Olvidar y perdonar

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

La guerra había dejado en el país un clima de recelos y sospechas; y tras la persecución religiosa, don Josemaría tuvo que sufrir una nueva persecución, esta vez contra su predicación y su figura: habladurías, murmuraciones, calumnias. Uno de aquellos ataques pudo costarle la vida: llegaron a denunciarle, en la espiral absurda de acusaciones sin fundamento, ante el terrible Tribunal para la represión del marxismo y la masonería.

Ante esos hechos, su enseñanza constante fue siempre olvidar y perdonar. Aconsejaba:

—No juzgues a los demás;

—no ofendas ni siquiera con la duda;

—ahoga el mal en abundancia de bien;

—siembra lealtad, justicia y paz;

—pasa por alto las interpretaciones torcidas;

—habla cuando pienses en conciencia que debes hablar;

—perdona, siempre, pronto, y todo con la sonrisa en los labios;

—y deja todo en manos de nuestro Padre Dios.

Tenía los brazos abiertos para todos, aunque le hubiesen ofendido seriamente, y sembraba la paz y el perdón, en medio de aquel clima exaltado de odios y rencores. A uno, que le hablaba de venganzas y penas de muerte contra unas personas enemigas de la fe, le explicó que él, por el contrario, deseaba todo el bien a esas personas; y oraba para que se convirtiesen y se acercasen al Señor. A otro, que quería levantar una cruz donde habían asesinado a un pariente suyo, le aconsejó que no lo hiciera, porque —le dijo con claridad— le movía el odio hacia los asesinos, y el odio es incompatible con la Cruz de Cristo. Escribió en su libro Via Crucis: Hay que unir, hay que comprender, hay que disculpar. No levantes jamás una cruz sólo para recordar que unos han matado a otros. Sería el estandarte del diablo. La Cruz de Cristo es callar, perdonar y rezar por unos y por otros, para que todos alcancen la paz.

El 15 de julio de 1943, víspera de la Virgen del Carmen, falleció en Madrid, con fama de santidad, Isidoro Zorzano, uno de los primeros fieles del Opus Dei. En octubre de 1944, mientras predicaba unos Ejercicios Espirituales a los agustinos de El Escorial, diagnosticaron a don Josemaría una grave enfermedad: diabetes mellitus. Siguió predicando, a pesar de su grave estado físico. Y acogió estas nuevas penalidades redoblando su esperanza en Dios.

Mientras tanto, se fueron dando los primeros pasos de carácter jurídico y pastoral, y el 25 de junio de 1944 tuvo lugar la ordenación sacerdotal de tres fieles del Opus Dei: José María Hernández Garnica, José Luis Múzquiz, y Álvaro del Portillo, su más fiel e inmediato colaborador.

Sin fronteras

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Es en Roma y en 1943 cuando Salvador Canals y José Orlandis conocen a Wladimir Vince y Anton Würster, de nacionalidad croata. El primer contacto tiene lugar en el Laterano, ateneo donde cursan los estudios de Derecho Canónico; al igual que el resto de los edificios de la Santa Sede en Roma, este Ateneo goza del status de extraterritorialidad. En el Laterano estudia un grupo reducido de alumnos que quiere conocer el Derecho de la Iglesia; y un contingente heterogéneo y numeroso de hombres que se refugian tras un carnet con el escudo pontificio para protegerse de la ocupación alemana en Italia. Este es el caso de dos croatas exiliados. No tardan muchos días en descubrir la amistad y el afecto de Salvador y José.

Wladimir Vince es natural de Djacobo y tiene 20 años. Iniciaba los estudios de Derecho en Zagreb cuando fue destinado a la Embajada de su país en Roma, en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Anton Würster le acompañará durante esta etapa de sus vidas. Cuando los azares políticos cambian el régimen de su patria, tienen que abandonar la tarea que les llevó a Italia y adoptar la condición de refugiados.

En los primeros días de junio de 1944, los alemanes salen de Roma porque el ejército aliado ha logrado romper el frente.. La situación de Wlado y Anton es, cada vez, más comprometida; se ven obligados a abandonar el lugar que les ha dado protección hasta este momento. Los amigos españoles acuden en su ayuda: a través de los PP. Claretianos Larraona y Goyeneche consiguen que el Abad de los Benedictinos -que acoge sin diferencias a todos los refugiados en peligro- habilite para ellos unas habitaciones en su convento de St. Stefano.

Es singular que los bandos de la guerra respetaran, sucesivamente, esta moderna versión del derecho de asilo en los edificios eclesiásticos, y así salvaran sus vidas multitud de personas de muy diversa ideología. El día del triunfo aliado saldrán de su refugio en el Laterano personalidades tan dispares como Pietro Nenni, socialista, y Alcide de Gasperi, jefe de la Democracia Cristiana. Puede decirse que este 4 de junio de 1944 se produce un auténtico «relevo de la Guardia». Salen de sus refugios los antifascistas y dejan su sitio a los representantes del fascio que se ven obligados a huir.

Después de la ocupación aliada, Salvador Canals y José Orlandis siguen su trabajo habitual y, cada semana, acuden a ver a los amigos croatas en su refugio de St. Stefano.

Wladimir Vince será el primer croata que pide la admisión en la Obra, en 1946. Este hombre simpático, oportuno y tenaz, pone su vida entera en manos de Dios. Años más tarde, con el recuerdo de las vecinas montañas de Croacia que no podrá volver a contemplar y en su querida ciudad de Zagreb, traducirá, con infinito cariño, los puntos de «Camino» a su lengua natal. La universalidad que ha subrayado tantas veces el Fundador, empieza a materializarse en estas vocaciones fuera de España.

Mientras tanto, Luka Brajnovic, otro compatriota yugoslavo, logra huir de un campo de concentración y se reúne con ellos en la capital italiana.

En 1945, Croacia pasa a formar parte de la República Federal Yugoslava. Como consecuencia del exilio de su marido, Ana Tiján de Brajnovic, que vive allí con una hija de pocos años, tendrá que sufrir las consecuencias de la persecución religiosa, trabajos forzados y cárcel. No volverá a reunirse con su marido hasta 1956. De un modo providencial lograrán abandonar Yugoslavia y llegar a este reencuentro tras doce años que les resultan casi eternos.

Años más tarde, también Luka Branovic y Anton Würster pedirán la admisión en la Obra.

Y como muestra del cariño humano y la profunda preocupación del Fundador del Opus Dei por la vida de cuantos pasan a su lado, he aquí el testimonio conmovedor de Ana Tiján:

«He tenido poco contacto directo con el Padre. Sin émbargo, él se ha convertido, de un modo especial, en el personaje central de mi familia y de cada uno de sus miembros. Todo este contacto se reduce a un fuerte apretón de manos, a una mirada indescriptible, llena de bondad, profundidad y vida, a un ruego sincero de oración por él, a una alegría no simulada y expresada de poder conocerme, y, años después, de reconocerme y saludarme de nuevo. Todo esto sin dejar casi tiempo de poder agradecerle todas las atenciones que ha tenido con mi familia; felicitándonos por las bodas de plata de nuestro matrimonio, compartiendo la alegría del reencuentro de mi marido y mío después de doce años de separación»(13).

