Roma, 28 de enero de 1949

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Pío XII ha alzado la cabeza y, en su mirada penetrante, tras las gafas redondas de metal, el Fundador del Opus Dei percibe su sorpresa.

-Sí, Santidad -le confirma-, los libros y folletos que tenéis a la vista han sido escritos por algunos de mis hijos …

El Padre, en esta tercera audiencia del Papa, a la que ha ido acompañado por don Álvaro del Portillo, ha querido presentar al Sumo Pontífice un testimonio de lo que pueden suponer las distintas formas de hacer apostolado en la Obra. Se trata, en este caso, de una selección de libros y de artículos científicos publicados por algunos de sus hijos e hijas.

Ni que decir tiene que la Obra no se atribuye los méritos de las actividades profesionales ejercidas por sus miembros, que son de exclusiva responsabilidad suya; pero, en esta ocasión, el Fundador ha querido escoger un ejemplo expresivo para mostrar que el apostolado de sus hijos se realiza con un espíritu plenamente secular, inmerso en todas las realidades humanas, desde las más humildes a las más relevantes.

En efecto; desde los comienzos de la Obra, no ha dejado de procurar que esa llamada específica a la santidad que proclama llegue a personas de todas las clases sociales. Por eso, se siente muy contento porque, desde 1946, han ido surgiendo vocaciones entre mujeres cuya profesión consiste en “servir”, en llevar a cabo las tareas domésticas. Son ellas quienes -sin mezclarse para nada en las actividades de los varones- contribuyen a hacer acogedoras y agradables las casas en que viven algunos miembros de la Obra. Para el Padre, es éste un signo de la vitalidad del Opus Dei, así como otros muchos que se ponen de manifiesto en la expansión que se ha producido desde la última aprobación pontificia.

Londres, Dublín, París, México, Estados Unidos…

En los tres años transcurridos desde entonces, la Obra ha ido echando raíces en países muy distintos y los frutos son esperanzadores.

El 17 de diciembre de 1946, el Santísimo ha quedado reservado en el Sagrario del oratorio de la residencia de Coimbra, la primera de Portugal, y el 24 de junio de 1947 sus hijos, en Londres, se han instalado en el primer Centro de la Obra en Inglaterra. En octubre de ese mismo año, con unos quince días de intervalo, el Padre ha dado su bendición a José Ramón Madurga, que partía para Dublín, y a dos jóvenes diplomados que se iban a París: Julián Urbistondo y Álvaro Calleja. A estos últimos les ha entregado un trocito del sudario de Isidoro, cuyo proceso de beatificación está a punto de iniciarse.

El 25 de julio de 1947, un mexicano, Guillermo Porras, ha pedido la admisión en la Obra. Y al regresar a Roma, el Padre ha tenido la dicha de abrazar al primer italiano que, el 9 de noviembre de 1947, había hecho lo mismo: Francesco Angelicchio; pronto, en los primeros meses de 1948, otros le han seguido.

En ese año, aquellos de sus hijos que han comenzado a extender la semilla de la Obra en diversos países continúan dándole buenas noticias. El 9 de enero le anuncian telegráficamente que se ha producido la primera vocación en Irlanda. En abril, don Pedro Casciaro y otros miembros de la Obra han emprendido un largo periplo por los Estados Unidos y por diversos países de Hispanoamérica. El Padre les ha encargado que estudien las particularidades de cada uno y que establezcan contactos preliminares con vistas a un próximo establecimiento de la Obra. En los Estados Unidos, don Pedro ha estado con José María González Barredo, que se encontraba allí desde hacía tiempo realizando trabajos de investigación científica. Juntos, han visitado algunas de las principales ciudades del Canadá y de los Estados Unidos.

En México, adonde había llegado a mediados de mayo, ha permanecido dos meses. A su regreso a España, el Padre ha decidido empezar la labor enseguida en México y en los Estados Unidos.

A finales de 1948, en Molinoviejo, el Padre ha dado su bendición a don Pedro Casciaro, que ha partido para México a comienzos del siguiente año, acompañado por otros tres miembros de la Obra. Don José Luis Múzquiz, por su parte, se ha trasladado a los Estados Unidos en el mes de febrero…

Se encuentren donde se encuentren y sean cuales sean sus circunstancias, estos primeros miembros de la Obra enviados por el Padre a distintos países suelen proceder de la misma manera a la hora de emprender su “labor apostólica”. Porque, en el espíritu del Opus Dei, esa labor es inseparable de su trabajo profesional, de sus tareas ordinarias. Así, procuran suscitar vocaciones entre sus compañeros de trabajo, mediante un apostolado de amistad y confidencia, que el Fundador ha recomendado siempre y que no es otra cosa que la superabundancia, de su vida interior: práctica sacramental, oración, mortificación -en especial la aceptación alegre de los numerosos sacrificios, grandes o pequeños, inherentes a las dificultades de los comienzos-, dominio continuo del carácter y de los sentidos… Tal es el tesoro que se esfuerzan en comunicar a los demás, en especial a aquellos cuyas virtudes humanas -generosidad, lealtad, sinceridad, etc.- pueden predisponerles a entregarse al Señor.

Los sacerdotes de la Obra, siempre muy pocos en relación con los seglares, y por tanto absorbidos por el desempeño de su ministerio, están siempre a disposición de quienes se acercan a ellos y desean avanzar por esa vía de santificación en medio del mundo que el Opus Dei les ofrece, reciban o no la vocación a la Obra.

En cuanto a las circunstancias materiales, suelen ser también muy similares. Nada más llegar a un país, buscan una casa, como el Padre había hecho en Madrid en los años treinta, donde procuran que haya cuanto antes un sagrario contando siempre con la venia del Ordinario del lugar. Allí se instalan algunos miembros de la Obra, para, desde ella, impulsar la labor apostólica y de formación de los nuevos miembros. Pero como la mayor parte de los miembros -especialmente los casados- viven con sus familias, es en ese ambiente familiar y en su entorno profesional donde ejercen su apostolado.

El Padre, mientras tanto, sigue impulsando desde Roma el desarrollo de la Obra. Anima a todos con su oración, con sus cartas, con sus iniciativas. Y, cuando puede, viaja para impulsar la labor apostólica allí donde hace falta.

En octubre de 1948, con ocasión de un viaje a España, se traslada por cuarta vez a Portugal para visitar a sus hijos en Coimbra y en Oporto, donde acaban de abrir la residencia Boavista. Son momentos de alegría para él y para los que vuelve a ver o abrazar por primera vez, a los cuales ha animado siempre a aceptar con buen humor las consecuencias de una pobreza heroica que en Portugal, como en todas partes, ha acompañado los comienzos de la labor apostólica.

Cada vez que ha visto a sus hijos partir hacia un nuevo país, ha sido como volver a sus veintiséis años, cuando, desprovisto de medios, tenía que abrir todos los caminos divinos de la tierra.

A los dos que se preparaban para reunirse en París con Fernando Maycas, les había hecho esta reflexión en voz alta: Siempre hemos empezado con medios desproporcionados.

La vocación a la santidad dentro del matrimonio

Su estancia en España le había permitido, también, realizar algo que llevaba en el corazón desde el principio y que iba a marcar un nuevo hito en el desarrollo de la Obra.

Lo que había visto el 2 de octubre de 1928 incluía, entre aquellos que habrían de responder a la llamada divina a la santificación en medio del mundo, una mayoría de personas casadas que servirían a la Iglesia y a las almas en todas las situaciones humanas imaginables, santificando su vida de familia y haciendo de sus casas unos hogares luminosos y alegres.

Su vocación era idéntica a la de los demás miembros célibes de la Obra, aunque las circunstancias en las cuales vivieran fuesen muy diferentes, porque el Opus Dei no tenía más que un solo puchero, del cual cada uno tomaría lo que necesitase para cubrir sus necesidades, con arreglo a su disponibilidad.

Entre el 25 y el 30 de septiembre de 1948, el Padre, en Molinoviejo, había dirigido un curso de retiro a quince hombres que estaban dispuestos a ser de la Obra, entre ellos Tomás Alvira y otros que había conocido antes o durante la guerra.

El Fundador les había comentado unas cuartillas que había comenzado a escribir en 1935 y que, por entonces, estaba completando. El documento era una instrucción, un programa en torno a la inmensa tarea apostólica que iría penetrando todas las capas de la sociedad a lo largo de los siglos; apostolados cada vez más amplios que, hacía ya tiempo, cerca de allí, en Segovia, el Padre había puesto bajo el patronato del Arcángel San Gabriel: Yo veo esta gran selección actuante: hombres y mujeres de empresa y obreros, mentes claras de la universidad, inteligencias cumbres de la investigación, mineros y campesinos… todos, cada uno sabiéndose escogido por Dios para lograr su santidad personal en medio del mundo, precisamente en el lugar que en el mundo ocupa, con una piedad sólida e ilustrada, de cara al cumplimiento gustoso -aunque cueste- del deber de cada momento.

La llamada a la que respondían algunos de los que le escuchaban había ido madurando en su alma desde hacía meses o desde hacía años. Otros habían conservado en su memoria el recuerdo de lo que el Padre les había dicho hacía ya mucho tiempo: que tenían vocación matrimonial: ¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”? Pues la tienes: así, vocación.

Esta afirmación, que el Padre había recogido en Camino, era chocante entonces y había sido uno de los motivos de la incomprensión que la Obra había encontrado en ciertos medios eclesiásticos. Sin embargo, enseguida, en 1950, la Santa Sede daría la razón a Mons. Escrivá, admitiendo que personas casadas pudiesen formar parte del Opus Dei en respuesta a una llamada específica a la santidad dentro de su estado.

La batalla de la formación

Hacía falta, pues, empezar enseguida a dar un denominador común, el de la doctrina cristiana y el espíritu de la Obra, a todos estos hombres y mujeres, célibes o casados, que tan diferentes eran por su origen, su raza, su profesión, su formación y su lugar en la sociedad. La misma diversidad y espontaneidad de los apostolados lo exigía, si se querían garantizar la unidad y la eficacia apostólica del Opus Dei a lo largo de los siglos. Dicho de otra manera: convenía librar -en palabras del Fundador- “la gran batalla de la formación” de los miembros de la Obra.

Esta formación la recibirían habitualmente “en el tajo”, allí donde hubiera miembros del Opus Dei, y les acompañaría siempre, de alguna manera, al sitio donde su vida profesional o familiar les llevara. Los miembros que permanecían célibes, sin embargo, podrían recibirla de forma intensiva, en períodos más prolongados, dada su mayor disponibilidad.

El Padre tenía en mente el que algunos de éstos pasasen un período largo en la capital de la Cristiandad, con objeto de adquirir un espíritu universal, católico, y empaparse al mismo tiempo del espíritu de la Obra, viviendo cerca del Fundador. En consecuencia, se hacía necesario disponer de una casa lo suficientemente amplia.

Por aquel entonces, Mons. Escrivá estaba preparando la Sede Central del Opus Dei en Roma, pues la Obra iba teniendo cada día una extensión más universal. Y la solución provisional para aquel Centro de formación, que en 1948 se veía necesario, la encontró ahí: una parte de la Sede Central se destinaría a ese Centro de carácter internacional -el Colegio Romano de la Santa Cruz-, hasta que encontrara su sede definitiva.

Tras varios meses de búsqueda, se había localizado, en febrero de 1947, una villa romana situada en el barrio del Parioli, al norte de Villa Borghese. La casa, que había sido residencia del embajador de Hungría ante el Vaticano, era bastante amplia, sobre todo teniendo en cuenta el jardín que la rodeaba, donde se podrían construir nuevos edificios. Desgraciadamente, todavía estaba habitada por un antiguo funcionario de la embajada y su familia, quienes la ocupaban sin derecho alguno, ya que las relaciones entre Hungría y la Santa Sede habían quedado rotas con la llegada al poder de los comunistas. Tal era la causa de que el propietario pidiese un precio razonable, aunque resultase elevadísimo para las posibilidades con que contaba don Josemaría. Además, había que pagar en francos suizos…

Don Álvaro se lo comentó al Padre, que, con buen humor, respondió: No nos importa nada, porque nosotros no tenemos ni liras, ni francos, y al Señor le es igual una moneda que otra.

Lo más importante era tener la seguridad de poder desalojar a los ocupantes de la Villa. Los abogados decían que se conseguiría, pero que sería preciso tener calma…

Este dictamen, unido a las palabras de aliento de Mons. Montini, habían terminado por decidir al Padre.

-No dejen de comprarla -había dicho el sustituto de la Secretaría de Estado-. Está muy bien y las condiciones financieras son favorables. El Santo Padre conoce la casa, porque, cuando era Secretario de Estado, estuvo allí; se alegrará al saber que la han adquirido ustedes…

Y es que, antes de la guerra, el entonces Cardenal Pacelli se había entrevistado allí con el Regente Horthy, de Hungría.

En Villa Tévere

Como los ocupantes de la Villa se demoraban en desalojarla, el Fundador decidió abandonar el apartamento de la plaza Città Leonina y establecerse provisionalmente, con algunos de sus hijos, en la casita del portero, situada en la esquina de las calles Bruno Buozzi y Villa Sacchetti.

Aquello era de lo más inhóspito. El Padre había tenido que dormir varías noches en el santo suelo, sobre una tabla, utilizando un libro como almohada. El intenso frío le había ocasionado una parálisis facial que le dificultaba todo el movimiento de la parte izquierda de la cara. Con todo, aquella portería había permitido acoger, además de los que vivían en el piso de Città Leonina, los primeros miembros italianos de la Obra. Éstos habían empezado a llevar allí a sus amigos, y don Álvaro del Portillo les predicaba y atendía espiritualmente.

