Amigo de la libertad

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Testimonio de Manuel Aznar, periodista
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

¡Hace ya tantos años! Apenas alboreaba la Segunda República cuando conocí a don Josemaría Escrivá de Balaguer. Él iría a cum­plir entonces los treinta años de edad. El Opus Dei era algo así como una criatura en la cuna. Acababa de ser fundado. Mi amistad con el fundador vino a través de la familia del Portillo, emparentada con la de un amigo burgalés de mucha distinción Luis García Lozano, ¡larga vida le dé Dios! y con la del inolvidable doctor José María Pardo Urdapilleta. Los Portillo que yo conocí fueron tres: un médico, un capitán de la Legión y un ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Este último se llama Alvaro. Es, desde hace muchos años, sacerdote, doctor en Derecho Canónico, doctor en Filosofía y Letras, agudo y penetrante en sabidurías eclesiásticas, secretario general del Opus Dei, colaborador de Monseñor Escrivá de Balaguer, desde el primer día.

Ya en aquel tiempo que ahora rememoro, el joven sacerdote aragonés no soñaba sino con el apasionado servicio de Dios y con el cuidado de las almas. Andando los años, esos dos anhelos supre­mos, Dios como última razón de nuestro ser, de nuestro existir, y la limpia dignidad del alma humana como ideal que todos debía­mos servir íntegramente a lo largo de nuestra vida, fueron, sin un minuto de interrupción, su porte, su fe, su esperanza y su caridad.

Un día le dije: «Aun en las fundaciones religiosas más egregias suelen correr los fundadores el peligro de caer en pecado de sober­bia. Y en las hagiografías leemos que tienen que librar luchas enco­nadas contra esa tentación. Tú pareces libre de tan airado sentimiento ».

Me contestó: « ¿Yo? ¿Cómo quieres que me tiente el orgullo? ¿Por qué? Soy un pobre cura; casi un cura de pueblo; un sacerdote de la Iglesia de Dios, siervo de todos los demás; y mi refugio de salvación, mi deber más inmediato, debe ser la humildad. No quiero sino ayudar por los caminos del espíritu a la libertad y a la dignidad del hombre. Ese es mi sueño».

Pasaron varios lustros. Fuimos un día Ramón Matoses y yo a verle y a escucharle en su residencia romana de la Vía Bruno Buozzi, 73 y 75. Ramón Matoses, nuestro gran agregado comercial en Roma, le trataba y le quena como a un hermano.

–Ha pasado mucho tiempo –le comenté yo– desde que comen­tábamos en mi casa de Madrid tu entonces reciente fundación del Opus Dei. ¿Te acuerdas de lo que dijimos apropósito del pecado de soberbia que acecha a los fundadores? Ahora que tu obra es una realidad poderosa, y hablas desde Roma a miles y miles de dis­cípulos, ¿sigues viéndote a ti mismo como un cura de pueblo, como un pobre sacerdote que no quiere sino trabajar fraternalmente por la libertad y la dignidad del hombre al servicio de Dios?

Me dijo: «Dios es tan generoso conmigo que me libra constan­temente de la terrible tentación de la soberbia. Mira todo lo que ves alrededor de nosotros: fotografías de mis padres, algún recuerdo familiar, ecos primarios de mi niñez y de mi juventud, intimidad sin ningún propósito de resplandor, memorias de algunos colabo­radores de las horas iniciales; ya ves, nada; infancia; imágenes de mi tierra natal. Nada más. Este es el mundo de mi pequeñez per­sonal. Y sobre este no ser nada, sino una fuerte voluntad, levanto cada día mis esfuerzos, mis esperanzadas empresas espirituales, mi lucha por un mundo de hombres libres en la libertad de Dios».

Ramón Matoses y yo le escuchábamos con atención sostenida. Una sentencia latina subrayó la explicación: «In superbia initium sumpsit omnis perditio». («En la soberbia tiene su comienzo toda perdición»).

Jamás, en nuestro largo trato de amigos, me pidió, ni siquiera me indicó, ni aun me sugirió con alguna alusión lejana, que me incorporase a la Obra. Hablábamos de todo, menos de eso y de política. En los años de la República, no recuerdo que sacase a cola­ción en nuestros diálogos el tema de las muchas conturbaciones que se abatían sobre el país, para aflicción incluso y para duelo de muchos republicanos. Si yo me refería en algún instante a los azares y sobresaltos de la vida nacional, él escuchaba; pero, tan pronto como le era posible, tornaba a sus preocupaciones, y recaíamos nue­vamente en esclarecimientos del orden espiritual.

Sólo una vez –lo recuerdo muy bien– quiso saber mi opinión acerca del interés que pudiese tener la creación de determinados órganos de expresión periodística. ¿Valía la pena lanzarse a ello? ¿Era aconsejable? ¿No serían mayores los dañosos inconvenientes que los posibles provechos?

