…

-«Dios está muy contento de ti, y nosotros estamos orgullosos de ti, tenemos el orgullo de tu vocación. Dios te guarde muchos años en la tierra para rezar (…), para decir tu Misa sin prisa, para rezar tu Breviario sin prisa. Y, cuando no lo puedas rezar, no lo reces: reza el Rosario, ¿está claro? ¡Dos besos te doy con toda mi alma!… ».

Ha terminado una tertulia y María, la mujer de Ignacio, el gitano «enchinaor», le dice a un sacerdote:

«Dígale al Padre que le deseo mucha “zalú” para que siga haciendo su Obra… ».

Y un matrimonio de campesinos de Vejer de la Frontera hace una síntesis indiscutible de su reunión con el Padre:

«Siguen siendo malas las cosas que siempre lo han sido, y buenas las que lo han sido siempre. Y, además, hay cosas mucho mejores».

Y fray Alejandro, lego Capuchino que viene desde Sanlúcar de Barrameda a Pozoalbero con una imagen de la Virgen para que se la bendiga el Padre porque quiere que reciba la bendición de un santo.

Los venteros de Casa Manolo, junto a la carretera, gitanos de raza, son interrogados por la policía, asombrada de la cantidad de gente que entra y sale de Pozoalbero. Y María Jesús y Manolín dicen, quitándose la palabra:

-«No se preocupen que en Pozoalbero, como siempre, sólo se habla de Dios »(35)

También visitará Sevilla y Cádiz. A las alumnas de Albaydar, Escuela de Secretariado y Decoración, y a los universitarios del Colegio Mayor Guadaira.

«Me he pasado la mayor parte de mi vida enseñando a santificar el trabajo. A los andaluces os han levantado una fama muy mala de que no trabajáis, y no es verdad. Aquí se trabaja, y se trabaja con salero, y con una sonrisa en los labios. ¡Bien! Lo hacéis muy bien todos… ».

Y a un estudiante que le interroga acerca de los que no quieren escuchar, por no complicarse la vida:

«El que no se complica la vida no es buen cristiano. Además, si él no lo hace voluntariamente, la vida misma se encargará de complicarle de todas maneras, y entonces será un desgraciado. Se sentirá cobarde, inútil, ineficaz, un peso muerto que tendrán que arrastrar los demás»(36)

Habla de las razones de justicia que exige el estudio profundo y serio:

«La sociedad (…) espera vuestros servicios: de médicos, de ingenieros, de abogados, de arquitectos… Es una labor que debéis realizar en favor de los demás ciudadanos, en justicia. Y resulta que ahora, a veces, se va a la universidad y no se estudia. ¿En qué quedamos? No parece muy razonable esta actitud»(37).

Le preguntan por el amor humano, por la sinceridad y la lealtad, por el trabajo… Y, en la tierra de María Santísima, por la devoción a la Virgen:

«Ya rezaréis para que también yo vuelva siempre a mi Madre, con el amor que la tenéis vosotros. He venido a Sevilla, una vez más, para aprender a amar a la Virgen. No vengo a enseñar: vengo siempre a aprender»(38).

En Cádiz, visitará a las monjas Carmelitas descalzas. Allí, junto a estos muros que levantara a golpe de fe la santa andariega de Castilla, el Padre viene a recabar oración que se transforme en fortaleza para la Obra de Dios. Y les ofrece, a cambio, el cariño y el agradecimiento de estos otros andariegos del mundo que se empeñan en amar y hacer amar a Jesucristo, en medio de la calle. El Fundador dice adiós a Andalucía. Aunque está muy entrado el otoño, la tierra sigue de gala y saca su mejor luz: es un alarde de blancos, verdes y azules en el paisaje sureño.

Pozoalbero, 1968

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

«Hijas e hijos míos queridísimos: os habréis preguntado por qué voy, en estos últimos años, de un Santuario de la Santísima Virgen a otro, en una continua peregrinación a través de muchos países, que me da además ocasión de agradecer al Señor el poder conocer a miles de hijas e hijos suyos en el Opus Dei.

¿Qué pide el Padre? Pues el Padre pide a los pies de Nuestra Madre Santa María, Omnipotencia suplicante, por la paz del mundo, por la santidad de la Iglesia, de la Obra y de cada uno de sus hijas y de sus hijos»(5).

Esta carta del Fundador está fechada en Roma, octubre de 1970. Desde 1968, sus viajes por Europa para consolidar los caminos de la Obra de Dios comienzan y terminan con el espíritu de un romero de Santa María. Cada vez que su ruta pasa cerca de una advocación popular, hace escala obligatoria junto al corazón de la Virgen.

«Estoy rezando todo el día, procurando hablar continuamente con Dios, sirviéndome como Intercesora de la Virgen (…). He hecho estos viajes, con el ánimo, con la sencillez y con el gozo de un antiguo romero»(6).

En septiembre de 1968, inicia uno de estos desplazamientos. Antes de llegar a Nápoles, pasan por Pompeya y visitan un primer Santuario, porque aquí se venera una imagen de la Señora muy conocida en Italia. Envía una tarjeta a los que han quedado en la Sede Central de Roma. Desde Nápoles, por mar, llegan a Algeciras. A la mañana siguiente toman el camino de Pozoalbero, la casa de retiros que se alza en España, junto a Jerez de la Frontera. Celebrarán allí el cuarenta aniversario de la Obra.

El 2 de octubre, el Padre oficia la Misa en el oratorio de Pozoalbero. Fuera hay un silencio luminoso, inundado, todavía en esta época, por el olor de los jazmines. En lo alto del retablo, las miradas no pueden apartarse de una hermosísima talla, que reproduce la elegancia, la atractiva y alegre serenidad de la escuela andaluza: Nuestra Señora está radiante en medio de las lámparas que sostienen, en graciosa movilidad, los ángeles laterales. Esta Virgen, de tamaño natural, con el Niño en brazos, la consiguió hace años un Cooperador de la Obra y le tiene un gran cariño. Precisamente por ello, ha querido que estuviera en un lugar donde muchas personas pudieran verla y saludarla.

En una ocasión, un hombre de la tierra le preguntará al Padre:

-«¿Podemos ser exagerados en el amor a la Virgen?».

-«¡Qué vais a exagerar! La queréis con locura; pero aun esa locura vuestra es demasiada cordura. ¡Queredla más! No se exagera nunca en el amor a nuestra Madre… » (7).

Hoy, en la homilía, el Fundador recuerda el caminar de estas cuatro décadas que cuenta ya el Opus Dei:

«Cuarenta años en la vida de una persona, pueden parecer muchos: son muchos años. Pero en la historia de la Iglesia, en la vida de una Institución, es poco tiempo, porque aún hay que extender más y más el mandato de Dios (…).

Me vienen a la memoria las penas, los sufrimientos, las persecuciones por las que hemos debido de pasar: en medio del dolor (…) siempre hemos encontrado el empuje del Todopoderoso. Nunca nos ha faltado su protección fuerte y suave, segura y amorosa; y, con esa protección, el aliento y la caricia de Nuestra Madre del cielo» (8).

Cuando la tarde escapa en la primera oscuridad, alguien le pide que sugiera un tema para orientar la oración:

«El otro día me llevé a los dos niños, hijos de Diego -el jardinero-,, al oratorio, y se plantaron delante de la Virgen y le dijeron: ¡guapa!… ¡Qué bonita forma de hacer oración!

Y sigue diciendo:

«No hay hombre más fuerte que el que se hace niño delante de Dios. Cada uno, débil; todos juntos con el Señor, fortísimos»(9).

Unos meses antes, cuando la Navidad tendía el puente de 1967 a 1968, les había escrito desde Roma:

«Gastamos ya los primeros cuarenta años de la Obra, y el Señor espera de nosotros una ilusión nueva, un deseo renovado de realizar esta vocación divina que, en su infinito amor y misericordia, ha querido regalarnos.

Dios Nuestro Señor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, confía en que siempre le serviremos de testimonio; en que, cada día y todos los días de nuestra vida, anunciaremos a nuestros compañeros, a nuestros iguales, que El sigue viviendo (…) entre sus hermanos los hombres; recordándoles que el Hijo de Dios ha tomado nuestra carne (…) para salvar a todos, y llenar la tierra con su alegría y con su paz» (10).

Y ésta es la oración que hoy, junto al albero llano y encendido de esta tierra andaluza, sube al Cielo desde los cuarenta años de empeño enamorado que ha querido vivir el Opus Dei.

El 9 de octubre de 1968, el Padre llega a Madrid. Al pasar por Sevilla, camino de la meseta, ha lanzado su saeta de despedida a la Virgen Macarena. Tal vez sean estas palabras de amor, repetidas por un pueblo que la quiere apasionadamente, el secreto de la sonrisa mezclada con lágrimas que tiene esta Virgen del Sur de España.

En Madrid, visita la Virgen coronada de la Almudena, patrona de la Villa. Se trata de una imagen venerada desde el siglo XI, y que tiene un nombre con sabor a campo, a trabajo y a pan de trigo. Cuenta la tradición que todos los labradores que se acercaban a vender su cosecha de grano a Madrid dejaban un almud para la Señora. Hoy el Padre reza ante la Almudena por esta siembra de amor que Dios ha puesto en sus manos.

El 16 de octubre se acerca a Ávila, ciudad amurallada donde naciera Teresa de Jesús, y vuelve a la ermita de Sonsoles. Viene de nuevo a su memoria aquella romería que hizo en 1935:

«No era una romería tal como se entiende habitualmente. No era ruidosa ni masiva: íbamos tres personas. Respeto y amo esas otras manifestaciones públicas de piedad, pero personalmente prefiero intentar ofrecer a María el mismo cariño y el mismo entusiasmo, con visitas personales, o en pequeños grupos, con sabor de intimidad» (11).

Cinco días más tarde, pasa por Vitoria y reza ante la Virgen Blanca, que preside la Catedral en su hornacina de jaspe. El 22 de octubre cruza la frontera francesa y saluda también a la Virgen del Santuario de Lourdes.

De regreso a Roma, Monseñor Escrivá de Balaguer tendrá presentes a cuantos intentan olvidar el cariño a María como si se tratara de algo trasnochado, pasado de fecha.

«Los que consideran superadas las devociones a la Virgen Santísima, dan señales de que han perdido el hondo sentido cristiano que encierran, de que han olvidado la fuente de donde nacen: la fe en la voluntad salvadora de Dios Padre, el amor a Dios Hijo que se hizo realmente hombre y nació de una mujer, la confianza en Dios Espíritu Santo que nos santifica con su gracia. Es Dios quien nos ha dado a María, y no tenemos derecho a rechazarla, sino que hemos de acudir a Ella con amor y con alegría

de hijos»(12).

