Santidad sacerdotal y vida de penitencia

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El seguimiento y la identificación con Jesucristo requieren, junto a la oración, aquel tomar sobre sí la Cruz cada día 34 , la voluntaria participación en el misterio de la Cruz redentora. Concretamente, «El sacerdote —con palabras de Pío XII— debe tratar de reproducir en su alma todo lo que ocurre sobre el altar. Así como Jesucristo se inmola a sí mismo, su ministro debe inmolarse con El; así como Jesús expía los pecados de los hombres, también él, siguiendo el arduo camino de la ascética cristiana, debe trabajar por la propia y por la ajena purificación» 35 . El sacerdote ha de ser hombre penitente, y perseverantemente penitente, no sólo mortificado; ha de expiar, en unión con la Cruz de Cristo, los propios pecados y los de todo el mundo; ha de poder decir con San Pablo sufro en mi carne lo que falta a la Cruz de Cristo, por su Cuerpo, que es la Iglesia 36.

El Fundador del Opus Dei no sólo aceptó con alegría la Cruz, en la enfermedad, en la persecución, en todo género de dificultades externas y en las purificaciones interiores que Dios le hizo atravesar, sino que además la buscó, con el profundo convencimiento de que encontrar la Cruz es encontrar a Cristo. Así se expresaba, con palabras de singular altura teológica y mística, en una meditación, el 28 de abril de 1963, rememorando momentos especialmente duros de hacía más de treinta años: «Cuando el Señor me daba aquellos golpes, allá por el año treinta y uno, yo no lo entendía. Y de pronto, en medio de aquella amargura tan grande, esas palabras: Tú eres mi hijo (Ps. II, 7), tú eres Cristo. Y yo sólo sabía repetir: Abba, Pater!; Abba, Pater!, Abba!, Abba!, Abba! Y ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento: como se ve, al pasar los años, la mano del Señor, de la Sabiduría divina, del Todopoderoso. Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón —lo veo con más claridad que nunca— es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios» 37.

La vida penitente de Mons. Escrivá de Balaguer estuvo constituida, sobre todo, por un constante negarse a sí mismo en las mil incidencias de la vida ordinaria, pero también con una fuerte penitencia corporal. Entre tantas otras manifestaciones de esa unión suya con la Cruz de Jesucristo, podría detenerme, por ejemplo, en los años en que, a causa de la guerra civil española, las incomodidades y carencias de todo tipo eran tales que cualquier persona, incluso muy mortificada, habría considerado suficiente soportarlas ofreciéndolas a Dios. Mons. Escrivá de Balaguer, en cambio, respondiendo a los requerimientos amorosos del Señor, vio que todo eso no era suficiente para seguir su llamada y que debía hacer más. Lo pude comprobar personalmente, sobre todo en los meses que pasé con él en la Legación de Honduras en Madrid: todos los que allí estábamos refugiados padecíamos verdadera hambre, pero él sabía prescindir, con naturalidad, incluso de lo poco que había, practicando un ayuno muy riguroso, como hizo durante otras muchas épocas de su vida. Por ejemplo, después de su muerte he podido leer una anotación suya del 22 de junio de 1933, dirigida a su confesor, en la que le manifestaba los propósitos de penitencia que había formulado durante unos recientes días de retiro espiritual. Estas son sus palabras exactas: «Me pide el Señor indudablemente, Padre, que arrecie en la penitencia. Cuando le soy fiel en este punto, parece que la Obra toma nuevos impulsos». Y detalla, a continuación, los propósitos concretos: «Disciplinas: lunes, miércoles y viernes: más otra extraordinaria en las vísperas de fiesta del Señor o de la Ssma. Virgen: otra semanal extraordinaria, en petición o en acción de gracias.

Cilicios: dos cada día, hasta la hora de comer: hasta la cena, uno: Martes, el de cintura, y viernes el del hombro, como hasta ahora.

Sueño: en el suelo, si es de tarima, o sin colchón en la cama, martes, jueves, sábados.

Ayuno: los sábados, tomando solamente lo que me den para desayunar» 38

No se trata necesariamente de seguir un determinado camino de penitencia, pero es necesario afirmar que la identificación con Cristo y, por tanto, la eficacia en el ministerio sacerdotal, requieren una fuerte experiencia de la Cruz en la propia carne y en el propio espíritu. Y esto, más aún en nuestros días, más aún para la nueva evangelización de un mundo en gran parte sumergido en el hedonismo. Sólo a la luz de la fe, tiene todo esto sentido: a la luz de la fe en el misterio de la Redención, en el misterio del Hijo de Dios, hecho obediente hasta la muerte y muerte de Cruz 39.

Epílogo

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La inspiración que recibió Escrivá el 14 de febrero de 1943 le ayudó a encontrar una solución temporal a la necesidad de tener sacerdotes al servicio del Opus Dei. Una parte de la Obra, compuesta por sacerdotes y laicos que se preparaban para la ordenación, formaría una sociedad de vida común sin votos que sería conocida como la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. El Opus Dei era algo bien distinto de lo que comúnmente se entendía por sociedades de vida común. Por un lado, una sociedad de vida común no tiene a la vez miembros varones y mujeres. En cualquier caso, el Código de Derecho Canónico establecía expresamente que los miembros de estas sociedades de vida común no eran religiosos. Por eso, el uso de esta vía para el objetivo concreto de ordenar sacerdotes no era incompatible con el carácter del Opus Dei ni con la llamada divina que recibían sus miembros.

En octubre de 1943, la Santa Sede concedió el nihil obstat a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, y el 8 de diciembre de ese mismo año la erigió el obispo de Madrid. Seis meses después, el 25 de junio de 1944, fueron ordenados los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Los tres eran ingenieros. Del Portillo continuó siendo el colaborador más estrecho de Escrivá y sería después su primer sucesor al frente de la Obra. Hernández de Garnica contribuyó decisivamente al desarrollo del Opus Dei en Alemania y Europa Central. Múzquiz fue el primer sacerdote de la Obra que marchó a los Estados Unidos de América. En 1946, otros seis fieles del Opus Dei fueron ordenados sacerdotes, y desde entonces se han sucedido las ordenaciones ininterrumpidamente. Actualmente, pertenecen a la Obra más de 80.000 personas, de las que alrededor de 1800 son sacerdotes. La ventaja de tener presbíteros que conocieran bien el espíritu del Opus Dei y lo incorporaran a sus vidas fue determinante para el desarrollo de la Obra. En 1946, había unos 250 hombres y 30 mujeres.

La Segunda Guerra Mundial retrasó la expansión a otros países. Sólo unos pocos miembros de la Obra estudiaron en Italia en los primeros años de la década de 1940. El fin de las hostilidades en Europa permitió que comenzara la largamente deseada expansión internacional. Además de en España, a final de 1946 ya había gente del Opus Dei en Portugal, Italia y Gran Bretaña. En 1947 se empezó en Irlanda y Francia.