El Padre, sin embargo, pensaba ya en los que vendrían a Roma para formarse y regresar luego a su país de origen. El 29 de junio de 1948, había firmado un documento por el que erigía un centro internacional destinado a impartir esa formación, el cual en espera de una sede definitiva, se instalaría en Villa Tévere y llevaría el nombre de Colegio Romano de la Santa Cruz.

“Colegio”, había explicado, porque es una reunión de corazones que forman -consummati in unum- un solo corazón, que vibra con el mismo amor ; “Romano”, porque nosotros, por nuestra alma, por nuestro espíritu, somos muy romanos. Porque en Roma reside el Santo Padre, el Vice-Cristo, el dulce Cristo que pasa por la tierra. De la “Santa Cruz”, porque el Señor quiso coronar la Obra con la Cruz, como se rematan los edificios, un 14 de febrero… Y porque la Cruz de Cristo está inscrita en la vida del Opus Dei desde su mismo origen, como lo está en la vida de cada uno de sus hijos. Y también porque la Cruz es el trono de la realeza del Señor, y hemos de ponerla bien alto, en la cima de todas las actividades humanas.

El 5 de febrero de 1949, los ocupantes húngaros desalojan por fin la villa. El Padre y los demás se instalan allí. Ya pueden comenzar las obras de reforma, que serán largas sin duda, dada la amplitud del proyecto y el esfuerzo que será preciso hacer para reunir los fondos necesarios.

A partir del 11 de febrero, durante una estancia del Padre en España y Portugal que durará dos meses y medio, el Fundador pide a sus hijos e hijas que recen intensamente por el éxito de esta nueva iniciativa, tan desproporcionada a los medios con que se cuenta, pero indispensable para garantizar el futuro de la Obra, su unidad y la permanencia de su espíritu en todos los países.

Como es tradicional en los centros del Opus Dei, se da prioridad a los oratorios y luego a los edificios, totalmente independientes, destinados a las mujeres que habrán de encargarse de la Administración de la sede.

La labor apostólica en Italia

Por entonces, la Obra empieza a extenderse por Italia. En 1948, el Fundador había realizado un viaje a Milán y otro al Sur, pasando por Nápoles y llegando hasta Catania, en Sicilia.

En los primeros meses de 1949, sus hijos recorren las principales ciudades de Italia, con objeto de establecer los primeros contactos y poner los fundamentos de una labor apostólica estable: Bari, Génova, Turín, Milán, Bolonia, Pisa, Padua, Nápoles, Palermo, Catania… El terreno, preparado por la oración y el sacrificio, parece apto y empiezan a surgir algunas vocaciones.

A mediados de agosto, unos treinta jóvenes que han pedido recientemente la admisión en la Obra se reúnen, para recibir una formación intensiva durante unas semanas, en una villa situada en Castelgandolfo, dominando el lago Albano, muy cerca de donde veranea el Papa. La finca, muy abandonada, pertenece a la Santa Sede y Pío XII pronto la cederá en usufructo a la Obra.

El Padre les habla de oración, de trabajo, de humildad, de perseverancia, de la necesidad de imitar a Cristo, “obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz”. Ello supone para todos un nuevo impulso que les ayudará a progresar en su vida interior y les animará a reanudar, con renovado vigor, su trabajo profesional y su labor apostólica.

El 28 de octubre, en Roma, se dirige de nuevo a algunos miembros italianos de la Obra, exhortándoles a ser sembradores de paz y de alegría, “quasi fluvium pacis” (Is. LXVI, 12): como un gran río de paz en una sociedad encenagada por el pecado. El Señor os quiere presentes -les dice- por todos los caminos de la tierra…, echando la semilla de la comprensión, de la disculpa, del perdón, de la convivencia, de la caridad, de la paz: “in hoc pulcherrimo caritatis bello”. Esta “lucha pacífica” deberán librarla sus hijos en todos los países del mundo… sin descanso, en medio de las incomprensiones y de las críticas inevitables -pues siempre han estado presentes en el camino de los cristianos coherentes con su fe-, pero también con mucha alegría.

Roturando el terreno

El Padre sigue paso a paso el desarrollo de la Obra en otros países. En las cartas que escribe a sus hijos repartidos por casi todo el mundo, les aconseja roturar el terreno, prepararlo para la siembra con su oración y su sacrificio y con el empeño que ponen para suscitar la llamada divina en las almas.

Aquí y allá van surgiendo las primeras vocaciones, pronto seguidas por otras.

En la primavera, un irlandés y un portugués piden ser admitidos en la Obra. En el mes de agosto, una joven francesa, Catherine Bardinet, conoce el Opus Dei gracias a una amiga española a 1a que ha invitado a pasar una temporada en su casa de Burdeos. Comienza a traducir Camino al francés y, el 15 de agosto, decide jugárselo todo por Dios y pide ser admitida en la Obra. Es la primera vocación en Francia.

Ni que decir tiene que la Obra encuentra también obstáculos en algunos países. Pero, como le gusta decir al Fundador, ¿qué sería de un cuadro si todo fuera luz y no tuviera sombras? ¡No habría cuadro!. Así pues, aconseja a sus hijos e hijas que se atengan a la regla de conducta que él siempre ha adoptado: rezar, callar, trabajar, sonreír.

Al Padre le gusta contribuir a roturar el terreno con la oración, mientras recorre los países y regiones donde sus hijos ya trabajan o irán pronto a sembrar el espíritu del Opus Dei. Así, el 22 de noviembre de 1949, junto con don Álvaro y otro miembro de la Obra, visita Génova, Como y Milán. En esta última ciudad, unos pocos hijos suyos esperan, en una pensión, encontrar un lugar en el que instalarse. El Padre les aconseja que invoquen con frecuencia a la Madonnina que corona la catedral de Milán; les habla también de vida interior, de esa santidad que deben buscar incansablemente en su vida ordinaria, como, por ejemplo, en las difíciles circunstancias que atraviesan. El resto vendrá por añadidura, si son fieles, gracias a su empeño.

Desde Milán, sigue viaje por Turín y el norte de Italia, hasta Bolzano, en el Alto Adigio. Luego, el 29 de noviembre, cruza la frontera de Austria.

Antes de partir de Milán, ha escrito a sus hijos de Portugal: Encomendad de firme las cosas para que el Señor no mire nuestras miserias, sino nuestra fe, y podamos pronto emprender definitivamente la labor en el centro de Europa.

Pasan por Innsbrück, llegan hasta Münich -capital de Baviera-, en el sur de Alemania, vuelven a pasar por Innsbrück y regresan a Italia por la región de Venecia.

Durante la última etapa del viaje, el Padre no ha hecho más que rezar: ha invocado a la Virgen en todas las iglesias, de muros blancos y dorados, y ha recitado infinidad de rosarios en el coche. Hemos llenado de avemarías y canciones los caminos del centro de Europa, comentará al regreso.

Le parece estar viviendo una novela, una maravillosa novela de amor y de aventuras.

Pensando en las maravillas que el Señor le ha descubierto, en aquellas que ya se han convertido en realidad y en las que se convertirán pronto, tiene la sensación, a veces, de que todo lo que está sucediendo supera su capacidad de imaginación y terminará por hacerle estallar el corazón y la cabeza.

Antes, más, mejor: Prima, più, meglio! Estas tres palabras serán en adelante uno de los lemas que utilizará para pedirle a Dios, en un diálogo lleno de confianza, que acelere el desarrollo de la Obra. Con ellas trata de expresar que, con la fidelidad de todos, se harían más cosas, antes y mejor de lo que con visión humana se podría pensar.

Un corazón que late en Roma

El día de Navidad de 1949, el Papa Pío XII inaugura el año jubilar golpeando por tres veces, con un martillo de plata, la Puerta Santa, situada a la derecha del peristilo de la basílica de San Pedro. Millares de peregrinos han llegado a Roma para asistir al acto.

El 1.° de enero de 1950, Mons. Escrivá de Balaguer, acompañado por don Álvaro del Portillo y otros dos de sus hijos, se dirige a San Pedro para ganar las indulgencias del Año Santo, siguiendo la antigua tradición cristiana. Para el Opus Dei, va a ser un año de mayor esfuerzo y, si Dios quiere, de gracia. El Fundador tiene que hacer, además, dos importantes peticiones: que prosiga la expansión de la Obra en muchos países y que llegue pronto la aprobación definitiva de la Santa Sede, aunque sabe que esto será sólo un paso para llegar a la configuración jurídica propia del Opus Dei.

En Villa Tévere, mientras tanto, las obras avanzan. La estructura fundamental del edificio que da a la calle de Villa Sacchetti está concluida. En cuanto a la Villa central, se estudian las obras necesarias para añadir dos plantas.

Poco a poco, se ha ido instalando la parte habitable de la portería, que se llena de personas que la visitan para recibir dirección espiritual, estudiar, rezar o hablar con algún amigo. En Castelgandolfo, por otra parte, se organizan cursos de retiro y convivencias.

Los miembros de la Obra que visitan Roma van a ver al Padre. Ver a sus hijos, le causa una gran alegría. Padece muchas molestias por la grave diabetes que le aqueja, pero él ofrece por quienes le visitan, por todos sus hijos dispersos por el mundo y por los apostolados que tan generosamente hacen, su fatiga, la sed debida a la enfermedad y el hambre que el régimen a que está sometido le causa. Y también, desde luego, las largas horas de trabajo que constituyen el núcleo fundamental de sus jornadas.

Sigue en el cumplimiento exacto de las obligaciones de ahora. -Ese trabajo -humilde, monótono, pequeño- es oración cuajada en obras que te dispone a recibir la gracia de la otra labor -grande, ancha y honda- con que sueñas: poner a Cristo en la cumbre y en la entraña de todas las actividades de los hombres.

Durante largos meses, el Padre no sale de Roma, excepto para hacer breves visitas a sus hijos en Castelgandolfo, especialmente en verano y por las tardes.

Desde finales de 1949, viene trabajando, con ayuda de don Álvaro del Portillo, en la preparación de la definitiva aprobación pontificia, que vendrá a completar y perfilar el “decreto de alabanza” de 1947. La documentación que hay que presentar en la Santa Sede es importante y llega a ocupar tres mesas de su despacho. Con frecuencia, velan hasta muy tarde.

El Padre no se olvida, por eso, de seguir de cerca los progresos de los apostolados de la Obra en el mundo.

El 4 de marzo, un pequeño grupo de mujeres del Opus Dei viajarán hacia México. Otras preparan la marcha a los Estados Unidos y tratan de resolver los problemas administrativos previos.

El 12 de marzo, dos profesores universitarios, Francisco Ponz Piedrafita e Ismael Sánchez Bella, llegan a Buenos Aires con don Ricardo Fernández Vallespín, ordenado ya sacerdote. Van a dar una serie de conferencias sobre sus respectivas especialidades: fisiología animal, historia del derecho y arquitectura moderna. La acogida es tan cordial que, tras escribir a Roma para consultar, el Padre decide que se queden allí.

A don Adolfo Rodríguez Vidal, que poco antes ha llegado a Chile, el Padre le escribe en los siguientes términos el 13 de marzo de 1950: Hace un momento ha llegado a mis manos tu primera carta escrita desde Santiago de Chile. No imaginas con qué cariño y con qué ilusión la he leído. ¡Dios te bendiga, hijo! Dios te bendiga y te haga el corazón cada día más grande, y la cabeza cada día más clara, para que sepas amar y comprender a ese país magnífico, donde el Señor te ha puesto para que trabajes en su viña del Opus Dei (…) Hijo mío: que estés contento: que hagas alguna visita, de mi parte, a nuestra Madre del Cielo; en ese Santuario del Carmen: que estés seguro de que todo irá adelante, aunque en alguna ocasión puedan surgir dificultades (…) La bendición y un cariñoso abrazo de tu Padre.

Novedades en josemariaescriva.info

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Ofrecemos algunas de las últimas novedades en la web de San Josemaría

Opus Dei - Vilnius  (Lituania)

Vilnius (Lituania)

El día 6 de octubre de 2002 el siervo de Dios Juan Pablo II canonizó en Roma a Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. En este videoclip (5:52 min) se recogen momentos de esos días, con testimonios de los participantes.

Las palabras que reproducimos fueron la respuesta, que también puede escuchar, a una pregunta en Santiago de Chile durante una tertulia el 2 de julio de 1974.

Imagen de San Josemaría en Vilnius (Lituania)

El día 6 de octubre tuvo lugar en Vilnius (Lituania) una Misa Solemne para conmemorar el 80 aniversario de la fundación del Opus Dei. Fue celebrada por el Cardenal y Arzobispo de Vilnius Audrys Juozas Bačkys en la iglesia dedicada a Todos los Santos de la capital de Lituania

San Josemaría y Pío XII

1946. Las primeras palabras de cariño y aliento que Escrivá escuche en Roma serán las de monseñor Giovanni Battista Montini.

Recensión: Josemaría Escrivá de Balaguer, una devoción popular

Recogemos a continuación una recensión publicada en el volumen 1 de la Revista Studia et Documenta del Instituto histórico San Josemaría Escrivá sobre una de las pocas monografías que aborda el análisis del Opus Dei en su vertiente sociológica, estudiando cuál ha sido el impacto social de la devoción popular a san Josemaría en Colombia.

Actualidad eclesial del mensaje de Josemaría Escrivá

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Testimonio de P. Ambrogio Eszer, O. P. Relator General de la Congregación para las Causas de los Santos
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

La figura de Josemaría Escrivá de Balaguer, polifacética y, al mismo tiempo, extraordinariamente compacta, suscita un conside­rable interés tanto en el pueblo de Dios como entre los teólogos. El estudio de sus escritos y de su servicio eclesial parece demostrar que la personalidad del fundador del Opus Dei marca una nueva etapa en el panorama de la espiritualidad y de la vida de la Iglesia.

