El escapulario del Carmen

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Difundía la devoción a la Virgen en sus múltiples manifestaciones; y recomendaba vivamente las costumbres seculares de piedad mariana, que han vivido los cristianos a lo largo de los siglos, como el rezo del Santo Rosario o el uso del escapulario del Carmen. Se lee en el número 500 de Camino: Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. —Pocas devociones —hay muchas y muy buenas devociones marianas— tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los Pontífices. —Además ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!

Era terciario carmelita desde hacía muchos años —desde el 2 de octubre de 1932, en concreto—, y poco antes de esa fecha, había escrito: “Dos cosas (además del Amor) me mueven a hacerme terciario carmelita: ‘obligar’ más a mi Madre Inmaculada, ahora que me veo más débil que nunca; y proporcionar sufragios a ‘mis buenas amigas las Animas benditas del Purgatorio’”

Cada caminante siga su camino

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En los años inmediatos a la guerra civil, el Padre es el único sacerdote del Opus Dei; ejerce sus funciones de Rector del Patronato de Santa Isabel, se ocupa de las Residencias Universitarias de “Jenner y Diego de León” y de la extensión de la Obra. Dirige espiritualmente a centenares de personas: hombres y mujeres, casados y solteros, profesores y estudiantes, escritores, artistas y artesanos. Predica muchos cursos de retiro espiritual. En su fuego apostólico no hay pausas.

Además, desde 1940 es profesor de Etica y Deontología en la Escuela de Periodismo de Madrid y enseña a los futuros profesionales la trascendencia de su trabajo y las normas que lo convierten en un gran servicio humano y cristiano a toda la sociedad. El periodista Enrique del Corral, alumno suyo, afirma:

«Todos, en una u otra medida, arrastrábamos el trauma que había supuesto la guerra civil y esto tenía cierta influencia en la forma de vivir la fe (…). Por eso nos llamó particularmente la atención don Josemaría Escrivá de Balaguer (…). El nos hablaba -con un tono cordial y de compañero- de una religión más gozosa, de una religión esencialmente alegre»(13).

Lleva adelante este esfuerzo en medio de carestías e incomodidades. Además de practicar ayunos rigurosos, se somete gustosamente a la intensidad del trabajo, poniendo en juego su salud, como se demostrará unos años más tarde.

Del 5 al 11 de junio de 1939, el Padre se desplaza a Valencia para dar un curso de retiro a estudiantes universitarios en el colegio Beato Juan de Ribera de Burjasot. Es Rector del colegio un sacerdote de gran prestigio, don Antonio Rodilla, Vicario General de la Diócesis de Valencia. Su testimonio sobre el Fundador del Opus Dei es una luminosa carta de admiración y amistad:

«Conocí a Josemaría en los primeros años de la decena de 1930. Aunque no puedo precisar la fecha exacta, ya la primera conversación con él me puso en aviso de que estaba en presencia de una persona extraordinaria, que miraba y veía desde muy alto, y hasta muy lejos, aunque tenía los pies muy firmes sobre la tierra.

No era precisa mucha perspicacia para ver que Josemaría era un hombre extraordinario. Sin embargo, no era fácil, si no se le trataba íntima y prolongadamente, ver al santo, pues no sólo no exhibía su santidad, sino que la llevaba tan envuelta de humildad, naturalidad y alegría, que quedaba muchas veces más que disimulada para ocasionales observadores y poco perspicaces»(14).

En este brillante día de junio del año 39, el Padre llega a última hora de la tarde, cuando el calor abre paso al atardecer. Los participantes esperan, en pequeños grupos, esparcidos por el jardín.

Desde el principio les impresiona vivamente. Años más tarde, en una de sus cartas, el Fundador recordará un episodio de su llegada al colegio y las enseñanzas que, para la predicación, había sacado del mismo:

«En uno de los pasillos encontré un gran letrero, escrito por alguno “no conformista”, donde se leía: “cada caminante siga su camino”.

Quisieron quitarlo, pero yo les detuve: dejadlo -les dije-, “me gusta” (…). Desde entonces, esas palabras me han servido muchas veces de motivo de predicación. Libertad: cada caminante siga su camino. Es absurdo e injusto tratar de imponer a todos los hombres un único criterio, en materias en las que la doctrina de Jesucristo no señala límites»(15).

Y en otro momento insiste:

«Es cierto que llevamos un camino común, porque única es -os lo diré de nuevo- la vocación que todos hemos recibido al Opus Dei. Pero se puede andar por el camino de muchas maneras. Se puede andar por la derecha, por la izquierda, en zig-zag, caminando con los pies, a caballo. Hay cien mil maneras de ir por el camino divino » (16) .

El primer día, después de la Misa, pasea por entre los árboles que rodean el edificio y ve a un universitario pensativo, sentado en uno de los bancos. Es Amadeo de Fuenmayor. Se acerca y le pregunta:

-«¿Aburrido?