Así, con el espíritu que Monseñor Escrivá de Balaguer había inculcado en sus almas, los hombres del Opus Dei supieron tender un puente de amistad y fraternidad con los hermanos de otros países; compartieron sus dificultades y pusieron en sus vidas la fortaleza de una misión divina. Les brindaron el amor de una familia universal, sin fronteras, que Dios abría a los hombres de todas las latitudes del mundo.

Una tarde en Porta Coeli

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Va llegando a su fin el mes de enero del año 1933. Esta tarde, don Josemaría camina por la calle García de Paredes y entra en el número 25, tras haber bordeado un enorme edificio de ladrillo con largas ventanas cubiertas de celosías. Es el asilo de Porta Coeli. Una fundación del Canónigo de la Catedral de Madrid, don Francisco de Asís Méndez y Casariego, que acoge a un número elevado de muchachos de toda edad. Su cuidado y enseñanzas corren a cargo de maestros de diverso oficio y de una comunidad de Religiosas Trinitarias de las que también es Fundador.

Don Josemaría acude allí con frecuencia para charlar con los chicos, incluidos en el apelativo de «golfos» -pilluelos, vagabundos-, para enseñarles cuestiones elementales de religión. Las Religiosas ponen a su disposición una sala de visitas, cerca de la entrada, y también la capilla, que se halla muy próxima.

Ha citado para esta tarde de invierno a un grupo de universitarios que ha prometido venir. A la hora señalada, solamente llegan tres. Son estudiantes de la Facultad de Medicina.

Cuando entran en la sala de visitas, don Josemaría coloca, presidiendo, un cuadro de la Virgen. Es una sencilla estampa montada sobre un fondo amplio y bordeada con un marco cuadrado de unos treinta centímetros. Después, lee el Evangelio y hace un comentario breve; luego, desarrolla un tema espiritual. Anima a estos chicos a hacer un examen profundo a la luz de Dios. Y les impulsa a una vida nueva.

Todo es muy directo, sencillo. Los tres universitarios están sobrecogidos por la seriedad y la convicción de las palabras que acaban de escuchar, por la fe que anima las intenciones de este sacerdote.

Más tarde, les lleva a la capilla. Se trata de una sala, cuya pared frontal se cubre por un tapiz con dosel, un cuadro de la Santísima Trinidad, un pequeño Crucifijo y unas imágenes populares del Corazón de Jesús y de la Virgen.

Don Josemaría expone el Santísimo, reza y les imparte la Bendición. Juan Jiménez Vargas dejará constancia de la impresión que les produce su modo de actuar: la piedad con que abre el sagrario, se arrodilla y toma la Custodia en sus manos. Algo que, por sí solo, es una admirable lección de fe y de amor.

Un día, cuarenta y dos. años más tarde, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer contará a algunos de sus hijos en Venezuela y en Guatemala aquella reunión:

«Vinieron sólo tres. ¡Qué descalabro, ¿verdad?! ¡Pues, no! Me puse muy contento, y al terminar me fui al oratorio de las monjas, expuse a Nuestro Señor en la custodia, y di la bendición a aquellos tres. Me pareció que el Señor bendecía no a tres, ni a tres mil, ni a trescientos mil, ni a tres millones: bendecía a una muchedumbre de gente de todos los colores, que ya es una realidad»(6).

Y durante la misma catequesis, en Guatemala, volverá a describir el horizonte humano que veía detrás de aquella primera bendición:

«…y yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones…, blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer. Y me he quedado corto, porque es una realidad a la vuelta de casi medio siglo. Me he quedado corto, porque el Señor ha sido mucho más generoso»(7) .

Algunos primeros de la Obra morirán jóvenes: don José María Somoano, Luis Gordon, María Ignacia García Escobar y Antonia Sierra. Pepe Isasa caerá en un frente de batalla. Otros van a ser dispersados por la guerra civil española. Pero los que permanezcan fieles, fraguarán su entrega durante estos años dificiles y enconados, para ser cimiento firme del futuro.

Con la proclamación de la República, son habituales el descrédito y la persecución religiosa. Una gran mayoría de clérigos y laicos se ven envueltos en el ambiente confuso y agresivo del momento nacional.

Los muchachos que frecuentan el trato de don Josemaría se sorprenden por haber encontrado un sacerdote que todavía es capaz de seguir cruzando la ciudad con sotana y manteo, que en su amplitud humana habla de la libertad de opción temporal de todos los católicos, que en su dirección espiritual evita tomar partido en cuestiones políticas opinables y les insiste constantemente en trabajo y estudio, que les habla de alegría como consecuencia de un enfoque sobrenatural de todo acontecimiento. Y también de la frecuencia de Sacramentos; de la Virgen, como una acogida universal, materna y amable, para todos los hombres. De profundo amor a la Iglesia y al Papa. Y, a la vez, es un hombre que se interesa por sus problemas personales y familiares, por sus amigos, por las nimias contrariedades y alegrías de la existencia diaria.

España y la Segunda Guerra Mundial

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A los seis meses del final de la Guerra Civil, casi todos los miembros del Opus Dei habían sido desmovilizados y habían vuelto a sus estudios o trabajo profesional. El fin de la persecución religiosa permitió reanudar las actividades de formación de la Obra en Madrid y abrió horizontes en otros lugares de España. Sin embargo, el Opus Dei no se encontraba en un entorno tranquilo que favoreciera su expansión. El fin de las hostilidades estaba lejos de traer un retorno a la normalidad. España seguía enfrentada a grandes dificultades internas exacerbadas por el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Al igual que muchos de sus contemporáneos en Europa, Franco estaba convencido de que la época de las democracias había pasado y que el futuro de Europa se encontraba en los regímenes nacionalistas autoritarios. En marzo de 1937 se suscribió un pacto secreto con Berlín que exigía consultas mutuas sobre temas de interés común y una benevolente neutralidad en caso de guerra, aunque ello no impidió asegurar a París y Londres durante la crisis de Munich del otoño de 1938 que España permanecería neutral en caso de un conflicto europeo generalizado. Pocos días antes del final de la Guerra Civil, España se unió formalmente al pacto anticomunista, demostrando abiertamente sus simpatías por los otros regímenes autoritarios. Simultáneamente, firmaba un nuevo tratado de amistad con Berlín, secreto igual que el anterior, que también exigía consultas mutuas.

La firma del acuerdo germano-soviético en agosto de 1939 fue una desagradable sorpresa para Franco, que era profundamente anticomunista. El 3 de septiembre de 1939, cuando Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania como respuesta a la invasión de Polonia, hizo un llamamiento público a todas las partes implicadas para volver a negociar, al tiempo que condenó la destrucción de la católica Polonia. Durante los meses en que Francia y Gran Bretaña estaban oficialmente en guerra contra Alemania, pero sin hostilidades significativas, España firmó acuerdos comerciales con Gran Bretaña, Francia y Portugal, pero se negó a la petición francesa de una garantía de mantener la neutralidad en caso de que Italia entrara en la guerra.

La rápida conquista de Francia en la primavera de 1940 hizo pensar a Franco que Alemania ganaría la guerra y dominaría Europa. El 12 de junio de 1940 anunció una nueva política: no beligerancia. Eso significaba que España no era neutral, sino que apoyaba a las potencias del Eje, pero no participaba en el conflicto.