La actualidad de su mensaje y de su obra están a la vista de todos; es la «viva expresión de la perenne juventud de la Iglesia», como escribió el Papa Pablo VI. El Santo Padre Pío XII afirmó de él que era «un verdadero santo, un hombre mandado por Dios para nuestra época». El cardenal Höffner declaró que su obra «es providencial en la historia de la Iglesia, y presenta tal fuerza salvífica que es imposible exagerar su valor».

Si el teólogo debe reconocer en el carisma del fundador del Opus Dei la libre iniciativa de Dios, que traspasa con una luz inesperada el espíritu de la criatura escogida y le asigna una tarea a la que ésta no sabe ni quiere resistirse, el historiador ha de buscar los para­digmas objetivos que permitan valorar ese carisma y la correspon­dencia del hombre. La inspiración de Monseñor Escrivá de Bala­guer se proyecta sobre un horizonte que transciende las vicisitudes de su tiempo, pero de ellas obtiene fuerza y vigor. Son dos los ele­mentos que deben considerarse para formular una valoración adecuada de su personalidad y su apostolado. Por un lado, la expe­riencia personal del siervo de Dios: el itinerario de su vocación y de su misión. Por otro, las circunstancias externas en las que esta misión se desarrolló. O, si se prefiere, por una parte la gracia, y por otra, la forma concreta e histórica en la que la ha encarnado.

Pues bien, su acción eclesial toma forma en un contexto que, desde un punto de vista social y cultural, aparece fuertemente mar­cado por un laicismo rabioso. Estamos en los primeros anos treinta, cuando tiene lugar una consolidación de las fuerzas laicistas que se proponen una radical descristianización de las masas: de hecho, este designio no se consuma solamente en los ámbitos restringidos donde se crea la cultura, sino que quiere involucrar a la sociedad entera. De esta cultura laicista se derivó la expansión del odio anti­clerical, la persecución violenta contra la Iglesia, la revuelta anar­quista. En los anos sucesivos, hasta llegar a nuestros días, el extre­mismo en la lucha contra la fe religiosa ha sido superado, pero aquel proyecto de «laicización» de la vida conoce una expansión casi imparable: la secularización como proceso de pensamiento, incluso teológico, y como realidad generalizada.

La respuesta de Escrivá de Balaguer, al principio y al final, es la misma, perentoria y esencial; «estas crisis mundiales son crisis de santos». Advirtiendo la necesidad de que los cristianos superen toda división entre la fe y el actuar diario, proclama la vocación universal a la santidad y anuncia con vigor que el trabajo humano es el instrumento a través del cual Dios llama al hombre a cooperar en el plan de la Creación y de la Redención. El trabajo, que era el lugar de conflicto y de aplastamiento del hombre por aquellos que deseaban plasmar los «nuevos tiempos» de una humanidad finalmente liberada y dueña de sí, se convierte para el fundador del Opus Dei en el ámbito de santificación. Cristo es colocado «en la cumbre de todas las actividades humanas»; la vida de los hombres y la entera sociedad se impregnan de una tensión hacia Dios a la que nada resulta ya extraño. Y es en los cristianos corrientes, de todos los ambientes y condiciones sociales, en quienes Escrivá rea­viva la conciencia de la necesidad de recapitular, desde dentro, el mundo en Cristo.

En ese espíritu se reconocen las huellas de sus primeras expe­riencias sacerdotales entre los campesinos de Perdiguera, los uni­versitarios de Zaragoza y de Madrid, los obreros y los abandonados de las barriadas extremas de la capital. Un espíritu que parece mos­trar sus inagotables virtualidades, sobre todo hoy, cuando vemos que el «humanismo» moderno acaba por desembocar en el indi­ferentismo y en el sinsentido. De ahí que no sea casualidad que en el texto del decreto sobre la heroicidad de sus virtudes se lea:

«Este mensaje de santificación en y de las realidades terrenas resulta providencialmente actual para la situación espiritual de nuestra época. En efecto, en los tiempos presentes, a la vez que se exaltan los valores humanos, también se advierte una fuerte inclinación hacia una visión inmanente del mundo, entendido como algo separado de Dios. Y este mensaje invita a los cristianos a buscar la unión con Dios a través del trabajo diario, que constituye una obligación y una fuente perenne de la dignidad del hombre la tierra. Por lo que resulta patente la adecuación de este mensaje con las cir­cunstancias de nuestro tiempo, y parece además destinado a per­durar de modo inalterable, por encima de las vicisitudes históricas, como fuente inagotable de luz espiritual».

Desde el punto de vista eclesial, Josemaría Escrivá comienza a actuar en una situación en la que las respuestas pastorales tra­dicionales comenzaban a dar los primeros signos de inadecuación ante el gran desafío de este humanismo ateo o agnóstico. Y en los últimos años asiste a la crisis de las ilusiones de quienes habían inten­tado superar ese ¡mpasse preconizando la adaptación de la Iglesia al mundo. Tampoco aquí su respuesta cambia con el tiempo y, con su estilo directo característico, aparece perfectamente adecuada a las nuevas exigencias. Es el regreso a un cristianismo radical, cris­tocéntrico y teocéntrico, centrado en la afirmación del primado de la gracia, de la comunión de vida con Cristo mediante la oración y los sacramentos, que generan el hombre nuevo y lo transforman en testigo de Cristo en su propio ambiente profesional.

Se lee en estas tesis un eco ante litterarn del mensaje central del Concilio Vaticano II, en el que el fundador del Opus Dei tuvo la alegría de ver aprobadas las propias inspiraciones fundamentales; y, al mismo tiempo, se percibe un salto de siglos, que conecta direc­tamente con la genuina fuente de la espiritualidad cristiana: el Evan­gelio sine glossa y la experiencia de la primitiva comunidad cristiana. Escrivá vive y transmite a todos los cristianos la experiencia del encuentro transformador con Cristo. No hay en él ninguna pre­sunción intelectual, ni la preocupación por resolver complicadas cuestiones teológicas, sino el anhelo pastoral de hablar a todos, cultos y sencillos, ricos y pobres, mentes eximias y hombres poco ins­truidos, para entregar a todos un mensaje nuevo y antiguo. Es el mensaje de Cristo, en cuyo misterio salvífico todos los bautizados se encuentran vivíficamente injertados. Por esto, Camino –su libro más importante y difundido– no es una exposición sistemática, sino una guía hacia el encuentro con el Señor: incluso en su forma lite­raria, aparentemente tan asistemática como la vida misma, se refleja el sabor de los Ápophthegmata de los primeros maestros del Cris­tianismo. Pero Escrivá está bien lejos de cualquier «primitivismo», y en este sentido, la lectura de su obra tanto publicada como inédita –así como de dictámenes elaborados a lo largo de la causa de canonización por parte de los teólogos censores designados por el Tribunal del Vicariato de Roma– es suficiente para disipar cual­quier duda. El suyo es un trabajo de catequesis, de pastoral experta, de dirección de almas. Hay una mente atenta y perspicaz, que sin ligarse a ninguna escuela teológica determinada, bebe de la teología escolástica y, sobre todo, de Santo Tomás, las tesis fundamentales.

Su enseñanza consigue ser siempre eminentemente apostólica. Y también lo es su obra. La incidencia que ha tenido en la auténtica promoción del laicado es aún difícilmente evaluable en sus dimen­siones reales que, ciertamente, son vastísimas; lo mismo se podría decir de los frutos que suscita en sacerdotes y religiosos. Josemaría Escrivá de Balaguer ha llevado a tantos cristianos, de cualquier esta­do y condición, a la unión total e íntima con el Salvador, trasmi­tiéndoles un vigoroso impulso apostólico, que les ha hecho cons­cientes de la llamada a ganar a otros para Cristo; « estos otros» son cristianos que se han entibiado y aquellos que se han dejado absor­ber por el secularismo. Detrás de esta fecundidad, que no conoce especializaciones, se palpa un profundo sentido de la Iglesia y un amor que podemos definir sin titubeos, encendido hacia todos sus representantes, comenzando por el vicario de Cristo.

La amplitud de las realizaciones apostólicas promovidas por Josemaría Escrivá en los cinco continentes, y su adecuación a las exigencias de una pastoral en sintonía con las necesidades de los tiempos, pueden hacer pensar que fuera, sobre todo, un hombre de acción. Los estudios elaborados con motivo de la causa de cano­nización nos revelan, en cambio, que la verdadera clave de su per­sonalidad está en su vida interior, donde se toca el misterio de la elección divina, de la que la criatura queda marcada hasta las libras más profundas de su ser. Si se puede dar de él una definición, es la de siervo fiel: fidelidad ejemplar en la respuesta diaria a la intensa acción de la gracia en su alma y, consiguientemente, en el cum­plimiento del encargo recibido. Sólo dejándose moldear interna y enteramente por el amor de Dios podría convertirse en un humilde heraldo del mensaje radical de santidad que constituye el núcleo del Opus Dei. El carisma que le guió aparece constitutivamente diri­gido a la edificación de la Iglesia. Su experiencia unitiva personal fue el sustrato necesario y el alimento natural de su mensaje espi­ritual. La teología ha analizado esta experiencia conoce bajo el nombre de «carisma del fundador», y ha puesto de relieve que sus inmediatas consecuencias apostólicas no se limitan al valor del testimonio o de la ejemplaridad que enriquece su trasunto interior, sino a una paternidad misteriosa y real, cauce activo del fluir de la gracia de Cristo a sus miembros.

Esta me parece la clave de la personalidad espiritual de Mon­señor Escrivá, enteramente marcada por la voluntad de ser fiel a la misión recibida. Fue en primer lugar un alma profundamente contemplativa. Desde joven el Señor le condujo a través de expe­riencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían «sentir», en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético y con una extenuante actividad apostólica, identificándose plenamente con la voluntad divina. Simultáneamente, el Señor le hizo un maestro de vida inte­rior; a los veintiséis años tan sólo, con la fundación del Opus Dei, le llamó a abrir un nuevo camino de santidad en la Iglesia. También las purificaciones pasivas, elemento presente en todo proceso de la santificación, asemejan al siervo de Dios a los grandes funda­dores: no sólo la experiencia vivida de la bajeza de la propia nada ante el amor divino, sino, sobre todo, la conciencia de la indignidad para una tarea sin limites, y la dolorosa sucesión de las incompren­siones sufridas, de las adversidades que de todos lados amenazaron la vida de la criatura que acaba de ver la luz… Como si Dios mismo pidiese una cosa humanamente «imposible» y, al mismo tiempo, pareciese que impedía su realización.

En la extraordinaria fecundidad de esta paternidad suya se des­cubre no sólo la fecundidad de la gracia, sino también un don par­ticularmente atractivo. La vida espiritual de Josemaría Escrivá se desenvuelve en todos sus aspectos como una expansión de la filia­ción divina en Cristo: todo es confianza, acogida cordial, transpa­rencia. También el dolor es abandono sereno en el Padre, que bendice con la cruz. Y todo sucede bajo el signo de la alegría, de un optimismo contagioso, de un maduro entusiasmo que hace singu­larmente atractiva su figura

Agradezco al Señor haberme concedido ocuparme, en calidad de relator, de la de canonización de Josemaría Escrivá. Las investigaciones se han llevado a cabo en el más riguroso respeto de los criterios jurídicos y de la metodología científica exigidos por la Iglesia en tan deseada materia: los procedimientos procesales, la recogida y el análisis de las fuentes documental es, y los sucesivos estudios histórico-documentales son también otro modelo de escru­pulosa exactitud, con un sólido aparato crítico, y de profundización sabia y segura. Aparece así una figura que pertenece ya al tesoro de toda la Iglesia: su próxima beatificación nos presenta un hombre en el que Dios ha querido dejar una huella deslumbrante de su gra­cia. En ella, cualquier cristiano puede descubrir los destellos de la luz que sólo la imagen de Cristo refleja en toda su plenitud y cuyo resplandor relumbra en los santos.

La raza de los hijos de Dios

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Tajamar, Instituto de Enseñanza que dirigen miembros del Opus Dei en Madrid, está lleno hasta los bordes una tarde de octubre de 1967. El Padre se dirige a una variada multitud de oyentes y les habla, en un momento de este encuentro, de la vocación al Opus Dei:

«Esta vocación, que no es para todos, la entienden perfectamente las almas que tienen el corazón noble, aunque no sean católicas. Y yo logré del Santo Padre Pío XII, en 1950, después de darme dos negativas, que al fin me concedieran traer junto a nosotros como Cooperadores los no católicos, los católicos que no practican y los anticatólicos, siempre que fueran nobles y tuvieran virtudes humanas»(42).

La Obra era así la primera asociación de la Iglesia que abría fraternalmente sus brazos a todos los hombres, sin distinción de credo o confesión.

Este respeto a la libertad de las conciencias es algo que Monseñor Escrivá de Balaguer ha gritado en todos los idiomas del mundo. Ha dicho, repetidamente, que daría la vida por defender la libertad de la conciencia de una sola persona. ¡Libérrimos!… repite constantemente a sus hijos. En la certeza de aquella afirmación de Juan Apóstol: «La verdad os hará libres »(43)

Creer firmemente en las verdades de la Iglesia Católica es situarse en las antípodas de un fanatismo despiadado e inútil. La Obra pregona a los cuatro vientos que, por encima de toda ideología y creencia, mantiene el profundo respeto a la persona y a su libertad. Porque la primera y última vocación del cristiano es la comprensión, la caridad. El Apóstol de Tarso definía así esta virtud y, con ella, todo el talante existencial de los discípulos de Cristo: «paciente, es servicial; no es envidiosa, no se pavonea, no se engríe; la caridad no se ofende, no busca el propio interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal; la caridad no se alegra de la injusticia, pero se alegra de la verdad. Todo lo excusa, lo cree todo, todo lo espera, todo lo tolera»(44)

Si el Opus Dei practica esta abierta acogida con todos los credos de la tierra, pide en cambio que se reconozca la libertad de su espíritu. No es más que reclamar la libertad de las conciencias para seguir a Jesucristo de acuerdo con aquella vocación a la que han sido llamados sus miembros.