-No, Padre, le contesta. Y añade que tiene un problema personal» (17).

El Padre le dice que vaya a última hora de la tarde a su cuarto y que le recuerde que ofrezca por él la Misa del día siguiente.

Se queda impresionado, porque ha visto la piedad y la fe con que este sacerdote celebra el Sacrificio del altar. Y le parece muy serio saber que su nombre, su persona, van a estar presentes en el ofertorio de amor de la mañana siguiente.

Estos días, Amadeo, el que habrá de ser un día Catedrático de Derecho Civil, y después sacerdote del Opus Dei, charlará frecuentemente con el Padre y, al terminar los ejercicios, pedirá la admisión en la Obra. Aún parece escuchar las palabras con que el Fundador acepta su solicitud:

«El Señor obra “suaviter et fortiter”.. recuerda las circunstancias de tu vida y verás cómo ha ido preparándote el camino»(18).

En el momento en que todos están a punto de regresar a Valencia aparece José Manuel Casas Torres. ¡Se había informado mal de la fecha de comienzo!… Al menos, le gustaría saludar al sacerdote y disculparse por su falta de puntualidad. No conoce al Padre, pero va en su busca. Le encuentra en su despacho. La entrevista se prolonga aproximadamente media hora y, cuando salen de la habitación, don Josemaría llama al pequeño grupo que ha solicitado la admisión en el Opus Dei durante aquellas jornadas. Les dice, con toda sencillez:

-«José Manuel será vuestro director»(19).

El Fundador repetirá a sus hijos, con frecuencia, que a los primeros miembros del Opus Dei, el Señor les concedió ayudas especiales para sacar adelante la Obra, para ser muy responsables a pesar de su juventud y hacerse cargo de esta ardua tarea que se les encomienda.

El primer local que utilizarán en Valencia, desde agosto de 1939, es un piso en el entresuelo de un viejo edificio situado en el número 9 de la calle de Samaniego. Es tan pequeño y tan pobre que le han bautizado con el apodo de “El Cubil” Una de las haciones almacena ejemplares de «Camino», que acaba de publicarse. Este será el comienzo de una gran labor, de la que han de salir muchas y firmes vocaciones.

En uno de estos viajes, el Vicario de la Diócesis le pide con insistencia que celebre la Santa Misa en la Catedral, en el Altar de la Santísima Trinidad, con un cáliz y ornamentos que le acaban de regalar. El Padre acepta encantado. Sin embargo, al llegar a la lectura del Evangelio, no tiene capacidad física para seguir celebrando la Misa. Se vuelve hacia los fieles que asisten, les pide perdón por no poder continuar y se retira a la sacristía.

Le llevan al pequeño piso de la calle Samaniego, y el Vicario aprecia las circunstancias de escasez y privación en que están viviendo como no hay mantas y tiene fiebre alta, cubren al Fundador con una cortina. Con inmenso cariño le hace ver que aquí no va a reponerse y quiere trasladarle a su casa. El Padre se lo agradece, pero no acepta el ofrecimiento. Prefiere la pobreza de “El Cubil “. Así lo relata el propio Vicario:

«Soy testigo personal también de la pobreza de medios con que empezó, y continuó durante muchos años, su labor de apostolado. He visto sus apuros en los comienzos de los Centros de la Obra en Valencia. Y esto cuando en España había abundantes larguezas oficiales para tantas obras apostólicas, para la reconstrucción de templos y de casas de religiosas. Aún recuerdo vivamente, por aquellos años, la escena de Josemaría -que había sido acometido por súbita fiebre- en una pobre cama de la primera Residencia del Opus Dei en Valencia, arropado… ¡con unas cortinas!, porque no disponían de mantas en la casa»(20).

Un día, el Padre presenta a los miembros de la Obra de Valencia a Justo Martí Gilabert, que ha sido estudiante de Derecho y residente de Ferraz. En ese momento es el alcalde de Oliva, su pueblo natal. Más tarde le invitarán a ir a Madrid, a conocer la nueva Residencia de Jenner, y también a compartir unos días de retiro que dirigirá el Padre.

Ya en Madrid, el Fundador le habla con detalle sobre la Obra, y después de esta entrevista, Justo pide la admisión. En la sencillez del coloquio sostenido con don Josemaría, descubre la llamada de Dios a una entrega total. Toma, con la naturalidad más absoluta, decisiones que van a exigir la donación de toda una vida. Hay detrás de todo esto mucho tiempo de oración y sacrificio del Padre.

