Homilía del Papa Juan Pablo II en la canonización de Josemaría Escrivá

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Homilía del santo padre Juan Pablo II en la misa de canonización del beato Josemaría Escrivá de Balaguer. “Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica” ha dicho el Papa a los asistentes de más de 80 países presentes en la Plaza de San Pedro.

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1. “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8,14). Estas palabras del apóstol Pablo que acaban de resonar en nuestra asamblea, nos ayudan a comprender mejor el significativo mensaje de la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, que celebramos hoy. Él se dejó guiar dócilmente por el Espíritu, convencido de que sólo así se puede cumplir plenamente la voluntad de Dios.

Esta verdad cristiana fundamental era un tema recurrente de su predicación. En efecto, no dejaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para hacer que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios y la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia “santa y llena de Dios”. “A ese Dios invisible —escribió—, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales” (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 114).

También hoy esta enseñanza suya es actual y urgente. El creyente, en virtud del bautismo, que lo incorpora a Cristo, está llamado a entablar con el Señor una relación ininterrumpida y vital.

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2. “Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase” (Gn 2, 15). El libro del Génesis, como hemos escuchado en la primera lectura, nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la ‘labrase’ y ‘cuidase’. Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana.

“La vida habitual de un cristiano que tiene fe – solía afirmar Josemaría Escrivá -, cuando trabaja o descansa, cuando reza o cuando duerme, en todo momento, es una vida en la que Dios siempre está presente” (Meditaciones, 3 de marzo de 1954). Esta visión sobrenatural de la existencia abre un horizonte extraordinariamente rico de perspectivas salvíficas, porque, también en el contexto sólo aparentemente monótono del normal acontecer terreno, Dios se hace cercano a nosotros y nosotros podemos cooperar a su plan de salvación. Por tanto, se comprende más fácilmente, lo que afirma el concilio Vaticano II, esto es, que “el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la construcción del mundo [...], sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber” (Gaudium et spes, 34).

3. Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el santo fundador os indica, queridos hermanos y hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior.

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Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis “sal de la tierra” (cf. Mt 5, 13) y brillará “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt., 5, 16).

4. Ciertamente, no faltan incomprensiones y dificultades para quien intenta servir con fidelidad la causa del Evangelio. El Señor purifica y modela con la fuerza misteriosa de la Cruz a cuantos llama a seguirlo; pero en la Cruz – repetía el nuevo Santo – encontramos luz, paz y gozo: Lux in Cruce, requies in Cruce, gaudium in Cruce!

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Desde que el 7 de agosto de 1931, durante la celebración de la santa misa, resonaron en su alma las palabras de Jesús: “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32), Josemaría Escrivá comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda realidad humana, y sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes. Acogió entonces sin vacilar la invitación hecha por Jesús al apóstol Pedro y que hace poco ha resonado en esta plaza: “Duc in altum!”. Lo transmitió a toda su familia espiritual, para que ofreciese a la Iglesia una aportación válida de comunión y servicio apostólico. Esta invitación se extiende hoy a todos nosotros. “Rema mar adentro – nos dice el divino Maestro – y echad las redes para la pesca” (Lc 5, 4).

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5. Pero para cumplir una misión tan ardua hace falta un incesante crecimiento interior alimentado por la oración. San Josemaría fue un maestro en la práctica de la oración, que consideraba una extraordinaria “arma” para redimir el mundo. Aconsejaba siempre: “Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en «tercer lugar», acción” (Camino, 82). No es una paradoja, sino una verdad perenne: la fecundidad del apostolado reside, ante todo, en la oración y en una vida sacramental intensa y constante. Éste es, en el fondo, el secreto de la santidad y del verdadero éxito de los santos.

Que el Señor os ayude, queridísimos hermanos y hermanas, a acoger esta exigente herencia ascética y evangelizadora. Os sostenga María, a quien el santo fundador invocaba como Spes nostra, Sedes Sapientiae, Ancilla Domini.