Para entender el Rosario en definitiva se requiere ser pequeño. Y «ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños…, rezar como rezan los niños»(13)

Por eso, el Fundador de la Obra, que mantiene intactos su candor y su esperanza, saca el rosario en los lugares públicos y en los olvidados; en las grandes basílicas y en las ermitas perdidas junto a la montaña. Y reza, con la emoción de quien repite un nombre amado, con la reiteración de quien desgasta una frase feliz mil veces repetida.

Desde el Concilio de Efeso, que proclamó solemnemente la Maternidad divina de María, los Santuarios se multiplican en Oriente y Occidente; los imagineros populares esculpen su afecto en multitud de advocaciones. Y este reguero de cariño es el que busca el Fundador de la Obra en sus viajes.

En 1970 se acerca, una vez más, a Portugal. En abril, cruzará la gran explanada de Fátima para arrodillarse a los pies de esta Virgen que va, también, peregrina de un lugar a otro pidiendo la paz entre los pueblos.

«Tierra de Santa María, donde Ella quiso dejar rastro de su amor por los hombres. Vengo una vez más a decirle que no nos abandone, que se ocupe de su Iglesia, que se ocupe de nosotros » (14)

También visitará a la Virgen de Loreto, bajo cuya custodia puso la Obra en momentos especialmente difíciles. Siempre que su camino cruza esas tierras italianas, sube hasta la loma en la que siguen creciendo los laureles. Y sonríe para decir a la Señora: todos volvemos para darte, una vez más, las gracias.

La santificación del trabajo

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Aquel médico de Cádiz estaba siempre rabiando en la consulta de la Seguridad Social. En noviembre de 1972 escuchó a Mons. Escrivá de Balaguer en Pozoalbero. A la salida, razonaba con su mujer:

‑Desde ahora, a cada enfermo del Seguro lo voy a tratar como si yo fuera su propia madre.

Miles de anécdotas como ésta se han repetido desde el 2 de octubre de 1928. Al calor de las palabras del Fundador del Opus Dei, hombres y mujeres de todo el mundo hemos hecho el firme propósito de santificar el trabajo. Éste era el gran mensaje que tenía que difundir entre los hombres, haciendo vivo, actual, el designio divino.

Josef Ganglberger, también médico, profesor de la Universi­dad de Viena, escribe en septiembre de 1975 cómo gracias a Mons. Escrivá de Balaguer ha conocido el valor del trabajo como medio de santificación: “Como él mismo decía, cualquier trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales, a manifestar su dimensión divina, y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios”.

Y un suizo, Edwin Zobel, comenzó a tratar en 1949, por razones de trabajo, a algunas personas del Opus Dei: “En todos ellos admiraba el mismo espíritu de trabajo, trabajo serio hecho a conciencia. A mí ‑que he sido trabajador incansable durante toda mi vida‑ me sorprendía la capacidad de trabajo de aquellos chicos jóvenes”. Hasta que la fuerza del ejemplo de esas personas, que hacían los mayores sacrificios personales con una sonrisa en los labios, le movieron a orientar su vida por nuevos derroteros.

Un catedrático de Derecho del Trabajo mantenía, en el diario Informaciones de Madrid, que una de las más importantes innovaciones de Mons. Escrivá de Balaguer era precisamente su esfuerzo por unir vida cristiana y trabajo ordinario. Juan A. Sagardoy se fijaba en algunas posibles consecuencias sociales de ese espíritu: encontrar un sentido cristiano para el trabajo puede liberar y dignificar al que lo presta, en una época como la nuestra en que con tanta frecuencia sucede lo contrario, que el trabajo acaba con lo mejor del hombre.

Y Alejandro Corniero, comentarista en El Noticiero Universal de temas relacionados con el trabajo y la justicia, improvisaba estas línas el viernes 27 de junio de 1975: “Este hombre muerto ayer dedicó su existencia a ayudar a la gente a realizar su destino sobrenatural por la humana vía de ser más trabajadores y más justos. Enseñó que trabajar con autenticidad es amar el propio quehacer profesional y realizarlo con afán de obra bien hecha. Enseñó que una manera de hacer justicia con autenticidad es poner también aquel afán en el cumplimiento de toda clase de deberes: porque ‑fijémonos bien‑ en la raíz de toda injusticia se encuentra la negación ola limitación del derecho de otros y esta situación se produce cada vez que alguien, obligado frente ¿f ese otro o, genéricamente, frente a la sociedad, incumple ese deber. De tal forma, que si todos cumpliéramos nuestras obliga­ciones, la injusticia sería erradicada: así como suena”.

A Noel Zapico, conocido dirigente laboral español, le parece de justicia señalar “la decisiva aportación de Monseñor Escrivá de Balaguer para que los cristianos sepamos descubrir el sentido humano y sobrenatural del trabajo”.

De este convencimiento participan hoy miles de personas en todo el mundo, que por la predicación y el ejemplo del Fundador del Opus Dei han aprendido que sus desvelos en el trabajo o en la vida de familia pueden convertirse en verdadero servicio a Dios y a los demás. Como corrobora un trabajador madrileño, Juan Muñoz Batanero, vigilante de fincas urbanas, “nos ha hecho un gran bien a muchas personas que, como yo, se dedican a trabajos muy corrientes y pueden pensar que no sirven para casi nada”.

Pero está claro que este enfoque de la vida cristiana no se circunscribe a una época histórica. Es de suyo universal, porque, mientras haya hombres en la tierra, los hombres trabajarán. De manera que, con y desde el trabajo, se abre una vía de santi­ficación en la que caben todos los hombres, de todos los tiempos, de toda cultura. No es preciso cambiar de sitio para buscar la santidad.

Santificar el trabajo exige respetar el orden de la naturaleza de las cosas creadas, la autonomía legítima de lo temporal, porque ‑lejos de todo atisbo teocrático‑ el reino de Dios es una realidad en el corazón de los cristianos, que vivifican el alma de la sociedad entera ‑sin dogmas ni carriles de dirección única‑, cuando pug­nan porque Cristo reine en el centro de su vida ordinaria. El Fun­dador del Opus Dei esclareció muchas veces aquella luz que Dios le hizo ver en los primeros tiempos de la Obra:

Cuando un día, en la quietud de una iglesia madrileña, yo me sentía :nada! ‑no poca cosa, poca cosa hubiera sido aún algo‑, pensaba: ¿Tú quieres, Señor, que haga toda esta maravilla? Y alzaba la Sagrada Hostia, sin distracción, a lo divino… Y allá, en el fondo del alma, entendí con un sentido nuevo, pleno, aquellas palabras de la Escritura: Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (loann., XII, 32). Lo entendí perfectamente.

El Señor nos decía: ;si vosotros me ponéis en la entraña de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño…, entonces, omnia traham ad meipsum! ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!

El propio Fundador explicó esta idea central en infinidad de ocasiones con palabras precisas y atrayentes. He aquí algunas, entresacadas de varias de sus respuestas a diversos periodistas, que fueron publicadas en un libro con el título conocido de Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer:

El Señor suscitó el Opus Dei en 1928 para ayudar a recordar a los cristianos que, como cuenta el libro del Génesis, Dios creó al hombre para trabajar. Hemos venido a llamar de nuevo la atención sobre el ejemplo de Jesús que, durante treinta años, permaneció en Nazareth trabajando, desempeñando un oficio. En manos de Jesús el trabajo, y un trabajo profesional similar al que desarrollan millones de hombres en el mundo, se convierte en tarea divina, en labor redentora, en camino de salvación.

El espíritu del Opus Dei recoge la realidad hermosísima ‑olvidada durante siglos por muchos cristianos‑ de que cualquier trabajo digno y noble en lo humano, puede convertirse en un quehacer divino. En el servicio de Dios, no hay oficios de poca categoría: todos son de mucha importancia.

Para amar a Dios y servirle, no es necesario hacer cosas raras. A todos los hombres sin excepción, Cristo les pide que sean perfectos como su Padre celestial es perfecto (Mt., V, 48). Para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas.

Las condiciones de la sociedad contemporánea, que valora cada vez más el trabajo, facilitan evidentemente que los hombres de nuestro tiempo puedan comprender este aspecto del mensaje cristiano que el espíritu del Opus Dei ha venido a subrayar. Pero más importante aún es el influjo del Espíritu Santo, que en su acción vivificadora ha querido que nuestro tiempo sea testigo de un gran movimiento de renovación en todo el cristianismo. Leyendo los decretos del Concilio Vaticano II se ve claramente que parte importante de esa renovación ha sido precisamente la revaloración del trabajo ordinario y de la dignidad de la vocación del cristiano que vive y trabaja en el mundo.

Con el comienzo de la Obra en 1928, mi predicación ha sido que la santidad no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas. Las implicaciones de ese mensaje son muchas y la experiencia de la vida de la Obra me ha ayudado a conocerlas cada vez con más hondura y riqueza de matices. La Obra nació pequeña, y ha ido normalmente crecien­do luego de manera gradual y progresiva, como crece un orga­nismo vivo, como todo lo que se desarrolla en la historia.

Pero su objetivo y razón de ser no ha cambiado ni cambiará por mucho que pueda mudar la sociedad, porque el mensaje del Opus Dei es que se puede santificar cualquier trabajo honesto, sean cuales fueran las circunstancias en que se desarrolla.

Hoy forman parte de la Obra personas de todas las profesio­nes: no sólo médicos, abogados, ingenieros y artistas, sino también albañiles, mineros, campesinos; cualquier profesión: desde directores de cine y pilotos de reactores hasta peluqueras de alta moda. Para los socios del Opus Dei el estar al día, el comprender el mundo moderno, es algo natural e instintivo, porque son ellos ‑junto con los demás ciudadanos, iguales a ellos‑ los que hacen nacer ese mundo y le dan su modernidad.

En un extenso artículo, que publicó el diario Avvenire de Milán, el 26 de julio de 1975, el Cardenal Baggio subrayaba la idea: santidad para el hombre de la calle, no ideal para privi­legiados; lo que a muchos pareció herejía, después del Concilio Vaticano II  se había convertido en principio indiscutible: “Lo que continúa siendo revolucionario en el mensaje espiritual de Mons. Escrivá de Balaguer es la manera práctica de orientar hacia la santidad cristiana a hombres y mujeres de toda condi­ción, en una palabra: al hombre de la calle.