Parece como si Franco hubiera considerado la no beligerancia como un primer paso para la entrada en la guerra junto a Alemania e Italia, pero fijaría un alto precio por esa participación. Presentó a Berlín la reclamación española sobre los territorios franceses del noroeste de África, al igual que una impresionante lista de provisiones, combustible, munición y otros materiales que España necesitaría para entrar en guerra. Hitler, enardecido por el éxito en Francia, no vio ninguna necesidad de considerar las demandas españolas.

Franco y sus consejeros se sintieron decepcionados por el hecho de que Berlín no tomara sus peticiones en serio y por su aparente desprecio de la capacidad de España de ayudar al Eje, a cambio de recuperar Gibraltar. Se encontraron en una situación difícil. Estaban convencidos de que Alemania resultaría victoriosa y no querían perder la oportunidad de participar en el reparto del botín de guerra, pero advertían los devastadores efectos que un bloqueo naval británico podría tener para España.

En su encuentro con Hitler en Hendaya, el 20 de octubre de 1940, Franco volvió a presentar su lista de exigencias coloniales, económicas y militares. Hitler no deseaba satisfacer esas peticiones, en parte porque hacerlo supondría enemistarse con el gobierno francés de Vichy, que para él era más importante que España. El encuentro terminó con un aguado acuerdo que comprometía a España a declarar la guerra a Gran Bretaña en alguna fecha futura que fijaría el gobierno español.

La victoria británica en la Batalla de Inglaterra hizo que se enfriara el interés español por entrar rápidamente en la guerra. Durante el resto de 1940 y comienzos de 1941, Franco resistió las presiones de Berlín con tácticas dilatorias y largas listas de artículos que España necesitaría para intervenir eficazmente en la guerra. Probablemente, la postura de Franco estaba marcada más por lo que podría obtener a cambio que por el deseo de mantenerse al margen del conflicto. A medida que pasaba 1941, Hitler perdió interés en España y Gibraltar y centró su atención a una posible invasión de la Unión Soviética.

El ataque alemán a la Unión Soviética del 22 de junio de 1941 hizo a Franco más cauteloso sobre la entrada en guerra, ya que la Unión Soviética era un adversario formidable. Por otra parte, muchos falangistas eran firmes partidarios de unirse a la guerra contra la Rusia comunista. Con el visto bueno del Gobierno, la Falange empezó a organizar una división de voluntarios para luchar en Rusia. Los diecinueve mil hombres de la “División Azul” entraron en combate el 4 de octubre de 1941 en el frente de Leningrado. Durante el verano de 1941, España también firmó un acuerdo con Alemania en el que prometía enviar a 100.000 civiles para trabajar en fábricas alemanas. De hecho, no fueron más de 15.000.

La entrada de los Estados Unidos en la guerra no minó del todo la confianza de Franco en la victoria alemana, pero la veía más difícil y distante. El estancamiento de la ofensiva alemana sobre Moscú hizo que Franco tomara mayores cautelas. Así, suspendió el permiso para que los submarinos alemanes se aprovisionaran en los puertos españoles. España, sin embargo, seguía siendo no beligerante y no neutral.

La reticencia de Franco a apoyar a las potencias del Eje no encontró eco en la muy controlada prensa española, que seguía mostrando fuertes simpatías por el Eje. En 1942, la de Madrid era la principal embajada alemana y llevó a cabo una incisiva campaña a favor del Eje. Además, el partido nazi mantenía un activo aparato de propaganda en España, que trabajaba en estrecho contacto con la Falange.

El desembarco aliado en el norte de África en noviembre de 1942 provocó la ocupación alemana de la mitad sur de Francia, que hasta entonces había sido controlada por el gobierno pro-nazi de Vichy. Estos acontecimientos acercaban la guerra a España: ahora había tropas alemanas en la frontera norte y sólo unos cuantos kilómetros de mar separaban su frontera sur de las tropas aliadas del norte de África. Estados Unidos y Gran Bretaña aseguraron a Franco que no tenía nada que temer de los aliados. El deseo de Alemania de pasar tropas por España para atacar Gibraltar hizo que Franco ordenara una movilización parcial. Con este gesto trataba de disuadir a Hitler de invadir Gibraltar. Sin embargo, al mismo tiempo, Franco enviaba materias primas estratégicas a Alemania. A finales de 1942, Franco hizo sus últimos comentarios claros a favor del Eje: “El mundo liberal se está hundiendo, víctima del cáncer de sus propios errores”.

A comienzos de 1943, Franco empezó a hablar de neutralidad: era partidario del Eje en la guerra contra la Unión Soviética y estaba a favor de los aliados en el conflicto que se libraba en el lejano oriente. En las últimas fases de la guerra, cuando la victoria aliada parecía clara, Franco se fue alejando de su postura proalemana. En 1944 reafirmó la neutralidad de España.

Estas idas y venidas tuvieron el efecto de ahorrar a España los horrores de otra guerra. Para el Opus Dei supuso tener un clima relativamente pacífico en el que desarrollarse, sin que sus miembros fueran llamados a filas ni dispersados. Por otra parte, la inclinación por el Eje llevó a Franco a mantener la política de no beligerancia demasiado tiempo y a recuperar la neutralidad cuando ya era tarde para congraciarse con los futuros vencedores. Por esto, tras el fin de la guerra, España sufriría un aislamiento prolongado.

Escrivá y Jiménez Vargas dejan la legación.

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Cuando Escrivá y los demás se refugiaron en la legación, parecía que el cónsul podría evacuar a todos los refugiados. Pasado algún tiempo, se frustraron esas esperanzas. Por ejemplo, cuando a comienzos de junio el cónsul viajó a Valencia para hacer gestiones, Zorzano escribió en su diario: «Quizás saldrán la semana próxima. Esta vez creo que es la definitiva». Sin embargo, el cónsul regresó de Valencia con las manos vacías, tal y como había sucedido ya varias veces antes.

Mientras tanto, Zorzano hacía gestiones similares en otras embajadas a pesar del riesgo personal que entrañaba. Estuvo en las de Checoslovaquia, Chile, Panamá y Turquía, pero todo sin resultados.

A mitad del verano de 1937, parecía claro que no se llegaría a un rápido final del conflicto. Escrivá estaba deseoso de dejar la legación y buscar una situación de libertad para ejercer su ministerio sacerdotal y desarrollar el Opus Dei. Los miembros de la Obra le urgían para que dejase Madrid y la zona controlada por la República, donde había persecución religiosa, y cruzase al territorio controlado por los nacionales. Escrivá comprendía la conveniencia de pasar a la zona nacional, pero le pesaba mucho dejar a su familia y a miembros de la Obra en Madrid. En cualquier caso, en aquel momento no había posibilidades reales de cruzar a la zona nacional, aunque lo quisiera hacer.

Por otro lado, las noticias que le llegaban, sugerían que a lo mejor era posible sacar adelante su ministerio sacerdotal y el apostolado del Opus Dei en Madrid, sin estar exento de peligro. Lo peor de la persecución religiosa en la zona Republicana parecía haber pasado ya. Las iglesias seguían cerradas y la actividad religiosa estaba todavía prohibida, pero, al menos, el gobierno republicano había parado parcialmente a los elementos incontrolados, responsables de la mayor parte de los asesinatos de sacerdotes en los primeros meses de la guerra. Desde luego, no podía actuar públicamente como sacerdote, pero, con la debida precaución, sería posible ejercer su ministerio secretamente a favor de mucha gente de Madrid que llevaba un año privada de los sacramentos.