No tuve más remedio que responderle: «Mi contestación y mi consejo –si consejo solicitares de mí– carecerían de sentido mien­tras no me expliques seriamente qué es lo que quieres decirle al pueblo español, cuál es el contenido real de tu mensaje…»

Me interrumpió sin tardanza: «No se trata del pueblo español, únicamente. No he fundado una Obra española y para españoles, sino una asociación internacional, o si prefieres, universal, que se difundirá mundo adelante y dará sus frutos en todos los Con­tinentes…».

Yo insistí: –Mi observación es válida para lo español y para lo universal. ¿Fundar revistas? ¿Diarios? Y ¿para qué? ¿Qué te pro pones hacer con éstos y con aquéllas? ¿Qué voz deseas hacer llegar, y qué doctrina, a los posibles lectores? Contar con órganos de infor­mación por el mero gusto de poseerlos, o por externas razones de vanidad, o por afán de conquistar pequeñas posiciones triviales e interesadas, según acontece con la generalidad de los politicantes profesionales, no tiene la menor importancia; no cumple ninguna finalidad seria, no es cosa de monta suficiente como para que te entregues a ello; no pasaría de ser una triste frivolidad. Esforzarse en las tareas de un periodismo muy acendrado, hondo, alto, limpio, sacrificado, para servir un pensamiento libertador, para apoyar una misión trascendente, según dices que es tu propósito esencial, puede equivaler a un designio interesante. Pero avanza con tiento. El periodismo puede ser, y de hecho es, algo así como un campo de minas.

–No quiero nada –comentó- que no ayude a proclamar como ideal primero la libertad de la persona humana en las tres virtudes teologales.

–Entonces –terminé– date a ti mismo la segundad de lo que deseas hacer; y cuando lo hayas definido sin vacilación posible, cuando tengas la certidumbre de lo que quieres decir, piensa en la aventura, siempre rodeada de peligros y de equívocos, del periodismo como instrumento de comunicación.

El apostilló: Sé lo que quiero decir y hacer. Y todos lo sabrán pronto igual que yo». (Era en los años iniciales de la fundación.)

Otra vez (también se hallaba presente el querido Ramón Matoses en esta conversación) como me invitara a decirle mi leal parecer sobre las actividades del Opus Dei, me permití exponerle:

-Creo que eres un personaje casi desconocido. Probablemente hay discípulos tuyos que no han llegado todavía a interpretar bien tu pensamiento y tu voluntad. Según declaras, no debe el hombre evadir ninguna de las honestas realidades diarias, porque en medio de las actividades vulgares de cada día y de cada hora se puede cumplir la voluntad de Dios. Algo de esto sostenía Santa Teresa de Jesús, y luego se quejaba de que no todas sus monjas la habían entendido bien. Se trataba de criaturas sujetas a soledad, cilicio y disciplina clausural… Imagina los problemas que a tu obrase le han de presentar tratándose de discípulos que viven en el Centro de las pasiones del mundo, y son como arboladuras sacudidas por la tor­menta. ¡La santidad, o el anhelo de santidad en el libre juego y rejue­go de las tempestuosas luchas humanas…! ¡Es extraordinario lo que propones a quienes te siguen!

–Pues así ha de ser; y no de otro modo.

–Por eso corres el riesgo de parecer ahora mismo, y continuar pareciendo durante mucho tiempo, una personalidad desconocida, un ignorado por deformación ajena, un enigma, un ser un poco misterioso.

–Eso no importa, mientras avancemos en la promoción de la libertad humana y en la buena concertación de lo natural y lo sobrenatural.

Así solía hablar don Josemaría Escrivá de Balaguer. Ese era su ámbito de vida, de amor y de esperanza. ¡Esperanza! Creo que he dado con una de las palabras clave para comprender al fundador del Opus Dei. No se sabe por qué, de las tres virtudes teologales

–Fe, Esperanza y Caridad o Amor– suele insistir se habitualmente en la Fe y en la Caridad. Olvidamos, en cierto modo, la Esperanza. Se toma muy al pie de la letra la inmortal admonición paulina a los Corintios acerca de la caridad: «Si hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles, mas no tuviese caridad, no soy sino un bronce resonante o un címbalo estruendoso. Y si poseyere el don de profecía y conociere todos los misterios y toda la ciencia; y si tuviere toda la fe y trasladare montañas, mas no tuviese caridad, nada soy». En la propia maravilla de las cartas de San Pablo consta que la salvación llega por los caminos de la esperanza. Este pen­samiento aparecía y sobresalía en casi todas las conversaciones con el padre Escrivá. No sé qué don carismático poseía que le permitía promover esperanza, ensanchar horizontes, vencer pesimismos, comunicar la seguridad de un futuro resplandeciente, calmar desa­sosiegos, iluminar dudas, sentirse, ante todo y sobre todo, sacerdote de Dios, y en calidad de tal, predicar y pedir una viva permanencia en la fe, una ardorosa caridad, pero también una luminosa espe­ranza. Supongo que era un gran meditativo de San Pablo. Sin duda por su condición de hombre esperanzador.