Y, por otro lado, reclama igualmente, el derecho de cada uno a servir y a ejercer sus oficios individuales con la independencia y responsabilidad de cualquier ciudadano. Es la autonomía del orden temporal respecto a cualquier injerencia de índole eclesiástica.

De ahí que, junto a una flexibilidad en las cuestiones temporales, en las que no existen dogmas, Monseñor Escrivá de Balaguer tenga una seguridad inconmovible en las verdades de fe. Una imposibilidad de manejar asertos que no le pertenecen, que son un tesoro que la Iglesia custodia. Creer en la veracidad de unos dogmas trascendentes no permite concesiones ni recortes, por la sencilla razón de que el hombre no puede crear la verdad: sólo descubrirla y aceptarla.

«La transigencia es señal cierta de no tener la verdad. Cuando un hombre transige en cosas de ideal, de honra o de Fe, ese hombre es un… hombre sin ideal, sin honra y sin Fe» (45)

Los Cooperadores no católicos de la Obra ayudan en las empresas sociales, educativas, culturales, del Opus Dei, y al calor y al ejemplo de esta firme y humana actitud, algunos han llegado a la verdad de la Iglesia Católica por el camino de la amistad, del respeto, de la libertad.

Por esta doble postura de apertura y firmeza, podía escribir el Cardenal Primado de España, unos días después de la muerte del Fundador del Opus Dei:

«Mucho antes del Concilio Vaticano II trabajó Monseñor Escrivá de Balaguer, como nadie, en la promoción del laicado, en la auténtica y profunda promoción, no en las ridículas y tristes experiencias que tanto han abundado y siguen haciendo acto de presencia en los años del posconcilio; y en el campo del ecumenismo, y en el diálogo con el mundo moderno, y en el reconocimiento efectivo de la sana autonomía de las realidades temporales.

Precisamente por eso, ahora, cuando tantos se mueven alocadamente, sin rumbo, porque su frivolidad les priva de la luz, él supo mantenerse tan firme y enhiesto en la roca de la fidelidad sin convertirse jamás en un futurólogo insustancial que, creyendo atisbar el porvenir, consiente en que el presente se le desmorone entre las manos. Porque supo ser un auténtico progresista, fue también -como no puede ser menos- un conservador denodado y valiente, de la raza de los mártires y los confesores de la fe, o simplemente del linaje espiritual de los que, a imitación de María, saben conservar en su corazón de pobres del Reino lo que debe ser conservado siempre para ser feles»(46)

Son múltiples los ejemplos prácticos de esta actitud del Padre. Escenas que se han repetido continuamente en público y en privado. Una vez es un matrimonio peruano que visita al Padre en Roma en 1958. Les acompaña un hijo que no practica ningún género de creencia religiosa. Cuando los padres se arrodillan ante la bendición de Monseñor Escrivá de Balaguer, el muchacho se retira y permanece de pie. A la hora de marcharse, el Padre se acerca, con un afecto natural y sencillo para decirle que aunque no ha querido recibir su bendición de sacerdote, seguramente no tendrá inconveniente en recibir un abrazo de amigo.

Y en una tertulia muy numerosa, aquella voz que surge del fondo de la sala:

-«Padre, nosotros somos una familia ecuménica: mi esposa es metodista…

-¡Dios la bendiga! ¿Está aquí? -Está aquí, conmigo.

-Dile que la quiero mucho.

-Estamos muy unidos en la educación religiosa de nuestros hijos…

-¡Muy bien!

-Dos ya hicieron la Primera Comunión… -¡Bien!

-Me gustaría que dijese algunas palabras a mi esposa.

-¡Hija mía!, te digo lo siguiente: que tienes un marido estupendo y que te quiero mucho en el Señor. Quiero a todas las almas. Pero a una madre que da libertad a los hijos, y que además se ocupa de que se eduquen en esta fe maravillosa, que ve con alegría que se acerquen al Santo Sacramento de la Eucaristía, a una madre así yo ya la admiro. ¡Te admiro! (…). Reza por mí (…). Mañana, en la Misa, me voy a acordar mucho de ti. Allí no soy yo. Tú no tienes por qué creerlo, por ahora; pero pediré al Señor que te dé mi fe, porque -no te enfades- la tuya no es la verdadera. Yo daría mi vida cien veces por defender la libertad de tu conciencia; de modo que seríamos muy amigos, si yo viviera aquí. Pero, claro, yo creo que tengo la verdadera fe; si no, no vestiría esta funda de paraguas».

Y señala su sotana, mientras la gente ríe…

-«¡Reza por mí! Nadie como tu marido para defender la fe tuya. Y nadie como tu marido y como yo, para pedirle al Señor que te dé (…) mucha claridad de ideas. Y gracias, porque eres muy generosa y muy buena»(47).

Y en octubre de 1967, con el salón de actos de Tajamar abarrotado:

«Si me permitís, os voy a dar la bendeción (…). El que no tenga fe, que sepa que la bendición de un sacerdote es como la bendición de un padre y de una madre, porque es la bendición de Dios. Y los que tenéis la dicha de tener fe, recibidla como lo que es, como algo santo, grande, bueno:

Que el Señor esté en vuestros labios, en vuestros corazones, en vuestros hogares, en vuestros amores, en vuestro trabajo, y os dé siempre la alegría y la paz. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»(48).

Y Peter Forbarth, periodista, que acompañado por Javier Ayesta acude a visitar al Fundador de la Obra. Javier describe así sus impresiones:

«En 1967 acompañé a Roma al periodista americano Peter Forbarth que iba a efectuar una entrevista a Mons. Escrivá de Balaguer para “Time Magazine”. El Fundador del Opus Dei le invitó a comer, y le trató con su cariño y delicadeza proverbiales.

Yo había hablado con el Padre antes del almuerzo y le informé que mi colega era judío, y que no daba muestras de practicar su religión. Me contestó que la fe era un don que no se podía transmitir con simples razonamientos: había que contar con Dios. Me animó a ser un buen amigo suyo y a no importunarle en materia religiosa para que no se le hiciese odiosa la verdadera fe.

Peter salió muy impresionado de la entrevista y sólo decía: ¡Increíble! ¡Increíble! Estaba lleno de admiración y, horas más tarde, me decía que en el Fundador del Opus Dei se palpaba algo superior… »(49)

Otras veces, la historia es larga y la búsqueda tenaz. Como en el caso de Hilary Schlesinger, inglesa de nacionalidad pero de origen judío, y educada en un ambiente agnóstico. Hilary vive en la capital inglesa todo el horror de la última Guerra Mundial. Siente pasión hacia la música y maneja perfectamente el violín, pero abandona sus estudios instrumentales para dedicarse a la terapia ocupacional de las víctimas de los bombardeos. Un día una mujer joven, paralizada por un ataque de poliomielitis, le pregunta desde el pulmón de acero por el sentido del dolor y de la vida. Hilary no tiene respuesta. Pero se promete a sí misma buscar una finalidad al sufrimiento. Lee apasionadamente el Evangelio y pide fe. Siente profunda admiración por la figura de Jesús de Nazaret.

Siguiendo las líneas de su trabajo tiene que desplazarse a Argentina. Unos meses después, la ONU la envía a Chile. Un amigo le proporciona «Camino», un libro que le ayuda a rezar. Se interesa por la Obra y frecuenta uno de sus Centros en Santiago. El 19 de marzo de 1968 se bautiza en la religión católica. Cuando llega a Colombia, siguiendo su periplo profesional, pide allí, al Padre, su admisión en el Opus Dei.

Si algo ha impresionado su ánimo ha sido la libertad, la universalidad de la Obra a través de los países latinoamericanos que ha visitado. Su origen judío la hace doblemente querida por el Padre que, en más de una ocasión, ha respondido a un hebreo que le quiere porque sus dos grandes amores de la tierra son Jesucristo, que es judío, y su Madre, María, también hebrea.

Confirmando esta actitud, cabe anotar la respuesta de una mujer perteneciente a la Asociación de amistad judeo-cristiana de Madrid. En una reunión celebrada en 1964, en una sinagoga, un participante de origen sefardí, se levantó para preguntar «por qué el Opus Dei perseguía a los judíos». «Yo no era moderadora pero me levanté y dije: Sólo quiero atestiguar un hecho y es que el Opus Dei, lejos de perseguir a los judíos, tiene Cooperadores judíos en Estados Unidos desde 1948. Un aplauso cerrado acogió las palabras (…). Luego hice constar que no pertenecía al Opus Dei, pero que lo defendía por justicia» (50).

Y la simpática historia de aquella señora inglesa, mayor, quien, de pronto, ve cómo se instala un Centro de la Obra en el piso inmediato, al que acudían muchos chicos jóvenes. El Padre lo cuenta, divertido, en una tertulia:

«Había un Centro en una parte de Londres. Y, claro, como los chicos son chicos, y además jóvenes, armaban mucho jaleo con las guitarras y las canciones. En el apartamento contiguo vivía una señora anciana, escritora, periodista, amiga de la tranquilidad y de la serenidad material también, para poder cumplir con su oficio (…). Decía que aquellos vecinos eran unos impertinentes. Los chicos lo supieron y un día fueron a visitarla. La trataron con mucho cariño, sacaron las guitarras y le cantaron unas cuantas cosas. Desde entonces se sintió obligada. Y a la hora del té llegaba siempre un regalito de tía Carolina, como comenzaron a llamarla enseguida los chicos. Y tía Carolina, con la alegría de aquellos hijos míos, y con el empeño que pusieron en la oración, en importunar al Señor, ha tenido la gracia de Dios para convertirse a la fe católica. Yo recibo algunas veces sus cartas, y las contesto. Me decía hace poco que debía ir a Inglaterra, y estoy con el corazón en Inglaterra, porque allí también me encuentro muy a gusto. Cuando vayáis, haced una visita a tía Carolina»(51)

Más tarde, en 1972, esta mujer inglesa viaja desde Londres en avión para saludar al Padre en una gran reunión celebrada en Barcelona. Y como el Fundador acaba de explicar que él se siente joven, como si tuviera sólo siete años, ella le interpela desde el público:

-«Por una parte soy mayor que usted, puesto que yo tengo ocho años y usted siete. Por otra, soy bastante más joven, porque tengo quince meses: los que llevo desde mi conversión, en agosto del año pasado. Soy su hija más pequeña. Por eso quiero pedirle un favor: sentarme a su lado el resto de esta maravillosa tertulia»(52).

Así, con cariño, con seguridad y amor, ha abierto el Padre la amistad de todos los hombres y mujeres del mundo. Cuando Peter Forbarth le interroga en su entrevista del 15 de abril de 1967, la respuesta será afirmación pública de esta alegre realidad de la Obra:

-«¿Cómo se sostiene económicamente el Opus Dei?».

-«Trabajando mucho sus miembros, yo también. Y el que trabaja, gana. Así podemos promover obras corporativas de enseñanza, de asistencia social, etc., que rara vez se sostienen solas. Para mantenerlas, además de los miembros del Opus Dei, hay otras personas que ayudan; algunos no son católicos, y muchos, muchísimos, que no son cristianos. Pero ven la labor, la palpan, y se entusiasman de verdad. Por eso aprovecho para decir ahora que soy deudor a muchas personas, incluso no católicas y no cristianas »(53).

Llevaba el amor a la libertad en la más honda raíz de su ser humano y cristiano. A millones de años luz de todo fanatismo temporal o religioso. Afincado en la verdad revelada por la Iglesia que se proclama heredera de los Apóstoles de Jesucristo.

1. Hijo de la Iglesia

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El decreto sobre la heroicidad de las virtudes vividas por Mons. Josemaría Escrivá, promulgado el 9 de abril de 1990 por Juan Pablo II, sitúa la figura del Fundador del Opus Dei en un preciso contexto eclesial: la llamada a la santidad de todos los bautizados que es, según Pablo VI, “el elemento más característico del Magisterio conciliar, y por así decir, su fin último”. Mons. Escrivá, desde el 2 de octubre de 1928, dedicó todas sus energías a difundir esa vocación universal a la santidad, “en coincidencia profética con el Concilio Vaticano II”.

Como es bien sabido, el amor a la Iglesia y la voluntad de servirla penetran todos los escritos, la predicación y la vida del Fundador. Me gustaría conocer detalles de cómo manifestaba personalmente, Mons. Escrivá, su profunda convicción de hijo de la Iglesia.

–Conservo el recuerdo imborrable de su llegada a Roma. Era el 23 de junio de 1946. El Padre tenía 44 años. Yo estaba en Roma desde febrero de aquel año, porque el Fundador me había encomendado diversas gestiones para la aprobación pontificia de la Obra. Como las características propias del Opus Dei representaban una novedad absoluta en el Derecho canónico vigente, yo trabajaba en la medida de mis posibilidades, siguiendo las indicaciones precisas del Fundador. Pero me dijeron, entre otras muchas cosas, que no era posible aún obtener la aprobación del Opus Dei: habíamos nacido –ésta fue la expresión literal– con un siglo de anticipación. Las dificultades eran tan grandes, aparentemente insuperables, que decidí escribir al Padre para manifestarle la necesidad de su presencia en Roma.

Aunque en aquel momento padecía una diabetes gravísima –hasta el punto de que el médico que entonces le atendía, el Dr. Rof Carballo, había declinado toda responsabilidad sobre su vida si emprendía aquel viaje–, el 21 de junio el Padre se embarcó en el viejo J. J. Sister, en Barcelona. Antes había pedido su parecer a los miembros del Consejo General del Opus Dei, y se había abandonado en manos de la Virgen de la Merced.