El crecimiento de la Obra en España y en otras partes puso de manifiesto la insuficiencia de la figura de la pía unión, aprobada por el obispo de Madrid. Si el Opus Dei seguía en su desarrollo, era precisa una aprobación de la Santa Sede. Además, la experiencia dejaba clara la necesidad de una situación canónica más acorde con el carácter laical y secular de la Obra.

En 1945, Escrivá envió a del Portillo a Roma para solicitar esa aprobación. En 1946 fue el mismo Escrivá quien se trasladó y ya permaneció allí hasta su muerte en 1975. En 1947, el Papa Pío XII aprobó el Opus Dei como instituto secular, una nueva figura canónica en la Iglesia. Y tres años más tarde le dio la aprobación definitiva. Se trataba de un nuevo traje jurídico que todavía no encajaba a la medida, pero que por el momento servía.

El 2 de octubre de 1928 Escrivá también vio a los casados dentro del Opus Dei. Como poco desde 1940, a algunos hombres y mujeres casados les habló de que tenían vocación a la Obra, pero que debían esperar. Esta espera acabó cuando el Opus Dei recibió la aprobación de Pío XII. También esta aprobación hizo posible que los sacerdotes diocesanos pudieran formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en la que reciben ayuda para su vida espiritual sin dejar de pertenecer plenamente a su propia diócesis.

El nuevo estatus jurídico de la Obra como institución de derecho pontificio facilitó una nueva expansión internacional. En 1949 marcharon los primeros a Estados Unidos y México. Durante la década de 1950, el Opus Dei se estableció en Canadá y otros once países americanos, Alemania, Suiza, Austria, Holanda, Japón y Kenia.

En 1948 se erigió el Colegio Romano de la Santa Cruz, centro internacional de formación para los varones del Opus Dei. Y en 1952, el Colegio Romano de Santa María, para las mujeres. Estas dos instituciones permitieron que un buen número de miembros de la Obra recibieran formación espiritual y pastoral directamente de Escrivá, a la vez que obtenían la licenciatura o el doctorado en Filosofía, Teología, Derecho Canónico o Sagrada Escritura en alguna de las universidades pontificias de Roma. Muchos de los hombres y mujeres que empezarían la labor de la Obra por todo el mundo pasarían antes varios años en Roma. Y no sólo adquirirían allí un grado académico y un conocimiento más profundo del espíritu del Opus Dei, sino también la visión universal y el amor a la Iglesia y al Papa, que Escrivá deseaba para todos los miembros.

Desde 1950, fieles del Opus Dei en colaboración con otras personas pusieron en marcha una amplia gama de labores de apostolado corporativo que respondían a diversas necesidades generales o del lugar donde vivían. Estas iniciativas tienen un carácter muy variado y van desde una universidad a un centro de capacitación profesional para trabajadores del campo, desde una escuela secundaria a un dispensario médico en zonas deprimidas. A pesar de su diversidad, todas comparten algunos rasgos comunes: están abiertas a personas de todas las razas y religiones; les mueve el espíritu cristiano de servicio y de amor a la libertad; procuran educar en el trabajo bien hecho; y ofrecen a quienes lo desean la oportunidad de profundizar en su formación religiosa y espiritual.

Durante la década de 1960 la Obra continuó su expansión y se abrieron nuevos centros en Australia, Filipinas, Nigeria, Puerto Rico, Paraguay y Bélgica. Este crecimiento vino de la mano del Concilio Vaticano II, que eliminó cualquier duda sobre la ortodoxia del mensaje del Opus Dei. En la Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen gentium”, el Concilio hizo oficial en la Iglesia la doctrina sobre la llamada universal a la santidad, que muchos habían considerado sospechosa cuando Escrivá comenzó a predicarla en 1928.

El Concilio Vaticano II también abrió el camino para la creación de prelaturas personales, una nueva figura jurídica que se acomodaba perfectamente a las características pastorales del Opus Dei. En 1969, se reunió en Roma un congreso general especial para estudiar el cambio de estructura jurídica.

Escrivá falleció en Roma el 26 de junio de 1975. El congreso general electivo designó a del Portillo como su sucesor al frente del Opus Dei. Del Portillo aseguró a las 60.000 personas que formaban parte de la Obra en aquel momento que su labor como cabeza del Opus Dei era mantener la fidelidad al carisma fundacional y al espíritu entregado por Escrivá.

Del Portillo continuó con los trabajos del fundador para transformar al Opus Dei en prelatura personal. Los esfuerzos culminaron el 28 de noviembre de 1982, fecha en que el Papa Juan Pablo II erigió la Prelatura Personal de la Santa Cruz y Opus Dei y nombró prelado a del Portillo. En 1991 le ordenó obispo.

Un año más tarde, el 17 de mayo de 1992, Juan Pablo II beatificó a Escrivá en la plaza de San Pedro ante más de 300.000 personas. En su homilía afirmó: “Con sobrenatural intuición, el beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación. En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para la gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. ‘Todas las cosas de la tierra –enseñaba-, también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios’ (…).

La actualidad y trascendencia de su mensaje espiritual, profundamente enraizado en el Evangelio, son evidentes, como lo muestra también la fecundidad con la que Dios ha bendecido la vida y la obra de Josemaría Escrivá (…)”[1].

[1] Beatificación de Josemaría Escrivá. Crónica y homilías. Ediciones Palabra. Madrid, 1992. pág. 19-20

Uno de los pioneros del Concilio

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El 9 de octubre de 1958 falleció Pío XII, y pocos días después, el 25 de octubre, fue elegido Papa Juan XXIII, que tuvo siempre gran afecto por Josemaría Escrivá y sus empeños apostólicos y evangelizadores. Afirmaba: Si me llamasen a declarar en los procesos de beatificación de Pío XII y de Juan XXIII, yo no tendría más remedio que hablar del grandísimo afecto que estos Romanos Pontífices —¡los dos!— tuvieron al Opus Dei. Me lo dijeron —uno y otro— expresamente, y considero un deber de conciencia que en el acta de la Historia conste la realidad de ese cariño.

Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II tres meses después de su elección. Pero el anciano pontífice no pudo ver los frutos del Concilio que inauguró en 1962, porque falleció tras celebrarse la primera sesión, el 3 junio de 1963.

Tras catorce días de cónclave, fue elegido Papa Giovanni Battista Montini, con el nombre de Pablo VI.El nuevoPontífice, que reanudó las tareas conciliares, conocía y apreciaba a don Josemaría desde años atrás. No puedo olvidar —decía— (…) que las primeras palabras de cariño y afecto que recibí en Roma en 1946, me las dijo el entonces Monseñor Montini.

Don Josemaría oró intensamente por los frutos del Concilio, que supuso una nueva Pentecostés para la Iglesia. Se celebraron cuatro sesiones desde 1962 a 1965 y durante ese periodo numerosos Padres conciliares, teólogos y personalidades eclesiásticas conversaron con el fundador.