“El modo de concretar, en la práctica, este mensaje se basa en tres novedades características de la espiritualidad del Opus Dei: 1) ante todo, los seglares no deben abandonar ni despreciar el mundo, sino quedarse dentro, amando y compartiendo la vida de sus conciudadanos; 2) quedándose en el mundo, los seglares deben saber descubrir el valor sobrenatural de todas las normales circunstancias de su vida, incluidas las más prosaicas y materia­les; 3) en consecuencia, el trabajo cotidiano ‑es decir, el que ocupa la mayor parte del tiempo y caracteriza la personalidad de la mayoría de las personas‑ es lo primero que hay que santificar y el primer instrumento de apostolado”.

Mons. Escrivá de Balaguer ha enseñado siempre que los laicos han de seguir el ejemplo de los primeros cristianos: en aquella época los fieles se esforzaban por vivir el Evangelio quedándose en el mundo, y participando plenamente en todas las actividades honestas de la sociedad. Y así como los primeros cristianos ‑hombres y mujeres, jóvenes y viejos, patricios, ple­beyos y esclavos‑ se santificaron en su vida cotidiana y convir­tieron el mundo pagano, igualmente los cristianos de hoy, si no tienen una vocación al estado religioso, están llamados a santifi­car el mundo desde dentro.

¿Tendré que volver a afirmar ‑aseguraba en 1967‑ que los hombres y las mujeres, que quieren servir a Jesucristo en la Obra de Dios, son sencillamente ciudadanos iguales a los demás, que se esfuerzan por vivir con seria responsabilidad ‑hasta las últi­mas conclusiones‑ su vocación cristiana? Nada distingue a mis hijos de sus conciudadanos.

No escapaban a Mons. Escrivá de Balaguer las consecuencias prácticas de una espiritualidad verdaderamente laical:

Son muchos los aspectos del ambiente secular, en el que os movéis, que se iluminan a partir de estas verdades. Pensad, por ejemplo, en vuestra actuación como ciudadanos en la vida civil. Un hombre sabedor de que el mundo ‑y no sólo el templo‑ es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena preparación intelectual y profesional, va formando ‑con plena libertad‑ sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desenvuelve; y toma, en conse­cuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida.

Y he aquí, en este punto, su acusada aversión a todo tipo de clericalismo: Pero a ese cristiano jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos proble­mas. ;Esto no puede ser, hijos míos! Esto seria clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas.

Esta pasión por la libertad es una herencia rica y fecunda que el Fundador del Opus Dei deja a los socios de la Obra y a todos los cristianos:

Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentali­dad laical, que ha de llevar a tres conclusiones:

a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal;

a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen ‑en materias opinables-soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene;

y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de Nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías hu­manas.

El valor cristiano de la vida ordinaria lo realza así en esa Homilía de 1967 en el campus de la Universidad de Navarra: Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta ‑y el Cardenal Baggio observa aquí que faltaban otros tantos años y más para la Cons­titución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano ll‑ que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartar­los así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser ‑en el alma y en el cuerpo‑ santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.

Y el Fundador del Opus Dei insistía, consciente de la novedad de ese planteamiento:

El auténtico sentido cristiano ‑que profesa la resurrección de toda carne‑ se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu.

El trabajo es, pues, la materia prima que hay que santificar, el instrumento de la santificación propia y de la santificación de los demás. La vida del cristiano no se construye con idealismos desencarnados, sino con esfuerzos concretos para la realización de una sociedad más justa, esfuerzos que ennoblecen todas las actividades humanas, desde las más vistosas a las más humildes e inadvertidas. Mons. Escrivá de Balaguer glosaba con frecuencia los conocidos textos de San Pablo: “Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios”… “Ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios”:

Esta doctrina de la Sagrada Escritura, que se encuentra ‑como sabéis‑ en el núcleo mismo del espíritu del Opus Dei, os ha de llevar a realizar vuestro trabajo con perfección, a amar a Dios y a los hombres al poner amor en las cosas pequeñas de vuestra jornada habitual, descubriendo ese algo divino que en los detalles se encierra.

En una Homilía titulada Hacia la santidad ampliaba: Cuando la fe vibra en el alma, se descubre, en cambio, que los pasos del cristiano no se separan de la misma vida humana corriente y habitual. Y que esta santidad grande, que Dios nos reclama, se encierra aquí y ahora, en las cosas pequeñas de cada jornada.

Me gusta hablar de camino, porque somos viadores, nos dirigimos a la casa del Cielo, a nuestra Patria. Pero mirad que un camino, aunque puede presentar trechos de especiales dificul­tades, aunque nos haga vadear alguna vez un río o cruzar un pequeño bosque casi impenetrable, habitualmente es algo co­rriente, sin sorpresas. El peligro es la rutina: imaginar que en esto, en lo de cada instante, no está Dios, porque ;es tan sencillo, tan ordinario!

Y hablando de los socios del Opus Dei, que procuran encarnar este mensaje nuevo ‑y sin embargo tan sencillo y natural‑ de la santificación del trabajo ordinario, el Fundador de la Obra especificaba en aquella Homilía de 1967:

Quienes han seguido a Jesucristo ‑conmigo, pobre peca­dor‑ son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo (…) y la gran muchedumbre formada por hombres y mujeres ‑de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas‑ que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad ‑repi­to‑, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fun­didos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares.

12. Fama de santidad

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

En la Presentación de Amigos de Dios, la primera obra póstuma del Fundador del Opus Dei (1977), usted escribió que el Padre “no pretendió jamás ser un autor, a pesar de que figura entre los maestros de la espiritualidad cristiana”. Esto refleja un aspecto de su humildad, que explica su resistencia a publicar libros, aunque (y quizá precisamente por esto) Camino era ya conocido en todo el mundo varias décadas antes. Hablemos ahora de los libros del Fundador, que recapitulo a continuación, con el orgullo de haber preparado sus ediciones italianas. Por orden de composición, el primero es Santo Rosario, escrito en 1931 aunque no se publicaría hasta 1934; Consideraciones espirituales, publicado a ciclostil en 1932, impreso en 1934, y que se amplió y editó con el título definitivo de Camino en 1939; la colección de entrevistas concedidas a la prensa internacional, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, es de 1968; el primer volumen de homilías, Es Cristo que pasa, apareció en 1973. Se han publicado póstumamente Amigos de Dios (1977), Via Crucis (1981), y los otros dos libros de meditación que forman con Camino una trilogía, Surco (1986) y Forja (1987). De carácter científico es el estudio teológico–jurídico La Abadesa de las Huelgas (1944): el Fundador, atento al encuadramiento canónico de la Obra, se interesó por la figura extraordinaria de jurisdicción cuasi–episcopal, de que gozó antiguamente la abadesa de ese monasterio de Burgos.

–Sin duda, las obras de espiritualidad de nuestro Fundador han contribuido decisivamente al nacimiento y difusión de su fama de santidad. Sin embargo, como no buscaba la popularidad, sino el bien de las almas, deseo subrayar que su fama de santidad surgía como consecuencia de los frutos espirituales que obtenían los lectores por la meditación de sus escritos. Disponemos de infinidad de testimonios unánimes en este sentido.

Ya he mencionado el aprecio de Pablo VI hacia Camino, que el Papa utilizaba para su meditación personal. Ese aprecio venía de mucho tiempo atrás, pues uno de los primeros miembros de la Obra que llegaron a Italia, el profesor José Orlandis, entregó en 1945 un ejemplar de Camino al entonces Mons. Montini, quien se lo agradeció con una carta, fechada el 2 de febrero de ese año, en la que decía, entre otras cosas: “Sus páginas son una sentida y poderosa llamada al generoso corazón de la juventud, a la que, descubriéndole elevados ideales, enseñan la senda de la reflexión y seriedad de criterio, que la dispone a vivir plenamente la vida sobrenatural (…). Ofrece ya la consoladora realidad de sus copiosos frutos en el ambiente universitario español. Yo celebro inmensamente que el libro haya tenido tan halagüeño resultado y pido al Señor que siga bendiciéndolo y difundiéndolo, para el bien de muchas almas”.

Son innumerables las personas de toda condición que declaran haber recibido luz y fuerza con la lectura de las páginas de nuestro Fundador. El cardenal Maurice Otunga, Arzobispo de Nairobi, escribió: “Yo no conocí a Mons. Escrivá personalmente, pero he leído muchísimos escritos suyos. Cada vez que he meditado uno de sus libros, he sentido que se hacía posible lo que me parecía imposible: que también yo puedo ser santo”.

Una religiosa española que vive en México, ha referido una historia edificante que tuvo lugar en los años cuarenta. En aquella época, recibió la indicación de trasladarse de España a México, y se dirigió a la Policía para tramitar su pasaporte; surgieron algunos problemas burocráticos y, además, la religiosa se enteró de que el funcionario hacía profesión de ateísmo. No se le ocurrió otra cosa que regalarle un ejemplar de Camino. Consiguió al fin el pasaporte, junto con otra religiosa de su Orden que se marchaba a Colombia. En 1980 regresó a España. Un domingo fue a Misa a la catedral, y a la salida le paró un señor que le dijo: “¡La culpa es suya, la culpa es suya!”. Se quedó sorprendida, y no sabía qué responderle, hasta que el hombre le explicó: “Usted me regaló un ejemplar de Camino antes de marcharse a México, y yo, gracias a aquel libro, me convertí”.

El prestigio del que gozó el Fundador del Opus Dei entre los que le trataron se funde con su fama de santidad. Le pediría que evocase algún testimonio.

–Un capítulo especialmente significativo lo constituyen las declaraciones de muchos seminaristas, sacerdotes y religiosos que, entre los años 1938 y 1945, participaron en alguna de las numerosas tandas de ejercicios espirituales que el Fundador de la Obra predicó por toda España. Me parece interesante recordar el origen de esos testimonios: en aquellos años, como ya he apuntado, se había desencadenado una auténtica campaña de calumnias increíbles contra nuestro Fundador, que fue acusado de hereje, de masón, de embaucar a las almas y ejercitar sobre ellas una influencia nefasta. A pesar de todo esto, muchos obispos diocesanos, que le conocían personalmente y lo consideraban un santo, seguían invitándole a predicar los ejercicios a su clero. De este modo, muchos sacerdotes tuvieron la oportunidad de escucharle, y se sintieron en el deber de defenderle como podían de aquellas acusaciones. Y la manera más sencilla de hacerlo era escribirme a mí: se trata, pues, de testimonios muy próximos cronológicamente a los hechos que describen; en aquellas circunstancias, tienen el gran valor de ser palabras muy sentidas y espontáneas.