Al comenzar el verano de 1937, Escrivá empezó a salir a la calle para hacerse las fotografías necesarias para los documentos de identidad –falsos, por supuesto–, investigar vías de escape de la zona republicana y ejercer, de un modo limitado, su ministerio sacerdotal. Mientras tanto, Zorzano arregló las cosas para que el hermano menor de Escrivá, Santiago, pudiese reunirse con su madre.

A final de agosto, el cónsul de Honduras entregó a Escrivá unos documentos que le acreditaban como empleado de la legación y una pequeña bandera del país para que la llevara sujeta en la solapa. Pertrechado con estos documentos, que él describió como «más falsos que Judas», abandonó el consulado el 31 de agosto de 1937 y se trasladó a una pensión. Pocos días después, el 4 de septiembre, recomendado por el cónsul de Honduras, Jimenez Vargas consiguió unos documentos similares del consulado de Panamá y se reunió con Escrivá en la pensión. En caso de ser arrestados e interrogados, de poco les servirían los documentos, pero sí ayudarían a salir del paso en caso de que les pararan por la calle.

Del Portillo, Alastrué y González Barredo permanecieron en la legación porque, en cualquier caso, corrían mucho peligro en Madrid. González Barredo era bien conocido como un profesor católico y del Portillo y Alastrué eran buscados por prófugos.

Escrivá y Jiménez Vargas de vez en cuando cenaban con Zorzano, y después tenían una larga tertulia. En ocasiones se les unían otros. Por ejemplo, Calvo Serer, que se alistó en el ejército republicano durante el verano de 1937 y había sido asignado a las Brigadas Internacionales, estuvo en Madrid dos días a final de agosto o principio de septiembre. Hernández de Garnica, que había sido liberado de la prisión en Valencia, también pasó algún tiempo en Madrid antes de ser llamado a filas por el ejército republicano y destinado a Andalucía. Zorzano describe la conversación en una de aquellas tertulias. “Empezamos a soñar —escribe Isidoro— lo que serán realidades dentro de un par de años; pasamos revista a las principales universidades del mundo y dejamos volar un poco la imaginación”[1]. Incluso se reían sobre lo delgados que estaban. Ninguno pasaba de los 45 kilos.

Mientras buscaban la forma de pasar a la zona nacional, Escrivá se movía por Madrid, vestía traje y corbata y llevaba la bandera de Honduras cuidadosamente prendida en su solapa. A menudo oía confesiones en la calle, caminando arriba y abajo por la acera. Decía la Misa y predicaba meditaciones a pequeños grupos en casas de amigos. Llevaba el Santísimo Sacramento consigo, dentro de una pitillera que guardaba en una pequeña bolsa con la bandera y el sello del Consulado de Honduras, para distribuir la Sagrada Comunión a más gente.

A pesar de que lo peor de la persecución ya había pasado, administrar los sacramentos y ejercer el ministerio sacerdotal en Madrid seguía siendo muy peligroso. Un día en que Escrivá llegaba a un edificio donde planeaba decir la Misa, una señora le saludó en alta voz:

“ -¡Qué alegría verte!

Luego, apartándose de aquel lugar, le explicó en voz baja:

-Perdón, don Josemaría, pero ¿va a decir Misa allá?

-Sí

-Pues en este momento están registrando todo. Si va usted, le cogen y le matan”[2].

Escrivá tomó todas las precauciones que pudo para evitar ser detenido. Un día, por ejemplo, un amigo le pidió que bautizase a la hija de un vecino. Quedaron a las 7 de la tarde en la clínica, donde madre e hija estaban todavía recuperándose. Sin pensar en el riesgo que se corría reuniendo a un grupo de gente, el padre de la niña invitó a sus suegros y a varios amigos a asistir al bautismo, pero Escrivá llegó a las 5 de la tarde, bautizó a la niña y se fue antes de que llegasen los invitados.

Además, Escrivá atendió espiritualmente a miembros de órdenes religiosas que estaban ocultos en Madrid. La hermana Ascensión Quiroga y otras monjas vivían en una pensión. Para evitar ser reconocidas como religiosas, habían comenzado a maquillarse. Llegó un momento en que, según relata la hermana Asunción, habían caído en un estado de miedo y de tibieza espiritual. Recuerda una charla que Escrivá les dio: “Me llamó poderosamente la atención cómo don Josemaría empleaba el plural, poniéndose siempre por delante. Decía: ‘Somos cobardes, nos da miedo dar la cara por Dios’. Me impresionó el modo de dirigir la plática: no era una predicación, se trataba de la oración personal de un santo, hecha en voz alta. Creo que todas –pero al menos yo- salimos de esa meditación confirmadas en la vocación, con hambre de entrega”[3].

Hacia el final de septiembre de 1937, Escrivá predicó un retiro en Madrid a un pequeño grupo. Entre los asistentes, además de Zorzano, estaban Albareda, un profesor de instituto de Madrid, a quien Zorzano visitaba regularmente y que se había unido al Opus Dei poco antes, y Tomás Alvira, a quien Escrivá conoció en el piso de Albareda en el mes de julio durante una de sus breves escapadas a la ciudad desde la legación. Alvira describe así el retiro: “La reunión prolongada de un grupo de personas podía infundir sospechas (…). En Madrid, cada casa tenía su correspondiente control. Por eso, íbamos por separado al lugar de reunión, allí acudía el Padre, que nos daba una meditación y salíamos, también por separado. Por la calle, seguíamos meditando, rezando el Rosario, etc.

Después no reuníamos en otra casa, en la cual vivía otro del grupo, y teníamos la siguiente meditación. Los Ejercicios duraron tres días, y se comprende que durante ellos hubo una gran exposición. El último día celebro el Padre el Santo Sacrificio en la casa donde yo vivía (…), sobre una mesa, con un vaso y sin ornamentos”[4].

La disminución de la persecución religiosa en la zona republicana hizo que mejoraran las desesperadas condiciones del año anterior, pero era todavía imposible cualquier manifestación pública de religiosidad. Incluso, hacer apostolado personal implicaba grandes riesgos. Sacar adelante el apostolado de la Obra sería mucho más fácil en la zona nacional. Cruzar de una zona a otra era una empresa peligrosa, pero Escrivá y los demás miembros de la Obra asumirían el riesgo si había una razonable esperanza de éxito.

Albareda supo que su hermano y su cuñada habían conseguido llegar a Francia desde Barcelona, cruzando los Pirineos. Fueron ayudados por gente que conocía bien los montes, ya que eran contrabandistas en tiempos de paz y en la guerra se ganaban la vida conduciendo a fugitivos al otro lado de la frontera. Una vez en Francia no tuvieron dificultad para entrar en la zona nacional por Irún. Albareda pasó esta información a Zorzano, quien, a pesar de los malogrados intentos anteriores, se entusiasmó con esta nueva posibilidad. Así se abrió un nuevo capítulo de la historia del Opus Dei, un capítulo marcado por grandes peligros y privaciones.

[1] Ibid. pág. p. 229

[2] AGP P03 1981 p. 370

[3] Ibid. p. 372-373

[4] Ibid. p. 375-376

De la insurrección militar al Movimiento Nacional

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Pocos días después del alzamiento, el general Mola estableció una junta militar de defensa nacional de siete miembros. Sanjurjo, el general insurrecto de mayor rango, iba a ponerse a la cabeza del golpe, pero falleció en un accidente de aviación camino de España. La presidencia, más bien honoraria, recayó en el siguiente general en graduación: Cabanellas, un masón de cierta edad y bien conocido liberal que había sido diputado.

