Un hogar para la Obra

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde que llegó a Madrid, doña Dolores Albás ve a su hijo mayor trajinando de un lado para otro, entre pobres y enfermos, dedicado a múltiples tareas y, especialmente, a la atención de muchachos jóvenes que siguen su dirección espiritual y empiezan a invadir hasta su propia casa. Siente alegría por lo que sabe que es una plena dedicación de Josemaría al sacerdocio, a las exigencias del amor de Dios. Pero, como madre, tiene la obligación -como diría frecuentemente el Fundador años después, refiriéndose también a otras madres y a otras circunstancias- de mirar «de tejas abajo». Y, más de una vez, le comunica su inquietud:

«¿Por qué no haces oposiciones a cátedra?»

Sabe doña Dolores que su hijo tiene capacidad y formación para sacar adelante un alto empeño intelectual. Otras veces, plantea el mismo tema recordándole amistades que pueden allanarle un camino brillante. El propio don Josemaría lo contará en varias ocasiones:

-«Y un obispo de mi familia, que después sería mártir, le decía: Lola, ¿cómo no viene a verme tu hijo? (…). Ella insistía: se te está pasando el tiempo»(1).

Don Cruz Laplana, que ha sido consagrado Obispo de Cuenca, es pariente de doña Dolores. Tiene el título de Maestrante de Zaragoza y fama de hombre santo.

Don Josemaría oye los consejos de su madre con cariño. Pero responde siempre con evasivas: juzga que no ha llegado el momento de explicar a su familia lo que Dios quiere de él. Doña Dolores sigue siendo testigo de la vida de oración, de expiación, de intenso trabajo de su hijo mayor, y le ayuda con su aliento. Su hermano Santiago, jugando por la casa, un día encuentra un instrumento de penitencia en la habitación de Josemaría: lo coge con extrañeza y acude a preguntar a su madre:

-«Fíjate lo que le he “pescado” a Josemaría.

-Déjalo donde estaba.

-¿Y qué es?

-Un cilicio»(2).

Ella conoce las mortificaciones, a veces tremendas, a que se somete su hijo. Y, a través de tantos indicios, llega a intuir que Dios pide a Josemaría un género de entrega que tiene poco que ver con el afán de ascensos en la carrera eclesiástica o en cualquier otra. Por eso, el empeño de doña Dolores se volcará, sin vacilación, sin un desmayo, en secundar la Voluntad de Dios sobre su hijo. Esta dedicación será poco llamativa, pero de tal eficacia que va a convertirse en un factor muy importante para la realidad del Opus Dei.

Martínez Campos 4 será, durante algún tiempo, un lugar de reuniones para los primeros miembros de la Obra. La Abuela, como cariñosamente la llamarán todos de ahora en adelante, agrandará su corazón hasta hacerlo doblemente maternal; tendrá mil muestras de cariño con los que empiezan a seguir de cerca el espíritu del Opus Dei. Les recibe siempre, en su hogar, como a nuevos hijos.

Entre el grupo de muchachos que llega a casa de doña Dolores, algunos pertenecen ya a la Obra. Vienen acompañados de amigos que aumentan poco a poco. El Padre se reúne con ellos y habla de cuanto puede interesarles. La tertulia es tan cordial, tan humana y atractiva, que a ninguno le resulta ajeno el futuro que el Padre extiende ante sus ojos: dispersarse por todas las actividades humanas para poner a Cristo en la cumbre, ganar el mundo entero para ponerlo a sus pies, santificando todas las profesiones y oficios.

Este joven sacerdote, desconocido, sin recursos económicos, les habla de los medios para lograrlo: seguir la Voluntad de Dios, rezar con fe, trabajar seriamente en la propia profesión y ser capaz de sacrificar todo en servicio de los demás.

Y la transparencia de su actitud y de su alma son tales, que ninguno de aquellos hombres que le escuchan duda de que todo se realizará, porque Dios, efectivamente, así lo quiere.

Pero el tono de estas reuniones dista mucho de tener características de plática o sermón vespertino. Todo transcurre en una amable espontaneidad llena a rebosar de proyectos, de seriedad humana y de alegría. Muchas veces, les invita a merendar. Los ingresos de la familia Escrivá de Balaguer son limitados. La casa no es lujosa; pero la distinción humana de sus ocupantes otorga categoría a hechos sencillos. Jamás doña Dolores tendrá un gesto impaciente, ante la llegada habitual de estos chicos que inundan su casa y su intimidad. Había dado mucho, continuaba dando y estaba dispuesta a darse del todo. Sacrificará, incluso, alguno de los gustos que pudiera haber reservado para su hijo pequeño, en función de otros hijos que, no lo dudó nunca, Dios enviaba junto a la palabra y el corazón del Padre.

Cuando Santiago llega del colegio -estudia entonces en los Maristas-, irá a buscar su merienda. Y se queja al descubrir, más de una vez, que las golosinas que él prefiere desaparecen antes de tiempo.