Después de una dura travesía, a causa de una tempestad absolutamente insólita en el Mediterráneo, la nave atracó en el puerto de Génova el 22 de junio, poco antes de la medianoche. Yo había ido a esperarle desde Roma junto con Salvador Canals, otro miembro del Opus Dei. Pasamos antes por un modesto hotel para reservar las habitaciones. Recuerdo que allí Salvador y yo cenamos muy frugalmente: estábamos en plena posguerra, y como postre nos sirvieron un trozo de parmesano. Yo no conocía este tipo de queso, lo probé y me pareció tan bueno que lo guardé para nuestro Fundador. No podía imaginar que sería su primer alimento después de cuarenta y ocho horas. El Padre me tomó siempre el pelo afectuosamente por aquello.

Al día siguiente celebró su primera misa en tierra italiana, en una iglesia muy dañada por los bombardeos. El viaje hasta Roma, en un pequeño coche alquilado, por aquellas carreteras destrozadas tras la guerra, fue interminable e incomodísimo. Pero el Padre rebosaba alegría, sin una queja: le emocionaba pensar que al fin iba a cumplirse una de sus más grandes aspiraciones: videre Petrum. Durante todo el recorrido rezó muchísimo por el Papa.

Llegamos a Roma al atardecer del 23 de junio. Cuando divisó por vez primera la cúpula de S. Pedro desde la Via Aurelia, rezó muy conmovido un Credo. Habíamos subarrendado algunas habitaciones de un apartamento en el último piso de un edificio de la plaza de Città Leonina, nº 9, que tenía una terraza desde la que se veía la Basílica de San Pedro y el Palacio pontificio. Al asomarse a esta terraza y contemplar las habitaciones que ocupaba el Vicario de Cristo, el Padre expresó su deseo de quedarse allí un rato, recogido en oración, mientras los demás, cansados de un viaje tan accidentado, se retiraban a descansar. Llevado por su amor al Papa, y emocionado por estar tan cerca de sus habitaciones, el Padre permaneció en la terraza toda la noche, rezando, sin dar importancia al cansancio del viaje ni a su falta de salud, ni a la tremenda sed que le producía su enfermedad, ni a los contratiempos del viaje en barco.

Este episodio puede dar una idea de la intensidad con que el Fundador amaba a la Iglesia y al Papa. Y, aún más, a pesar del gran deseo –ansia incluso– de acercarse a rezar ante la tumba de San Pedro, el Padre esperó varios días antes de entrar en el Templo de la Cristiandad; tan grande era su espíritu de mortificación.

A finales de aquel mes, exactamente el 30 de junio, el Padre pudo escribir a sus hijos del Consejo General del Opus Dei, que tenía entonces su sede en España: Tengo un autógrafo del Santo Padre para “el Fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei”. ¡Qué alegrón! Lo besé mil veces. Vivimos a la sombra de San Pedro, junto a la columnata.

El 31 de agosto pudo regresar a Madrid, con un documento de la Santa Sede llamado De alabanza de los fines, instrumento canónico que no se otorgaba desde hacía casi un siglo. Las dificultades comenzaban a superarse.

El 22 de octubre de 1946, Mons. Escrivá quiso volver a rezar ante la Virgen de la Merced; después, el 8 de noviembre, volvió desde Madrid definitivamente a Roma, ciudad que sería durante casi treinta años su residencia habitual, hasta el día en que Dios lo llamó a su Presencia.

Volvamos al tema. El Beato Josemaría fue favorablemente acogido en la Curia Romana, especialmente por el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Montini, pero no le faltaron dificultades por parte de algunos eclesiásticos. Algunas veces dijo que había perdido la inocencia al llegar a Roma…

–Pero sus reacciones se caracterizaron por una profunda visión sobrenatural. Por ejemplo, comenzó a ir con frecuencia a la Plaza de San Pedro para rezar el Credo delante de la tumba del Príncipe de los Apóstoles. Utilizaba la fórmula castellana que su madre le había enseñado de pequeño, y cuando llegaba a las palabras: Creo en la Santa Iglesia Católica, añadía el adjetivo romana y, a continuación, un paréntesis: a pesar de los pesares. Una vez, estando yo delante, se lo confió a Mons. Tardini –no recuerdo si ya había sido nombrado Cardenal Secretario de Estado–, y el prelado le preguntó: “¿Qué quiere decir con esto de ‘a pesar de los pesares’?”. El Padre respondió: A pesar de mis pecados y de los suyos. Lógicamente el Padre no quería ofender a Mons. Tardini. Si ningún hombre está exento de pecado, y el justo cae siete veces al día, nuestro Fundador subrayaba la necesidad de que los colaboradores del Papa fuesen muy santos y estuviesen llenos del Espíritu Santo, para que en toda la Iglesia hubiera más santidad.

No admitía ni justificaba la falsa humildad de algunos eclesiásticos, proclives a la “autocrítica” de la Iglesia: la Iglesia, repetía a menudo, no tiene manchas, porque es la Esposa de Cristo. Este meaculpismo, como solía llamarlo, le llenaba de dolor: no admitía que el reconocimiento de la debilidad de los hombres ofuscase la fe en la santidad objetiva de la Iglesia.

El Fundador conoció a tres Papas. ¿Cuáles fueron sus relaciones con el primero, Pío XII?

–El Santo Padre Pío XII le recibió en audiencia muchas veces, y demostró su estima personal por la Obra concediendo las dos primeras aprobaciones pontificias: el Decretum Laudis de 1947, y la aprobación definitiva en 1950. Para mostrar su afecto, nuestro Fundador llegaba incluso a ofrecer al Papa regalos muy sencillos. Por ejemplo, una vez le llevó unas naranjas que había recibido de España (en aquella época no teníamos dinero ni para comer). Otra vez, como sabía que al Santo Padre le gustaba un determinado vino español, consiguió unas botellas y se las regaló.

Hay un episodio significativo de este afecto del Padre por el Sumo Pontífice. Durante una audiencia, en un determinado momento, quiso besar los pies de Pío XII. El Papa le dejó besar uno, pero no quiso que le besara el otro. Entonces el Padre insistió filialmente expresando al Santo Padre que era aragonés y, como todos los aragoneses, tozudo.

Pío XII manifestó su aprecio por el Fundador del Opus Dei en muchas ocasiones. Al cardenal Gilroy y a su obispo auxiliar les confió: “Es un verdadero santo. Un hombre enviado por Dios para nuestros tiempos”. El auxiliar, Mons. Thomas Muldeon, después de la muerte del Padre, consignó este recuerdo en un testimonio escrito.

En una entrevista periodística (Conversaciones, num. 229), el Fundador recordó que, en cierta ocasión, animado por el carácter afable y paterno de Juan XXIII, le dijo: en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Su Santidad… Y el Papa se reía, emocionado, pues sabía que desde 1950 la Santa Sede había autorizado al Opus Dei para admitir como cooperadores a los no católicos e incluso a los no cristianos.

–Sucedió en la primera audiencia que Juan XXIII concedió al Fundador, el 5 de marzo de 1960. El Santo Padre era muy afable y sencillo, lo que facilitaba a sus interlocutores confidencias fuera de todo protocolo. Además, en aquellas audiencias papales, también cuando debía tratar de asuntos importantes, no dejaba de contarle hechos que pudieran alegrarle. Recuerdo que pocos días después de su llegada a Roma le recibió Mons. Montini, entonces Sustituto de la Secretaría de Estado. Nuestro Fundador le habló extensamente de la Obra, y le contó algunas anécdotas apostólicas. Mons. Montini aseguró que enseguida se las referiría al Santo Padre: “Aquí llegan solamente penas y dolores, y el Papa se alegrará mucho cuando conozca tantas cosas buenas que están haciendo ustedes”.

Al término de aquella primera audiencia, Juan XXIII le confió que las explicaciones del Padre sobre el espíritu de la Obra le habían abierto “insospechados horizontes de apostolado”.

A la audiencia privada concedida por Juan XXIII el 27 de julio de 1962, le acompañó don Javier Echevarría. Fue una conversación a solas, entre el Papa y el Fundador del Opus Dei. Sé que hablaron largamente sobre el espíritu y la actividad de la Obra en el mundo, y que pocos días después, el 12 de junio de 1962, el Padre escribió una carta a todos sus hijos del mundo entero pidiéndoles que se unieran al agradecimiento que en justicia sentía hacia Juan XXIII, por haberle ofrecido una vez más el honor y la gloria de ver a Pedro. Debo añadir que nuestro Fundador me habló muchas veces, con gran admiración, de las virtudes sacerdotales del Papa Roncalli.

Durante la dolorosa enfermedad de Juan XXIII, Mons. Angelo Dell’Acqua contó al Padre –le manifestó siempre gran confianza– algunos detalles de cómo cuidaba al Papa. Por ejemplo, mientras estaba junto a la cabecera de su lecho, el Papa le tomaba la mano, y cuando hacía gesto de irse y le soltaba, exclamaba: “Angelino, no me dejes”. El Padre se entristecía al pensar en la soledad en que se encontraba el Papa y daba las gracias de todo corazón a Mons. Dell’Acqua, que, con los más íntimos colaboradores de la casa pontificia, atendían con tanto cariño al Papa Juan XXIII durante sus últimos días.

Por detalles precedentes se intuye que la estima de Pablo VI al Opus Dei y a su Fundador eran anteriores a su elevación al Pontificado.

–Basta recordar que, una vez obtenida la aprobación pontificia del Opus Dei, me pareció oportuno pedir a la Santa Sede, en calidad de Procurador General y en nombre del Consejo General de la Obra, el nombramiento de Prelado doméstico para nuestro Fundador. El entonces monseñor Montini no sólo aprobó mi iniciativa, sino que la hizo suya. Estábamos al comienzo de 1947.

Como conocía bien la humildad del Padre, hice las gestiones sin informarle previamente. En la primavera de ese año llegó una carta de Mons. Montini con el nombramiento del Fundador del Opus Dei como Prelado doméstico. Estaba fechado el 22 de abril de 1947. Mons. Montini alababa al Opus Dei y a su Fundador, y añadía que la Obra era una esperanza para la Iglesia.

El Padre se sintió reconocido, pero me dijo que no quería aceptar y que, con toda su gratitud, pensaba devolver el documento de nombramiento a Mons. Montini explicándole que no deseaba ninguna distinción honorífica. Don Salvador Canals y yo le pedimos que no lo hiciera, y el argumento decisivo fue que con ese nombramiento se mostraba de modo aún más patente la secularidad del Opus Dei. Entonces cambió de parecer y escribió una carta al Sustituto de la Secretaría de Estado manifestando su gratitud por aquella prueba de afecto del Santo Padre y suya. Después nos enteramos de que Mons. Montini había tenido también la delicadeza de pagar de su bolsillo las tasas por el nombramiento.

Pude comprobar de modo particularísimo el afecto de Pablo VI al Padre cuando me recibió después de haber sido llamado a suceder al Fundador. Pablo VI me habló del Padre con admiración y dijo que estaba convencido de que había sido un santo. Me confirmó que desde muchos años antes leía Camino a diario y que le hacía un gran bien a su alma, y me preguntó a qué edad lo había publicado nuestro Fundador. Le respondí que lo había dado a la imprenta cuando tenía treinta y siete años, pero precisé que el núcleo del libro ya había aparecido con el título de Consideraciones espirituales en 1934, y lo había redactado un par de años antes, es decir, a la edad de treinta años. El Papa se quedó un momento pensativo y después observó: “Entonces lo escribió en la madurez de su juventud”.

Aún tengo fresco en mi memoria el recuerdo de aquella visita de Pablo VI al Centro Elis el 21 de noviembre de 1965, día de su inauguración. Los edificios que se levantan en el popular barrio romano del Tiburtino nacieron por iniciativa de Juan XXIII, quien decidió destinar la suma recogida entre católicos de todo el mundo con motivo del ochenta cumpleaños de Pío XII a la creación de una obra social en Roma, confiando el proyecto, la realización y la gestión al Opus Dei. De ahí surgió una estructura polivalente, compuesta por una residencia para estudiantes obreros, un centro de formación profesional con varios programas de especialización técnica y artesanal, una biblioteca, un centro deportivo y una escuela de hogar con todas las actividades necesarias para la promoción de la mujer. Junto al Elis está la iglesia parroquial de San Giovanni Battista al Collatino, confiada a sacerdotes del Opus Dei. El Papa se entretuvo en la visita bastante más tiempo del previsto. Celebró la Santa Misa, bendijo una imagen de la Virgen destinada a la Universidad de Navarra y visitó detenidamente los locales del centro. Al terminar abrazó al Fundador y visiblemente emocionado, exclamó. “Aquí todo es Opus Dei”. Fue un signo de gran consideración hacia la Obra y el Padre, sobre todo teniendo en cuenta que en aquel momento las visitas del Pontífice eran rarísimas; y Pablo VI quiso que la inauguración del Elis se fijase durante la fase final del Vaticano II, para facilitar así la participación de muchos Padres Conciliares en la ceremonia, como sucedió de hecho.

¿Cuál fue el último encuentro del Fundador con Pablo VI?

–Tuvo lugar el 25 de junio de 1973, con unas características singulares, inolvidables. El Padre habló al Papa de temas muy sobrenaturales, y le puso al día sobre el desarrollo de la Obra y los frutos que el Señor concedía en todo el mundo. Pablo VI se alegró mucho, y a veces le interrumpía dejándose llevar por algún elogio o simplemente exclamando: “Usted es un santo”. Lo sé porque, al terminar la audiencia, vi que el Padre tenía un aspecto más bien apesadumbrado, casi triste. Le pregunté el motivo, pero en un primer momento no quiso responderme. Después me contó que el Papa le había dicho aquellas palabras y se había llenado de vergüenza y de dolor por sus propios pecados hasta el punto de protestar filialmente al Papa: No, no. Vuestra Santidad no me conoce. Yo soy un pobre pecador. Pero el Papa le insistió: “No, no, usted es un santo”. Entonces el Fundador replicó lleno de emoción: En la tierra no hay más que un santo: el Santo Padre.