Por ejemplo, Mons. Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona, me escribió el 22 de noviembre de 1941: “Muy querido Alvaro: Mi queridísimo amigo Don José María, ese tan buen Padre que Dios os ha dado, ha dictado Ejercicios Espirituales a todos los nuevos párrocos de esta bendita Diócesis de Pamplona, cuyo Clero es ejemplarísimo. Digo a todos, porque aunque nos falta la última Tanda, esperamos que sea también él el que la dicte (…). Que Dios nos lo conserve muchos años, muchos años, para gran gloria de Su santa Iglesia. Vosotros cuidad bien ese tesoro”.

Y el actual Cardenal Ángel Suquía, Arzobispo de Madrid, escribió en 1942, refiriéndose a un curso de ejercicios en el que había participado como seminarista a finales de 1938: “Recuerdo aquel amor a Cristo que respiraban todas sus frases. Conservo imborrable recuerdo de aquellas palabras: Amar a Cristo con locura, con enamoramiento, como un avaro su oro, como un negociante su negocio, como un amante a su amada, como un pobre desgraciado sus placeres sensuales“.

Ya he mencionado que, del 3 al 11 de octubre de 1944, nuestro Fundador predicó los ejercicios a los Agustinos del Monasterio de El Escorial, con su salud muy maltrecha: tenía un antrax enorme en el cuello, y una fiebre altísima. Fue entonces cuando le diagnosticaron la diabetes; sin embargo, cumplió su compromiso de predicarles. El Provincial de los Agustinos, Padre Carlos Vicuña, me escribió el 26 de octubre: “voy a darle una breve impresión de los ejercicios espirituales dados por don José María Escrivá a los religiosos agustinos del Real Monasterio de El Escorial en este mes de octubre. Todos coinciden en que superó todas las esperanzas y satisfizo plenamente los deseos de los Superiores; ahora esperamos de Dios que el fruto sea muy abundante. Todos sin excepción (Padres, teólogos, filósofos, hermanos y aspirantes) estaban pendientes de sus labios sin respirar, como suele decirse; sus conferencias de 30 y 35 minutos les parecían de sólo diez, cautivados por aquel torrente de fervor, entusiasmo, sinceridad y efusión de corazón. ‘Le sale de dentro, habla así porque tiene vida y fuego interior’; ‘es un santo, un apóstol; si le sobrevivimos muchos de nosotros le hemos de ver en los altares…’, son las expresiones que he escuchado de los oyentes. Es muy de notar la rara unanimidad en los elogios, sobre todo tratándose de un auditorio de intelectuales y especialistas en gran proporción. No se ha oído una sola voz menos favorable. Es verdad que venía precedido de una aureola de santo, pero no es menos cierto que, lejos de defraudarla, la ha confirmado”.

Expresiones semejantes utilizan numerosos sacerdotes que escucharon a nuestro Fundador, tanto en Roma como en distintos países europeos a partir de 1946, o durante sus viajes a América en los años 1970, 1974 y 1975.

Ya he recordado el aprecio que le tenían Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI. Añadiré que Pablo VI, durante la audiencia que me concedió el 5 de marzo de 1976, afirmó que consideraba al Fundador del Opus Dei “como uno de los hombres que han recibido más carismas en la historia de la Iglesia, y que han correspondido con mayor generosidad a los dones de Dios”; me repitió estas ideas en otra audiencia del 19 de junio de 1978, en la que agregó que había podido advertir, desde el día que lo conoció en 1946, el carácter excepcional de su figura en la historia de la Iglesia.

Deseo evocar también al Cardenal Ildefonso Schuster, Arzobispo de Milán: con profunda convicción, aseguraba a los miembros de la Obra que estaban comenzando las actividades apostólicas en la capital lombarda, que nuestro Fundador era uno de esos santos que la Providencia divina suscita de tarde en tarde, a distancia de siglos, para renovar a la Iglesia. Y lo parangonaba con los grandes fundadores: San Bernardo, San Francisco… También a mí me expresó el Cardenal Schuster su admiración por el Padre con palabras semejantes.

El conocido escritor Mons. Hubert Jedin ha declarado: “Como historiador de la Iglesia puedo afirmar que una influencia tan profunda y universal en la Iglesia de Dios sólo puede generarla un hombre cuando éste se ha puesto por completo a disposición de Dios, convirtiéndose en un instrumento para la santificación de los demás y para la realización del Reino de Dios sobre la tierra. La fecundidad del Fundador del Opus Dei no habría sido posible si no hubiese sido santo”.

Una anécdota más entre las numerosas que se podrían citar. Durante la breve estancia de nuestro Fundador en Guatemala, con ocasión de su viaje a América Latina, en 1975, el Cardenal Casariego, Arzobispo de la Ciudad de Guatemala, manifestó muchas veces el deseo de recibir su bendición. La misma tarde en que llegó, cenaron juntos, y al final, el Cardenal se arrodilló y le pidió que le bendijera; entonces nuestro Fundador se puso de rodillas y le replicó: Yo no doy la bendición a un Cardenal. Ante la insistencia del purpurado, se limitó a hacerle la señal de la cruz en la frente, ganándose su amable protesta: “No me ha dado la bendición hoy, pero no le dejaré marcharse de Guatemala sin que lo haya hecho”. El día de la partida, el Cardenal Casariego vino a buscarlo al Centro de la Obra donde estábamos alojados; entraron juntos en el oratorio y estuvieron unos momentos rezando. Al terminar, mientras el Padre se levantaba para salir, el Cardenal se interpuso y exclamó: “En la presencia de Jesús Sacramentado y delante de estos hijos suyos, ¡no me muevo de aquí, si no me da la bendición!”. Mario, usted obtiene de mí lo que nadie consigue, respondió nuestro Fundador, que se vio obligado a ceder. Después el Cardenal declaró: “¡No podía perderme la bendición de un santo!”.

Durante aquella estancia en Guatemala, sufrió graves molestias físicas y tuvo que renunciar a tener tertulias con muchas personas a las que deseaba hacer llegar su predicación. A pesar de todo, el día en que nos fuimos, millares y millares de personas acudieron al aeropuerto, solamente para verle, aun de lejos, y recibir su bendición.

En su corazón, los miembros de la Obra consideraban un santo a su Fundador, aunque no lo mostrasen externamente, para no provocar sus protestas. Deseaban tener una fotografía suya, y los que consiguieron alguna, con palabras de su puño y letra, la conservaron como una joya que con el tiempo sería una reliquia. Usted, que ha estado a su lado durante cuarenta años, conservará seguramente algunos recuerdos muy personales.

–Desde 1950 el Padre tuvo que acudir al dentista con frecuencia: iba a la consulta de un buen amigo mío, el doctor Hruska. Le pedí que me entregase a escondidas, después de cada sesión, las piezas dentales extraídas, porque quería conservarlas. Aunque intentamos que no se diese cuenta, el Padre acabó enterándose. Y un día de 1961, mientras estaba yo ingresado en una clínica de Roma para someterme a una intervención quirúrgica, el Padre pidió a don Javier Echevarría que le ayudase a descubrir dónde las había guardado: estaba firmemente decidido a tirarlas, porque no quería que conservásemos ningún recuerdo de su persona: Vamos a buscar estas porquerías, le dijo.

En la vida del Fundador se han verificado algunos sucesos extraordinarios, intervenciones sobrenaturales, especialmente ligadas a la fundación de la Obra. Le rogaría que hablase un poco de este aspecto de la vida de un santo.

–No veo posible abordar este tema de un modo exhaustivo y detallado. Su humildad y su prudencia le llevaban a silenciar este tipo de sucesos, aunque no negase que se habían dado en su vida, más de una vez, intervenciones extraordinarias de Dios. De acuerdo con las indicaciones expresas de la Santa Sede, nos hablaba de estos temas pensando en el bien de nuestras almas, pero contando lo mínimo indispensable.

Además, estoy persuadido de que, así como quemó el primero de sus cuadernos de apuntes espirituales, porque reflejaban numerosos hechos sobrenaturales, es muy probable que nunca nos haya revelado muchos otros, sólo conocidos por Dios. Quería evitar, a toda costa, que leyendo aquellos apuntes, alguno pudiese pensar que era un santo.

Por otro lado, no conviene olvidar que el núcleo del espíritu que el Señor confió al Fundador del Opus Dei consiste en esforzarse por encontrar a Dios en la vida ordinaria y a través de las ocupaciones habituales: nada más opuesto, por tanto, a resaltar los fenómenos extraordinarios. Nuestro Fundador repetía con frecuencia: A mí me bastan los milagros del Evangelio; y, en efecto, su conducta y su predicación se distinguieron por la exaltación del valor de las situaciones más normales, y el empeño por imitar la vida oculta de Jesús.

Recuerdo que el 2 de octubre de 1968 el Padre pasó el quadragésimo aniversario de la fundación de la Obra en Pozoalbero, una casa de retiros en Jerez de la Frontera. También le acompañaba yo. Durante una tertulia familiar, agradeció a los que estaban allí que ninguno le hubiera preguntado sobre la fundación del Opus Dei: seguramente –añadió–, se le habría escapado alguna confidencia íntima. Entonces le preguntamos con insistencia cómo había intervenido el Señor en el nacimiento de la Obra, pero el Padre, con habilidad, eludió las preguntas; después nos dijo en tono serio: Hijos míos: intencionadamente no he querido contaros nada. Yo os mentiría si os dijera que el Señor no ha tenido conmigo intervenciones extraordinarias. Las ha tenido siempre que han sido necesarias para la marcha de la Obra. (…) Pero, muy especialmente en un día como hoy, no he querido contaros nada de eso, para que se os quede muy grabado, y lo repitáis en el futuro a vuestros hermanos, que el camino nuestro es lo ordinario: santificar las acciones vulgares y corrientes de cada día, hacer endecasílabos –poesía heroica– de la prosa diaria.

No obstante, deseo recordar algunos sucesos extraordinarios de los que he tenido conocimiento. Ya me he referido a que las locuciones interiores fueron uno de los modos elegidos por el Señor para modelar el alma de nuestro Padre: eran, como solía explicar, locuciones intelectuales, sin ruido de palabras, pero que permanecían como grabadas a fuego en mi alma. Algunas, especialmente importantes, se han dado a conocer ya en las biografías del Padre publicadas: hablaré de otras, a título de ejemplo.

