CAMINO, una lección de amor.

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7 Carlos Cardona

«Lee despacio estos consejos»: pronto hará cuarenta años desde que los leí por primera vez. «Medita pausadamente estas consideraciones»: esta invitación, reiterada también de viva voz por un amigo, iba a cambiar radicalmente el rumbo de mi vida. «Son cosas que te digo al oído»: las escuché con parsimonia excesiva. Más tarde, estando solo y ante Dios, se removieron mis recuerdos —como quería el autor de Camino— y se alzó un pensamiento que me hirió, metiéndome «por caminos de oración y de Amor».

Algún tiempo después tuve ya el privilegio de oír personalmente y con frecuencia, durante más de veinte años, al Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer. El motivo conductor era siempre el mismo: el amor a Dios, el Amor, porque «¡no hay más amor que el Amor!» (Camino, n. 417). Especialmente en los últimos meses de su vida terrena, le oí decir repetidamente: «¡Qué corto es el tiempo para amar!» Muchos años antes se había referido, en el libro ,que es objeto de estas páginas, a aquel alma que invocaba a los Angeles Custodios, «como la Esposa del Cantar de los Cantares, “ut nuntietis ei quia amore langueo” —para que le digáis que muero de amor» (Camino, n. 568). Allí había también escrito su ideal escondido: morir «de mal de Amor» (n. 743). Y así se lo llevó Dios el 26 de junio de 1975, poco después de las 12 de la mañana.

Son ya numerosos los escritos sobre Camino, ese libro que, publicado por primera vez en 1934 con el título de Consideraciones espirituales, y en 1939 ya con el título y extensión actuales, ha superado los tres millones de ejemplares, y se ha traducido a más de treinta idiomas. Se han destacado en esos estudios variados e importantes aspectos de su contenido, de su alcance, de su sorprendente y universal fecundidad; y con los años se nos habrán de dar análisis penetrantes y profundos, que nos ofrezcan una visión más completa.

No es mi intento ahora aventurar una visión definitiva de este libro, que es, sin duda, uno de los más trascendentales de la literatura espiritual de todos los tiempos. Sin embargo, persuadido como estoy de que la metafísica «reducción al fundamento» de toda la existencia creada es una reducción al Amor, y de que el Amor es el primero y el último y la substancia misma de todos los mandamientos morales, sí me atrevo a asegurar que a esto se reduce en última instancia el contenido de Camino, y que ésta es su verdadera y decisiva fuerza.

«Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor», es la primera exhortación de Camino. «Enamórate, y no “le” dejarás», es su último consejo. Y a lo largo de 999 puntos, este libro todo entero está dedicado a enseñar a amar. A amar siempre, en todo momento y en cualquier circunstancia: a amar intensa y totalmente. A amar como su autor amó: como un hombre de Dios, con amor divino y humano a la vez, con un amor llevado a su última posibilidad, que era la gracia que de Dios había requerido: «que tenga peso y medida en todo… menos en el Amor» (n. 427). Y aún más ambiciosamente: «Jesús, que sea yo el último en todo… y el primero en el Amor» (n. 430).

Cuando la literatura de edificación espiritual, hoy bastante yerma, era —en no pocos casos— pródiga en moralismos asfixiantes, en delicuescentes sentimentalismos o en áridas y algebraicas elucubraciones, Camino irrumpió enseñando a amar a Dios con corazón humano y a los hombres todos con amor divino; a hacer profundamente humanas las manifestaciones del amor a Dios —«haz continuos actos de Amor, aunque pienses que son sólo de boca» (n. 727)—, y trascendentalmente divinas las del amor humano: «El secreto para dar relieve a lo más humilde, aun a lo más humillante, es amar» (n. 418), y «un pequeño acto, hecho por Amor, ¡cuánto vale!» (n. 814). Se unían así los dos amores en un único Amor frontal omnipresente, sencillo, inteligente, recio y tierno a la vez.

Bien lejos de la escrupulosa retícula farisaica: «No temas a la Justicia de Dios. —Tan admirable y tan amable es en Dios la Justicia como la Misericordia: las dos son pruebas del Amor» (n. 431). Pero igualmente lejos del hoy más extendido reduccionismo saduceo temporalista: «Hazlo todo con desinterés, por puro Amor, como si no hubiera premio ni castigo. —Pero fomenta en tu corazón la gloriosa esperanza del cielo» (n. 668). Esa gloriosa esperanza que es en definitiva la necesidad de correspondencia y de unión que el amor tiene.

Lejos también del activismo y de la primacía de la eficiencia tecnológica: «Es inútil que te afanes en tantas obras exteriores si te falta Amor. —Es como coser con una aguja sin hilo» (n. 967). Idénticamente ajeno a la sensiblería inconsistente, que frecuentemente esconde un trivial amor de sí: «Tú no has de trabajar por entusiasmo, sino por Amor: con conciencia del deber, que es abnegación» (n. 994). Pero a la vez sin dar el más remoto pábulo al autosuficiente «imperativo categórico», que oculta también el amor de sí, pero ya no en forma trivial sino compleja y enmascarada en sutilezas inmanentistas: «El Amor… ¡bien vale un amor!» (n. 171). Vale la pena perder el engañoso amor de sí por ganar el verdadero amor, la unión amorosa con Dios, que es Amor.

Camino iba así a la raíz más honda del amor verdadero, de lo que genuinamente es amor, desenmascarando todas sus falsificaciones y recuperando sus pérdidas históricas. Sin «adelgazar pensamientos» —como con su habitual gracejo denunciara siglos atrás Santa Teresa—, Monseñor Escrivá de Balaguer descubría con intuición profunda de seguro teólogo y con auténtico saber metafísico y trascendente, que es el amor y sólo el amor la radical substancia de lo real, y que es ésa la vida profunda del espíritu: el amor como acto de la libertad, el amor de dilección, el amor que elige y quiere generosamente el bien del otro; y sobre todo el Amor absoluto, el amor que elige y quiere el bien del Único que es absolutamente bueno y que es Amor, el amor a Dios, hontanar de todo otro noble amor.

Es con ese amor electivo y generoso como la persona vence en sí misma, con un acto de suprema libertad —que Dios participa al espíritu creado—, el natural e inevitable amor a la propia felicidad, al propio bienestar: amor este que hace que el hombre revierta y se curve sobre sí mismo. Amor natural de sí que, cuando se hace electivo y absoluto —se pone como fin último de la propia vida—, constituye la esencia misma del pecado mortal, la muerte de la vida del espíritu, que es precisamente el Amor libre a Dios y a todas las personas por Dios. Por eso «el Dolor es la piedra de toque del Amor» (Camino, n. 439), porque es la mortificación de ese amor de sí que tiende a hacerse gigantesco y despótico, absorbiendo —intencionalmente— en su finitud constitutiva la infinitud misma de Dios. Herir el amor propio —en sus formas sensibles y en las más sutiles del espíritu— es dar cabida al Amor, y del Amor recibe su fuerza y su verdad. Por eso, donde el Amor a Dios desaparece, la mortificación es vista como masoquismo y necedad.

Defendiendo el primado del amor sobre el conocimiento, le oí decir —rectificando el conocido y frecuentemente mal entendido adagio escolástico nihil volitum nisi praecognitum, nada es querido si antes no es conocido— que era el amor, y sólo el amor, el que posibilitaba al teólogo la penetración de los misterios de la fe; y hablaba de un «flechazo» divino que Dios mismo ha puesto con la gracia en nuestro corazón, como un instinto directivo, de manera que una teología sin amor —sin vida interior— acaba siendo una simple «técnica de hablar de Dios», una técnica que quizá un ordenador cualquiera podría ejecutar con ventaja.

La verdadera y profunda vida del hombre consiste en amar. La vida espiritual es amor o no es nada. El espíritu vive como tal espiritu en la medida en que ama. Si no ama, está muerto, carece de su operación vital específica. El pecado mortal no es más que radical desamor: el de malicia es aborrecimiento directo a Dios, pero basta la indiferencia —que es el mal contemporáneo, el sedimento último de las rebeldías— para que haya pecado mortal, que mata la vida del alma, que es el amor.

Es el amor el que cualifica la vida del hombre, le hace radicalmente bueno o malo según la dirección de su amor, y es el amor el que proporciona a la persona su valor real y decisivo. Aquí y sólo aquí es donde realmente somos todos iguales: en nuestra capacidad de amar.

Aquí ya no es cuestión de estar dotados —como para -la ciencia o el arte o cualquier otra ocupación sectorial humana—: en la capacidad de amar somos todos realmente iguales. Y es ahí donde al final podemos ser todos diferentes, según lo que cada uno haya hecho libremente con su amor, según lo que haya amado sobre todas las cosas.

Sólo dándose en el Amor —lo que para la miopía terrena es siempre locura, porque es enajenación: «pertenecer al “manicomio”» (Camino, n. 910)— es como el hombre vive como persona. Es en el Amor a Dios donde el hombre se cumple definitivamente como persona. Por eso, Camino enseña a hacer de todo un acto de amor. «Hacedlo todo por Amor. —Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. —La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo» (n. 813). Y el heroísmo en la caridad, en el Amor, es justamente la esencia de la santidad a la que todos estamos llamados, sin excepción. Éste es en consecuencia el secreto de esa vida santa a la que Camino invita y para la que enseña: convertir en amor la oración y el trabajo, la vida de familia y la relación de amistad, la convivencia, la participación activa en la «cosa pública» y el esparcimiento, el bienestar y la carencia, la salud y la enfermedad, la vida y la muerte, las más atrevidas incursiones del conocimiento y las tareas aparentemente más triviales, las empresas más universales y los acontecimientos más nimios de la vida cotidiana. «Un pequeño acto, hecho por Amor, ¡cuánto vale!» (Camino, n. 814). Así es amor la alegría —que es efecto o acto inmediato suyo: «Quiero que estés siempre contento, porque la alegría es parte integrante de tu camino» (n. 665)—, y lo es también el dolor, aun el dolor más profundamente humano: la contrición, que se hace «Dolor de Amor» (n. 436). La vida entera, en su prosaísmo más concreto y universal, se convierte así en una verdadera sinfonía de Amor.

Esta experimentada enseñanza abría a todos los cristianos caminos de santidad en medio del mundo y de los quehaceres terrenos, nel bel mezzo della strada, decía en italiano el Siervo de Dios. Por eso Camino trasciende con mucho los límites de una época y de un ambiente cultural o social. Pero indudablemente hoy experimentamos esa enseñanza como una necesidad perentoria: ahora, cuando no raramente vemos degradados la noción y el ejercicio mismo del amor, como satisfacción de apetencias animales; y cuando, de otro lado, en parte coincidente, el abstracto y vacuo amor general de las filantropías de la Ilustración ha abierto paso al odio programático, que deja tras de sí, como residuo y sedimento único, la más radical indiferencia, donde el bien y el mal han perdido sus contornos y su punto radical de discriminación, justamente porque se ha perdido la noción —y no sólo factualmente el ejercicio— del amor electivo, de la dilección, del Amor.