En un primer momento, la insurrección militar carecía de un programa político bien definido. El único punto claro era restablecer la ley y el orden bajo un gobierno militar. Excepto en Navarra, con una notable presencia carlista, parece que los nacionales no pensaban en restaurar la monarquía. La Falange todavía tenía poco poder e influencia. De hecho, las primeras proclamas nacionales terminaban con un “¡Viva la República!”, aunque la república que los rebeldes tenían en mente era bien distinta de la establecida por la Constitución de 1931.

Los líderes nacionales no sólo carecían de un plan político claro: tampoco se habían marcado unos objetivos ideológicos y culturales. Obedecían más a un estímulo contrarrevolucinario, al rechazo de la democracia liberal y al deseo de restaurar valores tradicionales. Durante la Guerra Civil, los nacionales utilizaron estos lemas para apoyar emocional e ideológicamente su causa.

El renacer religioso tuvo un lugar de primer orden en la batalla ideológica, aunque los líderes de la insurrección militar no lo contemplaban en sus planes iniciales. En sus primeras proclamas no se refirieron a la defensa de la Iglesia o de la religión. Por ejemplo, el general Mola declaró que la Iglesia y el Estado debían separarse por el bien de ambas instituciones. El mismo Franco, en octubre de 1936, afirmó que el Estado no sería confesional. Los falangistas deseaban que hubiera buenas relaciones entre la Iglesia y el Estado, pero querían una separación clara entre ambos. Por otra parte, el primer jefe de la Junta de Defensa Nacional, el general Cabanellas, era masón y favorable al Partido Radical, bien conocido por su anticlericalismo.

Es cierto que los insurrectos no se levantaron por motivos religiosos, pero la persecución religiosa en la zona republicana hizo que la inmensa mayoría de los católicos practicantes abrazara la causa nacional. Los obispos empezaron siendo cautos en sus declaraciones. El Papa Pío XI estaba bien dispuesto hacia quienes defendieron a la Iglesia de una de las más crueles persecuciones que jamás había sufrido, pero era reacio a tomar partido oficialmente. En una audiencia privada en septiembre de 1936, habló de mártires para referirse a las víctimas de la persecución religiosa y bendijo a quienes luchaban en defensa de la religión. Se centró claramente en los aspectos religiosos del conflicto español, “por encima de consideraciones políticas y mundanas”; y, apelando a la compasión y a la misericordia, advirtió del peligro de excesos que serían injustificables. La censura de prensa en la zona nacional suprimió parte del texto antes de permitir que se publicara.

Tampoco la jerarquía española hizo al principio una declaración colectiva a favor del levantamiento. Sin embargo, en otoño de 1936, varios obispos, entre los que destacaba Gomá, cardenal primado de Toledo, se sumaron abiertamente a la causa nacional. En su carta pastoral de noviembre de 1936, Gomá describió el conflicto como una guerra guiada por el espíritu cristiano y español.

Si bien es cierto que a la mayoría de los sublevados les movía la causa de la ley y el orden más que la religión o la ideología, también lo es que pronto vieron en estas últimas fuentes de apoyo popular. Así, a mediados de agosto de 1936 Mola prometió levantar la cruz sobre el nuevo estado.

La única excepción significativa se dio en el País Vasco. Allí, muchos católicos practicantes -también sacerdotes- se decantaron por la República. A pesar de que bastantes de ellos eran tradicionalistas y de que se podía esperar que las razones religiosas les llevasen a decantarse por el bando nacional, las aspiraciones autonomistas pesaron más que las consideraciones de otro tipo. El Partido Nacionalista Vasco se unió al gobierno de Largo Caballero en septiembre de 1936 a cambio del estatuto de autonomía. Los nacionales reaccionaron expulsando al obispo de Vitoria: aunque era sabido que apoyaba su causa, le echaron en cara no haber mantenido la disciplina entre los clérigos de su diócesis partidarios de los republicanos. En octubre de 1936, los nacionales ejecutaron a 12 sacerdotes vascos por crímenes políticos. Durante la Guerra, los nacionales ejecutaron en total a 14 sacerdotes vascos y los republicanos a 58.

Fue en agosto de 1936 cuando los insurrectos empezaron a llamar “nacional” a su movimiento, aunque la mayoría de sus jefes mostraban muy poco o nulo entusiasmo por las doctrinas de la Falange, el Partido Nacional Socialista o de otros movimientos nacionalistas radicales de Europa. Como se ha dicho, su intención era instaurar un gobierno militar hasta el fin de la guerra, sin unos planes claros a largo plazo que fueran más allá de un vago autoritarismo conservador.

Los nacionales encontraron una significativa oposición civil, también en las provincias del norte en las que el levantamiento triunfó y gozó del apoyo de la mayoría. En las zonas más deprimidas del sur y sudeste, que los nacionales conquistaron en los primeros meses de la guerra, una parte importante de la población estaba profundamente en contra.

En ambos bandos hubo una gran represión. Es difícil que los historiadores lleguen a un acuerdo sobre el número de ejecuciones, pero sí queda claro que murió un gran número de civiles y que los excesos fueron abundantes en uno y otro adversario. La dureza de la represión practicada obedecía, en parte, a la necesidad de pacificar las zonas donde pudiera haber resistencia civil. Además, en muchos casos los intensos conflictos ideológicos de los años precedentes sirvieron para demonizar al enemigo y justificar mentalmente la adopción de medidas extremadamente crueles. Todo ello, unido al horror de la persecución religiosa en la zona republicana, ayuda a explicar el silencio de parte de la jerarquía de la Iglesia ante los excesos de los nacionales. Los obispos y los sacerdotes intervinieron frecuentemente a favor de víctimas individuales de la represión nacional. Aunque por regla general no se pronunciaron públicamente, sí lo hizo el obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea, quien en noviembre de 1936 lanzó una apasionada petición de compasión y misericordia: “Ni una gota de sangre y venganza”.

Revolución y violencia anticlerical en la España republicana

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El levantamiento nacional, y la reacción del Gobierno, desencadenaron la revolución popular, a pesar de que era precisamente lo que se intentaba evitar. La decisión de Giral de armar a las milicias socialistas y anarquistas impidió, en parte, una victoria nacional rápida, pero llevó a un colapso casi completo del gobierno.

El Gobierno sólo pudo mantener un cierto control en Madrid, aunque incluso allí se hacía caso omiso de sus órdenes la mayoría de las veces. Las milicias y tribunales populares se hicieron rápidamente con el control de las ciudades, pueblos y aldeas de la zona republicana. La legalidad en la República se desmoronó: se había producido una revolución proletaria en toda regla. En palabras de Dolores Ibarruri, la Pasionaria, todo el aparato del estado fue destruido y el poder del estado estaba en la calle.

El Gobierno legalmente constituido fue incapaz de controlar la situación en la zona republicana hasta varios meses después. Al principio de la guerra, los órganos revolucionarios, cuya composición variaba de provincia en provincia, tenían mucho más poder que el gobierno central. De hecho, la España republicana se convirtió en una confederación de regiones, gobernadas por juntas populares de distinto tipo.