«¡Los chicos de Josemaría se lo comen todo …!»(3).

Este comentario llegó a ser tan conocido que, años más tarde, se confeccionará un        “exlibris” para regalárselo a Santiago. Es un dibujo, con dos manos grandes, abiertas, que dejan caer generosamente un panecillo. Otras manos esperan, en muda aceptación. La leyenda repite aquella protesta infantil: «¡Los chicos de Josemaría se lo comen todo!».

En la casa de Martínez Campos, utilizan una habitación que tiene balcón a la calle, en el segundo piso. Aquí acostumbran a leer, antes de despedirse, un breve comentario sobre textos evangélicos. El Padre coge un misal, lo abre por la Misa del día, y cita una frase. Luego hace una reflexión corta: una brevísima pauta que han de llevarse dentro del corazón. Esta voz les dará fuerzas para mantener a Dios muy cerca en medio de la calle. Y sienten, en verdad, como si Jesucristo, Dios entre los hombres, hubiera venido nuevamente a esta reunión que empieza y termina en su nombre.

Este cuarto está presidido por un pequeño cuadro de la Virgen con el Niño. El dibujo es de tonos cálidos, acogedores. Esta representación va a sobrevivir a todos los avatares históricos que se avecinan. Un día lejano llegará a Roma, cuando la Sede Central del Opus Dei se enclave en la Ciudad Eterna, y ocupará el retablo del oratorio de «Sancta Maria Stella Orientis». En el Acta de Consagración del altar de este oratorio, redactada en latín y fechada el 3 de enero de 1959, se cuenta brevemente su historia. Ella, que protegió los pasos de los primeros de la Obra, conducirá a buen puerto la expansión por tierras del Este de Europa y por las inmensas latitudes del continente asiático. Es la sed de Dios que desbordaba el corazón del Fundador en aquel pequeño piso de una calle madrileña, y que ha logrado ya abrazar el mundo.

Entre los pobres y enfermos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Las obligaciones de Escrivá en la iglesia de San Miguel –limitadas a decir Misa diariamente– satisfacían muy poco su celo sacerdotal. Un mes después de trasladarse a la residencia de sacerdotes, la fundadora de las Damas Apostólicas, Luz Rodríguez Casanova, le pidió que fuera el capellán del Patronato de Enfermos, abierto por esta comunidad. Escrivá aceptó feliz el ofrecimiento. Sin embargo necesitaba el permiso del obispo de Madrid para poder decir Misa, predicar u oir confesiones fuera de la iglesia de San Miguel. Gracias a la fundadora, que disfrutaba de excelentes relaciones con el obispo Eijo y Garay, Escrivá pudo obtener el permiso requerido. No obstante, el obispo estaba tan decidido a reducir el número de sacerdotes de otras diócesis en Madrid, que sólo lo concedió durante un año. Escrivá tendría que pedir cada cierto tiempo renovar sus licencias eclesiásticas para administrar los sacramentos y predicar en Madrid, además de solicitar la renovación de licencias en su diócesis de Zaragoza.

Los deberes oficiales de Escrivá como capellán del Patronato de Enfermos se limitaban a decir Misa y oficiar los demás actos que se celebraban en la iglesia, pero pronto empezó a ayudar a las Damas Apostólicas de otros modos. El Patronato de Enfermos intentaba remediar alguna de las deficiencias de la sanidad de entonces. Prácticamente no existía la sanidad pública. Había algunos hospitales del Estado, pero no estaban a la altura de los más modernos, equipados con material técnico y personal áltamente cualificado. Eran casi barracones para los indigentes moribundos, que no tenían otro sitio a donde ir. Nadie que pudiera pagar una clínica privada acudía a un hospital público. Y sólo los muy afortunados de entre los pobres eran admitidos en ellos. El escaso número de camas hacía que a menudo los pobres simplemente se quedaran sufriendo en sus chabolas. El Patronato tenía una enfermería con veinte camas y una clínica móvil.

Las Damas Apostólicas también atendían unas 60 escuelas para niños pobres en los suburbios y otras zonas de clase obrera de Madrid. Allí, 14.000 estudiantes recibían educación primaria y aprendían los rudimentos de la religión. Las Damas Apostólicas también habían levantado seis capillas en las afueras de Madrid, en barrios donde los inmigrantes de las provincias vivían sin nada, casi siempre en chabolas hechas por ellos mismos. Sin embargo, ninguna de estas capillas tenía un capellán fijo.

Escrivá pronto se involucró en muchas de estas actividades. Oía confesiones, enseñaba el catecismo, administraba los sacramentos a los enfermos en sus casas y cada año preparaba a cerca de 4.000 niños para su primera comunión.