En El Cubil, este pequeño entresuelo prácticamente sin amueblar, van a surgir varias de las primeras vocaciones a la Obra en Levante. En otros casos, pasarán aún muchos años hasta que soliciten su admisión en el Opus Dei. Entre ellos, Antonio Ivars Moreno recuerda bien su llegada:

«Debió ser octubre de 1939. Un amigo de la Universidad me habló del Padre, y tuve la curiosidad de conocerlo. Poco tiempo después fui a un modesto semisótano de la calle Samaniego: allí le conocí. Estaba enfermo, con fiebre alta, y me habló desde un lecho improvisado porque los muebles eran pocos y escasos. Su lenguaje llegaba directamente al corazón (…). Jamás conocí un corazón tan abierto, tan generoso para todas las gentes sin distinción» (21)

También Ismael Sánchez Bella describe emocionado su primer mes de abril de 1940. De nuevo don Josemaría se ha desplazado a Valencia. Ismael tiene dieciocho años y trabaja por las noches como linotipista en el periódico «Levante». Hoy, sábado, está a punto de concluir su tarea y presiente el descanso que se inicia con el amanecer. Cuando aún no ha abandonado el periódico, suena el teléfono: unos amigos de sus hermanos le invitan a un retiro que dará el autor de «Camino» el domingo. Está a punto de disculparse: no ha dormido en toda la noche. Pero, al fin, coge un tranvía camino de Alacuás. Allí hay una comunidad de religiosas que cede el local a don Josemaría. Asisten, con él, unos treinta estudiantes. Le golpean la fuerza y la exigencia sobrenatural de este sacerdote. Por la tarde, habla con el Padre. Esa misma semana, el correo Valencia-Madrid traerá una carta de Ismael, pidiendo al Padre su admisión en la Obra.

Durante el curso de 1940, el contacto entre Valencia y Madrid es intenso. En mayo hay un nuevo día de retiro en Alacuás, y ya asisten cincuenta universitarios.

Pedro Casciaro viene frecuentemente a la ciudad levantina, y lee, en una pequeña habitación de El Cubil, un extenso documento escrito por el Padre, en el que da cuenta de las circunstancias humanas y sobrenaturales que han dado lugar al nacimiento del Opus Dei sobre el mundo. Lo ha llamado «Instrucción acerca del espíritu sobrenatural de la Obra». Este grupo de vocaciones oye, con intensidad sobrecogedora, el mensaje de estas páginas en el que el Padre afirma que la empresa a que Dios les ha traído cumple las condiciones para que pueda llamarse, sin jactancia, la «Obra de Dios».

En agosto de 1940, los que están en Valencia viajan a Madrid para estar una semana en Jenner, con el Padre. Pasan unos días inolvidables. Antes de regresar a Valencia, les anima a buscar y abrir una Residencia de estudiantes para el próximo octubre.

Cuando ya decae el verano levantino y el nuevo curso amenaza, Antonio Ivars encuentra un inmueble que puede adaptarse para Residencia Universitaria. Está en el número 16 de la misma calle de Samaniego. Tiene techos altísimos y múltiples rincones y escaleras.

El Fundador viaja mucho de Madrid a Valencia. En la nueva casa no hay ningún sistema de calefacción y hace frío. Uno de los chicos le ofrece un capote de soldado que ha encontrado. El Padre se lo pone sobre la sotana y, desde ese momento, ya será proverbial el uso de la prenda para superar la humedad que deja caer este invierno dentro del inmueble.

Pedro Casciaro también se desplazará con frecuencia desde Madrid para trazar y ejecutar las reformas de la casa de acuerdo con las escasas posibilidades económicas de que disponen. Los hermanos Florencio e Ismael Sánchez Bella, ayudados por Salvador Moret, trasladan los escasos enseres de El Cubil. Desde Madrid les llega un mueble-librería enorme que el buen hacer de Pedro Casciaro transforma, con herrajes y fondos rojos, en un bargueño para el vestíbulo; también un farol de cristal, un brasero de bronce y un reloj de péndulo que les envía doña Dolores. En el vestíbulo de entrada queda una reproducción de la Inmaculada de Juan de Juanes, que han dejado los dueños de la casa.

Todavía, con listones dorados de las paredes, consiguen enmarcar algunos cuadros que definen, con su tonalidad, la ambientación y el nombre de dos salones: el azul y el rojo.

La Residencia comenzará a funcionar en octubre de 1940, y oficialmente recibirá el nombre de su enclavamiento: Samaniego. El altar del oratorio es de azulejos blancos y verdes recogidos en Burjasot, en los escombros de un derribo. Tiene unos sencillos candeleros de hierro forjado, con hachones de madera. El retablo -de madera contrachapada, pintado por Fernando Delapuenteadapta muy bien los colores de una copia de Van der Weyden.

Junto a este altar se darán cita momentos importantes en la vida del Padre y en la historia de la Obra. Tanto que, años más tarde y estando a solas con don Amadeo de Fuenmayor en Roma, el Fundador dice refiriéndose a aquella casa:

«Y vosotros sin enteraros» (22).

