En Andorra y Lourdes

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Al salir el sol, Escrivá y sus compañeros partieron hacia el cercano pueblo de Sant Juliá de Loria, donde tomaron una taza de café. Buscaron una iglesia donde pudieran dar gracias. Era la primera vez en el último año y medio que entraban en una iglesia que no hubiera sido masacrada. Rezaron la Salve de nuevo y se dirigieron a Andorra la Vella, capital del principado.

Desde allí enviaron un telegrama al hermano de Albareda que estaba viviendo en San Juan de Luz. Se encargaría de conseguir un taxi que les recogiera en Andorra. Mientras esperaban sus papeles de refugiados políticos y un visado de tránsito para Francia, se alojaron en un hotel de Les Escaldes, a pocos kilómetros de Andorra la Vella.

Durante su primer día en Andorra, a Escrivá se le inflamaron las manos y le produjeron mucho dolor. Jiménez Vargas temió que se tratara de otro ataque reumático, pero pronto descubrió que la hinchazón era debida a las múltiples pequeñas espinas que se le habían clavado al agarrarse a los arbustos en su esfuerzo por permanecer de pie.

La nieve que había amenazado el último trecho de su camino comenzó a caer abundantemente el 3 de diciembre de 1937. Después de Misa –la primera que Escrivá pudo celebrar en un altar real y con ornamentos desde el comienzo de la guerra–, volvieron a Andorra la Vella para tomar unas fotografías. Las necesitarían en la frontera, pero también las querían como documento para la historia del Opus Dei.

La nieve bloqueó la frontera con Francia y ser vieron obligados a permanecer en Andorra hasta el 10 de diciembre de 1937. Pronto, en la mañana del día 10, el grupo de Escrivá y otras veinte personas que habían cruzado los Pirineos con ellos se acomodaron como pudieron en un pequeño camión equipado con asientos y cadenas para la ocasión. En ciertos momentos tuvieron que bajar y caminar al lado del vehículo. Al llegar a Soldeu ya no pudo continuar, así que siguieron a pie. Para protegerse del frío se envolvieron en papel de periódico. La nieve en algunos tramos les cubría hasta las rodillas y convertía el papel de periódico en pasta. Aun así, lograron continuar durante otros doce kilómetros hasta el Pas de la Casa, a 2.400 metros de altura. Se acurrucaron en un autobús que les llevó a la frontera francesa de L´Hospitalet, donde les esperaba el taxi que el hermano de Albareda había enviado.

Los ocho, empapados por su larga marcha en la nieve, se apretujaron en el taxi. Salieron hacia las cinco de la tarde con dirección a la frontera española de Irún. Pasaron la noche del 10 de diciembre de 1937 en la ciudad francesa de Saint Gaudens, donde se alojaron en un hotel modestísimo. A las seis y media del día siguiente, partieron hacia Lourdes. Escrivá aun vestía unos pantalones desgarrados y manchados de barro, un jersey de cuello alto y las botas de suela de goma. En el Santuario de Lourdes, no le fue fácil convencer al sacerdote encargado de la sacristía de que le permitiera decir Misa.

En el momento de hacer la señal de la cruz al comienzo de la Misa, se inclinó hacia Casciaro, que le ayudaba, y dijo en un susurro: “Supongo que ofrecerás la Misa por la conversión de tu padre y para que el Señor le dé muchos años de vida cristiana.

Me quedé profundamente sorprendido: realmente yo no había ofrecido la Misa por esa intención; es más, estaba poco concentrado y con la atonía natural de quien se ha levantado muy temprano y aún se encuentra en ayunas. Me impresionó además que el Padre, precisamente en esos momentos en que con tanto fervor se disponía a dar gracias a Nuestra Señora, y que tantas cosas iba a encomendarle, tuviera el corazón tan grande como para acordarse de mis problemas familiares. Conmovido, le contesté en el mismo tono:

-Lo haré, Padre.

Entonces, en voz baja, añadió: Hazlo, hijo mío; pídelo a la Virgen, y verás qué maravillas te concederá”[1].

El grupo llegó a San Juan de Luz al caer el sol el 11 de diciembre de 1937. Escrivá no consiguió ponerse en contacto con el obispo de Madrid, pero sí pudo hablar con dos obispos que conocía, uno de los cuales dio fe de él y de sus compañeros en la frontera. Aquella noche entraron en la zona nacional.

Haber conseguido cruzar los Pirineos y llegar a la España nacional significaba para Escrivá y los demás poder llevar a cabo el Opus Dei sin temor a persecuciones religiosas. La guerra, sin embargo, les depararía aún grandes dificultades, especialmente porque se encontraban en una situación de extrema pobreza. Del Portillo y los otros continuaban atrapados en Madrid.

[1] Pedro Casciaro. Ob. cit. p. 129

1936. La persecución religiosa

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Junto con la guerra civil (1936-1939) tuvo lugar en España una de las persecuciones religiosas más sangrientas que ha conocido la historia de la Iglesia. Murieron 6.832 personas; 4.184 del clero secular —entre los que se incluyen doce obispos y numerosos seminaristas—; 2.365 religiosos y 283 religiosas. Es incalculable el número de laicos que padecieron martirio a causa de la Fe.

Como tantos sacerdotes de su tiempo, don Josemaría pasó mil penalidades por su condición sacerdotal. Tuvo que refugiarse en distintos domicilios particulares, en los que sólo podía estar durante algunas horas o días, porque amparar a un sacerdote, en aquellas circunstancias, equivalía a firmar la propia sentencia de muerte.

