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	<title>Opus Dei Testimonios &#187; piedad</title>
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	<description>Testimonios sobre el Opus Dei y la vida cristiana</description>
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		<title>El escapulario del Carmen</title>
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		<pubDate>Mon, 18 Oct 2010 11:27:55 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[2 de octubre de 1932]]></category>
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		<description><![CDATA[Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas Difundía la devoción a la Virgen en sus múltiples manifestaciones; y recomendaba vivamente las costumbres seculares de piedad mariana, que han vivido los cristianos a lo largo de los siglos, como el rezo del Santo Rosario o el uso del escapulario del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José  Miguel Cejas</h2>
<p>Difundía la devoción a la Virgen en sus múltiples manifestaciones; y  recomendaba vivamente las costumbres seculares de piedad mariana, que  han vivido los cristianos a lo largo de los siglos, como el rezo del  Santo Rosario o el uso del escapulario del Carmen. Se lee en el número  500 de <em>Camino</em>: <strong>Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del  Carmen. —Pocas devociones —hay muchas y muy buenas devociones marianas—  tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los  Pontífices. —Además ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!</strong></p>
<p>Era terciario carmelita desde hacía muchos años —desde el 2 de octubre  de 1932, en concreto—, y poco antes de esa fecha, había escrito: “<strong>Dos  cosas (además del Amor) me mueven a hacerme terciario carmelita:  &#8216;obligar&#8217; más a mi Madre Inmaculada, ahora que me veo más débil que  nunca; y proporcionar sufragios a &#8216;mis buenas amigas las Animas benditas  del Purgatorio&#8217;”</strong><a><br />
</a></p>
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		<title>Cada caminante siga su camino</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Oct 2010 11:44:54 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei. En los años inmediatos a la guerra civil, el Padre es el único sacerdote del Opus Dei; ejerce sus funciones de Rector del Patronato de Santa Isabel, se ocupa de las Residencias Universitarias de “Jenner y Diego de León” y de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del  Opus Dei.</h2>
<p>En los años inmediatos a la guerra civil, el Padre es el único sacerdote del Opus Dei;  ejerce sus funciones de Rector del Patronato de Santa Isabel, se ocupa  de las Residencias Universitarias de “Jenner y Diego de León” y de la  extensión de la Obra. Dirige espiritualmente a centenares de personas:  hombres y mujeres, casados y solteros, profesores y estudiantes,  escritores, artistas y artesanos. Predica muchos cursos de retiro  espiritual. En su fuego apostólico no hay pausas.</p>
<p>Además, desde 1940 es profesor de Etica y Deontología en la Escuela de  Periodismo de Madrid y enseña a los futuros profesionales la  trascendencia de su trabajo y las normas que lo convierten en un gran  servicio humano y cristiano a toda la sociedad. El periodista Enrique  del Corral, alumno suyo, afirma:</p>
<p>«Todos, en una u otra medida, arrastrábamos el trauma que había supuesto  la guerra civil y esto tenía cierta influencia en la forma de vivir la  fe (&#8230;). Por eso nos llamó particularmente la atención don Josemaría  Escrivá de Balaguer (&#8230;). El nos hablaba -con un tono cordial y de  compañero- de una religión más gozosa, de una religión esencialmente  alegre»(13).</p>
<p>Lleva adelante este esfuerzo en medio de carestías e incomodidades.  Además de practicar ayunos rigurosos, se somete gustosamente a la  intensidad del trabajo, poniendo en juego su salud, como se demostrará  unos años más tarde.</p>
<p>Del 5 al 11 de junio de 1939, el Padre se desplaza a Valencia para dar  un curso de retiro a estudiantes universitarios en el colegio Beato Juan  de Ribera de Burjasot. Es Rector del colegio un sacerdote de gran  prestigio, don Antonio Rodilla, Vicario General de la Diócesis de  Valencia. Su testimonio sobre el Fundador del Opus Dei es una luminosa carta de admiración y  amistad:</p>
<p>«Conocí a Josemaría en los primeros años de la decena de 1930. Aunque no  puedo precisar la fecha exacta, ya la primera conversación con él me  puso en aviso de que estaba en presencia de una persona extraordinaria,  que miraba y veía desde muy alto, y hasta muy lejos, aunque tenía los  pies muy firmes sobre la tierra.</p>
<p>No era precisa mucha perspicacia para ver que Josemaría era un hombre  extraordinario. Sin embargo, no era fácil, si no se le trataba íntima y  prolongadamente, ver al santo, pues no sólo no exhibía su santidad, sino  que la llevaba tan envuelta de humildad, naturalidad y alegría, que  quedaba muchas veces más que disimulada para ocasionales observadores y  poco perspicaces»(14).</p>
<p>En este brillante día de junio del año 39, el Padre llega a última hora  de la tarde, cuando el calor abre paso al atardecer. Los participantes  esperan, en pequeños grupos, esparcidos por el jardín.</p>