Alude, sin duda, a la ayuda patente de Dios en aquellas circunstancias, para traer a la Obra y formar un buen número de hombres, como Angel López Amo, Manuel Botas, Florencio e Ismael Sánchez Bella, Salvador Moret, Amadeo de Fuenmayor, José Manuel Casas Torres, Vicent Garín, José Montañés, Juan Castelló, José López-Navarro, José Orlandis, Federico Suárez… y tantos otros. Son los primeros que Dios va llamando para esta batalla de paz que tiene como fin poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Para hablar con ellos, el Padre les convoca en la calle, en una habitación, en la iglesia, junto al mar… Lo mismo en el espacio íntimo de un hogar que en los abiertos horizontes del Mediterráneo. Le sirve cualquier ámbito para transmitirles el espíritu de la Obra, esta llamada a la hondura del amor verdadero.

«En aquellos primeros años (…) iba yo mucho por Valencia (…) y hacíamos la oración donde podíamos, a veces en la playa.

Y una vez, al atardecer, en una de esas puestas de sol maravillosas, vivimos que se acercaba a la orilla. Salieron de ella unos hombres morenos uemados por los vientos del mar, mojados, queparecían de bronce, y comenzaron a tirar de una red que raían con la barca, dentro del agua. Tiraban haciendo hincapié, os pies hundidos en la arena, con una fuerza maravillosa. De ronto vino un niño, y se acercó a ellos, agarró la cuerda con sus anecitas y empezó a tirar de la cuerda también. Y aquellos hombres rudos, nada refinados, sintieron su corazón enternecer e, y dejaron al niño entre ellos, aunque más bien estorbaba. yo pensé en vosotros y en mí (…), en ese tirar de la cuerda odos los días, en tantas cosas. Si nos hacemos pequeños delante e Dios Nuestro Señor, es más fácil que nos hagamos santos, y raeremos la red a la orilla, llena de peces, que brillan como la plata rque donde no llegan nuestras fuerzas, llega la fortaleza de Dios»(23).

Esto sucedió al atardecer, en la playa de Malvarrosa de Valencia, cuando unos pescadores cobraban, desde la orilla, una red grande que iban cerrando.

En el año 1946 será nombrado Arzobispo de Valencia don Marcelino Olaechea, que mantiene, desde 1930, un gran cariño y una indestructible amistad hacia el Padre. El que fuera Secretario de este Arzobispo durante treinta años y después Prior de la Basílica de los Desamparados, don Joaquín Mestre Palacio, ha legado el siguiente testimonio a los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer, después de la muerte del Fundador:

«Yo le conocí en el mes de noviembre de 1940. Predicó a todos los alumnos del Seminario Mayor de Valencia un inolvidable Curso de Ejercicios Espirituales.

Han pasado los años, y mi vida no ha sido, por cierto, ajena ni al trato con los hombres de toda índole, ni al viajar con frecuencia de acá para allá por la mayor parte del Planeta, ni al estudio, a la reflexión y a la meditación serias y reposadas; pero aquellos Ejercicios que practiqué dirigidos por don Josemaría, marcaron en mi alma, no sólo tan profunda huella que ésta no sufre comparación ni pierde perfil, sino que sigue, creo yo, bien fija (…).

La doctrina que en aquellos Ejercicios nos dio don Josemaría, no era, claro está, cosa nueva. Lo nuevo para mí fue el modo de dárnosla, el modo con que nos hablaba de Cristo, de la Eucaristía, del Sacrificio de la Cruz y de la Misa, de la Virgen, de la virginidad, de la generosidad que debíamos tener para Aquel que es la manifestación del amor del Padre»(24).

Estos son sus primeros testigos en Valencia. Testigos de una vida que podría resumirse en la inscripción que hizo bordar en un gran repostero destinado a la Residencia de Samaniego. Sobre el color central, cinco cardos abajo y cinco estrellas arriba. Y un lema: Per aspera ad astra, por lo arduo, a las estrellas.

El altar de Samaniego será reconstruido en 1974 en el Santuario de Torreciudad. Los azulejos, perfectamente conservados, mantienen el brillo de sus primeros años. Como un símbolo alegre de aquellas vocaciones que acertaron a entender, a través del Fundador, el luminoso camino de la “obra”.

Hombre para el futuro

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el Patronato de Enfermos, hay algunas señoras de la alta sociedad madrileña que prestan su colaboración personal en muchas actividades benéficas. Una de ellas, Carmen del Portillo, es pariente y madrina de un muchacho llamado Alvaro del Portillo, que estudia en la Escuela de Ingenieros de Caminos. En más de una ocasión, esta señora habla con don Josemaría Escrivá de Balaguer de las grandes cualidades intelectuales de su ahijado. Tiene una buena formación religiosa, que debe a su familia, y una piedad sincera. Sin embargo, nunca ha seguido la dirección espiritual de sacerdote alguno.

Desde que conoce este nombre, en 1930, don Josemaría empieza a rezar por Alvaro. Pasan casi cuatro años y, un día del curso 1934-35, dos compañeros de la Escuela de Ingenieros le hablan de un cura muy simpático al que conocen. Desean presentárselo.