El obispo de Metz le conoció hacia la mitad de la primera sesión del Concilio, y desde entonces —escribía— “tuve la alegría de escucharle en varias ocasiones. Descubrí en él un hombre excepcionalmente sensible y cercano a los problemas de sus contemporáneos. Estaba a la vez preocupado por el porvenir del mundo y por el futuro del Pueblo de Dios. Era perfectamente consciente de la gravedad de cuanto estaba en juego y demostraba la profunda convicción de que no se podía pensar solamente en algún retoque superficial. Sin embargo, las reformas de estructuras, por sí solas, le parecían insuficientes. Consideraba que sólo un retorno a las fuentes de la fe habría permitido a la Iglesia cumplir su misión en el mundo”.

El 8 de diciembre de 1965, se clausuró el Concilio Vaticano II. Don Josemaría Escrivá dio gracias al Señor al ver que las enseñanzas que venía predicando desde el 2 de octubre de 1928 se habían convertido en doctrina universal de la Iglesia. En los documentos conciliares se subrayaba, entre otras muchas cuestiones, la unidad de vida del cristiano, entendida como coherencia vital entre la llamada a la santidad y la vida ordinaria; y se ponía de manifiesto la necesidad de dar un fuerte impulso al desarrollo de la teología sobre el Sacramento del Bautismo. En esa misma dirección trabajaba Josemaría Escrivá desde hacía muchos años, moviendo a los que le seguían a ser consecuentes con las exigencias de la vocación bautismal, viviendo intensamente la Liturgia y la Palabra de Dios.

Podrían citarse numerosas enseñanzas de Josemaría Escrivá en las que se pone de manifiesto su profunda sintonía con las enseñanzas conciliares. Por ejemplo, su visión del trabajo profesional como ocasión y medio de santificación personal y de apostolado; su concepción del apostolado de los laicos, maduro y responsable, y su aliento para que participen en la misión de la Iglesia; la consideración de la Santa Misa como “centro y raíz” de la vida interior; su deseo de que los fieles laicos tomen parte activa en la liturgia; o su afán para que adquieran una profunda cultura doctrinal y espiritual.

Caben hasta los no católicos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me contaban hace poco el caso de un ingeniero de Boston que, al comienzo de los años 50, leyó un artículo sobre el Opus Dei en un periódico americano, se quedó un par de días reflexionando sobre el asunto en los ratos libres, recordó después que en el artículo en cuestión se decía que había sido fundado en nuestro país y escribió una carta pidiendo detalles a esta dirección: «Opus Dei–Iglesia Católica–Madrid–España». A las dos semanas y gracias al buen funcionamiento de los carteros, recibía la información solicitada y la invitación a dirigirse, para más detalles, a una residencia universitaria que estaba… a unos quinientos metros de su oficina. Yo no sé si este ingeniero era católico, protestante o ateo. Sé, en cambio, que ahora es ciertamente católico y del Opus Dei, y sé también que son muy numerosos los protestantes (entre ellos pastores y aun obispos de sus respectivas confesiones), ortodoxos, musulmanes, judíos e incluso no creyentes (es de esperar que por el momento) que colaboran activamente en todas las latitudes con la gente del Opus Dei y que son capaces de explicarlo, como el anglicano del avión, de corrido y sin que se les trabe la lengua.

La realidad supera siempre a la fantasía, del mismo modo que la naturaleza supera al arte. La gente del Opus Dei no vive en la luna, sino en el mundo y ve en cada persona alguien a quien hay que ayudar, alguien a quien hay que comprender y alguien con quien hay que convivir. Pero siempre desde el mismo plano, ni desde arriba ni desde abajo, y pensando que el mejor favor que se le puede hacer a cualquiera es sacarlo de sí mismo para que haga algo por los demás.

–¿Cuál es la posición del Opus Dei –le preguntaron al Fundador el 30 de noviembre de 1964 en el transcurso de un coloquio– en relación con los no católicos?

–«De amor, de apertura. Basta decir que, desde 1947, con permiso de la Santa Sede, tenemos junto a nosotros –no había precedentes en la Iglesia Romana– como Cooperadores a los no católicos y a los no cristianos. Merecen el respeto de su libertad, la libertad de las conciencias. Y merecen el calor de nuestro corazón. Entre ellos hay personas admirables: ¡Ya querría yo para mí las virtudes humanas que tienen muchos de ellos! ».

Fue este espíritu de universal comprensión el que hizo decir a un Cooperador anglicano del Opus Dei, en presencia de la reina madre de Inglaterra con motivo de la inauguración oficial de hIetherhall House, residencia internacional de universitarios, que «las obras bien hechas no tienen por qué ser confesionales ». Ese espíritu cristiano es el que había empujado desde mucho antes a Monseñor Escrivá de Balaguer a solicitar, durante el pontificado de Pío XII, la autorización para acoger en el Opus Dei, en calidad de Cooperadores, incluso a personas no católicas y no cristianas o carentes en absoluto de fe religiosa. La petición llevaba consigo un problema completamente nuevo y de nada fácil solución, porque venía a constituir el precedente de vincular a una institución católica –y de hacerlas también participar en lo posible de sus bienes espirituales– a personas no pertenecientes a la Iglesia Católica. Esto explica por qué fue necesario un estudio atento por parte de la Santa Sede, y un «filial forcejeo», por parte del Fundador del Opus Dei, como él mismo decía, a quien evidentemente correspondía un papel de pionero en este terrena. Se llegó así a 1950, año en que la petición fue definitivamente acogida por Pío XII.

Cuando en 1958 iniciaba su pontificado Juan XXIII, había ya entre los Cooperadores del Opus Dei en todo el mundo –de Italia a Inglaterra, de los Estados Unidos al Japón, a Kenya y a Australia– varios centenares de ortodoxos, protestantes, hebreos y musulmanes; por eso no es extraño que Mons. Escrivá de Balaguer le dijese sonriendo al Pontífice, en una de las frecuentes y cordiales audiencias, «que él no había aprendido el ecumenismo de Su Santidad», y que también el «Papa Giovanni» se riese emocionado en esa ocasión.

Junto al Papa

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En la nave derecha de la Basílica de San Pedro, en Roma, se yergue desde 1964 la estatua de Pío XII, obra de Francesco de Messina. Revestida con capa pluvial de bronce sobredorado, y tiara pontificia. Su mano bendice y subraya al mismo tiempo; puntualiza con gesto firme y digno. La figura tiene cierto hieratismo; sus proporciones la convierten casi exclusivamente en estatura.

Seis años antes, el Papa Eugenio Pacelli, la noche del ocho al nueve de octubre, había fallecido. Una muchedumbre silenciosa asistía al traslado de su cuerpo por las calles de Roma, al responso en San Juan de Letrán, y a la llegada de los restos ante la Basílica de San Pedro. Doblaban las campanas de la Ciudad Eterna.

Para el Opus Dei, la figura de Pío XII es definitivamente entrañable porque durante su Pontificado la Obra recibirá diversas aprobaciones en su largo camino jurídico -abriendo cauces nuevos en el Derecho Canónico-, que culminará muchos años después, en 1982, cuando el Opus Dei sea erigido Prelatura Personal.

Durante los días de luto que siguen a la muerte de Pío XII, el Fundador del Opus Dei habla especialmente del cariño por el Sumo Pontífice que es parte integrante del espíritu del Opus Dei.