<p>Desde el principio les impresiona vivamente. Años más tarde, en una de  sus cartas, el Fundador recordará un episodio de su llegada al colegio y  las enseñanzas que, para la predicación, había sacado del mismo:</p>
<p>«En uno de los pasillos encontré un gran letrero, escrito por alguno “no  conformista”, donde se leía: “cada caminante siga su camino”.</p>
<p>Quisieron quitarlo, pero yo les detuve: dejadlo -les dije-, “me gusta”  (&#8230;). Desde entonces, esas palabras me han servido muchas veces de  motivo de predicación. Libertad: cada caminante siga su camino. Es  absurdo e injusto tratar de imponer a todos los hombres un único  criterio, en materias en las que la doctrina de Jesucristo no señala  límites»(15).</p>
<p>Y en otro momento insiste:</p>
<p>«Es cierto que llevamos un camino común, porque única es -os lo diré de  nuevo- la vocación que todos hemos recibido al Opus Dei. Pero se puede  andar por el camino de muchas maneras. Se puede andar por la derecha,  por la izquierda, en zig-zag, caminando con los pies, a caballo. Hay  cien mil maneras de ir por el camino divino » (16) .</p>
<p>El primer día, después de la Misa, pasea por entre los árboles que  rodean el edificio y ve a un universitario pensativo, sentado en uno de  los bancos. Es Amadeo de Fuenmayor. Se acerca y le pregunta:</p>
<p>-«¿Aburrido?</p>
<p>-No, Padre, le contesta. Y añade que tiene un problema personal» (17).</p>
<p>El Padre le dice que vaya a última hora de la tarde a su cuarto y que le  recuerde que ofrezca por él la Misa del día siguiente.</p>
<p>Se queda impresionado, porque ha visto la piedad y la fe con que este sacerdote celebra el  Sacrificio del altar. Y le parece muy serio saber que su nombre, su  persona, van a estar presentes en el ofertorio de amor de la mañana  siguiente.</p>
<p>Estos días, Amadeo, el que habrá de ser un día Catedrático de Derecho  Civil, y después sacerdote del Opus Dei, charlará frecuentemente con el Padre y, al terminar los  ejercicios, pedirá la admisión en la Obra. Aún parece escuchar las  palabras con que el Fundador acepta su solicitud:</p>
<p>«El Señor obra “<em>suaviter et fortiter</em>”.. recuerda las  circunstancias de tu vida y verás cómo ha ido preparándote el  camino»(18).</p>
<p>En el momento en que todos están a punto de regresar a Valencia aparece  José Manuel Casas Torres. ¡Se había informado mal de la fecha de  comienzo!&#8230; Al menos, le gustaría saludar al sacerdote y disculparse por  su falta de puntualidad. No conoce al Padre, pero va en su busca. Le  encuentra en su despacho. La entrevista se prolonga aproximadamente  media hora y, cuando salen de la habitación, don Josemaría llama al  pequeño grupo que ha solicitado la admisión en el Opus Dei durante  aquellas jornadas. Les dice, con toda sencillez:</p>
<p>-«José Manuel será vuestro director»(19).</p>
<p>El Fundador repetirá a sus hijos, con frecuencia, que a los primeros  miembros del Opus Dei, el Señor les concedió ayudas especiales para  sacar adelante la Obra, para ser muy responsables a pesar de su juventud  y hacerse cargo de esta ardua tarea que se les encomienda.</p>
<p>El primer local que utilizarán en Valencia, desde agosto de 1939, es un  piso en el entresuelo de un viejo edificio situado en el número 9 de la  calle de Samaniego. Es tan pequeño y tan pobre que le han bautizado con  el apodo de “El Cubil” Una de las haciones almacena ejemplares de  «Camino», que acaba de publicarse. Este será el comienzo de una gran  labor, de la que han de salir muchas y firmes vocaciones.</p>
<p>En uno de estos viajes, el Vicario de la Diócesis le pide con  insistencia que celebre la Santa Misa en la Catedral, en el Altar de la  Santísima Trinidad, con un cáliz y ornamentos que le acaban de regalar.  El Padre acepta encantado. Sin embargo, al llegar a la lectura del  Evangelio, no tiene capacidad física para seguir celebrando la Misa. Se  vuelve hacia los fieles que asisten, les pide perdón por no poder  continuar y se retira a la sacristía.</p>
<p>Le llevan al pequeño piso de la calle Samaniego, y el Vicario aprecia  las circunstancias de escasez y privación en que están viviendo como no  hay mantas y tiene fiebre alta, cubren al Fundador con una cortina. Con  inmenso cariño le hace ver que aquí no va a reponerse y quiere  trasladarle a su casa. El Padre se lo agradece, pero no acepta el  ofrecimiento. Prefiere la pobreza de “<em>El Cubil</em> &#8220;. Así lo relata  el propio Vicario:</p>
<p>«Soy testigo personal también de la pobreza de medios con que empezó, y  continuó durante muchos años, su labor de apostolado. He visto sus  apuros en los comienzos de los Centros de la Obra en Valencia. Y esto  cuando en España había abundantes larguezas oficiales para tantas obras  apostólicas, para la reconstrucción de templos y de casas de religiosas.  Aún recuerdo vivamente, por aquellos años, la escena de Josemaría -que  había sido acometido por súbita fiebre- en una pobre cama de la primera  Residencia del Opus Dei en Valencia, arropado&#8230; ¡con unas cortinas!,  porque no disponían de mantas en la casa»(20).</p>
<p>Un día, el Padre presenta a los miembros de la Obra de Valencia a Justo  Martí Gilabert, que ha sido estudiante de Derecho y residente de Ferraz.  En ese momento es el alcalde de Oliva, su pueblo natal. Más tarde le  invitarán a ir a Madrid, a conocer la nueva Residencia de Jenner, y  también a compartir unos días de retiro que dirigirá el Padre.</p>