Acabó nuestra última conversación en Vía Bruno Buozzi decla­rándole Ramón Matoses, su amigo y mi amigo fraterno, y decla­rándole yo:

–Padre Escrivá: Aquí tienes a dos personas que, probablemen­te, no se sienten con la fuerza necesaria para seguirte, para obe­decerte, para rendirse a tu disciplina; pero los dos quisiéramos tenerte a nuestro lado a la hora de la muerte; porque tú nos enseñas que «no debemos sentir miedo de la muerte; que importa aceptarla generosamente; cuando Dios lo disponga; como Dios quiera, donde Dios desee. Vendrá –no lo dudéis– en la hora, en el lugar y en la circunstancia oportuna; como un envío de Dios, el Padre. ¡Sea bienvenida nuestra hermana la muerte!».

Entre bromas y veras nos despedimos. Ramón Matoses no pudo ver cumplidos sus sueños de tener a don Josemaría junto a su lecho en el último trance. Yo no lo tendré, tampoco, porque a él le ha llegado la «hermana» de pronto, sin anunciarse, igual que un rayo del cielo.

No recuerdo a nadie que, con tanta espontaneidad, con natu­ralidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobre­natural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empre­sa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cumplía en el fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá. Ignoro cuáles fueron los caminos que le llevaron a una tan perfecta unión de los dos mundos. Entien­do que para él no había tales «dos mundos», sino uno sólo. A mí me recordaba influencias teresianas en el servicio de Dios; con la particularidad de que al padre Escrivá le gustaba llevar su ensueño religioso a la «hermosa mitad de la calle», según palabras suyas. La empresa estaba y está erizada de obstáculos y corre los peligros que «la mitad de la calle» supone.

Unicamente a un hombre de excepción se le podría ocurrir, como la cosa más natural, que el fracaso de cualquiera de nuestros empeños no es sino espuela de la voluntad, y que, en resumen, hasta puede haber cierto gozo en el fracasar, porque así aprendemos a reiterar los bríos de la obra iniciada, y nos aleccionamos con la humildad necesaria para alzarnos hacia lo sobrenatural en pos de nuevas fuerzas.

Sigo pensando que don Josemaría Escrivá de Balaguer fue siem­pre, y aún es, un gran desconocido. Como descendió a la calle en busca de santidad, la calle ha sido, más de una vez, implacable con él y con su ardoroso desafío. Los suyos le conocieron; pero no todos. Hay discípulos que, sencillamente, le adivinaron. «Yo no quiero ser más que un buen sacerdote. ¿Sabéis lo que eso supone? ¡Un buen sacerdote de Dios! Lo demás me importa poco. Y en todo caso, se me dará por añadidura», nos decía, al despedirnos, en puerta de su despacho íntimo; de aquel despacho en que las nos­talgias infantiles de su Barbastro natal, su iniciación en la carrera del sacerdocio, la sonrisa de su madre, la emoción de las primeras oraciones. Las dudas y también las fortalezas de los días de su fun­dación, componían un ámbito de por sí muy especial, mitad evo­cación, mitad reflejo de una celda. Y siempre, celda u hogar, obser­vatorio de la lucha por la santidad en medio de los rumores y de las embestidas de la calle.

La muerte de un gran aragonés

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Testimonio de José María Zaldívar, periodista
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Escribo, todavía sorprendido por la noticia. Siento que escribo con mi dolor aragonés. La figura de Josemaría Escrivá de Balaguer está, y estuvo siempre, por encima de ciertas mezquindades de los hombres; los que gustan de enjuiciar lo ajeno con su propia impotencia de no saber amar. La trayectoria del barbastrino no tiene otro motivo en sus años vitales que una sed ardiente de volar con los brazos abiertos a una suma capacidad de comprensión, de acer­camiento al prójimo, de existir, sabiéndose en la existencia de los demás.

Acertó a vivir nuestra hora confusa con los ojos iluminados por la fe. Como un almogávar abrió fronteras; como un José Pignatelli dio lecciones de fidelidades romanas; cinceló homilías con la ele­gancia argensolesca en los sonetos; y el fuego lo transmitió a su Obra con las propias brasas que, como a San Lorenzo, manos avie­sas, si no a su carne sí a su corazón, aplicaron con injusticia de sayones.