El desmoronamiento del gobierno republicano fue acompañado por una escalada de terror. No sólo se organizaron milicias revolucionarias que imponían su ley en la calle, sino que en muchos casos, como por ejemplo en Madrid, fueron las mismas fuerzas del orden las responsables de numerosas matanzas.

Buena parte del terror revolucionario se dirigió contra la Iglesia, los sacerdotes y los religiosos. Entre el 18 y el 31 de julio, fueron asesinados en Madrid cincuenta presbíteros y se quemaron o saquearon un tercio de las 150 iglesias de la capital. La violencia anticatólica prosiguió ininterrumpidamente durante el mes de agosto en gran parte de la zona republicana, en la que murieron más de 2000 sacerdotes y religiosos. La persecución religiosa disminuyó gradualmente a partir de septiembre, pero los asesinatos de sacerdotes, religiosos y laicos católicos continuaron hasta el final de la guerra. Al término de la contienda, habían muerto doce obispos, más de 4000 sacerdotes diocesanos –uno de cada siete- y más de 2500 religiosos –uno de cada cinco-. En la diócesis natal de Escrivá, Barbastro, fueron asesinados 123 de los 140 sacerdotes. No es posible decir cuántos seglares fueron asesinados por ser conocidos como católicos, pero el número fue alto. Muchas de las víctimas fueron condenadas en juicios sumarísimos ante tribunales populares, constituidos por anarquistas, socialistas, comunistas y demás izquierda radical. Hubo numerosos linchamientos.

El terror del verano fue acompañado por una revolución económica. Las milicias obreras y sindicales se hicieron con el control de las fábricas y de los recursos. En Madrid y sus alrededores, el Gobierno dirigió un tercio de la industria hacia la producción bélica. En el campo, los sindicatos socialistas y anarquistas confiscaron muchos latifundios. A pesar del cambio de dueños, los campesinos seguían trabajando la tierra en las mismas condiciones que antes. En el este de España, se formaron cientos de colectividades agrarias, cada una con una configuración distinta.

2. Algunos textos sobre el Fundador del Opus Dei

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Capítulo del documento “Textos y referencias bibliográficas de San Josemaría sobre el nazismo, el fascismo y el pensamiento totalitario”

Pedro Casciaro, hijo del Presidente del Frente Popular de Albacete, acompañó a San Josemaría durante parte de la guerra y la inmediata posguerra, y ha dejado escrito en su libro de recuerdos “Soñad y os quedareis cortos”, Madrid, Rialp:

“Apenas llegamos a Fuenterrabía -donde, por nuestra condición de evadidos, nos obligaron a hacer múltiples declaraciones-, el Padre trató de comunicarse por teléfono con el Obispo Administrador Apostólico de Vitoria, Mons. Javier Lauzurica, pero no lo encontró porque estaba de viaje en Roma. Habló entonces con Mons. Marcelino Olaechea, el Obispo de Pamplona, que nos avaló ante las autoridades civiles, evitándonos muchos trámites.

Antes de proseguir este relato quiero hacer una aclaración para que se entienda bien lo que viene a continuación: eran tiempos de guerra y los ánimos estaban muy exaltados; las opiniones, sobre todo en el terreno político, se defendían con ardor y pasión. Los que se habían escapado de la “otra zona” caían con frecuencia en un revanchismo exacerbado, explicable por las víctimas que habían tenido en su familia o por las penalidades que habían sufrido. Sin embargo, jamás, en medio de este ambiente, vi ni oí en el Padre expresión alguna que no fuera serena, prudente y caritativa con todos. Y de los que entonces estuvimos más cerca de él, quizá pocos podrían estar tan sensibilizados como yo, a causa de mi compleja situación familiar.

Un comentario hiriente, un gesto de desprecio, una alusión… yo lo hubiese detectado enseguida; pero nunca lo dijo. El Padre nunca hablaba de política: quería y rezaba por la paz y por la libertad de las conciencias; deseaba, con su corazón grande y abierto a todos, que todos volvieran y se acercaran a Dios. Y sufría cuando escuchaba una valoración exclusivamente política de aquellos sucesos, olvidando la cruenta persecución religiosa y los numerosos sacrilegios que se estaban cometiendo.

Eso explica que apenas llegamos a Fuenterrabía el Padre me pidiese que dejara una relación escrita en la Oficina de Información, haciendo constar los esfuerzos que había hecho mi padre, a veces con éxito, para salvar muchas vidas y evitar sacrilegios. Valiéndose de su cargo de Director provincial de Monumentos Históricos y Artísticos, mi padre había logrado esconder en unos almacenes en Albacete y en un sótano del pueblo de Fuensanta, ignorados por las masas, muchos vasos sagrados, custodias, imágenes religiosas, etc. Es justo -me dijo el Padre- que el día de mañana se sepa el bien que ha hecho tanta gente buena, independientemente de las opiniones políticas que hayan podido tener.

Estas palabras ponen de manifiesto su grandeza de alma. Nunca formuló una acusación para nadie: cuando no podía alabar, callaba. Jamás tuvo una expresión de rencor. Y en aquella época no era tarea fácil unir el amor a la justicia con la caridad; pero el Padre supo hacerlo admirablemente.

Otro rasgo característico de aquel momento histórico es que mucha gente hablaba de sí misma en un tono heroico y grandilocuente: se puso tan de moda el contarse unos a otros sus penalidades pasadas, que llegó a acuñarse esta frase: “no me cuente usted su caso, por favor”. Por contraste, el Padre, que tenía tantas penalidades que relatar, no lo hizo nunca. Tampoco buscó un acomodo oficial. Hizo lo de siempre: trabajar, callar, rezar, y procurar pasar inadvertido.

Nos recomendó, en medio de aquel clima exaltado, que nunca tuviéramos odio en el corazón y que perdonáramos siempre. Hay que situarse en aquellos momentos para entender lo que significaban estas palabras en toda su radicalidad: estaba teniendo lugar la mayor persecución sufrida por la Iglesia en España, en la cual murieron casi siete mil eclesiásticos y numerosos católicos a causa de su fe.

Algunos de los que habían perdido la vida en aquel conflicto a causa de su fe eran muy amigos del Padre, como don Pedro Poveda, Fundador de la Institución Teresiana, hoy también en los altares; o don Lino Vea-Murguía, al que detuvieron el 16 de agosto del 36 y abandonaron muerto, tras asesinarlo, junto a la tapia del Cementerio del Este. Habían asesinado también a muchos sacerdotes conocidos suyos; entre ellos, a su padrino de bautismo. Era viudo -comentaría el Padre años más tarde, evocando su figura, a raíz de la pregunta de una mujer que había sufrido una cruel persecución en su país-, y más tarde se hizo sacerdote. Lo martirizaron cuando tenía sesenta y tres años. Yo me llamo Mariano por él. Y a la monjita que me enseñó las primeras letras en el colegio -era amiga de mi madre antes de hacerse monja- la asesinaron en Valencia. Esto no me horroriza, me llena de lágrimas el corazón… Están equivocados. No han sabido amar.

He recordado todas estas cosas para consolarte, hija mía, concluyó diciendo el Padre a esta mujer; no por hablar de política, porque yo de política no entiendo, ni hablo, ni hablaré mientras el Señor me deje en este mundo, pues ése no es mi oficio. Pero di a los tuyos, de mi parte, que se unan a ti y a mí para perdonar.