Es realmente urgente que aprendamos de nuevo a amar. Así volveremos también a sonreír —los rostros de los hombres se han vuelto sombríos cuando han perdido el sentido del Amor—, y a esperar —contra la desesperación y el hastío, que son la enfermedad epidémica contemporánea—, y a trabajar motivados —y no sólo forzados—, y a convivir bien, a querernos de verdad. Amando es como redescubriremos el sentido trascendente de los momentos más grises, y desterraremos el depresivo hastío «pasotista», y sus falsos y deletéreos remedios en la evasión artificiosa y en la excitación sensual. Amando es como podemos dar un norte a nuestra vida. Así recuperaremos la sencillez. Sólo así viviremos como hijos de Dios.

Monseñor Escrivá de Balaguer, en Camino como en todo cuanto hizo y escribió, nos mostró inequívocamente esta dirección, nos enseñó y exhortó a amar, a amar apasionadamente a Dios con amor absoluto, y cordialmente a los hombres por Dios. Así amaba él, y por eso se le hacía demasiado corto el tiempo de una vida terrena y anhelaba una eternidad para entregarse de lleno al Amor, después de encender «todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo» (Camino, n. 1) que llevaba en el corazón. Hay en Camino un capítulo formalmente dedicado al «Amor de Dios». Pero el libro entero habla de este amor —lo mismo si habla de obediencia que si trata de humildad o de penitencia, o de la Iglesia o de apostolado o de perseverancia—: lo enseña prácticamente, lo encarece, lo destila. Este es el fundamento, la raíz y el objetivo único y radical de cada una de sus 999 consideraciones espirituales. En realidad —ahora lo vamos entendiendo— resultaba obvio, no podía ser de otra manera. Dios dijo en la Antigua Alianza que éste era el Mandamiento supremo. Y Jesucristo lo ratificó con autoridad divina, dándonos con la gracia la capacidad ontológica de cumplir este sublime y dulcísimo deber. Ahí está toda la Ley y los Profetas.

Sin Amor, todo se hace enigmático y repulsivamente excedente. Con Amor, todo se hace significativo y atrayente. Por estas razones, y algunas más, no vacilo en afirmar que, reducido al fundamento, Camino, esta obra maestra de la espiritualidad cristiana, es, más que un tratado, una escuela viva de Amor a Dios. Esto es, no ya su razón abstracta o suficiente, sino su mismo ser, su vida misma. «Al final… has sabido hacer una cosa grandísima: Amar» (n. 885).

Camino es un libro que no se deja leer curiosamente, como la mayor parte de las noticias del periódico; y apenas se deja estudiar profesoralmente, como una cosa, como un libro más. Porque Camino es una lección de Amor.

1. La locura de los hijos de Dios

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Todo fue posible por la ilimitada y filial confianza del Fundador del Opus Dei en su Padre Dios. Sólo así se explica su fe en lo que para tantos era locura: también para él. Declara don Ricardo Fernández Vallespin que, a finales de 1933, el Fundador del Opus Dei les exponía lo que Dios quería que en el futuro fuese el Opus Dei: ¡una locura! Un sacerdote joven, sin medios materiales, les movía a poner el mundo entero a los pies de Cristo. “Y nosotros, que ya no éramos unos chiquillos ‑Isidoro Zorzano tenía la edad del Padre‑, no dudábamos ni un instante que todo aquello se realizaría, porque Dios lo quería”.

Cuando por aquellos días pidió opinión a un sacerdote, amigo suyo, sobre el proyecto que tenía de abrir pronto, en la calle de Ferraz, una residencia de estudiantes, aquel buen sacerdote le objetó que era “como subirse a un aeroplano y tirarse sin paracaídas”.

Las pretensiones de don Josemaría, a juicio de muchos, no eran razonables. Tantas veces debió oírlo que en 1934, en Consideraciones Espirituales, escribió:

Eso ‑tu ideal, tu vocación‑ es… una locura. ‑Y los otros ‑tus amigos, tus hermanos‑ unos locos…

¿No has oído ese grito alguna vez muy dentro de ti? ‑Contesta, con decisión, que agradeces a Dios el honor de pertenecer al “manicomio”.

Cuarenta años después, un chico joven ‑sólo sé su nombre de pila, Gilberto‑ le preguntó en Sáo Paulo qué quiso expresar con esas palabras. Mons. Escrivá de Balaguer le iba contestando. Y de pronto se dirigió a Gilberto:

‑¿Tú no has visto locos?

Gilberto quedó sorprendido por la pregunta. Se limitó a hacer un gesto negativo con la cabeza.

‑¿No? ¿No has visto nunca a nadie que esté loco? ;Mírame a mí!

Gilberto y todos los presentes rieron. Y Mons. Escrivá de Balaguer continuó:

‑Hace muchos años que decían de mí: ¡está loco! Tenían razón. Yo nunca he dicho que no estaba loco. ¡Estoy loquito perdido, pero de amor de Dios! Y te deseo la misma enfermedad.

Que el Fundador del Opus Dei entendió de esas locuras del corazón se confirma leyendo las múltiples referencias que hace en sus obras. En Camino presenta a aquel chiflado, que besaba los vasos eucarísticos recién consagrados:

¡Loco! ‑Ya te vi ‑te creías solo en la capilla episcopal­ en cada cáliz y en cada patena, recién consagrados, un beso: para que se lo encuentre Él, cuando por primera vez “baje” a esos vasos eucarísticos (Camino, 438).

Y describió el celo apostólico, el amor por todas las almas, como una chifladura divina, con tres síntomas bien claros: hambre de tratar al Maestro; preocupación constante por las almas; perseverancia, que nada hace desfallecer (Camino, 934). En otro pasaje, referido a la táctica para vencer en las batallas de la lucha interior y de la acción apostólica, se preguntaba: ¿Hay locura más grande que echar a voleo el trigo dorado en la tierra para que se pudra? ‑Sin esa generosa locura no habría cosecha (Camino, 834). Porque, al final, los dementes de verdad son los que no quieren saborear el amor de Dios hacia los hombres: ¿No gritaríais de buena gana a . la juventud que bulle alrededor vuestro: ;locos!, dejad esas cosas mundanas que achican el corazón… y muchas veces lo envilecen…, dejad eso y venid con nosotros tras el Amor? (Camino, 790).

El Fundador del Opus Dei tuvo la cordura de acometer esa cadena de imposibles que el Señor le pedía, apoyándose en la realidad de su condición de hijo de Dios. Esto le daba una fe y una esperanza inquebrantables. Poco le importaba no ser nada, no valer nada, no tener nada, según decía de sí mismo, si Dios era su Padre. Poco le importaba carecer de lo necesario para poner en marcha una nueva actividad apostólica. Poco le importaban las dificultades ‑reales o imaginarias‑ del am­biente.

Ismael Sánchez Bella, primer rector de la Universidad de Navarra, resume los comienzos de ese centro aludiendo a “la desproporción entre los medios con que se contaba en 1951 y lo que Mons. Escrivá de Balaguer nos había confiado”. Pero esa desproporción “se salvaba con su fe, propia de un hombre de Dios”. Y Edwin Zobel lo corrobora: “Soy testigo de lo que ha sido capaz de hacer el Opus Dei en mi país y con mis paisanos. Jamás lo hubiera creído, ni imaginado. Recuerdo la fe tan impresionante del Padre cuando decía que esperaba con mucha ilusión el fruto apostólico que, con la gracia del Señor, tenía que cuajar en Suiza”. Su fe “superaba todos los obstáculos”.

Don Josemaría contaba sobre todo con el querer de Dios. Pero no al modo quietista. Su aceptación rendida de la voluntad divina le llevaba a poner en primer plano la necesidad de la oración, de la mortificación, del trabajo hecho cara a Diosa Y murió mendigando oraciones, como hizo siempre desde los años veinte, convencido de que era el resorte más importante para mover a las almas. A todos se lo pedía: a sus amigos, a los chicos que trataba, a sacerdotes y religiosos, a los enfermos que atendía.

Los testimonios son innumerables. Sor Cecilia Agut, monja clarisa, conoció al Fundador del Opus Dei en 1935, con motivo de un viaje que realizó a Valencia. Visitó el Monasterio y les rogó que ofrecieran oraciones para que el Señor le ayudara: “Me llamó la atención la fe profunda y la extraordinaria confianza en Dios que se traslucía en sus palabras. Fue tal la visión sobrena­tural y la rectitud de intención con que nos habló, que desde entonces no hemos dejado de pedir al Señor por el Opus Dei y por su Fundador”.

Don Casimiro Morcillo, cuando era arzobispo de Madrid, recordaba perfectamente, al cabo de casi cuarenta años, cómo el Fundador del Opus Dei le había pedido que encomendara al Señor una intención suya. Tal era la vibración que había puesto en sus palabras. Sucedió en 1929. No se conocían. Don Josemaría se cruzaba con él a las seis de la mañana en la calle de Eloy Gonzalo. Un día lo paró y le dijo:

‑¿Va usted a decir Misa? ¿Quiere rezar por una intención mía?

Don Casimiro quedó asombrado. Prometió rezar, y lo hizo. Después llegaron a ser muy amigos, y recordó siempre con cariño aquella primera conversación.

No fue un caso aislado. Aquel joven sacerdote hizo lo mismo con mucha gente que no conocía. Más de una vez, también por la calle, cuando veía la honradez cristiana en el rostro de tantas personas, les decía que rezaran por una intención suya que iba a ser para mucha gloria de Dios. Entonces estaba aún la Obra en su fase de gestación. Con el tiempo, sabrían que habían estado pidiendo por el Opus Dei.

José María González Barredo iba a Misa al Patronato de Enfermos (en la calle de Santa Engracia), y relata que un día el Fundador del Opus Dei, que estaba confesando allí, se le acercó para pedirle que rezase por una intención suya especial. El tono le impresionó y, aunque se fue de Madrid por una temporada larga, siguió encomendando a Dios todos los días, sin dejar ninguno, ese asunto que él no conocía, de un sacerdote a quien tampoco conocía.

Mons. Escrivá de Balaguer supo ser consecuente con lo que había anotado cuando tenía menos de treinta años y publicó después, en 1934, en una de sus Consideraciones Espirituales: Después de la oración del Sacerdote y de las vírgenes consagra­das, la oración más grata a Dios es la de los niños y la de los enfermos. Por eso, buscó entre los enfermos y los niños más desamparados de Madrid fortaleza para seguir adelante.