Hace unos meses que caminan en buena amistad por los barrios más pobres de Madrid, prestando servicios y repartiendo afecto entre la pobreza y el abandono. Han compartido muchas situaciones con Alvaro y saben que entenderá el espíritu que el Padre imparte entre los estudiantes que frecuentan la Residencia.

Y Alvaro acepta. Acuden a la calle de Ferraz, al Centro que la Obra acaba de abrir. Ahí, en una salita, le saluda, por primera vez, don Josemaría:

-«¿Cómo te llamas?, ¿tú eres sobrino de Carmen del Portillo? » (14)

Recuerda perfectamente los detalles familiares que le contó, hace ya varios años, su tía Carmen hablando de este ahijado suyo. Pasan un buen rato. La amistad es fácil con este sacerdote de treinta y tres años que parece conocer a cada persona desde toda la vida. Al estudiante de Caminos se le ha quedado grabada la entrevista y hace el firme propósito de volver. Pero ya no consigue reunirse con el Fundador del Opus Dei hasta que se avecina el mes de julio. La familia del Portillo está a punto de emprender el veraneo y, antes de abandonar Madrid, Alvaro decide despedirse de don Josemaría. Es el día 6. Sube hacia la Residencia de Ferraz y mantiene con él una conversación larga, íntima. Alvaro oye hablar, como si lo escuchara por primera vez, de vida espiritual, de oración, de presencia de Dios, de amar al que es Amor, al que es la Vida; y de la Obra de Dios que empieza a crecer sobre la tierra. Al final don Josemaría concluye:

-«Mañana tenemos un día de retiro espiritual -era sábado-, ¿por qué no te quedas a hacerlo, antes de ir de veraneo?»(15)

Alvaro no ha hecho nunca un día de retiro. Y, aunque no contaba con emplear el domingo en esta ocupación, se lo pide este sacerdote con tanto interés y cariño que no sabe negarse: acudirá al día siguiente.

El Fundador dirige la primera meditación de la mañana. Varios miembros de la Obra conocen a Alvaro, porque don Josemaría les ha hablado de él, de este hombre joven, que tiene una disposición generosa ante la vida y que puede ser llamado por Dios.

El Padre les aconseja que le hablen de su propia entrega, por la tarde, cuando haya terminado el retiro. Pero uno se adelanta, en la primera ocasión oportuna, por la mañana. Y Alvaro del Portillo dice que sí.

He aquí como lo describe él mismo, años más tarde:

-« Sí: fue un 7 de julio cuando conocí la Obra y cuando pedí la admisión. Statim -como dice el Evangelio de la llamada de los Apóstoles-, inmediatamente, relictis omnibus, dejé todo, para encontrar mucho más. Porque Dios es infinitamente más generoso que nosotros y, si le damos como uno, nos responde como mil» (16).

La decisión cambia sus planes en este caluroso verano de Madrid. Alvaro se quedará para oír y conocer, directamente del Fundador, el espíritu del Opus Dei. Y el Padre, al que habían programado unos días de descanso en la provincia de Salamanca, supera una vez más el agotamiento para abrir el horizonte de la Obra, y la profundidad del Amor de Dios, a este nuevo hijo suyo.

En marzo de 1936 ratificará para siempre su compromiso de fidelidad, cuando aún no ha pasado un año desde que pidió la admisión.

El Padre se ve urgido por Dios para desarrollar el Opus Dei y necesita apoyarse con fuerza en la lealtad de los que le siguen en esta primera hora. El día de San José, 19 de marzo, tiene lugar un gesto entrañable del Fundador, que Alvaro no olvidará.

Conmovido por la generosidad incondicional de estos hombres jóvenes que entregan todo sin titubear, les ha besado los pies, con aquellas palabras de la Sagrada Escritura: «¡qué espléndidos son los pasos de los que anuncian la paz, de los que evangelizan la buena nueva!»(17). En 1975, cuando el Padre haya cruzado los umbrales de la muerte, don Alvaro repetirá este gesto con el Fundador:

«Yo le devolví ese beso en cuanto pude: cuando su alma ya se había ido al Cielo. Si le besé los pies en aquel momento, fue porque me acordé de que el Padre me los había besado a mí, y le devolví el beso. ¡Cómo me iba a olvidar! No era sólo un gesto. No fue solamente una manifestación de fidelidad y de unión, sino(18) mucho más: era entregarme de nuevo»

Desde 1936, don Alvaro permanecerá junto al Padre, con un breve paréntesis durante la guerra civil de España. Y es a partir de 1937 cuando el Fundador comienza a llamarle con el afectuoso nombre de “Saxum”: roca. En una carta fechada durante este año pueden leerse las siguientes líneas de don Josemaría Escrivá de Balaguer:

-«”Saxum”!: ¡qué blanco veo el camino -largo- que te queda por recorrer! Blanco y lleno, como campo cuajado. ¡Bendita fecundidad de apóstol, más hermosa que todas las hermosuras de la tierra! “Saxum”! » (19)

Roca en la que apoyarse. Porque desde el primer día, Alvaro no tendrá una duda. Estará incondicionalmente al lado del Fundador y abrirá, con él, los caminos del mundo para que pueda transitarlos el espíritu de la Obra. Va a compartir con el Padre los trabajos, las contradicciones y alegrías de los años que se acercan. Será testigo de los matices más profundos del Opus Dei y los conservará como se custodia una herencia preciosa, intocable, de origen divino.