No podía transitar por la calle: podía detenerle cualquier control callejero, y acabar, como tantos otros, fusilado junto al paredón del cementerio. No tenía dinero para sobrevivir: únicamente Isidoro Zorzano, ya establecido en Madrid, seguía cobrando su sueldo. Y le llegaban rumores de detenciones arbitrarias, registros y torturas.

El 30 de agosto se encontraba refugiado con otros perseguidos en una vivienda de la calle Sagasta. Juan Manuel Sáinz de los Terreros, uno de ellos —que no sabía quién era don Josemaría—, cuenta que los milicianos se presentaron de improviso para hacer un registro en el edificio. Comenzaron revisando los sótanos, y prosiguieron, planta por planta… Al darse cuenta, don Josemaría subió por una escalera interior hasta la buhardilla con Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel. Aquello era un cuchitril lleno “de polvo de carbón y de trastos, como todas las buhardillas, y en las que no nos podíamos poner de pie porque llegá­bamos con la cabeza al techo… Hacía un calor insoportable. En un momento oímos cómo entraban en la buhardilla de al lado para hacer el registro…

Estando en esta situación se me acerca don Josemaría y me dice:

Soy sacerdote; estamos en momentos difíciles; si quieres, haz un acto de contrición y yo te doy la absolución.

Inexplicablemente, después de haber registrado toda la casa, los milicianos no entraron en aquella buhardilla.

Afirma Juan Manuel que “supuso mucha valentía decirme que era sacerdote ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo”.

Durante aquella temporada, don Josemaría sufría especialmente por no poder celebrar la Santa Misa habitualmente, por carecer de materia para la consagración. En su lugar recitaba de memoria las oraciones litúrgicas, omitiendo la fórmula de la Consagración y haciendo una comunión espiritual al llegar a la Comunión.

Al fin, en marzo de 1937, encontró un asilo relativamente estable en la Legación de Honduras. Allí, recuerda su hermano menor, Santiago Escrivá, “comíamos muy poco. Josema­ría menos que los demás porque había días que no comía nada o muy poca cosa, como mortificación, para ofrecerlo a Dios”. Se quedó tan delgado —perdió treinta kilos— que, cuando su madre pudo ir a verle, no le reconoció; se dio cuenta de que era su hijo Josemaría sólo por la voz.

Muchos refugiados de la Legación pasaban las horas rumiando en silencio su desdicha; otros se desahogaban comentando sus desgracias presentes y pasadas… En medio de aquel clima de pesimismo, don Josemaría ayudaba a los que le rodeaban a no perder la esperanza, a aprovechar el tiempo, y a crecer para adentro mediante la oración por todos, con un profundo sentido de la Comunión de los Santos.

Por la Comunión de los Santos —decía el 8 de abril— nunca podemos sentirnos solos, pues constantemente nos llegan alientos espirituales de las cárceles, de las trincheras, de dondequiera se encuentre alguno de vuestros hermanos. La consideración de esta realidad nos impulsa a un detenido examen de nuestra conducta en este lugar, que es como una prisión para nosotros. Porque aquí, en esta aparente inactividad, contamos con la posibilidad de trabajar mucho por dentro, y acompañar a cada uno de vuestros hermanos en peligro, y velar por ellos.

Su espíritu atravesó durante aquella época lo que San Juan de la Cruz llamaba la “noche oscura del alma”, con la que Dios suele purificar a las almas santas. Pero esto no se reflejaba en el exterior: su predicación era, como de costumbre, optimista y vibrante, aunque el Señor le hacía participar, de modo particularmente intenso, de la Cruz.

Algunos sacerdotes conocidos suyos habían muerto mártires. Le apenó especialmente el fallecimiento de su gran amigo, Pedro Poveda. El fundador de la Institución Teresiana había sido asesinado en julio de 1936. Comentaba un año después: Recuerdo con gran consuelo una conversación que mantuve con un gran santo; lo asesinaron en julio del año pasado, cuando se hallaba sazonado, preparado para ir al encuentro del Amor, pues había escrito todo el libro de su vida, desde el principio hasta el fin, con letras de oro…

Hablábamos de la posibilidad de sufrir martirio. Le dije que no me asusta la muerte: que la aceptaría gustoso cuándo, dónde y como quisiera el Señor mandármela, pero que sentiría abandonaros. Y continué afirmando, mientas él asentía, que los afectos santos de la tierra se conservan en el Cielo: allí podremos pedir por las personas a las que quisimos aquí abajo.

A finales del mes de agosto de 1937 pudo salir de la Legación con una precaria documentación que le facilitó el Cónsul de Honduras. Todas las iglesias de Madrid se encontraban cerradas, muchas destinadas a otros usos o completamente destruidas, con las imágenes profanadas o mutiladas. En esas circunstancias, don Josemaría arriesgó su vida cuando fue necesario para el bien de las almas: bautizaba a escondidas, confesaba dando un paseo por los bulevares o atendía espiritualmente a religiosas refugiadas en casas particulares.

Llevaba siempre consigo al Señor Sacramentado en una pitillera envuelta, por precaución, en una funda con la bandera y el sello de la Legación. Muchas veces dormía sin quitarme la ropa —recordaba—, con la Sagrada Forma encima, abrazando al Señor.

El 7 de octubre pudo abandonar Madrid. Se dirigió a Barcelona, por Valencia, y el 19 de noviembre salió hacia el Pirineo, donde emprendió una larga marcha que le llevó hasta Andorra. Llegó al Principado el 2 de diciembre, acompañado por un pequeño grupo de personas. Poco después, pasó la frontera francesa y se estableció en Burgos.


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