Miles de personas, en fin, tienen grabada su imagen en sus correrías apostólicas por todo el mundo, alargando el brazo y extendiendo la mano…

Yo os pido así, como pide un pobrecito por la calle, que recéis por mí ‑como una limosna que me hacéis‑, para que el Padre sea bueno y sea fiel.

Frente a lo que pudiera parecer a primera vista, esta insistencia era justamente fruto de la filial confianza en Dios: un Dios cercano, un Dios ‑como enseñó siempre‑ que no está solamente allá arriba, donde brillan las estrellas, sino que está de continuo junto a nosotros ‑más aún, en nosotros‑, como un Padre que ama ardientemente a sus hijos. La oración era consecuencia de esa proximidad, manifestación de cariño de hijo, que gusta estar con su padre, para aprender de sus gestos y recibir de sus riquezas.

Así, hasta la muerte. El Consiliario del Opus Dei en España, en los funerales que se celebraron en Madrid, evocaba una conversación durante su última estancia en España, en mayo de 1975. Decía don Florencio Sánchez Bella: “Me hablaba de su muerte: me consta que, desde que era sacerdote muy joven, meditaba a diario sobre este tema, y pedía que se rezara por su alma. Era consciente de que ‑como a todos‑ el Señor podía llamarle en cualquier momento, y me pedía de nuevo, con cariño y con fuerza, que rezáramos mucho por él, en cuanto supiéramos de su fallecimiento. Mendigaba así, una vez más, la limosna de la oración, para que el Señor tuviera misericordia con él”.

Ante la muerte, su actitud era la misma que ante la vida: oración filial y confiada, pero tenaz y perseverante, como tantas veces había indicado a los socios de la Obra:

;No hay más remedio que perseverar! ;Pedid, pedid, pedid! ¿No veis lo que hago yo? Trato de practicar este espíritu.

Cuando quiero una cosa, hago rezar a todos mis hijos; les digo que ofrezcan la comunión, el rosario, tantas mortificaciones y tantas jaculatorias, ;miles! Y Dios nuestro Señor, si perseveramos con perseverancia personal, nos dará todos los medios que necesitamos para ser más eficaces y extender su Reino en el mundo.

Santa Misa en la plaza del Pesebre de Belén, homilía del Santo Padre

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Belén, Miércoles 13 de mayo de 2009

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Opus Dei -

Agradezco a Dios Omnipotente por haberme concedido la gracia de venir a Belén, no sólo para venerar el lugar donde nació Cristo, sino también para estar al lado de ustedes, hermanos y hermanas en la fe, en estos Territorios Palestinos. Agradezco al patriarca Fouad Twal los sentimientos que ha expresado a nombre de ustedes, y saludo con afecto a los hermanos Obispos y a todos los sacerdotes, religiosos y fieles laicos que se empeñan cada día para confirmar esta Iglesia local en la fe, en la esperanza, en el amor. Mi corazón si dirige de manera especial a los peregrinos provenientes de la martirizada Gaza: les pido lleven a sus familias y comunidades mi caluroso abrazo, mis condolencias por las pérdidas, las adversidades y los sufrimientos que han tenido que soportar. Les aseguro mi solidaridad en la inmensa obra de reconstrucción que ahora tienen por delante y mis oraciones para que el embargo sea pronto levantado.

“No teman porque les traigo una gran alegría…Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador” (Lc 2,10-11). El mensaje de la venida de Cristo, venido del cielo mediante la voz de los ángeles, continúa como un eco en esta ciudad, así como hace ecos en las familias, en las casas y en las comunidades del mundo entero. Es una “buena noticia”, dijeron los ángeles, “para todo el pueblo”. Este mensaje proclama que el Mesías, Hijo de Dios e hijo de David nació “para ustedes”: para ti y para mí, y para todos los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar. En el plan de Dios, Belén, “tan pequeña entre los clanes de Judá” (Miq 5,1) se convirtió en un lugar de gloria inmortal: el lugar donde, en la plenitud de los tiempos, Dios eligió hacerse hombre, para terminar el largo reinado del pecado y de la muerte, y para traer vida nueva y abundante a un mundo que se había hecho viejo, cansado, y oprimido por la desesperación.

Para los hombres y mujeres de cada lugar, Belén está asociada el alegre mensaje del renacimiento, de la renovación, de la luz y de la libertad. Y sin embargo aquí, en medio de nosotros, ¡cuán lejano pareciera el cumplimiento de esta magnífica promesa! ¡Cuán distante aparece aquel Reino de amplio dominio y de paz, seguridad, justicia e integridad, que el profeta Isaías había anunciado, según cuanto hemos escuchado en la primera lectura (cfr Is 9,7) y que proclamamos como definitivamente establecido con la venida de Jesucristo, Mesías y Rey!

Desde el día de su nacimiento, Jesús fue “un signo de contradicción” (Lc 2,34) y lo continúa siendo, también hoy. El Señor de los ejércitos, cuyos “orígenes son antiguos, desde tiempos remotos” (Miq 5,1), quiso inaugurar su Reino naciendo en esta pequeña ciudad, entrando a nuestro mundo en el silencio y humildad de una gruta, y yaciendo, como un niño necesitado de todo, en un pesebre. Aquí en Belén, en medio de todo tipo de contradicciones, las piedras continúan gritando esta “buena nueva”, el mensaje de redención que esta ciudad, por encima de todas las otras, está llamada a proclamar al mundo. Aquí, de hecho, de un modo que supera todas las esperanzas y expectativas humanas, Dios se mostró fiel a sus promesas. En el nacimiento de su Hijo, reveló la venida de un Reino de amor: un amor divino que se rebaja para traer la sanación y levantarnos; un amor que se revela en la humillación y la debilidad de la cruz, y que triunfa en la gloriosa resurrección a la nueva vida. Cristo ha traído un Reino que no es de este mundo, sino que es un Reino capaz de cambiar este mundo, pues tiene el poder de cambiar los corazones, de iluminar las mentes y de reforzar la voluntad. Al asumir nuestra carne, con todas sus debilidades, y al transfigurarla con el poder de su Espíritu, Jesús nos llamó a ser testigos de su victoria sobre el pecado y la muerte. Y esto es lo que el mensaje de Belén nos llama a ser: ¡testigos del triunfo del amor de Dios sobre el odio, sobre el egoísmo, sobre el miedo y sobre el rencor que paralizan las relaciones humanas y crean divisiones entre los hermanos que deberían vivir juntos en unidad, destrucción donde los hombres deberían edificar, desesperación donde la esperanza debería florecer!

“En la esperanza hemos sido salvados”, dice el apóstol Pablo (Rom 8,24). Pero afirma -con gran realismo- que la creación continúa con gemidos de parto, así como nosotros, que hemos recibido las primicias del Espíritu, esperamos pacientemente el cumplimiento de nuestra redención (cf. Rom 8,22-24). En la segunda lectura de hoy, Pablo extrae una lección de la Encarnación que es particularmente aplicable a los sufrimientos que ustedes, los predilectos de Dios en Belén, están experimentando: “porque se ha manifestado la gracia de Dios”, nos dice, “que nos enseña a que, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, vivamos con sensatez, justicia y piedad en el tiempo presente”, mientras aguardamos la feliz esperanza, el Salvador Cristo Jesús” (Tit 2,11-13).

¿No son éstas, quizás, las virtudes requeridas a hombres y mujeres que viven en la esperanza? En primer lugar, la constante conversión a Cristo que se refleja no sólo sobre nuestras acciones, sino también sobre nuestro modo de razonar: la valentía de abandonar líneas de pensamiento, de acción y de reacción, infructuosas y estériles. También el cultivo de una mentalidad de paz basada en la justicia, en el respeto de los derechos y los deberes de todos, y el compromiso de colaborar por el bien común. Y luego la perseverancia, perseverancia en el bien y en el rechazo del mal. Aquí en Belén una especial perseverancia se pide a los discípulos de Cristo: perseverancia en el testimoniar fielmente la gloria de Dios aquí revelada en el nacimiento de su Hijo, la buena nueva de su paz que descendió desde el cielo para habitar sobre la tierra.

“No tengan miedo”. Este es el mensaje que el Sucesor de San Pedro desea entregarles hoy, haciéndose eco del mensaje de los ángeles y de la consigna que el amado Papa Juan Pablo II les dejó el año del Gran Jubileo del nacimiento de Cristo. Cuenten con las oraciones y con la solidaridad de sus hermanos y hermanas de la Iglesia universal y trabajen en iniciativas concretas para consolidar su presencia y para ofrecer nuevas posibilidades a cuantos tienen la tentación de partir. Sean un puente de diálogo y de colaboración constructiva en la edificación de una cultura de paz que supere el actual nivel de miedo, de agresión y de frustración. Edifiquen sus Iglesias locales haciendo de ellas laboratorios de diálogo, tolerancia y esperanza, así como de solidaridad y de caridad activa.

Por encima de todo, sean testigos del poder de la vida, la nueva vida que nos ha donado Cristo resucitado, la vida que puede iluminar y transformar incluso las más oscuras y desesperadas situaciones humanas. Esta tierra necesita no sólo de nuevas estructuras económicas y comunitarias, sino más importante- podríamos decir- de una nueva infraestructura “espiritual”, capaz de galvanizar las energías de todos los hombres y mujeres de buena voluntad en el servicio de la educación, del desarrollo y de la promoción del bien común. Ustedes tienen los recursos humanos para edificar la cultura de la paz y del respeto recíproco que podrán garantizar un futuro mejor para sus hijos. Esta noble empresa les espera. ¡No tengan miedo!

La antigua basílica de la Natividad, que ha experimentado los vientos de la historia y el peso de los siglos, se yergue ante nosotros cual testimonio de la fe que permanece y triunfa sobre el mundo (cf. 1Jn 5,4). Ningún visitante de Belén puede dejar de notar que en el curso de los siglos la gran puerta que introduce en la casa de Dios se ha hecho cada vez más pequeña. Oremos hoy para que por la gracia de Dios y nuestro compromiso, la puerta que introduce en el misterio del Dios viviente a los hombres, el templo de nuestra comunión en su amor, y la anticipación de un mundo de perenne paz y alegría, se abra cada vez más ampliamente para acoger a cada corazón humano y renovarlo y transformarlo. De este modo, Belén continuará siendo eco del mensaje confiado a los pastores, a nosotros, y a la humanidad: ¡Gloria a Dios!