Don Alvaro del Portillo, después de ordenarse sacerdote en 1944, será el confesor de Monseñor Escrivá de Balaguer. Dos veces habrá de darle la absolución in articulo mortis; la última, el 26 de junio de 1975, cuando su alma remonta, definitivamente, el camino del Cielo. Tras este acontecimiento, será elegido, por decisión unánime, primer sucesor del Fundador al frente del Opus Dei, el 15 de septiembre de 1975.

Isidoro Zorzano

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La primera persona que perseveraría en el Opus Dei, Isidoro Zorzano, no apareció hasta casi dos años después de la fundación. Zorzano había nacido en Argentina, aunque sus padres regresaron a España cuando tenía tres años. Fue compañero de Escrivá en el instituto de Logroño y había estudiado Ingeniería Industrial, uno de los títulos más prestigiosos y difíciles de alcanzar en esa época. Tras graduarse, trabajó durante una breve temporada para una compañía que construía piezas para ferrocarriles. En diciembre de 1928 entró en una compañía ferroviaria de Málaga. Además de su trabajo para el ferrocarril, Zorzano dio clases nocturnas de matemáticas y de electricidad en la Escuela de Comercio de esa ciudad.

Con el paso de los años, Zorzano y Escrivá se habían visto unas cuantas veces y habían mantenido un esporádico contacto epistolar, pero no un trato habitual. Poco después de la fundación del Opus Dei, Escrivá comenzó a rezar más por Zorzano, como posible vocación. En agosto de 1930, le envió una postal en la que le invitaba a verle en su siguiente viaje a Madrid, a la vez que le prometía: “Tengo cosas muy interesantes que contarte”[1].

Cuando recibió la nota de Escrivá, Zorzano pasaba por una crisis espiritual. Le iba bien en lo profesional, pero se sentía insatisfecho. Se descubrió pensando con frecuencia que Dios quería de él una entrega completa. En su mente eso sólo podía significar una cosa: entrar en una orden religiosa. Sin embargo, amaba su profesión y le parecía inconcebible que Dios le pidiera dejarla. Deseaba armonizar su trabajo profesional con una completa dedicación a Dios, pero eso parecía imposible.

El 24 de agosto de 1930, fiesta de San Bartolomé, Zorzano se encontraba en Madrid por motivos profesionales. Aunque no se había citado con él, esperaba ver a Escrivá para averiguar qué eran esas “cosas muy interesantes” de las que le había hablado su amigo, y para ver si Escrivá le podía ayudar a resolver su crisis espiritual. Fue al Patronato de Enfermos, pero le dijeron que no estaba. Había acudido a visitar a José Romeo, quien, enfermo, guardaba cama.

En un escrito del día siguiente, Escrivá anotó: “Me sentí desasosegado –sin motivo— y me fui antes de la hora natural de marcharme, puesto que era muy razonable que hubiera esperado a que vinieran a su casa don Manuel y Colo. Poco antes de llegar al Patronato, en la calle de Nicasio Gallego, encontré a Zorzano. Al decirle que yo no estaba, salió de la Casa Apostólica, con intención de ir a Sol, pero una seguridad de encontrarme, me dijo, le hizo volver por Nicasio Gallego”[2].

El mismo Escrivá normalmente no tomaba la calle Nicasio Gallego para regresar a casa, pero aquel día lo hizo y se encontraron. Apenas se saludaron Zorzano le dijo: “quiero entregarme a Dios, y no sé cómo ni dónde”[3]. Quedaron más tarde aquel día para charlar con calma. Aunque Escrivá no solía hablar con su director espiritual del apostolado del Opus Dei, en este caso le llamó por teléfono y le explicó lo sucedido: “Al preguntarle qué le parecía que debía hacer, me contestó: ¿qué ha de hacer? ¡Cogerlo!”[4].

Después de hablar de las inquietudes y aspiraciones de Zorzano, Escrivá le explicó que hacía poco había fundado una obra cuyo objetivo era precisamente la santidad en medio del mundo. Zorzano respondió inmediatamente que eso era lo que estaba buscando. Esa misma tarde Zorzano dejó Madrid para visitar a su madre en el norte de España y luego volver a Málaga. Pocos días después en una carta a Escrivá decía: “Siento la necesidad de estar juntos y orientarme definitivamente, con tu ayuda, en la nueva era que abriste a mis ojos, y que era precisamente el ideal que yo me había forjado y que creía irrealizable por tratarse de aunar factores de diversos matices, he pensado sobre ello y cada día me parece más hermoso, es mí única ilusion cooperar en dicho ideal para llevar a feliz término nuestra causa”[5].