<p>Ya en Madrid, el Fundador le habla con detalle sobre la Obra, y después  de esta entrevista, Justo pide la admisión. En la sencillez del coloquio  sostenido con don Josemaría, descubre la llamada de Dios a una entrega  total. Toma, con la naturalidad más absoluta, decisiones que van a  exigir la donación de toda una vida. Hay detrás de todo esto mucho  tiempo de oración y sacrificio del Padre.</p>
<p>En <em>El Cubil</em>, este pequeño entresuelo prácticamente sin amueblar,  van a surgir varias de las primeras vocaciones a la Obra en Levante. En  otros casos, pasarán aún muchos años hasta que soliciten su admisión en  el Opus Dei. Entre ellos, Antonio Ivars Moreno recuerda bien su llegada:</p>
<p>«Debió ser octubre de 1939. Un amigo de la Universidad me habló del  Padre, y tuve la curiosidad de conocerlo. Poco tiempo después fui a un  modesto semisótano de la calle Samaniego: allí le conocí. Estaba  enfermo, con fiebre alta, y me habló desde un lecho improvisado porque  los muebles eran pocos y escasos. Su lenguaje llegaba directamente al  corazón (&#8230;). Jamás conocí un corazón tan abierto, tan generoso para  todas las gentes sin distinción» (21)</p>
<p>También Ismael Sánchez Bella describe emocionado su primer mes de abril  de 1940. De nuevo don Josemaría se ha desplazado a Valencia. Ismael  tiene dieciocho años y trabaja por las noches como linotipista en el  periódico «Levante». Hoy, sábado, está a punto de concluir su tarea y  presiente el descanso que se inicia con el amanecer. Cuando aún no ha  abandonado el periódico, suena el teléfono: unos amigos de sus hermanos  le invitan a un retiro que dará el autor de «Camino» el domingo. Está a  punto de disculparse: no ha dormido en toda la noche. Pero, al fin, coge  un tranvía camino de Alacuás. Allí hay una comunidad de religiosas que  cede el local a don Josemaría. Asisten, con él, unos treinta  estudiantes. Le golpean la fuerza y la exigencia sobrenatural de este sacerdote. Por la tarde,  habla con el Padre. Esa misma semana, el correo Valencia-Madrid traerá  una carta de Ismael, pidiendo al Padre su admisión en la Obra.</p>
<p>Durante el curso de 1940, el contacto entre Valencia y Madrid es  intenso. En mayo hay un nuevo día de retiro en Alacuás, y ya asisten  cincuenta universitarios.</p>
<p>Pedro Casciaro viene frecuentemente a la ciudad levantina, y lee, en una  pequeña habitación de El Cubil, un extenso documento escrito por el  Padre, en el que da cuenta de las circunstancias humanas y  sobrenaturales que han dado lugar al nacimiento del Opus Dei sobre el  mundo. Lo ha llamado «Instrucción acerca del espíritu sobrenatural de la  Obra». Este grupo de vocaciones oye, con intensidad sobrecogedora, el  mensaje de estas páginas en el que el Padre afirma que la empresa a que  Dios les ha traído cumple las condiciones para que pueda llamarse, sin  jactancia, la «Obra de Dios».</p>
<p>En agosto de 1940, los que están en Valencia viajan a Madrid para estar  una semana en Jenner, con el Padre. Pasan unos días inolvidables. Antes  de regresar a Valencia, les anima a buscar y abrir una Residencia de  estudiantes para el próximo octubre.</p>
<p>Cuando ya decae el verano levantino y el nuevo curso amenaza, Antonio  Ivars encuentra un inmueble que puede adaptarse para Residencia  Universitaria. Está en el número 16 de la misma calle de Samaniego.  Tiene techos altísimos y múltiples rincones y escaleras.</p>
<p>El Fundador viaja mucho de Madrid a Valencia. En la nueva casa no hay  ningún sistema de calefacción y hace frío. Uno de los chicos le ofrece  un capote de soldado que ha encontrado. El Padre se lo pone sobre la  sotana y, desde ese momento, ya será proverbial el uso de la prenda para  superar la humedad que deja caer este invierno dentro del inmueble.</p>
<p>Pedro Casciaro también se desplazará con frecuencia desde Madrid para  trazar y ejecutar las reformas de la casa de acuerdo con las escasas  posibilidades económicas de que disponen. Los hermanos Florencio e  Ismael Sánchez Bella, ayudados por Salvador Moret, trasladan los escasos  enseres de El Cubil. Desde Madrid les llega un mueble-librería enorme  que el buen hacer de Pedro Casciaro transforma, con herrajes y fondos  rojos, en un bargueño para el vestíbulo; también un farol de cristal, un  brasero de bronce y un reloj de péndulo que les envía doña Dolores. En  el vestíbulo de entrada queda una reproducción de la Inmaculada de Juan  de Juanes, que han dejado los dueños de la casa.</p>
<p>Todavía, con listones dorados de las paredes, consiguen enmarcar algunos  cuadros que definen, con su tonalidad, la ambientación y el nombre de  dos salones: el azul y el rojo.</p>
<p>La Residencia comenzará a funcionar en octubre de 1940, y oficialmente  recibirá el nombre de su enclavamiento: Samaniego. El altar del oratorio  es de azulejos blancos y verdes recogidos en Burjasot, en los escombros  de un derribo. Tiene unos sencillos candeleros de hierro forjado, con  hachones de madera. El retablo -de madera contrachapada, pintado por  Fernando Delapuenteadapta muy bien los colores de una copia de Van der  Weyden.</p>