San Josemaría Escrivá, maestro de oración en la vida ordinaria

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Entre los maestros de espiritualidad de la historia de la Iglesia, San Josemaría Escrivá ocupa un lugar propio por varios motivos. Ante todo, por tratarse de un santo de nuestros días (fue canonizado por Juan Pablo II en el año 2002), que ha difundido la llamada universal a la santidad, de manera concreta, entre millares y millares de cristianos- dice el Prelado del Opus Dei al comienzo de este artículo

Opus Dei -

Para alcanzar la santidad resulta imprescindible mantener un trato habitual con Dios; o dicho de otro modo: rezar. Pero este medio no consiste sólo en desgranar plegarias vocales; es hablar con Dios, poniendo en ejercicio todas las capacidades humanas: el alma y el cuerpo, la cabeza y el corazón, la doctrina y los afectos. Ser santos significa parecerse a Jesucristo: cuanto más le imitemos, cuanto más nos asemejemos a Él, desarrollando con la gracia y nuestro esfuerzo la identificación sacramental recibida en el Bautismo, mayor santidad, mayor identificación con el Maestro alcanzaremos. De ahí la importancia de esa “conversación habitual” con Él. «¿Santo, sin oración?», se pregunta San Josemaría en uno de sus libros más difundidos. Y responde concisamente: «No creo en esa santidad» (Camino, 107).

Dios concedió al Fundador del Opus Dei, entre otros, el don de enseñar de modo práctico que los hombres y las mujeres que se desenvuelven en medio de las actividades terrenas —en el trabajo, en la familia, en los más variados y honrados ambientes profesionales y sociales—, pueden y deben aspirar a la santidad sin descuidar los quehaceres temporales; al contrario, han de servirse precisamente de esas incidencias para buscar a Dios, encontrarle y amarle. Ha merecido, por eso, que la Santa Sede le llamara «contemplativo itinerante», en el Decreto con el que se reconoce que practicó, en grado heroico, todas las virtudes cristianas, paso previo para la canonización.

“No hay ningún género de vida —si no se opone a la ley de Dios— que no pueda ser santificado”

Este resumen de lo que fue la vida de San Josemaría comporta consecuencias muy importantes. En primer lugar, que no hay ningún género de vida —si no se opone a la ley de Dios— que no pueda ser santificado; que a nadie se le niega la gracia para llegar a ser verdaderamente contemplativo; que resulta posible mantener la presencia de Dios en medio de las tareas más absorbentes, relacionarnos con Él en el fragor del mundo, sin abandonar el lugar que cada uno ocupa en la sociedad. En definitiva: conducirse como un hombre o una mujer de oración no está reservado sólo a quienes —acogiendo una llamada especial— siguen la vida sacerdotal o religiosa. La vida contemplativa, precisamente por tratarse de un requisito en el camino de la santidad, se nos presenta como camino al alcance de todos.

San Josemaría Escrivá fue llamado por Dios, no sólo para proclamar este mensaje, sino para enseñar a asumirlo, sin rebajar ninguna de sus exigencias. Su ejemplo, las enseñanzas que transmite en sus escritos y, sobre todo, la realidad de innumerables personas que se inspiran en su espíritu para santificarse en medio de los asuntos terrenos, constituyen una expresión clara de la validez de lo que afirmó después el Concilio Vaticano II sobre la llamada universal a la santidad. También reflejan un modo concreto de llevar a la práctica la propuesta de Juan Pablo II, de cara al nuevo milenio, cuando exhortó a los cristianos a profundizar en el “arte de la oración” para aspirar a una “medida alta” de la santidad en la situación de cada día.

Antes de mostrar algunos de los puntos fundamentales de las enseñanzas sobre la oración de este maestro de vida cristiana, recojo el comienzo de una homilía que lleva el significativo título de “Vida de oración”. Escribe San Josemaría: «Siempre que sentimos en nuestro corazón deseos de mejorar, de responder más generosamente al Señor, y buscamos una guía, un norte claro para nuestra existencia cristiana, el Espíritu Santo trae a nuestra memoria las palabras del Evangelio: conviene orar perseverantemente y no desfallecer (Lc 18, 1). La oración es el fundamento de toda labor sobrenatural; con la oración somos omnipotentes y, si prescindiésemos de este recurso, no lograríamos nada» (Amigos de Dios, 238).

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Una de las “pasiones” de San Josemaría consistía en el amor a la libertad de las conciencias. Fue un defensor decidido de la libertad personal —con la consiguiente responsabilidad personal— en todos los órdenes de la vida. En el aspecto espiritual, su constante enseñanza se tradujo en que hay muchos caminos para llegar a la santidad, porque «cada alma es una obra maestra de Dios» (Amigos de Dios, 83), y el Señor traza su vía personalísima a la criatura para que se identifique con Cristo. Por eso, sin despreciar las enseñanzas de otros santos, no era partidario de métodos rígidos para enseñar a hacer oración.

Su propia experiencia, y la de tantas almas a las que ayudó en la vida interior, le reafirmaron en la opinión de que cada uno ha esforzarse —bajo la guía del Espíritu Santo y con los consejos recibidos en la dirección espiritual personal— por encontrar su propia senda: «Cada caminante siga su camino», solía repetir; un camino que, además, irá variando según las necesidades y las circunstancias de cada alma.

Buscar, encontrar, amar a Cristo

A la vez, dentro de esa gran variedad de situaciones personales, ya desde los años 30 solía señalar unos grandes tramos —válidos para todos— que se han de recorrer para llegar a ser almas de oración: «Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo. —Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera?» (Camino, 382).

No se trata —como señala el mismo Fundador del Opus Dei— de etapas claramente diferenciadas, ni el hecho de haber superado una lleva consigo automáticamente la instalación en la siguiente. En otras ocasiones, por ejemplo, apuntaba a «cuatro escalones» para llegar a identificarse con Cristo: «buscarle, encontrarle, tratarle, amarle». Y añadía: «Quizá comprendéis que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre, buscadlo en vosotros mismos con todas vuestras fuerzas. Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos» (Amigos de Dios, 300).

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En definitiva, la senda de la oración no es algo que se adquiere de una vez por todas: siempre hay que estar comenzando, recomenzando, con la ilusión humana y sobrenatural de mejorar en el trato con Dios; se requiere considerarse siempre discípulo, y nunca maestro. Esta actitud, además de revelarse como un fuerte contrapeso a la posible tentación de soberbia espiritual, ayuda a no desanimarse, a no abandonar la práctica de la meditación porque nos parece que no avanzamos.

En el curso de la oración mental o meditación, lo más importante consiste en llegar al trato personal con Jesús. Todo lo demás —como leer algún párrafo del Evangelio o de un libro piadoso, reflexionar sobre lo que se ha leído, confrontarlo con la propia vida, etc.—, sabiendo que resulta muy conveniente e incluso necesario, se encamina a mover la voluntad, que debe prorrumpir en afectos: actos de amor o de dolor, acciones de gracias, peticiones, propósitos…, que constituyen el fruto en sazón de la oración verdadera. Se trata de decisiones de amar más a Dios y al prójimo, concretadas quizá en puntos muy pequeños, pero que dejan en el alma un regusto —no necesariamente de naturaleza sensible— que se manifiesta en paz interior y en serenidad para afrontar con nueva energía, y con el gozo de los hijos de Dios, los deberes y las ocupaciones inherentes a la propia situación.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que la práctica de la oración supone un verdadero “combate” espiritual (n. 2725). Lo enseñó con las mismas palabras el Fundador del Opus Dei; y añadía que esa lucha, aunque esforzada, no es triste ni antipática, sino que posee la alegría y la juventud del deporte. Un “combate” en el que siempre estamos a la expectativa del “premio” —el mismo Dios— que se entrega íntimamente a quien persevera en buscarle, tratarle y amarle.


«Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”» (Camino, 91).

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Estas palabras resumen bien el contenido de la oración de los hijos de Dios. Un buen hijo, sobre todo si es pequeño, conversa abiertamente con su padre o con su madre sobre cualquier asunto. Tiene una confianza inquebrantable en ellos, pues sabe que todo lo suyo les interesa grandemente. Y si, en el trato humano, cristiano, conviene tener en cuenta las circunstancias de cada uno, en el trato con Dios, este criterio ha de aplicarse con absoluta confianza. No importa tanto lo que le vamos a decir o cómo nos vamos a expresar, sino ante todo el deseo de dialogar con Quien nos ama inmensamente y sólo desea nuestro bien.

Unos consejos para hacer oración

«¿Que no sabes orar? —Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: “Señor, ¡que no sé hacer oración!…”, está seguro de que has empezado a hacerla» (Camino, 90).

Los que comienzan, suelen necesitar de ayudas especiales, de algunos apoyos. San Josemaría las llamaba “muletas”, porque sirven de puntos de referencia para comenzar el diálogo con el Señor: la consideración de un pasaje del Evangelio, de otros libros sagrados o de un texto litúrgico; la meditación atenta de las palabras de una oración vocal, como el padrenuestro o el avemaría; la lectura de un libro que proponga temas para la oración… Con el tiempo se podrán dejar esas “muletas”, aunque nunca conviene abandonarlas del todo. No es raro, en efecto, que se precisen de nuevo al cabo de los años, o de cuando en cuando. Entonces se utilizan como asidero para superar las dificultades que, antes o después, quizá se presenten: distracciones, aridez interior, preocupaciones que pugnan por salir a flote en esos momentos, cansancio físico o intelectual…

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Conviene recordar que la oración se desarrolla como un combate en el que nunca hay que darse por vencido. Porque, entre las excusas para abandonar los ratos diarios de oración, una de las más frecuentes es el desánimo. Al no advertir progresos claros, puede sobrevenir la tentación de limitarse a rezar oraciones vocales, o ni siquiera esto. ¡Qué gran error sería! Lo importante en este “negocio” no se mide por los resultados contabilizables (que por otra parte resulta imposible calcular en una actividad de tipo sobrenatural), sino la perseverancia para seguir hasta el fin en el tiempo dedicado a la meditación, sin ceder en el afán de superar los obstáculos.

Entre los consejos prácticos que sugería San Josemaría, unos versaban sobre el lugar y el tiempo de la meditación: buscar un sitio que facilite el recogimiento interior (delante del Sagrario, siempre que sea posible), y sujetarse a un horario, sabiendo que es mejor adelantarla que retrasarla, cuando se prevé algún inconveniente; pedir ayuda a nuestros aliados, los Ángeles Custodios; tratar de convertir incluso las distracciones en materia del diálogo con Dios. Esto tiene máxima importancia, porque rezar es mantener una conversación con el Señor, no con nosotros mismos.

En esta línea se inscribe la recomendación de “meterse” en las escenas del Evangelio. «Te aconsejo —decía— que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá El querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones» (Amigos de Dios, 253).

Se demuestra también muy eficaz el recurso a la Virgen, Maestra de oración, y a San José, al empezar y acabar los ratos de oración. «Ellos presentarán nuestra debilidad a Jesús, para que Él la convierta en fortaleza» (Amigos de Dios, 255).