Nada hay más óptimo en la vida que recorrer caminos llevando un acicate de promisión. Él supo de ese júbilo caminante. Y lo hizo acertando a no cambiar de bastón. El que recibió a su ministerio, el que no precisa de permutas peligrosas. Hoy, que tantos bordones quiebran y desfloran, qué beatitud continuar renovándose como la vara bíblica, sin perder el perfume ni la flor.

Yo no he pertenecido a su Obra. Pero, como católico, toda obra hacia Dios merece mi respeto, mi apoyo y mi lealtad. Hay quien murmura por ahí, juzgando por hechos muy personales la totalidad espléndida de la Obra del aragonés. También yo podría testimoniar que en mi propia vida me he encontrado con hombres del Opus Dei, ejemplos ciertos de una cosecha espiritual del sembrador. Y, entre todos los hallados, él.

Cuando Josemaría Escrivá viene a Zaragoza, en octubre de 1960, para tomar la investidura en la universidad, yo llevaba unos días sin poder acercarme a los micrófonos en mi diaria emisión. Un gran dolor íntimo -la inesperada muerte de mi hermano- me tenía en un hundimiento total. Acudí aquella mañana a la fiesta en el Paraninfo de Medicina. Jamás vi en actos similares mayor concurrencia, entusiasmo, recepción de gentes que de toda España habían llegado a acompañar a Monseñor. Él entró –lo recuerdo-, sencillo, abstraído de toda vanidad humana; sonriendo familiar. Comprendí, al verle cruzar aquella vía académica, que él nos demos­traba –autor de Camino- su propio camino y su peculiar forma de caminar. La sencillez, la que engendra la paz en diafanidad de criterios; la rigurosidad suave que se puede crucificar con sonrisas. La mejor forma a estos días del mundo, de poder estar en él sin perder por ello nuestra legitimidad.

Tanto me conmovió que, alzando ánimos, aquel mediodía volví a ser voz en la radio, a base de olvidar mis penas, contando la alegría del altoaragonés. Él, que lo supo, mandó a buscarme. Me hallaron y a toda prisa acudí a la cita privada con él.

El diálogo entre ambos lo he conservado para mí solo. Recuerdo bien su abrazo y su ánimo en mí. Me dio su bendición y su encargo para siempre. Y lo guardo, por él escrito, en el pequeño ejemplar de Camino, en férvido latín. «Todo sea para bien». Me ha corres­pondido en la vida, como a todo mortal, sufrir desde 1960 tantas cosas que pocos sabrán… Pero ahí estaban las palabras de Josemaría Escrivá de Balaguer, como lección.

Ha venido a morir súbitamente. Pero todavía le quedaba el regusto de aquella jornada en su ciudad de origen. ¡Qué bien hizo Barbastro no cejando en la celebración del homenaje! Hubiese sido penoso, que esta muerte nos hubiese impedido ser, por muy pocas veces, agradecidos a los que no se olvidan de su propio solar. Y su ciudad sí supo serlo. Ahí queda, entre las alturas y los fondos de los remansos de las aguas, la soberbia perspectiva de Torreciu­dad. Una obra que se asienta, para acoger al mundo espiritual, en nuestra propia tierra de Aragón.

A Monseñor podrá discutírsele, pero no afrentándolo. Se podrá discrepar, pero, asimismo, reconocer los méritos que sus años de empresa religiosa han dado a su trascendente menester. Sus actos ahí quedan -como él mismo me contó aquel día- intentando abra­sar el mundo con el fuego de Cristo. Porque para su concepto, había que pegar el fuego de Cristo a todos, olvidándonos nosotros, sus portadores, de nuestra comodidad.

Monseñor ha muerto de pie; caminando le sorprendió la muer­te. Caminando ya sin los pies en tierra, a estas horas en que escribo, yo bien sé que sus pasos habrán remontado Cinca arriba, buscando esa imagen amada, ¡su Virgen altoaragonesa de Torreciudad!

La enseñanza que tuve la suerte de recibir

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Testimonio de Covadonga O’Shea, Periodista. Directora de la revista «Telva»
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El día 14 de febrero se han cumplido sesenta años de la fecha en que Monseñor Escrivá comenzó el Opus Dei entre las mujeres. Al hilo de este aniversario, en esta época en la que la mujer ha irrum­pido de lleno en el acontecer del mundo, he querido recordar algu­nas anécdotas, sencillas en apariencia, pero con el valor de lo entra­ñable, y que encierran buena parte de la enseñanza que tuve la suerte de recibir, en directo, del fundador de la Obra.