«Sabéis, hijos míos, el amor que tenemos al Papa (…), quienquiera que sea. A éste que va a venir ya le queremos. Estamos decididos a servirle con toda el alma ex foto corde tuo, ex tota anima tua… Y a este Pontífice le vamos a amar así».

En otro momento, repetirá:

«Rezad, ofreced al Señor hasta vuestros momentos de diversión. Hasta eso lo ofrecemos por el Papa que viene, para dar a conocer la eternidad de la Iglesia, como hemos ofrecido la misa todos estos días, como hemos ofrecido… hasta la respiración»(22).

Y seguirá insistiendo:

«Cuando vosotros seáis viejos, y yo haya rendido cuenta a Dios, vosotros diréis a vuestros hermanos cómo el Padre quería al Papa con toda su alma, con todas sus fuerzas… »(23).

El 28 de octubre de 1958, una «fumata bianca» a última hora de la tarde, pone fin a la espera de todo el mundo católico: aquel que va a ser representante de Cristo en la tierra ya tiene nombre. El Cardenal Canali anuncia a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro la elección del Patriarca de Venecia, que ha escogido el nombre de Juan XXIII. Se llama Ángel José Roncalli y es uno de los trece hermanos de una familia campesina de Sotto il Monte, cerca de Bérgamo. Tiene setenta y siete años.

Durante un viaje que hubo de hacer en 1954 a España, el entonces Cardenal Roncalli se alojará en dos Residencias Universitarias promovidas por miembros del Opus Dei: La Estila en Santiago de Compostela y Miraflores en Zaragoza. Años más tarde le comentará al Padre que le llamaron la atención la alegría y el buen espíritu que reinaban en las dos casas. Pensó que se trataba de una peculiaridad del carácter español, pero luego vio que era una característica de la Obra (24).

En 1960, el Padre solicita audiencia en el Vaticano para saludar al nuevo Papa. Pocos días después, es recibido por Juan XXIII. La entrevista transcurre en un tono entrañable y patriarcal. Como solía hacer el Papa Juan.

«La primera vez que oí hablar del Opus Dei -le dijo el Papa- me dijeron que era una institución “imponente e che faceva molto bene”, una institución imponente y que hacía mucho bien. La segunda (…), que era una institución “imponentissima e che faceva moltissimo bene”»(25). Y comentaba que estas palabras le entraron por los oídos, pero su cariño por el Opus Dei le quedó en el corazón.

El Padre habló mucho con el Papa; de la Obra, de sus apostolados, de la actitud de servicio a la Iglesia que llevan sus hijos a través del mundo.

Un momento antes de terminar la audiencia, el Santo Padre hace llamar a un fotógrafo para que la entrevista quede grabada de modo perenne. Al día siguiente llega la fotografía a Villa Tevere, junto con una bendición llena de cariño.

El Fundador comentará algún tiempo después: «Pío XII llegó a conocer la Obra y la quiso (…). Juan XXIII la quiso muchísimo y me decía que fuera a verle más a menudo (…). Diez días antes de su muerte (…) mandó un último pequeño regalo. Un día, hablando con él, me dijo en italiano: “Monseñor, la Obra pone ante mis ojos horizontes infinitos que no había descubierto”»(26).

Cuenta el Fundador la confianza con que habló a Juan XXIII del apostolado del Opus Dei con los no cristianos. Y de lo que le había costado conseguir la aprobación por parte de la Santa Sede, para nombrar Cooperadores del Opus Dei también a personas no católicas:

«Cuando solicitamos oficialmente, hace veinte años, de la Santa Sede la autorización para recibir a los no católicos e incluso a los no cristianos como Cooperadores de nuestra Obra, la primera contestación fue que era imposible. Volví a insistir y la respuesta fue un dilata, que era ya reconocer la legitimidad de nuestra petición, aunque aconsejándonos esperar. Por fin, en 1950, la contestación afirmativa: la Obra era así la primera asociación de la Iglesia católica que abría fraternalmente sus brazos a todos los hombres, sin distinción de credo o confesión»(27).

Ante la hilaridad de Juan XXIII, le dijo el Padre: «como ve Vuestra Santidad, en este punto no he aprendido nada del Santo Padre: lo he aprendido del Evangelio»(28).

El Santo Padre asintió. Porque la raíz del trabajo de la Obra con los no católicos que lleva incluso a admitirlos como Cooperadores de la Obra, es efectivamente evangélica.

El sentido de la libertad de las conciencias en la Obra lleva a compartir trabajo y proyectos incluso con personas que no tienen confesionalidad católica. Los Cooperadores no forman parte de la Obra, pero, por razones de utilidad social, cultural, etc., aportan su ayuda y colaboración para sacar adelante tareas que tienen gran envergadura humana. En algunos países, son un apoyo insustituible.

El 25 de enero de 1959, Juan XXIII anuncia a los Cardenales en la Basílica de San Pablo Extramuros su propósito de convocar un Concilio que habría de llevar el nombre de Vaticano II; también la reunión de un Sínodo romano y la revisión del Código de Derecho Canónico. El Papa abría un enorme panorama de trabajo, oración y diálogo, a los tres meses de su elevación al Pontificado. Habría de ser el XXI Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica.

El 11 de octubre de 1962, festividad de la Maternidad de Nuestra Señora, en la nave central de la Basílica de San Pedro se declara abierto el Vaticano II. Dos mil quinientos padres conciliares se alinean bajo las estatuas, mausoleos y bóvedas del gran templo de la cristiandad. Cerca de ellos, el Papa: un hombre de casi ochenta y un años pero lleno de energía, de amor y resolución que, unos días antes, el cuatro de octubre, ha ido como peregrino a los Santuarios de Loreto y Asís implorando la ayuda del Cielo. Diez Sesiones públicas presididas por Su Santidad y más de ciento sesenta Congregaciones Generales tendrán lugar para estudiar y aprobar los diversos documentos conciliares. Un número considerable de observadores no católicos podrán asistir a las reuniones abiertas. Durante el primer período conciliar, el Papa se abstendrá de participar en los trabajos de las Congregaciones Generales. Pero seguirá su desarrollo completo a través de un circuito cerrado de televisión. Su salud empieza a resentirse: sin embargo, no renuncia a rezar y sufrir por esta barca que gobierna en nombre de Cristo y ha de soportar los embates de toda clase de tempestades. Insiste en el empeño por explicar con mayor precisión a los fieles y al mundo entero la naturaleza y misión universal de la Iglesia.