“Si el alma cristiana es fiel y perseverante en el trato con Dios, su oración no quedará confinada sólo a los momentos especialmente dedicados a hablar con Él”

Si el alma cristiana es fiel y perseverante en el trato con Dios, su oración no quedará confinada sólo a los momentos especialmente dedicados a hablar con Él. Se prolongará durante la jornada entera, día y noche, haciendo posible que el trabajo y el descanso, la alegría y el dolor, la tranquilidad y las preocupaciones, la vida entera se convierta en oración. Así, casi sin darse cuenta, el cristiano coherente con su vocación de hijo de Dios se va convirtiendo en un contemplativo itinerante, en alma de oración.

Vida de oración

«Recomendar esa unión continua con Dios, ¿no es presentar un ideal, tan sublime, que se revela inasequible para la mayoría de los cristianos? Verdaderamente es alta la meta, pero no inasequible. El sendero, que conduce a la santidad, es sendero de oración; y la oración debe prender poco a poco en el alma, como la pequeña semilla que se convertirá más tarde en árbol frondoso» (Amigos de Dios, 295).

En la homilía “Hacia la santidad”, San Josemaría describe a grandes rasgos el itinerario de su propio camino espiritual, y ofrece como la falsilla para convertir toda la existencia en oración. «Empezamos con oraciones vocales, que muchos hemos repetido de niños: son frases ardientes y sencillas, enderezadas a Dios y a su Madre, que es Madre nuestra (…). ¿No es esto —de alguna manera— un principio de contemplación, demostración evidente de confiado abandono? (…).

»Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra…, hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres…: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto» (Amigos de Dios, 296).

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Un paso importante en esta senda es el “descubrimiento” de la Humanidad Santísima de Jesús, que es siempre el único camino para llegar a la Trinidad. «Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos. No tardaremos en afirmar, cuando no hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido de Nuestro Señor Jesucristo» (Amigos de Dios, 299).

Distintivo del discípulo de Cristo es el encuentro con la Cruz. No hay que rehuirla, ni tampoco buscarla temerariamente en cosas grandes. El Espíritu Santo nos la presenta sirviéndose habitualmente del acontecer cotidiano, concediendo al mismo tiempo la gracia para amarla. La Cruz entonces no pesa: Jesús mismo, buen cirineo, la lleva sobre sus espaldas. El alma comienza a caminar por la senda de la contemplación y descubre al Señor en cada paso. Momentos de prueba se alternan con otros de calma, pero la alegría interior —compatible con el sufrimiento— no falta nunca: aquí descubriremos la señal más clara de que marchamos junto al Maestro.

Así, correspondiendo a la gracia, se llega a descubrir, tratar y amar a la Santísima Trinidad. «Hemos corrido como el ciervo, que ansía las fuentes de las aguas (Sal 41, 2); con sed, rota la boca, con sequedad. Queremos beber en ese manantial de agua viva. Sin rarezas, a lo largo del día nos movemos en ese abundante y claro venero de frescas linfas que saltan hasta la vida eterna (cfr. Jn 4, 14). Sobran las palabras, porque la lengua no logra expresarse; ya el entendimiento se aquieta. No se discurre, ¡se mira! Y el alma rompe otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas.

»No me refiero a situaciones extraordinarias. Son, pueden muy bien ser, fenómenos ordinarios de nuestra alma: una locura de amor que, sin espectáculo, sin extravagancias, nos enseña a sufrir y a vivir, porque Dios nos concede la Sabiduría (…). Es merced de Dios. Si tú procuras meditar, el Señor no te negará su asistencia. Fe y hechos de fe: hechos, porque el Señor (…) es cada día más exigente. Eso es ya contemplación y es unión; ésta ha de ser la vida de muchos cristianos, cada uno yendo adelante por su propia vía espiritual —son infinitas—, en medio de los afanes del mundo, aunque ni siquiera hayan caído en la cuenta» (Amigos de Dios, 308).

Carta del Prelado (marzo 2008)

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El avance de la Cuaresma centra la carta de este mes. Cercana ya la Semana Santa, el Prelado invita a amar a Dios y a los demás con mayor empeño, como el que ponen los atletas cuando ven cercana la meta.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

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Hace dos semanas, he tenido la alegría de estar cuarenta y ocho horas en Holanda. Como siempre en estos viajes breves —igual que en otros más largos—, doy muchas gracias al Señor, pues se palpa la unidad de la Obra: ese ser cor unum et anima una[i], y todos diferentes. San Josemaría, que pidió esta diversidad desde los comienzos, rompía en acción de gracias al ver cómo se iba realizando, y también al comprobar que esta variedad daba paso a una unidad más fuerte, más alegre.

Nos hallamos cerca de la Semana Santa y de la Pascua. Ha transcurrido ya la mitad de la Cuaresma y urge que aceleremos el paso. En las carreras deportivas, los atletas redoblan el esfuerzo cuando se aproximan a la meta. Si hasta entonces habían reservado las fuerzas, ahora las gastan generosamente, con la esperanza de conseguir una buena marca o incluso de ganar la competición. A veces me viene a la cabeza que el tiempo va más rápido que nuestros afanes de santidad, de conversión, y no debería ser así, porque hemos de caminar al paso de Dios.

Comportémonos del mismo modo que los deportistas. ¿Qué son estas semanas sino un entrenamiento para arribar bien purificados al Triduo Pascual, que nos ofrece de nuevo la posibilidad de participar más íntimamente aún en la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte? Esta conocida metáfora deportiva, de connotación paulina[ii], la han desarrollado ampliamente los Padres de la Iglesia. Fijaos cómo se expresa, por ejemplo, San León Magno. Exhortando a los cristianos a redoblar los esfuerzos «para conseguir la palma en la carrera del estadio espiritual»[iii], expone una razón para que nos esforcemos más en estas semanas: «Ninguno de nosotros es tan perfecto y tan santo que no pueda ser aún más perfecto y más santo. Por eso, todos juntos, sin diferencia de dignidad y sin distinción de méritos, corramos con piadosa avidez desde donde estamos hasta donde aún no hemos llegado»[iv].

El mes pasado os sugería que cuidarais especialmente el espíritu de mortificación y de penitencia. Hoy quisiera detenerme en la práctica de las obras de misericordia, materiales y espirituales, que la Cuaresma también pone muy en primer plano. En su Mensaje cuaresmal de este año, el Papa se ha centrado en la limosna, advirtiendo que este acto de caridad, además de ayudar a los indigentes, es también un ejercicio ascético para mantener el alma desasida de los bienes materiales[v].

Al acudir en socorro de los necesitados, cumpliendo las condiciones señaladas por Jesucristo en el Evangelio[vi], nos identificamos más y más con el Señor, que vino a la tierra para librar a los hombres de sus miserias, sobre todo del pecado; al mismo tiempo, prestamos un servicio a Jesús, que ha decidido identificarse con sus hermanos más pequeños: tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme[vii].

A la luz de estas palabras del Señor, percibimos que las obras de caridad, y concretamente la limosna, trascienden la dimensión puramente material y se muestran, sobre todo, como una manifestación de la caridad con la que Dios mismo nos ama: cada vez que, por amor de Dios, compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado, experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría[viii].

Vivamos, pues, cada uno en la medida de sus posibilidades, la práctica de esta obra de caridad de tanta raigambre evangélica, a la que el Señor mismo ha unido especiales frutos espirituales para el que la ejercita, puesla caridad cubre la multitud de los pecados [ix]; y todos estamos muy necesitados del perdón de Dios.

Como es lógico, y así lo ha entendido siempre la Iglesia, la caridad con el prójimo no puede limitarse al ámbito puramente material. En realidad hay muchos pobres, no de medios económicos, sino de afecto, de amor; se mueven en una triste soledad o rodeados por el frío de la indiferencia. En esta óptica se entiende bien lo que San Josemaría enseñó constantemente: Más que en “dar”, la caridad está en “comprender”[x]. Esta máxima espiritual tiene numerosas aplicaciones en la existencia corriente y será siempre de gran actualidad.

Aunque, con el progreso social, se llegaran a satisfacer todas las deficiencias físicas más perentorias de las personas —alimentación, vestido, vivienda, atención sanitaria, etc.—, nunca podrán resolverse las carencias interiores —afecto, comprensión, disculpa, acogida— que experimentan tantas gentes. Mientras que lo primero admite una programación por parte del Estado, lo segundo atañe a la esfera íntima de cada uno, en la que la relación personal resulta insustituible. Aquí tenemos los cristianos un gran campo para hacer llegar a los demás el consuelo de la caridad de Cristo.

El amor —caritas— siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa, escribió el Papa en su primera encíclica. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo. El Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido —cualquier ser humano— necesita: una entrañable atención personal[xi].

Lo descubrimos al leer atentamente el Evangelio. Ciertamente, Jesús se preocupa de las multitudes que no tienen que comer, de los enfermos que le presentan para que los sane, de las turbas deseosas de recibir la doctrina salvadora[xii]… Pero se ocupa igualmente de las personas singulares: atiende al leproso que se arroja a sus pies pidiendo la salud; charla a solas con Nicodemo, que busca la verdad; se entretiene largo rato con la mujer samaritana junto al pozo de Sicar, para convertirla; acoge a la pecadora arrepentida en casa del fariseo, derramando en su alma el perdón de Dios[xiii]…

De los primeros cristianos se decía, con admiración: ¡mirad cómo se aman![xiv]. Esa alabanza de nuestros primeros hermanos en la fe, debería resonar también ahora, en cualquier lugar donde se encuentre un discípulo del Maestro. Resulta de gran actualidad aquella advertencia de San Josemaría: si percibes que tú, ahora o en tantos detalles de la jornada, no mereces esa alabanza; que tu corazón no reacciona como debiera ante los requerimientos divinos, piensa también que te ha llegado el tiempo de rectificar. Atiende la invitación de San Pablo: hagamos el bien a todos y especialmente a aquellos que pertenecen, mediante la fe, a la misma familia que nosotros (Gal 6, 10), al Cuerpo Místico de Cristo[xv]. Por eso, continuaba nuestro Padre, el principal apostolado que los cristianos hemos de realizar en el mundo, el mejor testimonio de fe, es contribuir a que dentro de la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad. Cuando no nos amamos de verdad, cuando hay ataques, calumnias y rencillas, ¿quién se sentirá atraído por los que sostienen que predican la Buena Nueva del Evangelio?[xvi].