Por otra parte, Mons. Carlo Colombo, asesor teólogico y amigo personal de Pablo VI, ha testimoniado que el Santo Padre le animó a escribir la carta postulatoria para la apertura del proceso de beatificación del Fundador del Opus Dei. Estas son sus palabras: “En el curso de un encuentro con Pablo VI, donde se trataron varios temas, tuve la oportunidad de expresar al Pontífice mi intención de dirigir una carta postulatoria solicitando el inicio del proceso canónico que introdujese la causa de Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Sentí el deber de comunicar al Papa que pensaba dirigirle una carta postulatoria, que no habría escrito si personalmente no hubiera tenido serios motivos para hacerlo: no podía permitirme defraudar la íntima confianza que me tenía el Papa. Pablo VI me dio su pleno asentimiento y aprobación, por la gran estima que sentía por el Siervo de Dios, de quien conocía el gran deseo de hacer el bien que le movía, su amor ferviente a la Iglesia y a su Cabeza visible, y el celo ardiente por las almas”.

Estuve presente, con un grupo de miembros del Opus Dei de varios países, en la Misa que Juan Pablo II celebró para nosotros el 19 de agosto de 1979, donde pronunció la inolvidable homilía en la que dijo, entre otras cosas: “Gran ideal, verdaderamente, el vuestro, que desde sus comienzos ha anticipado aquella teología del laicado que caracterizaría después a la Iglesia del concilio y del postconcilio”. Escuchar directamente al Sucesor de Pedro este elogio de nuestra espiritualidad y de nuestro “ser Iglesia”, me conmovió, a mí y a todos los presentes, y nuestra mente se dirigió al Fundador, que no tuvo oportunidad de conocer al futuro Juan Pablo II, un Papa cuyo nombre está ligado a la historia de la Obra.

El Fundador del Opus Dei ha sido considerado, pues, un precursor del Concilio Vaticano II, aunque no participó personalmente en el Concilio.

–El Padre se alegró mucho por la convocatoria del Concilio Vaticano II y, apenas Juan XXIII la hizo pública, le envió inmediatamente una carta llena de gratitud. Entre otras cosas, preveía que el Concilio colmaría la laguna teológica sobre el papel de los laicos en la Iglesia, como de hecho sucedió.

Pensó que podían convocarle en calidad de presidente general de un Instituto Secular, pues ésa era entonces la configuración jurídica del Opus Dei. En ese caso debería participar como Padre Conciliar junto a otros superiores de Instituciones incluidas en el estado de perfección. Aunque deseaba muchísimo intervenir personalmente en las reuniones conciliares, no le pareció conveniente tomar parte a título de presidente de un Instituto Secular. De hecho podría significar, si no la aceptación de un estatus jurídico inadecuado a la naturaleza de la Obra, al menos un dato que constituiría un precedente poco favorable para la futura revisión del encuadramiento canónico del Opus Dei. Expuso a la Curia los motivos por los que no consideraba prudente participar en el Concilio, y su decisión fue bien comprendida.

Entonces Mons. Loris Capovilla le invitó a intervenir como perito del Concilio, trasladando el deseo del Santo Padre Juan XXIII. Nuestro Fundador reiteró una vez más su disponibilidad total e incondicionada, pero, después de haber agradecido la invitación, explicó las razones por las que preferiría no aceptar, sometiéndose, en todo caso, a la decisión del Papa. En resumen eran éstas: por un lado, no podría dedicar a esta misión todo el tiempo necesario; por otro, varios hijos suyos obispos eran Padres Conciliares, y resultaría chocante que interviniese como un simple perito: no se trataba ciertamente de una actitud de vanidad, sino del deseo de evitar malentendidos a la Santa Sede. Si el Fundador del Opus Dei hubiese aceptado el nombramiento de perito, tras haber rehusado el de Padre Conciliar, alguno podría pensar que lo que buscaba era moverse entre bastidores. En cambio, los que no estaban al corriente de la situación podrían pensar que al Opus Dei no se le concedía ninguna importancia eclesial.

Al mismo tiempo, nuestro Fundador ofreció a la autoridad eclesiástica competente la colaboración de toda la Obra y de sus miembros, muchos de los cuales, efectivamente, participaron en la preparación y desarrollo del Concilio.

Por lo a que mí se refiere, me exhortó a aceptar varios nombramientos de diversas Comisiones del Concilio y a poner todo mi empeño en esta tarea. Al comienzo de los trabajos fui nombrado perito conciliar, Secretario de la Comisión para la Disciplina del Clero y el Pueblo Cristiano, dentro de la cual tuve que intervenir muy activamente.

Es la Comisión que elaboró el decreto Presbyterorum Ordinis

–Exacto. Además fui nombrado consultor de otras tres comisiones conciliares (para los obispos y el régimen de las diócesis; para los religiosos; para la doctrina de la fe; también consultor de la comisión mixta para las asociaciones de fieles) y consultor de la comisión para la revisión del Código de Derecho Canónico. Concluidas las actividades de la Asamblea Ecuménica, recibí el nombramiento de consultor de la comisión postconciliar para los obispos y el gobierno de las diócesis.

Durante el desarrollo de las sesiones conciliares, junto a los resultados positivos y sugerentes, que se condensarían en los documentos definitivos, también hubo discrepancias y confusiones a menudo amplificadas por los periódicos. Esas tensiones hacían sufrir a Juan XXIII y a Pablo VI, como Mons. Dell’Acqua confiaba a nuestro Fundador. Es necesario aclarar que la confianza que este prelado manifestaba a nuestro Fundador, de la que es prueba evidente la abundante correspondencia de este periodo, no era simplemente fruto de la íntima amistad que les unía, sino que el propio Santo Padre animaba al Sustituto de la Secretaría de Estado en esa línea; de esta forma se estableció un canal de comunicación directo, siempre abierto, entre el Papa y nuestro Fundador.

En los tres años de Concilio, sin contar el período preparatorio, nuestro Fundador se entrevistó con muchos Padres Conciliares, peritos, etc. A veces, les invitaba a comer en nuestra sede central; otras, iba a buscarlos a las casas donde se alojaban, casi siempre para devolverles la visita. Hubo días en que recibió más de media docena de visitas, y no le resultaba nada fácil sacar, de sus ocupaciones de gobierno en la Obra, el tiempo necesario para acoger debidamente a esos cardenales, arzobispos, obispos, nuncios, teólogos, etc.

Yo estuve presente en muchas de estas entrevistas, y pude observar con qué sencillez y afabilidad trataba el Padre a quienes venían a verle. Por ejemplo, Mons. François Marty, entonces arzobispo de Reims, que luego sería Cardenal Arzobispo de París, escribió: “En la época del Concilio Vaticano II tuve ocasión de encontrarme varias veces con Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. De aquellas conversaciones tengo el recuerdo de un hombre que sólo hablaba de Dios. Un rato de charla con él era como un rato de oración. Esto era compatible con su buen humor, con su sentido sobrenatural, con su caridad llena de cariño”.

También Mons. Abilio del Campo, Obispo de Calahorra, ha dejado este testimonio: “Creo con sinceridad que Josemaría contribuyó decisivamente a clarificar doctrinalmente muchos puntos en los que las luces que había recibido de Dios y su extraordinaria experiencia pastoral en el mundo del trabajo eran casi insustituibles. Fueron muchos los Padres conciliares que, apoyándose de su amistad, pudieron recoger sus atinados consejos”.

Imagino que algunos de estos consejos procurarían también defender la ortodoxia católica en aquella época en que un malentendido “espíritu conciliar” sembraba cierta confusión

–Es significativo el testimonio de Mons. Giacomo Barabino, entonces Secretario del Cardenal Siri, y hoy obispo de Ventimiglia, que declaraba: “Su defensa de la ortodoxia no procedía de un espíritu conservador, de cerrazón mental o rigidez de carácter. Tenía una evidente preocupación por asegurar la ortodoxia y las estructuras vitales, divinas de la Iglesia; pero no era menos evidente su espíritu de apertura e innovación: me entusiasmaba oírle hablar de cómo era necesario secundar, cada uno desde su sitio, con fidelidad al propio carisma dentro de la Iglesia, la corriente santificadora que el Espíritu Santo derrama en el pueblo de Dios, en cada uno de los fieles, llamados a la plenitud de la vida cristiana. Dentro de su audaz apertura subrayaba la condición misionera de la Iglesia en todos los ambientes, incluso en los más difíciles. Se trataba de una realidad que vivía a diario: la coherencia con la idea fundamental de la que había partido, la vocación universal a la santidad, idea vigorosa que aplicaba continuamente con una elasticidad verdaderamente admirable a las exigencias de los tiempos y al desarrollo de la Iglesia entre los hombres”.

Debió de ser muy grande la emoción de Mons. Escrivá de Balaguer al ver confirmada por el Concilio y convertida en patrimonio de toda la Iglesia aquella intuición que el Señor le había confiado el 2 de octubre de 1928…

–Desde luego. Poco después de la clausura del Concilio solía repetir: Hijos míos, hemos de estar contentos al acabar este Concilio. Hace treinta años, a mí me acusaron algunos de hereje, por predicar cosas de nuestro espíritu, que ahora ha recogido el Concilio de modo solemne. Y en una entrevista concedida a L’Osservatore della Domenica en 1968 declararía: Una de mis mayores alegrías ha sido precisamente ver cómo el Concilio Vaticano II ha proclamado con gran claridad la vocación divina del laicado. Sin jactancia alguna, debo decir que, por lo que se refiere a nuestro espíritu, el Concilio no ha supuesto una invitación a cambiar, sino que, al contrario, ha confirmado lo que –por la gracia de Dios– veníamos viviendo y enseñando desde hace tantos años. La principal característica del Opus Dei no son unas técnicas o métodos de apostolado, ni unas estructuras determinadas, sino un espíritu que lleva precisamente a santificar el trabajo ordinario (Conversaciones, num.72).

Junto al Papa

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En la nave derecha de la Basílica de San Pedro, en Roma, se yergue desde 1964 la estatua de Pío XII, obra de Francesco de Messina. Revestida con capa pluvial de bronce sobredorado, y tiara pontificia. Su mano bendice y subraya al mismo tiempo; puntualiza con gesto firme y digno. La figura tiene cierto hieratismo; sus proporciones la convierten casi exclusivamente en estatura.

Seis años antes, el Papa Eugenio Pacelli, la noche del ocho al nueve de octubre, había fallecido. Una muchedumbre silenciosa asistía al traslado de su cuerpo por las calles de Roma, al responso en San Juan de Letrán, y a la llegada de los restos ante la Basílica de San Pedro. Doblaban las campanas de la Ciudad Eterna.

Para el Opus Dei, la figura de Pío XII es definitivamente entrañable porque durante su Pontificado la Obra recibirá diversas aprobaciones en su largo camino jurídico -abriendo cauces nuevos en el Derecho Canónico-, que culminará muchos años después, en 1982, cuando el Opus Dei sea erigido Prelatura Personal.

Durante los días de luto que siguen a la muerte de Pío XII, el Fundador del Opus Dei habla especialmente del cariño por el Sumo Pontífice que es parte integrante del espíritu del Opus Dei.

«Sabéis, hijos míos, el amor que tenemos al Papa (…), quienquiera que sea. A éste que va a venir ya le queremos. Estamos decididos a servirle con toda el alma ex foto corde tuo, ex tota anima tua… Y a este Pontífice le vamos a amar así».

En otro momento, repetirá:

«Rezad, ofreced al Señor hasta vuestros momentos de diversión. Hasta eso lo ofrecemos por el Papa que viene, para dar a conocer la eternidad de la Iglesia, como hemos ofrecido la misa todos estos días, como hemos ofrecido… hasta la respiración»(22).

Y seguirá insistiendo:

«Cuando vosotros seáis viejos, y yo haya rendido cuenta a Dios, vosotros diréis a vuestros hermanos cómo el Padre quería al Papa con toda su alma, con todas sus fuerzas… »(23).

El 28 de octubre de 1958, una «fumata bianca» a última hora de la tarde, pone fin a la espera de todo el mundo católico: aquel que va a ser representante de Cristo en la tierra ya tiene nombre. El Cardenal Canali anuncia a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro la elección del Patriarca de Venecia, que ha escogido el nombre de Juan XXIII. Se llama Ángel José Roncalli y es uno de los trece hermanos de una familia campesina de Sotto il Monte, cerca de Bérgamo. Tiene setenta y siete años.

Durante un viaje que hubo de hacer en 1954 a España, el entonces Cardenal Roncalli se alojará en dos Residencias Universitarias promovidas por miembros del Opus Dei: La Estila en Santiago de Compostela y Miraflores en Zaragoza. Años más tarde le comentará al Padre que le llamaron la atención la alegría y el buen espíritu que reinaban en las dos casas. Pensó que se trataba de una peculiaridad del carácter español, pero luego vio que era una característica de la Obra (24).

En 1960, el Padre solicita audiencia en el Vaticano para saludar al nuevo Papa. Pocos días después, es recibido por Juan XXIII. La entrevista transcurre en un tono entrañable y patriarcal. Como solía hacer el Papa Juan.

«La primera vez que oí hablar del Opus Dei -le dijo el Papa- me dijeron que era una institución “imponente e che faceva molto bene”, una institución imponente y que hacía mucho bien. La segunda (…), que era una institución “imponentissima e che faceva moltissimo bene”»(25). Y comentaba que estas palabras le entraron por los oídos, pero su cariño por el Opus Dei le quedó en el corazón.