El Padre supo perdonar; y nos enseñó a perdonar siempre”.

Antonio Rodríguez Pedrazuela relata en “Un mar sin orillas. El trabajo apostólico del Opus Dei en Centroamérica”, Madrid, Rialp:

Durante las tertulias, ya lo he dicho, se hablaba de todo; se gastaban bromas, se contaban chistes, se relataban anécdotas de la vida universitaria…

-Pues me han dicho que esta mañana -dijo un día uno- unos activistas han asaltado un templo protestante, han roto las puertas y no han dejado un cristal sano…

El suceso, que fue comentado por la prensa internacional, se consideró, por cierto sector de la opinión pública española, más que como un acto vandálico de intolerancia religiosa, como un acto virtuoso de afirmación católico-patriótica. Al escuchar aquello, el Padre se puso serio. Pocas veces le he vi hablar con el rostro tan severo y de un modo tan enérgico:

-¡No, hijos míos, no! ¡Violencia no! ¡Violencia nunca! ¡No me parece apta ni para convencer ni para vencer!

Y nos pidió que rezáramos por aquellas personas, como desagravio.

“Caridad siempre, con todos -escribió años después-. No podemos colocar el error en el mismo plano de la verdad, pero -siempre guardando el orden de esta virtud cristiana: de la caridad- debemos acoger con especial comprensión a los que están en el error”. Y explicaba: “El error se combate con la oración, con la gracia de Dios, con razonamientos desapasionados, ¡estudiando y haciendo estudiar!, y, repito, con la caridad. Por eso, cuando alguno intentara maltratar a los equivocados, estad seguros de que sentiré el impulso interior de ponerme junto a ellos, para seguir por amor de Dios la suerte que ellos sigan”.

“Convivid, disculpad, perdonad”, aconsejaba. Ahora nos hemos acostumbrado a estos términos: “tolerancia”, “comprensión”, “ecumenismo”…; pero a finales de los años cuarenta, en España, pocos eclesiásticos se expresaban públicamente así; yo por lo menos, no había oído hablar a ninguno con tanta fuerza sobre la libertad religiosa.

El Padre amaba la libertad: no era “una frase”, “una pose”, “un gesto”; la amaba a fondo, es decir, con sus riesgos y consecuencias; y nos transmitía su afán por llevar a Cristo a todas las almas, con pleno respeto a la libertad de las conciencias. Era un impulso alegre, decidido -¡patos al agua!-, comprensivo, abierto: “¡no seáis -decía- anti-nada ni anti-nadie!”

Escrivá y Jiménez Vargas dejan la legación.

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Cuando Escrivá y los demás se refugiaron en la legación, parecía que el cónsul podría evacuar a todos los refugiados. Pasado algún tiempo, se frustraron esas esperanzas. Por ejemplo, cuando a comienzos de junio el cónsul viajó a Valencia para hacer gestiones, Zorzano escribió en su diario: «Quizás saldrán la semana próxima. Esta vez creo que es la definitiva». Sin embargo, el cónsul regresó de Valencia con las manos vacías, tal y como había sucedido ya varias veces antes.

Mientras tanto, Zorzano hacía gestiones similares en otras embajadas a pesar del riesgo personal que entrañaba. Estuvo en las de Checoslovaquia, Chile, Panamá y Turquía, pero todo sin resultados.

A mitad del verano de 1937, parecía claro que no se llegaría a un rápido final del conflicto. Escrivá estaba deseoso de dejar la legación y buscar una situación de libertad para ejercer su ministerio sacerdotal y desarrollar el Opus Dei. Los miembros de la Obra le urgían para que dejase Madrid y la zona controlada por la República, donde había persecución religiosa, y cruzase al territorio controlado por los nacionales. Escrivá comprendía la conveniencia de pasar a la zona nacional, pero le pesaba mucho dejar a su familia y a miembros de la Obra en Madrid. En cualquier caso, en aquel momento no había posibilidades reales de cruzar a la zona nacional, aunque lo quisiera hacer.

Por otro lado, las noticias que le llegaban, sugerían que a lo mejor era posible sacar adelante su ministerio sacerdotal y el apostolado del Opus Dei en Madrid, sin estar exento de peligro. Lo peor de la persecución religiosa en la zona Republicana parecía haber pasado ya. Las iglesias seguían cerradas y la actividad religiosa estaba todavía prohibida, pero, al menos, el gobierno republicano había parado parcialmente a los elementos incontrolados, responsables de la mayor parte de los asesinatos de sacerdotes en los primeros meses de la guerra. Desde luego, no podía actuar públicamente como sacerdote, pero, con la debida precaución, sería posible ejercer su ministerio secretamente a favor de mucha gente de Madrid que llevaba un año privada de los sacramentos.

Al comenzar el verano de 1937, Escrivá empezó a salir a la calle para hacerse las fotografías necesarias para los documentos de identidad –falsos, por supuesto–, investigar vías de escape de la zona republicana y ejercer, de un modo limitado, su ministerio sacerdotal. Mientras tanto, Zorzano arregló las cosas para que el hermano menor de Escrivá, Santiago, pudiese reunirse con su madre.

A final de agosto, el cónsul de Honduras entregó a Escrivá unos documentos que le acreditaban como empleado de la legación y una pequeña bandera del país para que la llevara sujeta en la solapa. Pertrechado con estos documentos, que él describió como «más falsos que Judas», abandonó el consulado el 31 de agosto de 1937 y se trasladó a una pensión. Pocos días después, el 4 de septiembre, recomendado por el cónsul de Honduras, Jimenez Vargas consiguió unos documentos similares del consulado de Panamá y se reunió con Escrivá en la pensión. En caso de ser arrestados e interrogados, de poco les servirían los documentos, pero sí ayudarían a salir del paso en caso de que les pararan por la calle.

Del Portillo, Alastrué y González Barredo permanecieron en la legación porque, en cualquier caso, corrían mucho peligro en Madrid. González Barredo era bien conocido como un profesor católico y del Portillo y Alastrué eran buscados por prófugos.

Escrivá y Jiménez Vargas de vez en cuando cenaban con Zorzano, y después tenían una larga tertulia. En ocasiones se les unían otros. Por ejemplo, Calvo Serer, que se alistó en el ejército republicano durante el verano de 1937 y había sido asignado a las Brigadas Internacionales, estuvo en Madrid dos días a final de agosto o principio de septiembre. Hernández de Garnica, que había sido liberado de la prisión en Valencia, también pasó algún tiempo en Madrid antes de ser llamado a filas por el ejército republicano y destinado a Andalucía. Zorzano describe la conversación en una de aquellas tertulias. “Empezamos a soñar —escribe Isidoro— lo que serán realidades dentro de un par de años; pasamos revista a las principales universidades del mundo y dejamos volar un poco la imaginación”[1]. Incluso se reían sobre lo delgados que estaban. Ninguno pasaba de los 45 kilos.

Mientras buscaban la forma de pasar a la zona nacional, Escrivá se movía por Madrid, vestía traje y corbata y llevaba la bandera de Honduras cuidadosamente prendida en su solapa. A menudo oía confesiones en la calle, caminando arriba y abajo por la acera. Decía la Misa y predicaba meditaciones a pequeños grupos en casas de amigos. Llevaba el Santísimo Sacramento consigo, dentro de una pitillera que guardaba en una pequeña bolsa con la bandera y el sello del Consulado de Honduras, para distribuir la Sagrada Comunión a más gente.