Es conocido que a partir del 2 de octubre de 1928, fecha de la fundación del Opus Dei, Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó lo que Dios le había hecho ver: que se habían abierto los caminos divinos de la tierra; que todos los cristianos estamos llamados por Dios a la santidad, que cada uno en su sitio, en medio del mundo, debe convertir su vocación humana en vocación divina. Esa fue la enseñanza que difundió a lo largo de su vida y que se escuchó en los cinco continentes. «Todas las profesiones honradas han de ser lugar de encuentro con Dios», era el «leitmotiv» de su predi­cación. Todas, incluso… la tan temible y denostada del periodismo, añado yo.

El fundador del Opus Dei, que además de tener una misión divi­na entre las manos, y quizá por eso poseía unas cualidades humanas muy por encima de la media, comprendió la trascendencia humana y cristiana del trabajo de los profesionales de la opinión pública.

No en vano fue durante un tiempo profesor de la vieja Escuela de Periodismo de Madrid. Es muy posible que comprendiera, con la fuerza de la experiencia, la necesidad de inculcar a quienes nos dedi­camos a estas tareas -fuesen o no del Opus Dei– un especial sentido de responsabilidad. Y siempre con un sentido positivo, radicalmen­te optimista, marcaba como pauta de actuación el ahogar el mal en abundancia de bien. Porque dejaba siempre claro que la violencia no es buena ni para vencer ni para convencer. Esta solicitud por nuestra profesión tiene mucho que ver con uno de mis primeros recuerdos de Monseñor Escrivá de Balaguer.

Era el mes de septiembre de 1963. Hice una escala de varias horas en Roma, en un vuelo de Atenas a Madrid, y pedí una audien­cia con el fundador de la Obra. Yo era entonces subdirectora de Telva, revista recién nacida. Tenía unos pocos años más que la revis­ta, no muchos más; por dejar las cosas claras, veintiséis menos que hoy.

Había ido a Grecia para asistir como enviada especial a la boda del Rey Constantino con la princesa Ana María de Dinamarca. Soy consciente de que no se trataba de un congreso de teología ni tan siquiera de metafísica. Era simplemente un acontecimiento social. Sin embargo, el fundador del Opus Dei me recibió en el acto, me preguntó por el viaje y enseguida trascendió al tema concreto para ir a la raíz: «¿Has trabajado mucho?», me preguntó. «Seguro que lo has hecho lo mejor que sabías». Lo importante para él no era el qué, sino el cómo. Había que realizar el trabajo, el que fuera, intelectual o manual, de más o menos categoría, con ilusión, con empeño, con sentido de responsabilidad, bien rematado… Y aprovechó la ocasión para animarme en mi terreno. Me dijo que los periodistas debíamos utilizar la pluma para iluminar el mundo con la verdad, para tratar de hacer el bien a la familia y a la sociedad. Con pena, lamentó que es triste comprobar tantas veces que ocurre lo contrario, que algunos se dedican a quitar la fama a personas y a instituciones.

Años después, en marzo de 1971, también en Roma, de paso hacia Milán, volví a saludar al Padre. Siempre se interesaba por mi quehacer. Le conté que iba a visitar unas editoriales italianas: Mondadori, Rizzoli… Siempre positivo, dedicó unos cuantos elo­gios a lo bien que trabajaban, a su calidad profesional, al bien que desde estos trabajos se puede hacer. En un momento de entusiasmo, al escucharle, le pregunté cómo pensaba él que podría hacer mejor la revista en que trabajaba. La respuesta fue inmediata y tajante; no me dejó lugar a dudas: «¡Con libertad!», y siguió: «Yo no puedo, ni quiero, meterme en tu trabajo ni en la forma de hacerlo. Además, no te daría un buen consejo porque no entiendo de estos temas…».

Eran dos rasgos muy destacados en él: el amor al trabajo bien hecho y una defensa apasionada de la libertad personal. Junto a ellos, y envolviéndolos, el buen humor, unido a un sentido común aplastante.

Esta vez volvía de Washington –era el mes de octubre de 1971–de un congreso de mujeres periodistas y escritoras. Tuve de nuevo la oportunidad de pasar por Roma y de saludar al Padre. Le conté las mil peripecias de unos días en los que se habían planteado temas conflictivos y difíciles de resolver. Los movimientos de la «Women’s lib» estaban en plena ebullición: control de natalidad, anticoncep­tivos, aborto. Le expliqué por encima la trastienda del congreso. Había un grupo de personas a favor de esa falsa «liberación de la mujer»; otras en pro de la vida, de la familia, de la mujer como Dios manda.

A lo largo de una semana hubo ponencias, coloquios, mesas redondas. El último día había que enviar a los medios de comu­nicación un informe con las conclusiones de lo que allí se había tratado. Al mismo tiempo una Embajada invitaba a un cóctel que a todo el mundo divertía y no había quien se sentara a redactar el escrito. En vista de lo cual me acerqué a la presidenta, mexicana, para decirle que no me importaba quedarme un rato en la sede del congreso y elaborar el artículo para la prensa.