<p>Junto a este altar se darán cita momentos importantes en la vida del  Padre y en la historia de la Obra. Tanto que, años más tarde y estando a  solas con don Amadeo de Fuenmayor en Roma, el Fundador dice  refiriéndose a aquella casa:</p>
<p>«Y vosotros sin enteraros» (22).</p>
<p>Alude, sin duda, a la ayuda patente de Dios en aquellas circunstancias,  para traer a la Obra y formar un buen número de hombres, como Angel  López Amo, Manuel Botas, Florencio e Ismael Sánchez Bella, Salvador  Moret, Amadeo de Fuenmayor, José Manuel Casas Torres, Vicent Garín, José  Montañés, Juan Castelló, José López-Navarro, José Orlandis, Federico  Suárez&#8230; y tantos otros. Son los primeros que Dios va llamando para  esta batalla de paz que tiene como fin poner a Cristo en la cumbre de  todas las actividades humanas. Para hablar con ellos, el Padre les  convoca en la calle, en una habitación, en la iglesia, junto al mar&#8230;  Lo mismo en el espacio íntimo de un hogar que en los abiertos horizontes  del Mediterráneo. Le sirve cualquier ámbito para transmitirles el  espíritu de la Obra, esta llamada a la hondura del amor verdadero.</p>
<p>«En aquellos primeros años (&#8230;) iba yo mucho por Valencia (&#8230;) y  hacíamos la oración donde podíamos, a veces en la playa.</p>
<p>Y una vez, al atardecer, en una de esas puestas de sol maravillosas,  vivimos que se acercaba a la orilla. Salieron de ella unos hombres  morenos uemados por los vientos del mar, mojados, queparecían de bronce,  y comenzaron a tirar de una red que raían con la barca, dentro del  agua. Tiraban haciendo hincapié, os pies hundidos en la arena, con una  fuerza maravillosa. De ronto vino un niño, y se acercó a ellos, agarró  la cuerda con sus anecitas y empezó a tirar de la cuerda también. Y  aquellos hombres rudos, nada refinados, sintieron su corazón enternecer  e, y dejaron al niño entre ellos, aunque más bien estorbaba. yo pensé en  vosotros y en mí (&#8230;), en ese tirar de la cuerda odos los días, en  tantas cosas. Si nos hacemos pequeños delante e Dios Nuestro Señor, es  más fácil que nos hagamos santos, y raeremos la red a la orilla, llena  de peces, que brillan como la plata rque donde no llegan nuestras  fuerzas, llega la fortaleza de Dios»(23).</p>
<p>Esto sucedió al atardecer, en la playa de Malvarrosa de Valencia, cuando  unos pescadores cobraban, desde la orilla, una red grande que iban  cerrando.</p>
<p>En el año 1946 será nombrado Arzobispo de Valencia don Marcelino  Olaechea, que mantiene, desde 1930, un gran cariño y una indestructible  amistad hacia el Padre. El que fuera Secretario de este Arzobispo  durante treinta años y después Prior de la Basílica de los Desamparados,  don Joaquín Mestre Palacio, ha legado el siguiente testimonio a los hijos de  Monseñor Escrivá de Balaguer, después de la muerte del Fundador:</p>
<p>«Yo le conocí en el mes de noviembre de 1940. Predicó a todos los  alumnos del Seminario Mayor de Valencia un inolvidable Curso de  Ejercicios Espirituales.</p>
<p>Han pasado los años, y mi vida no ha sido, por cierto, ajena ni al trato  con los hombres de toda índole, ni al viajar con frecuencia de acá para  allá por la mayor parte del Planeta, ni al estudio, a la reflexión y a  la meditación serias y reposadas; pero aquellos Ejercicios que practiqué  dirigidos por don Josemaría, marcaron en mi alma, no sólo tan profunda  huella que ésta no sufre comparación ni pierde perfil, sino que sigue,  creo yo, bien fija (&#8230;).</p>
<p>La doctrina que en aquellos Ejercicios nos dio don Josemaría, no era,  claro está, cosa nueva. Lo nuevo para mí fue el modo de dárnosla, el  modo con que nos hablaba de Cristo, de la Eucaristía, del Sacrificio de  la Cruz y de la Misa, de la Virgen, de la virginidad, de la generosidad  que debíamos tener para Aquel que es la manifestación del amor del  Padre»(24).</p>
<p>Estos son sus primeros testigos en Valencia. Testigos de una vida que  podría resumirse en la inscripción que hizo bordar en un gran repostero  destinado a la Residencia de <em>Samaniego</em>. Sobre el color central,  cinco cardos abajo y cinco estrellas arriba. Y un lema: <em>Per aspera ad  astra</em>, por lo arduo, a las estrellas.</p>
<p>El altar de Samaniego será reconstruido en 1974 en el Santuario de  Torreciudad. Los azulejos, perfectamente conservados, mantienen el  brillo de sus primeros años. Como un símbolo alegre de aquellas  vocaciones que acertaron a entender, a través del Fundador, el luminoso  camino de la “obra”.<a><br />
</a></p>
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		<title>Hombre para el futuro</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Oct 2010 11:14:21 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[fundador]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del  Opus Dei.</h2>
<p>En el Patronato de Enfermos, hay algunas señoras de la alta sociedad  madrileña que prestan su colaboración personal en muchas actividades  benéficas. Una de ellas, Carmen del Portillo, es pariente y madrina de  un muchacho llamado Alvaro del Portillo, que estudia en la Escuela de  Ingenieros de Caminos. En más de una ocasión, esta señora habla con don  Josemaría Escrivá de Balaguer de las grandes cualidades intelectuales de  su ahijado. Tiene una buena formación religiosa, que debe a su familia,  y una piedad sincera. Sin embargo, nunca ha seguido la dirección  espiritual de sacerdote alguno.</p>