Con frecuencia, aquellas inspiraciones consistían en una comprensión singularmente profunda de algún texto de la Sagrada Escritura. Sucedía así: de pronto, le afloraba a los labios con insistencia un versículo de un salmo o algún otro texto que no se había detenido a meditar hasta entonces con particular atención; después, también de modo repentino e irresistible, sin que la hubiese buscado, se le manifestaba una interpretación espiritual absolutamente nueva, que hacía más elevada aún su contemplación: el Espíritu Santo le tomaba por sorpresa y le mostraba, sin lugar a dudas, que todo era obra del Señor. En sus apuntes íntimos figuran muchos ejemplos.

El Padre me contó que, en medio de las grandes dificultades de los comienzos, el Señor le hacía ver toda su impotencia, pero no dejaba de sostenerle con la serena certeza de la ayuda divina. Así, el 12 de diciembre de 1931, imprimió en su alma, con fuerza inusitada, estas palabras: Inter medium montium pertransibunt aquae (Ps. 103, 10; cfr. Camino n. 12), a pesar de los obstáculos, la Obra se extenderá por todas partes.

Dando un salto en el tiempo, me detendré ahora en algunas locuciones del Señor que tuvieron lugar en época más reciente. Si toda su existencia estuvo sellada por la Cruz, los últimos años parecen quizá más dolorosos: la razón de su profundo sufrimiento fueron los malos tratos inferidos a la Iglesia por tantos que deberían haberla amado y defendido. Errores doctrinales, desórdenes morales y disciplinares, abiertas desobediencias en materia litúrgica, una sangría casi imparable de vocaciones sacerdotales y religiosas, junto a la confusión difundida dentro del Pueblo de Dios, le hicieron padecer un prolongado y agudísimo calvario. Y, en medio de aquella turbación, el Señor intervino: el 8 de mayo de 1970 hizo resonar en su alma, enriqueciéndola con luces nuevas, las palabras: Si Deus nobiscum, quis contra nos? (cfr Rom 8,31). Reafirmado en su fe, tuvo la clara confirmación de que el Esposo no había abandonado a su Iglesia y que la llevaría indefectiblemente a buen puerto después de la tempestad; al mismo tiempo, se consolidó en su alma la conciencia de su responsabilidad y de la de todo el Opus Dei en la tarea de confirmar y propagar la recta doctrina.

La esperanza no atenuó la intensidad de su dolor. Aunque estaba agradecido a Dios por haber ahorrado al Opus Dei tantas tribulaciones, le acuciaba el pensamiento de la tristísima situación que atravesaba la Iglesia. El 6 de agosto de 1970, el Señor hizo resonar en su mente con gran ímpetu las palabras de Isaías: Clama, ne cesses! (Is. 58, 1), y comprendió que Dios le pedía no sólo multiplicar su oración y su penitencia, sino también hacer llegar lo más lejos posible, a través de una predicación enérgica e insistente, la exhortación a la más rigurosa lealtad a la Iglesia. Ésa fue la razón de que el 4 de octubre de 1972 saliera hacia la Península Ibérica, y regresase a Roma el 30 de noviembre, después de haber recorrido España y Portugal: fueron dos meses de infatigable catequesis, en los que su ardiente mensaje de fidelidad llegó a cientos de miles de almas. Más adelante, concretamente del 22 de mayo al 31 de agosto de 1974, y después en febrero de 1975, ya pocos meses antes de su muerte, realizó dos viajes a América Latina: recorrió siete países, desarrollando por todas partes una vasta e intensa catequesis en encuentros con millares de personas que acudían a escucharle. Deseo añadir que estas locuciones interiores, descritas brevemente, además de constituir un nuevo estímulo a la heroica abnegación con que nuestro Fundador gastaba sus energías en servicio de la Iglesia, alimentaron también su certeza en la futura solución del problema de la configuración jurídica definitiva del Opus Dei.

Así, pues, no faltaron en la vida del Padre los dones extraordinarios.

–Soy testigo de cómo sabía dar respuesta precisa a problemas de los que ni siquiera le habían hablado, y de cómo “veía” sucesos que estaban ocurriendo en sitios lejanos, o que tendrían lugar en el futuro. Contaré un hecho, del que fui protagonista en 1939. Al terminar la guerra civil, nuestro Fundador regresó a Madrid. Durante algunos meses no pude estar a su lado, porque el ejército me destinó a un batallón en Olot (Gerona), cerca de la frontera con Francia; tenía el mando de la primera Compañía. Allí conocí a Fernando Delapuente, un teniente muy simpático con el que comencé a hacer apostolado. Un día recibí una carta de nuestro Fundador en la que me decía, más o menos: “Dile a tu compañero Delapuente, que lo que le ha pasado hoy se debe a esto y a esto otro”. Me quedé asombrado: yo no había hablado al Padre ni siquiera de la existencia de aquel amigo mío; además, en la inmediata posguerra, por el pésimo estado en que se encontraban las vías de comunicación, trasladarse de Olot a Madrid era una empresa que llevaba varios días y Fernando no había estado en Madrid, ni conocía al Fundador. Decidí invitar a mi amigo a dar un paseo a caballo fuera de la ciudad, donde podríamos estar más tranquilos. Así le pude contar todo con calma. Fue tal su sorpresa que se cayó de la silla. Me dijo que había pasado un momento verdaderamente difícil y me explicó las razones, añadiendo que hasta entonces no se lo había contado a nadie. Naturalmente, siguió encantado los consejos del Padre.

También por aquella época, sucedió que unas chicas insidiaban a un miembro de la Obra. Pronto supimos que precisamente el día en que intentaban ponerle en un compromiso, nuestro Fundador se encontraba con unos hijos suyos y de repente exclamó: En este momento un hermano vuestro necesita mucha ayuda. Vamos a rezar un Memorare por él. Debo precisar que la persona interesada no había tenido tiempo de informarle de nada. El peligro se desvaneció al instante. Así nació entre los miembros del Opus Dei la costumbre de rezar, por lo menos una vez al día, esta oración que el Padre llamaba oratio saxum, porque la consideraba un apoyo seguro para aquel miembro de la Obra que le hiciera más falta en aquel momento.

En 1948, durante un viaje a Sicilia, nuestro Fundador conoció a don Francesco Ricceri, un sacerdote que desarrollaba su ministerio en Catania; le habló sobre el espíritu y los apostolados del Opus Dei. Yo estaba presente, pero prefiero describir la escena con las propias palabras de su protagonista, que tomo textualmente de la relación que hizo, el 21 de febrero de 1978, cuando era Obispo de Trapani: “Fascinado por la hermosura de esta institución, pedí insistentemente al Padre que abriese una residencia del Opus Dei en Catania, donde yo le habría ayudado con todas mis fuerzas, ya que era el párroco de una parroquia muy bien situada, y Consiliario de la FUCI (Federación Universitaria Católica Italiana). El Padre me fue dando largas hasta que, ante mi insistencia, respondió: “Si usted se quedase en Catania, me animaría a abrir con su ayuda la residencia, pero usted se irá. ¿Cómo podrá ayudarme?”. Yo repuse que no tenía ninguna intención de alejarme de Catania y el Padre, mirándome fijamente con sus ojos penetrantes, añadió: “Sepa que dentro de unos años le harán obispo y deberá dejar Catania”. Yo tomé esas palabras como una salida ingeniosa, pero los hechos confirmaron, en 1957, que habían sido proféticas”. En la tarjeta que Mons. Ricceri envió a nuestro Fundador el 24 de abril de 1957 para comunicarle su inminente consagración episcopal, afirmaba que no podía “poner en duda el espíritu profético” del Padre.

En Burgos, en 1938, un alto cargo de la administración pública amenazó con poner una denuncia calumniosa contra un miembro de la Obra, Pedro Casciaro. Sobre la base de un hecho real –la colaboración del padre de Pedro con el gobierno republicano–, este señor pretendía acusarle de ser masón y comunista y le atribuía la responsabilidad de numerosos asesinatos de gentes de derecha en Albacete. Afirmaba, además, que el propio Pedro Casciaro era comunista, y que había propagado esta ideología en Albacete, con ocasión de las elecciones de febrero de 1936, en las que triunfó el Frente Popular; concluía de todo esto que era un infiltrado en la “zona nacional”, con la misión de actuar como espía en el ejército de Franco y, más concretamente, en el cuartel del general Orgaz.

La acusación era absolutamente falsa, aunque se basaba en una verdad parcial, y en aquellas dramáticas circunstancias una denuncia de este tipo resultaba gravísima; Pedro corría el peligro de ser condenado a muerte, en un momento en que los procesos militares eran a menudo sumarísimos, sin todas las garantías necesarias para probar la verdad.

Nuestro Fundador intentó disuadir al acusador, para que no cometiera una injusticia tan grave: fue a verle, acompañado por el profesor José María Albareda. La conversación fue tremendamente dura. Aquel señor mantenía una postura fría e insolente. Nuestro Fundador defendió a Pedro con la serenidad más completa y con todo el cariño paterno de que era capaz. Al principio con dulzura y, después, con gran energía, trató de hacer comprender al interesado que iba a cometer una injusticia: arrancar a la madre de Pedro, de un solo golpe, al hijo y al marido. Le invitó a pensar en su propia mujer.

Pero el hombre replicó que, como en aquel momento era imposible detener y castigar al padre, el hijo tenía que pagar por él, aunque fuese inocente; además –observó–, muchos inocentes morían en el frente o en las prisiones de la “zona roja”. Con una fortaleza que impresionó mucho a José María Albareda, nuestro Fundador le explicó que semejante postura era inconcebible en un cristiano que sabe que deberá dar cuenta a Dios de sus acciones. Añadió que no le gustaría estar en su lugar y presentarse al juicio divino con un rencor tan injusto en el alma. Le exhortó a pensar que el Señor podría llamarle aquel mismo día a responder de lo que iba a hacer o, incluso, castigarle en sus propios hijos. Pero ni las súplicas llenas de caridad, ni la fortaleza del Padre lograron ablandar el corazón de aquel infeliz, que repetía obstinadamente: “¡Lo tienen que pagar, el padre o el hijo!”.

Nuestro Fundador salió entristecido y en silencio del despacho del funcionario. José María Albareda estaba impresionado tanto por el modo en que había defendido a Pedro, como por la dureza y hostilidad demostrada por su interlocutor hasta el último momento. El Padre bajó las escaleras con la mirada baja, y como pensando en voz alta, dijo: Mañana o pasado, entierro.