Hasta 1936, el trabajo profesional de Zorzano le mantuvo en Málaga, así que una buena parte de su formación inicial en el Opus Dei se hizo por correo, y con algún viaje esporádico a Madrid. A pesar de sus deseos de servir a Dios, Zorzano no había recibido una educación religiosa profunda y no tenía la costumbre de dedicar mucho tiempo a la oración. Solía comulgar únicamente los domingos. Cuando iba de excursión con sus amigos, salían temprano de Málaga y oían Misa en el pueblo que fuera punto de partida de su viaje. Como en aquella época la Iglesia exigía para comulgar un ayuno total, también de agua, desde la medianoche anterior, eso significaba que Zorzano no comulgaba muchos domingos.

Al principio Zorzano sólo tenía una idea aproximada del espíritu del Opus Dei. No parece haber entendido del todo la idea del apostolado con amigos y compañeros a través del ejemplo y de la conversación personal. Al principio centró su dedicación a Dios en participar en organizaciones y actividades católicas. Se hizo miembro de los Caballeros del Pilar, se involucró en actividades sociales organizadas por grupos católicos, ayudó a la Casa del Niño Jesús y se incorporó al grupo de Acción Católica recién abierto en Malaga.

No contento con entrar en los grupos que ya existían, se dispuso a organizar una asociación de estudiantes católicos. En Málaga, como en el resto de España, la vida estudiantil estaba muy politizada. La principal organización estudiantil, la Federación de Estudiantes Españoles, era de izquierdas y anticatólica. Zorzano decidió organizar en Málaga una filial de la Federación de Estudiantes Católicos, que además de católica en su orientación era políticamente conservadora.

Dicha decisión le causaría algún problema. Zorzano, como no era estudiante, no podía ser miembro ni cargo en el grupo, pero en su asamblea constituyente fue nombrado presidente honorario. Cuando algunos de los estudiantes de la Escuela de Comercio donde daba clase se afiliaron a la Federación, miembros de la Federación de Estudiantes Españoles acusaron a Zorzano de favorecer injustamente en clase a los miembros del grupo católico. El director censuró oficialmente a Zorzano por activismo político y religioso en la escuela. Sin embargo, no aceptó su dimisión y a los pocos meses el incidente quedó prácticamente olvidado.

Desde el principio, Escrivá animó a Zorzano a construir, paulatinamente, una intensa vida interior de oración y sacrificio. En una carta fechada el 23 de noviembre de 1930 escribió: “Mira: Si hemos de ser lo que el Señor y nosotros deseamos, hemos de fundamentarnos bien, antes que nada, en la oración y en la expiación (sacrificio). Orar: nunca, repito, dejes la meditación, al levantarte; y ofrece cada día, como expiación, todas las molestias y sacrificios de la jornada”[6]. Paciente e insistentemente le urgía a frecuentar los sacramentos, y especialmente a recibir la comunión con mayor frecuencia, a diario si era posible. No le indicó a Zorzano que dejara las actividades de los diversos grupos a los que pertenecía, pero le ayudaba, poco a poco, a comprender que debían ocupar un lugar secundario, ya que debía centrarse en cultivar una vida de auténtica piedad y un apostolado más personal en el trabajo con amigos, compañeros y familiares.

[1] José Miguel Pero-Sanz. ISIDORO ZORZANO LEDESMA. Ediciones Palabra. Madrid, 1996 . p. 113

[2] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 447

[3] AGP, P01 1993 p. 1171

[4] Ibid. p. 1172

[5] Ibid. p. 1173

[6] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit . p. 120

Frases de San Josemaría sobre los sacerdotes

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Presentamos una selección de frases de San Josemaría sobre la vida y la vocación de los sacerdotes. Puede encontrar sus obras publicadas en el website www.escrivaworks.org

07 de septiembre de 2009

- ¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus sino ipse Christus, otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental (Amar a la Iglesia, 38).

Opus Dei -

- A los sacerdotes se nos pide la humildad de aprender a no estar de moda, de ser realmente siervos de los siervos de Dios (…), para que los cristianos corrientes, los laicos, hagan presente, en todos los ambientes de la sociedad, a Cristo (Conversaciones, 59).

- Un sacerdote que vive de este modo la Santa Misa -adorando, expiando, impetrando, dando gracias, identificándose con Cristo-, y que enseña a los demás a hacer del Sacrificio del Altar el centro y la raíz de la vida del cristiano, demostrará realmente la grandeza incomparable de su vocación, ese carácter con el que está sellado, que no perderá por toda la eternidad (Amar a la Iglesia, 49).

- He concebido siempre mi labor de sacerdote  y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana (Es Cristo que pasa, 99).