Escrivá obtuvo lecciones para su vida interior de su contacto con los niños. Considerando las tareas que Dios le estaba encomendando, pero que todavía no veía con claridad, concluyó que su fuerza debía proceder de su indigencia. Él tenía “nada y menos que nada”[1], decía, pero, con la oración, todo saldría como Dios quería. La vida de infancia espiritual, dijo en una ocasión, “se me metió en el corazón tratando a los niños. Aprendí de ellos, de su sencillez, de su inocencia, de su candor, de contemplar que pedían la luna y había que dársela. Y yo tenía que pedirle a Dios la luna: ¡Dios mío, la luna!”[2]

La parte más exigente y agotadora del trabajo de Escrivá para el Patronato eran las visitas a los enfermos en sus casas, para oír confesiones, llevarles la comunión y administrarles el sacramento de la extremaunción. Las Damas Apostólicas estaban en contacto con miles de personas de condición humilde y recibían numerosas peticiones – a veces de la propia persona, y a veces de un pariente – para que un sacerdote llevara los sacramentos al enfermo. En aquellos tiempos sólo se llevaba la comunión a los moribundos. Las Damas Apostólicas obtuvieron permiso del obispo para llevarla a cualquier enfermo que lo pidiera, si el párroco del lugar estaba de acuerdo.

Gran parte de esta carga recayó en Escrivá. Viajaba de un extremo a otro de la ciudad, normalmente a pie o en tranvía, para ejercer su ministerio entre los enfermos de los barrios más pobres. Gracias a sus modales educados, pero sobre todo a su intensa oración y sacrificio, el joven sacerdote tenía un don especial para hacer que gente largo tiempo separada de la Iglesia se reconciliara con Dios en el lecho de muerte. En sus notas personales, por ejemplo, describía el siguiente caso: “Llegué a casa del enfermo. Con mi santa y apostólica desvergüenza, envié fuera a la mujer y me quedé a solas con el pobre hombre. ‘Padre, esas señoras del Patronato son unas latosas, impertinentes. Sobre todo una de ellas’… (lo decía por Pilar, ¡que es canonizable!). Tiene Vd. razón, le dije. Y callé, para que siguiera hablando el enfermo. ‘Me ha dicho que me confiese…, porque me muero: ¡me moriré, pero no me confieso!’. Entonces yo: hasta ahora no le he hablado de confesión, pero, dígame: ¿por qué no quiere confesarse? ‘A los diecisiete años hice juramento de no confesarme y lo he cumplido’. Así dijo. Y me dijo también que ni al casarse —tenía unos cincuenta años el hombre— se había confesado… Al cuarto de hora escaso de hablar todo esto, lloraba confesándose”.[3]

Una de las religiosas que trabajaban en el Patronato en aquel tiempo recordaba más tarde: “Cuando teníamos un enfermo difícil, que se resistía a recibir los sacramentos, que se nos iba a morir lejos de la Gracia, se lo confiábamos a don Josemaría en la seguridad de que estaría atendido y que, en la mayoría de los casos, se ganaría su voluntad y le abriría las puertas del Cielo. No recuerdo un solo caso en el que fracasáramos en nuestro intento”[4].

Algunos años antes de su muerte, Escrivá rezaba en voz alta, trayendo a la memoria esta etapa de su vida: “Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios… Fueron muchas horas en aquella labor, pero siento que no hayan sido más”[5]

El celo apostólico de Escrivá no se limitaba a los pobres y enfermos. Estaba ansioso de extender el fuego de Cristo a todo el mundo, incluyendo los miembros de algunas familias aristocráticas que conoció. Las palabras de Cristo “Fuego he venido a traer a la tierra, y qué quiero sino que arda” (Lc 12:49) se desbordaban a menudo de su corazón en forma de canción.

Extender el fuego del amor de Cristo en el mundo. Ciertamente, esto era una parte de lo que Dios le estaba pidiendo desde su adolescencia, y Escrivá continuaba respondiendo a esa llamada divina con las palabras del profeta Samuel, “Aquí estoy, porque me has llamado” (1Sm 3:5). Uno de sus apuntes resume mucha de su oración mientras estuvo en Madrid en 1927 y 1928: “Fac, ut sit” (“Hazlo, haz que sea”)[6]. En respuesta a estas ardientes peticiones, recibía de Dios inspiraciones en forma de palabras oídas en su oración. Escrivá procuró meditar sobre ellas, y ponerlas en práctica. No obstante, seguían siendo oscuras y fragmentarias, acercamientos a ese “algo” todavía indefinido que Dios quería de él.

[1] José Luis Illanes. ob. cit. p. 75

[2] Ana Sastre. TIEMPO DE CAMINAR. Ediciones Rialp. Madrid 1989. p. 84

[3] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 283

[4] Testimonio de Asunción Muñoz González. UN HOMBRE DE DIOS. TESTIMONIOS SOBRE EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Ediciones Palabra. Madrid 1994. p. 373

[5] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 280

[6] ibid. p. 286


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