Aquel mismo día, por la tarde, nuestro Fundador salió de casa en compañía de otro hijo suyo para hacer unas gestiones: también a él le contó lo sucedido y con voz dolorida repitió, aludiendo a la familia del que acusaba a Pedro: Mañana o pasado, entierro. Poco después, el que le acompañaba se paró de repente, y palideció: acababa de leer el anuncio de la muerte repentina de aquel funcionario. Como era costumbre en Burgos, la esquela estaba colocada en los escaparates de los comercios y en los muros de las casas. Nuestro Fundador rezó un responso y dijo que había “interpretado” mal: al oír interiormente las palabras “mañana o pasado, entierro”, había pensado que iba a morir un hijo de aquel hombre, que era de la misma edad que Pedro Casciaro, y en aquel momento se encontraba en el frente.

La noticia afectó tanto al pobre Pedro que se puso enfermo y tuvo que meterse en cama. Nuestro Fundador procuró serenarlo, y le animó a dar gracias a Dios por el modo en que le había protegido a él y a su padre. Le dijo que no se preocupara por la suerte de aquel pobre hombre: aunque el hecho era verdaderamente muy doloroso, tenía la certeza moral de que el Señor se había compadecido de él, y le había concedido la gracia del arrepentimiento final. Le confió que, desde que había salido del despacho, no había dejado de rezar por él y por sus hijos.

Son sucesos impresionantes que ponen de manifiesto su grado de intimidad con Dios. He oído hablar también de la “Virgen de los Besos”, una imagen que el Padre besaba siempre antes de salir de casa.

–Como disponemos de algunos de sus apuntes íntimos, en el quinto cuaderno hemos encontrado esta anotación, que refleja, a un tiempo, los favores divinos de que nuestro Fundador fue objeto, su humildad y su obediencia:

Octava del patrocinio de S. José, 20–IV–32: Después, si tengo tiempo, tomaré muchas otras notas retrasadas. Ahora quiero anotar algo, que pone ¡una vez más! de manifiesto la bondad de mi Madre Inmaculada y la miseria mía. Anoche, como de costumbre, me humillé, la frente pegada al suelo, antes de acostarme, pidiendo a mi Padre y Señor San José y a las Animas del purgatorio que me despertaran a la hora oportuna. (…) Como siempre que lo pido humildemente, sea una u otra hora la de acostarme, desde un sueño profundo, igual que si me llamaran, me desperté segurísimo de que había llegado el momento de levantarme. (…) Me levanté y, lleno de humillación, me postré en tierra (…) y comencé mi meditación. Pues bien: entre seis y media y siete menos cuarto vi, durante bastante tiempo, cómo el rostro de mi Virgen de los Besos se llenaba de alegría, de gozo. Me fijé bien: creí que sonreía, porque me hacía ese efecto, pero no se movían los labios. Muy tranquilo, le he dicho a mi Madre muchos piropos.

Esto, que acabo de contar de intento con tantos y tan nimios detalles, me había sucedido otras veces. No le di importancia, no atreviéndome casi a creerlo. Llegué a hacer pruebas, por si era sugestión mía, porque no admito fácilmente cosas extraordinarias. Inútilmente: la cara de mi Virgen de los Besos, cuando yo positivamente, tratando de sugestionarme, quería que sonriera, seguía con la seriedad hierática que tiene la pobre escultura. En fin, que mi Señora Santa María, en la octava de San José, ha hecho un mimo a su niño. ¡Bendita sea su pureza!

Día de S. Marcos, 25–IV–32: Esta mañana estuve con mi padre Sánchez. Tenía decidido contarle lo del día 20: sentí cierta repugnancia o vergüenza. Me costó, pero se lo dije.

¿Se han dado también intervenciones extraordinarias a través de otras personas?

–Curiosa pregunta. Me viene a la cabeza lo que sucedió en 1935, cuando el Fundador instaló el primer oratorio de un Centro de la Obra, la Residencia de la calle de Ferraz. Era una época de gran estrechez económica, y al Padre le costó trabajo reunir muchos de los objetos litúrgicos y los ornamentos necesarios, pobres pero dignos. Para el Sagrario –lo he mencionado ya–, se dirigió a la Madre Muratori, una religiosa Reparadora que le apreciaba mucho. Esta buena monja le prestó uno de madera; pero parecía imposible conseguir las cosas que faltaban, o el dinero para comprarlas. Entonces el Padre se acordó de la frase de la Sagrada Escritura Ite ad Ioseph, con la que el Faraón respondía a los egipcios cuando le pedían pan. Y empezó a invocar al santo Patriarca, San José, y a pedirle lo necesario para poder tener en casa el Pan eucarístico. Un buen día –él mismo me lo contó–, se presentó un señor en la portería del edificio de la residencia y dejó un paquete. Cuando el Padre lo abrió, vio que contenía, exactamente, los objetos que faltaban para poder empezar el culto.

¿Se dieron casos de favores obtenidos por su intercesión cuando aún vivía?

–En el archivo de la Postulación del Opus Dei se conservan algunos testimonios sobre curaciones obtenidas por la intercesión de nuestro Fundador cuando aún estaba entre nosotros, atribuidas a los méritos de su vida santa; a veces, se trata de favores realmente importantes; otras, de pequeñas gracias obtenidas repentinamente y de un modo humanamente inexplicable.

Estos sucesos muestran que ya durante la vida de nuestro Fundador se le atribuía un particular poder de intercesión delante de Dios: quienes le conocían estaban convencidos de su profunda unión con el Señor, y se sentían impulsados a confiarle las penas y dolores que tenían. Conocí casos, al inicio de los años cuarenta, en que los interesados invocaban a nuestro Fundador en sus oraciones, y presentaban al Señor los méritos de sus virtudes para mover a la misericordia divina a conceder las gracias que pedían. Con significativa naturalidad, estas personas se anticiparon a lo que hacen hoy decenas de miles de fieles en todo el mundo: invocar al Fundador del Opus Dei confiándole sus necesidades.

Por otra parte, más que las intervenciones prodigiosas de nuestro Fundador durante su vida –que no faltaron, desde luego–, me parece más importante, como prueba de su fama de santidad, este hábito de invocarlo privadamente cuando aún vivía, y la gran confianza con que encomendaban a su oración las más graves necesidades. Nuestro Fundador, tuvo fama de que conseguía “favores”, cuando aún estaba en esta tierra.

Recuerdo el siguiente. Por trabajar constantemente a su lado, le he acompañado en la lectura de muchísimas cartas de personas que le contaban sus sufrimientos y se confiaban a su oración; soy testigo de cómo asumía estos problemas y de la fuerza con que los encomendaba al Señor, casi sintiéndose responsable de “arrancar” de las manos de Dios esas gracias. Especialmente recuerdo la impresión que me producía en tantas ocasiones en que quedaba recogido unos momentos después de la lectura de una carta y adoptaba luego un gesto de absoluta tranquilidad, que traslucía la certidumbre de que el asunto se había resuelto. En este sentido me impresionó singularmente el caso de un niño, Octavio Sitjar de Togores, que tenía la boca y el paladar completamente quemados y deformados a causa de un accidente. Cuando el padre de Octavio le contó los sufrimientos del niño, nuestro Fundador le dijo que estaba seguro de su curación, como si tuviese certeza de que el Señor había escuchado su súplica, como realmente sucedió. Recuerdo la misma confianza en el caso de un obrero que, durante la construcción de Cavabianca, sufrió un accidente de trabajo y se cortó la mano derecha y parte del antebrazo: durante varios días el Padre rezó intensamente por su curación, hasta que dejó de preocuparse, con la convicción de que aquel hombre se recuperaría y volvería al trabajo, como sucedió.

Un hombre que sabía querer

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Testimonio de Álvaro Domecq, rejoneador y ganadero
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Don Álvaro, ¿cuando conoció a Monseñor Escrivá de Balaguer?

Soy hombre malo para las fechas y no recuerdo con exactitud el día en que le vi por primera vez. Me parece que fue en Pamplona, en otoño del año sesenta y siete. Había una asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra. Asistí a la misa que con aquel motivo celebró al aire libre, en el campus de la Universidad de Navarra. Al acabar la ceremonia, pasé a saludarlo y ante mi sorpresa me llamó por mi nombre, me hizo la señal de la cruz en la frente y comentó: «Te sigo». Yo, que soy tímido, me quedé admirado al ver cómo me conocía sin conocerme. También me llamaron mucho la atención las manifestaciones de cariño y afecto que me dirigió y cómo me alentó a que siguiera con mi trabajo, y añadió «pero hecho con mucho amor de Dios».

En esos mismos días acompañé a los toreros que habían par­ticipado en un festival en Pamplona a conocerle. Con cada uno de ellos tenía un detalle de cariño, el apropiado para la circuns­tancia personal de los presentes. Al terminar aquello, uno de los presentes, Luis Miguel Dominguín, que presumía de no creyente, me dijo en un aparte: « ¿Sabes que me voy a tener que hacer par­tidario de este cura tuyo?».

Me acuerdo que cuando vino a Jerez de la Frontera, en el año mil novecientos setenta y dos, tuvo la maravillosa gentileza de invi­tarnos a mi mujer y a mí a un almuerzo porque quería agradecer lo poco que había hecho yo para poner en marcha «Pozoalbero», una casa de retiros y convivencias, que está a las afueras de aquella ciudad y por la que han pasado tantos miles de andaluces. Y es que el fundador del Opus Dei, que era muy agradecido, sabía alen­tarte, a poquito que hubieras hecho, para que fueras a más, que te superaras siempre.

Eso es maravilloso: encontrarte con personas que te alientan, que te piden cosas asequibles, sencillas, pero sin parecer que te lo piden, dándote ánimos, y así casi sin darte cuanta va saliendo ese trabajo, que resulta apenas costoso y hasta alegre. En el roce que he tenido con la Obra, a lo largo de estos años, lo que más me ha impresionado es el aliento que recibes para hacer lo corrien­te con amor de Dios. Y eso, por lo que yo he visto, lo infundía el fundador del Opus Dei a todo tipo de personas: creyentes y no creyentes, a gentes de todas las clases.

Yo, que puse en marcha varios cursos de formación espiritual con toreros, y con poetas y escritores, pude comprobar cómo se sentían honrados de hablar dos o tres días exclusivamente de Dios y de las cosas de Dios. Domingo Ortega, que en gloria esté, me decía: «No se te olvide llamarme cuando haya algo de esto.» Les gustaba, y le gustaba a Domingo, que se ocuparan de ellos en lo espiritual. Eso es demostración de lo que tanto insistía Monseñor Escrivá de Balaguer: a la vida corriente, diaria, hay que darle un sentido para que sea real. Eso me lo enseñó él y te lo transmitía cada vez que te miraba, cuando te veía o cuando te daba uno de aquellos abrazos que él daba.