El Padre habló mucho con el Papa; de la Obra, de sus apostolados, de la actitud de servicio a la Iglesia que llevan sus hijos a través del mundo.

Un momento antes de terminar la audiencia, el Santo Padre hace llamar a un fotógrafo para que la entrevista quede grabada de modo perenne. Al día siguiente llega la fotografía a Villa Tevere, junto con una bendición llena de cariño.

El Fundador comentará algún tiempo después: «Pío XII llegó a conocer la Obra y la quiso (…). Juan XXIII la quiso muchísimo y me decía que fuera a verle más a menudo (…). Diez días antes de su muerte (…) mandó un último pequeño regalo. Un día, hablando con él, me dijo en italiano: “Monseñor, la Obra pone ante mis ojos horizontes infinitos que no había descubierto”»(26).

Cuenta el Fundador la confianza con que habló a Juan XXIII del apostolado del Opus Dei con los no cristianos. Y de lo que le había costado conseguir la aprobación por parte de la Santa Sede, para nombrar Cooperadores del Opus Dei también a personas no católicas:

«Cuando solicitamos oficialmente, hace veinte años, de la Santa Sede la autorización para recibir a los no católicos e incluso a los no cristianos como Cooperadores de nuestra Obra, la primera contestación fue que era imposible. Volví a insistir y la respuesta fue un dilata, que era ya reconocer la legitimidad de nuestra petición, aunque aconsejándonos esperar. Por fin, en 1950, la contestación afirmativa: la Obra era así la primera asociación de la Iglesia católica que abría fraternalmente sus brazos a todos los hombres, sin distinción de credo o confesión»(27).

Ante la hilaridad de Juan XXIII, le dijo el Padre: «como ve Vuestra Santidad, en este punto no he aprendido nada del Santo Padre: lo he aprendido del Evangelio»(28).

El Santo Padre asintió. Porque la raíz del trabajo de la Obra con los no católicos que lleva incluso a admitirlos como Cooperadores de la Obra, es efectivamente evangélica.

El sentido de la libertad de las conciencias en la Obra lleva a compartir trabajo y proyectos incluso con personas que no tienen confesionalidad católica. Los Cooperadores no forman parte de la Obra, pero, por razones de utilidad social, cultural, etc., aportan su ayuda y colaboración para sacar adelante tareas que tienen gran envergadura humana. En algunos países, son un apoyo insustituible.

El 25 de enero de 1959, Juan XXIII anuncia a los Cardenales en la Basílica de San Pablo Extramuros su propósito de convocar un Concilio que habría de llevar el nombre de Vaticano II; también la reunión de un Sínodo romano y la revisión del Código de Derecho Canónico. El Papa abría un enorme panorama de trabajo, oración y diálogo, a los tres meses de su elevación al Pontificado. Habría de ser el XXI Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica.

El 11 de octubre de 1962, festividad de la Maternidad de Nuestra Señora, en la nave central de la Basílica de San Pedro se declara abierto el Vaticano II. Dos mil quinientos padres conciliares se alinean bajo las estatuas, mausoleos y bóvedas del gran templo de la cristiandad. Cerca de ellos, el Papa: un hombre de casi ochenta y un años pero lleno de energía, de amor y resolución que, unos días antes, el cuatro de octubre, ha ido como peregrino a los Santuarios de Loreto y Asís implorando la ayuda del Cielo. Diez Sesiones públicas presididas por Su Santidad y más de ciento sesenta Congregaciones Generales tendrán lugar para estudiar y aprobar los diversos documentos conciliares. Un número considerable de observadores no católicos podrán asistir a las reuniones abiertas. Durante el primer período conciliar, el Papa se abstendrá de participar en los trabajos de las Congregaciones Generales. Pero seguirá su desarrollo completo a través de un circuito cerrado de televisión. Su salud empieza a resentirse: sin embargo, no renuncia a rezar y sufrir por esta barca que gobierna en nombre de Cristo y ha de soportar los embates de toda clase de tempestades. Insiste en el empeño por explicar con mayor precisión a los fieles y al mundo entero la naturaleza y misión universal de la Iglesia.

Ya en 1961, el Papa Juan había publicado la Encíclica Mater et Magístra conmemorando el setenta aniversario de la Rerum Novarum de León XIII. Quería animar el empeño autónomo y responsable de los católicos en la vida social y económica de la humanidad contemporánea. Dos años más tarde, el 11 de abril de 1963, dará a conocer la Pacem in Terrís: la paz entre todos los pueblos fundada sobre la verdad, la justicia, el amor y la libertad…

En junio de 1962, Monseñor Escrivá de Balaguer será recibido, una vez más, por Su Santidad el Papa. Recordando esta inolvidable audiencia, el Padre escribe con emoción y alegría:

«Os diré, sin embargo, que de este encuentro del hijo con el Padre han quedado guardados en mi mente y en mi corazón todos los pormenores. Más aún: así como el Apóstol Juan conservó un nítido y vivo recuerdo, fruto de un gran amor, de todos lo pormenores de sus encuentros con el Maestro (y este recuerdo llega incluso a precisar la hora de la divina llamada: hora erat quasi decima); del mismo modo yo, en mi modestia, vuelvo con mi recuerdo a esta Audiencia, y guardo de ella hasta el más mínimo detalle: no solamente el día y la hora, sino también la mirada atenta y llena de paterna benevolencia, el gesto suave de la mano, el calor afectuoso de su voz, la alegría grave y serena reflejada en su semblante… Quisiera de verdad, queridísimos hijos, que todos vosotros sintiérais la misma alegría que yo y quedáseis inmensamente agradecidos al Papa Juan XXIII por su bondad y benevolencia (…).

El Santo Padre Juan XXIII, Pastor común (…), que además ha sido el Pontífice de la Encíclica Mater et Magistra y será el gran Papa del Concilio Ecuménico Vaticano II, nos tiene a todos en su corazón. Nos conoce y nos comprende perfectamente» (29).

El Fundador del Opus Dei desborda, en páginas que le salen del alma, el resumen de su admiración y cariño agradecido al Pontífice.

Juan XXIII no verá finalizar las sesiones del Concilio Vaticano II. El 3 de junio de 1963 será anunciado su fallecimiento.

Dos semanas antes había recibido en audiencia a un matrimonio -los dos miembros del Opus Dei- acompañado por sus hijos. El Santo Padre les habló de la grata impresión recibida durante su estancia en España, donde había tomado contacto por primera vez con la Obra. Y les dijo también que en Roma había podido tener un conocimiento más directo y más profundo; había visto los inmensos horizontes de la labor del Opus Dei, comprendiendo bien su trascendencia y universalidad. Les subrayó que recordaba con muchísimo cariño las veces que había podido hablar directamente con el Fundador.

Este fue el último detalle de afecto de Su Santidad Juan XXIII por el Opus Dei. El Padre, durante toda la enfermedad del Papa, ofrecerá su Misa diaria por él. Muchos de los miembros de la Obra que viven en Roma acompañarán las horas finales de su vida rezando en la calle junto a los fieles de todo el mundo. El día 3 de junio de 1963, una inmensa muchedumbre asiste a la Misa que el Cardenal Traglia, Pro-Vicario de Roma, celebra en la Plaza de San Pedro. Anochece. A las 19,49 las campanas de la Basílica Vaticana empiezan a doblar: ha muerto el Papa. La gente que abarrota este templo al aire libre se pone de rodillas.

En Villa delle Rose, Castelgandolfo, el Fundador mandará poner una lápida como testimonio de agradecimiento a la generosidad de este sucesor de Pedro que, entre otras cosas, donó definitivamente los terrenos en que se alza el Colegio Romano de Santa María.

En las grutas vaticanas, un sencillo mausoleo guarda los restos de Juan XXIII. Un relieve del siglo XV con la Virgen, el Niño y los ángeles, vela la bondad y recio corazón de este Papa de la Iglesia.

Desde 1957, Monseñor Escrivá de Balaguer es Consultor de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades; también es Académico de la Pontificia Academia Romana de Teología; a partir de 1961 será, además, Consultor de la Comisión Pontificia para la interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico.

Pero, sin duda, la mejor y más insustituible ayuda del Padre al Romano Pontífice, y en él a toda la Iglesia de Cristo, es la oración, el amor, la obediencia incondicional a lo que el primero de los Apóstoles pueda necesitar del Opus Dei. Este es un testimonio de fidelidad que no olvidarán nunca los hijos de Dios en la Obra.

« “Ubi Petrus, íbi Ecclesia, ibi Deus. Queremos estar con Pedro, porque con él está la Iglesia, con él está Dios; y sin él no está Dios. Por eso yo he querido romanizar la Obra. Amad mucho al Padre Santo. Rezad mucho por el Papa. Queredlo mucho, ¡queredlo mucho! Porque necesita de todo el cariño de sus hijos. Y esto lo entiendo muy bien: lo sé por experiencia, porque no soy como una pared, soy un hombre de carne. Por eso me gusta que el Papa sepa que le queremos, que le querremos siempre, y eso por una única razón: que es el dulce Cristo en la tierra»(30).

Un viaje accidentado

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Es muy breve la ausencia de miembros de la Obra en suelo romano. En los comienzos del año 1946, Salvador Canals vuelve a Italia a bordo de un barco mercante, el Plus Ultra. Y, avanzado el mes de febrero, son don Alvaro del Portillo -ya sacerdote- y José Orlandis los que ponen proa a Levante en un barco que cubre la ruta Barcelona-Génova: el J.J. Sister. Traen cartas comendaticias de sesenta Obispos españoles que acompañan la solicitud del Decretum laudis de la Santa Sede para el Opus Dei.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Pío XII no realizó ningún nombramiento cardenalicio. El Colegio -que entonces contaba con setenta miembros- se ha ido despoblando en el transcurso de los años, y en 1945 tiene treinta y dos vacantes. Su Santidad cubrirá todos los puestos. Esta creación de Cardenales romperá la tradición, vigente desde hace siglos, de que los italianos tengan mayoría absoluta. Pío XII nombrará veintiocho Cardenales extranjeros y sólo cuatro italianos. La universalidad de la Iglesia se manifiesta así de un modo más patente.

Don Alvaro del Portillo se propone llegar a Roma antes de que los recién nombrados Cardenales abandonen Italia. Hay entre ellos quienes conocen el espíritu del Opus Dei. Y quiere recoger algunas cartas comendaticias para unirlas a la documentación que solicita el Decretum laudis.

A las seis de la tarde del 26 de febrero, atraca en Génova el J.J. Sister. En el puerto está Salvador Canals aguardando, con un viejo coche alquilado, ya que las comunicaciones son casi impracticables por la destrucción bélica reciente. La urgencia empuja a don Alvaro del Portillo hacia Roma; y por eso, sin mediar descanso, se lanzan a una noche entera de carretera. Es muy tarde y existe un cierto riesgo, ya que por el paso del Bracco pululan bandas armadas de bandoleros -residuos de la última contienda- que asaltan a los viajeros no escoltados por unidades del ejército. Pero no hay tiempo de alcanzar algún convoy de protección. Y emprenden el viaje que ha de atravesar el Apenino ligur, cubierto de bosques.

Ningún contratiempo les saldrá al paso, a excepción de los procedentes del viejo Fiat 1500 en el que ruedan. Primero será el delco, luego el encendido, más de un pinchazo y, al fin, una lluvia persistente que les bloquea. Ya de madrugada consiguen llegar a Pisa. Y aquí, en una iglesia pequeña, don Alvaro del Portillo celebra la primera Misa de un sacerdote del Opus Dei en Italia. Son las doce de la noche -veinticuatro horas más tarde- cuando ¡al fin! el Fiat enfila las calles de Roma.

A pesar de este retraso, don Alvaro conseguirá cartas comendaticias de varios Cardenales: Ruffini, Arzobispo de Palermo; Caggiano, Obispo de Rosario (Argentina); Gouveia, Arzobispo de Lourenco Marques (Mozambique); Frings, Arzobispo de Colonia…

En Roma, Salvador Canals ha logrado, a través del Cónsul de España, Mario Ponce de León, alquilar un piso amueblado en buenas condiciones. La entrada se abre al Corso del Rinascimento, pero todos los balcones se asoman a la belleza de la Piazza Navona. Allí, frente a los grupos escultóricos de Bernini que representan la fecundidad y los grandes ríos del mundo, se instala el primer sagrario de la Obra en Roma. Un mueble pequeño, de madera oscura, sirve como mesa de altar. Dos candeleros bajos; el Crucifijo presidiendo. Cubre la pared frontal un tapiz que han comprado a un anticuario de Nápoles. En el ángulo superior izquierdo, una lámpara de brazos.

Esta casa les acogerá un breve tiempo: desde febrero a junio de 1946. Durante estos meses, don Alvaro celebrará diariamente la Santa Misa en este oratorio y rezarán, unidos a su ofertorio, por el reconocimiento jurídico que la Obra desea para desbordarse, con la bendición de la Iglesia, por todos los caminos del mundo.

Aquí, en este suelo fértil por la sangre y la palabra de los Apóstoles, por la presencia constante del Vicario de Cristo entre los hombres, ha de prender pronto la semilla de la Obra.

Pero la gestión no va a ser fácil. Plantear un nuevo camino a las Congregaciones de la Curia Romana será una empresa ardua. Desde el primer momento se presentarán obstáculos y dificultades que parecen conducir hasta un callejón sin salida.