Ya en 1961, el Papa Juan había publicado la Encíclica Mater et Magístra conmemorando el setenta aniversario de la Rerum Novarum de León XIII. Quería animar el empeño autónomo y responsable de los católicos en la vida social y económica de la humanidad contemporánea. Dos años más tarde, el 11 de abril de 1963, dará a conocer la Pacem in Terrís: la paz entre todos los pueblos fundada sobre la verdad, la justicia, el amor y la libertad…

En junio de 1962, Monseñor Escrivá de Balaguer será recibido, una vez más, por Su Santidad el Papa. Recordando esta inolvidable audiencia, el Padre escribe con emoción y alegría:

«Os diré, sin embargo, que de este encuentro del hijo con el Padre han quedado guardados en mi mente y en mi corazón todos los pormenores. Más aún: así como el Apóstol Juan conservó un nítido y vivo recuerdo, fruto de un gran amor, de todos lo pormenores de sus encuentros con el Maestro (y este recuerdo llega incluso a precisar la hora de la divina llamada: hora erat quasi decima); del mismo modo yo, en mi modestia, vuelvo con mi recuerdo a esta Audiencia, y guardo de ella hasta el más mínimo detalle: no solamente el día y la hora, sino también la mirada atenta y llena de paterna benevolencia, el gesto suave de la mano, el calor afectuoso de su voz, la alegría grave y serena reflejada en su semblante… Quisiera de verdad, queridísimos hijos, que todos vosotros sintiérais la misma alegría que yo y quedáseis inmensamente agradecidos al Papa Juan XXIII por su bondad y benevolencia (…).

El Santo Padre Juan XXIII, Pastor común (…), que además ha sido el Pontífice de la Encíclica Mater et Magistra y será el gran Papa del Concilio Ecuménico Vaticano II, nos tiene a todos en su corazón. Nos conoce y nos comprende perfectamente» (29).

El Fundador del Opus Dei desborda, en páginas que le salen del alma, el resumen de su admiración y cariño agradecido al Pontífice.

Juan XXIII no verá finalizar las sesiones del Concilio Vaticano II. El 3 de junio de 1963 será anunciado su fallecimiento.

Dos semanas antes había recibido en audiencia a un matrimonio -los dos miembros del Opus Dei- acompañado por sus hijos. El Santo Padre les habló de la grata impresión recibida durante su estancia en España, donde había tomado contacto por primera vez con la Obra. Y les dijo también que en Roma había podido tener un conocimiento más directo y más profundo; había visto los inmensos horizontes de la labor del Opus Dei, comprendiendo bien su trascendencia y universalidad. Les subrayó que recordaba con muchísimo cariño las veces que había podido hablar directamente con el Fundador.

Este fue el último detalle de afecto de Su Santidad Juan XXIII por el Opus Dei. El Padre, durante toda la enfermedad del Papa, ofrecerá su Misa diaria por él. Muchos de los miembros de la Obra que viven en Roma acompañarán las horas finales de su vida rezando en la calle junto a los fieles de todo el mundo. El día 3 de junio de 1963, una inmensa muchedumbre asiste a la Misa que el Cardenal Traglia, Pro-Vicario de Roma, celebra en la Plaza de San Pedro. Anochece. A las 19,49 las campanas de la Basílica Vaticana empiezan a doblar: ha muerto el Papa. La gente que abarrota este templo al aire libre se pone de rodillas.

En Villa delle Rose, Castelgandolfo, el Fundador mandará poner una lápida como testimonio de agradecimiento a la generosidad de este sucesor de Pedro que, entre otras cosas, donó definitivamente los terrenos en que se alza el Colegio Romano de Santa María.

En las grutas vaticanas, un sencillo mausoleo guarda los restos de Juan XXIII. Un relieve del siglo XV con la Virgen, el Niño y los ángeles, vela la bondad y recio corazón de este Papa de la Iglesia.

Desde 1957, Monseñor Escrivá de Balaguer es Consultor de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades; también es Académico de la Pontificia Academia Romana de Teología; a partir de 1961 será, además, Consultor de la Comisión Pontificia para la interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico.

Pero, sin duda, la mejor y más insustituible ayuda del Padre al Romano Pontífice, y en él a toda la Iglesia de Cristo, es la oración, el amor, la obediencia incondicional a lo que el primero de los Apóstoles pueda necesitar del Opus Dei. Este es un testimonio de fidelidad que no olvidarán nunca los hijos de Dios en la Obra.

« “Ubi Petrus, íbi Ecclesia, ibi Deus. Queremos estar con Pedro, porque con él está la Iglesia, con él está Dios; y sin él no está Dios. Por eso yo he querido romanizar la Obra. Amad mucho al Padre Santo. Rezad mucho por el Papa. Queredlo mucho, ¡queredlo mucho! Porque necesita de todo el cariño de sus hijos. Y esto lo entiendo muy bien: lo sé por experiencia, porque no soy como una pared, soy un hombre de carne. Por eso me gusta que el Papa sepa que le queremos, que le querremos siempre, y eso por una única razón: que es el dulce Cristo en la tierra»(30).

Perú: tierra de misión

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

También el espíritu que el Fundador recibiera el 2 de octubre de 1928 en Madrid, ha llegado ya a las estribaciones andinas. Desde 1955 hay Centros del Opus Dei en Perú. Pero es en abril de 1957 cuando su Santidad Pío XII crea la Prelatura territorial de Yauyos, en el territorio desmembrado de la Archidiócesis de Lima, la confía a sacerdotes de la Obra y nombra Prelado a don Ignacio María de Orbegozo.

Estas Prelaturas, denominadas Nullius, son territorios con clero y pueblo, separados de toda diócesis, y en los que el Prelado ejerce una jurisdicción episcopal. Se trata de un encargo particular de la Santa Sede. El territorio de esta Prelatura comprende Yauyos y Huarochirí. Son las provincias de los Andes con mayor pobreza y peores comunicaciones. Con una extensión de 10.000 kilómetros cuadrados y unos 100.000 habitantes de mayoría católica, en 1957 la situación espiritual y material es mísera. Muchos pueblos no han tenido nunca sacerdote ni han sido visitados por un Obispo desde el siglo XVI.

El Padre comunica en Roma esta concesión de la Santa Sede. Y explica a sus hijos el motivo de que el Opus Dei acuda a ese lugar en la tierra del Perú.

«Cuando la Santa Sede llamó a don Álvaro del Portillo a elegir una zona del Perú para erigir una Prelatura que habíamos de llevar, contestó -porque tiene mi espíritu- que aquella que nadie quisiera. Porque la Obra no ha venido a servirse de la Iglesia, sino a servirla» (10)

En 1957, la Prelatura de Yauyos es un lugar de difícil acceso, en la sierra de Perú, y muy abandonado. Don Ignacio María de Orbegozo, y un pequeño grupo de sacerdotes, dará comienzo a la tarea, en silencio, venciendo los mil obstáculos que la situación, el clima y las circunstancias humanas del lugar han de plantear de modo inevitable.

El 2 de octubre de 1957 el nuevo Prelado toma posesión en Yauyos. El terreno es quebrado y montañoso, sembrado de cerros y punas. Hay que conocer muy bien los senderos para no despeñarse en cualquier desfiladero a 5.000 metros de altura. Pero ninguna dificultad ha impedido que los habitantes de la comarca se reúnan hoy en la plaza y en los caminos de acceso. Han traído flores de sus montañas y el suelo está cuidadosamente lleno de retamas: la planta típica de la región. Con el pueblo, las autoridades y el Nuncio de su Santidad. Estos indios son descendientes de los quechua (pueblo del valle cálido), cuyo idioma sobrevive a la cultura de los incas, una de las más importantes de América.