¿Cuál es la primera impresión que se le quedó grabada al conocerle?

El nivel de confianza, la alegría que te hacia sentir y cómo te pedía esfuerzo sin pedírtelo, señalándote un camino de entrega. Y te daba un empujón suave, pero eficaz, para hacerlo todo por amor de Dios e insuflarle a tu vida normal una espiritualidad importante. Es que, mira, es maravilloso saber que se puede san­tificar e] trabajo. Eso crea una satisfacción en el hombre trabajador que es decisiva, que es fundamental. Por ejemplo, él sabía que yo me dedicaba al toro. Yo no sé si él tendría afición al toro, pero lo parecía, porque me comentaba: «Hay que seguir por ese camino y hacerlo lo mejor posible». No te quitaba tus naturales tendencias, sino que te ayudaba a darles sentido, a poner amor y entrega en lo que haces, sabiendo que eso tiene mucho valor. Es una satis­facción saber que lo que haces tiene valor.

¿Cómo se hace santo un ganadero con su trabajo?

Ante todo procurando ser un buen ganadero. A los ganade­ros no nos calibran en la verdadera medida. El animal que con­seguimos, el toro que exige la afición de hoy, hay que trabajarlo mucho y saber seleccionar caracteres que no son visibles para el público. Ten en cuenta que –yo al principio creía que hacerse car­go de una ganadería no me llevaría tiempo– hay que estudiar las cualidades de varias generaciones para lograr fijar el carácter y saber entremezclar, en su justa medida, mansedumbre y bravura. El ganadero español que estudia su ganadería puede hacer un toro que se le conozca, no sólo por su expresión física, sino también por el resultado que da en la lidia, y eso es un esfuerzo necesario. Después, o al mismo tiempo, haciendo todo ese trabajo por amor de Dios, por afición al toro por supuesto, pero por amor de Dios.

¿Cuál cree que era, sin embargo, el rasgo más distintivo de su persona?

Monseñor Escrivá de Balaguer rebosaba santidad. No sé si la santidad está perfectamente definida, pero yo lo notaba en ese deseo continuo de infundirte amor de Dios, amor al trabajo y la ilusión por hacer felices a los demás. Además, para el fundador del Opus Dei no había horizontes: cada día se le ocurría una cosa nueva para llegar a más personas y difundir con más amplitud la doctrina de la Iglesia. Eso era impresionante. De hecho, del Opus Dei te llama la atención el milagro de que en tan poco tiempo se haya difundido y establecido entre tantas gentes de tan diverso tipo. Yo, que he tenido que viajar mucho, lo he comprobado y eso es edificante.

Antes se refería a los toreros que usted ha tenido la oportunidad de tratar. ¿Entienden verdaderamente eso de santificar el trabajo?

Claro que sí. A ellos, todo eso les hacía encontrar su verda­dero sentimiento. El hombre tiene una tendencia innata de ir a Dios, lo que pasa es que no sabe cómo. Lo maravilloso de Mon­señor Escrivá de Balaguer es que te enseñaba a abrir ese camino.

Antes la gente pensaba que para ir a Dios sólo había que ir a la Iglesia, pero no sabían que además está en el teatro o en los toros, que Dios está en todas partes, en todas las circunstancias honestas. La gente no se percataba de que Dios está contigo, que puedes santificar toda tu vida, tu vida de aficiones, de relaciones, tus amis­tades. La prueba de que eso es verdad es la extraordinaria acogida que este mensaje ha tenido, a pesar de que haya gente que no lo entienda, porque tal vez no han sido capaces de dar el paso ade­lante. Si lo dieran, lo descubrirían.

Hay gente que dice que para aguantar a un santo hace falta otro santo, ¿era fácil estar con el fundador del Opus Dei?

Estar con el fundador del Opus Dei era sentirse protegido, ilusionado; junto a él, el corazón se removía y la piedad tuya, anti­gua, se hacia más humana, más apetitosa. Incluso lograba que dig­nificaras tus debilidades. Sentías que todos esos defectos se podían quitar; esa convicción te la metía dentro y descubrías que hasta lo más pequeño, hecho por amor de Dios, tiene mucho valor. Siem­pre he pensado que Dios es el mejor pagador, y entonces, cualquier cosa que hagas, por pequeña que sea, Dios te la premia. Como ve, son consejos los suyos llenos de amor, y como el hombre ha nacido para querer, todo eso es fácil de entender.

Don Álvaro, a usted, ¿qué le ha dado el Opus Dei?

Me ha facilitado todo. Según se dice, cuando tienes quien te ayude, puedes agrandar tu negocio. Pues el gran negocio es luchar por la santidad aunque sea un poco, y digo un poco porque siempre se queda uno corto. Esa es la misión del Opus Dei con todo el que se roza: darle a tu vida, a tu vida corriente, unos nuevos horizontes, afán de santidad, y también alegría, simpatía y cor­dialidad, sobre todo con el ejemplo. Decía que me ha facilitado todo, se entiende que en la vida espiritual, porque en lo demás, mi trabajo, mi vida social o mi familia, la Obra no ha intervenido; o para ser más preciso, sólo ha intervenido el espíritu de la Obra moviéndome a buscar en cada ocasión –y bajo mi responsabilidad personal– lo que pensaba sería más grato a Dios; claro que muchas veces habré fallado, pero ese es otro cantar.

Sin embargo, todo esto contrasta mucho con el ambiente actual.

El mundo, es cierto, está desperdigado, pero hay un retorno.

Pienso que la juventud tiene hoy día un deseo de veracidad, de convivencia, de todos esos detalles que supo exponer el fundador del Opus Dei. El mundo está mal, la vida está difícil, pero luego, cuando crees que la gente está alejada de Dios, te das cuenta que no es así, que tienen un claro sentimiento espiritual de mejorar. Todo eso es como el aceite, que va inundándolo todo poco a poco. Por eso no soy pesimista: no soy de los que piensan que el mundo va a peor. El mundo va a ir mejor; es como una revolución silen­ciosa de cuyas consecuencias nos iremos dando cuenta con el paso del tiempo.

Y usted, ¿qué le ha dado al Opus Dei?

Le doy muy poco para lo que me da. Yo procuro ayudar en las obras apostólicas, pero lo hago casi sin esfuerzo porque estoy convencido de que hay que hacer algo –más bien diría mucho–, y es bueno que te tiren de la cuerda, que te exijan. Ahora, con mi edad, con el cansancio de mucha vida vivida, me hace joven y me ilusiona pensar que soy útil, que sirves para algo. Después lo piensas, y te das cuenta que no haces nada, y sin embargo, por poco que haces, silo haces por amor de Dios, se convierte en algo grande. En conclusión, colaboro lo que puedo, pero me quedo corto

El proceso de beatificación de Monseñor Escrivá de Balaguer está iniciado desde el año mil novecientos ochenta y uno ¿usted acude a su intercesión, le reza?

Yo acudo a través de la oración para la devoción privada que hay impresa en una estampita que ha editado la Vicepostu­lación de su causa de beatificación. Ahora le tengo encomendada una cosa importante y tengo seguridad de que la voy a tener pron­to. Me ilusiona saber que tengo alguien, allá arriba, que puede interceder por los matices humanos y espirituales del hombre. Las cosas de los negocios no las mezclo. Me interesa más bien pedirle por mi vida de dentro y por lo que a uno le queda en esta vida.

Me ayuda a acudir a el las cartas suyas que conservo. Soy detallista y tengo la costumbre de felicitar a los amigos Hace anos se me ocurrió mandarle una carta y cual seria mi sorpresa cuando recibí muy pronta contestación Al año siguiente dude en escribirle, para no forzarle a que me contestara pero a la vez pense que tal vez consideraría que me había olvidado De modo que desde entonces siempre me escribió, y en cada caso iba su consejo. Después, cuando murió, he seguido esa costumbre con su sucesor, Monseñor Alvaro de Portillo cuando nos hemos visto, siempre me decía tocayo, que también ha continuado acordándose de mí y me envía unas líneas, Eso me da mucha alegría; siento el tiempo que le puedo hacer perder, pero es un gran detalle y un ejemplo maravilloso.

Con temple

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En noviembre de 1972, Antonio Bienvenida -miembro Supernumerario del Opus Dei- sufre la cornada de un toro. Es una de las muchas faenas que rubricó con sangre en su buen hacer de maestro. El Padre anda entonces por España y se interesa vivamente por el torero. Llama a un amigo de Antonio y le insiste:

-«Dile que tenga cuidado, que me he enterado del percance que ha sufrido, y que se cuide»(36)

Antonio lo sabe y, cuando se restablece un poco, va con su mujer a Pozoalbero, la Casa de Retiros de Jerez de la Frontera, para dar las gracias a Monseñor Escrivá de Balaguer. Le lleva, bien puesta en un marco, la mejor fotografía de uno de sus lances: un momento muy arriesgado y muy torero.

Nada más conocer su llegada, el Padre les recibe y les invita a almorzar. Durante la comida, Antonio cuenta anécdotas de toros, situaciones difíciles y brillantes, miedo y triunfo: las dos caras del peligro. La conversación se acompaña de lances figurados, y le explica los sentimientos artísticos que le animan cuando está sobre el albero de la plaza: eso que los taurinos llaman torear con temple, porque, como es un momento de arte que se va, quieren hacerlo muy despacio para retenerlo el mayor tiempo posible (37).

Sin duda, por la mente del torero desfilan momentos de aquel toreo suyo tan puro, tan de verdad. Y el dolor que le ha causado, muchas veces, colocarse tan cerca de las astas. Se acuerda de un 18 de mayo de 1958 con la Monumental de las Ventas llena hasta la bandera: más de treinta mil aficionados. Un toro le cornea y la sangre sale a borbotones. Está a punto de morir. Tanto, que ha de plantearse seriamente el seguir con el oficio y el arte de una dinastía torera o cambiar de profesión.

Cuando recobra la salud, reaparece en la misma plaza, el 16 de mayo de 1959. Lleva un traje de luces idéntico al de la vez anterior. Brinda el toro, desde el centro, a todos cuantos le miran, en silencio absoluto, desde las gradas nuevamente abarrotadas. Y se lanza con más fuerza que nunca, con el mejor valor. Entre la arena y el cielo de Madrid, liga, esa tarde, la más formidable faena de su vida.