Como me gusta jugar limpio, puse las cartas boca arriba: allí se había dicho de todo, cada cual podía sacar conclusiones diversas. Sin embargo, yo sabía muy bien lo que un buen grupo de mujeres proponíamos como solución. Si me quedaba yo, marcaría en ese artículo el acento en lo positivo. «Pues ándalo», me dijo con su mejor acento, «y hazlo como se te “ofresca”. Ya que te quedas estás en tu pleno derecho. Yo te lo firmo». Se rió el Padre con la historia.

En marzo de 1973 fue la última vez que vi en Roma al fundador del Opus Dei. Pocos meses antes había recorrido España en dos meses de catequesis. Si tuviese que entresacar los temas que trató en las distintas reuniones que tuvo con todo tipo de personas, más de cien mil, destacaría su amor a la Iglesia, al Papa y a los obispos. Y su gran preocupación por la mujer, por lo que supone para ese núcleo fundamental de la sociedad que es la familia. Aquella maña­na, en Roma, volvió a hablarme de las mismas cuestiones. Le dolían las consecuencias que preveía en una situación que empezaba a ser caótica. «Hija mía, de todo esto toma tú unas cuantas notas, dale vueltas a estas ideas y un día que estés de buen humor (en su tono de voz se traslucía que comprendía que podían aburrirme esos temas, por la pesadez con que se tratan tantas veces) escribe sobre ello». Como me insistía en que debía ser valiente y decir las cosas claras, pensó que podía necesitar una ayuda extraordinaria.

«¿Quieres una reliquia de Santa Catalina de Siena?» me pre­guntó. Yo sabía que a esa doctora de la Iglesia, Monseñor Escrivá de Balaguer la llamaba «la gran murmuradora», porque decía las verdades del barquero tanto al Papa como al emperador. Siempre con gran respeto, pero con la verdad por delante.

Rápidamente contesté que, por supuesto, la quería, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer yo con una reliquia. Ante mi asombro, el Padre llamó por teléfono de inmediato para hacer el encargo al Vicariato de Roma, y a quien se lo dijo, le explicó: «Compra después de tener la reliquia un relicario femenino, que es para una hija mía». Al dármela, dos días más tarde, me repitió: «Acude a esta santa para que te enseñe a tener la lengua bien suelta. como ella, en defensa de la verdad».

Podría seguir recordando otros muchos detalles de la vida del fundador del Opus Dei. He querido contar algunos que a mí me dejaron patentes rasgos fundamentales de su vida y sus enseñanzas: el amor a todo tipo de trabajo, su sentido del deber, su buen humor, su amor a la libertad. Y, como música de fondo, su empeño por enseñar a hombres y mujeres de cualquier edad, raza y condición social, a hacer de la vida, desde cualquier profesión, un verdadero servicio a la Iglesia y a la sociedad.

“Ser católico es jugar la Champions a diario”

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Leonardo Agustina es uno de los sacerdotes que recientemente recibieron la ordenación en Roma. Hasta entonces ha trabajado como periodista. Como tal, aconseja: “Sonríe, Dios te está filmando”.

Estudiaste Periodismo en la Universidad Pompeu Fabra, y ahora recibirás la ordenación sacerdotal. En esta nueva etapa, ¿te servirán de algo tus estudios?

Por supuesto. El ideal que siempre tuve como periodista ha sido radicalmente transformado y por eso lo mantengo vivo: me muero de ganas de informar sobre el hecho más trascendental de todos los tiempos: la vida de Jesucristo.

Para que me entienda: ahora seguiré trabajando de otro modo para una emisora con 2000 años de historia y con la seguridad de que existirá hasta el día del Juicio por la tarde, cuando por fin, los periodistas que allí estén podrán cerrar definitivamente la conexión con un: esto es todo, cerramos la línea…

Leonardo, en el centro, en uno de los momentos de la ceremonia de su ordenación.

Si tuvieses que resumir el mensaje cristiano en un titular, ¿cuál sería?

Sonríe, Dios te está filmando.

Eres doctor en Teología Moral, con una tesis sobre los modelos de Bioética presentes en los Medios de Comunicación. ¿Cuáles son tus conclusiones?

He detectado tres tipos de respuestas a los problemas bioéticos actuales, que se inspiran en el emotivismo, el liberalismo y el utilitarismo. Esto me ha llevado a ver que existen personas con ansias de defender un ideal, y que Dios es compatible con ese ideal, a la vez que lo supera con creces. De hecho, ninguna de estas corrientes, aunque sean en parte válidas, agotan toda la verdad sobre el hombre.