El próximo 15 de marzo celebraremos litúrgicamente la solemnidad de San José, anticipada este año porque el 19 es Miércoles Santo. La vida del Patriarca, completamente dedicada al cuidado de Jesús y de María, nos habla de un amor llevado hasta el olvido total de sí mismo. Al renovar el día 19 nuestra entrega a Dios, maravillados ante el ejemplo de este varón justo, meditemos a fondo que —como señala San Juan— la verdad del amor a Dios se manifiesta en la caridad concreta con el prójimo. En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. Si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor a Dios? Hijos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad.

En su mensaje para la Cuaresma, el Papa recuerda la viuda que echa unas monedas en el tesoro del Templo. Esa mujer pobre recibe el elogio de Jesús por su generosidad: ha ofrecido todo lo que tenía. Considerando que ese hecho se sitúa históricamente en los días que preceden a la Pasión y Muerte del Señor, manifestación máxima del amor de Dios,Benedicto XVI propone una enseñanza concreta: podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándolo estaremos dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos.

¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar en nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor[xviii].

Rezo para que la participación piadosa en los ritos litúrgicos del Triduo Santo nos impulse, de una parte, a renovar nuestro dolor por los pecados, que han sido el motivo de la entrega del Señor a la Pasión; y de otra, a fomentar nuestro amor y nuestro agradecimiento a Dios, esmerándonos más y más en los servicios materiales y espirituales a las personas que el Señor va poniendo a nuestro lado. ¿Cómo te has propuesto acompañar a Jesús en esas jornadas? ¿Qué interés alimentas para no perderte ni un gesto del Maestro, para velar su Cuerpo santo, cadáver, con la delicadeza de tu oración y de tu expiación, que son dos formas de amar?

Además de estas fiestas litúrgicas, en el mes de marzo tenemos otras conmemoraciones. El día 11 es el aniversario del nacimiento del queridísimo don Álvaro; y el 23, el de su tránsito a la casa del Cielo, hace ahora catorce años. Durante las jornadas anteriores caminó tras los pasos del Señor por Tierra Santa, dejándonos un ejemplo estupendo de piedad. Pidamos a Dios que nos conceda, a todas y a todos, una fidelidad al espíritu de la Obra tan grande como la que reluce en la vida de este fidelísimo Padre y Pastor del Opus Dei.

No puedo pasar por alto que el día 19 se cumplen veinticinco años de la ejecución de la Bula pontificia por la que se erigió el Opus Dei como prelatura personal. Basta echar una mirada al cuarto de siglo transcurrido para descubrir —¡y no los conocemos todos!— tantos motivos de acción de gracias a la Santísima Trinidad. Esmerémonos en cuidar la Obra, hijas e hijos míos, repitiendo frecuentemente aquella jaculatoria de San Josemaría, completada por su primer sucesor: Cor Mariæ dulcissimum, iter para et serva tutum! Y agradezcamos al Siervo de Dios Juan Pablo II el haber sido dócil instrumento en las manos del Señor. Esta intención la llevó San Josemaría a su Misa diaria, y como es lógico nos unimos a su piedad eucarística, aprovechando también el aniversario de su ordenación sacerdotal, el 28 de este mes.

Hoy he finalizado el curso de retiro espiritual. Os ruego que me apoyéis con vuestras oraciones, para que también yo me convierta a fondo de nuevo en esta Cuaresma y llegue a las fiestas pascuales bien purificado, bien encendido en el amor de Dios, de mis hijas e hijos, y de todas las almas.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de marzo de 2008.

[1]

[i] Hch 4, 32 (Vg).

[ii] Cfr. 1 Cor 9, 24-27; Flp 3, 12-14.

[iii] San León Magno, Homilía 7 sobre la Cuaresma.

[iv] San León Magno, Homilía 2 sobre la Cuaresma.

[v] Cfr. Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma de 2008, 30-X-2007, n. 1.

[vi] Cfr. Mt 6, 2-4.

[vii] Mt 25, 35-36.

[viii] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2008, 30-X-2007, n. 4.

[ix] 1 Pe 4, 8.

[x] San Josemaría, Camino, n. 463.

[xi] Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 25-XII-2005, n. 28.

[xii] Cfr. Mt 14, 13-21; Mc 1, 32-24; Mc 6, 33-34.

[xiii] Cfr. Mt 8, 1-4; Jn 3, 1-21; Jn 4, 7-30; Lc 7, 36-50.

[xiv] Tertuliano, Apologético 39.

[xv] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 225.

[xvi] Ibid., n. 226.

[xvii] 1 Jn 3, 16-18.

[xviii] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2008, 30-X-2007, n. 5.

Gracias, Santo Padre

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Artículo del Prelado del Opus Dei, mons. Javier Echevarría, publicado en “ABC” con motivo de los veinticinco años del pontificado de Juan Pablo II.

En las imágenes del Papa que los medios de comunicación nos ofrecen en estos últimos años hay, me parece, un elemento permanente y otro que cambia: por una parte, reflejan cómo el cuerpo de un hombre se consume inexorablemente con el paso del tiempo; por otra, muestran con igual claridad, pero con más fuerza, un fenómeno que no registra cambio de tendencia: en todos los rincones del mundo, muchedumbres se estrechan en torno a su persona con idéntico fervor.

Muchas explicaciones se han querido dar a este hecho. Por lo general, se ha intentado responder al misterio de ese magnetismo de Juan Pablo II indagando en las expectativas que mueven a tantas personas a dirigirse a él. Por ejemplo, el difundido deseo de paz: Juan Pablo II se interpone en todos los conflictos que ensangrientan el mundo e invariablemente invoca el perdón, con una perseverancia más fuerte que las divisiones, como camino necesario para una paz verdadera. Otros sostienen que lo que mueve a dirigir nuestra mirada al Papa es la sed de verdad, tan viva en una sociedad cansada de mentiras y de modas efímeras: la voz del Papa proclama sin temor una verdad perenne, una moral insobornable, que se alza en defensa de la dignidad del hombre.

Para entender el extraordinario atractivo de Juan Pablo II, entiendo que es preciso profundizar más. Se impone escrutar lo que la teología llama sensus fidei: esa especie de instinto de la fe que palpita en la mente y en el corazón de los cristianos.

Desde este punto de vista, se observa una Iglesia apiñada en torno al Papa, una Iglesia que no puede alejarse de su Pastor supremo porque se sabe incapaz de concebirse a sí misma sin él. Y muestra también un Papa que existe para la Iglesia y en el que la Iglesia busca el rostro de Cristo.

Quien lo escucha siente que habla con una autoridad que procede de arriba: de ese Evangelio que no pasará “mientras no pasen el cielo y la tierra” (Mt 5,18). Junto al Sucesor de Pedro se siente la presencia de un vínculo de comunión más fuerte que cualquier otro basado en motivos de historia o de cultura. Se toca así el misterio que hace de la Iglesia la familia de Dios y de cada hombre un hijo de Dios.

A medida que la edad y el sufrimiento físico debilitan sus fuerzas, la voluntad del Papa se robustece en la unión con la Cruz de Jesucristo, que —salta a la vista— ama con generosidad ejemplar.

Contemplar el rostro de Cristo: es el objetivo que Juan Pablo II ha señalado a la Iglesia para que ésta pueda “asumir con nuevo ímpetu su misión evangelizadora” (Carta apost. Novo millennio ineunte, 2) en el umbral del tercer milenio. Y no podemos dejar de pensar en el Papa, en su misión de Pastor de la Iglesia universal, al leer estas otras palabras suyas: “Los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo «hablar» de Cristo, sino en cierto modo hacérselo «ver». ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio?” (ibidem, 16).

Este “contacto” con el Señor se produce también y muy especialmente en el dolor: “La Iglesia está invitada continuamente por Cristo a tocar sus llagas, es decir, a reconocer la plena humanidad asumida en María, entregada a la muerte, transfigurada por la resurrección: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado» (Jn 20,27). Como Tomás, la Iglesia se postra ante Cristo resucitado, en la plenitud de su divino esplendor, y exclama perennemente: ¡«Señor mío y Dios mío»! (Jn 20,28)” (ibidem, 21).

En la unión del Sucesor de Pedro con Jesucristo, que cada uno intuye con mayor o menor hondura, se encuentra, a mi modo de ver, la explicación última de la misteriosa sintonía que existe entre el Papa y la gente. El natural sentimiento de afecto y gratitud que todos los cristianos manifestamos a Juan Pablo II en estos momentos es, en el fondo, el reconocimiento de que el Papa nos ha hecho redescubrir lo mejor de nosotros mismos: nuestra relación personal con el Dios que nos ha creado y salvado en su Amor.

Ya en su primera encíclica leemos que el hombre “es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión”. La razón última de su contacto inmediato con el corazón de los creyentes se forja en que la pasión del Papa por el hombre hunde sus raíces en Dios hecho Hombre. Juan Pablo II se nos muestra cercano, porque nos recuerda que Cristo está muy cerca de nosotros, vive con nosotros y da sentido a nuestra vida. Una certeza tan firme que no necesita más pruebas que la Cruz: esta Cruz en la que todos contemplamos también al Papa.

Resulta muy lógico que en este aniversario de Juan Pablo II consideremos la importancia de su figura, la profundidad de sus enseñanzas, las consecuencias de sus decisiones. Y brota de modo natural también que sintamos la necesidad de expresar nuestro agradecimiento, de todo corazón. Secundando lo que nos acaba de pedir en Pompeya, el día de la Virgen del Rosario, queremos rezar siempre por él, como muestra de afecto filial y de profundo y sincero agradecimiento.

Descubrir la pobreza cristiana

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Maryline y Pascal Forti son profesores de Geografía e Historia en un colegio público de Lyon. Desde allí procuran encontrar a Dios en medio del mundo. Maryline es supernumeraria del Opus Dei.

«Mi madre –explica Maryline- trabajaba en las labores de limpieza en un centro del Opus Dei. Mi tía atendía la recepción del inmueble. De esa forma, conocí el Opus Dei a los diecisiete años».

¿Comenzó entonces a frecuentar ese centro del Opus Dei?

Mi madre deseaba que yo participase en las clases de apoyo escolar que se organizaban los fines de semana, para preparar así mi bachillerato.

¿Qué le pareció aquello?

Me gustaba la bondad de las personas que vivían allí, su sonrisa, su amabilidad. También, el oratorio que había en la casa me parecía muy bonito. En esa casa estaba contenta. Podía hablar de todo. Me ayudaban con mis tareas, y me abrían los ojos a un nuevo mundo: al cristianismo. Me sentía completamente libre, lejos de las críticas.

¿Por qué pidió ser admitida en el Opus Dei?

Porque pensé que ese era mi camino en la Iglesia para ir hacia Dios. Tenía 21 años, y acababa de hacer mi primera comunión y mi confirmación. Lo que me enseñaban me venía bien, aunque se me proponía un modelo de vida exigente. Me atraían el carisma del Fundador y sus palabras. Tenía una convicción profunda de que era lo mío: el Opus Dei me ayudaría a perseverar en la Iglesia.