Ocupan completamente la iglesia de Yauyos mientras el Nuncio lee en voz alta la Bula de la Santa Sede. Después de oficiar la Santa Misa, todos los sacerdotes presentes cantan el Te Deum.

Monseñor Orbegozo se dirige por primera vez a sus fieles de Yauyos: con sencillez, con las manos abiertas a sus problemas humanos, a sus necesidades materiales y espirituales.

Les habla de su presencia allí. De lo que le ha llevado hasta Perú. Del Opus Dei, que ha nacido veintinueve años antes, en un 2 de octubre como éste. Les habla del Padre, y les pide que este día recen por el Fundador de la Obra.

Por la noche, un telegrama de Monseñor Escrivá de Balaguer llegará, desde Roma, para bendecir y ayudar este apostolado que comienza. Ha pasado el día unido a Yauyos y con la esperanza puesta en este rincón del mundo.

Durante los próximos años, don Ignacio y el grupo de sacerdotes que le acompañan, recorrerán a pie, o a lomos de un mulo, de día y de noche, toda la región hasta conocerla como la palma de la mano. Ni el soroche (mal de montaña) ni los peligros naturales de la zona conseguirán frenar su trabajo.

En la Navidad de 1959 escribe, recordando uno de sus viajes andinos:

«Los cerros recortaban sus crestas en el firmamento, y sus picos audaces estaban ya más altos que la luna. Y allá arriba, las estrellas (…). ¡Qué maravilla! Pensé en aquellas palabras del Evangelio de San Juan: Por El fueron hechas todas las cosas. Y seguí pensando, y cantando bajito un villancico y otro (…). Llegué a casa. Arrodillado junto al Sagrario, y a los pies de la Virgen, acabé esta correría, que me ha llevado una vez más al convencimiento de que también esta dura y difícil parcela andina será tierra de santos»(11) .

Los primeros sacerdotes que acompañaron a Monseñor Orbegozo tendrán que multiplicarse para llegar a los lugares donde se solicita su presencia. En menos de diez años las Comuniones pasarán de 300 a 4.000. Cerca de 30 sacerdotes ejercen su ministerio en la Prelatura territorial de Yauyos. Se han visitado 10.000 enfermos y se ha predicado en más de 60.000 ocasiones. Se han reparado 153 iglesias y 34 están levantándose de nueva planta.

En 1963 da comienzo un pre-seminario en el colegio Nuestra Señora del Valle. Como consecuencia del trabajo sacerdotal por los pueblos, llegan los primeros alumnos. En 1978 se ordenarán los primeros sacerdotes que, en 1982, ya son dieciocho.

En 1967 se inicia Valle Grande, una obra corporativa del Opus Dei destinada a la promoción de los campesinos, gracias a la puesta en marcha de Programas de Formación en Técnicas Agropecuarias. Con categoría de Instituto Rural, prestan servicios en esta obra de formación, ingenieros agrónomos, veterinarios y técnicos agrícolas. Valle Grande tiene su sede material en San Vicente de Cañete. Cañete fue añadida a la Prelatura de Yauyos en 1962. Desde sus comienzos, asumirá el reto de la promoción técnica, social y humana de los campesinos pobres. La formación espiritual está confiada al Opus Dei.

La prensa se hará eco de esta labor eficaz y silenciosa de los sacerdotes de la Obra. Quince años más tarde escribe un periódico:

«Los 40.000 habitantes del territorio reciben el cultivo de una pastoral intensa, en condiciones naturales difíciles, por parte de veintiún sacerdotes del clero diocesano (…).

Pueden estar contentos aquellos sacerdotes… En verdad, cuatro diáconos que tocan ya con sus manos el presbiterado, más de veinte alumnos -y bien escogidos y formados, por cierto- en el Seminario Mayor y un centenar largo de adolescentes cultivados con esmero hacia el sacerdocio; y todo ello en medio de unas parroquias trabajadas intensamente y con espíritu apostólico; son seguro presagio del futuro de una gran diócesis sacerdotal y misionera» (12).

Una de las actividades de Valle Grande adquiere pronto categoría de labor cultural de gran extensión, desafiando la altura de las montañas. «Radio Estrella del Sur» transmite para un territorio de 15.000 kilómetros cuadrados toda una serie educativa que les pueda ayudar a mejorar su oficio, su formación personal, su comunicación con el mundo. Algunos miembros y amigos del Opus Dei, colaboradores habituales del Instituto Rural, se encargan de montar los programas y de la atención a miles de personas que siguen, regularmente, las clases que llegan por el aire.

Un día el Fundador muestra en Roma a don Ignacio el modelado en barro que están haciendo para una imagen de la Virgen en cemento policromado, que resista todos los rigores del tiempo. Se la quiere regalar a la Prelatura territorial andina.

Don Ignacio escribe, entusiasmado, a los sacerdotes que ha dejado en aquel rincón de América:

«Envío una foto de la Santísima Virgen que por encargo -directísimo, personalísimo- del Padre están esculpiendo para nosotros: la foto es del negativo en barro y, en este momento, ya han hecho el molde en yeso. Enseguida harán el vaciado (…) para terminar dejando una maravilla. ¡Es preciosa!»(13)

En noviembre de 1965 será instalada solemnemente en la ermita que se ha construido para Ella en los terrenos del Seminario menor de la Prelatura. El césped y los árboles llegan hasta la verja. Siempre hay flores frescas en los jarrones de hierro. Las envuelve el contorno en un marco verde, apacible; el confín es el valle entero de Cañete.

El último jalón

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Verano de 1950. El calor se deja caer, vertical y cegador, sobre la carretera de Roma a Castelgandolfo. El coche entra en la penumbra de la casa, junto al Lago: bajan el Padre y don Alvaro. Caminan luego hacia el oratorio, ya que vienen a oficiar la Bendición con el Santísimo y un solemne Te Deum. Cuando el Padre levanta la Custodia, le tiemblan las manos. Y su voz también suena velada al entonar las preces.

Ha venido para comunicar personalmente a sus hijos la aprobación definitiva del Opus Dei por la Santa Sede, que ha tenido lugar el 16 de junio. Todos conocen, porque lo han vivido de muy de cerca, que las etapas jurídicas han ido precedidas por la oración, sacrificio y constante trabajo del Fundador. Así les ha enseñado, de modo indeleble, a sacar adelante las cosas de Dios.

Les hace notar el detalle de amor, por parte del Cielo, que ha elegido la fiesta del Corazón de Cristo para enviarles la aprobación de la Iglesia. Les recuerda el intenso cariño que deben profesar al Pontífice -sea quien sea-, y concretamente en este caso a Pío XII, que ha concedido esta aprobación.

También expresa su agradecimiento a los ciento veinte Obispos de todo el orbe que han enviado cartas comendaticias a la Curia Romana, solicitando la aprobación definitiva del Opus Dei.

Siente el deseo de hablar con sus hijos de «la anchura, longitud, altura y profundidad»(1) con que Pablo de Tarso describiera el ilimitado querer del Corazón de Cristo. Dios ha puesto en sus manos el quehacer de esta empresa divina en la que todos permanecen unánimes. Les dará a entender, como a aquellos primeros cristianos, las dimensiones de una entrega que hoy bendice el Papa.