Audiencia en el Vaticano

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Alvaro del Portillo tiene su primera audiencia con el Papa Pío XII. Aún no se ha ordenado sacerdote, y acude a este acto con el traje de gala de Ingeniero de Caminos. Este uniforme azul marino, con galones, botonadura dorada y bicornio, que lleva en la mano, es el entorchado que los profesionales de ingeniería utilizan en las grandes recepciones. Y ésta es, en verdad, una circunstancia de gran envergadura: el Padre se apoya en el corazón y en la palabra de este hijo suyo. Reunidos, como una familia indisoluble, la Obra entera respalda su gestión. Isidoro Zorzano, que ya está muy enfermo, piensa en voz alta desde su cama del sanatorio:

-«Qué suerte tengo: poder ofrecer estas cosas -se trata de su enfermedad y su vida- cuando hay todos estos asuntos pendientes» (2).

La Audiencia quedará enmarcada, también, por la anécdota del momento: no consiguen encontrar ningún coche de alquiler, para ir desde el villino del barrio de Monte Verde Vecchio hasta el Vaticano. Se hace tarde, y no hay más remedio que recurrir al transporte público: un filobús hasta el Lungotevere y, desde allí, la Circolare, el tranvía que lleva a la Plaza de San Pedro.

José Orlandis y Salvador Canals, que le acompañan, son testigos de la admiración que produce su aspecto: «¡Parece imposible, tan joven y ya es un almirante!». Al llegar ante el Portone di Bronzo el centinela da la voz de ¡guardia a formar!… y el pelotón de suizos se alinea a su paso. Alvaro no se inmuta. Es oficial y sabe lo que procede hacer en tales casos: pasa revista a la formación, saluda militarmente a su jefe y sigue adelante por la gran escalinata que conduce a la Sala de Audiencias. Así tiene lugar su primera entrada en el Vaticano. Cuando regrese a España, será portador de las bendiciones del Pontífice para las tareas universales que proyecta el Opus Dei.

Caben hasta los no católicos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me contaban hace poco el caso de un ingeniero de Boston que, al comienzo de los años 50, leyó un artículo sobre el Opus Dei en un periódico americano, se quedó un par de días reflexionando sobre el asunto en los ratos libres, recordó después que en el artículo en cuestión se decía que había sido fundado en nuestro país y escribió una carta pidiendo detalles a esta dirección: «Opus Dei–Iglesia Católica–Madrid–España». A las dos semanas y gracias al buen funcionamiento de los carteros, recibía la información solicitada y la invitación a dirigirse, para más detalles, a una residencia universitaria que estaba… a unos quinientos metros de su oficina. Yo no sé si este ingeniero era católico, protestante o ateo. Sé, en cambio, que ahora es ciertamente católico y del Opus Dei, y sé también que son muy numerosos los protestantes (entre ellos pastores y aun obispos de sus respectivas confesiones), ortodoxos, musulmanes, judíos e incluso no creyentes (es de esperar que por el momento) que colaboran activamente en todas las latitudes con la gente del Opus Dei y que son capaces de explicarlo, como el anglicano del avión, de corrido y sin que se les trabe la lengua.

La realidad supera siempre a la fantasía, del mismo modo que la naturaleza supera al arte. La gente del Opus Dei no vive en la luna, sino en el mundo y ve en cada persona alguien a quien hay que ayudar, alguien a quien hay que comprender y alguien con quien hay que convivir. Pero siempre desde el mismo plano, ni desde arriba ni desde abajo, y pensando que el mejor favor que se le puede hacer a cualquiera es sacarlo de sí mismo para que haga algo por los demás.

–¿Cuál es la posición del Opus Dei –le preguntaron al Fundador el 30 de noviembre de 1964 en el transcurso de un coloquio– en relación con los no católicos?

–«De amor, de apertura. Basta decir que, desde 1947, con permiso de la Santa Sede, tenemos junto a nosotros –no había precedentes en la Iglesia Romana– como Cooperadores a los no católicos y a los no cristianos. Merecen el respeto de su libertad, la libertad de las conciencias. Y merecen el calor de nuestro corazón. Entre ellos hay personas admirables: ¡Ya querría yo para mí las virtudes humanas que tienen muchos de ellos! ».

Fue este espíritu de universal comprensión el que hizo decir a un Cooperador anglicano del Opus Dei, en presencia de la reina madre de Inglaterra con motivo de la inauguración oficial de hIetherhall House, residencia internacional de universitarios, que «las obras bien hechas no tienen por qué ser confesionales ». Ese espíritu cristiano es el que había empujado desde mucho antes a Monseñor Escrivá de Balaguer a solicitar, durante el pontificado de Pío XII, la autorización para acoger en el Opus Dei, en calidad de Cooperadores, incluso a personas no católicas y no cristianas o carentes en absoluto de fe religiosa. La petición llevaba consigo un problema completamente nuevo y de nada fácil solución, porque venía a constituir el precedente de vincular a una institución católica –y de hacerlas también participar en lo posible de sus bienes espirituales– a personas no pertenecientes a la Iglesia Católica. Esto explica por qué fue necesario un estudio atento por parte de la Santa Sede, y un «filial forcejeo», por parte del Fundador del Opus Dei, como él mismo decía, a quien evidentemente correspondía un papel de pionero en este terrena. Se llegó así a 1950, año en que la petición fue definitivamente acogida por Pío XII.

Cuando en 1958 iniciaba su pontificado Juan XXIII, había ya entre los Cooperadores del Opus Dei en todo el mundo –de Italia a Inglaterra, de los Estados Unidos al Japón, a Kenya y a Australia– varios centenares de ortodoxos, protestantes, hebreos y musulmanes; por eso no es extraño que Mons. Escrivá de Balaguer le dijese sonriendo al Pontífice, en una de las frecuentes y cordiales audiencias, «que él no había aprendido el ecumenismo de Su Santidad», y que también el «Papa Giovanni» se riese emocionado en esa ocasión.

Dios sí que tiene tiempo

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“Nosotros tenemos siempre poco tiempo, especialmente para el Señor, a veces no sabemos o no queremos encontrarlo. En cambio, ¡Dios tiene tiempo para nosotros!”. Benedicto XVI ha pronunciado estas palabras en los primeros días del Adviento

Opus Dei -

Domingo. 30 de noviembre de 2008

Conformar nuestra propia vida a la del Señor

Hablando en la homilía del Adviento, el Santo Padre explicó que “significa recordar la primera venida del Señor en la carne, pensando ya en su regreso definitivo, y al mismo tiempo, reconocer que Cristo presente entre nosotros se convierte en nuestro compañero de viaje en la vida de la Iglesia que celebra su misterio”.

Benedicto XVI dijo que “en esta perspectiva, el Adviento es para todos los cristianos un tiempo de espera y de esperanza, un tiempo privilegiado de escucha y de reflexión, siempre que nos dejemos guiar por la liturgia que invita a ir al encuentro del Señor que viene”.

“Ven Señor Jesús”: esta ardiente invocación de la comunidad cristiana de los inicios debe ser también nuestra aspiración constante, la aspiración de la Iglesia en todas las épocas, que anhela y se prepara para el encuentro de su Señor: “¡Ven hoy Señor -exclamó el Papa-, ayúdanos, ilumínanos, danos la paz, ayúdanos a vencer la violencia, ven Señor rezamos precisamente en estas semanas, Señor haz resplandecer tu rostro y nos salvaremos”.

Refiriéndose posteriormente a san Lorenzo, el Papa puso de relieve que “su solicitud por los pobres, el servicio generoso a la Iglesia de Roma en el sector de la asistencia y de la caridad, la fidelidad al Papa, que le llevó a seguirle hasta la prueba suprema del martirio y el testimonio heroico de la sangre, pocos días más tarde, son hechos universalmente conocidos”.

Benedicto XVI recordó “un evento particularmente dramático en la historia de esta basílica, cuando durante la segunda guerra mundial, exactamente el 19 de julio de 1943, un violento bombardeo causó daños gravísimos al edificio y a todo el barrio, sembrando muerte y destrucción. Nunca se podrá borrar de la memoria de la historia el gesto generoso realizado en aquella ocasión por mi venerado predecesor, el Papa Pío XII, que fue inmediatamente a socorrer y a consolar a la población duramente golpeada, entre los escombros que todavía ardían”.

“No olvido -continuó- que esta misma basílica acoge las urnas de otras don grandes personalidades”, la del beato Pío IX y la tumba de Alcide De Gasperi, “guía sabio y equilibrado para Italia en los difíciles años de la reconstrucción de la posguerra, y al mismo tiempo, insigne estadista capaz de mirar Europa con una amplia visión cristiana”.

Tras recordar la invitación del Evangelio de hoy a “velar”, el Santo Padre afirmó que esto significa “seguir al Señor, elegir lo que El ha elegido, amar lo que ha amado, conformar la propia vida a la suya; velar comporta transcurrir cada momento de nuestro tiempo en el horizonte de su amor sin dejarnos abatir por las inevitables dificultades y problemas cotidianos. Así hizo san Lorenzo -terminó- y así tenemos que hacer nosotros y pedimos al Señor que nos dé su gracia para que el Adviento estimule a todos a caminar en esta dirección”.

Dios nos da su tiempo

Mensaje del Ángelus

El Adviento que abre el nuevo año litúrgico “nos invita a reflexionar sobre la dimensión del tiempo”, dijo el Papa, recordando que en nuestra época todos decimos “nos falta tiempo” porque el ritmo de la vida cotidiana se ha vuelto frenético. Pero sobre esta cuestión, la Iglesia tiene una “buena noticia”: Dios nos da su tiempo. Nosotros tenemos siempre poco tiempo, especialmente para el Señor,  a veces no  sabemos o no queremos encontrarlo. En cambio, ¡Dios tiene tiempo para nosotros! (…) Nos da su tiempo porque ha entrado en la historia con su palabra y sus obras de salvación, para abrirla a la eternidad y hacerla historia de la alianza”.

“Ante esta perspectiva, el tiempo es ya en sí mismo un signo fundamental del amor de Dios: un regalo que el ser humano (…) puede valorar, o por el contrario, estropear;  acoger su significado, o descuidar con superficialidad”.

El Santo Padre habló después de los tres puntos cardinales del tiempo que jalonan la historia de la salvación: la creación, la encarnación-redención y la parusía que comprende el juicio universal. “Pero estos tres momentos -explicó- no pueden entenderse como una simple sucesión cronológica. La creación es el origen de todo, pero es continua y se lleva a cabo en el arco del devenir cósmico, hasta el final de los tiempos. Del mismo modo, la encarnación-redención, que tuvo lugar en un tiempo histórico determinado que fue el paso de Jesús por la tierra, extiende su radio de acción a todo el tiempo precedente y a todo el siguiente. A su vez, la última venida y el juicio final, anticipados en  la Cruz de Cristo, ejercen su influjo en la conducta de los seres humanos en todas las épocas”.

“El Señor viene continuamente a nuestra vida (…) y este primer domingo nos vuelve a proponer el llamamiento de Jesús: ¡Velad!”, porque “en la hora que sólo Dios conoce seremos llamados a dar cuentas de nuestra existencia”. “Esto conlleva -concluyó el Papa- un despego de los bienes terrenales, un arrepentimiento sincero de los propios errores, una caridad efectiva hacia el prójimo y, sobre todo, un confiarse (…) a las manos de Dios, nuestro Padre tierno y misericordioso”.

Adviento: Grito de esperanza

Sábado 29 de noviembre de 2008

“El Adviento -dijo el Papa en su homilía- es por excelencia la estación espiritual de la esperanza y durante él la Iglesia entera está llamada a convertirse en esperanza, para ella misma y para el mundo. (…) Todo el pueblo de Dios se pone en marcha atraído por este misterio: nuestro Dios es el “Dios que llega” y nos llama a salirle al encuentro, (…) ante todo con esa forma universal de esperanza y de la espera que es la oración”.

El Santo Padre recordó que la expresión más alta de la plegaria son los salmos, y citando el salmo 141, “Señor, a ti clamo, ven en mi ayuda”, dijo: “Es el grito de una persona que se siente en grave peligro, pero es también el grito de la Iglesia entre las múltiples asechanzas que la circundan, que amenazan su santidad, la integridad irreprensible de la que habla el apóstol Pablo, que debe en cambio conservarse para la llegada del Señor”.

“En esta invocación resuena también el grito de todos los justos, de los que quieren resistir al mal, a la seducción de un bienestar inicuo, de placeres ofensivos de la dignidad humana y de la condición de los pobres. Al principio del Adviento la liturgia de la Iglesia hace suyo de nuevo este grito y lo eleva a Dios como “incienso” que es “efectivamente el símbolo de la oración, de los corazones levantados al Señor”.

“En el grito del Cuerpo místico -prosiguió- reconocemos la voz misma de nuestro Señor: el Hijo de Dios que tomó sobre sí nuestras pruebas y tentaciones para darnos la gracia de su victoria.  (…) La Iglesia revive siempre la gracia de esta compasión, de esta “venida” del Hijo de Dios en la angustia humana hasta tocar el fondo. El grito de esperanza del Adviento expresa desde el principio y con fuerza toda la gravedad de nuestro estado, nuestra necesidad extrema de salvación. Esperamos al Señor no como un adorno para el mundo que ya está salvado, sino como único camino para la liberación de un peligro mortal”.

Refiriéndose de nuevo a los salmos 141 y 142, utilizados en la liturgia de hoy, Benedicto XVI subrayó que “nos alertan de cualquier tentación de evasión y de fuga de la realidad: nos defienden de una falsa esperanza, que quizá quisiera entrar en el Adviento y encaminarse hacia Navidad, olvidando el dramatismo de nuestra experiencia personal y colectiva”.

“Efectivamente una esperanza confiada y no engañosa -concluyó- no puede por menos que ser una esperanza “pascual”, como nos recuerda (…) el cántico de la Carta a los Filipenses, con el que alabamos a Cristo encarnado, crucificado, resucitado y Señor universal”.


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