Recuerdo una compañera de clase que me comentó una vez: cuando era pequeña se murió una amiga mía, y desde entonces cada año, en el aniversario de su muerte, voy a la iglesia y rezo una oración. Yo le sugerí: y ¿por qué sólo lo haces ese día? A veces buscamos a Dios, pero con pies de plomo, con reserva, como con el miedo de que demasiado Dios pudiera llegar a ser un estorbo. El mensaje cristiano es tan bonito que parece imposible, da vértigo.

¿Dios continúa siendo noticia hoy, en pleno siglo XXI?

A las personas agnósticas que me lo preguntasen les diría, con palabras de Benedicto XVI, que, puestos a arriesgar, partieran del presupuesto: Et si Deus daretur? (¿Y si Dios existiese?) Muchas veces la gente piensa el más allá como si fuera la tanda de penaltis: si lo meto bien, y si no…

Sinceramente, no me gusta plantear las cosas como para quedar 0-0. Me parece que es mucho más atractivo salir a ganar, arriesgando un poquito a veces, porque además los católicos jugamos siempre en casa. Si lo hacemos así tenemos el Árbitro a favor y, en caso de emergencia, el penalti… nos lo regala. Ser católico es jugar la Champions todos los días.

La enseñanza que tuve la suerte de recibir

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Testimonio de Covadonga O’Shea, Periodista. Directora de la revista «Telva»

El día 14 de febrero se han cumplido sesenta años de la fecha en que Monseñor Escrivá comenzó el Opus Dei entre las mujeres. Al hilo de este aniversario, en esta época en la que la mujer ha irrum pido de lleno en el acontecer del mundo, he querido recordar algu nas anécdotas, sencillas en apariencia, pero con el valor de lo entra ñable, y que encierran buena parte de la enseñanza que tuve la suerte de recibir, en directo, del fundador de la Obra.

Es conocido que a partir del 2 de octubre de 1928, fecha de la fundación del Opus Dei, Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó lo que Dios le había hecho ver: que se habían abierto los caminos divinos de la tierra; que todos los cristianos estarnos llamados por Dios a la santidad, que cada uno en su sitio, en medio del mundo, debe convertir su vocación humana en vocación divina. Esa fue la enseñanza que difundió a lo largo de su vida y que se escuchó en los cinco continentes. «Todas las profesiones honradas han de ser lugar de encuentro con Dios», era el «leitmotiv» de su predi cación. Todas, incluso… la tan temible y denostada del periodismo, añado yo.

El fundador del Opus Dei, que además de tener una misión divi na entre las manos, y quizá por eso poseía unas cualidades humanas muy por encima de la media, comprendió la trascendencia humana y cristiana del trabajo de los profesionales de la opinión pública.

No en vano fue durante un tiempo profesor de la vieja Escuela de Periodismo de Madrid. Es muy posible que comprendiera, con la fuerza de la experiencia, la necesidad de inculcar a quienes nos dedi camos a estas tareas -fuesen o no del Opus Dei– un especial sentido de responsabilidad. Y siempre con un sentido positivo, radicalmen te optimista, marcaba como pauta de actuación el ahogar el mal en abundancia de bien. Porque dejaba siempre claro que la violencia no es buena ni para vencer ni para convencer. Esta solicitud por nuestra profesión tiene mucho que ver con uno de mis primeros recuerdos de Monseñor Escrivá de Balaguer.

Era el mes de septiembre de 1963. Hice una escala de varias horas en Roma, en un vuelo de Atenas a Madrid, y pedí una audien cia con el fundador de la Obra. Yo era entonces subdirectora de Telva, revista recién nacida. Tenía unos pocos años más que la revis ta, no muchos más; por dejar las cosas claras, veintiséis menos que hoy.

Había ido a Grecia para asistir como enviada especial a la boda del Rey Constantino con la princesa Ana María de Dinamarca. Soy consciente de que no se trataba de un congreso de teología ni tan siquiera de metafísica. Era simplemente un acontecimiento social. Sin embargo, el fundador del Opus Dei me recibió en el acto, me preguntó por el viaje y enseguida trascendió al tema concreto para ir a la raíz: «¿Has trabajado mucho?», me preguntó. «Seguro que lo has hecho lo mejor que sabías». Lo importante para él no era el qué, sino el cómo. Había que realizar el trabajo, el que fuera, intelectual o manual, de más o menos categoría, con ilusión, con empeño, con sentido de responsabilidad, bien rematado… Y aprovechó la ocasión para animarme en mi terreno. Me dijo que los periodistas debíamos utilizar la pluma para iluminar el mundo con la verdad, para tratar de hacer el bien a la familia y a la sociedad. Con pena, lamentó que es triste comprobar tantas veces que ocurre lo contrario, que algunos se dedican a quitar la fama a personas y a instituciones.