Que la Virgen haga de cada uno un testigo auténtico del Evangelio, dispuesto a dar en todo lugar una generosa contribución a la construcción del reino de Cristo. Que nos estimulen el ejemplo y las enseñanzas de san Josemaría para que, al final de nuestro peregrinar terreno, participemos también nosotros en la herencia bienaventurada del cielo. Allí, juntamente con los ángeles y con todos los santos, contemplaremos el rostro de Dios, y cantaremos su gloria por toda la eternidad.

Un signo de esperanza

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Las fiestas litúrgicas son mucho más que piadosos ejercicios de la memoria. Cada vez que celebra una fiesta, la Iglesia vive de nuevo un acontecimiento, e invita a los fieles a repetir la experiencia original de los primeros protagonistas del evento. Y es que «Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y por los siglos» (Heb 13, 8).

Pensemos en la solemnidad de Pentecostés. La escena que narran los Hechos de los Apóstoles tiene perenne actualidad. Cada uno de nosotros comprende en su propio idioma el anuncio de la salvación. Nos sentimos unidos a todos los cristianos, con un vínculo más fuerte que cualquier posible diferencia. Palpita intacta en la Iglesia la fuerza que impulsó a los Apóstoles a llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Si sabemos escuchar y seguir la voz del Espíritu Santo, aquel viento impetuoso que sacudió los muros del Cenáculo no dejará nunca de soplar sobre el pueblo de Dios.

El sábado próximo, vigilia de la fiesta de Pentecostés, el Santo Padre presidirá un encuentro que se nos propone como signo tangible de la presencia viva del Espíritu Santo en la Iglesia. Alrededor del Papa, al término de su Congreso mundial, se reunirán representantes de los numerosos movimientos eclesiales suscitados a lo largo de estos años por el Espíritu, como confirmación de la inagotable fecundidad de la Esposa de Cristo. Estas realidades son un signo de esperanza para el presente y para el futuro. Alimentan nuestra esperanza su entrega a la labor de evangelización, su capacidad de difundir la fe en los más variados ambientes, la coherencia cristiana que promueven en todas partes, la alegría de tantos hombres y tantas mujeres que redescubren -gracias a su testimonio- la radicalidad de los compromisos bautismales. Como ha ocurrido en todas las etapas de la vida de la Iglesia, ya desde sus primeros pasos, los movimientos son hoy expresión viva de la acción del Espíritu Santo en el mundo. Su presencia redunda en beneficio de todos, porque todos encontramos consuelo y estímulo en el buen ejemplo que nos ofrecen los hermanos que saben tomarse en serio la vocación cristiana.

El sábado por la tarde, en la Plaza de San Pedro, la Iglesia ofrecerá un nuevo signo de su propia vitalidad: con el Papa, en unión con los Pastores y con todos los fieles, resultará patente el impulso sobrenatural de Aquel que es Señor y da la vida.

La Prelatura del Opus Dei en cuanto tal, por su estructura, no forma parte de los movimientos; y por eso no ha participado en el Congreso ni estará representada en el encuentro final. Sin embargo, todos los fieles de la Prelatura se sienten, con toda la Iglesia, muy próximos a los movimientos. Algunos de ellos han tenido además ocasión de colaborar en la organización de estas jornadas; otros estarán presentes en la celebración, por diversos títulos; y todos rezaremos por sus frutos espirituales y apostólicos, recordando la invitación del Beato Josemaría: «Pide a Dios que en la Iglesia Santa, nuestra Madre, los corazones de todos, como en la primitiva cristiandad, sean un mismo corazón, para que hasta el final de los siglos se cumplan de verdad las palabras de la Escritura: “multitudinis autem credentium erat cor unum et anima una” -la multitud de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma- (Forja, n. 632). Unidad de oración, unidad de intenciones, unidad de afectos: la esperanza de Pentecostés.


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