<p>Desde que conoce este nombre, en 1930, don Josemaría empieza a rezar por  Alvaro. Pasan casi cuatro años y, un día del curso 1934-35, dos  compañeros de la Escuela de Ingenieros le hablan de un cura muy  simpático al que conocen. Desean presentárselo.</p>
<p>Hace unos meses que caminan en buena amistad por los barrios más pobres  de Madrid, prestando servicios y repartiendo afecto entre la pobreza y  el abandono. Han compartido muchas situaciones con Alvaro y saben que  entenderá el espíritu que el Padre imparte entre los estudiantes que  frecuentan la Residencia.</p>
<p>Y Alvaro acepta. Acuden a la calle de Ferraz, al Centro que la Obra  acaba de abrir. Ahí, en una salita, le saluda, por primera vez, don  Josemaría:</p>
<p>-«¿Cómo te llamas?, ¿tú eres sobrino de Carmen del Portillo? » (14)</p>
<p>Recuerda perfectamente los detalles familiares que le contó, hace ya  varios años, su tía Carmen hablando de este ahijado suyo. Pasan un buen  rato. La amistad es fácil con este sacerdote de treinta y tres  años que parece conocer a cada persona desde toda la vida. Al  estudiante de Caminos se le ha quedado grabada la entrevista y hace el  firme propósito de volver. Pero ya no consigue reunirse con el Fundador  del Opus Dei hasta que se avecina el mes de julio. La familia del  Portillo está a punto de emprender el veraneo y, antes de abandonar  Madrid, Alvaro decide despedirse de don Josemaría. Es el día 6. Sube  hacia la Residencia de Ferraz y mantiene con él una conversación larga,  íntima. Alvaro oye hablar, como si lo escuchara por primera vez, de vida  espiritual, de oración, de presencia de Dios, de amar al que es Amor,  al que es la Vida; y de la Obra de Dios que empieza a crecer sobre la  tierra. Al final don Josemaría concluye:</p>
<p>-«Mañana tenemos un día de retiro espiritual -era sábado-, ¿por qué no  te quedas a hacerlo, antes de ir de veraneo?»(15)</p>
<p>Alvaro no ha hecho nunca un día de retiro. Y, aunque no contaba con  emplear el domingo en esta ocupación, se lo pide este sacerdote con tanto interés  y cariño que no sabe negarse: acudirá al día siguiente.</p>
<p>El Fundador dirige la primera meditación de la mañana. Varios miembros  de la Obra conocen a Alvaro, porque don Josemaría les ha hablado de él,  de este hombre joven, que tiene una disposición generosa ante la vida y  que puede ser llamado por Dios.</p>
<p>El Padre les aconseja que le hablen de su propia entrega, por la tarde,  cuando haya terminado el retiro. Pero uno se adelanta, en la primera  ocasión oportuna, por la mañana. Y Alvaro del Portillo dice que sí.</p>
<p>He aquí como lo describe él mismo, años más tarde:</p>
<p>-« Sí: fue un 7 de julio cuando conocí la Obra y cuando pedí la  admisión. <em>Statim</em> -como dice el Evangelio de la llamada de los  Apóstoles-, inmediatamente, <em>relictis omnibus,</em> dejé todo, para  encontrar mucho más. Porque Dios es infinitamente más generoso que  nosotros y, si le damos como uno, nos responde como mil» (16).</p>
<p>La decisión cambia sus planes en este caluroso verano de Madrid. Alvaro  se quedará para oír y conocer, directamente del Fundador, el espíritu  del Opus Dei. Y el Padre, al que habían programado unos días de descanso  en la provincia de Salamanca, supera una vez más el agotamiento para  abrir el horizonte de la Obra, y la profundidad del Amor de Dios, a este  nuevo hijo suyo.</p>
<p>En marzo de 1936 ratificará para siempre su compromiso de fidelidad,  cuando aún no ha pasado un año desde que pidió la admisión.</p>
<p>El Padre se ve urgido por Dios para desarrollar el Opus Dei y necesita  apoyarse con fuerza en la lealtad de los que le siguen en esta primera  hora. El día de San José, 19 de marzo, tiene lugar un gesto entrañable  del Fundador, que Alvaro no olvidará.</p>
<p>Conmovido por la generosidad incondicional de estos hombres jóvenes que  entregan todo sin titubear, les ha besado los pies, con aquellas  palabras de la Sagrada Escritura: «¡qué espléndidos son los pasos de los  que anuncian la paz, de los que evangelizan la buena nueva!»(17). En  1975, cuando el Padre haya cruzado los umbrales de la muerte, don Alvaro  repetirá este gesto con el Fundador:</p>
<p>«Yo le devolví ese beso en cuanto pude: cuando su alma ya se había ido  al Cielo. Si le besé los pies en aquel momento, fue porque me acordé de  que el Padre me los había besado a mí, y le devolví el beso. ¡Cómo me  iba a olvidar! No era sólo un gesto. No fue solamente una manifestación  de fidelidad y de unión, sino(18) mucho más: era entregarme de nuevo»</p>
<p>Desde 1936, don Alvaro permanecerá junto al Padre, con un breve  paréntesis durante la guerra civil de España. Y es a partir de 1937  cuando el Fundador comienza a llamarle con el afectuoso nombre de  “Saxum”: roca. En una carta fechada durante este año pueden leerse las  siguientes líneas de don Josemaría Escrivá de Balaguer:</p>
<p>-«”Saxum”!: ¡qué blanco veo el camino -largo- que te queda por recorrer!  Blanco y lleno, como campo cuajado. ¡Bendita fecundidad de apóstol, más  hermosa que todas las hermosuras de la tierra! “Saxum”! » (19)</p>