Un año más tarde, el Padre convoca en España a una representación de sus hijas e hijos repartidos ya por Europa y América: se trata de celebrar el Primer Congreso General del Opus Dei. Los hombres tendrán sus días de trabajo, con el Padre, en Molinoviejo en el mes de mayo; la Sección de mujeres lo hará en Los Rosales en octubre.

Las reuniones con el Fundador son sencillas. Importantes por cuanto se está hablando en ellas: la expansión del espíritu del Opus Dei, los apostolados que han de abrirse en el mundo entero. Sencillas, porque así es la actitud de Monseñor Escrivá de Balaguer siempre. Cuando preside, medita sus palabras con prudencia y sentido sobrenatural. Expone los temas con mente clara, jurídica. Dedica horas de estudio a cada problema. Lo piensa en la oración. Tiene un serio respeto a la libertad de opinión. Y confía por completo en sus hijos, en los que apoya el peso y el amor de la Obra. Su presencia llena las situaciones de humanidad afectuosa y serena: «las cosas urgentes pueden esperar y las más urgentes deben esperar»(2), les dice.

A su lado se perfilan los rasgos del modo de gobernar. Le oirán decir que «los cargos en el Opus Dei son cargas»(3) y no significan más que una exigencia de servicio, disponibilidad y entrega. No existe en el Opus Dei un gobierno personal; las resoluciones se toman en un consenso colegial. A los directores, que han de impulsar el quehacer de sus hermanos en todo el mundo, les hace ver la urgencia de Dios para salir al encuentro de las almas y les explica que ha llegado el momento de cambiar aquel ¡calma! que como exigencia de los primeros momentos les había recomendado, por ¡deprisa, al paso de Dios!(4).

También les anima a pedir la santidad para cuantos trabajan y se acercan a esta parcela de la Iglesia, que es la Obra, a pesar de los defectos patentes e innegables que puedan tener: a nadie deben asustar los propios errores o los de los demás ya que no son impecables; eso son los ángeles. El Fundador no los quiere ángeles, sino hombres y mujeres, hijos de Dios, con la humillación de las caídas y con la lucha del esfuerzo diario(5).

Proyecta también el primer Plan de Estudios para todos los miembros de la Obra. Fiel a su convencimiento de que el desarrollo en las ciencias humanas debe llevar adscrita una madurez en las ciencias del espíritu, establece los programas con la amplitud e intensidad de la más exigente Universidad Pontificia. Aconseja el uso del latín en el estudio de la ciencia teológica como lengua perenne de la Iglesia y como vehículo universal desde los tiempos de la primitiva cristiandad romana.

Castelgandolfo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Diciembre de 1947. Los médicos han prescrito al Padre unas horas diarias de ejercicio físico para ayudar al tratamiento médico de la diabetes que padece. Después de una larga jornada de trabajo, se desplaza en coche hasta Castelgandolfo; luego, a pie, junto a don Alvaro del Portillo, camina rápido por la carretera, que apenas tiene tráfico. Se detienen frecuentemente a contemplar el lago Albano, apoyados en una valla de madera cercana al hotel con que se inicia el pueblo.

Allí, muy cerca del lago, hay una vieja casona rodeada por terrenos sin cultivar: es propiedad de la Santa Sede, pero la utiliza la Condesa Campello para una actividad de beneficiencia. La proximidad de la ciudad y la privilegiada situación convierten este rincón italiano en un lugar idóneo para levantar un Centro del Opus Dei. Es-un sueño más, ya que no hay la menor posibilidad económica. Y, por esta razón, el Fundador y don Alvaro, acodados en la barandilla que rodea el lago, comienzan a «bombardear» con Avemarías los viejos muros de la casa.

En el verano de 1949, la esperanza del Fundador se convierte en hechos: Su Santidad Pío XII cede, de modo temporal, la casa y los terrenos a la Obra.

El Padre quiere que un grupo de sus hijos pase allí el verano de 1949 porque el calor aprieta en Roma y pesa sobre el reducido espacio vital del Pensionato. Pero antes hay que convertir las estancias, enormes y abandonadas, en un lugar habitable.

Varias asociadas se trasladan, con este fin, desde Roma a Castelgandolfo. Ya han vivido los avatares del Pensíonato y el comienzo de las obras de Villa Tevere. Ahora surge un nuevo instrumento dé apostolado, por gracia de Dios, en la vieja casona de Castelgandolfo. Y allá van, para preparar nuevamente el camino. El aspecto no es alentador: el jardín está invadido por la maleza, que alcanza más de un metro de altura. Los refugiados han guisado, dormido y cuidado animales domésticos en las habitaciones durante muchos meses. La zona de lavandería se utilizó como gallinero, y sobreviven, quien sabe por qué prodigio biológico, piojos a millones. Al iniciar la limpieza, cubren las manos y brazos como manoplas.

Parece ingente la tarea de convertir la casa junto al lago en un local desinfectado y limpio. El «agua fuerte», las lejías y jabones entran en juego y el sol del lago Albano logrará, en breve plazo, atravesar la transparencia de los cristales, dar su auténtico color al suelo, a la claridad de los muros recién pintados.

El Padre se instala frecuentemente en una de las habitaciones con don Alvaro, para seguir trabajando. Escribe directamente, a mano, con sus trazos inconfundibles, firmes y amplios.

No olvida dedicar un rato a la tertulia y a sembrar buen humor por la casa. Pero también al cuidado por la buena formación de todos, al cariño… ¡a su responsabilidad de Fundador!… Se preocupa de que descansen, de que estén fuertes y alegres, porque es síntoma claro de lealtad a su vocación.

«La infidelidad deja, hasta en el rostro, una huella de tristeza»(27).

Este será un verano intenso. A pesar de todos los esfuerzos, la casa no reúne condiciones para ofrecer un mínimo de comodidad a tanta gente. La parte destinada a la administración doméstica carece de utensilios y maquinaria adecuados al volumen de trabajo.

A pesar de todo, las actividades comienzan en septiembre de 1949. En esta casa junto al lago Albano, treinta chicos que han venido desde Roma viven aquí la realidad de la vida en familia del Opus Dei. Esta gozosa fraternidad ha irrumpido en su oración, su estudio, sus tertulias y excursiones. También se derrama fuera de la casa, en los campos, montes y trenes de cercanías. El Padre enciende el fuego de su espíritu. Trata de imprimir, en cada uno, el perfil sobrenatural de la Obra. Les habla de humildad, de trabajo, de oración, de perseverancia.

No resulta extraño que todos vuelvan renovados, tras estos días, al Pensionato. Por las noches, las ventanas del pequeño estudio romano permanecen iluminadas hasta que aparece el sol. Los amigos que frecuentan la Residencia se admiran, atónitos, del ardor con que continúan las obras de “Villa Tevere”, del ambiente que se respira en la casa y de la talla espiritual del Padre, que les conoce, les saluda y les habla de la divina misión de los hijos de Dios en la Obra: un milagro quasi flumen pacis. Como un río de juventud, bondad, belleza.