Años después, en marzo de 1971, también en Roma, de paso hacia Milán, volví a saludar al Padre. Siempre se interesaba por mi quehacer. Le conté que iba a visitar unas editoriales italianas: Mondadori, Rizzoli… Siempre positivo, dedicó unos cuantos elo gios a lo bien que trabajaban, a su calidad profesional, al bien que desde estos trabajos se puede hacer. En un momento de entusiasmo, al escucharle, le pregunté cómo pensaba él que podría hacer mejor la revista en que trabajaba. La respuesta fue inmediata y tajante; no me dejó lugar a dudas: «¡Con libertad!», y siguió: «Yo no puedo, ni quiero, meterme en tu trabajo ni en la forma de hacerlo. Además, no te daría un buen consejo porque no entiendo de estos temas…».

Eran dos rasgos muy destacados en él: el amor al trabajo bien hecho y una defensa apasionada de la libertad personal. Junto a ellos, y envolviéndolos, el buen humor, unido a un sentido común aplastante.

Esta vez volvía de Washington –era el mes de octubre de 1971–de un congreso de mujeres periodistas y escritoras. Tuve de nuevo la oportunidad de pasar por Roma y de saludar al Padre. Le conté las mil peripecias de unos días en los que se habían planteado temas conflictivos y difíciles de resolver. Los movimientos de la «Women’s lib» estaban en plena ebullición: control de natalidad, anticoncep tivos, aborto. Le expliqué por encima la trastienda del congreso. Había un grupo de personas a favor de esa falsa «liberación de la mujer»; otras en pro de la vida, de la familia, de la mujer como Dios manda.

A lo largo de una semana hubo ponencias, coloquios, mesas redondas. El último día había que enviar a los medios de comu nicación un informe con las conclusiones de lo que allí se había tratado. Al mismo tiempo una Embajada invitaba a un cóctel que a todo el mundo divertía y no había quien se sentara a redactar el escrito. En vista de lo cual me acerqué a la presidenta, mexicana, para decirle que no me importaba quedarme un rato en la sede del congreso y elaborar el artículo para la prensa.

Como me gusta jugar limpio, puse las cartas boca arriba: allí se había dicho de todo, cada cual podía sacar conclusiones diversas. Sin embargo, yo sabía muy bien lo que un buen grupo de mujeres proponíamos como solución. Si me quedaba yo, marcaría en ese artículo el acento en lo positivo. «Pues ándalo», me dijo con su mejor acento, «y hazlo como se te “ofresca”. Ya que te quedas estás en tu pleno derecho. Yo te lo firmo». Se rió el Padre con la historia.

En marzo de 1973 fue la última vez que vi en Roma al fundador del Opus Dei. Pocos meses antes había recorrido España en dos meses de catequesis. Si tuviese que entresacar los temas que trató en las distintas reuniones que tuvo con todo tipo de personas, más de cien mil, destacaría su amor a la Iglesia, al Papa y a los obispos. Y su gran preocupación por la mujer, por lo que supone para ese núcleo fundamental de la sociedad que es la familia. Aquella maña na, en Roma, volvió a hablarme de las mismas cuestiones. Le dolían las consecuencias que preveía en una situación que empezaba a ser caótica. «Hija mía, de todo esto toma tú unas cuantas notas, dale vueltas a estas ideas y un día que estés de buen humor (en su tono de voz se traslucía que comprendía que podían aburrirme esos temas, por la pesadez con que se tratan tantas veces) escribe sobre ello». Como me insistía en que debía ser valiente y decir las cosas claras, pensó que podía necesitar una ayuda extraordinaria.

«¿Quieres una reliquia de Santa Catalina de Siena?» me pre guntó. Yo sabía que a esa doctora de la Iglesia, Monseñor Escrivá de Balaguer la llamaba «la gran murmuradora», porque decía las verdades del barquero tanto al Papa como al emperador. Siempre con gran respeto, pero con la verdad por delante.

Rápidamente contesté que, por supuesto, la quería, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer yo con una reliquia. Ante mi asombro, el Padre llamó por teléfono de inmediato para hacer el encargo al Vicariato de Roma, y a quien se lo dijo, le explicó: «Compra después de tener la reliquia un relicario femenino, que es para una hija mía». Al dármela, dos días más tarde, me repitió: «Acude a esta santa para que te enseñe a tener la lengua bien suelta. como ella, en defensa de la verdad».

Podría seguir recordando otros muchos detalles de la vida del fundador del Opus Dei. He querido contar algunos que a mí me dejaron patentes rasgos fundamentales de su vida y sus enseñanzas: el amor a todo tipo de trabajo, su sentido del deber, su buen humor, su amor a la libertad. Y, como música de fondo, su empeño por enseñar a hombres y mujeres de cualquier edad, raza y condición social, a hacer de la vida, desde cualquier profesión, un verdadero servicio a la Iglesia y a la sociedad.


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