<p>Roca en la que apoyarse. Porque desde el primer día, Alvaro no tendrá  una duda. Estará incondicionalmente al lado del Fundador y abrirá, con  él, los caminos del mundo para que pueda transitarlos el espíritu de la  Obra. Va a compartir con el Padre los trabajos, las contradicciones y  alegrías de los años que se acercan. Será testigo de los matices más  profundos del Opus Dei y los conservará como se custodia una herencia  preciosa, intocable, de origen divino.</p>
<p>Don Alvaro del Portillo, después de ordenarse sacerdote en 1944, será el  confesor de Monseñor Escrivá de Balaguer. Dos veces habrá de darle la  absolución in articulo mortis; la última, el 26 de junio de 1975, cuando  su alma remonta, definitivamente, el camino del Cielo. Tras este  acontecimiento, será elegido, por decisión unánime, primer sucesor del  Fundador al frente del Opus Dei, el 15 de septiembre de 1975.<a></a></p>
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		<title>Isidoro Zorzano</title>
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		<pubDate>Wed, 29 Sep 2010 12:23:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
				<category><![CDATA[movimiento Opus Dei]]></category>
		<category><![CDATA[Acción Católica]]></category>
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		<category><![CDATA[diciembre de 1928]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">&#8220;La fundación del Opus Dei&#8221;. Libro escrito por John F. Coverdale,  en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.</h2>
<p>La primera persona que perseveraría en el Opus Dei, Isidoro Zorzano,  no apareció hasta casi dos años después de la fundación. Zorzano había  nacido en Argentina, aunque sus padres regresaron a España cuando tenía  tres años. Fue compañero de Escrivá en el instituto de Logroño y había  estudiado Ingeniería Industrial, uno de los títulos más prestigiosos y  difíciles de alcanzar en esa época. Tras graduarse, trabajó durante una  breve temporada para una compañía que construía piezas para  ferrocarriles. En diciembre de 1928 entró en una compañía ferroviaria de  Málaga. Además de su trabajo para el ferrocarril, Zorzano dio clases  nocturnas de matemáticas y de electricidad en la Escuela de Comercio de  esa ciudad.</p>
<p>Con el paso de los años, Zorzano y Escrivá se habían visto unas cuantas  veces y habían mantenido un esporádico contacto epistolar, pero no un  trato habitual. Poco después de la fundación del Opus Dei, Escrivá  comenzó a rezar más por Zorzano, como posible vocación. En agosto de  1930, le envió una postal en la que le invitaba a verle en su siguiente  viaje a Madrid, a la vez que le prometía: “Tengo cosas muy interesantes  que contarte”[1].</p>
<p>Cuando recibió la nota de Escrivá, Zorzano pasaba por una crisis  espiritual. Le iba bien en lo profesional, pero se sentía insatisfecho.  Se descubrió pensando con frecuencia que Dios quería de él una entrega  completa. En su mente eso sólo podía significar una cosa: entrar en una  orden religiosa. Sin embargo, amaba su profesión y le parecía  inconcebible que Dios le pidiera dejarla. Deseaba armonizar su trabajo  profesional con una completa dedicación a Dios, pero eso parecía  imposible.</p>
<p>El 24 de agosto de 1930, fiesta de San Bartolomé, Zorzano se encontraba  en Madrid por motivos profesionales. Aunque no se había citado con él,  esperaba ver a Escrivá para averiguar qué eran esas “cosas muy  interesantes” de las que le había hablado su amigo, y para ver si  Escrivá le podía ayudar a resolver su crisis espiritual. Fue al  Patronato de Enfermos, pero le dijeron que no estaba. Había acudido a  visitar a José Romeo, quien, enfermo, guardaba cama.</p>
<p>En un escrito del día siguiente, Escrivá anotó: “Me sentí desasosegado  –sin motivo— y me fui antes de la hora natural de marcharme, puesto que  era muy razonable que hubiera esperado a que vinieran a su casa don  Manuel y Colo. Poco antes de llegar al Patronato, en la calle de Nicasio  Gallego, encontré a Zorzano. Al decirle que yo no estaba, salió de la  Casa Apostólica, con intención de ir a Sol, pero una seguridad de  encontrarme, me dijo, le hizo volver por Nicasio Gallego”[2].</p>
<p>El mismo Escrivá normalmente no tomaba la calle Nicasio Gallego para  regresar a casa, pero aquel día lo hizo y se encontraron. Apenas se  saludaron Zorzano le dijo: “quiero entregarme a Dios, y no sé cómo ni  dónde”[3]. Quedaron más  tarde aquel día para charlar con calma. Aunque Escrivá no solía hablar  con su director espiritual del apostolado del Opus Dei, en este caso le  llamó por teléfono y le explicó lo sucedido: “Al preguntarle qué le  parecía que debía hacer, me contestó: ¿qué ha de hacer? ¡Cogerlo!”[4].</p>
<p>Después de hablar de las inquietudes y aspiraciones de Zorzano, Escrivá  le explicó que hacía poco había fundado una obra cuyo objetivo era  precisamente la santidad en medio del mundo. Zorzano respondió  inmediatamente que eso era lo que estaba buscando. Esa misma tarde  Zorzano dejó Madrid para visitar a su madre en el norte de España y  luego volver a Málaga. Pocos días después en una carta a Escrivá decía:  “Siento la necesidad de estar juntos y orientarme definitivamente, con  tu ayuda, en la nueva era que abriste a mis ojos, y que era precisamente  el ideal que yo me había forjado y que creía irrealizable por tratarse  de aunar factores de diversos matices, he pensado sobre ello y cada día  me parece más hermoso, es mí única ilusion cooperar en dicho ideal para  llevar a feliz término nuestra causa”[5].</p>