Puede decirse que los compromisos espirituales de una persona del Opus Dei (asistir a Misa, hacer oración a diario, rezar el Rosario, etc.) son importantes. ¿No es una carga demasiado pesada?

Se aprende a rezar poco a poco. A través de la oración me acerco a Dios. De eso se benefician, en primer lugar, mi familia y mi trabajo. Es una elección de vida. Otros invierten su tiempo libre en otras ocupaciones. Yo lo dedico a encontrar la paz y sentirme feliz por saberme cerca de Dios.

¿Y si no quisiera continuar en el Opus Dei?

Mi marido quedaría decepcionado. Y mi experiencia es que, cada vez que me alejo de Dios, me siento más cansada, soy más egoísta… Si deseara abandonar la Obra, espero que alguien me aconsejara lo contrario, pero sé que respetarían mi decisión.

¿Qué hace con su dinero?

Procuro no malgastarlo y no caer en las trampas de la sociedad de consumo. Por otro lado, entrego una pequeña suma a las labores apostólicas del Opus Dei, de igual manera que si diese dinero en la colecta dominical o a alguna asociación.

¿Ha cambiado su forma de ser?

Sigo siendo yo misma: mismas virtudes, mismos defectos. Pero mi manera de ver y tratar a los demás ha cambiado. ¡Es millones de veces mejor!

¿Le molesta que les etiqueten de “católicos ultra”?

Todo el mundo tiene una etiqueta. Esa me indica que no estoy muy lejos de Cristo.

¿Los miembros del Opus Dei están obligados a hacer apostolado?

Todo creyente –cristiano, musulmán o judío- tiene la necesidad de transmitir su fe, pero es Dios quien la da. Yo, por mi parte, deseo que la Obra se expanda y que muchas otras personas compartan mi alegría y mis convicciones. Es normal, ¿no? También me gusta el fútbol y animo a otros a que vengan conmigo al estadio.

¿Y qué piensa cuando oye que el Opus Dei es rico?

Puedo hablarle del centro de Lyon en el que trabajaba mi madre. Ciertamente, está bien situado y decorado con gusto, pero los muebles siguen siendo los mismos desde hace muchos años. Mi madre me explicaba lo que preparaba allí para comer: era siempre algo simple y no se desperdiciaba nada. Cuando se trabaja en un centro de la Obra, se descubre fácilmente qué significa vivir la pobreza cristiana.

¿Las personas del Opus Dei se mortifican?

Mortificarse es tomar sobre sí cosas no muy agradables para mejorar y acercarse a Dios. La mortificación forma parte del día a día de todos: aguantar y sonreír a alguien que nos molesta, levantarse por la mañana para trabajar aunque no se haya dormido bien… Uno aprende así a controlarse para llevar a otros la paz y la alegría.

Pascal [el marido], ¿no te preocupó saber que tu mujer pertenecía al Opus Dei?

No. Jamás había oído hablar de la Obra. Cuando mi esposa me habló de algunas críticas que sufría esta institución, comencé a documentarme. Leí un libro en el que se realizaban acusaciones sin fundamento y absurdas.

¿Qué opina sobre las “riquezas” del Opus Dei?

He podido constatar que los numerarios viven sin ningún tipo de lujo. Creo que se dice que la Obra es rica porque se suma el número total de centros que posee en el mundo. Pero individualmente, es todo muy normal.

“El arte puede dar muchas respuestas al ser humano”

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Eva Latonda es madre de tres niños y actriz. Dirige su propia empresa de gestión de eventos y es presentadora de TV.

“Conocí el Opus Dei en mi adolescencia. Pasado un tiempo vi clara mi vocación como supernumeraria del Opus Dei. Actualmente estoy casada y tengo tres hijos. En este tiempo he aprendido mucho de tantas personas buenas que he visto a mi alrededor. La perseverancia, la alegría y un espíritu de lucha deportista te ayudan a ser mejor madre y mejor esposa. Personalmente, creo que lo segundo es mucho más complicado, y precisamente ser del Opus Dei me ayuda mucho en esta tarea.

En el Opus Dei también he aprendido a ser consciente de una realidad que supera todo lo imaginable: ¡Soy hija de Dios! Esa certeza influye en mi trabajo. Las cosas que escribo, que transmito en el escenario, la cámara o el micrófono, adquieren una dimensión distinta, cuando consigo verlas desde esa perspectiva. Sin dogmatizar, sin imponer, sólo proponiendo. Me pregunto ¿Qué es el hombre? ¿Cómo actúa Dios en él? ¿Cuáles son sus deseos y anhelos más íntimos? La respuesta sólo puede ser una: AMOR. Amar con toda el alma: a Dios, a los demás y a uno mismo. Por eso procuro comenzar siempre todas mis actividades profesionales desde el respeto al otro. El arte puede dar muchas respuestas al ser humano. Yo trato de encontrarlas y exponerlas. Por eso soy responsable (en último término) de todos los guiones que representamos en la compañía. Todo esto, que puede parecer complicado de transmitir, muchas veces se traduce en un simple gesto o una idea que se esboza.

Un día cualquiera para mí comienza a las 7 de la mañana. Después de llevar los niños al colegio, hago un rato de oración, si es posible, frente al sagrario, y voy a Misa. Luego miro la agenda y veo qué toca: “Hoy dos actuaciones en un colegio; mañana, una pase de prensa de una película y escribir la crítica, que ya tengo el cierre encima; pasado, una grabación en la televisión; al otro, el estreno de nuestra última obra de teatro, o la reposición de alguna de las ya estrenadas “¡qué nervios! ¿Saldrá bien?”… Tengo suerte, porque mi trabajo, cada día, es una aventura diferente… También tiene sus cruces: inestabilidad económica, jornadas, a veces, sin término, pero la verdad, no podría hacer otra cosa. No estoy hecha para horarios fijos.

Por las tardes me dedico a los niños y, aunque alguien pueda pensar otra cosa, nada de teatro con ellos. “En casa de herrero, cuchillo de palo”. Soy muy seria con la educación de mis hijos y, aunque fomento la creatividad y la imaginación en sus pequeñas cabecitas, no soy nada “payasa” con ellos. En este caso, el “papel” lo representa mi marido. Otro rato de oración por la tarde, y algún que otro rezo, me acompañan siempre. Finalmente cuando los pequeños están en la cama, aprovecho para hablar con mi marido. Luego suelo sentarme en el ordenador a escribir un rato. Siempre tengo alguna historia que desarrollar. A las 11:00 (los días que puedo) un repaso, y a dormir…

Hace algunos años grabé una autopromoción de una cadena de televisión católica, que hacía ver los beneficios de una cadena como esa. El anuncio lo dirigía un sacerdote, buen amigo mío. Junto a mí, otra actriz protagonizaba el spot. Ella no estaba cerca de Dios, pero comenzó a mantener conversaciones con el sacerdote. Hoy esa chica es monja de clausura. Con el tiempo me enteré de que aquella grabación le hizo replantearse algunos conceptos sobre el cristianismo y por eso comenzó a hablar con el sacerdote… Lo gracioso es que yo no recuerdo haber hecho nada especial aquel día…”.

“El arte puede dar muchas respuestas al ser humano”

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Eva Latonda es madre de tres niños y actriz. Dirige su propia empresa de gestión de eventos y es presentadora de TV.

“Conocí el Opus Dei en mi adolescencia. Pasado un tiempo vi clara mi vocación como supernumeraria del Opus Dei. Actualmente estoy casada y tengo tres hijos. En este tiempo he aprendido mucho de tantas personas buenas que he visto a mi alrededor. La perseverancia, la alegría y un espíritu de lucha deportista te ayudan a ser mejor madre y mejor esposa. Personalmente, creo que lo segundo es mucho más complicado, y precisamente ser del Opus Dei me ayuda mucho en esta tarea.

En el Opus Dei también he aprendido a ser consciente de una realidad que supera todo lo imaginable: ¡Soy hija de Dios! Esa certeza influye en mi trabajo. Las cosas que escribo, que transmito en el escenario, la cámara o el micrófono, adquieren una dimensión distinta, cuando consigo verlas desde esa perspectiva. Sin dogmatizar, sin imponer, sólo proponiendo. Me pregunto ¿Qué es el hombre? ¿Cómo actúa Dios en él? ¿Cuáles son sus deseos y anhelos más íntimos? La respuesta sólo puede ser una: AMOR. Amar con toda el alma: a Dios, a los demás y a uno mismo. Por eso procuro comenzar siempre todas mis actividades profesionales desde el respeto al otro. El arte puede dar muchas respuestas al ser humano. Yo trato de encontrarlas y exponerlas. Por eso soy responsable (en último término) de todos los guiones que representamos en la compañía. Todo esto, que puede parecer complicado de transmitir, muchas veces se traduce en un simple gesto o una idea que se esboza.

Un día cualquiera para mí comienza a las 7 de la mañana. Después de llevar los niños al colegio, hago un rato de oración, si es posible, frente al sagrario, y voy a Misa. Luego miro la agenda y veo qué toca: “Hoy dos actuaciones en un colegio; mañana, una pase de prensa de una película y escribir la crítica, que ya tengo el cierre encima; pasado, una grabación en la televisión; al otro, el estreno de nuestra última obra de teatro, o la reposición de alguna de las ya estrenadas “¡qué nervios! ¿Saldrá bien?”… Tengo suerte, porque mi trabajo, cada día, es una aventura diferente… También tiene sus cruces: inestabilidad económica, jornadas, a veces, sin término, pero la verdad, no podría hacer otra cosa. No estoy hecha para horarios fijos.

Por las tardes me dedico a los niños y, aunque alguien pueda pensar otra cosa, nada de teatro con ellos. “En casa de herrero, cuchillo de palo”. Soy muy seria con la educación de mis hijos y, aunque fomento la creatividad y la imaginación en sus pequeñas cabecitas, no soy nada “payasa” con ellos. En este caso, el “papel” lo representa mi marido. Otro rato de oración por la tarde, y algún que otro rezo, me acompañan siempre. Finalmente cuando los pequeños están en la cama, aprovecho para hablar con mi marido. Luego suelo sentarme en el ordenador a escribir un rato. Siempre tengo alguna historia que desarrollar. A las 11:00 (los días que puedo) un repaso, y a dormir…

Hace algunos años grabé una autopromoción de una cadena de televisión católica, que hacía ver los beneficios de una cadena como esa. El anuncio lo dirigía un sacerdote, buen amigo mío. Junto a mí, otra actriz protagonizaba el spot. Ella no estaba cerca de Dios, pero comenzó a mantener conversaciones con el sacerdote. Hoy esa chica es monja de clausura. Con el tiempo me enteré de que aquella grabación le hizo replantearse algunos conceptos sobre el cristianismo y por eso comenzó a hablar con el sacerdote… Lo gracioso es que yo no recuerdo haber hecho nada especial aquel día…”.