Algún tiempo después, el Padre explica ante una tertulia numerosa:

«Una vez, no os diré cuando, oí a un hijo mío al que quiero mucho -es un torero estupendo- que cuando está con el capote y viene el toro -un toro leal, majo, que hasta le da pena pensar que lo va a matar: él al toro, claro-, se recrea en la suerte, y hace despacio con el capote…».

Y aquí el Padre se marca una verónica… Y continúa, bromeando:

-«Yo no lo sé hacer. No he toreado en mi vida (…). Pues sí, recrearse, recrearse en la suerte, como un artista, ¡con amor!. Esto es también lo que hay que hacer con Dios Nuestro Señor»(38).

Este faenar entre lo divino y lo humano tal vez fuera lo que dio contenido a una conversación de Antonio Bienvenida, un día que regresaba de Valencia, junto a un conocido crítico de toros. Este tenía miedo al vuelo en avión, y Antonio bromeaba con ello. De pronto, se puso serio y dijo:

-«La muerte es lo más hermoso de la vida del hombre. A mí me acompaña constantemente. Me es familiar. La llevo dentro de mí como tú, como todos, pero yo la siento más cerca, a veces se palpa cuando se está delante del toro.

-¿Y no te aterra?

-No. Por dos razones muy poderosas: porque estoy acostumbrado a vencerla siempre, y porque tengo una gran fe en Dios, en que esto no se acaba… en que no puede acabarse

aquí… »(39)

En otra ocasión, comentaba:

«El último toro que pienso lidiar -si Dios quiere lo mejor posible- es el de la muerte, a la que estoy acostumbrado a tratar. Quisiera darle una lidia alegre y… templada. Despacio, lo más despacio que pueda, hasta que pueda llegar a poderla besar; a poderla besar con alegría. Por eso la fe es importantísima»(40)

Antonio morirá en una «tienta», de una cornada por la espalda que le da uno de los astados, en un momento de descuido. Es el año 1975 y sólo hace unos meses que se ha retirado definitivamente de las plazas. Ese mismo año ha fallecido el Fundador del Opus Dei. Tal vez no olvidó el torero, en sus momentos de agonía, el consejo afectuoso y sincero que recibía siempre, después de cada encuentro con Monseñor Escrivá de Balaguer: «que me cuidara mucho y que hiciera todo con mucho temple»(41)

En olor de multitud, como en las tardes de triunfo, fue llevado a hombros por la Plaza de las Ventas. Dijeron los comentaristas que se había cerrado un capítulo importante. Lo que ignoraban era que, montera en mano, el espíritu de Antonio brindaba su mejor lance al Dios que ha pintado el color de los alberos. Tal y como le dijo el Padre que había que hacer a lo largo de su oficio: despacio, sonriendo, sin miedo.

Andalucía: tierra de María Santísima

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 6 de noviembre, en la atardecida jerezana, llega el Padre a Pozoalbero. Comienzan ya los primeros ruidos de la noche: los pájaros agotan sus energías avalados por el silencio campero. Pozoalbero, nombre de arena al sol y de agua fresca, va a ser el escenario de su cita con Andalucía. Porque hasta aquí llegarán, a lo largo de siete jornadas, gentes de Córdoba, Sevilla, Huelva y Cádiz. Todos con su equipaje de alegría; con su guitarra y sus palmas, capaces de convertir el aire en danza.

La verdad es que Andalucía se ha sacado de la manga un sol brillante para recibir al Fundador, después de unos días de lluvia torrencial que han llegado a preocupar a los organizadores de las reuniones.

Como salón de actos, se habilita un patio del viejo lagar. Al fondo se ha colgado un repostero con el escudo de la casa. Y alrededor, un lema: «Siempre fieles, siempre alegres, con alma y con calma». Es el brindis que hiciera el Padre, el 2 de octubre de 1968, en el cuarenta aniversario de la Obra. Cuando lo vea, comentará con gracia:

-«Desde luego, aquí no se puede decir nada: enseguida lo ponéis por las paredes» (31).

Tiene el lagar paredes encaladas y apliques de viejos azulejos. Los portones están pintados de verde; los muebles son oscuros, recios. Las esteras de esparto esparcen un olor áspero y fuerte.

Más de dos mil personas llenarán el recinto, cada uno de los siete días que el Padre permanece en Pozoalbero. Pero el número no importa. Según reza una vieja letra de la tierra, «están los cabales», aunque apenas quepa un alfiler dentro de la nave.

-«Vamos a tener una conversación, una especie de tertulia andaluza. Como si estuviéramos sólo veinte personas»(32).

Un Cooperador le cuenta que ha perdido a su mujer y a un hijo, en un accidente:

-«Vengo por si veo una chispita de luz donde agarrarme».

-«Mira, el Señor nos quiere con locura. Se llevó a los tuyos porque estaban maduros para el Cielo. Para ti es un golpe grande, y lo comprendo. Yo tengo corazón y también lloro, cuando pierdo a las personas queridas».

El Padre explica que se encara con el Señor en estos casos. «Pero no ofendiéndole. Son palabras de amor. Le digo: ¿por qué te llevas a éstos, que hubieran podido servirte, que hubieran sido tan útiles a otras almas? Y, al final, bajo la cabeza: Tú sabes más que yo. Y añado: hágase, cúmplase… »(33).

El Hermano Mayor de una cofradía de Sevilla le trae una imagen de la Macarena en nombre de todos sus cofrades. El Padre la contempla un rato, habla de su belleza y la besa con enorme cariño…

Y luego decide ponerla, bien visible, en algún lugar donde se la pueda rezar mucho…

Se acelera el diálogo y las preguntas parten del auditorio rápidas como saetas: la paz, el miedo, el dolor, la felicidad. Y la cotidianeidad de las pequeñas grandes cosas: el dinero, la faena de cada día, el amor de cada minuto…

Como escribiría más tarde José María Pemán las respuestas del Padre «parecen dichas desde una torre de varios pisos superpuestos. En el bajo, la gracia humana: la anécdota o el comentario que mueve a esa oración de los sencillos que es la risa. Enseguida el piso central: que es la gracia poética, que expende emoción, que sugestiona tanto como persuade. Pero lo que exige el Padre Escrivá a sus primeras gracias subalternas es que anticipen el aire de familia de la última, que espera en la azotea y que es la Gracia de
Dios» (34)

Aquí, como en todas partes, el Padre vuelve a darse sin poner ninguna barrera, con alegría, con alma. Fuera, el albero relumbra y pasa de «soleares» a «bulerías» según el bordón que toca, con cada uno de los temas, la ascética del Padre.

Cuando abandone Pozoalbero, las gentes sencillas de la tierra guardarán entre geranios y jazmines su memoria. El recuerdo de un sacerdote que les hablaba directamente al corazón.

Como don Juan Mateos, cura jerezano de ochenta años de edad y que cree no servir ya para casi nada…

-«Dios está muy contento de ti, y nosotros estamos orgullosos de ti, tenemos el orgullo de tu vocación. Dios te guarde muchos años en la tierra para rezar (…), para decir tu Misa sin prisa, para rezar tu Breviario sin prisa. Y, cuando no lo puedas rezar, no lo reces: reza el Rosario, ¿está claro? ¡Dos besos te doy con toda mi alma!… ».

Ha terminado una tertulia y María, la mujer de Ignacio, el gitano «enchinaor», le dice a un sacerdote:

«Dígale al Padre que le deseo mucha “zalú” para que siga haciendo su Obra… ».

Y un matrimonio de campesinos de Vejer de la Frontera hace una síntesis indiscutible de su reunión con el Padre:

«Siguen siendo malas las cosas que siempre lo han sido, y buenas las que lo han sido siempre. Y, además, hay cosas mucho mejores».

Y fray Alejandro, lego Capuchino que viene desde Sanlúcar de Barrameda a Pozoalbero con una imagen de la Virgen para que se la bendiga el Padre porque quiere que reciba la bendición de un santo.

Los venteros de Casa Manolo, junto a la carretera, gitanos de raza, son interrogados por la policía, asombrada de la cantidad de gente que entra y sale de Pozoalbero. Y María Jesús y Manolín dicen, quitándose la palabra:

-«No se preocupen que en Pozoalbero, como siempre, sólo se habla de Dios »(35)

También visitará Sevilla y Cádiz. A las alumnas de Albaydar, Escuela de Secretariado y Decoración, y a los universitarios del Colegio Mayor Guadaira.

«Me he pasado la mayor parte de mi vida enseñando a santificar el trabajo. A los andaluces os han levantado una fama muy mala de que no trabajáis, y no es verdad. Aquí se trabaja, y se trabaja con salero, y con una sonrisa en los labios. ¡Bien! Lo hacéis muy bien todos… ».

Y a un estudiante que le interroga acerca de los que no quieren escuchar, por no complicarse la vida:

«El que no se complica la vida no es buen cristiano. Además, si él no lo hace voluntariamente, la vida misma se encargará de complicarle de todas maneras, y entonces será un desgraciado. Se sentirá cobarde, inútil, ineficaz, un peso muerto que tendrán que arrastrar los demás»(36)

Habla de las razones de justicia que exige el estudio profundo y serio:

«La sociedad (…) espera vuestros servicios: de médicos, de ingenieros, de abogados, de arquitectos… Es una labor que debéis realizar en favor de los demás ciudadanos, en justicia. Y resulta que ahora, a veces, se va a la universidad y no se estudia. ¿En qué quedamos? No parece muy razonable esta actitud»(37).

Le preguntan por el amor humano, por la sinceridad y la lealtad, por el trabajo… Y, en la tierra de María Santísima, por la devoción a la Virgen:

«Ya rezaréis para que también yo vuelva siempre a mi Madre, con el amor que la tenéis vosotros. He venido a Sevilla, una vez más, para aprender a amar a la Virgen. No vengo a enseñar: vengo siempre a aprender»(38).

En Cádiz, visitará a las monjas Carmelitas descalzas. Allí, junto a estos muros que levantara a golpe de fe la santa andariega de Castilla, el Padre viene a recabar oración que se transforme en fortaleza para la Obra de Dios. Y les ofrece, a cambio, el cariño y el agradecimiento de estos otros andariegos del mundo que se empeñan en amar y hacer amar a Jesucristo, en medio de la calle. El Fundador dice adiós a Andalucía. Aunque está muy entrado el otoño, la tierra sigue de gala y saca su mejor luz: es un alarde de blancos, verdes y azules en el paisaje sureño.


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