El Padre y don Alvaro multiplican su actividad. Durante estos años, abren los caminos de la Obra en Roma, Turín, Bar¡, Génova, Nápoles, Palermo… Empiezan a surgir las vocaciones italianas. Don Alvaro será el primer Vicario para la Región de Italia y, además, el primer Rector del Colegio Romano de la Santa Cruz. A su trabajo pastoral y de gobierno habrá de añadir, durante el Pontificado de Pío XII y, posteriormente, en los de Juan XXIII y Pablo VI, su dedicación a varios Dicasterios del Vaticano.

Un viaje accidentado

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Es muy breve la ausencia de miembros de la Obra en suelo romano. En los comienzos del año 1946, Salvador Canals vuelve a Italia a bordo de un barco mercante, el Plus Ultra. Y, avanzado el mes de febrero, son don Alvaro del Portillo -ya sacerdote- y José Orlandis los que ponen proa a Levante en un barco que cubre la ruta Barcelona-Génova: el J.J. Sister. Traen cartas comendaticias de sesenta Obispos españoles que acompañan la solicitud del Decretum laudis de la Santa Sede para el Opus Dei.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Pío XII no realizó ningún nombramiento cardenalicio. El Colegio -que entonces contaba con setenta miembros- se ha ido despoblando en el transcurso de los años, y en 1945 tiene treinta y dos vacantes. Su Santidad cubrirá todos los puestos. Esta creación de Cardenales romperá la tradición, vigente desde hace siglos, de que los italianos tengan mayoría absoluta. Pío XII nombrará veintiocho Cardenales extranjeros y sólo cuatro italianos. La universalidad de la Iglesia se manifiesta así de un modo más patente.

Don Alvaro del Portillo se propone llegar a Roma antes de que los recién nombrados Cardenales abandonen Italia. Hay entre ellos quienes conocen el espíritu del Opus Dei. Y quiere recoger algunas cartas comendaticias para unirlas a la documentación que solicita el Decretum laudis.

A las seis de la tarde del 26 de febrero, atraca en Génova el J.J. Sister. En el puerto está Salvador Canals aguardando, con un viejo coche alquilado, ya que las comunicaciones son casi impracticables por la destrucción bélica reciente. La urgencia empuja a don Alvaro del Portillo hacia Roma; y por eso, sin mediar descanso, se lanzan a una noche entera de carretera. Es muy tarde y existe un cierto riesgo, ya que por el paso del Bracco pululan bandas armadas de bandoleros -residuos de la última contienda- que asaltan a los viajeros no escoltados por unidades del ejército. Pero no hay tiempo de alcanzar algún convoy de protección. Y emprenden el viaje que ha de atravesar el Apenino ligur, cubierto de bosques.

Ningún contratiempo les saldrá al paso, a excepción de los procedentes del viejo Fiat 1500 en el que ruedan. Primero será el delco, luego el encendido, más de un pinchazo y, al fin, una lluvia persistente que les bloquea. Ya de madrugada consiguen llegar a Pisa. Y aquí, en una iglesia pequeña, don Alvaro del Portillo celebra la primera Misa de un sacerdote del Opus Dei en Italia. Son las doce de la noche -veinticuatro horas más tarde- cuando ¡al fin! el Fiat enfila las calles de Roma.

A pesar de este retraso, don Alvaro conseguirá cartas comendaticias de varios Cardenales: Ruffini, Arzobispo de Palermo; Caggiano, Obispo de Rosario (Argentina); Gouveia, Arzobispo de Lourenco Marques (Mozambique); Frings, Arzobispo de Colonia…

En Roma, Salvador Canals ha logrado, a través del Cónsul de España, Mario Ponce de León, alquilar un piso amueblado en buenas condiciones. La entrada se abre al Corso del Rinascimento, pero todos los balcones se asoman a la belleza de la Piazza Navona. Allí, frente a los grupos escultóricos de Bernini que representan la fecundidad y los grandes ríos del mundo, se instala el primer sagrario de la Obra en Roma. Un mueble pequeño, de madera oscura, sirve como mesa de altar. Dos candeleros bajos; el Crucifijo presidiendo. Cubre la pared frontal un tapiz que han comprado a un anticuario de Nápoles. En el ángulo superior izquierdo, una lámpara de brazos.

Esta casa les acogerá un breve tiempo: desde febrero a junio de 1946. Durante estos meses, don Alvaro celebrará diariamente la Santa Misa en este oratorio y rezarán, unidos a su ofertorio, por el reconocimiento jurídico que la Obra desea para desbordarse, con la bendición de la Iglesia, por todos los caminos del mundo.

Aquí, en este suelo fértil por la sangre y la palabra de los Apóstoles, por la presencia constante del Vicario de Cristo entre los hombres, ha de prender pronto la semilla de la Obra.

Pero la gestión no va a ser fácil. Plantear un nuevo camino a las Congregaciones de la Curia Romana será una empresa ardua. Desde el primer momento se presentarán obstáculos y dificultades que parecen conducir hasta un callejón sin salida.

Roma, ciudad abierta

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En las semanas siguientes, la Guerra Mundial precipita sus acontecimientos. José Orlandis y Salvador Canals comparten la inquietud y la compañía de miles de refugiados perseguidos por los avatares políticos que imponen los frentes de combate.

El 19 de julio, a las once de la mañana, suenan las sirenas de alarma: más de quinientas «fortalezas volantes» inician un bombardeo estremecedor que se prolongará cuatro horas. Barrios enteros de Roma, como el Tiburtino y Prenestino, se han cubierto de escombros; el aeropuerto Littorio arde por los cuatro costados. Sobre el rastro sangriento de las bombas, Pío XII sale del Vaticano para ayudar a las víctimas.

En medio de esta situación caótica, los trámites para la concesión del Nihil Obstat a la Obra siguen su curso. El 23 de septiembre la documentación sale del Santo Oficio, y el 11 de octubre, fiesta de la Maternidad de la Virgen, la Santa Sede declara que nada hay en el espíritu del Opus Dei que no pueda ser bendecido y alentado por la más alta autoridad de la Iglesia. La noticia llega a Madrid a través de la Nunciatura.

El Padre conecta con sus hijos en Roma a través de cartas que cruzan las fronteras en guerra. Y también se ocupa de tener detalles materiales de cariño aprovechando la generosidad de algún amigo que se arriesga a regresar a una Italia trepidante por el caos bélico que se libra en sus tierras. Es el caso del Padre Canal, que llegará de España arrastrando una maleta con café, azúcar, turrones y hasta dos trajes para entregar a José Orlandis y Salvador Canals con el más cariñoso abrazo del Fundador del Opus Dei.

La Guerra Mundial terminará en Europa en la primavera de 1945 y en el Pacífico algunos meses más tarde. José Orlandis volverá a España en el Banfora, un buque de guerra inglés que transporta centenares de repatriados. Desde Algeciras, llegará a Madrid el 14 de noviembre y volverá a ver al Padre después de tres años de ausencia. Salvador Canals viajará en coche, a primeros de diciembre, a través de Suiza y Francia.


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