¿Cuál sería su secreto?

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Testimonio de Cardenal Marcelo González Martín, Arzobispo de Toledo Primado de España

Varias veces hablé con el fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer. En Roma, donde vivía, y en Madrid, por don de pasaba con destino a sus viajes apostólicos o al volver de los mismos, después de haber sembrado la semilla de la palabra y la gracia de Dios. Porque eso fue toda su vida: un sembrador incan sable. Las cosechas no las retenía en su mano; las volvía a sembrar inmediatamente en beneficio de todos.

Me ha preguntado cuál sería el secreto de este gran sacerdote del Reino de Cristo en la Iglesia de nuestro tiempo. Y he aquí la reflexión que hago a raíz de su muerte, que hirió su corazón con un movimiento brusco y suave a la vez, como eran los suyos propios. ¡Cuánto ardimiento en aquel hombre excepcional que se pasó la vida sin conocer el sosiego, ni siquiera el que proporciona a tantos otros la última enfermedad!

Capacidad para el entusiasmo por las causas grandes, tesón invencible, optimismo reflexivo, minuciosidad en la ejecución, deli cadeza suma para los detalles…; he aquí algunos rasgos de su con dición humana. Cuando coinciden en una persona, la hacen capaz de grandes resoluciones y la disponen para el triunfo, empleando esta palabra en su valor puramente objetivo, como sinónimo de logro de lo que uno se propone. El fundador del Opus Dei consiguió muchos de sus propósitos; el primero de todos, dar vida, sólido

arraigo a una obra a la que se entregó totalmente, la asociación que predica y promueve la santificación del hombre en medio del trabajo ordinario de la vida. Esto, que era tan sencillo y tan evan gélico, estaba prácticamente olvidado.

Pero para poder explicar el éxito en esta empresa no basta acudir al carácter de quien la acometió; no está ahí el secreto. Porque la empresa es de índole sobrenatural y, por mucho que ayuden las condiciones personales del que la promueve, como instrumento efi caz, se necesita otra clave mucho más íntima y radical. Un carácter humano, por muy dotado que esté para la perseverancia y el entu siasmo en el servicio a una causa, si sólo cuenta con sus propios recursos instrumentales, se dispersa en la inoperancia real, cuando la causa es precisamente vivir enamorado de la santidad y comu nicar a los demás el mismo amor. Su actividad se convierte entonces en activismo; su palabra, en grito o en susurro; pero nada más, y la energía de su voluntad se transforma en puro afán de mando. Nada de esto sirve para llevar por los caminos de la perfección cris tiana. El que lo intente fracasará a las primeras de cambio.

Monseñor Escrivá tuvo tiempo para «fracasar». Los casi cin cuenta años transcurridos desde que fundó la asociación hasta el momento actual dan de silo suficiente para sentirnos obligados a contemplar con inmenso respeto el proceso de una obra que, como es frecuente en la historia de la Iglesia, ha encontrado enormes difi cultades para su desarrollo. Pero él, Escrivá, no las rehuía. Sabía que las dificultades forman parte del plan de Dios y las aceptaba con la humildad característica del que tiene fe.

Sumergido para siempre en la vivencia cálida del misterio de la Iglesia, más que enfrentarse con las dificultades, lo que hacía era incorporarlas y asimilarías hasta hacerlas correr dentro de su sangre como un alimento más de su vida de fe. De ahí que lo que parecía optimismo temperamental era más bien realismo cristiano, que ni se arredra ni huye por muy oscuro que se presente el horizonte. Era la Iglesia de Cristo la que invitaba a trabajar así, porque así tienen que ser siempre las cosas para los seguidores del que llevó la cruz.

Su amor a la Iglesia era amor al Papa, a los obispos, a los sacer dotes, al Magisterio eclesiástico, al culto litúrgico y a la devoción privada, y desde ahí a los hombres de toda condición porque para ellos era esa Iglesia tan amada, y mal podía ser querida ésta si no lo eran a la vez todos los que, dentro o fuera del redil, eran, en la intención del Salvador, beneficiarios de sus dones. Esto es amor a la Iglesia, quererla tal como es en sí, sin echar agua al vino, y quererla para todos.

El universalismo del Opus Dei, en la extensión geográfica y en la diversidad de las personas llamadas, y las originalidades en la concepción de la obra y en sus métodos de apostolado obedecía a esta identificación tan cabal del fundador con el misterio de la Iglesia. No le demos vueltas. Sorprendente y a veces desconcertante en sus expresiones y en sus anhelos apostólicos, Monseñor Escrivá no guardaba otras sorpresas ni producía otros desconciertos que los de la misma Iglesia, a la que servía como un enamorado lleno de confianza y persuadido de que la Iglesia es siempre original. Él no fracasó nunca y lo que hubo de «no logro» de determinados propósitos parciales en su vida formaba parte del plan, no en virtud de un juego de consolaciones artificiales y forzadas, sino como obla ción que había que ofrecer porque así es la Iglesia.

Tres grandes fuerzas animaban su vida interior, presentes cada día y cada hora en su espíritu, de valor supremo e insustituible para vivir como hijo de la Iglesia en su doble dimensión mística (amor al misterio de la esposa de Cristo) y apostólica (dinamismo de una fe que aspira a renovar el mundo). Eran la Eucaristía, particular mente el santo sacrificio de la Misa (sentido de redención); amor a la humanidad de Cristo niño, hombre, muerto y resucitado (sen tido de encarnación de la fe en el mundo), y amor vivísimo a la Santísima Virgen Maria, de la cual no quería ver separado a San José (sentido de familia de los hijos de Dios que tienen junto a si motivos de gozo, al encontrarse con la belleza espiritual y la ayuda materna de María).

Esta triple fuerza que caldeó su vida le movió a lanzarse a la gran tarea, santificar a los hombres tal como son, tal como viven, tal como trabajan. Su sacerdocio lo entendió así, y toda su vida fue como la prolongación de una Misa ininterrumpida que glorificaba al Padre, trataba de obtener el perdón para el pecado mediante la gracia sacramental, y ponía el trabajo profesional y las preocupa ciones familiares como una hostia purificada junto al altar. Todo esto es lo que percibí en las conversaciones que tuve con él, y también lo he captado en sus escritos, y lo vengo comprobando en los sacer dotes del Opus Dei que he conocido. ¿Era este su secreto?

Por supuesto que esas fuerzas a que he hecho alusión, cuando se convierten en motor de una existencia humana iluminada por la fe, hacen del hombre un servidor de Dios, de Jesucristo y de la Iglesia hasta el heroísmo. Pero, ¿por qué? ¿Por qué en unos la respuesta es tan plena y en otros tan escasa? Hace falta encontrar otra clave, que es también fruto de la gracia, desde luego, pero que comporta igualmente una actitud o disposición inicial capaz de explicar el secreto de la perseverancia y la generosidad en el amor. Es ese pequeño toque, matiz delicadísimo en la relación de un alma con Dios, del que en un momento dado dependen, con frecuencia, todas las generosidades para la acogida de lo que Dios ofrece y para la respuesta a lo que pide. Yo lo llamo pobreza, en el sentido evangélico de la palabra. Algo así como en Maria, la Santísima Vir gen, Madre de Dios. ¡Qué corazón tan pobre, es decir, tan limpio, en la doncella de Nazaret cuando recibió el mensaje del cielo! ¡Y qué riqueza había, sin embargo, en su entrega a la voluntad de Dios! Sólo estos pobres son los que se dejan llevar y, por tener el alma limpia, los motores funcionan. Después, por el camino más ines perado viene lo que viene siempre, el triunfo de Dios en ellos.

De Monseñor Escrivá se ha dicho que, a veces, parecía un niño, que arreglaba un problema grave con una broma, que huía de la tristeza como de la peste, que concebía o impulsaba la fundación de una Universidad o de una editorial con el más vivo entusiasmo, pero no con mayor empeño que el que ponía para rezar el Rosario, por ejemplo, o para ayudar privadamente a quien se lo pedía, que contagiaba a los demás el deseo y la dicha de la gracia y la verdad de Dios, que no se reservaba nada teniéndolo todo, que lanzaba a sus hijos hacia el mundo al que amaba, y vivía totalmente apartado del mundo, que no temía a personas ni acontecimientos porque no tenía nada que perder… ¿Qué significa todo esto más que el limpio resplandor de un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todos, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas? Esta es la pobreza evangélica auténtica, aunque el que así la vive se dedique a movilizar todos los recursos imaginables para servir a Dios y a los hombres. Acaso esté aquí el secreto que explica algo de su vida.

Por haber sido así desde los años primeros de su sacerdocio, tan disponiblemente abierto a la acción de Dios, fue encontrado apto, en su pequeñez de esclavo, para las más grandes tareas apos tólicas. Hay miles de detalles en su vida que lo confirman así. Y no es necesario pertenecer al Opus Dei para conocerlos, ni para comprender que donde existe esa pobreza se ama apasionadamente la verdad y se alcanzan resultados inimaginables. Basta tener un poco de sensibilidad sacerdotal, recta y justa, para sentir la noble curiosidad de saber a qué puede deberse el formidable despliegue de tantas energías al servicio del Evangelio, como es el que encon tramos en la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer.

Mucho antes del Concilio Vaticano II trabajó él, como nadie, en la promoción del laicado, en la auténtica y profunda promoción, no en las ridículas y tristes experiencias que tanto han abundado y siguen haciendo acto de presencia en los años del posconcilio, y en el campo del ecumenismo, y en el diálogo con el mundo moder no, y en el reconocimiento efectivo de la sana autonomía de las realidades temporales.

Precisamente por eso, ahora, cuando tantos se mueven aloca damente, sin rumbo, porque su frivolidad les priva de la luz, él supo mantenerse tan firme y enhiesto en la roca de la fidelidad sin con vertirse jamás en un futurólogo insustancial que, creyendo atisbar el porvenir, consiente en que el presente se le desmorone entre las manos. Porque supo ser un auténtico progresista, fue también –como no puede ser menos– un conservador denodado y valiente, de la raza de los mártires y los confesores de la fe, o simplemente del linaje espiritual de los que, a imitación de Maria, saben conservar en su corazón de pobres del Reino lo que debe ser conservado siem pre para ser fieles.

Yo espero y deseo que sus hijos, los sacerdotes y los laicos, sepan seguir este camino. La Iglesia española y la Iglesia universal nece sitan de su testimonio en este sentido


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