A pesar de que lo peor de la persecución ya había pasado, administrar los sacramentos y ejercer el ministerio sacerdotal en Madrid seguía siendo muy peligroso. Un día en que Escrivá llegaba a un edificio donde planeaba decir la Misa, una señora le saludó en alta voz:

“ -¡Qué alegría verte!

Luego, apartándose de aquel lugar, le explicó en voz baja:

-Perdón, don Josemaría, pero ¿va a decir Misa allá?

-Sí

-Pues en este momento están registrando todo. Si va usted, le cogen y le matan”[2].

Escrivá tomó todas las precauciones que pudo para evitar ser detenido. Un día, por ejemplo, un amigo le pidió que bautizase a la hija de un vecino. Quedaron a las 7 de la tarde en la clínica, donde madre e hija estaban todavía recuperándose. Sin pensar en el riesgo que se corría reuniendo a un grupo de gente, el padre de la niña invitó a sus suegros y a varios amigos a asistir al bautismo, pero Escrivá llegó a las 5 de la tarde, bautizó a la niña y se fue antes de que llegasen los invitados.

Además, Escrivá atendió espiritualmente a miembros de órdenes religiosas que estaban ocultos en Madrid. La hermana Ascensión Quiroga y otras monjas vivían en una pensión. Para evitar ser reconocidas como religiosas, habían comenzado a maquillarse. Llegó un momento en que, según relata la hermana Asunción, habían caído en un estado de miedo y de tibieza espiritual. Recuerda una charla que Escrivá les dio: “Me llamó poderosamente la atención cómo don Josemaría empleaba el plural, poniéndose siempre por delante. Decía: ‘Somos cobardes, nos da miedo dar la cara por Dios’. Me impresionó el modo de dirigir la plática: no era una predicación, se trataba de la oración personal de un santo, hecha en voz alta. Creo que todas –pero al menos yo- salimos de esa meditación confirmadas en la vocación, con hambre de entrega”[3].

Hacia el final de septiembre de 1937, Escrivá predicó un retiro en Madrid a un pequeño grupo. Entre los asistentes, además de Zorzano, estaban Albareda, un profesor de instituto de Madrid, a quien Zorzano visitaba regularmente y que se había unido al Opus Dei poco antes, y Tomás Alvira, a quien Escrivá conoció en el piso de Albareda en el mes de julio durante una de sus breves escapadas a la ciudad desde la legación. Alvira describe así el retiro: “La reunión prolongada de un grupo de personas podía infundir sospechas (…). En Madrid, cada casa tenía su correspondiente control. Por eso, íbamos por separado al lugar de reunión, allí acudía el Padre, que nos daba una meditación y salíamos, también por separado. Por la calle, seguíamos meditando, rezando el Rosario, etc.

Después no reuníamos en otra casa, en la cual vivía otro del grupo, y teníamos la siguiente meditación. Los Ejercicios duraron tres días, y se comprende que durante ellos hubo una gran exposición. El último día celebro el Padre el Santo Sacrificio en la casa donde yo vivía (…), sobre una mesa, con un vaso y sin ornamentos”[4].

La disminución de la persecución religiosa en la zona republicana hizo que mejoraran las desesperadas condiciones del año anterior, pero era todavía imposible cualquier manifestación pública de religiosidad. Incluso, hacer apostolado personal implicaba grandes riesgos. Sacar adelante el apostolado de la Obra sería mucho más fácil en la zona nacional. Cruzar de una zona a otra era una empresa peligrosa, pero Escrivá y los demás miembros de la Obra asumirían el riesgo si había una razonable esperanza de éxito.

Albareda supo que su hermano y su cuñada habían conseguido llegar a Francia desde Barcelona, cruzando los Pirineos. Fueron ayudados por gente que conocía bien los montes, ya que eran contrabandistas en tiempos de paz y en la guerra se ganaban la vida conduciendo a fugitivos al otro lado de la frontera. Una vez en Francia no tuvieron dificultad para entrar en la zona nacional por Irún. Albareda pasó esta información a Zorzano, quien, a pesar de los malogrados intentos anteriores, se entusiasmó con esta nueva posibilidad. Así se abrió un nuevo capítulo de la historia del Opus Dei, un capítulo marcado por grandes peligros y privaciones.

[1] Ibid. pág. p. 229

[2] AGP P03 1981 p. 370

[3] Ibid. p. 372-373

[4] Ibid. p. 375-376

El gobierno Giral y la revolución

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Giral estaba entre la espada y la pared. Necesitaba restaurar la autoridad del Gobierno, pero también mantener el apoyo de la izquierda radical de la que dependía. En privado, mostraba su desacuerdo con las matanzas y la violencia que reinaba en la zona republicana, pero temía condenarlas públicamente por miedo a perder el apoyo de socialistas, anarquistas y comunistas.

Además de no condenar el terror reinante, el gobierno Giral tomó algunas medidas que podrían ser percibidas como una convalidación de los ataques a la Iglesia. El 27 de julio de 1936, por ejemplo, ordenó la ocupación inmediata de todos los edificios que habían sido utilizados por órdenes y congregaciones religiosas con fines educativos. El 11 de agosto de 1936 decretó el cierre de todos los establecimientos religiosos cuyos propietarios hubieran favorecido directa o indirectamente el levantamiento militar. Cierto es que no se aprobaba explícitamente la persecución religiosa, pero estaba claro que no se ponía ningún interés en defender a la Iglesia y a los católicos de los ataques que estaban sufriendo.

El gobierno tampoco controlaba enteramente el Ejército. Una gran parte del ejército regular no se había unido a la insurrección, pero fueron las milicias socialistas, anarquistas y comunistas las principales protagonistas del esfuerzo militar republicano. Muchos oficiales profesionales apoyaban a la República y estaban dispuestos a servirla, pero la desconfianza política reinante impidió que el gobierno republicano hiciera de ellos un uso eficaz. Así, las milicias populares no tuvieron el entrenamiento, la organización y el liderazgo que necesitaban. No eran capaces de vencer en el campo de batalla a las unidades del ejército nacional –aunque más pequeñas, mejor organizadas y dirigidas- que se acercaba cada vez más a Madrid. Las milicias comunistas eran superiores en orden y disciplina a las socialistas y anarquistas, pero, en campo abierto, también carecieron de la destreza del ejército regular mandado por oficiales formados. Además de las deficiencias señaladas en las fuerzas republicanas, lo más grave fue su falta de coordinación e incapacidad de poner en práctica planes estratégicos. A pesar de todo, el gobierno Giral no se atrevió a reorganizar las fuerzas armadas de manera más ortodoxa porque los anarquistas y muchos socialistas rechazaban la disciplina militar.

La revolución económica en el campo presentó un dilema similar. Muchos agricultores que apoyaban a la República se aferraban a sus pequeñas propiedades, aún cuando fueran económicamente ineficientes. Por otra parte, los campesinos no propietarios del sur, que constituían buena parte del apoyo rural a la República, exigían una reforma agraria radical, no contentos con las medidas de Giral que autorizaban la toma de tierras “abandonadas” por sus propietarios y la adquisición del título legal de las propiedades por parte de arrendatarios de muchos años.


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