- ¡Valor de la piedad en la Santa Liturgia!
Nada me extrañó lo que, hace unos días, me comentaba una persona hablando de un sacerdote ejemplar, fallecido recientemente: ¡qué santo era!
—¿Le trató Vd. mucho?, le pregunté.
—No —me contestó—, pero le vi una vez celebrar la Santa Misa (Forja, 645).

- No quiero —por sabido— dejar de recordarte otra vez que el Sacerdote es “otro Cristo”. —Y que el Espíritu Santo ha dicho: “nolite tangere Christos meos” —no queráis tocar a “mis Cristos” (Camino, 67).

- El trabajo —por decirlo así— profesional de los sacerdotes es un ministerio divino y público, que abraza exigentemente toda la actividad hasta tal punto que, en general, si a un sacerdote le sobra tiempo para otra labor que no sea propiamente sacerdotal, puede estar seguro de que no cumple el deber de su ministerio (Amigos de Dios, 265).

- Cristo, que subió a la Cruz con los brazos abiertos de par en par, con gesto de Sacerdote Eterno, quiere contar con nosotros —¡que no somos nada!—, para llevar a “todos” los hombres los frutos de su Redención (Forja, 4).

- Ni a la derecha ni a la izquierda, ni al centro. Yo, como sacerdote, procuro estar con Cristo, que sobre la Cruz abrió los dos brazos y no sólo uno de ellos: tomo con libertad, de cada grupo, aquello que me convence, y que me hace tener el corazón y los brazos acogedores, para toda la humanidad (Conversaciones, 44).

- Aquel sacerdote amigo trabajaba pensando en Dios, asido a su mano paterna, y ayudando a que los demás asimilaran estas ideas madres. Por eso, se decía: cuando tú mueras, todo seguirá bien, porque continuará ocupándose Él (Surco, 884).

- Me convenció aquel sacerdote amigo nuestro. Me hablaba de su labor apostólica, y me aseguraba que no hay ocupaciones poco importantes. Debajo de este campo cuajado de rosas —decía—, se esconde el esfuerzo silencioso de tantas almas que, con su trabajo y oración, con su oración y trabajo, han conseguido del Cielo un raudal de lluvias de la gracia, que todo lo fecunda (Surco, 530).

- ¡Vive la Santa Misa!
—Te ayudará aquella consideración que se hacía un sacerdote enamorado: ¿es posible, Dios mío, participar en la Santa Misa y no ser santo?
—Y continuaba: ¡me quedaré metido cada día, cumpliendo un propósito antiguo, en la Llaga del Costado de mi Señor!
—¡Anímate! (Forja, 934).

- Ser cristiano —y de modo particular ser sacerdote; recordando también que todos los bautizados participamos del sacerdocio real— es estar de continuo en la Cruz (Forja, 882).

- No nos acostumbremos a los milagros que se operan ante nosotros: a este admirable portento de que el Señor baje cada día a las manos del sacerdote. Jesús nos quiere despiertos, para que nos convenzamos de la grandeza de su poder, y para que oigamos nuevamente su promesa: venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum, si me seguís, os haré pescadores de hombres; seréis eficaces, y atraeréis las almas hacia Dios. Debemos confiar, por tanto, en esas palabras del Señor: meterse en la barca, empuñar los remos, izar las velas, y lanzarse a ese mar del mundo que Cristo nos entrega como heredad (Es Cristo que pasa, 159).

- Si es verdad que arrastramos miserias personales, también lo es que el Señor cuenta con nuestros errores. No escapa a su mirada misericordiosa que los hombres somos criaturas con limitaciones, con flaquezas, con imperfecciones, inclinadas al pecado. Pero nos manda que luchemos, que reconozcamos nuestros defectos; no para acobardarnos, sino para arrepentirnos y fomentar el deseo de ser mejores (Es Cristo que pasa, 159).

- Sacerdote, hermano mío, habla siempre de Dios, que, si eres suyo, no habrá monotonía en tus coloquios (Forja, 965).

- La guarda del corazón. —Así rezaba aquel sacerdote: “Jesús, que mi pobre corazón sea huerto sellado; que mi pobre corazón sea un paraíso, donde vivas Tú; que el Ángel de mi Guarda lo custodie, con espada de fuego, con la que purifique todos los afectos antes de que entren en mí; Jesús, con el divino sello de tu Cruz, sella mi pobre corazón” (Forja, 412).

- Cuando daba la Sagrada Comunión, aquel sacerdote sentía ganas de gritar: ¡ahí te entrego la Felicidad! (Forja, 267)

- Para no escandalizar, para no producir ni la sombra de la sospecha de que los hijos de Dios son flojos o no sirven, para no ser causa de desedificación…, vosotros habéis de esforzaros en ofrecer con vuestra conducta la medida justa, el buen talante de un hombre responsable (Amigos de Dios, 70).


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