<p>Hasta 1936, el trabajo profesional de Zorzano le mantuvo en Málaga, así  que una buena parte de su formación inicial en el Opus Dei se hizo por  correo, y con algún viaje esporádico a Madrid. A pesar de sus deseos de  servir a Dios, Zorzano no había recibido una educación religiosa  profunda y no tenía la costumbre de dedicar mucho tiempo a la oración.  Solía comulgar únicamente los domingos. Cuando iba de excursión con sus  amigos, salían temprano de Málaga y oían Misa en el pueblo que fuera  punto de partida de su viaje. Como en aquella época la Iglesia exigía  para comulgar un ayuno total, también de agua, desde la medianoche  anterior, eso significaba que Zorzano no comulgaba muchos domingos.</p>
<p>Al principio Zorzano sólo tenía una idea aproximada del espíritu del  Opus Dei. No parece haber entendido del todo la idea del apostolado con  amigos y compañeros a través del ejemplo y de la conversación personal.  Al principio centró su dedicación a Dios en participar en organizaciones  y actividades católicas. Se hizo miembro de los Caballeros del Pilar,  se involucró en actividades sociales organizadas por grupos católicos,  ayudó a la Casa del Niño Jesús y se incorporó al grupo de Acción  Católica recién abierto en Malaga.</p>
<p>No contento con entrar en los grupos que ya existían, se dispuso a  organizar una asociación de estudiantes católicos. En Málaga, como en el  resto de España, la vida estudiantil estaba muy politizada. La  principal organización estudiantil, la Federación de Estudiantes  Españoles, era de izquierdas y anticatólica. Zorzano decidió organizar  en Málaga una filial de la Federación de Estudiantes Católicos, que  además de católica en su orientación era políticamente conservadora.</p>
<p>Dicha decisión le causaría algún problema. Zorzano, como no era  estudiante, no podía ser miembro ni cargo en el grupo, pero en su  asamblea constituyente fue nombrado presidente honorario. Cuando algunos  de los estudiantes de la Escuela de Comercio donde daba clase se  afiliaron a la Federación, miembros de la Federación de Estudiantes  Españoles acusaron a Zorzano de favorecer injustamente en clase a los  miembros del grupo católico. El director censuró oficialmente a Zorzano  por activismo político y religioso en la escuela. Sin embargo, no aceptó  su dimisión y a los pocos meses el incidente quedó prácticamente  olvidado.</p>
<p>Desde el principio, Escrivá animó a Zorzano a construir, paulatinamente,  una intensa vida interior de oración y sacrificio. En una carta fechada  el 23 de noviembre de 1930 escribió: “Mira: Si hemos de ser lo que el  Señor y nosotros deseamos, hemos de fundamentarnos bien, antes que nada,  en la oración y en la expiación (sacrificio). Orar: nunca, repito,  dejes la meditación, al levantarte; y ofrece cada día, como expiación,  todas las molestias y sacrificios de la jornada”[6].  Paciente e insistentemente le urgía a frecuentar los sacramentos, y  especialmente a recibir la comunión con mayor frecuencia, a diario si  era posible. No le indicó a Zorzano que dejara las actividades de los  diversos grupos a los que pertenecía, pero le ayudaba, poco a poco, a  comprender que debían ocupar un lugar secundario, ya que debía centrarse  en cultivar una vida de auténtica piedad y un apostolado más personal  en el trabajo con amigos, compañeros y familiares.</p>
<p>[1] José  Miguel Pero-Sanz. ISIDORO ZORZANO LEDESMA. Ediciones Palabra. Madrid,  1996 . p. 113</p>
<p>[2] Andrés  Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 447</p>
<p>[3] AGP, P01  1993 p. 1171</p>
<p>[4] Ibid. p.  1172</p>
<p>[5] Ibid. p.  1173</p>
<p>[6] José  Miguel Pero-Sanz. Ob. cit . p. 120<a><br />
</a></p>
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		<title>Frases de San Josemaría sobre los sacerdotes</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Mar 2010 21:31:26 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Presentamos una selección de frases de San Josemaría sobre la vida y la vocación de los sacerdotes. Puede encontrar sus obras publicadas en el website www.escrivaworks.org 07 de septiembre de 2009 - ¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus sino ipse Christus, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Presentamos una selección de frases de San Josemaría sobre la vida y la vocación de los sacerdotes. Puede encontrar sus obras publicadas en el website www.escrivaworks.org</p>
<p>07 de septiembre de 2009</h2>
<p>- ¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya <em>alter Christus</em> sino <em>ipse Christus,</em> otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental <em>(Amar a la Iglesia, 38).<br />
</em></p>
<div><img src="http://www.opusdei.es/image/trabajosj1.jpg" alt="Opus Dei - " width="190" height="278" /></div>
<p>- A los sacerdotes se nos pide la humildad de aprender a no estar de moda, de ser realmente siervos de los siervos de Dios (&#8230;), para que los cristianos corrientes, los laicos, hagan presente, en todos los ambientes de la sociedad, a Cristo <em>(Conversaciones, 59).</em></p>
<p>- Un sacerdote que vive de este modo la Santa Misa -adorando, expiando, impetrando, dando gracias, identificándose con Cristo-, y que enseña a los demás a hacer del Sacrificio del Altar el centro y la raíz de la vida del cristiano, demostrará realmente la grandeza incomparable de su vocación, ese carácter con el que está sellado, que no perderá por toda la eternidad <em>(Amar a la Iglesia, 49).</em></p>
<p>- He concebido siempre mi labor de sacerdote  y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana <em>(Es Cristo que pasa, 99).</em></p>
<p>- ¡Valor de la piedad en la Santa Liturgia!<br />
Nada me extrañó lo que, hace unos días, me comentaba una persona hablando de un sacerdote ejemplar, fallecido recientemente: ¡qué santo era!<br />
—¿Le trató Vd. mucho?, le pregunté.<br />
—No —me contestó—, pero le vi una vez celebrar la Santa Misa <em>(Forja, 645).</em></p>
<p>- No quiero —por sabido— dejar de recordarte otra vez que el Sacerdote es &#8220;otro Cristo&#8221;. —Y que el Espíritu Santo ha dicho: <em>&#8220;nolite tangere Christos meos&#8221;</em> —no queráis tocar a &#8220;mis Cristos&#8221; <em>(Camino, 67).</em></p>
<p>- El trabajo —por decirlo así— profesional de los sacerdotes es un ministerio divino y público, que abraza exigentemente toda la actividad hasta tal punto que, en general, si a un sacerdote le sobra tiempo para otra labor que no sea propiamente sacerdotal, puede estar seguro de que no cumple el deber de su ministerio <em>(Amigos de Dios, 265).</em></p>
<p>- Cristo, que subió a la Cruz con los brazos abiertos de par en par, con gesto de Sacerdote Eterno, quiere contar con nosotros —¡que no somos nada!—, para llevar a &#8220;todos&#8221; los hombres los frutos de su Redención <em>(Forja, 4).</em></p>
<p>- Ni a la derecha ni a la izquierda, ni al centro. Yo, como sacerdote, procuro estar con Cristo, que sobre la Cruz abrió los dos brazos y no sólo uno de ellos: tomo con libertad, de cada grupo, aquello que me convence, y que me hace tener el corazón y los brazos acogedores, para toda la humanidad <em>(Conversaciones, 44).<br />
</em><br />
- Aquel sacerdote amigo trabajaba pensando en Dios, asido a su mano paterna, y ayudando a que los demás asimilaran estas ideas madres. Por eso, se decía: cuando tú mueras, todo seguirá bien, porque continuará ocupándose Él <em>(Surco, 884).</em></p>
<p>- Me convenció aquel sacerdote amigo nuestro. Me hablaba de su labor apostólica, y me aseguraba que no hay ocupaciones poco importantes. Debajo de este campo cuajado de rosas —decía—, se esconde el esfuerzo silencioso de tantas almas que, con su trabajo y oración, con su oración y trabajo, han conseguido del Cielo un raudal de lluvias de la gracia, que todo lo fecunda <em>(Surco, 530).<br />
</em><br />
- ¡Vive la Santa Misa!<br />
—Te ayudará aquella consideración que se hacía un sacerdote enamorado: ¿es posible, Dios mío, participar en la Santa Misa y no ser santo?<br />
—Y continuaba: ¡me quedaré metido cada día, cumpliendo un propósito antiguo, en la Llaga del Costado de mi Señor!<br />
—¡Anímate!<em> (Forja, 934).</em></p>
<p>- Ser cristiano —y de modo particular ser sacerdote; recordando también que todos los bautizados participamos del sacerdocio real— es estar de continuo en la Cruz <em>(Forja, 882).</em></p>
<p>- No nos acostumbremos a los milagros que se operan ante nosotros: a este admirable portento de que el Señor baje cada día a las manos del sacerdote. Jesús nos quiere despiertos, para que nos convenzamos de la grandeza de su poder, y para que oigamos nuevamente su promesa: <em>venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum</em>, si me seguís, os haré pescadores de hombres; seréis eficaces, y atraeréis las almas hacia Dios. Debemos confiar, por tanto, en esas palabras del Señor: meterse en la barca, empuñar los remos, izar las velas, y lanzarse a ese mar del mundo que Cristo nos entrega como heredad <em>(Es Cristo que pasa, 159).</em></p>
<p>- Si es verdad que arrastramos miserias personales, también lo es que el Señor cuenta con nuestros errores. No escapa a su mirada misericordiosa que los hombres somos criaturas con limitaciones, con flaquezas, con imperfecciones, inclinadas al pecado. Pero nos manda que luchemos, que reconozcamos nuestros defectos; no para acobardarnos, sino para arrepentirnos y fomentar el deseo de ser mejores <em>(Es Cristo que pasa, 159).</em></p>
<p>- Sacerdote, hermano mío, habla siempre de Dios, que, si eres suyo, no habrá monotonía en tus coloquios <em>(Forja, 965).</em></p>
<p>- La guarda del corazón. —Así rezaba aquel sacerdote: &#8220;Jesús, que mi pobre corazón sea huerto sellado; que mi pobre corazón sea un paraíso, donde vivas Tú; que el Ángel de mi Guarda lo custodie, con espada de fuego, con la que purifique todos los afectos antes de que entren en mí; Jesús, con el divino sello de tu Cruz, sella mi pobre corazón&#8221; <em>(Forja, 412).</em></p>
<p>- Cuando daba la Sagrada Comunión, aquel sacerdote sentía ganas de gritar: ¡ahí te entrego la Felicidad! <em>(Forja, 267)</em></p>
<p>- Para no escandalizar, para no producir ni la sombra de la sospecha de que los hijos de Dios son flojos o no sirven, para no ser causa de desedificación&#8230;, vosotros habéis de esforzaros en ofrecer con vuestra conducta la medida justa, el buen talante de un hombre responsable <em>(Amigos de Dios, 70).</em><a><br />
</a></p>
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